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28.4.26

Lo más difícil de aceptar para los europeos liberales es el auge del mundo no eurocéntrico. Los europeos pueden lidiar con la extrema derecha, o con los exabruptos de Donald Trump contra ellos. Pero no pueden lidiar con ser ignorados... La Europa liberal ha respondido a la implosión del poder con negación... Cuando escuchamos a Elina Valtonen, la ministra de Asuntos Exteriores finlandesa, amenazando con vetar un acuerdo de inversión de la UE con China alegando que China apoya la guerra de Rusia contra Ucrania, no podemos evitar pensar que debemos haber entrado en la etapa final de la integración europea... escuchamos una cantidad desproporcionada de exhibicionismo moral de Finlandia y los Estados bálticos en particular es su papel desmesurado en el discurso europeo. Juntos, los tres Estados bálticos más Finlandia tienen una población aproximadamente del tamaño del área metropolitana de París, y sin embargo, Alexander Stubb es el "susurrador de Trump" de Europa, Kaja Kallas su ministra de guerra, y políticos como Valtonen sacan la carta del veto... Nos hemos quedado atrás en casi todas las tecnologías importantes del siglo XXI, excepto en la farmacéutica. Pero estamos tratando de imponernos, y nuestros valores, a países como China... esta década reveló las múltiples debilidades y dependencias de Europa: de Rusia para el gas, de Estados Unidos para la defensa y de China para el comercio. Cuando Alemania inundó China con productos alemanes en la última década, nos jactamos de la calidad superior. Cuando China hace lo mismo ahora, nos quejamos de subsidios injustos. Europa necesita un acuerdo de inversión con China en parte para corregir los crecientes desequilibrios bilaterales. Este es un momento para la realpolitik, no para señalar con el dedo... Será interesante presenciar lo que le sucederá a la UE cuando algunos países comiencen a reconocer la realidad de quiénes son (Eurointelligence)

 "Adiós al mundo eurocéntrico

Con mucho, lo más difícil de aceptar para los europeos liberales es el auge del mundo no eurocéntrico. Los europeos pueden lidiar con la extrema derecha, o con los exabruptos de Donald Trump contra ellos. Pero no pueden lidiar con ser ignorados. Durante más de 3000 años, Europa fue el centro del universo político, cultural y económico. Todavía cree que lo es.

La Europa liberal ha respondido a la implosión del poder con negación, como los Borbones de quienes se decía que no aprendieron nada y no olvidaron nada. Cuando escuchamos a Elina Valtonen, la ministra de Asuntos Exteriores finlandesa, amenazando con vetar un acuerdo de inversión de la UE con China alegando que China apoya la guerra de Rusia contra Ucrania, no podemos evitar pensar que debemos haber entrado en la etapa final de los Borbones de la integración europea. La razón por la que parece que escuchamos una cantidad desproporcionada de exhibicionismo moral de Finlandia y los Estados bálticos en particular es su papel desmesurado en el discurso europeo. Juntos, los tres Estados bálticos más Finlandia tienen una población aproximadamente del tamaño del área metropolitana de París, y sin embargo, Alexander Stubb es el "susurrador de Trump" de Europa, Kaja Kallas su ministra de guerra, y políticos como Valtonen sacan la carta del veto.

El problema no es la disminución de la participación de Europa en la producción económica mundial. Esa es una consecuencia matemática del auge de Asia. Es la falta de innovación. Nos hemos quedado atrás en casi todas las tecnologías importantes del siglo XXI, excepto en la farmacéutica. Pero estamos tratando de imponernos, y nuestros valores, a países como China. Alcanzamos el pico de delirio a principios de 2020, cuando el Parlamento Europeo congeló el acuerdo de inversión UE-China alegando abusos de derechos humanos chinos contra los uigures. El resto de esta década reveló las múltiples debilidades y dependencias de Europa: de Rusia para el gas, de Estados Unidos para la defensa y de China para el comercio. Cuando Alemania inundó China con productos alemanes en la última década, nos jactamos de la calidad superior. Cuando China hace lo mismo ahora, nos quejamos de subsidios injustos. Europa necesita un acuerdo de inversión con China en parte para corregir los crecientes desequilibrios bilaterales. Este es un momento para la realpolitik, no para señalar con el dedo.

En cuanto a Finlandia, es una de las economías europeas con peor desempeño en este momento, con un crecimiento tendencial apenas por encima de cero, similar al de Alemania. Finland está un poco más abajo en el camino de una trayectoria de deuda insostenible. Con un crecimiento nulo, los países europeos ya no pueden permitirse sus modelos sociales. Será interesante presenciar lo que le sucederá a la UE cuando algunos países comiencen a reconocer la realidad de quiénes son."

 (Eurointelligence, 27/04/26, traducción Quillbot)

2.2.26

Es la enésima vez que este enunciado se repite: Europa se levanta y por fin se pone manos a la obra. Pero lo cierto es que Europa carece de poder para confrontar con EEUU.... La Unión no es más que un mercado grande que depende para su energía, sus finanzas, su defensa y su tecnología de EEUU. Esa es la verdad última que las élites europeas no quieren reconocerse, por lo que continúan hablando de los valores europeos, y de parar a Trump. La cuestión es que si Trump saliera de la Casa Blanca, no cambiarían demasiado las condiciones... Lo que se ha transformado es EEUU y, en consecuencia, el tablero geopolítico, comercial y tecnológico mundial. Reconocer esta verdad incómoda (y enunciarla no tiene premio) sería la condición de posibilidad para trabajar en la dirección de reducir las dependencias. Firmar un tratado con la India para vender automóviles de gasolina en el país asiático no es reducir la dependencia... las élites occidentales, y en especial las europeas, ya no quieren escuchar. Desean permanecer en un mundo confortable... si hay una realidad que las élites no quieren escuchar es la relacionada con el nivel de vida de sus ciudadanos y las consecuencias políticas que acarrea... Esta es una verdad incómoda para las élites europeas. Los caminos de salida para combatir a Trump y defender la democracia pasan por impulsar un crecimiento económico que mejore el nivel de vida de los ciudadanos (Esteban Hernández)

"Izabella Kaminska, una periodista que trabajó durante 13 años en el diario Financial Times, donde fue reportera y editora de FT Alphaville, ha descrito algunas realidades incómodas en un post de la red social X. Afectan a su antigua empresa, pero también al resto de la prensa. No obstante, es un asunto que excede con mucho a los medios de comunicación.

Kaminska subraya en su texto algunos cambios que han tenido lugar en un sector que debe afrontar demasiados inconvenientes (descenso en la aceptación social, menor influencia en los debates, superación de su influencia a través de las redes, captación de sus recursos por parte de las tecnológicas), pero que continúa gozando de una presencia pública relevante. Y más aún en el caso del ‘Financial Times’, un diario especializado en economía y dirigido a un sector elitista de la sociedad.

FT basaba su prestigio en la posición social y profesional de su lector, y su objetivo era producir información para un grupo de población específico. Con el salto a la digitalización, tuvo acceso a audiencias mayores, que quiso incrementar con los instrumentos típicos de la época: titulares atractivos aunque cayeran en el clickbait, un tratamiento de los textos que ampliara audiencia y una elección de temas que contribuyera a ese propósito. Kaminska entiende que ese cambio en el modelo de negocio apartó al medio de su camino original, el que le había proporcionado el éxito: proporcionar información a la élite.

El aumento de audiencia tenía que ver con un propósito fundamental, aumentar el número de suscriptores. FT es un periódico leído en numerosos lugares del mundo, por lo que contaba con un enorme caudal de crecimiento respecto de la época en que solo se publicaba en papel. Había que aprovechar ese mercado latente.

"Decirles a los lectores lo que no quieren oír mata clics y provoca cancelaciones de suscripciones"

La presión para los redactores no vino únicamente de los cambios en los titulares o en la forma de redacción de noticias, sino desde el deseo de retener a los suscriptores. Estos pagan demasiado a menudo por encontrarse con perspectivas que encajan en su visión del mundo o por leer lo que a ellos les gustaría escribir. En palabras de Kaminska, “decirles a los lectores lo que no quieren oír mata clics y provoca cancelaciones de suscripciones. Así que, o intentas ser todo para todos y aun así terminas molestando a todo el mundo (es decir, te conviertes en la BBC), o redoblas la apuesta por la audiencia que sabes que te recompensará. Es decir, te conviertes en Fox News”.

La nueva propaganda

Esta es una dinámica que ha afectado a la gran mayoría de medios: cada uno de ellos busca adaptarse a un nicho de suscriptores, que cuenta con una ideología y una visión del mundo determinadas. Es una posición comercial legítima, pero que termina por cobrarse un precio, el de la desconexión con la realidad. En el caso del FT, señala Kaminska, apostó por una lectura del mundo que satisfacía a sus lectores, pero que ignoraba lo que pasaba ahí fuera. Se entendió que “el camino promercado, protecnocrático y proglobalismo estaba por encima de la política y, por lo tanto, era el camino correcto. Esto fue un error porque ignoró que la nueva política no era como la antigua, porque ya no había izquierda, derecha y mercados que funcionan como observadores neutrales, sino mercados contra populistas”. Puede parecer una realidad obvia hoy, pero se tardó mucho en constatarla porque era algo que no se quería escuchar. Ahora todavía intenta reaccionar al nuevo contexto, pero no saben cómo, salvo insistiendo en el modelo del ayer.

"Pekín entendió que debía existir una doble vía: propaganda para las masas y la verdad para las élites que pueden manejarla"

Kaminska señala el pragmatismo chino en este sentido, ya que allí el partido comunista “se dio cuenta hace mucho tiempo de que las élites deben ser expuestas a verdades incómodas, incluso si no les gustan, aunque se de forma selectiva y cautelosa. De ahí la existencia de una doble vía: propaganda para las masas, verdades para las élites que pueden manejarlas”. En occidente no existe tal cosa.

Este es el problema real. Más allá de cómo hayan evolucionado los medios de comunicación, de la nueva influencia de las redes sociales y de si la sociedad se ha polarizado o no, lo cierto es que las élites occidentales, y en especial las europeas, ya no quieren escuchar. Desean permanecer en un mundo confortable. El problema, por simbolizarlo en el campo periodístico, no es que los medios practiquen el clickbait y traten temas banales para aumentar su número de lectores entre las masas, sino que están produciendo propaganda segmentada para unas élites que quieren vivir fuera de la realidad.

El ejemplo Carney

Hay muchos ejemplos al respecto. El celebrado discurso de Mark Carney en Davos es uno de ellos. La gran acogida que tuvo entre el establishment europeo anunciaba un despertar. Había un camino para combatir a Trump, el de las alianzas de las potencias intermedias, y la Unión Europea estaba tomando nota, como se constató con Groenlandia. Las piezas se están moviendo, Europa reacciona y a Trump se le van a torcer las cosas. Es la enésima vez que este enunciado se repite: Europa se levanta y por fin se pone manos a la obra. Pero lo cierto es que Europa carece de poder para confrontar con EEUU. El asunto groenlandés se resolverá en el seno de la OTAN (justo lo que había afirmado hace más de un mes Viktor Orbán), es decir, en términos favorables a Washington. Esta semana Rutte afirmó ante el Parlamento europeo que “si alguien piensa que Europa puede defenderse sin EEUU, que siga soñando”.

Si Trump saliera de la Casa Blanca, no cambiarían demasiado las condiciones para la UE. Lo que se ha transformado es EEUU

La Unión no es más que un mercado grande que depende para su energía, sus finanzas, su defensa y su tecnología de EEUU. Esa es la verdad última que las élites europeas no quieren reconocerse, por lo que continúan hablando de los values europeos, del realismo basado en valores de Carney, y de parar a Trump. La cuestión es que si Trump saliera de la Casa Blanca, no cambiarían demasiado las condiciones. Ocurrió con Biden. Lo que se ha transformado es EEUU y, en consecuencia, el tablero geopolítico, comercial y tecnológico mundial. Reconocer esta verdad incómoda (y enunciarla no tiene premio) sería la condición de posibilidad para trabajar en la dirección de reducir las dependencias. Firmar un tratado con la India para vender automóviles de gasolina en el país asiático no es reducir la dependencia.

