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29.6.26

Espectador judío: (llorando) Durante su discurso, usted ha comparado a los judíos con los nazis en múltiples ocasiones. Esto es extremadamente hiriente... Norman Finkelstein responde: Ya no respeto esta actitud. Realmente no la respeto. No me gustan estas lágrimas de cocodrilo y tampoco les tengo respeto... No me gusta jugar la "carta del Holocausto" frente a una audiencia extranjera, pero en este momento me siento obligado a hacerlo. Mi difunto padre estuvo en Auschwitz. Mi difunta madre estuvo en el campo de concentración de Majdanek. Todos los miembros de mi familia, de ambos lados, fueron masacrados... Precisamente por las lecciones que mi madre y mi padre me enseñaron a mí y a mis dos hermanos, no guardaré silencio ante los crímenes que Israel comete contra los palestinos. ¡No puedo imaginar nada más vil que usar su sufrimiento y sus muertes para legitimar los crímenes de tortura, salvajismo y demolición de hogares que Israel comete todos los días contra los palestinos! Por eso, rechazo ser intimidado o silenciado por estas lágrimas. ¡Si tuvieras una pizca de conciencia, derramarías esas lágrimas aquí por los palestinos!

mustafa yazıcı @myzccc

Espectador judío: (llorando) Durante su discurso, usted ha comparado a los judíos con los nazis en múltiples ocasiones. Esto es extremadamente hiriente. Es muy degradante para las personas que realmente sufrieron bajo el régimen nazi. 

Norman Finkelstein responde: 

— Ya no respeto esta actitud. Realmente no la respeto. No me gustan estas lágrimas de cocodrilo y tampoco les tengo respeto. (Se escuchan aplausos y abucheos del público) 

— No me gusta jugar la "carta del Holocausto" frente a una audiencia extranjera, pero en este momento me siento obligado a hacerlo. Mi difunto padre estuvo en Auschwitz. Mi difunta madre estuvo en el campo de concentración de Majdanek. Todos los miembros de mi familia, de ambos lados, fueron masacrados. Mi madre y mi padre participaron en el Levantamiento del Gueto de Varsovia. 

— Precisamente por las lecciones que mi madre y mi padre me enseñaron a mí y a mis dos hermanos, no guardaré silencio ante los crímenes que Israel comete contra los palestinos. ¡No puedo imaginar nada más vil que usar su sufrimiento y sus muertes para legitimar los crímenes de tortura, salvajismo y demolición de hogares que Israel comete todos los días contra los palestinos! 

— Por eso, rechazo ser intimidado o silenciado por estas lágrimas. ¡Si tuvieras una pizca de conciencia, derramarías esas lágrimas aquí por los palestinos!

vídeo: https://x.com/myzccc/status/2070935653525672397/video/1 

8:21 p. m. · 27 jun. 2026 ·216 mil Visualizaciones

14.6.26

¿Por qué está la Humanidad herida en Palestina? Porque ha habido un punto de inflexión, de difícil retorno, al concederle a Israel impunidad absoluta para cometer el genocidio palestino... al mismo tiempo, tenemos motivos para preocuparnos por nosotros, por el futuro de la justicia y de la libertad, de los derechos que creemos asegurados. No podemos esperar que, si se tocan algunos de ellos, por ejemplo en nuestro país, vaya a haber una reacción, una respuesta por parte de este occidente llamado civilizado al que pertenecemos. Hay pocas cosas que suenen más huecas ahora mismo que eso de los “valores de Occidente”... El sionismo es una forma de colonialismo, de racismo extremo, y la forma en la que se manifiesta es criminal... Netanyahu y Trump no tienen humanidad ni sentido de la responsabilidad (Marta González)

"Marta González se propuso hace dos años escribir una columna semanal en NORTES sobre el genocidio palestino y lo ha conseguido. Asturiana de nacimiento y andaluza de adopción, es catedrática de Filología Griega en la Universidad de Málaga, donde desarrolla su labor docente e investigadora en el ámbito de la literatura, la religión y la cultura de la Grecia antigua.

Especialista en tragedia griega, en sus artículos semanales en este medio reflexiona sobre la situación de Palestina a partir de los mitos y la literatura clásica, campo sobre el que ha escrito varios libros, el último de ellos “Esquilo: poeta de la guerra” (Alianza Editorial, 2026), una obra que ha salido publicado casi a la vez que “La Humanidad herida en Palestina”, un hermoso y duro volumen editado por Trabe, y en el que la autora recopila dos años de colaboraciones en NORTES. Este semana lo presentó en la Escuela de Comercio de Xixón en un acto organizado por la editorial y el Ateneo Obrero gijonés.

¿Cómo se logra escribir cada semana un artículo sobre el mismo tema?

No lo sé, la verdad, no es que tenga yo mucha imaginación, pero sí tengo un compromiso de no olvidarme de lo que está sucediendo y de utilizar para ello las únicas armas con las que cuento, las palabras y los años dedicados al mundo griego.

¿Por qué está la Humanidad herida en Palestina?

Porque, como llevan tiempo advirtiendo periodistas e historiadores que conocen bien este conflicto, ha habido un punto de inflexión, de difícil retorno, al concederle a Israel impunidad absoluta para cometer un genocidio contra la población palestina. Es una atrocidad en términos absolutos y hay todo un pueblo que es víctima de una limpieza étnica programada, pero, al mismo tiempo, egoístamente, tenemos motivos para preocuparnos por nosotros, por el futuro de la justicia y de la libertad, de los derechos que creemos asegurados. No podemos esperar que, si se tocan algunos de ellos, por ejemplo en nuestro país, vaya a haber una reacción, una respuesta por parte de este occidente llamado civilizado al que pertenecemos. Hay pocas cosas que suenen más huecas ahora mismo que eso de los “valores de Occidente”. O son para todas, o no son para nadie.

¿Cómo nos sirven los mitos y la literatura clásica para pensar el presente?

Escribiendo semana tras semana me he dado cuenta de que, al menos a mí, me sirven mucho. Y de una manera diferente a la que se repite con tanta arrogancia y sentido de la superioridad cuando desde la academia (al menos desde gran parte de ella) se habla de los clásicos. He pasado la vida escuchando, sin argumentación, que en el mundo clásico están nuestras raíces y que los clásicos (sobre todo los grecolatinos) lo son porque nos hablan a cada uno, nos dicen algo diferente cada vez que los leemos, algo diferente a cada generación. Pero la verdad es que pobre de ti como se te ocurriera decir lo que te decían a ti y que eso no coincidiera con la opinión común y asentada. Bueno, pues ahora, por fin, sí me creo que los clásicos tienen una cualidad que permite que se les tome como punto de referencia, que es cierto que nos hablan. Y a mí Homero y Esquilo me dicen algo muy diferente a lo que leía sobre los héroes cuando estudiaba. Me hablan, no tanto de la “gloriosa muerte por la patria”, como del lado oscuro de la guerra, que ellos tan bien conocían, de los vencidos, del llanto por la tierra saqueada, del dolor de las mujeres, del exilio, de la pérdida. Y de la empatía con el enemigo. Y me hablan muy especialmente en estos tiempos tan oscuros.

Los personajes de las tragedias griegas siempre tienen mucha ambigüedad moral, en cambio en esta historia hay villanos absolutos como Netanyahu y Trump.

Sí, absolutamente. Son de todo menos ambiguos. Ellos no podrían protagonizar ninguna tragedia, pero nosotros sí. El conflicto trágico se da cuando tienes que elegir, cuando no tienes toda la información, ni el tiempo para conseguirla, ni la inteligencia para ver con claridad por dónde tirar, pero la vida te empuja y tienes que decidir. Los personajes de la tragedia nos enseñan que podemos equivocarnos y que eso no importa, que lo que sí importa es que no nos desentendamos de las consecuencias de lo que hacemos. Netanyahu y Trump no tienen papel en una tragedia, no tienen humanidad ni sentido de la responsabilidad.

¿Se ha convertido el sionismo en una forma de psicopatía?

No sabría decir. En principio no me gusta emplear lenguaje médico ni atribuir enfermedades mentales a comportamientos que son muestra de simple y pura maldad, me da igual que hablemos de los sionistas o de los hombres que maltratan y matan a mujeres. El sionismo es una forma de colonialismo, de racismo extremo, y la forma en la que se manifiesta es criminal. No sé si nos faltan palabras o nos sobran.

¿Qué futuro tiene la Filología Clásica en tiempos de mercantilización universitaria?

La mercantilización, la privatización de la Universidad, algo de lo que se habla con frecuencia en Nortes y que, en el caso de Asturias, me duele especialmente, son una peste, pero no creo que afecte más a la Filología Clásica que a otros estudios. Por otra parte, siempre, ya cuando estudiaba, pero sobre todo ahora, he creído que el peligro, en el caso de esta especialidad, viene más de dentro de que fuera. Hay demasiado filólogo matando a palos a los pobres poetas griegos y a toda la cultura clásica en cada clase y en cada artículo que publican. Deberían interesarnos más los griegos que “el griego”, deberíamos estudiar y enseñar su historia, su arte, su filosofía, su religión. Hay una alegría y una vitalidad en ese mundo antiguo que el estoicismo primero y el cristianismo mal entendido después nos robaron. Ya lo decía Virginia Woolf, que era muy lista.

Escribió el libro al tiempo que trabajaba en otra obra sobre Esquilo. ¿Cómo dialogan uno y otro?

Se publicaron casi a la vez, sí, el libro que escribí sobre Esquilo y éste sobre Palestina. Creo que la obra de Esquilo es un ejemplo de lo que decía antes, de cómo en cada momento una obra clásica puede volver a hablarnos. Esquilo combatió en Salamina y en Maratón y en las pocas obras suyas conservadas su experiencia de la guerra está muy presente. Por eso aparece en el libro sobre Palestina, porque tenía sus versos en mente a la vez que sucedía el genocidio en Gaza. Algunos estudiosos quisieron hacer de él el precursor de eso que conocemos como Orientalismo desde Edward Said, pero no es así. El Orientalismo, esa construcción europea, colonialista, de un “Otro” oriental débil, afeminado (cómo no), no empieza con Esquilo, que combatió a los persas, sí, pero al mismo tiempo fue capaz de empatizar con su sufrimiento en una tragedia, la primera suya conservada, Persas.

Vive entre Málaga y Xixón. ¿Ve peligro en el fenómeno de turistificación que está viviendo la ciudad andaluza?

Sí, la turistificación hace de una ciudad un parque temático inhabitable. Málaga es una ciudad hostil, invivible, gracias a los turistas. Espero que en Asturias tardemos en llegar a esos extremos." 

(Entrevista a Marta González, Diego Díaz Alonso , Nortes, 14/06/26)

31.3.26

Cuanto más violento se vuelve Israel, más le oímos hablar de «antisemitismo»... « Los judíos empiezan a preguntarse: ¿Hay algún lugar seguro? », titula The Wall Street Journal... "La BBC y los periodistas de todo el mundo no entran en los refugios donde se entrena a los niños para que se tiren al suelo cuando suenan las sirenas. Tampoco informan sobre el cierre de las escuelas", escribe Maureen Lipman, del Jewish Chronicle... Absolutamente increíble. Es como si los israelíes fueran los únicos en el mundo cuyo país está siendo bombardeado... Solo los sionistas podrían lanzar bombas sobre poblaciones vecinas todos los días durante años y luego decir: «¡Nadie en el mundo puede imaginar lo que es vivir con miedo a los ataques aéreos!»... ¿Qué ocurre con los 92 millones de personas en Irán, los 5 millones en el Líbano, los 2,7 millones en Cisjordania y los 2 millones en Gaza? ¿Existe algún lugar seguro para ellos?... Al mismo tiempo, en The Jerusalem Post vemos artículos de opinión que aboga explícitamente por la limpieza étnica total del territorio palestino... de que solo la anexión y la limpieza étnica pueden conducir a una paz duradera en la Franja de Gaza... «Además, la única manera en que Israel puede gobernar la Franja de Gaza sin convertirse en un opresor externo de «otro pueblo» es expulsando a «ese otro pueblo» de los confines de la propia Franja de Gaza»... se trata de una publicación israelí totalmente convencional. Si hay alguien en el mundo que necesita ser desradicalizado, son los israelíes y sus simpatizantes (Caitlin Johnstone)

 "Cada vez que Israel mata a miles de civiles, los medios de comunicación occidentales siempre empiezan a publicar artículos sobre «antisemitismo» y sentimientos judíos.

