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8.7.26

La versión tradicional de la independencia estadounidense presenta la guerra contra Gran Bretaña como una revolución democrática frente al despotismo. Sin negar la importancia de las ideas ilustradas, esa interpretación resulta incompleta si se ignoran otros intereses más espurios que impulsaron buena parte de la rebelión... la Corona británica promulgó la Proclamación Real de 1763, mediante la cual prohibía el establecimiento de nuevos colonos al oeste de los Montes Apalaches. El objetivo era evitar nuevas guerras con las naciones indígenas y estabilizar las fronteras del Imperio. Aquella decisión fue percibida por numerosos colonos como un obstáculo intolerable para sus expectativas económicas... George Washington había adquirido enormes extensiones de tierra y participaba activamente en operaciones especulativas relacionadas con el valle del Ohio. Su familia y buena parte de la aristocracia virginiana esperaban obtener beneficios extraordinarios mediante la ocupación de nuevos territorios indígenas. Thomas Jefferson, propietario de una gran plantación y de centenares de personas esclavizadas a lo largo de su vida, concebía el crecimiento de la nueva república como una expansión continua de la frontera agrícola. Benjamín Franklin también participó en iniciativas empresariales vinculadas a la colonización del interior del continente. Los llamados Padres Fundadores no fueron únicamente filósofos ilustrados. También fueron propietarios, terratenientes e inversores. La independencia eliminó el principal obstáculo jurídico que frenaba la apropiación privada de millones de hectáreas pertenecientes a las naciones indígenas... La nueva República nació vinculada al negocio de la tierra... Paralelamente, la joven República desarrolló otro de los grandes pilares de su crecimiento económico: la esclavitud africana. La paradoja resulta evidente. La nación que proclamaba que «todos los hombres son creados iguales» era al mismo tiempo una de las mayores sociedades esclavistas del mundo atlántico. La riqueza de muchos de sus dirigentes descansaba sobre el trabajo forzado de millones de personas privadas de cualquier derecho. La libertad proclamada en Filadelfia nunca fue verdaderamente universal. Era, ante todo, la libertad de una comunidad política restringida: hombres blancos propietarios. Los indígenas quedaban excluidos porque ocupaban las tierras que debían ser colonizadas. Los africanos esclavizados quedaban excluidos porque constituían la mano de obra indispensable para sostener el sistema económico (Eduardo Luque)

"Del colonialismo de asentamiento en Norteamérica a la tragedia Palestina

El aniversario de la independencia de Estados Unidos sigue celebrándose como el nacimiento de la libertad, la democracia y los derechos individuales. Desde hace dos siglos y medio, el 4 de julio se ha convertido en el gran mito fundacional de la primera potencia mundial. Sin embargo, toda celebración nacional implica también una selección de la memoria. Se recuerdan unos hechos y se silencian otros.

En 1852, el gran abolicionista afroamericano Frederick Douglass formuló una de las preguntas más devastadoras de la historia política estadounidense: «¿Qué significa el 4 de julio para el esclavo?». Su respuesta desmontaba la retórica oficial. Mientras la población blanca celebraba la libertad, millones de hombres, mujeres y niños seguían viviendo bajo la esclavitud. La independencia proclamaba derechos universales, pero esos derechos no alcanzaban a todos.

Hoy esa pregunta nos sigue interrogando.

¿Qué significó la Declaración de Independencia para los pueblos indígenas que habitaban Norteamérica desde hacía milenios? ¿Qué significó para las naciones que fueron expulsadas de sus tierras para permitir la expansión de los colonos? Y, observando el presente, ¿qué puede significar ese mismo discurso sobre la libertad para los palestinos sometidos desde hace décadas a un proceso continuado de ocupación y colonización?

Las tres preguntas apuntan hacia una misma contradicción: la distancia existente entre el lenguaje universal de la libertad y la realidad histórica de un proyecto político construido sobre la expansión territorial, la apropiación de tierras y la exclusión de quienes quedaban fuera de la comunidad política dominante.

La versión tradicional de la independencia estadounidense presenta la guerra contra Gran Bretaña como una revolución democrática frente al despotismo. Sin negar la importancia de las ideas ilustradas, esa interpretación resulta incompleta si se ignoran otros intereses más espurios que impulsaron buena parte de la rebelión.

Tras la Guerra de los Siete Años, la Corona británica promulgó la Proclamación Real de 1763, mediante la cual prohibía el establecimiento de nuevos colonos al oeste de los Montes Apalaches. El objetivo era evitar nuevas guerras con las naciones indígenas y estabilizar las fronteras del Imperio. Aquella decisión fue percibida por numerosos colonos como un obstáculo intolerable para sus expectativas económicas.

No es casual que una de las acusaciones contenidas en la propia Declaración de Independencia denunciara que el rey Jorge III había impedido la inmigración de nuevos colonos y había dificultado «las nuevas apropiaciones de tierras». La cuestión territorial ocupaba un lugar central en el conflicto.

La historia oficial suele presentar a Benjamín Franklin, Thomas Jefferson o George Washington de una forma sesgada, se les presenta exclusivamente como los grandes arquitectos de la democracia estadounidense. Sin embargo, eran también miembros de la élite económica colonial y mantenían importantes intereses en la expansión hacia el oeste. George Washington había adquirido enormes extensiones de tierra y participaba activamente en operaciones especulativas relacionadas con el valle del Ohio. Su familia y buena parte de la aristocracia virginiana esperaban obtener beneficios extraordinarios mediante la ocupación de nuevos territorios indígenas. Thomas Jefferson, propietario de una gran plantación y de centenares de personas esclavizadas a lo largo de su vida, concebía el crecimiento de la nueva república como una expansión continua de la frontera agrícola. Benjamín Franklin también participó en iniciativas empresariales vinculadas a la colonización del interior del continente. Los llamados Padres Fundadores no fueron únicamente filósofos ilustrados. También fueron propietarios, terratenientes e inversores. La independencia eliminó el principal obstáculo jurídico que frenaba la apropiación privada de millones de hectáreas pertenecientes a las naciones indígenas.

La nueva República nació vinculada al negocio de la tierra.

Ese proceso no puede comprenderse únicamente como una conquista militar. Responde a una lógica que numerosos historiadores han definido como colonialismo de asentamiento: un modelo en el que el objetivo no consiste simplemente en dominar a la población originaria, sino en sustituirla progresivamente mediante el establecimiento permanente de nuevos colonos.

Los pueblos indígenas constituían un obstáculo para la ocupación del territorio. Por ello fueron desplazados, confinados en reservas o exterminados a lo largo de un proceso que se prolongó durante generaciones.

Paralelamente, la joven República desarrolló otro de los grandes pilares de su crecimiento económico: la esclavitud africana. La paradoja resulta evidente. La nación que proclamaba que «todos los hombres son creados iguales» era al mismo tiempo una de las mayores sociedades esclavistas del mundo atlántico. La riqueza de muchos de sus dirigentes descansaba sobre el trabajo forzado de millones de personas privadas de cualquier derecho. La libertad proclamada en Filadelfia nunca fue verdaderamente universal. Era, ante todo, la libertad de una comunidad política restringida: hombres blancos propietarios. Los indígenas quedaban excluidos porque ocupaban las tierras que debían ser colonizadas. Los africanos esclavizados quedaban excluidos porque constituían la mano de obra indispensable para sostener el sistema económico.

El líder antiesclavista Frederick Douglass denunció con extraordinaria claridad esa contradicción. Su célebre discurso de 1852 no atacaba la idea de libertad, sino la hipocresía de celebrar la libertad mientras millones de personas permanecían sometidas. Su pregunta sigue siendo una de las críticas más profundas formuladas desde el interior de la propia tradición democrática estadounidense.

La construcción de la nación exigió también un lenguaje capaz de justificar la violencia. La Declaración de Independencia calificaba a los pueblos indígenas como «despiadados salvajes». No era una simple expresión retórica. La deshumanización constituye uno de los mecanismos clásicos de todo proceso colonial. Cuando el otro deja de ser considerado plenamente humano, su expulsión, su confinamiento o incluso su exterminio pueden presentarse como medidas legítimas de seguridad.

Es precisamente aquí donde aparecen algunos paralelismos con la tragedia palestina contemporánea. El conflicto palestino-israelí posee una historia propia y unas características específicas que no pueden reducirse a la experiencia norteamericana. Sin embargo, ambos procesos comparten rasgos estructurales propios del colonialismo de asentamiento. En ambos casos la tierra ocupa el centro del conflicto. En ambos casos la expansión de los asentamientos modifica progresivamente la realidad demográfica del territorio. En ambos casos la población originaria aparece convertida en un obstáculo para el proyecto colonizador. En ambos casos la seguridad sirve como principal argumento para justificar la expansión territorial y en ambos casos la deshumanización del adversario facilita la aceptación social de políticas de desplazamiento, confinamiento o destrucción. Estados Unidos construyó durante el siglo XIX dos grandes mitos: el mito del Destino Manifiesto y el de la nación elegida. Desde esa perspectiva la expansión hacia el oeste constituía una misión histórica casi providencial. El genocidio que conllevaba dejaba así de presentarse como una ocupación para convertirse en el cumplimiento de un supuesto destino nacional.

Determinados sectores del sionismo religioso contemporáneo utilizan argumentos que también apelan a derechos históricos o religiosos sobre la tierra, situando el proyecto político en un marco donde la expansión territorial adquiere una legitimidad superior al derecho de quienes ya habitan ese territorio.

