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28.6.26

Gustavo Petro: Mi gobierno termina el 6 de agosto a las doce de la noche... ese día Colombía tendrá los mayores niveles de ocupación del siglo y con el mayor número de empresas privadas de la historia... tendrá 5 millones menos de pobres y dos millones menos de pobres extremos... hemos realizado una buena reforma agraria y disminuido el número de hectáreas de hoja de coca... crecemos económicamente a 3,4%, elevamos la cobertura de educación superior en toda la juventud al 60%, y desplomamos el hambre y tenemos la cuarta parte de la mortalidad infantil por desnutrición de la que recibimos, bajamos las tasas de mortalidad infantil a un dígito,y también la materna y la perinatal... Les devolvemos una Colombia con más vida que como la recibimos.

Gustavo Petro @petrogustavo

Mi gobierno termina el 6 de agosto a las doce de la noche Cuando recibí el gobierno de Duque, José Manuel Restrepo era su ministro de Hacienda. Más o menos es como si les devolviera el gobierno, dirán, ahí les dejamos gobernar un poquito. 

Les devuelvo la casa, pero no está simplemente pintada, el 6 de agosto esa casa tendrá 5 millones menos de pobres y dos millones menos de pobres extremos. Tendrá los mayores niveles de ocupación del siglo y con el mayor número de empresas privadas de la historia, hemos realizado una buena reforma agraria y disminuido el número de hectáreas de hoja de Coca, en la última medición mensual crecemos económicamente a 3,4%, elevamos la cobertura de educación superior en toda la juventud al 60%, y desplomamos el hambre y tenemos la cuarta parte de la mortalidad infantil por desnutrición de la que recibimos, bajamos las tasas de mortalidad infantil a un dígito,y también la materna y la perinatal. 

Les devolvemos una casa con más vida que como la recibimos. Creo que los colombianos viven hoy mejor que como estaban cuando recibimos el gobierno. 

José Manuel Restrepo, no lo dirá, verá como lo que recibe es mejor que lo que dejó. Ahora vuelve a gobernar, espero que la Colombia que entreguen tenga más vida y bienestar que la que yo entrego. Ahí tienen su casa.

4:33 a. m. · 28 jun. 2026 ·2 M Visualizaciones

10.4.26

Antonio Maestre: La "casualidad" ha querido que la causa de las mascarillas de José Luis Ábalos conviva en la agenda con la Kitchen del PP... La convivencia de ambas causas permite encontrar una genealogía de la maldad en la corrupción de los partidos... La corrupción del PP es siempre más grave. Es peor. Llega a lugares que no solo dejan sin recursos públicos las arcas de todos, sino que pervierten los derechos fundamentales de muchos ciudadanos hasta dejar tocada la esencia misma de la democracia, al usar a las más altas instituciones de la seguridad de un país para ocultar pruebas que les perjudican y perseguir a adversarios políticos que ponen en cuestión el mantenimiento en el poder de la derecha.... La de Àbalos es corrupción cutre, chusca, torrentiana, la que usa el dinero público para contratar prostitutas, ladronzuelos de cuarta categoría que empiezan a coger de la caja para pagar sus deudas de vida y placer ... cuando se ve a Koldo y Ábalos sentados de manera patética en la tribuna del Tribunal Supremo en contraposición con la cúpula del Ministerio del Interior del PP es que lo que ocurrió en el gobierno de Rajoy fue más grave, pero acaba sepultado cuando se empieza a desgranar hasta el detalle lo que ocurrió con la pata del gato a la que Ábalos le pagó el veterinario... Así, poco a poco, con lo folclórico y lo degenerado, con la broma y el puterío, el de siempre y el mediático, lo que fue uno de los mayores escándalos de la democracia queda olvidado... Spanish Revolution: ¿Queréis que confiemos en la justicia? El caso Kitchen vuelve a dejarlo claro: cuando la investigación se acerca al poder, las pruebas desaparecen y las responsabilidades se diluyen. Los audios que implican a Cospedal, fuera del juicio. Ella, como testigo y protegida

Spanish Revolution ‪@spanishrevolution.bsky.social‬

 ¿Queréis que confiemos en la justicia? El caso Kitchen vuelve a dejarlo claro: cuando la investigación se acerca al poder, las pruebas desaparecen y las responsabilidades se diluyen. Los audios que implican a Cospedal, fuera del juicio. Ella, como testigo y protegida.

9:02 · 10 abr 2026 40 republicaciones1 cita55 me gusta 3 

 

 "La "casualidad" ha querido que la causa de las mascarillas de José Luis Ábalos conviva en la agenda con la Kitchen del PP para que la derecha pueda permitirse que su corrupción no ocupe los tiempos en la agenda pública que permitan recordar cuán corrupta es la reacción.

La convivencia en la agenda de ambas causas permite entender quiénes son unos expertos en el arte de la corrupción y quiénes son meros principiantes que se dejan llevar por lo humano. No sabría decir cuál es más dañino para su partido, pero sí tiene unas diferencias fundamentales que permiten evitar la equiparación y encontrar una genealogía de la maldad en la corrupción de los partidos.

La corrupción del PP es siempre más grave. Es peor. Llega a lugares que no solo dejan sin recursos públicos las arcas de todos, sino que pervierten los derechos fundamentales de muchos ciudadanos hasta dejar tocada la esencia misma de la democracia. La derecha consigue la sublimación de la corrupción poniendo en cuestión los resortes mínimos de la participación política al usar las más altas instituciones de la seguridad de un país para ocultar pruebas que les perjudican y perseguir a adversarios políticos que ponen en cuestión el mantenimiento en el poder de la derecha.

El PP es el Ministerio del Interior usando un cura falso para robar pruebas que les permitan librarse de una condena. Es usar al DAO para perseguir adversarios políticos con pruebas falsas. Es la eliminación misma de la democracia jugando con el autoritarismo.

El abalismo es corrupción cutre, chusca, torrentiana, la que usa el dinero público para contratar prostitutas y pagarle la operación al gato de la meretriz. La que se ve empujada a coger lo que no debe por una vida disoluta en la que la fiesta le domina y el vicio supera a la virtud.

Ladronzuelos de cuarta categoría que empiezan a coger de la caja para pagar sus deudas de vida y placer, de película de sobremesa con poco presupuesto, que defienden su honor a los cuatro vientos antes de entrar a juicio para negar que hayan sido puteros, pero cuando llegan delante de un juez, lo primero que dicen es que esa señora que los acusa es puta. Que ellos solo son culpables de los placeres de la carne.

Y luego los escándalos impostados en la prensa patria. Porque no se acaba de entender la condescendencia con el comportamiento de la ínclita Jessica de los análisis sobre el hecho de que se quiera despreciar su opinión porque se pudiera haber dedicado a la prostitución.

Siempre teniendo en cuenta que ella no es la principal responsable del desfalco de fondos públicos, es indudable que ha sido beneficiaria de ese desfalco, siendo consciente de ello, porque nadie que no va a un trabajo en una empresa pública pero cobra el sueldo no puede ser liberada de responsabilidad; sea prostituta, dentista, azafata o mediopensionista.

La diferencia entre ambas corrupciones, entre ambos procederes, es similar al proceso de represión durante la Guerra Civil que la propaganda historiográfica fascista intenta equiparar para expiar sus culpas. La represión republicana se puede definir en Paracuellos, la de miembros fuera del poder que, al margen de las instituciones republicanas, llevaban a cabo procesos de asesinatos masivos, mientras personajes como Melchor Rodríguez evitaban que se produjeran esas matanzas.

En el bando fascista, la eliminación de los izquierdistas era dirigida desde arriba, estructurada, organizada y ordenada por los dirigentes. La fasciosa es la que sigue la cadena de mando y busca la eliminación sistemática; la ordena el general y acaba manchando la sangre de la plaza de toros de Badajoz sin dejar a uno vivo. La reaccionaria es metódica y calculada; la progre es atribulada y caótica, de piel. Todas matan. No todas son iguales en su proceder.

Estos días, lo más que se oye en el debate público cuando se ve a Koldo y Ábalos sentados de manera patética en la tribuna del Tribunal Supremo en contraposición con la cúpula del Ministerio del Interior del PP es que lo que ocurrió en el gobierno de Rajoy fue más grave, pero acaba sepultado cuando se empieza a desgranar hasta el detalle lo que ocurrió con la pata del gato a la que Ábalos le pagó el veterinario o la enchufada que se iba a la biblioteca a leer para aprender sobre trenes.

Así, poco a poco, con lo folclórico y lo degenerado, con la broma y el puterío, el de siempre y el mediático, lo que fue uno de los mayores escándalos de la democracia queda olvidado gracias a esa pareja de corruptos decadentes que operaban desde el Ministerio de Transportes, haciendo daño a su partido y a la democracia, ofreciendo un último favor a la reacción para ir erosionando nuestras instituciones, incluso ocultando los crímenes corruptos de la derecha.

Igual que cuando se denuncia la represión sistemática del franquista que acaba silenciado y olvidado, gritando: "¿Y Paracuellos, qué?"."

(Antonio Maestre  , blog, 09/04/26) 

7.3.23

El alcalde conservador de A Coruña apoyó públicamente la huelga declarada por socialistas y anarquistas. Como persona de orden, entendía que la injusticia era el primer desorden. Fue destituido de forma fulminante... Cada vez es más difícil ser conservador y de derechas... De hecho, hace tiempo que no escucho a nadie de derechas decir que es conservadora... Un conservador defiende la seguridad y la propiedad... la propiedad más valiosa es lo que llamamos estado de bienestar: la sanidad, la educación, el tiempo libre, el aire sano, el amparo de una vivienda digna. La privatización de servicios públicos en beneficio de una facción política, la 'gente de bien', que pretende okupar el Estado es la mayor amenaza para la libertad, la seguridad y la propiedad... El desahogo identitario de Feijóo, el erigirse en portavoz de la “gente de bien”, revela una mentalidad clasista, propia de una sociedad excluyente, ni conservadora ni liberal... señorita. Una cosa es ser reaccionario, y otra, conservador... el Papa Ratzinger era un reaccionario y el Papa Francisco es un conservador

 "Manuel María Puga y Parga, alias ‘Picadillo’ para la historia de la gastronomía, era un contundente conservador. Llegó a pesar 275 kilos. De joven, fue compañero de redacción de Wenceslao Fernández Flórez en El Noroeste. Y a él está dedicada una de sus famosas recetas de La cocina práctica: “Se coge una hoja de bacalao muy delgada, tan delgada como Wenceslao Fernández Flórez, y se toman unos tomates muy gordos, tan gordos como yo. Se sala a Flórez y se me parte a mí en pedazos…”. Hay otro asunto, además del culinario, por el que debería ser recordado Picadillo

En julio de 1917, Eduardo Dato, presidente del Gobierno, lo designó alcalde de A Coruña. A los pocos días, el 13 de agosto, se convocó en España una huelga general que tuvo bastante seguimiento en la ciudad. Se pedían unas “condiciones decorosas de vida” y se protestaba contra la insoportable “carestía en los artículos de primera necesidad”. Puga y Parga consideró muy razonables lo uno y lo otro. Así que el alcalde conservador de A Coruña apoyó públicamente aquella huelga declarada por socialistas y anarquistas. Como persona de orden, entendía que la injusticia era el primer desorden. Fue destituido de forma fulminante. En octubre de 1917, se celebró una manifestación libertaria con este insólito llamamiento: “Los sindicatos obreros de resistencia de La Coruña rinden testimonio de gratitud y simpatía a don Manuel María Puga y Parga por su noble actitud desde la alcaldía”. No hubo banquete, pero para ‘Picadillo’, según declaró, fue el día más importante de su vida.

