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24.8.26

Durante un cuarto de siglo, Estados Unidos le ha contado al mundo, y a sí mismo, una historia simple. El 11 de septiembre de 2001 fue atacado por yihadistas suníes, y respondió con una guerra generacional contra el extremismo islámico suní, primero Al Qaeda, luego el Estado Islámico... Esta era la guerra declarada, y era real en su forma pública. Pero había una segunda política subyacente... Washington financió, armó y protegió repetidamente a los mismos movimientos yihadistas suníes que decía estar combatiendo, por una razón: los suníes radicales atacaban a Irán, y en el cálculo de Washington eso significa que la celebrada "Guerra Global contra el Terror" estaba subordinada a algo que nunca se pidió al público que aprobara: una guerra contra Irán librada, en parte, a través de los terroristas... Para 2007, con Irak desintegrándose e Irán en ascenso, la administración Bush tomó una decisión: "la redirección". Para hacer retroceder al Irán predominantemente chií y a sus aliados, Estados Unidos, actuando de la mano con Arabia Saudita, comenzó a canalizar clandestinamente apoyo a grupos suníes radicales — algunos de ellos simpatizantes o vinculados a Al Qaeda — precisamente porque eran los enemigos más comprometidos de los chiíes... Esto no eran meros rumores, como Hersh informó al año siguiente, y como pueden atestiguar exoficiales de inteligencia con conocimiento directo... En el mismo momento en que Estados Unidos decía a sus ciudadanos que el yihadismo suní era una amenaza existencial que requería la suspensión de las libertades ordinarias, su presidente estaba firmando su nombre en un programa que pagaba a militantes suníes para hacer la guerra dentro de Irán... Washington apoyó a un grupo suní con presuntos vínculos con Al Qaeda — el supuesto archienemigo de la Guerra contra el Terror — porque ese grupo estaba asesinando a miembros de la Guardia Revolucionaria de Irán ( Larry C. Johnson )

  "Alimentando al Enemigo: Cómo la Obsesión de Washington con Irán Subvirtió su Propia Guerra contra el Terror Suní

Durante un cuarto de siglo, Estados Unidos le ha contado al mundo, y a sí mismo, una historia simple sobre su papel en Oriente Medio. El 11 de septiembre de 2001, fue atacado por yihadistas suníes, y respondió con una guerra generacional contra el extremismo islámico suní — primero Al Qaeda, luego el Estado Islámico. Billones de dólares, dos invasiones, un aparato global de drones y vigilancia, y una lista cada vez más larga de organizaciones terroristas designadas fueron justificados por esa amenaza. Esta era la guerra declarada, y era real en su forma pública.

Pero había una segunda política subyacente, y ambas apuntaban en direcciones opuestas. Impulsada por una obsesión abrumadora con Irán y el espectro de una "media luna chií", Washington financió, armó y protegió repetidamente a los mismos movimientos yihadistas suníes que decía estar combatiendo — por una razón: esos movimientos estaban matando a iraníes y a los aliados de Irán. Los suníes radicales atacaban a Irán todo el tiempo, y en el cálculo de Washington eso no era una descalificación. Era la calificación. Cada vez que la guerra contra el terror suní chocaba con la guerra contra Irán, la guerra contra Irán ganaba. Lo que significa que la celebrada "Guerra Global contra el Terror" era, a nivel operativo, subordinada a algo que nunca se pidió al público que aprobara: una guerra contra Irán librada, en parte, a través de los terroristas. E incluso eso no era nuevo. La misma arma ya había sido utilizada contra otros adversarios de Estados Unidos — los soviéticos, y luego la Rusia postsoviética — antes de que se declarara la Guerra contra el Terror.

## La guerra que Washington publicitaba

La guerra declarada no necesita ensayo. Osama bin Laden y Al Qaeda eran el enemigo; luego, después de 2014, el Estado Islámico heredó el papel. Los presidentes estadounidenses de ambos partidos prometieron derrotar el terrorismo islámico radical, desmantelar sus redes y negarle refugio. Los instrumentos fueron invasiones, incursiones de operaciones especiales, campañas de drones en media docena de países y la lista de Organizaciones Terroristas Extranjeras. En esta guerra, un yihadista suní que atacaba objetivos estadounidenses era cazado hasta el fin del mundo.

La trampa — la contradicción que quiero que entiendan — es lo que le sucedía a un yihadista suní cuyas armas apuntaban en dirección opuesta, hacia Irán.

## La Redirección: eligiendo el bando suní

Para 2007, con Irak desintegrándose e Irán en ascenso entre los escombros, la administración Bush tomó una decisión. Seymour Hersh lo expuso en The New Yorker bajo el nombre que los propios iniciados usaban: "la redirección". Para hacer retroceder al Irán predominantemente chií y a sus aliados, Estados Unidos, actuando de la mano con Arabia Saudita, comenzó a canalizar clandestinamente apoyo a grupos suníes radicales — algunos de ellos simpatizantes o vinculados a Al Qaeda — precisamente porque eran los enemigos más comprometidos de los chiíes. Veteranos del escándalo Irán-Contra, varios aún en el gobierno, reconocieron su viejo libreto. El enemigo del enemigo de Estados Unidos estaba, una vez más, en la nómina de Estados Unidos.

Esto no eran meros rumores. Como Hersh informó al año siguiente, y como pueden atestiguar exoficiales de inteligencia con conocimiento directo, el presidente George W. Bush firmó un hallazgo presidencial clasificado que autorizaba una importante escalada encubierta contra Irán — hasta 400 millones de dólares, aprobados por los líderes del Congreso — centrada en el cambio de régimen y en "trabajar con grupos opositores y entregar dinero". El hallazgo autorizaba apoyo a las líneas de fractura étnicas y sectarias de Irán: grupos árabes ahwazi y baluchi, y otras organizaciones disidentes. El objetivo declarado era desestabilizar el liderazgo clerical de Irán. Los medios incluían a militantes suníes cuya actividad definitoria era matar iraníes.

Consideren la contradicción en su forma más pura. En el mismo momento en que Estados Unidos decía a sus ciudadanos que el yihadismo suní era una amenaza existencial que requería la suspensión de las libertades ordinarias, su presidente estaba firmando su nombre en un programa que pagaba a militantes suníes para hacer la guerra dentro de Irán.

 Jundallah: un grupo terrorista, respaldado por su terrorismo

Ningún caso captura mejor la hipocresía que Jundallah. Un grupo islamista suní baluchi en el sureste de Irán, llevó a cabo bombardeos y emboscadas contra el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica y civiles iraníes. El exoficial de la CIA Robert Baer lo identificó como beneficiario de apoyo estadounidense; Vali Nasr del Council on Foreign Relations lo describió a Hersh como una organización viciosa con presuntos vínculos con Al Qaeda. ABC News informó que había sido alentado y asesorado en secreto por funcionarios estadounidenses.

Lean esa trayectoria lentamente. Washington apoyó a un grupo suní con presuntos vínculos con Al Qaeda — el supuesto archienemigo de la Guerra contra el Terror — porque ese grupo estaba asesinando a miembros de la Guardia Revolucionaria de Irán. Su violencia anti-chií no era algo que Washington pasara por alto a regañadientes. Era el punto central. Y luego, en 2010, Estados Unidos designó formalmente a Jundallah como Organización Terrorista Extranjera. El mismo gobierno, en la misma década, utilizó al grupo como instrumento contra Irán y lo colocó en la lista reservada para los enemigos de la civilización. Eso no es una paradoja para explicar. Es la política, al desnudo: la etiqueta de "terrorista" se aplicaba o se retenía dependiendo de en qué dirección iban las matanzas.

## El patrón era más antiguo que la Guerra contra el Terror

El instrumento no se inventó para la guerra contra Irán, ni siquiera después del 11-S. Ya tenía décadas de antigüedad.

El modelo fue Afganistán. A través de la Operación Ciclón en la década de 1980, la CIA canalizó miles de millones de dólares a través del servicio de inteligencia de Pakistán hacia los muyahidines antisoviéticos, con las mayores porciones destinadas a los comandantes más radicales. Ese esfuerzo construyó los campamentos de entrenamiento, los conductos de armas y la red yihadista transnacional — los "árabes afganos" — de la que surgieron Al Qaeda y los talibanes. La salvedad honesta es válida: el dinero estadounidense fue a facciones afganas a través de Pakistán, no directamente a los voluntarios árabes que se convirtieron en Al Qaeda, y Bin Laden tenía su propia financiación. Pero el ecosistema fue una creación estadounidense y saudí, y una vez construido no se disolvió. Fue a buscar la próxima guerra.

Encontró dos, ambas contra adversarios de Estados Unidos, y ambas antes de que cayeran las Torres Gemelas. En Bosnia en la década de 1990, Washington y sus aliados facilitaron el flujo de armas y muyahidines extranjeros al lado bosnio musulmán contra los serbios. Y en Chechenia, la misma infraestructura yihadista fue reorientada contra la Rusia postsoviética. Los combatientes extranjeros que transformaron la resistencia chechena de una rebelión mayoritariamente nacionalista en una campaña salafista-yihadista fueron liderados por Ibn al-Khattab — un veterano saudí de la yihad afgana — y financiados a través del Golfo: el dinero de Bin Laden, y organizaciones benéficas salafistas como la Benevolence International Foundation, que financió la yihad tanto en Bosnia como en Chechenia y que la administración Bush cerraría como financiador del terrorismo solo después del 11-S. Fueron la invasión de Daguestán por Khattab y Shamil Basayev en agosto de 1999 lo que desencadenó la Segunda Guerra Chechena.

