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19.7.26

Toda la Sierra Norte de Guadalajara completamente arrasada. 13.000 hectáreas calcinadas. 21 municipios evacuados. 800 personas desplazadas…todo porque un puñado de imbéciles azuzados por Vox y la patronal agraria tenían que sacar la cosechadora a las dos de la tarde, a 40 grados y con viento por sus santos cojones (Víctor Egío)

Víctor Egío @EgioVictor

Toda la Sierra Norte de Guadalajara completamente arrasada. 13.000 hectáreas calcinadas. 21 municipios evacuados. 800 personas desplazadas…todo porque un puñado de imbéciles azuzados por Vox y la patronal agraria tenían que sacar la cosechadora a las dos de la tarde, a 40 grados y con viento por sus santos cojones.

Vídeo: https://x.com/EgioVictor/status/2078802365545595017/video/1 

 Así protestaban 24 horas antes del incendio contra las medidas para prevenir incendios de la Junta de Castilla-La Mancha. Ojalá se les caiga el pelo a todos. 

Hasta los cojones de esta panda de inútiles que utiliza a los agricultores para arañar cuatro votos. Un verdadero agricultor no quema su tierra. Nadie está criminalizando al campo. Trabajar la tierra no es un crimen. El crimen es el negacionismo, la maldad y la manipulación de la ultraderecha.

1:21 p. m. · 19 jul. 2026 ·77,6 mil Visualizaciones

15.7.26

La rápida transición para abandonar los combustibles fósiles era central para el programa, pero el Green New Deal original del Reino Unido siempre se preocupó igualmente por reformar las finanzas, redirigir los ahorros, reconstruir la infraestructura pública y crear empleo seguro y bien remunerado. Estos componentes estuvieron presentes desde el principio y son inseparables de la agenda ambiental... el cambio climático requiere una inversión pública a gran escala. Mis estimaciones sitúan el gasto anual requerido para el Reino Unido en un mínimo de cincuenta mil millones de libras... para eso, la banca especulativa debía ser restringida, que las instituciones financieras más grandes debían ser divididas y que el crédito debía redirigirse desde la especulación improductiva de activos hacia la inversión productiva, verde y a largo plazo... Cuando los bancos centrales crearon cientos de miles de millones de libras para rescatar a los bancos en quiebra tras la crisis de 2008, demostraron sin lugar a dudas que los gobiernos pueden crear dinero en la escala requerida para enfrentar una crisis sistémica. He argumentado que esa misma capacidad debería dirigirse ahora a evitar el colapso climático en lugar de a subsidiar los balances del sector financiero... Al Green New Deal nunca le ha faltado una respuesta a la pregunta de cómo se pagaría. Puede redirigir ahorros que actualmente hacen poco más que inflar el precio de los activos que ya poseemos. Y puede usar los impuestos para sus fines apropiados. Lo que ha faltado no es dinero. Ha sido la voluntad política para decirlo claramente... el colapso climático, la inestabilidad financiera, la desigualdad y la inseguridad económica no son cuatro problemas separados, sino cuatro caras del mismo fallo sistémico. Cualquier programa que aborde uno de ellos ignorando los demás se quedará corto. En su mejor expresión, el Green New Deal fue una estrategia completa para reestructurar una economía rota, y ese sigue siendo precisamente el tipo de pensamiento que este momento requiere (Richard Murphy)

"Mi opinión sobre… El Green New Deal

Esta entrada forma parte de una serie en curso en la que expongo mis opiniones sobre temas importantes de economía, economía política, política, fiscalidad y contabilidad. Debe leerse en ese contexto. Ofrece una visión general de una postura que he desarrollado a lo largo de muchos años de escritura y análisis, en lugar de un tratamiento exhaustivo del tema. Si desea explorar estas ideas con más detalle, la lista de lecturas al final de esta entrada es un buen punto de partida.

La serie completa "Mi opinión sobre" está disponible aquí.

Introducción

Fui uno de los cofundadores del Green New Deal, un hecho que me sitúa en el centro de un proyecto político y económico anterior en más de una década a la versión estadounidense más conocida.

El Grupo original del Green New Deal del Reino Unido comenzó su trabajo en 2007 y 2008, y el primer informe del Grupo se publicó en julio de 2008, varios meses antes de que el colapso de Lehman Brothers pusiera de rodillas al sistema financiero mundial. Ese momento no fue una coincidencia. Mis colegas del Grupo y yo ya habíamos identificado, incluso antes de que llegara la crisis, que tres crisis estaban convergiendo a la vez:

- un colapso financiero inminente impulsado por la banca imprudente,

- una aceleración de la descomposición del clima, y

- una creciente inseguridad en el suministro energético.

El Green New Deal fue nuestro intento de responder a las tres al mismo tiempo.

En lo que sigue quiero explicar de dónde surgió el Green New Deal y por qué nunca fue simplemente una política ambiental, exponer la escala de inversión que requiere y los mecanismos a través de los cuales se puede financiar esa inversión, para luego abordar por qué nuestra política convencional ha fracasado tan sistemáticamente a la hora de actuar al respecto.

Un programa nacido de la crisis

Este contexto fundacional es enormemente importante para entender cómo he pensado siempre sobre el proyecto.

Desde el principio, el Green New Deal no fue una política ambiental con algunos añadidos económicos. Fue un programa para la reestructuración integral de un modelo económico fallido, cuya lógica interna producía desigualdad, ruina ambiental e inestabilidad financiera al mismo tiempo.

Como he escrito sistemáticamente a lo largo de los años, no se puede abordar ninguno de esos fallos de forma aislada, porque comparten raíces comunes en el mismo sistema de capitalismo financiarizado y extractivo. La crisis que sobrevino a los pocos meses de nuestro primer informe fue, en ese sentido, una confirmación del análisis más que una sorpresa para el mismo.

No solo una política ambiental

Uno de los malentendidos más persistentes sobre el Green New Deal, y uno que he trabajado por corregir durante muchos años, es la suposición de que es principal o exclusivamente sobre descarbonización. No lo es. La rápida transición para abandonar los combustibles fósiles era central para el programa, pero el Green New Deal original del Reino Unido siempre se preocupó igualmente por reformar las finanzas, redirigir los ahorros, reconstruir la infraestructura pública y crear empleo seguro y bien remunerado. Estos componentes estuvieron presentes desde el principio y son inseparables de la agenda ambiental.

En mi opinión, el colapso climático está directamente vinculado con la inestabilidad financiera, la creciente desigualdad, la vivienda precaria, la débil infraestructura pública, el empleo inseguro, el declive regional y el dominio del capitalismo extractivo sobre la inversión productiva. Estos no son problemas separados que simplemente coexisten. Son expresiones de la misma disfunción subyacente, y cualquier programa político serio debe abordarlos conjuntamente. Versiones posteriores del Green New Deal, particularmente algunas de las que surgieron en Estados Unidos, a menudo diluyeron esta visión integrada hasta convertirla en poco más que una marca para el gasto climático. Siempre he considerado eso como un retroceso respecto a la ambición original y un debilitamiento real del argumento intelectual.

Inversión pública a gran escala

El Green New Deal, tal como lo he desarrollado a lo largo de más de quince años de escritura y defensa, requiere una inversión pública a gran escala. Mis estimaciones, coherentes en un amplio cuerpo de trabajo, sitúan el gasto anual requerido para el Reino Unido en un mínimo de cincuenta mil millones de libras, pudiendo el programa completo ser considerablemente mayor. La investigación de la New Economics Foundation y del propio Grupo del Green New Deal identificó que descarbonizar edificios, reconstruir sistemas de transporte y construir infraestructura baja en carbono podría requerir hasta ciento diecisiete mil millones de libras al año hasta 2030.

Siempre he sido impaciente con la objeción de que tales sumas son inasequibles, porque esa objeción malinterpreta completamente la naturaleza de las finanzas gubernamentales. Un gobierno que emite su propia moneda, como el nuestro, no está limitado de la misma manera que un hogar o una empresa. Crea el dinero que gasta en el momento de gastarlo, y los impuestos no financian ese gasto. Los impuestos existen para controlar la inflación y para moldear la distribución del ingreso y la riqueza, no para recolectar el dinero que luego usa el gobierno. La verdadera pregunta, por lo tanto, nunca es si se puede encontrar el dinero, sino si los recursos reales, la mano de obra, los materiales y la experiencia, están disponibles para ponerse a trabajar. Cuando esos recursos están infrautilizados, como suele ocurrir bajo el sistema actual, la inversión pública de este tipo no solo es asequible, sino que es la respuesta económica racional. La verdadera limitación es la voluntad política, no la aritmética financiera. De ello se deduce que las reglas fiscales y los objetivos arbitrarios de endeudamiento no deberían ser los determinantes principales de si la acción climática se lleva a cabo. La idea de que un techo teórico sobre la deuda pública deba dictar el ritmo y la escala de nuestra inversión en la supervivencia económica es, en mi opinión, un error categorial de primer orden.

Reformar las finanzas

Uno de los elementos más distintivos y a menudo pasados por alto del Green New Deal original es su insistencia en la reforma financiera. El informe de 2008 argumentaba explícitamente que la banca especulativa debía ser restringida, que las instituciones financieras más grandes debían ser divididas y que el crédito debía redirigirse desde la especulación improductiva de activos hacia la inversión productiva, verde y a largo plazo. Esto era una crítica del capitalismo financiarizado tanto como una política climática, y he continuado desarrollando ese argumento en mis escritos desde entonces.

El mercado de valores y la especulación del suelo, en mi opinión, funcionan en su mayor parte como esquemas Ponzi que no crean nueva capacidad productiva y no aportan valor social adicional. Las vastas cantidades de capital que circulan sin cesar a través de la compra de acciones de segunda mano y propiedades de segunda mano representan una colosal mala asignación de los recursos de nuestra sociedad. Corregir esa mala asignación importa tanto para el Green New Deal como construir infraestructura de energía renovable, porque los mismos ahorros que actualmente inflan el precio de los activos que ya poseemos podrían estar construyendo los activos que necesitamos urgentemente.

Redirigir los ahorros y crear dinero

Una parte sustancial de mi propia contribución al Green New Deal ha sido el trabajo sobre los mecanismos de financiación, y he argumentado sistemáticamente que la cuestión de cómo pagar la transición, a menudo planteada como una trampa retórica diseñada para sugerir que no se puede hacer, tiene varias respuestas claras.

La primera, y la más innovadora, es la flexibilización cuantitativa verde. Mi colega de Finance for the Future, Colin Hines, y yo estuvimos entre los primeros defensores de dirigir la creación de dinero hacia la inversión ambiental productiva en lugar de hacia la inflación de los precios de los activos. Cuando los bancos centrales crearon cientos de miles de millones de libras para rescatar a los bancos en quiebra tras la crisis de 2008, demostraron sin lugar a dudas que los gobiernos pueden crear dinero en la escala requerida para enfrentar una crisis sistémica. He argumentado, persistentemente, que esa misma capacidad debería dirigirse ahora a evitar el colapso climático en lugar de a subsidiar los balances del sector financiero.

El segundo mecanismo implica reformar las desgravaciones fiscales otorgadas a los ahorros. Mi análisis muestra que alrededor del 80 por ciento de la riqueza financiera del Reino Unido se mantiene en activos con ventajas fiscales, principalmente fondos de pensiones e ISAs, todos los cuales reciben un sustancial subsidio público en forma de desgravación fiscal. Mi propuesta es que las condiciones asociadas a esas desgravaciones deberían cambiarse para que una parte de las nuevas contribuciones deba dirigirse a inversiones que financien el Green New Deal, es decir, edificios energéticamente eficientes, infraestructura renovable, vivienda social y los bienes públicos que las acompañan. Mi análisis de 2023 sugirió que la reforma de la desgravación fiscal de las pensiones por sí sola podría liberar alrededor de treinta y cinco mil millones de libras al año para inversiones de este tipo, y la reforma de las ISA en líneas similares podría desbloquear una suma mucho mayor. Esto no es un nuevo impuesto. Se trata de adjuntar condiciones a un subsidio que el estado ya paga, exigiendo que los ahorros subsidiados se redirijan de los usos actuales, que en gran medida se relacionan con la especulación financiera, hacia el trabajo que nuestra sociedad necesita urgentemente.