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Cada vez es más difícil ser conservador y de derechas. La gente conservadora, si de verdad lo es, no podría ser otra cosa que conservacionista. Por naturaleza y etimología: étymos (verdadera) y lógos (palabra). De hecho, hace tiempo que no escucho a nadie de derechas decir que es conservadora. En un currículum político lo que se destaca no son las ideas y proyectos, ni siquiera recetas de cocina, sino los másteres como trofeos de caza. Y hay másteres de todo tipo, desde el Máster de Marketing Político y Reputación “Alégrame el Día” hasta el preciado Executive Máster de la Escuela de Negocios “Resiliencia & Tax Haven”, pasando por el Máster en Gestión Sostenible “Greenwashing”. Lo que no existe, lo que es imposible de cursar, es un Máster del Buen Conservador. Ni en la FAES aceptarían semejante propuesta de formación. Ya estoy viendo la expresión de Aznar a quien llevase semejante propósito: “Tiene usted un brillante futuro a sus espaldas”.                 

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La primera preocupación de una persona conservadora sería proteger la comunidad y el hogar en el que vive. Y eso significa poner freno a la depredación de los recursos, al envenenamiento del planeta, a la excitación destructiva de las guerras, ese negocio eternamente sostenible. Un conservador se rebelará ante los ecocidios. Como se sentirá abrumado ante las matanzas innecesarias de animales como trofeos, perpetradas con el eufemismo de “caza deportiva”. Fraga Iribarne mató en 1971 uno de los últimos ejemplares del urogallo (Tetrao Urogallus) de los Ancares, esa comarca mágica de Galicia y León. Hubo una persona que trató de impedirlo, alertando al urogallo con sus gritos, pero esta ave está indefensa y localizable, no percibe el peligro justo cuando canta de celo, y ese es el momento que aprovecha el depredador al acecho.

 El héroe que trató de impedir la fechoría fue identificado por la Guardia Civil. Días después, recibió la notificación de una multa por “interferir en la caza”. Fraga, jerarca franquista en aquel tiempo, intentó pasar a la historia como un modelo de patrón conservador. Definía la caza del urogallo como “el tiro más prestigioso, que justifica todos los desplazamientos”. Pero, lo que ocurrió aquel día en Azevedo de Donís, cerca de la cumbre de Tres Bispos, podemos verlo hoy como una impugnación histórica. El urogallo está hoy extinguido en Galicia. ¿Quién era el auténtico conservador en aquel escenario? ¿Quién representaba el orden y el desorden?

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Un conservador defiende la seguridad y la propiedad. Hoy en día, la primera causa de inseguridad planetaria es la emergencia climática. Los negacionistas, o quienes la relativizan, nada tienen de conservadores: compiten alegremente por el mejor camarote en el Titanic. Por otra parte, la propiedad más valiosa es lo que llamamos estado de bienestar: la sanidad, la educación, el tiempo libre, el aire sano, el amparo de una vivienda digna. La privatización de servicios públicos en beneficio de una facción política, o de una banda de privilegiados que pretende okupar el Estado es, en el fondo, la mayor amenaza para la libertad, la seguridad y la propiedad. 

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El desahogo identitario de Feijóo, el erigirse en portavoz de la “gente de bien”, revela una mentalidad clasista. Más que virtuosa, es una expresión propia de una sociedad de círculo vicioso. Excluyente. Ni conservadora, ni liberal: señorita. En su diatriba contra Sánchez, podría haber dicho con más solemnidad “Deje de molestar a la gente que es como Dios manda”. Pero Dios se ha dado a la fuga del lenguaje, despavorido, entre otras cosas, ante el estado de abusos a menores perpetrado en la Iglesia por una “tropa de sotanas”. 

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Una cosa es ser reaccionario, y otra, conservador. Tenemos una derecha con una historia de excitación reaccionaria, pero muy poco conservadora. Durante siglos se consideró que la base fundacional de España estaba en la religión católica. “Una idea de España como sujeto nacido en la mente de Dios”, escribió Francisco Tomás y Valiente en A orillas del Estado. En ese libro se rememora a Pedro Inguanzo, el que sería cardenal de Toledo, quien bramó en las Cortes de Cádiz cuando se acordó abolir el Tribunal del Santo Oficio: “Lo español desde el III concilio de Toledo es, y será perpetuamente, la defensa de la fe católica por el poder político. Y quien no esté de acuerdo con esto no es español: Inguanzo dixit”. 

Tomo estas citas de un libro reciente, A historia de España baseouse en falacias (Edicións Xerais, 2023), del historiador Calo Lourido, quien anota con retranca un proverbio popular: “Los españoles estamos condenados a andar siempre con los curas. O delante de ellos con un cirio, o detrás con un palo”. En 1936, la jerarquía de la Iglesia católica bendijo como una “cruzada” la guerra fascista contra la República. ¿Qué ocurrió en la Transición? Cuando el cardenal Tarancón apoyó el proceso democrático, el trato que se le dispensó en el círculo vicioso de la “gente de bien” fue el de “traidor”. La identificación histórica no se daría, pues, entre España y la fe católica, sino en el sometimiento colectivo a una especie de “perpetua Inquisición”. 

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Es muy chocante la actual actitud de la derecha española hacia el papa Francisco. Cuando no reina el silencio, lo que asoma es una especie de desdén. Incluso algunos chusqueros ilustrados, en su reenganche con la “gente de bien”, vindicaron al papa Ratzinger frente al “papa peronista”. ¿Sorprendente? No. Ratzinger era un reaccionario y Francisco es un conservador.  

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¿Dónde meterse si uno quiere ser conservador? La derecha española es hoy un simple campo de aterrizaje del neoliberalismo. Una posibilidad es hacer lo que hizo el escritor brasileño Graciliano Ramos, autor de la maravillosa y tremenda Vidas secas.  Él era un demócrata, un amante de la libertad, y más bien conservador. En la dictadura, trabajando de periodista, lo detuvieron varias veces y lo apalizaron por “comunista”. Así que un día, después de la enésima paliza, decidió que lo lógico era entrar en el Partido Comunista. Es decir, en el partido conservador."             (Manuel Rivas  , CTXT, 3/03/2023)

30.11.22

¿Por qué los italianos se inclinaron hacia la derecha de Fratelli d'Italia? El aumento de los precios es la primera preocupación de los ciudadanos de la UE, que lo atribuyen principalmente a la guerra de Ucrania. Es de esperar entonces que las preocupaciones en torno a la ecología política pierdan protagonismo a medida que la prioridad pase a ser el mantenimiento de un Estado fuerte que pueda capear las crisis... Con pocas alternativas en la izquierda, los italianos no votaron por el fascismo, sino por la promesa de seguridad, un objetivo actualmente más urgente que la igualdad social. Sin embargo, en el contexto de la guerra en Ucrania y del creciente escepticismo sobre la capacidad del mercado para producir bienestar de forma autónoma, los partidos progresistas tienen la oportunidad de defender la intervención económica

 " (...) las luchas en el seno de la coalición de centro-derecha hicieron que muchos se preguntaran cómo pudo la izquierda obtener un resultado tan pobre. En general, la derecha se presentó a las elecciones unida y salió dividida en cuanto a resultados y opiniones. Estas diferencias en los resultados se atribuyen comúnmente a la excepcional campaña de Giorgia Meloni y a la reputación positiva de su partido como el único partido de derechas que no ha entrado en coaliciones con sus rivales políticos en diferentes partes del espectro. Sin embargo, esta perspectiva no explica, por ejemplo, cómo el FdI ganó votos incluso de votantes que antes eran de izquierdas.

Lo que marcó la línea

El hecho de que el Fratelli di Italia haya sido dos veces más popular que los otros partidos con los que compartió plataforma en su coalición, revela una ventaja que sólo puede residir en una percepción diferente de los partidos y sus prioridades.

En una encuesta realizada por el CISE, los encuestados de los distintos partidos revelaron diferencias en sus prioridades, respectivamente. Su análisis muestra que los partidos de la coalición de derechas dan una importancia similar a la supresión de la renta ciudadana, una forma de prestación de desempleo condicionada introducida por el M5S en 2019. 

Lo que marcó la línea entre el FdI y el resto de la coalición fueron cuatro temas en particular: la construcción de nuevos gasificadores, el acercamiento de Italia a un sistema presidencialista, la reducción de los poderes del poder judicial, y la abolición de las subvenciones para la renovación ecológica de los propietarios de viviendas (esta política sufrió falsas reclamaciones y abusos). Por su parte, los demás partidos de la coalición obtuvieron mejores resultados en cuestiones clásicas del conservadurismo, como el mantenimiento de la ilegalidad de la eutanasia, la limitación del aborto, la condonación de impuestos y la reducción del acceso de los inmigrantes a las prestaciones sociales.

Esta preferencia por reforzar el gobierno, aumentar la seguridad energética y recortar el gasto -incluso a costa del medio ambiente- por encima de cuestiones como la inmigración o la fiscalidad, coincide plenamente con las prioridades de los italianos a partir del verano de 2022. Según el Eurobarómetro Estándar 97, muchos votantes consideraban que abordar el suministro de energía y la situación económica era entre un 12 y un 16% más importante que la acción climática, y entre un 18 y un 25% más importante que abordar la inmigración o los impuestos.

Donde falló la izquierda

La coalición de centro-izquierda -formada por el Partido Democrático (PD) junto a los proeuropeos +Europa (+E) y los Verdes bajo un símbolo común con Izquierda Italiana (Verdi/SI)- se dividió, en cambio, no tanto en términos de prioridades, sino más bien en términos de popularidad y credibilidad.

El Partido Democrático, más popular, intentó diferenciarse de la derecha criticando las preocupaciones menos decisivas, en lugar de centrarse en alternativas a sus puntos fuertes. De hecho, una encuesta del CISE reveló que el PD era considerado más creíble en lo que respecta a garantizar un acceso más fácil a la ciudadanía para los hijos de los inmigrantes legales y una fiscalidad progresiva. El partido también fue el segundo menos partidista entre los partidos que llegaron al parlamento, dando un 36% menos de prioridad a los temas altamente divisivos que el FdI. Cuando se trata de los clásicos caballos de batalla de la izquierda, como el salario mínimo, el impuesto sobre el patrimonio, la legalización de las drogas y el ecologismo, los italianos consideraron al PD menos creíble que otros partidos de su coalición y, en algunos casos, incluso menos que el Movimiento 5 Estrellas, que ni siquiera es formalmente de izquierdas.

Esto se vio agravado por el hecho de que los votantes de izquierdas interesados en los más pequeños +E o Verdi/SI -que sí tenían credibilidad en cuanto a su posicionamiento- se vieron desanimados a votar por la actual legislación electoral italiana. Muchos votantes fueron rechazados por el hecho de que el sistema electoral concede escaños parlamentarios al Partido Democrático incluso si los electores votaron a un partido diferente de su coalición. Esta apatía de los votantes explica en parte la participación electoral más baja de Italia desde la Segunda Guerra Mundial. En general, la izquierda se hizo sustituible por la derecha al restar importancia a sus valores, centrándose en cambio en desacreditar a sus oponentes.

Una cuestión de historia

Sin embargo, las divisiones en el seno de la mayoría no son en absoluto extrañas en la política italiana. Una media de 67 días para formar gobierno tras unas elecciones generales y una tasa de 0,9 gobiernos por año hacen que Italia sea famosa por su inestabilidad política. Un modelo político al estilo anglosajón es la respuesta de Giorgia Meloni a este problema, quien dice que si fuera británica, habría sido tory. Sus propuestas para llevar a Italia hacia un sistema presidencialista y su admiración por los sistemas políticos bipartidistas han hecho que muchos establezcan comparaciones entre ella y Margaret Thatcher, especialmente en conjunción con sus críticas al intervencionismo económico de Marine Le Pen y sus posturas atlantistas y clásicamente liberales en varios temas.