No se trata de afirmar que ambos procesos sean idénticos. Toda comparación histórica exige prudencia. Pero sí resulta posible observar que pertenecen a una misma familia histórica caracterizada por la colonización de asentamiento, la sustitución progresiva de la población originaria y la utilización de discursos de legitimación moral para justificar la apropiación del territorio. Doscientos cincuenta años después de la independencia, la pregunta formulada por Frederick Douglass continúa resonando con fuerza. ¿Qué significa el 4 de julio para quienes quedaron fuera de la promesa de libertad? Para los millones de africanos esclavizados. Para las naciones indígenas expulsadas de sus tierra y para quienes, en otras geografías y otros tiempos, contemplan cómo la expansión de nuevos asentamientos transforma irreversiblemente el territorio donde han vivido durante generaciones.

Quizá la mejor manera de conmemorar el aniversario de Estados Unidos no sea repetir los mitos fundacionales, sino afrontar con honestidad las contradicciones sobre las que se construyó una de las democracias más influyentes de la historia. Solo desde ese reconocimiento crítico puede entenderse que la defensa de la libertad pierde toda credibilidad cuando convive con la esclavitud, el despojo territorial o la negación de los derechos de otros pueblos."

(Eduardo Luque, El Viejo Topo, 08/07/26)  

17.5.26

Había fábrica, pero no producción... El capital se mueve hacia los sectores especulativos: energía fósil, armas… Deja un vacío que se ve en toda Europa... “Si el capital público estatal no quiere sustituirlo, porque está pegado a esos intereses especulativos, ¿quién lo hará? El capital público social. Convertirnos en cooperativa y reindustrializar la fábrica con accionariado popular, una reindustrialización ecológica”... Paneles solares contra el rearme en una fábrica recuperada en Italia... La antigua fábrica de la multinacional GKN en Campi Bisenzio, en la Toscana, lleva ocupada desde julio de 2021 por sus más de 400 trabajadores, que ahora luchan por sacar adelante un proyecto de reindustrialización ecológico y cooperativo (Jose A. Cano)

“Me gustaría decir que este proyecto nació de forma ideológica, pero no es así. Suena bien: un grupo de trabajadores decide que no quiere producir piezas para la guerra sino para la transición ecológica. Pero si cuentas esa historia, parece que es algo que tú eliges. Y en realidad ha sido la misma lógica de querer conservar nuestro trabajo y enfrentarnos al capital la que nos ha llevado a este propuesta”.

Dario Salvetti es uno de los más de 400 trabajadores de la antigua fábrica de la multinacional del automóvil GKN en Campi Bisenzio, en las afueras de Florencia y la muy industrializada región italiana de Toscana. Desde julio de 2021, él y sus compañeros se mantienen en “asamblea permanente” ocupando la fábrica, de la que el fondo de inversión Melrose, propietario de GKN, intentó despedirlos en un proceso considerado ilegal por los tribunales. Casi cinco años después, mantienen su lucha para reconvertir la antigua factoría de semiejes para automóviles a una de paneles solares y cargo-bikes.

“Nuestra existencia fue suficiente para paralizar los despidos, pero no para que el capital volviese atrás. Había fábrica, pero no producción. El capital se mueve hacia los sectores especulativos: energía fósil, armas… Deja un vacío que se ve en toda Europa, donde hemos perdido el 25% de la producción industrial en 30 años”, añade Salvetti.

“Si el capital público estatal no quiere sustituirlo, porque está pegado a esos intereses especulativos, ¿quién lo hará? El capital público social. Convertirnos en cooperativa y reindustrializar la fábrica con accionariado popular. Y si estamos pidiendo ese apoyo ético-social, tenemos que fabricar cosas que sean útiles a la sociedad, que no contribuyan a esa especulación. Una reindustrialización ecológica”, concluye el sindicalista.

La ocupación de los antiguos trabajadores de GKN es ya la “asamblea permanente” más duradera de la historia de las protestas obreras en Italia. Los cinco años exactos se cumplirán el próximo 9 de julio. Ese mismo día, pero de 2021, los 422 empleados de la fábrica y otros 80 pertenecientes a subcontratas habían sido enviados de vacaciones cuando sus representantes sindicales recibieron un correo que informaba del despido de la plantilla al completo.

Era algo esperado. Desde que Melrose adquiriese la propiedad de GKN en 2018 se había barajado un traslado a Polonia, país dentro de la Unión Europa con menores costes salariales. La misma tarde del 9 de julio, más de 100 trabajadores se plantaron en la fábrica, que había sido rodeada por guardas de seguridad, y lograron entrar en ella de forma pacífica y ocuparla, anunciando que se constituían en asamblea permanente.

“Es un ejercicio de resistencia. A la tercera vez que intentaron despedirnos, en abril de 2025, aceptamos, porque así nos quedaba el subsidio de desempleo, pero habíamos estado desde enero de 2024 sin ningún ingreso. La campaña de accionariado popular concluye este verano, en junio o julio, y hemos conseguido una gran cantidad, alrededor de un millón de euros, pero no es suficiente para la reindustrialización. Va a llegar el momento de sentarnos y tomar una decisión, reorganizar el proyecto de manera que mantenga la chispa. Porque la gente se ha ido dispersando, por la falta de ingresos”.

En estos casi cinco años los ya extrabajadores de GKN han mantenido la fábrica ocupada respetando los tres turnos de la antigua organización (de 6h a 14h, de 14h a 22h, de 22h a 6h, y vuelta a empezar), organizado más de una docena de manifestaciones (varias junto a movimientos ecologistas como Fridays for Future), un festival literario ya por su cuarta edición, varios grandes conciertos de año nuevo, apoyado la Global Summud Flotilla y la Flota Nuestra América a Cuba (que transportó varios cargo-bikes), giras internacionales presentando su proyecto en París, Berlín o Bilbao.

Es el modelo de fábrica social integrada: “Reentramos aquí y dijimos que es nuestra casa. Ha sido construida por la comunidad durante décadas y nadie tiene el permiso de cerrarla de esta manera. En 1994 era un área verde que se convirtió en industrial para crear puestos de trabajo. Podemos hacer muchas cosas sin permiso, pero se nos impide un proyecto de reindustrialización cooperativo que es completamente viable en términos económicos”, insiste Salvetti.

“Una ciudad permanentemente bombardeada”

En julio de 2021 comenzó una larga andadura de victorias, derrotas y resistencia que lleva hasta el próximo y decisivo verano. En septiembre de 2021 los trabajadores logran una manifestación de más de 40.000 personas que recorren Florencia —ciudad de 360.000 habitantes— en apoyo a su causa, y también la declaración de nulidad de los despidos por un tribunal. Con el apoyo de investigadores de la Universidad de Pisa, los todavía trabajadores de GKN presentan un plan de reindustrialización basado en la movilidad sostenible. Incluso proponen una ‘Ley Antideslocalizaciones’, que ningún partido con representación parlamentaria asume y no llega a debatirse.

En 2022, el primer giro: el empresario Francesco Borgomeo llega a un acuerdo con GKN y adquiere la fábrica por intermediación del Gobierno italiano, entonces aún presidido por Mario Draghi. Los trabajadores se niegan a disolver la asamblea permanente mientras no se garanticen inversores que mantengan sus puestos, así que la ocupación permanece. En noviembre de 2022, Borgomeo deja de pagar los salarios y en febrero de 2023 pondrá la sociedad en disolución. Será el Estado italiano —ya con Giorgia Meloni como primera ministra— el que asumirá las pérdidas, incluyendo ocho meses de atrasos en los salarios. Entre medias, los sindicatos llevan a cabo nuevas movilizaciones e incluso la ocupación temporal de Palacio Vecchio de Florencia, sede del ayuntamiento.

Es en este periodo cuando los trabajadores se constituyen en Soms Insorgiamo, la sociedad cooperativa que crea el actual proyecto de reindustrialización “desde abajo”. A partir de ahí, el sindicalista Salvetti define la supervivencia de la asamblea como “una ciudad permanentemente bombardeada”. Para él, el gran pecado del proyecto ha sido “destapar la hipocresía de los proyectos de reindustrialización de la Unión Europea”.

En 2022, cuando presentaron su primera propuesta “se suponía que iban a quintuplicar la producción de paneles solares en toda Europa. Ahora, se habla del rearme. Si nos oponemos a la guerra [durante los meses de abril y mayo Soms Insorgiamo ha encabezado una serie de movilizaciones en apoyo a Gaza, contra la guerra de Irán y el rearme italiano] no es solo por ética o sentido humanitario, es porque nos perjudica, como trabajadores”, concluye.

E insiste: “Si mañana llega un inversor y dice que para él dos millones no son nada y quiere invertir para que produzcamos paneles fotovoltaicos, lo puede hacer. No ocurre porque la respuesta que nos dan es que competir contra China es muy caro. Necesitas demasiado capital para eso. Y además nuestro proyecto quiere construir esos paneles adaptados a las necesidades de las comunidades locales, la de nuestro alrededor, no masivos.

El proceso de liquidación de la sociedad iniciado por Borgomeo fue otra batalla. Los trabajadores denunciaron que los liquidadores nunca llegaron a visitar la fábrica, y se inició un segundo proceso de despido para enero de 2024 que no llegó a concretarse. En abril de ese mismo año se llegó a cortar la electricidad de la fábrica. Tras una manifestación en junio, tres trabajadores acampan e inician una huelga de hambre en el centro de Florencia que dura 13 días. Consiguen que el Gobierno de la Región Toscana apruebe ayudas para los empleados sin subsidios y que apoye una petición al Estado para que asuma la propiedad de la empresa.

