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17.5.26

Había fábrica, pero no producción... El capital se mueve hacia los sectores especulativos: energía fósil, armas… Deja un vacío que se ve en toda Europa... “Si el capital público estatal no quiere sustituirlo, porque está pegado a esos intereses especulativos, ¿quién lo hará? El capital público social. Convertirnos en cooperativa y reindustrializar la fábrica con accionariado popular, una reindustrialización ecológica”... Paneles solares contra el rearme en una fábrica recuperada en Italia... La antigua fábrica de la multinacional GKN en Campi Bisenzio, en la Toscana, lleva ocupada desde julio de 2021 por sus más de 400 trabajadores, que ahora luchan por sacar adelante un proyecto de reindustrialización ecológico y cooperativo (Jose A. Cano)

“Me gustaría decir que este proyecto nació de forma ideológica, pero no es así. Suena bien: un grupo de trabajadores decide que no quiere producir piezas para la guerra sino para la transición ecológica. Pero si cuentas esa historia, parece que es algo que tú eliges. Y en realidad ha sido la misma lógica de querer conservar nuestro trabajo y enfrentarnos al capital la que nos ha llevado a este propuesta”.

Dario Salvetti es uno de los más de 400 trabajadores de la antigua fábrica de la multinacional del automóvil GKN en Campi Bisenzio, en las afueras de Florencia y la muy industrializada región italiana de Toscana. Desde julio de 2021, él y sus compañeros se mantienen en “asamblea permanente” ocupando la fábrica, de la que el fondo de inversión Melrose, propietario de GKN, intentó despedirlos en un proceso considerado ilegal por los tribunales. Casi cinco años después, mantienen su lucha para reconvertir la antigua factoría de semiejes para automóviles a una de paneles solares y cargo-bikes.

“Nuestra existencia fue suficiente para paralizar los despidos, pero no para que el capital volviese atrás. Había fábrica, pero no producción. El capital se mueve hacia los sectores especulativos: energía fósil, armas… Deja un vacío que se ve en toda Europa, donde hemos perdido el 25% de la producción industrial en 30 años”, añade Salvetti.

“Si el capital público estatal no quiere sustituirlo, porque está pegado a esos intereses especulativos, ¿quién lo hará? El capital público social. Convertirnos en cooperativa y reindustrializar la fábrica con accionariado popular. Y si estamos pidiendo ese apoyo ético-social, tenemos que fabricar cosas que sean útiles a la sociedad, que no contribuyan a esa especulación. Una reindustrialización ecológica”, concluye el sindicalista.

La ocupación de los antiguos trabajadores de GKN es ya la “asamblea permanente” más duradera de la historia de las protestas obreras en Italia. Los cinco años exactos se cumplirán el próximo 9 de julio. Ese mismo día, pero de 2021, los 422 empleados de la fábrica y otros 80 pertenecientes a subcontratas habían sido enviados de vacaciones cuando sus representantes sindicales recibieron un correo que informaba del despido de la plantilla al completo.

Era algo esperado. Desde que Melrose adquiriese la propiedad de GKN en 2018 se había barajado un traslado a Polonia, país dentro de la Unión Europa con menores costes salariales. La misma tarde del 9 de julio, más de 100 trabajadores se plantaron en la fábrica, que había sido rodeada por guardas de seguridad, y lograron entrar en ella de forma pacífica y ocuparla, anunciando que se constituían en asamblea permanente.

“Es un ejercicio de resistencia. A la tercera vez que intentaron despedirnos, en abril de 2025, aceptamos, porque así nos quedaba el subsidio de desempleo, pero habíamos estado desde enero de 2024 sin ningún ingreso. La campaña de accionariado popular concluye este verano, en junio o julio, y hemos conseguido una gran cantidad, alrededor de un millón de euros, pero no es suficiente para la reindustrialización. Va a llegar el momento de sentarnos y tomar una decisión, reorganizar el proyecto de manera que mantenga la chispa. Porque la gente se ha ido dispersando, por la falta de ingresos”.

En estos casi cinco años los ya extrabajadores de GKN han mantenido la fábrica ocupada respetando los tres turnos de la antigua organización (de 6h a 14h, de 14h a 22h, de 22h a 6h, y vuelta a empezar), organizado más de una docena de manifestaciones (varias junto a movimientos ecologistas como Fridays for Future), un festival literario ya por su cuarta edición, varios grandes conciertos de año nuevo, apoyado la Global Summud Flotilla y la Flota Nuestra América a Cuba (que transportó varios cargo-bikes), giras internacionales presentando su proyecto en París, Berlín o Bilbao.

Es el modelo de fábrica social integrada: “Reentramos aquí y dijimos que es nuestra casa. Ha sido construida por la comunidad durante décadas y nadie tiene el permiso de cerrarla de esta manera. En 1994 era un área verde que se convirtió en industrial para crear puestos de trabajo. Podemos hacer muchas cosas sin permiso, pero se nos impide un proyecto de reindustrialización cooperativo que es completamente viable en términos económicos”, insiste Salvetti.

“Una ciudad permanentemente bombardeada”

En julio de 2021 comenzó una larga andadura de victorias, derrotas y resistencia que lleva hasta el próximo y decisivo verano. En septiembre de 2021 los trabajadores logran una manifestación de más de 40.000 personas que recorren Florencia —ciudad de 360.000 habitantes— en apoyo a su causa, y también la declaración de nulidad de los despidos por un tribunal. Con el apoyo de investigadores de la Universidad de Pisa, los todavía trabajadores de GKN presentan un plan de reindustrialización basado en la movilidad sostenible. Incluso proponen una ‘Ley Antideslocalizaciones’, que ningún partido con representación parlamentaria asume y no llega a debatirse.

En 2022, el primer giro: el empresario Francesco Borgomeo llega a un acuerdo con GKN y adquiere la fábrica por intermediación del Gobierno italiano, entonces aún presidido por Mario Draghi. Los trabajadores se niegan a disolver la asamblea permanente mientras no se garanticen inversores que mantengan sus puestos, así que la ocupación permanece. En noviembre de 2022, Borgomeo deja de pagar los salarios y en febrero de 2023 pondrá la sociedad en disolución. Será el Estado italiano —ya con Giorgia Meloni como primera ministra— el que asumirá las pérdidas, incluyendo ocho meses de atrasos en los salarios. Entre medias, los sindicatos llevan a cabo nuevas movilizaciones e incluso la ocupación temporal de Palacio Vecchio de Florencia, sede del ayuntamiento.

Es en este periodo cuando los trabajadores se constituyen en Soms Insorgiamo, la sociedad cooperativa que crea el actual proyecto de reindustrialización “desde abajo”. A partir de ahí, el sindicalista Salvetti define la supervivencia de la asamblea como “una ciudad permanentemente bombardeada”. Para él, el gran pecado del proyecto ha sido “destapar la hipocresía de los proyectos de reindustrialización de la Unión Europea”.

En 2022, cuando presentaron su primera propuesta “se suponía que iban a quintuplicar la producción de paneles solares en toda Europa. Ahora, se habla del rearme. Si nos oponemos a la guerra [durante los meses de abril y mayo Soms Insorgiamo ha encabezado una serie de movilizaciones en apoyo a Gaza, contra la guerra de Irán y el rearme italiano] no es solo por ética o sentido humanitario, es porque nos perjudica, como trabajadores”, concluye.

E insiste: “Si mañana llega un inversor y dice que para él dos millones no son nada y quiere invertir para que produzcamos paneles fotovoltaicos, lo puede hacer. No ocurre porque la respuesta que nos dan es que competir contra China es muy caro. Necesitas demasiado capital para eso. Y además nuestro proyecto quiere construir esos paneles adaptados a las necesidades de las comunidades locales, la de nuestro alrededor, no masivos.

El proceso de liquidación de la sociedad iniciado por Borgomeo fue otra batalla. Los trabajadores denunciaron que los liquidadores nunca llegaron a visitar la fábrica, y se inició un segundo proceso de despido para enero de 2024 que no llegó a concretarse. En abril de ese mismo año se llegó a cortar la electricidad de la fábrica. Tras una manifestación en junio, tres trabajadores acampan e inician una huelga de hambre en el centro de Florencia que dura 13 días. Consiguen que el Gobierno de la Región Toscana apruebe ayudas para los empleados sin subsidios y que apoye una petición al Estado para que asuma la propiedad de la empresa.

En octubre del mismo 2024, la jugarreta: se desvela que QF, la firma de Borgomeo, había vendido seis meses atrás la propiedad de la fábrica a dos empresas de inversiones inmobiliarias creadas a finales de 2023 y sin actividad aparente. Mientras tanto, la región Toscana aprueba su propia ley de reindustrialización, pero no se aplica en Campi Bisenzio. Así llega el despido que se acepta y hace efectivo en abril de 2025, dando 12 meses de desempleo y tregua a los más de 400 trabajadores. Esta primavera marca el final de esos ingresos.

Socialmente integrados

“Cada día puede ser el último. Es difícil construir algo si no sabes cuánto tendrás que resistir, y si hubiésemos sabido desde el principio que iba hacer cinco años, habríamos tomado otras decisiones”, explica Salvetti. “Por eso nuestra estructura es muy similar a la de la Florilla. Tenemos una misión, y construimos fuerza para llevarla a cabo. Si no sale, no sale, pero la reconstruiremos”.

Toda la larga entrevista con el sindicalista se ha producido durante un descanso del IV Festival de Literatura Working Class. Junto a la cantina de la fábrica, varios paneles solares sirven de muestra del trabajo que se ha ido sacando a trompicones estos años y de los planes de futuro. La factoría ocupada, en un polígono industrial de Campi Bisenzio que a su vez es las afueras de la turística Florencia, recibe en los días de fin de semana más visitantes al cercano centro comercial I Gigli que a cualquiera de sus fábricas. El sábado, segundo día del certamen, los trabajadores y escritores encabezarán una manifestación contra la guerra hasta las cercanas instalaciones de la armamentística Leonardo.

“Es difícil hablar a futuro, más allá del 11 o 12 de julio. Se convocará una Asamblea Popular del Movimiento de Defensa de la Fábrica y el Movimiento Nacional Popular, para ver qué hacer con nuestro proyecto, a partir de septiembre u octubre”, explica. Siguiendo con el ejemplo de la Flotilla: “Tenemos que decidir en qué momento nos echamos al mar y con cuantos barcos”.

Abundando en esa comparación, Salvetti subraya: “Piensa en cómo es la Flotilla. Se financia de forma privada, pero es pública. Es un acto público. Nuestra fábrica es igual. Es privada porque no es estatal, pero es pública porque no pertenece a una lógica particular, tiene unos objetivos sociales. Igual que me gustaría que la Flotilla fuese estatal y nuestros países pusiesen fin a lo que ocurre en Gaza, me gustaría que la fábrica fuese estatal. Pero trabajamos con lo que existe”."

(Jose A. Cano  , El Salto, 16/05/26) 

18.2.26

Podemos ir más allá del modelo capitalista y salvar el clima... estos son los tres primeros pasos: una nueva arquitectura financiera que penalice las «inversiones» privadas destructivas y permita la financiación pública con fines públicos. En el centro de esta arquitectura necesitamos un nuevo banco de inversión público que, en asociación con los bancos centrales, convierta la liquidez disponible en tipos de inversión compatibles con una prosperidad común y sostenible. La segunda condición es el uso extensivo de la democracia deliberativa para decidir los objetivos sectoriales, regionales y nacionales (por ejemplo, en lo que respecta al crecimiento o incluso a la reducción de diferentes producciones) a los que se destinarán las nuevas herramientas de financiación pública. Y la tercera condición es una gran ley de reforma corporativa con el fin de democratizar las empresas, favoreciendo y promoviendo la formación de empresas que funcionen según el principio de un empleado, una acción, un voto (Jason Hickel, Yanis Varoufakis)

 "El capitalismo se preocupa por el futuro de nuestra especie tanto como un lobo se preocupa por el de un cordero. Pero si democratizamos nuestra economía, un mundo mejor estará a nuestro alcance.

Tenemos una responsabilidad urgente. Nuestro sistema económico actual es incapaz de abordar las crisis sociales y ecológicas a las que nos enfrentamos en el siglo XXI. Cuando miramos a nuestro alrededor, vemos una paradoja extraordinaria. Por un lado, tenemos acceso a nuevas tecnologías extraordinarias y a una capacidad colectiva para producir más alimentos y más cosas de las que necesitamos o de las que el planeta puede permitirse. Sin embargo, al mismo tiempo, millones de personas sufren condiciones de grave privación.

¿Cómo se explica esta paradoja? El capitalismo. Por capitalismo no nos referimos a los mercados, el comercio y el espíritu empresarial, que han existido durante miles de años antes del auge del capitalismo. Por capitalismo nos referimos a algo muy extraño y muy específico: un sistema económico que se reduce a una dictadura dirigida por una pequeña minoría que controla el capital: los grandes bancos, las grandes empresas y el 1 % que posee la mayoría de los activos invertibles. Aunque vivamos en una democracia y podamos elegir nuestro sistema político, nuestras elecciones nunca parecen cambiar el sistema económico. Son los capitalistas quienes determinan qué producir, cómo utilizar nuestra mano de obra y quién se beneficia de ella. El resto de nosotros, las personas que realmente realizamos la producción, no tenemos voz ni voto.

