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14.7.26

Volkswagen va a despedir 100 000 trabajadores. No se trata únicamente de Volkswagen, sino de toda la industria automovilística europea, que a su vez no es más que la punta del iceberg de la crisis del sector manufacturero de Europa occidental... Es muy probable que asistamos a una nueva ola de deslocalizaciones de la producción hacia países con salarios bajos desde Alemania y, en menor medida, desde Francia y, tal vez, desde España... La deslocalización podrá llevarse a cabo bien saturando la capacidad productiva de las plantas ya existentes en países periféricos, bien realizando inversiones directas en el extranjero... existe el peligro real de que Alemania, el país económicamente más importante de la UE, se desindustrialice, al menos parcialmente, con repercusiones negativas no solo para su economía en su conjunto, sino también para la de otros países europeos, en particular para sus proveedores de bienes intermedios y componentes, incluida Italia... Por otra parte, la crisis del sector automovilístico alemán se produce en una etapa histórica de estancamiento del PIB alemán y de otros países de la zona del euro... El fracaso de Europa destaca especialmente si se compara con el éxito de China, que está ganando la competencia cada vez menos gracias a los bajos salarios y cada vez más gracias a su capacidad de innovación tecnológica, basada en la intervención planificada y organizada del Estado. Por lo tanto, sería conveniente que la UE e Italia tomaran como referencia la experiencia china, abandonaran las lógicas neoliberales y aplicaran políticas estatales de planificación industrial —previstas en el artículo 41 de la Constitución italiana— y de renacionalización de las empresas. Pero se trata de una cuestión de decisiones y, por lo tanto, es un asunto que solo se resuelve a nivel político (Domenico Moro)

"Las razones de la crisis del sector automovilístico alemán y europeo y del auge del sector automovilístico chino

Mientras que la opinión pública europea e italiana se centra en la inmigración como origen de los problemas de Europa occidental y, en particular, de la bajada de los salarios, se ignoran las verdaderas causas de la profunda crisis social que se está viviendo. Sin embargo, en los últimos tiempos se han producido algunos hechos que deberían dar que pensar a la opinión pública de Italia y de Europa. En Italia, en el Ministerio de Industria, se ha roto el acuerdo entre los sindicatos y Natuzzi, multinacional líder mundial en sofás de piel, que había decidido cerrar dos fábricas en la provincia de Bari y trasladar la producción a Rumanía, donde cuenta con una fábrica desde hace años. El cierre no solo afectará a los trabajadores de Natuzzi, sino también a 600 pequeñas y medianas empresas de Apulia y Basilicata, proveedoras de Natuzzi. 

Pero la noticia más importante procede de Alemania, donde una revista ha revelado el plan de Volkswagen, segundo fabricante mundial de automóviles, de despedir a 100 000 trabajadores, más del 15 % de su plantilla global. Se trata de una de las reestructuraciones más importantes de la historia industrial. Aún más importante es que dicha reestructuración se centrará en el corazón de la multinacional, en Alemania, donde se despedirá a 50 000 empleados y se cerrarán cuatro plantas.

Sin embargo, no se trata únicamente de Volkswagen, sino de toda la industria automovilística europea, que a su vez no es más que la punta del iceberg de la crisis del sector manufacturero de Europa occidental, lo que corre el riesgo de acelerar la desindustrialización.

 La multinacional estadounidense Ford ha anunciado recortes del 14 % en su plantilla europea (3 900 empleados) en España, el Reino Unido y, sobre todo, en Alemania. Mercedes, tras haber despedido a 4 000 trabajadores mediante bajas voluntarias a finales de 2025, ha declarado que pretende proceder a nuevos despidos, con lo que ahorrará mil millones de euros en personal de aquí al año que viene. BMW prevé una reducción de plantilla del 5 % a nivel mundial de aquí a finales de año. La crisis del sector del automóvil también afecta a los fabricantes de componentes; por ejemplo, la empresa alemana Bosch ha programado recortes de 18 500 empleados. 

El temor es muy grande también entre los fabricantes italianos de componentes para automóviles, cuyos principales clientes son los fabricantes alemanes, a los que se destina el 20 % de las exportaciones de piezas y accesorios para vehículos de motor, aunque su valor (2.9 mil millones de euros en 2025) tiene un impacto reducido en el total de las exportaciones manufactureras italianas a Alemania (72.2 mil millones)[i].

Las causas de la crisis del sector del automóvil alemán y europeo

Ante esta debacle, ¿cuáles son las causas de la crisis del sector del automóvil europeo y, en especial, alemán? Los analistas suelen atribuirla a cuatro razones. 

La primera fue la interrupción, tanto para Alemania como para Italia, tras las sanciones impuestas por la UE a Rusia, del suministro de gas a bajo coste, lo que provocó un aumento de los costes de producción. 

La segunda es el aumento de los aranceles estadounidenses sobre los automóviles importados de Europa, del 2,5 % al 15 % y, posteriormente, al 25 %. Estos aranceles penalizan sobre todo a Volkswagen y a sus marcas de lujo, Porsche y Audi. Volkswagen solo cuenta con una planta de montaje de automóviles en EE. UU. y tiene una presencia mucho mayor en México, país que, a su vez, se ve afectado por aranceles del 25 %. BMW y Mercedes se han visto menos afectadas, ya que cuentan con una mayor capacidad productiva en EE. UU. 

Una tercera razón es la transición energética puesta en marcha por la Comisión Europea, que ha impuesto que las emisiones de CO2 de los automóviles fabricados en la UE se reduzcan en un 55 % para 2030 y en un 100 % para 2035, fecha en la que debería cesar la producción de vehículos con motor de combustión. En consecuencia, las empresas europeas se han orientado hacia los vehículos eléctricos, invirtiendo sumas colosales que, sin embargo, no han tenido eco en el mercado europeo, donde los consumidores solo han adquirido unos pocos de los demasiado costosos vehículos eléctricos europeos. De ahí el desplome de los beneficios de las empresas alemanas y europeas.

La cuarta y más importante razón es China, que ha afectado negativamente a la industria alemana y europea de dos maneras. La primera es la reducción de la capacidad del mercado chino —que representa el 30 % del mercado mundial del automóvil y el 75 % del de los vehículos eléctricos[ii]— para absorber los vehículos alemanes fabricados tanto en Alemania como en China. 

Volkswagen ha pasado de un máximo histórico en 2019 de 4,2 millones de vehículos vendidos en China a 2,7 millones en 2025. La caída de las ventas se debe a la competencia de los fabricantes de automóviles chinos —sobre todo BYD, Geely y SAIC Motor—, quienes, mientras los fabricantes alemanes seguían ofreciendo vehículos de combustión, han lanzado al mercado vehículos eléctricos más económicos y mejor equipados con la tecnología y el software que tanto aprecian los consumidores chinos, especialmente los más jóvenes. 

En 2025, las marcas chinas aumentaron sus ventas en el mercado nacional en un 16,8 % con respecto al año anterior, superando la cuota del 70 %; por el contrario, las marcas alemanas registraron una caída del 7,7 %[iii]. Pero la capacidad competitiva china no solo se ha manifestado en su propio país, sino también en el extranjero y, en particular, en el mercado europeo, donde los vehículos eléctricos e híbridos a precios asequibles procedentes de este país del Lejano Oriente están gozando de una acogida cada vez mayor entre los consumidores.

Estas son las causas más inmediatas y visibles. Sin embargo, existe una causa más profunda que está relacionada con las más superficiales. Dicha causa es la sobreproducción de capital. Esto significa que se ha acumulado un exceso de capital (en forma de medios de producción) en relación con la capacidad de este capital creciente para obtener la tasa de ganancia esperada por los capitalistas. En esencia, el capital, para aumentar la productividad de cada trabajador, introduce una cantidad cada vez mayor y más innovadora de maquinaria y tecnología en relación con los trabajadores empleados. 

Por lo tanto, el capital invertido en mano de obra disminuye en relación con el capital invertido en medios de producción. Sin embargo, dado que la tasa de beneficio viene determinada por la relación entre la plusvalía (que constituye el beneficio y es creada únicamente por los trabajadores) y el capital total invertido, se producirá una tendencia a la disminución de la tasa de beneficio, es decir, una caída porcentual del beneficio sobre el capital invertido.

 Los capitalistas, sin embargo, pueden compensar la disminución de la tasa de beneficio con el aumento de la masa de beneficio. Así, la plusvalía o beneficio, aunque disminuya en proporción al capital total invertido, puede aumentar en valor absoluto. Esta masa de beneficio aumentada se traduce, no obstante, en un aumento de la masa de mercancías producidas que presionan para ser vendidas en el mercado. 

Dado que, en la sociedad capitalista, la producción global no está regulada por un plan que ajuste la producción a la capacidad real de compra de la sociedad (es decir, a las dimensiones del mercado), cada capital individual, al actuar de forma autónoma con el fin de maximizar su beneficio, aumenta las unidades producidas y, en consecuencia, crece el volumen total de mercancías que no logran venderse en el mercado. 

De hecho, en el modo de producción capitalista, el mercado resulta cíclicamente demasiado reducido en comparación con la mayor capacidad de producción. Así se observa que la sobreproducción de capital genera necesariamente la sobreproducción de mercancías y el aumento de la competencia entre los capitales, lo que reduce los precios y, con ellos, los beneficios[iv].

Esta era la situación del mercado europeo, donde los productores, en las últimas décadas —sobre todo en los años 80 y 90—, habían aumentado la productividad mediante la introducción masiva de la automatización y la informática. 

De este modo, el mercado europeo se había saturado de automóviles fabricados y la industria presentaba una sobreacumulación de capital. Con la posterior globalización, se había encontrado una salida a la caída de la tasa de beneficio mediante la externalización de la producción al extranjero, donde los salarios eran más bajos y, por lo tanto, las tasas de beneficio eran más elevadas. 

Los fabricantes de automóviles europeos, empezando por Volkswagen, Renault y Fiat, habían trasladado así el capital y la producción a Europa del Este —desde Polonia hasta Rumanía y Serbia—, al norte de África, a América Latina —sobre todo a México y Brasil— y a Asia, desde Turquía hasta China. A pesar de ello, la sobreproducción de capital y de mercancías no tardó en reaparecer, en particular en Europa occidental. 

No es casualidad que Sergio Marchionne, consejero delegado de Fiat, solía repetir, hasta su fallecimiento en 2018, que en Europa había un exceso de capacidad productiva —en otras palabras, una sobreproducción de capital— y que, por lo tanto, era necesario proceder al cierre de plantas y a fusiones entre grandes grupos. De hecho, Fiat, tras haber absorbido a la estadounidense Chrysler, se fusionó unos años después de la muerte de Marchionne con Peugeot y absorbió también a Opel en un nuevo megagrupo, Stellantis, que ahora ocupa el segundo puesto en Europa y el cuarto en el mundo.

 Fue en ese momento cuando, para resolver la situación de un mercado europeo ya saturado, se pensó en impulsar una nueva expansión de la demanda mediante la transformación del propio producto, pasando del coche de combustión al coche eléctrico. Además, el coche eléctrico, al ser mucho más sencillo de fabricar, requiere menos horas de trabajo para su fabricación y, por lo tanto, se pensaba que permitiría aumentar la productividad y los beneficios.

