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12.12.24

Alemania huye hacia adelante: los problemas que genera el acuerdo con Mercosur... el gran beneficiado sería Alemania, el país bajo cuya sombra se ha tejido el acuerdo. Francia está en contra, y la tensión entre ambos supone una grieta más en unas relaciones deterioradas... En lo que se refiere al sector primario, la oferta de ayudas que permitan compensar las pérdidas no es la solución. Las firmas del sector no quieren subvenciones, sino hacer su trabajo. Empeorar sus condiciones y ofrecer a cambio cantidades del presupuesto no apagará los fuegos; quizá los encienda más, porque suena a indemnización por despido... el acuerdo también formula serias preguntas sobre la economía europea y el camino que debería seguir... Mientras los principales países adoptan posturas proteccionistas, ya sea por el camino de abrir mercados exteriores a sus productos, servicios y capital mediante la amenaza de aranceles, como es el caso estadounidense, o por el impulso estatal a sus empresas, como es el caso chino, la UE está en un lugar indeterminado en el que la única fórmula que conoce es la de insistir en el libre comercio... mientras los principales países utilizan el proteccionismo para captar industria y capital o para impulsar sus empresas, la UE no utilizará los aranceles para proteger su mercado (los empleará, como mucho, como mecanismo de represalia) y tampoco impulsará sus empresas mediante políticas estatales. No jugará con ninguna de las armas de los demás... Desde Coag advierten que, en el sector agroalimentario, los únicos beneficiarios del acuerdo con Mercosur serán las grandes corporaciones... la creación de monopolios y oligopolios, es el horizonte de futuro. Esas dinámicas suelen ser muy perjudiciales para consumidores y empleados, para los Estados y para el mismo mercado, que se ve seriamente perturbado por actores cuyo poder no pueden compensar... Alemania quiere encontrar nuevos espacios de exportación con los que evitar algo de lo que ha estado huyendo durante todos estos años: destinar sus continuos superávits a la inversión en su propio país y a fortalecer el conjunto de la Unión Europea... En el peor de los casos, el acuerdo con Mercosur, si llega a ratificarse, será un punto de fuga para no realizar, ni en Europa ni en Sudamérica, los cambios económicos necesarios (Esteban Hernández)

 "Muchos años después de lo previsto, se ha convertido en un lugar común asegurar que la Unión Europea no ha aprendido a hablar el lenguaje del poder. La afirmación suele referirse a la defensa, como acicate para una inversión mucho mayor en armamento, y a la tecnología, ya que la UE se ha quedado atrás respecto de las grandes potencias. Sin embargo, la necesidad de hablar con un lenguaje distinto va más allá de estos ámbitos: Europa se está quedando sin un sitio definido e influyente en el orden internacional.

Mercosur forma parte de un proyecto de recuperación de músculo, y por eso ha sido visto como esencial en Bruselas. El acuerdo lleva mucho tiempo negociándose, a menudo desde la desconfianza de los países americanos, especialmente de Brasil, que siempre ha creído que el Mercosur no llegaría a entrar en vigor a causa de las resistencias europeas, pero también desde la hostilidad de El Elíseo. En Europa, Francia y Polonia lideran la oposición a que el acuerdo se ratifique, mientras que Irlanda y Austria también muestran resistencias, y probablemente la clave esté en Italia. Meloni se ha posicionado de manera favorable al acuerdo siempre y cuando pueda establecer determinadas cláusulas de salvaguarda para su país. Quizá esta sea la fórmula que se utilice para que el acuerdo entre en vigor; la otra opción, la francesa, llevaría a su inaplicación.

Los beneficios

El acuerdo aporta varias ventajas de orden estratégico. En un momento en que EEUU presiona a Europa, un acuerdo de libre comercio con países como Brasil y Argentina será útil para compensar la pérdida de vitalidad de las exportaciones. Al mismo tiempo, permitiría reducir la dependencia de los minerales chinos y diversificar los proveedores en distintas áreas. La UE, además, podría ganar peso en América Latina, una zona geográfica donde China tiene una presencia significativa.

Hay sectores, como el automovilístico y el manufacturero, que saldrán beneficiados del acuerdo si entra en vigor. Son ámbitos importantes en la medida en que EEUU está apostando por la captación de industrias y capitales, y China por la expansión de su influencia y de sus empresas. La industria europea sufrirá tensiones que pueden verse compensadas por la apertura de los mercados sudamericanos.

Problemas menores y mayores

Por el lado de las dificultades, aparece la oposición de los sectores agrícolas de diferentes países, que ya han manifestado su total desacuerdo. Pero ese es el inconveniente menor. En primera instancia, el gran beneficiado sería Alemania, el país bajo cuya sombra se ha tejido el acuerdo. Francia está en contra, y la tensión entre ambos supone una grieta más en unas relaciones deterioradas. El viejo núcleo de la UE cada vez está más alejado, lo que implica no solamente la necesidad de nuevos equilibrios internos, sino una tendencia hacia la disgregación cada vez más acentuada en el continente. La debilidad institucional de una Unión construida alrededor de una moneda, sin estructura política que le permita actuar con la cohesión y rapidez de un Estado, le hace pasar por pruebas, como el Mercosur, que resultan complicadas de superar.

Las derechas extremas y populistas quieren un margen de acción nacional respecto de la UE, y el acuerdo ayudará a que crezcan

En segunda instancia aparece el elemento ideológico. La ratificación del Mercosur significará una bala más para las derechas populistas y extremas, y es probable que implique un crecimiento de esas opciones en el continente. Hay que insistir no solo en la repercusión electoral que pueda tener en cada país, sino en la mirada de conjunto: esas fuerzas tienen como objetivo recuperar la capacidad de acción nacional, esto es, la soberanía, y un acuerdo de estas características reforzará la urgencia, para muchos actores, de seguir caminos alejados de Bruselas. Por el lado americano, Milei ha formulado resistencias al acuerdo que van en la misma dirección que las derechas europeas.

Sin duda, y en especial en determinados ámbitos, el malestar social aumentará. En lo que se refiere al sector primario, la oferta de ayudas que permitan compensar las pérdidas no es la solución. Las firmas del sector no quieren subvenciones, sino hacer su trabajo. Empeorar sus condiciones y ofrecer a cambio cantidades del presupuesto no apagará los fuegos; quizá los encienda más, porque suena a indemnización por despido.

Ganar y perder al mismo tiempo

En lo que se refiere a Mercosur, no hay movimiento ganador. Mientras Bruselas puede percibir claramente las ventajas del acuerdo, los intereses nacionales divergen e incluso hay claras diferencias entre distintos sectores del mismo Estado. Pero más allá de la articulación deficiente de la UE, de sus tensiones entre países y de un creciente sentimiento anti-UE en poblaciones que apenas discutían las ventajas de la pertenencia, el acuerdo también formula serias preguntas sobre la economía europea y el camino que debería seguir.

Ante los desafíos que supone que supone la recomposición del orden internacional, la UE ha optado por redoblar la apuesta

La UE está en un momento económico complicado que no le permite desechar fuentes de ingresos, y el acuerdo es una de ellas, pero al mismo tiempo, cada paso que dé en el sentido de la apertura al exterior le llevará a desequilibrios internos más profundos. Lo que gana por una parte lo pierde por otra, y existe una falta de consciencia preocupante sobre ese punto.

Da la sensación de que ha decidido, frente a los problemas que supone la recomposición del orden internacional, redoblar la apuesta. Mientras los principales países adoptan posturas proteccionistas, ya sea por el camino de abrir mercados exteriores a sus productos, servicios y capital mediante la amenaza de aranceles, como es el caso estadounidense, o por el impulso estatal a sus empresas, como es el caso chino, la UE está en un lugar indeterminado en el que la única fórmula que conoce es la de insistir en el libre comercio. Lo afirma expresamente Von der Leyen: “Mientras otras potencias avanzan en la dirección opuesta, nosotros elegimos permanecer unidos en el escenario mundial, en pos de un comercio más libre y más justo”.

El punto de fuga

La UE necesita hablar el lenguaje del poder, y eso supone contar con fortalezas propias. Una parte importante de ellas se construye mediante una economía que mira hacia el interior en lugar de estar volcada hacia el exterior. Eso implica un énfasis especial en el capital productivo, en la inversión destinada a desarrollar capacidades internas. Esa es una lección olvidada por Europa durante las últimas décadas (y el mal alemán nace de este déficit). Ni siquiera ahora está entendiendo el momento: mientras los principales países utilizan el proteccionismo para captar industria y capital o para impulsar sus empresas, la UE no utilizará los aranceles para proteger su mercado (los empleará, como mucho, como mecanismo de represalia) y tampoco impulsará sus empresas mediante políticas estatales. No jugará con ninguna de las armas de los demás.