« Los judíos empiezan a preguntarse: ¿Hay algún lugar seguro? », reza un titular reciente de The Wall Street Journal, subtitulado «’Parece que volvemos a los años 30′. La hostilidad contra los judíos aumenta en los países occidentales donde se sentían seguros en las últimas décadas».

Un artículo de The Atlantic titulado «El pogromo educado de Canadá » intenta argumentar, de forma extraña, que la «tolerancia al fanatismo» está, de alguna manera, «purgando a los judíos de la vida pública».

Un titular del Washington Examiner proclama que » los votantes judíos se sienten ‘políticamente sin hogar’ a medida que aumenta el antisemitismo en ambos bandos «.

Un titular de The Telegraph afirma que » muchos judíos perciben inquietantes ecos de la Alemania de los años 30 en la Gran Bretaña de los años 2020 «.

El criminal de guerra Tony Blair escribe un artículo para The Free Press titulado » Por qué Occidente no logra detener el antisemitismo «.

¿Qué ocurre con los 92 millones de personas en Irán, los 5 millones en el Líbano, los 2,7 millones en Cisjordania y los 2 millones en Gaza? ¿Existe algún lugar seguro para ellos?

Mientras tanto, en la vida real, Israel y sus aliados masacran sin piedad a personas en Irán, Líbano y Palestina. Cuanto más grave es la situación, más agresiva se vuelve la manipulación informativa sobre el supuesto «antisemitismo».

El Jewish Chronicle ha publicado un artículo de Maureen Lipman titulado «¿ Tiene el mundo alguna idea de lo cansado que está el pueblo de Israel? «, subtitulado «Un querido amigo me contó que sus nietos han tenido que entrar en su habitación segura más de 200 veces desde que comenzó la batalla actual».

«La BBC y los periodistas de todo el mundo no entran en los refugios donde se entrena a los niños para que se tiren al suelo cuando suenan las sirenas», escribe Lipman. «Tampoco informan sobre el cierre de las escuelas. La mayoría de los niños israelíes han faltado a clase a diario desde la llegada de la COVID-19. ¿Acaso los medios de comunicación son conscientes del miedo de las personas mayores en Israel?».

Absolutamente increíble. Escribe como si los israelíes fueran los únicos en el mundo cuyo país está siendo bombardeado. Solo los sionistas podrían lanzar bombas sobre poblaciones vecinas todos los días durante años y luego decir: «¡NADIE EN EL MUNDO PUEDE IMAGINAR LO QUE ES VIVIR CON MIEDO A LOS ATAQUES AÉREOS!».

Los periodistas occidentales se ven sometidos a tanta presión para mejorar la imagen de Israel y promover sus intereses informativos que Associated Press publicó recientemente un editorial titulado « AP califica el ataque israelí contra el Líbano como una invasión. ¿Qué significa eso y por qué es importante? », justificando así su decisión de llamar por su nombre a lo que es evidente e indiscutiblemente una invasión.

Jamás los viste hacer esto con Ucrania. Jamás viste a los medios de comunicación debatiendo internamente durante horas sobre cómo llamarlo y luego publicando editoriales que decían: «Vamos a llamarlo invasión rusa, estamos bastante seguros de que así es como se llama, ¡por favor, no se enojen con nosotros!». Así de intimidados están por los partidarios de Israel y así de presionadas están para seguir la línea imperial a toda costa.

Al mismo tiempo, en la prensa israelí vemos artículos de opinión como el de The Jerusalem Post titulado » La desradicalización a largo plazo en Gaza se enfrenta a grandes obstáculos «, que aboga explícitamente por la limpieza étnica total del territorio palestino.

El autor del artículo, Martin Sherman, desestima las afirmaciones de que la población de Gaza pueda ser «desradicalizada», como si la radicalización de los palestinos fuera el problema, y ​​no la ideología política radical de quienes llevan a cabo una campaña de exterminio contra ellos. En cambio, Sherman argumenta que todos deben aceptar la «dura realidad» de que solo la anexión y la limpieza étnica pueden conducir a una paz duradera en la Franja de Gaza.

«La única manera en que Israel puede garantizar cómo se gobernará la Franja de Gaza y quién la gobernará es gobernándola él mismo», escribe Sherman. «Además, la única manera en que Israel puede gobernar la Franja de Gaza sin convertirse en un opresor externo de «otro pueblo» es expulsando a «ese otro pueblo» de los confines de la propia Franja de Gaza».

“Esto no es radicalismo de extrema derecha. Es simplemente ciencia política sólida y sensata”, escribe Sherman.

Si abogar por la purga masiva de una población indígena colonizada de su tierra natal por pertenecer a la etnia equivocada no es radicalismo de derecha, entonces el radicalismo de derecha no existe. Eso es lo más extremista que se puede ser en la derecha.

Y se trata de una publicación israelí totalmente convencional.

Si hay alguien en el mundo que necesita ser desradicalizado, son los israelíes y sus simpatizantes."

(Caitlin Johnstone, Gaceta Crítica, 30/03/26, fuente blog )

19.2.26

El historiador judío canadiense y erudito bíblico Yakov Rabkin, quien sostiene que el movimiento sionista es una trampa mortal para los judíos, la región y el mundo... En Israel, afirma, valores como la tolerancia, la moral y la humildad han sido reemplazados por una nueva identidad judía vigorosa que ensalza el nacionalismo, la agresión, la violencia y la conquista. La cultura judía tradicional es vista con desprecio... Rabkin desmantela el mito sionista de que la tierra de Israel era una promesa por Dios a los judíos, una afirmación “basada en una interpretación literal de la Biblia que divergía de las enseñanzas del judaísmo rabínico”... los judíos provenían de Mesopotamia y Egipto y emigraron a Canaán (Palestina). Allí, según el Talmud (la fuente fundamental de la teología judía), Abraham y sus descendientes recibieron instrucciones de Dios de dispersarse por los cuatro puntos cardinales de la tierra y de no regresar jamás en masa y en masa a la tierra de Israel hasta que se hubieran purificado espiritualmente. En otras palabras, hasta la llegada del mesías, los judíos deben permanecer donde están, que, de hecho, es exactamente donde han estado... Los judíos asquenazíes han vivido en Europa desde la época romana y se han asimilado plenamente a la cultura europea. En el siglo XIX , muchos eran socialistas, comunistas y miembros del Bund Laborista Judío... cuando el sionismo surgió como movimiento a finales del siglo XIX , la mayoría de los judíos lo vieron como un culto reaccionario y una aventura burguesa opuesta a los intereses de la clase trabajadora judía... una de las mayores oposiciones, escribe Rabkin, provino de judíos religiosos que creían que el sionismo entra en conflicto directo con los valores del judaísmo, que enseña que la Torá (la Biblia judía), y no una nación, es lo que une a los judíos... los críticos del sionismo advirtieron que el Estado sionista se convertiría en una trampa mortal, poniendo en peligro tanto a los colonizadores como a los colonizados —escribe Rabkin—. Para ellos, el experimento sionista se consideró un trágico error, y cuanto antes terminara, mejor para la humanidad en su conjunto... Ilan Pappé comparte la opinión de Rabkin de que Israel se encuentra en una espiral suicida que finalmente conducirá a su colapso ¿Es sólo una ilusión imaginaria que la mancha brutal y racista del sionismo será eliminada en el futuro previsible y que en su lugar surgirá un nuevo Estado democrático? (Ilan Pappé, Yakov Rabkin)

 "En medio del mayor genocidio de este siglo en Gaza y la violenta limpieza étnica en Cisjordania, dos destacados historiadores judíos creen que un estado democrático secular en Palestina no solo es alcanzable sino inevitable, escribe Stefan Moore .

 Dos destacados historiadores judíos han escrito recientemente desde perspectivas diferentes —una económica y política, y otra en gran medida teológica y moral— que el Estado de Israel está condenado y vive con tiempo prestado.  

A pesar de que esto ocurre en medio del mayor genocidio de este siglo en Gaza y de la violenta limpieza étnica en Cisjordania, creen que un Estado secular democrático en Palestina no sólo es alcanzable sino inevitable.

En su último libro, Israel al borde del abismo: ocho pasos para un futuro mejor , llan Pappé escribe que Israel se está autodestruyendo económica, militar y políticamente al encontrarse abandonado internacionalmente.  

Según Pappé, la ridícula solución de dos Estados es “un cadáver en análisis” y que la única salida es la descolonización, el retorno de los refugiados palestinos a su tierra, la rendición de cuentas de quienes han cometido crímenes y un nuevo modelo de Estado para Palestina y la región.

Un corolario de Pappé es la crítica moral y religiosa del sionismo que hace el historiador judío canadiense y erudito bíblico Yakov Rabkin, quien sostiene que el movimiento sionista es una trampa mortal para los judíos, la región y el mundo.

En su reciente libro, Israel en Palestina: el rechazo judío al sionismo y su obra anterior, ¿Qué es el Israel moderno ?, Rabkin relata cómo el Estado judío representa un repudio total de los valores más fundamentales del judaísmo. 

En Israel, afirma, valores como la tolerancia, la moral y la humildad han sido reemplazados por una nueva identidad judía vigorosa que ensalza el nacionalismo, la agresión, la violencia y la conquista. La cultura judía tradicional es vista con desprecio.

Rabkin relata cómo el líder sionista Vladimir Jabotinsky, fundador de la milicia judía terrorista Irgun, describió la transformación del “Yid” de los shtetels de Europa del Este al nuevo hebreo:  

Nuestro punto de partida es tomar al judío típico de hoy e imaginar un polo opuesto… ya que el judío es feo, enfermizo y falto de decoro, dotaremos la imagen ideal del hebreo de belleza masculina. El judío es pisoteado y se asusta fácilmente; por lo tanto, el hebreo debe ser orgulloso e independiente… El judío ha aceptado la sumisión y, por lo tanto, el hebreo debe aprender a mandar.  

Si se perciben ecos de la filosofía nazi de la raza superior, no es casualidad. Jabotinsky está canalizando las ideas de los primeros eugenistas sionistas, como Arthur Ruppin, quien buscaba «la purificación de la raza [judía]» y «mantuvo vínculos con los teóricos alemanes de la ciencia racial incluso después de la toma del poder por el régimen nacionalsocialista». 

En cuanto a la religión judía, Rabkin desmantela el mito sionista de que la tierra de Israel era una promesa por Dios a los judíos, una afirmación “basada en una interpretación literal de la Biblia que divergía distribuida de las enseñanzas del judaísmo rabínico”. 

Para empezar, explica, Palestina nunca fue patria para los judíos, quienes, de hecho, provenían de Mesopotamia y Egipto y emigraron a Canaán (Palestina). Allí, según el Talmud (la fuente fundamental de la teología judía), Abraham y sus descendientes recibieron instrucciones de Dios de dispersarse por los cuatro puntos cardinales de la tierra y de no regresar jamás en masa y en masa a la tierra de Israel hasta que se hubieran purificado espiritualmente. 

En otras palabras, hasta la llegada del mesías, los judíos deben permanecer donde están, que, de hecho, es exactamente donde han estado.  

Los judíos asquenazíes han vivido en Europa desde la época romana y se han asimilado plenamente a la cultura europea. En el siglo XIX , muchos eran socialistas, comunistas y miembros del Bund Laborista Judío, que defendían el derecho a prosperar en su propia cultura, hablar su propio idioma (yidis) y luchar por la justicia en los países que habitaban, afirma Rabkin.

Como resultado, cuando el sionismo surgió como movimiento a finales del siglo XIX , la mayoría de los judíos lo vieron como un culto reaccionario y una aventura burguesa opuesta a los intereses de la clase trabajadora judía, argumenta el autor.

