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1.6.17

La alternativa a los taxis no es sustituirlos por coches privados más baratos gestionados por Uber... porque precariza las relaciones laborales y condiciona el futuro de las ciudades. La alternativa es un transporte público más barato, más eficas y sin contaminación

"La movilización de los taxistas en España contra Uber que se ha celebrado este miércoles puede hacer pensar a la gente que este es un conflicto entre dos tipos diferentes de transporte privado. Sí, lo es, pero hay algo mucho más importante detrás, incluso para la gente que casi nunca coge un taxi y que nunca ha contratado un servicio en Uber u otra empresa de esas características. 

Es un conflicto por el modelo de ciudad. La apuesta debería ser el transporte público y una ciudad menos agresiva con el peatón, es decir, con el ciudadano. Uber supone ir en la dirección contraria, precarizar aún más las relaciones laborales y condicionar el desarrollo futuro de las ciudades.(...)

La política de transporte de una ciudad o región también tiene repercusiones económicas, sociales y medioambientales que van mucho más allá de los objetivos inicialmente adoptados. Primar un tipo de transporte sobre otro supone facilitar o no la movilidad social o el acceso de los habitantes de la periferia al centro. Apostar por el coche o el autobús influye de forma directa en la salud de los ciudadanos, o al menos eso es lo que dice la OMS (para sorpresa del PP de Madrid, todo hay que decirlo). 

Como modelo, Uber supone incrementar la privatización de la gestión del transporte concediendo un poder singular a una gran corporación cuestionada por sus prácticas laborales incluso en países donde el clima político le es más favorable. La elección de su campo de negocio no es casual ni tampoco sus métodos. 

"¿Por qué eligió Uber a los taxis?", dijo Douglas Rushkoff. "¿Porque quería quedarse en el negocio del taxi porque es una industria genial que le iba a permitir crear una compañía multimillonaria? No, es porque los taxis son una industria ineficiente, terrible, de crecimiento lento y casi insostenible, lo que quiere decir que puedes tomar el control si tienes el capital suficiente". 

Esa descripción del funcionamiento del taxi en ciudades norteamericanas podría aplicarse a muchas españolas sin ningún problema. Las zonas periféricas reciben un servicio escaso. Es un supuesto servicio público regulado en el que los beneficios económicos quedan en manos privadas, y son lo bastante cuantiosos como para que las licencias se conviertan en un valioso activo (atentos a la frase: "La venta de licencias de taxi es nuestro plan de jubilación" ). 

El regulador no se ocupa de intervenir si las licencias alcanzan un precio astronómico en el mercado secundario. Es otro ejemplo de supuesta mano invisible del mercado favorecida por los gobiernos locales en favor de aquellos que cuentan con el privilegio de tener una licencia. 

Incluso así, el sistema del taxi no tiene repercusiones fuera de su mundo. Un Ayuntamiento no puede decir que el sistema local de transporte funciona mal porque haya pocos taxis (será por otras razones, y de su responsabilidad). Ni que ese modelo afecte a otras profesiones. 

Uber ha generado el concepto de uberización por su capacidad de ejemplo para otros sectores, donde la precarización genera nuevas oportunidades de negocio. El trabajador aporta los medios para realizar su función y la empresa le facilita los clientes. 

En la base del modelo de Uber está conseguir que sus empleados sean en realidad usuarios de su sistema (o "contratistas independientes", como a ellos les gusta decir), y que por tanto no esté obligada a tener con ellos ninguna responsabilidad de orden laboral.

Una noticia reciente en EEUU simboliza esa actitud. En Seattle, la compañía amenaza con abandonar la ciudad si se le aplica una ley local aprobada en 2015 por la que los trabajadores de Uber tienen derecho a afiliarse a sindicatos o formar uno propio para negociar un convenio.

