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11.1.23

Brasil: advertencia a la navegación democrática... el intento de golpe de estado solo tomó por sorpresa a quienes no quisieron informarse de sus preparativos, ampliamente difundidos en las redes sociales... Fue organizado con más detalle que el asalto al Capitolio, procuró traer a mucha más gente a Brasilia y utilizó varias estrategias para hacer que la seguridad pública democrática sintiese que nada anormal sucedería. Los cabecillas tenían como objetivo ocupar Brasilia con un millón de personas, sembrar el caos y permanecer el tiempo necesario para permitir la intervención militar... se organizó desde diferentes ciudades y en cada una de ellas había líderes identificados con un número de teléfono para poder ser contactados... las Fuerzas Armadas toleraron la instalación de campamentos de manifestantes frente a los cuarteles, un área de seguridad militar, y que permanecieran allí durante dos meses. Fue así como la idea del golpe prosperó. En este caso, el contraste con Estados Unidos es flagrante. Cuando se produjo la invasión del Capitolio, los jefes militares estadounidenses hicieron cuestión de subrayar su defensa de la democracia... si Estados Unidos hubiera dado las habituales señales de aliento a los aspirantes a dictadores, hoy estaríamos frente a un golpe consumado... pero apoyar el bolsonarismo de extrema derecha en Brasil sería dar fuerza a la extrema derecha trumpista estadounidense... la gran mayoría de los que participaron no son fascistas. Solo quieren vivir con dignidad y no creen que esto sea posible en democracia. En cuanto a los financiadores-organizadores, parecen ser sectores del bajo capital industrial, agrario, armamentista y de servicios que se beneficiaron del (des)gobierno bolsonorista

 "Lo que ocurrió en Brasilia el pasado día 8, una semana después de la toma de posesión del presidente Lula da Silva, es un acontecimiento que solo tomó por sorpresa a quienes no quisieron o no pudieron informarse de sus preparativos, ampliamente difundidos en las redes sociales. La ocupación violenta de las sedes del poder legislativo, ejecutivo y judicial y de los espacios aledaños, así como la depredación de los bienes públicos de estos edificios por parte de manifestantes de extrema derecha, constituyen actos de terrorismo planeados y minuciosamente organizados por sus cabecillas. 

Se trata, por tanto, de un acontecimiento que pone en serio peligro la supervivencia de la democracia brasileña y que, por la forma en que sucedió, puede amenazar mañana otras democracias en el continente y en el mundo. Conviene, pues, analizarlo a la luz de su importancia. Las principales características y lecciones son las siguientes:

1. El movimiento de extrema derecha es global y sus acciones a escala nacional se benefician de experiencias antidemocráticas extranjeras y a menudo actúan en alianza con ellas. Es conocida la articulación de la extrema derecha brasileña con la extrema derecha estadounidense. El conocido portavoz de esta última, Steve Bannon, es amigo personal de la familia Bolsonaro y desde 2013 ha sido una figura tutelar de la extrema derecha brasileña. Además de las alianzas, las experiencias de un país sirven de referencia a otro y constituyen un aprendizaje. La invasión de la plaza de los Tres Poderes en Brasilia es una copia "mejorada" de la invasión del Capitolio en Washington el 6 de enero de 2021, pues aprendió de ella y trató de hacerlo mejor.

 Fue organizada con más detalle, procuró traer a mucha más gente a Brasilia y utilizó varias estrategias para hacer que la seguridad pública democrática sintiese que nada anormal sucedería. Los cabecillas tenían como objetivo ocupar Brasilia con al menos un millón de personas, sembrar el caos y permanecer el tiempo necesario para permitir la intervención militar que pusiese fin a las instituciones democráticas.

2. Se pretende hacer creer que se trata de movimientos espontáneos. Por el contrario, están organizados y tienen una profunda capilaridad en la sociedad. En el caso brasileño, la invasión de Brasilia se organizó desde diferentes ciudades y regiones del país y en cada una de ellas había líderes identificados con un número de teléfono para poder ser contactados por los adherentes. La participación podía adoptar muchas formas. Quienes no pudiesen viajar a Brasilia, tenían misiones que cumplir en sus localidades, bloqueando la circulación de combustibles y el abastecimiento de los supermercados. 

El objetivo era crear caos por la carencia de productos esenciales. Algunos recordarán las huelgas de camioneros que precipitaron la caída de Salvador Allende y el fin de la democracia chilena en septiembre de 1973. A su vez, el caos en Brasilia tenía objetivos precisos. Fue asaltada la sala del Gabinete de Seguridad Institucional, ubicada en el sótano del Palacio de Planalto, donde fueron robados documentos confidenciales y armamento de alta tecnología, lo que demuestra que hubo entrenamiento y espionaje. También se encontraron cinco granadas en el Supremo Tribunal Federal y el Congreso Nacional.

3. En los países democráticos, la estrategia de extrema derecha se basa en dos pilares: a) invertir fuertemente en las redes sociales para ganar las elecciones con el objetivo de, si las gana, no usar el poder democráticamente ni dejarlo democráticamente. Así fue con Donald Trump y con Jair Bolsonaro como presidentes. b) En el caso de que no prevea ganar, comenzar a cuestionar desde antes la validez de las elecciones y declarar que no acepta ningún otro resultado que no sea su victoria. El programa mínimo es perder por un pequeño margen para hacer más creíble la idea del fraude electoral. Fue lo que ocurrió en las últimas elecciones en Estados Unidos y en Brasil.

