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10.11.25

La jueza señala la gestión del Gobierno de Ayuso en la pandemia como el "punto de arranque de la eventual discriminación" a los residentes... Sostiene que la aplicación de los Protocolos de no derivación hospitalaria y "la ineficacia" del Plan de choque aprobado por la Comunidad fueron las causas de esa posible discriminación por denegación de asistencia sanitaria. (Begoña P. Ramírez)

 "El Juzgado de Instrucción número 3 de Madrid ha desestimado el recurso presentado por Francisco Javier Martínez Peromingo, director general de Coordinación Sanitaria en mayo de 2020, en el que pedía que se sobreseyera el procedimiento abierto contra él por un supuesto delito de discriminación en la prestación de un servicio público, perpetrado en la primera ola del covid en las residencias de mayores de la Comunidad madrileña. 

También geriatras y directores de residencias

(Begoña P. Ramírez , Público,  03/11/25)

4.11.25

229 sí; 7.291, ¿no? Lo que esperamos de las instituciones en las emergencias, que también pueden verse sobrepasadas, es que al menos, tienen que ser las que nos griten que salgamos del coche, las que nos avisen sobre lo que podemos hacer para salvar el pellejo en situaciones desesperadas, y las que distribuyan todas las ayudas que haya... Si las instituciones no sirven para eso es que no sirven y cuando es así es mejor que los que están al frente se vayan por dignidad... Es tan obvio y sencillo. Es tan dramático cuando no pasa... ¿Será que la torpeza de Carlos Mazón de no haber parado de mentir y mentir, de insultar a las víctimas, han nutrido un poder que ha ido creciendo y creciendo hasta derrocarlo?... ¿Por qué él, con 229 ahogados encima, está al borde del precipicio e Isabel Díaz Ayuso, con 7.291, nunca lo estuvo? El coraje de los valencianos que han estado, están y seguirán manteniendo la movilización, se merece un aplauso gigantesco... No ocurrió lo mismo con los 7.291 ancianos de los protocolos de la vergüenza de Madrid que su presidenta dejó morir ahogados y solos, sin asistencia sanitaria. ¿Nos tragamos aquello porque en otras comunidades autónomas también hubo ciertos abandonos de mayores no explicados? ¿Será que no somos tan poderosos? ¿Será que los medios de comunicación lo son más de lo que merecen y los de Madrid, financiados por su Administración, la apoyan incluso en lo imperdonable? ¿Será que entre todos permitimos el olvido? A pesar de que el tiempo lo anestesia todo, me confieso incapacitada para digerirlo (Marta Nebot)

 "(...) El miércoles pasado, 29 de octubre, el primer aniversario de la DANA, empecé el día sentada en un plató de televisión escuchando a una víctima que milagrosamente salvó la vida aquel fatídico día. Belén, que tiene casi mi edad, que tiene una melena salvaje canosa larguísima, que vino a la tele sin vestirse de domingo y hermosa, sin querer saber más de lo que sabe, sin exhibir su dolor, sin entender de política ni pretenderlo, contó sencillamente que se fue a casa algo antes de cumplir su horario porque su jefe les dijo que mejor así porque estaba lloviendo mal, que de repente el agua empezó a entrar en el coche y que ese coche, que sentía como su lugar seguro en mitad de la tormenta endiablada, empezó a moverse solo, a flotar incontrolable y que el agua no dejaba de entrar y entrar. Entonces, bloqueada, en shock por lo que estaba viviendo, por lo rápido que ocurría todo, vio a un señor subido al techo de una furgoneta que le gritaba que saliera como él por la ventanilla, que se subiera encima. Sal, sal, sal. Nunca olvidará a aquel hombre anónimo que fue el que hizo el milagro, el que le salvó la vida. 

Escuchándola pensé que aquella era la mejor metáfora de lo que esperamos de las instituciones en las emergencias, que también pueden verse sobrepasadas. Al menos tienen que ser las que nos griten que salgamos del coche, las que nos avisen sobre lo crucial y trascendente que podemos hacer para salvar el pellejo en situaciones desesperadas y las que distribuyan todas las ayudas que haya.  