En conjunto con los impuestos utilizados adecuadamente, como una herramienta de gestión de la inflación y la distribución en lugar de como una fuente de fondos, estos mecanismos constituyen lo que Colin Hines y yo hemos llamado QuEST, acrónimo en inglés de flexibilización cuantitativa, ahorros e impuestos. El objetivo de exponerlo de esa manera fue responder a la cuestión de la financiación de manera integral, y mostrar que ningún mecanismo único es esencial, porque una combinación de ellos proporciona capacidad más que suficiente para financiar la transformación requerida.

Bonos verdes y un pacto entre generaciones

Una línea asociada de mi pensamiento se refiere a los Bonos de Recuperación Verde, un instrumento que Colin Hines y yo propusimos y desarrollamos a través de varias iteraciones. La idea es sencilla. El gobierno debería emitir bonos específicamente designados para financiar la inversión del Green New Deal, ponerlos a disposición a través de ISAs y planes de pensiones, ofrecer tasas de interés genuinamente atractivas para los ahorradores y garantizarlos mediante un mecanismo análogo al Plan de Compensación de Servicios Financieros que ya protege los depósitos.

El argumento a favor de dichos bonos es en parte financiero y en parte político. Financieramente, proporcionan un flujo de financiación estable y democrático para la transición, recurriendo a la gran reserva de ahorros domésticos en lugar de dejarnos dependientes de los mercados de capital internacionales. Políticamente, enmarcan el Green New Deal como un pacto entre generaciones, en el que los ahorradores mayores invierten directamente en el futuro económico de los más jóvenes. Durante mucho tiempo he sostenido que los bonos verdes bien diseñados atraerían un enorme apoyo popular, y que el fracaso de los sucesivos gobiernos en crear uno refleja un fracaso de la imaginación política más que cualquier obstáculo técnico.

Donde la política convencional ha fracasado

He sido un crítico implacable de la insuficiencia de las respuestas políticas convencionales a la crisis climática, y el historial del Partido Laborista ha atraído mi atención particularmente. El abandono de la promesa del partido de invertir veintiocho mil millones de libras al año en inversión de capital verde, primero diluida y luego abandonada por completo antes incluso de asumir el cargo, fue un fracaso político significativo. Tratar la inversión climática como un extra opcional que se puede recortar en función de las reglas fiscales refleja un malentendido fundamental de lo que está en juego, y es exactamente el tipo de pensamiento que mi trabajo sobre financiación pretendía desalojar.

La crítica se extiende mucho más allá de esa única promesa rota. Abarca el posterior retroceso del gobierno en el apoyo a la agricultura respetuosa con la naturaleza, la insuficiencia general de la inversión verde oficial, la desviación de dinero de la energía renovable hacia proyectos nucleares cuyos costes exceden sistemáticamente sus presupuestos, y el patrón más amplio de tratar la transición hacia el cero neto como un coste a gestionar en lugar de como una oportunidad económica que aprovechar.

En mi análisis, la cuestión de si actuar no está abierta. La única cuestión que queda es si elegimos gestionar la transición en nuestros propios términos ahora, o absorber los costes mucho mayores de no hacerlo más tarde. Lo que estamos presenciando en cambio es una clase política que se ha convencido a sí misma de que el dinero no se puede encontrar, cuando la verdad es que simplemente ha decidido no buscarlo.

Las objeciones que merecen una respuesta

Hay objeciones al argumento que he expuesto aquí que merecen ser tomadas en serio, porque provienen de personas que han pensado cuidadosamente sobre estas cuestiones y no de aquellos que simplemente repiten un eslogan.

La primera, y la más persistente, es que un Green New Deal financiado mediante la creación de dinero y el redireccionamiento de los ahorros sería irresponsable, acumulando inflación o deuda que las generaciones futuras tendrían que soportar. Entiendo por qué esto tiene peso para cualquiera a quien se le haya enseñado durante décadas a pensar en las finanzas públicas en términos domésticos, donde el dinero gastado hoy tiene que ser devuelto, con intereses, mañana. Pero un gobierno emisor de moneda no es un hogar, y no puede quedarse sin el dinero que emite en su propia moneda. El riesgo real no es la insolvencia, sino la inflación, y la inflación solo surge si el gasto supera la capacidad productiva de la economía.

En esa medida, el argumento a favor de la cautela es mucho más débil de lo que suponen los críticos, porque este país tiene una capacidad sustancial infrautilizada en la construcción, en la ingeniería y en los oficios cualificados que décadas de subinversión han dejado inactivos, y muchos de los que se dedicaban a estas tareas se han visto obligados a buscar un empleo alternativo. Dirigir el gasto hacia esos sectores tiene más probabilidades de expandir nuestra base productiva que de sobrecalentarla. Donde aparezca una presión inflacionaria genuina, los impuestos están disponibles precisamente para retirar poder adquisitivo y mantener la demanda en equilibrio. Esto no es temeridad. Es el uso meditado de herramientas que un gobierno ya posee.

La segunda objeción, que se escucha más a menudo de aquellos más cercanos a la economía convencional, es que la inversión dirigida por el estado a esta escala desplaza al capital privado y asigna mal los recursos que los mercados desplegarían de otro modo más eficientemente. Esto asume que los mercados están asignando actualmente el capital de manera eficiente, y la evidencia apunta en la dirección contraria. La abrumadora mayoría de los ahorros que fluyen a través de ISAs y fondos de pensiones se utilizan para comprar acciones de segunda mano y propiedades de segunda mano, activos que ya existen, en lugar de para crear algo nuevo. Eso no es asignación eficiente; es especulación subsidiada, y no hace casi nada para agrandar la economía productiva. La dirección estatal, a través de un Banco Nacional de Inversión y mediante la reforma de los ahorros subsidiados, no es un sustituto de la inversión privada. Es lo que permite que la inversión privada siga, construyendo la infraestructura y la confianza de las que depende el capital privado antes de comprometerse.

La tercera objeción es más política que económica, y sostiene que reformar las desgravaciones fiscales de pensiones e ISA de la manera que propongo equivale a obligar a los ahorradores comunes a financiar la política gubernamental con su propio dinero de jubilación, lo deseen o no. Esta es una preocupación justa, y me la tomo en serio, porque la confianza en la provisión de pensiones importa enormemente a las personas que tienen poca otra seguridad. Pero la propuesta ni confisca ahorros ni reduce el rendimiento disponible para los ahorradores. Adjunta una condición a un subsidio público que ya le cuesta al Tesoro decenas de miles de millones de libras al año, requiriendo que una parte de las nuevas contribuciones se invierta en activos que apoyen la transición en lugar del reciclaje interminable de acciones y propiedades. Los ahorradores conservan su capital y sus rendimientos esperados. Lo que cambia es dónde se pone a trabajar el nuevo dinero, no de quién es el dinero. Frente a la alternativa, que es una transición caótica y mucho más cara forzada por el daño físico y el gasto de emergencia a posteriori, redirigir una parte de los ahorros subsidiados hacia la prevención ahora me parece una petición modesta y proporcionada en lugar de una imposición.

Conclusiones

Al Green New Deal nunca le ha faltado una respuesta a la pregunta de cómo se pagaría. Esa respuesta ha existido desde 2008, refinada y ampliada a lo largo de más de quince años de trabajo, y se basa en capacidades que cualquier gobierno emisor de moneda ya posee. Puede crear dinero a escala cuando una crisis lo exige. Puede redirigir ahorros que actualmente hacen poco más que inflar el precio de los activos que ya poseemos. Y puede usar los impuestos para sus fines apropiados, gestionar la inflación y moldear la distribución, en lugar de fingir que el impuesto es la bolsa de la que primero debe extraerse el gasto. Lo que ha faltado no es dinero. Ha sido la voluntad política para decirlo claramente.

Dejé el Grupo del Green New Deal a principios de 2025, tras lo que se convirtió en un desacuerdo irreconciliable sobre la negativa de algunos de mis antiguos colegas a reconocer la importancia de la teoría monetaria moderna para las propuestas de financiación que habíamos construido juntos. Me fui sin lamentarlo, considerando que mi contribución al proyecto original había sido sustancial y que había llegado el momento de llevar estas ideas adelante por otros medios. Mis escritos más recientes sobre el tema, incluida una entrada de glosario publicada en mayo de 2026, reflejan mi sensación de que el Green New Deal como programa político activo se ha desvanecido en gran medida del debate público, incluso cuando el análisis que lo sustenta se ha vuelto más urgente, no menos, y eso es de lamentar.

El núcleo de ese análisis, y la parte que más me preocupa que sobreviva, es el reconocimiento de que el colapso climático, la inestabilidad financiera, la desigualdad y la inseguridad económica no son cuatro problemas separados, sino cuatro caras del mismo fallo sistémico. Cualquier programa que aborde uno de ellos ignorando los demás se quedará corto. En su mejor expresión, el Green New Deal fue una estrategia completa para reestructurar una economía rota, y ese sigue siendo precisamente el tipo de pensamiento que este momento requiere. Podemos seguir pagando el precio creciente de la vacilación, o podemos aceptar que los recursos existen, los mecanismos existen, y el único obstáculo real que queda es una política que aún no está dispuesta a actuar en consecuencia. Sé por cuál de estas opciones he estado argumentando durante mi vida laboral, y no tengo la intención de parar ahora. (...)" 

(Richard Murphy, blog, 14/07/26, traducción Deep Seek, enlaces en el original)

13.7.26

Con la gente bañándose en el Canal Saint-Martin en París con temperaturas superiores a los 38 °C, en la reciente cumbre del G7, con la asistencia de siete ministros de medio ambiente, se omitió deliberadamente cualquier debate sobre la crisis del cambio climático para para asegurarse de que la delegación estadounidense no se levantara y se marchara... Luego leí que una conferencia que tenía como objetivo debatir sobre el calor extremo, parte de la Semana de Acción Climática de Londres del 20 al 28 de junio, fue cancelada porque el edificio donde se iba a celebrar estaba demasiado caliente. Sí, efectivamente... ¿Dónde está la seriedad en las altas esferas? Los 100 principales fabricantes de armas reportaron ventas por valor de 670 mil millones de dólares, otro récord... La relación entre la venta de armas y el medio ambiente es indiscutible. Los ejércitos son, con mucha diferencia, los principales destructores de nuestro entorno natural... el G-7 gasta el equivalente a una cuarta parte de esos 670.000 millones de dólares en proyectos relacionados con el cambio climático —siempre con el objetivo de promover el capitalismo de mercado al estilo del antiguo Banco Mundial y el FMI... Hay mentes brillantes dedicadas con seriedad al tema del cambio climático; no quiero parecer desdeñoso al respecto. Pero en cuanto a número y, digamos, a capacidad intelectual, no hay comparación posible entre quienes abordan la crisis climática y quienes, en el poder, la ignoran, la agravan o ambas cosas (Patrick Lawrence)

"Con la gente bañándose en el Canal Saint-Martin en París con temperaturas superiores a los 38 °C, es un buen momento para recordar a Paul Valéry y su pesar por las consecuencias mentales y espirituales que la Gran Guerra tuvo sobre Europa.  