En octubre del mismo 2024, la jugarreta: se desvela que QF, la firma de Borgomeo, había vendido seis meses atrás la propiedad de la fábrica a dos empresas de inversiones inmobiliarias creadas a finales de 2023 y sin actividad aparente. Mientras tanto, la región Toscana aprueba su propia ley de reindustrialización, pero no se aplica en Campi Bisenzio. Así llega el despido que se acepta y hace efectivo en abril de 2025, dando 12 meses de desempleo y tregua a los más de 400 trabajadores. Esta primavera marca el final de esos ingresos.

Socialmente integrados

“Cada día puede ser el último. Es difícil construir algo si no sabes cuánto tendrás que resistir, y si hubiésemos sabido desde el principio que iba hacer cinco años, habríamos tomado otras decisiones”, explica Salvetti. “Por eso nuestra estructura es muy similar a la de la Florilla. Tenemos una misión, y construimos fuerza para llevarla a cabo. Si no sale, no sale, pero la reconstruiremos”.

Toda la larga entrevista con el sindicalista se ha producido durante un descanso del IV Festival de Literatura Working Class. Junto a la cantina de la fábrica, varios paneles solares sirven de muestra del trabajo que se ha ido sacando a trompicones estos años y de los planes de futuro. La factoría ocupada, en un polígono industrial de Campi Bisenzio que a su vez es las afueras de la turística Florencia, recibe en los días de fin de semana más visitantes al cercano centro comercial I Gigli que a cualquiera de sus fábricas. El sábado, segundo día del certamen, los trabajadores y escritores encabezarán una manifestación contra la guerra hasta las cercanas instalaciones de la armamentística Leonardo.

“Es difícil hablar a futuro, más allá del 11 o 12 de julio. Se convocará una Asamblea Popular del Movimiento de Defensa de la Fábrica y el Movimiento Nacional Popular, para ver qué hacer con nuestro proyecto, a partir de septiembre u octubre”, explica. Siguiendo con el ejemplo de la Flotilla: “Tenemos que decidir en qué momento nos echamos al mar y con cuantos barcos”.

Abundando en esa comparación, Salvetti subraya: “Piensa en cómo es la Flotilla. Se financia de forma privada, pero es pública. Es un acto público. Nuestra fábrica es igual. Es privada porque no es estatal, pero es pública porque no pertenece a una lógica particular, tiene unos objetivos sociales. Igual que me gustaría que la Flotilla fuese estatal y nuestros países pusiesen fin a lo que ocurre en Gaza, me gustaría que la fábrica fuese estatal. Pero trabajamos con lo que existe”."

(Jose A. Cano  , El Salto, 16/05/26) 

14.2.26

¿Sustituir el capitalismo, no por el socialismo, sino por la democracia? Necesitamos urgentemente superar la ley capitalista del valor... por «capitalismo entendemos algo muy extraño y muy específico: un sistema económico que se reduce a una dictadura dirigida por una pequeña minoría que controla el capital: los grandes bancos, las grandes empresas y el 1 % que posee la mayoría de los activos invertibles»... bajo el capitalismo «el propósito de la producción no es principalmente satisfacer las necesidades humanas o lograr el progreso social, y mucho menos cumplir con ningún objetivo ecológico. El propósito es maximizar y acumular beneficios. Ese es el objetivo primordial. Esta es la ley capitalista del valor. Y para maximizar los beneficios, el capital requiere un crecimiento perpetuo, una producción agregada cada vez mayor, independientemente de si es necesaria o perjudicial»... la construcción y el mantenimiento de autopistas es mucho más lucrativo para los contratistas privados, los fabricantes de automóviles y las compañías petroleras que una red moderna de ferrocarriles públicos ultrarrápidos y seguros. Por eso, los capitalistas siguen presionando a sus gobiernos para que subvencionen los combustibles fósiles... El capitalismo está bloqueando las tecnologías y las inversiones para el bien colectivo y les está encerrando «en ciclos interminables de violencia imperialista». El imperialismo es un producto del capitalismo, donde «la acumulación de capital en las economías avanzadas depende de la aportación masiva de mano de obra barata y recursos naturales del sur global. Para mantener este orden, el capital utiliza todas las herramientas a su alcance: deuda, sanciones, golpes de Estado e incluso invasiones militares directas para mantener a las economías del sur en una posición de subordinación»... Entonces, ¿cuál es la respuesta al capitalismo y al imperialismo? Necesitamos un nuevo banco de inversión público que, en asociación con los bancos centrales, convierta la liquidez disponible en tipos de inversión compatibles con una prosperidad común y sostenible... utilizar ampliamente la democracia deliberativa para decidir los objetivos sectoriales, regionales y nacionales a los que se destinarán las nuevas herramientas de financiación pública... y la formación de empresas «gestionadas según el principio de un empleado, una acción, un voto»... pero la inversión capitalista en las economías modernas es cinco veces mayor que la inversión pública, inversión públíca frente a las decisiones de inversión que toman los grandes bancos de inversión privados de Estados Unidos... y cualquier trabajador puede comprar ya una acción de una empresa en este momento y votar, frente a las acciones de las grandes empresas, las sociedades de capital privado y las instituciones financieras? (Michael Roberts)

"Los destacados economistas de izquierda Jason Hickel y Yanis Varoufakis escribieron conjuntamente un artículo para el periódico británico The Guardian esta semana. El titular era «Podemos superar el modelo capitalista y salvar el clima: estos son los tres primeros pasos». Jason Hickel es profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona y profesor visitante sénior en la LSE. Yanis Varoufakis es el líder de MeRA25, exministro de Finanzas y autor de Technofeudalism: What Killed Capitalism.

Hickel y Varoufakis comienzan dejando muy claro lo siguiente: «Nuestro sistema económico actual es incapaz de abordar las crisis sociales y ecológicas a las que nos enfrentamos en el siglo XXI. Cuando miramos a nuestro alrededor, vemos una paradoja extraordinaria. Por un lado, tenemos acceso a nuevas tecnologías extraordinarias y a una capacidad colectiva para producir más alimentos y más cosas de las que necesitamos o de las que el planeta puede permitirse. Sin embargo, al mismo tiempo, millones de personas sufren condiciones de grave privación».

¿Por qué ocurre esto? Hickel y Varoufakis nos dicen sin rodeos que el problema es el «capitalismo». Una respuesta extraña por parte de Varoufakis, que recientemente ha escrito un libro en el que sostiene que «el capitalismo ha muerto» y ha sido sustituido por el feudalismo, o más precisamente por el «tecnofeudalismo». Pero la definición de capitalismo de Hickel y Varoufakis es algo extraña. Por capitalismo, no se refieren a «los mercados, el comercio y el espíritu empresarial, que han existido durante miles de años antes del auge del capitalismo». Eso es cierto. En cambio, los autores de este artículo afirman que por «capitalismo entendemos algo muy extraño y muy específico: un sistema económico que se reduce a una dictadura dirigida por una pequeña minoría que controla el capital: los grandes bancos, las grandes empresas y el 1 % que posee la mayoría de los activos invertibles».

No estoy seguro de por qué esto es «extraño». Al fin y al cabo, la historia de la organización social humana desde la época primitiva ha sido una historia de división de las personas en clases, con una clase dominante que explota al resto a través de diferentes modos sociales: la esclavitud, el feudalismo, el absolutismo y, durante los últimos 250 años aproximadamente, la explotación capitalista de la fuerza de trabajo humana a través de la propiedad y el control de los medios de producción. De hecho, como dicen los autores, bajo el capitalismo «el propósito de la producción no es principalmente satisfacer las necesidades humanas o lograr el progreso social, y mucho menos cumplir con ningún objetivo ecológico. El propósito es maximizar y acumular beneficios. Ese es el objetivo primordial. Esta es la ley capitalista del valor. Y para maximizar los beneficios, el capital requiere un crecimiento perpetuo, una producción agregada cada vez mayor, independientemente de si es necesaria o perjudicial».

Sí, el capitalismo es un sistema impulsado por los beneficios que explota a la masa de trabajadores, pero los autores no hacen tanto hincapié en ese aspecto del capitalismo como en su «irracionalidad», es decir, la «producción masiva de cosas como SUV, mansiones y moda rápida, porque estas cosas son muy rentables para el capital, pero la subproducción crónica de cosas obviamente necesarias como viviendas asequibles y transporte público, porque estas son mucho menos rentables para el capital, o no lo son en absoluto. »

Demuestran acertadamente que la razón por la que el calentamiento global y la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero no se están abordando bajo el capitalismo es que, aunque las energías renovables ya son mucho más baratas que los combustibles fósiles, la producción de estos últimos es hasta tres veces más rentable. «Del mismo modo, la construcción y el mantenimiento de autopistas es mucho más lucrativo para los contratistas privados, los fabricantes de automóviles y las compañías petroleras que una red moderna de ferrocarriles públicos ultrarrápidos y seguros. Por eso, los capitalistas siguen presionando a sus gobiernos para que subvencionen los combustibles fósiles y la construcción de carreteras, incluso mientras el mundo se quema». Como dicen gráficamente los autores: «al capitalismo le importan las perspectivas de nuestra especie tanto como a un lobo le importa un cordero».

El capitalismo está bloqueando las tecnologías y las inversiones para el bien colectivo y les está encerrando «en ciclos interminables de violencia imperialista». El imperialismo es un producto del capitalismo, donde «la acumulación de capital en las economías avanzadas depende de la aportación masiva de mano de obra barata y recursos naturales del sur global. Para mantener este orden, el capital utiliza todas las herramientas a su alcance: deuda, sanciones, golpes de Estado e incluso invasiones militares directas para mantener a las economías del sur en una posición de subordinación».