Sin embargo, esta estrategia no tardó en revelarse como un fracaso. La transformación de la producción exigió una considerable inversión de capital en un plazo muy breve, pero a dicha inversión no correspondió un volumen de ventas adecuado, lo que provocó pérdidas significativas y una caída generalizada de los beneficios de los fabricantes europeos. Así pues, una vez más, en el capitalismo, el mercado ha demostrado no ser capaz de absorber la producción, generando un exceso de producción de capital y de mercancías. El problema, además de la escasez de infraestructuras públicas de recarga, es que los fabricantes europeos han producido coches eléctricos o híbridos demasiado caros en comparación con los de combustión, y el ya saturado mercado automovilístico europeo ha seguido prefiriendo estos últimos o los coches eléctricos o híbridos chinos, más económicos.

Por qué el automóvil chino se está imponiendo no solo en China, sino también en la UE

Llegados a este punto, debemos comprender por qué China es más competitiva que Europa. En primer lugar, China cuenta con el mayor mercado automovilístico del mundo, por lo que puede lograr impresionantes economías de escala, ahorrando en costes, especialmente en la producción de baterías, que son la parte del coche eléctrico que en Europa tiene unos costes elevados. Además, China es prácticamente un monopolista mundial en la extracción y el refinado de tierras raras, que son esenciales para la producción de automóviles y baterías eléctricas. A esto se suma que China, a pesar del aumento de los salarios reales de los últimos años (+10,7 % anual solo entre 2008 y 2014[v]), sigue contando con una ventaja salarial y una abundante mano de obra. Pero la razón más importante es que China está pasando de ser un país periférico —que produce basándose en tecnologías y capitales occidentales, con sus bajos salarios como ventaja competitiva— a convertirse en un país industrialmente autónomo, con sus propios grupos industriales y su propia tecnología avanzada. En la práctica, China es quizás el único país periférico que está saliendo de un desarrollo dependiente de Occidente —que perpetúa el subdesarrollo— para avanzar hacia lo que Samir Amin definía como «desarrollo autocentrado»[vi]. China depende cada vez menos de las cadenas de valor dominadas por empresas occidentales y, en cambio, crea cada vez más cadenas de valor controladas por sus propias empresas. Ocupar la posición más alta en una cadena de valor es un factor esencial, ya que permite controlar la producción de valor a lo largo de toda la cadena y, por lo tanto, «captar» una mayor cuota de plusvalía, es decir, de beneficio. En consecuencia, hoy en día China consigue retener en su territorio una mayor parte de la plusvalía producida por sus trabajadores, que antes era (y sigue siéndolo, aunque en menor medida) «captada» por las multinacionales europeas, estadounidenses y japonesas.

Pero, ¿por qué está ocurriendo esto en China y no en otros países del Sur global? La respuesta es que, en China, el Estado ha mantenido un control muy firme sobre la economía, a diferencia de Europa, donde el modelo liberal se ha impuesto con fuerza. Esto se debe a que China no depende políticamente del imperialismo occidental y, a través del Partido Comunista, mantiene firmemente en sus manos su soberanía política, a diferencia de muchos países del Sur global. 

El modelo chino demuestra así ser mejor que el europeo, ya que se basa en el denominado «socialismo con características chinas». El sector del coche eléctrico es uno de los mejores ejemplos en este sentido. En él convive un sector de empresas de propiedad totalmente estatal (entre ellas se encuentra SAIC-Motor, que fabrica la marca MG, muy extendida en Italia), junto a otro sector de empresas dirigidas por capitalistas privados, pero que, no obstante, con el tiempo han recibido capital de fondos de inversión estatales y de bancos públicos, para financiar su desarrollo global. 

Hay quien define el modelo chino como «capitalismo de Estado» y lo compara con la Italia de la Primera República, con su economía mixta público-privada. Sin embargo, entre la Italia de hace unos cuarenta años y la China actual existe una diferencia importante: en Italia, el Estado seguía estando dominado por los capitalistas privados, de los que dependían la mayoría de los partidos de la época, y, de hecho, en un momento dado, la contrarreforma neoliberal pudo imponerse con facilidad. 

Por el contrario, en China son los capitalistas privados quienes dependen del Estado y del Partido Comunista, que controla las riendas de la economía, empezando por la moneda, a través de los planes quinquenales económicos. Ha sido, por tanto, gracias a su modelo económico que China ha podido desarrollar mejor y antes que Europa y EE. UU. las tecnologías relacionadas con el coche eléctrico, rompiendo con ese lugar común extendido en Occidente según el cual el socialismo estaría necesariamente viciado por una ineficiencia subyacente.

Cómo reacciona el capital europeo ante la crisis del sector del automóvil

Llegados a este punto, debemos preguntarnos cómo están reaccionando el capital europeo y sus multinacionales del automóvil ante la sobreproducción de capital y de mercancías y, sobre todo, cómo reaccionan ante la competencia china. La solución principal al exceso de sobreacumulación de capital —es decir, de capacidad productiva— es la destrucción de parte de dicha capacidad; en otras palabras, de parte del capital fijo. 

De hecho, Volkswagen, demostrando así el carácter de sobreproducción de capital de su crisis, tiene previsto cerrar cuatro fábricas en Alemania. Como confirmación adicional de que las enormes inversiones en vehículos eléctricos han contribuido al exceso de acumulación de capital, las plantas que cerrarán son las que producen coches eléctricos, en particular la de Zwickau, que fue la primera fábrica convertida por completo a la movilidad eléctrica con una inversión de 1 200 millones de euros. Además, las inversiones de capital del grupo se reducirán en un 15 %, situándose en 130 000 millones de euros en los próximos cinco años. Por último, en consonancia con el objetivo de reducir la sobreproducción de mercancías, Volkswagen ha reducido su producción de 12 millones de vehículos al año a 9 millones.

Otra forma de contrarrestar el exceso de producción de capital es la reducción del salario de los trabajadores, lo que conlleva un aumento de la explotación y, por lo tanto, un incremento de la tasa de beneficio. El rumor sobre la intención de despedir a 100 000 trabajadores, la mitad de ellos en Alemania, podría ser también una estrategia negociadora para obligar al poderoso sindicato alemán IG Metal —quizá a cambio de una reducción de los despidos— a aceptar recortes salariales. 

Otra forma de reducir la parte de los costes destinada a la mano de obra sería, además, el traslado de la producción a países que tienen un coste laboral mucho más bajo y una tasa de explotación más elevada que la alemana. En esencia, la crisis del sector del automóvil y, en general, la crisis de sobreproducción pueden generar una nueva ola de deslocalizaciones que conduciría a una mayor desindustrialización de Europa occidental, especialmente de los dos países que, a pesar de la globalización, habían conservado una sólida industria manufacturera: Alemania e Italia. 

Por otra parte, volviendo al ejemplo mencionado al principio sobre la deslocalización de la producción de Natuzzi, el coste medio de la mano de obra en la industria, la construcción y los servicios es de 32 euros en Italia, mientras que en Rumanía es de 13,6 euros, es decir, menos de la mitad[vii]. Por lo tanto, la externalización transfronteriza, especialmente la de las fases con mayor intensidad de mano de obra, permite a Natuzzi aumentar considerablemente sus beneficios.

 Aunque la diferencia entre el salario real italiano y el rumano es menos acusada en términos reales —dado que los salarios en Italia, entre 2008 y 2024, han perdido un 8,7 % de su poder adquisitivo, la mayor caída entre los países del G20 [viii], mientras que en Rumanía han registrado un aumento y que la parte del coste laboral, una vez descontado el salario que el trabajador percibe realmente, es del 28,1 % del total en Italia y solo del 4,8 % en Rumanía, lo que importa a las multinacionales es la diferencia en el coste laboral nominal, que repercute en la distribución del valor a nivel de la cadena de producción global. Este argumento es aún más válido para Alemania y Francia, cuyo coste laboral por hora es de 45 y 44,3 euros, respectivamente, frente a los 19,1 euros de Polonia, los 15,2 euros de Hungría y los aproximadamente 12 euros de Bulgaria y Serbia. Sin embargo, fuera de la UE, por ejemplo en América Latina, Asia Oriental y el norte de África, la brecha con respecto al coste laboral de Europa Occidental es aún mayor.

El capital europeo también puede contar con otra herramienta para hacer frente a la crisis del sector del automóvil: el apoyo público de la UE. Dicho apoyo se materializa, en primer lugar, en la reducción del 100 % al 90 % de la cuota de vehículos eléctricos que la UE obliga a producir de aquí a 2035, lo que da más tiempo a los fabricantes para pasar por completo de los vehículos de combustión a los eléctricos. 

En segundo lugar, la UE ha aumentado los aranceles sobre los vehículos eléctricos chinos, alegando que los fabricantes en China se benefician de importantes subvenciones estatales que distorsionan la competencia. En octubre de 2024, al arancel estándar del 10 % se le añadió una serie de aranceles adicionales que varían, en función de las ayudas estatales que reciben las empresas, desde el 7,8 % para los Tesla fabricados en Shanghái hasta el 35,3 % aplicado a los vehículos de SAIC. 

Posteriormente, dado que los fabricantes chinos habían eludido los aranceles exportando vehículos híbridos en lugar de vehículos totalmente eléctricos, la UE amplió los aranceles también a los vehículos híbridos. Por último, a partir de febrero de 2026, la UE ha permitido a los fabricantes chinos quedar exentos de los aranceles siempre que adopten un «precio mínimo permitido» por la UE, se ajusten a un determinado volumen de vehículos importados anualmente y se comprometan a invertir en la producción de vehículos eléctricos en Europa. ¿Ha sido eficaz el proteccionismo a la hora de proteger la industria europea? Sí, al menos en parte. Sin duda, sin los aranceles, los coches chinos se habrían extendido de forma descontrolada.

 No obstante, la cuota de mercado de los fabricantes chinos en la UE se ha triplicado en los últimos tres años, pasando del 2,3 % en 2023 al 6 % en 2025 y al 9 % en los primeros cinco meses de 2026, apenas por debajo del tercer fabricante europeo, Renault, con un 10,2 %. El fabricante chino con mayor cuota de mercado es Geely (2,6 %), que supera a fabricantes de renombre y con una larga trayectoria en Europa, como Ford (2,3 %) y Nissan (1,9 %), seguido de SAIC y BYD (2,1 %)[ix].

Además de los aranceles, la UE ha decidido intervenir con una inversión de 1.800 millones de euros para facilitar la creación de una cadena de suministro de baterías eléctricas para automóviles en Europa. Además, en marzo de 2026, a través de laIndustrial Accelerator Act (IAA), propuso conceder subvenciones para la compra de vehículos eléctricos, siempre que el 85 % de su valor total se haya producido en la UE. Si al menos el 70 % de los vehículos eléctricos vendidos por un mismo fabricante cumplen este requisito, todos sus vehículos eléctricos se beneficiarán de las subvenciones. 

Más recientemente, los tres principales fabricantes europeos —Volkswagen, Stellantis y Renault— han enviado una carta al Parlamento Europeo solicitando modificaciones a la IAA, que consisten, sobre todo, en reducir el porcentaje del valor producido en la UE de los vehículos vendidos del 85 % al 70 %, a fin de que puedan optar a las ayudas. Se trata de una petición interesante, ya que permite a los fabricantes europeos producir una mayor parte del vehículo fuera de la UE, donde los costes —incluidos, sobre todo, los laborales— son más bajos.