La ola de calor en Europa, captada por esta misión Copernicus Sentinel-3 el 26 de mayo. (Agencia Espacial Europea/Wikimedia Commons/CC BY-SA 3.0 IGO) A finales de junio de la sucedido una nueva y fortísima ola de calor, y las que vendrán…

¿ Ciento cuatro grados Fahrenheit en París, un nuevo récord? Eso fue lo que leí el jueves. París, como descubrí cuando estudiaba allí hace décadas y sufría los inviernos oscuros, está latitudinalmente más al norte (aproximadamente 48,8°N) que Nueva Escocia (43,5°N – 47°N).

La ola de calor más intensa de todas tiene a los europeos en estado de shock y pánico. Hay alertas rojas en todo el continente. En las faldas de los Alpes, las temperaturas alcanzan los 35 grados. Los suizos… ¿cómo decirlo?… no saben muy bien qué hacer cuando hace tanto calor.

En París, Stéphane Guillaume, un ingeniero informático de 44 años, observó el otro día cómo sus dos hijos nadaban en el Canal Saint-Martin, una vía fluvial de la margen derecha construida para el tráfico de barcazas a principios del siglo XIX . Nadar en el canal está prohibido, pero la policía hace la vista gorda. 

“La situación va a empeorar cada año”, comentó Guillaume a un reportero del New York Times . “Es muy preocupante porque ya hemos llegado al límite de lo que podemos soportar”.

Esta es la realidad, y dejemos de lado la cansina expresión «nueva normalidad», una frase insidiosa que los medios corporativos promueven para sugerir que no hay nada que se pueda hacer ante todas las calamidades que azotan a la humanidad en el siglo XXI . Los franceses, los españoles, los griegos, todos los mediterráneos: esto, lo inhabitable, es lo que nos espera al resto.

El gobierno francés ha anunciado que, por el momento, no habrá más eventos deportivos ni festivales de música. Los hospitales están en estado de emergencia. Se acabaron las copas al aire libre; se acabó contemplar con deleite el vino blanco mientras la luz del sol ilumina la copa.  

De acuerdo, las autoridades deben demostrar que están haciendo algo; todos debemos hacer nuestros sacrificios. Me recuerda a Gerald Ford durante la crisis del petróleo de mediados de los años 70, cuando el presidente estadounidense apareció en televisión y les dijo a las personas que se aseguraran de no dejar la puerta de la cocina abierta al sacar al gato por la noche.

Luego leí que en la reciente cumbre del G7 en Évians-les-Bains, con la asistencia de siete ministros de medio ambiente, se omitió deliberadamente cualquier debate sobre la crisis del cambio climático para evitar disensiones, específicamente para asegurarse de que la delegación estadounidense no se levantara y se marchara. 

¿Dónde está la seriedad en las altas esferas?

Luego leí que una conferencia que tenía como objetivo debatir sobre el calor extremo, parte de la Semana de Acción Climática de Londres del 20 al 28 de junio, fue cancelada porque el edificio donde se iba a celebrar estaba demasiado caliente. Sí, efectivamente. Justo lo que necesitábamos. 

Estas Semanas de Acción Climática, convocadas aquí y allá en distintos continentes, son un fenómeno curioso. Ejecutivos de empresas, ONG, expertos en políticas públicas: asisten todo tipo de personas. Pero las Semanas de Acción Climática están descentralizadas por diseño. Nadie con poder —ningún presidente o ministro decidido dispuesto a aprobar leyes o a declarar una nueva dirección nacional o internacional— parece asistir jamás. 

La mente divaga. La mía a dos lugares. 

Ejércitos de destrucción y Paul Valéry

Primero se habló del gasto mundial en armamento. Siempre es mejor consultar el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI) para este tipo de información. La última versión de la base de datos de transferencias de armas del SIPRI , publicada en marzo, muestra que las ventas mundiales de armas alcanzaron un récord el año pasado. Los 100 principales fabricantes de armas reportaron ventas por valor de 670 mil millones de dólares, otro récord. 

La relación entre la venta de armas y el medio ambiente es indiscutible. Los ejércitos son, con mucha diferencia, los principales destructores de nuestro entorno natural. Y existe el caso —singular, aunque quizás no tanto— de Israel.

Los incesantes bombardeos en Gaza multiplican la cantidad de material que Estados Unidos lanzó sobre Hiroshima y Nagasaki. El uranio empobrecido, el fósforo blanco y, en Líbano y Siria, los pesticidas letales, ahora envenenan la tierra entre 20 y 30 veces más.

Estoy seguro de que el régimen sionista alberga un deseo de muerte freudiano que, en mayor o menor medida, define su conducta. Pero lo mismo parece ocurrir con quienes gobiernan Estados Unidos, añadiré. 

Por lo que puedo deducir de las cifras, que están llenas de galimatías, el G-7 gasta el equivalente a una cuarta parte de esos 670.000 millones de dólares en proyectos relacionados con el cambio climático —siempre con el objetivo de promover el capitalismo de mercado al estilo del antiguo Banco Mundial y el FMI— y aproximadamente el mismo porcentaje para subvencionar la extracción de combustibles fósiles. 

Hay mentes brillantes dedicadas con seriedad al tema del cambio climático; no quiero parecer desdeñoso al respecto. Pero en cuanto a número y, digamos, a capacidad intelectual, no hay comparación posible entre quienes abordan la crisis climática y quienes, en el poder, la ignoran, la agravan o ambas cosas.

Y así, mi mente divaga hacia ese segundo lugar mientras leo sobre el sofocante calor que azota Europa y la dedicación de las potencias occidentales y su bárbaro aliado en Asia Occidental a tecnologías militares que no producen bienestar ni soluciones a los problemas comunes de la humanidad, sino nada más que muerte, sufrimiento y ganancias propias del capitalismo tardío. 

Paul Valéry (1871-1945) fue poeta y ensayista modernista, brevemente funcionario del Ministerio de Guerra francés y durante mucho tiempo secretario privado del director de Havas, que más tarde se convertiría en la Agencia France-Presse. Escribí sobre Valéry hace algunos años en este espacio. Ese artículo se encuentra aquí .

Valéry comprendió las enormes consecuencias de la Primera Guerra Mundial. Con notable perspicacia, entendió que, al librarla contra sí misma, Europa había perdido su lugar en el orden mundial y se había convertido —¡qué premonitorio!— en «un pequeño cabo del continente asiático». Quienes reflexionan sobre un nuevo orden mundial apenas ahora están empezando a comprender a este hombre. 

Al leer a Valéry, no tengo la impresión de que lamentara mucho este giro histórico mundial. No, entre las muchas cosas que lamentaba, como escribió en uno de sus ensayos, estaba el impacto que la Primera Guerra Mundial tuvo en las mentes y los espíritus de los europeos. 

¿Cuántas mentes se dedicaron no a construir un mundo mejor, preguntó, sino a «encontrar la manera de quitar el alambre de púas, confundir a los submarinos o paralizar el vuelo de los aviones»? Y más adelante en el mismo ensayo. Las cursivas son de Valéry:

“Sin duda, se requirió mucha ciencia para matar a tantos hombres… pero también se requirieron cualidades morales  . Conocimiento y deber: ¿Debemos sospechar también de ustedes?”

La pregunta de Valéry era retórica: lo que más lamentó cuando, en 1919, justo después del Armisticio, publicó La crisis de la mente , fueron las perversiones de las nociones de moralidad, responsabilidad y mejor uso del conocimiento que tenía la humanidad europea.

No debemos confundir esto cuando leemos sobre personas que se lanzan al Canal Saint-Martin con temperaturas superiores a los 100°, y sobre el rechazo colectivo generalizado ante el porqué de esto, y sobre la inquebrantable determinación de Occidente de librar guerras y la singular dedicación de los sionistas al terror y la destrucción no solo de vidas sino también de hábitats humanos. 

Todas estas son manifestaciones de la crisis intelectual que azota a Occidente. Europa no logró resolver la crisis de la que escribió Paul Valéry, como quedó patente 20 años después de la publicación de su ensayo. Resolver la nuestra es nuestra única esperanza."

(Patrick Lawrence, Consortium News, 29/06/26, traducción Gaceta Crítica)

8.7.26

Sucesivas masas de aire recalentado pasan por encima de nuestras cabezas, llevando el termómetro a valores inusuales en algunos puntos de la península ibérica pero, sobre todo, del centro de Europa. Los inéditos 46 grados que vivieron en Francia a finales de junio van a volver en apenas un instante... hemos tenido signos tempranos de alerta. Sabemos que estas bolsas de aire caliente que se colocan en nuestra vertical tienen su origen en los meandros de la corriente de chorro polar... El aire frío del Ártico puede llegar hasta el Sáhara a través de los valles. El aire tropical puede llegar hasta el Ártico a través de las crestas... al producirse más habitualmente, la cresta quedará bloqueada y el calor no se irá, y continuará secando ríos, agostando cultivos, esquilmando el ganado y, ay, matando gente... Esta configuración atmosférica devastadora se está volviendo más probable por la acción del cambio climático, punto. A medida que el planeta se calienta y el Ártico se calienta entre tres y cuatro veces más rápido, la corriente de chorro polar sube y baja unas decenas de kilómetros más... es desolador que seres que se hacen llamar sapiens sigan negando tan evidente realidad. Vendrán más y más olas de calor, en un tsunami incesante que nos azotará durante días, semanas incluso... esto no va a ir a mejor. Guárdense de los vendedores de esperanza embotellada que no unen los puntos, o porque no saben, o peor, porque no les conviene. Esto, con los datos en la mano, solo puede ir a peor... Necesitamos una red de refugios climáticos, protocolos de actuación y coordinación de efectivos más claros, necesitamos un plan de emergencia para nuestros cultivos y nuestros bosques –cada vez más expuestos a sequías y plagas–, necesitamos gestionar mejor los recursos hídricos tan valiosos y escasos, necesitamos acabar con un urbanismo sin sentido de la ecología ni de respeto al territorio o a la vida misma (Juan Bordera / Antonio Turiel / Fernando Valladares)

"Un tsunami nunca llega a la costa de repente. Antes de la primera ola catastrófica, el mar se retira centenares de metros, dejando al descubierto el paisaje hermoso y extraño, casi alienígena, del fondo marino. El mar se retira para acumular agua, para construir la ola gigante que viene a continuación, pero el turista inadvertido puede recrearse en el insólito espectáculo, incluso buscando imprudentemente verlo más de cerca.

Tsunami quiere decir “ola de puerto” en japonés. En medio del océano, la ola puede pasar desapercibida, porque su altura es de menos de un metro. Y aunque esa ola se propaga a velocidades de cientos de kilómetros por hora en mar abierto, al llegar a la plataforma continental se descompone en olas sucesivas, mucho más lentas pero también mucho más grandes. Si al primer signo de la llegada del tsunami, cuando el agua se retira, una persona se aprestase a correr en busca de un lugar en alto, aún podría salvarse.

También hay que entender la mecánica del tsunami. Un tsunami no es una sola ola gigante, son muchas. Durante el tsunami de Hawaii en 1960, varias decenas de personas perdieron la vida porque, tras la primera ola, bajaron a la playa a buscar víctimas. La segunda ola, que suele ser mayor que la primera, provocó una masacre. Siguieron llegando olas, con intervalos de unos 30 minutos, durante largas horas.

Hoy, gracias al conocimiento científico y a las amargas lecciones aprendidas, sabemos cómo debemos reaccionar ante un tsunami. Sin embargo, ese conocimiento no siempre está lo suficientemente compartido para evitar tragedias, como se demostró en Indonesia en 2004. El exceso de confianza y la voracidad constructora que arrasó los manglares, una barrera natural frente a los tsunamis, se aliaron para hacer posible una catástrofe que dejó 167.000 muertos y decenas de miles de desaparecidos solo en Indonesia.

Ahora estamos a las puertas de un nuevo tsunami, pero este va a ser de calor. Sucesivas masas de aire recalentado pasan por encima de nuestras cabezas, llevando el termómetro a valores inusuales en algunos puntos de la península ibérica pero, sobre todo, del centro de Europa. Los inéditos 46 grados que vivieron en Francia a finales de junio van a volver en apenas un instante.

