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4.1.22

Enzo Traverso: A lo largo de la última década, el mundo fue testigo de un aluvión de movimientos de extrema derecha... El mundo tomaba un rumbo sombrío... el fascismo era más que un área de los estudios históricos; volvía a ser una cuestión de la agenda contemporánea... La mayoría de los observadores —y me incluyo— creían que una nueva crisis económica aceleraría drásticamente esa tendencia general y que debíamos prepararnos para un nuevo y horrible escenario... Sin embargo, actualmente queda en claro que ha habido un significativo retroceso en la dinámica aparentemente inexorable de fascistización. El indicador más evidente de este cambio fue la derrota de Trump en noviembre de 2020... la pandemia se muestra como la matriz de dos tendencias globales: un giro biopolítico (ocupándose de nuestra vida —de nuestros cuerpos físicos, literalmente— como objetos biológicos que administrar y proteger)... y un giro potencialmente autoritario (la transformación de nuestros gobiernos en «estados de excepción»)... los movimientos de extrema derecha acaso parezcan buenos candidatos para liderar el giro autoritario hacia el estado de excepción. Pero hay un hecho crucial: no cuentan con credenciales serias para controlar el giro biopolítico... En términos del filósofo francés Michel Foucault, podríamos decir que nadie los ve como la personificación de un «poder pastoral» efectivo... Las respuestas de Trump, Bolsonaro, Modi, Le Pen y Salvini a la pandemia consistieron simplemente en la negación, la incomprensión, la incompetencia y la ineficiencia... Esta es la señal de un retroceso, no de una derrota o una decadencia irreversible. Estamos en medio de un proceso de transición cuyos resultados aún son desconocidos y están abiertos: o bien un New Deal del siglo XXI, capaz de enfrentar el cambio climático y revertir las transformaciones producidas por cuarenta años de neoliberalismo, o un giro a la extrema derecha que arrojará a nuestro planeta a la catástrofe anunciada. En el contexto actual, los dos resultados son perfectamente posibles

 "A lo largo de la última década, el mundo fue testigo de un aluvión de movimientos de extrema derecha. Con ellos, parecían resurgir los fantasmas de la década de 1930 y extenderse por varios continentes la sombra de una oleada neofascista o posfascista. El punto culminante se situó entre 2016 y 2018, con los triunfos electorales de Donald Trump en los Estados Unidos y Jair Bolsonaro en Brasil y, entretanto, el choque entre Marine Le Pen y Emmanuel Macron en Francia. 

Muchos partidos de extrema derecha llegaron al gobierno en países de la Unión Europea, y se terminaron algunas «excepciones», con la aparición de Alternativa para Alemania [Alternative für Deutschland] y el Vox en la escena política alemana y española, respectivamente, más la expansión de la Liga del Norte [Lega Nord] italiana bajo la conducción de Matteo Salvini. Se instalaron gobiernos autoritarios, nacionalistas y xenófobos por doquier, desde la Rusia de Vladímir Putin hasta la India de Narendra Modi y la Turquía de Recep Tayyip Erdoğan. 

El mundo tomaba un rumbo sombrío: ¿neofascismo, posfascismo, populismo de extrema derecha? El debate sobre cómo llamarlo siguió abierto, pero cada cual entendía que en ese momento el fascismo era más que un área de los estudios históricos; volvía a ser una cuestión de la agenda contemporánea.

La mayoría de los observadores —y me incluyo— creían que una nueva crisis económica aceleraría drásticamente esa tendencia general y que debíamos prepararnos para un nuevo y horrible escenario. Se produjo la crisis: desde comienzos de 2020, la pandemia de COVID-19 ha sumido al planeta en una recesión global. Pero al mismo tiempo —por suerte—, nuestro calamitoso diagnóstico no se ha cumplido.

 Por supuesto, seguimos en medio de una crisis mundial, los movimientos de extrema derecha no han desaparecido y todavía hay varios desenlaces posibles. Sin embargo, actualmente queda en claro que ha habido un significativo retroceso en la dinámica aparentemente inexorable de fascistización. El indicador más evidente de este cambio fue la derrota de Trump en noviembre de 2020.

Si observamos desde una perspectiva general este panorama heterogéneo y contradictorio, sin limitarnos a un único país, la pandemia se muestra como la matriz de dos tendencias globales: un giro biopolítico y un giro potencialmente autoritario. Si bien hablar de una matriz tal vez sea inapropiado —por supuesto, esas tendencias existían de antemano—, no hay duda de que la pandemia las incrementó y las aceleró con vigor. Sin excepción, el giro biopolítico es bastante notorio: los gobiernos desarrollaron extraordinariamente su control sobre las poblaciones, ocupándose de nuestra vida —de nuestros cuerpos físicos, literalmente— como objetos biológicos que administrar y proteger.

 El futuro de la economía global depende de la eficacia de estas políticas de salud; en primer lugar, una campaña de vacunación rápida, amplia y efectiva. Apoyamos o criticamos a nuestros gobiernos según su capacidad de implementar dichas políticas sanitarias. Pero el problema tiene una segunda dimensión, que ya no nos afecta como objetos biopolíticos, sino como sujetos jurídicos y políticos, como ciudadanos.

Esta segunda dimensión es un giro potencialmente autoritario que radica en la transformación de nuestros gobiernos en «estados de excepción», en poderes políticos que limitan de manera radical nuestras libertades públicas e individuales. Desde luego, aceptamos los confinamientos y las restricciones impuestos en nombre de la seguridad colectiva, pero poco a poco advertimos que estas políticas están alterando nuestros estilos de vida, nuestras maneras de trabajar, nuestras formas de socializar e interactuar, y que en nuestras sociedades aumentan radicalmente las diferencias de clase. 

No es cierto que todos seamos iguales de cara al virus, dado que quedamos expuestos a él selectivamente en función de nuestro estatus social y económico, y también en función del país al cual pertenecemos. No hay duda de que la pandemia tiene un impacto mayor en el Sur Global. Esto implica desigualdades cada vez mayores en todos los niveles, y, a su vez, más desigualdades implican poderes más autoritarios. 

En China, la pandemia se neutralizó con medidas despóticas dignas de un gobierno orwelliano. En varios países de Europa, los confinamientos y las restricciones se implementaron mediante la aplicación de leyes antiterroristas y coincidieron con un significativo aumento de la violencia policial.

En un contexto como este, los movimientos de extrema derecha acaso parezcan buenos candidatos para liderar el giro autoritario hacia el estado de excepción. Pero hay un hecho crucial: no cuentan con credenciales serias para controlar el giro biopolítico. Como «buenos pastores», Donald Trump, Jair Bolsonaro, Narendra Modi, Marine Le Pen y Matteo Salvini no tienen credibilidad alguna.

En términos del filósofo francés Michel Foucault, podríamos decir que nadie los ve como la personificación de un «poder pastoral» efectivo. Esta es una diferencia significativa entre los actuales movimientos de extrema derecha y el fascismo clásico, y va mucho más allá de varios otros deslindes relacionados con nuestros diferentes contextos históricos. En la década de 1930, Benito Mussolini, Adolf Hitler y Francisco Franco prometían un futuro y se mostraban como una respuesta eficaz a la depresión económica, en contra de las exhaustas democracias liberales que, a los ojos de mucha gente, encarnaban los vestigios de un orden político en ruinas. Por supuesto, esta era una peligrosa ilusión —el esfuerzo por poner fin a la desocupación mediante el rearme y la guerra condujo a la catástrofe—, pero hasta la Segunda Guerra Mundial su propaganda funcionó bastante bien.

No sucede lo mismo con sus herederos. Las respuestas de Trump, Bolsonaro, Modi, Le Pen y Salvini a la pandemia consistieron simplemente en la negación, la incomprensión, la incompetencia y la ineficiencia. El primer año de pandemia nos hizo tomar una noción cada vez más aguda de que estamos frente a una emergencia global que requiere respuestas globales. Las recetas tradicionales de la extrema derecha —el nacionalismo, el retorno a valores conservadores y a la soberanía nacional, más la búsqueda de chivos expiatorios— no funcionaron en modo alguno.

 En Italia, Salvini, el carismático líder de la Liga nacionalista y xenófoba, se había acostumbrado a organizar manifestaciones masivas en las cuales denunciaba las terribles enfermedades que afectaban a su país: los inmigrantes, los refugiados y, por supuesto, el islam. La prédica del odio había demostrado ser un ejercicio muy popular, y Salvini estaba a la cabeza en las encuestas. Sin embargo, al cabo de algunos meses de pandemia, cuando el país era el epicentro del brote europeo y los hospitales no daban abasto, la gente empezó a llenar de elogios a los médicos y enfermeros albaneses, tunecinos y chinos que acudían en ayuda de sus colegas italianos.

Esta es la señal de un retroceso, no de una derrota o una decadencia irreversible. Estamos en medio de un proceso de transición cuyos resultados aún son desconocidos y están abiertos: o bien un New Deal del siglo XXI, capaz de enfrentar el cambio climático y revertir las transformaciones producidas por cuarenta años de neoliberalismo, o un giro a la extrema derecha que arrojará a nuestro planeta a la catástrofe anunciada. En el contexto actual, los dos resultados son perfectamente posibles. (...)