Alemania quiere encontrar nuevos espacios de exportación mediante los cuales evitar algo necesario: invertir en su país y en Europa

En segundo lugar, el tipo de economía que ha dominado en los últimos tiempos ha llevado a mecanismos de devaluación salarial para resultar competitivos, a la pérdida de tejido productivo y a la colocación de los capitales excedentes no en oportunidades en los territorios, sino en la esfera financiera, fundamentalmente ligada a Wall Street. Todo esto ha causado, además, una exposición demasiado perniciosa a las perturbaciones en las cadenas de suministro y a los mediadores que dominan las mismas. Buena parte de la inflación de este periodo es consecuencia de ese mal posicionamiento. Y, como efecto inevitable, no solo ha existido una mayor integración de las cadenas, sino una concentración de las mismas, que ha llevado a menos empleo, menos empresas y menos posibilidades comerciales. Desde Coag advierten que, en el sector agroalimentario, los únicos beneficiarios del acuerdo con Mercosur serán las grandes corporaciones, y probablemente tengan razón. Pero su aviso no se circunscribe a un ámbito concreto: la concentración, esto es, la creación de monopolios y oligopolios, es el horizonte de futuro. Esas dinámicas suelen ser muy perjudiciales para consumidores y empleados, para los Estados y para el mismo mercado, que se ve seriamente perturbado por actores cuyo poder no pueden compensar.

En este contexto, el acuerdo con Mercosur no suena a un instrumento para cambiar el paso europeo, sino a una vía de escape a través de la cual intentar que nada cambie. Alemania quiere encontrar nuevos espacios de exportación con los que evitar algo de lo que ha estado huyendo durante todos estos años: destinar sus continuos superávits a la inversión en su propio país y a fortalecer el conjunto de la Unión Europea. Mercosur espera que este acuerdo sirva para generar una seguridad jurídica que permita las inversiones, que es su objetivo prioritario, pero resulta dudoso que ocurra. Europa necesita inversión productiva de manera urgente, pero ni siquiera aquí están comenzando a promoverse. En el peor de los casos, el acuerdo con Mercosur, si llega a ratificarse, será un punto de fuga para no realizar, ni en Europa ni en Sudamérica, los cambios económicos necesarios para adecuarse a un tiempo que habla el lenguaje del poder. No es el primer paso para un renacimiento; suena más a una huida hacia adelante."                  (Esteban Hernández, El Confidencial, 11/12/24)

9.12.22

POLITICO: Bruselas se prepara para deshacerse de sus ideales de libre comercio... La era de "Europa primero" puede estar a punto de comenzar... Ahora que las industrias europeas luchan por sobrevivir, un comercio más abierto ya no es una obviedad para la UE... El detonante clave esta vez no es la agresión económica china, sino las reformas respetuosas con el clima que emanan de la Casa Blanca de Joe Biden. Su Ley de Reducción de la Inflación (IRA) allana el camino a subvenciones y exenciones fiscales por valor de 369.000 millones de dólares para las empresas ecológicas estadounidenses, pero sólo si se ensamblan y las piezas clave, como las baterías de los automóviles, se fabrican en Estados Unidos. La ley se consideró una "bofetada en la cara" y un "cambio de juego" en Bruselas... "En cierto punto, hay que enfrentarse a la realidad. Aunque defiendas el sistema, no puedes vivir con la ilusión de que es el mismo mundo que antes"

 "El último gran defensor del comercio abierto basado en normas, la Unión Europea, está a punto de caer.

Está sucediendo a cámara lenta y el impacto será doloroso. Si el mayor bloque comercial del mundo renuncia al concepto de libre comercio, toda la economía mundial saldrá perjudicada.

Pero ese resultado parece cada vez más probable, a medida que la Comisión Europea y su poderoso departamento de comercio se ven sometidos a intensas presiones para unirse a China y Estados Unidos en un juego de egoísmo económico y proteccionismo.

La era de "Europa primero" puede estar a punto de comenzar.

 "La nueva política industrial asertiva de nuestros competidores exige una respuesta estructural", declaró la Presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, en una intervención crítica el domingo. "Europa siempre hará lo que sea correcto para Europa".

Durante décadas, una mayor globalización fue una obviedad para Bruselas, ya que proporcionaba oportunidades de negocio y puestos de trabajo. Los crecientes llamamientos de París y Washington en favor de una mayor autonomía estratégica, o de estrictas restricciones a la exportación, fueron desestimados por la liberal Comisión Europea que ahora dirige von der Leyen.

Este espíritu de libre comercio se ha topado finalmente con un obstáculo: las subvenciones estadounidenses a las tecnologías limpias, como los coches eléctricos fabricados en Estados Unidos. Para entender lo que salió mal, es vital remontarse al fallido experimento de libre comercio con China.  

Occidente intentó atraer a Pekín al sistema multilateral de comercio, y no funcionó. China no hizo sino redoblar su modelo económico estatal. Su rápido crecimiento y su dominio en campos tecnológicos clave han obligado a Washington y Bruselas a replantearse sus estrategias comerciales en los últimos años.

"La UE siempre ha apoyado el libre comercio y eso es bueno", declaró el mes pasado Kristjan Järvan, Ministro estonio de Emprendimiento. "Pero ahora vemos que potencias no democráticas intentan utilizarlo contra nosotros".

Como Occidente fracasó en su intento de convertir a China al libre comercio, Estados Unidos decidió que "si no puedes vencerlos, únete a ellos", dijo John Clancy, ex funcionario de comercio de la UE convertido en consultor. "La UE, que siempre ha intentado mantener el equilibrio entre ambas partes, se está dando cuenta de que es difícil".

Bajo la presión de Francia, Bruselas comenzó lentamente a construir su arsenal de armas de defensa comercial para contraatacar las prácticas desleales tanto de China como del entonces presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

Ahora, la UE está pensando en coger su artillería pesada y unirse a una batalla proteccionista relacionada con las subvenciones estatales.

 El detonante clave esta vez no es la agresión económica china, sino las reformas respetuosas con el clima que emanan de la Casa Blanca de Joe Biden. Su Ley de Reducción de la Inflación (IRA) allana el camino a subvenciones y exenciones fiscales por valor de 369.000 millones de dólares para las empresas ecológicas estadounidenses, pero sólo si se ensamblan y las piezas clave, como las baterías de los automóviles, se fabrican en Estados Unidos.  

La ley se consideró una "bofetada en la cara" y un "cambio de juego" en Bruselas, sobre todo viniendo de un presidente demócrata. Los airados políticos de la UE acusaron a Washington de seguir los pasos de China.

El IRA ha impulsado primero en París y luego en Berlín el desarrollo de nuevas medidas de subvención que podrían incluir la exigencia a los fabricantes europeos de que utilicen productos o tecnologías de fabricación nacional para que puedan optar a las subvenciones estatales de la UE. Es un concepto que el presidente francés Emmanuel Macron ha llamado "Buy European".

Tal impulso franco-alemán está avivando la presión sobre la Comisión, dijo David Henig, experto en comercio del think tank European Centre For International Political Economy. "La Comisión se encuentra en una situación realmente difícil", porque la marea política en Europa está cambiando, dijo Henig.

En su discurso del domingo en Brujas, von der Leyen dijo que era hora de que Bruselas reevaluara sus normas sobre subvenciones estatales a las industrias europeas. Una guerra comercial con Estados Unidos no beneficia a ninguna de las partes en medio de una guerra real, dijo. Pero será necesaria una respuesta contundente a la amenaza que supone el IRA para la industria manufacturera europea.

"Existe el riesgo de que el IRA provoque una competencia desleal, pueda cerrar mercados y fragmente las mismas cadenas de suministro críticas que ya han sido puestas a prueba por el COVID-19", afirmó. "Todos hemos oído las historias de productores que se plantean trasladar futuras inversiones de Europa a EE.UU.".

Mientras colabora con Washington para tratar de resolver "algunos de los aspectos más preocupantes" de la ley, la UE tendrá que cambiar sus propias normas para permitir más subvenciones estatales a las tecnologías limpias, dijo von der Leyen. 

Juego peligroso

No será sencillo. Según von der Leyen, es posible que también se necesite financiación adicional de la UE, lo que sin duda desencadenará un acalorado debate entre sus 27 países miembros sobre la procedencia del dinero.

Pero si la UE, una de las mayores y últimas grandes defensoras del comercio abierto y libre, tira la toalla y entra en una carrera mundial de subvenciones, no sólo socavaría las normas del comercio mundial y debilitaría aún más a la Organización Mundial del Comercio. También enviaría una señal clave a otros países: olvídate de las normas, ocúpate de ti mismo.

 "Hacemos un llamamiento a nuestros miembros: no miren hacia dentro, no se aíslen", advirtió la jefa de la OMC, Ngozi Okonjo-Iweala, en una rueda de prensa con el canciller alemán, Olaf Scholz, el mes pasado.

No es una voz solitaria. Los países más liberales y de libre comercio de la UE intentan desesperadamente preservar sus ideales. La semana pasada, el Ministro checo de Comercio, Jozef Síkela, declaró a la prensa que "un rally de subvenciones es un juego muy peligroso" y advirtió de que el ganador podría ser Pekín.