Entonces, ¿cuál es la respuesta al capitalismo y al imperialismo? Los autores vuelven a ser contundentes. «La solución está delante de sus narices. Necesitamos urgentemente superar la ley capitalista del valor». Sí. Pero cuando se trata de un programa para superar la ley del valor en el capitalismo, las alternativas que ofrecen nuestros autores se vuelven poco convincentes (en su otro significado). Hickel y Varoufakis nos ofrecen tres condiciones necesarias, pero no para sustituir el capitalismo por el socialismo, sino para sustituir la «dictadura» capitalista por «una democracia funcional y ecológicamente sólida». Así que no del capitalismo al socialismo, sino de la dictadura a la democracia. En este artículo, la palabra «socialismo» brilla por su ausencia.

Y el motivo queda claro cuando los autores explican sus tres condiciones para el cambio. «La primera condición es una nueva arquitectura financiera que penalice las «inversiones» privadas destructivas y permita la financiación pública con fines públicos». Eso es un poco vago; ¿qué significa en la práctica? «En el centro de esta arquitectura necesitamos un nuevo banco de inversión público que, en asociación con los bancos centrales, convierta la liquidez disponible en tipos de inversión compatibles con una prosperidad común y sostenible». ¿Qué? Entonces, la respuesta al dominio del capital financiero no es hacerse con el control de los bancos, las compañías de seguros, los fondos de cobertura, etc. y luego planificar la inversión. No, se trata simplemente de crear un banco público que compita con el sector financiero capitalista existente. Dado que la inversión capitalista en las economías modernas es unas cinco veces mayor que la inversión pública, ¿cómo puede esta propuesta invertir esa proporción y poner fin a la «dictadura» del capitalismo?

La segunda condición es «utilizar ampliamente la democracia deliberativa para decidir los objetivos sectoriales, regionales y nacionales (por ejemplo, en lo que respecta al crecimiento o incluso a la reducción de diferentes producciones) a los que se destinarán las nuevas herramientas de financiación pública». Así pues, nuestro banco de inversión público se gestionará democráticamente y las decisiones sobre las inversiones que realice se tomarán democráticamente. Muy bien, pero ¿qué pasa con las decisiones de inversión que toman los grandes bancos de inversión privados de Estados Unidos, los cinco grandes bancos comerciales del Reino Unido, etc.? Parece que sus decisiones no se ven afectadas.

¡Ah! No, no es así, porque la tercera condición para poner fin a la «dictadura» capitalista, según los autores, es la formación de empresas «gestionadas según el principio de un empleado, una acción, un voto». Las empresas no deben pasar a ser de propiedad común. En cambio, cada trabajador obtiene una acción y un voto en las decisiones de la empresa. Esto es extraño, porque cualquier trabajador puede comprar una acción de una empresa en este momento y votar. ¿Qué pasa con las acciones que ya poseen las grandes empresas, las sociedades de capital privado y las instituciones financieras? ¿No van a ser expropiadas? Si es así, ¿por qué no lo dicen, en lugar de limitarnos a ofrecernos la idea de un trabajador, un voto?

Los autores terminan su artículo afirmando que puede existir un mundo que evite el colapso ecológico y acabe con la pobreza global: «es una perspectiva tangible». El problema es que las tres recetas políticas que ofrecen Hickel y Varoufakis distan mucho de lograrlo, porque no conducen al fin de lo que ellos llaman la «dictadura» capitalista." 

22.12.25

Podemos comprobar que a nuestro alrededor hay multitud de experiencias que nos demuestran que los seres humanos podemos satisfacer las necesidades de forma menos costosa y mucho más eficiente, libre y pacífica cuando nos guiamos por principios distintos a los que rigen en el capitalismo... En el mundo hay más de tres millones de cooperativas que emplean a más del 10% del empleo mundial y que -a pesar de tener que hacerlo en un medio ambiente desfavorable- funcionan igual o mejor que las empresas de propiedad privada. La sanidad pública funciona mejor, es más barata y no produce las muertes evitables de la privada. Según la OCDE, en en 2023 había 126 empresas públicas (no guiadas, por tanto, por el afán de lucro capitalista) entre las 500 empresas más grandes del mundo, 92 más que en 2000. En 2024 había 1.115 bancos públicos en todo el mundo manejando 91 billones de dólares de activos, prácticamente el mismo volumen del PIB mundial... casi 1.000 millones de personas mayores de 15 años realizan mensualmente algún tipo de trabajo voluntario en todo el mundo... Para transformar de verdad el mundo hay que descubrir todo ese abanico de experiencias, aprender de ellas, reproducirlas y hacer que la gente de nuestro alrededor se movilice y empodere anticipando el futuro, construyéndolas y comprobando así que vivir en un mundo distinto al de ahora le conviene más y le satisface mejor... Es preciso construir desde abajo. Traer el futuro a la sociedad real poniendo en marcha nuevo tipos de empresas, con formas de propiedad y gestión alternativas; canales de distribución de los bienes y servicios que no obliguen a gastar improductivamente más de lo que valen; organizar el consumo racional y sosteniblemente; gestionar lo común y no destruirlo… Nada de eso es inalcanzable ni utópico. Lo tenemos a nuestro alrededor en multitud de experiencias y lugares del. mundo (Juan Torres López)

 "La última edición del informe sobre desigualdad mundial vuelve a mostrar que las brechas entre ricos y pobres en el planeta no sólo son gigantescas, sino que aumentan sin cesar. Los datos son una vez más escalofriantes y la desigualdad se manifiesta no sólo en términos de ingresos y riqueza personal:

– Unos 56.000 multimillonarios, entrarían en un campo de fútbol, controlan actualmente tres veces más riqueza que la mitad de la humanidad en su conjunto.

– El 10% más rico de la población mundial gana más que el 90% restante, mientras que la mitad más pobre de la población mundial capta menos del 10% del ingreso global total.

– Las mujeres ganan solo el 32 % de lo que ganan los hombres por hora de trabajo, considerando tanto las actividades remuneradas como las no remuneradas; y el 61 % si sólo se toma en cuenta el trabajo remunerado.

– La diferencia de gasto en educación llega a ser de 40 a 1 entre diferentes lugares del mundo.

– El 10% más rico es responsable del 77% de las emisiones asociadas con la propiedad de capital privado, y el 1% más rico por sí solo el 41%, casi el doble que el 90% más pobre en conjunto.

Según la revista Forbes,  en 2025 hay 3.028 empresarios, inversores y herederos milmillonarios en todo el mundo con un patrimonio total de 16,1 billones de dólares, dos más que en 2024. Por cierto, habiendo aumentado en este año mucho más que nunca la cantidad recibida por herencia por cónyuges e hijos, según el informe Billionaire Ambitions Report, publicado hace unos días por la firma de gestión financiera y patrimonial UBS.

La concentración tan inmensa de riqueza que se da en nuestro tiempo no es un hecho natural, ni fruto de la casualidad. Es el resultado de aplicar políticas que desde hace años vienen desmantelando derechos e instituciones de representación, control y contrapoder. Pero ninguna de ellas hubiera sido exitosa sin añadir un enorme poder mediático y cultural al financiero, económico y político del que dispone ese grupo de milmillonarios que dominan el mundo. No es casualidad que también en nuestros días se esté dando la mayor apropiación de medios de comunicación de la historia por parte de las personas más ricas.

Y ese poder mediático y cultural se orienta principal y prioritariamente a un objetivo: hacer creer a la gente que el mundo en el que vivimos es el no va más, el fin de la historia, el modo de vida y el sistema económico natural que no se puede cambiar.

Es lógico que quienes obtienen sus privilegios del capitalismo quieran convencernos de que no hay otra posible forma de organizar la economía y la sociedad. No se les puede criticar por ello. Es lo que necesitan y hay que reconocer que lo hacen magníficamente bien.

La desgracia es que los partidos que operan en la vida política con el supuesto fin de enfrentarse a todo eso no hacen mucho por ofrecer un horizonte alternativo, un modelo social y económico diferente al capitalismo. Operan en el corto plazo, se concentran en mover piezas y hacen ajustes en el sistema, sin duda necesarios, pero a la vista está que insuficientes para lograr que se frene la concentración de riqueza que deteriora las economías, desestabiliza y rompe a las sociedades, y destruye el medio ambiente. Ni siquiera en su denominación se percibe que luchen por una fórmula específica de sociedad distinta a la actual. Podemos o Sumar se podrían llamar Partido Popular o Vox. Ninguno de esos términos tiene sustancia identificativa. Sólo la mantiene el Partido Socialista (el comunista se esconde tras otras siglas) pero ¿cuándo hemos oído a alguno de sus dirigentes decir que luchan por traer el socialismo como alternativa del capitalismo?

La renuncia a definir y proponer un modo diferente de sistema económico y social por parte de las organizaciones políticas que se consideran transformadoras es una verdadera tragedia. Lo quieran o no, así ayudan decisivamente a que esos grandes multimillonarios puedan convencer a la gente de que ya nada se puede cambiar.

Es una tragedia, además, fruto de un tipo singular de ceguera, la que se produce por no mirar más allá de lo que se tiene a un palmo de nuestras narices, como el borracho que sólo busca las llaves perdidas junto al farol que lo alumbra. Cuando se mira algo más lejos, ni siquiera mucho, podemos comprobar que a nuestro alrededor hay multitud de experiencias que nos demuestran que los seres humanos podemos satisfacer las necesidades de forma menos costosa y mucho más eficiente, libre y pacífica cuando nos guiamos por principios distintos a los que rigen en el capitalismo.