Pero una de las mayores oposiciones, escribe Rabkin, provino de judíos religiosos que creían que el sionismo entra en conflicto directo con los valores del judaísmo, que enseña que la Torá (la Biblia judía), y no una nación, es lo que une a los judíos. En palabras de un erudito judío ortodoxo, el sionismo era «una corrupción espiritual… que raya en la blasfemia», afirma Rabkin.

La oposición al sionismo, por supuesto, se atenuó con el Holocausto, un genocidio que los sionistas aprovecharon de inmediato como una oportunidad para la construcción de la nación en Israel. Los sionistas no solo impidieron activamente la emigración de judíos a otros países durante y después de la guerra, sino que utilizaron el Holocausto como palanca para fortalecer a la población judía en Palestina, argumenta Rabkin.

De hecho, los antisemitas nazis y los sionistas se unieron en una misma alianza. «Los antisemitas querían deshacerse de los judíos, los sionistas buscaban reunirselos en Tierra Santa», escribe Rabkin. 

En 1933, relata Rabkin, el barón Leopold Elder von Mildenstein, oficial de alto rango de las SS nazis, viajó a Palestina con su buen amigo, el líder de la Federación Sionista Alemana, Kurt Tuchler. Tras su regreso, Mildenstein escribió artículos elogiosos sobre la iniciativa sionista y se acuñó una medalla especial para conmemorar su visita. En un lado llevaba una esvástica y en el otro, la estrella de David. 

Hoy, la ideología sionista adoptada por primera vez por Theodore Herzl en 1896 y transmitida a través de todos los líderes israelíes desde David Ben-Gurion, Menahem Begin, Ariel Sharon y en adelante, se ha transformado en el gobierno más derechista, militante y genocida de Israel hasta la fecha.   

Los ministros del gabinete rabiosamente racistas Bezalel Smotrich e Itamar Ben Gvir son ahora seguidores de un nuevo movimiento mesiánico llamado Judaísmo Nacional, lo que Rabkin describe como “la ideología dominante de los colonos justicieros que han acosado, desposeído y asesinado a los palestinos en Cisjordania y fomentan la hambruna de los palestinos en Gaza”.   

Desde su inicio a finales del siglo XIX , los críticos del sionismo advirtieron que el Estado sionista se convertiría en una trampa mortal, poniendo en peligro tanto a los colonizadores como a los colonizados —escribe Rabkin—. Para ellos, el experimento sionista se consideró un trágico error, y cuanto antes terminara, mejor para la humanidad en su conjunto.  

Concluyendo con su propia reflexión como judío observante, escribe:

Las enseñanzas judías suelen atribuir las causas fundamentales del sufrimiento comunitario a deficiencias morales internas. En este sentido, la trayectoria actual de Israel —marcada por la impunidad, la arrogancia y la crueldad, todo lo cual contradice los valores judíos— parece destinada a la ruina moral y política.

Un Estado democrático y multiétnico

Pappé comparte la opinión de Rabkin de que Israel se encuentra en una espiral suicida que finalmente conducirá a su colapso. Pero, a continuación, da un gran salto hacia el futuro para observar lo que imagina emerger de las ruinas: un estado democrático y multiétnico en Palestina.  

Israel al borde del abismo comienza con los desastrosos acontecimientos que van desde la Declaración Balfour de 1917 y la fundación del Estado de Israel en 1948 hasta el surgimiento del movimiento de colonos de la derecha religiosa en los últimos años.  

Como un ingeniero de construcción que examina una estructura desmoronada, Pappé señala las grietas fatales en los cimientos del Estado de Israel que finalmente se ensancharán y conducirán al colapso del proyecto sionista, un evento que, en su opinión, «bien podría cambiar el curso de la historia mundial en este siglo». 

La grieta número uno —una muy grave, según Pappé— es el auge del sionismo mesiánico: la creencia de que Dios entregó la Tierra Santa al pueblo judío para acelerar la redención. Impulsada por el rabino Avraham Yitzchak Kook (1865-1935), fue…

“la forma más extrema del sionismo: una fusión de ideas mesiánicas con un racismo descarado hacia los palestinos y un desprecio por el judaísmo secular y reformista”.

Los discípulos de Kook forman una línea directa desde su hijo, Tzvi Yehuda HaKohen Kook, hasta los colonos de extrema derecha de Cisjordania de la actualidad y la coalición política dominante, incluidos los ministros Itamar Ben Gvir y Bezalel Smotrich. 

Este movimiento, escribe Pappé, representa una de las grietas más graves en los inestables cimientos políticos de Israel: un cisma entre la derecha religiosa y los sionistas políticos que, irónicamente, a pesar de sus diferencias, comparten el mismo objetivo de mantener la supremacía judía en Palestina.

Otras grietas fundamentales expuestas por Pappé son: el “apoyo sin precedentes a la causa palestina en todo el mundo”, la profundización de los problemas económicos a medida que se amplía la brecha de riqueza, se agota la inversión y los profesionales más ricos huyen del país (se estima que son más de medio millón desde 2023).

A la lista se suman la “flagrante insuficiencia” del ejército israelí, que si bien es capaz de bombardear Gaza hasta reducirla a escombros, no está entrenado para el combate real y es incapaz de derrotar a Hamás; y el desmoronado aparato civil, incapaz de albergar adecuadamente a las millas de israelíes desplazados por las guerras en Gaza y el Líbano.

Finalmente, está la mayor grieta de todas: el surgimiento de un nuevo Movimiento de Liberación de Palestina al mismo tiempo que el proyecto sionista «se precipita hacia el abismo». Se trata de un movimiento de jóvenes palestinos llenos de energía que, «en lugar de buscar una solución de dos Estados, como la Autoridad Palestina ha hecho infructuosamente durante varias décadas,… buscan una auténtica solución de un solo Estado». 

El reto, según Pappé, será combinar el fervor juvenil con una agenda política clara. «Toda revolución exitosa de la historia llegó cuando la energía creativa de las masas se encontró con la visión programática de una organización segura de sí misma capaz de expresar sus demandas», escribe, «lo que León Trotsky describió como ‘el frenesí inspirado de la historia’». 

El principio rector en el centro de esta revolución es la justicia justicia transicional que implica abordar legalmente las violaciones sistémicas de los derechos humanos y responsabilizar a los culpables, y justicia restaurativa para brindar restitución a sus víctimas, dice Pappé.  

Lo primero y más importante es dar a los seis millones de refugiados palestinos que fueron expulsados ​​de sus tierras desde 1948 el derecho a regresar a sus ciudades y pueblos. 

A continuación, se desmantelarán los asentamientos judíos en Cisjordania y Jerusalén Este. Los asentamientos aislados ocupados por colonos fanáticos requerirán una demolición total, pero los extensos asentamientos urbanos construidos desde 1967 presentarán mayores desafíos.  

En todo caso,

“La justicia transicional implicará deconstruir el marco legal del Estado del apartheid y sustituirlo por uno que no discrimine entre judíos y no judíos en materia de propiedad, planificación urbana y uso de la tierra”. 

Pero quizás la visión más amplia de Pappé sea la de reconectar Palestina con todo el Mediterráneo oriental, el Mashreq , “que estaban orgánicamente vinculados entre sí por vínculos culturales, sociales, económicos, históricos e ideológicos que datan de siglos atrás”.  

Toda esta región, donde musulmanes, cristianos y judíos vivieron juntos en relativa armonía durante millas de años antes de que las potencias coloniales europeas la dividieran con fronteras artificiales, podría reconectarse con Palestina inspirando “una revolución más amplia en todo el Mashreq”. 

Respecto de los millones de judíos que permanecerán viviendo en la Palestina post-Israel, Pappé cree que estarán dispuestos a contribuir a la construcción de ese nuevo futuro: “La forma en que otras comunidades judías en otras partes del mundo se ven a sí mismas como parte de sus respectivos países puede replicarse en la Palestina post-Israel”.  

Visualizando un futuro

Israel on the Brink concluye evocando una Palestina post-Israel en la forma de un diario ficticio donde Pappé es al mismo tiempo observador y participante en la construcción de una sociedad futura, que comienza en 2027 y culmina en 2048, 100 años después de la fundación del Estado de Israel.

Durante este tiempo, es testigo del creciente aislamiento internacional de Israel; de la imposición de sanciones paralizantes por parte de las naciones del mundo y del corte de relaciones diplomáticas; del éxodo masivo de ciudadanos israelíes; de cómo se devuelven los nombres árabes a ciudades y calles; de la formación de nuevas coaliciones políticas entre partidos palestinos y judíos; del temor de que el modelo capitalista deje el poder en manos de una élite judía y palestina acomodada, creando una nueva forma de apartheid; de la creación de un nuevo sistema educativo y del reconocimiento de los refugiados palestinos que regresan como ciudadanos plenos.

¿Es sólo una ilusión imaginaria que la mancha brutal y racista del sionismo será eliminada en el futuro previsible y que en su lugar surgirá un nuevo Estado democrático?

Los obstáculos son formidables: desde la continua ocupación militar de Gaza bajo la orwelliana Junta de Paz de Trump hasta el masivo apoyo del 82 por ciento entre los judíos israelíes a la limpieza étnica de Gaza, convirtiendo a Israel en lo que el politólogo estadounidense Norman Finklestein llama “ una sociedad entera que ha sido efectivamente nazificada”.

Ni Ilan Pappé ni Yakov Rabkin se hacen ilusiones sobre los obstáculos; sólo creen que la creación del Estado de Israel fue un trágico error histórico y que, en interés del pueblo palestino y de toda la humanidad, debe llegar a su fin.  

Una forma de hacerlo, como ha escrito la autora palestina Ghada Kharmi, es que “la ONU que creó a Israel debe ahora deshacerlo, no mediante la expulsión y el desplazamiento como en 1948, sino convirtiendo su sombrío legado en un futuro de esperanza para ambos pueblos en un solo Estado”.

Este sería sin duda un primer paso en el camino hacia la solución de un solo Estado que Pappé y Rabkin imaginan, y cuyos inicios sólo podemos esperar ver en nuestra vida."

(Reseñas de Ilan Pappé ni Yakov Rabkin, Stefan Moore , Consortium News, 17/02/26, traducción Gaceta Crítica )

20.12.25

Étienne Balibar: Gaza ya no existe, mientras que dos millones de espectros, privados de alimentos y conducidos de un punto de exterminio a otro, vagan entre sus ruinas… La pulsión de muerte se extiende por todo el mundo, dejando un rastro de devastación y cadáveres... Lo más importante es ese sentimiento de ira y desesperación, ese temblor de todas nuestras certezas que despierta el nombre de Gaza... Expresar en voz alta la propia impotencia es terriblemente humillante, pero permanecer en silencio es imposible: ya es una forma de complicidad... Intentamos aprender todo lo que podemos sobre el plan de exterminio y su ejecución, pero también sobre la resistencia, porque permanece bajo los escombros, en los gestos de desafío o en las señales de socorro de los condenados a muerte. En su dignidad, frente a sus asesinos... Lo que hace que Gaza sea única y despierte un sentimiento de contradicción insoportable es que la memoria de la Shoah se está explotando para preparar, motivar, organizar y conseguir la aceptación del genocidio en Gaza... la propia noción de «pueblo judío» ha entrado en crisis y está expuesta a la disolución. Al menos, si quiere sobrevivir, tendrá que reconstruirse fuera de Israel (si no sin todos los habitantes de Israel) y, si es necesario, contra él, lo cual, hay que admitir, es difícil de imaginar... la cuestión de la política de derechos humanos, que antes se debatía en relación con la situación de los países del bloque soviético, se plantea ahora con fuerza como una cuestión política central, con Palestina como su ejemplo más evidente... El genocidio en curso no puede responderse con programas de paz, sino con el uso justo (legítimo, suficiente y selectivo) de la fuerza... una fuerza suficientemente grande y diferente, es realmente «necesaria». Hay que encontrarla y desplegarla... Se trataría del desarrollo de una solidaridad masiva con la lucha del pueblo palestino, una solidaridad que traspasara las fronteras entre el Norte y el Sur, el Este y el Oeste, y que sacara a los palestinos de su aislamiento (que es también una de las razones por las que el terrorismo puede resultar atractivo, como último recurso de los «desgraciados de la tierra», abandonados por todos). Un movimiento de masas tan internacionalista y antiimperialista no sustituye la lucha y la iniciativa de los propios palestinos, pero puede derrotar la complicidad de los Estados. Por eso no debe sorprender que sus partidarios sean objeto de una severa represión, en los campus y en las calles, en América y en Europa

 "Luca Salza: Me gustaría comenzar con una pregunta que hoy nos preocupa a muchos, una pregunta filosófica sencilla, pero también horrible. ¿Cómo y qué podemos pensar ante lo que está sucediendo en Gaza? ¿Cómo podemos pensar Gaza? ¿Cómo podemos pensar en Gaza? En resumen, ¿qué valor tiene el pensamiento ante un genocidio?

