Mostrando entradas con la etiqueta b. Política de Trump: efectos politicos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta b. Política de Trump: efectos politicos. Mostrar todas las entradas

17.7.26

El salvaje plan de Trump y Rubio para asfixiar al Tribunal Penal Internacional... el gobierno de Donald Trump activó una ofensiva sin precedentes diseñada para desarmar el blindaje legal del tribunal y garantizar la impunidad total de sus ciudadanos... Rubio fue tajante: “El TPI representa una amenaza intolerable para la soberanía estadounidense: se arroga la autoridad para procesar e incluso encarcelar a militares y funcionarios estadounidenses que actúan en defensa del interés nacional de Estados Unidos”... La consigna de la Casa Blanca es blindar por completo a sus tropas, espías y altos cargos, cerrando cualquier resquicio legal que permita a la justicia internacional sentar a un estadounidense en el banquillo de los acusados... La campaña contempla nuevas sanciones económicas contra los responsables del tribunal, prohibiciones de viaje, revocación de visados, restricciones a organizaciones vinculadas a la Corte y una intensa presión diplomática sobre gobiernos aliados para que abandonen el Estatuto de Roma o rechacen expresamente cualquier intento del TPI de ejercer jurisdicción sobre ciudadanos estadounidenses... Washington da un ultimátum: cualquier gobierno aliado que siga financiando o respaldando a La Haya mientras cobra cheques de asistencia estadounidense entrará directo en la lista negra de la Casa Blanca. No estamos ante un simple choque de tecnicismos legales; Donald Trump busca forzar una fractura global y coordinar un bloque internacional de contención que mutile definitivamente el alcance de la justicia transnacional (Diego Tudares)

"La Administración Trump busca aislar al tribunal, endurecer las sanciones contra sus responsables y convencer a los aliados de Washington de que abandonen el organismo para “acabar con sus abusos” contra ciudadanos estadounidenses.

La histórica fricción entre Washington y La Haya ha derivado en una guerra abierta. Dispuesto a pulverizar el margen de maniobra del Tribunal Penal Internacional (TPI), el gobierno de Donald Trump activó una ofensiva sin precedentes diseñada para desarmar el blindaje legal del tribunal y garantizar la impunidad total de sus ciudadanos. La consigna de la Casa Blanca es blindar por completo a sus tropas, espías y altos cargos, cerrando cualquier resquicio legal que permita a la justicia internacional sentar a un estadounidense en el banquillo de los acusados.

El anuncio realizado por el secretario de Estado, Marco Rubio, confirma que Washington ya no pretende únicamente cuestionar la jurisdicción del TPI, sino reducir su influencia diplomática e institucional mediante sanciones, presión internacional y un aislamiento político coordinado.

Rubio presentó la iniciativa como una cuestión de defensa de la soberanía estadounidense. En su comunicado fue tajante: “El TPI representa una amenaza intolerable para la soberanía estadounidense: se arroga la autoridad para procesar e incluso encarcelar a militares y funcionarios estadounidenses que actúan en defensa del interés nacional de Estados Unidos”.

La campaña contempla un amplio abanico de medidas. Entre ellas figuran nuevas sanciones económicas contra responsables del tribunal, prohibiciones de viaje, revocación de visados, restricciones a organizaciones vinculadas a la Corte y una intensa presión diplomática sobre gobiernos aliados para que abandonen el Estatuto de Roma o rechacen expresamente cualquier intento del TPI de ejercer jurisdicción sobre ciudadanos estadounidenses.

Según responsables del Departamento de Estado, Washington también incrementará el escrutinio sobre aquellos países que reciben apoyo militar o de seguridad estadounidense pero continúan respaldando la autoridad de la Corte.

¿Por qué Estados Unidos ataca al TPI?

Aunque el actual enfrentamiento se produce bajo la presidencia de Trump, la desconfianza estadounidense hacia la Corte Penal Internacional no es nueva, ya que Estados Unidos nunca ratificó el Estatuto de Roma —el tratado que dio origen al TPI— precisamente porque sucesivas administraciones consideraron que el tribunal podía interferir en su soberanía nacional y en la actuación internacional de sus Fuerzas Armadas.

El principio defendido por Washington es claro: los militares y funcionarios estadounidenses deben responder únicamente ante el sistema judicial de Estados Unidos, no ante un tribunal internacional.

La embestida de Trump contra La Haya viene de lejos. Tras un primer mandato de abierta confrontación, la venganza contra el tribunal terminó de fraguarse en noviembre de 2024. Su reelección coincidió con el peor escenario para Washington: la Corte dictó una orden de arresto internacional contra Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel y principal aliado estadounidense. Aquel desafío judicial encendió las alarmas en el equipo de Trump, activando de inmediato un plan de represalias financieras y veto de visados para asfixiar a los magistrados del tribunal.