En el mundo hay más de tres millones de cooperativas que emplean a más del 10% del empleo mundial y que -a pesar de tener que hacerlo en un medio ambiente desfavorable- funcionan igual o mejor que las empresas de propiedad privada. La sanidad pública funciona mejor, es más barata y no produce las muertes evitables de la privada. Según la OCDE, en en 2023 había 126 empresas públicas (no guiadas, por tanto, por el afán de lucro capitalista) entre las 500 empresas más grandes del mundo, 92 más que en 2000. En 2024 había 1.115 bancos públicos en todo el mundo manejando 91 billones de dólares de activos, prácticamente el mismo volumen del PIB mundial. Hace unos años, Naciones Unidas calculó que el trabajo no remunerado equivalía al empleo de 2.000 millones de personas a tiempo completo, la cuarta parte la población mundial. Y se calcula que casi 1.000 millones de personas mayores de 15 años realizan mensualmente algún tipo de trabajo voluntario en todo el mundo.

En mi último libro menciono, además, otras muchas experiencias de vida económica y social organizada bajo principios de ahorro, circularidad, solidaridad, cooperación, afecto, cuidado a las personas y a la naturaleza, defensa de lo común, democracia y codecisión… Todas ellas tienen, además, un rasgo en común: aprovechan mejor los recursos y satisfacen las necesidades proporcionando más bienestar, relaciones sociales menos conflictivas y paz.

Para transformar de verdad el mundo hay que descubrir todo ese abanico de experiencias, aprender de ellas, reproducirlas y hacer que la gente de nuestro alrededor se movilice y empodere anticipando el futuro, construyéndolas y comprobando así que vivir en un mundo distinto al de ahora le conviene más y le satisface mejor. El trabajo político en las instituciones es importante, fundamental si se quiere, pero no puede ser el único que se realice, como le está pasando desde hace décadas a los partidos de izquierdas. Es preciso construir desde abajo. Traer el futuro a la sociedad real poniendo en marcha nuevo tipos de empresas, con formas de propiedad y gestión alternativas; canales de distribución de los bienes y servicios que no obliguen a gastar improductivamente más de lo que valen; organizar el consumo racional y sosteniblemente; gestionar lo común y no destruirlo… Nada de eso es inalcanzable ni utópico. Lo tenemos a nuestro alrededor en multitud de experiencias y lugares del. mundo. Y la mejor prueba de su brío, de su utilidad, de su fuerza o de su entidad es que hayan brotado y no dejen de crecer en todo el planeta a pesar del contexto tan adverso en el que nos encontramos."        (Juan Torres López, 21/12/25)

5.12.25

Varoufakis: los ganadores de hoy, los Siete Magníficos, más Palantir de Thiel, están reviviendo un modelo económico que todos creíamos muerto y enterrado tras la caída de la Unión Soviética: sistemas de planificación económica que emparejan a compradores y vendedores fuera de cualquier cosa que pueda describirse útilmente como un mercado... el Gosplan, su cometido era equilibrar la oferta y la demanda. Una vez que se emparejaban compradores y vendedores, se asignaban los precios con el fin de alcanzar objetivos políticos y sociales (como garantizar la asequibilidad básica o subvencionar determinadas industrias), y no para equilibrar los mercados... ahora ha vuelto. ¿Dónde? En los algoritmos que impulsan Amazon, de Jeff Bezos, Palantir, de Peter Thiel, y el resto de plataformas digitales de las grandes tecnológicas que pretenden ser mercados, pero no lo son... El algoritmo conoce tu patrón de gasto. Sabe cómo guiarte hacia la cafetera espresso con el precio más alto que estás dispuesto a pagar, todo ello para que Amazon pueda cobrar hasta el 40 %... Esto no es más que una reencarnación capitalista, privada y de alta tecnología del Gosplan de la URSS. El software de Amazon te empareja con determinados vendedores y te prohíbe hablar con cualquier otro vendedor... En lugar de ser la variable que equilibra la demanda con la oferta, los precios en Amazon cumplen otra función: la de maximizar los ingresos por la nube de Jeff Bezos... Así, al igual que la Unión Soviética generó un tipo de feudalismo en nombre del socialismo y la emancipación humana, hoy en día Silicon Valley está generando otro tipo de feudalismo —que yo he denominado «tecnofeudalismo»— en nombre del capitalismo y los mercados libres... Desde esta perspectiva, al igual que la Unión Soviética era una sociedad industrial de tipo feudal que fingía ser un estado obrero, los Estados Unidos de hoy en día están realizando una espléndida imitación de un estado tecnofeudal, con repercusiones que se extienden a todos los ámbitos de la actividad estatal, incluidos los servicios sanitarios, la educación, la administración tributaria, nuestras fronteras y los lejanos campos de batalla... Al externalizar funciones básicas —archivos, datos sanitarios, incluso software militar— a infraestructuras de nube alquiladas, los gobiernos vuelven a alquilar su propia capacidad operativa a Amazon Web Services, Microsoft y Google. Esta dependencia da lugar a una nueva dimensión del poder tecnofeudal... el capitalismo ha engendrado una forma de capital —el capital en la nube— que ha sustituido a los mercados por algo propio del pasado soviético. En el proceso, ha acabado con el capitalismo

 "Los llamados «Siete Magníficos» de las grandes tecnológicas están en boca de todos. Las exorbitantes valoraciones bursátiles de Google, Meta, Apple, Microsoft, Nvidia, Amazon y Tesla provocan una mezcla de asombro y temor. Sus inversiones de billones de dólares en inteligencia artificial llevan a algunos a predecir un futuro brillante y a otros a temer el embrutecimiento de la humanidad, el desempleo e incluso el despido. En medio de este estruendo abrumador, es fácil perder de vista el panorama general: un nuevo tipo de capital está acabando con los mercados, el hábitat del capitalismo.

En sus inicios, el capitalismo se sustentaba en la fe en los mercados competitivos. En la fantasía liberal, encabezada por Adam Smith, los panaderos, cerveceros y carniceros trabajaban en mercados tan competitivos que ninguno podía ganar más dinero que el mínimo necesario para mantener en funcionamiento sus pequeños negocios familiares. Esto, a su vez, nos proporcionaba nuestro pan, cerveza y carne diarios. 

 Luego vino la segunda revolución industrial y los conglomerados cuyo poder de mercado haría llorar de alegría a Smith. Era la era de las grandes empresas y los «barones ladrones». Y así se creó otra fantasía —neoliberal— para justificar a las nuevas grandes bestias que ahora monopolizaban casi todos los mercados importantes. Joseph Schumpeter, un exministro de Finanzas austriaco que hizo de Estados Unidos su hogar, fue el defensor más eficaz del nuevo credo. El progreso, argumentaba, es imposible en mercados competitivos. El crecimiento necesita monopolios para impulsarse. ¿De qué otra manera se pueden obtener beneficios suficientes para pagar la costosa investigación y desarrollo, las nuevas máquinas, las nuevas líneas de productos y toda la parafernalia que ayuda a que la innovación se arraigue? Para monopolizar los mercados, los conglomerados necesitan deslumbrarnos con nuevos productos extraordinarios que acaben con la competencia, como el Modelo T de Henry Ford o el iPhone de Apple. ¿Deberíamos preocuparnos por todo ese poder concentrado? No, nos tranquilizaba Schumpeter. Una vez que alcanzan su cima, estos monopolios se vuelven flojos y complacientes y, finalmente, son derribados por algún advenedizo: un ejemplo es el derrocamiento de General Motors por parte de Toyota.

 Más recientemente, Peter Thiel, cofundador de Palantir, dijo algo que muchos consideraron una reafirmación del dictado de Schumpeter: «¡La competencia es para los perdedores!». Aunque los pioneros de las grandes empresas, como Thomas Edison y Henry Ford, habrían estado totalmente de acuerdo, lo que Thiel daba a entender iba más allá de su imaginación más descabellada. Iba mucho más allá incluso de la idea pseudodarwinista de Schumpeter de que el progreso se produce a través del auge y la caída de los monopolistas en una lucha sin fin por la existencia.

Lo que Thiel decía es que, hoy en día, los ganadores no se limitan a eliminar a la competencia para monopolizar un mercado. No, siguen adelante hasta acabar con el mercado en sí y sustituirlo por algo muy diferente: una especie de feudo en la nube que carece de todos los ingredientes de un mercado adecuado, es decir, que carece de todas las ventajas que tanto los liberales como los neoliberales reconocen en el funcionamiento de los mercados descentralizados. De hecho, los ganadores de hoy —los Siete Magníficos, más la propia Palantir de Thiel— están reviviendo un modelo económico que todos creíamos muerto y enterrado tras la caída de la Unión Soviética: sistemas de planificación económica que emparejan a compradores y vendedores fuera de cualquier cosa que pueda describirse útilmente como un mercado. 

 Gosplan era el Comité Estatal de Planificación de la Unión Soviética, el motor de su economía planificada. Su cometido era equilibrar la oferta y la demanda de recursos críticos (petróleo, acero, cemento), pero también de bienes de consumo (alimentos, ropa, electrodomésticos), sin utilizar los precios de mercado. Una vez que se emparejaban compradores y vendedores, se asignaban los precios con el fin de alcanzar objetivos políticos y sociales (como garantizar la asequibilidad básica o subvencionar determinadas industrias), y no para equilibrar los mercados. 

Gosplan se disolvió inmediatamente después de que se bajara la bandera roja sobre el Kremlin el día después de Navidad de 1991, pero ahora ha vuelto. ¿Dónde? En los algoritmos que impulsan Amazon, de Jeff Bezos, Palantir, de Peter Thiel, y el resto de plataformas digitales de las grandes tecnológicas que pretenden ser mercados, pero no lo son.

