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9.6.26

La directora de Santander, Ana Botín, ha criticado los impuestos bancarios del Reino Unido... es evidente es que ella cree que los bancos son como cualquier otro negocio... La realidad es que los bancos no son como cualquier otro negocio... Los bancos son instituciones altamente reguladas a las que el Estado británico les concede privilegios únicos que no están disponibles para ningún otro sector empresarial... como Botín debería saber, el modelo de negocio de Santander depende de un sistema monetario respaldado por el Estado y del apoyo del banco central. Esto no es cierto para los fabricantes, supermercados o minoristas... Tienen licencia para crear dinero a través de los préstamos y, solo por ese privilegio, los bancos deberían estar sujetos a un tratamiento fiscal especial... el negocio de los bancos está explícitamente respaldado por el gobierno a través de la provisión de una garantía para quienes depositan su dinero en ellos. Nadie confiaría en ellos sin esa garantía. La gente necesita saber que serán rescatados cuando los bancos quiebren, pero como resultado de ello, los bancos saben que lo serán. Su modelo de extracción de beneficios, que se basa en estas garantías, merece un tratamiento fiscal especial como consecuencia... los bancos no obtienen beneficios en el sentido normal. No compran una mercancía y la venden, los bancos extraen rentas de la sociedad creando crédito sin ningún coste directo para ellos, y este proceso de extracción de rentas impone costes considerables a los hogares británicos y al sector empresarial, y también distorsiona los precios, sobre todo en el mercado inmobiliario... Los préstamos bancarios al sector de la pequeña empresa han ido disminuyendo de manera constante durante décadas... se sabe que el 85% de todos los préstamos bancarios del Reino Unido son para hipotecas o están garantizados con garantías inmobiliarias. En otras palabras, los bancos no están interesados en prestar para inversión o creación de empleo... El crecimiento lo crea la actividad económica real, pero como ya se señaló, los bancos no están dispuestos a financiarlo. En cambio, financian el mercado de alquiler, la especulación, la recompra de acciones y otras actividades extractivas. Los bancos perjudican el crecimiento (Richard Murphy)

"Por qué necesitamos gravar más a los bancos

La directora de Santander, Ana Botín, ha criticado los impuestos bancarios del Reino Unido, afirmando que el régimen "no tiene sentido económico", mientras los prestamistas se preparan para un nuevo golpe si Keir Starmer es reemplazado por un primer ministro más izquierdista.

Como añadieron:

Botín dijo: "La cuestión es, ¿por qué señalar específicamente a los bancos e imponerles impuestos adicionales? Ya pagamos un tipo de impuesto de sociedades de alrededor del 30%, nuestros márgenes de beneficio no están ni cerca de los de los actores monopolísticos, y no estamos obteniendo beneficios extraordinarios.

"Si los responsables políticos buscan sectores que obtengan rendimientos desmesurados, hay otros lugares por donde empezar".

Añadió que los préstamos bancarios a las empresas "impulsan la inversión y la creación de empleo".

Esto, creo, se considera un comentario económico serio de una persona como Botín, quien, cabe esperar, ha reflexionado sobre la economía, el propósito social de los bancos y sus consecuencias para la tributación de los mismos. Sin embargo, lo que es evidente es que ella cree que los bancos son como cualquier otro negocio. Esa es una sugerencia que debe ser abordada.

**Los bancos son diferentes**

La realidad es que los bancos no son como cualquier otro negocio, a pesar de lo que afirma Botín.

Los bancos son instituciones altamente reguladas a las que el Estado británico les concede privilegios únicos que no están disponibles para ningún otro sector empresarial.

En particular, los bancos son completamente diferentes a otras empresas. Tienen licencia para crear dinero a través de los préstamos y, solo por ese privilegio, los bancos deberían estar sujetos a un tratamiento fiscal especial.

Además, como Botín debería saber, el modelo de negocio de Santander depende de un sistema monetario respaldado por el Estado y del apoyo del banco central. Esto no es cierto para los fabricantes, supermercados o minoristas.

Es más, a diferencia de cualquier otro negocio, el negocio de los bancos está explícitamente respaldado por el gobierno a través de la provisión de una garantía para quienes depositan su dinero en ellos. Nadie confiaría en ellos sin esa garantía. La gente necesita saber que serán rescatados cuando los bancos quiebren, pero como resultado de ello, los bancos saben que lo serán. Su modelo de extracción de beneficios, que se basa en estas garantías, merece un tratamiento fiscal especial como consecuencia.

Los bancos crean riesgo sistémico y deberían pagar un precio muy alto por ello en forma de impuestos.

**Los bancos son rentistas**

Es más, como sabemos, los bancos no obtienen beneficios en el sentido normal. No compran una mercancía y la venden, aunque a los banqueros les gustaría fingir que todavía toman depósitos y prestan, lo cual es un mito que ha sido desmentido, incluso por el Banco de Inglaterra. En cambio, los bancos extraen rentas de la sociedad creando crédito sin ningún coste directo para ellos, y este proceso de extracción de rentas impone costes considerables a los hogares británicos y al sector empresarial, y también distorsiona los precios, sobre todo en el mercado inmobiliario. Esto es una extracción de rentas. No es una actividad generadora de beneficios en sentido económico.

**Los bancos como impulsores de la inflación**

Sin embargo, esta no es la única forma en que los bancos extraen rentas. También sabemos que los bancos se encuentran entre los mayores comerciantes de materias primas y productos básicos en el Reino Unido. Comercian con petróleo, gas, electricidad, todos nuestros principales alimentos y otras materias primas, incluida la mayoría de los metales básicos.

Como resultado, cuando hay amenaza de escasez en estos mercados, aprovechan esa situación para fabricarse beneficios extraordinarios. En el proceso, también fabrican inflación. De hecho, es bastante justo decir que los mayores impulsores de la inflación en toda la economía británica son nuestros bancos.

Como prueba, mire lo que sucedió después de la invasión de Ucrania por Putin. Los precios de muchas materias primas, y especialmente del petróleo, el gas y los fertilizantes, aumentaron dramáticamente debido a la especulación sobre la escasez. Un año después, no se había producido ninguna escasez, los precios habían vuelto a sus niveles anteriores a la invasión, pero los bancos, mientras tanto, habían creado un pico de inflación, una crisis del coste de la vida y habían extraído enormes beneficios de la economía.