Por otra parte, la producción de las multinacionales se basa en la cadena de valor global, es decir, en la división de las fases de producción de un producto destinado al consumidor final entre varias fábricas, situadas en distintos países. En cada fase productiva se genera una determinada cantidad de valor que, al final, al sumar todo el valor producido a lo largo de toda la cadena, se traduce en un precio de producción. La cuestión más importante es que la parte del valor incorporado al producto en cada fase productiva se calcula a precios locales, que, en los países periféricos, son mucho más bajos que los de los países centrales, como Alemania, Francia e Italia. 

La consecuencia es que, en la contabilidad y en las estadísticas globales, el valor —en términos de tiempo de trabajo— efectivamente transferido a la mercancía resulta subestimado en los países periféricos (Rumanía, México, Brasil, India, China, etc.), con bajos costes laborales, y sobreestimado en los países centrales (Estados Unidos, Alemania, Francia, Italia, Japón, etc.), con altos costes laborales[x]. En consecuencia, es indudable que la cuota del valor real del automóvil producido en la UE sería, de hecho, muy inferior al 85 % del total (o al 70 %, si se aceptaran las peticiones de los tres grupos automovilísticos europeos) previsto por la IAA. 

Esta es la razón por la que las multinacionales europeas, como Volkswagen y Stellantis, en el transcurso de la denominada globalización, han deslocalizado masivamente a países de la periferia o del Sur global, como preferimos llamarlos, obteniendo beneficios extraordinarios.

El futuro nos depara deslocalizaciones y una caída de los salarios, ¿cómo contrarrestarlas?

A pesar de la globalización, en Alemania se había mantenido una cuota importante de la producción de automóviles (4,148 millones de vehículos en 2025 frente a los 5,13 millones de 2000), cuyas exportaciones han ido viento en popa hasta hace poco. Esto ya no es posible por las razones que hemos expuesto hasta ahora. 

De hecho, «el consejo de administración del grupo [Volkswagen] ha declarado en varias ocasiones que el modelo de negocio histórico y durante años exitoso, orientado a desarrollar vehículos globales en Alemania, fabricarlos en Europa y venderlos en todo el mundo, ya no funciona». [xi] 

Entonces, ¿cuál será la solución a la crisis del sector del automóvil alemán y europeo que pondrán en práctica las multinacionales? Es muy probable que asistamos a una nueva ola de deslocalizaciones de la producción hacia países con salarios bajos desde Alemania y, en menor medida, desde Francia (que en 2025 produjo 1,06 millones de automóviles, frente a los 2,87 millones de 2000[xii]) y, tal vez, desde España (1,81 millones de automóviles en 2025, frente a los 2,44 millones de 2000). 

En cuanto a Italia, aquí la producción ya se había reducido prácticamente a cero en los últimos años (237 000 automóviles en 2025 frente a 1,4 millones en 2000) y el sector del automóvil ha sido sustituido, en cuanto a su contribución al PIB y a las exportaciones, por otros sectores de alta tecnología, como el farmacéutico y, sobre todo, el químico, que en conjunto representaron en 2025 el 28,8 % del valor total de las exportaciones italianas, frente al 2,23 % del sector del automóvil[xiii]

A modo de comparación, cabe señalar que la producción china ha pasado de 600 000 automóviles en el año 2000 a 30 millones en 2025, lo que representa el 42 % de la producción mundial. La deslocalización de la industria automovilística alemana y de Europa occidental podrá llevarse a cabo bien saturando la capacidad productiva de las plantas ya existentes en países periféricos, bien realizando inversiones directas en el extranjero (IDE) greenfield, es decir, construyendo nuevas plantas, siempre en países periféricos, o bien procediendo a fusiones con otros fabricantes y racionalizando la producción, es decir, logrando economías de escala y recortando puestos de trabajo.

En cualquier caso, existe el peligro real de que Alemania, el país económicamente más importante de la UE, se desindustrialice, al menos parcialmente, con repercusiones negativas no solo para su economía en su conjunto, sino también para la de otros países europeos, en particular para sus proveedores de bienes intermedios y componentes, incluida Italia. Por otra parte, la crisis del sector automovilístico alemán se produce en una etapa histórica de estancamiento del PIB alemán y de otros países de la zona del euro, como Francia y, especialmente, Italia. Sin duda, otro efecto de las nuevas deslocalizaciones puede ser la aparición de dificultades en el mercado laboral alemán y europeo, con una contracción de la demanda de mano de obra y la consiguiente reducción de los salarios. Siempre y cuando Volkswagen no negocie con el sindicato una reducción salarial a cambio de la reducción prevista del exceso de mano de obra.

Esto tendrá repercusiones en la sociedad y en la política europea, especialmente en la de Alemania. El Gobierno del canciller Merz, una coalición de democristianos (CDU-CSU) y socialdemócratas (SPD), ya ha alcanzado los mínimos históricos de popularidad de un Gobierno alemán. Además, el partido alemán de extrema derecha y fuertemente antiinmigración, Alternative für Deutschland (AfD), ha superado en las encuestas a la CDU-CSU de Merz como primera fuerza política, con un 28 % frente al 24 %. Sin embargo, ante los despidos anunciados por Volkswagen, el Gobierno de Merz se ha mantenido pasivo: «Intentamos evitar cualquier cierre de plantas en Alemania (…) —comentó un portavoz del Gobierno—. Pero, en última instancia, se trata de decisiones de las empresas, que deben tomarse según criterios económicos».[xiv] La reestructuración de todo el sector del automóvil, que, sin contar los componentes, representa el 10 % del total de las exportaciones alemanas (156 mil millones de 1.563) , puede, por lo tanto, acentuar la crisis del orden social y político alemán, que desde el final de la Segunda Guerra Mundial se ha basado en la alternancia entre la CDU-CSU y el SPD, y que hoy en día no logra mantenerse ni siquiera uniendo a estos dos partidos.

¿Cómo responder a la deslocalización —no solo del sector del automóvil— y a la desindustrialización, que reduce los salarios y transforma los puestos de trabajo de la industria en empleos precarios y mal remunerados en el sector servicios? Sin duda, deberían generalizarse algunas propuestas que los sindicatos italianos y europeos han elaborado en los últimos años, como las leyes contra la deslocalización, que impongan sanciones y la devolución de las ayudas estatales a las empresas que se deslocalizan; el aumento de la frecuencia de las renovaciones de los convenios colectivos nacionales, combinadas, no obstante, con la introducción de salarios mínimos; y la obligación de que los subcontratistas apliquen los convenios colectivos de referencia. A estas medidas habría que añadir otras, destinadas a reducir la movilidad de los capitales a nivel internacional, la cual, al aumentar con el neoliberalismo, ha dado lugar a la globalización de la producción. En lo que respecta a Italia, dado que los salarios (y el coste laboral) italianos son significativamente más bajos que los del resto de los países europeos avanzados y son los que más poder adquisitivo han perdido en el G20, sería necesaria una campaña nacional, en la que participen conjuntamente la política y los sindicatos, contra los bajos salarios en todos los sectores. Pero esto no basta, ya que la cuestión y las soluciones son de carácter más general.

En definitiva, la crisis del sector automovilístico alemán supone la confirmación del fin definitivo del llamado «modelo renano» alemán —que ya llevaba tiempo en dificultades—, basado en una especie de pacto social entre empresas, sindicatos, bancos y Gobierno. Pero también es la prueba del fracaso del modelo neoliberal —basado en las exportaciones, la moderación salarial, las privatizaciones y la retirada del Estado de la economía—, que se ha impuesto en Europa en las últimas décadas.

 En términos más generales, es la demostración de las contradicciones insuperables del modo de producción capitalista, desde la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción hasta la anarquía del mercado. El fracaso de Europa destaca especialmente si se compara con el éxito de China, que está ganando la competencia cada vez menos gracias a los bajos salarios y cada vez más gracias a su capacidad de innovación tecnológica, basada en la intervención planificada y organizada del Estado. Por lo tanto, sería conveniente que la UE e Italia tomaran como referencia la experiencia china, abandonaran las lógicas neoliberales y aplicaran políticas estatales de planificación industrial —previstas en el artículo 41 de la Constitución italiana— y de renacionalización de las empresas. Pero se trata de una cuestión de decisiones y, por lo tanto, es un asunto que solo se resuelve a nivel político. Lo cual no significa que todo se reduzca a la contienda electoral, sino que hay que modificar, mediante la lucha —empezando por los lugares de trabajo—, las relaciones de fuerza globales entre las clases sociales, es decir, entre el capital transnacional y el trabajo asalariado.
Notas
[i] Elaboración propia a partir de datos de Eurostat, «International trade of EU and non-EU countries since 2002 by SITC». Cabe señalar que Italia tiene un superávit comercial de 13 mil millones con respecto a Alemania. https://ec.europa.eu/eurostat/comext/newxtweb/submitresultsextraction.do
[ii] Focus2move, China 2026: caída en picado mientras Geely desplaza a BYD como marca líder.
[iii] https://www.marklines.com/en/report/rep2969_202602
[iv] Karl Marx, El capital, Libro III, Sección III: «La caída tendencial de la tasa de ganancia», editorial Newton Compton, Roma, 1996.
[v] Organización Internacional del Trabajo (OIT), «Salarios, productividad y participación salarial en China», abril de 2016.
[vi] Amin Samir, El desarrollo desigual. Ensayo sobre las formaciones sociales del capitalismo periférico, Giulio Einaudi Editore, Turín, 1977.
[vii] Eurostat, Base de datos, «Niveles de costes laborales por actividad según la NACE Rev. 2».
[viii] Organización Internacional del Trabajo (OIT), Informe mundial sobre los salarios 2024-2025.
[ix] Página web de Unrae con datos de Acea.
[x] John Smith, Imperialism & the globalization of production, tesis doctoral, julio de 2010.
[xi] Mario Cianflone, Una señal de alarma, pero el grupo puede recuperarse, il Sole24ore, 27 de junio de 2026.
[xii] Página web de la Organización Internacional de Fabricantes de Automóviles (OICA), Estadísticas de producción.
[xiii] Según los datos de Eurostat, las exportaciones italianas de automóviles entre 2024 y 2025 descendieron de 15,2 a 14,4 mil millones, mientras que las del sector farmacéutico aumentaron de 52,9 a 68,76 mil millones y las del sector químico, de 101,3 a 116 mil millones.
[xiv] Matteo Meneghello, «Volkswagen prepara 100 000 despidos y cierra plantas en Alemania», Il Sole 24 Ore, 27 de junio de 2026."

(Domenico Moro, Sinistra in rete, 09/07/26, traducción Salvador López)

30.5.26

Adam Tooze: El desarrollo económico de China es único en la historia de la humanidad... ¿Cuál es la mejor manera de expresar y cuantificar este hecho tan contundente? Medido en términos de puntos de crecimiento ponderados por la población, el crecimiento de China fue más de 290 veces mayor que el crecimiento de la «edad dorada» estadounidense... En el caso de EE. UU., durante el periodo comprendido entre 1865 y 1914, el PIB total aumentó en 738 000 millones de dólares a precios de 2011... En el caso de China, durante el periodo comprendido entre 1978 y 2022, el aumento del PIB fue de 25,3 billones de dólares... China ha crecido a una tasa media (compuesta) anual del 8,1 % per cápita... Nunca en la historia tantas personas han mejorado tanto sus ingresos durante un período ininterrumpido tan prolongado... En cuanto a escala y velocidad, no hay nada en la historia económica documentada que se pueda comparar con el impacto del reciente desarrollo de China

"A simple vista, resulta evidente que el espectacular crecimiento de China desde finales de la década de 1970 en adelante constituye la mayor transformación individual en la historia económica mundial. Pero, ¿cuál es la mejor manera de expresar y cuantificar este hecho tan contundente?