¿Esto significa que no existe un peligro fascista? De ningún modo. A decir verdad, si observamos el presente a través de un prisma histórico, no podemos descartar esa posibilidad. El impresionante ascenso de los movimientos, partidos y gobiernos de extrema derecha muestra con claridad que el fascismo puede convertirse en una alternativa. Pero aunque no cabe duda de que persiste la posibilidad de una nueva era posfascista, es importante señalar que la crisis económica desatada por la pandemia no la fortaleció. Así, la pretensión ultraderechista de encarnar una alternativa «antisistema» probablemente parezca menos convincente hoy en día que cinco años atrás.

 En última instancia, sin embargo, el futuro de los movimientos de extrema derecha no dependerá exclusivamente de su evolución interna, su orientación ideológica y sus decisiones estratégicas, ni tampoco del apoyo que puedan obtener de las élites globales. A fin de cuentas, dependerá de qué capacidad tenga la izquierda para delinear una alternativa."                         (Enzo Traverso, Sin permiso, 29/12/21)

17.12.21

Por qué la ultraderecha está creciendo a los dos lados del Atlántico Norte... por dos motivos... por la enorme crisis económica y social que vive la mayoría los países y que determina, a su vez, una gran crisis política... y por el abandono de las políticas redistributivas que habían caracterizado a los partidos de izquierda gobernantes y su sustitución por las políticas liberales... La desaparición de los partidos de tradición socialdemócrata creó un enorme vacío que explica el atractivo de los partidos que se presentaron como anti-establishment, es decir la ultraderecha reaccionaria que se caracterizó por una idealización del pasado, "en el pasado vivíamos mejor"... ¿Cómo responder? Recuperando las políticas redistributivas que reviertan el enorme crecimiento de las desigualdades, interviniendo en todas las áreas (de las fiscales a las laborales) del quehacer público, a fin de garantizar el bienestar de las clases populares... lo que Biden intentó, pero no pudo conseguir, ¿podrá Yolanda Díaz?

 "A los dos lados del Atlántico Norte estamos viendo hoy un crecimiento muy marcado de partidos políticos de ultraderecha, junto con un desplazamiento de partidos de derechas mayoritarios hacia posturas de ultraderecha. Miren los datos y lo verán. En Estados Unidos el trumpismo, que controla hoy el Partido Republicano, en lugar de estar disminuyendo su apoyo electoral lo ha ido aumentando y es probable que, de seguir las tendencias, llegue a controlar el Congreso y el Senado de los EEUU en 2022 y también recupere la presidencia en 2024.

 En Europa la ultraderecha ha ido también aumentando en una gran mayoría de países y solo en algunos pocos países ha descendido. En España, por ejemplo, las últimas encuestas señalan como Vox y el PP están subiendo a un nivel con el cual podrían llegar a conseguir una mayoría parlamentaria, todo ello ayudados por un sistema electoral escasamente democrático que, como ocurre en la mayoría de los países del Atlántico Norte, les favorece.

Las causas del crecimiento de la ultraderecha

Hay dos hechos que, en gran parte, explican este crecimiento de la ultraderecha. Uno es la enorme crisis económica y social que vive la mayoría de tales países y que determina, a su vez, una gran crisis política. Estas crisis responden a causas comunes, entre las cuales hay que destacar el enorme daño causado al bienestar de las clases populares (que son la mayoría de la población) por la sostenida aplicación -por muchos años- de las políticas neoliberales, que han determinado un gran crecimiento de las desigualdades con un aumento muy marcado del bienestar de los sectores más pudientes de la población, a costa de un gran descenso en la calidad de vida de la mayoría de la ciudadanía.

 Los datos no pueden ser más contundentes. Si analizamos la evolución de las rentas de la propiedad del capital en comparación con las rentas del trabajo (ambas como porcentaje de la renta nacional), vemos cómo las rentas del trabajo (de las cuales derivan los ingresos la totalidad de las clases populares en cualquier país) descendió muy marcadamente durante los últimos 40 años. (...)

El abandono generalizado de las políticas redistributivas de la socialdemocracia

(...) el abandono de las políticas redistributivas que habían caracterizado a los partidos de izquierda gobernantes y su sustitución por las políticas liberales (característico de La Tercera Vía), causando un gran retroceso (e incluso desaparición en algunos países) de la socialdemocracia. Tal abandono de las políticas redistributivas causó un abandono masivo de su base electoral, predominantemente de las clases populares y muy en particular de las clases trabajadoras. En Italia y en Francia, la socialdemocracia prácticamente desapareció. 

En España, descendió muy marcadamente, salvándole la rebelión de las bases de tal partido, lideradas por el dirigente anti-aparato Pedro Sánchez (situado a la izquierda de lo que sostenía tal aparato). Fue el triunfo del guerrismo (sin Alfonso Guerra) y del borrellismo (con Pepe Borrell) dentro del PSOE. Sin lugar a dudas el surgimiento de Podemos, heredero del movimiento de los indignados, fue determinante para que tales cambios ocurrieran. 

La desaparición de los partidos de tradición socialdemócrata creó un enorme vacío que explica el atractivo de los partidos que se presentaron como anti-establishment, es decir la ultraderecha reaccionaria que se caracterizó por una idealización del pasado, señalando que "en el pasado vivíamos mejor". 

Esta ultraderecha es la defensa a ultranza entre los sectores económicos y financieros (y sus instrumentos políticos y mediáticos) de sus privilegios, movilizando los temas identitarios de los cuáles el crecimiento del nacionalismo imperial y conservador, así como del racismo y del machismo adquieren gran importancia.

¿Cómo responder a esta situación?

Es de una enorme importancia y urgencia recuperar las políticas redistributivas que reviertan el enorme crecimiento de las desigualdades, interviniendo en todas las áreas (de las fiscales a las reformas laborales) del quehacer público, a fin de garantizar el bienestar de las clases populares, reduciendo el porcentaje de las rentas derivadas del capital a costa del aumento de las derivadas del trabajo. La respuesta más visible mediáticamente que ha ido en esta dirección ha sido la reaparición en EEUU de las políticas redistributivas en el Partido Demócrata, vencedor de las últimas elecciones presidenciales, liderado por el candidato Biden que, al ganarlas, intentó recuperar la línea "New Deal", con un programa que compaginaba la reforma climática con la social. La victoria del Partido Demócrata no fue, sin embargo, un voto pro Biden sino un voto anti Trump. En realidad, el Partido Demócrata estaba (y continúa) muy desacreditado precisamente por su identificación con el liberalismo. La astucia de Biden fue intentar recuperar el apoyo popular enfatizando sus propuestas redistributivas con elevado contenido social (ver mi artículo "El fin del neoliberalismo y la búsqueda de alternativas"). El elevado nivel de popularidad de las propuestas (incluyendo entre amplias bases electorales del Partido Republicano) parecían confirmar la certeza y sabiduría de tales medidas.

Ahora bien, la resistencia por parte de sectores del aparato del Partido Demócrata, así como de sus legisladores próximos a intereses financieros y económicos (cuyos privilegios quedarían afectados por tales medidas) han estado debilitando tales propuestas, de manera tal que ha creado un gran movimiento de frustración, decepción y desmovilización, aprovechado por el trumpismo para movilizar sus bases y conseguir derrotar a un gran número de candidatos demócratas en las elecciones estatales y municipales de hace una semana, que podría ser el prólogo de lo que podría ocurrir en las elecciones al Congreso y Senado del 2022.

La situación en España

En España las medidas tomadas por el Gobierno de Coalición de izquierdas tienen una clara vocación redistribuidora, muy necesaria (pero todavía insuficiente) para corregir las enormes desigualdades existentes en el país. Pero una tensión existe dentro del Gobierno de coalición, que no es solo entre la UP (Unidas Podemos) y el PSOE, sino que atraviesa también el PSOE, y es definitorio de lo que pase en el futuro (incluyendo la continua expansión de las ultraderechas), tensión que tiene elementos comunes con lo que está pasando ahora con las propuestas New Deal en Estados Unidos del Presidente Biden. 

La resistencia del establishment económico y financiero español, siempre muy influyentes en los equipos económicos del PSOE, se está sistemáticamente oponiendo a los elementos más impactantes de las políticas redistributivas, tales como las propuestas fiscales y la eliminación de la reforma laboral del PP. Esta resistencia está enlenteciendo la propuesta de cambio, que como en Estados Unidos está desalentando y debilitando el apoyo popular al cambio propuesto por el Gobierno. 

Estos frenos al necesario cambio son la causa de la desmotivación y falta de apoyo al Gobierno Demócrata de Estados Unidos y podría ocurrir también aquí con el Gobierno de Coalición en España. Es frustrante que la dirección del PSOE parece no ser consciente de ello lo cual puede significar un enorme coste para el país. Imagínense por un momento que el trumpismo gobernara en EEUU y la coalición de los partidos de ultraderecha gobernaran en España. 