Y para el capital, el objetivo de la producción no es principalmente satisfacer las necesidades humanas o lograr el progreso social, y mucho menos cumplir con ningún objetivo ecológico. El objetivo es maximizar y acumular beneficios. Ese es el objetivo primordial. Esa es la ley capitalista del valor. Y para maximizar los beneficios, el capital requiere un crecimiento perpetuo, una producción agregada cada vez mayor, independientemente de si es necesaria o perjudicial.

Así que acabamos con formas irracionales de producción: tenemos una producción masiva de cosas como SUV, mansiones y moda rápida, porque estas cosas son muy rentables para el capital, pero una subproducción crónica de cosas obviamente necesarias como viviendas asequibles y transporte público, porque estas son mucho menos rentables para el capital, o no lo son en absoluto.

Lo mismo ocurre con la energía. Las energías renovables ya son mucho más baratas que los combustibles fósiles. Por desgracia, los combustibles fósiles son hasta tres veces más rentables. Por lo tanto, el capital obliga a los gobiernos a vincular los precios de la electricidad al precio del más caro gas natural licuado, y no a la energía solar barata. Del mismo modo, la construcción y el mantenimiento de autopistas es mucho más lucrativo para los contratistas privados, los fabricantes de automóviles y las compañías petroleras que una red moderna de ferrocarriles públicos ultrarrápidos y seguros. Así que los capitalistas siguen presionando a nuestros gobiernos para que subvencionen los combustibles fósiles y la construcción de carreteras, incluso mientras el mundo se quema.

Desde la elección de Donald Trump, muchas grandes empresas de inversión han abandonado con entusiasmo sus compromisos climáticos, que, en favor del bien común, habían restringido su rentabilidad. Esto debería ser un momento esclarecedor para todos nosotros: al capitalismo le importan las perspectivas de nuestra especie tanto como a un lobo le importa un cordero.

Así que aquí estamos: atrapados en el conjunto de prioridades del capitalismo, que son enemigas de las de la humanidad. El ingenio humano nos ha legado tecnologías y capacidades espléndidas. Pero, como una divinidad cruel, el capital no solo nos impide utilizarlas para nuestro bien colectivo, sino que, de hecho, nos obliga a emplearlas para nuestra ruina colectiva.

El sistema también nos encierra en ciclos interminables de violencia imperialista. La acumulación de capital en las economías avanzadas se basa en la aportación masiva de mano de obra barata y recursos naturales del sur global.

Para mantener este orden, el capital utiliza todas las herramientas a su alcance: deuda, sanciones, golpes de Estado e incluso invasiones militares directas para mantener subordinadas a las economías del sur.

La solución está ante nuestros ojos. Necesitamos urgentemente superar la ley capitalista del valor y democratizar nuestra economía, para poder organizar la producción en torno a prioridades sociales y ecológicas urgentes. Al fin y al cabo, nosotros somos los productores de los bienes, los servicios y las tecnologías. Es nuestro trabajo y los recursos de nuestro planeta los que están en juego. Por lo tanto, nosotros debemos reclamar el derecho a decidir qué se produce, cómo y con qué fin.

¿Cómo se puede hacer esto? Hay tres condiciones necesarias para la transformación de nuestra economía de una dictadura sin salida a una democracia funcional y ecológicamente sólida.

La primera condición es una nueva arquitectura financiera que penalice las «inversiones» privadas destructivas y permita la financiación pública con fines públicos. En el centro de esta arquitectura necesitamos un nuevo banco de inversión público que, en asociación con los bancos centrales, convierta la liquidez disponible en tipos de inversión compatibles con una prosperidad común y sostenible.

La segunda condición es el uso extensivo de la democracia deliberativa para decidir los objetivos sectoriales, regionales y nacionales (por ejemplo, en lo que respecta al crecimiento o incluso a la reducción de diferentes producciones) a los que se destinarán las nuevas herramientas de financiación pública.

Y la tercera condición es una gran ley de reforma corporativa con el fin de democratizar las empresas, favoreciendo y promoviendo la formación de empresas que funcionen según el principio de un empleado, una acción, un voto.

Vivimos a la sombra del mundo que podríamos crear. Un mundo en el que podríamos evitar un colapso ecológico casi seguro, en lugar de esperar a que el capitalismo nos empuje más allá del punto de no retorno. Un mundo en el que sea posible abolir la inseguridad económica, la precariedad, la pobreza, el desempleo y la indignidad, mientras llevamos una vida significativa dentro de los límites planetarios. No se trata de un sueño lejano. Es una perspectiva tangible."

Jason Hickel, Yanis Varoufakis  , Rebelión, 18/02/26,  fuente https://www.theguardian.com/environment/commentisfree/2026/feb/12/capitalist-model-climate-growth-capitalism-species-humanity  )

En 2011, Venezuela era el segundo país más igualitario del hemisferio occidental; solo Canadá tenía niveles de desigualdad más bajos... pero «lo más transformador» de Hugo Chávez, fue la transferencia del poder a los sectores populares mediante la creación de nuevas formas de asambleas populares y experimentos con controles obreros y consejos comunitarios... Pero a partir de 2013, las cosas empezaron a ir mal, y mucho. Entre 2013 y 2021, el PIB de Venezuela cayó un 75 %, la inflación alcanzó el 130 000 % en 2018... Desde 2016, millones de venezolanos han huido del país en busca de trabajo en el extranjero para enviar dinero a sus hogares... ¿Cómo se explica este colapso, de la inspiración a la pesadilla? hubo dos causas. La primera fueron las sanciones impuestas por Estados Unidos a Venezuela, junto con varios intentos del Estado estadounidense de socavar la economía venezolana... El éxito inicial de la presidencia chavista era anatema... Solo entre 2017 y 2018, las sanciones causaron la muerte de unos 40 000 venezolanos y sumieron a muchos más en la precariedad. Más de 300 000 personas se vieron en situación de riesgo debido a la falta de medicamentos y atención sanitaria, entre ellas 80 000 venezolanos seropositivos... obtener los medicamentos cardiovasculares o la insulina que necesitan es un reto para los 16 000 venezolanos que necesitan diálisis, los 4 millones que padecen diabetes e hipertensión y las 16 000 personas que tienen cáncer... el otro componente importante fue la mala gestión económica y el programa neoliberal del gobierno cada vez más autoritario de Maduro... Maduro buscó compromisos y acuerdos con los sectores empresariales, incluida Fedecámaras, la gran organización empresarial que había desempeñado un papel clave en el fallido golpe de Estado de 2002 contra Chávez. Las voces de las organizaciones de la clase trabajadora fueron ignoradas (Michael Roberts)

 "El secuestro del presidente Maduro y su esposa por parte de las fuerzas militares estadounidenses, la posterior toma del poder por parte de la vicepresidenta Rodríguez y su acuerdo para permitir que Estados Unidos controle los ingresos por exportación de petróleo de Venezuela y atraiga a multinacionales energéticas estadounidenses para que inviertan, todo ello señala el final del juego de la revolución chavista que comenzó hace más de 25 años. Por lo tanto, es muy oportuno que se haya publicado un nuevo libro sobre lo que sucedió en Venezuela para llegar a este punto.

Titulado Venezuela in Crisis y publicado por Haymarket Books, este libro reúne a «algunos de los pensadores marxistas, socialistas y anticapitalistas más importantes de Venezuela, que representan una amplia gama de tradiciones y organizaciones políticas de izquierda». Estos escritores en lengua española han sido traducidos para que los angloparlantes puedan leer los argumentos y las experiencias de la izquierda venezolana. Algunos de los colaboradores formaron parte del gabinete de Chávez y ahora se han convertido en críticos del Gobierno de Maduro. «Llevar estas voces al público angloparlante permitirá a los lectores participar en los debates y perspectivas actuales de la izquierda venezolana».

El libro ha sido editado por Anderson Bean, de la Universidad Estatal Agrícola y Técnica de Carolina del Norte, que ya ha escrito anteriormente sobre Venezuela. Su capítulo introductorio ofrece al lector la esencia de los capítulos del libro. Bean comienza señalando que, a lo largo de la década de 2000, la revolución chavista-bolivariana en Venezuela fue una inspiración para otros en el llamado Sur Global, quizás incluso más que la revolución cubana de la década de 1960. La elección de Hugo Chávez en las elecciones de 1998, tras décadas de gobiernos corruptos, procapitalistas y proestadounidenses, fue un soplo de aire fresco. En los años siguientes, la presidencia de Chávez «mejoró el bienestar material de los venezolanos, trajo una mayor igualdad social y empoderó a sectores de la sociedad que tradicionalmente habían sido excluidos del proceso político».

Bean sostiene que hubo tres componentes clave de la presidencia de Chávez: en primer lugar, la reescritura de la Constitución para promover una amplia participación ciudadana y la protección integral de los derechos humanos; en segundo lugar, la redistribución de los beneficios del petróleo a través de diversos programas sociales que redujeron los niveles oficiales de pobreza en un 37,6 % y la «pobreza extrema» en un 57,8 %. En 2008, Venezuela también tenía el salario mínimo más alto de toda América Latina, y la desigualdad en el país se redujo a una de las más bajas de América. En 2011, Venezuela era el segundo país más igualitario del hemisferio occidental; solo Canadá tenía niveles de desigualdad más bajos. Y en tercer lugar, lo que Bean considera que fue «lo más transformador», fue la transferencia del poder a los sectores populares mediante la creación de nuevas formas de asambleas populares y experimentos con controles obreros y consejos comunitarios.

Pero a partir de 2013, las cosas empezaron a ir mal, y mucho. Entre 2013 y 2021, el PIB de Venezuela cayó un 75 %, la inflación alcanzó el 130 000 % en 2018, ¡la más alta del mundo! El porcentaje de hogares clasificados como pobres aumentó del 48,4 % en 2014 al 81,5 % en 2022. El salario mínimo mensual, de 2,23 dólares estadounidenses, era entonces el más bajo de toda América Latina. De hecho, el salario mínimo mensual era de solo 0,15 dólares al día, ocho veces menos que el límite de pobreza absoluta del Banco Mundial, que entonces era de 1,25 dólares al día. En comparación, el salario mínimo mensual bajo Chávez era de 300 dólares, más de 60 veces superior.

El colapso de los ingresos reales y el fuerte aumento de la pobreza en la década de 2010 provocaron una crisis migratoria. Desde 2016, millones de venezolanos han huido del país en busca de trabajo en el extranjero para enviar dinero a sus hogares. Hoy en día, se estima que el número de refugiados y migrantes venezolanos en todo el mundo es de alrededor de 7,7 millones, es decir, el 20 % de todos los venezolanos. Venezuela tiene ahora el mayor número de personas desplazadas de América Latina y el segundo más alto del mundo, solo por detrás de Siria.

¿Cómo se explica este colapso, de la inspiración a la pesadilla? Bean afirma que hubo dos causas. La primera fueron las sanciones impuestas por Estados Unidos a Venezuela, junto con varios intentos del Estado estadounidense, en colaboración con la oposición derechista venezolana, de socavar la economía venezolana con el fin de llevar a cabo un cambio de régimen. El imperialismo estadounidense veía a Venezuela como una amenaza, con la renacionalización de la industria petrolera por parte de Chávez y su intento de establecer relaciones comerciales con otros países latinoamericanos fuera de la órbita de los acuerdos comerciales liderados por Estados Unidos, al tiempo que buscaba apoyo en materia de comercio e inversión de países como China. El éxito inicial de la presidencia chavista era anatema.

De hecho, en 2002, Estados Unidos, en colaboración con la clase empresarial venezolana, intentó un golpe de Estado para derrocar a Chávez. Este fue destituido de su cargo durante cuarenta y siete horas, antes de ser reinstaurado por movilizaciones populares masivas. Desde finales de 2002 hasta principios de 2003, Estados Unidos apoyó un bloqueo petrolero para detener la producción de petróleo con el objetivo declarado de obligar a Chávez a dimitir. En 2014, Estados Unidos volvió a respaldar a la derecha venezolana en violentas protestas callejeras llamadas guarimbas, exigiendo «la salida» de Maduro. Estados Unidos, de nuevo en colaboración con sectores de la derecha venezolana, intentó otro golpe de Estado en enero de 2019, cuando Juan Guiadó se autoproclamó presidente de Venezuela de forma inconstitucional. Después de que el golpe de enero fracasara en su intento de derrocar a Maduro, Guiadó lo intentó de nuevo en abril de 2019, pero fue frustrado una vez más.