Últimamente he dedicado mucho tiempo a la cuestión de la energía y el clima (por cierto, mis disculpas por la ralentización del boletín. El servicio normal se reanudará en unas semanas). La historia del consumo mundial de carbón sin duda ofrece una imagen clara.

Si se mide en términos de carbón, la historia de nuestra especie se divide en tres fases. La primera fase se prolongó hasta 1750, cuando la gran mayoría de las sociedades humanas dependía en gran medida de un régimen energético somático y biológico: leña, fuerza humana y fuerza animal. El segundo periodo se extendió desde la década de 1750 hasta finales del siglo XX. Esto era lo que solíamos considerar el régimen clásico de la industrialización, que comenzó con la revolución industrial del siglo XVIII y terminó con el mundo tal y como era en la década de 1990. A lo largo de dos siglos, la industria pesada se extendió desde sus orígenes en la Europa noroccidental del siglo XVIII hacia América del Norte y Europa del Este, y se extendió, en el siglo XX, hasta Japón. Este fue el mundo que definió la primera fase de la política climática global y su política Norte-Sur, el mundo de la conferencia de Noordwijk en Río de 1992 y del Tratado de Kioto de 1997. Sigue definiendo el imaginario de gran parte de lo que se escribe sobre la cuestión climática hasta el día de hoy, especialmente en Estados Unidos. En este arco histórico, la transición hacia la energía limpia va de la mano de la desindustrialización, lo que inspira el discurso de una economía «ingrávida». Pero eso fue, desde una perspectiva global, una experiencia local. A escala mundial, ocurre lo contrario. En la década de 2000, de forma bastante repentina, el consumo de carbón de China se disparó verticalmente hasta alcanzar niveles nunca vistos en la historia de la humanidad: cuatro veces mayor que el de Estados Unidos en su momento álgido.
El carbón es una medida física, ¿qué hay del PIB?

Branko Milanović, en su obra The Great Global Transformation (ya a la venta y muy recomendable), ofrece esta comparación intuitiva:

"China ha «explotado»: de producir el 2 % de la producción mundial en 1974, su cuota ha aumentado hasta el 22 % en 2022. Esto se logró gracias a una proeza sin precedentes en la historia económica mundial. Entre 1978 y 2022, China ha crecido a una tasa media (compuesta) anual del 8,1 % per cápita. Nunca en la historia tantas personas han mejorado tanto sus ingresos durante un período ininterrumpido tan prolongado. Para ilustrarlo, podemos comparar el auge de China con el caso de Japón. En el caso chino, tenemos más de mil millones de personas (el número medio de ciudadanos chinos durante el período 1978-2022 fue de 1230 millones), con un crecimiento del 8,1 % anual a lo largo de cuarenta y cuatro años. Un simple cálculo (1,081) elevado a la potencia de 44 multiplicado por 1230 millones da una ganancia total de 38 000 millones de unidades (personas/ingresos). Japón, durante su período de mayor éxito, 1952-1991, generó un crecimiento de los ingresos equivalente a aproximadamente 105 millones de personas a lo largo de treinta y nueve años, a una tasa media del 7,1 % per cápita anual. El mismo cálculo arroja a su vez 1.900 millones de unidades de personas/ingresos, es decir, una vigésima parte de lo que obtenemos para China. Por último, un cálculo para Estados Unidos durante el periodo de su despegue económico entre 1865 y 1914 arroja una tasa de crecimiento anual media del 1,3 % per cápita para una población media de 63 millones, y por lo tanto una ganancia global de 130 millones de unidades. En otras palabras, las ganancias generadas durante el extraordinario auge de China fueron de un orden de magnitud totalmente diferente en comparación con las de Japón y Estados Unidos durante sus despegues económicos."

Medido en términos de puntos de crecimiento ponderados por la población, el crecimiento de China fue 20 veces mayor que el de Japón en su época de auge y más de 290 veces mayor que el crecimiento de la «edad dorada» estadounidense.

Se trata de una medida seductoramente simple que, sin embargo, es estrictamente relativa. Es decir, opera en términos de tasas de crecimiento, no de niveles de PIB. Es una medida de cuántas personas «se movieron», a qué velocidad y durante cuánto tiempo.

¿Y si, en cambio, utilizamos medidas absolutas del PIB? Para ello, podemos remitirnos al conjunto de datos de Angus Maddison sobre el PIB y la población. Si tomamos los mismos periodos que Milanović —de 1978 a 2022 para China, de 1953 a 1991 para Japón y de 1865 a 1914 para EE. UU.—, podemos preguntarnos: ¿en qué medida contribuyó su respectivo crecimiento al PIB nacional?

En el caso de EE. UU., durante el periodo comprendido entre 1865 y 1914, el PIB total aumentó en 738 000 millones de dólares a precios de 2011.

El auge del crecimiento de Japón entre 1953 y 1991 aportó 3,5 billones de dólares al PIB a precios de 2011.

En el caso de China, durante el periodo comprendido entre 1978 y 2022, el aumento del PIB fue de 25,3 billones de dólares.

Dado que el PIB de China en 1978 era tan bajo, en términos absolutos el incremento del PIB derivado de su crecimiento fue «solo» 7,2 veces mayor que el aportado por Japón y 34 veces mayor que el de Estados Unidos durante su fase de despegue.

La conclusión es clara: el mundo nunca ha visto nada parecido a la explosión de crecimiento de China.

Solo se llega a una conclusión algo diferente si se sitúan estas cifras de crecimiento absoluto ajustadas a la inflación en proporción al crecimiento global del PIB durante los periodos pertinentes.

Durante el medio siglo transcurrido entre la Guerra Civil estadounidense y la Primera Guerra Mundial, el PIB mundial aumentó, según una interpolación aproximada a partir del conjunto de datos de Maddison, en unos 2,3 billones de dólares. El crecimiento de EE. UU. representó alrededor del 30 % de esa cifra.

Entre principios de la década de 1950 y 1990, el PIB mundial aumentó en 34 billones de dólares a precios de 2011. La contribución de Japón a ese aumento fue de algo más del 10 %.

¿Y qué hay de China y el siglo XXI?

Durante los cuarenta años transcurridos entre 1980 y principios de la década de 2020, el aumento del PIB mundial fue de 100 billones de dólares. Si nos fiamos de los datos de Maddison, el PIB mundial se multiplicó por más de cuatro. De ese asombroso aumento, China representó aproximadamente una cuarta parte.

Lo cual nos lleva de vuelta al punto de partida. Aunque en términos relativos el crecimiento de la economía estadounidense a finales del siglo XIX supuso una contribución desmesurada al crecimiento mundial, algo mayor que la de China en los últimos cuarenta años, la tasa de crecimiento y las cifras absolutas fueron mucho menores. La economía mundial de finales del siglo XX y principios del XXI era mucho mayor y crecía más rápidamente que a finales del siglo XIX. En cuanto a escala y velocidad, no hay nada en la historia económica documentada que se pueda comparar con el impacto del reciente desarrollo de China." 

(Adam Tooze , blog, 28/05/26, traducción Salvador López)  

28.4.26

¿Cómo vive Cuba el bloqueo energético? Tanto políticos como grandes medios luego coinciden en que la situación en Cuba es de desesperación y colapso inminente... Hemos estado en Cuba... Hemos descubierto un pueblo golpeado y sufriendo por el bloqueo energético, pero con un gobierno que está gestionando la situación y unos ciudadanos que están saliendo adelante... Trump dice que Cuba es un Estado fallido pero, precisamente porque hay un Estado presente en la organización de la sociedad, se está logrando gestionar el déficit energético, dando el principal rango a las áreas donde hay un hospital o instalaciones sanitarias, escuelas, bomberos, industrias de alimentos… En esas zonas protegidas casi nunca se va la electricidad... En una carrera contra reloj, y con la ayuda de China, cada día se están inaugurando sistemas solares que suministran energía a centros sanitarios y hospitales. En cuanto a la distribución de la gasolina, el criterio también es social, los servicios públicos tienen un suministro garantizado... el Estado mantiene la energía al mismo precio y no existen distribuidores que puedan especular o acumular, y no hay inflación... La transparencia del gobierno cubano hacia la situación energética es absoluta... China en doce meses lleva ya construidos 75 parques solares, lo que hizo que su generación total haya pasado del 5,8% al 20%... ¿Se imaginan qué pasaría a España se le impidiese que llegase una gota de petróleo o gas? Es evidente que el objetivo del bloqueo energético es provocar un levantamiento popular contra el gobierno, algo que parece cada vez más lejos y absurdo... En conclusión, un Estado socialista que planifica y prioriza, una solidaridad de China y una inventiva cubana están consiguiendo que, una vez más, Cuba avance y los planes de derrocamiento de Estados Unidos sigan fracasando (Pascual Serrano)

"Todo el mundo parece indignado por Trump, sus interpretaciones geopolíticas, sus medidas políticas y sus guerras. Sin embargo, tanto políticos como grandes medios luego coinciden con él en que la situación en Cuba es de desesperación y colapso inminente. El escenario que promueven es el de un Estado fallido para que una intervención militar pueda interpretarse, más que como una agresión, como una salvación o, en el menor de los casos, algo que no puede agravar más la situación. El objetivo, como dice Belén Gopegui, es implantar la idea de que “ya no hay nada que hacer”, solo esperar la llegada del imperialismo.

Hemos estado en Cuba, hemos visto, observado, preguntado y tomado nota. Hemos descubierto un pueblo golpeado y sufriendo por el bloqueo energético, pero con un gobierno que está gestionando la situación y unos ciudadanos que están saliendo adelante.

El primer dato a tener en cuenta es que a Cuba se le ha impuesto un bloqueo energético por el cual ha estado cuatro meses sin entrar ni una gota de petróleo en la isla. Petroleo que antes recibía de México o Venezuela. Como consencuencia se han quedado las plantas termoeléctricas de la isla sin materia prima para operar. Sorprende cómo el mundo se indignó por el bloqueo en la ayuda alimentaria que Israel impuso a Gaza, pero bloquear el acceso a la energía es igual de asfixiante para una economía y de criminal para un país. ¿Se imaginan qué pasaría a España se le impidiese que llegase una gota de petróleo o gas? ¿O a una isla como Dominicana, al lado de Cuba? Imaginen, bloquear el acceso de República Dominicana a los 50 o 60 millones de barriles anuales que le llegan, o los 2,8 millones de barriles diarios que importa Japón. Y cuando esos países no puedan desarrollarse por la falta de esa energía, decir que el capitalismo no funciona.

La primera paradoja es que el gobierno de Trump dice que Cuba es un Estado fallido pero, precisamente porque hay un Estado presente en la organización de la sociedad, se está logrando gestionar el déficit energético. El Estado cubano ha clasificado las zonas según prioridades energéticas, que llaman circuitos con niveles de importancia, dando el principal rango a las áreas donde hay un hospital o instalaciones sanitarias, escuelas, bomberos, industrias de alimentos… En esas zonas protegidas casi nunca se va la electricidad.

Del mismo modo, el Estado cubano está dando prioridad a centros sanitarios, educativos o de servicios sociales para la instalación de paneles solares. En una carrera contra reloj, y con la ayuda de China, cada día se están inaugurando sistemas solares que suministran energía a centros sanitarios y hospitales.

