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14.10.25

“Muertes por desesperación, impulsadas por factores económicos, sociales y psicológicos” en los adolescentes y adultos jóvenes de Norteamérica y América Latina, debido, principalmente al suicidio y al abuso de drogas y alcohol, desde 2011, especialmente en Estados Unidos, Canadá, México y Brasil... Estados Unidos, de hecho, lleva varios años sumergida en epidemia de opiáceos... en América Latina, a pesar de las grandes inversiones en salud pública y bienestar social, la violencia sigue acortando la vida de millones de personas en la región... y “Palestina presentó una pérdida estimada de 30 años de esperanza de vida durante los primeros 12 meses de la guerra, una estimación conservadora que prácticamente reduce a la mitad la esperanza de vida previa al conflicto”... la muerte y discapacidad asociada a la ansiedad y a la depresión creció un 63% y un 26%, respectivamente, desde 2010 (Jessica Mouzo)

 "La población mundial vive más que nunca. Según el último informe de la Carga Global de Enfermedades, que se ha publicado este domingo en la revista The Lancet, la esperanza de vida en el globo es 20 años más alta que a mediados del siglo pasado y se sitúa ya, de media, en los 76 años para mujeres y los 71 para los hombres —en los países ricos ambos superan los 80—. El riesgo de muerte cae en todo el planeta y, en general, las poblaciones gozan de mejor salud. Pero no todo son buenas nuevas. El informe también revela tareas pendientes y cristaliza algunos de los nuevos desafíos que afronta la humanidad, como el incremento de la carga de trastornos mentales o el aumento de la mortalidad en los adolescentes y adultos jóvenes de Norteamérica y América Latina, debido, principalmente al suicidio y al abuso de drogas y alcohol.

Esta macroinvestigación, que logra recopilar datos de más de 200 países para el año 2023, es la primera descripción global del estado de salud en el mundo postpandémico. Después de que la crisis sanitaria de la covid hiciese temblar los sistemas sanitarios de todo el planeta y distorsionase las estadísticas tradicionales, colocándose como la primera causa de muerte, las aguas —y las tendencias— han vuelto a su cauce. La esperanza de vida, que cayó durante la pandemia, se ha recuperado. Y la mortalidad, exacerbada por este episodio infeccioso, también se ha reducido. Los infartos y los ictus vuelven a encabezar las causas de muerte más frecuentes y la covid, por su parte, cae al vigésimo puesto de este ranking.

El informe revela dinámicas preocupantes en algunos territorios y grupos de edad concretos. Como lo que está sucediendo con los jóvenes de Norteamérica y América Latina desde 2011. Ahí se observan los mayores aumentos de mortalidad, especialmente en Estados Unidos, Canadá, México y Brasil: en la última década, ha subido casi un 32% entre el grupo de 25 a 29 años; y un 50% entre los treintañeros. Los autores señalan como causas de estos fenómenos las altas tasas de “muertes por desesperación”, una categoría de fallecimientos “impulsadas por factores económicos, sociales y psicológicos” y debidas principalmente a los suicidios, el alcoholismo y las sobredosis de drogas, apuntan.

Estados Unidos, de hecho, lleva varios años sumergida en epidemia de opiáceos que ha segado la vida de decenas de miles de jóvenes: los muertos por sobredosis crecieron un 30% entre 2019 y 2020, un 15% entre 2020 y 2021 y en 2022, se registró el récord, con 111.029 fallecidos.

Para contextualizar el fenómeno en América Latina, Jesús Adrián Álvarez, doctor en Salud Pública, señala también el efecto de la violencia. “Entre los hombres latinoamericanos, las altas tasas de homicidios en adultos jóvenes añaden una dimensión crítica a esta carga de mortalidad. Esto revela una paradoja: a pesar de las grandes inversiones en salud pública y bienestar social, la violencia sigue acortando la vida de millones de personas en la región”, explica en declaraciones al portal Science Media Center España.

Durante la última década, los mayores aumentos de mortalidad en las personas de 15 a 19 años y de 20 a 24 años se registraron en Europa Oriental —se detectó un incremento del 54% y del 40%, respectivamente—. Este fenómeno coincide especialmente con la invasión de Rusia a Ucrania: justo desde entonces, la mortalidad en esos grupos de edad en sendos países (especialmente en Ucrania) se ha disparado.

Otra zona de masacres bélicas resalta en el trabajo: las perpetradas por Israel en Gaza. Porque aunque las tasas regionales de mortalidad en el norte de África y Oriente Medio ya no son las más altas, señalan que “Palestina presentó la tasa de mortalidad y el riesgo de morir antes de los 70 años por conflicto y terrorismo más elevados del mundo”. Además, resaltan para la Franja de Gaza “una pérdida estimada de 30 años de esperanza de vida durante los primeros 12 meses de la guerra, una estimación conservadora que prácticamente reduce a la mitad la esperanza de vida previa al conflicto”.

Alerta por los recortes de Trump

El estudio lanza también un toque de atención al mundo sobre los efectos que tendrá la política de recortes en ayudas al desarrollo que ha ejecutado la Administración Trump. Los autores recuerdan que el gobierno estadounidense contribuyó con el 22,6% de toda la asistencia al desarrollo para la salud en 2023 y en el editorial adjunto se recuerda que solo la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID, casi desmantelada por Trump en sus primeros meses de gobierno) fue responsable de una reducción del 15% en la mortalidad por todas las causas estandarizada por edad y del 32% en la mortalidad de menores de cinco años, principalmente en países de ingresos bajos y medianos y en particular en África.

“Para mantener el progreso o incluso evitar retrocesos en la mortalidad de menores de cinco años en poblaciones de alto riesgo, será imperativo mitigar los efectos de estos recortes de financiación, a la vez que se amplían otras fuentes de financiación, como las de las organizaciones no gubernamentales”, apuntan los investigadores. El editorial enfatiza que algunas estimaciones preliminares indican que la asistencia para el desarrollo en salud disminuyó en más del 50% entre 2021 y 2025.

Drogas, violencia y depresión, al alza

Los autores asumen que “la diabetes, los trastornos por consumo de drogas, la violencia y las olas de calor” son actualmente algunas de las amenazas de más rápido crecimiento para la salud humana. De hecho, desde 2013, las muertes anuales vinculadas a la exposición ambiental a frío y calor subieron un 6%; las relacionadas con el consumo de drogas, un 5%; las que tienen que ver con diabetes, un 3%; y las asociadas a conflictos y terrorismo, un 1%.

Con todo, la investigación pone también el foco en el auge de los trastornos de salud mental: la muerte y discapacidad asociada a la ansiedad y a la depresión creció un 63% y un 26%, respectivamente, desde 2010. La pandemia pudo haber tenido algo que ver, pero los investigadores van más allá: “Existen varias teorías que compiten entre sí y que se complementan para explicar este aumento, incluyendo el aumento en el uso de redes sociales, el ciberacoso, el maltrato infantil, la desesperación climática y el aumento del costo de vida y la desigualdad de ingresos, y una mayor concienciación sobre la salud mental”.

Según el estudio, casi la mitad de la mortalidad y morbilidad mundial en 2023 fue atribuible a 88 factores de riesgo. Y, en concreto, las variables asociadas a una mayor pérdida de salud fueron la presión arterial sistólica elevada, la contaminación por partículas, el azúcar alto, el tabaquismo, el bajo peso al nacer, el parto prematuro, el índice de masa corporal (IMC) elevado y el colesterol alto, entre otros.

El crecimiento y envejecimiento de la población, sumado a la transformación de los factores de riesgo más preocupantes, está cambiando las reglas del juego. Las alianzas gubernamentales y los programas de salud impulsados en las últimas tres décadas han permitido poner coto al azote de numerosas enfermedades infecciosas (tuberculosis, infecciones respiratorias y entéricas, difteria, tétanos…), hasta el punto de que las enfermedades no transmisibles, como la diabetes o las cardiopatías isquémicas, ya representan casi dos tercios de la mortalidad y morbilidad total del mundo. “Las tasas de enfermedades no transmisibles están aumentando, especialmente en los países de ingresos bajos y medianos. La velocidad y la magnitud de esta transición epidemiológica de enfermedades infecciosas a enfermedades no transmisibles es motivo de preocupación urgente”, admite The Lancet en un editorial adjunto.

Todo está cambiando y el mundo ha entrado en una nueva era de desafíos de salud global, reflexiona en un comunicado Christopher Murray, director del Instituto para la Medicion y Evaluación de la Salud (IHME) de la Universidad de Washington y autor de la investigación: “La evidencia presentada en el estudio es una llamada de atención, instando a los líderes gubernamentales y de atención médica a responder rápida y estratégicamente a las tendencias inquietantes que están remodelando las necesidades de salud pública”.

Los países más pobres, aunque también han mejorado su estado de salud en las últimas décadas, siguen a años luz de los territorios con más recursos. Un ejemplo: en España, Italia o Francia, la esperanza de vida está en 85 años para las mujeres y 83 para los hombres; mientras que en el África subsahariana, la media es de 66 y 62 años, respectivamente. En las zonas más deprimidas empiezan a convivir dos amenazas para la salud: el histórico azote de enfermedades transmisibles —como tuberculosis, malaria y otras infecciones, que han reducido su incidencia en las últimas décadas, pero siguen matando a millones de personas— con la expansión de otras dolencias no transmisibles, como la obesidad o la diabetes.

El epidemiólogo Jaume Marrugat, que no ha participado en esta investigación, celebra las buenas noticias, como el aumento de la esperanza de vida y que hayan bajado las enfermedades transmisibles, pero muestra también su “preocupación” por el riesgo de dar pasos atrás: “Buena parte de la mejora en las enfermedades transmisibles está relacionado con la vacunación y nos preocupa mucho que haya países con mandatarios que no fomentan la vacunación. Ha costado mucho que las vacunas nos liberen de muchas enfermedades y corremos el riesgo de que vuelvan a subir. Eso genera angustia”." 