En la propia Comisión Europea también hay claras fisuras. El Comisario de Comercio, Valdis Dombrovskis, calificó la carrera de subvenciones de "cara e ineficaz". La Jefa de Competencia de la UE, Margrethe Vestager, dijo la semana pasada que nadie quiere una guerra de subvenciones. Para los departamentos ultraliberales de comercio y competencia de la Comisión, la idea es una pesadilla.

La verdadera lucha dentro de la UE no ha hecho más que empezar, según dos funcionarios de la UE. Pero la culpa no es de Bruselas, sino de Washington y Pekín. "La UE no es quien cerró la puerta al sistema mundial de libre comercio", añadió uno de los funcionarios.

La semana pasada, Biden hizo albergar esperanzas de que sea posible un compromiso, prometiendo buscar vías que no perjudiquen a los aliados de Estados Unidos en Europa. Sin embargo, hasta ahora no se han dado detalles concretos y, en privado, muchos europeos se muestran escépticos.

"En cierto punto, hay que enfrentarse a la realidad", dijo Holger Hestermeyer, experto en comercio del King's College de Londres. "Aunque defiendas el sistema, no puedes vivir con la ilusión de que es el mismo mundo que antes"."                      

( Barbara Moens and Hans von der Burchard  , POLITICO, 05/12/22: traducción DEEPL)

13.10.22

España se retira de la Carta de la Energía para evitar reclamaciones millonarias de inversores... ese tratado se había utilizado en los últimos años para litigar contra las políticas climáticas diseñadas para ir eliminando los combustibles fósiles... "Lo peligroso es seguir dentro. Con la crisis climática y de combustibles fósiles que vivimos, no podemos permitir que los países malgasten dinero público en compensar a empresas de combustibles fósiles por emprender políticas que ayudan a frenar las emisiones". Y es que España, con la Abogacía del Estado al frente, está tratando de esquivar las multimillonarias reclamaciones de fondos internacionales que invirtieron en energías renovables y lanzaron arbitrajes tras el recorte de las subvenciones que trajo el 'impuesto al sol' de Rajoy... un aspecto clave para España es que la modernización de la Carta de la Energía reconozca la supremacía del derecho de la Unión Europea respecto del propio tratado internacional. La cuestión no es baladí. España y Bruselas están tratando desde hace años de evitar las reclamaciones de las renovables, buscando convencer a los tribunales internacionales de que el derecho europeo prevalece sobre la propia Carta de la Energía, una cuestión que no reconocen la mayoría de tribunales arbitrales

 "España ha iniciado el procedimiento para retirarse del Tratado de la Carta de la Energía (ETC, por sus siglas en inglés) que protege las inversiones en ciertas infraestructuras energéticas, según avanzó este miércoles el diario 'Politico' y confirmaron a EFE fuentes oficiales. El ETC es un tratado multilateral firmado por 53 países y en vigor desde 1998, cuya modernización se negocia desde hace cuatro años y, tras una última ronda celebrada en julio en Bruselas, se quedó en que el tratado se actualizaría automáticamente en noviembre si no se oponía formalmente ninguna de las partes.

La protección que ofrece ese tratado se había utilizado en los últimos años para litigar contra los firmantes por políticas climáticas diseñadas para ir eliminando los combustibles fósiles. En estos momentos hay reclamaciones de fondos de inversión por un valor total de 10.000 millones de euros. El Gobierno trató de que renunciasen voluntariamente a la vía arbitral, ofreciéndoles una nueva senda de rentabilidad, pero la mayoría han rechazado. Este medio ya informó a finales de 2021 de las intenciones del Ejecutivo de Pedro Sánchez en relación con el tratado en cuestión. 

 Y es que España, con la Abogacía del Estado al frente, está tratando de esquivar las multimillonarias reclamaciones de fondos internacionales que invirtieron en energías renovables y lanzaron arbitrajes tras el recorte de las subvenciones en la década pasada. Mientras algunos tribunales arbitrales les dan la razón, el Tribunal Supremo se alineó con la visión del Gobierno y avaló el hachazo de 2013 a las energías limpias.

Por su parte, fuentes del sector aseguran que la salida de España de este tratado puede provocar reticencias entre inversores internacionales, precisamente en un momento en que la transición energética demandará más de 200.000 millones para este fin, según cálculos del propio Gobierno, durante la próxima década. El hecho de que no se tenga un marco supranacional al que acudir en caso de no estar de acuerdo con determinadas decisiones implica la asunción de mayores riesgos para los inversores. Sobre todo, en un país que ha implementado varios cambios regulatorios de calado en el sector energético en los últimos años, hecho que no pasa desapercibido para los inversores foráneos. España es, junto con Argentina, Venezuela y Perú, el país que más arbitrajes de inversores extranjeros soporta. Más allá de la cuestión climática, un aspecto clave para España es que la modernización de la Carta de la Energía reconozca la supremacía del derecho de la Unión Europea respecto del propio tratado internacional. La cuestión no es baladí. España y Bruselas están tratando desde hace años de evitar las reclamaciones de las renovables, buscando convencer a los tribunales internacionales de que el derecho europeo prevalece sobre la propia Carta de la Energía, una cuestión que no reconocen la mayoría de tribunales arbitrales.

 

Varios Estados miembros de la Unión Europea, como España, Países Bajos o Luxemburgo, habían solicitado que la UE abandonara ese marco jurídico, al igual que varias organizaciones ecologistas. La vicepresidenta tercera del Gobierno español y ministra para la Transición Ecológica, Teresa Ribera, había pedido en el pasado "una salida coordinada del ETC" por parte de la UE y sus Estados miembros de ese marco jurídico, y finalmente ha decidido dar el paso, al igual que hizo Polonia la pasada semana.

El tratado se diseñó tras la desaparición de la URSS, en un contexto en que muchos temían invertir en los países del bloque soviético, y se concibió para promover la seguridad energética, fomentando mercados más abiertos y competitivos que al mismo tiempo respeten los principios de desarrollo sostenible y soberanía sobre los recursos energéticos. Está suscrito por los Estados miembros de la Unión Europea —salvo Italia, que lo abandonó en 2016— y países como el Reino Unido, Bosnia y Herzegovina, Japón, Armenia, Jordania, Ucrania o Tayikistán, y contempla un sistema de protección de las inversiones, trato no discriminatorio o resolución de disputas a través de mecanismos de arbitraje. El texto había quedado anticuado en virtud de los objetivos del Acuerdo de París de 2015 para ralentizar el cambio climático.

Varios de los puntos en discusión generaban grandes recelos, en particular la protección a las inversiones en infraestructuras para combustibles fósiles y la resolución de litigios en tribunales privados de arbitraje, polémica similar a la surgida con el tratado de libre comercio firmado entre la UE y Canadá, el llamado CETA. La retirada de España del tratado ha sido acogida de buen grado por organizaciones ecologistas como la Red de Acción Climática (CAN), que calificó la decisión de España y Polonia como "valiente" y llamó a otros países de la UE a seguir sus pasos.

"Lo peligroso es seguir dentro. Con la crisis climática y de combustibles fósiles que vivimos, no podemos permitir que los países malgasten dinero público en compensar a empresas de combustibles fósiles por emprender políticas que ayudan a frenar las emisiones", declaró a EFE la experta en Políticas de Comercio de CAN Europa Cornelia Maarfield."                (El Confidencial, 12/10/22)

29.4.22

Michael Roberts: ¿Se ha acabado la globalización? El capitalismo no puede expandirse en un desarrollo armonioso y uniforme en todo el mundo. Por el contrario, el capitalismo es un sistema plagado de contradicciones generadas por la ley del valor y el afán de lucro... las economías más fuertes se comen a los más débiles... si las economías imperialistas empiezan a luchar por la rentabilidad como ahora, entonces empiezan a luchar y no a cooperar, sentando las bases del conflicto y la división... la libre circulación de capitales propiedad de las transnacionales y el libre comercio sin aranceles ni restricciones han triunfado a expensas de los más débiles... los colapsos o caídas regulares y recurrentes de la producción capitalista condujeron a una pérdida de ingresos de los hogares para la mayoría que nunca podrá ser restaurada por ninguna "recuperación", particularmente desde 2009... el colapso de la globalización podría convertirse, no sólo en una batalla entre dos bloques, sino en una mezcla de unidades económicas en competencia... la globalización sólo regresará si el capitalismo adquiere un nuevo impulso basado en una rentabilidad mayor y sostenida... Parece improbable que esto ocurra antes de que se produzca una nueva crisis y tal vez una nueva guerra

 "Aparte de la inflación y la guerra, lo que atenaza el pensamiento económico actual es el aparente fracaso de lo que a la corriente económica dominante le gusta llamar "globalización".  Lo que la corriente económica dominante entiende por globalización es la expansión del comercio y los flujos de capital libremente a través de las fronteras.  

