2.2.26

Es la enésima vez que este enunciado se repite: Europa se levanta y por fin se pone manos a la obra. Pero lo cierto es que Europa carece de poder para confrontar con EEUU.... La Unión no es más que un mercado grande que depende para su energía, sus finanzas, su defensa y su tecnología de EEUU. Esa es la verdad última que las élites europeas no quieren reconocerse, por lo que continúan hablando de los valores europeos, y de parar a Trump. La cuestión es que si Trump saliera de la Casa Blanca, no cambiarían demasiado las condiciones... Lo que se ha transformado es EEUU y, en consecuencia, el tablero geopolítico, comercial y tecnológico mundial. Reconocer esta verdad incómoda (y enunciarla no tiene premio) sería la condición de posibilidad para trabajar en la dirección de reducir las dependencias. Firmar un tratado con la India para vender automóviles de gasolina en el país asiático no es reducir la dependencia... las élites occidentales, y en especial las europeas, ya no quieren escuchar. Desean permanecer en un mundo confortable... si hay una realidad que las élites no quieren escuchar es la relacionada con el nivel de vida de sus ciudadanos y las consecuencias políticas que acarrea... Esta es una verdad incómoda para las élites europeas. Los caminos de salida para combatir a Trump y defender la democracia pasan por impulsar un crecimiento económico que mejore el nivel de vida de los ciudadanos (Esteban Hernández)

"Izabella Kaminska, una periodista que trabajó durante 13 años en el diario Financial Times, donde fue reportera y editora de FT Alphaville, ha descrito algunas realidades incómodas en un post de la red social X. Afectan a su antigua empresa, pero también al resto de la prensa. No obstante, es un asunto que excede con mucho a los medios de comunicación.

Kaminska subraya en su texto algunos cambios que han tenido lugar en un sector que debe afrontar demasiados inconvenientes (descenso en la aceptación social, menor influencia en los debates, superación de su influencia a través de las redes, captación de sus recursos por parte de las tecnológicas), pero que continúa gozando de una presencia pública relevante. Y más aún en el caso del ‘Financial Times’, un diario especializado en economía y dirigido a un sector elitista de la sociedad.

FT basaba su prestigio en la posición social y profesional de su lector, y su objetivo era producir información para un grupo de población específico. Con el salto a la digitalización, tuvo acceso a audiencias mayores, que quiso incrementar con los instrumentos típicos de la época: titulares atractivos aunque cayeran en el clickbait, un tratamiento de los textos que ampliara audiencia y una elección de temas que contribuyera a ese propósito. Kaminska entiende que ese cambio en el modelo de negocio apartó al medio de su camino original, el que le había proporcionado el éxito: proporcionar información a la élite.

El aumento de audiencia tenía que ver con un propósito fundamental, aumentar el número de suscriptores. FT es un periódico leído en numerosos lugares del mundo, por lo que contaba con un enorme caudal de crecimiento respecto de la época en que solo se publicaba en papel. Había que aprovechar ese mercado latente.

"Decirles a los lectores lo que no quieren oír mata clics y provoca cancelaciones de suscripciones"

La presión para los redactores no vino únicamente de los cambios en los titulares o en la forma de redacción de noticias, sino desde el deseo de retener a los suscriptores. Estos pagan demasiado a menudo por encontrarse con perspectivas que encajan en su visión del mundo o por leer lo que a ellos les gustaría escribir. En palabras de Kaminska, “decirles a los lectores lo que no quieren oír mata clics y provoca cancelaciones de suscripciones. Así que, o intentas ser todo para todos y aun así terminas molestando a todo el mundo (es decir, te conviertes en la BBC), o redoblas la apuesta por la audiencia que sabes que te recompensará. Es decir, te conviertes en Fox News”.

La nueva propaganda

Esta es una dinámica que ha afectado a la gran mayoría de medios: cada uno de ellos busca adaptarse a un nicho de suscriptores, que cuenta con una ideología y una visión del mundo determinadas. Es una posición comercial legítima, pero que termina por cobrarse un precio, el de la desconexión con la realidad. En el caso del FT, señala Kaminska, apostó por una lectura del mundo que satisfacía a sus lectores, pero que ignoraba lo que pasaba ahí fuera. Se entendió que “el camino promercado, protecnocrático y proglobalismo estaba por encima de la política y, por lo tanto, era el camino correcto. Esto fue un error porque ignoró que la nueva política no era como la antigua, porque ya no había izquierda, derecha y mercados que funcionan como observadores neutrales, sino mercados contra populistas”. Puede parecer una realidad obvia hoy, pero se tardó mucho en constatarla porque era algo que no se quería escuchar. Ahora todavía intenta reaccionar al nuevo contexto, pero no saben cómo, salvo insistiendo en el modelo del ayer.

"Pekín entendió que debía existir una doble vía: propaganda para las masas y la verdad para las élites que pueden manejarla"

Kaminska señala el pragmatismo chino en este sentido, ya que allí el partido comunista “se dio cuenta hace mucho tiempo de que las élites deben ser expuestas a verdades incómodas, incluso si no les gustan, aunque se de forma selectiva y cautelosa. De ahí la existencia de una doble vía: propaganda para las masas, verdades para las élites que pueden manejarlas”. En occidente no existe tal cosa.