Jessica Mouzo , El País, 12/10/25)

26.2.25

Los días de miedo e ira y la fórmula del siglo XXI para ganar unas elecciones... Las cosas que están pasando dan miedo... Las consecuencias políticas de este clima son muy notables... Cuando los problemas aparecen y no se solucionan, la gente tiende a no confiar ni en las instituciones ni en los líderes... Ese suele ser un periodo transitorio: el malestar deja paso a una posición más activa, la que dicta la ira; la depresión se transforma en indignación... la indignación requiere ser canalizada; precisa de un objetivo hacia el que dirigirse, a menudo un chivo expiatorio. En buena medida, la indignación sistémica ha formado parte de las elecciones de la última década... el temor y la ira han acabado conformando el eje alrededor del cual circula la política... las elecciones alemanas, como antes las estadounidenses, las francesas, las argentinas o las españolas, se han basado en este enfrentamiento entre el temor y la ira. Lo que decide las elecciones es si el temor al futuro es mayor o menor que la indignación; el resultado depende de qué sentimiento domine... unos prometen defender al país del apocalipsis, los otros prometen un resurgimiento a través de la venganza... Cuando las incertidumbres son numerosas, cuando hay sensación de desprotección, cuando el futuro aparece incierto, es lógico que los temores se disparen. En ese ambiente está atrapada la vida del ciudadano común, y a eso hay que dar una respuesta política. Un camino lógico sería el de transcender el miedo y la ira y optar por invertir en el futuro; en un porvenir que disolviera las incertidumbres. La última vez que Occidente actuó de esta manera fue mediante la inversión en infraestructuras productivas, en la elevación del nivel de vida... Quizá ahora ese programa tenga que ser matizado, pero como mecanismo para disolver las inseguridades y domeñar los miedos fue bastante efectivo, y eso que había una Guerra Fría de por medio. En todo caso, es hora de salir de las posturas anímicas, que poseen un elevado componente moralista, y afrontar de cara estos tiempos. Es el momento de construir el futuro... algo que nuestras élites (políticas, económicas, intelectuales, de un lado y de otro) se niegan a hacer: prefieren luchar contra las dictaduras, ya sean las de los amigos de Putin o la del totalitarismo woke, en lugar de ponerse manos a la obra para sentar las bases del porvenir. Bien puede afirmarse que están dando soluciones anímicas y simples a problemas complejos, justo eso de lo que acusan a los populismos (Esteban Hernández)

 "El Foro de la Cultura de Valladolid ha dedicado su edición de este año, celebrada el fin de semana pasado, al miedo. Dada la turbulencia de estos años, es un asunto especialmente oportuno. Las noticias cotidianas subrayan que Europa se enfrenta a riesgos serios de toda clase: las guerras en curso, el cambio climático, los cambios a gran velocidad en el terreno geopolítico o las complicaciones económicas que asoman por el horizonte. El humor social tampoco es demasiado positivo, ya que reina la inestabilidad en la política, y socialmente la inseguridad es un hecho, porque los gastos necesarios para la subsistencia cada vez son mayores y las trayectorias laborales suelen estar sometidas a demasiadas oscilaciones. Hay muchos temores circulando, lo que hace que la percepción negativa del futuro se instale: es complicado pensar que el porvenir traerá algo mejor que el presente.

El futuro siempre está rodeado de incertidumbres, porque en su esencia está ser azaroso e imprevisible, pero esta época no solo ha aumentado el número de asuntos que generan preocupación, sino su intensidad. Las cosas que están pasando dan miedo.

Las consecuencias políticas de este clima son muy notables. Los resultados electorales de los últimos años, así como las ideas que los han dado forma, están plenamente relacionados con los temores crecientes que circulan por la sociedad. Pero también son consecuencia de una evolución en el humor de los ciudadanos. Cuando los problemas aparecen y no se solucionan, lo usual es que tome cuerpo cierta desvitalización: la gente tiende a no confiar ni en las instituciones ni en los líderes y toma distancia de la política. Ese suele ser un periodo transitorio: el malestar deja paso a una posición más activa, la que dicta la ira; la depresión se transforma en indignación.

En cierto sentido, la ira es una señal positiva, ya que implica que la gente se ha sacudido el fatalismo y ha comenzado a actuar. Pero también contiene un límite, porque la indignación requiere ser canalizada; precisa de un objetivo hacia el que dirigirse, a menudo un chivo expiatorio. En buena medida, la indignación sistémica ha formado parte de las elecciones de la última década, ya que una parte significativa de los ciudadanos no votaban a favor de una opción política que les convenciese, sino en contra de otra que les molestaba profundamente. Muchos expertos electorales dictaminaron que las campañas negativas eran decisivas, ya que si se resaltaban los rasgos más preocupantes de los rivales políticos, se movilizaría el malestar, y se ganarían las elecciones.

Los dos principales partidos

Sin embargo, hoy se vive un momento diferente, y no solo porque todo se haya vuelto mucho más intenso, sino porque en este instante ambiguo, el temor y la ira han acabado conformando el eje alrededor del cual circula la política.

Los dos principales partidos actuales (o los dos principales bloques ideológicos) defienden dos propuestas distintas basadas en lo anímico. Las formaciones sistémicas señalan los terribles perjuicios que causaría la llegada al poder de la extrema derecha, y, por tanto, se constituye como un dique contra ella, como una protección contra el miedo. El otro bloque se apoya en una indignación creciente frente a los gobiernos actuales, a los que se señala como responsables de una decadencia palpable y aboga por despedir a los responsables. Y esto es así de manera constante: las elecciones alemanas, como antes las estadounidenses, las francesas, las argentinas o las españolas, se han basado en este enfrentamiento entre el temor y la ira.

Lo que decide las elecciones es si el temor al futuro es mayor o menor que la indignación; el resultado depende de qué sentimiento domine

Hoy, estos sentimientos están representados por fuerzas políticas concretas. En el futuro, pueden ser defendidos por partidos de signo ideológico diferente, pero la regla es la misma: si el temor al futuro es mayor que la indignación, ganarán unas opciones; si ocurre al revés, ganarán las contrarias.

Son sentimientos que tienen su utilidad para los movimientos políticos, porque es natural que aparezcan en momentos complicados como el presente, y porque sirven para movilizar, pero no pueden constituir el centro de una oferta política. Pueden ser elementos necesarios o convenientes, pero no un fin en sí mismos. Sin embargo, la propuesta de las formaciones políticas contemporáneas se fundamenta básicamente en ellos; unos señalan los males espantosos que ocurrirán si llegan al poder los rivales, los otros insisten en la catástrofe que provocará que gobiernen sus rivales. En el punto límite, unos prometen defender al país del apocalipsis, los otros prometen un resurgimiento a través de la venganza.

La baldía lucha contra las dictaduras

Esa posición provoca que los programas de los partidos sean reactivos, lo que se ha notado especialmente los últimos años. En la medida en que hay que defenderse de los gobiernos autoritarios de la extrema derecha, lo que se debe hacer es negar el ideario de los rivales y persistir en el existente; poco de nuevo sale de ahí. En el lado opuesto, lo que se propone es afrontar problemas existentes que los gobernantes se niegan a reconocer, ya sea por cobardía o ideología, como los países gorrones, el gasto excesivo del Estado o la inmigración.

Un camino lógico sería el de transcender el miedo y la ira y optar por invertir en el futuro, en un programa que disolviera las incertidumbres

En esto se mueve la política actual, y supone un problema. Por regresar al inicio, la mayor dificultad de los tiempos precedentes es el miedo. Cuando las incertidumbres son numerosas, cuando hay sensación de desprotección, cuando el futuro aparece incierto, es lógico que los temores se disparen. En ese ambiente está atrapada la vida del ciudadano común, y a eso hay que dar una respuesta política.

Un camino lógico sería el de transcender el miedo y la ira y optar por invertir en el futuro; en un porvenir que disolviera las incertidumbres. La última vez que Occidente actuó de esta manera fue mediante la inversión en infraestructuras productivas, en la elevación del nivel de vida, en los equilibrios territoriales, en la supeditación del capital financiero a las necesidades productivas y territoriales, en la potenciación de los mercados interiores y en la creación de una clase media poderosa, de manera que los ciudadanos dispusieran de un extra para gastar. Quizá ahora ese programa tenga que ser matizado, pero como mecanismo para disolver las inseguridades y domeñar los miedos fue bastante efectivo, y eso que había una Guerra Fría de por medio.