(...) Tras la guerra, países como Alemania e Italia se convirtieron en los principales ejemplos de liberalismo social -también conocido como liberalismo de izquierdas en Alemania y simplemente liberalismo en Estados Unidos-, que contempla un Estado intervencionista que puede limitar las libertades individuales si resultan perjudiciales para el conjunto de la sociedad, garantizar la separación de poderes y la independencia de los medios de comunicación, y mantener una distribución equitativa del poder económico. (...)

La vena liberal de Thatcher, que considera la defensa como una prioridad mayor que el gasto social, ganó popularidad en plena Guerra Fría. No es de extrañar que esta política vuelva a resurgir ahora que la guerra hace estragos en Ucrania. Con el nuevo aumento de las tensiones en Europa, Meloni está decidido a hacer más fuerte a Italia siguiendo el ejemplo de los republicanos y los tories hace 40 años, abrazando la agenda neoliberal y potenciando las libertades individuales por encima del bienestar social. Mientras tanto, el centro-izquierda italiano carece de valor para hacer de los principios del social-liberalismo, especialmente en lo que respecta a la intervención del Estado en la economía, una parte central de su programa. Se centraron en asociar a Meloni con Viktor Orbán, aunque era evidente que Bruselas no toleraría el soberanismo e Italia no podía permitirse perder el apoyo de la UE. Se concentraron más en señalar los orígenes del FdI en el posfascismo, mientras se olvidaban de recordar a sus electores lo que hizo de Italia una democracia social liberal en primer lugar.

Un cambio de perspectivas

El aumento de los precios es la primera preocupación de los ciudadanos de la UE, que lo atribuyen principalmente a la guerra de Ucrania. Es de esperar entonces que las preocupaciones en torno a la ecología política pierdan protagonismo a medida que la prioridad pase a ser el mantenimiento de un Estado fuerte que pueda capear las crisis.

Los países autocríticos, como Italia, tienden a compararse con otros países. La vulnerabilidad de Alemania, expuesta por la crisis energética de Europa, determinó su caída en desgracia como uno de los puntos de referencia históricos de Italia. Los italianos miran ahora a otros lugares -al sistema presidencialista francés y al neoliberalismo de los Países Bajos- como modelos de gobernanza política y económica.

Con pocas alternativas en la izquierda, los italianos no votaron por el fascismo, sino por la promesa de seguridad, un objetivo actualmente más urgente que la igualdad social. Sin embargo, en el contexto de la guerra en Ucrania y del creciente escepticismo sobre la capacidad del mercado para producir bienestar de forma autónoma, los partidos progresistas tienen la oportunidad de defender la intervención económica y el liberalismo social. Para los partidos pequeños con grandes ambiciones, como Verdi/SI, esta visión combinada con la reforma electoral debería ser prioritaria."        (Thomas Simon Mattia, Breve New europe, 25/11/22; traducción DEEPL)

27.10.22

Siento una fascinación creciente por Juan Manuel Moreno Bonilla en coordenadas similares a la que profeso por Tamara Falcó... Juanma es un político premeditadamente apolítico pero profundamente ideológico... Apolítico por dejar a los consejeros la suciedad de lo concreto para él quedarse con el papel principesco... Ideológico porque su propuesta husmea en la aspiración de la gente sumida en una época convulsa: sucedáneo de clase media, cero conflicto, hipernormalidad, depositar la confianza en quien anhelamos ser. Es el yernismo, el deseo de compartir Cruzcampo, serranito y anecdotario con tu mandatario. Estas cosas empiezan como una broma y acaban dentro de 30 años... Esto en España ya pasó. Concretamente el día que a Albert Rivera le hicieron en Vanity Fair aquella portada jugando al billar, como a Bradley Cooper... Vivimos en un mundo donde hay procedimientos para blanquear desde los dientes al ano... Es decir, que vivimos en un mundo inmensamente gilipollas. La cosa es que a algunos todo esto les viene estupendo, justo a los que deben jugar al despiste entre lo que hacen y quiénes parece que son... Si a la izquierda le valiera con la carrera por el producto, ni Pedro Sánchez ni Yolanda Díaz tendrían dificultades en lo electoral, uno con su sonrisa de medio lado, Gary Cooper de Consejo Europeo, otra con su encanto norteño, capaz de hacer cercanas las arideces de la legislación laboral. La izquierda necesita plantearse muy bien quién dice ser para que haya gente que quiera escuchar lo que hace. Y ahí radica la gran diferencia Mientras que la derecha debe prefabricar un producto para tener margen escénico a la hora de llevar a cabo sus políticas, a la izquierda sólo le vale con fabricar políticas de las que derivar todo lo demás, no solo caudal electoral, sino organización, identidad, comunidad y horizonte (Daniel Bernabé)

 "Primero, la confesión: siento una fascinación creciente por Juan Manuel Moreno Bonilla en coordenadas similares a la que profeso por Tamara Falcó. El interés no puede ser otro que el de descifrar el pulso del momento a través de personajes que, de improviso, parecen ungidos con los óleos de la popularidad. Que hablen mucho y bien de ti en la televisión es lo que más importa para pasar del ostracismo al estrellato, eso parece claro. Lo que no podemos confundir es la herramienta y el resultado con el motivo por el que el producto se acaba vendiendo: esa es la particularidad que conviene desentrañar. La fama es ese fenómeno que describe más al público que siente la admiración que al individuo que la suscita, más o menos como la gripe, que nos es indiferente como virus a nos ser que nos deje postrados en cama.

Segundo, la situación. Hablamos de un político, más concretamente de uno que preside la Junta de Andalucía, la comunidad más poblada del país, durante años baluarte del PSOE para pasar en 2019 a manos del PP, aun quedando segunda fuerza en las elecciones. El 19 de junio del presente año, el señor que nos ocupa no sólo revalidó su mandato, sino que lo hizo por mayoría absoluta. Ahí no queda la cosa. Desde su victoria, Juanma Moreno no para de darse baños de multitudes como si fuera Luis Miguel a mediados de los noventa, promocionando un disco. Miren las imágenes en Lebrija el pasado 5 de octubre: ellos le echan fotos y le estrechan vigorosamente la mano, ellas le gritan guapo a coro, tras de una valla, mientras él se deja querer. ¿Un político rompiendo corazones de mediana edad en la época de la antipolítica?¿Qué ha pasado aquí?¿Qué nos hemos perdido?

Quizá todo empieza por cómo te llaman. Moreno Bonilla suena a traje de tergal marrón, despacho de muebles oscuros y un código de arrendamientos manoseado sobre el escritorio. Quizá a personaje de Bruguera: superintendente Bonilla, calvicie, porrusalda y un secretario miope que te arruina los planes. Juanma Moreno es otra cosa. Juanma Moreno puede regentar un gastro-bar en el Albaicín atento a las últimas tendencias en alergias alimentarias, Juanma Moreno conoce ese rinconcito de una playa de Bolonia donde triunfar en Instagram, Juanma Moreno practica deportes de aventura en Benamejí. También se deja tatuar, esto ya no como posibilidad sino como suceso, por un artista de Linares. Lo extraño no es que lo prometiera en campaña, ese lapso de la vida de un político donde vende frigoríficos a los esquimales, sino que lo cumpla cuando nadie parecía esperarlo: va crecidísimo, como un presentador de variedades tras la gala de Nochevieja. 

Juanma se tatuó “A 58”, el número de escaños de su triunfo electoral, la A de Andalucía, quizá de ascensión, álgido o amazing leído con dicción a lo Rosalía, puede que de ambivalencia, esto ya con mi voz. Ambivalencia porque Juanma es un político premeditadamente apolítico pero profundamente ideológico. Apolítico por interpretar a un líder exento de la herrumbre que implica el ejercicio del poder, dejando a los consejeros la suciedad de lo concreto para él quedarse con el papel principesco que ya ostentó el día de su coronación. Ideológico porque su propuesta husmea en la aspiración de la gente sumida en una época convulsa: sucedáneo de clase media, cero conflicto, hipernormalidad, depositar la confianza en quien anhelamos ser. Es el yernismo, el deseo de compartir Cruzcampo, serranito y anecdotario con tu mandatario. Estas cosas empiezan como una broma y acaban dentro de 30 años.

Juanma Moreno es la política del aperitivo, del domingo a mediodía, del programa de Juan y Medio, faro del entretenimiento, también apolítico y a la vez inmensamente ideológico. No es que Juanma haya encantado a los antiguos votantes del PSOE, es que los antiguos votantes del PSOE ya eran de Juanma década y media antes de que existiera. Cuando a Thatcher le preguntaron de qué parte de su legado se sentía más orgullosa, contestó ufana que de Tony Blair. Algo parecido pueden decir los dirigentes del proyecto político que empieza con Rafael Escuredo y acaba con Susana Díaz, desconozco si a diferencia de la Dama de Hierro esa era su intención. No es que Moreno Bonilla sea infalible, es que la derecha debe jugar al despiste entre lo que hace y quién parece que es. Y su equipo de publicidad y promociones, el propio y el repartido por el nutrido entramado de comunicación privada, se ha aprendido bien la cartilla: las clases permanecen pero las máscaras cambian.  

Esto en España ya pasó. Concretamente el día que a Albert Rivera le hicieron en Vanity Fair aquella portada jugando al billar, como a Bradley Cooper, salvo que el primero decidió dejar de ser actor para pasar a ser patriota, que es algo parecido salvo que con hostias en la mesa. Aquel tipo lo tenía todo para encarnar lo aspiracional, que es eso que pensamos llegar a ser para olvidar lo que somos. Sin embargo, decidió salirse de la raya y apuntarse a lo de Abascal: guerras culturales, mucho barro y diez mentiras por minuto. Imaginen que Juanma Moreno le hubiera andado a la zaga a Olona y Meloni: si lo tuyo no es dar navajazos para qué verse envuelto en una riña tabernaria. Esta es una valiosa enseñanza a la hora de vender política: primero que tu producto conecte con lo que se demanda, segundo no querer vender lo de la tienda de al lado. Tercero, que seas tú quien decide lo que se demanda, eso es lo que hace la tele. Círculo cerrado.

Vivimos en un mundo donde hay procedimientos para blanquear desde los dientes al ano. Ya me disculparán ustedes si les pillo desayunando o algo así, pero es que es verdad. Al parecer hay gente que requiere cambiar de tono la piel de ese orificio, que paga por ello, también otros que toman el sol a través del mismo porque les han dicho que así recargan los chakras. Es decir, que vivimos en un mundo inmensamente gilipollas. La cosa es que a algunos todo esto les viene estupendo, justo a los que deben jugar al despiste entre lo que hacen y quiénes parece que son. Si a la izquierda le valiera con la carrera por el producto, ni Pedro Sánchez ni Yolanda Díaz tendrían dificultades en lo electoral, uno con su sonrisa de medio lado, Gary Cooper de Consejo Europeo, otra con su encanto norteño, capaz de hacer cercanas las arideces de la legislación laboral.