Aquí el registro exige precisión, porque Chechenia es más turbia que Afganistán o Siria. La financiación directa de la yihad chechena fue abrumadoramente dinero del Golfo y de Al Qaeda, no estadounidense; las acusaciones de pagos directos de la CIA a los combatientes no están claramente documentadas. Lo que está documentado es el andamiaje político estadounidense alrededor de la causa y la no interferencia estudiada de Washington con una yihad dirigida contra su antiguo rival de la Guerra Fría. El Comité Estadounidense por la Paz en Chechenia — fundado en 1999, alojado en Freedom House (parcialmente financiado por el gobierno), presidido por el exasesor de seguridad nacional Zbigniew Brzezinski y repleto de neoconservadores como Richard Perle, Elliott Abrams, Frank Gaffney, William Kristol, Robert Kagan y James Woolsey — defendió la causa separatista chechena, según sus críticos, como una palanca para debilitar a Rusia y abrir el Cáucaso rico en recursos. Washington no necesitaba escribir cheques a los combatientes. Ya había construido la red en Afganistán, y dejó que esa red se volviera contra Rusia mientras su propio establishment de política exterior proporcionaba legitimidad a la causa.

La amarga ironía llegó el 11 de septiembre de 2001. El mismo aparato yihadista transnacional que Washington había cultivado contra los soviéticos y tolerado contra Rusia — las mismas organizaciones benéficas, los mismos veteranos árabes-afganos, los mismos financieros del Golfo — se volvió contra Estados Unidos mismo. La lección que Washington podría haber aprendido fue desmantelar el instrumento. En cambio, en seis años, en la redirección, volvió a tomar el arma y la apuntó a Irán. La guerra contra el terror suní fue declarada por el mismo establishment que había pasado dos décadas encontrando usos para la yihad suní — que es la razón más profunda por la que la contradicción estaba incorporada desde el principio.

## Siria: la contradicción a escala industrial

Donde el hallazgo de Bush apuntaba directamente a Irán, la siguiente administración aplicó la misma lógica al aliado árabe más importante de Irán — y la contradicción alcanzó el absurdo total.

Desde aproximadamente 2012, el presidente Obama autorizó la Operación Timber Sycamore, descrita por The New York Times como uno de los programas de armamento y entrenamiento de la CIA más costosos desde el esfuerzo afgano: más de mil millones de dólares, cofinanciado por Arabia Saudita, para abastecer a rebeldes que luchaban contra Bashar al-Assad, socio clave de Irán y corredor hacia Hezbolá. Investigaciones de The Times, The Washington Post y Conflict Armament Research documentaron lo que siguió: las armas llegaron a al-Nusra, la rama siria de Al Qaeda, y al Estado Islámico, a través de mercados negros, deserciones y alianzas en el campo de batalla. La selección era mínima; no había forma fiable de rastrear dónde terminaban las armas o los entrenados.

Pongan las dos políticas una al lado de la otra. En Irak, Estados Unidos bombardeaba al Estado Islámico y lo llamaba la amenaza terrorista más grave de la era. En Siria, vertía armas en una insurgencia en la que ese mismo Estado Islámico y el afiliado de Al Qaeda eran los combatientes más efectivos — porque eran los que sangraban a Assad, Hezbolá y los iraníes. La Guerra contra el Terror y la guerra contra Irán se libraban en el mismo teatro, al mismo tiempo, contra y a favor de los mismos yihadistas.

Y la propia inteligencia de Washington declaraba abiertamente el propósito anti-Irán. Un memorando de la Agencia de Inteligencia de Defensa de agosto de 2012, desclasificado a través de una demanda de Judicial Watch, registraba que "Occidente, los países del Golfo y Turquía apoyan a la oposición" mientras que Rusia, China e Irán respaldaban a Assad — y evaluaba que podría surgir un "principado salafista" en el este de Siria, que era "exactamente lo que las potencias que apoyan a la oposición quieren, para aislar al régimen sirio". El memorando nombraba la razón: Assad como la "profundidad estratégica de la expansión chií (Irak e Irán)". Un pequeño estado yihadista — lo que la Guerra contra el Terror existía para prevenir — se evaluaba como deseable porque heriría a Irán. La máscara no podía haberse deslizado más.

Los funcionarios lo admitieron más tarde. El vicepresidente Biden dijo a una audiencia de Harvard en 2014 que los aliados de Estados Unidos habían vertido cientos de millones de dólares y grandes cantidades de armas en cualquiera que luchara contra Assad, y que los receptores resultaron ser al-Nusra, Al Qaeda y yihadistas extranjeros. Un correo electrónico de 2014 de Hillary Clinton, publicado por WikiLeaks, afirmaba que los gobiernos de Arabia Saudita y Catar estaban proporcionando apoyo financiero y logístico clandestino a ISIL y otros grupos suníes radicales. Estos no eran accidentes de una guerra caótica. Eran la estrategia comportándose como fue diseñada.

## Cuando las dos guerras chocaban, Irán siempre perdía

La contradicción se resolvió finalmente, una y otra vez, en la misma dirección. Dondequiera que la violencia de un movimiento yihadista suní sirviera al proyecto anti-Irán, la Guerra contra el Terror cedía. Se permitió que el Estado Islámico metastatizara en territorio donde aislaba a Assad e Irán, y la campaña contra él adquirió verdadera urgencia solo cuando se volvió a masacrar yazidíes, decapitar estadounidenses y amenazar Bagdad. La selectividad era el mensaje.

La prueba definitiva llegó en diciembre de 2024. Una ofensiva relámpago liderada por Hayat Tahrir al-Sham derrocó a Assad y cortó el puente terrestre de Irán a Hezbolá — la columna vertebral del propio eje chií que la redirección había sido escrita para romper. El instrumento de esa victoria fue, una vez más, una organización yihadista suní descendiente directa de Al Qaeda: HTS surgió de al-Nusra, y su líder, Ahmed al-Sharaa, es el antiguo Abu Mohammad al-Jolani, enviado en su momento para construir la franquicia siria de Al Qaeda y durante mucho tiempo con una recompensa estadounidense de 10 millones de dólares. La respuesta de Washington al triunfo del movimiento que había jurado destruir durante dos décadas fue abrazarlo. En julio de 2025 revocó la designación terrorista de HTS; en noviembre de 2025, el Tesoro y el Consejo de Seguridad de la ONU eliminaron a al-Sharaa de sus listas de sanciones por terrorismo, y la recompensa sobre su cabeza desapareció, días antes de que fuera recibido en Washington. Un excomandante de Al Qaeda se convirtió en socio gobernante — porque su guerra finalmente había ido en la dirección correcta.

La trayectoria de Jundallah, reproducida a escala nacional. El enemigo declarado se convirtió en aliado en el instante en que asestó un golpe contra Irán.

La Guerra contra el Terror pública no era completamente ficticia — Estados Unidos realmente cazó a Al Qaeda, mató a Bin Laden y combatió al Estado Islámico donde amenazaba los intereses estadounidenses. La acusación aquí no es que la guerra fuera falsa, sino que era selectiva y subordinada: constantemente anulada siempre que la violencia yihadista suní apuntaba a Irán. Estos eran programas encubiertos distintos bajo diferentes presidentes — el hallazgo de Bush contra Irán en 2007-08, Timber Sycamore de Obama contra Assad desde 2012 — unidos por continuidad estratégica, no por una sola firma. Gran parte del dinero se movió indirectamente, a través de Arabia Saudita y otros intermediarios, que es tanto cómo se preservaba la negación plausible como por qué la frase tajante "EE.UU. financió terroristas" subestima y exagera a la vez: Washington más a menudo habilitó, coordinó y armó que cortó cheques directos. La administración Bush negó elementos del informe de Hersh. Y los adversarios de Estados Unidos amplifican esta historia para sus propios fines — razón para ser cautelosos, no para descartarla, ya que la evidencia central es estadounidense: un hallazgo firmado, un memorando del Pentágono desclasificado, las palabras registradas de un vicepresidente, las propias órdenes de deslistado del gobierno.

La contradicción es el punto central, y no comenzó con el 11-S — precede largamente a la guerra que luego subvirtió. Durante un cuarto de siglo antes de la redirección, el mismo instrumento ya se había forjado contra los soviéticos y se había vuelto contra la Rusia postsoviética y los serbios; el establishment que declaró la guerra contra el terror suní en 2001 era el mismo que había pasado dos décadas encontrando usos para la yihad suní. Luego, una superpotencia pasó dos décadas más y billones de dólares proclamando una guerra contra el extremismo islámico suní mientras servía, dondequiera que ese extremismo apuntara a Irán, como su patrocinador indispensable. No fue hipocresía por accidente sino una jerarquía de obsesiones, en la que la fijación con Irán — y antes, con Rusia — superaba silenciosamente a la guerra que publicitaba. Los yihadistas entendieron el arreglo mejor que el público estadounidense: seguían atacando a los adversarios de Estados Unidos, y Washington seguía mirando hacia otro lado — o pagando la factura. Esa es la verdadera prehistoria de la guerra de 2026. El objetivo siempre fue Teherán. La guerra contra el terror era la historia contada en primer plano; la guerra contra Irán era la que se libraba, y estaba dispuesta a usar a los terroristas para librarla.

Fuentes: Seymour Hersh, "The Redirection" (The New Yorker, marzo de 2007) y "Preparing the Battlefield" (The New Yorker, julio de 2008), con corroboración de NBC News, Al Jazeera y Democracy Now! (el hallazgo presidencial de 400 millones de dólares, el objetivo de cambio de régimen, el apoyo a grupos baluchis y ahwazis, y la estrategia de financiar grupos suníes radicales con Arabia Saudita contra el Irán chií); ABC News y NBC News citando al exoficial de la CIA Robert Baer y al analista del CFR Vali Nasr (apoyo estadounidense a Jundallah y sus presuntos vínculos con Al Qaeda); Departamento de Estado de EE.UU. (designación de Jundallah como FTO en 2010); The New York Times, The Washington Post y Conflict Armament Research (Operación Timber Sycamore y la desviación de armas a al-Nusra y ISIS); el memorando de la Agencia de Inteligencia de Defensa de agosto de 2012 obtenido por Judicial Watch (la evaluación del "principado salafista" y el lenguaje de la "profundidad estratégica de la expansión chií"); las declaraciones del vicepresidente Biden en Harvard en octubre de 2014; el correo electrónico de Clinton de 2014 publicado por WikiLeaks (apoyo saudí y catarí a ISIL y otros grupos suníes radicales); y los informes de Al Jazeera, France 24, Reuters y el Consejo de Seguridad de la ONU (la revocación en julio de 2025 de la designación terrorista de HTS y la eliminación en noviembre de 2025 de al-Sharaa de las listas de sanciones por terrorismo de EE.UU. y la ONU). El conocimiento de primera mano del hallazgo de Bush es atestiguado por exfuncionarios de inteligencia. Sobre el patrón anterior al 11-S: la Jamestown Foundation y Wikipedia (Ibn al-Khattab, los combatientes extranjeros árabes y la invasión de Daguestán de 1999 que desencadenó la Segunda Guerra Chechena); el Council on Foreign Relations y el Departamento de Estado de EE.UU. (la Brigada Islámica Internacional como el canal principal para la financiación del Golfo y Al Qaeda de la yihad chechena, y la financiación de la Benevolence International Foundation de la yihad en Bosnia y Chechenia antes de su designación post-11-S); y Russia Matters, SourceWatch y RightWeb/Militarist Monitor (el Comité Estadounidense por la Paz en Chechenia, su alojamiento en Freedom House y su membresía neoconservadora liderada por Brzezinski). Programas encubiertos distintos bajo diferentes administraciones están vinculados aquí por continuidad estratégica, no por una única autorización." 