Lo que es aplicable a Europa lo es también a Canadá. Su capacidad para desafiar a EEUU es muy limitada. Tiene algunas fortalezas, como sus recursos energéticos, pero no puede dar grandes pasos en la dirección de alejarse de Washington. Está en la esfera estadounidense, y ahora más que nunca, dados los cambios en el Ártico. Solo una fuerza militar poderosa le podría conceder un ámbito de actuación propio, y carece de ella. Hay tentaciones secesionistas en Quebec y en Alberta, lo que significa que es un Estado débil en su unidad interna, y que es susceptible a las presiones exteriores. Carney puede jugar una serie de bazas, y puede hacerlas valer en la mesa de negociación, pero su alcance es limitado. Como bien afirmó, la integración económica es un arma, y quien puede dispararla es EEUU, ya que el tratado de libre comercio entre Canadá, México y EEUU sigue en vigor.

Trump y el fin de mes

Sin embargo, si hay una realidad que las élites no quieren escuchar es la relacionada con el nivel de vida de sus ciudadanos y las consecuencias políticas que acarrea. Cuando Carney se convirtió en candidato del partido liberal canadiense, los conservadores, encabezados por Pierre Poilievre, tenían muchas opciones de llegar al gobierno. La cercanía de Poilievre con Trump provocó un giro, y los canadienses votaron en términos nacionalistas: había que defender su país de la altivez y las ansias de conquista de Trump. En algunos estados europeos ha ocurrido igual, y las presiones de los trumpistas han conseguido que los electorados reaccionen en su contra. Europa contra Trump parece el marco político del futuro. Pero Canadá se ha visto frenada económicamente, hay despidos en las industrias del automóvil, del acero y del aluminio, y los costes de la vida, comenzando por los alimentos, continúan aumentando. El ministro Marc Miller ha asegurado que debían "centrarse en el fin del mundo, pero también en el fin de mes". Situarse frente a Trump permitió a Carney llegar al poder, que sus ciudadanos vivan peor le puede sacar de él. Y lo mismo le ocurre al presidente estadounidense: los votos que le hacían falta para ganar a Harris se los dieron los trabajadores de EEUU que aspiran a una vida mejor. Si no se cumplen sus promesas, irán hacia el otro lado del espectro político.

Esta es una verdad incómoda para las élites europeas. Los caminos de salida para combatir a Trump y defender la democracia pasan por impulsar un crecimiento económico que no mejora el nivel de vida de los ciudadanos. Esa ha sido la constante de los últimos años occidentales, al menos desde la crisis, y en ella se insiste. Es la hora de las reformas dolorosas y, una vez más, el FT marca el camino."

(Esteban Hernández  , El Confidencial, 02/02/26) 

31.1.26

La Unión Europea también está perdiendo su industria química... Antes del comienzo de la Guerra de Ucrania en 2022, la Unión Europea importaba el 45 por cien del gas a Rusia. Era una ganga: el precio solía ser entre un 30 y un 50 por cien más barato que el del gas licuado procedente de Estados Unidos... las sanciones han reducido la importación de gas ruso y Europa ha perdido el 9 por cien de su capacidad de producción química... las mayores reducciones se produjeron en Alemania (25 por cien), Países Bajos (20 por cien), Reino Unido (12 por cien) y Francia (10 por cien)... la industria química requiere recursos energéticos abundantes, principalmente el gas; utiliza el gas como energía y como materia prima para producir amoníaco, metanol y otros compuestos básicos. Los europeos han sellado su ruina con las sanciones: han renunciado al gas barato y ahora compran gas licuado a Estados Unidos a precios exorbitantes... provocaron una subida drástica de los precios del gas (+833 por cien) y la electricidad (+251 por cien), lo que ha generado enormes pérdidas a las empresas... La industria quimica europea han dejado de ser competitiva... Los costes energéticos han pasado a representar hasta el 50 por cien de los gastos operativos en sectores clave de la química... Más de 20 grandes plantas han cerrado en Europa en los últimos dos años y, lo que es peor, según Bloomberg, la industria química en Europa corre el riesgo de echar el candado definitivamente... Pero el desastre no se acaba en la industria química porque es un sector que sustenta a otros, desde el farmacéutico o el agrícola a la ingeniería pesada (mpr21)

 "Las sanciones económicas impuestas a Rusia se han vuelto contra sus patrocinadores. Antes del comienzo de la Guerra de Ucrania en 2022, la Unión Europea importaba el 45 por cien del gas a Rusia. Era una ganga: el precio solía ser entre un 30 y un 50 por cien más barato que el del gas licuado procedente de Estados Unidos.

Desde entonces las sanciones han reducido la importación de gas ruso y Europa ha perdido el 9 por cien de su capacidad de producción química, según un informe del Consejo Europeo de la Industria Química.

En 2024 España acumuló una caída de la producción del 8 por cien, aunque las mayores reducciones se produjeron en Alemania (25 por cien), Países Bajos (20 por cien), Reino Unido (12 por cien) y Francia (10 por cien).

Para su funcionamiento, la industria química requiere recursos energéticos abundantes, principalmente el gas. A diferencia de otros sectores, la química depende de la energía por partida doble: utiliza el gas como energía y como materia prima para producir amoníaco, metanol y otros compuestos básicos.

Los europeos han sellado su ruina con las sanciones: han renunciado al gas barato y ahora compran gas licuado a Estados Unidos a precios exorbitantes. El inicio de la Guerra de Ucrania provocó una subida drástica de los precios del gas (+833 por cien) y la electricidad (+251 por cien), lo que ha generado enormes pérdidas a las empresas.

Cierres y despidos

La industria quimica europea han dejado de ser competitiva. El gas natural en Europa cuesta un 345 por cien más que en Estados Unidos, y la electricidad industrial 4 veces más: 90-110 euros/MWh en Europa, frente a 35-45 euros/MWh en Estados Unidos y Asia.

Aunque hoy los precios han bajado respecto al pico de 2022, dos años después seguían siendo un 32 por cien más caros en electricidad y 150 por cien más en gas que los niveles anteriores a la pandemia.

Los costes energéticos han pasado a representar hasta el 50 por cien de los gastos operativos en sectores clave de la química

Más de 20 grandes plantas han cerrado en Europa en los últimos dos años y, lo que es peor, según Bloomberg, la industria química en Europa corre el riesgo de echar el candado definitivamente.

En total, unos 20.000 trabajadores ya han perdido su empleo debido al cierre de las fábricas, pero las previsiones son aún más negras. En el sector petroquímico, se prevé el cierre de unas 20 plantas para 2035, que afectarán a 50.000 trabajadores.

Una empresa mundial cabecera, BASF, ha cerrado 11 instalaciones, recortando 2.600 empleos debido a un impacto energético de 3.200 millones de euros. Otra fábrica química italiana ha visto triplicar su factura energética de 1 a 3 millones de euros mensuales entre 2022 y 2024, terminando por cerrar y dejar en la calle a 180 trabajadores.

Pero el desastre no se acaba en la industria química porque es un sector que sustenta a otros, desde el farmacéutico o el agrícola a la ingeniería pesada.

La situación es tan desesperada que ha llevado a ocho países de la Unión Europea, incluida España, a alertar a la Comisión Europea sobre la necesidad de una Ley de Productos Químicos Críticos para evitar la desaparición del sector."

(MPR21, 26/01/26)

23.1.26

Morir por las ideas (un resumen del suicidio europeo): Hubo un tiempo en que la Europa unida se presentaba como un baluarte competitivo frente a los Estados Unidos... y como un organismo supranacional dotado de una masa crítica capaz de imponerse en el plano internacional... Todo ello ha resultado ser una farsa ¿Por qué? Cuando se redactó el Tratado de Maastricht, Occidente estaba dominado por la leyenda del triunfo neoliberal sobre el oso soviético. Este modelo asume que la libertad de comercio es un sustituto ideal de la democracia... El modelo europeo se convierte así en el primer experimento histórico (y, a juzgar por los resultados, también el último) en el que se pensaba que un mercado común (es decir, un aparato de competencia mutua entre Estados en un marco que obligaba a la máxima competitividad) sería el precursor de una unión política. Obviamente, lo que ocurrió en realidad fue lo que siempre ocurre en condiciones de mercado altamente competitivas sin filtros políticos (sin barreras arancelarias, sin ajustes monetarios, etc.): hubo ganadores y perdedores, países que obtuvieron ventajas y países cuyos recursos fueron expoliados... Europa (UE) ha comenzado a respaldar sistemáticamente todas las iniciativas de reestructuración geopolítica estadounidense, desde Afganistán hasta Irak, Yugoslavia y Libia. El marco ideológico —la leyenda progresista del sistema internacional basado en las normas y el respeto de los derechos humanos— ha permitido que las políticas estadounidenses se aceptaran sin resistencia por parte de la opinión pública europea... mientras nuestros periódicos se intercambiaban medallas por lo civilizados e ilustrados que éramos, Estados Unidos rompió todas las cadenas de suministro vitales para Europa... Desestabilizó a todos los productores de petróleo de Oriente Medio que no eran ya vasallos de Estados Unidos (Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, etc.)... la guerra de Ucrania ha cortado el principal pulmón de suministro energético para la industria europea, Rusia... Una vez eliminados Oriente Medio y Rusia, los genios de la política europea se han apoyado con manos y pies en el GNL estadounidense, lo que ha provocado una dramática pérdida de competitividad de la industria europea. Y llegados a este punto, obviamente, el poder de negociación europeo frente a los Estados Unidos es exactamente cero. Si Trump quiere Groenlandia, le daremos Groenlandia; basta con que desconecte el GNL para poner de rodillas al continente. ¿Qué hacer? En lugar de la UE, deben surgir inmediatamente alianzas estratégicas entre Estados europeos con intereses afines, deben reabrirse todos los canales diplomáticos y económicos con todos los países que el soft power estadounidense nos ha presentado como monstruos repugnantes: Rusia, China, Irán. Solo así se puede romper el asedio estadounidense a Europa (Andrea Zhok)

 "Hubo un tiempo en que la Europa unida se presentaba como

1) un baluarte competitivo frente a los Estados Unidos;

2) la constitución de un organismo supranacional dotado de una masa crítica capaz de imponerse en el plano internacional.

Todo ello ha resultado ser una farsa.

¿Por qué?

A) El modelo ideológico

Cuando se redactó el Tratado de Maastricht, Occidente estaba dominado por la leyenda del triunfo neoliberal sobre el oso soviético, por lo que el sistema neoliberal definió todos los principales mecanismos legales, el papel de la industria pública y las relaciones con las finanzas, de acuerdo con ese modelo ideológico.

Este modelo asume que la libertad de comercio es un sustituto ideal de la democracia (de hecho, una mejora con respecto al tosco mecanismo de las elecciones democráticas) y privilegia el papel dinámico del gran capital, frente al cual la política debe desempeñar un papel secundario, de facilitador.

B) La soberanía de la economía financiera.

Teorías escandalosamente abstractas, como el modelo de Nozick sobre el nacimiento del Estado a partir del libre comercio egoísta, constituyeron la columna vertebral de un modelo inédito, en el que se imaginaba que una estructura política (una unión política, un estado federal, etc.) podía surgir como resultado de una intensa interacción de mercado. El modelo europeo se convierte así en el primer experimento histórico (y, a juzgar por los resultados, también el último) en el que se pensaba que un mercado común (es decir, un aparato de competencia mutua entre Estados en un marco que obligaba a la máxima competitividad) sería el precursor de una unión política.

Obviamente, lo que ocurrió en realidad fue lo que siempre ocurre en condiciones de mercado altamente competitivas sin filtros políticos (sin barreras arancelarias, sin ajustes monetarios, etc.): hubo ganadores y perdedores, hubo países que obtuvieron ventajas y países cuyos recursos fueron expoliados (Italia se encuentra entre estos últimos).

La idea obsoleta de gobiernos democráticos responsables ante los votantes fue sustituida por la idea de una «gobernanza» como sistema de reglas para la gestión económica, lo que condujo a la idea de una política gestionada por un «piloto automático».

C) Política del ganador se lo lleva todo.

Los sistemas financieros son impersonales, acéfalos y supranacionales, pero eso no significa que no tengan centros de gravedad. El centro de gravedad principal del sistema financiero occidental está representado por el eje Nueva York-Londres, donde su brazo político principal ha sido siempre el Gobierno estadounidense (cualquier Gobierno estadounidense).

La Europa de Maastricht, que se ha puesto a jugar a nivel internacional según las reglas neoliberales, ha caído fatalmente en la órbita gravitatoria de los principales gestores de fondos financieros, encarnados por la política estadounidense. En Estados Unidos, las políticas de supremacía nacional y de beneficio financiero son indistinguibles: son lo mismo con mínimas variaciones estilísticas. La Europa de Maastricht ha vuelto así íntegramente bajo el ala hegemónica de Estados Unidos precisamente en la fase histórica en la que el desarrollo económico de la posguerra habría permitido una autonomización.