Estos bancos no son actores neutrales dentro de nuestra economía política. Están arraigados en ella con un único propósito: extraer beneficios a través de la especulación que explota a los consumidores.

**Los bancos no generan inversión ni empleo**

En ese contexto, la afirmación de Botín de que los bancos ayudan a crear inversión y empleo en la economía británica debe ser vista bajo la luz adecuada.

Los préstamos bancarios al sector de la pequeña empresa han ido disminuyendo de manera constante durante décadas, hasta el punto de que ahora es muy difícil para la mayoría de las pequeñas empresas conseguir cualquier tipo de apoyo bancario para sus operaciones. Y se sabe que aproximadamente el 85% de todos los préstamos bancarios del Reino Unido son para hipotecas o están garantizados con garantías inmobiliarias. En otras palabras, los bancos no están interesados en prestar para inversión o creación de empleo. Afirmar que lo hacen es, en el mejor de los casos, totalmente engañoso, o en el peor, falso.

**Los bancos no necesitan retener beneficios para prestar o hacer crecer la economía**

Mientras tanto, la teoría monetaria moderna (MMT) destroza la idea de que los bancos deben poder retener beneficios como base para prestar. Esto no es cierto.

De hecho, los bancos crean depósitos cuando prestan y, por lo tanto, no dependen de reservas retenidas para este propósito, porque, de hecho, no prestan fondos existentes a aquellas personas a quienes conceden crédito. No existe, por tanto, ningún argumento para este motivo que justifique una menor tributación. Cualquier afirmación de este tipo es económicamente falsa.

Tampoco es cierto que los bancos deban poder retener beneficios para impulsar el crecimiento. Si el crecimiento fuera un objetivo apropiado, los bancos no lo ayudan con sus actividades. El crecimiento lo crea la actividad económica real, pero como ya se señaló, los bancos no están dispuestos a financiarlo. En cambio, financian el mercado de alquiler, la especulación, la recompra de acciones y otras actividades extractivas. Los bancos perjudican el crecimiento.

**Los bancos como redistribuidores de riqueza**

Es cierto que cualquier economía necesita bancos. No lo discuto. Pero los bancos que tenemos no participan en actividades constructivas en el Reino Unido. En el mejor de los casos, su función principal es asignar riqueza de quienes carecen de ella a quienes ya la poseen. Esta no es una actividad económica útil. Es una actividad destructiva. Y precisamente por eso, necesitamos gravar más a los bancos.

**Por qué necesitamos gravar más a los bancos**

Necesitamos gravar con niveles más altos las rentas que los bancos extraen de nuestra economía.

Necesitamos gravar las actividades especulativas de los bancos mucho más severamente, incluso mediante la imposición de impuestos a las transacciones financieras, para limitar el daño que los bancos causan a nuestra economía.

Necesitamos gravar, a tasas más altas, la verdadera reasignación ascendente de recursos que los bancos facilitan dentro del Reino Unido.

Y necesitamos gravarlos más porque el Estado británico apuntala las actividades de estas organizaciones antisociales, y necesitamos ser ampliamente compensados por asumir ese riesgo.

**Conclusión**

Los comentarios de Ana Botín son profunda y gravemente engañosos.

Su afirmación de que los bancos deberían ser tratados como cualquier otro negocio es errónea.

Su razonamiento económico proviene de un punto de vista privilegiado, con la intención de mantenerlo.

Sus afirmaciones no se basan en hechos.

Deberían ser ignoradas.

Y al mismo tiempo, se deberían plantear preguntas genuinas, como por qué una persona tan dispuesta a engañar debería estar al frente de un banco británico. No tengo respuesta para eso." 

(Richard Murphy, blog, 08/06/26, traducción Deep Seek, enlaces en el original)

23.3.26

A los bancos centrales les tiemblan las piernas... Durante décadas, los bancos centrales han hablado antes que nadie, diciendo lo que había que hacer... Por eso sorprende tanto la cautela e incuso el mutismo actual... Y ahí no hay mucho margen para el optimismo... La economía global está en tensión desde hace tiempo y los precios suben por múltiples factores: aranceles de Trump, concentración de los mercados, restricción crediticia, burbuja de la inteligencia artificial y, últimamente, por la guerra de Irán. Sin embargo, los bancos centrales siguen pensando en utilizar el único instrumento de siempre: los tipos de interés. Y el problema es evidente. Subir tipos enfría la demanda, pero no resuelve cuellos de botella ni abarata la energía. Lo que provoca, en cambio, es un efecto claro: encarece la financiación, frena la inversión y debilita la actividad... Y en economías deprimidas como la europea que crece al 0,9%, o en la de Estados Unidos afectada por los aranceles, eso podría ser una puntilla definitiva que las frenara en seco. Una vez más, subir ahora los tipos sólo beneficiaría a los grandes poseedores de capital y paralizaría aún más la actividad económica... La arquitectura de la política monetaria está mal diseñada y no es útil ante los problemas económicos... los bancos centrales empiezan a ser conscientes de ello... Hay que ampliar su mandato más allá del control de la inflación, incluyendo estabilidad financiera sistémica, prevención de burbujas de activos, sostenibilidad ambiental y objetivos de desarrollo sostenible, evaluando los efectos distributivos de cada decisión. Urge reformar su gobernanza y es fundamental institucionalizar la coordinación de su política monetaria con la política fiscal, no como subordinación, sino como arquitectura: protocolos formales, transparentes y sujetos a rendición de cuentas (Juan Torres López) (Juan Torres López)

"Durante décadas, los bancos centrales han hablado antes que nadie, diciendo lo que había que hacer y con la prepotencia típica de quien está seguro de que posee la verdad absoluta. Sus directivos han actuado siempre como árbitros de la política económica en general y únicos custodios de la credibilidad institucional.

Por eso sorprende tanto la cautela e incuso el mutismo actual. La presidenta Lagarde habla con desconocida modestia: «simplemente no podemos ofrecer una orientación«.  En la Reserva Federal, Powell, en lugar de pontificar como era habitual, se ha limitado a subrayar «la incertidumbre que rodea el shock del petróleo».

Estos días, los bancos centrales dan la imagen del jugador que mira desde el banquillo sin saber si el entrenador le va a pedir que salga al campo ni qué deberá hacer si tiene que jugar.