 Esa norma –ahora recurrida en los tribunales– es una amenaza existencial al modelo de Uber. Y esa norma es a fin de cuentas un elemento fundamental de las relaciones laborales en España, al menos mientras no se cambie la Constitución y el Estatuto de los Trabajadores. El Uber auténtico no tiene sitio en este país.  (...)

La liberalización que exige Uber, una empresa privada con lógico afán de lucro, beneficiaría en primer lugar a la propia compañía y también a muchos de sus clientes habituales, y perjudicaría a los que no son sus usuarios, a sus conductores precarizados y a la comunidad en su conjunto. 

El coste de abrir la puerta a Uber sería muy caro, aunque el precio de la carrera fuera menor.
La alternativa a los taxis no es sustituirlos por coches privados gestionados por Uber tras una completa liberalización. La prioridad no es reducir el precio del transporte en vehículo privado (sea un taxi o un uber), aunque eso beneficie a las personas cuyo poder adquisitivo les permite pagar un taxi con frecuencia y que quieren gastar menos. 

La alternativa debería ser un modelo de ciudad diferente con una mayor presencia del transporte público y de las zonas peatonales. Con más aire limpio y menos polución por los combustibles fósiles. Sin tantos taxis y, desde luego, sin ningún Uber."               (Iñigo Sáenz de Ugarte

31.1.17

"Que é o que lle dá sentido e valor a unha cidade? As diferentes formas de vivir que nela existen, a poboación que alí vive, a que conserva a memoria do barrio"

"(...) O libro colectivo Cartografía de la Ciudad Capitalista (Grupo de Estudios Antropológicos La Corrala), publicado hai uns meses tras unha exitosa campaña de crowdfunding, analiza os procesos de transformación urbana recentes de nove cidades do Estado español: Barcelona, Tarragona, Mallorca, Valencia, Murcia, Madrid, Sevilla, Cádiz e Granada (en vindeiras edicións barállase a incorporación de análises sobre urbes galegas). 

Procesos nos que "a cidade deixa de planificarse como espazo para habitar e oriéntase máis á conformación dun produto, á creación dun obxecto de consumo non produtivo a través do desenvolvemento e a renovación urbana". A cidade como elemento de mercantilización e tamén como espazo dunha loita de clases. (...)

"O centro neurálxico do capitalismo xa non é o estado-nación, é a cidade, e a súa forma de transformarse é absorber os procesos de acumulación de riqueza que alí ocorren. A cidade xa non é un medio de produción, senón un produto en si mesma

Todos os procesos que conforman o capitalismo concéntranse alí, e por iso mesmo tamén é un elemento central para os movementos sociais: a cidade non é o urbanismo, senón que é ese marco no que se concentran todas as loitas, non só polos recursos, senón tamén pola capacidade de decidir o que ocorre nos nosos barrios", di. 

A cidade ordenouse sempre, desde as primeiras planificacións urbanas, de acordo aos intereses do poder económico e político. De igual xeito, Lefebvre concibía o urbanismo como unha ideoloxía ao servizo do poder e unha ferramenta de control da poboación. Pero, á vez, a cidade é o escenario primordial de loita política e de xeración de modelos alternativos. (...)

Unha idea que reitera Juan Rodríguez: "A experiencia recente amosa que os movementos se veñen concentrando en responder a eses procesos agresivos de transformación urbana, en resistir. Pero agora necesítase ir máis alá, proxectar esas loitas, non só resistir, senón tamén crear alternativas. Estamos nese proceso de transición, e penso que unha boa parte dos movementos sociais e colectivos se decataron desta necesidade de construír esa alternativa.

 Confluír, vertebrar, converxer, son conceptos que veñen soando dende mesmo antes do 15M, aínda que o 15M lle deu unha maior apertura e amplitude a este discurso. E aí están agora todas as experiencias municipalistas, que foron e son unha aposta electoral, pero tamén unha aposta de organización social". (...)