La izquierda necesita plantearse muy bien quién dice ser para que haya gente que quiera escuchar lo que hace. Y ahí radica la gran diferencia, puede que injusta pero del todo real, que caracteriza las diferentes necesidades del espectro político. Mientras que la derecha debe prefabricar un producto para tener margen escénico a la hora de llevar a cabo sus políticas, a la izquierda sólo le vale con fabricar políticas de las que derivar todo lo demás, no solo caudal electoral, sino organización, identidad, comunidad y horizonte. No es la pericia a la hora de jugar al juego, es el convencimiento para entender que las reglas del juego no son las mismas. "                 (Daniel BernabéInfo Libre, 25 de octubre de 2022)

15.6.22

Piketty: ¿Es posible salir de la actual democracia de tres niveles en Francia y, más generalmente, a escala europea?... 32% de los votos para el bloque de izquierda; 32% de los votos para el bloque liberal o de centro-derecha; 32% del bloque nacionalista o de extrema derecha... ¿Es posible reconstruir una división izquierda-derecha centrada en cuestiones de redistribución y desigualdad social? Esta es la cuestión central de las actuales elecciones legislativas en Francia... La vuelta a una confrontación centrada en la cuestión social es una necesidad porque los conflictos resueltos con la mediación de la clase social permiten el funcionamiento de la democracia

 "Salir de la democracia de tres niveles.

 ¿Es posible salir de la actual democracia de tres niveles en Francia y, más generalmente, a escala europea e internacional, y reconstruir una división izquierda-derecha centrada en cuestiones de redistribución y desigualdad social? Esta es la cuestión central de las actuales elecciones legislativas en Francia.

Recordemos primero los contornos de la democracia a tres bandas, tal y como se expresó en la primera vuelta de las elecciones presidenciales. Si sumamos los distintos candidatos de los partidos de izquierda y ecologistas, obtenemos un 32% de los votos para el bloque de izquierda, que puede describirse como partidario de la planificación social o social-ecológica. Si combinamos los votos emitidos por Macron y Pécresse, obtenemos también el 32% de los votos para el bloque liberal o de centro-derecha. Llegamos exactamente al mismo resultado del 32% si sumamos los tres candidatos del bloque nacionalista o de extrema derecha (Le Pen, Zemmour, Dupont-Aignan). Si dividimos el 3% del candidato ruralista inclasificable (Lassale) entre los tres bloques, llegamos a tres tercios casi perfectamente iguales.

Esta tripartición se explica en parte por las especificidades del sistema electoral y la historia política del país, pero sus fundamentos son más generales. Hay que tener en cuenta que la tripartición no significa el fin de las divisiones políticas basadas en la clase social y los intereses económicos divergentes, sino todo lo contrario. El bloque liberal obtiene, con mucho, sus mejores resultados entre los votantes más favorecidos socialmente, sea cual sea el criterio utilizado (ingresos, riqueza, educación), especialmente entre las personas de más edad. El hecho de que este "bloque burgués" consiga atraer a un tercio de los votos se debe también a la evolución de la participación, que en las últimas décadas ha sido mucho mayor entre los votantes más ricos y de mayor edad que entre el resto de la población, lo que no ocurría antes.  

De hecho, este bloque ha combinado las élites económicas y adineradas, que solían votar al centro-derecha, con las élites educadas que han tomado el centro-izquierda en muchos lugares desde 1990, como muestra la Base de Datos Mundial de Claves Políticas y Desigualdad. Sin embargo, con una participación igualitaria en todos los grupos sociodemográficos, este bloque sólo obtendría una cuarta parte de los votos y no podría pretender gobernar en solitario.

 Por el contrario, el bloque de izquierdas estaría en cabeza, ya que obtiene mejores resultados entre las clases socioeconómicas más bajas, y especialmente entre las generaciones más jóvenes. 

El bloque nacionalista también estaría por delante, pero sólo ligeramente, ya que su perfil de voto de clase baja está más repartido entre los grupos de edad.

En cierto modo, se podría decir que esta tripartición recuerda a las tres grandes familias ideológicas que han estructurado la vida política durante más de dos siglos: el liberalismo, el nacionalismo y el socialismo. 

Desde la Revolución Industrial, el liberalismo se ha basado en el mercado y en la desvinculación social de la economía, y ha atraído sobre todo a los ganadores del sistema. El nacionalismo responde a la crisis social resultante reificando la nación y las solidaridades etno-nacionales, mientras que el socialismo intenta, no sin dificultad, promover la emancipación universalista mediante la educación, el conocimiento y el reparto del poder. De manera más general, siempre se ha sabido que el conflicto político es estructuralmente inestable y multidimensional (clivaje identitario y religioso, clivaje rural-urbano, clivaje socioeconómico, etc.) y no puede reducirse a un eterno conflicto unidimensional izquierda-derecha que se reproduzca de manera idéntica a lo largo del tiempo.

 Sin embargo, en muchas de las configuraciones observadas en el pasado, o al menos en las que se han mantenido, la cuestión social primaba y definía el eje principal del conflicto político, oponiendo una izquierda social-internacionalista a una derecha liberal-conservadora.

La novedad de la situación actual es que la cuestión social ha perdido intensidad, en parte porque la izquierda en el poder ha diluido su ambición transformadora y se ha plegado a menudo al liberalismo que ha triunfado desde la caída del comunismo, de modo que la cuestión de la identidad se ha impuesto. Lo que define la democracia a tres bandas es, en primer lugar, que las clases populares están profundamente divididas en torno a la cuestión migratoria y poscolonial: el electorado joven y urbano de la clase obrera tiene una sociabilidad más mezclada étnicamente y vota al bloque de izquierdas; por el contrario, el electorado menos joven y más rural de la clase obrera se siente abandonado y se vuelca en el bloque nacionalista. 

El bloque burgués espera mantenerse en el poder a perpetuidad gracias a esta división, pero es una apuesta arriesgada y peligrosa, ya que la retórica desplegada por el bloque nacionalista (y a menudo alentada por el bloque burgués) no conduce a ningún resultado constructivo y sólo exacerba los conflictos sin salida. Contrariamente a lo que afirman los otros dos bloques, el bloque de izquierdas no es en absoluto ajeno a la cuestión de la inseguridad: al contrario, es el más capaz de reunir los recursos fiscales para reforzar la policía y la justicia.

 En cuanto a la acusación de comunitarismo, es particularmente inane. Si los jóvenes de origen inmigrante votan masivamente al bloque de izquierdas, es porque es el único que les defiende del racismo imperante y que se toma en serio la cuestión de la discriminación."               (Thomas Piketty, blog, 14/06/22; traducción DEEPL)

28.3.22

La instrumentalización política de los transportistas precarios: quién se aprovecha... Nada de lo que ocurre en el campo, en el transporte o en muchos otros sectores puede entenderse correctamente sin el diferencial de poder que los recorre y que genera las situaciones de escasez y falta de recursos a las que se ven abocados la mayoría de los participantes. Desde luego, el problema no es el combustible, que sólo empeora las situaciones de partida... Dado que el transporte es un trabajo de imposible deslocalización, se optó por externalizarlo para reducir costes (estilo Amazon). Se fraguó así una organización de la cadena en la que muchos empleados realizan el trabajo al mismo tiempo que corren con los gastos... Es un problema estructural del mercado, producto de la falacia de los precios baratos, que debería arreglarse... la introducción de medidas legislativas para paliar estas situaciones serían absolutamente razonables en un sistema capitalista que quisiera seguir denominándose de esa manera... No está ocurriendo de esa manera, y nos entretenemos con la pelea entre los precarios de izquierda y los de derecha, arrojándonos unos a otros las dificultades de los demás... tras asuntos como el de los transportistas, los taxistas o el del campo, “late el conglomerado de frustraciones, sensaciones de maltrato o de abandono que experimentan sectores sociales muy diversos, y que suscitan una masiva empatía ciudadana. Podemos estar, más bien, ante el airado despertar de lo que, acertadamente, se ha etiquetado como 'la España del apaño': sectores que, teniendo trabajo, dedicándose plenamente al mismo, no solo no logran alcanzar las condiciones de vida esperables sino que ni siquiera llegan sin agobios a fin de mes

 "Los taxistas, los conductores, los transportistas o el campo son sectores que se han visto especialmente afectados por la subida de precios. Más allá de las reivindicaciones concretas, sus movilizaciones poseen una lectura ideológica interesante, ya que demuestran que España sigue anclada en la pelea entre izquierda y derecha. Y ningún asunto lo señala con tanta claridad como la clase de pobres y precarios que cada lado del espectro electoral reconoce como suyos.

Hay dos concepciones muy marcadas en la política española y cada una de ellas ha elegido a quiénes defender. Dado que la izquierda aboga por lo público como bandera, por la subsistencia de un estado de bienestar que compensa las desigualdades del mercado, ha priorizado el apoyo a los trabajadores de un sector público maltratado. La insistencia en la sanidad o en la educación les lleva a la demanda de mejores condiciones para los empleados de tales sectores, y en especial de los peor pagados, de los subcontratados o de quienes tienen contratos precarios.

 De igual modo, los parados, las personas en situación de exclusión social y los dependientes, cuyos recursos están vinculados a las ayudas institucionales, son también objeto de su defensa. A ellos suelen añadir los 'riders', las teleoperadoras o las limpiadoras, sectores mayoritariamente urbanos, como lo es buena parte de la izquierda. En estos ámbitos, además, los sindicatos suelen tener presencia y los partidos de izquierda son la opción electoral preferida.

La derecha defiende el mercado, ya que cree que el bienestar social depende del aumento del número de empresas: al existir más compañías, se generan más empleo y más prosperidad. En consecuencia, la defensa de los autónomos, de los microempresarios y de las pymes es acogida como propia. En el campo o en el transporte, estos operadores son dominantes, por lo que sus reivindicaciones encuentran un lógico apoyo en una opción ideológica que los percibe como suyos. A menudo, ese sentimiento es correspondido.

En las grandes empresas que todavía tienen una representación sindical presente, así como en ciertas industrias, la tensión entre capital y trabajo todavía juega, aunque sea de manera muy atenuada, a la vieja usanza. Pero más allá de estos ámbitos, el reparto está claramente establecido: es la defensa de lo público frente a la defensa del mercado. Esa es su pelea discursiva.

Los nuestros contra los suyos

Quizá lo más llamativo sea la forma en que la defensa de unos lleva aparejada la condena de otros, a los que termina culpándose de los males económicos españoles. Para la derecha, el gasto público excesivo, los funcionarios que no trabajan, los subvencionados, las mamandurrias y asuntos similares han estado muy presentes tanto en los diagnósticos como en las soluciones: bastaba con arreglar el despilfarro público para arreglar España. Vox, en este sentido, no es diferente de otros partidos de la derecha, ya que pone énfasis en estos aspectos, e incluso los eleva al señalar la disfuncionalidad del Estado autonómico.

Para la izquierda, las pequeñas empresas y los autónomos son un problema, en la medida en que son poco eficientes y su productividad muy baja: son el principal ejemplo del modelo productivo disfuncional de nuestro país. Por eso suelen ser combatidos como espacios en los que reinan los salarios ínfimos y las condiciones lacerantes. En ese sentido, reivindicaciones como las del campo o las del transporte son fácilmente comprendidas como parte de una lucha política lanzada por la derecha contra el Gobierno, y sectores como el del campo o el de la logística, en los que existen muchos autónomos, microempresas y pymes, son señalados como parte de un juego hipócrita en el que empresarios ricos se aprovechan de las situaciones de necesidad de su sector para ganar más dinero aún mediante ayudas estatales.