Esto podría ocurrir y la responsabilidad de que ello ocurriera seria la excesiva moderación y complicidad de sectores importantes de las izquierdas gobernantes con los poderes económicos, financieros y mediáticos del país, máximos beneficiarios de las enormes desigualdades que existen a los dos lados del Atlántico Norte y que harán todo lo posible para mantener sus privilegios. La historia de España está llena de ejemplos de ello."                  (Vicenç Navarro , Público, 15/11/21) 

5.6.20

Un grupo de civiles que con chalecos antibalas y fuertemente armados entraron al Congreso en Michigan... hay mucha gente que tiene miedo al desempleo, han perdido su trabajo, y creen que apoyando una lucha de ese estilo, armada, podrían conseguir algunas concesiones

"María de los Ángeles Balparda: Con todo gusto recibimos a James Petras desde EEUU en CX36. ¿Cómo te va?

James Petras: Estamos bien aquí, pero hay mucha gente con Covid-19. La principal nota que tenemos que tomar es el fracaso del Sistema de Salud.  (...) 

MAB: En la información de EEUU vimos dos situaciones que tienen que ver con la crisis del coronavirus. Una es en Nueva York, en Manhattan, donde un movimiento de vecinos que hacen huelga de pagar alquileres y le piden al gobernador Andrew Cuomo que cancele los pagos. Hablan de una huelga masiva.

JP: Es un importante desarrollo del movimiento social. Cuando los alquileres no se pueden pagar, no deben permitir la expulsión de personas a la calle. Es un movimiento con fuerza en las comunidades, en los barrios, donde hay más cooperación. Y todavía no está extendido a todo el país, pero hay una gran atracción en todas partes sobre este proyecto.

Creo que podría tener más peso actualmente entre los gobernadores que en algunos Estados están insistiendo en que los dueños de las casas no pueden expulsar personas. Es doble la cuestión. En otras palabras, está la huelga de las organizaciones sociales y por otro lado están los gobernadores y los políticos que pretenden retener, por lo menos, algún apoyo de la población afectada. Esto, me parece, es una doble lucha que debemos combinar.

MAB: La otra situación, es de un grupo de civiles que con chalecos antibalas y fuertemente armados entraron al Congreso en Michigan. Se veían muy prepotentes y enfrentándose al Congreso y a la Policía.

JP: Si, creo que hay muchas cosas mezcladas ahí. En primera instancia, los derechistas que se están aprovechando de esta situación para fortalecer la lucha de los neofacistas; armándose, atacando las instituciones electorales desde la perspectiva de la derecha, buscando imponer una arbitrariedad, al estilo de Trump, para conseguir algunas concesiones en armas y otros proyectos.

Del otro lado, hay mucha gente que tiene miedo al desempleo, han perdido su trabajo, y creen que apoyando una lucha de ese estilo, armada, podrían conseguir algunas concesiones. Entonces, la mayoría de los líderes de ese programa es de la derecha, pero hay sectores populares que también buscan reivindicaciones; si no las encuentran en los partidos y movimientos sociales de izquierda, van a buscarlas por la derecha.

Es una competencia entre la ultraderecha y la izquierda, buscando quién puede solucionar la situación desesperada de millones de personas. Debemos reconocer que ahora, casi un tercio de la población está desempleada. Es una situación estilo la depresión de los años '30. (...)"             (Entrevista a James Petras, María de los Ángeles Balparda, La Haine, 08/05/20)

23.1.20

Macron ha perdido ya 2022…para bien o para mal... una victoria de Macron sobre la sociedad fortalecería considerablemente las posibilidades de Le Pen... ¿Cuántos electores de centro izquierda o de izquierda le votarán en la segunda vuelta? Un voto de desesperación y una abstención masiva pueden llevar a Le Pen al Elíseo...

"La radicalización autoritaria del poder, que impone un enfrentamiento decisivo al movimiento social, tendrá inevitablemente grandes consecuencias políticas: una victoria de Macron sobre la sociedad fortalecería considerablemente las posibilidades de Le Pen a la elección presidencial de 2022. Inversamente, su derrota en enero de 2020 podría redistribuir los papeles y abrir nuevas perspectivas a la izquierda. 
 
No cabe ya la menor duda. Se trata de la guerra que libra Emmanuel Macron contra todos los compromisos sociales sustentadores de la sociedad francesa, pese a las injusticias y desigualdades. Para conformar el país a su visión neo-darwinista del mundo- en el que personas dotadas de diversos capitales y libres de todo arraigo dan lo mejor de sí mismos al servicio de los “primeros de la cuerda”i inspirados- no dará muestras de ninguna forma de debilidad. 

Después del big-bang del derecho al trabajo, la formación profesional y el seguro de desempleo, la unificación del régimen de pensiones es lo que ha de favorecer la movilidad de la mano de obra en un mercado perfectamente flexible, en el que los trabajadores no tendrán ya reticencias en “cruzar la calle”ii para ocupar los empleos disponibles, independientemente de su calidad. 

El desprecio, la humillación, la represión, infligidos a los “Don nadie”- Chalecos Amarillos, manifestantes por el clima o sindicalistas- han contribuido, por supuesto, a aumentar la ira popular contra las élites alejadas del país real. La política seguida por Emmanuel Macron debilita considerablemente sus posibilidades de ganar en la confrontación anunciada por él mismo con Marine Le Pen en mayo de 2022. 

Consideremos las razones que impulsaron a los electores de las clases populares y medias a votar a Macron en 2017, pese a la aversión que sentían por su arrogancia y sus proyectos. ¿El temor a un poder autoritario? La brutalidad, inédita, frente a los movimientos sociales, la impunidad garantizada explícitamente frente a las violencias policiacas (“una palabra inaceptable en un Estado de derecho”) han borrado en gran parte la frontera entre autoritarismo y neoliberalismo.

 ¿El trato indigno a los extranjeros? El envío reivindicado de las expulsiones de extranjeros sin papeles, el recrudecimiento del discurso sobre la inmigración, la reforma de la atención médica del Estado contra un supuesto turismo médico, han reducido también aquí las diferencias. ¿El negacionismo ecológico? Macron clama contra la amenaza climática, pero su inacción ha sido denunciada por el propio Nicolas Hulotiii.  (...)

A la inversa de cualquier pretensión a la justicia social o al compromiso negociado, el fin de la reforma consiste en imponer un cerrojo que bloquea definitivamente en un 14% la parte de las pensiones en el PIB, y en abrir, por consiguiente, un campo de acción inédito a las pensiones por capitalización (frente al sistema de reparto), y sobre todo de quebrar definitivamente las resistencias a sus proyectosiv. Resulta entonces bien comprensible la decisión de eximir a los policías y a los militare, hasta tal punto su fidelidad es fundamental en un enfrentamiento de este calibre.  (...)

Frente a esta radicalización autoritaria del neoliberalismo, que observamos por doquier en el mundo, la aparición de una alternativa de izquierdas es de una urgencia absoluta. No obstante, las respuestas propuestas hasta hoy para 2022 pueden muy bien resultar inoperantes. 

El populismo colérico y solitario de Jean.Luc Mélenchon ha mostrado sus límites; la ecología centrista de Yanick Jadot, que busca seducir a los decepcionados del macronismo, apenas ofrece posibilidades de llegar a la segunda vuelta, y menos aún de poder gobernar útilmente en caso de victoria. Pero el cara a cara anunciado con Le Pen podría resultar muy arriesgado para Macron, después de haber socavado tanto los diques de contención del voto de extrema derecha y de sostén del “frente republicano”. 

¿Cuántos electores de centro izquierda o de izquierda irán a votar a Macron en la segunda vuelta? En caso de fracaso del movimiento social, la adhesión a Macron de la derecha tradicional, reducida hoy a residual, puede no bastar para evitar que un voto de desesperación y una abstención masiva propulsen a Le Pen al Elíseo. 

Ello pone de manifiesto la importancia, en este mes de enero de 2020, de conseguir que las fuerzas que luchan contra la injusticia social, el desprecio de clase y la irresponsabilidad ecológica se unan para bloquear estas sombrías previsiones.  (...)"

(Thomas Coutrot, economista y estadístico francés. Jefe del Departamento de condiciones de trabajo y salud en el Ministerio de Trabajo y Empleo, Mediapart, en Crónica Popular, 18/01/20)

7.1.20

Si no se cambia el rumbo actual la austeridad se convertirá en "la nueva normalidad", que afectará a 113 países o más del 70 por ciento de la población mundial... y los perdedores del neoliberalismo votarán a la derecha radical que culpa al estado del bienestar, a los emigrantes y a los pobres, haciendo del mundo un lugar más desigual y lleno de riesgos... cousas veredes

"El año 2019 termina con protestas, desigualdades crecientes y una crisis de representación en muchos países. El mundo camina hacia la recesión y una nueva crisis, mientras agota el medio ambiente. Los gobiernos, y en última instancia los ciudadanos, pueden evitar estas tendencias alarmantes en el 2020. (...)

Sin embargo, algunos de los nuevos líderes emergentes representan a una derecha radical, que culpa al estado del bienestar, a los emigrantes y a los pobres, pero que busca eliminar restricciones sobre el capital. Como sucedió en el Reino Unido, muchos los votarán, fundamentalmente aquellos , haciendo del mundo un lugar más desigual y lleno de riesgos.