Estos intentos de golpe fracasaron, pero se impuso una letanía de sanciones económicas. Bajo las sanciones de Trump, se prohibió a las instituciones y ciudadanos estadounidenses comerciar con la deuda venezolana. Se congelaron todos los activos del Gobierno. Se impidió al país reestructurar su deuda externa o sus calendarios de pago. Se bloquearon los pagos enviados por los países que participaban en su programa de pago preferencial del petróleo. Se prohibió la venta de miles de millones de dólares en créditos comerciales. Las sanciones también cerraron a Venezuela su mercado petrolero más importante, Estados Unidos, y se confiscaron propiedades en el extranjero, como la empresa estadounidense Citgo, de la que el Estado dependía como fuente de ingresos. Estas medidas provocaron una pérdida de 6000 millones de dólares en ingresos petroleros solo en 2018. Las sanciones congelaron 17 000 millones de dólares de los activos del país y le costaron alrededor de 11 000 millones de dólares en pérdidas por exportaciones en 2019, es decir, 30 millones de dólares al día.

El Centro de Investigación Económica y Política, con sede en Washington D. C., publicó un informe en 2019 en el que se detallaban los efectos de las sanciones estadounidenses sobre Venezuela. Solo entre 2017 y 2018, las sanciones causaron la muerte de unos 40 000 venezolanos y sumieron a muchos más en la precariedad. Más de 300 000 personas se vieron en situación de riesgo debido a la falta de medicamentos y atención sanitaria, entre ellas 80 000 venezolanos seropositivos que llevan años sin recibir medicamentos antirretrovirales. Además, obtener los medicamentos cardiovasculares o la insulina que necesitan es un reto para los 16 000 venezolanos que necesitan diálisis, los 4 millones que padecen diabetes e hipertensión y las 16 000 personas que tienen cáncer.

Pero los autores de este libro se esfuerzan por argumentar que el colapso de Venezuela no puede achacarse únicamente al imperialismo estadounidense y sus sanciones. A pesar del daño que las sanciones han causado en Venezuela, el otro componente importante fue la mala gestión económica y el programa neoliberal del gobierno cada vez más autoritario de Maduro. Los economistas capitalistas convencionales afirman que el colapso de Venezuela fue el resultado del socialismo, mientras que muchos en la izquierda afirman que el régimen de Maduro debía defenderse como un ejemplo de socialismo. Ambos bandos están equivocados. Bean y los demás autores de este libro no aceptan que Chávez (y Maduro después de él) hubieran establecido una economía socialista, ni siquiera que Venezuela estuviera en el «camino hacia el socialismo».

Como he argumentado en mis propias publicaciones sobre Venezuela, el relativo éxito de Chávez en la mejora de la situación de la mayoría de los venezolanos se basó en el auge de los precios de las materias primas durante la década de 2000. Con el alto precio del petróleo y el gas natural, incluso un modesto aumento de las regalías y los impuestos generó una enorme afluencia de ingresos para el Gobierno. Estos ingresos adicionales permitieron a Chávez aumentar el gasto social, crear diversos programas de distribución y mejorar el nivel de vida de la mayoría de los venezolanos.

Pero, como señala Bean, Chávez pudo hacerlo sin tocar el sector capitalista venezolano. «No hubo una transformación significativa de las relaciones sociales de propiedad, ni una transformación de la división internacional del trabajo, ni un desafío a las prerrogativas del capital transnacional». El capital privado siguió dominando en Venezuela durante las presidencias de Chávez y Maduro. La inmensa mayoría de los medios de producción permaneció en manos de la esfera privada y de la clase capitalista. De hecho, bajo Chávez, entre 1999 y 2011, la participación del sector privado en la actividad económica aumentó del 65 % al 71 %. La producción y distribución de la mayoría de los bienes y servicios, incluidas industrias clave como las principales operaciones de importación y procesamiento de alimentos, productos farmacéuticos y piezas de automóviles, siguen estando controladas por el sector privado.

Incluso en los casos en que el Estado era propietario de los medios de producción, por ejemplo, la empresa estatal de petróleo y gas natural Petróleos de Venezuela (PDVSA) y las industrias del hormigón y el asfalto, es la burocracia estatal la que controla y toma todas las decisiones en estas industrias, y no los trabajadores. De hecho, como dijo el propio Chávez: «¿Quién se atrevería a decir que Venezuela es un país socialista? No, eso sería engañarnos a nosotros mismos. Estamos en un país que todavía vive en el capitalismo, solo hemos iniciado un camino; estamos dando pasos contra la corriente mundial, incluso hacia un proyecto socialista; pero esto es a medio o largo plazo». Lo más importante, como también argumenté, es que no se rompió la dependencia del país de la exportación de minerales e hidrocarburos. La dependencia de Venezuela de las exportaciones de petróleo aumentó durante la era Chávez y Maduro, dejando al país como un «caballo de un solo truco» dependiente de los mercados financieros y petroleros mundiales.

El «compromiso» con el capital venezolano terminó con el fin del auge de las materias primas en 2013. En 2015, los precios de las materias primas habían alcanzado su nivel más bajo en doce años. Este cambio también coincidió con la muerte de Chávez y su sustitución por Maduro. Maduro se enfrentó a un dilema. Como dice Bean: «Ahora, en una situación de austeridad de los ingresos estatales, ¿quién iba a pagar la crisis? ¿Iban a ser los trabajadores y la gente común, las bases sociales que apoyaron y votaron a Chávez para que llegara al poder?». Y lo más importante, «¿iba a haber un conflicto con el capital que se había retrasado durante años?».

La respuesta pronto quedó clara. Como dice un capítulo del economista venezolano Luis Salas: «No hay mucha diferencia entre el programa económico de la oposición [de derecha] y el del Gobierno [de Maduro]. […] La única diferencia con la oposición es que el Gobierno quiere llegar a acuerdos con los rusos, los chinos o los turcos; y la oposición, con los estadounidenses y los europeos. Son alianzas capitalistas, pero con socios diferentes». Como argumenta Roberto López más adelante en el libro, «la toma de posesión de Nicolás Maduro como presidente en 2013 supuso el abandono casi total del programa antineoliberal y el retorno a las mismas políticas económicas aplicadas en la última década del siglo XX. Maduro mantuvo el mismo discurso radical que su predecesor y presentó a su Gobierno como genuinamente «obrero» y «socialista». Sin embargo, una vez en el cargo, ha implementado un verdadero cambio de rumbo económico, abriendo las puertas a las políticas neoliberales, en un marco de creciente autoritarismo». Esta era también mi opinión en mi publicación de entonces.

En 2016, la administración Maduro abrió el Arco Minero del Orinoco para la explotación minera. Y en 2021, Maduro introdujo las Zonas Económicas Especiales (ZEE) para las empresas capitalistas, libres de impuestos y regulaciones. En 2018, la presidencia de Maduro abolió el derecho a la huelga. Con la llamada Ley Antibloqueo de 2020, Maduro suspendió efectivamente la Constitución y otorgó autoridad al poder ejecutivo para dirigir la economía. Maduro abandonó la política de salario digno adoptada por Chávez e introdujo una ley contra la «incitación al odio» que establecía penas de prisión de hasta veinte años por discursos contra el Gobierno. El Gobierno también privatizó importantes ramas de la industria, como el petróleo, el hierro, el aluminio, el oro y los diamantes. «Muchas de estas privatizaciones se dirigieron precisamente a las industrias que Chávez había nacionalizado anteriormente, llevando a cabo, en efecto, una apropiación inversa que devolvió los antiguos activos estatales a la propiedad capitalista».

Pero quizás lo peor de todo es el amiguismo. Bajo Maduro, el Estado venezolano se ha convertido en una piñata, donde una casta político-militar distribuye recursos, privilegios y beneficios económicos para asegurarse la lealtad y mantener su control del poder. La administración Maduro buscó compromisos y acuerdos con los sectores empresariales, incluida Fedecámaras, la gran organización empresarial que había desempeñado un papel clave en el fallido golpe de Estado de 2002 contra Chávez. Las voces de las organizaciones de la clase trabajadora fueron ignoradas.

Los autores de este libro, pertenecientes a la izquierda venezolana, llegan a la conclusión de que entre los observadores de los países avanzados del Norte Global ha habido una tendencia «a dar credibilidad, sin darse cuenta, a un régimen que utiliza el lenguaje del socialismo para ocultar sus propias prácticas opresivas y antiobreras». Al no tener en cuenta las realidades de la crisis de Venezuela, esas posiciones marginan inadvertidamente las luchas del pueblo venezolano, que está luchando tanto contra las consecuencias del gobierno de Maduro como contra las asfixiantes sanciones impuestas por Estados Unidos». No es el socialismo lo que ha fracasado en Venezuela, sino la incapacidad de aplicar políticas socialistas para poner fin al sabotaje del sector capitalista en el país y unir a las organizaciones de la clase trabajadora en la lucha contra el imperialismo estadounidense.

Ahora, en febrero de 2026, la administración Rodríguez se postra ante el imperialismo estadounidense. La administración Trump ha sido inteligente y cautelosa; aún no ha sustituido a Maduro por la derechista, defensora del libre mercado y ganadora del Premio Nobel de la Paz (sic) María Machado, por temor a generar tumultos e incluso una guerra civil. En cambio, está obligando constantemente a Rodríguez a acceder a todas sus demandas en preparación para las elecciones posteriores, que luego pueden traer un régimen completamente proestadounidense. Apareciendo junto a Rodríguez en el palacio presidencial de Miraflores el miércoles pasado, el secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, dijo: «Queremos liberar al pueblo y la economía venezolanos». Una encuesta realizada esta semana por Gold Glove Consulting reveló que Machado obtendría una victoria aplastante en unas nuevas elecciones, con un 67 % a su favor frente al 25 % de Rodríguez. El 72 % de los encuestados consideraba que Venezuela estaba «avanzando en una dirección positiva» tras la captura de Maduro." 

( 

17.2.26

Artículo 129.2 de la Constitución: La pieza que le falta a nuestra democracia... el acceso de las personas trabajadoras a su participación en el desarrollo de sus reconocidos o potenciales derechos es aún «tímido» y el mandato constitucional sobre el acceso a la propiedad de los medios de producción es, hoy por hoy, una promesa vacía... como cualquier entidad política en una democracia, la empresa debe organizarse bajo una arquitectura democrática... como cualquier entidad política en una democracia, la empresa debe organizarse bajo una arquitectura democrática. En consecuencia, el trabajador deja de ser un mero recurso para convertirse en un “inversor de trabajo”. Al igual que el accionista aporta capital, el trabajador aporta su vida, su tiempo, su conocimiento, su capacidad de trabajo y los resultados de éste. Sin embargo, mientras el primero ostenta el control absoluto a través de la entidad “empresa”, el segundo permanece a menudo en la periferia de las decisiones estratégicas... El artículo 129.2 es taxativo: “los poderes públicos promoverán eficazmente la participación de los trabajadores en la empresa y facilitarán su acceso a la propiedad de los medios de producción”. No es una sugerencia ni un “si conviene”, es un mandato constitucional... España se sitúa hoy a la cola de Europa en participación real. Mientras países como Alemania, Austria o los Estados del Norte de Europa han integrado la codecisión en sus modelos productivos —no por ideología, sino por eficiencia y cohesión—, en España a los comités de empresa y a las secciones sindicales se les informa y consulta, pero rara vez participan en la toma de decisiones... Por ello, la negociación colectiva debe evolucionar hacia una gestión conjunta de materias críticas: desde la organización del trabajo hasta la formación continua o la gestión ética de los algoritmos... medidas concretas: derechos de codecisión en IA, participación en el capital e incentivos públicos para empresas democráticas. Pero esto requiere también una autocrítica honesta: durante demasiado tiempo el sindicalismo no priorizó la conquista de estos derechos y su ejercicio (Quim González Muntadas)

 "El pasado 2 de febrero, el Ministerio de Trabajo recibió de la Comisión Internacional de expertos de alto nivel sobre democracia en el trabajo un documento de 497 páginas que está llamado a sacudir los cimientos de nuestro modelo laboral. Este informe no es un diagnóstico más, es una enmienda a la totalidad a la forma en que entendemos la empresa en España. Su conclusión es tan nítida como preocupante: el acceso de las personas trabajadoras a su participación en el desarrollo de sus reconocidos o potenciales derechos es aún «tímido» y el mandato constitucional sobre el acceso a la propiedad de los medios de producción es, hoy por hoy, una promesa vacía.

No hablamos de una carencia coyuntural, sino de un déficit estructural. Nuestra arquitectura empresarial sigue anclada en una jerarquía del siglo pasado que choca frontalmente con los desafíos del siglo XXI: la gobernanza de la inteligencia artificial, la digitalización, la competitividad, la desigualdad y la globalización.

Una de las aportaciones más relevantes del informe es la calificación de las “entidades políticas”. Son espacios de poder donde se toman decisiones que condicionan la vida de las personas y el futuro de la sociedad. Si aceptamos esta premisa, la conclusión es inevitable: como cualquier entidad política en una democracia, la empresa debe organizarse bajo una arquitectura democrática.

En consecuencia, el trabajador deja de ser un mero recurso para convertirse en un “inversor de trabajo”. Al igual que el accionista aporta capital, el trabajador aporta su vida, su tiempo, su conocimiento, su capacidad de trabajo y los resultados de éste. Sin embargo, mientras el primero ostenta el control absoluto a través de la entidad “empresa”, el segundo permanece a menudo en la periferia de las decisiones estratégicas.