Étienne Balibar: Voy a responder a su pregunta, que es, efectivamente, horrible, pero nada sencilla, querido Luca.

Pero primero quiero contarle los sentimientos que me llevaron a aceptar su propuesta, a pesar de las dificultades y los riesgos que conlleva. Uno de ellos es que, por primera vez, voy a colaborar por escrito en una revista que admiro y que espero que siga haciendo oír su voz durante mucho tiempo.

Lo más importante es ese sentimiento de ira y desesperación, ese temblor de todas nuestras certezas que despierta el nombre de Gaza. Es algo que comparto con usted y que quedó bien expresado en su convocatoria de colaboraciones, citando a Mahmoud Darwish. Debemos inspirarnos en Darwish y en algunos otros (entre ellos su amigo Edward Said) para no agravar el crimen en curso con un silencio lúgubre. Expresar en voz alta la propia impotencia es terriblemente humillante, pero permanecer en silencio es imposible: ya es una forma de complicidad. Cuando leí las preguntas que me sugirió, comprendí inmediatamente que inevitablemente no podría dar una respuesta adecuada a ellos. Pero también comprendí que no debía rehuirlos. Así que, las abordaré a todos y diré lo que pueda. Worüber man nicht sprechen kann [oder denken], darüber muss man [doch nicht] schweigen! («De lo que no se puede hablar [o pensar], no se debe callar»), para modificar la última línea del Tractatus logico-philosophicus de Ludwig Wittgenstein.

Así que me preguntaron sobre pensar en Gaza, pensar en Gaza. A pesar de las imágenes y las historias que nos llegan (y de que los reporteros pierden la vida allí cada día), no estamos allí, en Gaza, bajo las bombas y frente a los tanques, viendo cómo nuestras casas son arrasadas, nuestros hijos mueren de hambre, nuestros heridos siendo rematados incluso en las salas de los hospitales y enterrando a nuestros muertos en tierra desnuda. Solo podemos pensar en ello día y noche, reviviendo el horror en nuestras mentes una y otra vez. Nos devanamos los sesos sobre la historia del «conflicto» israelo-palestino, buscando qué lo ha hecho tan irremediable y por qué parece que ya no hay posibilidad alguna de cambiar el equilibrio de fuerzas. Intentamos aprender todo lo que podemos sobre el plan de exterminio y su ejecución, pero también sobre la resistencia, porque permanece bajo los escombros, en los gestos de desafío o en las señales de socorro de los condenados a muerte. En su dignidad, frente a sus asesinos. Lo hacen para que el mundo lo sepa, para que el mundo lo recuerde, aunque no haya opuesto ninguna resistencia.

Pero entiendo que su pregunta va más allá del hecho de pensar en lo que está sucediendo. Se refiere a su contenido de verdad y a su significado moral: ¿qué somos capaces de pensar que nos comprometa a actuar más allá, y qué pensamientos verdaderamente necesarios nos quedan cuando decimos «Gaza»? Creo que debemos admitir que siempre será demasiado poco, insuficiente ante la enormidad del crimen. Un crimen del que también somos cómplices, no lo olvidemos. Debemos dejar de lado las excusas, las protecciones y las precauciones; hacerlo es la condición para que lleguemos no solo a una descripción circunstancial, sino a preguntas radicales, cuyas respuestas tardarán mucho tiempo en encontrarse y en acertarse. Su formulación contiene una valiosa sugerencia al respecto: «¿Cuál es el valor del pensamiento ante un genocidio?». El pensamiento vale lo que puede ser: nada o algo, dependiendo de si toma la medida de su propia indigencia y su propia urgencia. Porque genocidio es uno de los nombres que se le da a esta situación extrema que subvierte la racionalidad en el sentido común: va mucho más allá de la deducción, la representación, la evaluación de los pros y los contras. Pero, ¿qué significa «un» genocidio en este caso? ¿Que hemos reconocido todos los criterios, las características distintivas enumeradas en su definición legal y que pueden identificarse por analogía histórica? Sin duda. Desde hace mucho tiempo, los lacayos y portavoces del asesino —o «amigos del pueblo judío» para quienes la verdad importa menos que la solidaridad ciega y comunalista— son los únicos que niegan obstinadamente la realidad del genocidio. Se han degradado por completo. Por desgracia, Gaza no es un genocidio «posible», un futuro del que hay que advertir, sino un genocidio en curso, ejecutado ante sus ojos con una determinación inquebrantable y sin ninguna oposición real, con solo la solución final aún incierta. Gaza ya no existe, mientras que dos millones de espectros, privados de alimentos y conducidos de un punto de exterminio a otro, vagan entre sus ruinas… Pero decir «un» genocidio también sugiere que deben comparar. Los genocidios no ocurren todos los días y no en cualquier lugar. Y, sin embargo, hay otros además de Gaza, en el pasado e incluso en el presente: en Sudán, por citar solo un genocidio cuyo ocultamiento es, en muchos aspectos, tan insoportable como la exposición de Gaza, y que forma parte de una misma catástrofe (y volveré sobre esto). La pulsión de muerte se extiende por todo el mundo, dejando un rastro de devastación y cadáveres. Pero decir esto es solo dar otro nombre al problema.

Sin embargo, cada genocidio —¡qué expresión: cada genocidio!— tiene características históricas, políticas y morales únicas. Son estas las que debemos «pensar». Lo que hace que Gaza sea única y despierte en ustedes un sentimiento de contradicción insoportable no es solo el hecho de que el genocidio lo estén perpetrando judíos que son (al menos algunos de ellos) descendientes de las víctimas de la Shoah, el genocidio de los genocidios. Es también el hecho de que, tras la institucionalización de la memoria de la Shoah, esta se está explotando para preparar, motivar, organizar y conseguir la aceptación del genocidio en Gaza. La Shoah —como acontecimiento destructivo y fundacional, ahora inseparable de lo que Jean-Claude Milner ha llamado «el nombre judío», y a través del cual este nombre y quienes lo llevan están, les guste o no, vinculados a un ejemplo sin parangón de aniquilación del hombre por el hombre, testigos de su monstruosa posibilidad, advirtiendo de su repetición — contribuye constantemente a la justificación del genocidio de Israel en Gaza. Lo hace al apoyar la afirmación de que las «víctimas del genocidio» obviamente no podrían perpetrar a su vez un genocidio. Pero también lo hace de forma contradictoria, en la medida en que permite a estas «víctimas» romper, con impunidad, todos los límites de la ley y la humanidad para «protegerse» del eterno retorno del genocidio por el que dicen o creen estar amenazadas. «Nosotros no» y «solo nosotros», proclaman los israelíes como exigen sus propias autojustificaciones, invocando el nombre de Auschwitz y los pogromos que lo prepararon. Así, en una causalidad «diabólica» (Poliakov), a través de sus herederos, la Shoah como primer genocidio engendra el genocidio en Gaza, y así pierde allí su significado, no solo para los judíos, sino para todos ustedes. [2] ¿Cómo van a poder situar esta tragedia en la historia, o en la «realidad», y cómo van a reaccionar? ¿Qué van a hacer con ella, en sus pensamientos y en sus vidas?

Digo que esto es lo que deben «pensar», pero no estoy seguro de cómo, ni con qué lógica. Porque es a la vez la fuente de su espantosa eficacia (¿quién se atrevería a contradecir a los herederos de la Shoah?) y la inversión de todos los valores morales e intelectuales (¿quién se atrevería aún a pronunciar las palabras «nunca más»?). Quizás su conversación les ayude a salir de este punto muerto.

La pregunta puede entonces formularse de manera aún más directa: ¿qué deben hacer con la filosofía mientras Gaza y los gazatíes son aniquilados? Después de Auschwitz, autores de origen judío les ayudaron a profundizar y refinar su crítica del sujeto, de la pertenencia, de la identidad, del Estado, contribuyendo a un desciframiento genealógico de la violencia del logos. De hecho, fue quizás principalmente a partir de ellos que empezaron de nuevo cuando Europa no era más que escombros. Su trayectoria filosófica se inscribe en la tradición de un cierto universalismo también estrechamente vinculado al judaísmo, la corriente marxista, que fue también un intento de combatir el repliegue identitario y la violencia de los nacionalismos. Sin embargo, hoy nos preguntamos: ¿qué valor tiene nuestro patrimonio cultural?

Todavía recuerdo una cita de Lenin que aprendí de memoria en mi juventud «marxista», como usted dice: «Toda cultura se divide en dos partes, un componente clerical y reaccionario, y un componente progresista y revolucionario», o algo por el estilo. Sin duda, hoy me resultaría muy difícil suscribir la idea de Lenin sobre la universalidad de la lucha de clases, o las categorías en las que dividió los «bandos» de la historia y la política. Pero sigo creyendo que nunca hay unidad ni homogeneidad en lo que llamamos cultura, que, por supuesto, incluye el arte, la ciencia y la filosofía, todos ellos en constante interferencia entre sí; o, más bien, su unidad es un conflicto permanente, para el que cualquier lenguaje común puede resultar difícil de alcanzar (en este sentido, me gusta la categoría de «el diferendo» desarrollada por Lyotard [3]). Hablar de cultura es sin duda totalizar, pero nunca reconciliar. Lo que usted llama nuestro «patrimonio cultural» incluye obviamente hoy en día todo el legado de esta «crítica del sujeto, de la pertenencia, de la identidad, del Estado» y el «desciframiento genealógico de la violencia del logos» al que usted se refiere. Esto abarca desde Adorno (en quien la advertencia de Benjamin sobrevive de cierta manera [4]) a Günther Anders y de Antelme a Primo Levi o Kertész. A lo que añadiría, obviamente, la gran empresa de Arendt, por muy discutible que sea, pero sin parangón en su profundidad histórica y analítica, hasta incluir Eichmann en Jerusalén. E incluso la obra de bastardos como Heidegger y Carl Schmitt, comprometidos hasta el cuello en la perpetración del genocidio, pero indispensables para comprender sus antecedentes y su estrategia. No entraré en detalles aquí. Creo que debemos intentar, más que nunca, extraer de estas obras (y otras), en sus diferentes formas, las herramientas para comprender lo que Gaza representa en nuestra experiencia, y los modos en que, una vez más, la historia se divide en dos por el genocidio, cuyas secuelas destituyen el pasado del que, sin embargo, procede. Pero esto requiere un cambio completo de referencias culturales, identidades y temporalidades, que tendremos que considerar.