Mucho se decidirá en los Estados Unidos, aun el poder hegemónico del mundo. Lo que los ciudadanos estadounidenses (muchos sin gran conocimiento de asuntos internacionales) votarán en las elecciones presidenciales de 2020 tendrá una influencia masiva en el resto de los ciudadanos del planeta.El presidente Trump ya ha cambiado el mundo, erosionando las instituciones multilaterales, los acuerdos comerciales y las iniciativas globales, y fomentando políticas imperialistas con los intereses de los "Estados Unidos primero".

 A pesar de la retórica populista, los estadounidenses de la calle se han beneficiado poco. La gran reducción de impuestos de Trump a los más ricos, los recortes a la salud pública y el aumento al presupuesto de defensa de los Estados Unidos son regresivos, resultando en una mayor desigualdad social.Sin embargo, la nueva derecha continúa obteniendo votos porque se está volviendo cada vez más radical, ofreciendo políticas "impensables", fuera de lo establecido, que atraen a aquellos que quieren cambio, desde la construcción de muros hasta la salida de la Unión Europea.

 A menos que los socialdemócratas propongan políticas públicas progresivas radicales y atractivas en el 2020, el mundo seguirá viendo cómo asciende la derecha radical y, con ella, la tendencia hacia el aumento de las desigualdades sociales, los riesgos económicos y la degradación ambiental.Cuatro décadas de políticas neoliberales han erosionado las condiciones de vida en la mayoría de los países del mundo. (...)

Si no se cambia el rumbo actual, las políticas de austeridad continuarán extendiéndose en el 2020, recortando pensiones, salarios, programas sociales y protecciones laborales, causando mucho más descontento social. En 2020, la austeridad se convertirá en "la nueva normalidad", que afectará a 113 países o más del 70 por ciento de la población mundial.

 Absurdamente, muchos gobiernos están recortando el gasto público social, pero aumentando el gasto militar y apoyando grandes corporaciones con dinero público y poca regulación. En el contexto actual de creciente desigualdad, con la mitad de la población del planeta viviendo en la pobreza (US$ 5.5 al día), no es sorprendente que 2020 vea más protestas, conflictos y disturbios sociales.En realidad, los recortes de austeridad no son necesarios. Existen alternativas, incluso en los países más pobres.

 Si los gobiernos no implementaran medidas de austeridad, podríamos ver en el 2020 más países recaudando con éxito mayores ingresos para el desarrollo nacional, incrementando inversiones públicas que beneficien a las personas, apoyando la actividad económica real y el desarrollo humano, atendiendo a generar empleo decente y proteger el medio ambiente.  (...)

Pero incluso si el mundo evita otra crisis económica, la devastación ambiental continuará. En el 2020, continuaremos viendo la destrucción de los bosques naturales, nuestro mundo en llamas. El mundo está perdiendo más de 26 millones de hectáreas de árboles cada año, un área del tamaño de Gran Bretaña, principalmente bosques tropicales, con un gran impacto en la biodiversidad y el clima. A menos que se implementen políticas correctoras, se estima que los niveles de deforestación, sobrepesca, emisiones de carbono y generación de basura aumenten en términos absolutos el próximo año. 

Estos no son solo problemas nacionales. Los problemas globales requieren soluciones globales y el multilateralismo debe fortalecerse, no debilitarse, para trabajar colectivamente en soluciones sostenibles para mejorar la vida de las personas. (...)"                  

(Isabel Ortiz, Director of the Global Social Justice Program at the Initiative for Policy Dialogue at Columbia University, Project Syndicate, 31/12/19)

22.11.19

El dato que me parece más relevante y el más preocupante es cómo Vox ha intentado apropiarse políticamente de la representación del trabajo

"Entender la realidad es una condición imprescindible para intentar transformarla. Desconocerla o negarla es el camino más directo a su perpetuación. Esta es una enseñanza recibida de mis maestros sindicales que me viene al pelo para el debate sobre el fenómeno Vox. (...)

Pretender que una fuerza política que ha obtenido más de 3,6 millones, el 15% de los votantes, responda a una sola causa parece poco creíble, como lo es pensar que la diversidad de sus votantes se refleja en el perfil mucho más compacto de los 52 diputados elegidos.

Si queremos combatir lo que Vox significa y propone debemos profundizar algo más. Comenzando por formularnos la pregunta de si únicamente se trata del viejo franquismo – con perfiles propios en relación al fascismo europeo- que nos vuelve a visitar o bien se trata de la manifestación de un futuro que ya es presente, del siglo XXI que nos viene a buscar.

Muy probablemente tenga algo de ambos factores y se trate de un fenómeno en mutación como puede verse en la evolución de algunos de sus mensajes entre las elecciones de abril y las de noviembre de este año. Para mí, lo más determinante es la incorporación de Vox al concurrido y variado recipiente ideológico del nacional populismo de derechas, que a mi entender tiene en común la voluntad de instaurar un nuevo orden social basado en liberalismo económico, conservadurismo moral y autoritarismo político. Todo en grado extremo.

 Los datos parecen apuntar a que Vox ha sabido aunar en un mismo voto a sectores muy diversos: insumisos fiscales; conservadores morales; trabajadores que sienten desesperación y rabia; hombres, a los que acompañan algunas mujeres, que se sienten atacados en su identidad por el avance del feminismo que erosiona las bases de una sociedad que consideran inmutable. Quizás por eso sus mejores resultados se den en realidades tan diversas, al mismo tiempo en barrios que concentran riqueza y en otros que sufren la pobreza. (...)

No quisiera pasar por alto el dato de la menor presencia de Vox en Catalunya. La tipología de voto parece ser la misma, pero sus porcentajes son mucho más bajos. Sugiero que analicemos la hipótesis de si en Catalunya el partido de Abascal se ha encontrado ya ocupado una parte de su espacio por otra expresión local de nacional-populismo. Me refiero a esos sectores supremacistas, xenófobos, antieuropeos y claramente contrarios a la democracia liberal que han surgido al calor y bajo la sombra del independentismo. Soy consciente de que en apariencia se trataría de espacios ideológicos muy confrontados, pero igual solo es en apariencia. Insisto, solo es una intuición.

Tampoco tengo claro eso que se afirma como verdad indubitada en el sentido de que el conflicto catalán sea la principal causa. Creo que las causas son mucho más profundas y que la situación en Catalunya ha actuado de detonante, que no es exactamente lo mismo que causa.

Parece que el factor aglutinador de tanto voto distinto puede estar en la profunda erosión y deslegitimación del sistema democrático, que viene de lejos y tiene causas diversas, pero que se ha acelerado como consecuencia del impacto social que ha tenido la gran recesión económica de los últimos años. Y de las dificultades de la política para dar respuesta a problemas sociales, como el empleo o la vivienda, la incapacidad para gestionar los flujos migratorios que el país necesita en términos económicos pero rechaza en términos de ciudadanía. Factores muy bien utilizados por quienes pretenden sustituir un sistema democrático, con muchas limitaciones y defectos, por un orden social más desigual, conservador y autoritario al mismo tiempo.

De todos, el dato que me parece más relevante y el más preocupante es cómo en la última campaña Vox y especialmente Santiago Abascal han intentado apropiarse políticamente de la representación del trabajo, al estilo de lo que ya han hecho otras expresiones del nacional populismo en Francia, Italia, Polonia o Hungría, o el propio Trump, por citar solo unos ejemplos. Ello emplaza directamente a las izquierdas que en los últimos años han tenido dificultades o incluso han abandonado la centralidad del trabajo y el conflicto social como eje articulador de sus políticas. Es aquí donde veo un mayor riesgo de aumento de su presencia electoral y de penetración en sectores sociales castigados.  (...)

En todo caso, no me parece que el combate político contra el nacional populismo patrio deba centrarse solo en las actitudes reactivas frente a ellos, sino en una estrategia que les robe el detritus del que se alimentan.

Trabajar por la relegitimación de la democracia – no en discursos sino en prácticas- y por recuperar la centralidad del trabajo y el conflicto social como ejes de las políticas de izquierda puede ser a medio plazo la mejor manera de privar a Vox de oxígeno y así asfixiarlos socialmente. Pero que nadie se crea que eso pasa por reconstruir un pasado maltrecho, la crisis de la democracia construida durante dos siglos es muy profunda y tiene nuevos riesgos, como los que se derivan de entregar al Ciberleviatán, del que habla José María Lasalle, el control de nuestras vidas.

Ánimos, que esta batalla va para largo y es para corredores de larga distancia, pero mejor recordar que solo se puede combatir aquello que se entiende."                      (Joan Coscubiela, eldiario.es, 19/11/19)

19.11.19

Piketty: Superando el conflicto de identidad a través de la justicia económica

"Los europeos han observado desde lejos la mezcla de conflictos sociales y raciales que estructuran las divisiones políticas y electorales en los Estados Unidos. Dada la importancia creciente y potencialmente destructiva de estos conflictos de identidad en Francia y en Europa, podrían considerar las lecciones que se pueden aprender de las experiencias extranjeras. (...)