 4. Para tener éxito, este ataque frontal a la democracia necesita contar con el apoyo de aliados estratégicos, tanto nacionales como extranjeros. En el caso de los apoyos nacionales, los aliados son fuerzas antidemocráticas, tanto civiles como militares, instaladas en el aparato de gobierno y de la Administración pública que, por acción u omisión, facilitan las acciones de los rebeldes. En el caso brasileño, es particularmente clamorosa la connivencia, la pasividad e incluso la complicidad de las fuerzas de seguridad del Distrito Federal de Brasilia y de sus dirigentes. (...)

En el caso brasileño, es escandaloso también que las Fuerzas Armadas se hayan mantenido en silencio, sobre todo cuando era conocido el propósito de los organizadores de crear el caos para provocar su intervención. Por otro lado, las Fuerzas Armadas toleraron la instalación de campamentos de manifestantes frente a los cuarteles, un área de seguridad militar, y que permanecieran allí durante dos meses. Fue así como la idea del golpe prosperó en las redes sociales. En este caso, el contraste con Estados Unidos es flagrante. Cuando se produjo la invasión del Capitolio, los jefes militares estadounidenses hicieron cuestión de subrayar su defensa de la democracia.(...)

 Brasil está pagando un precio muy alto por no haber castigado los crímenes y a los criminales de la dictadura militar (1964-1985), teniendo en cuenta que algunos crímenes ni siquiera prescribieron. Esto fue lo que permitió al expresidente Bolsonaro elogiar a la dictadura, rendir homenaje a los militares torturadores y designar militares, algunos fuertemente comprometidos con la dictadura, en importantes cargos de un gobierno civil y democrático. Solo así se explica por qué hoy se habla del peligro de un golpe militar en Brasil, pero no en Chile o en Argentina. Como es sabido, en estos dos países los responsables de los crímenes de la dictadura militar fueron juzgados y penados.

 5. Además de los aliados nacionales, los aliados extranjeros son cruciales. Trágicamente, en el continente latinoamericano, Estados Unidos ha sido tradicionalmente el gran aliado de los dictadores, cuando no directamente el instigador de golpes de Estado contra la democracia. Resulta que, esta vez, Estados Unidos estaba del lado de la democracia y eso hizo toda la diferencia en el caso de Brasil. Estoy convencido de que, si Estados Unidos hubiera dado las habituales señales de aliento a los aspirantes a dictadores, hoy estaríamos frente a un golpe consumado. Desgraciadamente, a la luz de una historia de más de cien años, esta posición estadounidense no se debe a un repentino celo por la defensa internacionalista de la democracia. 

La posición de Estados Unidos estuvo estrictamente determinada por razones internas. Apoyar el bolsonarismo de extrema derecha en Brasil sería dar fuerza a la extrema derecha trumpista estadounidense, que sigue creyendo que la elección de Joe Biden fue el resultado de un fraude electoral y que Donald Trump será el próximo presidente de Estados Unidos. De hecho, preveo que mantener una extrema derecha fuerte en Brasil será importante para los propósitos de la extrema derecha estadounidense en las elecciones de 2024. Es de esperar que la intención sea crear una situación de ingobernabilidad que dificulte al máximo la actuación del presidente Lula da Silva en los próximos años. Para que esto no suceda, es necesario que los golpistas y depredadores sean severamente castigados. Y no solo ellos, sino también sus mandantes y financistas.

 6. Para garantizar la sostenibilidad de la extrema derecha es necesario tener una base social, disponer de financiadores-organizadores y de una ideología lo suficientemente fuerte como para crear una realidad paralela. En el caso de Brasil, la base social es amplia, dado el carácter excluyente de la democracia brasileña, que hace que amplios sectores de la sociedad se sientan abandonados por los políticos democráticos. Brasil es una sociedad con gran desigualdad socioeconómica, agravada por la discriminación racial y sexual. 

El sistema democrático potencia todo esto hasta el punto de que el Congreso brasileño es más una caricatura cruel que una representación fiel del pueblo brasileño. Si no es objeto de una profunda reforma política, eventualmente será completamente disfuncional. En estas condiciones, existe un amplio campo de reclutamiento para las movilizaciones de extrema derecha. Obviamente, la gran mayoría de los que participan en ellas no son fascistas. Solo quieren vivir con dignidad y no creen que esto sea posible en democracia. En cuanto a los financiadores-organizadores, parecen ser, en el caso de Brasil, sectores del bajo capital industrial, agrario, armamentista y de servicios que se beneficiaron del (des)gobierno bolsonorista o con cuya ideología se identifican más.

En lo que se refiere a la ideología, parece asentarse sobre tres pilares principales. En primer lugar, el reciclaje de la vieja ideología fascista, es decir, la lectura reaccionaria de los valores de Dios, Patria y Familia, a los que ahora se suma la Libertad. Se trata sobre todo de defender incondicionalmente la propiedad privada para así, con eso: a) poder invadir y ocupar la propiedad pública o comunitaria (territorios indígenas); b) defender efectivamente la propiedad, lo que implica armar a las clases propietarias; c) tener legitimidad para rechazar cualquier política ambiental; y, d) rechazar los derechos reproductivos y sexuales, en particular el derecho al aborto y los derechos de la población LGBTIQ+. En segundo lugar, la ideología implica la necesidad de crear enemigos a destruir. Los enemigos tienen varias escalas, pero la más global (y abstracta) es el comunismo. 