En cuanto a la distribución de la gasolina, el criterio también es social, los servicios públicos tienen un suministro garantizado, igual que la producción agrícola o las empresas estratégicas, mientras que el uso privado es el que dispone de menos combustible y a un precio muy caro.

Igualmente, el Estado planifica conexiones y desconexiones territoriales en sus centrales termoeléctricas para asegurar el reparto del suministro y evitar que el sistema colapse por una demanda por encima de la electricidad disponible.

Ha sido la planificación del Estado la que ha permitido que los 730.000 barriles de crudo (“tercera parte de lo que necesitamos en un mes”, en palabras del presidente Díaz-Canel) que llegaron en el barco ruso Anatoly Kolodkin el pasado 31 de marzo puedan ser estirados y optimizados al máximo hasta generar 800 o 1.000 mw, la tercera parte de todo lo que se necesita en el horario pico.

A diferencia de nuestros países, donde una subida de la energía se convierte instantáneamente en inflación y subida de precios, en Cuba no se observa un aumento de los precios de los productos de primera necesidad. El motivo es que para su producción el Estado mantiene la energía al mismo precio y no existen distribuidores que puedan especular o acumular. Por otro lado, los productos importados no tienen por qué aumentar su precio porque no les afecta ningún bloqueo energético.

El gobierno de Estados Unidos precisamente plantea permitir la importación de combustible pero solo para el sector privado, es decir, para ricos y empresas privadas independientemente de su importancia. O sea, quiere eliminar los criterios sociales y estratégicos del Estado cubano. Si no hubiese un Estado que priorizase las necesidades y coordinase la conexiones y desconexiones, las demandas particulares provocarían el colapso constante del sistema.

Dice que es un Estado fallido pero precisamente lo que quiere es desactivarlo porque sabe que no tiene nada de fallido.

La iniciativa de los cubanos de a pie también es de destacar. Las calles de La Habana están llenas de motos eléctricas chinas, e incluso triciclos que transportan hasta seis personas y que ya han sustituido a la mayoría de los coches de gasolina y, sobre todo, a los taxis. Esas motos, que están resolviendo el transporte en La Habana, están costando en torno a 600 o 700 dólares, una cantidad importante para un cubano, pero recordemos que ellos llevan toda la vida pagando una cantidad mínima por la energía eléctrica, menos de un dólar al mes. Recargar ahora la batería de sus motos en sus casas es prácticamente gratuito.

Por otro lado, muchas viviendas ya cuentan con paneles solares para garantizar su autosuficiencia energética. Es curioso que esa transición energética los españoles la estamos haciendo a la fuerza para poder encajar las sanciones que nosotros mismos hemos puesto a Rusia y el encarecimiento del gas que han provocado esas sanciones. En Cuba se está haciendo pero por el bloqueo estadounidense.

La afectación en el transporte provoca que muchos trabajadores se queden en casas de amigos y familiares para no tener que desplazarse cada día a su puesto de trabajo, o que lleven la comida o la ropa a la nevera o la lavadora del familiar que dispone de electricidad. Es decir, el país ni se para ni se colapsa. De hecho, aunque hemos visto menos vehículos de gasolina por las calles de La Habana y una brusca caída del turismo, moverse por la ciudad no es complicado, la gente va a trabajar y el fin de semana los locales de ocio no se pueden quejar de público cubano. Nada parecido al periodo especial de los años noventa.

La transparencia del gobierno cubano hacia la situación energética es absoluta. Los cubanos siguen un canal de wasap de la Unión Eléctrica de Cuba donde todos los días difunden un gráfico de “Actualización del Sistema Energético Nacional”. Allí pueden comprobar que lo habitual en el horario pico es disponer de unos 2.000 mw (hace veinte días no se llegaba a los 1.500) y una demanda de 3.000 mw. Los mil de déficit deben repartirse según prioridades y escalonarse para que el sistema no colapse.

La situación actual es que China en doce meses lleva ya construidos 75 de los 92 parques solares que se comprometió a poner en marcha para 2028, lo que hizo que su generación total haya pasado del 5,8% al 20%. Cada parque solar cuesta aproximadamente 16 millones de dólares, y los 75 ya construidos representan una inversión superior a 1.200 millones de dólares en infraestructura energética instalada a velocidad récord. Cada megavatio de capacidad solar instalada representa ceca de 18.000 toneladas de combustible que ya la isla no necesita importar.

Hoy ya la energía solar en Cuba produce 1.000 mw, el 20 o 25% de la energía que necesita el país. Hay que tener en cuenta que la energía solar actual ayuda a cubrir el pico diurno, pero no resuelve los apagones nocturnos sin sistemas de almacenamiento masivo, no olvidemos que los cubanos por la noche usan mucha electricidad para sus aires acondicionados.

La velocidad del despliegue sorprende incluso a los estándares chinos: algunos parques entraron en operación en apenas 35 días tras la llegada de los equipos. Además del aporte masivo a la red eléctrica, el acuerdo con China incluye la donación de 70 toneladas de piezas para generadores y planes para instalar 10.000 sistemas fotovoltaicos en hogares, maternidades y clínicas.

Es evidente que el objetivo del bloqueo energético es provocar un levantamiento popular contra el gobierno, algo que parece cada vez más lejos y absurdo. Es difícil saber con precisión cuál es porcentaje de apoyo u oposición al gobierno cubano, pero es indiscutible que el apoyo es mayor del 36% que tiene Trump. Yo diría que incluso es mayor que el que tenía hace unos años. La soberbia y torpeza de Trump afirmando que quería “tomar Cuba”, ha despertado el rechazo incluso entre los cubanos que, ingenuamente, podían pensar que la Administración estadounidense alguna vez estuviera interesada en democracia o derechos humanos para Cuba.

En conclusión, un Estado socialista que planifica y prioriza, una solidaridad de China y una inventiva cubana están consiguiendo que, una vez más, Cuba avance y los planes de derrocamiento de Estados Unidos sigan fracasando como en los últimos sesenta años." 

( Pascual Serrano, Globalter, 28/04/26)

24.3.26

El contraste es llamativo. Mientras Estados Unidos arrastra a sus aliados a otra guerra en el golfo Pérsico que va a drenar ingentes recursos materiales y humanos, y generar enormes tensiones geopolíticas y socioeconómicas, el gobierno de China acaba de aprobar su 15º Plan Quinquenal (2026-2030) con un objetivo claro: seguir modernizando el país para que China se convierta en una potencia económica, tecnológica y militar en 2035... sería un error pensar que se trata de otro documento político-administrativo con pocas consecuencias prácticas. A diferencia del Plan Draghi, que sólo se ha aplicado en un 15% después de un año y medio, el gobierno chino suele cumplir con alrededor del 80% de las metas de sus planes... Sigue prevaleciendo la idea de que el consumo no puede ser una estrategia de crecimiento en sí misma, sino sólo la consecuencia última de un desarrollo sostenible, de una renta per cápita más elevada y de una mayor capacidad adquisitiva. En otras palabras, los esfuerzos seguirán concentrándose en reforzar la capacidad industrial y tecnológica y en aumentar la productividad... El plan divide la modernización económica en tres grandes bloques. Por un lado, estarían los sectores tradicionales, como el acero o el cemento, y la industria petroquímica, electrónica e incluso textil, que generan una gran cantidad de empleo y necesitan mantenerse competitivos frente a otros países emergentes con mano de obra más barata, lo cual implica una mayor digitalización, automatización y robotización. Después están los sectores de mayor valor añadido en los que China ya es altamente competitiva, pero quiere serlo todavía más. Aquí estarían, por ejemplo, los minerales críticos, la energía solar y eólica, las baterías para vehículos eléctricos, los propios vehículos eléctricos, la fabricación avanzada, la maquinaria industrial de precisión y los drones comerciales. Y, finalmente, están los sectores y las tecnologías del futuro como la inteligencia artificial avanzada, la tecnología y computación cuántica, la biotecnología y bioingeniería, los materiales avanzados, la robótica humanoide y la tecnología espacial... Por último, se refuerzan los servicios vinculados a la cultura, el deporte, el entretenimiento y el turismo, sectores en los que muchas empresas españolas ocupan posiciones destacadas a escala internacional. Para Europa, y también para España, el mensaje es claro: China seguirá siendo al mismo tiempo un competidor muy fuerte, un socio económico indispensable y un mercado de oportunidades en sectores clave (Mario Esteban)

"El contraste es llamativo. Mientras Estados Unidos (EEUU) arrastra a sus aliados a otra guerra en el golfo Pérsico que va a drenar ingentes recursos materiales y humanos, y generar enormes tensiones geopolíticas y socioeconómicas, el gobierno de China acaba de aprobar su 15º Plan Quinquenal (2026-2030) con un objetivo claro: seguir modernizando el país para que China se convierta en una potencia económica, tecnológica y militar en 2035. Es decir, la visión no es sólo de un lustro, sino de una década. Y sería un error pensar que se trata de otro documento político-administrativo con pocas consecuencias prácticas. A diferencia del Plan Draghi, que sólo se ha aplicado en un 15% después de un año y medio, el gobierno chino suele cumplir con alrededor del 80% de las metas de sus planes.       

En general, el documento sigue siendo una continuación del plan anterior y, a grandes rasgos, refleja dos grandes ideas, seis prioridades estratégicas y cuatro métodos para conseguirlas. La primera gran idea es que la competencia sistémica con EEUU durará décadas y se decidirá en la carrera tecnológica. La segunda es que China está preparada para afrontar este reto. Pese a las recientes embestidas de EEUU, el plan presenta un mensaje relativamente optimista, fundamentado en que las fortalezas de China (su capacidad de inversión, desarrollo tecnológico, capacidad industrial, estabilidad política, capacidad de coordinación política y la cantidad y calidad de sus recursos humanos) le permitirán, a pesar de sus debilidades (estancamiento de la demanda interna, involución de precios, endeudamiento y declive demográfico), seguir avanzando en su proceso de desarrollo.

Parece evidente que Pekín se siente reforzada en su estrategia de los últimos cinco años y no piensa que haya que cambiar de rumbo. Más bien lo contrario. Las prioridades siguen siendo las mismas y se podrían resumir en: (1) conseguir una mayor seguridad integral (tanto económica como estratégica); (2) lograr un crecimiento económico de alta calidad; (3) perseguir una mayor autosuficiencia tecnológica; (4) fortalecer el mercado interno; (5) continuar con la transición ecológica; y (6) aumentar la influencia internacional del país. Y para ello, los métodos también siguen siendo los mismos: nacionalismo tecnológico, planificación estatal, modernización industrial y apertura internacional selectiva.

Todos estos elementos, que pueden sonar abstractos, se aterrizan en políticas concretas. Hay metas cuantitativas específicas: se sigue apostando por un crecimiento del PIB en torno al 5%; doblar la renta per cápita de aquí a 10 años para estar al nivel de un país desarrollado medio; elevar un 7% anual la inversión en I+D+i; que las patentes de alto valor añadido pasen de 16 a 22 por cada 10.000 habitantes; que la economía digital represente el 12,50% del BIP; que las renovales supongan el 25% del mix energético; y que la esperanza de vida llegue a los 80 años. Pero también hay fórmulas bastante bien definidas de cómo lograr muchos de los objetivos propuestos.