No fue hasta la década de 1960, bajo la presión de los militantes negros, y en un contexto geopolítico transformado (Guerra Fría, descolonización) , que el Partido debía darle la espalda a su pesado pasado segregacionista y apoyar la causa de los derechos civiles y la igualdad racial.

A partir de este momento, fueron los republicanos quienes gradualmente obtuvieron el voto racista (...)

El proceso comenzó con Nixon en 1968 y Reagan en 1980; luego ganó impulso bajo Trump en 2016, que endureció la identidad y el discurso nacionalista a raíz del fracaso económico de Reaganomics y sus promesas de prosperidad. Dada la abierta hostilidad de los republicanos (la estigmatización por parte de Reagan de la "reina del bienestar", esta "reina del bienestar social", presumiblemente personificaba la pereza de las madres negras solteras, hasta el apoyo de Trump a los supremacistas blancos durante los disturbios en Charlottesville), no es sorprendente saber que el voto del electorado negro ha sido en un 90% constante para los demócratas desde la década de 1960.

 Este tipo de división sobre la base del origen étnico está en proceso de establecerse en Europa. La hostilidad de la derecha en materia de inmigración extraeuropea ha llevado a los votantes que se originan en estas partes del mundo a refugiarse en los únicos partidos que no los rechazan abiertamente (por lo tanto, a la izquierda), lo que a su vez conduce a la derecha. -la acusación de favoritismo hacia ellos por parte de la izquierda. 

Por ejemplo, durante la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en 2012, el 77% de los votantes que declararon que tenían al menos un abuelo de origen extraeuropeo (o el 9% del electorado) votaron por el candidato socialista, en comparación con 49% para los votantes de origen europeo (19% del electorado) como para aquellos sin origen extranjero declarado (72% del electorado). (...)

Desde este punto de vista, la situación europea está más cerca de la de India, donde los nacionalistas hindúes en el BJP construyeron su ideología sobre el rechazo de la minoría musulmana. En India, la confrontación de identidades se refiere al consumo de carne de res y la dieta vegetariana. En Francia, se centra en la cuestión del pañuelo en la cabeza y, a veces, en la longitud de las faldas y el uso de polainas en la playa. 

En ambos casos, somos testigos de una obsesión anti-musulmana similar en las filas de los partidarios del hinduismo y los partidarios del secularismo extremista y el Frente Nacional. Esto también toma la forma de un discurso extremadamente violento que se extiende a todos aquellos que defienden los derechos de las minorías (a quienes casi se les acusa de ser pro-yihadistas).

 ¿Cómo podemos escapar de esta escalada de conflicto? Primero, la discusión debe establecerse en el contexto de la justicia económica y el combate contra la desigualdad y la discriminación. Innumerables estudios han demostrado que para un mismo diploma, aquellos cuyos nombres tienen una consonancia árabe-musulmana a menudo no son invitados a una entrevista de trabajo. Es urgente establecer indicadores y sanciones que nos permitan monitorear el desarrollo de estas prácticas discriminatorias y hacer que evolucionen.

 En términos más generales, es la ausencia de discusión económica lo que alimenta los conflictos de  basados ​​en la identidad que no gana nadie. Una vez que abandonamos cualquier discusión sobre una política económica alternativa y seguimos explicando que el Estado ya no controla nada, aparte de sus fronteras, no hay razón para sorprenderse de que la discusión política se centre en cuestiones de fronteras e identidades.

Es hora de que todos aquellos que rechazan el pronóstico de choque entre el nacionalismo identitario y el globalismo elitista se reúnan y se unan en torno a un programa para la transformación económica. Esto implica justicia educativa, ir más allá de la propiedad capitalista y un proyecto actual y ambicioso para la renegociación de los tratados europeos. Si no logramos ir más allá de estas pequeñas disputas y viejos odios, entonces el odio que recuerda al fascismo bien podría ganar un día."                     (Piketty, blog, 12/11/19)

29.10.19

La razón primordial detrás del triunfo del fascista Ley y Justicia en las elecciones polacas es que durante su mandato llevó a cabo un programa de políticas sociales de redistribución de riqueza muy generosas... es el único partido europeo que apuesta por las políticas redistributivas y un Estado fuerte... cousas veredes...

"Quizás la razón primordial detrás del triunfo de Ley y Justicia (PiS, en siglas polacas) en las elecciones del domingo sea que durante su mandato llevó a cabo un programa de políticas sociales de redistribución de riqueza muy generosas.

 Empezando por el programa de “500+” de ayudas directas a familias con más de un hijo. No sirvió para elevar la tasa de natalidad, pero sí supuso una ayuda para las familias con dificultades y —en palabras del partido gobernante— “una redistribución del prestigio”.

Los críticos acusan al Gobierno de compra de votos con dinero público. Vistas las promesas de campaña (segunda paga extra para jubilados sin mirar al presupuesto) es razonable verlo así. No obstante, el elevado gasto social no supuso un aumento de deuda o déficit. La economía polaca, una de las menos afectadas por la crisis, sigue creciendo —favorecida por los fondos de la UE— y, además, mantiene niveles de paro envidiables (el 3,3%).

PiS no es el único partido europeo que apuesta por las políticas redistributivas y un Estado fuerte desde la derecha (radical).

PiS no es el único partido europeo que apuesta por las políticas redistributivas y un Estado fuerte desde la derecha (radical). Muchos nacionalpopulistas defienden políticas económicas expansivas y un gasto social elevado. La mezcla del discurso nativista, de la defensa de los valores tradicionales y de las políticas sociales redistributivas, al menos en Europa del Este, es un factor importante para revalidar su gobierno.

Al introducir sus políticas sociales, PiS cumplió las promesas electorales. Se presentó como un partido aplicado y resuelto, características poco comunes en el sistema de partidos polaco. Con todo, desde el punto de vista de la sensibilidad hacia las demandas sociales y según la teoría del votante económico, resulta racional que a PiS le acabaron votando 8 millones de personas.

Pero es aquí donde acaba la visión positiva del gobierno de PiS. El partido liderado por Jaroslaw Aleksander Kaczynski volvió a ganar las elecciones tras desnivelar el terreno del juego democrático para que le sea mucho más fácil meter gol.

En primer lugar, pervirtió a la televisión pública, convirtiéndola en un órgano de propaganda del partido (superando la del régimen comunista). Ya no sorprende comparar a la oposición con los nazis. Una televisión envenenada que para muchos es la única fuente de información más allá del púlpito de la iglesia local (que además repite lo mismo). Una fábrica de fake news gubernamental. Todo un Ministerio de la Verdad orwelliano.

Según Kaczynski, las élites creadas tras 1989 son corruptas y antipolacas. Para crear nuevas élites, leales al partido, PiS utiliza la yuxtaposición entre las élites corruptas y el pueblo bueno, tan característica para el populismo. Se ataca a la casta de los jueces, a los periodistas traidores de la patria o a la UE que quiere imponer sus valores presuntamente progresistas. 

Al cambiar las élites, Kaczynski intenta instaurar, en palabras del politólogo Radoslaw Markowski, un clientelismo autoritario. No llega a ser el estado mafia de Hungría, pero sí una red clientelar que prefiere la lealtad al partido por encima de la pericia. Una fuerza de apoyo no desdeñable de mediocres, pero leales.

En las elecciones de 2015, PiS utilizó al miedo a los inmigrantes. Traían parásitos y querían acabar con “nuestro estilo de vida” (¿les suena?). Esta vez alentó el odio hacia el colectivo LGBT+, tachado por el arzobispo de Cracovia de “plaga arcoíris”, y hacia los que prefieren marchas por la igualdad antes que las de orgullo nacional.

El partido del Gobierno mantuvo unos niveles de apoyo alrededor de 40% durante toda la legislatura. Ningún escándalo lograse tambalear al Gobierno. Ni la corrupción de altos cargos del partido, ni siquiera el descubrimiento de una fábrica de odio hacia ciertos jueces dirigida desde el Ministerio de Justicia. ¿Por qué?

Por un lado, Kaczynski convenció a muchos polacos de que las antiguas élites carecían de legitimidad (apoyándose en la teoría conspiratoria del accidente de Smolensk). Así es más fácil creer en las mentiras y ser más permisivo con los pecados de las élites nuevas. Además, Kaczynski logró retratar a sus antecesores como unos corruptos. Aunque no lo eran. 

 Que se lo digan al antiguo ministro de Fomento, que dimitió por no haber declarado poseer un reloj. ¡Un reloj! ¿Se imaginan a algún ministro en España dimitiendo por esto? Y si los ciudadanos acaban creyendo que todos los políticos son corruptos, ¿no parece razonable votar a los que al menos comparten lo que roban?

 Aunque la oposición haya recuperado el Senado, el declive democrático seguirá su rumbo. El asalto al sistema judicial se completará con la toma del último bastión —el Tribunal Supremo—. Le seguirá la “repolonización” de los medios de comunicación (léase presiones y posibles cierres de medios privados críticos) y la toma de control de la comisión electoral. La integridad de las elecciones dependerá de la voluntad del partido. 

No es exageración afirmar que la democracia corre serio peligro en el seno de Europa. Lo advertía la flamante premio Nobel de Literatura, Olga Tokarczuk: en estas elecciones se elegía entre la democracia y el autoritarismo. Muchos polacos votaron a favor de la segunda opción."                          