Cuarenta años después de que, al menos en el hemisferio Occidental, han desaparecido los regímenes y partidos que defienden la implantación de sociedades comunistas, este sigue siendo el fantasma contradictoriamente más abstracto y más real. Para entender esto es necesario tener en cuenta el tercer pilar de la ideología de extrema derecha: la creación incesante y capilar en el tejido social de una realidad paralela, inmune a la confrontación con la realidad real, llevada a cabo por las redes sociales y por las religiones reaccionarias (iglesias evangélicas neopentecostales y católicas antipapa Francisco) que vinculan fácilmente el comunismo y el aborto y así infunden un miedo abisal en poblaciones indefensas, todo ello facilitado por el hecho de que hace tiempo que estas perdieron la esperanza de tener una vida digna.

 El intento de golpe de Estado en Brasil es un aviso a la navegación. Los demócratas brasileños, latinoamericanos, estadounidenses y, en última instancia, de todo el mundo deben tomar esta advertencia muy en serio. Si no lo hacen, mañana los fascistas no se limitarán a tocar la puerta. Seguramente irrumpirán sin ceremonia para entrar."                                   ( Boaventura de Sousa Santos , Público, 10/01/23)

1.11.22

Quienes han entregado la victoria a Lula son los votantes más pobres, sobre todo en el nordeste, en un país en el que más de 30 millones de personas pasan hambre... Estos no quieren moderación fiscal ni políticas... pero las presiones para que el recién elegido presidente en Brasil se desplace al centro emergen incluso antes de que haya tomado el poder... hay que analizar con frialdad hasta qué punto la victoria se debe al éxito de la amplia coalición o si ha sido por el fuerte compromiso de Lula de hacer políticas de apoyo a las capas sociales más necesitadas, que en estos momentos son la mayoría. Tiendo a pensar lo último... La cuestión de si hay que desplazarse al centro para frenar a la ultraderecha es muy relevante para estrategias desde Estados Unidos a España (Andy Robinson)

 "Lula debe desplazarse ya al centro titula Folha de São Paulotras la ajustada victoria de Luiz Inácio Lula da Silva el domingo 30 de octubre. El diario del establishment paulista –metiendo presión después de cuatro años de apoyo a la izquierda contra Bolsonaro– aconseja moderación fiscal y un uso restringido del Estado para no provocar enfrentamientos con casi la mitad del país que ha votado a Bolsonaro.

Es la lógica extraña del frente amplio. Porque quienes han entregado la victoria a Lula son los votantes más pobres, sobre todo en el nordeste, en un país en el que más de 30 millones de personas pasan hambre. Casi dos de cada tres votantes que gana menos de dos salarios mínimos mensuales –420 euros– votó a Lula. Estos no quieren moderación fiscal ni políticas que gusten a Wall Street y a los inversores en mercados emergentes.

Hay motivos para pensar que parte de la clase obrera informal, que ya atraviesa una grave crisis humanitaria, votaría a Bolsonaro por una falsa percepción de que es un hombre del pueblo. El subsidio de 600 reales, implementado por Bolsonaro en plena campaña, cuenta con un apoyo muy amplio en las clases populares. Pero el establishment que se ha aliado en estas elecciones con Lula, después de darse cuenta de que habían respaldado en 2018 a un psicópata que ni siquiera era un buen aliado de los mercados, piden ahora una política de centro. “Precisa dar señales inmediatas de responsabilidad presupuestaria y disposición a moverse al centro. Debe acercarse a los especialistas cualificados más allá de (…) los aliados de izquierda”, editorializa Folha de São Paulo.

Por un margen de solo dos millones de votos y un punto porcentual, Lula ha conseguido una victoria histórica, volviendo al poder a los 77 años, tres años después de estar encarcelado en una celda de 15 metros cuadrados, víctima del lawfare. “Me enterraron vivo”, dijo el domingo tras conocer los resultados, en un emotivo discurso ante decenas de miles de militantes de la izquierda en São Paulo.

Ahora hay que analizar con frialdad hasta qué punto la victoria se debe al éxito de la amplia coalición o si ha sido por el fuerte compromiso de Lula de hacer políticas de apoyo a las capas sociales más necesitadas, que en estos momentos son la mayoría. Tiendo a pensar lo último.

Mediante un pacto antibolsonarista, Lula logró el apoyo de centristas como Simone Tebet y Geraldo Alckmin, el candidato conservador a vicepresidente, contrincante de Lula en las elecciones de 2006. Estos interpretaban la coalición amplia y moderada como la única manera de evitar una victoria de Bolsonaro. Tebet pidió incluso que se abstuvieran del color rojo en los mítines del PT en favor de blanco. Las alianzas con los personajes más identificados con el viejo establishment brasileño, como el expresidente Fernando Henrique Cardoso, han sido elogiadas en todos los centros del poder nacionales e internacionales.

 Pero la estrategia de frente amplio, para frenar a la ultraderecha y defender la democracia, que la izquierda ha adoptado en países diversos, desde Francia a Chile, tiene puntos débiles que se han puesto de manifiesto en Brasil.  

La búsqueda del apoyo del establishment “ha reforzado involuntariamente el discurso populista de Bolsonaro (…) un outsider y un no-político”, destacó el sábado Pablo Ortellado, en su columna de O Globo. Desde la perspectiva del votante de Bolsonaro se percibe “la convergencia de todo el sistema y todo el establishmentcon el fin de derrotar a Bolsonaro”.