El plan, por ejemplo, divide la modernización económica en tres grandes bloques. Por un lado, estarían los sectores tradicionales, como el acero o el cemento, y la industria petroquímica, electrónica e incluso textil, que generan una gran cantidad de empleo y necesitan mantenerse competitivos frente a otros países emergentes con mano de obra más barata, lo cual implica una mayor digitalización, automatización y robotización. Después están los sectores de mayor valor añadido en los que China ya es altamente competitiva, pero quiere serlo todavía más. Aquí estarían, por ejemplo, los minerales críticos, la energía solar y eólica, las baterías para vehículos eléctricos, los propios vehículos eléctricos, la fabricación avanzada, la maquinaria industrial de precisión y los drones comerciales. Y, finalmente, están los sectores y las tecnologías del futuro como la inteligencia artificial avanzada, la tecnología y computación cuántica, la biotecnología y bioingeniería, los materiales avanzados, la robótica humanoide y la tecnología espacial.

Hay dos elementos que destacan además en esta división sectorial. Por un lado, China tiene perfectamente identificados los sectores dónde todavía tiene una alta dependencia de Occidente y, por lo tanto, los países avanzados los podrían usar como elementos de presión (chokepoints) en un potencial conflicto. Estos son los semiconductores avanzados, los equipos de fabricación de chips, los chips específicos para la inteligencia artificial, el software industrial y de automatización del diseño electrónico, los motores aeronáuticos, la instrumentación científica avanzada, los materiales de alta tecnología y muchos dispositivos médicos avanzados. En todos ellos China va a buscar una mayor autosuficiencia en los próximos cinco años. Y, por otro, la aplicación y difusión de la inteligencia artificial es una estrategia nacional e integral que abarca todos los sectores, desde la agricultura inteligente, la industria, los servicios, el transporte, la educación, la sanidad, los cuidados y el envejecimiento, el consumo y el comercio hasta la administración pública. Se mencionan concretamente los hogares inteligentes, la movilidad inteligente, las comunidades inteligentes y los servicios públicos digitales.

Otro objetivo importante, pero menos prioritario, es potenciar el mercado interno reduciendo trabas y estimulando el consumo doméstico, que sigue sin tener brío desde la pandemia. Quizás, a diferencia del plan anterior, en esta ocasión se hace más hincapié en medidas de demanda como por ejemplo aumentar el salario mínimo, mejorar las oportunidades de empleo, ayudar a las pymes, estabilizar el mercado inmobiliario y expandir la red de guarderías de 0 a 3 años.

En cualquier caso, se sigue insistiendo en la lógica de la Ley de Say, según la cual la oferta crea su propia demanda. Por eso, la apuesta continúa centrada en los productos de alta calidad, la mejora de las infraestructuras y el desarrollo de nuevos servicios en ámbitos como el deporte, la cultura y el entretenimiento. Por tanto, quienes esperan un aumento del consumo volverán a verse decepcionados. Sigue prevaleciendo la idea de que el consumo no puede ser una estrategia de crecimiento en sí misma, sino sólo la consecuencia última de un desarrollo sostenible, de una renta per cápita más elevada y de una mayor capacidad adquisitiva. En otras palabras, los esfuerzos seguirán concentrándose en reforzar la capacidad industrial y tecnológica y en aumentar la productividad. Hasta que el gobierno chino no establezca metas cuantitativas concretas en relación con el consumo y ponga a las provincias a competir entre ellas, como se hace ahora en la industria y la tecnología, para lograr o superar esas metas, el consumo interno no será la máxima prioridad para Pekín.

Desde la perspectiva de las empresas españolas, conviene subrayar que el gobierno chino reconoce la necesidad de contar tanto con las empresas privadas nacionales como con las extranjeras para alcanzar sus objetivos. Esto implica que seguirá fomentándose la inversión extranjera en distintos sectores. En particular, se mencionan la industria y las manufacturas avanzadas, la alta tecnología y los servicios modernos. Además, se plantea reducir la lista de sectores vetados a la inversión extranjera, así como aliviar las trabas jurídicas y burocráticas, una reivindicación recurrente de muchas empresas europeas. También se prevé la apertura de sectores hasta ahora considerados estratégicos, como las telecomunicaciones, la sanidad y la biotecnología.

Por otro lado, el plan fija objetivos claros en materia de aumento de las energías no fósiles, reducción de emisiones y electrificación de la industria. Esto abre oportunidades en ámbitos como las energías renovables, la gestión de redes eléctricas, el hidrógeno verde y el almacenamiento energético. Otro campo relevante es el de los servicios urbanos y la movilidad inteligente, con oportunidades en el transporte inteligente, la logística digital y la movilidad conectada. Lo mismo ocurre con la ingeniería urbana, la gestión de infraestructuras y la planificación urbana. El plan también impulsa la agricultura inteligente y la seguridad alimentaria, lo que puede generar oportunidades en tecnología agrícola, gestión del agua, procesamiento de alimentos y genética agrícola. Por último, se refuerzan los servicios vinculados a la cultura, el deporte, el entretenimiento y el turismo, sectores en los que muchas empresas españolas ocupan posiciones destacadas a escala internacional.

En conclusión, el 15º Plan Quinquenal confirma que China no sólo mantiene el rumbo, sino que acelera su apuesta por un modelo de desarrollo basado en la seguridad económica, la autosuficiencia tecnológica, la modernización industrial y una apertura exterior cuidadosamente controlada. Pekín asume que la rivalidad con EEUU será larga y estructural, y responde a ella con una estrategia coherente, ambiciosa y respaldada por capacidades estatales e industriales difíciles de igualar. Para Europa, y también para España, el mensaje es claro: China seguirá siendo al mismo tiempo un competidor muy fuerte, un socio económico indispensable y un mercado de oportunidades en sectores clave. Entender esta lógica, sin simplificaciones ni inercias ideológicas, será esencial para diseñar políticas realistas para poder competir y relacionarse con un país que, pese a las dificultades, sigue pisando el acelerador."

23.3.26

A los bancos centrales les tiemblan las piernas... Durante décadas, los bancos centrales han hablado antes que nadie, diciendo lo que había que hacer... Por eso sorprende tanto la cautela e incuso el mutismo actual... Y ahí no hay mucho margen para el optimismo... La economía global está en tensión desde hace tiempo y los precios suben por múltiples factores: aranceles de Trump, concentración de los mercados, restricción crediticia, burbuja de la inteligencia artificial y, últimamente, por la guerra de Irán. Sin embargo, los bancos centrales siguen pensando en utilizar el único instrumento de siempre: los tipos de interés. Y el problema es evidente. Subir tipos enfría la demanda, pero no resuelve cuellos de botella ni abarata la energía. Lo que provoca, en cambio, es un efecto claro: encarece la financiación, frena la inversión y debilita la actividad... Y en economías deprimidas como la europea que crece al 0,9%, o en la de Estados Unidos afectada por los aranceles, eso podría ser una puntilla definitiva que las frenara en seco. Una vez más, subir ahora los tipos sólo beneficiaría a los grandes poseedores de capital y paralizaría aún más la actividad económica... La arquitectura de la política monetaria está mal diseñada y no es útil ante los problemas económicos... los bancos centrales empiezan a ser conscientes de ello... Hay que ampliar su mandato más allá del control de la inflación, incluyendo estabilidad financiera sistémica, prevención de burbujas de activos, sostenibilidad ambiental y objetivos de desarrollo sostenible, evaluando los efectos distributivos de cada decisión. Urge reformar su gobernanza y es fundamental institucionalizar la coordinación de su política monetaria con la política fiscal, no como subordinación, sino como arquitectura: protocolos formales, transparentes y sujetos a rendición de cuentas (Juan Torres López) (Juan Torres López)

"Durante décadas, los bancos centrales han hablado antes que nadie, diciendo lo que había que hacer y con la prepotencia típica de quien está seguro de que posee la verdad absoluta. Sus directivos han actuado siempre como árbitros de la política económica en general y únicos custodios de la credibilidad institucional.

Por eso sorprende tanto la cautela e incuso el mutismo actual. La presidenta Lagarde habla con desconocida modestia: «simplemente no podemos ofrecer una orientación«.  En la Reserva Federal, Powell, en lugar de pontificar como era habitual, se ha limitado a subrayar «la incertidumbre que rodea el shock del petróleo».

Estos días, los bancos centrales dan la imagen del jugador que mira desde el banquillo sin saber si el entrenador le va a pedir que salga al campo ni qué deberá hacer si tiene que jugar.

Una actitud muy distinta a la que adoptaron cuando estalló la guerra en Ucrania y los precios de la energía se dispararon. Inmediatamente mantuvieron que la inflación era de naturaleza monetaria y respondieron con su único instrumento: la subida de tipos. Sin importarle que la inflación tuviera un origen claramente externo; ni que subir el precio del dinero sobre unos costes energéticos ya disparados supusiera añadir más leña al fuego.

Prepotencia injustificada

La tradicional actitud prepotente de los bancos centrales ha sido siempre, cuando menos, llamativa, porque todos ellos cargan con un largo historial de predicciones erróneas y de consecuencias devastadoras.

Powell insistió en que la inflación postpandémica era «transitoria». No lo era. La presidenta Lagarde aseguró que sería «muy improbable» una subida de tipos en 2022. Los subió ese mismo año. El Banco de la Reserva de Australia prometió públicamente que los tipos no subirían hasta 2024; los subió en 2022.

No son anécdotas aisladas. Los estudios académicos muestran que las proyecciones de los principales bancos centrales han estado sistemáticamente sesgadas en la misma dirección (mostrando escenarios más optimistas que la realidad) y que sus errores, casualmente, siempre tienden a favorecer al sector financiero y a los grandes capitales.

Más independencia y poder, peor rendimiento

Es muy significativo que los grandes errores y fracasos de los bancos centrales se hayan producido precisamente cuando han disfrutado de total independencia y, además, siempre por la misma razón.

Siendo una de sus principales funciones garantizar la estabilidad financiera, resulta que la creciente independencia de los bancos centrales no ha evitado una mayor recurrencia de episodios de inestabilidad. La base de datos más reciente registra más de 151 crisis bancarias sistémicas de 1970 a 2019, 200 de deuda soberana desde 1960 y 414 cambiarias desde 1950: el período de mayor densidad de crisis de toda la historia documentada.

Ni siquiera se puede decir que la inflación se haya mantenido controlada gracias a la política monetaria, pues se moderó por factores estructurales: la integración de China que hundió los precios industriales en Occidente; y las políticas de recortes, el envejecimiento demográfico, la desigualdad y la debilidad inversora que han mantenido la economía con el freno puesto. Cuando esas fuerzas desaparecieron —con la pandemia y las guerras comerciales—, la inflación regresó con virulencia y los bancos centrales no supieron preverlo ni explicarlo.

Además, una cosa es domeñar un indicador estadístico y otra frenar las subidas de precios de lo que más importa. La inflación general acumulada en la UE entre 2010 y 2024 fue del 39%, pero los precios de la vivienda subieron el 53%. Mientras los precios de consumo se moderaban por factores estructurales, los activos —vivienda, bolsa, deuda— se encarecían, sin que los bancos centrales hayan sido capaces de evitarlo. Y esta inflación es la que más condiciona la vida económica real.

La razón por la que se producen tantos fallos, los errores continuos y graves de los bancos centrales es algo cada día más evidente. No son, como se quiere hacer creer, instituciones técnicas o neutrales. Como expliqué con detalle en mi libro Más difícil todavía, responden a un diseño ideológico basado desde los años ochenta en tres grandes pilares: la inflación es un fenómeno monetario, su independencia es un principio rector imprescindible para evitar expectativas inflacionistas y los tipos de interés son la herramienta necesaria y suficiente para influir sobre los precios.