"Houbo sectores aos que a crise non lles afectou e que polo tanto nunca deixaron de ter unha gran dispoñibilidade económica. É inxenuo pensar que a crise económica freou a especulación urbanística ou que non se producen movementos estratéxicos", di. "Ou recualificacións do solo, pois isto non se trata só dun tema empresarial, senón que afecta tamén a todos os niveis da administración", engade. 

"Iso segue ocorrendo e é perigoso, porque moita xente pode estar desprevida e pode pensar que nun tempo así ese tipo de accións son menores. Cando o mercado está estancado lévanse a cabo todos os procedementos necesarios: a compra de terreos e as modificacións normativas. E cando volva a bonanza, o único que hai que facer é construír e vender", advirte.

 O libro analiza unha dinámica, que se reproduce en todos os lugares, de avance do privado fronte ao público: "podemos observar un proceso de privatización, tanto de edificios públicos reconvertidos en hoteis como de prazas (...) así como servizos de transporte, de recollida de lixos ou de abastecemento de augas, por pór algúns exemplos. 

Na cidade capitalista todo espazo é obxecto de ser rendibilizado". "O predominio da función de consumo sobre a de espazo de socialización fai que as rúas e prazas deixen progresivamente de ser entendidas como espazos fundamentais para o desenvolvemento da comunidade e véxanse unicamente como obxecto de explotación económica", engádese.

  "O público deslexitímase, preséntase como algo non rendible, e baixo esa lóxica promóvese que empresas privadas vaian asumindo máis e máis funcións e servizos. E iso afecta tamén ao espazo público, comenzado pola ocupación que levan a cabo as terrazas dos bares e restaurantes", explica Juan Rodríguez. (...)

Outro dos aspectos nos que afondan algúns capítulos do libro é no efecto que tivo a proliferación dun novo modelo baseado na instalación de megacentros comerciais nas aforas das cidades. Efectos que non só atinxen ao tecido comercial dos barrios, senón tamén aos hábitos de mobilidade e mesmo á construción de novas infraestruturas de conexión

O efecto é que se pasa "de concentrar nos barrios todo o comercio e servizos necesarios para facer habitable un determinado territorio (cidade compacta), a unha cidade na que case para calquera cousa que queiramos facer temos que desprazarnos, xeralmente en vehículo a motor, principalmente privado (cidade dispersa)". 

"A cidade dos centros comerciais presenta un modelo urbano rexido polo dominio do capital, onde se exacerban as tendencias globais cara á formación dun precariado urbano, a desregulación, a oligarquización dos usos do espazo e o tempo e a privatización da vida", sublíñase. (...)

Finalmente, no libro detállanse varios procesos de xentrificación que tiveron lugar ou están tendo lugar en cidades españolas, con ciclos de transformación urbana -sobre todo nos centros históricos- nos que os seus habitantes previos son progresivamente desprazados pola chegada de novos poboadores, dun nivel adquisitivo elevado, nun proceso no que se van encarecendo as propiedades e substituíndo o tecido comercial previo. (...)

A mercantilización da propia esencia da cidade, que implica o recurso do turismo, esténdese e en moitos casos convértese no único sentido da urbanización".

O libro complétase cunha serie de contidos que se poden consultar nunha web creada especificamente, na que se ofrecen vídeos con intervencións realizadas polo colectivo Left Hand Rotation para denunciar procesos de xentrificación en Bilbao, Xixón, São Paulo, Valencia e Rotterdam. (...)

"Que é o que lle dá sentido e valor a unha cidade? As diferentes formas de vivir que nela existen, a poboación que alí vive, a que conserva a memoria do barrio", salienta Juan Rodríguez, que engade que "as cidades non só son edificios, non só son decorados, as cidades créanas as súas xentes e as formas de relacionarse entre elas. Iso é o que crea esa singularidade". 