En todo caso, es hora de salir de las posturas anímicas, que poseen un elevado componente moralista, y afrontar de cara estos tiempos. Es el momento de construir el futuro, algo que nuestras élites (políticas, económicas, intelectuales, de un lado y de otro) se niegan a hacer: prefieren luchar contra las dictaduras, ya sean las de los amigos de Putin o la del totalitarismo woke, en lugar de ponerse manos a la obra para sentar las bases del porvenir. Bien puede afirmarse que están dando soluciones anímicas y simples a problemas complejos, justo eso de lo que acusan a los populismos."                (Esteban Hernández , El Confidencial, 24/02/25)

5.2.25

Trump y los datos que certifican la decadencia de los estadounidenses... Trump promete una nueva edad de oro a una población estadounidense cuya degradación psicofísica es desconcertante... una de las poblaciones más longevas, sanas y optimistas del planeta –la de Estados Unidos hasta los años 70– se ha transformado en un medio hospital del Cottolengo, donde las expectativas de esperanza de vida disminuyen año tras año... La estatura media de los varones americanos es hoy entre 3 y 8 centímetros menor que la de los europeos, habiendo dejado de crecer en la década de 1960... La sobredosis de opioides se ha convertido en la principal causa de muerte entre los estadounidenses menores de cincuenta años, con más de 100.000 muertes al año... Los suicidios son un 45% más altos que la media europea y están aumentando frente a una tendencia mundial descendente. Los homicidios, aunque han disminuido, son cinco veces más que en Europa... Hay 16 millones de personas que sufren estrés postraumático severo (TEPT), el 5% de la población: el resultado de décadas de militarismo y agresión extranjera... la mortalidad infantil aumenta en lugar de disminuir desde 2019, y en 2023 será casi el triple que en el norte de Italia... No creo que los cuatro arrebatos de Trump contra los inmigrantes, los competidores comerciales, la energía renovable y la diversidad sean remotamente comparables a una estrategia para salir del declive. Pero el estilo paranoico de la política estadounidense es un problema de la gente de ese país... La pregunta relevante para nosotros es entender si el populismo trumpiano tendrá un final sangriento o pacífico fuera de las fronteras de Estados Unidos (Pino arlachi, ex-diputado europeo)

 "(...) ¿Por qué la aventura de Trump terminará como la de sus tristes predecesores europeos? Porque su fórmula política es una respuesta chapucera y fraudulenta al resentimiento de las masas populares angustiadas y desmoralizadas por adversidades tan pesadas como piedras: el empobrecimiento de la clase media y de la clase trabajadora, el deterioro de la calidad de vida, la inseguridad sobre el futuro, sensación de amenaza o pérdida de derechos fundamentales como la salud, el trabajo, la dignidad personal.

Trump promete una nueva edad de oro a una población estadounidense cuya degradación psicofísica es desconcertante. Entre los sabiondos italianos que despotrican contra los Estados Unidos hay quienes hablan de una sociedad americana que no existe desde hace cincuenta años. 

Los datos

Estudios salidos de las más prestigiosas universidades de Estados Unidos intentan explicar por qué una de las poblaciones más longevas, sanas y optimistas del planeta –la de Estados Unidos hasta los años 70– se ha transformado en un medio hospital del Cottolengo. donde las expectativas de esperanza de vida disminuyen año tras año en lugar de aumentar como en el resto del mundo: 6 años y medio menos que en Italia (76,4 frente a 82,9) y 3,7 menos que en Europa (80,1).

Los estadounidenses de hoy viven casi dos años y medio menos que en 2010 porque viven mal. Su salud física y mental está en ruinas debido a la creciente pobreza, las drogas duras legalizadas (fentanilo y similares), los suicidios, el alcoholismo, la obesidad y el trastorno de estrés postraumático (trastornos mentales en su mayoría debidos a las secuelas de la guerra).

La sobredosis de opioides se ha convertido en la principal causa de muerte entre los estadounidenses menores de cincuenta años, con más de 100.000 muertes al año (siete mil en Europa), equivalentes a dos guerras de Vietnam perdidas cada año, y una población de 10 millones de consumidores (menos de un millón en Europa). 

Los suicidios son un 45% más altos que la media europea y están aumentando frente a una tendencia mundial descendente. Los homicidios, aunque han disminuido, son cinco veces más que en Europa y diez veces más que en Italia, sin contar la tasa de violencia privada. Hay 16 millones de personas que sufren estrés postraumático severo (TEPT), el 5% de la población: el resultado de décadas de militarismo y agresión extranjera. 

En el país más rico del planeta, la mortalidad infantil aumenta en lugar de disminuir desde 2019, y en 2023 será casi el triple que en el norte de Italia (1,9 frente a 5,4 nacidos vivos por mil). El número de personas sin hogar y sin techo es de un par de millones y está casi fuera de control en California.

Los datos sobre la altura de una población reflejan fielmente los datos sobre sus ingresos y su salud. Documentan cómo el americano alto, delgado y vigoroso de las películas de Hollywood de los años 50 sólo existe en los sueños de algún periodista italiano que necesita ayuda. 

La estatura media de los varones americanos es hoy entre 3 y 8 centímetros menor que la de los europeos, habiendo dejado de crecer en la década de 1960 junto con el bienestar, la salud y todo lo demás. Los ciudadanos estadounidenses de hoy son más pequeños, más gordos y más vulnerables que sus homólogos europeos.

Estos datos no provienen de la izquierda radical estadounidense (que ya ha desaparecido), sino de los estudios de Putnam (Harvard), Deaton (Princeton) y de una serie de demógrafos, historiadores, sociólogos y economistas ignorados por los grandes medios de comunicación. 

Estos estudiosos destacan que la degradación de la sustancia humana y natural de la sociedad ha estado acompañada en Estados Unidos por una degradación de la economía, hoy en manos del capital financiero y carente de las infraestructuras necesarias para el recrecimiento, un deterioro del medio ambiente y una colapso de la cohesión social básica, es decir, de la fuerza vital de una civilización.

Ahora bien, reconstruir un sistema tan roto requiere mucho tiempo, enormes recursos y proyectos políticos complejos y de amplio alcance. Sin duda, a Estados Unidos no le faltan tiempo ni recursos. Es y seguirá siendo durante mucho tiempo una gran potencia, dotada de suficientes recursos naturales y técnicos para sostener un renacimiento.

Son los proyectos los que faltan. Para regenerar Estados Unidos, necesitaríamos estrategias integrales, visiones creíbles del futuro, similares a las que salvaron al capitalismo estadounidense en los años 1920 y 1930, y similares a las que lo relanzaron después de 1945, bajo la apariencia de un gobierno mundial. Estrategias y visiones imperiales, por supuesto. Pero adecuada a los desafíos sobre el terreno, eficaz y generadora de prosperidad, incluso a costa de otros.

No creo que los cuatro arrebatos de Trump contra los inmigrantes, los competidores comerciales, la energía renovable y la diversidad sean remotamente comparables a una estrategia para salir del declive. Pero el estilo paranoico de la política estadounidense es un problema de la gente de ese país.

La pregunta relevante para nosotros es entender si el populismo trumpiano tendrá un final sangriento o pacífico fuera de las fronteras de Estados Unidos."

(PINO ARLACCHI, Ex-diputado europeo , Observatorio de la crisis, 03/02/25)

9.1.24

Los caladeros en los que pesca el fascismo... Aumenta el porcentaje de suicidios entre los menores de treinta años, aumenta la cifra de quienes solo ven incertidumbre en su futuro y de quienes, empeñados en buscar emociones fuertes, acaban seducidos por el mensaje y el comportamiento violento de los fascistas. Las consultas de sicólogos están llenas de gentes que buscan respuestas que no encuentran en su día a día mientras los políticos se dedican a debatir sobre el sexo de los ángeles y los medios de comunicación a manipular como si no hubiera un mañana... La desesperación, la ausencia de expectativas o el cabreo con la infame vida que les ha tocado en suerte son el caldo de cultivo ideal para que calen los mensajes ultras. Los desheredados votando ultraderecha conforman una de las paradojas más lacerantes del tiempo que nos está tocando vivir. Si a esto sumamos una generación de jóvenes con tantas ganas de emociones fuertes y aventura como escasez de cultura, nos encontramos entonces con el cóctel perfecto... Eso es lo que hay (Juan Tortosa)

 "Pescan en aguas revueltas. La desesperación, la ausencia de expectativas o el cabreo con la infame vida que les ha tocado en suerte son el caldo de cultivo ideal para que calen los mensajes ultras. Los desheredados votando ultraderecha conforman una de las paradojas más lacerantes del tiempo que nos está tocando vivir. Si a esto sumamos una generación de jóvenes con tantas ganas de emociones fuertes y aventura como escasez de cultura, nos encontramos entonces con el cóctel perfecto. Una bomba de relojería al servicio de la involución tanto en Europa como en América que anda produciendo estragos desde hace ya un par de décadas. Ahí tenemos fenómenos como los de Bolsonaro, Milei, Orban, Meloni… o Donald Trump, cuyo regreso parece cada vez más inevitable.

Las elecciones europeas no auguran nada bueno y aquí en nuestro país ahí andamos, preguntándonos qué demonios hemos podido hacer tan mal como para que exista tanto joven y tanto pobre abducido por los cantos de sirena de una ultraderecha heredera de los peores usos y costumbres del franquismo más siniestro.

Entre la variada tipología de pacientes a los que atienden algunos sicólogos amigos míos se encuentra, según me cuentan, un perfil que no para de crecer: el de los jóvenes que votan a Vox porque les incomoda el feminismo o andan convencidos de que los inmigrantes les quitan el trabajo. Quizás toda la vida ha sido igual, solo que antes no iban al sicólogo. Forman parte de la carne de cañón imprescindible para que los proyectos totalitarios acaben triunfando si antes no se percatan de la estafa de la que son víctimas. Ponen el cuerpo, su futuro y hasta su vida al servicio de intereses que no son los suyos y cuando se percatan ya es demasiado tarde. Que decidan ir al sicólogo puede que sea un buen síntoma, pero desde luego no suficiente.

La historia de la humanidad se ha construido siempre sobre la sangre de ingenuos que creen a pies juntillas las mentiras de quienes hacen con ellos lo que quieren. Políticos, intelectuales y dinero han necesitado siempre de una cuarta pata para conseguir sus objetivos: la de los desheredados dispuestos a demostrar su adhesión inquebrantable con aquellos que sepan tocarle la fibra, la de quienes gritan encantados desfasados himnos que se aprenden de memoria, la de quienes usan pulseritas, se envuelven en banderas o usan perfiles en redes clamando por una «España indivisible»… Carne de cañón, como decíamos, para la ultraderecha, porque la izquierda de nuestro país no parece encontrar la manera de explicarles que los están engañando, que andan apoyando a quienes los dejarán tirados a las primeras de cambio mientras los jueces siguen perdonando corruptos y empurando izquierdistas.