 Lula logró el apoyo de economistas de centro como Arminio Fraga, demócrata, sí, pero gestor de fondos de Wall Street. Pero, hasta la fecha, Lula ha mantenido el compromiso de subir el salario mínimo en línea con la inflación, así como ampliar el plan de subsidios a las familias pobres ya anunciado por Bolsonaro. Además, se opone al techo sobre el gasto público y pretende definir el gasto en educación como inversión pública.

La cuestión de si hay que desplazarse al centro para frenar a la ultraderecha es muy relevante para estrategias desde Estados Unidos a España. La victoria del presidente brasileño entre 2003 y 2010, durante la llamada marea rosa del progresismo latinoamericano, consolidaría una nueva ola de victorias: Luis Arce en Bolivia en 2020, Gabriel Boric el año pasado en Chile y Gustavo Petro este año en Colombia. Estos dos últimos optaron por una estrategia de frente amplio mientras que Arce forjó su victoria a partir de la movilización de colectivos campesinos y sociales. Por el momento, Arce es el presidente que más fuerza tiene de los tres.

En todo caso, la victoria de Lula sería un fuerte impulso para esta segunda marea rosa latinoamericana. Pero las presiones de sus aliados moderados, las dificultades fiscales, así como la fuerte presencia de la derecha en el Congreso, dificultarán un plan de transformación económica y social como el que Lula y su sucesora Dilma Rousseff intentaron implementar a partir del segundo gobierno del expresidente, en 2006.  

Como dijo ayer Lula en un emocionante discurso ante decenas de miles de militantes de la izquierda, la única manera de combatir los cantos de sirena de los centristas aliados a la oligarquía de São Paulo y los mercados de Wall Street es mediante la movilización de sus bases.

El plan económico del PT es una obra en construcción, pero en una carta abierta al electorado, publicada la semana pasada, se comprometía a aumentar la inversión en infraestructuras utilizando los dos grandes pilares económicos del Estado: el enorme banco público BNDES y la petrolera semiestatal Petrobras.

 Así mismo, anunció un plan de choque para los 33 millones de personas que pasan hambre y para ampliar el subsidio, aprobado por Bolsonaro, para las familias más pobres. A los 600 reales (114 euros) por familia se le añadirían 150 reales (30 euros) más por niño. Lula también pretende renegociar la deuda de las familias pobres.

Los centristas del frente amplio, con el apoyo de los mercados financieros, se opondrán, seguramente, a estas medidas. “Quiere repetir los errores del pasado con un papel impulsor del Estado en la economía”, atacó el influyente columnista de O Globo Merval Pereira, que ha apoyado la coalición amplia antibolsonarista y ahora exige también un gobierno que no sea de izquierdas sino de Faria Lima, el poder empresarial de São Paulo. La guerra desde fuera y dentro del frente amplio se declara antes incluso de tomar el poder. "                (Andy Robinson  , CTXT, 31/10/2022)

3.11.21

Bolsonaro es culpable... si Brasil hubiera logrado dar una respuesta medianamente buena a la pandemia, más de 400.000 brasileños seguirían vivos... el informa del Congreso detalla cómo Bolsonaro ayudó a propagar el virus, sin importar la pérdida de vidas humanas. Y recomienda que se le acuse de nueve delitos, entre ellos, el uso irregular de fondos públicos, la violación a los derechos civiles y, el más grave, delitos contra la humanidad

 "Si mi país hubiera logrado dar una respuesta medianamente buena a la pandemia, más de 400.000 brasileños seguirían vivos”. Esta es la cruda conclusión del epidemiólogo Pedro Hallal, cuyo testimonio, aunado al de muchos otros, se recabó en el informe final del manejo de la COVID-19 por parte del gobierno de Brasil. El informe, que se dio a conocer la semana pasada, es la culminación de una fascinante investigación del Congreso que duró varios meses.

Por supuesto, no sabemos con exactitud cuántas de las más de 607.000 muertes en el país se pudieron haber evitado: el cálculo de Hallal es solo una aproximación. Pero la verdad es que no tenemos un presidente medianamente bueno. Ni siquiera uno ligeramente malo. Tenemos a Jair Bolsonaro, un hombre que sostiene que las principales víctimas de la COVID-19 fueron “los obesos y los miedosos”.

Ya era hora de que alguien documentara la catastrófica gestión de la pandemia por parte de Bolsonaro y eso es justo lo que hace el informe de 1288 páginas (lo leí y todavía me hierve la sangre). El informe, realizado de manera minuciosa, detalla cómo Bolsonaro ayudó a propagar el virus, sin importar la pérdida de vidas humanas. Y recomienda que se le acuse de nueve delitos, entre ellos, el uso irregular de fondos públicos, la violación a los derechos civiles y, el más grave, delitos contra la humanidad.

 El documento es producto de seis meses de trabajo de una comisión especial del Senado, y constituye un esfuerzo bienvenido para que en Brasil haya una rendición de cuentas. Pero es probable que no sea nada más: hay pocas posibilidades de que Bolsonaro, protegido por un fiscal general aliado, llegue a enfrentar los cargos que se le imputan. Ahora corresponde a los organismos internacionales, como la Corte Penal Internacional, exigirle que asuma su responsabilidad. Los brasileños tendrán que seguir esperando para que realmente se haga justicia y se reparen los daños.