 "Con outro tipo de estratexias para crear singularidade ao final acaban parecéndose todos os lugares. Porque estas estratexias pasan por ter unha ponte de Calatrava, ter un Guggenheim ou un MACBA ou calquera elemento que hoxe está de moda pero que se cadra mañá xa non o estará. E a orixinalidade de cada cidade se terá perdido", conclúe."                (Marcos Pérez Pena , Praza Pública, 05/01/17)

29.4.15

En Detroit amenazan con desahuciar 60.000 viviendas, con 100.000 inquilinos dentro ... a la vez

"(...) El pasado 31 de marzo, en la Oficina del Tesoro del Condado de Wayne, esa invención de la época victoriana no cumplió ninguno de los dos. Una vez más, ninguna puerta de la historia de la arquitectura –giratoria o de otro tipo– hubiera podido albergar la última perversidad que los funcionarios de Detroit estaban infligiendo a sus residentes: el posible desahucio de decenas de miles de personas, tal vez 100.000, todas desplazadas al mismo tiempo. 


No es de extrañar que pareciese que todo el mundo se quedaba atascado en las puertas giratorias de dicho edificio el último día para pagar o acordar un plan de pago del impuesto de bienes inmuebles atrasado. 

El ayuntamiento había avisado de que quienes no pagaran ese día perderían sus viviendas por la vía de la ejecución fiscal, el procedimiento por el cual el gobierno local se hace con la propiedad de una vivienda por impago del impuesto de bienes inmuebles.

"Oh, Dios mío", exclamó una mujer muy abrigada cuando vio aquel río de gente con sus documentos en sobres y carpetas de todo tipo bajándose de coches, caminando encorvados con la ayuda de andadores, conduciendo ciclomotores eléctricos, siendo empujados en sillas de ruedas o simplemente agolpándose para tratar de llegar a pie al edificio. Era una tarde gris y excesivamente fría para esa época del año. (...)

"Es el último día para pagar", gritó una mujer de camino hacia el cubículo acristalado giratorio dirigiéndose a un transeúnte que había aminorado el paso al ver aquel tumulto. En el interior, un funcionario de la oficina del sheriff del condado de Wayne convertido en "controlador de tránsito" bramaba instrucciones a una serpenteante fila de gente. "En el octavo piso les darán un número. ¡Guarden ese número! Luego bajen al quinto piso". 


El octavo piso, sin embargo, resultó no ser más que otro embotellamiento humano, un espacio para retener a miles de propietarios angustiados que tenían por delante horas de espera antes de llegar a la mesa de alguno de los funcionarios sobrecargados de trabajo en el quinto piso.

 Con todo, como me dijo un repartidor de la oficina postal que se quedó boquiabierto ante semejante fiasco, había menos agitación de la que había habido solo unos días antes, cuando la oficina del tesoro tuvo que alquilar la Segunda Iglesia Bautista al otro lado de la calle. Allí es donde la gente esperó para poder atravesar las puertas giratorias y subir en ascensor hasta el octavo piso antes de descender al quinto para... bueno, ya se harán una idea.


Lo cierto es que toda la semana fue un horrible caos. Corrían rumores de que un día antes había fallecido una mujer en el ascensor, entre el octavo y el quinto piso, cuando iba a "hacer arreglos", eufemismo para "acordar un plan de pago" que podría salvar tu vivienda.

"¿Y qué pasa si no puedes pagar?" me preguntó un hombre delgado mientras esquivábamos una nueva ola de gente que salía del cilindro de cristal.

"Pues que subastan tu casa", respondí.

"¿En serio?", preguntó alucinado. (...)

Más de 60.000 viviendas, aproximadamente la mitad de ellas ocupadas, van a ser subastadas. Se calcula que unos 100.000 residentes –alrededor de la séptima parte del total– se encaminarían hacia lo que muchos ya llaman una "cinta transportadora" de desahucios.   (...)

Mike Shane, residente en Detroit y uno de los promotores del grupo anti-ejecuciones Moratorium Now! (¡Moratoria Ya!), lo sabe mejor que nadie. "Llamamos a la prensa y responden, dadnos cualquier cosa menos ejecuciones", me dice con tristeza.