Una actitud muy distinta a la que adoptaron cuando estalló la guerra en Ucrania y los precios de la energía se dispararon. Inmediatamente mantuvieron que la inflación era de naturaleza monetaria y respondieron con su único instrumento: la subida de tipos. Sin importarle que la inflación tuviera un origen claramente externo; ni que subir el precio del dinero sobre unos costes energéticos ya disparados supusiera añadir más leña al fuego.

Prepotencia injustificada

La tradicional actitud prepotente de los bancos centrales ha sido siempre, cuando menos, llamativa, porque todos ellos cargan con un largo historial de predicciones erróneas y de consecuencias devastadoras.

Powell insistió en que la inflación postpandémica era «transitoria». No lo era. La presidenta Lagarde aseguró que sería «muy improbable» una subida de tipos en 2022. Los subió ese mismo año. El Banco de la Reserva de Australia prometió públicamente que los tipos no subirían hasta 2024; los subió en 2022.

No son anécdotas aisladas. Los estudios académicos muestran que las proyecciones de los principales bancos centrales han estado sistemáticamente sesgadas en la misma dirección (mostrando escenarios más optimistas que la realidad) y que sus errores, casualmente, siempre tienden a favorecer al sector financiero y a los grandes capitales.

Más independencia y poder, peor rendimiento

Es muy significativo que los grandes errores y fracasos de los bancos centrales se hayan producido precisamente cuando han disfrutado de total independencia y, además, siempre por la misma razón.

Siendo una de sus principales funciones garantizar la estabilidad financiera, resulta que la creciente independencia de los bancos centrales no ha evitado una mayor recurrencia de episodios de inestabilidad. La base de datos más reciente registra más de 151 crisis bancarias sistémicas de 1970 a 2019, 200 de deuda soberana desde 1960 y 414 cambiarias desde 1950: el período de mayor densidad de crisis de toda la historia documentada.

Ni siquiera se puede decir que la inflación se haya mantenido controlada gracias a la política monetaria, pues se moderó por factores estructurales: la integración de China que hundió los precios industriales en Occidente; y las políticas de recortes, el envejecimiento demográfico, la desigualdad y la debilidad inversora que han mantenido la economía con el freno puesto. Cuando esas fuerzas desaparecieron —con la pandemia y las guerras comerciales—, la inflación regresó con virulencia y los bancos centrales no supieron preverlo ni explicarlo.

Además, una cosa es domeñar un indicador estadístico y otra frenar las subidas de precios de lo que más importa. La inflación general acumulada en la UE entre 2010 y 2024 fue del 39%, pero los precios de la vivienda subieron el 53%. Mientras los precios de consumo se moderaban por factores estructurales, los activos —vivienda, bolsa, deuda— se encarecían, sin que los bancos centrales hayan sido capaces de evitarlo. Y esta inflación es la que más condiciona la vida económica real.

La razón por la que se producen tantos fallos, los errores continuos y graves de los bancos centrales es algo cada día más evidente. No son, como se quiere hacer creer, instituciones técnicas o neutrales. Como expliqué con detalle en mi libro Más difícil todavía, responden a un diseño ideológico basado desde los años ochenta en tres grandes pilares: la inflación es un fenómeno monetario, su independencia es un principio rector imprescindible para evitar expectativas inflacionistas y los tipos de interés son la herramienta necesaria y suficiente para influir sobre los precios.

El primero cae ante la evidencia: la inflación tiene múltiples causas y aplicar siempre la misma respuesta es como recetar el mismo tratamiento para cualquier enfermedad.

El segundo ha mostrado sus límites en las crisis. Durante la pandemia, la coordinación con los gobiernos fue inevitable, aunque improvisada y sin marco institucional claro.

El tercero es cada vez más cuestionado. Los tipos de interés no afectan por igual a todos los sectores ni garantizan una transmisión eficaz al conjunto de la economía.

¿Cambio de actitud o falta de rumbo?

A la vista de tantos fallos acumulados, cabe preguntarse si la moderación de estas últimas semanas significa que los bancos centrales se han dado cuenta de ese sesgo y de sus efectos nocivos y que, por tanto, están dispuestos a rectificar.

Naturalmente, no podemos saber lo que pasa por la cabeza de sus dirigentes, pero sí conocemos sus análisis y los instrumentos a los que se siguen aferrando para tomar medidas ante los problemas económicos. Y ahí no hay mucho margen para el optimismo.

La economía global está en tensión desde hace tiempo y los precios suben por múltiples factores: aranceles de Trump, concentración de los mercados, restricción crediticia, burbuja de la inteligencia artificial y, últimamente, por la guerra de Irán. Sin embargo, los bancos centrales siguen pensando en si utilizan o no el único instrumento de siempre: los tipos de interés. Y el problema es evidente. Subir tipos enfría la demanda, pero no resuelve cuellos de botella ni abarata la energía. Lo que provoca, en cambio, es un efecto claro: encarece la financiación, frena la inversión y debilita la actividad. Y no hay que ser un lince para darse cuenta de que, en economías deprimidas como la europea que crece al 0,9%, o en la de Estados Unidos afectada por los aranceles, eso podría ser una puntilla definitiva que las frenara en seco. Una vez más, subir ahora los tipos sólo beneficiaría a los grandes poseedores de capital y paralizaría aún más la actividad económica.

El silencio actual de los bancos centrales no es humildad. Es parálisis. No se parece al del sabio que calla porque sabe que las palabras precipitadas hacen daño. Es el del técnico que, ante un tablero de control para el que fue entrenado en condiciones de laboratorio, descubre que los indicadores no responden como el manual predice.

Lo que los hechos están imponiendo, con la fuerza acumulada de varios choques simultáneos, es el reconocimiento de que los modelos de los bancos centrales no sirven. Cada vez resulta más evidente que el único instrumento que utilizan produce efectos imprevisibles cuando los problemas son de naturaleza mixta y compleja. La arquitectura de la política monetaria está mal diseñada y no es útil ante los problemas económicos de nuestro tiempo.

Todo indica que los bancos centrales empiezan a ser conscientes de ello. Lo dicen, entre líneas, cuando admiten, como Lagarde, que no pueden «ofrecer orientación», o cuando Powell subraya la incertidumbre como si fuera una novedad y no la condición permanente de la economía real.