El primero cae ante la evidencia: la inflación tiene múltiples causas y aplicar siempre la misma respuesta es como recetar el mismo tratamiento para cualquier enfermedad.

El segundo ha mostrado sus límites en las crisis. Durante la pandemia, la coordinación con los gobiernos fue inevitable, aunque improvisada y sin marco institucional claro.

El tercero es cada vez más cuestionado. Los tipos de interés no afectan por igual a todos los sectores ni garantizan una transmisión eficaz al conjunto de la economía.

¿Cambio de actitud o falta de rumbo?

A la vista de tantos fallos acumulados, cabe preguntarse si la moderación de estas últimas semanas significa que los bancos centrales se han dado cuenta de ese sesgo y de sus efectos nocivos y que, por tanto, están dispuestos a rectificar.

Naturalmente, no podemos saber lo que pasa por la cabeza de sus dirigentes, pero sí conocemos sus análisis y los instrumentos a los que se siguen aferrando para tomar medidas ante los problemas económicos. Y ahí no hay mucho margen para el optimismo.

La economía global está en tensión desde hace tiempo y los precios suben por múltiples factores: aranceles de Trump, concentración de los mercados, restricción crediticia, burbuja de la inteligencia artificial y, últimamente, por la guerra de Irán. Sin embargo, los bancos centrales siguen pensando en si utilizan o no el único instrumento de siempre: los tipos de interés. Y el problema es evidente. Subir tipos enfría la demanda, pero no resuelve cuellos de botella ni abarata la energía. Lo que provoca, en cambio, es un efecto claro: encarece la financiación, frena la inversión y debilita la actividad. Y no hay que ser un lince para darse cuenta de que, en economías deprimidas como la europea que crece al 0,9%, o en la de Estados Unidos afectada por los aranceles, eso podría ser una puntilla definitiva que las frenara en seco. Una vez más, subir ahora los tipos sólo beneficiaría a los grandes poseedores de capital y paralizaría aún más la actividad económica.

El silencio actual de los bancos centrales no es humildad. Es parálisis. No se parece al del sabio que calla porque sabe que las palabras precipitadas hacen daño. Es el del técnico que, ante un tablero de control para el que fue entrenado en condiciones de laboratorio, descubre que los indicadores no responden como el manual predice.

Lo que los hechos están imponiendo, con la fuerza acumulada de varios choques simultáneos, es el reconocimiento de que los modelos de los bancos centrales no sirven. Cada vez resulta más evidente que el único instrumento que utilizan produce efectos imprevisibles cuando los problemas son de naturaleza mixta y compleja. La arquitectura de la política monetaria está mal diseñada y no es útil ante los problemas económicos de nuestro tiempo.

Todo indica que los bancos centrales empiezan a ser conscientes de ello. Lo dicen, entre líneas, cuando admiten, como Lagarde, que no pueden «ofrecer orientación», o cuando Powell subraya la incertidumbre como si fuera una novedad y no la condición permanente de la economía real.

Por eso, ahora que el entrenador les dice que se preparen para salir al campo, les tiemblan las piernas.

Las reformas que se necesitan

Es un error alegrarse de la moderación y cautela actual de los bancos centrales. Es sólo una muestra de su impotencia que nos indica la urgencia de rediseñarlos profundamente.

Hay que ampliar su mandato más allá del control de la inflación, incluyendo estabilidad financiera sistémica, prevención de burbujas de activos, sostenibilidad ambiental y objetivos de desarrollo sostenible, evaluando los efectos distributivos de cada decisión.

Se debe redefinir la medición de la inflación, incluyendo el precio efectivo de la vivienda —no el alquiler equivalente hipotético— y los activos que realmente determinan el bienestar de las personas y la buena marga de las empresas.

Es imprescindible sustituir la brocha gorda de los tipos de interés por instrumentos quirúrgicos: coeficientes de capital contracíclicos, límites a la relación préstamo-valor en hipotecas, requisitos de liquidez sectoriales que actúen sobre los focos de fragilidad sin ahogar el conjunto de la economía…

Urge reformar su gobernanza: los órganos de gobierno de los bancos centrales son socialmente homogéneos, lo que genera puntos ciegos colectivos. Se necesita diversidad de enfoques, rendición de cuentas real ante los parlamentos y evaluaciones externas independientes.

Y es fundamental institucionalizar la coordinación de su política monetaria con la política fiscal, no como subordinación, sino como arquitectura: protocolos formales, transparentes y sujetos a rendición de cuentas.

El problema no es que los bancos centrales se equivoquen tanto. Es que actúan como si no pudieran equivocarse nunca. Y que se lo estamos permitiendo."

 (Juan Torres López , CTXT, 20/03/2026)

15.3.26

El XV Plan Quinquenal de China se configuró a partir de un proceso en el que millones de ciudadanos han aportado ideas, sugerencias y propuestas para orientar el desarrollo de los próximos años... la planificación a largo plazo no se limita a una labor de expertos o funcionarios, sino que se abre a un mecanismo amplio de consulta social que refleja la esencia socialista china... Entre el 20 de mayo y el 20 de junio de 2025 se ha llevado a cabo una consulta pública en línea que ha recibido más de 3.113 millones de sugerencias enviadas por internautas. La magnitud de esta cifra revela hasta qué punto la población está dispuesta a implicarse en los debates sobre el rumbo del país... Tras un proceso de revisión y clasificación, esas propuestas se agruparon en unos 1.500 conjuntos representativos organizados en 27 áreas clave de desarrollo... la experiencia social acumulada por millones de personas se convierte en una fuente de información para orientar las decisiones del Estado... El XV Plan Quinquenal abarca prácticamente todos los ámbitos del desarrollo económico y social, desde la innovación tecnológica hasta el bienestar social. Por esa razón, las autoridades consideran importante escuchar las voces de distintos sectores de la sociedad... Entre las metas más destacadas se encuentran mantener un crecimiento estable del PIB, crear más de 12 millones de nuevos empleos urbanos cada año y mantener la tasa de desempleo urbano en torno al 5,5 %. No se trata solo de indicadores macroeconómicos y muchas de estas prioridades coinciden con preocupaciones que han aparecido repetidamente en las propuestas enviadas por la ciudadanía, especialmente en lo relacionado con el empleo y las condiciones de vida... A esto se suma la ampliación de la cobertura de la seguridad social y la mejora de los servicios sanitarios y educativos... También me parece significativo el peso que se da a la innovación, que, en buena medida, responden a la percepción compartida por muchos investigadores, trabajadores del sector tecnológico y estudiantes que han participado en los procesos de consulta (Pedro Barragán)

  "La elaboración del XV Plan Quinquenal de China (2026-2030), que la Asamblea Popular Nacional discute estos días, ofrece algo más que un simple ejercicio de planificación económica. A mi juicio, constituye una muestra significativa de cómo la participación popular puede integrarse en la toma de decisiones estratégicas de un país. Lejos de tratarse únicamente de un documento técnico, el plan se está configurando a partir de un proceso en el que millones de ciudadanos han aportado ideas, sugerencias y propuestas para orientar el desarrollo de los próximos años. En este sentido, la planificación a largo plazo no se limita a una labor de expertos o funcionarios, sino que se abre a un mecanismo amplio de consulta social que refleja la esencia socialista china.

12.3.26

China: el 15.º Plan Nacional... El Gobierno ha fijado el objetivo de que China se convierta en una economía de «nivel medio»... Eso significa duplicar su PIB per cápita en esos 15 años... está en camino de lograrlo, ya que la renta per cápita de China solo tendría que crecer a una tasa media anual del 4,17 % a partir de ahora... de los aproximadamente 20 indicadores, el énfasis se ha desplazado hacia la mejora del nivel de vida y menos hacia el desarrollo económico. El desarrollo ecológico sigue siendo importante. La industria solar china ha sido un ejemplo paradigmático del auge económico del país durante las últimas cuatro décadas... La economía china está impulsada ahora por las inversiones tecnológicas, y ya no por los productos manufacturados de bajo valor o las inversiones improductivas en el sector inmobiliario. Ahora es lo que los estrategas económicos chinos denominan las «nuevas fuerzas productivas de calidad»... El sistema de navegación por satélite BeiDou está a la altura del GPS en cuanto a cobertura y precisión. China también supera a Estados Unidos en densidad de robots industriales. China también está a punto de igualar a Estados Unidos en patentes... China todavía tiene un largo camino por recorrer. Al final del nuevo Plan Nacional, el nivel de vida de los hogares chinos medios habrá mejorado significativamente, pero los niveles de renta per cápita y productividad de China seguirán estando muy por debajo de los de las economías del G7... En mi opinión, la clave del éxito económico de China es su gran sector estatal, que puede impulsar la inversión y, por lo tanto, implementar los objetivos del plan nacional. Esto demuestra el valor de la propiedad pública y la inversión dominante dirigida por el gobierno dentro de un plan nacional. Como resultado, China ha evitado cualquier recesión o caída en los últimos 50 años, incluso durante la COVID. ¿Por qué debería China cambiar su economía impulsada por la inversión, que ha visto crecer el salario real medio en las zonas urbanas un 2406 % desde 1978, multiplicando por 25 el poder adquisitivo? ¿Pueden las economías impulsadas por el consumo de Estados Unidos y el Reino Unido igualar ese aumento del poder adquisitivo de sus hogares? (Michael Roberts)

"El Gobierno chino acaba de concluir sus «dos sesiones» anuales o lianghui. Las «dos sesiones» hacen referencia a dos importantes reuniones políticas: la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino (CPPCC), un comité consultivo político, y la Asamblea Popular Nacional (APN), el máximo órgano legislativo de China. Aparentemente, no se trata de reuniones del Partido Comunista, sino del Estado chino. La reunión consultiva es en gran medida simbólica, y en ella participan destacados líderes empresariales y locales para mantener debates previamente acordados. El verdadero centro de atención es la APN, que decide oficialmente la política económica. En realidad, se limita a aprobar lo que la élite dirigente del PC ya ha decidido de antemano. Con alrededor de dos tercios de sus miembros pertenecientes al Partido Comunista, la APN nunca ha rechazado un proyecto de ley propuesto por el partido.

Las Dos Sesiones de este año fueron diferentes, ya que, además de aprobar las políticas económicas para este año, también se acordó el 15.º Plan Nacional para impulsar la economía china hasta el final de esta década.

En primer lugar, decidió fijar un objetivo de crecimiento del PIB real de entre el 4,5 % y el 5,0 % para 2026. Era la primera vez desde 1991 que la cifra objetivo bajaba del 5 %. El primer ministro Li, al presentar los objetivos económicos, explicó que el objetivo era más bajo debido a las incertidumbres en el comercio mundial y la geopolítica. Aun así, el objetivo de crecimiento era modesto y los dirigentes se mostraban confiados en que se cumpliría.

Hay buenas razones para ello. En 2025, el crecimiento real del PIB de China fue del 5 %, una tasa que, entre las principales economías del mundo, solo superó la India (que exagera sus datos de PIB) y que duplicó con creces la tasa de crecimiento de Estados Unidos y triplicó la del resto de las principales economías capitalistas del G7.