Este es el problema real. Más allá de cómo hayan evolucionado los medios de comunicación, de la nueva influencia de las redes sociales y de si la sociedad se ha polarizado o no, lo cierto es que las élites occidentales, y en especial las europeas, ya no quieren escuchar. Desean permanecer en un mundo confortable. El problema, por simbolizarlo en el campo periodístico, no es que los medios practiquen el clickbait y traten temas banales para aumentar su número de lectores entre las masas, sino que están produciendo propaganda segmentada para unas élites que quieren vivir fuera de la realidad.

El ejemplo Carney

Hay muchos ejemplos al respecto. El celebrado discurso de Mark Carney en Davos es uno de ellos. La gran acogida que tuvo entre el establishment europeo anunciaba un despertar. Había un camino para combatir a Trump, el de las alianzas de las potencias intermedias, y la Unión Europea estaba tomando nota, como se constató con Groenlandia. Las piezas se están moviendo, Europa reacciona y a Trump se le van a torcer las cosas. Es la enésima vez que este enunciado se repite: Europa se levanta y por fin se pone manos a la obra. Pero lo cierto es que Europa carece de poder para confrontar con EEUU. El asunto groenlandés se resolverá en el seno de la OTAN (justo lo que había afirmado hace más de un mes Viktor Orbán), es decir, en términos favorables a Washington. Esta semana Rutte afirmó ante el Parlamento europeo que “si alguien piensa que Europa puede defenderse sin EEUU, que siga soñando”.

Si Trump saliera de la Casa Blanca, no cambiarían demasiado las condiciones para la UE. Lo que se ha transformado es EEUU

La Unión no es más que un mercado grande que depende para su energía, sus finanzas, su defensa y su tecnología de EEUU. Esa es la verdad última que las élites europeas no quieren reconocerse, por lo que continúan hablando de los values europeos, del realismo basado en valores de Carney, y de parar a Trump. La cuestión es que si Trump saliera de la Casa Blanca, no cambiarían demasiado las condiciones. Ocurrió con Biden. Lo que se ha transformado es EEUU y, en consecuencia, el tablero geopolítico, comercial y tecnológico mundial. Reconocer esta verdad incómoda (y enunciarla no tiene premio) sería la condición de posibilidad para trabajar en la dirección de reducir las dependencias. Firmar un tratado con la India para vender automóviles de gasolina en el país asiático no es reducir la dependencia.

Lo que es aplicable a Europa lo es también a Canadá. Su capacidad para desafiar a EEUU es muy limitada. Tiene algunas fortalezas, como sus recursos energéticos, pero no puede dar grandes pasos en la dirección de alejarse de Washington. Está en la esfera estadounidense, y ahora más que nunca, dados los cambios en el Ártico. Solo una fuerza militar poderosa le podría conceder un ámbito de actuación propio, y carece de ella. Hay tentaciones secesionistas en Quebec y en Alberta, lo que significa que es un Estado débil en su unidad interna, y que es susceptible a las presiones exteriores. Carney puede jugar una serie de bazas, y puede hacerlas valer en la mesa de negociación, pero su alcance es limitado. Como bien afirmó, la integración económica es un arma, y quien puede dispararla es EEUU, ya que el tratado de libre comercio entre Canadá, México y EEUU sigue en vigor.

Trump y el fin de mes

Sin embargo, si hay una realidad que las élites no quieren escuchar es la relacionada con el nivel de vida de sus ciudadanos y las consecuencias políticas que acarrea. Cuando Carney se convirtió en candidato del partido liberal canadiense, los conservadores, encabezados por Pierre Poilievre, tenían muchas opciones de llegar al gobierno. La cercanía de Poilievre con Trump provocó un giro, y los canadienses votaron en términos nacionalistas: había que defender su país de la altivez y las ansias de conquista de Trump. En algunos estados europeos ha ocurrido igual, y las presiones de los trumpistas han conseguido que los electorados reaccionen en su contra. Europa contra Trump parece el marco político del futuro. Pero Canadá se ha visto frenada económicamente, hay despidos en las industrias del automóvil, del acero y del aluminio, y los costes de la vida, comenzando por los alimentos, continúan aumentando. El ministro Marc Miller ha asegurado que debían "centrarse en el fin del mundo, pero también en el fin de mes". Situarse frente a Trump permitió a Carney llegar al poder, que sus ciudadanos vivan peor le puede sacar de él. Y lo mismo le ocurre al presidente estadounidense: los votos que le hacían falta para ganar a Harris se los dieron los trabajadores de EEUU que aspiran a una vida mejor. Si no se cumplen sus promesas, irán hacia el otro lado del espectro político.

Esta es una verdad incómoda para las élites europeas. Los caminos de salida para combatir a Trump y defender la democracia pasan por impulsar un crecimiento económico que no mejora el nivel de vida de los ciudadanos. Esa ha sido la constante de los últimos años occidentales, al menos desde la crisis, y en ella se insiste. Es la hora de las reformas dolorosas y, una vez más, el FT marca el camino."

(Esteban Hernández  , El Confidencial, 02/02/26) 

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