 Dividir en dos esas capas sociales que pasan dificultades, ya sea como propietario de una pequeña empresa o como sanitario contratado por días, no arregla los problemas; los hace más profundos. El juego político consiste en arrojar unas clases trabajadoras y medias en declive a la cara de los rivales ideológicos. Si convocaban una huelga los sanitarios o los docentes, estábamos ante actos instrumentales de la izquierda; si lo hacen los transportistas, forma parte de una intención política de la derecha y de la ultraderecha. Unos por otros, la casa sin barrer.

Una mala comprensión

Las cosas no son tan sencillas, desde luego. En primer lugar, porque tanto en un espacio económico como en el otro, los recursos y las condiciones de desarrollo del empleo son cada vez peores, por distintas razones. Los males del mundo laboral son conocidos, pero los de las microempresas y los autónomos lo son mucho menos, y son igual de profundos. En segunda instancia, porque como demuestran huelgas como la de Cádiz y las tensiones en el sector agrícola y ganadero, o incluso los problemas de los bares, los enfrentamientos entre los trabajadores de las pymes y estas ocultan un funcionamiento pernicioso del mercado y una ausencia estatal que perjudica a ambos. Interpretar las condiciones económicas actuales bajo los viejos parámetros conduce a situaciones estériles, como ya ha sido explicado.

Sin embargo, seguimos anclados en los viejos marcos de pensamiento. La visión ideológica de la derecha impide que se perciba la necesidad de lo público y que se constate hasta qué punto está deteriorado, así como la relevancia que tiene para el conjunto de la sociedad. Nos damos cuenta de ello a golpe de crisis, como en la pandemia con los sanitarios y los docentes, y vamos a ser aún más conscientes en esta guerra fría, pero después se olvida. La visión de la izquierda indica la falta de comprensión acerca de cómo funciona la economía hoy, de los motivos que llevan a un deterioro profundo a sectores necesarios, y de la importancia para España de empresas que son todavía el centro del trabajo nacional.

El coste barato

Esto es relevante en el caso de los transportistas. Son un sector esencial, no solo por la tarea que realizan, sino por el empuje estructural para que su coste sea barato. El ejemplo más evidente, por popular, es el de Amazon. Sin la persona que lleva el paquete hasta la puerta del domicilio, si eso desapareciera, Amazon no sería la empresa de enorme éxito que es. Pero si el coste de ese último reparto fuera elevado, Amazon tampoco sería competitiva. Es cierto que su poder de mercado le permite apretar a los proveedores, de modo que el coste de servicios como Amazon Prime sea absorbido por estos, pero eso es parte del problema.

 Dado que el transporte es un trabajo de imposible deslocalización, se optó por externalizarlo para reducir costes. Se fraguó así una organización de la cadena en la que muchos empleados realizan el trabajo al mismo tiempo que corren con los gastos, empezando por la herramienta principal, el vehículo, o en el que son empleados con salarios bajos. Las empresas mediadoras son las más beneficiadas, pero también están muy expuestas, dado que los precios son impuestos por compañías de mayor tamaño, que son los contratantes de última instancia. Y si estos habitualmente aprietan, en instantes como el presente más aún, con lo que los precios de toda la cadena circulan a la baja. Es un problema estructural del mercado, producto de la falacia de los precios baratos, que debería arreglarse. Los transportistas afirman, con razón, que no quieren subvenciones, sino unas condiciones justas.

El poder de mercado

El problema de fondo, el que oculta esta lucha entre las preconcepciones de la izquierda y de la derecha, es el del poder. En general, las ideologías de los últimos años, de un lado y de otro, han sido muy reacias a abordar el asunto del poder, y lo hemos visto con consecuencias funestas en el plano internacional. Pero también en el económico está surtiendo efectos profundos.

Hay armas para evitar que las situaciones de poder carezcan de contrapeso. El derecho laboral surgió precisamente para evitar que el diferencial de poder entre quien contrataba y el contratado pudiera aprovecharse para conducir a situaciones claramente injustas. Las leyes de competencia, en su origen, tenían esa misma orientación, la de control de un poder que podía distorsionar en su favor las condiciones de funcionamiento de mercado, ya fuera mediante la creación de monopolios o mediante la competencia desleal protegida por el mayor músculo económico, la fijación de precios y tantos otros instrumentos. La esencia, en todo caso, era la de introducir equilibrios para que quienes tenían menos (o mucha menos) influencia en la cadena vieran sus derechos amparados.

 Nada de lo que ocurre en el campo, en el transporte o en muchos otros sectores puede entenderse correctamente sin el diferencial de poder que los recorre y que genera las situaciones de escasez y falta de recursos a las que se ven abocados la mayoría de los participantes. Desde luego, el problema no es el combustible, que sólo empeora las situaciones de partida. Por lo tanto, entender la importancia del poder en el mercado, así como el papel que debe jugar la legislación laboral y la de competencia, y la introducción de medidas legislativas para paliar estas situaciones serían absolutamente razonables en un sistema capitalista que quisiera seguir denominándose de esa manera.

No está ocurriendo de esa manera, y nos entretenemos con la pelea entre los precarios de izquierda y los de derecha, arrojándonos unos a otros las dificultades de los demás. Y es cierto que, por mucho que parezca no importarle a nadie, este choque tiene consecuencias políticas obvias, especialmente peligrosas en momentos de gran transformación como es el presente.

 Como señala una nota de Metroscopia, tras asuntos como el de los transportistas, los taxistas o el del campo, “late el conglomerado de frustraciones, sensaciones de maltrato o de abandono que experimentan sectores sociales muy diversos, y que suscitan una masiva empatía ciudadana. Podemos estar, más bien, ante el airado despertar de lo que, acertadamente, se ha etiquetado como 'la España del apaño': sectores que, teniendo trabajo, dedicándose plenamente al mismo, no solo no logran alcanzar las condiciones de vida esperables sino que ni siquiera llegan sin agobios a fin de mes. Un tema que, muy probablemente, no se encuentra aún en su máxima expresión”.                 (Esteban Hernández, El Confidencial, 25/03/22)

10.12.21

Esteban Hernández: las consecuencias políticas del descontento laboral: estamos entrando en la recuperación y aunque el paro sigue siendo muy elevado, comienza a llover menos... por otra parte, es en épocas de recuperación, en que la economía despega, cuando más reivindicaciones laborales existen... y además flota un humor diferente, como no puede ser de otra manera con una pandemia de por medio, que añade una carga de malestar adicional... En resumen, por más que el cuadro macro permita dibujar un buen gráfico, los números en muchos hogares no van a ser buenos, por lo que es natural que la conflictividad regrese... España necesita una opción económica sólida, precisa más trabajo y mejores salarios, y que empleados, autonómos y pymes tengan un futuro mucho más razonable. Con las soluciones actuales, seguiremos en la misma dinámica decadente. Necesitamos que la política encare el problema material de otra manera, que se vuelque en la economía productiva, y esta época se presta a hacerlo

 "La asignación de capital típica de nuestra economía provoca evidentes problemas en el ámbito del trabajo, un terreno esencial para la articulación de la vida social, pero que parece haber perdido peso político en los últimos tiempos. (...) 

Desde la izquierda, el trabajo se traduce en la reivindicación de aumentos salariales y en la mejora de las condiciones de realización de las tareas. Desde la derecha, se prefiere señalar que la manera de crear trabajo es flexibilizar el mercado, liberando de trabas a los empresarios para contratar y despedir. Ojalá fuera tan sencillo. 

En todo caso, esta manera de traducir las aspiraciones laborales suele favorecer, en lo conceptual, a la derecha, porque mientras unos señalan las mejoras necesarias para los trabajadores, otros hablan de la necesidad de crear empleo, y este es un momento en que el paro es elevado. Por así decir, el enfoque de la derecha aparece como más transversal.

Y los temas laborales benefician más a la derecha en la medida en que la izquierda, en particular la activista, parece incómoda con ellos. La última tendencia es lo que se ha llamado 'la gran dimisión', o 'la gran renuncia', un fenómeno principalmente anglosajón, que consiste en abandonar el puesto de trabajo a pesar de no tener otro, que ha sido muy celebrado. 

Es una visión algo torpe, en la medida que implica el tipo de blandenguería estructural a que la izquierda activista siempre ha sido tan aficionada. Marcharse del trabajo si las condiciones no son buenas puede ser una salida lógica, que no siempre acaba bien, pero se trata de una solución individual a un problema estructural.

 Quizá fuera más provechoso, si hay tantas personas quemadas, utilizar esa fuerza para cambiar las cosas; también la huelga implica renuncia a trabajar, pero con un propósito colectivo. Eso no significa que esa opción, individualmente considerada, sea mala, sino que es eso, individual. Y tomar la resignación como solución no parece el mejor camino.

Por más que el cuadro macro sea positivo, los números en muchos hogares no van a ser buenos: es natural que la conflictividad regrese.

(...) este momento va a ser socialmente complejo. Las cifras de empleo mejoran, estamos entrando en la recuperación y aunque el paro sigue siendo muy elevado, comienza a llover menos. Por otra parte, es en épocas de recuperación, en que la economía despega, cuando más reivindicaciones laborales existen. Y dado que los salarios suelen ser escasos, y hemos entrado en una dinámica inflacionaria, sea temporal o no, será lógico que la conflictividad aumente. 

Así lo han anunciado los sindicatos, y diferentes colectivos del transporte y del campo han mostrado ya su descontento. Y además flota un humor diferente, como no puede ser de otra manera con una pandemia de por medio, que añade una carga de malestar adicional. En resumen, por más que el cuadro macro permita dibujar un buen gráfico, los números en muchos hogares no van a ser buenos, por lo que es natural que la conflictividad regrese.

 Para que la recuperación sea realmente plena y alcance todos los estratos de la sociedad, tendríamos que poner mucho más foco en el trabajo, porque es la principal fuente de ingresos de una gran mayoría de españoles, porque nuclea nuestro tiempo de vida, por su presencia o por su ausencia, y porque, y suele olvidarse, es la base de la economía productiva, aquella en la que se apoyan todas las apuestas financieras que circulan por encima. Sin embargo, el trabajo es un espacio que resulta difícil de abordar.

1. La batalla entre pymes y trabajadores

Una primera contradicción que aparece en el examen del trabajo, con consecuencias políticas y económicas, es la capacidad para generar conflictos entre estratos que deberían entender que sus intereses son comunes. La huelga de Cádiz es un ejemplo. Recordemos que se trata de un conflicto entre los trabajadores de las empresas auxiliares y estas. Es decir, firmas que dependen de otras de mucho mayor tamaño, que son las que finalmente abonan las tareas. En esa cadena se ha producido una rebaja general de costes, de manera que la empresa mayor presiona a las subcontratadas a la baja, y estas desplazan la misma acción hacia sus empleados, lo que da lugar a peores condiciones y peores salarios, hasta que la situación se vuelve insoportable y estalla el conflicto.

 Se trata de una fórmula muy habitual: en sectores como el transporte o en el campo, muchos de los empresarios dependen de su inserción en cadenas que les presionan permanentemente para que afinen los costes. Muchos de ellos, más que propietarios, son proletarios que aportan los medios de producción. Transportistas endeudados por la compra de su vehículo (una preciosa narración al respecto aparece en ‘Sorry, we missed you’, de Ken Loach), agricultores o comerciantes endeudados, que cada vez tienen menos margen. No son ejemplos aislados: ocurre en sectores como la construcción, con elevada externalización, y se ha prolongado en muchos otros. E incluso en aquellas pequeñas empresas que no están insertas en cadenas, viven en la misma dinámica: el bar, el negocio español por excelencia, es un buen ejemplo. De esos modelos y de lo perniciosos que resultan ya hemos hablado aquí y aquí.