No hay duda de que el informe no influirá en el comportamiento de Bolsonaro. La semana pasada, le restó importancia, cuando declaró: “Sabemos que hicimos lo correcto desde el primer momento”. Y, así, sigue debilitando las medidas para frenar la transmisión de COVID-19, como el uso de cubrebocas, el distanciamiento social y las pruebas masivas. Sigue promoviendo un “tratamiento preventivo” con medicamentos ineficaces como la hidroxicloroquina y declara en público que no se va a vacunar (en diciembre dijo que él tenía “la mejor vacuna: el virus”). La semana pasada, incluso sugirió que la gente que recibió todas las dosis de la vacuna era más vulnerable al VIH.

El compromiso de Bolsonaro con la información falsa está evidenciado por completo en el informe. Junto con sus tres hijos mayores y otros funcionarios de alto nivel, se sirvió del poder del gobierno para hacer circular información falsa. Por ejemplo, el Departamento de Comunicación Social, admitió que les pagó a influentes de las redes sociales para que hablaran bien de medicamentos ineficaces. Además, el departamento celebró el hecho de que Brasil era uno de los países con la mayor cantidad de personas “recuperadas” de la COVID-19 (lo cual, en esencia, dice que Brasil tiene una de las tasas de infección más elevadas, algo de lo que no se debería hacer alarde).

El documento está lleno de revelaciones y anécdotas macabras, entre ellas, una de mis declaraciones bizarras preferidas, en boca de un funcionario del gobierno (he de admitir que fue difícil elegir). Durante una entrevista radiofónica de marzo de 2021, Onyx Lorenzoni, entonces secretario general de la presidencia, declaró que los confinamientos no eran eficaces para reducir la propagación del virus. ¿Por qué? “¿Puede alguien evitar, en las zonas urbanas, la circulación de las aves, los perros callejeros, las ratas, los gatos, las pulgas, las hormigas y los insectos? ¿Puede alguien promover el confinamiento de los insectos? Claro que no. Y todos ellos son portadores del virus”.

 Pero más allá de las anécdotas hay un relato aterrador de la aparente mendacidad y corrupción del gobierno. Por ejemplo, el gobierno retrasó la compra de cientos de millones de dosis de la vacuna de fuentes apropiadas mientras, según se dice, trataba de negociar con intermediarios dudosos la compra de una vacuna no autorizada (a un precio muy elevado). A Bolsonaro se le informó de las irregularidades en el acuerdo, pero no hay pruebas de que les advirtiera a las autoridades al respecto.

Lo que es peor, supuestamente, el gobierno hizo un pacto con Prevent Senior, una importante cadena de salud privada, para producir datos sobre la eficacia de la hidroxicloroquina y otros medicamentos no probados en el tratamiento de la COVID-19. Doce médicos denunciantes acusaron a la organización de poner a prueba medicamentos en pacientes sin su conocimiento y sin tener la autorización correspondiente de la comisión de ética (Prevent Senior negó haber actuado de manera ilegal). Este turbio experimento humano se llevó a cabo, según el informe, con la bendición del presidente y miembros del gobierno federal.

El martes, el informe fue aprobado en una votación del Senado. “Un asesino se esconde en el palacio presidencial”, dijo Renan Calheiros, senador y principal autor del informe, al final de la sesión. Fue una victoria, pero pudo haber sido mucho más: el borrador inicial proponía que se acusara a Bolsonaro de homicidio masivo y genocidio en contra de la población indígena de Brasil, que fue la más afectada, pero esos cargos se eliminaron en la versión final. A pesar de ello, la votación —que acusa en la práctica a un presidente en funciones de delitos contra la humanidad— equivale a una condena extraordinaria a Bolsonaro.

El informe también recomienda acusar a dos empresas y a 77 personas más, incluidos los tres hijos mayores de Bolsonaro, dos de sus asesores, el actual ministro de Salud (y su predecesor), otros ministros más, algunos congresistas, el exsecretario de comunicación social, el presidente del Consejo Federal Brasileño de Medicina, y los propietarios y el director ejecutivo de Prevent Senior. Se podría llamar a todo un conjunto de delincuentes para que respondan por sus pecados.

Pero es poco probable que eso ocurra. Aunque sin duda el documento es digno de celebración, por desgracia, no es suficiente para hacer que Bolsonaro y sus aliados respondan por sus actos. El fiscal general de Brasil, Augusto Aras, nombrado por el propio presidente y considerado un aliado, tendría que iniciar un proceso penal. Es difícil imaginar que eso ocurra.

Quiero pensar que la historia condenará a Bolsonaro y a sus aliados por los horrendos crímenes que cometieron contra nuestro pueblo, por hacernos anhelar un gobierno medianamente bueno. Pero todo eso es a futuro. En este momento, solo tengo un deseo: que la Corte Penal Internacional estudie bien el informe, con mis saludos."                           (

11.3.21

Al borde del colapso sanitario, Brasil se transforma en un riesgo global. Es intencional el colapso del sistema de salud que provoca Bolsonaro, al boicotear la vacunación y la prevención y estimular aglomeraciones, creando el ambiente ideal para nuevas mutaciones del virus que ponen en riesgo a toda la humanidad

 " Brasil se convirtió en una “cámara de gas a cielo abierto”, con mutaciones del coronavirus que ponen en riesgo el mundo, dice el manifiesto de intelectuales, religiosos y artistas “horrorizados” ante la mortandad agrandada por el gobierno.

“El monstruoso gobierno genocida de (Jair) Bolsonaro dejó de ser una amenaza solo a Brasil para hacerse una amenaza global”, dice la Carta Abierta a la Humanidad divulgada el 6 de marzo, que atrajo miles de adhesiones. “Brasil grita por socorro” encabeza el texto.