31.5.25

Alberto Reyero, exconsejero de Políticas Sociales de la Comunidad de Madrid durante el Covid: Ayuso y Escudero sabían lo que estaba pasando en las residencias y decidieron no actuar... Me cuesta creer que Carlos Mur tomara una decisión de este calibre por su cuenta. Alguien tuvo que indicarle lo que debía hacer... la información la tenían. Desde la Consejería de Políticas Sociales les informábamos diariamente sobre la situación de cada residencia: cuántas personas estaban infectadas, cuántas habían fallecido, qué necesidades tenían y qué bajas presentaban... Todo esto se enviaba a la Consejería de Sanidad, que a partir de ahí tenía conocimiento exacto de lo que estaba ocurriendo... Que en pleno siglo XXI, en 2020, hubiera personas que murieran sin recibir tratamiento mórfico ni paliativo es algo que no puede aceptarse en una sociedad avanzada... y lo que dijo Ayuso de que los mayores morían en cualquier sitio es falso. Muchas personas sobrevivieron gracias a tratamientos médicos

 "Alberto Reyero fue consejero de Políticas Sociales en la Comunidad de Madrid durante los primeros meses de la pandemia de covid-19. También fue una de las pocas voces dentro del Gobierno madrileño que se atrevió a cuestionar públicamente la gestión de la crisis en las residencias. Lo hizo desde dentro, formando parte de Ciudadanos, entonces socio de coalición del Ejecutivo de Isabel Díaz Ayuso. Su disconformidad con las decisiones tomadas −especialmente con los llamados protocolos de la vergüenza que vetaron derivaciones hospitalarias de miles de mayores− acabó con su dimisión meses después.

Me cuesta creer que Carlos Mur tomara una decisión de este calibre por su cuenta. Alguien tuvo que indicarle lo que debía hacer

A veces da la impresión de que las víctimas acaban siendo tratadas como enemigas, ocurrió también con la DANA y con el 11M

No se trata de buscar culpables, sino de entender qué falló y corregirlo para que no vuelva a repetirse

Rechazar el ingreso hospitalario de los mayores y dejarlos abandonados en las residencias, no tiene justificación

La Consejería de Sanidad de Madrid tuvo la responsabilidad de no dejar desatendidos a los mayores en la pandemia

Lo que dijo Ayuso de que los mayores morían en cualquier sitio es falso. Muchas personas sobrevivieron gracias a tratamientos médicos

(Entrevista a Alberto Reyero, Rocío Cruz, Público, 30/05/25)  

15.5.25

Altos cargos de la Diputación de Almería (PP) cobraron comisiones de entre 200.000 y 400.000 euros por la contratación de mascarillas durante la pandemia

 "El escándalo de los altos cargos de la Diputación de Almería, el actual vicepresidente segundo, Fernando Giménez, y el entonces vicepresidente tercero, Óscar Liria (cesado en 2021), ambos dirigentes del Partido Popular (PP), sigue alcanzando notas considerables en torno al cobro de comisiones de entre 200.000 y 400.000 euros por la contratación de mascarillas durante la pandemia. Una causa judicial, el llamado ‘Caso Mascarillas’, que vivió durante las semanas de finales de marzo y principios de abril la etapa más importante del proceso judicial, habiendo sido llamados a declarar los principales imputados.

Las investigaciones de la UCO (Unidad Central Operativa) de la Policía Judicial de la Guardia Civil recogen diversas conversaciones de WhatsApp entre los propios Giménez y Liria en las que ambos políticos llegaron a desarrollar un «lenguaje codificado» y «velado» que podría ocultar referencias a porcentajes de la comisión estipulada entre ambos representantes políticos.

Giménez, considerado por la Guardia Civil como presunto beneficiario y cabecilla de la trama de comisiones, la supuesta punta de la pirámide, pudo cobrar una comisión del 10 % vinculada al contrato de suministro del materia sanitario adjudicado, cuyo valor ascendía en total a los más de dos millones de euros. En este sentido, en los mensajes intercambiados por ambos vicepresidentes de la Diputación almeriense, el vigente vicepresidente segundo le pregunta a su homólogo popular, Liria, por la «talla 20», a lo que este responde que «al final será más o menos la 10», algo que los investigadores interpretan como alusión al reparto del citado 10 % del contrato, es decir, unos 200.000 euros.