En el año 2000, el FMI identificó cuatro aspectos básicos de la globalización: el comercio y las transacciones, los movimientos de capital e inversión, la migración y el movimiento de personas, y la difusión del conocimiento.  Todos estos componentes despegaron aparentemente desde principios de los años 80 como parte de la inversión "neoliberal" de las anteriores políticas nacionales de macrogestión adoptadas por los gobiernos en el entorno del orden económico mundial de Bretton Woods (es decir, la hegemonía estadounidense). 

 Entonces se pidió que se eliminaran las barreras arancelarias, las cuotas y otras restricciones comerciales y se permitiera a las multinacionales comerciar "libremente" y trasladar sus inversiones al extranjero a zonas de mano de obra barata para aumentar la rentabilidad.  Esto llevaría a la expansión global y al desarrollo armonioso de las fuerzas productivas y los recursos del mundo, se afirmaba.No había nada nuevo en este fenómeno. 

 Ya hubo períodos de aumento del comercio y de la exportación de capital desde que el capitalismo se convirtió en el modo de producción dominante en las principales economías a mediados del siglo XIX.  En 1848, los autores del Manifiesto Comunista constataron el creciente nivel de interdependencia nacional provocado por el capitalismo y predijeron el carácter universal de la sociedad mundial moderna: 

"La burguesía, mediante su explotación del mercado mundial, ha dado un carácter cosmopolita a la producción y al consumo en todos los países. Para gran disgusto de los reaccionarios, ha sacado de debajo de los pies de la industria el suelo nacional sobre el que se asentaba. Todas las antiguas industrias nacionales han sido destruidas o se destruyen a diario.... En lugar de la antigua reclusión y autosuficiencia local y nacional, tenemos relaciones en todas las direcciones, interdependencia universal de las naciones".

De hecho, podemos distinguir períodos anteriores de "globalización".  

Está el periodo de 1850-70 en el que el comercio y la inversión se expandieron fuertemente en Europa y Estados Unidos (tras la guerra civil), bajo los auspicios de la hegemonía británica.  La depresión de los años 1870 a 1890 supuso el fin de esa oleada.  

Pero en la década de 1890 y hasta la Primera Guerra Mundial se produjo otra oleada de expansión mundial, ya que las nuevas potencias capitalistas usurparon la hegemonía británica.  Ninguna potencia estableció la hegemonía y esa ola de globalización fue detenida en su camino por la guerra mundial y continuó revirtiéndose a través de la Gran Depresión de la década de 1930 y hasta la Segunda Guerra Mundial. 

 Luego hubo una nueva ola de expansión mundial bajo Bretton Woods y la hegemonía de Estados Unidos, antes de que la crisis de rentabilidad de los años 70 provocara caídas y retracciones.  A partir de mediados de los 80 y hasta los 90, se produjo la mayor expansión del comercio y la inversión transfronteriza de la historia del capitalismo, con el capitalismo estadounidense y europeo extendiendo sus alas y China entrando en los mercados globales de fabricación y comercio.

De hecho, según la Organización Mundial del Comercio, un indicador clave de la "globalización", la relación entre las exportaciones mundiales y el PIB mundial, fue prácticamente plana entre 1870 y la Primera Guerra Mundial, cayó casi un 40% en el periodo de entreguerras; aumentó un 50% entre 1950 y 1970; luego se estancó hasta la década de 1990, despegando hasta la Gran Recesión de 2009; después de la cual, en la Larga Depresión de la década de 2010, la relación cayó cerca de un 12%, un descenso que no se veía desde la década de 1970.

La última ola de globalización empezó a decaer ya a principios de la década de 2000, cuando la rentabilidad mundial volvió a caer.  (...)

Los flujos de inversión transfronteriza en activos productivos físicos también dejaron de crecer en la década de 2010, mientras que el comercio mundial de la "cadena de valor" (es decir, las transferencias internas de las empresas multinacionales) también se aplanó. (...)

 En el capitalismo, con los mercados abiertos, las economías más eficientes tomarán parte del comercio de las menos eficientes. Por lo tanto, los desequilibrios comerciales y de capital no tienden al equilibrio con el tiempo.  Por el contrario, los países tienen enormes déficits y superávits comerciales durante largos períodos, tienen crisis monetarias recurrentes y los trabajadores pierden puestos de trabajo por la competencia del extranjero sin conseguir otros nuevos en sectores más competitivos (véase Carchedi, Frontiers of Political Economy p282). 

 No es la ventaja comparativa o los costes lo que impulsa las ganancias comerciales, sino los costes absolutos (en otras palabras, la rentabilidad relativa). Si los costes laborales chinos son mucho más bajos que los de las empresas estadounidenses, China ganará cuota de mercado, aunque Estados Unidos tenga alguna de las llamadas "ventajas comparativas" en diseño o innovación. Lo que realmente decide es el nivel de productividad y el crecimiento de una economía y el coste de la mano de obra.

En contra de la opinión de la corriente dominante, el capitalismo no puede expandirse en un desarrollo armonioso y uniforme en todo el mundo.  Por el contrario, el capitalismo es un sistema plagado de contradicciones generadas por la ley del valor y el afán de lucro.  Una de esas contradicciones es la ley del desarrollo desigual en el capitalismo: a algunas economías nacionales que compiten les va mejor que a otras. 

 Y cuando las cosas se ponen difíciles, los más fuertes empiezan a comerse a los más débiles.  Como dijo Marx una vez, "los capitalistas son como hermanos hostiles que se reparten entre ellos el botín del trabajo ajeno".  (Teorías de la plusvalía Vol 2. p29). A veces los hermanos son fraternales y la globalización se expande, como a finales del siglo XX; otras veces son hostiles y la globalización disminuye, como en el siglo XXI.

Para la teoría marxista, la globalización es en realidad la palabra principal para referirse a la expansión del imperialismo.  El siglo XX comenzó con el capitalismo mundial cada vez más dividido entre un bloque imperialista y el resto, siendo este último incapaz (con muy pocas excepciones) de salvar la brecha hacia la mesa superior durante los siguientes 100 años.  

En el siglo XXI el dominio del imperialismo se mantiene y si las economías imperialistas empiezan a luchar por la rentabilidad como ahora, entonces empiezan a luchar y no a cooperar, sentando las bases del conflicto y la división.

Incluso la corriente dominante es ahora consciente de que el libre comercio y la libre circulación de capitales que se han acelerado a nivel mundial en los últimos 30 años no han conducido a ganancias para todos, en contra de la teoría económica dominante de la ventaja comparativa y la competencia.  

Lejos de que la globalización y el libre comercio conduzcan a un aumento de los ingresos para todos, bajo la libre circulación de capitales propiedad de las transnacionales y el libre comercio sin aranceles ni restricciones, los grandes capitales eficientes han triunfado a expensas de los más débiles e ineficientes - y los trabajadores de esos sectores se llevan la peor parte. 

 En lugar de un desarrollo armonioso e igualitario, la globalización ha aumentado la desigualdad de riqueza e ingresos, tanto entre naciones como dentro de las economías, ya que las empresas transnacionales trasladan sus actividades a zonas de mano de obra más barata e introducen nuevas tecnologías que requieren menos mano de obra.  

Estos resultados se deben en parte a la globalización por parte del capital multinacional que lleva fábricas y puestos de trabajo a lo que antes se llamaba el Tercer Mundo; y en parte a las políticas neoliberales en las economías avanzadas (es decir, la reducción del poder sindical y de los derechos laborales; la precarización de la mano de obra y la reducción de los salarios; la privatización y la reducción de los servicios públicos, las pensiones y las prestaciones sociales).  

Pero también se debe a los colapsos o caídas regulares y recurrentes de la producción capitalista, que condujeron a una pérdida de ingresos de los hogares para la mayoría que nunca podrá ser restaurada en ninguna "recuperación", particularmente desde 2009. El mundo capitalista nunca fue plano, ni siquiera a finales del siglo XX, y ciertamente es montañoso ahora.

Tomemos los aranceles y las medidas proteccionistas, el anatema de los teóricos de la globalización.  En los últimos diez años se ha producido una tendencia al alza en las investigaciones sobre antidumping y derechos compensatorios

La Gran Recesión, la débil recuperación posterior de la Larga Depresión, la pandemia del COVID y ahora el conflicto entre Rusia y Ucrania, han hecho saltar por los aires las cadenas de suministro mundiales, han obstaculizado el comercio global y han detenido los movimientos de capital.  (...)

A pesar de las tendencias actuales, algunos expertos de la corriente principal siguen manteniendo la opinión de que la globalización volverá. "Fue la inflación la que ayudó a crear un nuevo entorno político a mediados del siglo XIX y en la década de 1970. 

A medida que los costes económicos y políticos de la inflación se hacían más evidentes y más perjudiciales, parecía más atractivo buscar formas de calmar las presiones inflacionistas.  Sin duda, la cura desinflacionista -más globalización así como un gobierno más eficaz- fue temporalmente incómoda. Pero impulsó al mundo a aprovechar las oportunidades técnicas y geográficas antes ignoradas o descuidadas. Hay, en definitiva, un futuro post-conflicto al que podemos mirar con cierto grado de esperanza".