La hegemonía estadounidense desde los años 90 ha sido financiera, militar, pero sobre todo cultural, demoliendo gradualmente toda la capacidad de resistencia interna europea. En el plano cultural, los últimos 30 años han representado la americanización ideológica integral de Europa, donde se han importado no solo productos cinematográficos y estilos musicales, sino sobre todo modelos institucionales, modelos de gestión de la escuela, la universidad, los servicios públicos, etc.

D) El suicidio geopolítico

La hegemonía cultural ha facilitado el crecimiento de la hegemonía político-militar estadounidense, que, en lugar de retirarse tras los resultados de la Segunda Guerra Mundial, se ha impuesto en una nueva dimensión geopolítica.

Europa (UE) ha comenzado a respaldar sistemáticamente todas las iniciativas de reestructuración geopolítica estadounidense, desde Afganistán hasta Irak, Yugoslavia y Libia. El marco ideológico —la leyenda progresista del sistema internacional basado en las normas y el respeto de los derechos humanos— ha permitido que las políticas estadounidenses se aceptaran sin resistencia por parte de la opinión pública europea. Durante dos décadas, los ciudadanos europeos se han tragado como patos engordados todos los cuentos de hadas estadounidenses sobre la «emancipación de los pueblos oprimidos», las «intervenciones humanitarias» y la «policía internacional» .

Mientras tanto, mientras nuestros periódicos se intercambiaban medallas por lo civilizados e ilustrados que éramos, Estados Unidos rompió todas las cadenas de suministro vitales para Europa. Desestabilizó a todos los productores de petróleo de Oriente Medio que no eran ya vasallos de Estados Unidos (Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, etc.). Así, Irak y Libia pasaron de ser proveedores independientes a convertirse en montones de ruinas donde solo cuenta la fuerza militar. Con el cuento de hadas de los derechos humanos para los incautos, Irán fue sancionado y aislado también de la posibilidad de comerciar sus recursos con Europa. Por último, las reiteradas provocaciones en la frontera ucraniana han logrado provocar la guerra que aún continúa, que ha cortado el principal pulmón de suministro energético para la industria europea, Rusia.

Una vez eliminados Oriente Medio y Rusia, los genios de la política europea se han apoyado con manos y pies en el GNL estadounidense, lo que ha provocado una dramática pérdida de competitividad de la industria europea. Y llegados a este punto, obviamente, el poder de negociación europeo frente a los Estados Unidos es exactamente cero. Si Trump quiere Groenlandia, le daremos Groenlandia; si quiere el ius primae noctis, le daremos el ius primae noctis (basta con que desconecte el GNL para poner de rodillas al continente).

E) ¿Qué hacer?

Una situación tan comprometida es realmente difícil de recuperar. De hecho, la Unión Europea neoliberal y sus instituciones han sancionado el colapso histórico más grave que ha sufrido Europa en su historia, peor incluso que la Segunda Guerra Mundial, desde el punto de vista del poder comparativo.

La solución teórica a seguir es sencilla en teoría (mucho menos en la práctica).

La UE debe cerrar sus puertas, colgar el cartel de «cerrado por quiebra» y quedar como una página oscura en los libros de historia. (Queda el problema técnico de qué hacer con el euro).

En lugar de la UE, deben surgir inmediatamente alianzas estratégicas entre Estados europeos con intereses afines.

Inmediatamente deben reabrirse todos los canales diplomáticos y económicos con todos los países que el soft power estadounidense nos ha presentado como monstruos repugnantes: Rusia, China, Irán.

Solo así se puede romper el asedio estadounidense a Europa (y al resto del mundo).

Solo así Europa podrá reabrir un futuro para las próximas generaciones.

Obviamente, en el clima cultural cultivado durante décadas, una perspectiva de este tipo no puede sino encontrar una resistencia tenaz. Y si así fuera, una vez más Europa se habría sacrificado por unas ideas (estúpidas).

Pero, a diferencia de la canción de Georges Brassens, esta vez moriremos por unas ideas, pero no de muerte lenta." 

(Andrea zhok, facebook, 22/01/26) 

15.1.26

¿Para qué sirve Europa? Europa nació como un bastión frente a la guerra. Europa nació como una ilusión. Como una promesa de paz. Como la idea de que era posible construir un espacio político nuevo; no basado en la fuerza, sino en el derecho... Pero poco a poco, Europa renunció a ese ideal y dejó de pertenecer a sus pueblos. Fue siendo capturada por las grandes corporaciones, por los bancos, por los lobbies empresariales, y por una clase política que adquirió privilegios extraordinarios hasta convertirse en una burocracia que se reproduce a sí misma... El Acta Única Europea de 1986 -que marcó el giro decisivo del proyecto- fue una copia casi totalmente literal de un documento previo elaborado por la European Round Table of Industrialists, un lobby de las mayores multinacionales europeas... Desde entonces, Europa dejó de ser un proyecto de ciudadanía para convertirse en un espacio para la mercancía. El Tratado de Maastricht y los que vinieron después no han sido otra cosa que las piezas jurídicas de un proyecto neoliberal que ha frenado la integración entre los pueblos, ha debilitado el Estado social y ha impedido que el bienestar se convierta en el eje real de la construcción europea... La unión monetaria y el euro fueron diseñados mal a conciencia, no para ser un instrumento de integración solidaria, sino un mecanismo que beneficiara estructuralmente a los grandes exportadores, a los países más fuertes y al capital financiero. Sin unión fiscal ni hacienda europea, sin presupuesto común relevante, sin mutualización de deuda, sin banco central al servicio del empleo y el bienestar, el euro no une, separa... Lo datos lo dejan claro: desde la creación del euro, las divergencias productivas entre el centro y la periferia no han disminuido, han aumentado. La brecha entre Alemania y el sur de Europa es hoy mayor que en los años noventa... El órgano con más poder -la Comisión Europea- no es elegido por la ciudadanía. El Banco Central Europeo, que decide sobre millones de vidas, no responde ante ningún parlamento. El Eurogrupo ni siquiera existe jurídicamente, pero impone políticas que afectan a todos. Y cuando los pueblos votan “mal”, se les corrige... En los últimos años todo esto se ha agravado. Las élites europeas han optado claramente por subordinarse a Estados Unidos justo cuando Estados Unidos ha mostrado menos lealtad, menos respeto y más desprecio hacia Europa. Desde Trump, además, con amenazas abiertas, imposiciones comerciales, chantajes militares y una lógica imperial sin disimulo. Con desprecios y hasta insultos... Europa está sirviendo para muy poco… O incluso peor, para lo contrario de aquello para lo que fue creada... Europa está sirviendo más para facilitar guerras, sostener un modelo destructivo, debilitar la democracia y violar derechos humanos que para proteger a sus pueblos (Juan Torres López)

 "Europa nació como un bastión frente a la guerra. Nació del horror. Nació para que las tragedias que se habían sucedido -dos guerras mundiales, decenas de millones de muertos, el exterminio industrializado, el hundimiento moral del continente- no pudieran repetirse jamás.

Nació como un proyecto de paz, de democracia, de derechos humanos, de cooperación entre pueblos que habían aprendido por las malas que la violencia y el nacionalismo agresivo no conducen más que a la destrucción.

Europa nació como una ilusión. Como una promesa de paz. Como la idea de que era posible construir un espacio político nuevo; no basado en la fuerza, sino en el derecho; no en la dominación, sino en el acuerdo; no en la lógica del imperio, sino en la lógica de la convivencia.

Pero poco a poco, Europa renunció a ese ideal y dejó de pertenecer a sus pueblos.

Fue siendo capturada por las grandes corporaciones, por los bancos, por los lobbies empresariales, y por una clase política que adquirió privilegios extraordinarios hasta convertirse en una burocracia que se reproduce a sí misma, que no responde ante la ciudadanía y que vive cada vez más lejos de los problemas reales de la gente.

Europa fue renunciando a ser un proyecto político y social para convertirse en un espacio de mercaderes.

No es una metáfora: es literal.

El Acta Única Europea de 1986 -que marcó el giro decisivo del proyecto- fue una copia casi totalmente literal de un documento previo elaborado por la European Round Table of Industrialists, un lobby de las mayores multinacionales europeas (Volvo, Nestlé, Siemens… encabezados por el entonces director ejecutivo de Phillips, Wisse Dekker). Así lo reconoció este ultimo años más tarde y ninguno de ellos ocultó que su objetivo era simplemente el de eliminar obstáculos políticos, sociales y laborales a la libre circulación de capitales.

Desde entonces, Europa dejó de ser un proyecto de ciudadanía para convertirse en un espacio para la mercancía.

El Tratado de Maastricht y los que vinieron después no han sido otra cosa que las piezas jurídicas de un proyecto neoliberal que ha frenado la integración entre los pueblos, ha debilitado el Estado social y ha impedido que el bienestar se convierta en el eje real de la construcción europea.

Se integraron los mercados. No se integraron los derechos. Se unificaron las finanzas. No se unificaron los sistemas fiscales, ni los salarios, ni la protección social.

Y así es imposible construir una ciudadanía europea real.

La unión monetaria y el euro fueron diseñados mal a conciencia. Sin respetar los criterios imprescindibles para que sea eficiente que se estudian en tercero de Económicas, para responder exactamente a esa misma lógica. No para ser un instrumento de integración solidaria, sino un mecanismo que beneficiara estructuralmente a los grandes exportadores, a los países más fuertes y al capital financiero. Sin unión fiscal ni hacienda europea, sin presupuesto común relevante, sin mutualización de deuda, sin banco central al servicio del empleo y el bienestar, el euro no une, separa. No converge, diverge.

Lo datos lo dejan claro: desde la creación del euro, las divergencias productivas entre el centro y la periferia no han disminuido, han aumentado. La brecha entre Alemania y el sur de Europa es hoy mayor que en los años noventa.

Para hacer eso posible, Europa, además, se ha convertido en un entramado institucional profundamente poco democrático.

Exige condiciones democráticas a los países que quieren entrar, pero ella misma no las cumple.

El órgano con más poder -la Comisión Europea- no es elegido por la ciudadanía.

El Banco Central Europeo, que decide sobre millones de vidas, no responde ante ningún parlamento.

El Eurogrupo ni siquiera existe jurídicamente, pero impone políticas que afectan a todos.

Y cuando los pueblos votan “mal”, se les corrige.

Pasó en Grecia en 2015: un referéndum rechazó la austeridad, y Europa respondió imponiéndola con más dureza.

Pasó en Francia y Países Bajos cuando rechazaron el tratado constitucional: se cambió de nombre y se aprobó igual.

La democracia en la Unión Europea es bienvenida… siempre que no moleste.

En los últimos años todo esto se ha agravado.

Las élites europeas han optado claramente por subordinarse a Estados Unidos justo cuando Estados Unidos ha mostrado menos lealtad, menos respeto y más desprecio hacia Europa. Desde Trump, además, con amenazas abiertas, imposiciones comerciales, chantajes militares y una lógica imperial sin disimulo. Con desprecios y hasta insultos.

Europa ha impuesto y aceptado sanciones que dañan más a su propia economía que a la estadounidense.

Ha aceptado depender energéticamente en condiciones peores.

Ha aceptado perder autonomía industrial y tecnológica.

Ha aceptado actuar como satélite cuando podría ser actor.

Y todo esto mientras crece dentro un malestar social profundo.

Ha provocado una crisis de vivienda que expulsa a millones de personas de sus ciudades al permitir que los grandes fondos de inversión se apropien de millones de ellas.

Ha generado una precarización laboral que se cronifica a causa de sus políticas de flexibilización.

Ha aumentado la desigualdad que rompe la cohesión social con sus políticas promercado.

Ha empeorado la situación climática al someterse a las grandes corporaciones que la producen

Ha hecho que brote un sentimiento de abandono, de soledad, de desprotección entre los pueblos que ven su verdadera cara.

Europa ayuda con enorme generosidad al gran capital -rescates bancarios, subvenciones industriales, ventajas fiscales- y es tacaña, lenta y humillante con la gente que sufre.

Europa calla ante el genocidio del pueblo palestino. Pero defiende sin matices a Ucrania y persigue, reprime y criminaliza a quienes protestan contra esa doble vara de medir.

Y luego se sorprende de que la gente huya hacia opciones antieuropeas.

Es normal que la gente se pregunte: ¿para qué sirve Europa?

Y la respuesta que hoy se impone es incómoda: Europa está sirviendo más para facilitar guerras, sostener un modelo destructivo, debilitar la democracia y violar derechos humanos que para proteger a sus pueblos.