Desde 2020, el Gobierno ha fijado el objetivo de que China se convierta en una economía de «nivel medio» (según la definición del Banco Mundial, 20 000 dólares por persona a precios de 2020) para 2035. Eso significaba, en la práctica, duplicar su PIB per cápita en esos 15 años. Es evidente que está en camino de lograrlo, ya que la renta per cápita de China solo tendría que crecer a una tasa media anual de alrededor del 4,17 % a partir de ahora. Suponiendo que China tenga una tasa media de crecimiento anual del PIB real per cápita de alrededor del 4,5 % a partir de ahora, superará la definición del Banco Mundial en 2034.
El PIB per cápita de China seguiría siendo solo el 27 % del de Estados Unidos (suponiendo que el PIB per cápita de Estados Unidos crezca a una tasa media del 1,5 % a partir de ahora). Por el contrario, el PIB per cápita de la India sería solo el 5 % del de Estados Unidos en 2035. Para más información sobre la convergencia, véase mi artículo aquí. En lo que respecta al crecimiento del PIB, el tamaño de una economía es muy importante. En 2025, el PIB de China aumentó un 5 % o 970 000 millones de dólares. Para igualar esa cifra este año, China solo necesita alcanzar un crecimiento del PIB del 4,75 %. Por el contrario, oficialmente la India creció un 7,6 % en 2025, es decir, solo 326 000 millones de dólares. Así pues, el PIB de la India aumentó tres veces menos que el de China. Para que la India creciera tanto como China en miles de millones de dólares, tendría que crecer aproximadamente un 25 % en un solo año. La masa cuenta.

Muchos economistas occidentales convencionales, así como algunos de la izquierda heterodoxa, siguen rechazando el PIB y las tasas de crecimiento de China. Argumentan dos cosas. En primer lugar, que los datos estadísticos de China son falsos o incorrectos; y, en segundo lugar, que la economía china se va a ralentizar hasta estancarse debido a la abrumadora deuda, el colapso del mercado inmobiliario y el descenso del crecimiento de la productividad, de forma similar a lo que le ha ocurrido a Japón desde la década de 1980. He abordado ambos argumentos en muchas entradas anteriores aquí y aquí. Pero ahora puedo añadir que recientemente las prestigiosas Penn World Tables han confirmado que consideran que los datos de crecimiento de China son en general precisos y ya no intentan «ajustarlos» a la baja.

En cuanto a la deuda y el mercado inmobiliario, sí, la deuda corporativa es elevada y el mercado inmobiliario sigue cayendo. Pero casi toda esta deuda se financia íntegramente con ahorros nacionales, a diferencia de muchos ejemplos de rápida expansión crediticia en otros lugares.

 Por lo tanto, esta deuda es perfectamente gestionable. En cuanto al colapso inmobiliario posterior a la COVID, este último está reduciendo gradualmente su lastre sobre la economía.

El crecimiento de la productividad es clave en una economía en la que la población en edad de trabajar está disminuyendo. Ha caído desde las alturas vertiginosas anteriores, pero sigue siendo significativamente más alto que en las economías capitalistas avanzadas.

Los economistas occidentales exigen continuamente a China que: 1) deje de considerar las exportaciones manufactureras como el principal motor del crecimiento; 2) deje de subvencionar «de forma desleal» aquellas exportaciones que superan a la competencia; y 3) en su lugar, aumente el consumo personal interno y reduzca el ahorro y la inversión. El ejemplo más reciente de estas exigencias políticas proviene del FMI: «China no puede contar con unas exportaciones cada vez mayores para impulsar un crecimiento duradero en los próximos años. Eso hace que el giro hacia un crecimiento impulsado por el consumo sea la prioridad política general».

 He abordado estas exigencias en varias entradas anteriores. Pero reiterémoslo brevemente. El consumo de los hogares chinos no se está estancando, sino que está creciendo un 4,4 %, más o menos en línea con el crecimiento del PIB. Las exportaciones no están impulsando el crecimiento. El comercio neto representó alrededor del 20 % del crecimiento en 2025, el resto fue impulsado por el consumo interno y la inversión. El rápido crecimiento de la productividad ha evitado la inflación y no se debe a una «falta de demanda interna». ¿Por qué debería China cambiar su economía impulsada por la inversión, que ha visto crecer el salario real medio en las zonas urbanas un 2406 % desde 1978, multiplicando por 25 el poder adquisitivo? ¿Pueden las economías impulsadas por el consumo de Estados Unidos y el Reino Unido igualar ese aumento del poder adquisitivo de sus hogares?

En cuanto a las subvenciones «injustas» aplicadas a la industria china, un informe reciente concluyó que «si bien China es efectivamente un usuario activo de subvenciones industriales, el apoyo fiscal directo se ha estabilizado desde 2008. El enfoque estratégico ha pasado de atraer la inversión extranjera a promover la innovación y las capacidades tecnológicas nacionales. Las subvenciones a la industria manufacturera, contrariamente a la percepción común, son relativamente modestas y descentralizadas».

Tomemos como ejemplo los vehículos de motor. Tanto la china BYD como la estadounidense Tesla fabrican vehículos eléctricos en China. Sin embargo, BYD tiene unos costes significativamente más bajos. La integración vertical es muy alta para BYD y la investigación y el desarrollo son mucho más baratos. Las subvenciones estatales solo representan una pequeña parte de la reducción de costes.

En sus objetivos, el 15.º Plan Nacional sigue de cerca al 14.º, que acaba de finalizar. Y es un plan real, más que una simple guía o aspiración. Muchos de los objetivos se consideran obligatorios o vinculantes, por lo que deben aplicarse.

En el último plan, de los aproximadamente 20 indicadores, el énfasis se ha desplazado hacia la mejora del nivel de vida y menos hacia el desarrollo económico.

El desarrollo ecológico sigue siendo importante. Las emisiones de dióxido de carbono (CO2) de China se redujeron un 1 % en el último trimestre de 2025, lo que probablemente garantice una disminución del 0,3 % para el conjunto del año. Esto prolonga la tendencia «plana o descendente» de las emisiones de CO2 de China que comenzó en marzo de 2024 y que ya dura casi dos años.

Las cifras de CO2 implican que la intensidad de carbono de China —sus emisiones de combustibles fósiles por unidad de PIB— se redujo un 4,7 % en 2025 y un 12 % durante el periodo 2020-2025. Sin embargo, esto sigue estando por debajo del objetivo de reducción del 18 % fijado en el último plan quinquenal. China necesita ahora reducir su intensidad de carbono en torno a un 23 % durante los próximos cinco años, pero el 15.º plan solo tiene como objetivo reducir la intensidad de carbono de China en un 17 % para finales de esta década. Por lo tanto, China no va a cumplir su ambicioso objetivo de reducir la intensidad de carbono en un 65 % para 2030.

La industria solar china ha sido un ejemplo paradigmático del auge económico del país durante las últimas cuatro décadas. La producción solar china creció un 76 % anual entre 2004 y 2013. Al mismo tiempo, el coste de la energía solar se ha reducido en más de un 90 %, lo que la hace competitiva con los combustibles fósiles. Las subvenciones para producir, instalar y llevar a cabo I+D en materia de energía solar fueron una de las principales causas del crecimiento explosivo de la industria china. El año pasado fue el primero en el que la capacidad de almacenamiento de energía, principalmente baterías, creció más rápido que la demanda máxima de electricidad de China en 2025 y más rápido que el crecimiento medio de la última década.

La economía china está impulsada ahora por las inversiones tecnológicas, y ya no por los productos manufacturados de bajo valor o las inversiones improductivas en el sector inmobiliario. Ahora es lo que los estrategas económicos chinos denominan las «nuevas fuerzas productivas de calidad». Hay más vehículos eléctricos en las carreteras de China que en las de Estados Unidos, y el despliegue de las redes de telecomunicaciones 5G por parte de Pekín ha sido mucho más rápido. El avión de pasajeros de fabricación china, el C919, está a punto de entrar en producción en serie y parece listo para entrar en un mercado actualmente dominado por Boeing y Airbus. El sistema de navegación por satélite BeiDou está a la altura del GPS en cuanto a cobertura y precisión.

China también supera a Estados Unidos en densidad de robots industriales, con 470 robots instalados por cada 10 000 empleados en 2023, frente a los 295 de Estados Unidos. China también está a punto de igualar a Estados Unidos en patentes, con una cuota mundial que pasará del 4 % en 2000 al 26 % en 2023, mientras que la cuota de Estados Unidos se reducirá en más de 8 puntos porcentuales. Y la producción de semiconductores de China representa ahora una cuarta parte de la producción mundial, frente al 16 % de Estados Unidos y el 7 % de Europa.

China todavía tiene un largo camino por recorrer. Al final del nuevo Plan Nacional, el nivel de vida de los hogares chinos medios habrá mejorado significativamente, pero los niveles de renta per cápita y productividad de China seguirán estando muy por debajo de los de las economías del G7. Además, lo que será un problema será encontrar empleo para los jóvenes con cualificaciones, ya que la automatización sustituye a la mano de obra en una economía industrial cada vez más tecnificada. El desempleo juvenil ya es elevado.

Y China tiene un alto nivel de desigualdad de ingresos según los estándares internacionales, aunque sigue siendo inferior al de muchas otras economías «emergentes» como Brasil, México o Sudáfrica, y el índice de desigualdad de Gini alcanzó su máximo justo antes de la Gran Recesión y ha ido disminuyendo desde entonces. La principal razón del elevado índice de desigualdad es la disparidad de ingresos entre los trabajadores urbanos y rurales y entre los salarios de las ciudades costeras y las del interior, así como las cualificaciones educativas.

En lo que respecta a la desigualdad de la riqueza personal, China no es tan desigual como muchos de sus homólogos económicos. El índice de desigualdad de Gini es mucho más alto en Brasil, Rusia y la India, y más alto en Estados Unidos y Alemania. Según las últimas estimaciones, el 1 % de los más ricos de China posee el 31 % de toda la riqueza personal, frente al 58 % en Rusia, el 50 % en Brasil, el 41 % en la India y el 35 % en Estados Unidos. Esta es una buena medida del poder económico de la élite y los oligarcas de estos países.
Se habla mucho del número de millonarios y multimillonarios que hay en China. Pero, dada la magnitud de la población, los millonarios en China siguen siendo relativamente escasos: aproximadamente uno por cada 200 adultos, es decir, el 0,5 %. Los millonarios representan el 3 % de los adultos en Italia y España; en Francia, Austria o Alemania, alrededor del 4 %; en la socialdemócrata Escandinavia, alrededor del 6 %; en Estados Unidos y Australia, más del 8 %; y en Suiza, el porcentaje más alto de todos (15 %). China ha experimentado un rápido crecimiento en este nivel superior de riqueza. Pero, aunque tiene más de cuatro veces más habitantes que Estados Unidos, el número de estadounidenses con un elevado patrimonio neto es 4,8 veces mayor que el de China. Y la desigualdad de riqueza en China se centra en los bienes inmuebles, no en los activos financieros (hasta ahora), a diferencia de las principales economías capitalistas del G7. Y eso se debe a que las finanzas no se han abierto completamente al sector capitalista.

En mi opinión, la clave del éxito económico de China es su gran sector estatal, que puede impulsar la inversión y, por lo tanto, implementar los objetivos del plan nacional. Esto demuestra el valor de la propiedad pública y la inversión dominante dirigida por el gobierno dentro de un plan nacional. Como resultado, China ha evitado cualquier recesión o caída en los últimos 50 años, incluso durante la COVID, a pesar de que ha habido muchos errores y zigzags en la política económica por parte del liderazgo comunista autocrático. China no es un país socialista, pero tampoco es capitalista. Explico ese enigma aquí."

(michael roberts ,blog, 08/03/26, traducción DEEPL, gráficos en el original)