Además, en la conversación se hace mención a «ponerse un guante» o a «necesitar una talla más grande», lo que los agentes lo consideran como un intento de enmascarar la verdadera naturaleza económica de la conversación."                ( , Espacio Andaluz, 13/05/25)

24.3.25

Alberto Reyero, exconsejero de políticas sociales de Ayuso: Les he conocido como oposición durante ocho años antes y sé su manera de comportarse. El comportamiento de la pandemia recoge un patrón que hemos visto en crisis pasadas y que vemos ahora con la DANA. Parece que tienen un manual... Sí me sorprende la reacción de la justicia, sí me sorprendió la pasividad de la Fiscalía. En una de las causas en las que declaré como testigo ni siquiera se presentó el Fiscal... Hubo un número de personas a la que se les negó la derivación hospitalaria, que no recibieron tratamiento hospitalario por cuestiones de discapacidad y de dependencia. En muchos casos eso supuso la condena a morir. Por supuesto, no todos se hubieran salvado, pero habrían tenido una oportunidad. Pero lo grave es que las personas que se quedaron en las residencias sin una atención médica tuvieron una muerte horrible, una muerte como no se la deseo a nadie, que a estas alturas de siglo no nos merecemos. Merecemos morir con cuidados paliativos, sin dolor y sin morir asfixiados... Estaban más pendientes de lo que dijeran de ellos que de salvar a nadie... El Hospital de Ifema fue una estrategia de marketing... Ifema estuvo abierto cinco semanas y murieron 16 personas. En esas mismas fechas, en las residencias murieron 5.000 personas. En Ifema derivaban solo a quienes tenían un diagnóstico leve. ¿En qué cabeza cabe? Es una decisión política pensando en cómo impresionar al mundo entero... "Ayuso sabe que las muertes en las residencias la van a acompañar toda su carrera política"


 

"Alberto Reyero marcó un hito en la historia política de este país: priorizó la verdad antes que el interés electoralista. Reyero era consejero de Políticas Sociales cuando estalló la pandemia y no dudó en cuestionar públicamente los protocolos de no derivación hospitalaria y la gestión de la crisis en las residencias de la Comunidad de Madrid. Él formaba parte de Ciudadanos, entonces dentro del Gobierno de coalición, y meses después dimitió. En la región murieron 7.291 personas en las residencias de mayores sin atención hospitalaria y Reyero quiso denunciar lo ocurrido.Años después publicó un libro Morirán de forma indigna donde relata esos meses dentro del Gobierno de Isabel Díaz Ayuso. Han pasado cinco años desde la pandemia de covid-19 y aún hoy el Partido Popular le ataca por sus críticas e incluso le acusa de mentir.

El último movimiento de Ayuso ha sido el de acusarle a usted de ser el "inventor" de la cifra de 7.291 muertos. ¿Cómo vive estos ataques?La verdad, no le doy más importancia. El momento complicado lo viví hace cinco años y a veces hago un comentario un poco boomer, pero yo digo que ya estuve en Vietnam. Tenía precisamente esos mismos comentarios desde dentro del mismo gobierno. En ese momento no daban la cara y lo que hacían era enviarlos a los periodistas y recibir los ataques a través de determinados medios de información. Ahora realmente no le doy ninguna importancia.

"Dicen que hicieron todo lo posible y no es cierto, a muchos se les abandonó a su suerte"

"El Hospital de Ifema fue una estrategia de marketing. Estaban más pendientes de lo que dijeran de ellos que de salvar a nadie"

(Entrevista a Alberto Reyero, exconsejero de políticas sociales de Ayuso, que dimitió y denunció públicamente los protocolos que negaron la atención sanitaria en las residencias de Madrid, Jose Carmona, Público, 21/03/25) 