Nada de esto es inexorable.

No ocurre porque “no haya alternativas”.

Ocurre porque las alternativas han sido sistemáticamente bloqueadas.

Sabemos perfectamente qué tendría que ser Europa para merecer la pena:

– Una auténtica unión política, con poder democrático real.

– Una unión fiscal y social, no solo monetaria.

– Una política industrial, energética y climática propia.

– Una política social al servicio del bienestar.

– Una política exterior y una estrategia de seguridad autónomas basadas en la paz y el derecho internacional.

– Un proyecto centrado en la vida, no en los balances de las grandes empresas.

Europa no nos traiciona porque sea imposible hacerla de otro modo.

Nos traiciona porque ha sido capturada por incompetentes, por dirigentes al servicio de grandes corporaciones y por una clase política cobarde y servil frente a Estados Unidos.

Es por eso que ahora, incluso quienes sabemos que Europa es necesaria, nos preguntamos con angustia para qué sirve.

Y solo podemos responder, con tristeza y con rabia, que está sirviendo para muy poco… O incluso peor, para lo contrario de aquello para lo que fue creada." 

(Juan Torres López, blog, 11/01/26) 

1.1.26

Nouriel Roubini: La verdadera amenaza existencial que enfrenta Europa es su retraso económico y tecnológico... Hoy más o menos la mitad de las cincuenta empresas tecnológicas más grandes del mundo son estadounidenses, mientras que sólo cuatro son europeas... Estas tendencias plantean una pregunta crucial: ¿qué países liderarán las industrias del futuro y cómo se encuentra Europa en este sentido? Mientras Estados Unidos y China son líderes mundiales en indicadores tecnológicos, Europa esté muy abajo en la clasificación. Y el futuro no se muestra tranquilizador, ya que se prevé que la próxima ola de innovación será más disruptiva que cualquier otra que hayamos visto en el último medio siglo... Hasta ahora, el declive tecnológico de Europa ha sido gradual. Pero si no hace frente a sus debilidades estructurales, la lenta erosión actual podría dar paso a una pérdida repentina e irreversible de relevancia económica... Un hecho crucial es que aunque Europa nunca llegue a liderar las tecnologías de vanguardia, puede lograr mejoras de productividad significativas mediante la adopción y la adaptación de innovaciones estadounidenses y chinas. Muchas de estas tecnologías son de uso general, de modo que benefician tanto a quienes las adoptan como a quienes las desarrollan

 "La nueva estrategia de seguridad nacional del presidente estadounidense Donald Trump hace una valoración errónea de Europa, a la que siempre se había visto como el aliado más fiable de Estados Unidos. Advierte de que la inmigración descontrolada y otras políticas que los funcionarios estadounidenses tildan de «woke» podrían conducir en pocas décadas a una «eliminación civilizacional».

Este argumento se basa en una mala interpretación de los problemas de Europa. Es verdad que la Unión Europea enfrenta una amenaza existencial, pero poco tiene que ver con la inmigración o la cuestión cultural. De hecho, en Estados Unidos, la proporción de residentes nacidos en el extranjero es ligeramente mayor que en Europa.

La verdadera amenaza que enfrenta Europa está en su retraso económico y tecnológico. Entre 2008 y 2023, el PIB estadounidense creció un 87 %, mientras que el de la UE sólo creció un 13,5 %. En ese mismo período, el PIB per cápita europeo, que era un 76,5 % del estadounidense, pasó a ser el 50 %. Incluso el estado más pobre de Estados Unidos (Misisipi) tiene una renta per cápita superior a la de varias economías europeas importantes (entre ellas Francia e Italia) y a la media de la UE.

Esta creciente divergencia económica no es resultado de realidades demográficas, sino de un mayor aumento de la productividad en Estados Unidos, debido en gran medida a la innovación tecnológica y a una mayor productividad total de los factores. Hoy más o menos la mitad de las cincuenta empresas tecnológicas más grandes del mundo son estadounidenses, mientras que sólo cuatro son europeas. En las últimas cinco décadas, 241 empresas estadounidenses pasaron de la condición de startup a una capitalización bursátil de al menos 10 000 millones de dólares, contra sólo catorce en Europa.

Estas tendencias plantean una pregunta crucial: ¿qué países liderarán las industrias del futuro y cómo se encuentra Europa en este sentido? La carrera por el liderazgo tecnológico hoy se extiende a una amplia variedad de campos, entre ellos la inteligencia artificial y el aprendizaje automático, el diseño y la producción de semiconductores, la robótica, la computación cuántica, la energía de fusión, las tecnofinanzas y las tecnologías de defensa. Europa entra en esta carrera con una desventaja clara.

Que el liderazgo de las industrias del futuro hoy lo tenga Estados Unidos o China todavía es cuestión de debate, pero la mayoría de los observadores coinciden en que básicamente es una competencia entre dos jugadores, en la que Estados Unidos todavía conserva la delantera en varias áreas clave. Fuera de eso, la innovación se concentra en países como Japón, Taiwán, Corea del Sur, la India e Israel. En Europa, en cambio, las actividades innovadoras están en gran medida confinadas al Reino Unido, Alemania, Francia y Suiza (y dos de esos países ni siquiera son miembros de la UE).

De modo que no es sorprendente que mientras Estados Unidos y China son líderes mundiales en indicadores tecnológicos, Europa esté muy abajo en la clasificación. Y el futuro no se muestra tranquilizador, ya que se prevé que la próxima ola de innovación será más disruptiva que cualquier otra que hayamos visto en el último medio siglo.

La brecha tecnológica entre Estados Unidos y Europa es atribuible a varios factores. En primer lugar, Estados Unidos tiene un ecosistema mucho más profundo y dinámico para la financiación de startups, mientras que Europa todavía carece de una unión de mercados de capitales auténtica, lo que limita la escala y la velocidad de crecimiento de nuevas empresas.

En segundo lugar, Europa arrastra una regulación excesiva y fragmentada. Una startup estadounidense puede lanzar un producto bajo un único marco regulatorio y acceder enseguida a un mercado de más de 330 millones de consumidores. La UE tiene unos 450 millones de habitantes, pero sigue dividida en 27 regímenes regulatorios nacionales. Un análisis del Fondo Monetario Internacional muestra que las barreras de mercado internas de la UE equivalen a un arancel de más o menos el 44 % para los bienes y el 110 % para los servicios, mucho más que lo que impone Estados Unidos a la mayoría de las importaciones.

En tercer lugar, hay una marcada diferencia en las actitudes culturales hacia la asunción de riesgos. Hasta hace no mucho, en algunos países de la UE (por ejemplo Italia) un empresario fallido podía enfrentar sanciones penales, mientras que en Estados Unidos, el fundador de una empresa tecnológica que no haya fracasado nunca pasa por demasiado reacio a asumir riesgos.

En cuarto lugar, Estados Unidos cuenta con un complejo académico‑militar‑industrial muy integrado, mientras que en Europa, la subinversión crónica en defensa disminuyó la capacidad de innovación. Líderes tecnológicos como Estados Unidos, China, Israel y ahora también Ucrania gastan mucho en defensa, y es común que de la investigación militar surjan tecnologías con aplicaciones civiles.

Pero aun así, para buena parte de la dirigencia política europea, el aumento del gasto en defensa todavía se plantea como una disyuntiva entre más seguridad o más bienestar social. En realidad, el parasitismo respecto del gasto militar estadounidense desde el final de la Segunda Guerra Mundial limitó la clase de innovaciones que hubieran podido generar más de ambas cosas por medio de un aumento de la productividad. Paradójicamente, para sostener el modelo social europeo habrá que invertir más en defensa, empezando por cumplir el nuevo objetivo de gasto de la OTAN del 3,5 % del PIB.

Si Europa deja crecer su retraso tecnológico en las próximas décadas, se arriesga a sufrir estancamiento prolongado y declive económico continuo en relación con Estados Unidos y China. Aun así, hay motivos para un cauto optimismo. Cada vez más conscientes del desafío existencial que enfrenta Europa, las autoridades han comenzado a presentar propuestas de reforma serias. Los ejemplos más notables son los dos importantes informes de 2024 sobre la competitividad de la UE y sobre el mercado único, elaborados por los ex primeros ministros italianos Mario Draghi y Enrico Letta, respectivamente.

Europa también conserva varias fortalezas importantes, entre ellas un capital humano de alta calidad, excelentes sistemas educativos e instituciones de investigación de primera línea. Con incentivos y reformas regulatorias adecuados, estos activos podrían sostener niveles de innovación comercial mucho más altos. Si el entorno se volviera más favorable al espíritu empresarial, sería posible liberar una ola de inversiones sobre la base de la elevada renta per cápita, el gran mercado interno y las altas tasas de ahorro de Europa.

Un hecho crucial es que aunque Europa nunca llegue a liderar las tecnologías de vanguardia, puede lograr mejoras de productividad significativas mediante la adopción y la adaptación de innovaciones estadounidenses y chinas. Muchas de estas tecnologías son de uso general, de modo que benefician tanto a quienes las adoptan como a quienes las desarrollan.

Todo esto sitúa a Europa en un punto de inflexión. Como observó Ernest Hemingway en una frase famosa, el proceso de bancarrota es «primero gradual, después repentino». Hasta ahora, el declive tecnológico de Europa ha sido gradual. Pero si no hace frente a sus debilidades estructurales, la lenta erosión actual podría dar paso a una pérdida repentina e irreversible de relevancia económica."

( Revista de prensa, 31/12/25, fuente Project Syndicate )

20.12.25

¿A dónde va Europa? Una sensación general de malestar y abatimiento se está apoderando de Europa. La socialdemocracia y las derechas cosmopolitas están siendo desplazadas por derechas autoritarias, antimigrantes, nacionalistas y antiigualitarias. No es un error, es el síntoma de un estado de la sociedad. O de una parte de ella... En general, las sociedades europeas han atravesado un umbral que garantiza que toda su población tenga satisfechas las condiciones básicas e imprescindibles de la vida material. Y sin embargo la sensación colectiva de insatisfacción y enojo ha crecido en los últimos años... Un crecimiento raquítico del PIB europeo durante tantos años no arroja a su población al umbral de la pobreza, pero estanca los mecanismos de movilidad social ascendente... en los últimos 20 años la gradiente ascendente de acceso a nuevos factores materiales de estabilidad y reconocimiento social para las clases medias y trabajadoras europeas se han aplanado, especialmente en la obtención de servicios de salud, de transporte, de vivienda y el ahorro... hoy las elites europeas apuestan a todo a la vez, pero no se comprometen con nada de ese todo. Demandan libre mercado y ejecutan el proteccionismo. Reclaman un Consejo Europeo con más poderes ejecutivos, pero les aterra someterlo a la elección popular que legitime esa autoridad. Quieren reforzar su propio sistema financiero para apalancar la inversión de sus empresas, pero no mueven un pelo para frenar el drenaje de los ahorros que se van a EEUU porque allí la rentabilidad es cinco veces superior... ¿A dónde va Europa? Por ahora, a ningún lado. Da señas de querer ir a todas partes, pero en verdad sus elites carecen de la convicción y la fuerza moral para ir realmente a algún destino. ¿Cambiará eso algún rato? Por ahora, no (Álvaro García Linera)

 "Las élites demandan libre mercado y ejecutan el proteccionismo. Reclaman un Consejo Europeo con más poderes, pero les aterra someterlo a la elección popular que legitime esa autoridad

Una sensación general de malestar y abatimiento se está apoderando de Europa. La socialdemocracia y las derechas cosmopolitas que durante 40 años se turnaron rutinariamente en los gobiernos, desde años atrás están siendo desplazadas por derechas autoritarias, antimigrantes, nacionalistas y antiigualitarias. No es un error de los “cordones sanitarios políticos”. Es el síntoma de un estado de la sociedad. O de una parte de ella.

Si nos fijamos en la evolución general del ingreso per cápita de la Unión Europea a lo largo de los últimos 20 años, no presenta pronunciadas caídas. Al contrario, tiene una pendiente de crecimiento estable y sostenida (BM, Estadísticas 2025). Igualmente, el gasto público se ha mantenido entre el 45-55 % respecto del PIB a lo largo de todos estos últimos 25 años (OurWorldinData); lo que explica que, si bien el neoliberalismo desmanteló algunos de los componentes del Estado de bienestar, lo central del régimen de protección social se mantuvo. En general, las sociedades europeas han atravesado un umbral que garantiza que toda su población tenga satisfechas las condiciones básicas e imprescindibles de la vida material. Y sin embargo la sensación colectiva de insatisfacción y enojo ha crecido en los últimos años.