Las izquierdas, cuya razón de ser es aumentar los derechos sociales y mejorar a vida de la gente, se están dejando comer la tostada y no reaccionan. Los socialistas porque nunca estuvieron en eso, y ahora que andan luchando por resucitar el bipartidismo todavía menos. Y a la izquierda del PSOE porque, sobre todo en los últimos tiempos, la mayor parte de las energía se les va por las alcantarillas mientras no dejan de apedrearse entre ellos.

La ciudadanía se ha quedado sin periódicos, sin radios, sin teles que les cuenten las putadas que les gastan los poderosos. Les mienten con el mayor de los descaros, les repiten consignas torticeras que acaban interiorizando sin que nadie les brinde la oportunidad de contrastar lo que se les dice. Saben que la realidad que viven está muy lejos de lo que les cuentan, pero los mensajes de quienes tienen la sartén por el mango son demasiado reiterativos y acaban calando.

De ahí el desconcierto y la desorientación de muchos de quienes acuden a las consultas de los sicólogos, sobre todo entre los jóvenes. A algunos políticos se les llena la boca hablando de salud mental, pero a la hora de la verdad el personal anda solo y descolocado intentando administrar como puede sus ansiedades y sus depresiones.

Aumenta el porcentaje de suicidios entre los menores de treinta años, aumenta la cifra de quienes solo ven incertidumbre en su futuro y de quienes, empeñados en buscar emociones fuertes, acaban seducidos por el mensaje y el comportamiento violento de los fascistas. Las consultas de sicólogos están llenas de gentes que buscan respuestas que no encuentran en su día a día mientras los políticos se dedican a debatir sobre el sexo de los ángeles y los medios de comunicación a manipular como si no hubiera un mañana. Eso es lo que hay."

Juan Tortosa, Other News,  08/01/24)

6.9.23

¿Por qué Gran Bretaña está tan deprimida? La anatomía de la melancolía habla de nuestro malestar político actual... el Estado británico está, si no deprimido, consumido por la melancolía. Se intuye la fatalidad en el horizonte, pero el esfuerzo de voluntad necesario para evitarla ya no se ve posible, ni siquiera deseable... La depresión y la ansiedad son ahora las principales causas del desempleo de larga duración, y el suicidio es la causa más común de muerte entre los jóvenes británicos... la causa más obvia es material: la inseguridad inherente al tambaleante modelo económico británico. Los inquilinos sufren depresión al doble que los propietarios de viviendas, mientras que la disminución de los ahorros y el aumento de la deuda se corresponden fuertemente con mayores tasas de angustia mental... El cuerpo político y la salud personal están entrelazados: la disfunción económica británica está deprimiendo a la gente y el deterioro de la salud mental está lastrando la productividad. Pero ¿cómo reformar un sistema de gobierno tan infeliz?

 "Cualquiera que haya padecido una depresión reconocerá los síntomas que se aproximan: un adormecimiento de los sentimientos o punzadas de melancólica nostalgia por una satisfacción perdida que ahora resulta imposible imaginar. Una nube negra de letargo sin afecto vacía la vida de propósito, haciendo imposible cualquier esfuerzo. Este letargo, esta sensación de incapacidad para detener el destino, domina las descripciones de la melancolía anteriores al siglo XX, el antepasado premedicalizado de nuestra depresión moderna.

Como dice el escritor Philip Pullman en su introducción de 2005 a La anatomía de la melancolía, la sonora y digresiva obra maestra de Robert Burton del siglo XVII, "aquellos lectores que tengan alguna experiencia del trastorno de la mente que ahora llamamos depresión sabrán que lo contrario de ese estado calamitoso no es la felicidad, sino la energía".

 Según esta definición, podríamos decir que el Estado británico está, si no deprimido, consumido por la melancolía. Se intuye la fatalidad en el horizonte, pero el esfuerzo de voluntad necesario para evitarla ya no se ve posible, ni siquiera deseable. El Estado británico yace en cama mirando al techo, esperando la muerte. No puede construir casas, no puede construir ferrocarriles; no puede cavar un agujero en el suelo y llenarlo de agua; no puede arreglar las escuelas que se están cayendo. La tarea más sencilla es demasiado difícil y, de todos modos, ¿para qué molestarse? Siempre se encuentran razones por las que cualquier esfuerzo es inútil, por las que la impotencia es una política sensata. No es de extrañar que, como los hijos de un padre deprimido, los jóvenes británicos anhelen ahora huir de la atmósfera opresiva del hogar. Sin embargo, el texto de Burton, reeditado con motivo de su cuarto centenario, nos recuerda que ya hemos estado aquí antes.

Hoy en día, la anatomía se lee con mayor frecuencia como un libro de autoayuda premoderno. Sin embargo, contiene en su interior, rara vez discutida, una lectura astuta de la disfunción política de la nación que sorprendentemente se hace eco del presente. "Los reinos, las provincias y los organismos políticos están sujetos de la misma manera a esta enfermedad", dice Burton, y el cuerpo político exhibe los mismos síntomas de lo que escritores posteriores denominarían "la enfermedad inglesa". Porque donde “veréis muchos descontentos, agravios comunes, quejas, pobreza… ciudades decadentes, pueblos viles y pobres… la gente escuálida, fea, incívica; ese reino, ese país, debe estar necesariamente descontento, melancólico, tiene un cuerpo enfermo y necesita ser reformado”.

 El diagnóstico de Burton es alarmantemente adecuado para la Gran Bretaña moderna. Según las estadísticas de la ONS, alrededor de uno de cada seis adultos británicos sufrió síntomas de depresión de moderados a graves el otoño pasado, mientras que el 17% de los adultos británicos están tomando antidepresivos; pero entre los que tienen entre 16 y 29 años, las tasas de depresión alcanzan el 28%, y entre los menores de 24 años, hasta el 46%. La depresión y la ansiedad son ahora las principales causas del desempleo de larga duración, y el suicidio es la causa más común de muerte entre los jóvenes británicos. Cualesquiera que sean las heridas psíquicas de la posmodernidad o las redes sociales, la causa más obvia es material: la inseguridad inherente al tambaleante modelo económico británico. Los inquilinos sufren depresión al doble que los propietarios de viviendas, mientras que la disminución de los ahorros y el aumento de la deuda se corresponden fuertemente con mayores tasas de angustia mental, y la falta de vivienda va en aumento. El cuerpo político y la salud personal están entrelazados: la disfunción económica británica está deprimiendo a la gente y el deterioro de la salud mental está lastrando la productividad. Pero ¿cómo reformar un sistema de gobierno tan infeliz? Como señaló el historiador William Mueller en su libro olvidado de 1952 sobre Burton como teórico político: “Un estado angustiado y un individuo enfermo, macrocosmos y microcosmos, pueden buscar curas similares”. Burton consideraba la inestabilidad económica de Inglaterra como una de las principales causas de la melancolía de su época, por lo que "el énfasis en la reforma económica recorre toda la Utopía de Burton, subrayando su afirmación de que un antídoto eficaz contra la melancolía de Inglaterra reside en el avance económico".

 Mueller sitúa a Burton en un contexto social no tan diferente del nuestro, donde, como él dice, la sustitución del régimen económico estable del orden agrícola por el nacimiento del capitalismo moderno condujo a un empleo inestable en los mercados laborales industriales y comerciales que fluctuaban con condiciones mundiales: las disputas internacionales privarían a la industria inglesa de sus mercados extranjeros, mientras que una afluencia de capital extranjero, con una distribución interna tremendamente desigual, “causó una inflación de los valores de la tierra, las rentas y las mercancías, que afectó no sólo a los desempleados sino también a los empleados”. , cuyos salarios no aumentaron proporcionalmente a los precios”.

 Como un yimby del siglo XVII, al comparar las ciudades prósperas y ordenadas del continente cercano con nuestros propios páramos urbanos, Burton contrastó “aquellas provincias ricas y unidas de Holanda, Zelanda, etc., frente a nosotros; esas ciudades limpias y pueblos populosos” con “nuestras ciudades delgadas, y esas viles, pobres y feas de contemplar con respecto a las suyas, nuestros comercios decayeron”, nuestro “uso beneficioso del transporte, totalmente descuidado”. Burton, un defensor de la nivelación de su época, deploró que “entre nuestras ciudades, sólo hay Londres que tiene la cara de una ciudad... y, sin embargo, en mi juicio limitado, defectuosa en muchas cosas. El resto (con excepción de unos pocos) están en una situación miserable, ruinosa en su mayor parte, pobres y llenos de mendigos, a causa de sus oficios decadentes, el abandono o la mala política, la ociosidad de sus habitantes.” Como ocurre hoy en cualquier ciudad de provincias, o incluso en la deprimente principal vía comercial de Londres, la melancolía de la nación estaba escrita en la sombría vista de sus calles.

 ¿Por qué Inglaterra sufrió este triste letargo? Fundamentalmente, la cuestión era la de “un mal gobierno, que procede de magistrados poco hábiles, perezosos, quejosos, codiciosos, injustos, imprudentes o tiranizantes... incapaces o no aptos para administrar tales cargos”: un sentimiento moderno inmediatamente reconocible en el siglo XVII. prosa. Al igual que los intentos de reforma modernos, desde Thatcher hasta Truss, sus fallidos intentos de curar la enfermedad sólo la habían empeorado, de modo que “el Estado era como un cuerpo enfermo que últimamente había tomado medicina... y se había debilitado tanto mediante la purga, que nada quedó, sólo la melancolía”.

 Pero el triste estado de Inglaterra se debió a algo más que a políticos ineptos. Burton, un melancólico que escribía tanto para curar como para revolcarse en su propia infelicidad, estaba cansado de lo que hoy llamaríamos "el discurso", la "vasta confusión de... nuevas paradojas, opiniones, cismas, herejías, controversias en filosofía, religión y ”, lo que distrajo la atención del buen gobierno. Como señalan los historiadores de la melancolía, el medio calvinista en el que Burton escribió era una “sociedad sospechosa e inquisitorial, constantemente alerta para espiar los pecados de los demás y suprimir todas las desviaciones del verdadero camino”; sin duda, el lector moderno sentirá empatía. .