 Todas estas empresas, que son las que más trabajo dan en España, resultan especialmente sensibles a las subidas de costes fijos, y ahora es el momento en que esos incrementos se están produciendo, ya sea por el combustible, por las materias primas, por la electricidad o por el transporte. Dado que estas empresas se ven presionadas por arriba y por abajo, es probable que sean las que paguen el coste de la recuperación. De momento, y al contrario que a las grandes, la pandemia les ha dejado con más deuda, y en el mejor de los casos, con pérdida de ingresos. Los pequeños empresarios y los autónomos no lo van a pasar bien en los tiempos que vienen, salvo que las cosas cambien.

 La idea general desde la derecha, y la suscribe buena parte del Gobierno, es que resulta necesario un cambio de modelo, que las pequeñas empresas deben crecer o desaparecer, ya que son ineficientes; desde la izquierda, simplemente señalan que están obligadas a subir los salarios. Pero ninguna de ambas propuestas parece una solución, más bien se trata de una condena.

En ese escenario, aparece la presión desde la izquierda para que suban los salarios y aumenten las cotizaciones, y eso explica la tensión en estos sectores respecto del SMI. Es un problema muy difícil de solucionar si se enfoca el asunto desde las partes, porque los trabajadores exigen algo muy razonable y las pequeñas empresas insisten en que no tienen margen, y estructuralmente tienen razón, ya que en esta etapa del capitalismo, y una vez que el factor trabajo fue sofocado mediante deslocalizaciones y externalizaciones, les ha llegado el turno a las pymes, que son las que están siendo presionadas. Solo contemplando el mercado en su totalidad y operando sobre las condiciones estructurales ambas partes podrían encontrar una solución.(...)

Díaz Ayuso consiguió que la votasen los propietarios del bar, los clientes y los camareros, que necesitaban trabajar para llegar a fin de mes. (...)

2. Los profesionales y los excluidos

La segunda contradicción en el ámbito laboral prolonga la primera, en la medida en que se trata de un entorno muy fragmentado, con situaciones muy dispares, donde el hecho de ejercer una profesión determinada no otorga un lugar social ni un nivel económico: un arquitecto o un abogado pueden contar con ingresos muy precarios mientras que otros pertenecen a las clases más altas, y un cocinero cobrar el salario mínimo o uno muy elevado. (...)

Todo este panorama supone que, como efecto de la errónea asignación de capital y del dominio de lo financiero, exista un mercado laboral de dos direcciones, en el que la mayor parte de los empleados sale perdiendo. (...)

Esa divergencia opera también en el ámbito territorial, que es el otro gran efecto de la deslocalización y de la externalización. Las ciudades globales aspiran la gran mayoría de los recursos disponibles, mientras las pequeñas y las intermedias viven momentos de decadencia. En el caso español, nuestra ciudad global por excelencia, Madrid, concentra la mayoría de la actividad, Barcelona y el País Vasco consiguen captar parte de ella, mientras que el resto de las comunidades autónomas van hacia abajo. Salvo algunos focos, y ahora ocurre en Valencia y Málaga, el trabajo que se encuentra en los territorios olvidados está peor retribuido que el empleo similar en las grandes ciudades. (...)

¿Sirve una simple apelación a mejores salarios o a mejores condiciones laborales para que esas situaciones tan ancladas en elementos culturales, ya sea de clase o territoriales, puedan orientar su voto hacia fuerzas políticas concretas? Es poco probable. Y esto perjudica especialmente a la izquierda, ya que salvo en las comunidades donde el nacionalismo está más implantado, la posibilidad de unir identidad y clase es algo que no han sabido hacer, mientras que a la derecha le resulta mucho más sencillo. Quizá por ello han logrado reconstruir su opción política orientándola hacia la burguesía bohemia, lo que les hace ver el trabajo como secundario respecto a las opciones culturales que cultiva su clase, ya que aspiran a una sociedad más ecológica, inclusiva, diversa y con tiempo de ocio; es más importante este que el trabajo, que no genera identidad por sí mismo.

Todo este contexto haría difícil que la izquierda se centrase en el trabajo como opción política, que un partido laborista tuviese recorrido, porque podría perder por los dos lados. Los tiempos electorales que vienen serán muy distintos dependiendo de que la recuperación sea sólida o no; en el primer caso, los réditos irían a parar al PSOE, y en el segundo, si la derecha sabe aprovechar sus bazas, tanto el PP como Vox podrían obtener muchos votos. No porque tengan grandes recetas, porque el mismo PP sigue anclado en su programa de hace una década y media, sino porque pueden encontrar una receptividad mayor entre la población. En general, la economía suele ser un terreno favorable a la derecha, y siendo oposición en un momento de crisis, más todavía.

3. Una solución es necesaria

Puede ser que, en este escenario, la izquierda tenga la tentación de olvidarse de plantear la batalla en términos económicos, e insistir en otras variables. (...)

Pero es también una idea errónea que la derecha siga insistiendo en reformas del mercado laboral como solución mágica, o que crea que la digitalización es el camino de salida, cuando va a destruir empleos. El trabajo y los recursos van a ser muy importantes en los próximos tiempos, y esta relevancia se manifiesta de continuo en la conflictividad laboral, en las dificultades en las pequeñas empresas y en el malestar de la España Vaciada y de sus ciudades pequeñas e intermedias. En poblaciones que ven el futuro con incertidumbre y el presente con descontento, las soluciones materiales resultan imprescindibles.

Sería necesario que los partidos comenzasen a tomarse el problema en serio, a afrontarlo de verdad, y que lo hagan saliéndose de los lugares comunes en que se mueven. España necesita una opción económica sólida, precisa más trabajo y mejores salarios, y que empleados, autonómos y pymes tengan un futuro mucho más razonable. Con las soluciones actuales, seguiremos en la misma dinámica decadente. Necesitamos que la política encare el problema material de otra manera, que se vuelque en la economía productiva, y esta época se presta a hacerlo."                 (Esteban Hernández, El Confidencial, 03/12/21)

15.10.20

Hay un desplazamiento tectónico de la derecha, que quizá no estamos terminando de percibir. Las nuevas derechas se han convertido no en fuerzas antisistema, sino en contraculturales. Reivindican su papel de víctima, dicen ser atacadas, culpadas y perseguidas. Las derechas afirman ser un bastión sólido contra fuerzas que tratan de subvertir el orden vigente

 "Helen Pluckrose y James A. Lindsay publicaron a finales de agosto un interesante libro, ‘Cynical theories’, en el que critican la base intelectual de ese activismo erudito tan de moda en los últimos tiempos de la izquierda.  (...)

En el texto también subrayan, aunque sea de manera colateral, una consideración pertinente acerca de la naturaleza de las derechas actuales: los movimientos que están creciendo en el mundo afirman defender el liberalismo y la democracia contra una marea progresista y globalista, y se vuelven hacia hombres fuertes que pueden preservar esos valores en un mundo cada vez más débil y quebradizo.

 Parece obvio, pero no lo es tanto. Hay un desplazamiento tectónico de la derecha, que quizá no estamos terminando de percibir. La visión europea de las elecciones estadounidenses puede servir para clarificar este asunto. Normalmente, lo que nos llega describe la pugna entre un partido, el de Biden, cuyos líderes tratan de devolver EEUU a una cierta normalidad institucional frente a un dirigente autoritario que está pervirtiendo su sentido, ignorando las normas y convirtiendo su palabra en ley. Pero ese no es el relato que se cuenta en EEUU, y menos aún entre los republicanos. 

Desde su perspectiva, hay un combate ineludible entre los patriotas que tratan de defender y preservar la Constitución y la esencia de las leyes americanas, los de Trump, y ese conjunto de izquierdistas que se reúnen en torno a Biden, que quieren debilitar EEUU porque odian lo que significa y que buscan transformar radicalmente su país. 

Desde nuestra perspectiva, llamar a Biden marxista suena un tanto exagerado, pero la historia que se vende allí es otra: cuando se habla de ley y orden no es únicamente respecto de los disturbios callejeros, sino que es la misma continuidad de las leyes y las instituciones que los estadounidenses se dieron a sí mismos lo que está en peligro si los demócratas ganan las elecciones.

 Hasta ahora, cuando hablábamos de derechas populistas a lo Trump o de extremas derechas, visualizábamos a movimientos autoritarios que querían cambiar el statu quo. Johnson, Le Pen, Salvini, la AfD, y las derechas del norte de Europa eran un ejemplo de formaciones que abogaban por cambios sustanciales en la arquitectura política.

 Unas lo hacían buscando una ruptura del orden internacional, otras mediante una alianza con los perdedores de la globalización, otras con por el regreso a lo identitario y lo religioso, y muchas de ellas a través de la democracia iliberal. Por unos motivos u otros, eran fuerzas de oposición al sistema.

 La derecha populista actual es otra cosa. Los movimientos en Europa son significativos en este sentido, y el regreso a los partidos tradicionales, a las opciones que no son antisistema, que se está viviendo en la época del coronavirus es llamativo. A Salvini le ha surgido una competidora, Giorgia Meloni, que con sus Fratelli d’Italia, está creciendo en las encuestas, tomando un terreno que la Lega no ha sabido provechar. 

Mantiene una postura escéptica respecto de Europa, pero bastante más moderada que la hostilidad en la que se movía Salvini, y tiene un ideario de derecha dura clásica. En Francia, a Marine Le Pen le ha surgido la competencia de su sobrina, Marion, que de momento emerge como oposición larvada e interior, y que trata de construir un clima para el futuro cercano: si Marine no alcanza la presidencia francesa, lo cual es bastante probable, Marion estará ahí (por cierto, Marion Maréchal y Vox tienen muy buenas relaciones).

En el norte de Europa, las extremas derechas no son fuerzas que estén creciendo lo suficiente como para convertirse en opción de gobierno, en general distan de ello, pero sí están empujando a los partidos sistémicos de derecha hacia posiciones más fuertes. Su importancia no es menor: el UKIP es ya irrelevante en Gran Bretaña, pero empujó a los conservadores hacia el Brexit y Trump tomó al asalto el partido republicano. España ha sido precursora de ese giro, la foto de Colón fue el mejor ejemplo, y lo estamos viendo de nuevo en el asunto de la Comunidad de Madrid.

En este giro, hay tres elementos significativos:

1. Este viraje hacia posturas más fuertes no se produce como un momento de impugnación del sistema, como un intento de transformarlo o de una reivindicación expresa de grandes cambios. Más al contrario, se asienta como la defensa cerrada de las instituciones existentes, al igual que los seguidores de Trump son patriotas que defienden la constitución contra los radicales de izquierda. Las derechas afirman ser un bastión sólido contra fuerzas que tratan de subvertir el orden vigente y las instituciones comunes y, en última instancia, de acabar con ellas. El caso español es también significativo en este sentido.

 2. El segundo asunto es discursivo. Las nuevas derechas se han convertido no en fuerzas antisistema, sino en contraculturales. Reivindican su papel de víctima, dicen ser atacadas, culpadas y perseguidas, y por tanto la función que les es dado jugar no puede ser otra que la de la resistencia. Las izquierdas han impuesto una dictadura cultural, se han adueñado de las televisiones y las radios, dominan la prensa y están permanentemente señalando con el dedo a los luchadores por la libertad. Por lo tanto, estas derechas no son fuerzas propositivas, en el sentido de contar con una visión clara y diferente de lo que debe hacerse, sino resistentes y de combate frente a los radicales que quieren cambiar el orden. 