Decenas de enfermos de covid-19 muriendo en las filas de espera ante las Unidades de Tratamiento Intensivo (UTI) sin cupo, contenedores refrigerados para cadáveres sin espacio en los cementerios y gobiernos locales pidiendo ayuda a otros reflejan el colapso sanitario que ya afecta algunos de los estados brasileños y acecha otros.

En Santa Catarina, un estado sureño de 7,2 millones de habitantes, casi 400 enfermos esperaban UTI el 6 de marzo y en esa situación ya habían muerto por lo menos 61. Cuatro pacientes lograron trasladarse a hospitales de Espíritu Santo, estado del sureste de Brasil. Sus capitales, Florianópolis y Vitoria, distan 1160 kilómetros.

El secretario de Salud de Mato Grosso, Gilberto Figueiredo, reconoció el colapso de los hospitales de ese estado y solicitó a sus colegas acoger parte de sus 59 pacientes necesitados de cuidados intensivos.

El ministro de Salud, Eduardo Pazuello, un general del Ejército, anunció el 25 de febrero que la transferencia de enfermos graves a otros estados seria la respuesta al agotamiento de recursos en algunas localidades deficitarias de otros.

Así se hizo con más de 600 enfermos del estado de Amazonas, en el noreste del país, donde colapsaron los hospitales por falta de oxígeno, después de morir centenares de personas por asfixia a partir del 14 de enero.

Pero ahora casi todos los 26 estados brasileños y el Distrito Federal tienen sus hospitales con ocupación crítica, especialmente las UTI destinadas a la covid-19, y ya no pueden prestar esa solidaridad, contestaron autoridades sanitarias locales y regionales al ministro.

La incapacidad del ministro de informarse y de planificar las acciones nacionales contra la pandemia es una de las brechas que ponen los brasileños a la merced del coronavirus.

El general alega no haber tenido información previa de la carencia de oxígeno en el Amazonas, en respuesta a las investigaciones de la Justicia y del Tribunal de Cuentas del poder legislativo sobre su posible omisión en la tragedia amazónica de enero.

Pero documentos de su propio ministerio y su propia presencia en Manaus, capital del Amazonas, algunos días antes del colapso desmienten sus alegaciones. (...)

Pero el general-ministro no es el origen de la catástrofe sanitaria brasileña, sino un síntoma. Su nombramiento, en mayo, se debió al deseo del presidente ultraderechista Jair Bolsonaro de imponer sus orientaciones en relación a la pandemia, contrarias al aislamiento social y a favor de medicamentos ilusorios, como la cloroquina.

Los ministros anteriores, los médicos Luiz Henrique Mandetta y Nelson Teich, destituidos en abril y mayo de 2020, respectivamente, por rechazar las imposiciones de Bolsonaro, que sabotea sistemáticamente los esfuerzos de los gobiernos locales en restringir la circulación de las personas y usar mascarillas.

Promueve aglomeraciones, critica las mascarillas, defiende la mantención de toda la actividad económica, ya que el desempleo “mata más que el virus”. Todos se contagiarán un día y aceptarlo es la forma de enfrentar la covid-19 “como hombres”, según el presidente.

Brasil vivió un apogeo de la covid entre fines de mayo y agosto, con cerca de 1000 muertes como promedio diario. Se ilusionó luego con una declinación hasta diciembre.

Se desarmaron hospitales de campaña, se descuidó la compra de vacunas, se intensificó la promoción del llamado “tratamiento precoz”, con la cloroquina y la hidrocloroquina, usadas contra la malaria y el lupus, medicamentos contra parásitos como la ivermectina, antibióticos, anticoagulantes y vitaminas variadas, ninguno con eficacia comprobada.

La nueva ola, de propagación más rápida y aparentemente más letal, empezó por el escándalo amazónico en enero y se extendió a todo el Brasil en febrero. El promedio de muertos diarios alcanzó 1496 el 7 de marzo, 42 por ciento más que el promedio de dos semanas antes.

Los epidemiólogos apuntan las fiestas del fin del año y del carnaval, aunque restringidos o prohibidos, como el factor de los nuevos brotes. (...)

La situación brasileña es “muy seria” y preocupa por su transmisión a América Latina. Exige “medidas agresivas” y vacunación, urgió el director de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus, el 5 de marzo.

Pero es difícil impulsar las medidas que la experiencia mundial comprobaron ser eficaces, sin el capitán del barco rema al revés. Los estados y municipios, a excepción de los gobernados por bolsonaristas, no logran seguir el ejemplo de los países de mayor éxito en controlar la pandemia.

Imponer el cierre de las actividades económicas y sociales  que todos usen mascarillas en lugares públicos es casi imposible. Últimamente el reto es impedir fiestas y aglomeraciones clandestinas, en bares, restaurantes y locales irregulares, que probablemente aumentaron el contagio de jóvenes de las capas medias y ricas.

Bolsonaro decretó, por ejemplo, que son actividades esenciales las sesiones religiosas presenciales y los centros de gimnasia. Su secretaría de Cultura prohibió recursos de incentivo a espectáculos que no sean presenciales. (...)

Es “intencional el colapso del sistema de salud” que provoca el presidente, al boicotear la vacunación y la prevención y estimular aglomeraciones, creando el ambiente ideal para nuevas mutaciones del virus (que) ponen en riesgo toda la humanidad”, acusa el manifiesto de intelectuales, religiosos y artistas, como el cantautor y escritor Chico Buarque de Holanda y el fraile Leonardo Boff.