Por eso, ahora que el entrenador les dice que se preparen para salir al campo, les tiemblan las piernas.

Las reformas que se necesitan

Es un error alegrarse de la moderación y cautela actual de los bancos centrales. Es sólo una muestra de su impotencia que nos indica la urgencia de rediseñarlos profundamente.

Hay que ampliar su mandato más allá del control de la inflación, incluyendo estabilidad financiera sistémica, prevención de burbujas de activos, sostenibilidad ambiental y objetivos de desarrollo sostenible, evaluando los efectos distributivos de cada decisión.

Se debe redefinir la medición de la inflación, incluyendo el precio efectivo de la vivienda —no el alquiler equivalente hipotético— y los activos que realmente determinan el bienestar de las personas y la buena marga de las empresas.

Es imprescindible sustituir la brocha gorda de los tipos de interés por instrumentos quirúrgicos: coeficientes de capital contracíclicos, límites a la relación préstamo-valor en hipotecas, requisitos de liquidez sectoriales que actúen sobre los focos de fragilidad sin ahogar el conjunto de la economía…

Urge reformar su gobernanza: los órganos de gobierno de los bancos centrales son socialmente homogéneos, lo que genera puntos ciegos colectivos. Se necesita diversidad de enfoques, rendición de cuentas real ante los parlamentos y evaluaciones externas independientes.

Y es fundamental institucionalizar la coordinación de su política monetaria con la política fiscal, no como subordinación, sino como arquitectura: protocolos formales, transparentes y sujetos a rendición de cuentas.

El problema no es que los bancos centrales se equivoquen tanto. Es que actúan como si no pudieran equivocarse nunca. Y que se lo estamos permitiendo."

 (Juan Torres López , CTXT, 20/03/2026)

16.12.25

La banca no sabe qué hacer con 16.000 millones de exceso de capital tras años récord de beneficios... pues, teniendo en cuenta que la banca española, instalada en las malas prácticas, es la banca menos solvente de Europa, se la debería obligar a capitalizarse, cuando menos (El País)

 "La banca afronta qué hacer con 16.000 millones de exceso de capital tras años récord de beneficios.

Los años de sangre, sudor y lágrimas han quedado atrás definitivamente. La banca ha pasado página de la gran crisis y su década de consecuencias, en forma de tipos cero que amenazaron su modelo de negocio. Tras la subida en vertical del precio del dinero en 2022, ha encadenado años de beneficios en máximos. El problema, sin embargo, es qué hacer con esos excedentes. En un sector muy maduro, con pocos bancos y oportunidades de inversión, las entidades se debaten entre exprimir el crecimiento, con o sin compras, o devolver este dinero a los accionistas.

De acuerdo a las cuentas del tercer trimestre de 2025, a 31 de septiembre, los seis mayores bancos españoles (Santander, BBVA, CaixaBank, Sabadell, Bankinter y Unicaja) acumulan un exceso de capital de más de 16.000 millones. Es decir, se trata del capital que excede tanto a los requerimientos mínimos fijados por el Banco Central Europeo (BCE) como el suelo mínimo que se han fijado las propias entidades, que suele rondar el 12%. Los inversores consideran que con el dinero sobrante de los balances pueden afrontar compras o pagar dividendos.

La segunda opción ha sido la preferida por las entidades en los últimos años. Durante la crisis y los años posteriores, las acciones de la banca habían pasado por su particular travesía del desierto, cuando cotizaban todos ellos por debajo de su valor en libros. Repartir el exceso de capital con recompras de acciones era una vía válida y efectiva de insuflar vida al precio de sus títulos. Los bancos, sin embargo, ya cotizan por encima de su valor en libros, por lo que esta fórmula está empezando a perder algo de atractivo entre los inversores. Algunos empiezan a reclamar a los banqueros que aprovechen la buena situación para hacer movimientos que no solo les den réditos a corto plazo, sino que miren un poco más allá.

“La clave para los bancos es cómo hacer uso del capital. Muchos están centrados en crecimiento orgánico, pero creo que también veremos operaciones corporativas en los próximos meses. Hay quien está pensando también en posicionarse en posibles fusiones transfronterizas”, indican desde uno de los grandes bancos de inversión que operan en España.

Por entidades, algunos han dado más pistas que otros en el uso de este capital. Quizás el Santander es el que ha ofrecido más certezas, a la espera de que en febrero publique su próximo plan estratégico. La propia presidenta, Ana Botín, aprovechó la última presentación de resultados para explicar al mercado cuál sería su orden de prelación para usar el capital. Primero, el crecimiento orgánico. Después, las distribuciones de dividendos y recompras, y finalmente al inorgánico para terminar con las recompras extra con cargo al excedente de capital que supere el 12%. En concreto, avanzó entonces que repartirá al menos 10.000 millones a sus accionistas entre entre 2025 y 2026, con cargo tanto a sus resultados, en virtud a un pay-out (porcentaje del beneficio distribuido como dividendos) del 50% como al exceso de capital.

Con respecto a lo estratégico, las líneas maestras están marcadas. El Santander apuesta por crecer en negocios de alta rentabilidad y que aporten ingresos en comisiones con los que compensar etapas de tipos de interés más bajos, como los seguros, la banca de inversión, la gestión de activos o la banca privada. Por geografías, ha puesto el foco en Reino Unido y México, a donde acaba de llevar Openbank, y ha comprado el británico TSB para reforzarse en ese país.

El BBVA, por su parte, es la entidad que presenta actualmente un exceso de capital mayor, de algo más de 5.000 millones. No en vano, la entidad se ha pasado 17 meses inmersa en la opa hostil al Sabadell, sin poder recomprar títulos ni adentrarse en otras fórmulas de crecimiento. Ahora acaba de culminar un programa de recompra de acciones por valor de 1.000 millones y espera comunicar otro, “de un tamaño significativo”.

CaixaBank, en su plan estratégico, aseguraba que repartiría todo el capital extra. También apunta en este sentido el Sabadell, que el año pasado hizo una recompra con cargo a su exceso de capital. También Unicaja, el banco español con el nivel de capital más alto, ha dado muestras de cómo retribuirá con él a sus accionistas. Solo Bankinter se sale del guion. No tiene fijado un suelo de capital como tal, más allá del mínimo regulatorio que fija el BCE, y su consejera delegada, Gloria Ortiz, afirmó en la última presentación de resultados que el plan del banco es invertirlo en crecimiento.