Hay indicadores que ayudan a comprender la desafección. El primero es el declive del crecimiento económico de la UE. Los datos del Banco Mundial muestran a un continente que desde hace más de una década ha entrado en un período de “largo estancamiento”. Si alrededor de los años 2000 la riqueza continental aumentaba entre un 2 al 3 % anual, desde el 2010 hasta hoy, oscila entre el 1 y 1,8 % de crecimiento. Y en el caso de Alemania, de lejos la economía más importante del continente, ya lleva dos años seguidos de recesión.

Un crecimiento raquítico del PIB europeo durante tantos años no arroja a su población al umbral de la pobreza, pero estanca los mecanismos de movilidad social ascendente ya ralentizados por el incremento de la desigualdad continental. En 1980, el 10 % más rico era dueño del 29 % de la renta nacional total; el 2024 lo es del 37% (Wid.World, 2025).

Además de ello, Europa en conjunto está viendo retroceder el estatus general que su población ocupaba en la posición global de ingresos. Como lo muestra B. Milanovic (Jacobin, 2025), el ascenso rápido de las economías asiáticas, especialmente China, está creando una clase empresarial y una clase media oriental que está disputando, y en algunos casos desplazando del sitial jerárquico mundial que durante los últimos 200 años disfrutaron los europeos, incluidas sus clases trabajadoras y medias. Por ello, no es de extrañar que mucha gente experimente la sensación de “pérdida” y retroceso.

Si bien los europeos no practican el consumo compulsivo como un mecanismo de cohesión social, como si lo hacen los norteamericanos, en los últimos 20 años la gradiente ascendente de acceso a nuevos factores materiales de estabilidad y reconocimiento social para las clases medias y trabajadoras europeas se han aplanado, especialmente en la obtención de servicios de salud, de transporte, de vivienda y el ahorro.

Todos estos datos y estados de ánimo colectivos son los síntomas de un modelo de desarrollo continental que, a decir de la presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, “está desapareciendo poco a poco”. Claro, el crecimiento y estabilidad europea se sustentó en cuatro pilares: energía de gas abundante y barata; libre circulación de mercancías y capitales que garantizaban superávits de exportación y la externalización eficiente de empresas europeas; sistema bancario europeo como soporte de la globalización financiera; y, por último, la protección militar de los EEUU

Resulta que ahora esas cuatro cosas ya no están más. El gas ruso que garantizó una energía barata para todas las actividades, en promedio 3-5 dólares el MBTU (millón de unidades térmicas británicas), tras la invasión rusa a Ucrania, ha sido sustituido por gas, en gran parte estadounidense, a 11,5 dólares el MBTU. La libre circulación global de mercancías ha dado paso a las guerras arancelarias. EEUU ha impuesto aranceles del 15 % a las importaciones europeas, en el caso de la industria siderúrgica del 50%. A su vez, la UE ha establecido aranceles del 25-45% a la importación de automóviles chinos; y, ahora, habrá impuestos a los millones de paquetes que llegan de Shein y Temu.

En lo que respecta a los nodos que garantizaron la globalización financiera, al 2008, los bancos europeos llegaron a administrar el 62% de esos flujos. En el 2021 se hacen cargo solo del 35%, en tanto que los bancos asiáticos ya acaparan el 43 % (BIS, 2023). Finalmente, el paraguas militar norteamericano correspondía a su indiscutible liderazgo económico y político global. Pero eso también ha cambiado. Ya no hay el gran hegemón que ordena, vertical y generosamente la disciplina del mundo. Hay múltiples potencias hegemónicas lanzadas todas a disputar su nueva jerarquía en un planeta policéntrico y geofragmentado.

Según La Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial, para el 2030, China producirá el 45% de la actividad industrial, en tanto que EEUU solo el 11 % y Europa entre el 6-7% (UNIDO, Database, 2025). Por eso, el “America first” de Trump es la consigna de una potencia que solo se preocupará por ella en su disputa con China y que deja en manos de cada país que se proteja como pueda de un mundo brutal y en plena reconfiguración geopolítica.

Ciertamente, las actuales elites políticas europeas son sensibles al cambio global, pero adolecen de carácter para afrontar con firmeza y audacia el reto de construir el nuevo orden de acumulación económica y de legitimación política. Han tomado medidas para reforzar una cohesión continental como el Next Generation EU, para apoyar la reconversión económica; el “Plan Industrial del Pacto Verde” para reducir la importación de combustibles fósiles; la “Ley Europea de Chips” para duplicar la participación en la producción de semiconductores, etc.

Cada uno de estas iniciativas propugnan una ligera “política industrial” regional. Sin embargo, y a contramano de todo ello, validan un tipo de capitalismo vasallo al someterse a invertir 600.00 millones de dólares en EEUU y a comprar 750.000 millones de dólares en combustibles los siguientes tres años, para reforzar, claro, la industria norteamericana.

Proclama la defensa del libre comercio en el Foro de Davos, pero no dudan en desatar una guerra de aranceles con China. Von der Leyen habla de que “Europa debe defenderse sola”, pero Rutte, el secretario general de la OTAN, en un gesto de vergonzosa servidumbre, le llama “daddy” a Trump para que mantenga “la seguridad de Europa”. Quiere un orden mundial “basado en reglas” iguales para todos, pero las entierran a la hora de aceptar el genocidio del pueblo palestino o apoyar el neofascismo en Ucrania.

En general, hoy las elites europeas apuestan a todo a la vez, pero no se comprometen con nada de ese todo. Demandan libre mercado y ejecutan el proteccionismo. Reclaman un Consejo Europeo con más poderes ejecutivos, pero les aterra someterlo a la elección popular que legitime esa autoridad. Quieren reforzar su propio sistema financiero para apalancar la inversión de sus empresas, pero no mueven un pelo para frenar el drenaje de los ahorros que se van a EEUU porque allí la rentabilidad es cinco veces superior. Quieren actuar como un solo cuerpo político, pero cada inversión requiere armonizar con 27 reglamentos de 27 países distintos.

¿A dónde va Europa? Por ahora, a ningún lado. Da señas de querer ir a todas partes, pero en verdad sus elites carecen de la convicción y la fuerza moral para ir realmente a algún destino. ¿Cambiará eso algún rato? Por ahora, no." 

( Álvaro García Linera, La Haine, 09/12/25)

18.12.25

Podríamos estar ante un momento prerrevolucionario en Europa... El modelo económico de Europa se ha derrumbado. El nivel de vida de los europeos se está desplomando. Hay una enorme tensión en otras áreas, como la inmigración... ha renunciado a su propia energía a cambio de gas natural licuado estadounidense extremadamente caro. Es un desastre. Europa se enfrenta a una situación catastrófica. Está en malos términos con China, en malos términos con Rusia y en malos términos con Estados Unidos, al menos con esta administración... Si protestas en Europa, serás reprimido, y reprimido violentamente. Es lo que ocurrió en París. Hubo algo así como 80.000 personas en un momento dado: la policía antidisturbios luchando contra los manifestantes. Quiero decir, esto es una guerra. Eso no suena a labor policial. Y lo mismo ocurre: simplemente no se informa de que hay protestas y huelgas en lugares como Italia. Apenas se cubre en la prensa. Zonas enteras de Italia paralizadas... Y si las protestas no funcionan, si formar un partido de oposición alternativo no funciona, mira lo que les ha pasado. Todos ellos han sido, ya sabes, etiquetados como de extrema derecha o enfrentan prohibiciones. A medida que las cosas empeoran, la gente se empobrece y la vida se vuelve muy, terriblemente dura para ellos, sí, recurrirán a la insurrección (Alastair Crooke, exdiplomático inglés)

  "(...) #Glenn

Es algo interesante, sin embargo: existe esta tendencia de rápido desarrollo económico. Los países temen quedarse atrás, así que a menudo se observa mucha mala inversión. Pero estoy muy de acuerdo. Creo que la incapacidad para competir con China —la respuesta de Estados Unidos—parece ser la de crear estas regiones económicas exclusivas donde no tengan que competir con China, como también les gustaría hacer con Venezuela. Pero los europeos, en cambio, no tienen realmente muchas de esas opciones. No poseen la soberanía tecnológica de los estadounidenses. No tienen la capacidad de establecer este tipo de zona exclusiva. Así que, dado que antes hablaste de la confianza —la falta de confianza—, ¿cuáles crees que podrían ser las posibles consecuencias políticas en Europa ahora? Porque hay aquí una cierta ironía.

Es decir, si hiciéramos las paces con los rusos, eso significaría abordar las causas subyacentes, es decir, la arquitectura de seguridad europea. Si pudiéramos poner fin a estas líneas divisorias en Europa, a la política de bloques, Europa podría realmente prosperar si dedicáramos más esfuerzos a cooperar con Rusia. Pero en cambio—bueno, Chas Freeman señaló que podríamos estar ante un momento prerrevolucionario en Europa, porque ha habido tanta marginación de la oposición y de los medios, y ahora, con los crecientes problemas económicos que mencionabas, nuestros líderes vienen a decir que tenemos que prepararnos para la guerra con Rusia. Y todas estas mentiras de los últimos años están saliendo a la luz. Así que, como última pregunta, ¿ves la posibilidad de una gran agitación política debido, sí, supongo, a una crisis de legitimidad política? ¿O eso es exagerar?

#Alastair Crooke

Oh, creo que, si acaso, está subestimado—absolutamente. Quiero decir, el liderazgo europeo ha puesto a Europa en una situación catastrófica. Conoces los detalles, y la gente que está viendo esto también, estoy seguro. El modelo económico de Europa se ha derrumbado. El nivel de vida de los europeos se está desplomando. Hay una enorme tensión en otras áreas, como la inmigración. Y todos los puentes políticos de salida han sido destruidos deliberadamente por la Unión Europea y su insistencia en un cordón sanitario. Son simplemente partidos centristas, a menudo minoritarios. Y, ya sabes, el NSS tenía toda la razón en eso: no es ni democrático ni particularmente legítimo.

Y todo el proceso se ha gestionado tan mal que Europa se enfrenta a una situación catastrófica. Está en malos términos con China, en malos términos con Rusia y en malos términos con Estados Unidos, al menos con esta administración. Sé que pueden estar esperando que pronto haya un nuevo presidente, pero la esperanza no es una estrategia. Mientras tanto, han renunciado a su propia energía a cambio de gas natural licuado estadounidense extremadamente caro. Es un desastre. Y creo que la respuesta a tu pregunta —¿qué se puede hacer?— es muy evidente. Si protestas en Europa, serás reprimido, y reprimido violentamente.

Viste lo que ocurrió en París durante la protesta. Todo esto es claramente un plan concertado y deliberado para no permitir las manifestaciones. Las protestas son una bandera reactiva, unas banderas bastante fuertes. Creo que los franceses llegaron a tener algo así como 80.000 personas en un momento dado: la policía antidisturbios luchando contra los manifestantes. Quiero decir, esto es una guerra. Eso no suena a labor policial. Y lo mismo ocurre: simplemente no se informa de que hay protestas y huelgas en lugares como Italia. Apenas se cubre en la prensa. Zonas enteras de Italia paralizadas. No demasiado violento, pero con algo de violencia. Y si las protestas no funcionan, si formar un partido de oposición alternativo no funciona, mira lo que les ha pasado.

Todos ellos han sido, ya sabes, etiquetados como de extrema derecha o enfrentan prohibiciones. Todos sus líderes están siendo atacados, ya sea mediante guerras judiciales o acusados de algún tipo de corrupción. Quiero decir, tanto si hablamos de Rumanía, Moldavia o Francia, es lo mismo. Si fundas un partido que no está dentro del círculo, o dentro del círculo de la “sanitaridad”, los líderes que sean atacados serán tachados de corruptos o fuera de la ley. Así que, si las protestas no funcionan, si el voto no funciona, si solo tienes a Cucho y Cucha entre quienes elegir, ¿qué sentido tiene eso? A medida que las cosas empeoran, la gente se empobrece y la vida se vuelve muy, terriblemente dura para ellos, sí, recurrirán a la insurrección.

#Glenn

Bueno, muchas gracias por tomarte el tiempo. Ya no es un momento divertido en Europa. Realmente quería preguntarte sobre esto porque cada vez que hablo con alguien, la pregunta principal siempre es: “Bueno, ¿qué están haciendo los europeos?” Porque siempre hay cierta comprensión hacia los estadounidenses —pueden entender a los rusos, pueden entender a los ucranianos—, pero los europeos siempre son un poco un enigma. Lo cual es una buena señal de que quizá los líderes europeos estén actuando en su propio interés nacional. Y, ya sabes, porque están desesperados.