 Defensor de "pocas leyes, pero las que se cumplen con severidad", Burton condenó la acumulación de intrigas legalistas y abogados autopromocionados que, entonces como ahora, obstaculizaron un gobierno ejecutivo fuerte :" harán más trabajo para ellos mismos y para ese cuerpo político enfermo, que de otra manera era sólido". En cambio, como observa Mueller, " políticamente, tendría un estado altamente centralizado gobernado por un monarca sabio y amable, una especie de rey filósofo."Socialmente, Burton propuso un proto-estado de bienestar para los pobres que lo merecen, y trabajo forzado para los ociosos voluntariamente. Burton propuso prohibir las costosas guerras ofensivas, manteniendo una armada y un ejército fuertes para la defensa nacional.

Económicamente, Burton era un mercantilista, que creía que la ruta hacia la prosperidad inglesa, y por lo tanto la felicidad, estaba en una balanza comercial favorable con una economía de exportación fuerte y un empleo seguro y bien remunerado para los trabajadores ingleses. "La industria es una piedra de carga para dibujar todas las cosas buenas; solo eso hace que los países florezcan, las ciudades sean pobladas, y hará cumplir, en razón de mucho estiércol, que necesariamente sigue, un suelo estéril para ser fértil y bueno, como ovejas: reparar un mal pasto."El ascenso de China, y la contra tendencia reactiva de pánico hacia la política industrial en casi todas partes en Occidente, pero en Gran Bretaña apática, hace que esta posición, hasta hace poco considerada curiosamente arcaica, parezca sorprendentemente relevante.

 Dividido entre el afecto por el orden social perdido y estable del feudalismo y el deseo de crecimiento económico y prosperidad derivados de una industria bien planificada y ciudades en rápida expansión, es posible leer a Burton como el antecedente de las tendencias políticas modernas, una especie de postliberal antes de que se inventara el liberalismo. Esta interpretación de Burton, como teórico político y económico disidente con lecciones para hoy, no es tan quijotesca como puede parecer a primera vista. Los historiadores modernos de la melancolía y la depresión han colocado durante mucho tiempo ambas condiciones infelices en un contexto político y económico, en particular el sociólogo alemán Wolf Lepenies, quien, como observa la filósofa Jennifer Radden, argumenta que "la melancolía, o al menos una nostalgia y aburrimiento enervantes, ha sido el destino de clases enteras de personas inactivas por arreglos sociales, políticos y económicos".

 Para el historiador Matthew Bell, la melancolía—" la ausencia espectral de políticas significativas "- encuentra expresión en el fenómeno del" retraimiento "cuyos seguidores" no son rebeldes; no intentan perturbar o deshacer la sociedad. Tampoco son forasteros que se establecen más allá de las normas sociales. Los retratistas se retiran de la sociedad mientras permanecen dentro de ella. Forman una oposición silenciosa y desconectada."Tal posición seguramente describe el punto de vista de los votantes británicos, hostiles a las disfunciones del sistema de Westminster, mientras que cada vez está más seguro de que es tan resistente a la reforma que no tiene sentido votar. ¿Por qué, dice la seductora voz interior de melancolía, molestarse? Freud atribuyó al depresivo "un ojo más agudo para la verdad", y ¿qué votante británico de hoy, examinando las opciones que le permitía Westminster, no se sentiría melancólico?

 Sin embargo, no tiene por qué ser así. "Nuestra tierra es fértil, no podemos negarlo, llena de todas las cosas buenas, y ¿por qué no abunda en ciudades, así como en Italia, Francia, Alemania, los países Bajos?"pregunta Burton. "Porque su política ha sido de otra manera, y nosotros no somos tan ahorrativos, circunspectos, industriosos; la ociosidad es el malus Genius [genio malvado] de nuestra nación."Su consejo final de sacudirse el enervante agarre de la melancolía, de "no estar ocioso" se ha hecho famoso como un axioma de autoayuda, pero también es una doctrina política. No fue bueno para el propio Burton, ni para la Inglaterra de su época: murió, tal vez por su propia mano, en 1640, dos años antes de que la nación se sumergiera en la guerra civil, pero tal vez aún no sea demasiado tarde para Gran Bretaña. La fatalidad aún puede ser evitada, el letargo derrotado, si solo se hace el esfuerzo finalmente. Los lazos de la disfunción todavía pueden, tal vez, sacudirse a través de un esfuerzo vigoroso y reformista.

 Tal vez sea difícil, al ver el carrusel giratorio de nulidades que regresan al parlamento esta semana, creer que la nube alguna vez se levantará, pero aún no es demasiado tarde, nos recuerda Burton: porque " La esperanza refresca, tanto como la miseria deprime; los comienzos difíciles tienen muchas veces eventos prósperos, y eso puede suceder al final, lo que nunca fue todavía.”                  ( , UnHerd, 04/09/23; traducción Yandex) 

30.8.23

Estados Unidos bate un nuevo récord en suicidios... Explicar estos actos desesperados pasa por el entorno, un tejido socio-político en pleno proceso de desmoronamiento tan sui generis que no tiene parangón en otros puntos del llamado mundo desarrollado... Falta de prestaciones sociales, sanidad orientada al lucro y no al bienestar ciudadano, trabajos no acompañados por derechos laborales, políticos comprados, armas por doquier… Todo ello moldea un paisaje que, sin necesidad de que caigan bombas, por momentos remite a indicadores de guerra, la conflagración desatada por unas élites que decidieron hace no tantos años dejar caer al resto

 "Cada uno de nosotros hubiera podido suicidarse, a unos se lo podíamos leer siempre antes con claridad en el rostro, a otros no, pero rara vez nos equivocábamos”. Extraigo esta cita del primer tomo de los Relatos autobiográficos (Anagrama, 2023) del escritor austríaco Thomas Bernard, El origen. Aquí narra con una dureza excepcional su infancia en un internado de Salzburgo en mitad de la II Guerra Mundial, época tenebrosa, marcada por nazismo, donde la muerte por voluntad propia se volvió tan prevalente que casi constituye en sí misma un personaje.

Bernhard anunciaba contundente: “el suicida no es culpable de nada, la culpa es de su entorno”, indicando que las circunstancias adversas desgarraban a las personas hasta el punto de conducirlas a no querer vivir más. La belleza áspera de su prosa transmite un hecho que pocos negarían: la autolisis no debería considerarse un arrebato aislado; siempre hay factores externos que arrastran al individuo al abismo, y la lid aglutina muchos de ellos.

Ahora quiero viajar en el tiempo y el espacio hasta situarme en los Estados Unidos de América actuales, un país que cuenta con la tasa de suicidios más alta de su historia desde, precisamente, los primeros años de la II Guerra Mundial. Así lo han confirmado los datos provisionales del Centro de Prevención y Control de Enfermedades (CDC): 2022 fue el año más deletéreo en cuanto a quitarse la vida se refiere de las últimas ocho décadas: 49.449 personas fenecieron por esta causa, 14,9 por cada 100.000 habitantes, superando el anterior récord reciente de 2018: 14,2, unas cifras que se pueden considerar alarmantes para tratarse de tiempos de paz. Explicar estos actos desesperados pasa, como decía Bernhard, por el entorno, un tejido socio-político en pleno proceso de desmoronamiento tan sui generis que no tiene parangón en otros puntos del llamado mundo desarrollado.

 Una gran mayoría de expertos coinciden en señalar la ubicuidad de las armas, cuya venta aumentó sustancialmente durante la pandemia, como factor de peso. Más de la mitad de los suicidios en 2022 fueron por armas de fuego, tendencia que se ha repetido en años anteriores. Según un estudio de la Universidad de Johns Hopkins, realizado con los mismos datos del CDC (provisionales hasta final de año, pero considerados bastante exactos por la comunidad científica), casi 27.000 de esas muertes las desataron las balas, superando a las más de 19.500 clasificadas como homicidios.

El crimen (los asesinatos) no ha parado de crecer, de manera generalizada, en los últimos tiempos, pero el daño autoinfligido lo sobrepasa, y además, por primera vez, el suicidio con arma de fuego afectó a más niños y adolescentes negros que blancos, siendo estos últimos más numerosos en población. Que la disponibilidad de armas incrementa los fallecimientos por autolisis, debido a su letalidad, parece casi una obviedad. Aun así, un grupo de investigadores de la Universidad de Stanford dedicó 12 años a examinar dicha relación en una población de 26 millones de habitantes. Sus esfuerzos arrojaron las siguientes conclusiones: la posesión de armas en hombres incrementa la probabilidad de suicidio ocho veces; en mujeres, el número es 35.

Muertes por desesperación

Existe otro problema de fondo, estrechamente vinculado al anterior: la esperanza de vida en EE.UU. no ha parado de caer en los últimos años, nos dice el Council on Foreign Relations, y actualmente es de 77 años, entre las más bajas de los países ricos (la de España se sitúa en 82,4 años, cercana a la de Francia, Suecia, Italia o Irlanda, mientras que la nación norteamericana se asemejaría a Eslovaquia -77 años- o a Colombia -76,7-). Esta tendencia, preocupante desde antes de la pandemia, despertó la curiosidad del Premio Nobel e investigador Angus Deaton y la también investigadora Anne Case, que desgranaron los motivos en el libro Deaths of Despair (2020) o Muertes por desesperación: aquéllas resultantes del suicidio, la sobredosis y el alcoholismo, devastación contra uno mismo que rebasa el margen causal del gatillo y exige una indagación más profunda.

 En una de sus conferencias, Deaton matizó el contenido del volumen para responsabilizar directamente a las políticas neoliberales surgidas de la Escuela de Chicago por estas vidas perdidas. Específicamente, el Nobel culpó al conglomerado sanitario, cuyos lobbies controlan en buena medida lo que se aprueba en Congreso; “un sistema [que] hace un uso excesivo de procedimientos que son mejores en optimar los beneficios económicos que la salud”.