19.3.25

Desinformación y negacionismo, las otras lecciones de la pandemia... políticos que estaban entonces en el poder como Donald Trump, Boris Johnson, o Jair Bolsonaro defendieron que el Covid-19 era como una gripe más, “por lo que no deben tomarse precauciones especiales”... la pandemia agravó problemas que ya estaban aquí, principalmente tres: el primero, la desconfianza de una parte de la sociedad –por suerte minoritaria– hacia los medios; de ahí surge en todo el mundo una corriente negacionista de la propia pandemia y de las vacunas... y la politización de la pandemia por parte de algunos medios, que fueron mucho más allá de la crítica necesaria y legítima a las administraciones... Aquel inmenso dolor no quedó reflejado como se merecía desde el punto de vista periodístico, porque el periodismo, como la sociedad en su conjunto, se vio desbordado, superado por la magnitud de la crisis a la que nos enfrentábamos... la pandemia nos ha cambiado ¿Fue un trauma colectivo que nos hizo mejores? Aquí cada uno tiene su propia respuesta (Josep Carles Rius)

 "Desde el punto de vista de la comunicación, el impacto de la pandemia del coronavirus fue como el combate entre dos mundos. En palabras del sociólogo Michel Wieviorka, “el de la razón y el del oscurantismo. El primero apela al razonamiento, a la ciencia, al conocimiento, a la argumentación y a la demostración rigurosa. El segundo, a la fe, las convicciones, unas voluntades de carácter místico, la idea de la conspiración o de unas potencias maléficas”.

Este combate no nació con la pandemia, es también el combate por los derechos humanos y valores universales. Wieviorka recuerda que “aunque la razón ha conocido épocas favorables en Europa, con el Renacimiento y, después, con la Ilustración, y aunque hoy en todo el mundo la ciencia y la tecnología son fuerzas cruciales, el desenlace de este combate sigue siendo incierto”.

Estos dos mundos también tuvieron su expresión en el periodismo, entre los medios que optaron por alimentar emocionalmente un clima de incertidumbre, miedo, odio… y los que optaron por informar con responsabilidad ética y rigor. La Organización Mundial de la Salud (OMS) llegó a acuñar el término “infodemia”, es decir, una sobrecarga de información no fiable que se propaga rápidamente entre la población.

Pocos días después de decretarse el confinamiento, el filósofo Daniel Innerarity escribía en Twitter: “Esta crisis no es el fin del mundo, sino el fin de un mundo. Lo que se acaba (ha terminado hace tiempo y no acabamos de aceptar su muerte) es el mundo de las certezas absolutas, el de los seres invulnerables y el de la autosuficiencia”. Empezaban tiempos de incertidumbre extrema. En un primer momento, la humanidad necesitaba encontrar respuestas, pero sólo halló preguntas. No existían verdades científicas y era el terreno abonado para las noticias falsas, la pseudociencia o las teorías conspiranoicas.

“La información incorrecta trunca vidas”

Cristina Peñamarín, catedrática de Teoría de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, recordaba que “en los momentos de emergencia, la humanidad tuvo que aprender rápidamente qué era información fiable y qué, intoxicación o falsedades, por las consecuencias a las que llevaba cada una”. Era una lección dramática porque políticos que estaban entonces en el poder como Donald Trump, Boris Johnson, o Jair Bolsonaro defendieron que el Covid-19 era como una gripe más, “por lo que no deben tomarse precauciones especiales”, y llegaron a decir que “la mayoría se infectará levemente y así se inmunizará”.

En septiembre de 2020, y ante la proliferación de noticias falsas o imprecisas sobre la pandemia de covid-19, diferentes organismos de la ONU (OMS, Unicef, PNUD, Unesco…) y otras organizaciones humanitarias internacionales, como Cruz Roja y la Media Luna Roja, firmaron una declaración conjunta. Denunciaban una sobreabundancia de información y los intentos deliberados por difundir noticias erróneas para socavar la respuesta de la salud pública y promover otros intereses de determinados grupos o personas. “La información errónea y falsa –decían– puede perjudicar la salud física y mental de las personas, incrementar la estigmatización, amenazar los valiosos logros alcanzados en materia de salud y espolear el incumplimiento de las medidas de salud pública, lo que reduce su eficacia y pone en peligro la capacidad de los países de frenar la pandemia”.