Unir los puntos


El 31 de marzo algunas personas consiguieron hacer los "arreglos" necesarios para salvar sus hogares. Entre ellas se contaba una mujer con un peinado al estilo Hillary Clinton que llevaba viviendo en la calle Winthrop desde los años sesenta pero que, como muchas otras personas de clase trabajadora, se había retrasado en el pago de impuestos. 

"Me preguntaron, '¿Por que no pagó el impuesto de bienes inmuebles?'", explicaba mientras descansaba en uno de los bancos del primer piso. "Y yo dije, 'porque me dio un infarto'". 


El año pasado, recordaba, la vivienda de una vecina iba a sacarse a subasta pública. Un hombre que vivía en el mismo bloque reconoció la dirección en la lista de propiedades que se subastaban y compró de nuevo la casa para ella, me cuenta. "Le dijo a la mujer 'páguemela cuando pueda, si puede'".


Detroit está llena de historias parecidas repletas de un terco sentido de esperanza. Pero hay muchísimas más direcciones en la lista de ejecuciones que vecinos angelicales. A primera hora de la tarde de ese último día de marzo, con el edificio a punto de reventar con miles de personas en su interior, la oficina del condado admitió su incapacidad de hacer frente a la situación y amplió el plazo de las ejecuciones otras seis semanas. 


"No sé si será porque están absolutamente desbordados", se preguntaba Mary Crenshaw, una mujer de ojos hundidos que se sintió aliviada con el anuncio, pues le daba tiempo a recibir el pago único de jubilación de British Airways, su antiguo empleador. Había venido a salvar su vivienda familiar en Highland Park, una pequeña ciudad absorbida por Detroit cuyas casas lucían antaño suelos de roble y ventanas de cristal biselado. 

Hoy más de la mitad están vacías, los jardines descuidados, las ventanas clausuradas, los antiguos propietarios expulsados del vecindario después de verse atrapados en una de esas cintas transportadoras de ejecuciones.


Después de todo, esta crisis de ejecuciones fiscales viene pisándole los talones al último gran desalojo de la ciudad: el desastre hipotecario de 2008, que se expandió por Detroit como una marejada arrastrando fuera de ella a casi un cuarto de millón de personas y dejando a su paso decenas de miles de propiedades desocupadas.


El hecho de que el gobierno de la ciudad esté amenazando con desahuciar a lo largo de este año a la séptima parte de los habitantes que le quedan por no haber pagado el impuesto de bienes inmuebles podría parecer un tanto absurdo hasta que uno empieza a unir los puntos: los cortes de agua masivos, el cierre de docenas de escuelas públicas, el abandono de las bocas de incendios en determinados barrios y ahora esta avalancha de ejecuciones. 


Al observar el patrón que aparece se ve que Detroit no es solo una ciudad en mitad de un "revival", como aseguran los inversores  y los medios nacionales. Es verdad que está habiendo nuevos desarrollos urbanísticos en algunos barrios y que los funcionarios municipales anuncian grandes cambios, a menudo ilustrados con documentos coloridos que muy bien podría haberlos formateado un equipo de magos del diseño gráfico en la parte de atrás de los autobuses de Google en San Francisco. 


Pero esa es solo una parte de la historia de Detroit. Para sus habitantes con pocos recursos, negros y viejos, Detroit no es una ciudad en auge sino asediada.  (...)

"¡No!", gritó Goldberg una vez más. "Tenemos que parar estas ejecuciones con una moratoria, una suspensión! ¡La idea de que eso no se puede hacer es absurda! ¡El Tribunal Supremo ya declaró en 1934 que durante un periodo de emergencia la necesidad de sobrevivir de las personas prevalece sobre cualquier contrato financiero! ¡El gobernador tiene la responsabilidad de declarar el estado de emergencia!"


Todas sus frases terminaban con signos de exclamación y en la iglesia resonaba aquel torrente de palabras. En un universo al revés Goldberg habría sido un subastador experto en vez de un hombre desesperado por salvar todas esas viviendas y a sus habitantes. 