A menudo se etiqueta la participación laboral como una aspiración utópica o radical. Nada más lejos de la realidad. Se trata sencillamente de cumplir la Constitución Española. El artículo 129.2 es taxativo: “los poderes públicos promoverán eficazmente la participación de los trabajadores en la empresa y facilitarán su acceso a la propiedad de los medios de producción”. No es una sugerencia ni un “si conviene”, es un mandato constitucional que lleva cuarenta y siete años en el «congelador» legislativo.

España se sitúa hoy a la cola de Europa en participación real. Mientras países como Alemania, Austria o los Estados del Norte de Europa han integrado la codecisión en sus modelos productivos —no por ideología, sino por eficiencia y cohesión—, en España a los comités de empresa y a las secciones sindicales se les informa y consulta, pero rara vez participan en la toma de decisiones. En nuestro país, la participación real sigue siendo un espejismo en la inmensa mayoría de las empresas.

Debemos reconocer que en el sindicalismo del sur de Europa han primado durante décadas ciertas reticencias, en contraste con el sindicalismo del centro y norte del continente. Siempre planeaba la duda: ¿participar no significa integrarse en el sistema del capital?, ¿no diluye esto la defensa de los intereses de clase?

Estas reticencias están hoy superadas por un sindicalismo español que defiende que la participación no niega el conflicto entre capital y trabajo, sino que lo regula, lo institucionaliza y lo hace productivo. La cooperación y el conflicto no se excluyen, establecen entre sí, una frontera móvil. El conflicto sin capacidad de decisión compartida puede ser estéril, y la cooperación sin sindicato es una trampa. Por ello, la negociación colectiva debe evolucionar hacia una gestión conjunta de materias críticas: desde la organización del trabajo hasta la formación continua o la gestión ética de los algoritmos.

Es necesario además desmitificar la idea de que democratizar la empresa consiste únicamente en sentar a un representante en el consejo de administración. De hecho, esa silla puede ser una figura decorativa —una coartada para la empresa— si no existe una participación real en el día a día. La democracia empieza en la organización del trabajo y en el reconocimiento del conocimiento técnico de la plantilla. Existe una diferencia abismal entre el trabajador que siente que solo «rompe piedras» y aquel que entiende que está «construyendo una catedral». Esa diferencia no reside solo en el salario, sino en el sentido, la información y la capacidad de influir. Ahí, y no en los despachos cerrados, es donde nace la innovación real.

El informe propone medidas concretas: derechos de codecisión en IA, participación en el capital e incentivos públicos para empresas democráticas. Pero esto requiere también una autocrítica honesta: durante demasiado tiempo el sindicalismo no priorizó la conquista de estos derechos y su ejercicio, permitiendo que muchos convenios sigan consagrando el viejo «ordeno y mando».

El anuncio de la iniciativa del Gobierno para legislar en esta materia debe ser la palanca constitucional definitiva para democratizar la empresa. Porque la empresa es un espacio de poder y donde el poder no se democratiza reina el autoritarismo. Es hora de que el artículo 129.2 pase del papel a la realidad de los centros de trabajo y que la participación sea, por fin, una protagonista central de la negociación colectiva." 

(Quim González Muntadas  ,  Nueva Tribuna, 16/02/26)

14.2.26

¿Sustituir el capitalismo, no por el socialismo, sino por la democracia? Necesitamos urgentemente superar la ley capitalista del valor... por «capitalismo entendemos algo muy extraño y muy específico: un sistema económico que se reduce a una dictadura dirigida por una pequeña minoría que controla el capital: los grandes bancos, las grandes empresas y el 1 % que posee la mayoría de los activos invertibles»... bajo el capitalismo «el propósito de la producción no es principalmente satisfacer las necesidades humanas o lograr el progreso social, y mucho menos cumplir con ningún objetivo ecológico. El propósito es maximizar y acumular beneficios. Ese es el objetivo primordial. Esta es la ley capitalista del valor. Y para maximizar los beneficios, el capital requiere un crecimiento perpetuo, una producción agregada cada vez mayor, independientemente de si es necesaria o perjudicial»... la construcción y el mantenimiento de autopistas es mucho más lucrativo para los contratistas privados, los fabricantes de automóviles y las compañías petroleras que una red moderna de ferrocarriles públicos ultrarrápidos y seguros. Por eso, los capitalistas siguen presionando a sus gobiernos para que subvencionen los combustibles fósiles... El capitalismo está bloqueando las tecnologías y las inversiones para el bien colectivo y les está encerrando «en ciclos interminables de violencia imperialista». El imperialismo es un producto del capitalismo, donde «la acumulación de capital en las economías avanzadas depende de la aportación masiva de mano de obra barata y recursos naturales del sur global. Para mantener este orden, el capital utiliza todas las herramientas a su alcance: deuda, sanciones, golpes de Estado e incluso invasiones militares directas para mantener a las economías del sur en una posición de subordinación»... Entonces, ¿cuál es la respuesta al capitalismo y al imperialismo? Necesitamos un nuevo banco de inversión público que, en asociación con los bancos centrales, convierta la liquidez disponible en tipos de inversión compatibles con una prosperidad común y sostenible... utilizar ampliamente la democracia deliberativa para decidir los objetivos sectoriales, regionales y nacionales a los que se destinarán las nuevas herramientas de financiación pública... y la formación de empresas «gestionadas según el principio de un empleado, una acción, un voto»... pero la inversión capitalista en las economías modernas es cinco veces mayor que la inversión pública, inversión públíca frente a las decisiones de inversión que toman los grandes bancos de inversión privados de Estados Unidos... y cualquier trabajador puede comprar ya una acción de una empresa en este momento y votar, frente a las acciones de las grandes empresas, las sociedades de capital privado y las instituciones financieras? (Michael Roberts)

"Los destacados economistas de izquierda Jason Hickel y Yanis Varoufakis escribieron conjuntamente un artículo para el periódico británico The Guardian esta semana. El titular era «Podemos superar el modelo capitalista y salvar el clima: estos son los tres primeros pasos». Jason Hickel es profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona y profesor visitante sénior en la LSE. Yanis Varoufakis es el líder de MeRA25, exministro de Finanzas y autor de Technofeudalism: What Killed Capitalism.

Hickel y Varoufakis comienzan dejando muy claro lo siguiente: «Nuestro sistema económico actual es incapaz de abordar las crisis sociales y ecológicas a las que nos enfrentamos en el siglo XXI. Cuando miramos a nuestro alrededor, vemos una paradoja extraordinaria. Por un lado, tenemos acceso a nuevas tecnologías extraordinarias y a una capacidad colectiva para producir más alimentos y más cosas de las que necesitamos o de las que el planeta puede permitirse. Sin embargo, al mismo tiempo, millones de personas sufren condiciones de grave privación».

¿Por qué ocurre esto? Hickel y Varoufakis nos dicen sin rodeos que el problema es el «capitalismo». Una respuesta extraña por parte de Varoufakis, que recientemente ha escrito un libro en el que sostiene que «el capitalismo ha muerto» y ha sido sustituido por el feudalismo, o más precisamente por el «tecnofeudalismo». Pero la definición de capitalismo de Hickel y Varoufakis es algo extraña. Por capitalismo, no se refieren a «los mercados, el comercio y el espíritu empresarial, que han existido durante miles de años antes del auge del capitalismo». Eso es cierto. En cambio, los autores de este artículo afirman que por «capitalismo entendemos algo muy extraño y muy específico: un sistema económico que se reduce a una dictadura dirigida por una pequeña minoría que controla el capital: los grandes bancos, las grandes empresas y el 1 % que posee la mayoría de los activos invertibles».

No estoy seguro de por qué esto es «extraño». Al fin y al cabo, la historia de la organización social humana desde la época primitiva ha sido una historia de división de las personas en clases, con una clase dominante que explota al resto a través de diferentes modos sociales: la esclavitud, el feudalismo, el absolutismo y, durante los últimos 250 años aproximadamente, la explotación capitalista de la fuerza de trabajo humana a través de la propiedad y el control de los medios de producción. De hecho, como dicen los autores, bajo el capitalismo «el propósito de la producción no es principalmente satisfacer las necesidades humanas o lograr el progreso social, y mucho menos cumplir con ningún objetivo ecológico. El propósito es maximizar y acumular beneficios. Ese es el objetivo primordial. Esta es la ley capitalista del valor. Y para maximizar los beneficios, el capital requiere un crecimiento perpetuo, una producción agregada cada vez mayor, independientemente de si es necesaria o perjudicial».

Sí, el capitalismo es un sistema impulsado por los beneficios que explota a la masa de trabajadores, pero los autores no hacen tanto hincapié en ese aspecto del capitalismo como en su «irracionalidad», es decir, la «producción masiva de cosas como SUV, mansiones y moda rápida, porque estas cosas son muy rentables para el capital, pero la subproducción crónica de cosas obviamente necesarias como viviendas asequibles y transporte público, porque estas son mucho menos rentables para el capital, o no lo son en absoluto. »

Demuestran acertadamente que la razón por la que el calentamiento global y la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero no se están abordando bajo el capitalismo es que, aunque las energías renovables ya son mucho más baratas que los combustibles fósiles, la producción de estos últimos es hasta tres veces más rentable. «Del mismo modo, la construcción y el mantenimiento de autopistas es mucho más lucrativo para los contratistas privados, los fabricantes de automóviles y las compañías petroleras que una red moderna de ferrocarriles públicos ultrarrápidos y seguros. Por eso, los capitalistas siguen presionando a sus gobiernos para que subvencionen los combustibles fósiles y la construcción de carreteras, incluso mientras el mundo se quema». Como dicen gráficamente los autores: «al capitalismo le importan las perspectivas de nuestra especie tanto como a un lobo le importa un cordero».

El capitalismo está bloqueando las tecnologías y las inversiones para el bien colectivo y les está encerrando «en ciclos interminables de violencia imperialista». El imperialismo es un producto del capitalismo, donde «la acumulación de capital en las economías avanzadas depende de la aportación masiva de mano de obra barata y recursos naturales del sur global. Para mantener este orden, el capital utiliza todas las herramientas a su alcance: deuda, sanciones, golpes de Estado e incluso invasiones militares directas para mantener a las economías del sur en una posición de subordinación».

Entonces, ¿cuál es la respuesta al capitalismo y al imperialismo? Los autores vuelven a ser contundentes. «La solución está delante de sus narices. Necesitamos urgentemente superar la ley capitalista del valor». Sí. Pero cuando se trata de un programa para superar la ley del valor en el capitalismo, las alternativas que ofrecen nuestros autores se vuelven poco convincentes (en su otro significado). Hickel y Varoufakis nos ofrecen tres condiciones necesarias, pero no para sustituir el capitalismo por el socialismo, sino para sustituir la «dictadura» capitalista por «una democracia funcional y ecológicamente sólida». Así que no del capitalismo al socialismo, sino de la dictadura a la democracia. En este artículo, la palabra «socialismo» brilla por su ausencia.

Y el motivo queda claro cuando los autores explican sus tres condiciones para el cambio. «La primera condición es una nueva arquitectura financiera que penalice las «inversiones» privadas destructivas y permita la financiación pública con fines públicos». Eso es un poco vago; ¿qué significa en la práctica? «En el centro de esta arquitectura necesitamos un nuevo banco de inversión público que, en asociación con los bancos centrales, convierta la liquidez disponible en tipos de inversión compatibles con una prosperidad común y sostenible». ¿Qué? Entonces, la respuesta al dominio del capital financiero no es hacerse con el control de los bancos, las compañías de seguros, los fondos de cobertura, etc. y luego planificar la inversión. No, se trata simplemente de crear un banco público que compita con el sector financiero capitalista existente. Dado que la inversión capitalista en las economías modernas es unas cinco veces mayor que la inversión pública, ¿cómo puede esta propuesta invertir esa proporción y poner fin a la «dictadura» del capitalismo?

La segunda condición es «utilizar ampliamente la democracia deliberativa para decidir los objetivos sectoriales, regionales y nacionales (por ejemplo, en lo que respecta al crecimiento o incluso a la reducción de diferentes producciones) a los que se destinarán las nuevas herramientas de financiación pública». Así pues, nuestro banco de inversión público se gestionará democráticamente y las decisiones sobre las inversiones que realice se tomarán democráticamente. Muy bien, pero ¿qué pasa con las decisiones de inversión que toman los grandes bancos de inversión privados de Estados Unidos, los cinco grandes bancos comerciales del Reino Unido, etc.? Parece que sus decisiones no se ven afectadas.

¡Ah! No, no es así, porque la tercera condición para poner fin a la «dictadura» capitalista, según los autores, es la formación de empresas «gestionadas según el principio de un empleado, una acción, un voto». Las empresas no deben pasar a ser de propiedad común. En cambio, cada trabajador obtiene una acción y un voto en las decisiones de la empresa. Esto es extraño, porque cualquier trabajador puede comprar una acción de una empresa en este momento y votar. ¿Qué pasa con las acciones que ya poseen las grandes empresas, las sociedades de capital privado y las instituciones financieras? ¿No van a ser expropiadas? Si es así, ¿por qué no lo dicen, en lugar de limitarnos a ofrecernos la idea de un trabajador, un voto?