La ONU también alertaba de que “la información incorrecta trunca vidas. Sin la confianza adecuada y la información correcta y pertinente, las pruebas diagnósticas se quedan sin utilizar, las campañas de inmunización (o de promoción de vacunas eficaces) no cumplirán las metas y el virus seguirá expandiéndose”. Además, la información falsa polarizaba el debate público y daba alas al discurso del odio. “Potencia –decían en el comunicado– el riesgo de conflicto, violencia y violaciones de los derechos humanos; y amenaza las perspectivas a largo plazo de impulsar la democracia y la cohesión social”.

Como consecuencia, la Organización de las Naciones Unidas lanzaba un llamamiento “a los medios de comunicación y a las plataformas de las redes sociales, a los investigadores y especialistas en tecnologías que pueden concebir y establecer estrategias y herramientas eficaces para responder a la infodemia, a los líderes de la sociedad civil y a las personalidades influyentes con sus objetivos. Información precisa y prevenir la difusión de información errónea y falsa”.

La “infodemia” nacía de comportamientos irresponsables como los que denunciaba la ONU, pero sobre todo del desconcierto que se apoderó del conjunto de la sociedad y de las administraciones. En medio del vacío, las redes difundieron mentiras, pero también alertas, mientras que el sistema institucional y mediático tardaba en reaccionar. La ciudadanía explicaba en las redes qué ocurría en su entorno, y, entre muchas informaciones distorsionadas y fábulas, emergía la realidad.

La humanidad se enfrentaba a una amenaza global y de consecuencias imprevisibles. Eran tiempos de desconcierto y de angustia por no saber qué pasaba en realidad. Los medios, por serios y responsables que fueran, no podían evitar la desinformación, porque sus fuentes, la comunidad científica y las administraciones, también ofrecían datos contradictorios o que, posteriormente, nunca fueron avalados por la ciencia.

Superados por la magnitud de la emergencia

Poco a poco, las aguas volvieron a su cauce y el periodismo con credibilidad recuperó su papel. En especial, las publicaciones científicas. Por ejemplo, contra las propuestas conspirativas, la revista Nature ofreció todo tipo de datos solventes, en marzo del 2020, para desmentir que el Covid-19 fuera “una construcción de laboratorio o un virus manipulado intencionadamente”.

Pese a los esfuerzos de los medios responsables por construir una información de calidad útil para la ciudadanía, la pandemia agravó problemas que ya estaban aquí, principalmente tres: el primero, la desconfianza de una parte de la sociedad –por suerte minoritaria– hacia los medios; de ahí surge en todo el mundo una corriente negacionista de la propia pandemia y de las vacunas. El segundo, la politización de la pandemia por parte de algunos medios, que fueron mucho más allá de la crítica necesaria y legítima a las administraciones. Y el tercer problema fue la saturación informativa respecto a la emergencia, hecho que dejaba fuera del foco informativo otros muchos aspectos de la realidad que también merecían atención.

La tragedia de aquellos primeros días se tradujo en miles y miles de muertos en las residencias de ancianos, UCI colapsadas, tanatorios llenos de féretros…, y todo ello sin familiares. Aquel inmenso dolor no quedó reflejado como se merecía desde el punto de vista periodístico. Los periodistas no lograron superar las barreras, por el cierre efectivo de los escenarios donde ocurría la tragedia, pero también porque el periodismo, como la sociedad en su conjunto, se vio desbordado, superado por la magnitud de la crisis a la que nos enfrentábamos.

El símbolo de las víctimas en las residencias

Cinco años después de la pandemia hay una cifra que simboliza la lucha por la veracidad: las personas fallecidas en las residencias geriátricas en Madrid. Los datos oficiales, avalados por las familias, las cifran en 7.291, mientras que la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, lo niega. La Comunidad de Madrid estableció un protocolo que vetaba el traslado a los hospitales de las personas contagiadas en las residencias. El argumento era que no se podían colapsar los hospitales, pero en la práctica era una gigantesca criba que condenaba a muerte a los ancianos enfermos con Covid-19. En toda España fallecieron treinta y cinco mil residentes en la primera ola.