Igual que con el tsunami, hemos tenido signos tempranos de alerta. Sabemos que estas bolsas de aire caliente que se colocan en nuestra vertical tienen su origen en los meandros de la corriente de chorro polar, una corriente de aire a unos 12 kilómetros de altura en nuestra latitud, en el límite de la troposfera y la estratosfera.

Y aquí viene lo importante: la fuerza del chorro polar depende de la diferencia de temperatura entre el Polo Norte y nuestras latitudes. Del gradiente de temperatura. Y el Ártico se está calentando ya entre tres y cuatro veces más rápido que el resto del planeta, porque el cada vez más escaso hielo está dejando al descubierto el agua del mar (azul oscuro casi negro) que absorbe toda la radiación y por tanto se calienta más en un bucle fundamental. La continua disminución del hielo ártico fue la primera señal de alarma que debimos tomar en cuenta.

Evolución temporal de la superficie del hielo marino en el Océano Ártico. EUMESAT OSI SAF.

A medida que el Ártico se calienta, el chorro polar se está volviendo más inestable. Sus meandros se vuelven más pronunciados. Llamamos valles a los que se internan hacia el sur y crestas a los que se internan hacia el norte. El aire frío del Ártico puede llegar hasta el Sáhara a través de los valles. El aire tropical puede llegar hasta el Ártico a través de las crestas, comprimido y recalentado por la acción anticiclónica de las mismas. La circulación atmosférica acumula el calor, dispuesto a golpearnos, como el tsunami en el mar.

Hace pocos días vino la primera ola, terrible, de calor. Tras unos pocos días de descanso, vamos a vivir otra.

En ocasiones, que cada vez harán menos honor a su nombre al producirse más habitualmente, la cresta quedará bloqueada y el calor no se irá, y continuará secando ríos, agostando cultivos, esquilmando el ganado y, ay, matando gente.

Esta configuración atmosférica devastadora se está volviendo más probable por la acción del cambio climático, punto. A medida que el planeta se calienta y el Ártico se calienta entre tres y cuatro veces más rápido, la corriente de chorro polar sube y baja unas decenas de kilómetros más.

Esto no es ni será ya jamás “el calor de toda la vida”. Y es desolador que seres que se hacen llamar sapiens sigan negando tan evidente realidad. Vendrán más y más olas de calor, en un tsunami incesante que nos azotará durante días, semanas incluso.

Pero a diferencia del tsunami, que se origina por un terremoto submarino sobre el cual los seres humanos no tienen ningún control, este tsunami de calor es el fruto perverso del sistema de producción y consumo que hemos construido, de las emisiones incontroladas de gases de efecto invernadero, y particularmente del CO2 producto de la quema de los combustibles fósiles, incluyendo ese petróleo que tanto anhelamos que por fin pase a través de Ormuz. Ésta no es una catástrofe natural impredecible: es un verdadero daño autoinfligido.

Y todo esto ya es así antes de que venga el histórico El Niño del 2026. Y aquí empieza lo serio.

Los modelos indican que será un Niño como no hay precedentes en la serie de datos instrumental, que tiene 140 años de longitud. El Niño llegará a su apogeo en las costas de Perú hacia el día de Navidad (de ahí su nombre) y su efecto comenzará a notarse en Europa hacia la primavera de 2027 y sobre todo durante el verano. Porque si este Niño hace como sus predecesores, y tiene pinta de que incluso puede superarlos a todos, la temperatura del planeta subirá otro escalón de alrededor de 0,15 ºC.

Más meandros y más profundos en el chorro polar. Y una de las cosas más preocupantes: más calor en el mar. Porque en el mar también hay olas de calor, que están arrasando la vida marina pero que no se ven hasta que los cadáveres de peces y otras especies llegan a la orilla – si es que llegan–.

En este momento, en el Mediterráneo occidental estamos registrando anomalías de +7ºC con respecto a los valores que medían los satélites en 1980. Es sabido que el mar es una fuente de energía y de humedad que alimenta las tempestades.

En el 2024 decíamos que el Mediterráneo estaba al rojo, con una anomalía de +3ºC en verano, y semanas después sufrimos la peor DANA que se recuerda en Valencia. Ahora estamos a +7ºC mientras el inefable gobierno valenciano está desprotegiendo miles de hectáreas y facilitando aún más la construcción en zonas inundables. Y el año que viene, cuando se comience a notar el efecto de El Niño sobre las temperaturas, no sabemos a dónde llegaremos.

Si las olas de calor son originadas por las crestas de la corriente de chorro polar, nos queda por comprender el papel de los valles. Los valles traen tiempo frío y húmedo, a veces a deshora, arruinando cultivos. Y de tanto en tanto alguno de esos valles se estrangula y se separa de la corriente principal, formando una lente de aire fría a kilómetros de altura y separada de la circulación general de la atmósfera. Una depresión aislada en niveles altos. Exacto: una DANA. DANAs que son cada vez más grandes y frecuentes por culpa de la creciente inestabilidad de la corriente de chorro polar, que no solo trae olas de calor en verano, también cada vez más tormentas catastróficas en otoño.

Éste es el inventario del desastre. El diagnóstico que hemos hecho ya cientos de veces, cada vez más actualizado, con nuevos y peores datos. Y ahora, ¿qué?

¿Qué hacemos delante de un tsunami de calor? Tal y como hacían los turistas alelados, nos estamos quedando en la orilla viendo cómo la naturaleza prepara el siguiente golpe. En vez de buscar refugio, en vez de apretar con fuerza, con furia incluso, los frenos de emergencia de esta sociedad demente y alocada que camina hacia su autodestrucción, esperamos inermes el siguiente golpe. Algunos incluso llegan a creer que estamos a un invento de la gran revolución. Ja.

Esto no va a ir a mejor. Guárdense de los vendedores de esperanza embotellada que no unen los puntos, o porque no saben, o peor, porque no les conviene. Esto, con los datos en la mano, solo puede ir a peor. Y en vez de normalizar una tragedia evitable o minimizar sus riesgos, lo que hace falta ahora es hablar claro y actuar en serio de una vez.

Necesitamos una red de refugios climáticos, protocolos de actuación y coordinación de efectivos más claros, necesitamos un plan de emergencia para nuestros cultivos y nuestros bosques –cada vez más expuestos a sequías y plagas–, necesitamos gestionar mejor los recursos hídricos tan valiosos y escasos, necesitamos acabar con un urbanismo sin sentido de la ecología ni de respeto al territorio o a la vida misma.

Necesitamos tantas cosas, que, quizá, para lograrlas, lo primero que necesitamos es comprender cuánto nos necesitamos los unos a los otros para cambiar la trayectoria a la cual nos dirigimos. Porque este Niño, del que pronto volveremos a hablar, nos va a hacer adultos de golpe." 

(Juan Bordera / Antonio Turiel / Fernando Valladares, CTXT, 06/07/26)

30.6.26

El Telegraph finalmente admite que debemos tomarnos en serio el cambio climático, pues las olas de calor están poniendo en peligro la jubilación, ya que los fenómenos meteorológicos extremos amenazan la rentabilidad de las inversiones de los planes de pensiones privados... El cambio climático se está convirtiendo en un riesgo importante para billones de libras en ahorros para pensiones, ya que un clima cada vez más impredecible daña los activos, interrumpe las cadenas de suministro y afecta la productividad... Calum Cooper, presidente de la Sociedad de Profesionales de Pensiones, declaró: «En pocas palabras, no se puede separar el futuro de las pensiones del futuro de la economía. Y no se puede separar el futuro de la economía del cambio climático. ¿Cómo pudo publicar esto el Telegraph sin previo aviso por ? ¿Acaso sus lectores no necesitaban que se lo comunicaran de una forma más sutil? ¿Eso provocará algún cambio? No apuesten por ello... Los neoliberales viven en el presente, y ahora mismo controlan el presupuesto. Y por eso estamos en apuros (Richard Murphy)

"El Telegraph finalmente admite que debemos tomarnos en serio el cambio climático

Hay una razón por la que pago una suscripción al Daily Telegraph. Viene de la satisfacción que siento cuando tienen que publicar comentarios como este:

Las olas de calor están poniendo en peligro la jubilación, ya que los fenómenos meteorológicos extremos amenazan la rentabilidad de las inversiones, según ha advertido el sector de las pensiones.

El cambio climático se está convirtiendo en un riesgo importante para billones de libras en ahorros para pensiones, ya que un clima cada vez más impredecible daña los activos, interrumpe las cadenas de suministro y afecta la productividad, según un informe de la Sociedad de Profesionales de Pensiones (SPP).

Calum Cooper, presidente de la SPP, declaró: «En pocas palabras, no se puede separar el futuro de las pensiones del futuro de la economía. Y no se puede separar el futuro de la economía del cambio climático.

«Eso significa que el riesgo climático es ahora un riesgo para la jubilación».

Respiré hondo para recuperarme del shock (¡qué ironía!).

¡Me quedé de piedra! ¿Cómo pudo pasar esto sin previo aviso por parte del Telegraph? ¿Acaso sus lectores no necesitaban que se lo comunicaran de una forma más sutil?

Y ahora, hablando en serio: lo sé desde mi adolescencia. Este fue el primer libro serio de economía que leí.

Tenía unos 17 años, creo.

El Telegraph acaba de darse cuenta.

Puede que, junto con todos sus amigos neoliberales, hayan pasado años criticando a quienes nos preocupamos por el medio ambiente, a quienes creamos el Nuevo Pacto Verde y, según ellos, éramos "conscientes", pero teníamos razón desde el principio.

Y ahora nuestra verdad les está afectando directamente.

¿Eso provocará algún cambio?

No apuesten por ello. Los neoliberales viven en el presente, negando la existencia de un futuro mediante el proceso de descontabilidad al que están tan entregados. ¿El resultado? Desestiman las preocupaciones sobre lo que podría suceder, precisamente. Porque dan por sentado que no podemos.

En la vida real, no podemos. Pero ahora mismo controlan el presupuesto. Y por eso estamos en apuros."

(Richard Murphy, blog, 30/06/26, traducción google)

1.5.26

El rápido declive climático de Europa: olas de calor de 25 días y 35ºC en el Subártico escandinavo... y olas de calor récord en tierra y mar, desaparición de masas glaciares, incendios forestales sin precedentes, reducción drástica de días con temperaturas bajo cero o continua pérdida de biodiversidad... algunas localidades del sur de Noruega, Suecia y Finlandia experimentaron noches tropicales —en las que el termómetro no baja de 20º, cada vez más habituales en España— el pasado verano... la región oceánica europea registró la temperatura anual de la superficie del mar (SST, por sus siglas en inglés) más alta de la historia... La señal del cambio climático sigue siendo inequívoca en toda Europa (Pablo Rivas)

 "El viejo continente es el que más rápido se calienta del planeta y el ser humano ya lo ha caldeado artificialmente hasta conseguir aumentar su temperatura media 2,5ºC. El informe ‘Estado del clima en Europa 2025’ recopila los principales hitos climáticos del pasado año y dibuja un panorama desolador.

“La práctica totalidad del continente, el 95% de sus tierras, vivió temperaturas por encima de la media en 2025, con Reino Unido, Noruega e Islandia registrando su año más cálido, e Irlanda, Suecia y Finlandia sufriendo su segundo año más caluroso”. Esta frase de Samantha Burgess, responsable estratégica de clima del Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Plazo Medio (CEPMPM), da idea de en qué estado está y hacia dónde se dirige el clima del viejo continente.

El informe Estado del clima en Europa 2025, elaborado por el CEPMPM y la Organización Meteorológica Mundial (OMM), recoge las aportaciones de más de un centenar de científicos, que ofrecen en este documento una completa visión de cómo está cambiando el clima en la región europea y su entorno.