(  , blog, 22/08/26, traducción Deepseek) 

26.5.22

George W. Bush acusa a Putin de lanzar una "invasión totalmente injustificada y brutal de Irak"... admitir en broma que lanzó una guerra que mató a miles de estadounidenses y a cientos de miles de árabes, y que todo fue totalmente injustificado... tiene su coña

 "Esto bien podría ser lo más gracioso que ha ocurrido en toda la historia de la humanidad.

George W. Bush estaba dando un discurso denunciando a Rusia y cometió un desliz freudiano, llamando a Putin por lanzar una "invasión totalmente injustificada y brutal de Irak".

El imbécil ex imbécil en jefe se corrigió lentamente: "Me refiero a Ucrania. Heh [sic]".

Luego, aparentemente en una pieza de humor autocrítico, dijo: "Irak también. En fin".

El público se rió.

Sinceramente, le doy crédito al tipo por esto. Dijo que su invasión de Irak fue "totalmente injustificada y brutal". Quiero decir - imagínate. No creo que nadie haya dicho nunca algo así: admitir en broma que lanzó una guerra que mató a miles de estadounidenses y a cientos de miles de árabes, y que todo fue totalmente injustificado. "Totalmente injustificado", de hecho. (...)"       
           

 ( , UNZ Review, 20, May, 2022;  Traducción realizada con la versión gratuita del traductor www.DeepL.com/Translator)

15.4.22

¿De quién fue la brillante idea de ampliar a Ucrania la pertenencia a la OTAN? Fue un acto de estupidez geopolítica de primer orden, un insulto gratuito a Rusia. ¿Y de dónde provino ese insulto? Nada menos que de George W. Bush, que se lo impuso a una OTAN reticente, porque quería "dejar huella" antes de que terminara su mandato... En la conferencia de la OTAN de 2008 en Bucarest, el comunicado oficial contenía el punto 23 por el que se invitaba a Ucrania y Georgia a unirse a la OTAN... el punto 23 cargó a los tres sucesores de Bush -Obama, Trump y Biden- con el dudoso "legado" de Bush... ahí quedó, igual que los desastrosos desbarajustes de Irak y Afganistán, una idea más de Bush que acabó volviéndose en contra de sus progenitores y trayendo aflicción al al mundo entero, aunque sólo proporcionó un pretexto para la aflicción que hoy le inflige a Ucrania Putin

 "Permítaseme afirmar desde el principio que no creo que la absurda invitación que hizo la OTAN a Ucrania en 2008 fuera causa aproximada, o incluso no aproximada, de la decisión de Vladimir Putin de invadir ese país. Dado el compromiso de Putin de crear una Gran Rusia neozarista, creo que la invasión habría tenido lugar en cualquier caso. 

(...) una mala idea la invitación de 2008 que la OTAN extendió a Ucrania y Georgia, la cual, tal como señaló George Kennan en su momento, fue un acto de estupidez geopolítica de primer orden, un insulto gratuito a Rusia.

 (...) fue un acto de estupidez geopolítica de primer orden, un insulto gratuito a Rusia.¿Y de dónde provino ese insulto? Nada menos que de George W. Bush, que se lo impuso a una OTAN reticente porque quería "dejar huella" con vistas a su legado antes de que terminara su mandato, tal como informó en su momento The New York Times, citando a un consejero de Bush. En la conferencia de la OTAN de 2008 en Bucarest, Alemania, Francia, Italia, Bélgica y los Países Bajos se opusieron enérgicamente a invitar a esos dos paises a unirse, ya que ninguno parecía estar ni remotamente preparado para la tarea, y debido a que Rusia -con o sin Putin- vería claramente la invitación como una afrenta. 

 Según el NYT, "Alemania y Francia han declarado que creen que, dado que ni Ucrania ni Georgia son lo suficientemente estables como para entrar hoy en el programa, un plan de adhesión sería una ofensa innecesaria para Rusia, que se opone firmemente a la medida". Entre las naciones europeas principales, sólo el Reino Unido, bajo el mandato del blairista Gordon Brown, se adhirió a Bush en este asunto, como hiciera en la guerra de Irak.

 La canciller alemana, Angela Merkel, se mostró especialmente molesta  por el hecho de que Bush, desviándose de la agenda acordada, insistiera en plantear el tema y exigir de hecho que la OTAN extendiera esa invitación. Cosa que hizo, en contra del criterio más sabio de las principales potencias europeas. El comunicado oficial que emitió la OTAN al término de esa reunión contenía numerosos compromisos para tratar de acercar a Rusia a Europa, y un compromiso (el punto 23) para invitar a Georgia y Ucrania, como si fuera a calmarse Putin con todos esos puntos amistosos y se tranquilizara Bush con el punto 23.

A pesar de la promesa del punto 23 de que la OTAN trabajaría con Ucrania y Georgia para prepararlas para su entrada en la alianza, esa labor, de hecho, nunca se llevó a cabo. La parte europea del Atlántico Norte nunca mostró ningún interés real en incorporar a Ucrania y Georgia, por las mismas razones por las que se había opuesto a la idea en primer lugar.

Sin embargo, el punto 23 cargó a los tres sucesores de Bush -Obama, Trump y Biden- con el dudoso "legado" de Bush. A pesar de sus considerables diferencias, ninguno de ellos pensó que valíera la pena intentar derogar el punto 23 o actuar en consecuencia. Así que ahí quedó, igual que los desastrosos desbarajustes de Irak y Afganistán, una idea más de Bush que acabó volviéndose en contra de sus progenitores y trayendo aflicción al al mundo entero, aunque sólo proporcionó un pretexto para la aflicción que hoy le inflige a Ucrania Putin."                  

(Harold Meyerson  ha sido columnista del diario The Washington Post y editor general de la revista The American Prospect. Considerado por la revista The Atlantic Monthly como uno de los cincuenta columnistas más influyentes de Norteamérica. Sin Permiso, 06/04/22)

25.10.21

Cómo se fabricó el discurso de Colin Powell en la ONU sobre el arsenal iraquí que no existía... se decide que muestre un pequeño vial que podría contener una cantidad similar de ántrax en polvo a la empleada en un ataque contra el Congreso de EEUU ocurrido en 2001... Muestra fotografías obtenidas vía satélite que dan a todo un aire de precisión... Se ofrecen fragmentos de conversaciones entre responsables iraquíes de las que se deduce que estaban ocultando algo... Casi todas las acusaciones presentadas por Powell resultaron ser falsas. El ejemplo más evidente son los laboratorios móviles tan bien dibujados en las ilustraciones

 "Colin Powell, que ha fallecido esta semana a los 84 años, fue el mejor vendedor de una guerra en la que en el fondo no terminaba de creer. Es lo que lleva a Spencer Ackerman a escribir que Powell fue «el único hombre que pudo haber parado la guerra de Irak».

 Es una observación algo arriesgada, aunque sólo sea por el hecho de que la decisión de invadir Irak y derrocar a Sadam Hussein estaba tomada desde muchos meses atrás en la Casa Blanca de George Bush. Sin embargo, la cobertura política de la campaña militar dependía de otros muchos factores que podían hacerla descarrilar o quizá retrasar (el apoyo en Estados Unidos o en la comunidad internacional), y ahí es donde la intervención del secretario de Estado y antes jefe de las Fuerzas Armadas en la Guerra del Golfo resultó decisiva.

En los ambientes políticos y periodísticos de EEUU, el discurso de Powell en el Consejo de Seguridad de la ONU cimentó la idea de que la guerra era necesaria por la magnitud de la amenaza que suponía Irak y por la claridad de las pruebas obtenidas. Así era más fácil desdeñar el deseo del secretario general de la ONU de que continuaran las inspecciones y el rechazo de Francia, Alemania, Rusia y China a la vía militar.

Powell era la herramienta de propaganda más efectiva al alcance de la Casa Blanca y de los neoconservadores. Precisamente, porque no era como estos últimos, no era un ideólogo que creyera que el mantenimiento de la hegemonía norteamericana en el mundo, y en concreto en Oriente Medio, requería eliminar a Sadam. Los medios lo consideraban un intervencionista reticente que había combatido en Vietnam, muy consciente de la necesidad de que una guerra sólo podía entablarse con un claro apoyo de la opinión pública y el despliegue masivo de medios militares.

Cómo se llevó a cabo el proceso de elaboración del discurso ayuda a entender las prioridades de los gobernantes de EEUU y hasta qué punto estaban dispuestos a hacer lo que fuera para conseguir la guerra que deseaban.

A finales de enero de 2003, Bush encarga a Powell que sea él quien pronuncie un discurso en la ONU para explicar al mundo los argumentos de EEUU contra Irak. Los índices de apoyo al secretario de Estado en las encuestas superan el 70%, muy superiores a los de los demás miembros del Gabinete. «Te puedes permitir perder algunos puntos», le dice el vicepresidente, Dick Cheney. La Casa Blanca va a ordeñar su credibilidad para convencer a los gobiernos más escépticos de la solidez de las acusaciones norteamericanas.