Un experto afirmó que "por último, llámese fe ciega, pero la globalización ha recibido la extremaunción varias veces, y en cada una de ellas se ha levantado de su lecho de enfermo con un aspecto bastante animado. Las empresas han sido ingeniosas, la tecnología ha apoyado, e incluso los gobiernos activamente destructivos no la han estrellado".  

Por supuesto, el comercio mundial y la inversión transfronteriza no van a desaparecer y seguirán creciendo (un poco) a pesar de las pandemias, las guerras y el colapso de las cadenas de suministro.  Pero eso no es un argumento para decir que la anterior ola de globalización no ha terminado.

El argumento es que a la crisis de rentabilidad e inflación de los años setenta le siguió la ola de globalización de los años ochenta y noventa. y esto podría volver a ocurrir.  No es un escenario muy convincente.  La década de 2020 se parece más al periodo que precede a la Primera Guerra Mundial, con potencias económicas rivales luchando por hacerse con una parte de los beneficios ("hermanos hostiles").  Escribiendo a finales de la década de 1880, Engels pronosticó, no una expansión global armoniosa como pensaba el líder y teórico socialdemócrata alemán Karl Kautsky, sino un aumento de la rivalidad entre las potencias económicas competidoras que desembocaría en una nueva guerra europea: "las depredaciones de la guerra de los Treinta Años (del siglo XVII) se comprimirían en tres o cuatro años y se extenderían por todo el continente... con un traslado irremediable de nuestro sistema artificial de comercio, industria y crédito", (ver mi libro Engels 200 p129). No se puede volver a la expansión mundial de 1850-70.

Los keynesianos pretenden volver a los días de Bretton Woods con sus tipos de cambio fijos, el estímulo fiscal del gobierno y la reducción gradual de los aranceles.  Los keynesianos afirman que esto llevaría a un renacimiento del "multilateralismo" y de la cooperación mundial.  Esto aparentemente puede restaurar un orden mundial de paz y armonía.  Pero esto no es más que una negación de la historia y de la realidad de la década de 2020.

Las organizaciones multilaterales de la era de la posguerra, como el FMI, el Banco Mundial y la ONU, estaban todas bajo la amable "dirección" del capitalismo estadounidense.  Pero ahora la hegemonía estadounidense ya no es segura; pero lo que es más significativo, la alta rentabilidad de las principales economías después de 1945 ya no existe.  Los hermanos ya no son fraternales, sino hostiles.  El actual intento de EE.UU. de mantener su hegemonía se parece más a intentar meter gatos en una bolsa.

Es perfectamente posible argumentar que, para el capital, "la desglobalización disminuiría la eficiencia de las empresas al aumentar los precios y reducir la competencia y que "con cualquier reversión prevista para frenar el crecimiento, un mundo desglobalizado sería "enormemente inferior" a los últimos 30 años de comercio abierto".  Un estudio reciente de la Organización Mundial del Comercio, basado en la medición del impacto dinámico de la pérdida de comercio y de la difusión de la tecnología, concluyó que "una posible disociación del sistema de comercio mundial en dos bloques -un bloque centrado en EE.UU. y otro en China- reduciría el bienestar mundial en 2040, en comparación con la situación de referencia, en aproximadamente un 5%.

 Las pérdidas serían mayores (más del 10%) en las regiones de bajos ingresos que más se benefician de los efectos tecnológicos positivos del comercio".  De hecho, el colapso de la globalización podría convertirse, no sólo en una batalla entre dos bloques, sino en una mezcla de unidades económicas en competencia.

Pero la globalización sólo regresará si el capitalismo adquiere un nuevo impulso basado en una rentabilidad mayor y sostenida.  Parece improbable que esto ocurra antes de que se produzca una nueva crisis y tal vez una nueva guerra."        
         (Michael Roberts, Brave New Europe, 27/04/22)

2.2.22

Las razones que explican el atasco sin precedentes en la gran cadena del comercio internacional

 "Las cadenas de suministro han dejado de funcionar con precisión desde hace meses. Los retrasos en el transporte de mercancías, la falta de chips, los bajos inventarios de cobre... llevan amenazando el buen funcionamiento de la 'gran tubería del comercio internacional' desde finales de 2020. Sin embargo, no ha sido hasta ahora, con el problema ya visible para los consumidores finales, cuando se ha empezado a 'bombardear' en los medios con este atasco que pone en riesgo la campaña de Navidad. Resulta conveniente hacer un repaso de lo acaecido en los últimos meses para explicar las razones que han generado este atasco en una tubería que llevaba años funcionando casi a la perfección.

Todo comenzó hace más de un año con la pandemia del covid. Una crisis sin paragón paralizó la inversión, el mantenimiento y la reposición de muchas industrias clave, entre ellas la logística, que se encarga de mantener bien engrasados todos los eslabones de la cadena de suministros, permitiendo que las mercancías fluyan con precisión y velocidad a través de esa gran tubería. No se repusieron contenedores, barcos, camiones, tampoco la industria de los combustibles fósiles invirtió ante la llegada inminente de la transición energética.

Sin embargo, casi de la noche a la mañana, la demanda global se recuperó o incluso superó los niveles previos al covid (como EEUU). Ahora, la gran tubería del comercio internacional no está preparada para canalizar tantos bienes, que además no son los mismos que antes del covid. El atasco está servido.

Los nuevos indicadores desarrollados por Bloomberg Economics subrayan la extrema gravedad. No hay solución rápida para este problema, por lo que el gran crunch de 2021 podría empeorar todavía más en los próximos meses. La investigación de Bloomberg cuantifica lo que está aparentemente a la vista en gran parte del planeta, en los supermercados con estantes vacíos, los puertos donde los barcos se están apilando, o las plantas de automóviles donde las cadenas de montaje están paralizadas por una falta de microchips sin precedentes. Todo ello viene de la mano de un incremento de precios importantes.

 El colapso va más allá, según explican los expertos de Bloomberg: no es solo un problema de mover bienes de un sitio a otro, el mundo todavía está luchando para que la producción alcance la demanda. El auge de la demanda ha cogido a contrapié a los productores después de que la pandemia paralizara buena parte del tejido productivo a nivel mundial. Ahora, la situación podría prolongarse durante varios meses más o quién sabe cuánto tiempo.

Un dolor de cabeza para la banca central Los bancos centrales están empezando a reconocer que la inflación ya no es transitoria, lo que podría obligarles a retirar los estímulos y subir tipos de interés antes de lo previsto. Eso plantea nuevas amenazas a una recuperación que ya se está ralentizando. También supone un riesgo para unos mercados de renta variable que siguen cotizando cerca de máximos históricos.

Detrás de este atasco en la gran tubería del comercio internacional se encuentra una combinación de redes de transporte sobrecargadas, escasez de mano de obra en puntos clave para el comercio y una demanda en EEUU que se ha visto reforzada por los grandes estímulos fiscales y que se ha centrado más en los bienes que en los servicios.

Los problemas se están produciendo en varios puntos, que van desde los centros de producción, hasta los puntos de recepción de la mercancía. En Vietnam, las plantas que fabrican zapatillas Nike tuvieron que reducir la producción porque los trabajadores se habían marchado a sus provincias de origen por temor al covid-19. China, la potencia manufacturera del mundo, se enfrenta a nuevos brotes del virus y está respondiendo con cierres selectivos. Sus precios de fábrica están aumentando a una tasa anual del 10%, la más rápida desde la década de 1990.

 Juntando todas estas piezas, los índices de oferta de Bloomberg Economics muestran una elevada escasez de bienes en EEUU, Reino Unido y la zona euro. Este indicador se basa en una variedad de datos que van desde los precios en las fábricas hasta la relación entre los inventarios, las ventas de los minoristas y la acumulación de pedidos para las empresas del sector de servicios. Las lecturas de cero indican condiciones normales, las negativas significan que los bienes son abundantes y los puntos positivos hablan de limitaciones. Los indicadores muestran un cambio abrupto, desde un exceso de oferta antes de la crisis del covid a la escasez significativa de hoy. (...)

¿Cuándo terminarán las interrupciones? La respuesta más optimista habla de la primera parte de 2022, pero lo cierto es que nadie sabe qué viene después. (...)

Las condiciones de la industria logística deberían comenzar a mejorar después del Año Nuevo chino, a principios de febrero, "aunque las interrupciones podrían durar al menos hasta mediados del próximo año", explica Shanella Rajanayagam, economista de HSBC a Bloomberg. No obstante, la incertidumbre sigue reinando en el comercio internacional, nadie sabe qué va a pasar a corto y medio plazo. El exceso de ahorro acumulado durante la pandemia juega aquí un papel desestabilizador, puesto que puede agravar el problema.