El 95% del territorio europeo registró en 2025 temperaturas medias superiores a la media.

El panorama no es halagüeño: olas de calor récord en tierra y mar, desaparición de masas glaciares, incendios forestales sin precedentes, reducción drástica de días con temperaturas bajo cero o continua pérdida de biodiversidad son algunos de los ítems que se pueden encontrar en el documento, publicado este 29 de abril.

“El mundo se ha calentado a razón de 0,27ºC por década en los últimos 30 años, pero en Europa esa cifra es el doble”, continuaba Burgess en la presentación del informe. Desde mediados de los años 90 el continente se ha calentado a razón de 0,56ºC por década, situándose la media anual actualmente en 2,5ºC por encima de los niveles preindustriales, 3,2ºC si hablamos del Ártico, donde el calentamiento medio por década asciende a 0,73ºC.

En julio, Fenoscandia experimentó la ola de calor más larga jamás registrada: 21 días, con temperatura por encima de 30ºC en gran parte del territorio.

Más datos: 2025 ha sido el año en que la temperatura media de Groenlandia se ha situado más de 5ºC por encima de la media y en el que se han dado una serie de récords poco tranquilizadores: el subártico de Fenoscandia —la región que incluye las penínsulas escandinava y de Kola, más Carelia y Finlandia— registró la ola de calor más larga de su historia, 21 días con temperaturas que llegaron a superar los 30ºC incluso en el interior del Círculo Polar Ártico, con cifras de vértigo en el Subártico escandinavo, como los 34,9ºC acaecidos en Frosta (Noruega).

Además, algunas localidades del sur de Noruega, Suecia y Finlandia experimentaron noches tropicales —en las que el termómetro no baja de 20º, cada vez más habituales en España— el pasado verano.

También ha sido el año de la segunda ola de calor más severa registrada en el continente, —con 25 días de duración, entre el 7 y el 31 de julio, afectando a gran parte del continente— y de las mayores emisiones de gases de efecto invernadero debido a los incendios forestales en 23 años, dados los inmensos fuegos acaecidos en España y Portugal en agosto, aunque no son los únicos lugares donde el campo ardió anormalmente. El Reino Unido registró en 2025 la mayor área quemada desde que comenzó a monitorearla en 2012 y Chipre sufrió el fuego más devastador de su historia.

El cambio es tan rápido y la sucesión de récords es tal que, como señala Celeste Saulo, secretaria general de la OMM, “va a ser virtualmente imposible limitar el calentamiento global a 1,5ºC en los próximos años sin sobrepasar temporalmente el límite más bajo del Acuerdo de París”. Más teniendo en cuenta que en 2025 las emisiones se incrementaron un 1,1% respecto a 2024, estableciendo un nuevo récord global de 38.100 millones de toneladas de CO2 equivalente, según la Base de Datos de Emisiones para la Investigación Atmosférica Global (EDGAR).

Las olas de calor no solo se han vivido en las tierras emergidas. Debido a que los océanos absorben el 90% del exceso de calor que produce el efecto invernadero causado por las emisiones de gases, en 2025 la región oceánica europea registró la temperatura anual de la superficie del mar (SST, por sus siglas en inglés) más alta de la historia, 10,94ºC, 0,65ºC más caliente que el periodo de referencia 1991-2920.

En el Mediterráneo, la media fue de 21,25ºC, 1,03ºC por encima de la media de las tres últimas décadas, lo que supone que ha sido el segundo año con el agua más cálida, tras el récord del año pasado (21,50ºC).

El 86% de la superficie marina europea sufrió fuertes olas de calor marinas en 2025.

“La proporción de regiones afectadas por olas de calor marítimas ha pasado del 40% del territorio marino que se registraba en los años 80 al 98% entre 2023 y 2025”, apuntó al respecto Burgess. “Y en 2025 —continuó— el 86% de la región experimentó al menos una ola de calor marina en algún punto del año”.

Las heladas se reducen

La superficie del continente europeo que experimenta días de invierno con temperaturas por debajo de 0ºC también se está reduciendo. “Durante el invierno, las áreas que han experimentado dos semanas consecutivas de ‘días de helada’, con mínimas de 0ºC o menores, o ‘días de hielo’, con máximas por debajo de cero grados, ha sido menor a lo habitual”, señala el informe. Si estos periodos de ‘días de hielo’ suelen abarcar grandes áreas del noroeste de Europa, Islandia y Los Alpes, en 2025 solo pequeñas zonas localizadas en los Alpes, así como una superficie menor que la media en Fenoscandia, los experimentaron.

El territorio europea que ha exprimentado días bajo cero está mermando.

El informe también registra cambios en la cobertura de nieve que ha vivido Europa en 2025. En marzo, la superficie cubierta de nieve en Europa fue de unos 1,32 millones de kilómetros cuadrados inferior a la media, lo que supone un 31% menos de lo habitual. Es un área que equivale a la superficie combinada de Francia, Italia, Alemania, Suiza y Austria. Semejantes datos suponen la tercera extensión de nieve más baja en 42 años, desde que comenzaron los registros en 1983.

También los glaciares están sufriendo la aceleración de la crisis climática. Islandia registró la segunda mayor pérdida de masa glaciar de su historia. Además, la capa de hielo de Groenlandia perdió en torno a 139 gigatoneladas de hielo, lo que supone 1,5 veces el volumen almacenado en todos los glaciares de los Alpes europeos. Tales cantidades de pérdida de hielo contribuyen notoriamente al aumento del nivel del mar a escala mundial: los datos que manejan el CEPMPM y la OMM indican que cada centímetro más alto expone a seis millones de personas más a las inundaciones costeras.

“La señal del cambio climático sigue siendo inequívoca en toda Europa, y el informe sobre el Estado del clima en Europa en 2025 es un claro recordatorio de que debemos mantener y acelerar los esfuerzos tanto de adaptación como de mitigación”, señaló ante el panorama expuesto en la presentación Dušan Chrenek, asesor principal para la Transición Verde Digital de la DIrección General para la Acción por el Clima de la Comisión Europea." 

(Pablo Rivas  , El Salto, 29/04/26)  

18.4.26

¿Qué quiso hacer Sánchez en China? Articular un eje sino-europeo de responsabilidad climática, que permita acelerar la transición energética ¿Cómo entender el proyecto de Sánchez de acercamiento en nombre de la ecología? La energía ha pasado a ocupar, una vez más en la historia, el centro del tablero... las alternativas tecnológicas son ya una realidad tangible, están disponibles en generación eléctrica, edificación y movilidad... sin embargo, esta misma coyuntura revela con crudeza hasta qué punto esa gran transición necesita un nuevo impulso geopolítico, pues, una alternativa tecnológica superior en términos costo-eficientes, ha desatado la furia en sus centros de poder político: Washington, Moscú y Riad... Se ha conformado, así, una nueva Santa Alianza que persigue prolongar el control sobre una de las bases materiales que han sostenido la arquitectura geopolítica de los siglos XX y XXI... la descarbonización supone una profunda reorganización de las bases materiales del poder. De llevarse a cabo con éxito, supondría el mayor proceso de descapitalización de la historia económica por los ingentes recursos fósiles que se quedarían varados... Quienes se benefician de las ingentes rentas y activos patrimoniales derivadas de los recursos fósiles se han conjurado para hacer fracasar por todos los medios la transición global de la energía. Y la Unión Europea, con sus políticas climáticas y de transición energética, se erige como un obstáculo prioritario a debilitar, cuando no a derribar... así pues, la relación de Europa con China adquiere un significado renovado que trasciende la lógica convencional de competencia entre potencias, para pasar a una cooperación de largo recorrido y orientación pragmática entre dos polos geopolíticos, económicos y tecnológicos que concentran capacidades decisivas para evitar el caos climático y reconfigurar el sistema energético global. Europa aporta un marco normativo avanzado, una experiencia pionera en políticas de descarbonización y un modelo social que integra cohesión y sostenibilidad. China, por su parte, dispone de la escala industrial, la capacidad de despliegue y el control de las cadenas de valor tecnológicas que hoy determinan el ritmo de la transición... El interés de ambas converge, además, en su vulnerabilidad compartida ante un orden fósil que no sólo no controlan, sino que se erige como grave amenaza a su seguridad... Se trata de esquivar los peores escenarios climáticos y contribuir al fortalecimiento del sistema multilateral y al papel central de las Naciones Unidas (Emilio Santiago Muíño)

 "Durante una gran ceremonia celebrada en el Gran Palacio del Pueblo, en Pekín, Xi Jinping declaró con cierta solemnidad que el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, se encontraba «en el lado correcto de la Historia».

De trasfondo una delicada reconfiguracion de las relaciones internacionales en las que España, actuando como avanzadilla consciente de las posiciones europeas, busca fortalecer de manera significativa la colaboración entre Europa y China, dejando atrás años de desconfianza y recelo.

¿Cómo entender el proyecto de Sánchez de acercamiento en nombre de la ecología? Este texto, cuyos análisis son fundamentales para definir la política española, revela un contexto general de la cuarta visita de Sánchez a China en cuatro años y cómo los retos globales necesitan más que nunca como condición imprescindible un gran acuerdo de largo recorrido entre ambas potencias.

El orden mundial vigente en las últimas décadas se encuentra en plena reconfiguración y el horizonte estratégico europeo precisa ser reformulado. El retorno de las lógicas imperiales —nostálgicas de un “gran ayer” glorioso—en las dos grandes potencias nucleares, Rusia y Estados Unidos, junto al ascenso de China y la regresión democrática global, están redibujando en profundidad los contornos de dicho orden.

La Unión Europea precisa leer acertadamente las nuevas tendencias globales y el poder inherente en la disposición específica de los elementos.

Hay sobrados motivos para creer que el proyecto político que representa la Unión Europea se encuentra sometido a un creciente cerco estratégico.
El incendio de Oriente Medio provocado por la guerra unilateral e ilegal de Estados Unidos e Israel contra Irán es el último episodio de dicha reconfiguración. Y la energía ha pasado a ocupar, una vez más en la historia, el centro del tablero.

El Estrecho de Ormuz se ha convertido en dramático símbolo del paso muy angosto no solo geográfico sino geopolítico, económico y de seguridad, que supone la dependencia energética de unos combustibles fósiles utilizados como vectores de poder. El contraataque iraní sobre las infraestructuras energéticas del Golfo y, sobre todo, el cierre del mencionado estrecho —por donde transita la mitad de las exportaciones mundiales de petróleo— han situado al sistema económico global al borde de un shock de grandes dimensiones. La disrupción del suministro ha sido descrita, de hecho, por la Agencia Internacional de la Energía como potencialmente más grave que la crisis de 1973.

Es probable, por tanto, que la guerra provoque un profundo punto de inflexión en el sistema energético mundial. Acelerará en el medio plazo el abandono de la dependencia del petróleo y el gas, en especial en países asiáticos que están viviendo una emergencia energética que afecta de lleno no sólo a su economía sino a su seguridad nacional. La razón es simple: las alternativas tecnológicas son ya una realidad tangible, están disponibles en generación eléctrica, edificación y movilidad. Y, sin embargo, esta misma coyuntura revela con crudeza hasta qué punto esa gran transición necesita un nuevo impulso geopolítico que permita quebrar la estructura de dependencia fósil que sigue atenazando a la mayoría de la humanidad.

Para Europa la lección es clara y contundente. Tras la crisis derivada de la invasión rusa de Ucrania y tras la agresión militar a Irán, la política energética ya no puede pensarse solo en términos de eficiencia y sostenibilidad climática, sino como el eje central de la seguridad y la soberanía estratégica.
Esta es, en última instancia, la cuestión de fondo del este ensayo: en un momento en que la transición energética empieza a perfilarse como una alternativa real al orden fósil global, los centros de poder que se benefician de él redoblan sus esfuerzos por prolongar su dominio económico y geopolítico. Urge, en consecuencia, una reformulación estratégica que sitúe la energía y el clima en el corazón del proyecto político europeo. Y es que ya no se trata sólo de preservar las bases naturales/ climáticas de la existencia, sino de garantizar la autonomía material de nuestras sociedades en un mundo peligrosamente inestable.