El diario Infolibre demostró, con una extensa investigación periodística, que hubieran podido salvarse muchas vidas si no se hubiera vetado el traslado a los hospitales. O, en cualquier caso, se habría aliviado el sufrimiento de las horas finales. Jesús Maraña, director editorial del diario Infolibre, denunciaba en un artículo “la alfombra roja que buena parte de los medios de masas escritos, audiovisuales y digitales han extendido a los pies de Ayuso y a las falsedades de su discurso […]. Así le han permitido mentir con total soltura sobre asuntos tan sensibles como las muertes por Covid de miles de personas en las residencias durante la primera ola de la pandemia”. El jefe de investigación de Infolibre, Manuel Rico, recogió estas investigaciones en el libro ¡Vergüenza! El escándalo de las residencias (Planeta, 2021).

Madrid es la comunidad que registró mayor exceso de mortalidad en el 2020, con un incremento del 41,2% respecto al 2019. La media de España fue del 17,7%. Cataluña, por ejemplo, también quedó por encima, con una subida del 23,5% debido al impacto de la pandemia. Todos los resultados de la gestión de la pandemia de Ayuso fueron catastróficos, los peores del país. Empezando por el abandono que sufrieron las personas en las residencias geriátricas. Sin embargo, Ayuso ganó las elecciones del 2023 por mayoría absoluta.

¿La pandemia nos hizo mejores?

¿Cómo nos cambió la pandemia? La experiencia colectiva de sufrir una pandemia abrió múltiples reflexiones sobre cómo incidiría en nuestra vida. La antropóloga Lucía Muñoz Sueiro pensaba en ese momento que la pandemia “ha desatado emociones que, si las encaminamos adecuadamente, pueden conducirnos a reflexiones fructíferas que generen las condiciones necesarias para una transición sistémica, consciente y planificada. Disfrutemos de más bienestar, más tiempo libre, más cuidados, más introspección, más vínculos sociales. Ojalá plantemos las semillas de un cambio sistémico que nos haga, realmente, florecer como sociedades”.

Uno de los pronósticos que aportó una corriente de esperanza fue la de Jacques Attali, un reputado economista que había sido consejero especial del presidente francés François Mitterrand y fundador del Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo. Attali predijo en plena pandemia que “veremos nacer, después de un momento de cuestionamiento muy profundo de la autoridad, una fase de regresión para intentar mantener las estructuras de poder existentes y una fase de cobarde alivio, una nueva forma de legitimación de la autoridad; no estará basada ni en la fe, ni en la fuerza, ni en la razón, tampoco en el dinero, último avatar de la razón. El poder político estará en manos de quienes sepan mostrar el mayor grado de empatía hacia los demás”.

Attali auguraba que, después de la pandemia, “los sectores económicos dominantes serán también los de la empatía: la salud, la hospitalidad, la alimentación, la educación, la ecología”. La predicción de Attali, desgraciadamente, no se ha producido. Quizás todo lo contrario. Pero es un buen ejemplo de una corriente de pensamiento mundial que creyó, de forma tal vez ingenua, que “de la pandemia saldremos mejor como humanidad”.

Cinco años después, la perspectiva del tiempo nos dice que la pandemia nos ha cambiado. Que nos marca la noción del tiempo: hablamos de “antes de la pandemia”; “durante la pandemia o de “después de la pandemia”. Y a su vez intentamos olvidar, como si fuera un paréntesis en nuestra vida, un tabú que preferimos no recordar. Pero el dolor de quienes la sufrieron en primera persona, de quienes perdieron familia, sigue muy presente. También entre los sanitarios que se entregaron de forma heroica a salvar vidas poniendo en peligro las suyas. ¿Fue un trauma colectivo que nos hizo mejores? Aquí cada uno tiene su propia respuesta."              (Josep Carles Rius , La Marea, 15/03/25)