La 'bola de nieve' crece Lo que viene después es territorio inexplorado, en parte por el gran número de cuellos de botella que hay en la ruta que va de las cadenas de montaje a las cestas de la compra de las familias. Mientras que un proveedor espera que otro le entregue la mercancía, el minorista tiene que esperar la llegada del producto que colocará en el estante: los retrasos se alimentan mutuamente, aseguran desde Bloomberg.  (...)

Ahora mismo el colapso en el transporte marítimo va desde Singapur hasta el Puerto del Pireo (Grecia). Los cuellos de botella en el transporte marítimo se han producido en un principio por condiciones meteorológicas adversas y los brotes de virus, como el reciente de Singapur. Sin embargo, estos atascos están desviando portacontenedores a otros puertos, lo que está a su vez generando nuevos atascos. Un análisis de la congestión portuaria mostró el lunes que el retraso en Singapur era elevado, con 53 buques portacontenedores anclados, el mayor recuento desde que Bloomberg empezó a seguir este tipo de datos.

Eso es un problema para EEUU y Europa, donde la ropa y los productos electrónicos que llenan los carritos de los compradores dependen de insumos y ensamblajes extranjeros. Y con las tasas de vacunación de muchos países asiáticos aún bajas, es un problema que no desaparecerá pronto.

El factor suerte "Para que la cadena de suministro se recupere, va a ser necesaria una cierta dosis de suerte" -evitar catástrofes meteorológicas o nuevos focos de covid- "además de tiempo e inversión para añadir más capacidad logística", asegura Simon Heaney, director de investigación de contenedores de Drewry en Londres.

Para una economía mundial que sale de la recesión más profunda de la historia reciente, la escasez de oferta causada en parte por la fuerte demanda es un problema importante. Evidentemente, peor sería lo contrario: una oferta abundante porque las economías siguieran deprimidas, con millones de parados más. La cuestión es que la rigidez de la oferta va a ralentizar la recuperación económica más de lo previsto.

Las cadenas de suministro podrían desenredarse más rápido de lo esperado también. La falta de precedentes de una situación similar genera también gran incertidumbre sobre la resolución del problema. El indicador de Bloomberg sobre la escasez en EEUU, por ejemplo, ha bajado en las últimas lecturas, aunque se mantiene en niveles históricamente elevados.

"La situación actual es única y muy diferente de las perturbaciones más aisladas que ha experimentado el mundo", afirma John Butler, presidente del Consejo Mundial del Transporte Marítimo, que representa a los mayores transportistas de mercancías por vía marítima. "La solución a la congestión actual también será diferente".       
         (elEconomista.es, 02/11/21)

25.10.21

Era difícil imaginar que en los países más ricos del mundo, en el periodo más consumista del año (Navidades), será complicado comprar algunos productos (coches, materiales de construcción, tecnológicos, productos químicos, materias primas…)... La secuencia es la siguiente: primero, la pandemia y el confinamiento, con caída del comercio internacional; como consecuencia, las empresas reducen sus costes y mantienen sus inventarios al mínimo, por lo que se quedan sin productos para satisfacer la demanda; llega la recuperación, más fuerte de lo previsto, y pilla desprevenidas productoras y distribuidoras... y un cuarto paso, el “efecto látigo”: los proveedores se cargan de existencias. La paradoja será que tras el desabastecimiento habrá excedentes. Ejemplo: los rollos de papel higiénico o las mascarillas... hay que recuperar aspectos de la economía que han sido olvidados en beneficio de otras prioridades financieras o tecnológicas

 "Ikea, que es mucho más que una tienda, lo ha advertido: la escasez de algunos bienes no es momentánea, sino que va para largo y podría agravarse. Esta empresa y otras de gran consumo pueden tardar más tiempo del habitual en servir las mercancías, los componentes. En algunas plantas de ventas las etiquetas dicen “Disponible próximamente”, y cuando se pregunta al encargado cuánto significa “próximamente”, no se arriesga a apostar. En el momento en que se estaba aprendiendo a conjugar la “recuperación justa” llegan dos conceptos concatenados, aunque no sean exactamente iguales: la escasez y la subida de precios.

Era difícil imaginar que en los países más ricos del mundo, en el periodo más consumista del año (unas Navidades cada vez más extensas e, incrustadas en ellas, campañas de descuentos como el Black Friday), será complicado comprar algunos productos (coches, materiales de construcción, tecnológicos, productos químicos, materias primas…).

 El principal problema está en la logística, un elemento de la cadena de producción que habitualmente no es tan llamativo como otros. Hasta que lo es. Ahora se ven puertos abarrotados y empresas de transporte ferroviario, por carretera o aéreas que no dan abasto. Hay un desequilibrio entre la demanda, que se ha recuperado más rápidamente, y la oferta. Entre el 80% y el 90% de lo que se consume llega por barco; todos los días decenas de miles de buques atraviesan el mundo cargados de millones de contenedores repletos (que están multiplicando exponencialmente su precio en estas semanas). 

No hay suficientes contenedores para transportar todos los bienes que se demandan. Casi el 80% de los puertos tienen tiempos de espera superiores a la media. No es de extrañar que el presidente Biden haya anunciado que reforzará los puertos americanos para que puedan trabajar 24 horas al día los 7 días de la semana con el fin de eliminar el colapso marítimo.

 En medio de la recuperación pospandémica, el cuello de botella que estrangula la distribución tiene varios efectos al mismo tiempo: la inflación de las principales materias primas (industriales y agrícolas); los retrasos en la entrega de los productos a los consumidores finales debido a la citada congestión del transporte que, a su vez, lo ha encarecido; la subida de los costes de personal porque hay escasez de trabajadores especializados (camioneros, por ejemplo), y también mayores exigencias sindicales no solo en salarios, sino en mejores condiciones laborales.

 La secuencia es la siguiente: primero, la pandemia y el confinamiento, durante el cual cae el comercio internacional; como consecuencia, las empresas reducen sus costes y mantienen sus inventarios al mínimo, por lo que se quedan sin productos para satisfacer la demanda; llega la recuperación, quizá más fuerte de lo previsto, y pilla desprevenidas a muchas empresas productoras y distribuidoras. Los expertos indican la posibilidad de un cuarto paso que denominan “efecto látigo”: los proveedores compensan en exceso la escasez y se cargan de existencias. La paradoja consistiría entonces en que tras el desabastecimiento habrá excedentes. Ejemplo de ello serían los rollos de papel higiénico o las mascarillas.

El fenómeno del posible desabastecimiento conlleva recuperar aspectos de la economía que han sido olvidados en beneficio de otras prioridades (en general, financieras o tecnológicas). Ya daba indicios de su complejidad desde finales de 2020, cuando el comercio mundial trataba de recuperar su normalidad tras el parón sufrido por el confinamiento. Al alterar la pandemia el flujo del comercio, cuando la mayor parte de los países aumentan a la vez el consumo, los puertos, los trenes y los aviones echan el bofe. 

Estos cuellos de botella reabren dilemas que parecían superados, como el de la deslocalización de las fábricas en busca de género de bajo coste, o la hiperespecialización que logra que la fabricación de bienes sea cada vez más difícil de ubicar, ya que los componentes llegan de sitios muy lejanos (los botones, las cremalleras, la tela, el ensamblaje, etcétera).

La falta de suministros se extiende como una mancha de aceite y amenaza con lastrar la fase de recuperación."                    (Joaquín Estefanía, El País, 24/10/21)

18.10.21

Las Navidades que cambiarán para siempre el comercio mundial por cuestiones logísticas

 "En los peores momentos de la pandemia se pudo leer y escuchar repetidas veces la frase “ya nada será como antes”. Podría tratarse de una hipérbole propia de aquellos momentos angustiosos, pero, al mismo tiempo, una realidad en determinados ámbitos. El comercial va camino de ser uno de ellos. La irrupción del Covid-19, sus consecuencias y las lecciones que ha dejado apuntan al cambio de un modelo marcado en las últimas décadas por la deslocalización y la globalización.

Un buen número de especialistas han alertado del gran colapso que puede generarse en breve ante la próxima llegada de las fechas navideñas, sin duda las más comerciales de todo el año en buena parte del planeta. Podríamos estar ante las Navidades que cambien para siempre el paradigma del comercio mundial, especialmente el que se desarrolla por vía marítima.

Cambio de estrategia

Los más pesimistas ya señalan que las mercancías no llegarán a tiempo para satisfacer el pico de demanda que se da durante el último mes del año. Las peticiones se han disparado de tal manera y de forma tan repentina que la oferta no es capaz de satisfacerla.

Sin embargo, hay otros factores que han contribuido a que compañías como Mango e Ikea hayan tenido que modificar su estrategia comercial.

 Múltiples factores

Sobre el transporte se ha instalado una especie de tormenta perfecta. Oriol Montanyà, director del Observatorio de Sostenibilidad y del Departamento de Operaciones, Tecnología y Ciencia de la Barcelona School of Management, recuerda que, en realidad, los problemas comenzaron antes de la irrupción de la pandemia, cuando se produce una crisis en el sector del transporte marítimo, con elementos como la compra de Hamburg Süd por el gigante Maersk o del cierre de la otrora poderosa naviera surcoreana Hanjin.