Antes de protestar por la audacia de mi afirmación, piense en lo que ocurre cuando visita Amazon. A diferencia de cuando visita un centro comercial, ya sea con amigos o mezclándose con desconocidos, en el momento en que sigue el enlace a amazon.com, sale del mercado y entra en un espacio de aislamiento prístino. Solo estás tú y el algoritmo de Jeff Bezos. Escribes, por ejemplo, «máquinas de café espresso» en el cuadro de búsqueda y el algoritmo te muestra una serie de proveedores. Sin embargo, para lograr lo que se programó, el algoritmo había comenzado a funcionar meses, incluso años, antes. 

 Durante ese tiempo, le habrás revelado muchos de tus caprichos y deseos a través de tus búsquedas, compras, clics y reseñas. Utilizando estas pistas, así como datos de otras fuentes, el algoritmo te ha entrenado para que tú lo entrenes a él para que te conozca aún mejor, lo que le permite aconsejarte sobre qué libros, música y películas comprar. Ya se ha ganado tu confianza. Así que, ahora que tienes prisa por sustituir tu cafetera espresso estropeada, lo más probable es que elijas uno de los primeros resultados de búsqueda que te ha dado. 

El algoritmo conoce tu patrón de gasto. Sabe cómo guiarte hacia la cafetera espresso con el precio más alto que estás dispuesto a pagar, todo ello para que Amazon pueda cobrar hasta el 40 % del mismo en el momento en que hagas clic en el botón de compra. Es una comisión exorbitante, pero los fabricantes de máquinas de café espresso la toleran, porque saben que, si no lo hacen, su empresa nunca aparecerá en los primeros resultados de búsqueda de nadie dispuesto a pagar por su producto. A medida que mejora la IA, aumenta este poder de manipular tu comportamiento, y es por eso que las valoraciones de las grandes tecnológicas se están disparando.

 Esto no es más que una reencarnación capitalista, privada y de alta tecnología del Gosplan de la URSS. El software de Amazon te empareja con determinados vendedores y te prohíbe hablar con cualquier otro vendedor o incluso observar lo que hacen otros compradores, a menos que, por supuesto, calcule que le conviene dejarte ver una pequeña selección de ellos. En cuanto al precio que pagas, este sigue (en lugar de precipitar) tu emparejamiento con un vendedor. En lugar de ser la variable que equilibra la demanda con la oferta, los precios en Amazon cumplen otra función: la de maximizar los ingresos por la nube de Jeff Bezos.

«Si los líderes soviéticos hubieran vivido para presenciar el funcionamiento de las grandes tecnológicas de Silicon Valley, se estarían arrepintiendo».

En este sentido, los precios en Amazon y otras plataformas tecnológicas funcionan de una manera mucho más parecida a Gosplan que a cualquier mercado agrícola, mercado monetario o centro comercial que hayas conocido. De hecho, si los líderes soviéticos hubieran vivido para ver el funcionamiento de las grandes tecnológicas de Silicon Valley, se habrían arrepentido, lamentando que fueran los capitalistas estadounidenses quienes perfeccionaran su modelo Gosplan, con un sistema de vigilancia que habría puesto verdes de envidia a sus secuaces del KGB. 

 Gosplan no logró convertirse en una historia de éxito, ya que carecía del arma más poderosa de las grandes tecnológicas: el capital en la nube, es decir, los algoritmos, los centros de datos y los cables de fibra óptica que funcionan como una red integrada para entrenarte a ti para que lo entrenes. A medida que tú proporcionas tus datos, el capital en la nube aprende a introducir deseos en tu mente y luego los satisface vendiéndote cosas dentro de su versión privada de Gosplan. 

Pero, ¿hay realmente alguna diferencia —oigo preguntar a muchos de ustedes en voz alta— entre Thomas Edison y Jeff Bezos? ¿No son ambos del mismo tipo de monopolistas megalómanos que buscan dominar los mercados y nuestra imaginación? Sí, a pesar de sus similitudes, hay una diferencia, y es gigantesca. El capital de Edison y Ford era productivo. Producía coches, electricidad, turbinas. El capital en la nube de Bezos no produce nada, excepto el enorme poder de encerrarnos en su feudo en la nube, donde los productores capitalistas tradicionales se ven exprimidos por los alquileres de la nube y nosotros, los usuarios, proporcionamos nuestra mano de obra gratuita. Con cada clic, cada «me gusta» y cada reseña, aumentamos el poder del capital en la nube. 

 Érase una vez, un viejo trotskista que me dijo que la Unión Soviética, en nombre del socialismo, había creado una forma de feudalismo industrial. Independientemente de si tenía razón o no, su comentario es pertinente hoy en día en relación con las grandes tecnológicas. Ahora que lo pienso, aunque el proceso comercial en plataformas como Amazon recuerda al mecanismo Gosplan de la URSS, también es cierto que las enormes sumas que Amazon, Uber, Airbnb, etc., cobran a los productores reales de los bienes y servicios que se venden en sus sitios web son similares a las rentas de la tierra que la aristocracia terrateniente solía cobrar a sus vasallos, salvo que, en este caso, se trata de rentas de la nube que se acumulan para los propietarios del capital de la nube. Así, al igual que la Unión Soviética generó un tipo de feudalismo en nombre del socialismo y la emancipación humana, hoy en día Silicon Valley está generando otro tipo de feudalismo —que yo he denominado «tecnofeudalismo»— en nombre del capitalismo y los mercados libres. 

 El paralelismo se extiende al Estado. La URSS estaba destinada a ser un paraíso para los trabajadores, en contraste con los Estados Unidos, cuya razón de ser era ser un refugio para los productores capitalistas. Resulta que ambas promesas eran falsas. A medida que el capital de la nube de las grandes tecnológicas se acumula y se concentra en cada vez menos manos, los Estados se están volviendo dependientes de los magnates tecnológicos corporativos. Al externalizar funciones básicas —archivos, datos sanitarios, incluso software militar— a infraestructuras de nube alquiladas, los gobiernos vuelven a alquilar su propia capacidad operativa a Amazon Web Services, Microsoft y Google. Esta dependencia da lugar a una nueva dimensión del poder tecnofeudal.

Desde esta perspectiva, al igual que la Unión Soviética era una sociedad industrial de tipo feudal que fingía ser un estado obrero, los Estados Unidos de hoy en día están realizando una espléndida imitación de un estado tecnofeudal, con repercusiones que se extienden a todos los ámbitos de la actividad estatal, incluidos los servicios sanitarios, la educación, la administración tributaria, nuestras fronteras y los lejanos campos de batalla. 

 En Ucrania y Gaza, y a lo largo de nuestras fronteras militarizadas, el capital en la nube está entrenado para ampliar su alcance. La herramienta de inteligencia artificial Rekognition de Amazon es utilizada por las fuerzas del orden, incluido el ICE, mientras que el vasto software de vigilancia de Palantir se ejecuta en la nube de Amazon. A través del Proyecto Nimbus, Amazon y Google proporcionan al ejército israelí capacidades avanzadas de nube e inteligencia artificial, lo que, según se informa, permite una rápida selección de objetivos impulsada por la inteligencia artificial en Gaza con una supervisión humana mínima. 

Volvamos brevemente a la comparación con los capitalistas monopolistas originales de principios del siglo XX. Tanto si admiramos como si aborrecemos las valoraciones bursátiles de los Siete Magníficos, conviene tener en cuenta lo siguiente: los antiguos gigantes capitalistas, los «barones ladrones», realmente producían cosas. Los nuevos señores tecnofeudales producen un nuevo orden social. Han sustituido la mano invisible del mercado por el puño visible y algorítmico del cloudalista. 

Los entusiastas del libre mercado no tienen nada que celebrar y mucho que lamentar. Pero hará falta un alma valiente entre ellos para mirar la realidad de frente. Al igual que los marxistas prosoviéticos se negaron a aceptar que el experimento soviético había fracasado durante muchos años después de 1991, los ideólogos del libre mercado se niegan a ver que el capitalismo ha engendrado una forma de capital —el capital en la nube— que ha sustituido a los mercados por algo propio del pasado soviético. En el proceso, ha acabado con el capitalismo. " 

( , Un Herd, 04/12/25, traducción DEEPL, enlaces en el original)

19.11.25

La captura estatal en la batalla fiscal de los multimillonarios... Una plutocracia compró los mecanismos del Estado para perpetuar una era de privilegios... es el resultado deliberado de decisiones políticas e institucionales tomadas durante décadas de ofensiva ideológica. Un proyecto de ingeniería social a la inversa, cuyas herramientas maestras han sido la desregulación financiera desbocada, una globalización asimétrica diseñada para el capital y no para el trabajo, y la construcción paciente de un sistema fiscal que, lejos de ser progresivo, opera como un mecanismo de redistribución inversa, succionando recursos del conjunto de la sociedad para depositarlos en los bolsillos de una minoría ya obscenamente acaudalada... Ellos no necesitan manejar los Estados desde las sombras porque, simplemente, han logrado algo más profundo y duradero: ejercen una influencia sistémica, estructural, sobre las propias reglas del juego económico y político... Su poder no reside en violar las normas, sino en escribirlas. Esta captura del Estado, un fenómeno documentado y no una mera teoría de la conspiración, permite a las corporaciones y a los magnates que las controlan financiar candidatos para influir directamente en la composición misma de los gobiernos, obteniendo a cambio un acceso privilegiado y constante a los procesos ejecutivos, legislativos, judicial y regulatorios... tan solo 100 familias en los Estados Unidos han invertido una cifra récord de 2.600 millones de dólares en las elecciones federales de 2024, lo que representa uno de cada seis dólares gastados en total... La gran mayoría de este oro negro político apoyó a candidatos republicanos... El caso de Elon Musk es paradigmático: se erigió en el mayor inversionista político del ciclo electoral de 2024... sus contribuciones de campaña fueron cuatro veces superiores a lo que Musk pagó anualmente en impuestos federales sobre la renta entre 2013 y 2018, un dato que encapsula a la perfección la perversa ecuación del poder contemporáneo... es un fenómeno estudiado y denominado «captura regulatoria«... En este contexto, gravar a los multimillonarios y detener su concentración de riqueza se ha convertido, en 2025, en una de las luchas políticas centrales a nivel global... El corazón del debate fiscal moderno ya no se centra solo en los ingresos, sino en cómo abordar la riqueza acumulada y las lagunas legales que permiten estrategias de elusión tan ingeniosas como cínicas... La iniciativa del G20 para gravar a los súper ricos, busca precisamente cerrar estas brechas, proponiendo a menudo una tasa mínima del 2 % sobre el patrimonio neto de los individuos más acaudalados... busca contrarrestar la principal dimensión externa de la evasión fiscal: la competencia fiscal depredadora entre países que anima a los súper ricos a trasladar su residencia o sus activos a jurisdicciones con impuestos bajos o nulos, en una carrera hacia el abismo que deja a los Estados sin los recursos necesarios para financiar servicios básicos (Marco del Pont)

 "Una plutocracia compró los mecanismos del Estado para perpetuar una era de privilegios feudales (El Tábano Economista)

Cualquier debate que pretenda ser serio sobre la arquitectura del capitalismo en el siglo XXI debe, por necesidad ineludible, contener en su núcleo una discusión frontal sobre la fractura central de nuestra época: la que separa de manera profunda a los ricos de los pobres.