18.3.25

7.291: ¡Pero qué invento es esto! No es novedad que el Gobierno de Ayuso mienta sobre las residencias. Lo lleva haciendo desde 2020, pero estos días hemos vivido un episodio más... la cifra de 7.291 fallecidos en residencias que se facilitó en 2020 vía transparencia no solo era correcta, sino que probablemente fuera conservadora y se quedara corta... Otra mentira de Ayuso. Una más. No será la última. En este caso, fruto de una manipulación muy burda e interesada para minimizar ese escalofriante número de personas que vieron cómo se les negó la posibilidad de ir a un hospital... La discriminación no era por enfermedad, sino por dependencia o discapacidad. Daba igual si se trataba de problemas de corazón o covid, deterioro cognitivo o problemas de movilidad, quedabas excluido de derivación hospitalaria. No había ambulancia para llevarte al hospital, salvo que tuvieras una póliza privada, que siempre ha habido clases (Alberto Reyero, ex-consejero de Políticas Sociales de la Comunidad de Madrid, durante los peores meses de la pandemia)

"El 12 de marzo, el Gobierno de la Comunidad de Madrid envió a los medios una nota titulada: “La Comunidad de Madrid da los datos exactos”. En ella, además de autoproclamarse dueños de la verdad, me señalaban como el maléfico inventor de la cifra de 7.291 fallecidos en residencias, que, según ellos, la izquierda y ultraizquierda utilizan para retorcer la realidad: “El número real de fallecidos en residencias fue de 4.100″.

No voy a extenderme en explicar cómo se llegó a la cifra de 7.291 en 2020. Lo he explicado cientos de veces. Su origen está en la contestación a una solicitud de transparencia y se llegó a ese número mediante el trabajo serio y excepcional de funcionarios de mi Consejería, que en los peores momentos de la pandemia se comunicaban diariamente con cada una de las residencias para apoyarles y recopilar una información que era imprescindible para poder actuar de manera efectiva y que entre otras cosas recogía la evolución diaria de los fallecidos.

Esa información se publicó en los momentos más difíciles de la pandemia, no cinco años después y, sobre todo, un día antes de la emisión de un documental ―como así ocurrió con esos 4.100 tan “reales” de la Comunidad―. En cualquier caso, es necesario subrayar que esa cifra, 7.291, se refería únicamente a los meses de marzo y abril de 2020, el periodo acerca del que se solicitó información.

Como es habitual en Sol, a pesar de la pomposidad de los adjetivos que acompañaban a sus datos, ya fueran “exactos” o “reales”, en esa nota no daban ninguna explicación acerca de cómo llegaban a esa cifra o a qué periodo concreto del año se referían. Son sus datos y punto, no vaya a ser que alguien se ponga a mirar y los rebata punto por punto. Opacidad frente a transparencia.

Durante esos mismos días, el exconsejero de Sanidad, Enrique Ruiz Escudero, salió de su mutismo habitual para aclarar que su número procedía de los datos de Sanidad Mortuoria, un departamento de la propia Comunidad de Madrid; esa información situaba ahora la cifra en 4.143 fallecidos entre enero y junio de 2020. Un margen de error de 43 personas sobre la cifra “exacta” que decía la nota de Sol. Una minucia comparada con el infame exconsejero “inventor”.

Para terminar con esto, es también curioso que, en julio de 2020, Sanidad Mortuoria publicara otra cifra distinta en su informe diario: 4.816 fallecidos en el mismo periodo y de la cual se hizo eco El Mundo a instancias del Ejecutivo regional. Un pequeño detalle sin importancia: casi 700 muertos más entonces. Pero ¿qué son 700 fallecidos arriba o abajo cuando el objetivo es maquillar la realidad?

Así, en la Asamblea de Madrid, el pasado jueves, toda la bancada popular celebró con entusiasmo que “solo” hubieran muerto 4.100, o 4.143 personas, qué más daba. Lo importante era que la cifra de 7.291 ―esa malvada cifra que supuestamente yo “inventé”― quedaba desacreditada y como consecuencia, pasaba lo mismo con el documental 7291 que se emitía esa misma noche. Porque claro, 4.100 muertos importan menos que 7.291.

 El truco

No acaba aquí la cosa. Como siempre ocurre en la tierra de la libertad y de los familiares comisionistas, en la cifra que da la Comunidad de Madrid había manipulación. Ante la pregunta de dónde la extraían, no decían ni y remitían al INE. Como si quisieran dar un barniz de oficialidad a su información y no un ejercicio de trilerismo más.