“El pico de rentabilidad de la banca ya ha pasado. Ya no vamos a ver las cifras de los años anteriores. Por ello, los bancos estarán obligados a buscar otras alternativas. En primer lugar, las compras en el mismo país, sobre todo con bancos de tamaño mediano. También habrá operaciones de entrada en nuevos negocios menos sensibles a los tipos de interés, como seguros o gestión de activos. Finalmente, ya hemos visto operaciones como la toma del portugués Novo Banco por BCPE o la adquisición de la filial del Santander en Polonia por Erste”, explica un analista del sector.

Otro elemento es intentar crecer orgánicamente, sin compras. En un principio, parece la opción preferida de muchas entidades, pero algunas de las fuentes consultadas dudan de su eficacia. En un mercado tan competido como el bancario en España, las entidades tienen difícil arañar mucha más cuota al resto, más cuando tienen que hacer frente a nuevos actores como Revolut. Prueba de ello es el mercado hipotecario, donde las entidades han echado el resto este año, lo que ha llevado los precios a niveles que han llegado a comprometer la rentabilidad de las operaciones, como han denunciado algunos de los principales ejecutivos del sector.

La clave es quizás más profunda, casi filosófica. Se trata de cuál es el nivel de capital óptimo en un banco, aquel que blinda su viabilidad en caso de turbulencias económicas y también le permite crecer, invertir y prestar a la sociedad. Un asesor de los grandes bancos apunta a que “no tiene sentido” que algunas entidades alcancen hasta el 18%, si bien los bancos centrales apuntan a que el suelo esté, al menos, en el 12%. De hecho, la simplificación regulatoria y cómo se computan estos colchones de capital es uno de los grandes caballos de batalla del sector en este momento."

(Álvaro Bayón , Cinco Días, 15/12/25) 

 

"Daños a los clientes bancarios.

 La oleada de desregulación financiera internacional promovida por los grandes bancos y la Administración de Estados Unidos —que propugna debilitar a los reguladores, reducir las exigencias de capital y de las pruebas de resistencia— coge a España con sus propios problemas financieros previos: un sistema financiero instalado en las malas prácticas y la banca menos solvente de Europa.

Un indicador de las malas prácticas bancarias es la exorbitante cifra de reclamaciones que los ciudadanos realizan a las propias entidades. En 2024 se presentaron 2.086.706 reclamaciones, una cifra por sí sola intolerable, que más que duplica las 828.213 presentadas en 2020, según la Memoria de Reclamaciones del Banco de España.

El malestar de los clientes quedó patente a la vista de cómo se resolvieron sus reclamaciones, ya que solo un 40% fueron favorables al reclamante. En el mismo ejercicio, las reclamaciones dirigidas al Banco de España alcanzaron una cifra récord, 56.099, un 69% más que el años anterior. Lo significativo es que las entidades no acataron un 21% de las resoluciones del supervisor, obligando a los clientes a acudir a los tribunales, como ha destacado Asufin.

La menor solvencia de la banca española ha quedado acreditada por la Autoridad Bancaria Europea, que puntúa el ratio de capital de los bancos españoles con un 13,18%, el más bajo de Europa, en donde 17 países superan el 17%.

Es significativa la preocupación del gobernador del Banco de España, José Luis Escrivá: “Hemos constatado que la rentabilidad del sector bancario español mejoró en 2024, gracias a que el aumento del margen de intereses y de los ingresos por comisiones fue superior al de los costes y provisiones. Por su parte, las ratios de capital permanecieron estables, cubriendo con creces las exigencias normativas, pero lejos de la media europea. Los beneficios obtenidos el pasado ejercicio no se aprovecharon para recortar esta diferencia con Europa”.

El comportamiento de las entidades viene preocupando a las autoridades desde hace tiempo. El anterior gobernador, Pablo Hernández de Cos, encargó una evaluación externa de la supervisión de conducta a tres expertos: Stefan Ingves, Hanzo van Beusekom y Pedro Duarte Neves. En respuesta a sus recomendaciones, el Banco de España se compromete a “poner el foco en el posible daño a la clientela, frente al enfoque anterior, más correctivo”. También divulgará “los principales riesgos sectoriales identificados desde la perspectiva de la conducta”. Iniciativas relevantes porque los daños han sido gravísimos (desahucios, intereses, comisiones y prácticas abusivas).

La Memoria de Supervisión de 2024 revela que de los 939 empleados con funciones de supervisión, solo un 7% estaban dedicados a asuntos de conducta y solo una de las 145 medidas supervisoras correspondía a expedientes sancionadores. En materia de sanciones, el supervisor está pendiente de un informe jurídico para considerar el aumento de las sanciones, el veto a ciertos productos y la utilización del llamado cliente misterioso o mystery shopping. Supone “la posibilidad de infiltrarnos en las entidades para conocer como tratan de verdad a los clientes”, en palabras de la subgobernadora Soledad Núñez. Medidas imprescindibles ante el asombroso poder de los bancos y la cuantía de los daños."

Andreu Missé , El País, 15/12/25)

12.3.25

La indefensión de los ciudadanos ante los abusos de las entidades financieras está rebasando todos los límites... la asociación de consumidores Asufin ha denunciado ante el Ministerio de Consumo, a estas entidades “por la reiteración en el ejercicio de prácticas abusivas por las entidades financieras y de crédito ya condenadas con carácter anterior por usura o falta de transparencia” y “por la práctica abusiva disuasoria para la reclamación de consumidores, consistente en la oposición y recursos sistemáticos”... Es especialmente injusto el caso de las tarjetas revolving por afectar a las personas con menos recursos, y que puede dar lugar al “efecto bola de nieve”, que es “el riesgo de encadenarse a una deuda indefinida, que nunca se termina de pagar” (Andreu Missé)

 "La indefensión de los ciudadanos ante los abusos de las entidades financieras está rebasando todos los límites. La última alarma la ha lanzado el Juzgado 104 bis, especializado en asuntos financieros, básicamente tarjetas revolving y microcréditos. El juzgado ha pedido al Ministerio de Consumo y al Banco de España que tomen medidas ante la actitud recalcitrante de las entidades que alargan con recursos sin fin los pleitos a pesar de ser ganados masivamente por los clientes. Adrián Gómez, letrado de la Administración de Justicia de este juzgado ha ofrecido a las autoridades “el listado de entidades, procedimientos y fallos”, de estos casos.