Esta no es una división natural o un mero resultado de diferencias de talento o esfuerzo; la concentración extrema de ingresos y riqueza que define nuestro tiempo no es un subproducto accidental del crecimiento económico, sino el resultado deliberado de decisiones políticas e institucionales tomadas durante décadas de ofensiva ideológica. Un proyecto de ingeniería social a la inversa, cuyas herramientas maestras han sido la desregulación financiera desbocada, una globalización asimétrica diseñada para el capital y no para el trabajo, y la construcción paciente de un sistema fiscal que, lejos de ser progresivo, opera como un mecanismo de redistribución inversa, succionando recursos del conjunto de la sociedad para depositarlos en los bolsillos de una minoría ya obscenamente acaudalada.

La imagen de los multimillonarios conspirando en una sala oscura es un simplismo que oculta una realidad mucho más insidiosa y poderosa. Ellos no necesitan manejar los Estados desde las sombras porque, simplemente, han logrado algo más profundo y duradero: ejercen una influencia sistémica, estructural, sobre las propias reglas del juego económico y político.

Su poder no reside en violar las normas, sino en escribirlas. Esta captura del Estado, un fenómeno documentado y no una mera teoría de la conspiración, permite a las corporaciones y a los magnates que las controlan financiar candidatos para influir directamente en la composición misma de los gobiernos, obteniendo a cambio un acceso privilegiado y constante a los procesos ejecutivos, legislativos, judicial y regulatorios.

Para comprender la magnitud de este fenómeno es imperativo comenzar por el principio, por el flujo de capital que lubrica toda la maquinaria. Los multimillonarios siguen inundando la democracia estadounidense, y por extensión la de muchos otros países, con un diluvio de dinero que convierte la igualdad política formal en una farsa. Un dato, frío y elocuente, basta para ilustrarlo: tan solo 100 familias en los Estados Unidos han invertido una cifra récord de 2.600 millones de dólares en las elecciones federales de 2024, lo que representa uno de cada seis dólares gastados en total.

Esta astronómica cifra duplica la cantidad donada por los multimillonarios estadounidenses en las elecciones presidenciales de 2020. Y representa un aumento de casi 160 veces en el gasto político desde que la infame ley Citizens United de la Corte Suprema de 2010 abrió las compuertas al permitir las donaciones ilimitadas a las campañas, equiparando el dinero con la libertad de expresión y transformando la política en un mercado de influencias.

La gran mayoría de este oro negro político apoyó a candidatos republicanos. Los 100 principales donantes de familias multimillonarias destinaron el 70 % (1.840 millones de dólares) de sus donaciones a comités que respaldaban a candidatos republicanos, mientras que el 23 % (594 millones de dólares) se destinó a entidades que respaldaban a candidatos demócratas, lo que revela una clara preferencia por un partido históricamente más alineado con la desregulación y los recortes fiscales para los más ricos.

El caso de Elon Musk es paradigmático: se erigió en el mayor inversionista político del ciclo electoral de 2024, aportando más de 278 millones de dólares a candidatos republicanos, casi la totalidad en apoyo directo a la reelección presidencial de Donald Trump. Es conmovedor notar que sus contribuciones de campaña fueron cuatro veces superiores a lo que Musk pagó anualmente en impuestos federales sobre la renta entre 2013 y 2018, un dato que encapsula a la perfección la perversa ecuación del poder contemporáneo: la influencia política se compra con lo que se ahorra en impuestos.

La conquista del Estado no es, insistimos, una fantasía conspirativa; es un fenómeno estudiado y denominado «captura regulatoria«, un proceso donde los medios de difusión, cada vez más concentrados, y las redes sociales, controladas por estos mismos intereses, tienen el dominio casi absoluto de la narrativa pública. Los laboratorios de ideas (Think Tanks), generosamente financiados por estas élites producen un flujo constante de investigaciones seudocientíficas que legitiman políticas favorables a los ricos —como rebajas de impuestos para las grandes corporaciones o la desregulación de sectores claves—, presentándolas ante la opinión pública como medidas «técnicamente necesarias» para el crecimiento económico, un mantra que esconde una transferencia masiva de recursos hacia arriba.

Sin embargo, ¿cuáles son los beneficios concretos, la hoja de ruta de esta captura estatal? Estos van desde la puerta giratoria —donde altos funcionarios pasan a trabajar para las empresas que antes regulaban y viceversa— y el lobby descarado, hasta el financiamiento de campaña que hemos descrito. No se trata de una conspiración secreta, sino de un proceso sistémico y abierto cuyo objetivo final es asegurar que las personas que toman las decisiones clave en el Estado sean permeables o directamente aliadas de sus intereses corporativos.

El botín para los aportantes se materializa en un catálogo de privilegios: la creación de leyes impositivas favorables, es decir, un código tributario deliberadamente complejo y plagado de exenciones, créditos y deducciones para los ingresos del capital, que tributan a tipos mucho menores que el trabajo asalariado; la imposición de leyes laborales favorables al capital, presionando contra el aumento del salario mínimo federal, debilitando los derechos de sindicalización y facilitando la clasificación fraudulenta de los trabajadores como «contratistas independientes» para eludir sus obligaciones; la omisión sistemática de regulaciones, desmantelando metódicamente las normas ambientales, financieras o de seguridad que se consideran «barreras» para los negocios; el afianzamiento de monopolios y oligopolios mediante el debilitamiento estratégico de las agencias antimonopolio, asegurándose que las leyes de competencia no se apliquen con rigor.

Facilitar la evasión fiscal y la falta de control sobre los paraísos fiscales, permitiendo que la riqueza se oculte en jurisdicciones opacas; el aumento de su colonialismo en la cadena de suministros, utilizando su poder de negociación y la deslocalización para explotar mano de obra barata y normas ambientales laxas en países en desarrollo; la privatización de servicios públicos esenciales, presionando para que servicios estatales como la salud, las prisiones, el agua y la educación se subcontrasten a empresas con fines de lucro, transformando derechos ciudadanos en oportunidades de negocio; la influencia directa en la política exterior y militar, donde las industrias de defensa y energía tienen un interés directo en las decisiones de guerra y paz; y, finalmente, la captura del sistema legal a través de la inclusión en los tratados de comercio internacional de cláusulas de Solución de Controversias entre Inversores y Estados (ISDS), que permiten a las corporaciones demandar a los gobiernos soberanos ante tribunales privados si sus políticas, por ejemplo, ambientales o sociales, afectan las ganancias esperadas.

En este contexto, gravar a los multimillonarios y detener su concentración de riqueza se ha convertido, en 2025, en una de las luchas políticas centrales a nivel global. Basado en discusiones recientes en medios, académicos y tanques de pensamiento, esta agenda gana una tracción sin precedentes como respuesta lógica a una concentración de riqueza que, en 2025, supera los $16 billones (casi el PIB de China) en manos de unos 3.000 multimillonarios, mientras el 50 % más pobre de la población mundial posee solo el 2 % de la riqueza global.

El corazón del debate fiscal moderno ya no se centra solo en los ingresos, sino en cómo abordar la riqueza acumulada y las lagunas legales que permiten estrategias de elusión tan ingeniosas como cínicas. La iniciativa del G20 para gravar a los súper ricos, impulsada con fuerza por la presidencia de Brasil y apoyada por economistas de la talla de Gabriel Zucman, busca precisamente cerrar estas brechas, proponiendo a menudo una tasa mínima del 2 % sobre el patrimonio neto de los individuos más acaudalados. Este acuerdo histórico, aún en gestación, busca contrarrestar la principal dimensión externa de la evasión fiscal: la competencia fiscal depredadora entre países que anima a los súper ricos a trasladar su residencia o sus activos a jurisdicciones con impuestos bajos o nulos, en una carrera hacia el abismo que deja a los Estados sin los recursos necesarios para financiar servicios básicos.

Esta iniciativa se ve no solo como una herramienta esencial para reducir la desigualdad, sino como un mecanismo vital para financiar las enormes inversiones requeridas para las transiciones sociales del siglo XXI. Sin embargo, la principal preocupación, y el talón de Aquiles de cualquier esfuerzo de este tipo, radica en que, si el impuesto no es verdaderamente global y coordinado, los millonarios simplemente moverán su residencia fiscal y sus activos a países que no lo apliquen, lo que llevaría a la temida «fuga de milmillonarios», un chantaje fiscal al que los Estados han sido históricamente vulnerables.