#Alastair Crooke

Quiero decir, van a perderlo todo por haber tomado esas malas decisiones. Van a perder lo único — el pegamento que mantenía unida a la Unión Europea—. Van a perder su credibilidad. Habrán perdido su modelo de negocio. Se enfrentan a una crisis financiera y al colapso del nivel de vida de sus electores. Es una situación muy poco envidiable. No es de extrañar que redoblen sus esfuerzos en su desesperación, esperando contra toda esperanza que ocurra algo, que Trump cambie de opinión y venga a salvarlos de lo que sin duda deben esperar. Va a ser un periodo muy incómodo.

#Speaker 03

Bueno, gracias de nuevo. Gracias."

(Entrevista con Alastair Crooke, Glen Diesen, Sociología Crítica, 14/12/25)

16.11.25

Surge espontáneamente un pensamiento: Habiendo exportado tanta "democracia" al resto del mundo, al Occidente le quedó muy poca en casa. La información está cada vez más filtrada, condicionada y reducida. La fe atlantista no puede ser puesta en duda... la Unión Europea ha lanzado nada menos que el "escudo para la democracia"... Entre los diversos propósitos de este escudo se encuentra también la vigilancia de las interferencias electorales y la propaganda hostil. Esta función suscita algunas perplejidades, porque existen precedentes en los que se han anulado elecciones con el pretexto de interferencia externa. El "escudo", por lo tanto, corre el riesgo de convertirse en una herramienta ideológica capaz de vaciar la democracia cuando el resultado electoral no es del agrado de Bruselas... En tiempos de la Unión Soviética, Occidente estaba ansioso por acoger a artistas, intelectuales y deportistas del Este... Hoy, en cambio, Occidente boicotea a los rusos en todos los ámbitos. ¿Por qué? Porque esta pequeña parte del mundo está cada vez más débil, confusa y asustada. Nuestra democracia no está amenazada por Putin ni por Xi Jinping, se está desmoronando desde dentro... Los italianos lo perciben muy bien. De octubre de 2021 a octubre de 2025, los precios de los alimentos aumentaron un 24,9%. Italia es un país que se empobrece mientras sus espacios democráticos siguen restringiéndose... Rusia no amenaza a Italia ni a Europa. Propone compartir una arquitectura de seguridad continental: una invitación que nos interesaría escuchar. Podríamos construir una Europa de paz, capaz de reabrir los canales políticos y comerciales – empezando por los energéticos – con Moscú. La alternativa es clara: seguir recortando el gasto social para invertir cada vez más en armamento. Una elección que no nos conduciría a la seguridad, sino a un futuro más pobre, más frágil y menos libre (Marco Pondrelli)

 "El mundo sigue siendo sacudido por más de cincuenta conflictos. En Ucrania continúa el avance ruso mientras que la Unión Europea, en lugar de explorar vías diplomáticas, sigue persiguiendo la ilusión de una victoria final. En Gaza y Cisjordania continúa la masacre diaria del pueblo palestino. Y, por si fuera poco, Estados Unidos parece dispuesto a una intervención militar en Venezuela – y quizás también en Nigeria.

Ante este escenario, vuelve a la mente el viejo adagio de Flaiano: En Italia la situación es grave, pero no es seria. Tuvimos una prueba más de esto cuando algunos políticos italianos celosos – Calenda y Picerno a la cabeza – lograron la cancelación de la lección de Angelo D'Orsi en el Polo del '900 de Turín, con la complicidad de la Administración municipal. Expresamos nuestra plena solidaridad a Angelo D'Orsi y a Vincenzo Lorusso, autor por cierto del interesante De Russophobia, y nos permitimos algunas reflexiones.

Este episodio de censura no es el primero y, lamentablemente, no será el último. Recordamos cuando la Universidad Bicocca de Milán canceló un seminario de Paolo Nori sobre Dostoevskij y Massimo Cacciari observó que ni siquiera en la Alemania nazi se impedía el estudio de los clásicos rusos. Simultáneamente a la censura sufrida por D'Orsi, el Corriere della Sera también decidió no publicar una entrevista al ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov: Según el periódico, sus respuestas estaban llenas de "retórica y falsedades". Una elección coherente con la de su subdirector, quien hace años admitió haber censurado las noticias sobre el aumento de la mortalidad infantil en Grecia, provocado por las políticas europeas de austeridad.

En un país normal –no necesariamente civilizado– es el lector quien lee y juzga. Evidentemente, en el Corsera creen que sus lectores son tan ingenuos que caerán víctimas de cualquier supuesta propaganda rusa. Como si no fuera suficiente, la Agencia Nova despidió al periodista Gabriele Nunziati, culpable de haber hecho una pregunta "técnicamente incorrecta": un precedente grave, que dice mucho sobre el clima cultural en el que vivimos.

Tampoco el Consejo Regional de Emilia-Romaña quiso faltar a la cita: aprobó por unanimidad una resolución impregnada de los peores eslóganes rusófobos, citando incluso a un supuesto presidente ucraniano llamado "Kanukovich". Más que rabia, una superficialidad así suscita tristeza: ¿Es posible que entre los consejeros regionales, generosamente remunerados, y sus asistentes no haya nadie que haya abierto un libro sobre la materia?

Finalmente, se añade la Unión Europea, que ha lanzado nada menos que el "escudo para la democracia", una iniciativa de la Comisión en el marco de las actividades del Centro para la Resiliencia Democrática. Entre los diversos propósitos de este escudo se encuentra también la vigilancia de las interferencias electorales y la propaganda hostil. Esta función suscita algunas perplejidades: en primer lugar, porque se trata de una tarea que correspondería a los Estados miembros y no entra en las competencias de la Comisión Europea; En segundo lugar, porque existen precedentes en los que se han anulado elecciones con el pretexto de interferencia externa. El "escudo", por lo tanto, corre el riesgo de convertirse en una herramienta ideológica capaz de vaciar la democracia cuando el resultado electoral no es del agrado de Bruselas.

Surge espontáneamente un pensamiento: Habiendo exportado tanta "democracia" al resto del mundo, al Occidente le quedó muy poca en casa. La información está cada vez más filtrada, condicionada y reducida. La fe atlantista no puede ser puesta en duda.

Luego hay una paradoja histórica. En tiempos de la Unión Soviética, Occidente estaba ansioso por acoger a artistas, intelectuales y deportistas del Este, con la esperanza de que alguien desertara para dar testimonio de la superioridad del "mundo libre". Hoy, en cambio, Occidente boicotea a los rusos en todos los ámbitos. ¿Por qué? Porque esta pequeña parte del mundo es cada vez más débil, confusa y asustada. Nuestra democracia no está amenazada por Putin ni por Xi Jinping: se está desmoronando desde dentro. Los pueblos occidentales se han dado cuenta de que no tienen ningún peso en las decisiones que les conciernen.

Los italianos perciben muy bien lo que el Istat ha escrito en su último informe: De octubre de 2021 a octubre de 2025, los precios de los alimentos aumentaron un 24,9%. Italia es un país que se empobrece mientras sus espacios democráticos siguen restringiéndose.

Todo Occidente está mostrando su peor cara porque sabe que está en crisis. Y de esta crisis no saldremos con más propaganda ni con más armas, sino solo con un nuevo protagonismo de las masas populares, que empiezan a entender cómo la lucha por su propio bienestar es inseparable de la lucha por la paz.

Rusia no amenaza a Italia ni a Europa. Propone compartir una arquitectura de seguridad continental: una invitación que nos interesaría escuchar. Podríamos construir una Europa de paz, capaz de reabrir los canales políticos y comerciales – empezando por los energéticos – con Moscú. La alternativa es clara: seguir recortando el gasto social para invertir cada vez más en armamento. Una elección que no nos conduciría a la seguridad, sino a un futuro más pobre, más frágil y menos libre."

(Marco Pondrelli , Marx21, 10/11/25, traducción Quillbot)

14.11.25

La inminente amenaza del posible colapso definitivo de las líneas de defensa ucranianas en el frente del Donbás está generando una amarga reflexión en Europa sobre los desastrosos efectos de las políticas de apoyo incondicional al régimen de Zelensky... El fiasco histórico que enfrenta Occidente en Ucrania lo está pagando en gran medida Europa y todo indica que lo peor está por venir... Euractiv describe la situación económica europea como «horrible», pero la razón subyacente de este declive se oculta deliberadamente, en ningún momento se menciona una aventura como la de Ucrania... El problema fundamental que pasan por alto es, por supuesto, la guerra en Ucrania... Bruselas puso en marcha iniciativas que sentaron las bases para la quiebra del proyecto europeo y de las economías de los Estados miembros: paquetes de (auto)sanciones dirigidas nominalmente contra Moscú, la ayuda multimillonaria sin precedentes al régimen de Kiev y, lo más grave, la drástica reducción, con la perspectiva de su desaparición, del suministro de gas y petróleo ruso... La interrupción autoinfligida del suministro de energía a bajo coste gracias a los productos rusos representó la eliminación del elemento fundamental de la competitividad de la industria europea... Según algunas estimaciones, si sumamos la «ayuda» prestada a Kiev a las pérdidas económicas y otros gastos directamente relacionados con la tragedia ucraniana, Europa ha asumido hasta ahora un coste total de alrededor de 700.000 millones de euros. Esta cifra absurda ni siquiera incluye el precio adicional que han pagado particulares y empresas tras la interrupción del suministro de gas y petróleo rusos... La conducta de los líderes europeos en los últimos años ha sido, por lo tanto, sencillamente criminal... Más allá de negarse a negociar la reducción o eliminación de aranceles, Europa accedió a importar gas estadounidense a precios exorbitantes, con la esperanza de que Trump mantuviera la misma postura que su predecesor respecto a la guerra contra Rusia. El resultado fue otro desastre (Mario Lombardo)

 "La inminente amenaza del posible colapso definitivo de las líneas de defensa ucranianas en el frente del Donbás está generando una amarga reflexión en Europa sobre los desastrosos efectos de las políticas de apoyo incondicional al régimen de Zelensky, implementadas desde febrero de 2022. Sin embargo, las soluciones que se barajan no sugieren un cambio de actitud ni una rectificación para al menos salvar lo que pueda, sino que, por el contrario, prevén una intensificación de los esfuerzos para alcanzar objetivos económicos y estratégicos inalcanzables. Este autoengaño y la persistencia de tendencias autodestructivas, no obstante, solo sorprenden superficialmente. Si la clase dirigente europea actual hubiera poseído un mínimo de pensamiento racional e independiente, el viejo continente no se encontraría en la senda del declive y la irrelevancia.

Entre los análisis más alarmantes que han aparecido recientemente en los medios se encuentra el publicado esta semana por la red paneuropea Euractiv. Este medio multilingüe describe la situación económica europea como «horrible», antes de enumerar una serie de problemas de larga data que lastran el futuro de la Unión. En términos generales, el artículo destaca algunas de las causas inmediatas del estancamiento, la pérdida de poder adquisitivo y el vertiginoso aumento de la deuda. Sin embargo, la razón subyacente de este declive se oculta entre líneas o se encubre deliberadamente. En otras palabras, en ningún momento se menciona una aventura, como la de Ucrania, lanzada intencionadamente para provocar una reacción de Rusia que brindara la oportunidad de debilitar y, en el peor de los casos, destruir a este país, permitiendo así que Estados Unidos y Europa neutralicen la «amenaza» a su hegemonía y controlen su riqueza.

El fiasco histórico que enfrenta Occidente en Ucrania lo está pagando en gran medida Europa, y todo indica que lo peor está por venir. Sobre todo porque no hay ni rastro en Bruselas, ni en Berlín ni en París, de una posible reconsideración o un retorno a decisiones racionales en materia política, económica y energética. Euractiv describe así una Europa marcada por un crecimiento económico «terriblemente lento», una demanda «alarmantemente débil» y una inversión extranjera en su nivel más bajo en nueve años. La lista no termina ahí. Las empresas también se ven lastradas por los altísimos costes energéticos, así como por los aranceles estadounidenses y la feroz competencia china.