Los autores terminan su artículo afirmando que puede existir un mundo que evite el colapso ecológico y acabe con la pobreza global: «es una perspectiva tangible». El problema es que las tres recetas políticas que ofrecen Hickel y Varoufakis distan mucho de lograrlo, porque no conducen al fin de lo que ellos llaman la «dictadura» capitalista." 

6.11.25

¿Qué aportaría el decrecimiento? Se centra en reducir las formas de producción dañinas e innecesarias que no benefician a la mayoría de la gente y reorganizarlas en torno a las necesidades sociales y ecológicas. Y sobre todo se dirige a los países del norte global, donde producimos muchos todoterrenos, mansiones, aviones privados y moda rápida. Esto consume mucha energía, es muy destructivo y no satisface las necesidades humanas... Ya sabemos que la población quiere energía renovable, transporte público, vivienda asequible o alimentos nutritivos. Podemos imponer reglas a los bancos comerciales para orientar la inversión en esa dirección. Y deberíamos tener asambleas ciudadanas que representen a la población geográficamente y que puedan decidir de forma efectiva qué es perjudicial y qué necesario... Una solución muy fácil es promover un programa público de empleo garantizado para lo que ya sabemos que mejora a la sociedad... en las zonas rurales de España conviven una degradación masiva del suelo y un desempleo masivo. No hay razón para no dar trabajo en agricultura regenerativa. En nuestra economía actual, creen que la única manera de abordar el desempleo es mediante el crecimiento, pero estas políticas públicas ya se aplicaron en EE UU en la Gran Depresión y en el Reino Unido tras la Segunda Guerra Mundial... Con un mecanismo de financiación pública... existe una limitación: si se emite moneda para producir demasiado y compite con la producción privada, impulsará la inflación. Así que hay que combatir la inflación mediante el decrecimiento, reduciendo las industrias dañinas e innecesarias, gravando a los ricos o disminuyendo el consumo en las élites... y limitar así su control sobre nuestra capacidad productiva (Jason Hickel)

 "Cuenta que cuando era pequeño, la rejilla delantera del coche se le llenaba de bichos cuando viajaba por su Esuatini natal, antes Suazilandia. Y ahora, el catedrático y antropólogo económico Jason Hickel (42 años) apenas ve ni la mitad de insectos en el país africano. Es sintomático. “El calentamiento global es extremadamente peligroso. Es un fracaso de nuestras clases dirigentes”, declara en Madrid unas horas antes de participar en la conferencia Más allá del Crecimiento, en el Congreso de los Diputados. El autor de Menos es más. Cómo el decrecimiento salvará al mundo (Capitán Swing) establece que el capitalismo se basa en enriquecer brutalmente a los más ricos a costa de generar desigualdad y destrozar el planeta, y que el PIB no mide el bienestar real de la población. Él propone soluciones.

Pregunta. ¿Cómo dimensiona que cada vez haya menos insectos?              

Respuesta. Es inaceptable. Y es solo la punta del iceberg. El colapso ecológico es una emergencia y necesitamos una respuesta. La política para la reducción de emisiones es muy inadecuada y el capitalismo es incapaz de resolver esta crisis porque su propósito no es satisfacer las necesidades humanas ni alcanzar objetivos ecológicos. Es únicamente maximizar y acumular ganancias. Mientras el capital controle la producción, tendremos resultados perversos.

P. ¿Qué implica este capitalismo?

R. Los mercados, los negocios y el comercio existieron miles de años antes del capitalismo. No hay nada malo en ello. Pero este capitalismo es un sistema basado en la antidemocracia. Las decisiones sobre qué producir y cómo utilizar nuestro trabajo y recursos las toma el capital: las grandes empresas financieras, las grandes corporaciones y el 1% más rico, que posee la mayor parte de los activos de inversión. Producen solo lo que les da beneficios a ellos, incluso si es perjudicial para la población o el planeta.

P. También el capitalismo ha podido inocular en las personas que vales por lo que tienes, no por lo que eres. Y eso arrastra al consumismo.

R. En gran medida es por la publicidad. Nos convencen de que no valemos nada a menos que tengamos algún artículo o marca en particular. Esto provoca ansiedad e infelicidad. Y al final ese consumo es para el beneficio de las grandes empresas. Tenemos muchos estudios de ciudades que han prohibido la publicidad, donde la gente termina siendo mucho más feliz y viviendo vidas más plenas, con menos ansiedad, menos autolesiones, menos enfermedades mentales, etc. Así que debemos entender que el comportamiento del consumidor es, en realidad, consecuencia de la producción. Es consecuencia del capital.

P. ¿Y qué aportaría el decrecimiento?

R. Se centra en reducir las formas de producción dañinas e innecesarias que no benefician a la mayoría de la gente y reorganizarlas en torno a las necesidades sociales y ecológicas. Y sobre todo se dirige a los países del norte global, donde producimos muchos todoterrenos, mansiones, aviones privados y moda rápida. Esto consume mucha energía, es muy destructivo y no satisface las necesidades humanas.

R. ¿Quién decidiría qué producir?

R. Debería ser democráticamente. Ya sabemos que la población quiere energía renovable, transporte público, vivienda asequible o alimentos nutritivos. Podemos imponer reglas a los bancos comerciales para orientar la inversión en esa dirección. Y deberíamos tener asambleas ciudadanas que representen a la población geográficamente y que puedan decidir de forma efectiva qué es perjudicial y qué necesario.

P. ¿Por qué no se hace?

R. Lo que veo es que la voluntad popular está ahí. Pero la acción política no. Y la razón es que la mayoría de nuestros políticos y gobiernos están alineados con los intereses del capital, no con los de la gente.

P. ¿Y qué responde a quiénes le dicen que qué pasaría con los puestos de trabajo de los artículos innecesarios o de los productos con obsolescencia programada?

R. Una solución muy fácil es promover un programa público de empleo garantizado para lo que ya sabemos que mejora a la sociedad. Y sería con salarios dignos, con una semana laboral más corta…. Por ejemplo, en las zonas rurales de España conviven una degradación masiva del suelo y un desempleo masivo. No hay razón para no dar trabajo en agricultura regenerativa. En nuestra economía actual, creen que la única manera de abordar el desempleo es mediante el crecimiento, pero estas políticas públicas ya se aplicaron en EE UU en la Gran Depresión y en el Reino Unido tras la Segunda Guerra Mundial.

P. ¿Y cómo se financiaría ahora?

R. Con un mecanismo de financiación pública. Por supuesto, existe una limitación: si se emite moneda para producir demasiado y compite con la producción privada, impulsará la inflación. Así que hay que combatir la inflación mediante el decrecimiento, reduciendo las industrias dañinas e innecesarias, gravando a los ricos o disminuyendo el consumo en las élites... y limitar así su control sobre nuestra capacidad productiva.

P. En España, la derecha acaba de tumbar la ley para reducir la jornada laboral.

R. Me parece terrible. Puede ser extremadamente beneficiosa para las personas y para el planeta. Está demostrado." 

(Entrevista a Jason Hickel,  Ángeles Lucas , El País, 15/10/25)

12.5.25

Por qué el capitalismo es fundamentalmente antidemocrático... El antídoto es la democracia económica... Sí, muchos de nosotros vivimos en sistemas políticos democráticos, en los que podemos elegir a los dirigentes nacionales cada pocos años, pero cuando se trata de la economía, del sistema de producción -que afecta a nuestra vida cotidiana y determina la forma y la dirección de nuestra sociedad-, por lo general no se permite ni siquiera una pretensión de democracia... En el capitalismo, la producción está controlada abrumadoramente por el capital, por el 1% que posee la mayoría de los activos invertibles. Son ellos quienes determinan qué producir, cómo utilizar nuestro trabajo colectivo y los recursos de nuestro planeta, y qué hacer con el excedente que generamos... En lo que respecta al capital, el propósito de la producción y la reinversión del excedente no es satisfacer las necesidades humanas... El propósito es maximizar y acumular beneficios y poder... Estas decisiones se toman en interés de la clase capitalista. Los trabajadores, las personas que realmente producen, rara vez tienen voz. Este arreglo es completamente antidemocrático... De hecho, es literalmente plutocracia... El resultado es que, a pesar de tener una capacidad productiva extraordinaria, con niveles de producción extremadamente altos hasta el punto de rebasar los límites planetarios, no conseguimos garantizar que todo el mundo tenga acceso a los bienes y servicios básicos... quienes controlan la producción dentro de este sistema aprovechan sus beneficios para manipular las elecciones nacionales, a través de la financiación de campañas y la publicidad, o a través de la propiedad y el control de los medios de comunicación. La democracia no puede funcionar en estas condiciones... el impacto de esta dinámica en los resultados políticos en Estados Unidos hace que el país se parezca más a una oligarquía que a una democracia... El capital determina lo que construimos y lo que producimos, y por tanto determina la forma y la dirección de nuestra civilización. Si no tenemos un control democrático sobre la producción, difícilmente podemos decir que vivimos en una democracia... Las decisiones sobre qué producir y cómo utilizar nuestro excedente colectivo deberían determinarse democráticamente... El camino para salir del capitalismo es la democracia económica (Jason Hickel, Un. Autónoma Barcelona)

 "Es habitual en el discurso occidental afirmar que existe una conexión natural entre capitalismo y democracia. A veces los dos conceptos están prácticamente fusionados. Siempre me ha parecido extraño porque valoro la democracia, pero el capitalismo no tiene nada de democrático.

Sí, muchos de nosotros vivimos en sistemas políticos democráticos, en los que podemos elegir a los dirigentes nacionales cada pocos años, aunque reconozcamos que este proceso es a menudo corrupto e inadecuado. Pero cuando se trata de la economía, del sistema de producción -que afecta a nuestra vida cotidiana y determina la forma y la dirección de nuestra sociedad-, por lo general no se permite ni siquiera una pretensión de democracia.

En el capitalismo, la producción está controlada abrumadoramente por el capital: las grandes empresas financieras, las grandes corporaciones y el 1% que posee la mayoría de los activos invertibles. Son ellos quienes determinan qué producir, cómo utilizar nuestro trabajo colectivo y los recursos de nuestro planeta, y qué hacer con el excedente que generamos.

En lo que respecta al capital, el propósito de la producción y la reinversión del excedente no es satisfacer las necesidades humanas, lograr el progreso social o realizar objetivos ratificados democráticamente. El propósito es maximizar y acumular beneficios y poder: ese es el objetivo primordial. Estas decisiones se toman en interés de la clase capitalista. Los trabajadores, las personas que realmente producen, rara vez tienen voz.

 Este arreglo es completamente antidemocrático. De hecho, es literalmente plutocracia. Y cuando se gobierna un sistema así, se producen resultados perversos. Acabamos con una sobreproducción masiva de cosas perjudiciales y menos necesarias como los combustibles fósiles, los todoterrenos y la carne de vacuno industrial (que son muy rentables para el capital), pero con una infraproducción crónica de cosas obviamente necesarias como las energías renovables, el transporte público y la vivienda asequible (porque son menos rentables para el capital o no son rentables en absoluto).

El resultado es que, a pesar de tener una capacidad productiva extraordinaria, con niveles de producción extremadamente altos hasta el punto de rebasar los límites planetarios, no conseguimos garantizar que todo el mundo tenga acceso a los bienes y servicios básicos. En Estados Unidos, el país más rico del mundo, casi la mitad de la población no puede permitirse la asistencia sanitaria; en el Reino Unido, 4,3 millones de niños viven en la pobreza; y en la Unión Europea, 95 millones de personas no pueden permitirse una vivienda digna y alimentos nutritivos. Se trata de escaseces totalmente artificiales.

 También cabe señalar que quienes controlan la producción dentro de este sistema aprovechan sus beneficios para manipular las elecciones nacionales, a través de la financiación de campañas y la publicidad, en apoyo de los políticos que servirán a sus intereses. O a través de la propiedad y el control de los medios de comunicación. La democracia no puede funcionar en estas condiciones. De hecho, un estudio de 2014 concluyó que el impacto de esta dinámica en los resultados políticos en Estados Unidos hace que el país se parezca más a una oligarquía que a una democracia.

Un crítico puede replicar que, dejando todo esto de lado, el capitalismo es democrático porque cada persona puede «votar con sus dólares». Según este argumento, los consumidores determinan la dirección de la economía, que por lo tanto acaba atendiendo las necesidades de la gente de la forma más eficiente posible. Pero este argumento no se sostiene por varias razones.

En primer lugar, si los dólares equivalen a votos, es evidente que algunas personas tienen mucho más poder de voto que otras. Un solo individuo con mil millones de dólares tendría más poder de voto que 66.000 trabajadores que ganan el salario mínimo. Esto no tiene nada de democrático. Y es aún más repugnante cuando comprendemos que quienes poseen dólares por encima de las necesidades de consumo (en otras palabras, los ricos) son los que tendrán el poder de invertir en manipular las elecciones reales.