La crisis de los opiáceos, causante de más de 100.000 muertes anuales, constituiría un ejemplo claro: creada artificialmente por la codicia de las farmacéuticas –concretamente Purdue Pharma, a la que Deaton señala–, logró producir millones de pacientes adictos que, privados más tarde de las recetas médicas, se lanzaron al mercado negro en busca de estupefacientes.

A la nefasta gestión sanitaria, privatizada, excesivamente cara tanto para las arcas públicas como para los clientes, se suma un mercado de trabajo desigual que no ofrece seguro médico a los empleados con menos formación, o directamente los condena al ostracismo al externalizar puestos o automatizarlos: “contemplamos este desastre de mercado laboral como una de las fuerzas más poderosas que amplifican las muertes por desesperación entre la clase trabajadora estadounidense” –aseguró Deaton.

 Falta de prestaciones sociales, sanidad orientada al lucro y no al bienestar ciudadano, trabajos no acompañados por derechos laborales, políticos comprados, armas por doquier… Todo ello moldea un paisaje que, sin necesidad de que caigan bombas, por momentos remite a indicadores de guerra, la conflagración desatada por unas élites que decidieron hace no tantos años dejar caer al resto."                     (Azahara Palomeque , La Marea, 28/08/23)

23.5.23

La soledad y la desolación han invadido al país que proclamó como derecho la búsqueda de la felicidad cuando fue fundado... El cirujano general de Estados Unidos declaró que hay una nueva emergencia de salud pública en este país a la cual bautizó como epidemia de soledad... tiene consecuencias de salud tan serias como las del tabaco y que aproximadamente la mitad de los adultos estadunidenses dicen que han padecido de soledad

 "El cirujano general de EE.UU., Vivek Murthy, declaró que hay una nueva emergencia de salud pública en este país a la cual denomina epidemia de soledad. Informó que esta epidemia tiene consecuencias tan serias como las del tabaco y que cerca de la mitad de los adultos estadounidenses la han padecido.

La soledad y la desolación han invadido al país que proclamó como derecho la búsqueda de la felicidad cuando fue fundado.

El cirujano general de Estados Unidos declaró que hay una nueva emergencia de salud pública en este país a la cual bautizó como epidemia de soledad. El doctor Vivek Murthy informó que esta epidemia tiene consecuencias de salud tan serias como las del tabaco y que aproximadamente la mitad de los adultos estadunidenses dicen que han padecido de soledad.

La pandemia exacerbó esta condición al obligar el aislamiento de millones, el cierre de escuelas y lugares de convivio, pero ya prevalecía desde antes, en parte por un desplome en la participación de la gente en organizaciones comunitarias, en iglesias y otras actividades sociales. También hay más personas de la tercera edad viviendo solas. Pero todas las generaciones están padeciendo esta epidemia de soledad. El informe emitido por el cirujano general señala que los jóvenes entre 15 y 24 años de edad fueron entre los más afectados durante la pandemia, con el tiempo con amigos reducido en 70 por ciento. Según el informe emitido por el cirujano general, la soledad incrementa la tasa de muerte prematura por casi 30 por ciento, y nutre la depresión, ansiedad y hasta la demencia. La conexión social es esencial para la salud y el bienestar, afirma el informe. https://www.hhs.gov/surgeongeneral/priorities/connection/index.html?utm_source=osg_social&utm_medium=osg_social&utm_campaign=osg_sg_gov_vm#advisory].

Al mismo tiempo, Estados Unidos es único entre los países avanzados del mundo en registrar reducciones de tasas de expectativa de vida para amplios sectores. Este fenómeno empezó a llamar la atención hace unos 7 años, cuando dos economistas, Anne Case y el premio Nobel Angus Deaton, exploraron el fenómeno de crecientes tasas de mortalidad entre hombres blancos sin estudios universitarios, algo sin precedente y sin igual en otros países. En este sector se registran más muertes por adicciones a opioides y otras drogas, alcoholismo y suicidios. Al examinar las condiciones socio-económicas de este sector, bautizaron el fenómeno como «muertes de desolación».

Esto ha generado nuevas exploraciones sobre la dinámica socioeconómica estadunidense, definida por las consecuencias de políticas neoliberales durante cuatro décadas incluyendo un dramático incremento en la desigualdad económica y su impacto sobre la clase trabajadora. Algunos analistas señalan que esta es parte de la base que conquistó Trump.

Para Case y Deaton, no es complicado identificar la causa de estas muertes de desolación: destruye el trabajo y, al final, la vida de clase trabajadora no puede sobrevivir. Es la falta de significado, de dignidad, de orgullo y de respeto propio que viene con el fin de matrimonio y de comunidad que provoca la desolación, no sólo la falta de dinero, escriben.

En el país más rico del mundo, los estadounidenses en promedio se están muriendo más jóvenes que antes, rompiendo los patrones globales e históricos pronosticables, más jóvenes que en otras partes del primer mundo pero también que en Cuba, China y Líbano, señala David Wallace-Wells, escritor sobre ciencias para el New York Times. Pero no sólo eso, la anomalía de mortalidad estadunidense ya no se trata de adultos mayores, sino cada vez más de jóvenes y niños. Uno de cada 25 niños de 5 años no vivirá para cumplir 40 –una tasa de mortalidad como cuatro veces más alta que en otros países ricos. Y no es por el covid, el cual fue culpable en sólo 2 por ciento de las muertes de jóvenes y niños, sino más bien por armas de fuego que son responsables de casi la mitad del incremento (usadas en suicidios y homicidios), entre otros factores.

El país que se ofrece como modelo a seguir para el mundo, que impulsa recetas económicas y sociales para todos los demás y que celebra la búsqueda de la felicidad, aparentemente es un país cantando un blues cada vez más marcado por la soledad y la desolación. Tal vez otros países podrían ofrecerle algunas recomendaciones u otro modelo a seguir.

Leonard Cohen. The Future. https://youtu.be/8WlbQRoz3o4

Bonnie Raitt & John Prine. Angel from Montgomery. https://youtu.be/MaHNUYAKDn4"         (David Brooks , La Jornada, 08/05/23)

31.3.23

¿Cuál es la otra pandemia que nos está matando? Cerca de mil millones de personas sufren de depresión, bipolaridad, ansiedad, miedo, aislamiento, demencia, consumo de estupefacientes y alcohol, esquizofrenia y desórdenes alimenticios... La depresión, por ejemplo, es la principal causa de discapacidad. Y el suicidio ocupa el cuarto lugar en la lista de las causas de muerte de personas entre los 15 y los 29 años... el 14,3% de las muertes que ocurren en el mundo cada año, ocho millones de personas, son atribuibles a desórdenes mentales

 "Los gobiernos del mundo le están dedicando gran atención e ingentes recursos a contener la covid y sus mutaciones. Afortunadamente, están teniendo éxito. Pero, lamentablemente, están descuidando otra pandemia que lleva tiempo cobrándose millones de vidas cada año y discapacitando a millares de personas: las enfermedades mentales.

Las pandemias se caracterizan por esparcirse rápidamente y atacar a un gran número de habitantes. Este es el caso de los problemas de salud mental.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) cerca de mil millones de personas sufren de depresión, bipolaridad, ansiedad, miedo, aislamiento, demencia, consumo de estupefacientes y alcohol, esquizofrenia y desórdenes alimenticios (anorexia y bulimia) entre otros problemas. 14,3% de las muertes que ocurren en el mundo cada año, aproximadamente ocho millones de personas, son atribuibles a desórdenes mentales.

 La depresión, por ejemplo, es la principal causa de discapacidad. Y el suicidio ocupa el cuarto lugar en la lista de las causas de muerte de personas entre los 15 y los 29 años. Según el Project Hope (Proyecto Esperanza), una ONG que se especializa en estos temas, en el mundo se suicida una persona cada 40 segundos. Los hombres se suicidan al doble de la frecuencia con la que se quitan la vida las mujeres. A su vez, la depresión en las mujeres duplica la frecuencia con la que se deprimen los hombres. Si bien el suicidio es una realidad global, su mayor incidencia es en países de menores ingresos. En 2019, por ejemplo, el 77% de los suicidios en el mundo ocurrieron en países con ingresos bajos o medianos.

La covid produjo un aumento de un 25% en el número de personas que sufren ansiedad y depresión. Pero la crisis en la salud mental era ya una realidad preexistente. Jonathan Haidt, un prestigioso psicólogo social, mantiene que el aumento de las enfermedades mentales en adolescentes en Estados Unidos comenzó en 2012. Según él, “esta crisis está relacionada en gran medida con la transición hacia una infancia y adolescencia basadas en teléfonos y, con especial énfasis, en redes sociales”.

La evidencia de la crisis en EE UU es abrumadora. Entre 2004 y 2020 los adolescentes de ese país que sufren de una depresión mayor aumentaron un 145% entre las niñas y un 161% entre los niños. Desde el 2010, los estudiantes universitarios que sufren de ansiedad aumentaron un 134% y los que tienen trastornos bipolares un 57%. Entre 2010 y 2020 los suicidios de niñas adolescentes aumentaron un 82%. El Centro para el Control de Enfermedades (CDC) de EE UU reportó que entre 2011 y 2021 el número de mujeres jóvenes que se sienten persistentemente desesperanzadas y tristes aumentó un 60%. Cerca del 15% de las adolescentes entrevistadas por el CDC revelaron haber sido forzadas a tener relaciones sexuales, un aumento del 27% en dos años. La Academia Estadounidense de Pediatría, la Asociación de Hospitales de Niños y otras instituciones médicas de EE UU han declarado un “estado de emergencia nacional” con respecto a la salud mental de los niños.