Hacia el caos climático

El importante informe científico publicado en febrero de 2026, The risk of a hothouse Earth trajectory, 1 ofrece una conclusión contundente a la vez que preocupante: tras doce meses consecutivos habiendo superado el incremento de la temperatura media de la atmósfera en 1,5 grados, el objetivo más ambicioso fijado en el Acuerdo de París ha sido ya superado o lo será en breve.

Lo que es aún más grave, dada la actual dinámica de las emisiones globales y el contexto geopolítico internacional, hay muchas posibilidades de que el umbral de seguridad de los 2 grados se supere hacia 2045. Y es que el incremento de la temperatura de la atmósfera se ha acelerado. Mientras que entre 1880 y 1970 el aumento por década fue de 0,05 grados y entre 1970 y 2010 de 0,19 grados, entre 2010 y 2025 ha sido ya de 0,31 grados, un salto significativo. De no mediar una reducción drástica de las emisiones globales en el horizonte temporal 2026-2035, algo relativamente poco probable a la vista de los débiles compromisos adoptados por los grandes emisores, el incremento de los 2 grados su superará en apenas veinte años.

Ese escenario supondría el fracaso de la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático (CMNUCC) aprobada en 1992 en la cumbre celebrada en Río de Janeiro. Dicha convención ha vertebrado la respuesta climática internacional, incluyendo el Protocolo de Kioto en 1997 y el Acuerdo de París en 2015.

Desde el primer informe de síntesis del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés), publicado en 1990, el umbral de los 2 grados ha sido la referencia que ha guiado a la comunidad científica. De hecho, cuando la CMNUCC formuló su objetivo central de “evitar una interferencia antropogénica grave sobre el clima de la Tierra”, ese nivel de aumento era el que definía la interferencia.

Respecto a la dinámica de las emisiones conviene destacar tres aspectos.

Primero, once años después del Acuerdo de París, éstas continúan aumentando, no se ha producido aún el punto de inflexión. Segundo, China principal emisor mundial, responsable de aproximadamente el 30 por ciento de las emisiones anuales, se ha fijado objetivos de mitigación poco ambiciosos en el horizonte 2035, del orden del 7-10 por ciento respecto al máximo que alcance a lo largo de esta década, por lo que su reducción será “neutralizada” por los incrementos esperados en otros países intensivos en el uso de carbón como India, Indonesia o Vietnam. Tercero, Estados Unidos, principal emisor en términos históricos y segundo emisor en la actualidad, no sólo se ha desentendido de sus responsabilidades adquiridas, sino que ha puesto en marcha una ofensiva contra los acuerdos climáticos y la transición energética y en defensa del poder fósil.

Como consecuencia de dichos factores, el escenario más realista entre 2026 y 2035 es una relativa meseta (plateau) de las emisiones globales, o quizás una pequeña disminución de las mismas, en lugar de la pronunciada curva de descenso que se precisaría para situar su trayectoria en una dirección compatible con los 2 grados.

La trayectoria de emisiones entre 1980 y 2025 que finaliza en dicho punto, sitúa como escenario más probable, dadas las actuales circunstancias, el denominado SSP2-4.5, línea de color amarillo ocre, que conduciría a un incremento de la temperatura media a finales del presente siglo de 2,7 grados.

Otro mensaje importante que se desprende de la mencionada figura es que, como consecuencia del Acuerdo de París y de la transición energética global, los dos peores escenarios climáticos, el SSP5-8.5 y el SSP3-7.0, contemplados por la comunidad de la ciencia del clima como posibles hace apenas una década, se puede decir, con bastante seguridad, que han quedado descartados. Asimismo, también se desprende que, dada la situación actual, acceder al escenario climático más optimista, la línea violeta SSP1-1.9, es ya virtualmente imposible.

Partiendo de los actuales compromisos adoptados por los diferentes países, las modelizaciones llevadas a cabo tanto por la Agencia Internacional de la Energía, como por el centro de investigación Climate Tracker Initiative prevén también un ascenso de la temperatura a finales de este siglo en torno a los 2,7 grados sobre la existente en la época preindustrial. Y ello sin tener en cuenta los posibles efectos de retroalimentación positiva que se pueden activar en el sistema climático global, una vez que los umbrales 1,5 y 2,0 grados queden desbordados, que es lo que proporciona el título al estudio arriba citado (The risk of a hothouse Earth trajectory). Por ello, no es exagerado afirmar que la actual trayectoria conduce hacia el caos climático.

Transición energética: una revolución retrasada

Una de las paradojas del siglo XXI es que el agravamiento de la crisis climática coincide con un avanzado nivel de madurez de las posibilidades tecnológicas para la descarbonización, prerrequisito fundamental —aunque no único— para estabilizar el clima planetario. La “revolución electrotécnica”, en términos del centro de investigación EMBER, está produciendo la transformación energética más disruptiva y prometedora desde la revolución industrial.

Sin embargo, dicha revolución está teniendo lugar con una generación de retraso para poder cumplir con el mandato de la CMNUCC. Además, se está viendo confrontada por poderosos intereses fósiles que han conformado un bloque histórico —en el sentido gramsciano— de alcance internacional que trabaja incansablemente para hacer descarrilar dicha transición.

En las últimas décadas la energía solar fotovoltaica, la energía eólica y, más recientemente, los sistemas de almacenamiento de baterías han conocido una de las curvas de abaratamiento de costes más impresionantes de la historia económica de la energía. En el 80 por ciento de las latitudes del mundo apuntar hoy con un panel al sol se ha convertido en la forma más económica de generar electricidad.

A ello se añade la notable ampliación de los procesos económicos electrificables en términos coste-eficientes. Mientras que a comienzos de este siglo XXI apenas un 25 por ciento de los consumos energéticos finales eran electrificables, hoy alcanzan el 70 por ciento, incluyendo edificación, movilidad y, de modo incipiente, algunos procesos industriales.

Dos son las razones clave que explican esa disrupción en los costes. En primer lugar, la morfología de las tecnologías es modular, lo que las hace muy sensibles a las economías de escala que se obtienen con políticas industriales decididas, una cualidad que hace de la descarbonización un cambio tecnológico más parecido al que supuso la informática que al de las transiciones energéticas del pasado. En segundo lugar, el hecho de  mover electrones es mucho más eficiente que quemar moléculas. La electricidad obtenida del proceso fotovoltaico supone una ganancia en captación de energía solar de un orden de magnitud respecto a la fotosíntesis.

No estamos, por tanto, ante un pequeño avance ambiental, sino ante un cambio disruptivo en la historia de la energía.

Las potencias centrales del imperio de los combustibles fósiles contraatacan

El que los intereses del complejo fósil se enfrenten no solo a un amplio cuestionamiento derivado de la crisis climática y la contaminación atmosférica de las ciudades, sino a una alternativa tecnológica superior en términos costo-eficientes, ha desatado la furia en sus centros de poder político: Washington, Moscú y Riad. Por casualidad (¿o no?), Rusia y Arabia Saudí están a la cola a nivel mundial en calidad democrática, según el último informe de 2026 del instituto de investigación Varieties of Democracy, de la Universidad de Gotemburgo (los puestos 162 y 167, respectivamente, de un total de 179 países). El proceso de autocratización que atraviesa Estados Unidos con Trump lo ha llevado a ocupar el puesto 51, cuando en 2017 estaba veinte puestos por encima. 2

Se ha conformado, así, una nueva Santa Alianza que persigue prolongar el control sobre una de las bases materiales que han sostenido la arquitectura geopolítica de los siglos XX y XXI. Y es que los combustibles fósiles han conformado, desde la revolución industrial, la columna vertebral energética que ha sostenido el desarrollo de la economía-mundo. La transformación en curso se percibe como una amenaza a ese dominio global.

Para comprender en toda su dimensión lo que está en juego es preciso tener presentes algunos datos. Estados Unidos, con 20 millones de barriles diarios, es el primer país productor de petróleo del mundo y el mayor productor de gas. Arabia Saudí, con 12 millones de barriles, el segundo, y Rusia, con 10 millones, el tercero, además de ser la segunda potencia gasística.

No se trata solo mantener intactas rentas económicas y activos patrimoniales de gran magnitud. El gas y el petróleo se utilizan como vectores de poder, es decir como instrumentos de coacción estratégica en un mundo en el que la mayoría de las naciones son dependientes de los combustibles fósiles. La actual crisis energética, derivada del ataque norteamericano-israelí a Irán, constituye el enésimo ejemplo de la gran vulnerabilidad de los países obligados a importar petróleo y gas.

La magnitud de los intereses en juego es difícil de exagerar. Según la organización experta en este ámbito Carbon Tracker Initiative, el tamaño del capital fósil mundial, incluyendo las reservas probadas comercialmente explotables, así como las infraestructuras de oferta y demanda y los activos financieros implicados, supera los 90 billones (europeos) de dólares, una cifra cercana PIB mundial.

A la vista de las magnitudes económicas y los reajustes geopolíticos implicados, se comprende que la descarbonización del sistema energético global sea mucho más que un cambio tecnológico. Supone una profunda reorganización de las bases materiales del poder. De llevarse a cabo con éxito, supondría el mayor proceso de descapitalización de la historia económica por los ingentes recursos fósiles que se quedarían varados.

En los últimos años el núcleo de la transición energética se ha desplazado a Asia, concretamente a China. Tecnologías diseñadas en su día en los Estados Unidos y que, posteriormente, alcanzaron su madurez coste-eficiente en la Unión Europea gracias a las políticas públicas desplegadas por la Erneuerbare-Energien-Gesetz del gobierno de coalición rojiverde alemán, han alcanzado en China su desarrollo industrial a gran escala. De hecho, el país asiático ejerce, no sólo el liderazgo en innovación, sino que domina entre el 60 y el 90 por ciento de la capacidad industrial global en tecnologías clave como paneles solares y baterías, así como el refinado de minerales críticos. Además, uno de cada dos coches vendidos en la actualidad en el mercado chino es ya eléctrico.

Mientras que el núcleo duro del sistema fósil se encuentra en Washington, Moscú y Riad, el 80 por ciento de la humanidad incluyendo Europa, China, India, Japón y Corea del Sur, precisa importar la mayor parte de sus necesidades de petróleo y gas. Quienes se benefician de las ingentes rentas y activos patrimoniales derivadas de los recursos fósiles se han conjurado para hacer fracasar por todos los medios la transición global de la energía. Y la Unión Europea, con sus políticas climáticas y de transición energética, se erige como un obstáculo prioritario a debilitar, cuando no a derribar. Todos los medios invertidos en tal fin son bienvenidos por parte los valedores geopolíticos de las energías fósiles, incluida la inestimable colaboración de formaciones populistas de derecha que han adquirido un peso específico incontestable en nuestro continente en el último cuarto de siglo.

La «fósil-nostalgia» del populismo europeo

Los países neurálgicos de las energías fósiles, con Estados Unidos, Rusia y Arabia Saudí a la cabeza, no cabalgan solos en su afán por truncar la transformación del modelo energético hacia modelos menos agresivos con el clima y con la salud de las personas. Cuentan con aliados relevantes en el propio seno de la Unión Europea, una suerte de quintacolumnistas del modelo fósil. Nos referimos, claro está, a las formaciones nacionalpopulistas que están protagonizando la regresión democrática en las sociedades liberales de nuestro entorno más inmediato.