(Piotr Zagórski es investigador en el Departamento de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid, El País, 16/10/19)

18.10.19

La radicalización de la clase media representa un grave peligro para Europa... ¿Se inclinará hacia la extrema derecha? La historia nos enseña que cuando el fascismo asciende y la clase media se radicaliza ya es demasiado tarde...

"Thomas Ostermeier es un gigante rubio de un metro noventa y, sobre todo, uno de los mejores directores de escena europeos. (...)

Pero ahora ha sido el libro Regreso a Reims,de Didier Eribon, el que ha situado su trabajo bajo los focos. La obra del filósofo francés describe cómo el fracaso de la izquierda ha empujado a los obreros y a la clase media a los brazos de la extrema derecha. De regreso en Reims tras la muerte de un padre al que odiaba, Eribon descubre que todos sus familiares, tradicionalmente comunistas, se han convertido en fervientes votantes del Frente Nacional.  (...)

Durante nuestra entrevista en Milán, Ostermeier nos explica: “A finales de los años ochenta, yo era okupa y combatía a los fascistas en la calle. No son nuevos para mí. Pero el monstruo vuelve a asomar: estaba medio oculto y hace unos años volvió a salir a la luz”.  (...)

La gran diferencia entre Eribon y su adaptador teatral es que este último no se encontró sorpresas al regresar a casa. “En mi familia no hubo cambios. Siempre supe cómo eran”. Un padre militar, un abuelo prisionero en Siberia hasta 1956 y una familia paterna vinculada al régimen nazi que no se avergonzó tras la Segunda Guerra Mundial. El ascenso de la AfD no lo cogió por sorpresa.

 “Siempre he sabido que seguían ahí. Por las conversaciones con mi familia, o en la escuela, o con otras familias de nuestro entorno”. ¿La explicación? “Está la capa social que propone Eribon, pero también otra que no solo existe en Alemania, o eso me temo, sino también en Flandes, Italia, Francia y la España posfranquista”. 

¿Nacida de frustraciones y humillaciones? “No, en absoluto. Sentirte frustrado puede llevarte a la izquierda o a la derecha. Cuando veo las imágenes de los disturbios de Chemnitz, pienso que, en el fondo, el 20% de la sociedad alemana es xenófoba, homófoba, misógina, violenta, peligrosa y fascista. También tiene que ver con ciertas reminiscencias del Tercer Reich que llevaban mucho tiempo soterradas y ahora vuelven a la superficie. No tiene nada de sorprendente”.

Luego cita al filósofo Max Horkheimer: “El que no quiera hablar del capitalismo tampoco debería hablar del fascismo”, y añade: “Creo que ambos están relacionados”. Nosotros dejamos responder a Thomas Pikkety, que recientemente declaraba en Le Soir: “La lucha de clases está bien, pero la lucha de ideas es más importante”... Ostermeier asiente. “Como escribe Eribon, hay que elaborar una teoría de la clase obrera sin ensalzarla, sin ignorar que puede ser racista, homófoba y misógina. Es el deber de la izquierda. 

La extrema derecha ha comprendido perfectamente a Piketty. Sabe muy bien que para conseguir que la sociedad dé un vuelco a la derecha, debe cambiar el pensamiento de la gente. Y lo está consiguiendo. Su estrategia es muy intelectual y académica. Y, más que en su presencia en los Parlamentos, su gran victoria radica en el hecho de que nuestro discurso se desliza hacia la derecha”.

La obsesión del director de escena es seguir conectado a la clase media, que es mayoritariamente la que llena los teatros. “Ella es el mayor peligro para nuestras sociedades. ¿Se inclinará hacia la extrema derecha?, ¿ya lo está haciendo?, ¿o hacia la socialdemocracia? La historia nos enseña que cuando el fascismo asciende y la clase media se radicaliza ya es demasiado tarde”.

¿Y qué hacer para que la clase media no se deslice hacia el fascismo? “No dar cuerda a la extrema derecha, no imitarla. Esta era en todo caso la opinión de un hombre que experimentó la idea como presidente de la República francesa. Lo explicaba recientemente el ensayista y periodista francés Jean-François Kahn en una crónica publicada en Le Soir: 

“En 2002, Jacques Chirac derrotó a Jean-Marie Le Pen con un 82% de los votos. Pero sus electores fueron mayoritariamente de izquierdas. Era una ocasión de oro para superar las lógicas partidistas y las divisiones tradicionales. En vez de eso, formó un Gobierno UMP-UMP, con Sarkozy como ministro de Interior.

 Qué gran oportunidad perdida. Fue uno de sus peores errores en tres décadas de carrera y así me lo reconoció”. ¿Por qué mencionar todo esto? Porque la semejanza entre aquellos acontecimientos y los programas de gobierno y las estrategias políticas de las últimas semanas no parece estrictamente fortuita."           (Beatrice Delvaux es redactora sénior de Le Soir. El País, 14/10/19)

25.9.19

Esto son las nuevas derechas occidentales... atraen simpatías entre clases medias en descenso y perdedores de la globalización mediante la promesa de que el repliegue nacional les será beneficioso, porque permitirá mantener los trabajos, y porque les resguardará de la competencia laboral de los inmigrantes

"(...) El éxito de Johnson ha sido menospreciado en España, igual que lo fue el de Trump. Presidentes excéntricos, cuando no básicamente idiotas, fruto de la pura y chapucera irracionalidad, payasos que se mueven a impulso de los aplausos y otras lindezas semejantes son continuamente expuestas como explicación de su éxito.

Lo malo es que cuanto más se les desprecia, peor se deja a sus rivales: si con contrincantes tan torpes, calificados como los peores dirigentes de la historia de sus países, no logran evitar que gobiernen, a saber qué ocurriría si estuvieran de verdad cualificados.

 Al insistir en el desdén, tampoco se acierta a comprender bien a esta clase de líderes, que representan una opción política en auge que combina elementos materiales con los culturales. Respecto de los primeros, como asegura Andrew Crines, profesor en la Universidad de Liverpool, en ‘Boris Johnson and the Future of British Conservatism’, las nuevas derechas consideran que el papel del Estado debe ser el de un proveedor mínimo, de modo que se eliminen todos los obstáculos para la creación de riqueza, insisten en la recualificación de los trabajadores y en la formación continua, solicitan que se apoye al sector privado, en particular en todo lo que tenga que ver con innovación y tecnología, y apuestan por una bajada de impuestos masiva.

 En el terreno cultural, el freno a la inmigración, una mayor presencia de lo religioso, la mano dura en la seguridad y el regreso al nacionalismo emergen como sus pilares básicos. Y a estos elementos añaden nuevos liderazgos, más desatados, más sinceros y directos.  

Podrían denominarse antipolíticos, en el sentido de que combaten a los representantes electos: dado que estos son gente preocupada solo por sus intereses, que se escudan en las normas para no hacer nada, y que solo están pendientes de su beneficio personal, ellos se ofrecen como personas ejecutivas, que saben dirigir, que no se someten a reglas y que ante todo actúan.

El papel de las élites nacionales

Esto son las nuevas derechas occidentales, que más que un resurgimiento del fascismo son la continuación de Reagan o de Bush Jr., pero cada vez más atrevidas en lo económico y en lo cultural. Son, además, un movimiento que mezcla dos ofertas para captar a diferentes clases. 

En lo económico, se apoyan en las élites nacionales, en esos estratos sociales afortunados que han decidido coger las riendas de la política cansados de la vulgaridad y de la falta de decisión de los políticos tradicionales, y que creen que esto solo pueden arreglarlo ellos. Es como si las clases afortunadas hubieran delegado la política en los expertos y ahora decidieran dar un paso adelante ante la falta de eficacia de estos.

 La necesidad de dar un giro al sistema que permita que se liberen las energías de la obstrucción administrativa y estatal, el requisito de acabar con la intrusión política en la economía y de permitir cada vez un mayor grado de acción a los actores más relevantes son ideas claramente situadas en este ámbito, que las élites nacionales, por algún motivo, ven beneficiosas.

 Por otra parte, atraen simpatías entre clases medias en descenso y perdedores de la globalización en general mediante la promesa de que el repliegue nacional les será beneficioso, porque permitirá mantener los trabajos, y porque les resguardará de la competencia laboral de los inmigrantes, así como les protegerá de la amenaza cultural que, desde su perspectiva, estos traen consigo (como se demuestra en la 'Defensa de los valores europeos' por parte de la UE). Es cierto que esas promesas son de complicado cumplimiento, y más si vemos cuál es el plan previsto en el caso de que exista un Brexit duro, pero de momento a los estadounidenses no les ha ido nada mal en las grandes cifras, pero pagando, eso sí, el precio del aumento de la desigualdad.

 Estas son las dos grandes tendencias de la derecha contemporánea, mayor fragilización de las reglas para los grandes actores, en especial para los ligados al sector financiero, y un repliegue nacional como medio de combatir las disfunciones que esas medidas crean. España es un lugar peculiar en este sentido, ya que muchas de estas ideas están presentes en nuestro país, pero de un modo propio.