Situaría el siguiente fenómeno en el centro de este gran desplazamiento: según el argumento que Arendt expuso magistralmente en su obra Los orígenes del totalitarismo (el mismo argumento que la primera traducción francesa trató de ocultar [5]), el genocidio nazi que tuvo como objetivo a los judíos europeos (pero también a los romaníes y a las personas «anormales») solo fue posible gracias a la importación a Europa de los métodos de concentración y exterminio que los europeos habían estado aplicando y perfeccionando en el resto del mundo (en particular en África) desde el inicio de la colonización. Esto va de la mano con el hecho de que los nazis pretendían establecer un imperio colonial en el espacio «euroasiático», dominado por la raza germánica, donde las poblaciones indígenas estaban condenadas a la esclavitud (en el caso de los eslavos) y al exterminio (en el caso de los judíos [6]). Esta «repatriación» o «efecto boomerang» del colonialismo (como lo expresó Aimé Césaire en su Discurso sobre el colonialismo) no es, por supuesto, «la causa» del nazismo y del Holocausto (cuyo principal factor determinante sigue siendo el antisemitismo). Sin embargo, es una parte esencial de sus condiciones y del significado «universal» de las formas políticas que pone de manifiesto. Si volvemos entonces nuestra atención a Gaza, tal vez no sea tan descabellado ver una configuración simétrica, en la que una invención europea —que expresa algunas de las tendencias destructivas más arraigadas de su política— se exporta a Oriente Medio, donde contribuye a perpetuar, restablecer y exacerbar el colonialismo. Consideremos la versión favorecida por la historiografía nacional palestina, y lo mínimo que puede hacer el pensamiento sobre el genocidio palestino es escuchar las voces de los palestinos y empezar por aprender de quienes están sufriendo el genocidio y lo vieron venir, desde la Nakba hasta la actual erradicación de las poblaciones de Gaza y Cisjordania (utilizando enfoques distintos pero complementarios). En esta historiografía, este escenario toma la siguiente forma: la colonización de Palestina es un «momento» intrínseco de la historia del imperialismo europeo (que comenzó con el Imperio Británico, seguido del Imperio Francés, y continúa hasta hoy con la estrecha asociación de Israel con las potencias «occidentales», que le proporcionan financiación, armas y protección diplomática). Se manifiesta en sus formas más extremas (el colonialismo de asentamiento, que sustituye a los pueblos indígenas por colonos, dirigiendo su expulsión y luego su eliminación) y extiende la empresa imperialista incluso más allá de su supuesto final histórico. Utiliza las consecuencias del exterminio de los judíos de Europa como una oportunidad, un recurso (demográfico e intelectual) y una cobertura ideológica. [7] Propondría una variación crítica de este escenario que, espero, no descarte su verdad general. Es cierto que el sionismo, desde sus padres fundadores (Herzl, Weizmann), ha sido tanto un nacionalismo típicamente «europeo» (entre las nacionalidades oprimidas) como un «orientalismo» impregnado de la idea de que la cultura europea es superior a la barbarie oriental. Es indudablemente cierto que esta ideología ha dado rienda suelta al «mesianismo secular» del Estado de Israel y a su voluntad de poder tecnológico y militar. [8] Sin embargo, la idea de una empresa de colonización israelí al servicio de una «metrópoli imperial colectiva» euroamericana es una ficción que tiene el grave inconveniente de minimizar la forma en que Europa «vomitó» a sus judíos (Shlomo Sand [9]). Minimiza el papel que desempeñaron, en la fundación de Israel, las consecuencias del nazismo y el antisemitismo, la violencia de la guerra civil europea en la que los judíos fueron las principales víctimas y, por lo tanto, la complejidad de los motivos que llevaron a las Naciones Unidas de la posguerra a conferir legitimidad al nuevo Estado en parte del territorio de la «Palestina histórica»…

También tiene el inconveniente, como consecuencia de ello, de ocultar la complicidad de los Estados árabes (no me refiero a los pueblos), que fueron ellos mismos objeto del imperialismo, pero que acabaron utilizando esta complicidad para conquistar posiciones dominantes dentro de él (como es el caso hoy en día de Arabia Saudí y los Estados del Golfo, también implicados en el genocidio de Sudán). Su política hacia los palestinos ha oscilado constantemente entre bravuconerías impotentes, manipulaciones cínicas y trueques interesadas.

Por lo tanto, me parece que una visión equilibrada de la «responsabilidad histórica» de Europa en la colonización de Palestina, que hoy ha llevado a la limpieza étnica, el genocidio y la devastación del país, debe incluir otros elementos. Debe integrar los antagonismos y contradicciones que han configurado la historia europea durante los dos últimos siglos (una historia de autodestrucción) y también reflexionar sobre la capacidad de resistencia y autonomía del mundo árabe (una capacidad que ha sido constantemente neutralizada o traicionada [10]). La integración de estas consideraciones no elimina el sentido general de la relación de dominación, pero evita reducirla a un esquema binario abstracto o esencializarla.

Sin embargo, la peligrosa simetría que esbozo aquí, basada en una comparación de los dos genocidios —el del Holocausto y el de Gaza— y la «genealogía» que los une, contiene una lección general sobre la filosofía de la historia. Es decir, cada genocidio es un acontecimiento singular, cargado de determinantes «locales», pero también está inmediatamente imbuido de un significado global —me sentiría tentado de decir «cosmopolítico», si este término no evocara, en su cultura, un ideal de civilización más que una marcha hacia la muerte—. Es global en sus causas lejanas, sus medios y objetivos, la complicidad o la ceguera que lo facilita, sus efectos que se extienden por todo el mundo, la convulsión que provoca en su imaginación del sentido de la historia y las líneas divisorias «globales» que traza entre individuos, naciones e ideologías. Gaza es un acontecimiento global que no dejará nada sin cambiar en sus pensamientos y en sus relaciones mutuas. Es espantoso que tal transformación tenga su origen, y su coste, en el exterminio de los palestinos y la destrucción de Palestina.

Cuando hablaba de «patrimonio cultural», pensaba sobre todo en la tradición filosófica. Las filosofías de la alteridad nos han permitido, por ejemplo, afrontar lo mejor posible en Europa el mundo posterior a Auschwitz. Pero Emmanuel Levinas, el filósofo de la diferencia, que llega a concebir la alteridad hasta el punto de sustituir el «yo» por el «usted» —, sucumbió al final de su vida a una lectura muy ambigua del conflicto judío-palestino, lo que arroja una luz siniestra sobre sus tesis sobre la vulnerabilidad y la responsabilidad ética. En la obra de Levinas encontramos una defensa tanto política como ética del sionismo (es aquí, además, donde, según Levinas, se rompe la antinomia entre ética y política): «La idea sionista, tal y como la veo ahora, despojada de toda mística, de todo falso mesianismo inmediato, es sin embargo una idea política que tiene una justificación ética… Defendemos a nuestro prójimo cuando defendemos al pueblo judío; cada judío, en particular, defiende a su prójimo cuando defiende al pueblo judío» (Emmanuel Levinas con Alain Finkielkraut, Israël: éthique et politique, conversación radiofónica, 28 de septiembre de 1982). Teniendo en cuenta que esta entrevista tuvo lugar pocos días después de las masacres de Sabra y Chatila, me pregunto: ¿qué debemos hacer con la filosofía de la alteridad cuando atribuye un fundamento ético y original a la política de un Estado?

No creo que tenga mucho interés juzgar a Levinas. Es un filósofo cuya obra abarca todo el siglo y que, a través de los conceptos que formula, los problemas que plantea y las reacciones que provoca, trasciende las opciones políticas de su autor, aunque ciertamente no es independiente de ellos. Puesto que menciona la gran tradición de las filosofías de la alteridad (yo diría de la alteridad constitutiva, en la que la relación con el otro, es decir, un otro diferente, irreducible al alter ego, precede e informa la conciencia del sujeto), sería importante mencionar formulaciones anteriores dentro de la tradición judía, en particular las de Martin Buber, cuya relación con el sionismo y la política israelí es mucho más intrínseca y crítica, y cuyo gran libro Yo y Tú data de 1923. [11] Usted citó la frase «Defendemos a nuestro prójimo cuando defendemos al pueblo judío», que hoy en día tiene una resonancia tan ominosa. Así que quizá sea más interesante señalar el cambio que se produjo en su concepción de la judaidad o la «pertenencia» al pueblo judío. Me refiero al texto de 1947, Ser judío, en el que expresa la idea de que «ser judío no es solo buscar un refugio en el mundo, sino sentir que uno tiene un lugar en la economía del ser». Más adelante explica que esto significa «tratar al mundo, tratarnos a nosotros mismos, como tratamos a las personas que nos rodean y cuyas biografías desconocemos, que, arrancadas de su familia, de su círculo social, de su interior, son todas «de padre desconocido», abstractas en cierto modo, pero que, precisamente por eso, se nos dan de inmediato». Si entiendo correctamente a Levinas, esto equivale a defender o amar al prójimo, sea quien sea, a través del pueblo judío, y no al revés. De ahí la refutación explícita de Levinas de la idea de la elección como «preferencia», nacional o de otro tipo[12]. Es cierto que, en la carta a Maurice Blanchot que sigue, Levinas también caracteriza la elección de la que cree beneficiarse a través de la filiación como «el sentimiento de haber nacido en lo absoluto». Sin duda, es esta convicción de cercanía (o «hermandad») con Dios la que ayuda a invertir un judaísmo de responsabilidad hacia el Otro en un judaísmo entendido como una misión civilizadora que tiene «a Dios de su lado». [13] Creo que esta ambivalencia es también a lo que se refiere la crítica intransigente de Derrida, cuando reprocha a Levinas haber «magnificado» siempre la figura del otro para designarlo como un Otro capital y conferir exclusividad al Dios de Israel en su revelación: «todo otro es totalmente otro, le respondí un día a Levinas».[14]

Pero el verdadero problema no son los entresijos de los cambiantes enfoques de Levinas, sino la propia noción de «pueblo judío». Creo que esta noción siempre ha conllevado una profunda ambigüedad (que en cierto sentido la ha enriquecido y alimentado sus interpretaciones proféticas y mesiánicas) y que actualmente está experimentando un cambio dramático, que coloca a «cada uno de ellos» ante una elección desgarradora, al tiempo que les impone una responsabilidad abrumadora. El «pueblo judío» de los últimos dos milenios descendía del mismo «grupo étnico» o nación antigua solo a través de una tradición ético-religiosa centrada en la transmisión de un texto (y el respeto por su letra), junto con una ficción genealógica.[15] Su dispersión o diáspora en griego (galuten hebreo), vivida como un «exilio» ontológico, podía expresarse en múltiples afiliaciones comunitarias (y lingüísticas, por lo tanto literarias y poéticas), como Yiddishland o Sefarad. Sin embargo, también proporcionaba un marco de solidaridad en creencias, conocimientos y esperanzas transnacionales que era radicalmente incompatible con cualquier organización o proyecto estatal. Fue el siglo XIX, ligado al auge del nacionalismo europeo y con un telón de fondo de persecución antisemita, el que dio lugar al sionismo, es decir, a la idea de un «Estado judío» (al que, cabe señalar, no todos los judíos suscribieron, y al que no todos sus teóricos atribuyeron el mismo carácter exclusivo). Y fue en el siglo XX, en circunstancias que ya son bien conocidas, cuando este Estado surgió como una potencia «soberana», en el marco de un proceso más amplio de colonización europea y como imán para las poblaciones judías de todo el mundo (en particular los judíos «orientales», es decir, los judíos de los países islámicos), en guerra abierta o latente con otros Estados. La característica ideológica que surgió tras la fundación del Estado de Israel (y que fue cuidadosamente cultivada por su aparato propagandístico, no sin éxito entre muchas comunidades judías, pero sin llegar nunca a alcanzar la unanimidad) es la unión imaginaria de la ciudadanía israelí con la pertenencia al judaísmo mundial en un único «pueblo judío» del que Israel es considerado el centro espiritual y el portador de la legitimidad política y religiosa. Así, se dice que todos los judíos del mundo tienen «dos países», uno de los cuales tiene prioridad sobre el otro o impone deberes a ellos, en particular en relación con los enemigos de Israel, designados ipso facto como «enemigos del pueblo judío». [16] Con el actual cambio constitucional, se podría pensar que esta concepción totalitaria de pertenencia al pueblo judío se establecerá de forma irreversible: Israel, como «refugio» establecido en la tierra prometida de la que sus antepasados fueron expulsados hace dos mil años, reclama, en cierto sentido, una doble población, la interna y la externa. El pueblo judío coincidirá definitivamente con un «Gran Israel» mesiánico y geopolítico. Creo que ocurrirá lo contrario. Porque la complicidad activa (aceptada positivamente) o pasiva (tolerada) de los ciudadanos israelíes (o de la mayoría de ellos) en el genocidio de los palestinos (sin la cual el genocidio no podría haberse llevado a cabo, incluso después del trauma colectivo del 7 de octubre de 2023) creará divisiones cada vez más profundas dentro de la «diáspora». Dado que la «diáspora» no puede volver a la concepción milenaria de una comunidad exiliada (porque ha ocurrido algo irreversible en el devenir-Estado del pueblo judío que Israel ha provocado y que ahora se está convirtiendo en una catástrofe), mi convicción es que la propia noción de «pueblo judío» ha entrado en crisis y está expuesta a la disolución. Al menos, si quiere sobrevivir, tendrá que reconstruirse fuera de Israel (si no sin todos los habitantes de Israel) y, si es necesario, contra él, lo cual, hay que admitir, es difícil de imaginar. Entonces, se podrán reexaminar las cuestiones de la articulación de la ética (en particular, la ética de la «responsabilidad histórica» colectiva) y la política (en particular, la política de coexistencia con el otro y de compartir el «mundo» o la «tierra» entre enemigos hereditarios). Pero no sabemos cómo. Y el requisito previo es que el pueblo palestino no esté muerto.