El paso siguiente es preparar el discurso de Powell. La Casa Blanca recibe el material solicitado a la CIA, pero no le parece lo bastante contundente, así que encarga la tarea a dos convencidos de la causa, Stephen Hadley, número dos del Consejo de Seguridad Nacional, y Scotter Libby, jefe de gabinete de Cheney. En el texto estánn todos los asuntos empleados por las autoridades en sus declaraciones públicas, así como las informaciones filtradas a los grandes medios de comunicación, incluida la alegación (falsa) sobre los contactos entre Irak y Al Qaeda. Ese informe, o borrador de discurso, tiene 48 páginas.

Powell ya había garantizado a Bush que lo apoyaría en la decisión de ir a la guerra. Encarga a su jefe de gabinete, el coronel Larry Wilkerson, que revise cada uno de sus puntos. En los medios, ya se lee que puede ser un discurso con tanto impacto como el que tuvo en 1962 el de Adlai Stevenson en la crisis de los misiles de Cuba. Powell y Wilkerson examinan grabaciones de ese discurso.

 Cuando Wilkerson pide saber cuáles son las pruebas que sostienen cada acusación, empieza a detectar inconsistencias. Recibe el informe de inteligencia que sustenta una determinada alegación y ve que no dice exactamente lo que le han contado. Hay artículos de periódicos que emplean información filtrada por altos cargos del Pentágono o de la oficina de Cheney ansiosos por promover la invasión. Buena parte de la información, comprueba Wilkerson, procede del Congreso Nacional Iraquí, el grupo de exiliados iraquíes dirigido por Ahmed Chalabi al que los neoconservadores pretenden poner en el poder en Bagdad.

Las objeciones de Wilkerson hacen que se decida utilizar como materia prima del discurso el último informe consensuado por todos los servicios de inteligencia sobre la amenaza iraquí, el llamado National Intelligence Estimate. Ahí están los principales argumentos que Powell presentará en la ONU: los laboratorios móviles donde se producían armas biológicas o los tubos de aluminio con una serie de especificaciones técnicas que los hacían útiles para un programa de armas nucleares. Sobre este último punto, un informe de la IAEA (Organismo Internacional de Energía Atómica) ya los había descartado como prueba por creer que se habían utilizado en la producción de cohetes de artillería, no en las centrifugadoras de una planta nuclear.

 En las reuniones, se sugiere que Powell enseñe un tubo similar de forma dramática en su discurso. Finalmente, se decide que muestre un pequeño vial que podría contener una cantidad similar de ántrax en polvo a la empleada en un ataque contra el Congreso de EEUU ocurrido en 2001. Esa será la imagen que aparecerá al día siguiente en las portadas de muchos periódicos del mundo.

El 1 de febrero, el equipo de altos cargos que prepara el discurso recibe del Pentágono un informe de 25 páginas con los supuestos contactos de Sadam con grupos terroristas. Buena parte de la información no contiene ninguna prueba consistente. La relación en el pasado del Gobierno iraquí con terroristas de Oriente Medio era conocida, pero lo que de verdad interesa a la Casa Blanca es la conexión con Al Qaeda. En la versión final, se incluye con el consentimiento de la CIA referencias a un terrorista jordano llamado Abú Al Zarqaui, del que se dice que ha encontrado refugio en una zona del norte de Irak.

Powell se refiere en 21 ocasiones en el discurso a Zarqaui, que años después dirigiría el grupo Al Qaeda en Irak. Sólo eso ya le convirtió en una celebridad. Antes no era muy conocido en círculos yihadistas. Según una investigación del programa ‘Frontline’ de la cadena pública PBS, su aparición estelar en el discurso le dio un perfil público que no tenía y le permitió conseguir más partidarios y fondos.

«Las autoridades iraquíes niegan las acusaciones de tener relaciones con Al Qaeda. Sus desmentidos simplemente no son creíbles», dice Powell. Zarqaui nunca tuvo contactos con altos cargos del Gobierno o la inteligencia iraquíes. Huido de Jordania, donde fue condenado a muerte en ausencia, se estableció en una zona del norte de Irak controlada por el grupo yihadista Ansar el Islam, opuesto al régimen de Sadam.

 Otro de los momentos dramáticos del discurso es la referencia a los laboratorios móviles de armas biológicas, fundamentalmente porque además se ofrecen unas ilustraciones que reflejan su interior. Demuestra un elevado nivel de conocimiento sobre esos vehículos al incluir una descripción de su interior. George Bush lo había citado en su discurso del Estado de la Unión unas semanas antes. Lo que no se dijo entonces es que había un fuerte debate dentro de la CIA sobre la fiabilidad de esas pruebas.

En su mayor parte, la revelación procede de una sola fuente a la que han puesto el sobrenombre de Curveball. Había sido captado por los servicios secretos alemanes. Un informe de la estación de la CIA en Berlín informó a finales de enero de que los alemanes no habían podido verificar los datos aportados por esa fuente a la que consideraban «problemática». Después de la invasión, quedó confirmado que Curveball era un ingeniero de bajo nivel que había sido despedido de un centro de investigación militar en una fecha tan lejana como 1995 y que había terminado trabajando como taxista en Bagdad.

El día del discurso, 5 de febrero de 2003, George Tenet, director de la CIA, está sentado detrás de Powell. El secretario de Estado le ha pedido que esté en la ONU con la intención de que dé más fuerza a sus alegaciones. Que se vea que el mayor servicio de inteligencia de EEUU ha suscrito las acusaciones que se presentan a la opinión pública internacional.

«We know» son dos palabras que usa con frecuencia. No hay margen para la incertidumbre. No hay podrías ni quizás. «Sabemos que…» es el comienzo de varias frases. Muestra fotografías obtenidas vía satélite que dan a todo un aire de precisión. Aparecen zonas que EEUU está vigilando de forma estrecha con sus avanzadas técnicas de espionaje. Se ofrecen fragmentos de conversaciones entre responsables iraquíes de las que se deduce que estaban ocultando algo.

El gran ejemplo del secretismo con el que Irak oculta su programa de armas de destrucción masiva son los laboratorios móviles para la fabricación de armas biológicas en forma de camiones o vagones. «La descripción que nuestras fuentes nos facilitaron, sobre las condiciones técnicas requeridas en estas instalaciones, es muy detallada y extremadamente precisa», dice. Su carácter móvil hacía que fuera sencillo que se ocultaran a las inspecciones de Naciones Unidas. Esos laboratorios «podían producir una cantidad de veneno biológico similar a todo lo que Irak dijo haber producido en los años anteriores a la Guerra del Golfo» en 1991, sostiene Powell.

Powell afirma que un dirigente de Al Qaeda había confirmado que «Irak había facilitado entrenamiento en el uso de estas armas (químicas) a Al Qaeda». La fuente es Ibn Al-Shaykh al-Libi, que había sido detenido e interrogado en Egipto. Además del hecho de que probablemente había sido torturado, un informe interno de la CIA de enero había llegado a la conclusión de que no estaba en la posición de «poder saber si ese entrenamiento se había llegado a producir».

El discurso dura 67 minutos. «Cada declaración que he hecho hoy está apoyada por fuentes, fuentes sólidas. No son aseveraciones. Lo que les estamos ofreciendo son hechos y conclusiones basados en inteligencia sólida».

Powell habla en la ONU con una decisión y claridad que nunca ha tenido en privado en las semanas de deliberación sobre el contenido del discurso.

Las dudas de Wilkerson son aún mayores. El jefe de gabinete de Powell dijo después que ese discurso fue «el punto más bajo de mi carrera profesional». Powell tuvo que reconocer la evidencia años después y su incomodidad cuando le preguntaban por su intervención. En algunas ocasiones, lamentó que no le llegaran las dudas que había dentro de los servicios de inteligencia sobre la entidad de las pruebas. En otras, culpó de todo a la CIA.

 Casi todas las acusaciones presentadas por Powell resultaron ser falsas. El ejemplo más evidente son los laboratorios móviles tan bien dibujados en las ilustraciones. Fue después de la caída del régimen de Sadam cuando las tropas de EEUU descubren unos camiones que podían parecerse a la descripción hecha de los laboratorios (lo que no era complicado). A finales de mayo, la CIA toma la poco habitual decisión de hacer público un informe en el que se identifica estos camiones como centros móviles para la producción de armas biológicas. Durante una visita a Polonia y al saber la noticia, un entusiasmado Bush llega a decir que ya se han encontrado las armas de destrucción masiva.

David Kay, que había dirigido el equipo de inspectores de la ONU en 1991 y al que Tenet encarga que viaje a Irak después de la invasión de 2003 para encontrar pruebas del arsenal, dice posteriormente que la difusión de ese informe fue un error. En junio, la DIA (Agencia de Inteligencia de la Defensa) y la sección de inteligencia del Departamento de Estado llegan a la conclusión de que el uso más probable de estos camiones encontrados era la producción de hidrógeno para su uso en globos meteorológicos.

La recepción del discurso de Powell en los medios de comunicación de EEUU y Europa es incluso mejor de lo que esperaba la Casa Blanca. En la CNN, preguntan a Bob Woodward qué podría pasar si EEUU va a la guerra y no se encuentran después las armas de destrucción masiva, como así ocurrió: «Creo que las posibilidades de que eso ocurra son cercanas a cero», dice el célebre periodista de The Washington Post. «Irrefutable», titula el Post. Las pruebas son «abrumadoras», dice el editorial del diario. El columnista Roger Cohen escribe que es obvio que Sadam conserva el arsenal prohibido: «Sólo un idiota, o posiblemente un francés, podría pensar distinto».

 El discurso es «impresionante en su amplitud y elocuencia», señala The San Francisco Chronicle. El Denver Post compara a Powell con «el marshall Dillon enfrentándose a un pistolero en Dodge City» (Dillon es el marshall de la ciudad en el western ‘Gunsmoke’).

La magia de Colin Powell ha funcionado. George Bush tendrá su guerra."                  ( Iñigo Sáenz de Ugarte , Guerra eterna, 19/10/21)

15.10.21

Cuando los talibanes dijeron que se rendirían y que entregarían a Osama Bin Laden y EE UU lo rechazó. El presidente Bush rechazó ambas ofertas...