Sin apenas tiempo para recuperarse, la extensión del coronavirus y la práctica paralización de la actividad comercial en todo el mundo obliga a las compañías a replantear sus rutas y eliminar provisionalmente algunas por falta de rentabilidad.

Falta de contenedores

Al mismo tiempo se da una drástica reducción de contenedores que posteriormente, cuando la economía mundial comienza a repuntar de manera abrupta, provoca colapsos en algunos de los mayores puertos del mundo, que también se ven desbordados, pese a su gran tamaño, por la llegada de tantos barcos y la falta de contenedores. (...)

Los precios se disparan

Este último punto no es precisamente baladí. Una de las circunstancias que más han llamado la atención en los últimos meses ha sido el encarecimiento de los transportes, derivado de las circunstancias descritas anteriormente y a las que hay que sumar la subida radical de los precios de las materias primas.

El coste del transporte de contenedores en una ruta como Shanghái-Barcelona se ha multiplicado en ocasiones por 10. En esencia, no deja de ser un efecto natural de una situación de oferta insuficiente para cubrir una creciente demanda, aderezada por factores asociados a la situación excepcional que ha causado la pandemia.

 

No hay que olvidar que en la actualidad cerca del 90% de las mercancías que se transportan por todo el mundo lo hacen por vía marítima; una dependencia excesiva que queda en evidencia en circunstancias como las actuales.

Precisamente, una de las lecciones que ha dejado la crisis del coronavirus ha sido la del riesgo que supone concentrar el mercado en un determinado punto del mundo. Hace décadas que Asia es una suerte de almacén mundial y antaño incluso se consideraba como una circunstancia positiva.

Dependencia de Asia

Tras el estallido de la pandemia, muchos se dieron cuenta del riesgo que supone esta concentración. Ante la imperiosa necesidad de contar con material sanitario, casi todos los países occidentales tuvieron que recurrir a China porque no contaban con producción propia suficiente de artículos como mascarillas, guantes, equipos de protección individual y respiradores. Y los fabricantes del gigante asiático se beneficiaron de las auténticas subastas que se organizaron, en las que estos productos se vendían al mejor postor, a precios muy superiores a los del mercado.

Algo similar sucede ahora con la llamada crisis de los semiconductores, que está obligando incluso a parar la actividad en las fábricas ante la imposibilidad de contar con estos componentes, ya imprescindibles en industrias como la del automóvil. Y no se trata de un problema de escasez, sino de incapacidad para llegar a tiempo.

Black Friday, prueba de fuego

De este modo, el fenómeno de la deslocalización, en busca del ahorro de costes con mano de obra barata, también ha quedado en entredicho. Y, al mismo tiempo, pasa a primer plano la importancia de contar con cadenas logísticas más cercanas y más controladas, con las que se minimicen los riesgos ante situaciones extremas.

De momento, la prueba de fuego será el denominado Black Friday, el día con mayor volumen de ventas de todo el año. Llegará el momento de ver si el colapso en los puertos se traslada a los distribuidores y la amenaza para la campaña navideña es real."                   (Raúl Pozo, Crónica Global, 10/10/21)

10.7.18

El acuerdo de libre comercio (TLC) con los EE.UU. y Canadá no ha supuesto un impulso para la economía mexicana La deuda absorbe un 20% más de los ingresos públicos del gobierno que los asignados a la salud, la educación y la reducción de la pobreza en el presupuesto federal. Esta es la carga que AMLO heredará

"(...) Contrariamente a la opinión de la teoría económica dominante, el acuerdo de libre comercial de 1994 (TLC) con los EE.UU. y Canadá no ha supuesto un impulso para la economía mexicana. 

De hecho, mientras que la economía mexicana creció el doble hasta alcanzar el 16% de la producción de Estados Unidos en los 30 antes previos a 1980, ha disminuido un 12% desde entonces.

La producción de México por hora de trabajo en relación con la de los EEUU está cerca de su nivel más bajo desde 1950.

El TLC, lejos de aumentar el rendimiento económico de México, aumentó su dependencia del comercio y la inversión de Estados Unidos, quedó prisionero de las medidas neoliberales de la década de 1980 y el aumento de las disparidades entre las zonas fronterizas con EEUU de rápido crecimiento, con sus zonas económicas especiales, y las regiones rural pobres del sur. Y ahora el presidente Trump insiste en renegociar el TLC para que sea aún más favorable a los EEUU!

Por otra parte, como el excelente informe del CEPR argumenta, si el TLC hubiera tenido éxito a la hora de restaurar la tasa de crecimiento mexicana anterior a 1980, México sería un país de altos ingresos, con un ingreso per capita significativamente mayor que los de Portugal o Grecia.

 En ese escenario, es poco probable que la reforma migratoria se hubiera convertido en un tema político importante en los Estados Unidos, ya que relativamente pocos mexicanos tratarían de cruzar la frontera.

La tasa de pobreza mexicana del 55,1% en 2014 (último dato disponible) fue superior a la tasa de pobreza de 1994. Como resultado, había alrededor de 20,5 millones más de mexicanos que vivían por debajo del umbral de la pobreza que en 1994. Los salarios reales han hecho pocos progresos desde 1994. Hubo una caída de los salarios reales del 21,2% a partir de 1994-96 asociada a la crisis del peso y la recesión. Los salarios no recuperaron su nivel pre-crisis (1994) hasta 2006, 11 años después.(...)

Como resultado de la baja rentabilidad e inversión, junto con el impacto del acuerdo TLC, la economía mexicana se ha básicamente estancado. La razón es el fracaso del sector capitalista de México. Sí, el 'período neoliberal' desde principios de 1980, presidido por distintos partidos pro-empresariales de México, consiguió frenar la caída de la rentabilidad del capital mexicano, en cierta medida, pero no pudo revertir positivamente la tendencia hacia arriba, como consiguieron la mayoría de las otras economías capitalistas.

 El lento crecimiento económico en el período posterior a la crisis global ha provocado una crisis de las finanzas públicas en la medida en que el Estado tuvo que pagar la factura de la incapacidad del sector privado. 

Entre 2008 y 2018, la deuda pública creció del 21% del PIB en 2008 al 45,4% del PIB en 2018. Esta deuda absorbe un 20% más de los ingresos públicos del gobierno que los asignados a la salud, la educación y la reducción de la pobreza en el presupuesto federal. Esta es la carga que AMLO heredará.  (...)

A pesar del optimismo de la OCDE, la inversión del sector capitalista se ha estancado o caído desde el final de la Gran Recesión.

Y es que la rentabilidad del capital mexicano no se ha recuperado desde la Gran Recesión, al menos de acuerdo con la tasa neta de retorno de capital según los datos ofrecidos por AMECO. De hecho, la rentabilidad está todavía un 18% por debajo del nivel de 2007 y un 28% por debajo del pico ‘neoliberal' de 1997. (...)

El programa de AMLO es fundamentalmente keynesiano: mediante la inversión pública 'cebar la bomba' de la inversión privada. Y este dinero saldrá de la lucha contra la corrupción. Pero no está dispuesto a revertir la privatización parcial de PEMEX, la empresa petrolera estatal, o poner fin a la ‘pesadilla’ del nuevo aeropuerto de Ciudad de México. 

Sólo a considerar "la revisión de los contratos. Pero, ¿cómo podrá cambiar las cosas AMLO en relación con la corrupción, la desigualdad y la violencia sin tener el control de los bancos (principalmente extranjeros), renacionalizar PEMEX y hacerse cargo de las principales operaciones multinacionales en México?

Donald Trump felicitó a AMLO por su victoria. Pero el vecino del norte de México está ahora dirigido por un nacionalista, que además es un imperialista enloquecido que quiere desencadenar una guerra comercial con todos y cada uno de los países del planeta. México se encuentra en la primera línea de este torbellino, con una economía capitalista en dificultades en medio de la pobreza, la corrupción y la violencia. Pero con una enorme y joven población, recursos de petróleo y gas y, en parte, una industria moderna.

 México se encuentra en una posición mucho mejor que la que tuvieron en su momento Venezuela y Cuba para tener éxito. AMLO no jurará su cargo hasta dentro de cinco meses (en diciembre). Tiene por delante grandes desafíos."            (Michael Roberts, The next recession, trad. Sin Permiso, 06/07/18)

6.7.18

La globalización... efemérides: a fines de los noventa, la apertura económica estaba a la orden del día... la naciente Internet pronto daría a cada persona del planeta acceso igualitario a la información. En 2018, Internet se fragmentó y podría dividirse todavía más. El regionalismo financiero está en ascenso...

"Volvamos a fines de los noventa. Tras una pausa de ocho décadas, la economía global se estaba reunificando. La apertura económica estaba a la orden del día. Se liberalizaban las finanzas. La naciente Internet pronto daría a cada persona del planeta acceso igualitario a la información. Se creaban nuevas instituciones internacionales para gestionar la cada vez mayor interdependencia. Nacía la Organización Mundial del Comercio. Se había firmado un acuerdo vinculante sobre el clima: el Protocolo de Kioto.  (...)