La gravedad de los hechos ha llevado a la asociación de consumidores Asufin a elevar una denuncia ante el Ministerio de Consumo, para que sancione a las entidades “por la reiteración en el ejercicio de prácticas abusivas por las entidades financieras y de crédito ya condenadas con carácter anterior por usura o falta de transparencia” y “por la práctica abusiva disuasoria para la reclamación de consumidores, consistente en la oposición y recursos sistemáticos”. La asociación recuerda la saturación de los juzgados especializados, que han recibido más de 850.000 demandas por asuntos bancarios desde 2017 y todavía quedan 138.714 por resolver.

Los hechos revelan que las entidades financieras utilizan el sistema judicial, atestado de demandas que a veces tardan hasta cinco años para resolverse, para disuadir a sus clientes de reclamar. Los expediente de tarjetas representan el segundo producto con más reclamaciones, el 29% del total, según el Banco de España.

Es especialmente injusto el caso de las tarjetas revolving por afectar a las personas con menos recursos. Una sentencia del Tribunal Supremo de 4 de marzo de 2020, ya advertía de los riesgos de estas operaciones por “el público al que suelen ir destinadas, personas que por sus condiciones de solvencia y garantías disponibles no pueden acceder a otros créditos menos gravosos”. La resolución avisaba del pago de cuotas “con una elevada proporción correspondiente a intereses y poca amortización del capital, hasta el punto de que puede convertir el prestatario en un deudor cautivo”.

 El Banco de España también se ha referido a las consecuencias del crédito revolving al señalar que puede dar lugar al “efecto bola de nieve”, que es “el riesgo de encadenarse a una deuda indefinida, que nunca se termina de pagar”.

Otra sentencia del Tribunal Supremo, del pasado 30 de enero, ha confirmado por fin “el carácter abusivo de la cláusula que fija el interés remuneratorio” por falta de transparencia, de un contrato de tarjeta revolving. Para apreciar la falta de buena fe del banco, los magistrados tuvieron en cuenta “la incitación por parte del profesional a la contratación en la modalidad revolving en los términos más proclives a acentuar los riesgos, como son la comercialización fuera de establecimientos financieros (estaciones, aeropuertos o centros comerciales) y el empleo de “denominaciones que ocultan esos riesgo”. Las autoridades deberían superar el miedo reverencial del derecho canónico (temor a desagradar a personas a quien se debe sumisión) y actuar civilmente ante los abusos bancarios."                ( Andreu Missé , El País, 10/03/25)

4.3.25

Trump ve a Estados Unidos como una gran corporación capitalista de la que él es el director ejecutivo... como buen capitalista, Trump quiere liberar a la sociedad anónima estadounidense de cualquier restricción a la hora de obtener beneficios... Trump no quiere que ningún competidor gane cuota de mercado a su costa. Por eso quiere aumentar los costes de las empresas nacionales rivales, como las de Europa, Canadá y China. Lo está haciendo aumentando los aranceles a sus exportaciones... No debería haber restricciones para que la corporación estadounidense de Trump haga lo que quiera. La desregulación es clave para hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande... Los nuevos cambios propuestos en la normativa contable facilitarían mucho a los bancos y a los gestores de activos la tenencia de tokens criptográficos, una medida que acerca este activo tan volátil al corazón del sistema financiero... Sin embargo, solo han pasado dos años desde que Estados Unidos estuvo al borde de la mayor serie de quiebras bancarias desde la tormenta financiera de 2008... El mantra de desregulación de Trump para su corporación estadounidense ahora está siendo repetido por los estados corporativos de la UE y el Reino Unido... Parece que todos los gobiernos están tragándose la estrategia de Trump para su empresa estadounidense. Se pueden maximizar los beneficios si se eliminan todas las restricciones y se hacen tratos. Lo que ignoran Trump, la UE y el Reino Unido es que la desregulación nunca ha generado crecimiento económico ni mayor prosperidad. Al contrario, solo ha aumentado el riesgo de caos y colapso... Incluso los economistas del Banco de Inglaterra están preocupados por la «desregulación competitiva», ya que aumentaría inevitablemente el riesgo de un colapso financiero... y el aumento de los aranceles a otras empresas puede dar a la empresa estadounidense de Trump una ventaja temporal en los precios, pero eso podría verse pronto mermado por el aumento de los costes de los bienes y servicios proporcionados por empresas nacionales rivales que la empresa de Trump sigue necesitando y debe comprar... hacer tratos comerciales y inmobiliarios o reducir los impuestos sobre los beneficios nunca ha dado lugar a aumentos significativos del crecimiento económico. Eso depende de la inversión en sectores productivos. La mayoría de los recortes de impuestos probablemente terminarán en especulación financiera por parte de las corporaciones y los súper ricos (Michael Roberts)

"Trump ve a Estados Unidos como una gran corporación capitalista de la que él es el director ejecutivo. Al igual que cuando era el jefe en el programa de televisión El Aprendiz, cree que dirige una empresa y, por tanto, puede contratar y despedir a personas a su antojo. Tiene una junta directiva que le asesora y/o hace lo que él quiere (los oligarcas estadounidenses y antiguos presentadores de televisión). Pero las instituciones del Estado son un obstáculo. Así que el Congreso, los tribunales, los gobiernos estatales, etc. deben ser ignorados y/o se les debe decir que sigan las instrucciones del director general.

Como buen capitalista, Trump quiere liberar a la sociedad anónima estadounidense de cualquier restricción a la hora de obtener beneficios. Para Trump, la empresa y sus accionistas, el único objetivo son los beneficios, no las necesidades de la sociedad en general, ni salarios más altos para los empleados de la empresa de Trump. Eso significa no más gastos innecesarios para mitigar el calentamiento global y evitar daños al medio ambiente. La empresa estadounidense debería simplemente obtener más beneficios y no preocuparse por tales «externalidades».