 En segundo lugar, aunque ignoráramos este problema, los dólares de la gente corriente no equivalen a votos, en la medida en que no se pueden comprar cosas que no se están produciendo. Podemos querer energías renovables, viviendas asequibles, productos más duraderos, transporte público y agricultura regenerativa. Pero si estas cosas no se producen -porque el capital no lo considera lo suficientemente rentable como para hacerlo-, nada de agitar nuestros dólares va a cambiar esa situación. Si así fuera, no sufriríamos la privación crónica de estas cosas.

La realidad es que el capital no asigna la inversión en función de lo que la gente de a pie realmente necesita o quiere. Asigna la inversión a lo que es más rentable para el capital, que puede coincidir o no con las necesidades humanas. Por supuesto, para que algo sea rentable, tiene que haber cierta demanda. La demanda es una condición necesaria pero insuficiente. Pero es la rentabilidad, y no la demanda, lo que determina la inversión. El capital determina la producción, y sólo podemos «votar» entre las cosas que el capital está dispuesto a producir.

 En última instancia, no se trata de quién tiene el poder de consumir, sino de quién tiene el poder de producir. La riqueza representa no sólo el poder sobre el consumo sino, lo que es más importante, el mando sobre los medios de producción. Esto incluye el poder sobre nuestro trabajo. El capital determina lo que construimos y lo que producimos, y por tanto determina la forma y la dirección de nuestra civilización. Si no tenemos un control democrático sobre la producción, difícilmente podemos decir que vivimos en una democracia.

Nada de esto es inevitable. Podemos y debemos extender el concepto de democracia a la economía. Sabemos, empíricamente, que cuando las personas tienen un control democrático sobre la producción - democracia económica - tienden a organizar la producción más en torno a la satisfacción de las necesidades humanas, gestionan los recursos de forma más sostenible y distribuyen los rendimientos de forma más justa. Los investigadores han demostrado que si la producción se organizara en torno a estos objetivos, podríamos acabar con las privaciones y proporcionar una buena vida a 8.500 millones de personas con menos energía y recursos de los que utilizamos actualmente.

 Las decisiones sobre qué producir y cómo utilizar nuestro excedente colectivo deberían determinarse democráticamente, en lugar de estar controladas por y para los intereses de los capitalistas y el 1%. Esto puede lograrse mediante servicios públicos universales y una garantía de empleo público (para asegurar una producción suficiente de bienes y servicios necesarios para el bienestar humano), la propiedad democrática de las empresas (como en el caso de Mondragón o Huawei), y un sistema de política industrial, finanzas públicas y orientación del crédito (para asegurar que la inversión y la producción se alinean con los objetivos ratificados democráticamente).

El camino para salir del capitalismo es la democracia económica."

(, Un. Autónoma de Barcelona, Znetwork, 03/05/25, traducción DEEPL, enlaces en el original)

25.4.25

Inteligencia Artificial y economía solidaria: ¿posibles aliadas? Grupos cooperativos manifiestan que las tecnologías nuevas son nuevas oportunidades, “y lo importante es apropiárselas y decidir nosotras para qué las queremos y cómo las queremos utilizar”... puede tener impacto positivo en el día a día de las organizaciones porque permite ganar en eficiencia y ayuda a poner los esfuerzos en las tareas de mayor valor... “Mediante las tecnologías de traducción automática o de accesibilidad digital, basadas en lenguajes que entiendan nuestras organizaciones y alimentadas con nuestros datos, podríamos llegar a una audiencia más diversa, incluyendo personas con discapacidades o de diferentes idiomas y culturas”... “Nuestra IA de código abierto se sostendrá en infraestructuras públicas, tendiendo a construir un futuro común digital”... “El conocimiento es el primer paso, el segundo es apostar colectivamente por construir herramientas tecnológicas que den respuesta a las preguntas que se formulan en la sociedad actual. Y, por supuesto, mancomunar recursos para dar una respuesta colectiva” (Carla Liébana)

 "Una nueva polémica se ha desatado en las redes durante las últimas semanas por la proliferación de dibujos generados con Inteligencia Artificial (IA) siguiendo el estilo de Studio Ghibli, un estudio de animación japonés considerado de los mejores del mundo. Según datos proporcionados por el mismo CHatGPT, se calcula que se han usado 216 millones de litros de agua en una semana para poder refrigerar sus servidores (se estima que una sola interacción necesita de 0,5 a 2 litros de agua) a una temperatura segura mientras se generaban millones de este tipo de imágenes. Más allá del debate sobre los derechos de autor y el reconocimiento a la creatividad, la IA abre en nuestro día a día un sinfín de interrogantes sobre los límites de su uso que desde la economía social y solidaria (ESS) están empezando a abordar.

Al margen de los defensores a ultranza de las nuevas tecnologías, el boom de la IA está dando pie un conjunto de actitudes distópicas que predicen un futuro en el que los humanos ya no servirán para nada porque serán sustituidos por robots. La alarma se ha disparado con la irrupción de chatGPT que, junto con DALL·E o Midjourney, son herramientas de IA generativa, es decir, que tienen la capacidad de crear contenidos nuevos, ya sean textos, imágenes o música. Sin embargo, hay que tener en cuenta que hay muchas otras herramientas de IA que hace más de 20 años que se están utilizando, como los programas de análisis de datos basados en algoritmos de clasificación.

Para Judith Membrives, investigadora en IA y derechos humanos, es importante alejarse de las visiones tecnofóbicas y tecnoutópicas de la IA y promover un análisis crítico del fenómeno, como se hace con el consumo de cualquier otra cosa, ya sea de ropa o de alimentación. “Tal como se está introduciendo en el mercado, la IA responde a la ideología neoliberal turbocapitalista que pretende convertir todos los aspectos de la actividad humana en algo eficiente, incluso el arte y la creación, con la intención de precarizar más la experiencia humana en general. Y no me refiero solo al ámbito laboral, ya que también precariza la capacidad de pensar y de salir de los imaginarios más comunes”, opina. Y continúa: “Esta precarización implica que debamos plantearnos lo que validamos como saber y lo que no, puesto que lo que no está codificado deja de tener valor o genera la obligación moral de codificarlo, independientemente de que los colectivos implicados quieran o no”. “Se trata de una dinámica que tiene como consecuencia la homogeneización propia de la ideología occidental: de nuevo, es la idea del hombre blanco que nos evangeliza con las maravillas de la tecnología”, agrega.

Por todo ello, tiene claro que las economías transformadoras tienen la responsabilidad de plantearse la introducción de esta tecnología bajo nuevas premisas que permitan ponerla al servicio del bien común, desde valores como la interdependencia, la mancomunación de recursos, la cooperación o la perspectiva feminista, antirracista y decolonial. “¿Y si pusiéramos la IA a trabajar para adaptarnos a la transición eco-social?”, propone Membrives.

Precisamente para pasar de la mirada a la acción crítica, el grupo cooperativo Tangente –con la participación especial de Otro tiempo– y la asociación Trastería de ideas han desarrollado el proyecto Realidad aumentada e Inteligencia artificial contra las violencias machistas. El equipo implicado indica que el objetivo básico del proyecto es apropiarse de las tecnologías con mirada de género y a la vez “estar en el lugar en el que no se nos espera, huir de la estrategia del avestruz que a menudo seguimos cuando algo nos da miedo o no lo terminamos de entender, y no dejar que se nos pase el tren de las tecnologías sin enterarnos”. Quieren plantear la IA como herramienta de empoderamiento y ver todas las posibilidades que ofrecen en la lucha contra las violencias machistas, de la mano de tecnólogas con mirada de género y ESS.

En este aspecto, también coincide la cooperativa tecnológica Colectic. Núria Alonso, una de sus miembros, apunta: “Entendemos la IA como una herramienta potentísima que permite generar grandes avances y cambios. Como sociedad, tenemos el reto de que estos cambios no sirvan para aumentar las desigualdades que atraviesa nuestro planeta, sino que sirvan para garantizar el bien común siguiendo los valores de la ESS”.

La IA en el día a día cooperativo

Miembros del grupo cooperativo Tangente manifiestan que las tecnologías nuevas son nuevas oportunidades, “y lo importante es apropiárselas y decidir nosotras para qué las queremos y cómo las queremos utilizar”. Aunque actualmente hay variedad de usos y posiciones entre las 13 cooperativas del grupo, han organizado un laboratorio como punto de encuentro para compartir inquietudes con profesionales de la comunicación y de la sensibilización utilizando herramientas de IA generativa. “Cuando empezamos el acercamiento a la IA tenía más que ver con la curiosidad; ahora empezamos a hacer un uso más profesional y lo vemos como una herramienta de apoyo en los trabajos, por ejemplo, en perfiles de comunicación o en la redacción de proyectos”, explican. A pesar de que ya se está usando, reconocen que no han tenido un diálogo interno sobre en qué términos, para que sí y para que no, y cómo reconocer al exterior cuando lo usan.

Pero, ¿puede ser la IA una amenaza para el mercado social? ¿Es compatible que la IA ayude a des-precarizar la ESS facilitando algunas tareas habituales en las organizaciones y a la vez genere más precarización en algunos sectores al prescindir de profesionales de determinados ámbitos? En Tangente, son categóricas: “Preferimos las personas a las máquinas, aunque nos gusten las máquinas y sean muy útiles”. Prosiguen: “En nuestra experiencia, su uso puede ser útil como herramienta de apoyo, si sabes de lo que hablas, pero si no conoces bien el tema y no sabes discriminar, no es una herramienta fina, ya que le falta profundidad y se basa en estereotipos”. Por su parte, Membrives añade que, aunque le cuesta poner el foco en el uso individual, cree que también hay un posicionamiento político en las tareas que se le piden a una IA: “Una cosa es utilizarla para agilizar tu trabajo y otra es usarla para ahorrarnos pagar una profesional. Yo creo en la redistribución, así que rechazo ese tipo de usos”.

Uno de los aprendizajes clave del laboratorio organizado por Tangente, en palabras de la ingeniera informática y activista por el software libre Margarita Padilla, es que la IA no es una herramienta de conocimiento sino de reproducción de patrones y aprendizajes, y que se está usando un modelo de lenguaje como si fuera un modelo de conocimiento. “Cuando entendemos que la IA es una distribución de palabras probables, podemos dejar de otorgarle el poder genuino del conocimiento”, reflexiona el equipo de Tangente.

Joan Caballero, referente del equipo de sistemas de la cooperativa de telefonía ética SomConnexió, sostiene que la IA puede tener impacto positivo en el día a día de las organizaciones porque permite ganar en eficiencia y ayuda a poner los esfuerzos en las tareas de mayor valor. Y sigue: “Es más gratificante para una persona de nuestro equipo de atención a las usuarias y más útil para nuestras consumidoras que podamos dedicar 20 minutos al teléfono para ayudar a una persona mayor a configurar sus servicios, que haciendo clics pegando información de un sistema a otro. Gracias a la automatización de procesos nos podemos dedicar más tiempo a ofrecer una gestión de los servicios desde los cuidados, hacia dentro y hacia fuera, poniendo el bienestar de las personas en el centro”. De hecho, en SomConnexió ya utilizan algunas herramientas IA ­–algunas, desde hace años– como soporte a los programadores informáticos para buscar soluciones a problemas técnicos, o para clasificar automáticamente las peticiones de servicios que les llegan.

En Colectic, también creen que la IA puede ser una oportunidad para las organizaciones de ESS, especialmente para las más pequeñas, ya que podría usarse para automatizar procesos de tareas administrativas, contabilidad, gestión de proyectos o seguimiento de donaciones. Según Alonso, se liberaría tiempo de las personas para concentrarse en actividades más estratégicas o directamente relacionadas con los objetivos solidarios de las organizaciones. También podría tener un impacto muy positivo en términos de inclusividad: “Mediante las tecnologías de traducción automática o de accesibilidad digital, basadas en lenguajes que entiendan nuestras organizaciones y alimentadas con nuestros datos, podríamos llegar a una audiencia más diversa, incluyendo personas con discapacidades o de diferentes idiomas y culturas”.

La Red de Economía Alternativa y Solidaria REAS - Red de Redes se sitúa en los mismos parámetros. “Hay que provechar las oportunidades que pueden abrirse para que las entidades tengan mayor incidencia económica y social gracias a ciertas herramientas, pero sin perder de vista el impacto ambiental y en materia de Derechos Humanos detrás de estos procesos”, señala Blanca Crespo, responsable de comunicación. Por ello, recuerda que en el marco de este movimiento, especialmente en ComunESS (espacio de encuentro entre personas y entidades de la comunicación en la ESS), hay abierto un debate hace años –abordado en encuentros como éste con ponencias específicas sobre IA­– que enfatiza la importancia de aplicar también aquí criterios de consumo responsable así como de democratizar estas nuevas tecnologías, el poder y el rédito asociado.

¿Una IA ética?