No hay contenido en sus discursos más allá de la oposición a la deriva de la izquierda. Defender las instituciones, o al menos su lectura de ellas, se convierte en revolucionario, en un movimiento contracorriente, en una defensa guerrillera de las libertades que están bajo ataque. Desde esta perspectiva, una afirmación como la de Díaz Ayuso (“La Justicia, Madrid y el Rey son los que impiden que Sánchez cambie el país por la puerta de atrás”) encuentra todo su sentido.

3. El tercer asunto es que son fuerzas que dicen defender un orden adquirido, pero que lo empujan constantemente un paso más allá. La evolución de la derecha en las últimas décadas es bastante precisa en este sentido, y basta una mirada rápida: Reagan, Bush, Bush Jr. y Trump marcan una línea evolutiva bastante clara. Este aspecto transformador, además, se percibe de modo claro en nuestro momento internacional. Las derechas que han emergido son atlantistas, pero con un ribete peligroso en estos instantes para la Unión Europea. 

Sus posiciones proestadounidenses fomentan la debilidad de la UE; no pretenden acabar con ella, pero sí debilitarla, de modo que, en lugar de construir una Europa fuerte, exista otra de ambiciones reducidas que se pliegue a los intereses de unos EEUU que demandan relaciones comerciales más favorecedoras, mayor gasto militar y mayor seguidismo respecto de sus decisiones en el plano internacional. Habrá que ver si ese giro eurodebilitador se produce también en España, pero ese es el signo de las derechas europeas.

Los dos riesgos

Estos son los tres elementos que conforman la nueva expresión de las derechas actuales, que son, por otra parte, la continuación de tendencias ya imperantes en las viejas derechas. Pero hay dos peligros en ellas que haríamos bien en tomar en consideración. El primero es la capacidad de captación de la derecha liberal por la dura. 

España es una buena muestra de esto, con un PP que coincide en gran medida en el discurso con Vox, lo que no es de extrañar: la actual línea de los populares y la de los de Abascal emana de la FAES; son dos vertientes del aznarismo discursivo e ideológico, por lo que resulta lógico que se emparenten. En Alemania, por ejemplo, un giro a la derecha del partido de Merkel tras la salida de esta podría tener consecuencias muy serias para Europa.

 El segundo es que las mismas instituciones que estos movimientos dicen defender permitan el abrazo del oso. Las instituciones de un Estado representan lo común, y ni deben ni pueden ser defendidas sólo por una parte, ni pueden mostrar simpatía por una posición política concreta. Este elemento lo está olvidando la derecha, muy dada a patrimonializar lo que no le pertenece en exclusiva, y por la izquierda, demasiado dada a pensar en algunos asuntos que sus deseos están a punto de materializarse. Pero, desde luego, son las mismas instituciones las primeras que no deben olvidarlo. Y menos todavía en circunstancias como las presentes, con una crisis sanitaria muy profunda y una económica que puede ser de enorme magnitud."                     (Esteban Hernández, El Confidencial, 13/10/20)

15.7.19

La derecha ha sido revolucionaria en los últimos 40 años y ha conseguido subvertir la sociedad, el orden económico y las mismas democracias liberales...desde entonces ha logrado que la parte superior de la pirámide social acumule más poder y recursos que nunca...

"(...) ¿qué tipo de perversión es central en este tiempo pervertido?

EH: La derecha ha sido revolucionaria en los últimos 40 años y ha conseguido subvertir la sociedad, el orden económico y las mismas democracias liberales desde entonces. Ha logrado que la parte superior de la pirámide social acumule más poder y recursos que nunca. Y lo ha hecho desde una perspectiva diferente, en la que el progreso, la mejora social, conseguir una vida mejor, que era la mentalidad típica de las décadas fordistas, era una meta que solo podía alcanzarse a través de reformas, de cambios y transformaciones incesantes en el sistema. Su mensaje era que debíamos modernizarnos, adaptarnos a los tiempos y seguir caminando hacia un futuro mejor. 

Y lo cierto es que al final de ese camino, lo que nos encontramos es el regreso a la era prefordista y al mismo siglo XIX en niveles de desigualdad, en procesos tayloristas a la hora de organizar el trabajo, ahora digitalmente, y de controlar los procesos de generación de beneficios. De modo que nos empujan hacia el futuro prometiendo mejoras al mismo tiempo que nos hacen retroceder. Ese es un aspecto de cómo la línea temporal se pervierte. Hay otros, pero este quizá sea el más importante.(...)

 En nuestro tiempo, la derecha es aquella opción política que pretende (y lo está consiguiendo de un modo incesante),que la parte superior de la escala social acumule poder y recursos, que está extrayendo del 80-90% restante de la sociedad. Lo peculiar de este tiempo es que ha producido a través de un amplio movimiento de acumulación por desposesión.

 Por una parte, extraen mayores rentas del trabajo, por otra están recogiendo los ahorros y los recursos de buena parte de la población, ya sea a través de la subida de los precios de los bienes esenciales para la subsistencia, ya sea a través de la competencia que expulsa del mercado a pequeños propietarios, o mediante la extracción de las inversiones de las clases medias y medias altas. 

Al mismo tiempo, se han liberado de los límites que la política les fijaba, y cada vez tienen mayor libertad de acción. Eso es, en esencia, lo que representa la derecha, más allá de discursos de banderas, identidadesy demás. La izquierda, en este contexto, no puede ser otra cosa que la opción política que pretende que el poder y los recursos se distribuyan entre la mayor parte de la sociedad. 

Ese es el elemento central hoy, desde mi perspectiva. Hay derechas e izquierdas diferentes, pero todas están a un lado u otro de esta línea.  (...) el sistema actual nos está conduciendo a un lugar político, social y económico mucho peor. Es un tren desbocado.(...) 

Dadas las fuerzas disponibles, y el momento histórico concreto, un poco al modo del 18 brumario, creo que lo prioritario es que el tren no se estrelle con nosotros dentro, ya que es la condición de posibilidad para cualquier otra cosa. Quizá no, y funcione lo de cuanto peor, mejor, pero no es mi opción. (...)

SLA: Apunta en el prólogo del libro una de las paradojas de nuestra época, una época en la que la gran mayoría de la gente tiene menos poder de decisión, sus opciones vitales disminuyen viendo cómo se reducen sus posibilidades de «ascender peldaños en la escalera social», al tiempo que domina la convicción de ser más libres y de que no paramos de avanzar. 

¿Y cómo explica usted esta paradoja? ¿Estamos mal informados? ¿No vemos lo que está delante denuestros ojos? ¿Nos manipulan sin ser conscientes de ello? 

EH: Todos nos damos cuenta más o menos de cuál es nuestra situación, otra cosa son las causas y las explicaciones que le encontramos. Y ahí es fácil entender que somos gente poco actualizada o capacitada, o que no hemos tenido suerte en la vida, o que no hemos tenido posibilidad de formarnos como nos gustaría, o que en el fondo todo nos da igual, o que la culpa es de los emigrantes, o de los españoles o los catalanes, o cualquier otro razonamiento de este tipo en lugar de entender nuestra posición en la estructura social y cómo eso determina buena parte de nuestras posibilidades.    (...)

SLA: ¿Y por qué no somos conscientes de ese lugar social al que alude? No parece que entenderlo sea tan complejo como seguir la demostración del teorema de incompletitud de Gödel por ejemplo. ¿Nos falta consciencia de clase, consciencia social?

 EH: Una de las características de este capitalismo es la gran dificultad para establecer la relación entre sus acciones y los efectos que causa. Todo lo relacionado con el mundo económico y, en especial con el financiero, está rodeado de cierto secretismo, establecido tanto por el conocimiento de su mecánica por parte de pocas personas, y por un lenguaje retórico y complejo cuando sus expertos lo describen.

 La mayoría de la gente percibe su realidad, pero no logra ver qué conexión hay entre los fondos globales nómadas, por ejemplo, y el hecho de que ellos cobren menos, les suban el precio del combustible o el coste de la luz, o el de la mayor inversión que deben realizar en la educación de sus hijos.

 Tener consciencia de clase implica ser consciente también de cuál es tu posición en la estructura social, y de las condiciones que provocan que tengas esa y no otra. No es fácil de ver, la verdad. El segundo punto es que la conciencia de clase también está muy relacionada con el hecho de compartir vivencias con personas que se hallan en una situación similar, y nuestras sociedade sestán bastante individualizadas.  

(...) es sorprendente el pobre análisis que se hace del capitalismo y de cómo funciona hoy, de cuál es su estructura, sus fuentes de beneficio, sus redes de poder y las formas en las que operan (...)

Combatir un sistema que nos está haciendo daño requiere, y más en un momento de irrelevancia electoral de las izquierdas en todo Occidente, el conocimiento con bastante detalle de ese sistema. Pero como carecemos de él, porque se prefiere hacer análisis de trazo grueso, tampoco se puede tener un plan estratégico. Y eso desde la perspectiva materialista es imperdonable.  (...)

EH: A la izquierda le falta entender las recomposiciones de las clases sociales en los últimos años, y Jones, como aquí la izquierda que viene de Unidos Podemos, ha querido más regresar al pasado a ver qué encontraba ahí, que entender qué contiene en realidad eso que llamamos perdedores de la globalización y cómo ponerles de su lado.  (...)

¿Cuáles son las finalidades centrales de esta época de cambios permanentes, ininterrumpidos? ¿Hacia dónde vamos, hacia dónde nos dirigen? 

EH: Hacia un mundo socialmente roto, en el que la parte superior de la escala social está acumulando recursos y poder del resto, como señalaba antes. Estamos en una nueva fase de la acumulación por desposesión. (...)

SLA: No ahorra usted críticas a lo que llama «nueva izquierda». ¿Quiénes forman esa nueva izquierda? En el caso de España, ¿sería Podemos, por ejemplo? 

EH: Sí, en España Podemos, un buen ejemplo de todo lo que no debe hacerse en política. Un partido frágil internamente, sin estructura, articulado a través de impulsos, dependiente del líder, con grandes tensiones internas y con facciones en permanente enfrentamiento. Con una posición políticademasiado deudora de sus fantasmas, en algunos momentos, y de la mera coyuntura en otros.

 Y con unos dirigentes que se creyeron eso de que eran la gran esperanza de la izquierda de Occidente y perdieron la conexión con la realidad. Eso explica que después de un arranque muy brillante, que les llevó a lo más alto de las encuestas, aunque hubiera parte de hype, ahora estén descendiendo brutalmente en aceptación social y cerca de la ruptura.  

SLA: Una de sus críticas a esa nueva izquierda: «la nueva izquierda cree que las mujeres, por hallarse en una posición subordinada, van a ser el centro de una fuerza más progresista». Añade para rematar: «eso de que los perdedores se vinculan automáticamente con aquellos que en teoría les ofrece mejores opciones es una ilusión muy presente en la política contemporánea, pero su popularidad no borra el carácter de fantasía».

 ¿No exagera un poco o un mucho? ¿Esta ingenua y ciega esa nueva izquierda a la que hace referencia? ¿No es capazde ver lo más elemental, lo que está fren-te a los ojos de todos?

H E: Los demócratas estadounidenses tenían un dilema, que era el de constituirse como una fuerza de oposición real, de la mano de Sanders, lo cual les podía ofrecer opciones reales de vencer a Trump, porque Sanders podía ganar entre los perdedores de la globalización y sumar a los demócratas habituales, u optar por una posición puramente  sistémica en la que seguir haciendo lo mismo, pero con rostro amable.  

Su opción fue Hillary Clinton, que trató de apoyarse en los votos de las minorías y en el de las mujeres. Y perdió. No contentos con eso, los demócratas trazaron una línea de resistencia cuyo plan era insistir más en esos mismos terrenos y dibujar a la mujer como la gran luchadora contra el fascista de Trump. 