Como el agente inmobiliario que es, Trump cree que la forma de aumentar los beneficios de su empresa es hacer tratos para absorber otras empresas o llegar a acuerdos sobre precios y costes para garantizar los máximos beneficios para su empresa. Como cualquier gran empresa, Trump no quiere que ningún competidor gane cuota de mercado a su costa. Por eso quiere aumentar los costes de las empresas nacionales rivales, como las de Europa, Canadá y China. Lo está haciendo aumentando los aranceles a sus exportaciones. También está intentando que otras corporaciones menos poderosas acepten condiciones para adquirir más bienes y servicios de las corporaciones estadounidenses (empresas sanitarias, alimentos transgénicos, etc.) en acuerdos comerciales (por ejemplo, el Reino Unido). Y su objetivo es aumentar las inversiones de las corporaciones estadounidenses en sectores lucrativos como la producción de combustibles fósiles (Alaska, fracking, perforación), la tecnología patentada (Nvidia, IA) y, sobre todo, el sector inmobiliario (Groenlandia, Panamá, Canadá, Gaza).

Cualquier empresa quiere pagar menos impuestos sobre sus ingresos y beneficios, y Trump pretende conseguirlo para su empresa estadounidense. Así que él y su «asesor» Musk han tomado una bola de demolición contra los departamentos gubernamentales, sus empleados y cualquier gasto en servicios públicos (incluso en defensa) para «ahorrar dinero», de modo que Trump pueda recortar costes, es decir, reducir los impuestos sobre los beneficios de las empresas y los impuestos sobre las personas superricas con altos salarios que forman parte de la junta directiva de su empresa estadounidense y ejecutan sus órdenes ejecutivas.

Pero no solo hay que desmantelar los impuestos y los costes del gobierno. La corporación estadounidense debe liberarse de las regulaciones «insignificantes» sobre actividades comerciales como: normas de seguridad y condiciones de trabajo en la producción; leyes anticorrupción y leyes contra medidas comerciales desleales; protección del consumidor contra estafas y robos; y controles sobre la especulación financiera y activos peligrosos como bitcoin y criptomonedas. No debería haber restricciones para que la corporación estadounidense de Trump haga lo que quiera. La desregulación es clave para hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande (MAGA).

Trump ha ordenado que el Departamento de Justicia suspenda durante 180 días todas las ejecuciones en virtud de la Ley de Prácticas Corruptas en el Extranjero (una legislación antisoborno y de prácticas contables destinada a mantener la integridad en las transacciones comerciales). Trump pretende eliminar diez regulaciones por cada nueva regulación emitida para «desatar la prosperidad a través de la desregulación». Ha despedido al director de la Oficina para la Protección Financiera del Consumidor (CFPB) y ha ordenado a todos los empleados que «cesen toda actividad de supervisión y examen». La CFPB se creó a raíz de la crisis financiera de 2007-2008 y se encarga de redactar y hacer cumplir las normas aplicables a las empresas de servicios financieros y a los bancos, dando prioridad a la protección del consumidor en las prácticas crediticias.

Trump quiere más tokens especulativos, más proyectos de criptomonedas (como los lanzados por sus hijos) y ha iniciado su propia memecoin. Los nuevos cambios propuestos en la normativa contable facilitarían mucho a los bancos y a los gestores de activos la tenencia de tokens criptográficos, una medida que acerca este activo tan volátil al corazón del sistema financiero.

Sin embargo, solo han pasado dos años desde que Estados Unidos estuvo al borde de la mayor serie de quiebras bancarias desde la tormenta financiera de 2008. Un grupo de bancos regionales, algunos del tamaño de los mayores prestamistas de Europa, se estancaron, incluido Silicon Valley Bank, cuya desaparición estuvo a punto de desencadenar una crisis en toda regla. La caída de SVB tuvo varias causas inmediatas. El valor de sus tenencias de bonos se desmoronaba a medida que las tasas de interés de Estados Unidos subían. Con solo unos toques en una aplicación, la asustada e interconectada base de clientes tecnológicos del banco retiró depósitos a un ritmo insostenible, dejando a multimillonarios pidiendo ayuda federal. Esta desregulación es «un gran error y será peligrosa», dijo Ken Wilcox, que fue director ejecutivo de SVB durante una década hasta 2011. «Sin buenos reguladores bancarios, los bancos se volverán locos», declaró a la publicación hermana de FT, The Banker.

El mantra de desregulación de Trump para su corporación estadounidense ahora está siendo repetido por los estados corporativos de la UE y el Reino Unido. La UE y el Reino Unido ya han abandonado los nuevos requisitos internacionales de capital acordados para los bancos en el marco de Basilea III, siguiendo el ejemplo de EE. UU. El exjefe del BCE y banquero de Goldman Sachs, Mario Draghi, está pidiendo a gritos el fin de las regulaciones aplicadas por los Estados miembros de la UE, que según él «son mucho más perjudiciales para el crecimiento que cualquier arancel que puedan imponer los EE. UU., y sus efectos nocivos aumentan con el tiempo». La UE ha permitido que la regulación siga la parte más innovadora de los servicios, la digital, lo que obstaculiza el crecimiento de las empresas tecnológicas europeas e impide que la economía desbloquee grandes ganancias de productividad».

En el Reino Unido, la ministra de Finanzas Rachel Reeves pidió a los reguladores financieros que «derribaran las barreras regulatorias» que frenan el crecimiento económico, sugiriendo que la regulación posterior a la crisis financiera ha «ido demasiado lejos». ¡El presidente del organismo regulador del Reino Unido para el comercio, la Autoridad de Competencia y Mercados, ha sido sustituido por el exdirector de Amazon en el Reino Unido! El jefe del defensor del pueblo financiero del Reino Unido también ha dimitido recientemente, debido a los enfrentamientos por el enfoque proempresarial del gobierno. Reeves quiere una auditoría completa de los aproximadamente 130 reguladores de Gran Bretaña para determinar si algunos deben ser eliminados. Reeves dijo a los banqueros de alto nivel que «durante demasiado tiempo hemos regulado el riesgo en lugar del crecimiento, y por eso estamos trabajando con los reguladores para entender cómo la reforma general puede impulsar el crecimiento económico». Eso significa que desregular y asumir riesgos está a la orden del día.