Según reveló InfoLibre en un esclarecedor artículo, la Comunidad de Madrid solo parecía haber contabilizado los fallecidos que recogía el INE en centros sociosanitarios que entraban en las categorías de “Covid-19 virus identificado” o “Covid-19 virus no identificado (sospechoso)”. Eso encajaba con las declaraciones del exconsejero de Sanidad.

¿Y qué pasaba con una tercera categoría, muy numerosa durante ese periodo, que aparece también en el INE, y que se denomina “otras causas”? Pues que la habían eliminado de su cómputo, al no constar la palabra “covid” en el certificado de defunción. En enero y febrero de 2020, murieron dentro de esa categoría unas 550 personas al mes; en marzo, esa cifra se disparó a 1.805, quedándose en 1.584 en abril, para volver en mayo a su nivel habitual.

¿Qué explicación tiene ese incremento producido en marzo y abril? Hay dos posibles explicaciones: la primera es que hubiera una epidemia de infartos y cáncer fulminante en las residencias de Madrid, y la segunda, que muchas de esas muertes lo fueran por covid-19 o con covid-19 y que no se registraran como tales por la saturación de los sistemas sanitarios y la ausencia de tests diagnósticos. Adivinen cuál de las dos opciones es la más factible.

Lo que hay que hacer es, precisamente, lo contrario: incluir a esos fallecidos en el cómputo general porque, además, todos ellos sufrieron discriminación. Es lo que hicimos al publicar la cifra de 7.291 fallecidos en el portal de transparencia en 2020, donde se incluía a todos los fallecimientos en residencias, independientemente de su causa. Porque, recordemos, los Protocolos de la vergüenza de la Comunidad de Madrid no solo negaban la derivación hospitalaria a quienes tenían covid, sino también a quienes padecían cualquier otra enfermedad. La discriminación no era por enfermedad, sino por dependencia o discapacidad. Daba igual si se trataba de problemas de corazón o covid, deterioro cognitivo o problemas de movilidad, quedabas excluido de derivación hospitalaria. No había ambulancia para llevarte al hospital, salvo que tuvieras una póliza privada, que siempre ha habido clases.

 ¿Qué pasa al sumar todo?

Aquí viene la mejor parte: si sumamos todos los fallecidos en centros sociosanitarios y las tres categorías que aparecen en el INE, sin excluir ninguna ―Covid-19 virus identificado, Covid-19 virus no identificado (sospechoso), y Otras Causas―, el resultado es de 7.269. Una cifra sospechosamente parecida a los 7.291 “inventados por mí. Como dice la misma nota, soy “ineficaz”, ni siquiera valgo para inventar.

Aún hay más. El INE no distingue entre residencias de mayores y centros para personas con discapacidad, donde también hubo fallecidos, no lo olvidemos nunca. Todos quedan englobados bajo el título de Centros sociosanitarios.

Además, hay un apartado más, una especie de cajón de sastre denominado “No consta”, y que recoge el número de personas de los que se desconoce su lugar del fallecimiento (hospital, domicilio particular o residencia). En marzo y abril de 2020, esta categoría sumó una nada despreciable cifra de 578 personas, que no computa en ningún sitio y que habría que tener en cuenta de alguna manera.

Todo esto nos lleva a una conclusión bastante sencilla: la cifra de 7.291 fallecidos en residencias que se facilitó en 2020 vía transparencia no solo era correcta, sino que probablemente fuera conservadora y se quedara corta. Lo contrario a lo que difunde ahora la Comunidad de Madrid en su nota y, por supuesto, muy lejos de su pomposo enunciado: “El número real de fallecidos en residencias fue de 4.100″.

Otra mentira de Ayuso. Una más. No será la última. En este caso, fruto de una manipulación muy burda e interesada para minimizar ese escalofriante número de personas que vieron cómo se les negó la posibilidad de ir a un hospital.

Aquí dejo el enlace al INE, para que aquellos que desconfíen de este aprendiz de brujo puedan comprobar, punto por punto, todo lo que digo."              

(Alberto Reyero es abogado y consejero de Políticas Sociales de la Comunidad de Madrid (Ciudadanos) durante los peores meses de la pandemia. También es autor del libro Morirán de forma indigna (editorial Libros del K.O.). El País, 16/03/25)