El problema fundamental que el autor de ese artículo parece pasar por alto es, por supuesto, la guerra en Ucrania, provocada no por Rusia, sino por Occidente y la OTAN en su avance hacia el este, así como por el trato dado a la minoría rusoparlante en el antiguo país soviético tras el Maidán. Estas decisiones también tienen consecuencias políticas y, sobre todo, económicas. Tras el inicio de la invasión rusa, recibida con fingida indignación en Europa y Washington, Bruselas puso en marcha iniciativas que sentaron las bases para la quiebra del proyecto europeo y de las economías de los Estados miembros. Estas iniciativas se manifestaron principalmente de tres maneras: paquetes de (auto)sanciones dirigidas nominalmente contra Moscú, la ayuda multimillonaria sin precedentes al régimen de Kiev y, quizá lo más grave, la drástica reducción, con la perspectiva de su desaparición, del suministro de gas y petróleo ruso.

Estas medidas fueron doblemente perjudiciales, no solo porque impusieron una carga insostenible a la economía europea y a los ingresos de sus habitantes, sino también porque se basaron en el engaño y la mentira; es decir, se presentaron como necesarias para combatir un ataque brutal e injustificado contra un país inocente y un modelo de democracia. La interrupción autoinfligida del suministro de energía a bajo coste gracias a los productos rusos representó, por tanto, la eliminación del elemento fundamental de la competitividad de la industria europea. Una autoempoderamiento que también se produjo mediante actos objetivamente terroristas, como la explosión que destruyó el gasoducto Nord Stream en septiembre de 2022, a manos de fuerzas ucranianas, polacas o estadounidenses, según las versiones más o menos oficiales de la investigación.

Las cifras que ilustran la situación actual nos ayudan a comprender la locura colectiva que ha permeado a la clase dirigente europea durante casi cuatro años, con muy pocas excepciones. El gasto militar europeo solo para Ucrania asciende hasta ahora a aproximadamente 180.000 millones de euros. Esta cifra carece prácticamente de precedentes, especialmente para un proyecto fallido que resultó en la destrucción de arsenales enteros y, peor aún, en la muerte de generaciones enteras de ucranianos. Este despilfarro, sin embargo, no alcanza a reflejar la catástrofe autoinfligida de figuras como Macron, Scholz, Merz, Tusk, Starmer, Von den Leyen y muchos otros. Según algunas estimaciones, si sumamos la «ayuda» prestada a Kiev a las pérdidas económicas y otros gastos directamente relacionados con la tragedia ucraniana, Europa ha asumido hasta ahora un coste total de alrededor de 700.000 millones de euros. Esta cifra absurda ni siquiera incluye el precio adicional que han pagado particulares y empresas tras la interrupción del suministro de gas y petróleo rusos.

La conducta de los líderes europeos en los últimos años ha sido, por lo tanto, sencillamente criminal, aunque ninguno de los responsables vaya a rendir cuentas jamás. De hecho, lo que se está gestando es una aceleración de las políticas militaristas, que drenan aún más los recursos públicos de los programas de bienestar social hacia la compra de armamento. La razón: la histórica derrota en la guerra infligida directamente a Rusia y la drástica reducción del papel global de Europa. Todo esto, por supuesto, se presenta como una necesidad absoluta para hacer frente a la (inexistente) amenaza militar de Moscú.

Hablando de criminalidad, la clase dirigente europea también ha emprendido otras iniciativas flagrantemente ilegales en un intento desesperado por evitar o retrasar el enfrentamiento en Ucrania. La más evidente es la apropiación de fondos rusos congelados en Europa, mediante una medida igualmente ilegítima, tras el inicio de las operaciones militares en febrero de 2022. Estos fondos ascienden a más de 200.000 millones de euros depositados en el banco belga Euroclear, del cual Bruselas ya ha extraído ilegalmente solo los intereses. El agujero negro ucraniano requiere cada vez más ingentes cantidades de fondos para evitar el colapso del Estado y las fuerzas armadas, pero la situación financiera europea es ahora insostenible, lo que convierte a los fondos rusos en el principal objetivo para abrir una nueva línea de crédito a Kiev.

Lo que se necesita es «solo» un instrumento creado específicamente para transformar un robo en una operación aparentemente legal. Existen profundas divisiones dentro de la UE entre los gobiernos que impulsan esta apropiación directa y otros que aconsejan cautela dadas las implicaciones legales, las represalias rusas y el daño a la credibilidad de Europa. Podría tomarse una decisión final el próximo diciembre, pero las consecuencias de una posible o real violación del derecho internacional por parte de Europa han tenido desde hace tiempo consecuencias desastrosas.

Al menos, esto es lo que se deduce de los datos sobre inversiones extranjeras en Europa, citados en el artículo de Euractiv mencionado anteriormente, que pone de relieve una creciente desconfianza hacia el viejo continente. Esta desconfianza se alimenta no solo de la amenaza de que diversas inversiones y activos puedan ser confiscados de facto en cualquier momento por las autoridades europeas sin respetar la ley, sino también de la pérdida de competitividad del sistema europeo y del astronómico coste de la energía. Un estudio publicado el pasado mayo por EY reveló que la inversión extranjera directa (IED) disminuyó por segundo año consecutivo en 2024, alcanzando su nivel más bajo en nueve años. Evidentemente, esta tendencia no se revertirá si Europa procede con la confiscación de facto de los fondos rusos congelados.

Los precios de la energía también subirán tras la decisión de Bruselas el mes pasado de prohibir por completo las importaciones de gas y petróleo rusos a partir del 1 de enero de 2028. Esta medida también infringió las normas, ya que, mediante una maniobra pseudolegal, se eliminó el requisito de unanimidad en favor de la mayoría cualificada. Esta maniobra neutralizó la firme oposición de países como Hungría y Eslovaquia.

La apoteosis de la clase dirigente europea alcanzó su punto álgido en la gestión de las relaciones transatlánticas tras el regreso de Trump a la Casa Blanca. El hecho más curioso se relaciona con otro factor citado en el artículo de Euractiv como obstáculo para el crecimiento económico del continente: los aranceles impuestos por Trump a los productos europeos. Europa acabó aceptando los dictados de la Casa Blanca, perjudicando a sus empresas exportadoras en un intento de mantener a la administración republicana vinculada al proyecto ucraniano.

Más allá de simplemente negarse a negociar la reducción o eliminación de aranceles, Europa accedió a importar gas estadounidense a precios exorbitantes, con la esperanza de que Trump mantuviera la misma postura que su predecesor respecto a la guerra contra Rusia. El resultado, sin embargo, fue otro desastre. El presidente estadounidense ignoró repetidamente a Bruselas en las negociaciones con Moscú y, finalmente, decidió no suspender por completo la transferencia de armas a Kiev solo con la condición de que Europa asumiera los costos, obligándola así a cometer otro suicidio político: comprar a productores estadounidenses lo que necesita para intentar mantener a flote el régimen de Zelensky."

( Mario Lombardo , El viejo Topo, 14/11/25, Fuente: Altrenotizie)

6.11.25

El gran estancamiento económico europeo... En el año 2000, la Unión Europea estaba casi a la par con Estados Unidos. Veinticinco años después, acumula un retraso en todos los ámbitos económicos... Tras descubrir su dependencia de los bienes esenciales durante la pandemia y su falta de soberanía energética y militar con la guerra en Ucrania, los dirigentes europeos constatan con temor que Europa se encuentra en una situación de «vasallaje económico y tecnológico», con el riesgo de un declive económico irreversible... un empobrecimiento generalizado alimenta el malestar político, social y societal que mina a todos los países europeos... No era inevitable que Europa perdiera el giro tecnológico e industrial de principios del siglo XXI... En lugar de instaurar una cooperación entre los Estados, como se había hecho en el marco del primer tratado europeo del carbón y el acero o la política agrícola común anterior a 1992, la Comisión Europea y los principales dirigentes del continente decidieron confiar en «la mano invisible del mercado».... Se inició una lucha de todos contra todos: cada país intentaba atraer mano de obra y capitales mediante la competencia social, jurídica y fiscal... Al mismo tiempo, la Comisión exigía la renuncia a toda política industrial, a toda planificación, incluso en ámbitos tan estratégicos como la energía o la defensa, y a toda ayuda pública. Francia pagó un alto precio por esta decisión política. De la noche a la mañana, gran parte de su aparato productivo, que se beneficiaba del efecto impulsor de estas empresas públicas, tanto en términos de investigación como de pedidos, se vio privado de estos apoyos. El mismo fenómeno se produjo en otros países europeos, incluida Alemania: todos los ecosistemas existentes fueron destruidos, sin que nada tomara el relevo a nivel europeo... además la sobrevaloración del euro con respecto al sistema productivo provoca un aumento de las importaciones y una caída de la producción interna y las exportaciones... con la moneda única, es imposible devaluar. El ajuste monetario solo puede realizarse mediante devaluaciones internas, destinadas a reducir el gasto público, el gasto social y el coste laboral. En resumen, atacar el Estado social que era «uno de los fundamentos de la identidad europea»... A falta de dinamismo económico y de demanda interna, Europa se convierte en exportadora neta de capitales... la Comisión Europea, pasando por alto todos sus compromisos climáticos, está dispuesta a firmar acuerdos de libre comercio con la India, Vietnam y, si es necesario, con todo el mundo, lo que refuerza una competencia mortal para muchos sectores económicos. Todas las ambiciones y promesas que presidieron la construcción europea parecen haberse evaporado (Martine Orange)

 "En el año 2000, la Unión Europea estaba casi a la par con Estados Unidos. Veinticinco años después, acumula un retraso cada vez más pronunciado en todos los ámbitos económicos. Esta caída está relacionada con las decisiones políticas y económicas de un continente que ha renunciado a toda ambición para dejarse guiar únicamente por las fuerzas del mercado.

La imagen sin duda quedará grabada en la memoria. Para muchos europeos, la foto de Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, sonriendo a Donald Trump tras aceptar, a finales de agosto, un acuerdo comercial totalmente desequilibrado, constituirá durante mucho tiempo el momento de la humillación europea.     

Todo lo que intuían, y a veces temían desde hacía muchos años, se materializaba ante sus ojos: la Unión Europea, que se veía y soñaba a sí misma como una potencia, resultaba ser una agrupación de países sin poder geopolítico y económico real, atrapada entre los dictados estadounidenses y los apetitos chinos.      

Tras descubrir su dependencia de los bienes esenciales durante la pandemia y su falta de soberanía energética y militar con la guerra en Ucrania, los dirigentes europeos constatan con temor que Europa se encuentra en una situación de «vasallaje económico y tecnológico», con el riesgo de un declive económico irreversible.

El temor a un estancamiento europeo no es nuevo. Mucho antes de que los informes Draghi y Letta de 2024 dieran la voz de alarma sobre los riesgos de declive del Viejo Continente, economistas de todos los ámbitos se mostraban preocupados por el lento deterioro de las economías europeas.

Mientras que a principios de la década de 2000 Europa estaba casi a la par con Estados Unidos, ahora está perdiendo terreno en todos los ámbitos. Crecimiento, productividad, tecnologías, innovación, inversiones, investigación científica... Con la excepción de la esperanza de vida, los veintisiete países de la Unión muestran una brecha cada vez mayor con respecto a Estados Unidos, especialmente los Estados que comparten la moneda única.

«La zona euro ha visto disminuir su renta per cápita [en paridad de poder adquisitivo] del 85 % del nivel de Estados Unidos en 2000 al 78 % en 2022», señala un nuevo estudio del Observatorio Francés de Coyuntura Económica (OFCE), publicado en septiembre. El desprendimiento de las cuatro principales economías europeas es especialmente evidente. En el caso de Alemania, el retroceso con respecto a Estados Unidos es de casi 6 puntos, en el de España —que parte de un nivel más bajo— de 8 puntos, en el de Francia de 10 puntos y en el de Italia de más de 20 puntos.

Sin duda, la brecha se ha acentuado aún más en los últimos tres años, marcados por la subida de los precios de la energía, el repentino aumento de la inflación, las tensiones geopolíticas y la caída del comercio mundial, que ha adquirido tintes de guerra comercial. Todos estos factores afectan de lleno al motor económico europeo.

Alemania, motor de Europa que durante mucho tiempo ha permitido ocultar las deficiencias acumuladas del continente, ofrece por sí sola una imagen clínica del estado de Europa. Tras dos años de recesión (2023-2024), espera registrar un «maravilloso» crecimiento del 0,2 % este año. Todo su modelo, basado en una industria fuerte, exportaciones masivas y superávits colosales, se tambalea. En agosto, la producción industrial alemana recuperó su volumen de 2005. Más de tres millones de alemanes están en paro, el nivel más alto desde la crisis de la zona euro.