Ahora, el Pacto Verde de la UE, políticas supuestamente destinadas a descarbonizar la economía, se están diluyendo para competir con la corporación estadounidense de Trump. La comisaria de la UE responsable, Ribera, ya ha «pospuesto» una ley contra la deforestación durante un año. Ahora quiere reducir el número de pequeñas y medianas empresas afectadas por las regulaciones medioambientales existentes y reducir los requisitos de información, ahorrando así, al parecer, el 20 % del coste de la regulación. Bruselas ha estimado el coste de cumplir con las normas de la UE en 150.000 millones de euros al año, una cantidad que quiere recortar en 37.500 millones de euros para 2029. «Lo que debemos evitar es utilizar la palabra simplificación para referirnos a la desregulación», dijo Ribera. «Creo que la simplificación puede ser muy justa… para ver cómo podemos facilitar las cosas». Pero como dice Heather Grabbe, investigadora principal del grupo de expertos económicos Bruegel, estos cambios propuestos «parecen ir mucho más allá de la simplificación que facilitaría la presentación de informes, y parecen alejarse de la transparencia, que es lo que los inversores han estado pidiendo».

En cuanto al control de la producción de combustibles fósiles, olvídelo. Karen McKee, directora del negocio de soluciones de productos de la gran petrolera ExxonMobil, declaró al FT que las futuras inversiones en Europa dependerán de la claridad normativa de Bruselas. «Lo que realmente buscamos ahora es acción» y que Bruselas despoje a su regulación «bien intencionada» y permita a la industria innovar, dijo. «La competitividad es el centro de atención en este momento porque es simplemente una crisis. Estamos logrando la descarbonización en Europa a través de la desindustrialización», se quejó McKee. Al parecer, el fracaso del capital europeo para invertir y crecer se debe a las regulaciones sobre la producción de combustibles fósiles y a que se impide a las empresas competir.

Parece que todos los gobiernos están tragándose la estrategia de Trump para su empresa estadounidense. Se pueden maximizar los beneficios si se eliminan todas las restricciones y se hacen tratos. Lo que ignoran Trump, la UE y el Reino Unido es que la desregulación nunca ha generado crecimiento económico ni mayor prosperidad. Al contrario, solo ha aumentado el riesgo de caos y colapso. Y eso significa que, con el tiempo, perjudica la rentabilidad.

Solo tenemos que recordar la ridícula postura adoptada por el gobierno laborista británico antes de la crisis financiera mundial a principios de la década de 2000 para adoptar lo que llamaron «regulación ligera» de los bancos. Ed Balls, entonces ministro de la City (ahora presentador de un programa de entrevistas) dijo en su primer discurso ante la City de Londres: «El éxito de Londres se ha basado en tres grandes puntos fuertes: las habilidades, la experiencia y la flexibilidad de la mano de obra; un compromiso claro con los mercados globales, abiertos y competitivos; y una regulación ligera basada en principios». El entonces canciller y futuro primer ministro, Gordon Brown, se dirigió a los banqueros y dijo: «Hoy en día, nuestro sistema de regulación ligera y basada en el riesgo se cita regularmente, junto con el internacionalismo de la City y las habilidades de quienes trabajan aquí, como uno de nuestros principales atractivos. Nos ha proporcionado una enorme ventaja competitiva y está considerado como el mejor del mundo». ¿Qué sucedió después y dónde está Gran Bretaña ahora?

Rachel Reeves no ha aprendido nada de la crisis de 2008. En su primer discurso en Mansion House como ministra de Finanzas del Reino Unido el pasado noviembre, se hizo eco del llamamiento a la desregulación. Pero como señaló Mariana Mazzucato, según la OCDE, el Reino Unido ocupa el segundo lugar como país menos regulado en materia de regulación de productos y el cuarto en materia de empleo. Y el Banco Mundial sigue calificando al Reino Unido como uno de los más altos en términos de «facilidad para hacer negocios».

Pero ahora parece que, para competir con la corporación estadounidense de Trump, Europa y el Reino Unido no solo deben participar en una «carrera hacia el abismo» en materia de impuestos (Reeves se niega a financiar los servicios públicos con un impuesto sobre el patrimonio o un impuesto sobre los beneficios de las empresas; al contrario, quiere recortar este último), sino que también deben participar en una carrera hacia el abismo en materia de desregulación. Incluso los economistas del Banco de Inglaterra están preocupados por la «desregulación competitiva», ya que aumentaría inevitablemente el riesgo de un colapso financiero.

Cualquiera que haya leído este blog a lo largo de los años sabe que creo que la regulación de las empresas capitalistas no funciona, como lo demuestran la crisis financiera mundial de 2008, la implosión de los bancos regionales estadounidenses en 2023 y muchos otros ejemplos en finanzas, negocios y servicios. No puede haber una «regulación» realmente eficaz sin una propiedad pública controlada por organizaciones democráticas de trabajadores. La desregulación puede no aumentar el riesgo de colapsos financieros, o más accidentes industriales o estafas a los consumidores o más corrupción, ya que estos ocurren de todos modos. Pero ciertamente no proporcionará más crecimiento económico ni mejores niveles de vida y servicios públicos.

De hecho, es por eso que la estrategia corporativa de Trump está destinada al fracaso. El aumento de los aranceles a otras empresas puede dar a la empresa estadounidense de Trump una ventaja temporal en los precios, pero eso podría verse pronto mermado por el aumento de los costes de los bienes y servicios proporcionados por empresas nacionales rivales que la empresa de Trump sigue necesitando y debe comprar. El riesgo es que se acelere la inflación. Y eso no les sentará bien a los empleados de la empresa. Además, hacer tratos comerciales y inmobiliarios o reducir los impuestos sobre los beneficios nunca ha dado lugar a aumentos significativos del crecimiento económico. Eso depende de la inversión en sectores productivos. La mayoría de los recortes de impuestos probablemente terminarán en especulación financiera por parte de las corporaciones y los súper ricos.

Si una estrategia corporativa fracasa, el director general normalmente tiene que asumir la responsabilidad y los directores y accionistas de la corporación pueden volverse contra él. Y si la corporación no puede ofrecer mejores salarios y condiciones a sus trabajadores, sino solo una mayor inflación y el colapso de los servicios públicos, eso podría conducir a graves problemas dentro de la corporación. Esté atento a este espacio."

( michael roberts , blog, 02/03/25, traducción DEEPL)