Así, entre 2000 y 2024, partidos de ese espectro ideológico participaron en un total de 28 gabinetes de 15 países europeos. En el Parlamento Europeo los grupos Patriots for Europe (incluye a Fidesz, Rassemblement National, Vox o Chega), Europe of Sovereign Nations (con Alternativa para Alemania como partido más destacado) y European Conservatives and Reformists (con Fratelli d’Italia y los polacos de Ley y Justicia como mascarones de proa) representan a una cuarta parte del electorado.

Todos ellos comparten un hilo común: su rechazo frontal al proyecto postnacional europeo, a esa aspiración que se ha venido fraguando desde que, en 1951, con la pesadilla nazi y el Holocausto aún recientes, viese la luz la Comunidad Europea del Carbón y el Acero con el Tratado de París. Lo que nació como una comunidad económica desde intereses compartidos ha ido avanzando hacia una unidad política articulada en torno a unos principios y valores comunes, como la separación de poderes o el respeto del pluralismo.

Hoy día, los partidos populistas de derecha europeos, con el aval y la logística de la administración Trump y de no pocos tecno-oligarcas de su país, ponen palos en las ruedas de ese proyecto civilizatorio que representa la Unión Europea. Un ambicioso proyecto político que descansa normativamente en el reconocimiento y preservación de esa “ciudad entera” (por tomar prestada la expresión del primer filósofo de nuestra civilización que nos legó obra escrita, de Platón) de casi 450 millones de personas.

Las propuestas de los partidos de la derecha radical cuando están en la oposición, y sus políticas cuando gobiernan, vienen presididas por una profunda animadversión a todo aquello que signifique avanzar en la preservación de las bases naturales de existencia a partir de la evidencia científica disponible. El medio ambiente figura en sus programas y políticas incrustado en un marco nacionalista y, la gran mayoría de las veces, negacionista del cambio climático. Un marco nostálgico de la hegemonía del carbón y el petróleo como motores de la economía.

En Estados Unidos, Trump, el movimiento ultranacionalista MAGA y un Partido Republicano rendido a ambos, resultan elocuentes en ese sentido. El mismo día de su toma de posesión como presidente en su segundo mandato, el 20 de enero de 2025, Trump firmó un total de 26 órdenes ejecutivas, más que cualquier predecesor suyo en la historia del país. Nunca un presidente estadounidense se había acercado tanto a la caracterización hobbesiana del monarca como alguien que “por naturaleza, siempre está dispuesto y es capaz [in potentia proxima] de ejecutar actos de gobierno”. 3

Varias de dichas órdenes afectaban directamente a la agenda climática-ambiental, siempre en aras de un supuesto “interés nacional”. Así, una orden anunciaba la retirada de los Estados Unidos del Acuerdo de París de 2015, y posteriormente de la propia CMNUCC. Otra posibilitaba “maximizar de forma eficiente y efectiva el desarrollo y la producción de los recursos naturales ubicados en los territorios tanto federales como estatales de Alaska”, dando así vía libre al “drill, baby, drill”. Una tercera aspiraba a potenciar el aprovechamiento de los recursos energéticos y naturales disponibles en territorios y aguas federales, incluidas tierras raras. Contemplaba, asimismo, una “elección real del consumidor” eliminando las barreras regulatorias a los vehículos de combustión; o lo que es lo mismo, renunciando al impulso del vehículo eléctrico mediante “subsidios injustos y otras distorsiones del mercado impuestas por el gobierno”. 4

Los epígonos de Trump en Europa surcan la misma senda negacionista y nostálgica de los combustibles fósiles. El apartado dedicado a la política energética del programa de Alternativa para Alemania (AfD), de 2016, sostiene que el cambio climático “ocurre desde que existe la Tierra” y que “el dióxido de carbono no es un contaminante, sino un integrante indispensable de todas las formas de vida”. En abierta oposición al consenso científico, defiende que “la política climática descansa en modelos climáticos hipotéticos basados en simulaciones informáticas del IPCC”.

Los homólogos españoles de la AfD insisten en la misma línea. En su programa para las elecciones generales de 2023, Vox denunciaba a “los lobbies de la religión climática” y al “ecologismo radical” impuesto por las élites de la Unión Europea y de los organismos transnacionales. Entre las medidas que proponía figuran seguir explotando los combustibles fósiles y revertir la prohibición adoptada por la Unión Europea de vender coches de gasolina y diésel a partir de 2035, así como extender la vida útil de las centrales nucleares existentes, siempre con el horizonte de “alcanzar la soberanía energética”. 5

Estos partidos suelen hacer una encendida defensa de fuentes de energía derivadas de los combustibles fósiles en su calidad de materiales hundidos en las profundidades del territorio patrio. En cambio, según especula de forma sugerente (y provocadora) el investigador sueco Andreas Malm, las energías renovables (sol, viento, agua, olas) fluyen de un lugar a otro.

Con la salvedad parcial de la energía hidráulica, no hay equivalente renovable a nuestro carbón, nuestro petróleo, nuestro gas. Se trata “de una herencia material ultraprofunda que resulta fácil ligar a la mística del nacionalismo patrio”. Las reservas siempre estarán bajo el suelo nacional, mientras que el flujo del que se nutren las renovables guarda un vínculo débil con la patria; no pertenecen a ningún lugar particular, carecen de raíces. Para estos partidos nacionalpopulistas “la energía solar y la eólica son el judío y el musulmán de la energía”. 6

Los franceses de Agrupación Nacional (RN) se ajustan a ese imaginario. En el programa presidencial de su candidata Marine Le Pen de 2022, RN apuesta por “detener los proyectos eólicos y desmantelar progresivamente los parques existentes”. En Alemania la AfD entiende que la energía eólica presenta más inconvenientes que ventajas para humanos, animales y el paisaje. De ahí que proponga consultas ciudadanas sobre su construcción. En cambio, a modo de excepción que confirma la regla, para el Partido de la Libertad de Austria (FPÖ) “la transformación de nuestro sistema energético hacia energías locales y renovables constituye un elemento fundamental de una protección climática activa y es una exigencia de nuestro tiempo” que permitiría a Austria consolidar una economía descarbonizada en el horizonte de 2050. En cuanto a la energía eólica, el FPÖ admite la construcción de parques eólicos, aunque solo allí donde se minimice su impacto sobre los núcleos poblacionales y el medio ambiente. 7

El mundo de ayer no va a regresar

Las instituciones de la Unión Europea no supieron interpretar adecuadamente la situación internacional generada con la primera presidencia de Trump en 2017. Un abierto negacionista climático en la Casa Blanca suponía un disruptivo punto de inflexión. Si, tal y como afirmaban los tres últimos secretarios generales de las Naciones Unidas, la comunidad de la ciencia y el Parlamento Europeo, la emergencia climática era el problema llamado a definir el siglo XXI, lo correcto hubiese sido mantener una posición propia cuando, ese año 2017, Estados Unidos reseteó su política exterior haciendo de la contención hacia China el eje definidor de la misma (great power competition).

Europa se plegó a los nuevos vientos que llegaban del otro lado del Atlántico, en detrimento de una estrategia exterior centrada hasta entonces, en gran medida, en reconducir la crisis del clima e impulsar la transición de la energía, algo solamente viable mediante una colaboración constructiva con China. La Unión practicó un seguidismo acrítico hacia un giro geopolítico cuyo fin no era otro que preservar la hegemonía mundial estadounidense, obstaculizando, cuando no impidiendo, el despegue económico, tecnológico y militar del país asiático. No supo mantener una posición propia, autónoma, deslizándose hacia una definición confusa de sus relaciones con Pekín, en las que prevalecería la desconfianza derivada de lo que se calificaba como “rivalidad sistémica”.

Mientras que Estados Unidos protagonizaba el citado año 2017 el segundo default climático (el primero tuvo lugar con el Protocolo de Kioto) abandonando el Acuerdo de París, Pekín proyectaba estabilidad geopolítica y se atenía a los compromisos internacionales. La razón era prístina. China se había beneficiado como nadie de la globalización económica posterior a la finalización de la Guerra Fría, en especial a raíz de su incorporación a la Organización Mundial del Comercio en diciembre de 2001. El país asiático había sacado de la pobreza extrema a ochocientos millones de personas en cuatro décadas y había transitado desde los márgenes al centro del sistema económico, industrial y comercial mundial. Era una nación interesada, en consecuencia, en preservar la relevancia de la red de relaciones institucionales que vertebraban el sistema internacional. 8

La segunda presidencia de Trump ha agravado la desorientación europea.

La nueva doctrina definida por la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) dirige su hostilidad más afilada no ya hacia Pekín o Moscú, sino, sorpresa, hacia el proyecto político comunitario. Como resultado de ese asalto dialéctico de la ESN y la posterior amenaza de ocupar Groenlandia, la brújula europea se encuentra todavía en modo shock respecto a cómo perfilar su relación con Estados Unidos.

La desorientación es consecuencia de la dificultad para superar la dependencia hacia Estados Unidos que se percibe en algunas capitales, singularmente Berlín. Prevalece una fuerte nostalgia de los buenos viejos tiempos, en especial en las esferas conservadoras de Alemania.

Esa nostalgia es, sin embargo, mera ilusión. El mundo de ayer no va a regresar. Las placas tectónicas políticas del coloso norteamericano se han desplazado irreversiblemente. Europa ha de aceptar de manera realista los hechos, abandonar toda ingenuidad y mirar hacia el futuro.

No será fácil.

Existe, por un lado, una muy importante agenda de seguridad y defensa en relación con la guerra de agresión y desgaste de Rusia contra Ucrania, a la que Europa ha prestado acertadamente una gran atención. En buena parte de los países comunitarios del Este y de Centroeuropa la percepción de inseguridad respecto a la Rusia neoimperial de Vladimir Putin condiciona de manera decisiva su orientación estratégica.

Reaccionar al cerco estratégico fósil

La Unión Europea se ha situado desde hace más de tres décadas a la vanguardia mundial de la descarbonización.

Ha sido y es un actor fundamental en la diplomacia climática global. De hecho, ninguna otra región del globo ha llevado más lejos la posibilidad de combinar prosperidad económica y descarbonización.

Desde 1990 hasta 2025, el PIB real europeo ha crecido un 70 ciento en términos reales, mientras que sus emisiones de gases de efecto invernadero han disminuido un 37 por ciento. Un ejemplo empírico de desacoplamiento protagonizado por cientos de millones de personas a lo largo de 35 años. Pese a que China ha tomado el testigo de la innovación tecnológica y la capacidad industrial verde, ningún otro lugar como Europa presenta una proporción tan relativamente equilibrada entre desarrollo económico, desempeño ambiental, justicia social y compromiso climático.

En los nuevos centros imperiales, la actual Casa Blanca y Moscú, la Unión Europea se percibe como un proyecto político que precisan debilitar al objeto de que su agenda de refundación del orden mundial, basado en la completa dominación en sus respectivas esferas de influencia, pueda hacerse realidad.

En esta difícil encrucijada la dependencia energética constituye una seria vulnerabilidad estratégica.

Pese a las numerosas experiencias del pasado, y pese a haber abierto el camino a la competitividad de las renovables en la primera década de este siglo, la matriz energética de la Unión Europea sigue dependiendo todavía en un 70 por ciento de los combustibles fósiles, la inmensa mayoría de ellos importados. Una vulnerabilidad económica y de seguridad que ha regresado al primer plano a raíz de los efectos derivados de la guerra de Irán, cuando todavía estaba reciente el shock de oferta de gas provocado por la invasión de Rusia a Ucrania en 2022.

El proyecto político europeo se encuentra, así, sometido a un creciente cerco estratégico por parte de dos potencias agresivas, que buscan, en el marco más amplio de una reconfiguración del orden mundial, hacer descarrilar la transición de la energía y así preservar sus ingentes activos fósiles y el poder geopolítico que les proporciona.