Por otro lado, el mal uso y el abuso enfermizo de las tecnologías digitales no son hábitos exclusivos de los jóvenes. Hombres y mujeres de mediana edad y ancianos también evidencian el impacto negativo de las redes sociales en sus vidas cuando estas tecnologías son usadas de manera abusiva o tóxica.

 Esta es una crisis mundial. Las estadísticas y estudios en otros países muestran las mismas tendencias generales. El Estado Mental del Mundo es un reporte del 2022 basado en encuestas a más de 220.000 personas en 34 países. El estudio muestra un deterioro en la salud mental de todos los grupos etarios y de género. También encontró que los países de habla inglesa tienen los menores niveles de bienestar mental y que, en términos de edad, el grupo de 18 a 24 años sufre la peor salud mental de entre todos los demás grupos encuestados.

Lamentablemente, la escasez de psiquiatras, psicólogos y otros profesionales de la salud mental es la norma mundial. Según Project Hope, dos tercios de quienes necesitan ayuda no la reciben, aunque existen tratamientos eficaces para tratar su dolencia. Muchos países de menores ingresos cuentan con menos de un especialista en salud mental por cada 100.000 habitantes.

Factores culturales e institucionales dificultan la atención al paciente. En muchos países y culturas tener problemas de salud mental es una vergüenza que es mejor esconder. Sufrir de problemas de salud mental puede hacer que se pierda el trabajo, la pareja o las amistades. Desde el punto de vista institucional está la dificultad de acceder al seguro de salud, especialmente cuando es privado y, para muchos, prohibitivamente costoso.

Afortunadamente, las cosas están cambiando. La inteligencia artificial y el tratamiento remoto vía internet permitirá el acceso al sistema de salud a pacientes que ahora no lo tienen. Hay prometedores avances en medicinas y tratamientos. En muchos países la vergüenza está siendo reemplazada por el activismo que busca darles visibilidad y recursos a estos problemas. Ningún problema puede ser resuelto si antes no ha sido reconocido, estudiado y debatido. La salud mental es una crisis pandémica que requiere de más visibilidad y debate"                  (Moisés Naím , El País, 19/02/23)

9.1.23

Michael Roberts: Policrisis y depresión en el siglo XXI... según el último Informe sobre Desarrollo Humano de la ONU, el mundo es más pesimista que en cualquier otro momento de la historia moderna... los niveles de angustia actuales no tienen precedentes y superan los de la Gran Depresión... lo que coincide con mi propia percepción económica de que las principales economías del mundo entraron en una nueva Larga Depresión, la tercera en la historia del capitalismo moderno... Nos encontramos en una combinación de: una depresión económica; donde los ingresos reales se estancan o incluso caen; la pobreza aumenta junto con la creciente desigualdad; y donde faltan inversiones para impulsar las fuerzas productivas y resolver el desastre medioambiental en el que ahora está sumido el mundo. Y donde, en lugar de una cooperación mundial de los gobiernos para resolver esta "policrisis", tenemos cada vez más conflictos entre naciones, tanto económicos como militares... Seis de cada siete personas en todo el mundo declararon sentirse inseguras en muchos aspectos de su vida. Con consecuencias políticas: muchas naciones estén crujiendo bajo la tensión de la polarización, el extremismo político y la demagogia... Un gran número de personas se sienten frustradas y alejadas de sus sistemas políticos... no es difícil ver cómo la confluencia de la angustia mental, la desigualdad y la inseguridad fomentan un ciclo intergeneracional perjudicial que arrastra el desarrollo humano."... El informe de la ONU es devastador en su examen de la condición humana en el siglo XXI... la razón reside en la realidad de que sólo un porcentaje minúsculo de la humanidad puede elegir; el resto de nosotros no tiene poder para elegir. Es la división de clases capitalista, entre los que poseen y controlan y los que deben trabajar para ellos y obedecer, la causa fundamental de esta policrisis

 "Policrisis" es la palabra de moda entre los izquierdistas en estos momentos.  La palabra expresa la confluencia e imbricación de varias crisis: económica (inflación y recesión), medioambiental (climática y pandémica) y geopolítica (guerra y divisiones internacionales). De hecho, ya planteé una idea similar a principios del año pasado.

Así que no es de extrañar que el último Informe sobre Desarrollo Humano de la ONU sea tan impactante.  Según el IDH, el mundo es más pesimista que en cualquier otro momento de la historia moderna, desde antes de la Primera Guerra Mundial.

El IDH ha analizado las tendencias lingüísticas en los libros de los últimos 125 años. Revela un fuerte aumento de las expresiones que reflejan "distorsiones cognitivas asociadas a la depresión y otras formas de angustia mental". En las dos últimas décadas ha aumentado el lenguaje que refleja percepciones excesivamente negativas del mundo y su futuro. De hecho, los niveles de angustia actuales no tienen precedentes y superan los de la Gran Depresión y las dos guerras mundiales.

 Lo que también es revelador es que las opiniones negativas sobre el mundo comenzaron a dispararse en torno al cambio de siglo, incluso antes de la Gran Recesión.  Este repunte coincide con mi propia percepción económica de que las principales economías del mundo entraron en lo que yo llamo una nueva Larga Depresión, la tercera en la historia del capitalismo moderno tras la depresión de 1873-95 y la Gran Depresión de la década de 1930.

La intensidad de las opiniones negativas sobre las perspectivas de la humanidad nunca ha sido tan alta, mucho más que en cualquiera de las dos guerras mundiales del siglo XX. 

Nos encontramos en una combinación de: una depresión económica; donde los ingresos reales se estancan o incluso caen; la pobreza aumenta junto con la creciente desigualdad; y donde faltan inversiones para impulsar las fuerzas productivas y resolver el desastre medioambiental en el que ahora está sumido el mundo.  Y donde, en lugar de una cooperación mundial de los gobiernos para resolver esta "policrisis", tenemos cada vez más conflictos entre naciones, tanto económicos como militares.

 Achim Steiner, Administrador del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, presentó el IDH 2022.  Así lo introdujo "Vivimos tiempos inciertos. La pandemia de Covid-19, ahora en su tercer año, sigue generando nuevas variantes. La guerra en Ucrania reverbera por todo el mundo, causando un inmenso sufrimiento humano, incluida una crisis del coste de la vida. Los desastres climáticos y ecológicos amenazan el mundo a diario".

Y prosiguió: "Las capas de incertidumbre se acumulan e interactúan para perturbar nuestras vidas de una manera sin precedentes. La gente ya se ha enfrentado antes a enfermedades, guerras y alteraciones medioambientales. Pero la confluencia de presiones planetarias desestabilizadoras con desigualdades crecientes, transformaciones sociales radicales para aliviar esas presiones y la polarización generalizada presentan fuentes de incertidumbre nuevas, complejas e interactivas para el mundo y todos los que lo habitan".

"La gente de todo el mundo nos dice ahora que se siente cada vez más insegura". Seis de cada siete personas en todo el mundo declararon sentirse inseguras en muchos aspectos de su vida, incluso antes de la pandemia de Covid-19.  Y las consecuencias políticas: "¿No es de extrañar, entonces, que muchas naciones estén crujiendo bajo la tensión de la polarización, el extremismo político y la demagogia, todo ello sobrealimentado por las redes sociales, la inteligencia artificial y otras potentes tecnologías?".

Steiner señaló que "en una sorprendente primicia, el valor del Índice de Desarrollo Humano mundial ha descendido durante dos años seguidos a raíz de la pandemia de Covid-19".

 El descenso del IDH mundial lo sitúa en la época inmediatamente posterior a la adopción de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible y el Acuerdo de París.  Así que no hay progreso.  Cada año, algunos países experimentan descensos en sus respectivos valores del IDH. Pero la friolera del 90% de los países vieron caer su valor de IDH en 2020 o 2021, superando con creces el número de países que experimentaron retrocesos tras la crisis financiera mundial. El año pasado se produjo una cierta recuperación a nivel mundial, pero fue parcial y desigual: la mayoría de los países con IDH muy alto registraron mejoras, mientras que la mayoría del resto experimentó descensos continuos.

La pandemia de COVID se cobró al menos 15 millones de "vidas innecesarias", la mayoría en países de renta baja y media.  Pero incluso Estados Unidos vio caer su esperanza de vida al nivel más bajo de los últimos 26 años.  De hecho, ¡la esperanza de vida estadounidense es ahora inferior a la de China!

 Se desarrollaron nuevas vacunas para luchar contra el COVID en un tiempo doblemente rápido, incluidas algunas basadas en tecnología revolucionaria, y se calcula que salvaron 20 millones de vidas en un año.  Pero los más pobres del mundo recibieron el menor apoyo médico debido a un acceso muy desigual a las vacunas "La pandemia ha sido un doloroso recordatorio de cómo las rupturas en la confianza y en la cooperación, entre y dentro de las naciones, limitan tontamente lo que podemos lograr juntos".

La COVID no ha desaparecido, pero los gobiernos y las personas han decidido vivir (y morir) con ella.  Las secuelas persisten e incluso empeoran.  Miles de millones de personas se enfrentan ahora a la mayor crisis del coste de la vida en una generación.  Ya están lidiando con la inseguridad alimentaria, debido en gran medida a las desigualdades de riqueza y poder que determinan los derechos a la alimentación.  Los bloqueos de la cadena de suministro mundial siguen contribuyendo al aumento de la inflación en todos los países a tasas no vistas en décadas.

En cuanto al clima, el IDH nos recuerda que en los últimos años se han registrado más récords de temperaturas, incendios y tormentas en todo el mundo.  El último Informe del Panel Internacional sobre el Cambio Climático es un "código rojo para la humanidad". En esencia, a medida que la ciencia ha avanzado, los modelos climáticos predicen, con mayor precisión que antes, más desastres en el futuro.  Mientras "la crisis climática avanza, junto a otros cambios a nivel planetario provocados por el Antropoceno".  