El grupo pide al Tribunal Penal Internacional, con sede en La Haya, “urgencia en la condenación de la política genocida de este gobierno que amenaza la civilización”.                (Mario Ozava, Other News, 09/03/21)

9.11.18

Bolsonaro ha liberado algo en el país, un resentimiento contenido hace mucho, por muchos, la venganza de los resentidos... A las mujeres que visten de rojo, color asociado al PT de Lula, las insultan los conductores al pasar, a los gais los amenazan con darles una paliza, a los negros los avisan que tienen que volver al barracón, a las madres que dan el pecho las inducen a esconderlo en nombre de la “decencia”. Aquel amigo de la infancia de quien se guardaba un buen recuerdo escribe en Facebook que ha llegado el momento de contar cuánto te odiaba en secreto y que te exterminará junto a tu familia de “comunistas”...

"Estaba acompañando a una amiga al aeropuerto, en São Paulo. Los ascensores que llevan al aparcamiento de las terminales tardaban. Cuando finalmente entramos en uno, estaba abarrotado. Un hombre con un bebé en brazos, posiblemente su nieto, gritó: “¡Cuando Bolsonaro asuma el cargo, esto irá rápido!”. Y añadió: “¡Pam!, ¡pam!, ¡pam!”. Abrí la boca para preguntarle: “¿Le está disparando a su nieto?”.

 Y entonces me di cuenta de que no podría hacerlo sin arriesgarme a sufrir violencia. El hombre y la familia que lo rodeaba con cara de fanáticos realmente creen que Bolsonaro lo arreglará todo, desde los “comunistas” como yo a la velocidad de los ascensores.




La elección de Jair Bolsonaro, el populista de extrema derecha que será el próximo presidente de Brasil, ha liberado algo en el país. Un resentimiento contenido hace mucho, por muchos. Todo tipo de represión ha emergido de las cloacas del inconsciente y hoy desfila eufóricamente por las calles, escuelas, universidades, organismos públicos, comidas familiares.

A las mujeres que visten de rojo, color asociado al PT de Lula, las insultan los conductores al pasar, a los gais los amenazan con darles una paliza, a los negros los avisan que tienen que volver al barracón, a las madres que dan el pecho las inducen a esconderlo en nombre de la “decencia”. Aquel amigo de la infancia de quien se guardaba un buen recuerdo escribe en Facebook que ha llegado el momento de contar cuánto te odiaba en secreto y que te exterminará junto a tu familia de “comunistas”.

 Aquel conocido que siempre has creído que se merecía tener más éxito y reconocimiento del que tiene, ahora desparrama la barriga en el sofá del salón y vocifera su odio contra casi todos. Otro, que siempre se ha sentido ofendido por la inteligencia ajena, se siente autorizado a exhibir su ignorancia como si fuera una cualidad.

La atmósfera tóxica del Brasil actual puede resumirse al fragmento de una carta que llegó a una universidad: “¡Bienvenidos al fascismo! Ahora nos toca a nosotros, ahora es nuestro momento, tendréis que aguantarnos porque vamos a pasar por encima de cada uno de vosotros, cada gay, cada lesbiana, negro y negra. Vamos a exterminaros a todos”. 

Mensajes en Facebook anuncian que van a cazar a los opositores y a ponerlos de patitas en la frontera. A los que se oponen a Bolsonaro esta multitud rabiosa los trata como si fueran extranjeros y el país hubiera dejado de pertenecerles. 

Como si las palabras se vaciaran de sentido en Brasil, “comunismo” y “comunista” se han convertido en denominación de todo y todos a los que se odia, ya sea por la orientación sexual, por el color de la piel o por la actuación política. 

El término ya no tiene ninguna relación con su concepto, pero se lo han apropiado como si fuera el pecado de la parte de la población que denunció el autoritarismo criminal de Bolsonaro, un apologista de la tortura y de los torturadores. Y así, Brasil inaugura otro tipo de guerra fría.

El pacto civilizador, que permitía la convivencia, ya se estaba rompiendo en los últimos años en el país. Ahora lo han rasgado por completo."                  (Eliane Brum, El País, 07/11/18)

5.11.18

Bolsonaro ofrece la seguridad que busca la población a través de su discurso fuerte, ordenador, de defensa de los buenos contra los malos. Se vislumbra también un elemento clave que es la negación de la intelectualidad, que se encuentra con el resentimiento de una sociedad empobrecida a la cual siempre le fue negado el acceso a la educación superior...

"(...) Era el año 2015 y estábamos en campaña contra la reducción de la edad de imputabilidad penal. El plenario del Parlamento se encontraba polarizado: de un lado, los parlamentarios de la “banca de la bala”, defensores de la pena de muerte, la militarización y la tenencia de armas por parte de la población; del otro estábamos nosotros, insistiendo con que la reducción de la edad no era la solución e intentando incidir sobre la opinión de los diputados aún dubitativos. (...)

Entre todas las figuras que defendían el encarcelamiento de niños y adolescentes estaba Jair Bolsonaro. Él daba una entrevista a un canal de TV donde decía que había que proteger a la sociedad, que no se podía esperar que los hechos de violencia cometidos por menores ocurrieran y después soltar palomas blancas y hacer abrazos simbólicos contra la violencia.

 A cada momento, con más vehemencia, decía que el derecho de un bandido era no tener derechos. El hombre hablaba duro y alto, con un tono irritado y, por momentos, sarcástico, gesticulaba con una impronta ofensiva, como preparándose para un ataque.