 "(...) Hable sobre ese momento en que EE.UU. comenzó a bombardear y a ocupar Afganistán, cuando los talibanes dijeron que se rendirían y que entregarían a Osama Bin Laden y EE.UU. lo rechazó. El presidente Bush rechazó ambas ofertas.

SPENCER ACKERMAN: Ese fue un aspecto central de los inicios de la guerra contra el terrorismo y un presagio de cuáles serían sus implicaciones. Una vez que aceptamos el planteamiento que ofreció Bush de una guerra contra el terrorismo, nos vimos enfrascados en una lucha no solo contra al-Qaeda, el grupo responsable de los ataques del 11-S, sino en una lucha mucho más amplia contra un enemigo que cualquier presidente podría redefinir a su voluntad y plantarlo en el imaginario colectivo, valiéndose del discurso de un desafío civilizacional para EE.UU. en un futuro, un desafío que ponía en riesgo al país en sí mismo.

Hablemos sobre lo que ocurrió en ese momento en Kandahar. La Alianza del Norte, aliada de EE.UU., había expulsado a los talibanes de Kabul. El Emirato Islámico de Afganistán había caído, después de cinco a seis años en el poder, y reconocieron, tras una última batalla que intentaron librar en Kandahar y que no salió como esperaban, que el fin estaba cerca para ellos. Los talibanes le propusieron a Hamid Karzai, a quien EE.UU. designó como líder de Afganistán en la era postalibán, que siempre y cuando el mulá Omar pudiera vivir en una especie de arresto domiciliario, es decir, que no lo mataran ni que lo sometieran a juicio, ellos estarían dispuestos a entablar negociaciones sobre cuál podría ser su papel en un Afganistán postalibán. Algo así como un acuerdo político.

Karzai, a pesar de todos sus defectos, en los que EE.UU. contribuyó para luego criticarlo durante los años siguientes, conocía la historia afgana y reconoció que, a menos que hubiera algún tipo de futuro político para los talibanes, estos optarían por un futuro violento. Y ellos tenían una capacidad comprobada no solo para librar una insurgencia, sino para ganarla. Así que Karzai aceptó el trato.

 Fue entonces cuando el Gobierno de Bush dijo que tal acuerdo era inaceptable, no para los afganos, sino para un EE.UU. que se atribuyó el poder, como lo ha hecho tan a menudo a través de su historia en muchas partes del mundo, de decirle a los afganos cómo iban a ser el futuro de su país. Todo lo que pasó en los siguientes 20 años de guerra ha contribuido, tal vez no de manera lineal, sino en una especie de descenso nauseabundo, al horror abyecto que hemos visto en el aeropuerto de Kabul: la gente desesperada por huir, al punto de aferrarse a aviones de carga C-17 y morir en la caída. Esta no es la alternativa a combatir en Afganistán; es el resultado de combatir en Afganistán.

AMY GOODMAN: Quiero pedirle que vaya aún más atrás, a los muyahidines respaldados por EE.UU. y a Osama bin Laden, también respaldado por EE.UU. Hable sobre lo que sucedió cuando EE.UU. decidió financiar a los muyahidines en la lucha contra la ocupación soviética de Afganistán y cómo los muyahidines volvieron sus armas, armas estadounidenses, contra EE.UU., así como del surgimiento de los talibanes a partir de eso.

SPENCER ACKERMAN: Sí, es importante porque una objeción a esto siempre va a ser que nosotros caracterizamos a los muyahidines afganos de los 80 como los talibanes. Pero ellos no eran los talibanes. Ellos fueron los precursores de los talibanes.

Lo qué pasó en la década de 1980 fue que la Union Soviética invadió Afganistán y EE.UU. vio una oportunidad para infligir una derrota a la Unión Soviética, su gran adversario geopolítico. Una derrota tan humillante y tan devastadora psicológicamente como la que EE.UU. sufrió en Vietnam por su propia soberbia imperialista. En el transcurso de los siguientes 10 años, EE.UU. y los servicios de Inteligencia pakistaníes y saudíes financiaron y dotaron de armamento a extremistas islámicos, rebeldes provenientes de Pakistán, entre ellos alguien que se convertiría en una figura profundamente familiar como aliado de los talibanes: Gulbuddin Hekmatyar, una persona particularmente brutal. A lo largo de la década de 1980, ellos infligieron daños importantes a los soviéticos, e hicieron que la ocupación, la brutal ocupación brutal soviética, fuera cada vez más violenta y prolongada, hasta que eventualmente los soviéticos se retiraron y, un par de años después, el régimen instalado por los soviéticos colapsó, de la misma manera en que estamos viendo colapsar el régimen que EE.UU. instaló.

 El caos y la guerra civil subsiguientes fueron devastadores para Afganistán. Y de esas cenizas surgieron los talibanes, un grupo extremista que utilizó mecanismos extremos de sufrimiento y represión contra un pueblo, el afgano, con una larga historia de sufrimiento. Algo que EE.UU. nunca reconoció a lo largo de todo este período fue su propia responsabilidad en la desestabilización de Afganistán, no simplemente como una consecuencia de la lucha contra la Unión Soviética. Ese era el costo del enfrentamiento entre EE.UU. y la Unión Soviética, que todo un país, millones de personas, sufriera tremendamente, que fueran tratados como títeres de EE.UU., que sus aspiraciones, sus deseos de libertad y estabilidad, en el fondo, no eran importantes para EE.UU., como tampoco lo eran para la Unión Soviética.

Los talibanes tomaron el poder gracias al caos que resultó de todo eso. Ellos le dieron protección a Osama bin Laden. Pero no eran lo mismo que al-Qaeda. Y, después del 11 de septiembre, EE.UU. decidió que no había una distinción relevante entre al-Qaeda, los talibanes y lo que ellos denominaron “grupos terroristas de alcance global”. Básicamente, esto significa que a pesar de que la versión asentada de las políticas del Gobierno de Bush ya incluía un concepto extremadamente expansivo sobre quién podía ser un objetivo, desde grupos terroristas como al-Qaeda hasta regímenes enteros —de hecho el subsecretario de Defensa de Bush, Paul Wolfowitz, habló justo después de los atentados del 11-S sobre “terminar con Estados”—, en el sentido político y periodístico más amplio, y en el concepto popular, el enemigo podría ser todo o casi todo el Islam. A partir de ahí la población pasó a temer, de manera bastante inmediata, a los musulmanes estadounidenses, pasó a temer a sus vecinos. Pensaban que sus vecinos eran una amenaza, no toda la maquinaría bélica y la represión. 

 AMY GOODMAN: Spencer, algo que no ha tenido mucha cobertura en los medios es que, a medida que los talibanes tomaban control de Afganistán en las últimas semanas, también ejecutaron a un hombre clave que se encontraba en prisión: Abu Omar Khorasani, el exlíder del Estado Islámico en el sur de Asia. ¿Qué nos puede decir al respecto?

SPENCER ACKERMAN: Sí. Es una situación muy compleja que ha surgido en los últimos dos años de negociaciones entre EE.UU. y los talibanes, las cuales considero, en gran parte, negociaciones extraoficiales. No debería decir “extraoficiales”. Para ser un poco más específico, se realizaron sin autorización, hasta que fueron autorizadas. Fue algo así como una labor independiente de un coronel retirado del Ejército de EE.UU., Chris Kolenda, y de una exembajadora estadounidense en Pakistán llamada Robin Raphel.

Lo que descubrieron en sus conversaciones con líderes talibanes en Doha fue que los talibanes estaban bastante preocupados por la creciente presencia de una célula del Estado Islámico en Afganistán, que se autodenominó, o que EE.UU. denominó, Estado Islámico de Jorasán, o ISIS-K. En esencia, los talibanes temían una especie de nueva generación de entidades insurgentes extremistas que usarían la justificación del Islam dentro de Afganistán. Un temor bien fundamentado, se podría decir, dada la forma en que ISIS luchó y desplazó a al-Qaeda, la organización y entidad de la cual había surgido. Durante los últimos dos años vimos incluso, y sobre esto hubo un excelente reportaje realizado por Wesley Morgan, que los talibanes han sido los beneficiarios de los ataques aéreos de EE.UU. contra ISIS-K, al punto de parecer que… en realidad nunca llegaron a establecer una especie de modus vivendi [con EE.UU.] en que dijeran: “¿Saben qué? De hecho, tenemos un enemigo en común”. Pero esa era una dinámica a la que tanto los talibanes como EE.UU., particularmente los miembros más pragmáticos del Ejército de EE.UU., eran receptivos. Los talibanes veían a ISIS no como una nueva vertiente de al-Qaeda a la que había que patrocinar y permitirle un escenario para atacar a EE.UU. o a sus aliados o a sus intereses, etc., sino como un enemigo al que había que enfrentar, un enemigo al cual había que dominar y derrotar. Y cuando escuchamos todos estos comentarios apresurados sobre la necesidad de regresar a la guerra en Afganistán para que no se convierta en un escenario para más ataques contra EE.UU., vemos que no se ha captado aún o no se ha comprendido del todo ni se ha confrontado el hecho de que los talibanes están mostrando señales muy tempranas de ver a ISIS como una amenaza.

AMY GOODMAN: A Abu Omar Khorasani lo mataron. Lo ejecutaron, lo sacaron de una prisión en Kabul ese último día, el domingo 15 de agosto, mientras tomaban el control del país. Spencer Ackerman, hable sobre cómo influyeron la guerra y la ocupación estadounidenses, la brutalidad de los ataques aéreos de EE.UU., las torturas en la base de Bagram, las incursiones nocturnas, en la capacidad de los talibanes para reclutar nuevos combatientes.