Uno de los grandes contras de la IA es su sostenibilidad ambiental, especialmente su gran coste energético para entrenar al ordenador. Además, según la Agencia Internacional de la Energía, el mantenimiento de los centros de datos consume alrededor del 1,5% de la energía global y el uso de grandes cantidades de agua para refrigerarlos, y su predicción es que en los próximos 5 años la demanda se duplicará, alcanzando una cifra de 945 teravatios hora. De hecho, confirma la tendencia ya anunciada en el Informe sobre la Economía Digital publicado por la ONU en 2024, que se señalaba que el consumo de electricidad de los principales operadores de centros de datos se había más que duplicado entre 2018 y 2022 por la expansión de los nuevos servicios tecnológicos, entre ellos los que tienen de base la IA, con empresas como Amazon, Alphabet, Microsoft y Meta entre los mayores contribuyentes.

Todo esto sin tener en cuenta todas las vulneraciones que se dan en la primera etapa de la cadena de subministro tecnológica: el extractivismo que impacta terriblemente en las comunidades ricas en minerales, degradando suelos, contaminando aguas y contribuyendo al cambio climático, la explotación laboral en las minas que emplean a menudo niños y las mafias que se alimentan con este negocio.

Ante este panorama de devastación ambiental, ¿hasta qué punto es viable imaginar una IA ética? Membrives afirma: “Hay que desmantelar la creencia de que necesitamos una IA generativa que nos ayude a todo y pensar en aplicaciones con objetivos concretos y funcionalidades focalizadas ­–algo que ya está empezando a pasar incluso en el sector más comercial, que puedan impulsarse en un escenario de escasez de recursos y pensando en la sostenibilidad”. Alonso lo define como modelos que no impliquen contradicción con la mirada eco-social: “más pequeños, entrenados con fuentes de datos próximas y que den respuesta a nuestro contexto cultural”.

Para no bajar la guardia, Membrives plantea algunos interrogantes sobre la posibilidad de impulsar una IA basada en los principios de la ESS, ya que “a menudo reproducimos modelos de Silicon Valley basados en la idea de innovación o progreso y el replanteamiento debería ser más radical”. La investigadora observa: “Las que venimos del mundo del software libre debemos cuestionar si sus valores sirven o no para afrontar la IA generativa: la esencia de su funcionamiento (la cantidad de datos que necesita, el impacto ambiental...), por mucho que sea de código abierto, no nos exime de otras lógicas capitalistas”.

Asimismo, Alonso declara que pensar en una IA que responda a la lógica del software libre implica transformar muchos de los procesos que hacen posible una IA generativa. “Primero, entender el código con el que está escrita: que sea consultable a través de repositorios públicos, que los algoritmos que la hacen posible sean reutilizables. Pero la IA no es solo el software, también los datos con los que se ha entrenado: ¿de quién son? ¿tenemos derecho a usarlos para entrenar una IA? ¿Tenemos a nuestro alcance bases de datos de licencias abiertas para su reutilización?”. Además, Alonso insiste en la importancia de la infraestructura técnica para hacer funcionar esta IA, ya que de poco servirá que sea ética si se almacena en los centros de datos de las grandes empresas: “Nuestra IA de código abierto se sostendrá en infraestructuras públicas, tendiendo a construir un futuro común digital”, presagia.

Para Caballero, es evidente que ahora no existe la capacidad para desarrollar IA desde la ESS, por lo tanto, cree que lo importante es poner el foco en cómo se ha generado cada una de ellas y “reclamar transparencia para conocer cómo se han entrenado, qué procesos han usado, qué refinamiento, cómo de abierto es el código y las herramientas usadas, etc”. También Membrives insiste en que a lo que debemos plantar cara es a la oligarquía que se está construyendo alrededor de esta tecnología, y exigir una regulación mucho más restrictiva en términos de transparencia.

En este sentido, hay que destacar que en 2021 se aprobó la normativa de la Unión Europea para regular el uso de la IA, prevenir los riesgos e intentar actuar sobre este fenómeno con el objetivo de garantizar la seguridad de los usuarios. “Pensamos que la legislación europea va por buen camino y desde la ESS creemos que podemos aportar esta consciencia, hacer de lobby y estar presentes en estas regulaciones para poder marcar qué usos son socialmente inaceptables, como la clasificación de patrones o de personas según su rastro en internet”, valora Alonso.

Frente común desde la ESS

Como en cualquier sector de la ESS, cooperar y tejer red será también la manera de hacer frente a la IA. En Tangente, admiten que hacer frente a la IA es necesario, pero “genera un marco de amenaza y una respuesta de autodefensa, cuando la idea es ir más allá y pasar a la creación, a la reapropiación”. Para empezar, creen que hay que tener un conocimiento muy claro de lo que son las tecnologías de inteligencia artificial. “Así como mucha gente identifica el navegador con el buscador de Google, o internet con las redes sociales, ahora identificamos inteligencia artificial con unos pocos productos de inteligencias artificiales generativas”, constatan.

Para avanzar colectivamente, ya se han dado los primeros pasos. Como ejemplo, el laboratorio y sus frutos, que han sido de gran ayuda para Tangente: “Hemos aprendido que chatGPT no es un modelo de conocimiento sino un modelo de lenguaje; que es chaquetero; que no tiene opinión propia (¿o sí?); que reproduce la hegemonía a cultural y al funcionar por repetición los conocimientos menos normativos son más difíciles de encontrar; cómo son sus sesgos y estereotipos patriarcales, coloniales y racistas; con qué fuentes trabaja y cómo se apropia del conocimiento de otras. Incluso hemos aprendido que la gente joven lo utiliza como si fuera su psicóloga particular, para no sentirse tan sola”, cuentan. Conscientes de que con la IA generativa están en juego cuáles son los marcos de pensamiento, qué se convierte en verdad social y qué es invisible, recomiendan tener una actitud de curiosidad crítica para no perderse su impacto social y poder generar espacios de oportunidad a través de ella, aunque “aún está por ver cómo se van a concretizar esos espacios de oportunidad”, confiesan.

Otra gran iniciativa colectiva que suma esfuerzos alrededor de la tecnología, IA incluida, es Som IT Cooperatiu, una cooperativa de segundo grado creada por Som Connexió, Som Mobilitat y la Fundación de Fiare. Su objetivo es generar sinergias, asegurando la mirada colectiva mediante el trabajo de cooperativas tecnológicas expertas o que puedan seguir aumentando su conocimiento y compartiéndolo con varios proyectos, y fortaleciendo al conjunto de la ESS.

En definitiva, las expertas tecnológicas del movimiento de la ESS están alineadas con su propuesta de acercamiento crítico a la IA y animan a las entidades a utilizarla responsablemente para cuestionarla y, a partir de ahí, crear alternativas coherentes con sus valores y con la situación eco-social. “El conocimiento es el primer paso, el segundo es apostar colectivamente por construir herramientas tecnológicas que den respuesta a las preguntas que se formulan en la sociedad actual. Y, por supuesto, mancomunar recursos para dar una respuesta colectiva”, concluye Alonso."    (Carla Liébana , El Salto, 19/04/25)

18.1.25

La participación de los sindicatos en los órganos de gobierno de las empresas incluida en el acuerdo PSOE-Sumar se sustenta en la Constitución... lo que es una realidad en Alemania, Holanda y los países escandinavos en donde después de la segunda guerra mundial se instituyeron formas de cogestión que aunque no han proporcionado todos los resultados esperados han logrado elevados niveles de productividad... La idea de Yolanda Díaz se sustenta en el artículo 129.2 de la Constitución Española: “Los poderes públicos promoverán eficazmente las diversas formas de participación en la empresa y fomentarán, mediante una legislación adecuada, las cooperativas. También establecerán los medios que faciliten el acceso de los trabajadores a la propiedad de los medios de producción”

 "La norma más revolucionaria

Comprender la democracia en todas sus dimensiones es el propósito de Luigi Ferrajoli, profesor de Filosofía del Derecho de la universidad pública de Roma Tres, en su reciente y fundamental libro La construcción de la democracia (Editorial Trotta). La obra dedica especial atención a la democracia económica y aboga por “la democratización de las empresas y, más en general, de los lugares de trabajo”.

El eminente jurista recoge el llamamiento global Democratizing work firmado por más de 3.000 estudiosos de más de 650 universidades, publicado en mayo de 2020 en el que se “llama a los trabajadores ‘inversores de trabajo’, dado que invierten su trabajo -su mente y su cuerpo– para asegurar la supervivencia de todos, y por eso se les concibe como la clave del éxito de los empleadores, es decir, de los ‘inversores de capital’ y como el núcleo constituyente de las empresas”. De aquí la necesidad de implicar a los trabajadores “en las decisiones relativas a sus vidas y a su futuro en el puesto de trabajo”.

Un espíritu que es una realidad en Alemania, Holanda y los países escandinavos en donde después de la segunda guerra mundial se instituyeron formas de cogestión que aunque no han proporcionado todos los resultados esperados han logrado elevados niveles de productividad. Las últimas estadísticas de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) revelan la elevada productividad del trabajo en Suecia y Alemania, con 61,7 y 58,3 dólares producidos por hora trabajada, respectivamente. Resultados muy superiores a los de países que carecen de estas instituciones como Reino Unido y España, con 51,3 y 48,8 dólares generados por hora trabajada, respectivamente.

En el marco de estas experiencias de los países europeos más democráticos y eficientes hay que situar la propuesta de la vicepresidenta del Gobierno y ministra de Trabajo en funciones, Yolanda Díaz, incluida en el acuerdo de Gobierno entre PSOE y Sumar, que propugna regular la participación de los sindicatos en los órganos de gobierno de las empresas. La idea de Díaz se sustenta en el artículo 129.2 de la Constitución Española: “Los poderes públicos promoverán eficazmente las diversas formas de participación en la empresa y fomentarán, mediante una legislación adecuada, las cooperativas. También establecerán los medios que faciliten el acceso de los trabajadores a la propiedad de los medios de producción”.

En Crónica secreta de la Constitución, (Tecnos 1989 y 2018), Soledad Gallego–Díaz y el añorado Bonifacio de la Cuadra, consideraron que “ateniéndonos estrictamente al texto del precepto nos encontramos quizá ante la norma más revolucionaria de la Constitución”. Los periodistas recordaron que se trataba de una enmienda de un diputado de Alianza Popular (AP) -Licinio de la Fuente-, que se aprobó gracias al voto favorable de cuatro ponentes: el de AP, el socialista, el comunista y el de Minoría Catalana. La ignorada Constitución Española de 1978 tiene 169 artículos, cuatro disposiciones adicionales, nueve transitorias, una derogatoria y una final. Todos importantes, aunque algunos solo invoquen los que les interesan. Con el clima actual hoy no sería posible."               (Andreu Misse, Plataforma por la Democracia Económica)

1.12.24

Sabes o que é unha comunidade sostible? Tería futuro en Galicia? Baséase no desenvolvemento de tecnoloxía localmente, mesmo empregando para iso materiais locais. "Esa capacitación permite que haxa na comunidade persoas que poidan xestionar esa tecnoloxía"... "Se se poñen paneis solares, pero, logo, non se é quen de xestionar a enerxía que estes están producindo, ou se cando teñen un problema hai que ir á mesma compañía que os instalou para solucionalo, non podemos dicir que esa sexa unha comunidade sostible"... "Ti fas, ti produces e ti pos en funcionamento"... en Cedofeita, en Lugo, temos todo un centro de transformación dos produtos agrícolas baseado na innovación frugal, que está en funcionamento con enerxía solar pero que, nos días nos que non hai sol, tamén contan cun deshidratador que lle permite seguir funcionando... e na miña aldea "temos unha comunidade de augas e xestionámonos o noso propio manantial"... traballo bastante con comunidades de montes e atopei con que "verdadeiramente poderían ser os motores reais deste cambio"... "cando nós estamos falando de enerxía, estamos falando dunha enerxía que sexa local". E cal é a diferenza entre unha enerxía renovable e outra que non o sexa? "Que unha enerxía renovable debe ser democrática, no sentido de que todo o mundo na cortorna dun quilómetro de onde vive teña enerxía suficiente e recursos enerxéticos suficientes como para poder cubrir todas as súas necesidades cos niveis de confortabilidade aos que os seres humanos de hoxe en día estamos acostumados" (María de los Ángeles López Agüera, profesora de Física Atómica, USC)

 "Nestes tempos nos que a preocupación polo cambio climático e por poñer en marcha accións que favorezan a reducción das emisións nocivas para o noso planeta é cada vez maior, hai unha medida moi eficaz á que aínda non se lle está dando toda a importancia que merece: a implantación e promoción de comunidades sostibles. Hoxe, dende o Galicia Confidencial falamos coa profesora da área de Física Atómica, Molecular e Nuclear da Universidade de Santiago de Compostela (USC) María de los Ángeles López Agüera, que nos conta que son estas comunidades, cales son as súas vantaxes e como de fácil pode chegar a ser a súa posta en funcionamento, se houbese realmente interese institucional e social por poñelas en marcha.

O primeiro é saber que é como tal unha comunidade sostible? "Unha comunidade sostible, no fondo, é unha comunidade o suficientemente resiliente como para ser quen de adaptarse aos cambios, sen por iso facer perder confortabilidade aos seus integrantes", explica López Agüera, que advirte de que ao falar de comunidade sostible "debemos ter unha visión moi holística", porque "non se pode plantexar unha comunidade sostible só dende o punto de vista enerxético", senón que "hai que falar de todos os recursos precisos para a confortabilidade humana", isto é "ter tamén en conta a parte de abastecemento da auga, a parte social, a parte económica e todos os aspectos que se recollen nos obxectivos de desenvolvemento sostible", é dicir, "esta comunidade ten que ser resiliente a todos os niveis". En xeral fálase dunhas sete ou oito liñas de traballo.