Quisiera dejar claro que Goldberg no está sugiriendo otra de esas declaraciones de emergencia que han servido a los gobernadores de Michigan para nombrar a dedo directores de emergencia para los municipios y distritos escolares desde Detroit hasta Muskegon Heights. 

En vez de eso, lo que está pidiéndole al gobernador es que declare el estado de emergencia bajo la ley 10.31 de Michigan, lo que permitiría a quien ocupe su puesto "promulgar ordenanzas, reglamentos y normas para proteger la vida y la propiedad" incluyendo, por supuesto, la paralización de las ejecuciones fiscales. En 1933 medidas similares permitieron a la legislatura de Michigan aprobar la Ley Moratoria Hipotecaria, luego confirmada por el Tribunal Supremo, que imponía la paralización de las ejecuciones hipotecarias durante 5 años.


Detrás de la aprobación de esa moratoria hubo, entre otras cosas, un Partido Comunista nacional bien organizado, cientos de consejos de trabajadores, miles de desahucios paralizados mediante la desobediencia civil y –me atrevería a decir, aunque no tengo pruebas documentales– un ingente número de "asambleas de emergencia".  (...)

Ya hay, por ejemplo, una nueva fecha tope, el 12 de mayo, para que los residentes acuerden un plan de pago para no perder sus casas a causa de una ejecución fiscal. Eso ofrece más tiempo a la gente para atravesar las puertas giratorias de la Oficina del Tesoro del Condado de Wayne, subir hasta el octavo piso e ir luego al quinto, todo en un intento de encontrar la manera de bajarse de la cinta transportadora hacia ninguna parte. 

Y, por supuesto, también les concede más tiempo para celebrar asambleas populares con el fin de impedir, de una vez y para siempre, que siga funcionando esa cadena de montaje de desahucios y expulsión.


Sin embargo, incluso si esto sucediera, es indudable que estas reuniones, convocadas con muchas mayúsculas y signos de exclamación, seguirán existiendo. Se han convertido en parte integrante de esta ciudad, como lo son las mujeres y los hombres que las organizan, las iglesias que las alojan y los barrios cuya supervivencia depende de ellas. (...)"             (Laura Gottesdiener , TomDispatch , en Rebelión, 28/04/2015)

20.12.07

La ciudad especulativa que nos merecemos

“Sí, tenemos la ciudad que hemos querido, y acaso también la que nos hemos merecido. Modelada por colosales fuerzas históricas -demográficas y técnicas-, que la política apenas encauza y la arquitectura sólo hace visibles, la ciudad contemporánea no es una geografía voluntaria, sino la expresión construida de lo que somos. Rasgarse las vestiduras ante la manifestación material del poder financiero, o escandalizarse frente a la extensión indiscriminada del asfalto, es tan farisaico como deplorar que los faraones construyeran pirámides, y tan hipócrita como llorar la destrucción de la costa donde hemos comprado el apartamento. Una sociedad desigual, que rinde culto al éxito económico y siente devoción por la celebridad, no puede lamentar que los contrastes se adviertan en el perfil urbano; y una sociedad hedonista, que persigue la satisfacción personal con ensimismamiento narcisista, no debe censurar que el ámbito de lo colectivo haya sido desventrado por una miríada de apetitos individuales. Nuestra Babel horizontal es el resultado del asilvestramiento de la humanidad, y los que predican la liberalización como panacea prefieren ignorar que seguramente no necesitemos más libertad, sino menos. La crisis de la ciudad no se dirime tanto en los tribunales de justicia como en el tribunal de la opinión, y ese escenario está ensordecido por unos medios adictos a la sensación, que entienden el escándalo como una variedad del espectáculo.” (LUIS FERNÁNDEZ-GALIANO: Exorcismos urbanos. El País, Opinión, 08/01/2007, pp. 13)