SPENCER ACKERMAN: EE.UU. tiende a atribuir su brutalidad a cualquiera de las circunstancias que pretende lamentar cuando se manifiestan en el mundo. Afganistán es ciertamente un trágico ejemplo. Tras los ataques del 11-S, las élites políticas, periodísticas e intelectuales de EE.UU., hablando en sentido general, se negaron a reconocer las consecuencias históricas directas, terribles y trágicas de la desestabilización que EE.UU. causó en Afganistán en los 80, a tal punto que, gracias al apoyo de los talibanes a Osama bin Laden en el país, se pudieron planear y llevar a cabo los ataques del 11-S. Hay que resaltar que los ataques no fueron perpetrados por afganos, no provinieron de Afganistán y ni siquiera se planearon en Afganistán. Se planearon en mayor medida en Alemania. Sin embargo, ese fue un presagio inicial de lo que veríamos durante los siguientes 20 años, no solo en Afganistán, sino a lo largo de la guerra contra el terrorismo: una desconexión y una falta de voluntad para reconocer que las acciones violentas e imperialistas de EE.UU. dan origen a una nueva generación de sus propios enemigos. Eso fue evidente en el momento en que EE.UU. regresó a Afganistán.

A lo largo de la guerra en Afganistán, incluso en momentos en que las campañas de contrainsurgencia, al menos en teoría, servían para vender la idea de que proteger las vidas afganas y la propiedad, entre otras cosas, iba a ser determinante para la guerra, [EE.UU.] nunca actuó de esa manera. Nunca actuó como si la finalidad de la guerra fuera la protección de vidas afganas. Pero sí actuó, más a menudo, de tal forma que no había una distinción entre las vidas afganas y los enemigos afganos. Una de las principales razones de esto es que los ataques contra civiles afganos no eran necesariamente fruto de una decisión específica sino de la falta de capacidad para entender el país, para entender su dinámica y ser conscientes de las complejas relaciones que, de muchas formas, existían entre quienes luchaban junto a los talibanes y los talibanes mismos, o quienes ayudaban a los talibanes bajo amenazas a su propia vida o amenazas a su familia, o que simplemente trataban de sobrevivir como lo ha hecho tanta gente a lo largo de tantas guerras, absteniéndose de cometer actos que no perjudicaran a los talibanes, porque entendían las consecuencias que podrían padecer. Con el tiempo, todas estas cosas fortalecieron a los talibanes y los convirtieron, una vez más, en una alternativa aparentemente viable a EE.UU.

Por otro lado, la contribución estadounidense, aunque en realidad no fue solo contribución de EE.UU., a la miseria en afganistán se dio a través de la corrupción que siempre se atribuía a los afganos, pero que en gran medida se alimentaba a sí misma. Los supuestos expertos en desarrollo. la ayuda y el dinero para el desarrollo inundaron Afganistán sin tener en consideración lo que una devastada economía como la afgana podía absorber. Parte de ese dinero fue enviado de manera deliberada por la CIA para pagar a los señores de la guerra y asegurarse de que, a la larga, fueran sensibles a los intereses estadounidenses, que a menudo eran intereses violentos e incluían cosas como las acciones del Mando Conjunto de Operaciones Especiales durante la guerra en Afganistán, y en particular de las Fuerzas Especiales del Ejército, cuando irrumpían en las casas de personas sospechosas de ser talibanes o colaboradoras de los talibanes. De nuevo, los talibanes, ni siquiera al-Qaeda, ni siquiera el grupo que atacó a EE.UU., mucho menos el núcleo de al-Qaeda que conspiró, planeó y ejecutó los ataques del 11-S. EE.UU. estaba ahora en una guerra prolongada con quienes una vez dieron refugio y formaron alianza con al-Qaeda, en lugar de con la propia al-Qaeda. EE.UU. era responsable de lo que pasara en Afganistán pero nunca actuó de manera responsable hacia el pueblo afgano. (...)"                       (Entrevista a Spencer Ackerman ,  Amy Goodman , Rebelión, 09/10/2021)

27.9.21

Desde el principio, partes del Partido Republicano vieron el 11-S no como un momento para buscar la unidad nacional, sino como una oportunidad que debían aprovechar para obtener ventaja política... este cinismo ante el horror nos dice que, incluso cuando Estados Unidos se encontraba de verdad sometido a un ataque externo, los mayores peligros que afrontábamos ya eran internos... estábamos ya bien adentrados en la senda hacia la intentona golpista del 6 de enero, y hacia un Partido Republicano que ha respaldado de hecho esa intentona y es muy probable que vuelva a hacerlo... Estados Unidos fue cruelmente atacado hace 20 años. Pero incluso entonces, la amenaza real contra todo lo que esta nación representa no procede de terroristas suicidas extranjeros sino de nuestra propia derecha política

 "Puede parecer terrible, pero bastante gente —en especial en los medios de comunicación— siente nostalgia por los meses que siguieron al 11-S. Algunos expertos añoran abiertamente el clima de unidad nacional que, imaginan ellos, imperaba en el país tras los atentados terroristas. Más sutilmente, yo tengo la sensación de que muchos extrañan los días en que la gran amenaza contra Estados Unidos parecía proceder de fanáticos extranjeros, y no de extremistas políticos internos.

 Pero ese dorado momento de unidad nunca existió; es un mito que tenemos que dejar de perpetuar si queremos entender el nefasto estado en que se encuentra la democracia estadounidense en la actualidad. 

Lo cierto es que, desde el principio, partes esenciales del cuerpo político del país vieron el 11-S no como un momento para buscar la unidad nacional, sino como una oportunidad que debían aprovechar para obtener ventaja política.

Y este cinismo ante el horror nos dice que, incluso cuando Estados Unidos se encontraba de verdad sometido a un ataque externo, los mayores peligros que afrontábamos ya eran internos.

 El Partido Republicano no era todavía autoritario de lleno, pero estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para obtener lo que quería, y desdeñaba la legitimidad de su oposición. Es decir, estábamos ya bien adentrados en la senda hacia la intentona golpista del 6 de enero, y hacia un Partido Republicano que ha respaldado de hecho esa intentona y es muy probable que vuelva a hacerlo.

 Ahora es de dominio público que la respuesta inmediata de algunos miembros del Gobierno de Bush al 11-S fue utilizarlo como excusa para un proyecto que no guardaba relación: la invasión de Irak. “Barredlo todo, lo que tenga relación y lo que no”, dijo Donald Rumsfeld, el secretario de Defensa, a sus ayudantes mientras el Pentágono todavía estaba ardiendo.

Y algunos medios de comunicación acabaron reconociendo el haber ayudado a los que defendían la guerra a aprovechar la atrocidad. The New York Times, en concreto, publicó un mea culpa extenso y sincero.

Pero la explotación del 11-S por gente que quería una guerra más amplia —y la venta de esa guerra con pretextos falsos, lo cual debería haberse considerado un abuso imperdonable de la confianza de los ciudadanos— ha desaparecido del relato oficial. Y apenas se oye nada acerca de la forma paralela en que se aprovechó el terrorismo para lograr objetivos políticos internos.

 la cúpula republicana respondió a un atentado terrorista intentando que se aprobaran… rebajas fiscales para ricos y grandes empresas. De hecho, el presidente del Comité de Medios y Arbitrios de la Cámara de Representantes propuso rebajar el impuesto sobre plusvalías cuando todavía no habían transcurrido ni siquiera 48 horas desde el colapso de las torres gemelas.

Más tarde, Tom DeLay, jefe de disciplina de los republicanos en la Cámara de Representantes, declararía que “nada es más importante en tiempos de guerra que bajar impuestos”. Y en mayo de 2003, los republicanos aprovecharon el espejismo de victoria en Irak aprobando fuertes recortes en los tipos fiscales aplicados a los incrementos de patrimonio y a los dividendos.

No olvidemos tampoco cómo se manejó la ocupación de Irak. La construcción de un país es un proyecto inmensamente difícil, que debería haber atraído a la gente más brillante y preparada que Estados Unidos pudiera ofrecer. Sin embargo, el Gobierno de Bush trató la ocupación como una oportunidad para el clientelismo, una forma de recompensar a los partidarios políticos; a algunos aspirantes les preguntaron su opinión sobre la sentencia de la causa Roe v. Wade [que despenalizó el aborto] y a otros, qué habían votado en 2000.

En resumen, cuando los terroristas perpetraron los atentados, el Partido Republicano ya no era un partido político normal, de los que se consideran un mero custodio temporal de los intereses nacionales más amplios. Ya estaba dispuesto a hacer cosas que con anterioridad habrían parecido inconcebibles.

 En 2003 declaré que el Partido Republicano estaba dominado por “un movimiento cuyos líderes no aceptan la legitimidad de nuestro sistema político actual”. Pero muchos no quisieron oírlo. A quienes intentamos señalar los abusos en tiempo real nos tildaron de “estridentes” y “alarmistas”. Sin embargo, los alarmistas hemos tenido razón en todo momento. (...)

Pero no es una casualidad que los republicanos de hoy hayan abandonado la tolerancia y el respeto por la democracia. Hace ya mucho que nos dirigíamos adonde estamos ahora, con la democracia pendiendo de un hilo.

Estados Unidos fue cruelmente atacado hace 20 años. Pero incluso entonces, la llamada más importante provenía del interior. La amenaza real contra todo lo que esta nación representa no procede de terroristas suicidas extranjeros sino de nuestra propia derecha política."                  (Paul Krugman es premio Nobel de Economía, El País, 11/09/21)

16.9.21

Se cumplen veinte años de ese once de septiembre... la guerra contra el terror, empezó ese 11 de septiembre. Veinte años después, con el fin de la ocupación de Afganistán, esa guerra ha terminado en derrota... El 11-S podía horrorizar a un país y causar un impacto traumático en los que lo sufrieron, pero no tenía por qué definir una era... Estados Unidos permitió, y lo hizo de forma consciente y voluntaria, que las acciones de un puñado de chalados suicidas decidieran en qué mundo íbamos a vivir a partir de entonces... Trump y la oleada de populismo demagogo, xenófobo y racista en occidente, son hijos del 11-S y de quienes lo utilizaron para gobernar... pudo haber sido diferente, la “era del 11-S” no era inevitable... se pudo haber llevado a los terroristas a la justicia. Ni eje del mal, ni choque de civilizaciones, ni cruzadas, ni la batalla moral de nuestro tiempo, ni nada por el estilo. Simplemente buscar, capturar, y ejecutar sumarísimamente a los culpables. Entrar en Afganistán, detener a los malos, irse, con objetivos limitados y tonterías las justas

"Mañana se cumplen veinte años de ese once de septiembre. No creo que nadie que estuviera vivo entonces haya olvidado dónde estaba cuando se enteró. Fueron días de estar sentados atónitos ante el televisor, esperando noticias. De horror ante lo sucedido y temor ante lo que podría suceder.