Ante esa respuesta, me veo impulsado a pedirle que examine los aspectos políticos de la cuestión palestina. Porque siempre ha tenido la particularidad de presentarse como una cuestión esencial e intrínsecamente política. Jean Genet hizo hincapié en este punto. En un momento en que las democracias europeas intentan reducir Palestina a una cuestión humanitaria —incluso en el mejor de los casos— y en que el Gobierno israelí está aniquilando sistemáticamente al pueblo palestino, ¿cómo podemos poner de relieve la subjetividad política palestina? (Soy demasiado optimista, pero creo que, incluso ante el genocidio, la resistencia del pueblo palestino no morirá).

Estoy de acuerdo con usted en que el pueblo palestino «no morirá». Y, sin embargo, en este mismo momento, estamos viendo cómo los palestinos perecen en masa. Por lo tanto, incluso en la muerte, no mueren, o al menos todavía no. ¿Qué significa esta paradoja? La respuesta idealista, moral y apolítica, que creo que debemos evitar (aunque mis comparaciones entre diferentes genocidios puedan parecer justificarla), sería decir que el pueblo palestino sobrevivirá simbólicamente, en la figura de la víctima absoluta, más allá de la muerte de sus hijos, como una idea eterna a la que esperamos que algún día sea posible dar sustancia. La respuesta política y materialista es diferente: que este pueblo sobreviva en su resistencia y en la unidad de esa resistencia, que ni siquiera el genocidio puede romper.

Esto requiere varias observaciones. En primer lugar, la unidad de la resistencia es espiritual más que organizativa o estratégica (aunque, desde este punto de vista, desde 1948 y la Nakba, e incluso antes, contando la gran revuelta de 1936-1939 y las dos intifadas, ha habido fases muy contrastadas: en retrospectiva, se puede sugerir que Arafat y la OLP casi lograron unificar estratégicamente la resistencia, y que Oslo la rompió, lo que condujo a la división actual, cuidadosamente manipulada por Israel y alimentada por las rivalidades entre clanes, individuos e ideologías). Esta unidad es una determinación compartida de existir en el presente y para las generaciones venideras. Ha demostrado ser extraordinariamente resistente y eficaz, especialmente en forma de solidaridad entre los diferentes componentes de la sociedad palestina y las múltiples formas de resistencia diaria: incluye, por supuesto, formas de autodefensa o resistencia armada, manifestaciones periódicas de desafío y protesta colectiva (como las intifadas o la Marcha del Retorno de 2018), pero también, y sobre todo, la resistencia obstinada contra el acaparamiento de tierras, la brutalidad y el aparato represivo de los ocupantes y la destrucción de la cultura. [17] Creo que una característica esencial de todas estas formas de resistencia es que no separan la existencia del pueblo palestino de sus raíces en la tierra de Palestina, en el campo y en las ciudades. Elias Sanbar destaca acertadamente este punto. Al resistir en su tierra, y con ella, contra la apisonadora de la colonización, al negarse a abandonarla incluso cuando se convirtió en un montón de ruinas, un «desierto» de campos despojados de sus olivos y vaciados de sus rebaños, los palestinos están defendiendo, centímetro a centímetro, la esencia misma de su identidad histórica, que es anterior a la colonización y le sobrevivirá, continuando en pie en contra de la aniquilación de su pueblo. Mahmoud Darwish escribió: «Y la tierra se transmite como el lenguaje». Este poema es recitado cada día por sus compatriotas.

Esto lleva a una segunda observación. Desde 1948, el «pueblo palestino» se ha dividido en tres partes principales: los «árabes israelíes» (tratados como ciudadanos de segunda clase), los residentes de Cisjordania y Gaza (que actualmente son objeto del principal ataque) y los refugiados dispersos por todo el mundo, junto con sus descendientes. Las diferencias entre sus situaciones son inmensas y no faltan los conflictos de intereses. Se podría pensar que, con el tiempo, esto conduciría a una disolución gradual de la conciencia colectiva bajo el orden colonial, exacerbada por las diferencias entre las organizaciones políticas y fomentada por el entorno capitalista. Sin embargo, parece que ocurre lo contrario, ya que un pueblo palestino fragmentado se ha ido formando y perpetuando durante 77 años. Este pueblo no tiene «representación» estatal, pero tiene voz y visibilidad. Se ve debilitado por las diferentes relaciones de sus componentes con la tierra de Palestina que defiende, pero, por otro lado, también está fuera del alcance de las decisiones del Estado de Israel, lo que en sí mismo es un hecho político fundamental. Sin duda, existe una especie de contradicción entre los dos aspectos que destaco: las profundas raíces de la resistencia popular en la tierra de sus antepasados y la fragmentación del pueblo palestino, que, sin embargo, conserva su unidad. Esta contradicción también es política. Pero no está condenada a la autodestrucción. Está viva y evoluciona ante nuestros ojos.

Por lo tanto, estoy de acuerdo con usted (y con Genet) en que la cuestión del pueblo palestino (su unidad, su continuidad histórica, su supervivencia, su subjetividad individual y colectiva) es política en todos los sentidos, en el sentido pleno de la palabra política, que abarca desde la comunidad hasta la lucha. Por otro lado, no voy a establecer una distinción radical entre lo político y lo humanitario, como parece hacer usted. Lo que usted dice es cierto: no debemos «reducir la cuestión palestina a su dimensión humanitaria», es decir, identificar a los palestinos con la condición de víctimas. En eso estamos de acuerdo. Pero no podemos decir (en mi opinión) que la dimensión humanitaria esté ausente o sea políticamente secundaria en la situación actual. El genocidio es, por definición, tanto un colapso de la humanidad como un grito de socorro. Los habitantes de Gaza claman por la ayuda humanitaria urgente que Israel les niega deliberadamente para exterminarlos y expulsarlos a ellos. Las «organizaciones humanitarias» que son las únicas que realmente luchan por defenderlos (desde la UNRWA hasta las organizaciones israelíes que salvan el honor de su pueblo, como B’Tselem y Physicians for Human Rights Israel, sin olvidar a Médecins du Monde, Care, Amnistía Internacional, Human Rights Watch, etc.) tienen muy clara la naturaleza política de sus acciones y reivindicaciones. Sus acciones y su acceso al teatro de guerra se han convertido en cuestiones geopolíticas fundamentales. Por eso, Israel sigue atacando a ellos y tratando de deslegitimarlos. La hipocresía de los Estados que han pedido que se abra Gaza a la ayuda internacional de emergencia (en términos de provisiones médicas, alimentarias, materiales y educativas) se refleja en su negativa a actuar en consonancia con sus palabras y a ejercer la presión diplomática y económica sobre Israel que tienen los medios para ejercer… La Flotilla de Gaza está asumiendo los riesgos necesarios para sacar a la luz esta cobardía. Más que nunca, la cuestión de la política de derechos humanos, que antes se debatía en relación con la situación de los países del bloque soviético, se plantea ahora con fuerza como una cuestión política central, con Palestina como su ejemplo más evidente.

Sobre el tema de la política de derechos humanos: ¿qué significa defender la paz ante una situación de genocidio? ¿Puede la búsqueda de la paz y el pacifismo ser una respuesta adecuada a la violencia de las masacres y al sacrificio de un pueblo a un Dios oscuro? (Lacan). ¿No es necesaria otra forma de violencia, que recoja esta diferencia en la violencia tal y como la conciben Benjamin, pero también Merleau-Ponty, Deleuze o Nancy? ¿No corre el pacifismo el riesgo de ocultar la otra escena de violencia, la que abre, revela, suspende e incluso destruye, pero lo hace para dar lugar a nuevas relaciones (la violencia mítica de Benjamin)? En este sentido, ¿no es el uso generalizado del término «terrorismo» para describir actos que perturban el orden establecido otra forma de hacer impensable e impracticable la diferencia interna dentro de la violencia? A pesar de las grandes diferencias entre ellos, ¿no conducen el pacifismo y el terrorismo, de diferentes maneras, a una impotencia paralizante?

Estas preguntas me parecen estrechamente relacionadas, y trataré de abordarlas conjuntamente. En primer lugar, me parece que la cuestión de «la paz frente a una situación de genocidio» tiene dos dimensiones, una general, que podemos intentar aclarar a la luz de la historia, y otra que se refiere específicamente a lo que está sucediendo ahora en Gaza. La segunda dimensión se deriva de la primera, pero añade la urgencia de «¿qué se debe hacer?» a la reflexión teórica sobre la paz, que la sobredetermina por completo. Uno puede tener una respuesta basada en principios al problema y luego encontrarse en una situación en la que esta respuesta es completamente ineficaz.

En primer lugar, señalo que lo que estoy escribiendo (el 10 de septiembre de 2025) se leerá, en el mejor de los casos, dentro de varios días, y para entonces la masacre habrá avanzado aún más, porque no hay forma inmediata de detener a los autores del genocidio, que están ejecutando metódicamente su plan con el apoyo del imperialismo dominante en esta parte del mundo, incluso si la ONU y sus agencias reiteran sus advertencias y si las «democracias» europeas pasan de las reprimendas a las sanciones, lo que no creo que vaya a suceder. También observo que las intervenciones militares disuasorias contra el ejército israelí están fuera de discusión (lo que no fue el caso durante la Segunda Guerra Mundial, ni en Bosnia, ni en Ruanda). ¿Quién las llevaría a cabo? ¿Qué consecuencias tendrían? También señalaré que las operaciones simbólicas individuales (que inmediatamente serán calificadas de actos terroristas, pero que podrían entrar en lo que ustedes llaman «otra forma de violencia»), como el ataque de ayer en Jerusalén, demuestran una capacidad individual de resistencia y desafío, pero no pueden cambiar el curso de los acontecimientos. En este caso, por lo tanto, no hay «elección» entre varios métodos o formas de acción para oponerse al genocidio, ya que todos ellos se enfrentan al mismo desequilibrio radical en la balanza de poder. Me resulta difícil escribir estas palabras radicalmente pesimistas (al igual que me resultó difícil escribir el 21 de octubre de 2023 que «la catástrofe… llegará a término» [18]), porque pueden parecer una resignación. Por lo tanto, me corregiré afirmando que ninguna situación histórica, por desesperada que sea, es fatal o inmune a lo inesperado. Incluso que Israel se viera obligado a aceptar un alto el fuego en algún momento debido a la «presión internacional» y a la presión de sus ciudadanos que esperan salvar a los últimos rehenes vivos sería una victoria contra el Estado genocida. Cambiaría el curso de los acontecimientos…

Observaré entonces que la noción de pacifismo es extraordinariamente ambigua. Puede referirse al principio que, en oposición a la guerra como medio político y, más aún, como «valor» de la civilización (un valor heroico, es decir, viril, «creativo» o «mediador», como en Hegel, o «partera de la historia», como en Marx), hace de la paz el único fin, el único objetivo defendible. O puede referirse a la actitud que prefiere aceptar lo peor, renunciar a la lucha por miedo a las tragedias de la guerra, o por un cálculo de lo que se puede ganar o perder. En este asunto, debemos tener cuidado de no dar lecciones a nadie desde un sillón o un teclado. Pero no hay ninguna prohibición de pensar en ejemplos. Mi maestro Georges Canguilhem fue en su juventud, siguiendo a Alain, un pacifista militante, antes de convertirse en un combatiente de la Resistencia contra el nazismo que asumió todo tipo de riesgos (nunca habló de ello). No creo que se tratara de una conversión o un cambio de bando. Luchó en la guerra como pacifista. En realidad, lo que esta ambigüedad me revela es que no debemos pensar en términos binarios, oponiendo la paz a la guerra, o la «no violencia» a la «violencia» per se. Siempre deben introducir un tercer término, que complica el debate, pero puede ayudar a aclararlo. Cuando se trata de la respuesta a la destrucción, la esclavitud o el exterminio, el tercer término, como acabamos de decir, es la resistencia, que es la «guerra justa» (es incluso la única forma de guerra justa, siempre que los medios también sean adecuados para ello). Cuando se trata del objetivo final, el tercer término es la justicia para los oprimidos, lo que significa que solo la «paz justa» es una paz verdadera, aceptable y honorable, y que tal vez sea incluso la única paz duradera. La paz, la guerra, la resistencia y la justicia son los cuatro polos del mismo problema, los cuatro términos de una única decisión.