A partir de entonces, Bolsonaro comenzó a ser una figura cada vez más frecuente en los medios de comunicación.  (...)

De a poco, el personaje Bolsonaro se fue popularizando. El diputado de Río de Janeiro por siete mandatos también fue el diputado más votado en el año 1990, con casi medio millón de votos. Río sufre un grave problema de inseguridad y la violencia, combinada con la actuación de grupos paramilitares que controlan el tráfico de drogas en este Estado, causan un malestar constante. Son muchos los casos de asaltos y secuestros.

 Los policías de Río trabajan bajo condiciones precarizadas, lo cual facilita el envolvimiento de miembros de la corporación en hechos de corrupción y, en muchos casos, en la participación directa con los grupos de narcotraficantes. 

El discurso enérgico de Bolsonaro de que “bandido bueno es bandido muerto”, y de valoración del trabajo de la Policía para que esta tenga más seguridad y capacitación para proteger a la población, ha sido recibido como una solución para el problema y explica sus éxitos electorales.  (...)

En la votación que destituyó a la entonces presidente electa Dilma Rousseff, a partir de una maniobra jurídico-política conocida como “pedaladas fiscales”, Brasil pudo conocer a sus parlamentarios.  (...)

Los votos de los parlamentarios en nombre de Dios y de la moral cristiana convirtieron la votación en un acto de defensa de los valores de la familia. Muchos de los votos presentaban un tono macartista –contra la izquierda, el comunismo y el PT–. 

Sin embrago, uno de los votos más simbólicos fue el de Bolsonaro. El diputado empezó la justificación de su voto felicitando a Eduardo Cunha por la conducción del proceso del impeachment, después dijo que la oposición había perdido en 1964 –año en que se inició el período de la dictadura cívico-militar-empresarial en Brasil–, y que habían perdido nuevamente en el año de 2016. Votó contra el PT, contra el comunismo, por la libertad y por la memoria del coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra, el torturador de Dilma en la época de la dictadura.

El golpe de 2016 fue marcado por una fuerte persecución al PT en todas las esferas. La masiva propaganda mediática y el endurecimiento del discurso anti-corrupción vaciaron el contenido político de los debates que se iban dando en el seno de la sociedad. 

La identificación de la corrupción como la raíz de todos los males del país se instaló en todas las capas sociales. La selectividad en las investigaciones de la Operación Lava Jato puso al PT en el centro de todas las narrativas que hacían mención a los hechos de corrupción e inseguridad.  (...)

Brasil llega a las elecciones de 2018 a través de un proceso golpista validado por todos los sectores, y tiene en la prisión de Lula su más importante expresión de fragilidad del sistema judicial del país. Los intentos de una composición electoral que pudiese dialogar con la sociedad fallaron. 

Las respuestas a la prisión de Lula por parte del PT fueron fortalecer aún más un representante que nítidamente no iba a disputar las elecciones. El juego con las esperanzas del pueblo tuvieron un efecto inverso al deseado: en lugar de haber una transferencia de votos al candidato elegido para reemplazar a Lula, lo que ocurrió fue una apertura para que Bolsonaro creciera.

Paulatinamente, Jair Bolsonaro, que causaba desconfianza entre la propia derecha, se fue adaptando y surgió como alternativa posible a los sectores empresariales, del agronegocio y del mercado financiero. La deconstrucción de la figura de Bolsonaro como homofóbico, racista y misógino se hace notar en todas sus intervenciones desde del inicio de la campaña electoral. 

Sin embargo, la manutención del discurso del orden, del progreso y el ataque a la izquierda y al PT con rasgos autoritarios, es un evidente resultado de un análisis cuidado del perfil de la población.

Bolsonaro logra agradar a las personas que encuentran en su figura la validación para sus hechos de violencia, por un lado; y por otro, ofrece la seguridad que busca la población a través de su discurso fuerte, ordenador, de defensa de los buenos contra los malos. 

Siguiendo la tendencia mundial, el populismo de derecha en Brasil funciona. Asimismo, se vislumbra también un elemento clave que es la negación de la intelectualidad, que se encuentra con el resentimiento de una sociedad empobrecida a la cual siempre le fue negado el acceso a la educación superior. 

En el último acto público en defensa de Bolsonaro en la Avenida Paulista, un día después de la segunda protesta #EleNão, manifestantes llevaban carteles con la inscripción “petista bueno es petista muerto”, y el discurso de Bolsonaro tuvo así su contenido amenazante.

 Con su peculiar forma autoritaria, prometió hacer una limpieza nunca antes vista en la historia del país, que los “rojos” serían presos o echados del mismo. Otra de sus promesas de campaña impulsa que las universidades federales dejen de ser libres y gratuitas.  (...)

Las intervenciones de Bolsonaro son marcadas por una nostalgia de los tiempos de la dictadura militar desde que ingresó en la vida pública.  (...)

Brasil hoy, después de 30 años de redemocratización, vuelve a la posibilidad de tener un gobierno autoritario. Tras un gobierno progresista que duró 14 años y terminó siendo derrocado vía golpe, el país cobra una deuda histórica. (...)

Los tiempos que se avecinan son duros, como muchos otros en nuestra historia, y sin dudas también serán de construcción, de avance de las luchas y de acumulo para lograr cambiar este viejo y claudicante sistema que ya no se sostiene en sus propias contradicciones. (...)"           (Vanessa Dourado, L'Ombelico del mondo, 27/10/18)