 En cuanto al lado económico, Vox es plenamente neoliberal, el PP ha contado con Lacalle para dirigir sus propuestas y las ideas de Cs sobre las reformas que deben realizarse van también en esta dirección, de modo que en lo material hay muchas semejanzas con las opciones que crecen fuera. En el ámbito cultural, sin embargo, ha habido intentos de colocar en el debate la inmigración, pero han sido tímidos, y las derechas se contentan de momento con atacar a feministas, animalistas y progres en general.

El nacionalismo

Las diferencias con las otras derechas han estado situadas en el nacionalismo. Si bien ese discurso ha regresado con fuerza, se ha limitado a la cuestión territorial interna y ninguno ha adoptado una actitud hostil respecto de la UE (ni siquiera Vox, que a la hora de la verdad ha sido europeísta) y tampoco han emprendido una campaña que abogue por la permanencia de los trabajos españoles en nuestro país. Este nacionalismo interno diferencia sustancialmente a las formaciones nacionales de las europeas.

En estos tiempos extraños de elecciones, poselecciones y demás, los partidos nacionales están pensando en términos puramente tácticos, tanto para defenderse de los de su espectro ideológico como para situarse con ventaja de cara al futuro. Se han olvidado de las ideas políticas y sus planteamientos están reducidos a la mínima expresión, la electoral.

 Pero una vez que pase la marejada, la derecha va a tener que resituarse, ya que tres partidos fragmentan en exceso la oferta, y de los que queden, al menos uno de ellos va a apostar decididamente por una aceleración neoliberal en lo económico, por el repliegue cultural y por el nacionalismo.

Los tiempos van a favorecerlo.

 Decíamos que el capitalismo es hoy el peor enemigo de sí mismo, y cuando eso ha ocurrido en otras épocas, han aparecido siempre cambios políticos. Habitualmente, la dirección que se ha tomado ha sido la de correr más rápido, la de seguir haciendo lo mismo pero a mayor velocidad. Las derechas internacionales representan plenamente esta tendencia, ya que llevan promoviendo transformaciones desde los años ochenta, pero su influencia se ha hecho todavía más intensa en los últimos años, desde la aparición de China como potencia.

 Algún partido español se sumará a esa ola, mientras que las izquierdas tradicionales, como la portuguesa o la del PSOE, junto con lo que queda de liberalismo moderado, tratarán de ejercer de opción sistémica. Lo malo es que este es un momento en el que quedarse anclado implica que el vendaval te arrastre. Este es un instante de transformaciones, y llegarán propuestas más atrevidas a un lado y a otro: lo que estamos viviendo en España no es más que una pausa."                       (Esteban Hernández, El Confidencial, 17/09/19)

10.7.19

Ya a final de los años 90 los jóvenes representantes de las repúblicas báltica afirmaban, sin vergüenza, cosas que teníamos asimiladas al fascismo, como la creación de dos categorías de ciudadanos, en las que los rusófonos quedaban desprovistos de derechos de ciudadanía. Y los hemos aceptado en Europa. Es la aspiración de Torra, por tanto, ¿es o no es fascista el nacionalismo catalán? Pues cómo el báltico...

"(...) ¿Que son los neo-nacionalismos?

Llamamos fascismo a demasiadas cosas que no lo son y, en particular, a lo que no encaja con lo que uno piensa. Simplemente, por respeto histórico, hay que decir que el fascismo (que es una salvajada increíble) tenía un corpus doctrinal y una teoría del Estado. Los que estamos viendo ahora de los nacional-populismos es, básicamente eso, populismo, entendido como la solución fácil y autoritaria a problemas complejos. 

El fascismo quería construir algo equivocado, erróneo, sí, pero era un proyecto del que carecen los nacional-populismos. Entre estos también los hay que se acercan más a los rasgos del fascismo. Por ejemplo, el de Orbán, con sus milicias de las cruces flechadas desfilando por Budapest. Otros no son así.

El populismo, que vio la luz hace ya más de 150 años, y que resulta una criatura política bastante difícil de definir, ahí está…

Para entendernos, cuando impropiamente llamamos fascistas a algunos, sabemos de qué estamos hablando. Conllevan el peligro del autoritarismo y del totalitarismo. Y aquí, en Cataluña, lo que preocupa son los rasgos totalitarios. Los nacionalistas catalanes autoritarios, que existen, tachan de fascista a cualquiera. 

Es un sistema de descalificación y ya está. Pero lo peor son los rasgos totalitarios, porque al no haber poder suficiente para ser autoritario surge lo que casi me atrevería a calificar de nacional-populismo catalán, el de los secesionistas que intentan ocupar todos los aspectos de la sociedad civil.

Todo esto viene acompañado por un llamativo empuje, digamos, propagandístico en las redes sociales, los medios de comunicación y el mundo editorial ¿Se puede hablar de un auge de las publicaciones sobre fascismo?

Hay un auge de publicaciones de interpretaciones políticas, entre ellas algunas de propaganda del secesionismo, que carecen de interés. Pero, entre ellas llaman la atención títulos, en ocasiones reediciones, que se refieren al fascismo y los años 30 ¿Por qué sino vuelven a editarse, por ejemplo, los escritos de Gramsci sobre fascismo? 

De repente, tenemos una traducción del magnífico Piero Calamandrei del “Fascismo como régimen de la mentira”, y también de Michela Murgia, que publica el interesantísimo “Manual para ser fascista”. Naturalmente, si esto se edita es porque responde a una demanda. Y no deja de preocuparme el interés que, incluso personalmente, me ha despertado todo esto.

¿Podría ser que el interés por indagar en el presente nos conduce, necesariamente al pasado?

Posiblemente. Hemos leído historia, algunos creíamos que algo sabíamos, pero, claro, seguramente no tenemos suficiente con todo eso. Estamos afinando y ampliando conocimientos. Cuando estuve en el Congreso de los Diputados, lo hice básicamente en la comisión de asuntos exteriores. Allí tuve ocasión de detectar, ya a final de los años 90, el ambiente terriblemente proclive al nacional-populismo y a los para-fascismos en toda la franja oriental de Europa. 

En una reunión en Roma, los jóvenes representantes de las repúblicas báltica afirmaban, sin vergüenza, algunas cosas que el resto teníamos asimiladas al fascismo y el ultranacionalismo, como la creación de dos categorías de ciudadanos, en las que los rusófonos quedaban desprovistos de derechos de ciudadanía. Y los hemos aceptado en Europa.  (...)

Repliegue que no es otra cosa que el espíritu de campanario, lo de cada “mochuelo a su nido”, frenando o impidiendo la emigración…

Cundo fui por primera vez a Nueva York, aunque la conocía como todos por el cine, lo que más me sorprendió fue la variedad de gente, de lenguas, de olores… Entonces, Barcelona era aún una ciudad con poco más que la influencia francesa. Y nos considerábamos cosmopolitas, porque viajábamos al otro lado del Pirineo. 

Ahora, Barcelona si es una ciudad estrictamente cosmopolita, con 160 lenguas censadas, con gente proveniente de prácticamente todos los Estados de la ONU. Para mí, esto es el paradigma real de lo nuevo. Los demógrafos, los economistas nos dicen que el mundo del futuro va a ser un mundo de ciudades. La urbanización es imparable, a no ser con violencia, y con la violencia lo que hay es desastre.

El marco mental que se nos había generado antes de las elecciones europeas, poniendo el acento en el peligro eminente de la extrema derecha, no se ha hecho realidad, a pesar del avance de esta tendencia en países como Francia e Italia…

Las cosas no se paran con unas elecciones. Es un hecho de que hayan tenido resultados inferiores a los que ellos creían, pero hay cosas preocupantes, como los resultados, aunque sean provisionales (porque no se sabe cuánto van a estar en la UE) del Reino Unido, en los que un mentiroso compulsivo y populista, impresentable, se lleva el gato al agua, destroza el sistema político, para nada. En conjunto, el auge nacional-populista se ha atascado, pero no mucho."                (Entrevista a Jordi Pedret, El Triangle, Peru Erroteta, 22/06/19)

2.7.19

¿Alemania se enfrentará al terrorismo de extrema derecha tras el primer asesinato de un político desde el nazismo? Los asesinatos de inmigrantes hasta ahora no le importaban a nadie

"El asesinato el pasado 2 de junio de Walter Lübcke, un destacado político regional alemán, a manos de un neonazi hace saltar las alarmas en el país de Angela Merkel. Se trata del primer asesinato de una figura política importante en Alemania motivado por la ideología de la extrema derecha desde 1945. 

El político había invitado a "salir del país" a quienes no compartieran los valores de ayuda al prójimo en plena crisis de los refugiados. El Ministerio del Interior ha informado este jueves de que en Alemania hay unos 12.700 radicales de ultraderecha dispuestos a protagonizar actos violentos. 

Alemania ha acabado hablando de la existencia del terrorismo de extrema derecha. Para ello ha sido necesario que se vayan clarificando las circunstancias del asesinato de Walter Lübcke, presidente de la Región de Kassel. Este político de la conservadora Unión Cristiano Demócrata (CDU), el partido de la canciller Angela Merkel, defendió en su día la necesidad de asistir a los demandantes de asilo que llegaron a Alemania en la crisis de los refugiados de 2015 y 2016. 