Esta profesora da USC leva traballando no deseño de protocolos de comunidades sostibles dende o ano 2015, no ámbito dos Obxectivos de Desenvolvemento Sostible das Nacións Unidas. En concreto, a iniciativa na que participa López Agüera está destinado a poboacións máis vulnerables, das cales xa se conseguiu facer sostibles a máis de 100, ao longo e ancho do planeta. Eses lugares poden actuar como prototipos para atopar puntos comúns que se poidan adaptar a outros territorios. A parte común que si que se pode aplicar a calquera lugar é o concepto de confortabilidade, que, como indica López Agüera, "para case todo o mundo quere dicir o mesmo", mentres que "hai outras partes que teñen que ser adaptadas a cada territorio". O que, na súa opinión, non se pode facer, é exportar un modelo que funciona nun lugar de maneira idéntica a outro.

Así as cousas, coa iniciativa de Nacións Unidas estase vendo cales son as liñas comúns, como é o caso da confortabilidade, e cales son as que por non ser comúns hai que adaptar moito máis ao territorio. "A idea final sería chegar a protocolizar o xeito de desenvolvemento deste tipo de comunidades", asevera. Ante a pregunta de se esta habendo neste senso avances cara comunidades sostibles dentro da nosa sociedade, López Agüera apunta que "depende bastante do país"e indica que "naqueles nos que levamos moitos anos traballando no tema si se están facendo proxectos europeos". Por exemplo, dentro de Europa, apunta a comunidades sostibles que se están desenvolvendo seguindo un mesmo protocolo, pero adaptado ás súas particularidades, como é o caso de varios proxectos en Suecia, Irlanda e Romanía. Pero, como exemplo, expón o caso dunha comunidade en Alenteixo, ao sur de Portugal, que "non vai nada mal".

"A INNOVACIÓN FRUGAL CONSISTE EN PLANTEXAR ESTRATEXIAS QUE NON CHE FAGAN DEPENDER DOS OUTROS, CREANDO TECNOLOXÍAS 'APROPIADAS'"

Ao falar de comunidades sostibles tamén entra en xogo outro concepto: o de innovación frugal. Que é isto? Como apunta a profesora da USC, ese é un dos principios das comunidades sostibles, que pasa por "evitar, sobre todo, a obsolescencia programada, esa sensación de que estamos totalmente espidos e non temos capacidade de decisión ante a tecnoloxía". En concreto, exemplifica que "a maioría de nós non somos quen de arranxar un móbil, nin temos na nosa contorna próxima quen o saiba facer", pois toda esa tecnoloxía chega ata nós dende moi lonxe, China ou Estados Unidos, fundamentalmente. Nese punto é onde xorde a innovación frugal, que se basea no desenvolvemento de tecnoloxía localmente, mesmo empregando para iso materiais locais. "Esa capacitación permite que haxa na comunidade persoas que poidan xestionar esa tecnoloxía", afirma López Agüera, que insiste na necesidade dese "desenvolvemento de tecnoloxía coñecida como 'non cativa', porque cativos e presos somos nos, que somos os que temos que acudir a terceiros países para que nos arreglen os móbiles", por exemplo.

Trasladando este exemplo a unha comunidade que trata de ser sostible ou resiliente, a profesora da USC apunta ao caso de que se instalen nela paneis solares. "Se se poñen paneis solares, pero, logo, non se é quen de xestionar a enerxía que estes están producindo, ou se cando teñen un problema hai que ir á mesma compañía que os instalou para solucionalo, non podemos dicir que esa sexa unha comunidade sostible", plantexa López Agüera. Así as cousas, resume que "a innovación frugal é plantexar estratexias que non che fagan depender desa maneira dos outros, creando tecnoloxías 'apropiadas', tecnoloxías das que se apropia a persoa que as usa, sen depender de ninguén, de xeito autosuficiente". Ademais, apunta a que "a maior parte da innovación frugal pódese entender tamén como modelos de economía circular, porque cando estamos falando de utilizar materiais locais, podemos permitirnos reutilizar materiais". A modo de exemplo apunta á fabricación de mesas cos paneis solares que van quedando vellos e inservibles. 

"TRÁTASE DE OPTIMIZAR RECURSOS E VER COMO RECURSOS OS MATERIAIS DESBOTADOS NUNHA SOCIEDADE QUE FAI OS PUNTOS LIMPOS, PUNTOS SUCIOS"

Dende o seu departamento da USC, asegura que foron quen de facer en Cedofeita, en Lugo, todo un centro de transformación dos produtos agrícolas baseado na innovación frugal, que está en funcionamento con enerxía solar pero que, nos días nos que non hai sol, tamén contan cun deshidratador que lle permite seguir funcionando. "Ti fas, ti produces e ti pos en funcionamento", apunta López Agüera, que explica que cada vez hai máis proxectos deste estilo, que fan que as comunidades sexan fondamente resilientes, diminúan a cantidade de residuos e entren nun proceso de economía circular". Outro exemplo dunha tecnoloxía non cativa sería o redeseño da produción dos excesos de lá para usala logo en agricultura e despois reprocesar todo iso mediante, novamente, tecnoloxía non cativa que permita autoxestionar todos os procesos. En resumo, trátase de "optimizar recursos e considerar como recursos materiais desbotados por unha sociedade que enche os puntos limpos de puntos sucios, enchéndoos de cousas que logo non se utilizan".

Dentro destas comunidades renovables, que papel xogarían as enerxías renovables? López Agüera non ten dúbidas: "O 100 %". O concepto de comunidade, tal e como o trata Nacións Unidas, é un todo que ten que xestionar os recursos á súa disposición da maneira o máis óptima posible, e, neste senso, "cando nós estamos falando de enerxía, estamos falando dunha enerxía que sexa local". E cal é a diferenza entre unha enerxía renovable e outra que non o sexa? "Que unha enerxía renovable debe ser democrática, no sentido de que todo o mundo na cortorna dun quilómetro de onde vive teña enerxía suficiente e recursos enerxéticos suficientes como para poder cubrir todas as súas necesidades cos niveis de confortabilidade aos que os seres humanos de hoxe en día estamos acostumados", plantexa a profesora da USC. "A autonomía enerxética, a resiliencia absoluta enerxética depende da utilización dun recurso local nas condicións que para cada quen sexan aceptables", reflexiona.

"TODOS NACIMOS NUN MUNDO NO QUE NOS CREARON MOITOS TEMORES INVALIDANTES, QUE NOS OBRIGAN A CHAMAR A OUTROS PARA OS ARRANXOS"

Agora ben, a sociedade xeral coñece estas opcións? Que é o que está fallando para que non se implanten en maior medida comunidades sostibles? En opinión de López Agüera, "hai moita desinformación, e iso é culpa de todos, pero en parte creo que os propios investigadores non somos quen de transmitir efectivamente o coñecemento, sobre todo no tocante á información enerxética, pero tamén a nivel da auga e de todo o demais". A profesora pon o exemplo da propia aldea na que vive dende hai 7 anos: "Temos unha comunidade de augas e xestionámonos o noso propio manantial", algo que, como apunta, "non é que teña que ver coa miña chegada, senón que xa se facía así de antes, e eu aprendín como se fai porque mo ensinaron os veciños". Esta muller confesa que "toda a miña vida vivín en cidades nas que me parecía imposible que alguén puidera xestionar a súa propia auga e, sen embargo, se tes a información adecuada, podes facelo, e vendo a experiencia doutros lugares nos que funciona". "Ao segundo día de estar nesta aldea, os veciños demostráronme que xestionar a auga era posible, dándome unha información adecuada, precisa, suficiente e non sesgada", expón. 

Con todo, a nivel enerxético, concede que "é moito máis complicado, porque todos nacimos no mundo no que tocas un botón e acéndese a luz e no que cando tes un fallo na electricidade chamas á compañía eléctrica para que cho repare", un mundo cómodo, pero no que a xente "non conta coa información suficiente sobre o seu funcionamento". Un mundo no que, ademais, López Agüera afirma que "se crearon moitos medos ao redor, deses temores 'invalidantes', cos que crean a sensación de que se eu toco algo vouno facer peor ou a compañía eléctrica vai morrer", chancea. E, no tocante ás enerxías renovables, asegura que "a pesar de que son absolutamente democráticas, hai moitísimos intereses creados que fan que a xente teña a sensación de que non o son, creándose así unha relación amo-vasalo dentro da cal nós, como sociedade, somos vasalos daquel que distribúe, xestiona e produce a enerxía e daquel que se esforza en transmitirnos esa sensación de que nós sós non poderiamos facelo", é dicir, das grandes multinacionais. E é que o certo é que, como confesa esta profesora, "tampouco hai información suficiente de que é o que queremos como matriz enerxética, é dicir, de como eu quero producir a miña enerxía", cando, en verdade, "é algo que se pode explicar facilmente".

"EN GALICIA TEMOS UNHA VANTAXE TREMENDA, E É QUE AÍNDA HAI SITIOS NOS QUE NON SE PERDEU A XESTIÓN COMUNAL DA AUGA E DA ELECTRICIDADE"

Pois non hai que esquecer que non fai tanto tempo, e aínda a día de hoxe, moitas comunidades rurais seguen xestionando a auga e a electricidade en por elas mesmas. Isto, para López Agüera, significa que os que non o fan é porque "deron un paso atrás pola comodidade". Con todo, tamén concede que "temos unha vantaxe tremenda, e é que non está tan lonxe o tempo no que iso se facía e aínda hai sitios nos cales non se perdeu". E é que esta profesora traballa bastante con comunidades de montes e atopouse con que "verdadeiramente poderían ser os motores reais deste cambio". "Son comunidades que teñen ese concepto cooperativo, que non se ten noutros lugares, e están acostumadas a xestionar comunitariamente, comunidades das que poderiamos aprender moito e que mesmo poderían ser o motor de todo este cambio", plantexa a profesora da USC. Pero, cal é o problema co que se atopan? Para López Agüera ese problema é "a Administración; hai que dicilo así, directamente, porque é verdade, a Administración ponllo moi complicado".

Ao igual que complicado resulta tamén que a xente acepte este tipo de proxectos, porque "falta conciencia colectiva, pero, de todos os xeitos, eu sigo crendo que a conciencia colectiva hai que traballala, tes que ter un porque, porque esa mesma persoa que che di 'comigo non contes para loitar polo cambio climático, que o fagan outros', é quen de involucrarse noutro tipo de accións que son absoluta e totalmente comunitarias". É por iso que insiste en que "a conciencia colectiva hai que traballala, fomentala, e hai un traballo de fondo que non se está facendo". O principal problema ao que apunta é o descoñecemento: "Se che din que podes facer isto e isto outro, pero non che din como, nin che dan a información suficiente, non vas saber facelo". E é que reivindica que a xente funciona moito por imitación: "Se ves que unha comunidade implantou un sistema que lle funcionou e iso se fala no mercado e se ven as melloras, a comunidade do lado vai querer facer o mesmo". Así, "se en lugar de seguir fomentando esas comunidades enerxéticas que fan e que consisten en poñer tres paneis na casa do concello e dous na escola, se poñen os exemplos doutras comunidades que xa funcionan, lograranse mellores resultados", aprendendo tanto dos seus acertos como dos seus erros para facelo mellor en cada novo caso.

"AÍNDA NON É TARDE, TARDE SERÍA SE REALMENTE NON FIXÉSEMOS NADA, PERO ADOPTANDO PEQUENAS MEDIDAS PODEMOS EVITAR IR A PEOR"

De cara ao futuro, López Agüera asegura que aínda non é tarde para mudar as cousas, pois "tarde sería se realmente non fixésemos nada, pero adoptando pequenas medidas podemos evitar ir a peor". Ademais, apunta a unha cuestión pola cal sería medianamente optimista, pola que crería que pode haber avances: "A sociedade cada vez máis interésase por poder manexar a súa propia contorna e tomar as rendas da súa vida", de tal maneira que "se conseguimos facerlle entender á sociedade que os de arriba, os que gobernan, non nos van representar no tocante ás nosas necesidades, e que están tomando decisións que non son as mellores para nós, probablemente consigamos mudar a súa opinión". "Habería que facer un esforzo, iso está claro, pero creo que ese é o camiño, senón non levaría traballando sobre o tema dende o 2015", chancea a profesora da USC, convencida de que, "se hai xa máis de medio millón de persoas vivindo en comunidades sostibles no mundo, moitas delas en países máis desfavorecidos, e eles poden logralo, todos os demais tamén podemos e, afortundamente, Galicia ten moito camiño xa percorrido nese senso coas comunidades de montes e os núcleos rurais", conclúe."

(Entrevista a María de los Ángeles López Agüera, profesora da USC, Ángela Precedo, Galicia Confidencial , 30/11/24)