Por último, me gustaría señalar su interesante lapsus regarding Walter Benjamin (¡no lo corrija!): a menos que le haya leído mal, me parece que está confundiendo lo que él distinguió (en su famoso ensayo de 1921, Zur Kritik der Gewalt) como «violencia mítica» (aquella que, detrás de la ley o aguas arriba de la ley, da fuerza a la ley y, por lo tanto, refuerza o restaura el orden establecido, confiriéndole «soberanía») y violencia «divina» (o mesiánica, o revolucionaria) que destituye (tomaré prestada la terminología de Agamben por una vez) la dominación, reduce a la impotencia a ellos o los elimina de la historia, abriendo (idealmente) la posibilidad de otro mundo. Se trata de dos opuestos absolutos, pero peligrosamente cercanos (y a veces atrapados en la indecisión). El texto de Benjamin fue escrito en una época y un lugar en los que el radicalismo revolucionario se imponía mientras el fascismo ya estaba en auge. Forma parte de un brillante intento de situar la idea de la revolución en una gramática escatológica consciente de sus trágicas implicaciones y riesgos, en lugar de ocultar la escatología bajo el positivismo sociológico y el evolucionismo historicista (del que Marx no estaba libre). Al igual que usted, vuelvo constantemente a este texto, pero también teniendo en cuenta los tiempos cambiantes. En mi opinión, esto nos impide «repetir» literalmente a Benjamin hoy en día: porque las revoluciones sí tuvieron lugar (o al menos algunas revoluciones, pero a escala global y con alcance universal), y a corto plazo todas fracasaron (o peor aún, solo tuvieron éxito al convertirse en contrarrevoluciones [19]). Su uso político de la violencia está en el centro de este fracaso, que requiere un replanteamiento completo de la economía y el propósito de la violencia revolucionaria, la relación entre la idea de revolución (y, por tanto, de emancipación, liberación y resistencia) y la idea de violencia. Los nombres que cita son, en mi opinión, parte de los recursos y recursos disponibles para hacerlo. Se podrían mencionar otros.

Puedo, por tanto, intentar responder a sus dos preguntas principales, sin ninguna esperanza de hacerlo de forma exhaustiva. En primer lugar, la cuestión de la «respuesta adecuada a la violencia de las masacres y al sacrificio de un pueblo a un Dios oscuro». Sí, el Dios oscuro está actuando (lo que antes he denominado «pulsión de muerte»). Pero eso significa que no habrá una respuesta «adecuada». Ni siquiera derrotar a quienes planean y llevan a cabo masacres al servicio de un delirio de dominación y omnipotencia es una respuesta adecuada. Siempre queda un resto de la masacre, una huella indeleble que no puede redimirse ni compensarse. Sin embargo, algunas cosas son (o deberían ser) obvias cuando se trata del ámbito de la responsabilidad. El genocidio en curso no puede responderse con programas de paz, sino con el uso justo (legítimo, suficiente y selectivo) de la fuerza. Los aliados sabían que el exterminio industrial de los judíos había comenzado en las cámaras de gas. Podrían haber bombardeado a ellos, pero no lo hicieron. Esta es una de las desastrosas decisiones históricas cuyas consecuencias seguimos sufriendo hoy en día. El problema con Gaza (siempre vuelvo a este punto) es que no hay fuerzas disponibles para desembarcar (a pesar de la Flotilla) o bombardear Tel Aviv (solo los huzíes lo están intentando, simbólicamente, lo que les costará muy caro). La «otra violencia», es decir, una fuerza suficientemente grande y diferente, es realmente «necesaria». Hay que encontrarla y desplegarla.

¿Es esta fuerza «terrorismo»? A riesgo de equiparar el pacifismo con el terrorismo —ambos reducidos a una impotencia común—, usted sugiere que no lo es. Estoy de acuerdo con usted. Pero debemos reflexionar detenidamente sobre esto, porque nos encontramos en terreno peligroso. En primer lugar, debemos ser conscientes de que la clasificación del terrorismo está sujeta a la manipulación estatal a través de etiquetas legales o pseudolegales diseñadas para colocar a ciertos enemigos de las potencias hegemónicas en la posición de «forajidos». Esto es lo que ocurre cuando una organización o grupo concreto es incluido en listas internacionales de delincuentes. Esto oculta dos hechos de suma importancia: en primer lugar, el hecho de que, en situaciones de guerra de liberación, los «terroristas» de hoy son los «interlocutores legítimos» de mañana con los que hay que negociar y, por lo tanto, hay que liberarlos de su condición de delincuentes. A veces, las negociaciones comienzan «en secreto» incluso mientras se llevan a cabo operaciones para eliminar a los terroristas. Esto es lo que ocurrió en Argelia entre los colonizadores franceses y el Frente de Liberación Nacional, en beneficio de este último. O en Sudáfrica, aunque de forma diferente. Esto no significa que no exista el terrorismo, sino que no debemos pasar de reconocer las acciones terroristas (incluso las reivindicadas explícitamente) a esencializar los movimientos y sus organizaciones específicas como «terroristas» e intrínsecamente malvados, que deben ser eliminados por cualquier medio necesario. Hamas, por desastrosos que sean su programa y sus acciones, no es el Estado Islámico (Daesh). Esto significa que la relación histórica entre las luchas por la emancipación o la resistencia y el «terrorismo» como táctica siempre ha sido (y ahora más que nunca) compleja, impura y sujeta a cambios.

Pero lo más importante es que esto también oculta el hecho de que el principal objetivo de las definiciones oficiales es ocultar la reciprocidad y la asimetría entre las acciones terroristas y las operaciones «antiterroristas». De manera completamente arbitraria, las primeras se consideran criminales, mientras que las segundas se consideran legítimas, independientemente de lo salvajes que sean sus medios. Este problema es evidente en el caso de Israel y Palestina. En mi opinión, la operación de Hamás del 7 de octubre de 2023, que rompió el bloqueo en el que estaba confinada la población de Gaza, difícilmente puede calificarse de otra cosa que no sea terrorista, ya que se dirigió principalmente contra civiles desarmados (hombres, mujeres, niños, ancianos) y estuvo acompañada de un estallido de brutalidad (torturas, violaciones, secuestros, ejecuciones sumarias [20]). Pero esta crueldad no puede ocultar la escala infinitamente mayor y los medios desproporcionados con los que el Estado israelí —un verdadero Estado terrorista bajo la apariencia de «democracia»— reprime y brutaliza a la población palestina. Las miles de personas encarceladas arbitrariamente y sometidas a regímenes de detención inhumanos también son rehenes, con el fin de sofocar cualquier protesta e impedir cualquier vida política libre. Las incursiones de los colonos y el ejército en pueblos y campos de refugiados, los asesinatos selectivos de activistas, periodistas, intelectuales y jóvenes, los castigos colectivos (especialmente en forma de destrucción de casas o barrios enteros) y las humillaciones diarias (puestos de control, prohibiciones, palizas) destinadas a inculcar a los palestinos la idea de que están a merced de sus amos, todo ello forma parte de un sistema de terror que va de la mano de la apropiación de tierras y la «limpieza» de la historia nacional. Por lo tanto, no tiene mucho sentido discutir sobre la moralidad de los actos de resistencia que constituyen terrorismo. Por otra parte, hay mucho que decir sobre los efectos que estas acciones tienen en el equilibrio de poder, tanto dentro como fuera del país, y en particular sobre la responsabilidad que tendrá el ataque del 7 de octubre de 2023 en el desencadenamiento del genocidio y en el futuro del pueblo palestino. Escribí después del 7 de octubre y he repetido desde entonces que Hamás (debido a su ideología de odio mutuo inexpiable, así como a sus errores de cálculo sobre el equilibrio de poder y lo que creía que era un «levantamiento masivo» inminente de los opositores al sionismo en toda la región) había «sacrificado a su pueblo» por objetivos estratégicos inalcanzables. Este argumento me valió críticas a veces vehementes que debo tomarme en serio. Pero no puedo fingir que la cuestión no se plantea.

Sin embargo, por supuesto, la crítica al terrorismo como táctica de liberación o resistencia —no en general, sino dadas las condiciones específicas del conflicto— solo tiene sentido si se es capaz de proponer alternativas, al menos en principio. Solo veo una alternativa de este tipo en las circunstancias actuales, aunque vaya por detrás de los acontecimientos o no alcance la «masa crítica» necesaria . Se trataría del desarrollo de una solidaridad masiva con la lucha del pueblo palestino, una solidaridad que traspasara las fronteras entre el Norte y el Sur, el Este y el Oeste, y que sacara a los palestinos de su aislamiento (que es también una de las razones por las que el terrorismo puede resultar atractivo, como último recurso de los «desgraciados de la tierra», abandonados por todos). Un movimiento de masas tan internacionalista y antiimperialista no sustituye la lucha y la iniciativa de los propios palestinos, pero puede derrotar la complicidad de los Estados. Por eso no debe sorprender que sus partidarios sean objeto de una severa represión, en los campus y en las calles, en América y en Europa. Pero tampoco debemos aceptar esto. Palestina «ganará» en el sentido de que no morirá, pero no ganará por sí sola.

Esto nos lleva al otro lado del debate sobre la violencia, que ustedes denominan «pacifismo» y que yo prefiero vincular a la cuestión de la paz y la justicia. Creo que el genocidio —cualquier genocidio— plantea una exigencia de paz a través de la justicia. Esto es inseparable de su realización en forma de ley, dignidad y reparación de los agravios y daños, que es aún más fuerte que en cualquier otra situación de guerra, violencia u opresión. Aspirar a ese objetivo sin confundirlo con la renuncia o el desarme significa encontrar respuestas a la violencia opresiva (la violencia «mítica», si se quiere) que no sean su imagen especular, sino practicar la violencia liberadora sin perder de vista las consecuencias de su uso, así como su justificación o sus objetivos. Esta es una lección tanto de Max Weber como de Gandhi. No se trata de una cuestión de legitimidad, sino de eficacia, en la que la violencia salta de un lado a otro entre la causa y el efecto y reacciona contra quienes la utilizan, ya sea por elección o por necesidad. Esto es lo que una vez intenté teorizar como «civilidad». Pero me doy cuenta de que no es un buen término. Estoy buscando otro…(...) 