Los dirigentes europeos que han fingido ignorar estas realidades durante años difícilmente pueden seguir negándolas... Este empobrecimiento generalizado alimenta el malestar político, social y societal que mina a todos los países europeos. Contrariamente a los compromisos adquiridos en el momento de la firma del Tratado de Lisboa en 2000, la Unión Europea no ha sabido construir un continente «de paz» y « de prosperidad».

Una pérdida estructural de productividad

Un indicador ilustra una de las causas profundas de la pérdida de competitividad estructural de la economía europea con respecto a Estados Unidos: la productividad. En 2000, Alemania, Francia e Italia registraban resultados comparables a los de Estados Unidos en términos de productividad por hora. «En 2023, la brecha de productividad entre Alemania y Estados Unidos se había ampliado en un 10 %, con Francia en un 14 % e Italia en un 28 %», recuerda un estudio del Banco de Francia de febrero de 2025.

Por su parte, la OFCE señala que la pérdida de competitividad de Francia con respecto a Estados Unidos no se debe ni al volumen o al coste del trabajo, ni a la desindustrialización —Estados Unidos ha experimentado una hemorragia comparable a la de Francia—, sino a la falta de innovación, investigación, inversión, desarrollo e implantación de tecnologías de futuro.

Mientras que Estados Unidos y China han emprendido una feroz lucha para imponerse como líderes de la nueva revolución tecnológica digital y de la inteligencia artificial, Europa está prácticamente ausente de este nuevo campo de batalla. Solo cuenta con dos grupos de talla mundial, la alemana SAP en el sector del software y la holandesa ASML, especializada en micrograbados de semiconductores.

Pero también se encuentra al margen en el desarrollo de la computación cuántica, el espacio y las telecomunicaciones, la defensa y la ciberseguridad. El único ámbito en el que lleva cierta ventaja es el desarrollo de las energías renovables. Ironía del destino: bajo la presión de los gobiernos populistas europeos, la Comisión Europea está cuestionando sus políticas de apoyo y enturbiando el futuro de todo el sector.

En la mano invisible del mercado

No era inevitable que Europa perdiera por tanto el giro tecnológico e industrial de principios del siglo XXI. Cuando los Estados miembros lanzaron el mercado único en 1993, la Unión Europea contaba con cinco grupos de telecomunicaciones de talla mundial (Alcatel, Nokia, Ericsson, Siemens y Philips). Europa ocupaba una posición tan destacada en este sector que logró imponer su norma, el GSM, para la segunda generación de telecomunicaciones móviles. En muchos países europeos, y en particular en Francia, las infraestructuras de telecomunicaciones se encuentran entre las más desarrolladas del mundo, lo que permite una rápida difusión del uso de Internet.

Aunque Europa ya acumula un cierto retraso en informática, es capaz de producir innovaciones importantes, como la tarjeta inteligente desarrollada en Francia o la robótica en Alemania. Mantiene su posición en el sector espacial y ya está a la par con Estados Unidos en aeronáutica gracias a Airbus. En transporte ferroviario y automovilístico, supera con creces a Estados Unidos, siendo Japón su verdadero competidor.

Pero entonces todo se estancó.

Las decisiones políticas e ideológicas que presidieron la construcción de Europa tienen un gran peso en esta evolución. Los padres fundadores de la Unión —Monnet, Schuman, Adenauer, De Gasperi, Spaak— nunca ocultaron su adhesión al pensamiento liberal de la escuela austriaca de economía. Con el triunfo del reaganismo y el thatcherismo, el neoliberalismo se impuso en todas las políticas europeas.

En lugar de instaurar una cooperación entre los Estados, como se había hecho en el marco del primer tratado europeo del carbón y el acero o la política agrícola común anterior a 1992, la Comisión Europea y los principales dirigentes del continente decidieron confiar en «la mano invisible del mercado». La competencia «libre y sin distorsiones» en un mercado único supuestamente completamente desregulado iba a dibujar, mucho mejor que la política, el futuro del continente.

Se inició una lucha de todos contra todos: cada país intentaba atraer mano de obra y capitales mediante la competencia social, jurídica y fiscal. En este juego, Luxemburgo, Irlanda y los Países Bajos fueron los grandes ganadores, sin que la Comisión Europea encontrara nada que objetar a la existencia de estos paraísos fiscales y jurídicos en el corazón mismo del mercado único. Al mismo tiempo, la Comisión, basándose en las normas de competencia para afianzar su poder frente a los Estados, exigía la renuncia a toda política industrial, a toda planificación, incluso en ámbitos tan estratégicos como la energía o la defensa, y a toda ayuda pública.

Francia pagó un alto precio por esta decisión política. De la noche a la mañana, gran parte de su aparato productivo, que se beneficiaba del efecto impulsor de estas empresas públicas, tanto en términos de investigación como de pedidos, se vio privado de estos apoyos. El mismo fenómeno se produjo en otros países europeos, incluida Alemania: todos los ecosistemas existentes fueron destruidos, sin que nada tomara el relevo a nivel europeo.

El impacto del euro

Los responsables europeos nunca se detienen en este tema, ya que ensombrece lo que consideran el gran éxito de la construcción europea: el euro. Sin embargo, la creación de la moneda única tiene su reverso: el agravamiento de los desequilibrios económicos internos de la zona.

Decididos a imponer la moneda única como una divisa fuerte, capaz de competir desde el primer día con el dólar, los responsables europeos optaron por fijar una paridad elevada, cercana a la del marco alemán. Para muchos otros países europeos, empezando por toda Europa meridional, pero también Italia y Francia, esto suponía una clara sobrevaloración en relación con su sistema económico y productivo.

A los economistas que entonces se mostraban preocupados por estas distorsiones monetarias, los responsables europeos respondieron que la moneda única, junto con el mercado único, permitiría la convergencia de las economías europeas. Pero en aquel momento no se tomó ninguna medida compensatoria a nivel europeo para atenuar este choque monetario.

Las leyes monetarias son implacables: la sobrevaloración monetaria con respecto al sistema productivo provoca un aumento de las importaciones y una caída de la producción interna y las exportaciones. A lo largo del siglo XX, los países europeos, y en particular Francia e Italia, recurrieron a importantes devaluaciones para mantener su competitividad y restablecer el equilibrio de su balanza comercial y de pagos.

Pero con la moneda única, es imposible devaluar. El ajuste monetario solo puede realizarse mediante devaluaciones internas, destinadas a reducir el gasto público, el gasto social y el coste laboral. En resumen, atacar ese Estado social que es «uno de los fundamentos de la identidad europea», como recuerda Sébastien Bock, uno de los autores del estudio del OFCE.

Los efectos nocivos de la competitividad en términos de costes

La presión es aún mayor si se tiene en cuenta que, al mismo tiempo, en 2001, China se convierte en miembro de la Organización Mundial del Comercio (OMC) y entra en el comercio mundial. Europa, atraída por este mercado de más de 1500 millones de habitantes, abre sus puertas a las importaciones chinas de bajo coste, sin poner en marcha ninguna medida para proteger su economía de una competencia distorsionada por la inexistencia de normas sociales y medioambientales, tan convencida está de que puede mantener su ventaja tecnológica frente a China.

La competitividad en términos de costes, que ya era la norma desde la creación del mercado único, se convierte en la regla de oro de toda Europa: hay que reducir a toda costa los costes de producción, comprimir la demanda interna para alimentar la máquina exportadora y ganar cuota de mercado en todo el mundo.

A partir de 2003, Alemania da el pistoletazo de salida con las leyes Hartz, que desmantelan sectores enteros de su protección social. Todos los demás comienzan a seguir el mismo camino con mayor o menor entusiasmo. Francia, por su parte, acelera su desindustrialización, ya en marcha desde la década de 1990, en busca de países con bajos costes.

Bajo la presión de los mercados financieros, que exigen cada vez más rendimiento, los grandes grupos de toda Europa optan por la renta: mantienen sus especializaciones en sectores maduros que dominan. Reducen drásticamente sus esfuerzos en investigación y desarrollo, ya que consideran mucho más rentable comprar los descubrimientos de las empresas emergentes, como en el sector farmacéutico, o confiar estas tareas a sus subcontratistas, a los que al mismo tiempo se les pide que reduzcan sus costes y márgenes, como en el caso de los fabricantes de automóviles o Airbus.

Los estragos de la austeridad

El retroceso científico, tecnológico e industrial de Europa se consolida. Pero el descolgamiento se hace realmente evidente a partir de 2010, con la crisis del euro.

Con la crisis financiera de 2008, afloran todos los desequilibrios internos del mercado interior: lejos de converger, como habían predicho los responsables europeos, las economías europeas no han dejado de divergir en pocos años. El sur de Europa registra una brecha cada vez mayor con respecto al norte. La fragmentación de la zona del euro amenaza con hacer estallar toda la construcción europea.

Bajo la presión de Berlín y sus aliados, los dirigentes europeos optan por la única política que les parece adecuada: la austeridad. Sin llegar a las destructivas medidas impuestas a Grecia, todos los Estados miembros se suman al ordoliberalismo. Ahora solo les interesa el déficit cero, las «reformas estructurales» que destrozan el Estado social (sanidad, desempleo, trabajo, jubilación), las reducciones generalizadas de las «cargas» de las empresas, y los países miembros se niegan por principio a aplicar la más mínima política específica.

El «dinero mágico» distribuido por el Banco Central Europeo (BCE), que podría haber sido un instrumento para reactivar la máquina económica, es captado esencialmente por la esfera financiera, lo que agrava las distorsiones relacionadas con el capitalismo financiero: la riqueza financiera se vuelve dominante en relación con la riqueza producida, lo que aumenta las desigualdades y el declive de las clases medias. Por primera vez, la tasa de pobreza vuelve a aumentar en toda Europa: casi el 25 % de la población europea se ve afectada en 2014. A partir de entonces, solo descenderá modestamente.

A falta de dinamismo económico y de demanda interna, Europa se convierte en exportadora neta de capitales: a partir de 2012, unos 200 000 millones de euros se destinan cada año a Estados Unidos. Pero Europa también exporta a sus investigadores, ingenieros y empresarios, algunos de los cuales se incorporan a Silicon Valley.

Mientras los Gobiernos estadounidense y chino impulsan todas las tecnologías innovadoras, Europa pierde terreno, ya sea en materia industrial, de infraestructuras estratégicas, de salud, de tecnología digital o de propiedad intelectual. Desde 2010, el crecimiento medio de la zona euro (excluyendo el periodo de la COVID y la recuperación) oscila penosamente entre el 1 % y el 1,5 %, frente al 2,5 %-3 % de Estados Unidos. En el caso de Italia, la situación es aún más grave: desde 2000, el país ha encadenado ciclos de recesión y estancamiento, alcanzando apenas el 1 % en los mejores años.

Y aunque Europa ha vuelto a crear empleo, a menudo se trata de puestos de trabajo precarios, con bajo valor añadido, lo que contribuye a agravar la ruptura económica de Europa. «El modelo de competitividad-coste ya no es sostenible», afirma Sébastien Bock. El retraso es tecnológico. Es una cuestión de soberanía europea, de competitividad a largo plazo. »

El mismo software

A juzgar por sus declaraciones, los dirigentes europeos comparten ahora la misma conclusión: la Unión Europea debe recuperarse. Al igual que Estados Unidos y China, debe invertir, aplicar políticas industriales en los ámbitos considerados estratégicos (energía, defensa, salud, tecnología digital) y apoyar a los actores europeos.

Sin embargo, más de un año después del informe Draghi, presentado como una biblia por los representantes europeos, no ha pasado nada. Ante la creciente contestación desde su reelección, la presidenta de la Comisión Europea parece incapaz de articular un proyecto coherente. La Unión sigue basándose en el mismo programa que antes. Apelar al mercado único de capitales, renunciar a la esencial reforma del mercado europeo de la energía e incluso construir de esta manera una Europa de la defensa: todo ello se basa en las mismas creencias en las fuerzas organizadoras del mercado y en la virtud de la competencia.

Desestabilizada por la guerra comercial iniciada por Trump, Europa quiere creer que el «comercio suave» sigue siendo válido en el resto del mundo. Tras el Mercosur, la Comisión Europea, pasando por alto todos sus compromisos climáticos, está dispuesta a firmar acuerdos de libre comercio con la India, Vietnam y, si es necesario, con todo el mundo, lo que refuerza una competencia mortal para muchos sectores económicos.

Todas las ambiciones y promesas que presidieron la construcción europea parecen haberse evaporado. La Unión Europea acaba reduciéndose a un gran mercado, zarandeado por todos los vientos, que ha renunciado a tomar las riendas de su destino y del futuro de sus pueblos." 

(Martine Orange ,  Sin Permiso, 26/10/25)