Para gravar la riqueza que ya ha sido concentrada mediante estos mecanismos, el principal instrumento propuesto es el impuesto al patrimonio, también conocido como impuesto a la riqueza o a las grandes fortunas. Se trata de un gravamen anual que se aplica sobre el valor neto total de los activos de una persona, no solo sobre sus ingresos. Su virtud fundamental es que aborda directamente la riqueza acumulada, incluyendo las ganancias no realizadas, es decir, el aumento en el valor de los activos del titular.

En resumen, esta lucha no es solo sobre gravar, sino sobre reequilibrar el poder: detener la concentración que permite a multimillonarios «adueñarse» de los Estados vía el cabildeo. Si gana terreno, podría redefinir la política económica global en 2026."

 (Marco del Pont, blog, 02/11/25)

12.5.25

Por qué el capitalismo es fundamentalmente antidemocrático... El antídoto es la democracia económica... Sí, muchos de nosotros vivimos en sistemas políticos democráticos, en los que podemos elegir a los dirigentes nacionales cada pocos años, pero cuando se trata de la economía, del sistema de producción -que afecta a nuestra vida cotidiana y determina la forma y la dirección de nuestra sociedad-, por lo general no se permite ni siquiera una pretensión de democracia... En el capitalismo, la producción está controlada abrumadoramente por el capital, por el 1% que posee la mayoría de los activos invertibles. Son ellos quienes determinan qué producir, cómo utilizar nuestro trabajo colectivo y los recursos de nuestro planeta, y qué hacer con el excedente que generamos... En lo que respecta al capital, el propósito de la producción y la reinversión del excedente no es satisfacer las necesidades humanas... El propósito es maximizar y acumular beneficios y poder... Estas decisiones se toman en interés de la clase capitalista. Los trabajadores, las personas que realmente producen, rara vez tienen voz. Este arreglo es completamente antidemocrático... De hecho, es literalmente plutocracia... El resultado es que, a pesar de tener una capacidad productiva extraordinaria, con niveles de producción extremadamente altos hasta el punto de rebasar los límites planetarios, no conseguimos garantizar que todo el mundo tenga acceso a los bienes y servicios básicos... quienes controlan la producción dentro de este sistema aprovechan sus beneficios para manipular las elecciones nacionales, a través de la financiación de campañas y la publicidad, o a través de la propiedad y el control de los medios de comunicación. La democracia no puede funcionar en estas condiciones... el impacto de esta dinámica en los resultados políticos en Estados Unidos hace que el país se parezca más a una oligarquía que a una democracia... El capital determina lo que construimos y lo que producimos, y por tanto determina la forma y la dirección de nuestra civilización. Si no tenemos un control democrático sobre la producción, difícilmente podemos decir que vivimos en una democracia... Las decisiones sobre qué producir y cómo utilizar nuestro excedente colectivo deberían determinarse democráticamente... El camino para salir del capitalismo es la democracia económica (Jason Hickel, Un. Autónoma Barcelona)

 "Es habitual en el discurso occidental afirmar que existe una conexión natural entre capitalismo y democracia. A veces los dos conceptos están prácticamente fusionados. Siempre me ha parecido extraño porque valoro la democracia, pero el capitalismo no tiene nada de democrático.

Sí, muchos de nosotros vivimos en sistemas políticos democráticos, en los que podemos elegir a los dirigentes nacionales cada pocos años, aunque reconozcamos que este proceso es a menudo corrupto e inadecuado. Pero cuando se trata de la economía, del sistema de producción -que afecta a nuestra vida cotidiana y determina la forma y la dirección de nuestra sociedad-, por lo general no se permite ni siquiera una pretensión de democracia.

En el capitalismo, la producción está controlada abrumadoramente por el capital: las grandes empresas financieras, las grandes corporaciones y el 1% que posee la mayoría de los activos invertibles. Son ellos quienes determinan qué producir, cómo utilizar nuestro trabajo colectivo y los recursos de nuestro planeta, y qué hacer con el excedente que generamos.

En lo que respecta al capital, el propósito de la producción y la reinversión del excedente no es satisfacer las necesidades humanas, lograr el progreso social o realizar objetivos ratificados democráticamente. El propósito es maximizar y acumular beneficios y poder: ese es el objetivo primordial. Estas decisiones se toman en interés de la clase capitalista. Los trabajadores, las personas que realmente producen, rara vez tienen voz.

 Este arreglo es completamente antidemocrático. De hecho, es literalmente plutocracia. Y cuando se gobierna un sistema así, se producen resultados perversos. Acabamos con una sobreproducción masiva de cosas perjudiciales y menos necesarias como los combustibles fósiles, los todoterrenos y la carne de vacuno industrial (que son muy rentables para el capital), pero con una infraproducción crónica de cosas obviamente necesarias como las energías renovables, el transporte público y la vivienda asequible (porque son menos rentables para el capital o no son rentables en absoluto).

El resultado es que, a pesar de tener una capacidad productiva extraordinaria, con niveles de producción extremadamente altos hasta el punto de rebasar los límites planetarios, no conseguimos garantizar que todo el mundo tenga acceso a los bienes y servicios básicos. En Estados Unidos, el país más rico del mundo, casi la mitad de la población no puede permitirse la asistencia sanitaria; en el Reino Unido, 4,3 millones de niños viven en la pobreza; y en la Unión Europea, 95 millones de personas no pueden permitirse una vivienda digna y alimentos nutritivos. Se trata de escaseces totalmente artificiales.

 También cabe señalar que quienes controlan la producción dentro de este sistema aprovechan sus beneficios para manipular las elecciones nacionales, a través de la financiación de campañas y la publicidad, en apoyo de los políticos que servirán a sus intereses. O a través de la propiedad y el control de los medios de comunicación. La democracia no puede funcionar en estas condiciones. De hecho, un estudio de 2014 concluyó que el impacto de esta dinámica en los resultados políticos en Estados Unidos hace que el país se parezca más a una oligarquía que a una democracia.

Un crítico puede replicar que, dejando todo esto de lado, el capitalismo es democrático porque cada persona puede «votar con sus dólares». Según este argumento, los consumidores determinan la dirección de la economía, que por lo tanto acaba atendiendo las necesidades de la gente de la forma más eficiente posible. Pero este argumento no se sostiene por varias razones.

En primer lugar, si los dólares equivalen a votos, es evidente que algunas personas tienen mucho más poder de voto que otras. Un solo individuo con mil millones de dólares tendría más poder de voto que 66.000 trabajadores que ganan el salario mínimo. Esto no tiene nada de democrático. Y es aún más repugnante cuando comprendemos que quienes poseen dólares por encima de las necesidades de consumo (en otras palabras, los ricos) son los que tendrán el poder de invertir en manipular las elecciones reales.

 En segundo lugar, aunque ignoráramos este problema, los dólares de la gente corriente no equivalen a votos, en la medida en que no se pueden comprar cosas que no se están produciendo. Podemos querer energías renovables, viviendas asequibles, productos más duraderos, transporte público y agricultura regenerativa. Pero si estas cosas no se producen -porque el capital no lo considera lo suficientemente rentable como para hacerlo-, nada de agitar nuestros dólares va a cambiar esa situación. Si así fuera, no sufriríamos la privación crónica de estas cosas.

La realidad es que el capital no asigna la inversión en función de lo que la gente de a pie realmente necesita o quiere. Asigna la inversión a lo que es más rentable para el capital, que puede coincidir o no con las necesidades humanas. Por supuesto, para que algo sea rentable, tiene que haber cierta demanda. La demanda es una condición necesaria pero insuficiente. Pero es la rentabilidad, y no la demanda, lo que determina la inversión. El capital determina la producción, y sólo podemos «votar» entre las cosas que el capital está dispuesto a producir.

 En última instancia, no se trata de quién tiene el poder de consumir, sino de quién tiene el poder de producir. La riqueza representa no sólo el poder sobre el consumo sino, lo que es más importante, el mando sobre los medios de producción. Esto incluye el poder sobre nuestro trabajo. El capital determina lo que construimos y lo que producimos, y por tanto determina la forma y la dirección de nuestra civilización. Si no tenemos un control democrático sobre la producción, difícilmente podemos decir que vivimos en una democracia.

Nada de esto es inevitable. Podemos y debemos extender el concepto de democracia a la economía. Sabemos, empíricamente, que cuando las personas tienen un control democrático sobre la producción - democracia económica - tienden a organizar la producción más en torno a la satisfacción de las necesidades humanas, gestionan los recursos de forma más sostenible y distribuyen los rendimientos de forma más justa. Los investigadores han demostrado que si la producción se organizara en torno a estos objetivos, podríamos acabar con las privaciones y proporcionar una buena vida a 8.500 millones de personas con menos energía y recursos de los que utilizamos actualmente.

 Las decisiones sobre qué producir y cómo utilizar nuestro excedente colectivo deberían determinarse democráticamente, en lugar de estar controladas por y para los intereses de los capitalistas y el 1%. Esto puede lograrse mediante servicios públicos universales y una garantía de empleo público (para asegurar una producción suficiente de bienes y servicios necesarios para el bienestar humano), la propiedad democrática de las empresas (como en el caso de Mondragón o Huawei), y un sistema de política industrial, finanzas públicas y orientación del crédito (para asegurar que la inversión y la producción se alinean con los objetivos ratificados democráticamente).

El camino para salir del capitalismo es la democracia económica."

(, Un. Autónoma de Barcelona, Znetwork, 03/05/25, traducción DEEPL, enlaces en el original)