El aniversario del 11-S este año es más importante, más allá de los números redondos. La caída de Kabul el mes pasado ha hecho que los eventos de ese día, y lo que vino después, tengan al fin un arco narrativo, un principio y un fin. La era del terrorismo, la guerra contra el terror, empezó ese 11 de septiembre. Veinte años después, con el fin de la ocupación de Afganistán, esa guerra ha terminado en derrota.(...)

El ataque

El ataque contra el Pentágono y las torres gemelas fue inaudito, casi impensable, irreal. Nunca nadie se había atrevido a hacer algo así*; nunca esperábamos que pudiera suceder. Fue, además, una catástrofe televisada, irreal; un atentado en el centro de las dos ciudades con más cámaras y reporteros del mundo. Un horror compartido.

El hecho de que fuera un suceso extraordinario, sin embargo, no implicaba necesariamente que tuviera que marcar un antes y un después. El 11-S podía horrorizar a un país y causar un impacto traumático en los que lo sufrieron, pero no tenía por qué definir una era. Lo que vimos, sin embargo, es que Estados Unidos permitió, y lo hizo de forma consciente y voluntaria, que las acciones de un puñado de chalados suicidas decidieran en qué mundo íbamos a vivir a partir de entonces.

Imaginad un mundo alternativo en el que un condado de Florida no diseña una papeleta electoral que hace que miles de viejecitos voten accidentalmente a Pat Buchanan, y Al Gore es elegido presidente. (...)

El 11-S fue un horror, pero no representaba una amenaza existencial, ni para Estados Unidos ni para occidente.

La respuesta


Al Gore (o diantre, George W. Bush. Nadie le obligó a responder como lo hizo) tras los atentados, podría haber hablado sobre que era necesario llevar a los terroristas a la justicia. Ni eje del mal, ni choque de civilizaciones, ni cruzadas, ni la batalla moral de nuestro tiempo, ni nada por el estilo. Simplemente buscar, capturar, y ejecutar sumarísimamente a los culpables. Entrar en Afganistán, detener a los malos, irse, con objetivos limitados y tonterías las justas. Si se escapan, seguir buscando. Asumir que el terrorismo es horrible pero que es la estrategia de los débiles para provocar una reacción desmesurada de los fuertes.

Y no caer en la trampa.

Un mundo en que esto hubiera sucedido es un mundo donde no hay invasión de Irak, ni guerra civil en Siria o en Libia. No tenemos media docena de guerras de baja intensidad por medio mundo, con comandos occidentales pegando tiros. Pero no es sólo eso; es un mundo donde la política de Estados Unidos no se define entre un conflicto entre “patriotas” y gente que es “débil contra el terrorismo”. Es un mundo donde el partido republicano pasa de tener un candidato que habla castellano (mal) durante la campaña y defiende regularizar inmigrantes a ser un partido que define absolutamente todo en base a criterios de seguridad nacional. Es un mundo donde el enorme, gigantesco aparato policial-militar nacido del 11-S no alcanza las proporciones elefantinas actuales, y donde la política exterior del país no se convierte en una guerra eterna dirigida por megalómanos incompetentes.

La “era del 11-S” no era inevitable. Bush, Cheney, Rumsfeld, Wolfowitz y el resto de tarados al mando decidieron que el 11-S marcaría una época, y lo hicieron ante otras alternativas posibles, realistas, y sensatas. Ese otoño, los líderes del país podrían haber tomado cualquier curso de acción que hubieran querido sin coste político alguno y el mundo les hubiera seguido sin rechistar. Escogieron la invasión y ocupación de Afganistán e Irak, los secuestros, las torturas, la Patriot Act y demás, usando el 11-S como excusa para impulsar su agenda.

Y todas estas decisiones, o casi todas, fueron completamente erróneas.

La locura

Dejando de lado la atroz incompetencia de la administración Bush y sus sucesores, la parte más grave y triste de esta época fue cómo permitimos que el 11-S tuviera consecuencias políticas, que definiera el tablero de juego. Recordad las freedom fries, las acusaciones de traición, la exigencia inamovible de respetar las fuerzas armadas y nuestros héroes; el patriotismo atonal, enajenado de la invasión de Irak.

Trump y la oleada de populismo demagogo, xenófobo y racista en occidente, son hijos del 11-S y de quienes lo utilizaron para gobernar. Hay un hilo directo entre la política del miedo de la era Bush, de “proteger nuestras fronteras” y de complots terroristas y la paranoia contra inmigrantes, woke y otros enemigos de occidente del trumpismo. Las amenazas son distintas, las apelaciones al miedo no han variado. La guerra para llevar la libertad y democracia al mundo árabe terminó con un tipo disfrazado de shaman asaltando el Capitolio en una insurrección de pandereta.

La tragedia del 11-S fue que los terroristas no sólo consiguieron sus objetivos, sino que quienes llevamos a la práctica su agenda fuimos nosotros mismos. Estados Unidos abrazó sus miedos, y estos le derrotaron.

Epílogo

El epílogo de esta guerra, y de esta historia, está aún por escribir. Joe Biden parece ser consciente que es necesario que Estados Unidos escape de la sombra de las torres gemelas. La imagen de decadencia del país, dentro y fuera de sus fronteras, es el resultado de años de errores y despilfarro, de rencor y miedo, fruto de ese día.

Los atentados hace 20 años no crearon las divisiones en este país, ciertamente. La política del miedo, del temor, de la desconfianza, de pánico y sombras de la era del 11-S no va a desaparecer tras haber dejado atrás a Irak, Afganistán, y el resto de las guerras. Y más cuando los comentaristas en Washington siguen obcecados en eternizarlas.

Sin embargo, soy relativamente optimista. La era del 11-S tiene bastante de generacional; sus responsables ansiaban una new American Century, seguir con la hegemonía global del país. Los que han crecido a la sombra del 11-S son los hijos del cinismo de los años noventa y las calamidades recurrentes de Irak, la gran depresión y la pandemia. Los nuevos líderes de Estados Unidos no han vivido en tiempos de gloria, sino de dudas y fracasos; de consecuencias de las decisiones de sus padres.

El país necesita nuevas prioridades. Quizás sea capaz de definirlas.(...)"        (Roger Senserrich, Four freedom, 10/09/21)

14.9.21

El ánimo colectivo en Estados Unidos cambió del estupor y el horror a la rabia y el ansia de venganza... Cualquier extranjero que no agitara las barras y las estrellas se había convertido en un potencial enemigo y convenía someterle a aislamiento... El furor de los “buenos americanos” obtuvo eco en la prensa, incluyendo la más solvente, dentro de Estados Unidos y fuera... En el momento, sin embargo, los lectores pedían mentiras euforizantes o reconfortantes. Y ningún medio quería ser acusado de falta de patriotismo... hoy, Al Qaeda es más fuerte que nunca

 "Descarguemos de entrada la obviedad: el terror engendra terror. De aquello no podía salir nada bueno. Pero en ese momento apenas había tiempo para pensar. Era el momento del vértigo. (...)

Estarán tal vez hartos de recordar el 11 de septiembre de 2001. Les acompaño en el sentimiento. A mí también me fatiga. Sin embargo, ese día aún no ha terminado del todo y, por tanto, insistir en la jornada oscura tiene una cierta utilidad.

 En retrospectiva, ciertos detalles cobran sentido. Este antiguo corresponsal había asistido, dos días antes, a un desfile de modas en Nueva York. El diseñador mallorquín Miguel Adrover presentó una colección inspirada en gran medida en la vestimenta tradicional musulmana y obtuvo grandes aplausos. (...)

El 12 de septiembre, él y su ropa moruna eran exorcizados. Unos meses después, la empresa de Adrover estaba en quiebra y el diseñador, con un carro y un caballo, se ganaba el jornal paseando a turistas por Egipto. Su vida cambió, como tantas otras.Ni él ni nadie sabía aún lo que estaba por venir aquella mañana soleada de septiembre.  (...)

Tras el impacto de un tercer avión en el Pentágono, el Ejército se desplegó en torno a la Casa Blanca y el Capitolio. Se alzaron barreras con sacos terreros. Unos cuantos vehículos blindados intentaban apostarse en los accesos al corazón político de Estados Unidos, pero no había forma de moverse entre los miles de automóviles que bloqueaban las calles. La gente intentaba huir sin saber a dónde. Circulaban rumores apocalípticos acerca de decenas de otros aviones a punto de estrellarse y de la inminente destrucción de Washington.  (...)

Horas más tarde, el ánimo colectivo en Estados Unidos empezaba a mutar del estupor y el horror a la rabia y el ansia de venganza. Las televisiones emitían el desplome de los rascacielos e intercalaban imágenes de palestinos y ciudadanos de países árabes que celebraban los atentados. Era cuestión de señalar ya al enemigo, los musulmanes en general, encabezados por Osama bin Laden, fundador de Al Qaeda y supuestamente oculto en Afganistán.

Si uno lograba distanciarse un poco, podía comprender. La orgullosa superpotencia sufría una humillación inesperada y quienes habían sufrido la bota del imperio creían disfrutar de una revancha. (...)

Al día siguiente, o al otro, la casa del antiguo corresponsal (Military Road, Rock Creek Park, un suburbio de clase media) era la única de la calle que no exhibía la bandera estadounidense y, por tanto, quedaba excluida del fervor patriótico con que los vecinos se abrazaban unos a otros. Cuando llegó Halloween, fue la única casa de la calle que los niños evitaron en su periplo de trick or treat (truco o trato). Cualquier extranjero que no agitara las barras y las estrellas se había convertido en un potencial enemigo y convenía someterle a aislamiento.  

Ahora nos parece que la Administración de Donald Trump es lo más estrambótico que ha pasado por la Casa Blanca. Pero no es así. George W. Bush, el presidente que fue presidente gracias a unos jueces supremos nombrados por su padre (George H. Bush) y a unos votos dudosos que su hermano (Jeb Bush, gobernador de Florida) dio por buenos, se había rodeado de tipos siniestros. 