Avancemos ahora a 2018. Pese a una década de conversaciones, las negociaciones globales sobre comercio iniciadas en 2001 no llegaron a ninguna parte. Internet se fragmentó y podría dividirse todavía más. El regionalismo financiero está en ascenso. El esfuerzo global para combatir el cambio climático depende de una colección de acuerdos no vinculantes, de los que Estados Unidos se retiró.

 Aunque la OMC sigue allí, es cada vez más ineficaz. El presidente estadounidense Donald Trump, quien no oculta su desprecio de las reglas multilaterales, intenta bloquear el sistema de resolución de disputas del organismo. (...)

Los principios mismos del multilateralismo, un elemento clave de la gobernanza global, ya parecen una reliquia de un pasado distante. ¿Qué pasó? Pasó Trump, claro.(...)

Aun así, seamos francos: los problemas de hoy no empezaron con Trump. No fue Trump el que, en 2009, aniquiló la negociación de Copenhague para un acuerdo sobre el clima. No fue Trump el culpable del fracaso de la Ronda de Doha. No fue Trump el que pidió a Asia separarse de la red global de seguridad financiera administrada por el Fondo Monetario Internacional. Antes de Trump los problemas ya existían, sólo que se los trataba con mejores modales.

Explicaciones, no faltan. Una causa importante es que muchos participantes del sistema internacional están teniendo dudas sobre la globalización. Hay en los países avanzados una difundida percepción de que las rentas de la innovación tecnológica se están reduciendo aceleradamente. El obrero fabril estadounidense de ayer debía su nivel de vida a esas rentas. (...)

Una segunda explicación es que la estrategia de EE. UU. para Rusia y China fracasó. (...) China inventó sus propias reglas económicas.

En tercer lugar, EE. UU. no está seguro de que un sistema basado en reglas ofrezca el mejor marco para manejar la rivalidad con China. Es verdad que un sistema multilateral puede ayudar a la potencia dominante y a la potencia en ascenso a no caer en la “trampa de Tucídides” de la confrontación militar. Pero en EE. UU. crece la idea de que el multilateralismo pone más restricciones a la conducta propia que a la de China.

Finalmente, las reglas globales se ven cada vez más anticuadas. Algunos de sus principios básicos (comenzando por la sencilla idea de encarar los problemas en forma multilateral y no bilateral) siguen siendo tan sólidos como siempre, pero otros fueron concebidos para un mundo que ya no existe.(...)

 ¿Qué hacer entonces? Una opción es preservar lo más que se pueda del orden actual. Fue la estrategia adoptada después de que Trump retiró a EE. UU. del acuerdo climático de París: los otros firmantes siguen respetando el pacto. (...)

Una segunda opción es usar la crisis como una oportunidad de reforma. La Unión Europea, China y otros pocos actores (incluido, esperemos, EE. UU. en algún momento) deberían tomar la iniciativa de rescatar aquellos aspectos del viejo multilateralismo que sigan siendo útiles, pero transformándolos en nuevos acuerdos más justos, más flexibles y más adaptados al mundo actual. (...)

Pero ¿hay suficiente liderazgo y suficiente voluntad política para ir más allá de arreglos vacíos que sólo sirvan para guardar las apariencias? El riesgo de una reforma fallida es que conduzca al total resquebrajamiento del sistema internacional.  (...)

El angosto camino hacia la solución pasa por determinar, caso por caso, los requisitos mínimos de la acción colectiva eficaz, y crear consenso en torno de reformas que satisfagan esas condiciones. Quienes creen que ese camino existe deben ponerse a buscarlo sin demora."             (Jean Pisani-Ferry, a professor at the Hertie School of Governance (Berlin) and Sciences Po (Paris), Project Syndicate, 29/06/18)

22.1.18

La lex mercatoria, el ordenamiento jurídico global basado en las normas sobre comercio e inversiones que protege los intereses de las grandes empresas por todo el mundo. Esta arquitectura jurídica sitúa en el vértice de la pirámide normativa los derechos del capital transnacional y desplaza los DDHH al ámbito declarativo

"En 2009, Abengoa presentó una demanda contra México ante el CIADI, el tribunal internacional de arbitraje del Banco Mundial. Lo hizo después de que una fuerte movilización social hubiera conseguido la paralización de una planta de gestión de residuos peligrosos de su propiedad en el Estado de Hidalgo, en una zona declarada área protegida por la UNESCO. Cuatro años más tarde, el laudo arbitral emitido por ese tribunal privado dictaminó que la empresa tenía que ser indemnizada con 31 millones de euros.

En 2012, Repsol interpuso ante ese mismo tribunal un recurso contra Argentina por la expropiación por parte del gobierno de Cristina Fernández de la que hasta entonces había sido su filial YPF. A la vez, la petrolera emprendió acciones legales ante tribunales nacionales en Buenos Aires, Nueva York y Madrid. 

Y se benefició de toda la presión política, económica y mediática ejercida por el Estado español y la Unión Europea. Dos años después, la multinacional llegó a un acuerdo con el gobierno argentino y fue compensada con 5.000 millones de dólares en títulos de deuda pública.

En 2014, ACS abandonó el proyecto de construir un depósito de gas natural frente a las costas de Castellón y Tarragona tras demostrarse la relación entre las inyecciones de gas y los cientos de terremotos que habían sufrido en esa zona. El Gobierno español asumió los costes del proyecto Castor e indemnizó al consorcio empresarial liderado por la constructora de Florentino Pérez con 1.350 millones de euros. Durante treinta años estaremos pagándolos en la factura del gas.

A principios de 2018, España se enfrenta a una treintena de demandas internacionales de arbitraje presentadas por diferentes transnacionales energéticas, fondos de inversión y sociedades de capital-riesgo. Son conglomerados empresariales que hace una década se lanzaron a hacer inversiones especulativas en el sector de las renovables, esperando obtener altas rentabilidades gracias a las primas que hasta 2010 otorgó el Estado español. 

Pero cuando los gobiernos de Zapatero y Rajoy recortaron sucesivamente esas subvenciones, decidieron utilizar todos los instrumentos legales a su disposición para reclamar el dinero que iban a dejar de ganar. En caso de perder las demandas, el Estado se enfrenta al pago de miles de millones de euros en compensaciones.

Así funciona la lex mercatoria, el ordenamiento jurídico global basado en las normas sobre comercio e inversiones que protege los intereses de las grandes empresas por todo el mundo. Un entramado de contratos privados, tratados comerciales, acuerdos de inversión, políticas de ajuste, préstamos condicionados, disposiciones internacionales y laudos arbitrales que blindan los negocios de las multinacionales y sitúan los beneficios empresariales por encima de cualquier otra consideración

Un Derecho duro —vinculante, sancionador, coercitivo— que se basa en una idea de la seguridad jurídica únicamente vinculada a los intereses comerciales.
Es lo que hemos llamado la arquitectura jurídica de la impunidad, que sitúa en el vértice de la pirámide normativa los derechos del capital transnacional y desplaza los derechos humanos al ámbito declarativo. 

Y que, mientras tutela con fuerza los intereses de las grandes corporaciones, ofrece la otra cara de la moneda a la hora de regular sus obligaciones. Estas se remiten a las legislaciones nacionales —previamente sometidas a las políticas neoliberales—, a un Derecho Internacional de los Derechos Humanos que es manifiestamente frágil, y a una “responsabilidad social” que opera como un Derecho blando (soft law) basado en la voluntariedad, la unilateralidad y la no-exigibilidad jurídica.

 Por decirlo con un ejemplo: mientras Abengoa, ACS y Repsol pueden recurrir a tribunales de arbitraje y presionan a los gobiernos para exigirles compensaciones por lesionar sus expectativas de negocio, las comunidades afectadas por las operaciones de estas multinacionales no tienen ninguna instancia internacional a la que llevar sus demandas.

Como se recoge en su Estrategia 2020, la política comercial y la acción exterior de la Unión Europea se orientan a “crear un entorno favorable para las empresas y facilitar su acceso a los mercados exteriores, incluidos los mercados públicos”. En este marco, todos los tratados de ‘libre comercio’ y los acuerdos de asociación firmados en los últimos años, junto a otros muchos que se están negociando en la actualidad tanto a nivel bilateral como multilateral, sirven para otorgar plena seguridad jurídica a esos negocios empresariales.

 La lex mercatoria avanza adecuando las diferentes normativas nacionales e internacionales a los intereses de las grandes corporaciones, fortaleciendo la armadura jurídica de la que estas son las principales beneficiarias.  (...)"         (Juan Hernández Zubizarreta (@JuanHZubiza) y Pedro Ramiro (@pramiro_) son investigadores del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL) – Paz con Dignidad. , La Marea, 17/01/18)