(Entrevista a Étienne Balibar, Luca Salza, Versobooks, 16/12/25, traducción DEEPL)

27.11.25

“Igual que el nazismo es constitutivo del crimen del Holocausto, el sionismo lo es de la Nakba”... ¿Por qué es importante tipificar el delito de la Nakba? En 1948, las milicias israelíes desplazaron a 750.000 palestinos, destruyeron 500 aldeas, y acabaron con la estructura social y política que organizaba la vida en Palestina. Con esta violencia fundacional vino también una fragmentación del pueblo palestino en múltiples categorías legales y geográficas que establecen distintos derechos incluso en cuanto a la movilidad... La colonización es el instrumento con el que el sionismo ha construido su identidad nacional sionista. Por eso, la ocupación, el genocidio, el apartheid son crímenes dentro de la lógica de la Nakba, que tiene como finalidad desplazar y negar la autodeterminación del pueblo palestino... igual que la segregación racial en Sudáfrica tipificó el delito de apartheid, y que el nazismo es constitutivo del crimen del Holocausto, el sionismo lo es de la Nakba (Júlia Nueno)

 "Júlia Nueno Guitart es ingeniera e investigadora de Forensic Architecture, una organización multidisciplinar dependiente de la Universidad de Londres, en la que profesionales de la ingeniería, periodistas, abogadas, informáticos y otros perfiles profesionales investigan crímenes de guerra a partir de imágenes de satélite, modelado 3D, análisis forense de vídeos, fotografías y sonidos, datos geoespaciales, información publicada por los medios y las redes sociales, así como de declaraciones y testimonios directos.

Con su trabajo de cruce de datos y verificación, Forensic Architecture ha demostrado delitos de guerra y de lesa humanidad como los bombardeos rusos contra instalaciones civiles en Siria, las desapariciones de civiles en el conflicto colombiano, la vigilancia y la represión con el programa israelí Pegasus, el ecocidio que Israel ha cometido en la Franja o los patrones en los ataques contra los hospitales que el Ejército sionista ha llevado a cabo en Gaza desde octubre de 2023. Este último informe ha sido incorporado como prueba por Sudáfrica en la causa abierta ante el Tribunal Internacional Penal contra Israel.

Nueno acaba de publicar Genocidios. Una lectura forense (Galaxia Gutenberg), una compilación de ocho investigaciones para entender los mecanismos de esta forma de exterminio planificado de colectivos y pueblos y sus consecuencias a largo plazo. El libro, que pertenece a la colección ‘Interespecies’, dirigida por Jorge Carrión, sorprende por los horizontes legales, metodológicos, históricos y epistemológicos que abre. Conversamos con ella por videoconferencia.

Comencemos por su trabajo en Forensic Architecture. ¿Cómo lo describiría? 

Nos dedicamos a una forma de arquitectura que no se dedica a construir edificios, sino que estudia el territorio como testigo de las distintas formas de violencia. Mi trabajo consiste en pensar cómo podemos relacionar la gran cantidad de datos, imágenes y vídeos que hay en Internet con las imágenes de satélite, para entender lo que está ocurriendo en Gaza o desentrañar una conducta concreta del Ejército israelí. 

Nuestro trabajo tiene dos pilares: uno dedicado a investigar declaraciones del Ejército para desmentir sus falsedades y combatir así la desinformación. Y el otro, como hicimos con la demanda de Sudáfrica, a entender patrones de conducta repetidos por parte del Ejército de Israel que indican que hay una estrategia militar dirigida a destruir las condiciones de vida en Gaza. 

Sus publicaciones se difunden en medios de comunicación, en causas judiciales, en comisiones de la verdad… ¿Cómo deciden en qué ámbito van a tener más eficacia?

Depende de cuál sea el objetivo. La investigación de Gaza la iniciamos nosotros, algo inusual, porque solemos trabajar por encargo de comisiones de la verdad, de grupos de víctimas, de activistas… Forensic Architecture ya había investigado la ocupación de Palestina y la Nakba como estructura social de desplazamiento y de negación de la autodeterminación. Cuando vimos la dimensión que estaba adquiriendo la crisis humanitaria que comenzó tras octubre de 2023, nos organizamos para empezar a trabajar de manera autónoma. La primera investigación que hicimos fue sobre la destrucción sistemática del sistema médico que llevó a cabo el Ejército israelí a partir de enero de 2024. Sudáfrica citó nuestro trabajo en la causa que presentó contra Israel ante el Tribunal Internacional Penal. Entonces, empezamos a colaborar con su equipo de abogados, pero manteniendo nuestra autonomía e independencia. Nosotros analizamos el territorio para entender los patrones de la violencia y ellos usan el resultado de nuestras investigaciones para demostrar que hay una voluntad política de destruir las condiciones que sostienen la vida en Gaza. 

¿Cómo ha sido el proceso de elegir los temas y autores que quería que recogiese el libro?

Planteé el libro como una caja de herramientas para entender el genocidio en el siglo XXI, que supone el exterminio de un pueblo pero, también, la destrucción de las condiciones que hacen posible la vida en común. También establece el vínculo existente entre genocidio y colonialismo, puesto que muchos de los exterminios cometidos por proyectos coloniales bajo la interpretación actual serían considerados genocidios. Y también tenía que recoger cómo se está usando la inteligencia artificial para reestructurar el valor que se le da a las vidas y para cometer genocidios. 

¿Qué aporta la arquitectura forense a la investigación de crímenes de lesa humanidad y a la lucha contra la impunidad?

En un momento en el que la imagen y los hechos están perdiendo credibilidad, la arquitectura forense intenta reconstruirla con nuevas herramientas. La arquitectura forense es capaz de poner en relación distintos medios para componer nuevas formas de credibilidad, de autoridad y de verdad. 

Cuando Lemkin conceptualizó el delito de genocidio en 1944, lo definió de una manera mucho más amplia que como se suele interpretar. De hecho, distintiguió dos fases: la destrucción  del patrón nacional del grupo oprimido y la imposición del patrón del opresor. Y estableció un vínculo entre el crimen de genocidio y la violencia colonial, que incluye opresión y desplazamiento forzado. ¿Cómo cree que ha afectado la versión reducida que nos ha llegado del genocidio? 

En el territorio que ahora conocemos como Namibia, Alemania cometió el primer genocidio del siglo XX. El ejército colonial alemán se lanzó al exterminio de sus pueblos originarios, los ovahereros y los namas. Aunque Alemania ha reconocido este genocidio, no ha habido ninguna acción política de reparación ni de restitución. De hecho, el genocidio sigue operando en Namibia porque el 70% de sus tierras agrícolas sigue estando en manos de los descendientes de los colonos, que representan el 4% de la población. Por eso, estamos trabajando en otras formas de reparación y restitución que contribuyan a la igualdad.

Otro de los textos es una entrevista a Rabea Eghbariah, un jurista palestino que sostiene que hay que expandir el derecho internacional a partir de la experiencia palestina. Para ello, propone tipificar el delito de la Nakba que comenzó con el desplazamiento masivo y la limpieza étnica del pueblo palestino sobre los que se fundó en 1948 el Estado sionista, pero que según Eghbariah se extendería hasta hoy como un régimen político y jurídico del que el genocidio es una de sus manifestaciones. La Universidad de Harvard le pidió que escribiera un artículo para su revista sobre esta propuesta y, después de publicarla, la censuró. Lo mismo ocurrió después con la Universidad de Columbia.  ¿Por qué es importante tipificar el delito de la Nakba?

En 1948, las milicias israelíes desplazaron a 750.000 palestinos, destruyeron 500 aldeas, y acabaron con la estructura social y política que organizaba la vida en Palestina. Con esta violencia fundacional vino también una fragmentación del pueblo palestino en múltiples categorías legales y geográficas que establecen distintos derechos incluso en cuanto a la movilidad. 

La propuesta de Eghbariah tiene mucho sentido porque igual que la segregación racial en Sudáfrica tipificó el delito de apartheid, y que el nazismo es constitutivo del crimen del Holocausto, el sionismo lo es de la Nakba. La colonización es el instrumento con el que el sionismo ha construido su identidad nacional sionista. Por eso, él entiende que la ocupación, el genocidio, el apartheid son crímenes dentro de la lógica de la Nakba, que tiene como finalidad desplazar y negar la autodeterminación del pueblo palestino.   

En el capítulo que firma usted, titulado La fábrica de objetivos, evidencia cómo Israel ha usado la inteligencia artificial no para minimizar el número de víctimas civiles, sino para convertir al máximo número posible en potenciales enemigos y eludir así la responsabilidad de sus crímenes. Y explica que lo hace manipulando el derecho internacional. 

El derecho internacional distingue entre civiles y combatientes, y establece el criterio de la necesidad de un ataque, lo que se interpreta como que si un objetivo militar tiene mucho valor, se acepta cierto número de muertes de civiles. 

La legislación internacional no prohíbe la violencia, sino que la racionaliza y establece así una economía de la violencia. Cuando se incorpora esa economía de la violencia en la inteligencia artificial, que es una forma de cálculo estadístico a través de los datos disponibles, se aceleran las injusticias que se cometen en base a esa supuesta racionalidad.

Israel ha generado un sistema de inteligencia artificial que acelera la interpretación de los civiles como combatientes, generando una gran base de datos en la que personas que, muy probablemente, tengan muy poca o ninguna relación con cualquier forma de resistencia armada, van a ser relacionadas con esta.

Y además, como hemos comprobado, el Ejército israelí suele bombardear zonas residenciales y especialmente durante la noche –que es cuando sus programas determinan que el objetivo está en casa con su familia–. Y siguiendo el principio de proporcionalidad, su inteligencia artificial maximiza el número de muertes que se pueden llevar a cabo para matar a ese objetivo. Entonces, Israel dice: “Lo que hacemos nosotros está amparado por los principios de distinción y proporcionalidad de la ley internacional humanitaria”. Pero lo que está haciendo es tergiversarlos y llevarlos a nociones extremistas que les permiten maximizar el número de muertes de civiles. Es una lógica muy perversa.

Para investigar estos crímenes, ven miles de imágenes a diario de los bombardeos, de las morgues, de los hospitales… Imágenes grabadas por los propios familiares de las víctimas para denunciar lo que están sufriendo o por periodistas gazatíes que son asesinados por Israel para impedir que sigan documentando el genocidio. Está demostrado que el visionado de este tipo de imágenes de manera masiva durante meses puede afectar a la salud mental. ¿Han establecido algún tipo de protocolo para protegerse?

Sí, contamos con grupos de apoyo de unas cuatro o cinco personas que nos reunimos cada cierto tiempo para hablar sobre qué nos está costando en el trabajo o cómo lidiar con esas imágenes. Y también podemos pedir asistencia psicológica para evitar o tratar el trauma secundario. A veces, cuando comento con algún amigo o un nueva compañera esta cuestión, suelen decirme: “Ah, como quienes monitorean los contenidos de Facebook o Instagram, que están expuestos a imágenes de mucha violencia de forma repetida”. Y yo suelo responderles que es muy diferente porque hay una finalidad política en el trabajo que nosotros hacemos y que, precisamente, esa finalidad sana un poco la sobreexposición a esos contenidos. 

Usted escribe en el prólogo del libro que las tecnologías que usamos organizan qué memorias se preservan o cuáles se pierden, y que nos imponen ritmos, jerarquías y prioridades que condicionan nuestra respuesta ética y política. Por ello, reivindica la importancia de ocupar esa banda ancha con una sensibilidad crítica que desarrolle respuestas colectivas. ¿Qué lecciones podemos extraer de los dos años de movimiento global de solidaridad con Palestina para crear nuevas propuestas en defensa de los derechos humanos, de la democracia..?

En un momento de crisis en las izquierdas y de auge de las fuerzas reaccionarias, la campaña de solidaridad con Palestina es esperanzadora porque mucha gente se ha movilizado y lo ha hecho porque hay muchas maneras de participar: el boicot a los productos israelíes, las manifestaciones, las acampadas en las universidades, los piquetes en las fábricas de armas, las huelgas en Italia, el seguir hablando para que el genocidio termine… Y tenemos que seguir movilizándonos porque mientras Israel permanezca en Gaza, las armas del genocidio, de la destrucción de la población y de las condiciones que sostienen la vida van a seguir allí." 

(Entrevista a Júlia Nueno, Patricia Simón , La Marea, 27/11/25)