Europa precisa, en consecuencia, reformular sus relaciones internacionales para sobrevivir y prosperar en un mundo post-atlantista. Tras el retorno de las lógicas imperiales encara el que posiblemente sea el mayor desafío existencial que ha conocido en las siete décadas transcurridas desde sus orígenes.

Ante este grave diagnóstico se impone una mirada realista.

Ideas contra los imperios

La descalificadora y agresiva visión sobre Europa articulada por la ESN de Estados Unidos y las pulsiones imperiales moscovitas, surgen de respectivas corrientes muy profundas de la historia. Es preciso responder. Las siguientes ideas-fuerza pueden servir de guía.

La primera, la Unión Europea ha de poner en marcha sin demora un salto cualitativo en su proceso de integración.

Es imprescindible sortear la capacidad de veto y bloqueo interno que poseen las naciones satélites del Kremlin dentro de Europa, con Hungría en un papel estelar; un país que, de la mano de un gobierno nacionalpopulista encabezado de forma ininterrumpida desde 2010 por Viktor Orbán, ha derivado en el país de la Unión Europea con la democracia más defectuosa, según informes solventes sobre calidad democrática en el mundo. Dada la dificultad para acordar por unanimidad la respuesta a los bloqueos sistemáticos ante crisis graves, la vía de la Cooperación Estructurada Permanente recogida en el acervo comunitario parece la opción más viable. En esa dirección, la reciente creación del E6 —Alemania, Francia, Italia, España, Polonia y Holanda— para acelerar la toma de decisiones, la competitividad económica y los avances en seguridad y defensa es una iniciativa muy prometedora que merece pleno apoyo.

La segunda, los informes Draghi y Letta deben reorientar el presente y futuro económico de Europa.

Se necesita un impulso expansivo sin precedentes financiado con la emisión de eurobonos, tal y como se ha hecho últimamente con la ayuda a Ucrania. Una inyección estructural de recursos que sirva para cubrir déficits críticos en materia de seguridad y defensa europea, salvar la actual brecha tecnológica con China y Estados Unidos y contribuir a reforzar el modelo social del continente, ingrediente clave de la cohesión social y expresión máxima de nuestros valores. Este enfoque económico habría de garantizar, asimismo, las inversiones requeridas por la Gran Adaptación Climática que tendrá que  desplegarse en los próximos años.

La tercera, tal y como ya hemos señalado, Europa habría de reformular sus relaciones internacionales.

En un contexto que se desplaza aceleradamente hacia lógicas de poder duro, no puede nadar sola asediada por depredadores imperiales y las relaciones con las denominadas potencias medias siendo necesarias, no son suficientes.

China es hoy día, tal y como se ha señalado, un factor de estabilidad geopolítica y epicentro de la gran transformación del sistema energético. A la Unión Europea le interesa una aproximación cooperativa de largo alcance estratégico con el país asiático, nucleada en torno a la transición energética, la acción climática responsable, relaciones comerciales en pie de igualdad y la defensa de un mundo basado en reglas, el multilateralismo y el sistema de Naciones Unidas.

Finalmente, una consideración desde la experiencia reciente de España. La economía española ha mostrado estos últimos años un desempeño notable con relación al resto de países de la OCDE. Existe consenso en que, parte del éxito, ha sido gracias a su apuesta decidida por la transición energética, en especial el formidable despliegue de energías renovables desde 2018. Ello ha favorecido precios de la electricidad más competitivos, lo que a su vez ha contribuido a atraer grandes inversiones.

Dicha apuesta no fue una improvisación. Se formuló dentro de un marco estratégico sobre clima y energía situado, desde el primer momento, en el centro del proyecto político del gobierno progresista de coalición.

Tras casi ocho años de recorrido, dicha experiencia contiene ingredientes muy aprovechables para una Europa social y climáticamente comprometida. Y ahora que los tambores de la guerra han regresado a Oriente Medio, también para una cultura de la paz.

El futuro acercamiento sino-europeo

El acercamiento de Europa a China que defendemos no supone compartir valores y modelos de sociedad. Supone compartir, de manera realista, intereses comunes derivados de la pertenencia a un mundo lleno de turbulencias, conflictos y guerras que, además, se desliza sonámbulo hacia el desastre climático.

Europa es hija de la Ilustración y de una Modernidad en la que los derechos individuales, las libertades políticas, la formación democrática de la voluntad popular, el Estado de derecho, la protección de las minorías, la propiedad privada, la cohesión social y el respeto escrupuloso a los derechos humanos forman parte de un acervo civilizatorio en el que nos reconocemos con orgullo y al que no podemos renunciar. Sin embargo, lo anterior no nos proporciona un pedestal para considerar desde una posición de superioridad filosófica o moral otros modelos de sociedad y otros valores.

Sin negar los numerosos tramos oscuros existentes en sus trayectorias históricas, Europa y China son depositarias de dos antiguas civilizaciones. Como tales han visto ascender y colapsar imperios, dinastías y regímenes políticos.

Les une el respeto hacia el conocimiento surgido de la observación empírica de la naturaleza y el aprecio por la verdad, es decir hacia la ciencia, lo que el gran reformador y estratega Deng Xiaoping llamaba “”buscar la verdad a partir de los hechos”. Sus tradiciones culturales son diferentes, pero complementarias.

La primera es heredera de la razón discursiva socrática, base de la orientación ilustrada por la deliberación democrática. La segunda es depositaria de un legado confuciano y taoísta basado en la armonía y el equilibrio entre la naturaleza y la sociedad, fuente de inspiración, por tanto, para afrontar la crisis ecológica planetaria. 9

Ambas civilizaciones han conocido en sus territorios numerosas invasiones, guerras, catástrofes, miseria y sufrimiento. Han aprendido por experiencia propia que nada hay más valioso que la paz, la prosperidad y la cohesión social de sus sociedades. Cuentan, por tanto, no sólo con los recursos económicos, industriales y tecnológicos, sino cosmovisivos y de valores para aunar esfuerzos de cara a evitar que el mundo se adentre en una espiral de autodestrucción.

En otras palabras, los liderazgos políticos, filosóficos y culturales de China y Europa atesoran la experiencia histórica necesaria para mantener las luces largas a la hora de comprender las amenazas que afronta la humanidad en este turbulento siglo XXI, entre las que la emergencia climática ocupa un lugar central.

La nueva soberanía estratégica europea

Recapitulando nuestro análisis, defendemos que Europa se encuentra ante una convergencia de riesgos sistémicos que no admiten dilación.

El riesgo climático y el energético no pueden pensarse como agendas separadas. Constituyen, en realidad, dos dimensiones complementarias de un mismo programa de emancipación de alcance civilizatorio: la transición hacia un nuevo sistema energético mundial cuya consecución permitirá tres logros históricos. Primero, estabilizar una muy peligrosa trayectoria climática planetaria; segundo, liberar inmensas posibilidades económicas de las que se beneficiarán las mayorías sociales; y, tercero, apaciguar un sistema internacional crecientemente conflictivo como consecuencia del carácter dominador con que se emplean los recursos fósiles. En otras palabras, pacificación geopolítica, estabilidad climática y fuerte impulso a la innovación y el desarrollo económico para beneficio de las mayorías sociales.

En ese sentido, la reciente crisis desencadenada en el Golfo Pérsico ha actuado como recordatorio de una verdad incómoda: mientras Europa dependa estructuralmente de flujos fósiles externos, su autonomía estratégica será siempre relativa. Sin soberanía energética Europa será vulnerable ante potencias imperiales que han situado el concepto de “dominación” en el centro de su doctrina energética.

La transición ha dejado de ser, en consecuencia, únicamente una política climática y económica. Se sitúa en el corazón mismo de la soberanía estratégica europea, al afectar al núcleo mismo de nuestra seguridad.

En este contexto, la relación de Europa con China adquiere un significado renovado que trasciende la lógica convencional de competencia entre potencias. Una cooperación de largo recorrido y orientación pragmática entre dos polos geopolíticos, económicos y tecnológicos que concentran capacidades decisivas para evitar el caos climático y reconfigurar el sistema energético global. Europa aporta un marco normativo avanzado, una experiencia pionera en políticas de descarbonización y un modelo social que integra cohesión y sostenibilidad. China, por su parte, dispone de la escala industrial, la capacidad de despliegue y el control de las cadenas de valor tecnológicas que hoy determinan el ritmo de la transición.

El interés de ambas converge, además, en su vulnerabilidad compartida ante un orden fósil que no sólo no controlan, sino que se erige como grave amenaza a su seguridad. Se trata, por tanto, de ir articulando un eje sino europeo de responsabilidad climática y cooperación energética, que permita acelerar la transición, esquivar los peores escenarios climáticos y contribuir al fortalecimiento del sistema multilateral y al papel central de las Naciones Unidas.

En última instancia, la cuestión es sencilla en su formulación y decisiva en sus consecuencias: o Europa sitúa la acción climática y la soberanía energética en el centro de su proyecto político y de su acción exterior —lo que pasa por replantear su relación con China—, o el creciente cerco estratégico fósil por parte de Rusia y Estados Unidos nos abocará no sólo al empobrecimiento relativo, sino a la continua dependencia y vulnerabilidad hacia un régimen energético desestabilizador. Lo que podría acabar provocando la involución del proyecto político europeo.

Actuar con la escala, la ambición y la inteligencia estratégica que exige este momento histórico es, probablemente, la tarea más importante a la que se ha enfrentado la Unión Europea desde su fundación.

Notas al pie
  1. William J. Ripple et al., «The risk of a hothouse Earth trajectory», One Earth, vol. 9 (2), 20 de febrero de 2026.
  2. «Unraveling The Democratic Era?», V-Dem Institute, 2026.
  3. Thomas Hobbes (1998 [1642]): On the Citizen. Cambridge: Cambridge University Press, p. 97.
  4. Executive Order 14162 of January 20, 2025: “Putting America First in International Environmental Agreements”, en: https://www.govinfo.gov/content/pkg/FR-2025-01-30/pdf/2025-02010.pdf; Executive Order 14153 of January 20, 2025: “Unleashing Alaska’s Extraordinary Resource Potential”, en: https://www.govinfo.gov/content/pkg/FR-2025-01-29/pdf/2025-01955.pdf; Executive Order 14154 of January 20, 2025: “Unleashing American Energy”, en: https://www.govinfo.gov/content/pkg/FR-2025-01-29/pdf/2025-01956.pdf.
  5. “Programm für Deutschland. Das Grundsatzprogramm der Alternative für Deutschland”, Stuttgart (2016), pp. 156, 170, en: https://www.afd.de/wp-content/uploads/2017/01/2016-06-27_afd-grundsatzprogramm_web-version.pdf; Vox. Un programa para lo que importa. Programa electoral para las Elecciones Generales del 23J de 2023, p. 117, en: https://www.voxespana.es/programa/programa-electoral-vox.
  6. Andreas Malm & Zetkin Collective (2024): Piel blanca, combustible negro. Los peligros del fascismo fósil. Madrid: Capitán Swing, pp. 333-334.
  7. “M la France. 22 mesures pour 2022”, medida nº 12. En: https://mlafrance.fr/pdfs/22-mesures-pour-2022.pdf; “Zusammen. Für unser Österreich. Regierungsprogramm 2017-2022”, p. 169 y 179. En: https://nfz.fpoe.at/fpo-ovp-regierungsprogramm-2017-2022/59887739 ; Handbuch freiheitlicher Politik (4ª ed., 2013), p. 59.
  8. Antxon Olabe Egaña, “China, la dinastía roja”, Política Exterior Vol. 32, nº 185, septiembre-octubre 2018.
  9. Antxon Olabe Egaña, “The EU-China Climate Agreement: Building Success at the Crucial Glasgow Summit”, Real Instituto Elcano. Documento de Trabajo 20, 2020. "
(Emilio Santiago Muíño, Jesus Casquete, Antxon Olabe , El Grand Continent, 16/04/26)