Aquello le costó a Lübcke amenazas de muerte. Estas, el pasado 2 de junio, se hicieron realidad. Ya ha trascendido que Stephan Ernst, un neonazi alemán detenido 15 días después del asesinato, confesó haber disparado ese día a Lübcke en la cabeza cuando el político conservador se encontraba en su domicilio.

Hay otros dos detenidos en la investigación del caso, según han informado esta semana los medios alemanes. Uno de ellos, un ciudadano alemán de 64 años, habría vendido el arma al autor del crimen. El otro detenido reciente, de 43 años, se ocupó supuestamente de hacer de intermediario entre el vendedor y el comprador del arma de fuego.(...)

Los medios alemanes recuerdan estos días que, en los años noventa, Ernst ya preparó un atentado con bomba en un hogar de acogida para refugiados en Wiesbaden (oeste alemán). Por poco se evitó la tragedia. Entonces Ernst fue condenado a seis años de internamiento en un centro de menores porque no había cumplido la mayoría de edad. Con más de 18 años, Ernst también tuvo problemas con la justicia, entre otras cosas, por causar heridas y ofensas, por posesión de armas y participar en disturbios violentos con otros neonazis. 

"El autor de los hechos viene de la escena terrorista de la extrema derecha. Ha estado ahí durante años, en el ámbito de Combat 18, una organización cuyo nombre también se puede decir 'Combate Adolf Hitler'. Este peligroso grupo está muy conectado, no sólo en Kassel, sino también en otros lugares del país", cuenta a eldiario.es Hajo Funke, politólogo, profesor de la Universidad Libre de Berlín y experto en extrema derecha alemana. 

El asesinato de Lübcke debería suponer un antes y un después para el debate público en Alemania, un país donde la violencia de extrema derecha ha estado "minimizada", según Funke. Incluso tras la reciente resolución del caso de la banda terrorista neonazi Resistencia Nacionalsocialista (NSU), organización que mató a diez personas en ataques racistas y contra una agente de policía entre 2000 y 2007, Alemania "no ha ido lo suficientemente lejos" en la lucha contra la violencia de la extrema derecha, de acuerdo con los términos Funke. 

 AfD, señalado como "corresponsable" 

"Una parte de los medios alemanes, de los políticos y de las autoridades responsables de la seguridad han minimizado este fenómeno violento. Ahora la situación es tal que está por ver si habrá consecuencias en los medios, la política y las autoridades", lamenta Funke. A medida en que se han ido aclarando las circunstancias del atentado contra Lübcke, los políticos germanos han ido ganando en claridad cuando se han pronunciado sobre la violencia de la extrema derecha. 

No obstante, los políticos de la ultraderechista AfD salen mal parados del actual debate que mantiene Alemania. Lo hacen, en buena medida, por méritos propios. "Lübcke ha sido víctima de una campaña de odio en el que han participado miembros de AfD. Erika Steinbach, por ejemplo. Ella es la líder de la nueva fundación de AfD. Ella colgó en febrero un post en Internet contra Lübcke que todavía no ha borrado. Es corresponsable de lo ocurrido y también una parte de AfD", según Funke. 

Este profesor de la Universidad Libre de Berlín alude concretamente a Erika Steinbach, una expolítica de la CDU que se ha pasado a AfD. Steinbach dirige ahora la Fundación Erasmo de Róterdam, un think tank afín al partido de ultraderecha. El sector ultra y de extrema derecha alemán nunca perdonó a Lübcke el haberse pronunciado firmemente contra quienes se opusieron en su día a la política de la canciller Angela Merkel en materia de refugiados. Lübcke era un sobresaliente defensor de la idea de que Alemania debía asistir a los demandantes de asilo en plena crisis de los refugiados. 

Hasta 12.700 extremistas violentos 
Muy comentada y repudiada entre los sectores de ultraderecha alemana fue en 2015 la invitación de Lübcke a "salir del país" a quienes no compartieran los valores de ayuda al prójimo tan necesarios en plena crisis de los refugiados. Aquello le costó amenazas de muerte, por eso fue escoltado durante un tiempo.  (...)

Según han informado los medios alemanes, otros políticos locales, incluidos la independiente Henriette Reker, alcaldesa de Colonia con el apoyo de la CDU, los liberales del FDP y los ecologistas de Los Verdes, también han recibido en las últimas fechas amenazas de muerte que están siendo investigadas.  (...)

En el propio Ministerio del Interior se estima que en Alemania hay unos 12.700 radicales de ultraderecha dispuestos a protagonizar actos violentos. Esos radicales violentos forman parte de un movimiento extrema derecha más amplio que aglutina a unas 24.100 personas, según datos de la Oficina Federal para la Protección de la Constitución (BfV), los servicios de inteligencia germanos. De ahí que a Ernst, el asesino confeso de Lübcke que ha dicho haber actuado en solitario, el diario muniqués Süddeutsche Zeitung lo haya descrito como "un lobo entre otros tantos".          (Aldo Mas, eldiario.es, 27/06/19)

25.6.19

Los socialdemócratas daneses ganaron las elecciones ¿Pero hasta qué punto la extrema derecha impuso la agenda? Tanto los partidos de centroizquierda como los de centroderecha tienen una postura estricta en materia de migración. Eso jugó un papel decisivo...

"Los socialdemócratas daneses ganaron las elecciones con una campaña basada en cuatro ejes: la defensa de la política clásica de bienestar, impuestos más altos para los ricos,una polémica política migratoria y una política climática activa. Con una socialdemocracia fuerte, la extrema derecha parece haberse desplomado. ¿Pero hasta qué punto esta extrema derecha impuso la agenda?

Los socialdemócratas hicieron su campaña con cuatro lemas: política clásica de bienestar socialdemócrata: por ejemplo, mejores guarderías infantiles y más docentes; gravámenes más altos para los ricos: un mayor impuesto a las acciones, un mayor impuesto a la herencia, mayores impuestos a los bancos y a las transacciones financieras de la Unión Europea; también una continuación de la política migratoria de Dinamarca, respaldada por una clara mayoría desde hace muchos años; y, finalmente, un muy fuerte énfasis en una política climática activa. 

La presidenta del partido, Mette Frederiksen, habló repetidamente en la campaña electoral sobre las viejas virtudes socialdemócratas.

¿Qué papel jugó la decisión de tomar posturas más estrictas en cuestiones de migración y política de asilo?

Eso jugó un papel decisivo. En los últimos años, los socialdemócratas han casi copiado las estrictas políticas de extranjería del gobierno de centroderecha porque fueron apoyadas por una gran mayoría de la población. En mayor o en menor medida, el tema de la inmigración ha sido decisivo para las elecciones danesas desde el cambio de milenio. En ese lapso, los socialdemócratas han perdido elecciones fundamentalmente por dos motivos. 

Por un lado, su postura no era tan dura como la de los partidos de la centroderecha. Por otro lado, los partidos que cooperan con los socialdemócratas en la izquierda (Alianza Roji-Verde y Partido Popular Socialista) y en el centro liberal (Partido Social Liberal) apoyaban una política migratoria aún más laxa. Así las cosas, a la centroderecha y a la derecha les resultó fácil decir que un gobierno socialdemócrata impulsaría una política de migración negligente.

La nueva jefatura de los socialdemócratas ha operado un cambio de rumbo y ha dejado claro que no negociará sobre el tema con socios potenciales de la coalición, y que estos solo podrían influir en otros temas de política, como asistencia social, impuestos y clima.

Los resultados muestran que los socialdemócratas han logrado recuperar votantes. Por ejemplo, aquellos que votaron por los populistas de derecha en las últimas elecciones. Al mismo tiempo, los socialdemócratas han perdido votantes a manos de la izquierda y de los liberales. El balance da que los votantes fueron atraídos de la derecha a la izquierda, y esa fue la clave de la victoria general de la izquierda. (...)

El Partido Popular Danés, populista de derecha, cayó de 21% al 8,7%, mientras que Línea Dura, un partido nuevo ubicado aún más a la derecha, logró superar por poco el 2% de los votos necesario para ingresar al Parlamento danés. ¿Cómo evalúa lo que está sucediendo en la derecha?
La extrema derecha ha prácticamente colapsado en Dinamarca. Esto se debe a la creciente preocupación de los daneses por el populismo de derecha en Gran Bretaña con el Brexit y la elección de Donald Trump en Estados Unidos.  (...)

Sin embargo, una explicación clave es que en Dinamarca tanto los partidos de centroizquierda como los de centroderecha tienen una postura estricta en materia de migración.

También ha habido una evolución significativa en Dinamarca en términos de cultura política. En los últimos 10 o 20 años, tanto los partidos de centroizquierda como los de centroderecha se han alejado cada vez más de la «corrección política» tan valorada por los medios de comunicación y los intelectuales. La gran mayoría de la dirigencia política se alinea consecuentemente con lo que dice la ciudadanía danesa en las encuestas."                 

 (Entrevista a Jesper Vind , corresponsal del semanario danés Weekendavisen Joanna Itzek  , Nueva Sociedad, junio, 2019,