Esa idea penetró en los entornos progresistas occidentales porque era poco problemática. No te obligaba a plantar cara al poder financiero, el que tiene hoy las riendas, y al mismo tiempo podías seguir diciendo que eres de izquierdas porque abogas por los cambios en el terreno cultural. Lo cual es un error en el plano estratégico. 

Hay una cuestión de justicia, como es el hecho de que el 50% de la población no puede tener menos derechos que el otro 50%, y en ese sentido hay que ser feminista, y otro pensar que la mujer va a votar automáticamente a los progresistas. No es cierto. Elecciones recientes lo han demostrado, como la de Bolsonaro. Y era previsible.  (...)

Si pensamos en partidos de izquierda, españoles, portugueses, franceses o griegos, no creo que ninguno de ellos haya llegado a esas conclusiones tan líquidas y precipitadas, tan poco conclusivas. 

EH: Casi todos ellos, por no decir todos, giraron hacia el terreno cultural. Tienes un gran ejemplo en el PSOE de Zapatero. Ese ha sido el marco dominante de la socialdemocracia europea, la que tenía opciones de gobierno en los últimos 20 años, y eso contando que en España el gran elemento de convicción del PSOE desde mediados de los ochenta fue «que vuelve la derechona» y exhibir la España moderna de la movida, como bien explica Víctor Lenore. 

Los partidos más a la izquierda de los socialdemócratas hicieron el giro hacia lo rojiverdearcoiris, y los dos últimos términos terminaron teniendo mucho más peso que el primero. Tsipras cambió eso, hasta que ocurrió lo que ocurrió. (...)

EH: Los partidos de derecha e izquierda, en especial aquellos que tenían opciones de gobernar en sus países, han llevado en los últimos 40 años una línea económica muy, muy similar. En nuestro país, los distintos momentos por los que hemos atravesado han venido marcados por dinámicas globales, a las que los distintos partidos se han ajustado del modo que les era demandado.  

Pero, al hacer esto, la diferenciación entre unos y otros se debilitaba, por lo que han tenido que insistir mucho más en los aspectos culturales. Han sido diferentes a lo largo de estas décadas, como corresponde también a los cambios en la sociedad, pero, al final todo se resolvía en asuntos relativos a la mayor o menor tolerancia respecto de elecciones sexuales, de la igualdad de género, de la mayor o menor hostilidad respecto de los nacionalistas periféricos y demás. 

 Era el camino que tenían para hacer menos visible que sus posiciones económicas, que llamaban técnicas, eran prácticamente las mismas. Y cuanto más lo son, más se radicalizan las diferencias culturales.  (...)

¿era posible entonces, en su opinión, una alternativa económica de izquierdas netamente diferenciada de las opciones de la derecha? Pienso, por ejemplo, en la Grecia de Syriza, y no me queda claro un panorama alternativo. (...)

EH: Claro que es posible una alternativa de izquierda diferenciada de la derecha. Está lo que se puede hacer a pequeña, mediana y gran escala, y siempre hay opciones de operar en un terreno u otro. 

En todo caso, es necesario y urgente para el propio sistema, si quiere pervivir, que comience a generar cohesión social a través de políticas económicas inclusivas. En otro caso, esto girará hacia el bonapartismo. Y en cuanto a lo de Tsipras, fue un error mayúsculo: si echas un pulso es para ir hasta el final. No puedes desafiar a la UE, referéndum incluido, si lo que vas a hacer es ceder. 

Eso te lleva a que te crujan más que antes, para dar un castigo. De modo que si se plantea, es para llevarlo hasta el final. Y si no, no se plantea.  

SLA: Girará al bonapartismo afirma usted. ¿Nos explica brevemente qué quiere señalar con ese giro? ¿En qué está pensando?

 EH: En El tiempo pervertido hablo de que estamos en un instante histórico que bien puede calificarse de «momento maquiavélico», en el que el sistema ya no puede seguir haciendo lo mismo, y nos dirige, por utilizar los términos del florentino, hacia el principado o la república. 

Las democracias liberales están debilitándose enormemente, fruto de la acción económica de sus élites,y eso o nos conduce hacia líderes estilo Trump, Bolsonaro, y demás o hacia un régimen mucho más inclusivo y mucho menos desigual. Esas son las opciones.

 Y lo que narra Marx en el 18 brumario tiene bastante que ver con esto, la descripción de un momento histórico en Francia en el que las élites financieras y la aristocracia empujaron hacia el final de la república y la toma del poder por Luis de Bonaparte. 

El capitalismo contemporáneo necesita más cohesión y estabilidad en un instante en que la sociedad se está rompiendo, y la está encontrando por la vía de los líderes fuertes, que supeditan las instituciones democráticas a sus deseos, aun cuando no acaben formalmente con ellas, y que se refugian en la vía nacional. Ese giro hacia el orden duro y contra la democracia puede ser más profundo en los próximos años dado el nuevo mapa geopolítico.  (...)

Vamos a seguir dentro del capitalismo, nada hace pensar lo contrario. O vamos a seguir dentro de este capitalismo que en realidad es anticapitalista, porque hace todo lo posible por pervertir las bases teóricas e ideológicas en las que explícitamente se apoya. 

Pero también hay otra lectura. Vivimos en democracias liberales, bastante débiles en lo que se refiere a democracia y pluralidad, por cierto, y vamos hacia regímenes peores. Y eso tiene varias consecuencias: regímenes más duros y con menos libertades, más neoliberales en lo económico y más desiguales, así como la llegada de élites políticas y técnicas diferentes. 

Es esa historia de los hombres de negocios saben mejor cómo gestionar los estados que los políticos elegidos por los votantes. Para evitar eso, el único camino que tiene el sistema es dar un giro económico que frene el descontento y siegue el terreno en el que crece el apoyo a estos nuevos regímenes, lo cual es importante también en términos geopolíticos en lo que respecta a Europa. 

Por resumir: existió un régimen de capitalismo con elementos de socialdemocracia, que giró hacia el liberalismo económico, y después entramos en la época del capitalismo puramente financiarizado. Como ocurre con todos los regímenes predatorios, la inestabilidad que genera debe ser combatida, por lo que el paso siguiente, el que ya atisbamos, es el del capitalismo sin democracia, que es su manera de poner orden. Todas estas formas son capitalismo, pero algunas son mucho peores que otras.  (...)

Ahora, el liberalismo necesita a la izquierda para su conservación. Los Trump, Bolsonaros, y demás pueden acabar con él y los liberales precisan de otras partes de la sociedad para mantenerse, ya que los consensos de los años ochenta y noventa están rotos. Eso no significa que, por ejemplo, la UE vaya agirar hacia el fin de la austeridad, como debería ocurrir, como giro táctico de conservación de este sistema, porque todo apunta a que acabaremos llegando al capitalismo sin democracia, con unas instituciones meramente decorativas, pero sí marca una diferencia respecto del pasado. 

(...) hay que hacer economía política de la tecnología y de la digitalización. Hasta ahora, todas esas posibilidades enormes se han reducido a la creación de monopolios y oligopolios, sostenidos por fondos de inversión, que están trastocando las cadenas de valor y que se han convertido en instrumentos de generación de beneficios para una minoría muy reducida.

 O cuando las grandes firmas han afirmado que su gran reto es la digitalización, lo que han hecho es despedir gente y reorganizar la empresa, con el resultado de ofrecer un bien o servicio mucho peor. O cuando las firmas han reorganizado su estructura interna para conseguir más recursos a través del control de los trabajadores y de los procesos. Y así sucesivamente. 

Al final, las enormes posibilidades de los avances tecnológicos no pueden hacernos olvidar lo que ya está ocurriendo. Por eso hay que hacer economía política de este tiempo.  (...)

Parece mentira, ¿no? Una izquierda que no hace economía política es algo muy sorprendente. Y la derecha financiera la está haciendo continuamente... (...)

China no puede ser un referente para la izquierda. En primer lugar, porque China no quiere ser modelo de nada, no pretende trasladar un tipo de sistema político a sus aliados. China quiere ser un imperio, y lo está consiguiendo, y su táctica consiste en desarrollarse económicamentey abastecerse de lo necesario para aumentar sus fuerzas.

 Como segundo aspecto, para copiar a China, tendríamos que tener las condiciones que China posee. Es decir, tendríamos que empezar a recibir dinero y tecnología a espuertas de los grandes capitalistas occidentales. China ha tenido un desarrollo espectacular porque ha sido el instrumento que ha utilizado el capitalismo para, como dice Warren Buffet, ganar la lucha de clases. 

Se llevaron allí buena parte de los empleos de Occidente para ganar más dinero y al mismo tiempo presionar a los empleados occidentales para que bajasen sus salarios. Los chinos no se limitaron a recibir todo ese capital y a que, como suele ocurrir, sus dirigentes se lo gastasen en yates y mansiones, sino que lo utilizaron estratégicamente para crecer. Además, tomaron toda la tecnología que los capitalistas occidentales les prestaban, pensando que, como de costumbre, respetarían las leyes de propiedad intelectual e industrial, y no fue así, como era previsible. 

Y además, tuvieron muy claro que su territorio era suyo, y no permitieron el acceso a las empresas digitales estadounidenses como Google o Amazon, sino que pusieron en marcha grandes empresas propias. Son un Estado que ha planificado permanentemente, que gracias a su carácter dictatorial tiene enormes ventajas a corto plazo, y que ha pensado en términos de desarrollo propio, poniendo todos los medios para ello. 

Pero todo esto es la segunda parte: nada hubiera ocurrido sin las ingentes masas de capitalque las élites occidentales les proporcionaron para vencer en su guerra de clases. Al final, China es la segunda potencia del mundo, de modo que ese enemigo que eliminaron en el interior les ha crecido en el exterior. 

Como señalo en El tiempo pervertido, China es el retorno de lo reprimido: todo aquello que Occidente iba expulsando, como la planificación centralizada, los trabajos industriales, el predominio de lo productivo, el desarrollo de los territorios en lugar de los beneficios de los ricos, China lo recogió y se convirtió con ello en la segunda potencia mundial.   (...) 

¿Qué vamos a contar acerca del cambio climático y de los graves problemas que nos va acrear en el futuro inmediato que no sepamos? Es el típico ejemplo que demuestra la perversión de este capitalismo. Hay un riesgo cierto y grave, todo el mundo es consciente de él, se reúnen expertos, se diseñan soluciones y a la hora de la verdad apenas se hace nada. El problema empeora, y sigue sin hacerse nada.  (...)

El gran giro de los últimos tiempos es el repliegue de EEUU sobre sus fronteras. Ha iniciado una guerra comercial contra China, con el deseo de ganar poder en todos los sentidos, de manera que EEUU no vea amenazada su hegemonía, que puede ser puesta en cuestión por China. 

Es una recomposición del orden mundial. EEUU ha tomado medidas fiscales para repatriar capitales, asegurar a sus empresas productivas en el interior y expandir las empresas tecnológicas en el exterior, y para favorecer a sus fondos.

 Casi todas las grandes tecnológicas que operan en Occidente son estadounidenses, ligadas a fondos de inversión que recogen capital global, pero que operan bajo su bandera. Ese movimiento lleva también a que se haya replanteado sus posiciones con antiguos socios, como la UE, por lo que vamos a salir debilitados. El brexit es esto. Este giro tiene grandes consecuencias globales para la economía y la política exterior, también porque va a poner el acento en la lucha entre imperios y mucho menos en el reparto interior de la riqueza y del poder."

(Entrevista a Esteban Hernández, Salvador López Arnal, Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, Nº 145, 2019, pp. 143-155, en Rebelión)