El colapso de la biodiversidad es uno de ellos. Más de un millón de especies vegetales y animales se enfrentan a la extinción. "Tenemos aún menos idea de cómo vivir en un mundo sin, por ejemplo, abundancia de insectos. Eso no se ha intentado desde hace unos 500 millones de años, cuando aparecieron las primeras plantas terrestres del mundo. No es casualidad. Sin abundancia de insectos polinizadores, nos enfrentamos al alucinante reto de cultivar alimentos y otros productos agrícolas a escala".

 La policrisis está afectando al bienestar mental de la humanidad a través de sucesos traumáticos, enfermedades físicas, ansiedad climática general e inseguridad alimentaria. "Los efectos que esto tiene en los niños en particular son profundos, alterando el desarrollo cerebral y corporal, especialmente en las familias de los escalones sociales más bajos, disminuyendo potencialmente lo que los niños pueden lograr en la vida".  Las desigualdades en el desarrollo humano se perpetúan a través de las generaciones; "no es difícil ver cómo la confluencia de la angustia mental, la desigualdad y la inseguridad fomentan un ciclo intergeneracional igualmente perjudicial que arrastra el desarrollo humano."

Con la depresión económica y el desastre ecológico llegan la incertidumbre, la inseguridad y la polarización política.  Un gran número de personas se sienten frustradas y alejadas de sus sistemas políticos. También aumentan los conflictos armados. Por primera vez, más de 100 millones de personas se ven obligadas a desplazarse, la mayoría de ellas dentro de sus propios países.

¿Qué hacer?  La ONU ofrece su modelo para un futuro más esperanzador: inversión, seguros e innovación: las tres "Is".

Pero la innovación y las nuevas tecnologías, admite la ONU, son un arma de doble filo. "La inteligencia artificial creará y destruirá tareas, causando enormes trastornos. La biología sintética abre nuevas fronteras en la salud y la medicina, al tiempo que plantea cuestiones fundamentales sobre lo que significa ser humano."  En efecto, ¿estas nuevas tecnologías aumentarán la desigualdad, reducirán las posibilidades de empleo o las ampliarán?  He tratado esta cuestión en entradas anteriores.

Luego está la inversión.  El IDH habla de inversión pública, en particular para el medio ambiente.  Pero no dice nada de los intereses creados que se interponen a dicha inversión.  Por último, hay un seguro: más protección de los derechos humanos, acceso a servicios básicos e ingresos mínimos y más responsabilidad democrática.  Ninguno de estos seguros básicos existe para la mayoría de los casi 8.000 millones de habitantes del planeta.

El informe de la ONU es devastador en su examen de la condición humana en el siglo XXI.  Pero no ofrece ninguna explicación convincente de por qué existe una "policrisis".  Achim Steiner nos dice que "el héroe y el villano de la actual historia de incertidumbre son uno en el mismo: la elección humana".  Realmente, si eligiéramos hacer las cosas de otra manera, podríamos.  Entonces, ¿por qué la humanidad no elige un camino diferente?  Pues porque "no todas las elecciones son iguales. Algunas -sin duda las más relevantes para el destino de nuestra especie- están impulsadas por la inercia institucional y cultural, y llevan generaciones gestándose". 

¿Inercia institucional y cultural?  Seguramente, la razón reside en la realidad de que sólo un porcentaje minúsculo de la humanidad puede elegir; el resto de nosotros no tiene poder para elegir (al menos no individualmente).  Es la división de clases con el capitalismo, entre los que poseen y controlan y los que deben trabajar para ellos y obedecer, la causa fundamental de esta policrisis, "generations in the making (generaciones en construcción)"       (Michael Roberts, Brave New europe, 05/01/23; traducción DEEPL)

9.3.22

A partir de finales de los años noventa, todo un segmento de la población americana, hombres y mujeres blancas de mediana edad, están muriendo más a menudo debido a consumo de drogas, alcohol o suicidio. De forma paralela, este grupo estaba sufriendo un marcado aumento de problemas de salud mental, dolor crónico, depresión y capacidad para ir al trabajo. Lo llamaron “muertes por desesperación”... la causa principal es la progresiva desaparición del empleo, o más concretamente, de los puestos de trabajo tradicionales de la clase trabajadora en Estados Unidos... Este cambio ha sido especialmente brutal en hombres sin estudios universitarios, que parecen sufrir una brutal crisis de identidad. No pueden mantener una familia, no pueden ahorrar; se siente malos padres, maridos que no hacen lo que deben; su vida es un fracaso. De ese sentimiento, de esa pérdida, viene esa desesperación... Sólo hay un país en Europa que está viendo un aumento de muertes por desesperación remotamente parecido al de Estados Unidos: Reino Unido, especialmente en Escocia

"Estas últimas semanas, por motivos de trabajo, he estado leyendo y preparando documentos y presentaciones sobre el mercado de trabajo en Estados Unidos, y, por ende, sobre las desigualdades económicas del país. Algunas de las historias y artículos que he escrito por aquí estos días salen, precisamente, de este proyecto, así que mucho de lo que contaba por aquí y aquí os sonará familiar.

De todo lo que he leído estos días, hay una gráfica que ha quedado grabada, porque es una representación gráfica brutal de cómo ha cambiado el país durante las últimas décadas:




 “Deaths of Despair and Its Components, 1900-2017, Age-Adjusted Rates” - Fuente: Social Capital Project, CDC data.
 
La epidemia de tristeza

Estudios posteriores de los mismos autores y de otros mirando las cifras con detalle (el gráfico de arriba viene de este estudio) han confirmado esta tendencia, y el hecho de que parecía estar incluso acelerándose. Las cifras, mirando por grupos demográficos, muestran una tendencia aún más clara (...)

Desde principios de los años noventa, los blancos sin estudios universitarios han más que triplicado su tasa de mortalidad debido a drogas, alcohol, o suicidio. El aumentado ha sido tan marcado que en los años anteriores a la pandemia la esperanza de vida en Estados Unidos estaba disminuyendo, algo completamente inaudito en cualquier otro país desarrollado. Porque no hay ningún otro país desarrollado que esté viendo un aumento de muertes por desesperación en esta escala (...)
¿Qué demonios está pasando?

Según Case y Deaton, la causa principal es la progresiva desaparición del empleo, o más concretamente, de los puestos de trabajo tradicionales de la clase trabajadora en Estados Unidos. La desindustrialización, la muerte del sindicalismo americano, el debilitamiento de los derechos laborales desde la presidencia de Nixon, la cada vez mayor concentración de la riqueza, han dejado a millones de americanos sin la clase de empleos capaces de darles estabilidad. En vez de tener un empleo donde te sientes respetado y de los que te sientes orgulloso,muchos americanos viven hoy en un mundo de trabajo precario, horarios impredecibles, sueldos cada vez más bajos y menos oportunidades de salir adelante.

Este cambio ha sido especialmente brutal en hombres sin estudios universitarios, que parecen sufrir una brutal crisis de identidad. No pueden mantener una familia, no pueden ahorrar; se siente malos padres, maridos que no hacen lo que deben; su vida es un fracaso. De ese sentimiento, de esa pérdida, viene esa desesperación.

Pre- pandemia, Estados Unidos estaba viendo una caída constante de la tasa de participación laboral, especialmente entre varones de mediana edad. Sin trabajo, con cada vez menos oportunidades, con problemas de salud y sin acceso a un seguro médico, muchos simplemente estaban dejando de trabajar por completo.
La sanidad, otra vez

Para empeorar las cosas, el absurdo sistema sanitario de Estados Unidos además crea un fuerte incentivo a las empresas para no contratar a empleados con sueldos bajos.

En los países medio racionales donde la sanidad de paga mediante impuestos, el coste de esta es más o menos proporcional según el nivel de renta. Dado que las cotizaciones sociales están ligadas a los sueldos, un cajero de supermercado paga menos, en términos monetarios, que un CEO. En Estados Unidos, por el contrario, las aseguradoras y empresas pagan la sanidad por trabajador. Con la póliza de seguro media costando $21.000 por familia, eso hace que añadir cobertura médica a un trabajador con un sueldo modesto pueda añadir un 60 o 70% al coste de contratarlo.

Lo que hacen habitualmente muchas empresas es pagarles una miseria, dejándolos sin seguro y tan cerca de la pobreza que tienen que apuntarse a Medicaid, el seguro federal para trabajadores con muy pocos ingresos. Algo que, como recordaréis, está diseñado para ser tan complicado y humillante como sea posible en no pocos estados. 

Los años de la ira

La semana pasada escribía sobre “basura blanca”, el increíblemente despectivo término con el que la cultura popular americana se refiere a los blancos de clase baja. Bueno, este es el contexto donde se están moviendo. Ha habido mucho debate, en los años de Trump, sobre la política del resentimiento, y cómo los blancos sin estudios universitarios parecen haber abrazado una especie de populismo reaccionario, un discurso de odio y rencor hacia las élites.

La verdad, yo también andaría un poco resentido si el país entero llevara treinta años pateándome la cabeza y echándome la culpa de todo.

Lo fascinante de todo este asunto, por cierto, es que estos cambios sociales han hecho que los blancos sin estudios universitarios estén viendo su situación acercarse (y superar) las cifras que veíamos en afroamericanos - que nunca disfrutaron de esos trabajos de clase media en los años de postguerra, así que estaban desesperados ya antes.

Los latinos, por cierto, partían de cifras relativamente bajas de muertes por desesperación, han visto aumentos mucho menores. Uno de los motivos: su mayor movilidad social.

Sólo hay un país en Europa que está viendo un aumento de muertes por desesperación remotamente parecido al de Estados Unidos: Reino Unido, especialmente en Escocia. Adivinad por qué."                                       (Roger Senserrich, blog, 19/02/22)