El vicepresidente Dick Cheney, el secretario de Defensa Donald Rumsfeld y el subsecretario Paul Wolfowitz alentaron a conciencia el rencor que ardía en el corazón del americano medio e inventaron una Guerra contra el Terror que, además de causar centenares de miles de muertes, emponzoñó la democracia estadounidense. 

Guantánamo, las detenciones arbitrarias en terceros países, el uso sistemático de la tortura, el fomento del racismo, la islamofobia, la mentira, la estupidez, el delirio patriótico, compusieron la herencia que dejó George W. Bush. Trump se limitó a hacer un uso intensivo de ese legado.

Resulta curiosa la figura de la víctima por delegación. Meses después de los atentados, el antiguo corresponsal almorzó con Lou Reed y surgió la cuestión de las consecuencias del 11 de septiembre. (...)

Reed, (...) dijo sentirse sorprendido por el hecho de que Nueva York, la ciudad que más había sufrido, con las ruinas del World Trade Center aún humeando y con miles de pedacitos de cadáver pendientes de identificación, estuviera ya recuperándose del trauma emocional, y en cambio en el interior del país, donde no había ocurrido nada, no dejaran de crecer el resentimiento y la convicción de que la condición de víctima da derecho a cometer cualquier barbaridad.

 Eso lo hemos visto también en otros lugares. Si la víctima real se resiste a odiar tanto como debiera, las víctimas imaginarias la consideran traidora. (...)

El furor de los “buenos americanos” obtuvo eco en la prensa, incluyendo la más solvente, dentro de Estados Unidos y fuera. Años después, The New York Times tuvo que pedir perdón a sus lectores por las mentiras que había publicado (firmadas por Judith Miller y por otros) para allanar el camino hacia la guerra y la venganza. Las armas de destrucción masiva, la participación de Sadam Husein en los atentados, ese tipo de cosas. 

En el momento, sin embargo, los lectores pedían mentiras euforizantes o reconfortantes. Y ningún medio quería ser acusado de falta de patriotismo. Estados Unidos iba a acabar con el terrorismo islámico y a establecer democracias sólidas en Afganistán e Irak. No había discusión posible.

Veinte años después, el cadáver de Osama bin Laden yace en el fondo del mar. Los talibanes derrotados en 2001 han recuperado el poder en Afganistán y han asistido a la huida vergonzante de Estados Unidos y sus aliados; tanta guerra, tantos muertos y tanto dinero malgastado, para volver al punto de partida. De las ruinas del Irak invadido y ocupado surgió un nuevo fanatismo, el Estado Islámico o ISIS, robustecido en la guerra de Siria. Al Qaeda es más fuerte que nunca. 

El terror islamista se extiende por África. Madrid, Londres, París y otras ciudades han padecido ataques brutales. Y cualquier día un nuevo atentado atroz herirá otra vez el alma occidental.

El 11 de septiembre de 2001 sigue siendo, hasta cierto punto, hoy mismo."                  (Enric González, El País, 12/09/21)

26.8.21

James K. Galbraith: la guerra, de principio a fin, tuvo que ver con la política, no en Afganistán sino en Estados Unidos... Los dirigentes talibanes de Afganistán no fueron acusados de haber participado en los atentados del 11/9... la invasión de 2001 rescató la presidencia mancillada de George W. Bush... Obama la apoyó para equilibrar su oposición a la guerra en Irak... mientras buscaba victorias llamativas en otras partes, en Libia, Siria y Ucrania. Ninguna resultó bien... ¿Y ahora qué? Desde Vietnam y el suroeste de Asia hasta el Golfo Pérsico, el imperio norteamericano ha sido derrotado, y se ha desgastado tan a fondo como el imperio británico y el francés a comienzos de 1960... es el momento de reconocer que el gigantesco y expansivo poder militar estadounidense ya no cumple ningún propósito que pueda justificar su costo

 " Ahora que tantas verdades tristes sobre Afganistán están saliendo a la luz, hasta en los principales medios, permítanme agregar una más: la guerra, desde principio a fin, tuvo que ver con la política, no en Afganistán sino en Estados Unidos. 

 Afganistán siempre fue una atracción secundaria. Según el relato oficial, los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 fueron lanzados desde suelo norteamericano, por gente que se había entrenado en Florida. La mayoría de los perpetradores identificados eran sauditas. El líder de Al Qaeda, Osama bin Laden, fijó su base en Afganistán después de abandonar Sudán; pronto pasó a Pakistán, donde se quedó por el resto de su vida. Los dirigentes talibanes de Afganistán no fueron acusados de haber participado en los atentados del 11/9. 

Pero la invasión de 2001 fue rápida y aparentemente decisiva. Y así rescató la presidencia mancillada de George W. Bush, que justo en ese momento tambaleaba por una deserción (de James Jeffords de Vermont) que había costado el control republicano del Senado. La aprobación de Bush se disparó a 90% y luego declinó de manera sostenida, aunque dos impulsos adicionales –luego de la invasión de Irak en marzo de 2003 y la captura de Saddam Hussein en diciembre- le permitieron ganar, por escaso margen, la elección de 2004. 

Los votantes norteamericanos no son los únicos en recompensar las victorias rápidas, fáciles y de bajo costo. Pero no les gustan las peleas largas sin objetivos en montañas distantes del otro lado del mundo. Y odian especialmente las imágenes y relatos de los muertos, los heridos, los traumatizados y los deprimidos. Hay que reconocer que esta visión no parece verse afectada por los números; en todo caso, las vidas de los soldados norteamericanos se vuelven más preciadas y sus pérdidas calan más hondo, en tanto el conflicto se desvanece y la cantidad de muertes baja. 

 En 2009, el presidente Barack Obama heredó una guerra afgana con la cual no tenía nada que ganar, pero que apoyó por una cuestión política: para equilibrar su oposición a la guerra en Irak. Obama prácticamente no obtuvo ningún beneficio con el asesinato de Bin Laden en mayo de 2011; su índice de aprobación rebotó durante apenas un mes. Su mejor jugada fue mantener a Afganistán fuera de las noticias, lo que implicaba no perder mientras buscaba victorias llamativas en otras partes –en Libia, Siria y Ucrania-. Ninguna resultó bien.

 Luego de Obama, el presidente Donald Trump aprovechó el estado de ánimo desencantado de Estados Unidos frente a todas estas pequeñas guerras espléndidas. Es verdad, el Estado Islámico había surgido en los tiempos de Trump. Pero EI sirvió como un blanco fácil, especialmente si a uno no le importaba destruir ciudades enteras (Mosul y Raqqa) con poder aéreo. Las guerras de Trump, tal como sucedieron, no le aportaron nada políticamente, y él lo sabía.

 De modo que fue Trump el que negoció la rendición estadounidense en Afganistán, trasladando el acto final a su segundo mandato –o, como pasó, al de su sucesor-. El presidente Joe Biden, frente a la alternativa de otra escalada, optó por recibir el impacto y recortar sus pérdidas. Eso también, seguramente sabremos, se trató de una decisión basada esencialmente en la política. A veces, el cálculo político doméstico también es lo que hay que hacer.

 ¿Y ahora qué? Desde Vietnam y el suroeste de Asia hasta el Golfo Pérsico, el imperio norteamericano ha sido derrotado, se ha estancado y se ha desgastado tan a fondo como el imperio británico y el francés a comienzos de los años 1960. A estas alturas, haría falta una provocación mucho más devastadora que los atentados del 11/9 para movilizar a los votantes norteamericanos para más de lo mismo. 

Suponiendo y esperando que no haya ninguna provocación de ese tipo, hoy es posible que la audiencia de los defensores del intervencionismo (como los columnistas Thomas Friedman y David Brooks, y las decisoras políticas Samantha Power Y Victoria Nuland, entre muchos otros) se desvanezca. Uno de estos defensores, Michael Rubin del Instituto Americano de Empresas, sostiene que la caída de Afganistán también representa el fin de la OTAN

 Después de todo, arguye, ¿quién cree todavía que Estados Unidos iría a una guerra por Lituania? Rubin tiene razón en este punto, y eso también es algo bueno. Los estados bálticos –todos pertenecientes a la Unión Europea- no enfrentan ninguna amenaza real y se llevarán muy bien sin la OTAN.

 Un cálculo similar se aplica a Taiwán –país con el cual Estados Unidos no tiene ningún compromiso militar formal- y quizá también a Corea del Sur, donde sí lo tiene. Los líderes de ambos países tal vez ahora ajusten sus cálculos políticos. Eso podría llevar a una estabilización de largo plazo de la relación a ambos lados del estrecho, y a una distensión muy esperada en la dividida Península de Corea. Mientras tanto, en América Latina, México está presionando por una región libre de sanciones y edificada sobre el principio de la no interferencia –como debe ser. 

 En el caso de Estados Unidos, éste es el momento de reconocer que el gigantesco y expansivo poder militar del país ya no cumple ningún propósito que pueda justificar su costo. Es el momento, finalmente, de desmovilizar tropas, decomisar embarcaciones, cancelar pedidos de aviones y bombarderos y desmantelar las ojivas nucleares y sus sistemas de suministro. 

Es el momento de tomar esos recursos y empezar a ocuparse de las verdaderas amenazas que enfrenta el país: mala salud pública, infraestructura decadente, creciente desigualdad e inseguridad económica y un desastre climático que exige la transformación en plena escala de los sectores de la energía, el transporte y la construcción. 

 En una visita a Moscú en 2018, un alto oficial de la Duma me dijo que la recuperación post-soviética de Rusia comenzó con la decisión en 1992 de recortar el gasto militar un 75%, abriendo el camino para una eventual reconstrucción doméstica, y hasta para la creación de una fuerza militar que verdaderamente satisfaga las necesidades de seguridad contemporáneas de Rusia. Algo similar está sucediendo en Estados Unidos. Dado el estado de ánimo actual de los norteamericanos y las verdades que están saliendo a la luz hoy, aceptar al mundo tal cual es también podría resultar políticamente astuto."            (