En marzo de 2020, la Fiscalía del tribunal abrió una investigación en Afganistán que incluía indicios de posibles crímenes por parte de las tropas estadounidenses. Sin embargo, desde 2021 ha dejado en un segundo plano el papel de EE UU y se ha centrado en los presuntos crímenes cometidos por el Gobierno afgano y las fuerzas talibanes.

El secretario de Estado afirmó que se está instando a las naciones que colaboran con las fuerzas de seguridad estadounidenses, albergan presencia militar estadounidense o se benefician de su paraguas de seguridad general a “rechazar la supuesta autoridad de la TPI para procesar a funcionarios y militares estadounidenses”.

Para la Administración Trump, ambos episodios demostraron que la Corte estaba ampliando progresivamente el alcance de sus competencias; ante esto, el secretario de Estado, Marco Rubio, endureció el discurso en un artículo publicado en The Wall Street Journal, donde definió a la institución como “un árbitro global sin rendición de cuentas» y aseguró: “Utilizando todos los recursos a disposición de nuestro gobierno, trabajando codo a codo con cada aliado con quien podamos unir fuerzas, desmantelaremos el TPI, paso a paso, si es necesario”.

En otra de las frases más contundentes de su ofensiva política afirmó: “Si nos quedamos de brazos cruzados, todos estaremos a merced de jueces extranjeros situados a miles de kilómetros de aquí, expuestos al riesgo constante de ser procesados, e incluso encarcelados, por el supuesto crimen de haber defendido su propio país”. Este lenguaje refleja un cambio de estrategia: ya no se trata únicamente de rechazar la competencia del tribunal, sino de intentar reducir activamente su legitimidad internacional.

La presión sobre los aliados

El Departamento de Estado pretende convencer a países socios —especialmente aquellos que mantienen estrechas relaciones militares con Washington o dependen de su paraguas de seguridad— para que cuestionen públicamente la autoridad del TPI respecto a ciudadanos estadounidenses.

El aviso de Washington es un ultimátum: cualquier gobierno aliado que siga financiando o respaldando a La Haya mientras cobra cheques de asistencia estadounidense entrará directo en la lista negra de la Casa Blanca. No estamos ante un simple choque de tecnicismos legales; Donald Trump busca forzar una fractura global y coordinar un bloque internacional de contención que mutile definitivamente el alcance de la justicia transnacional.

La controversia refleja dos concepciones muy distintas del derecho internacional, ya que, mientras el Tribunal Penal Internacional sostiene que puede actuar cuando un Estado no investiga o no quiere investigar presuntos crímenes de guerra, genocidio o delitos contra la humanidad, Estados Unidos considera, por el contrario, que ese principio no puede aplicarse a un país que nunca aceptó la jurisdicción de la Corte y dispone de un sistema judicial propio plenamente operativo.

Ese desacuerdo lleva más de dos décadas presente, aunque la actual Administración ha decidido convertirlo en uno de los ejes centrales de su política exterior.

Al mismo tiempo, una mayor presión estadounidense puede reforzar la división existente entre los países que defienden un sistema internacional de justicia penal con competencias amplias y aquellos que consideran que dichas competencias invaden la soberanía de los Estados.

Este zarpazo diplomático agarra a La Haya en su momento de mayor vulnerabilidad. El tribunal opera bajo máxima presión, con investigaciones abiertas en los polvorines más calientes del planeta, mientras su cúpula judicial ya sufre en carne propia el castigo de Washington: una grave crisis de legitimidad y presión política debido a las fuertes represalias y sanciones económicas aplicadas por Washington contra sus altos funcionarios, una situación de tensión institucional histórica que debilita la capacidad de la institución para avanzar de forma independiente en investigaciones de crímenes de guerra. "

(Diego Tudares , Other News, 16/07/26)

13.7.26

Trump destituye a dos miembros demócratas de la comisión electoral en su intento de reformar el voto en EEUU... Trump ha intentado repetidamente remodelar las normas de votación, aunque la Constitución de Estados Unidos otorga el control de las elecciones a los estados y no al presidente... la comisión se negó con anterioridad a modificar el formulario nacional de inscripción de votantes para exigir documentación de ciudadanía estadounidense a los solicitantes, como Trump instó en una amplia orden ejecutiva de marzo de 2025 sobre las elecciones en Estados Unidos... “El presidente Trump trata de desmantelar otra barrera independiente de nuestra democracia diseñada para mantener las elecciones justas y seguras”, señalaron el senador demócrata por California Alex Padilla (Bill Barrow)

"El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, destituyó a dos miembros de una comisión federal electoral bipartidista que se resistió a sus esfuerzos por exigir que los posibles votantes documenten su ciudadanía estadounidense antes de inscribirse.

La Casa Blanca confirmó el viernes la medida ejecutiva contra miembros de la Comisión de Asistencia Electoral (EAC, por sus siglas en inglés), que distribuye subvenciones federales a los estados, supervisa las pruebas de los sistemas de votación y mantiene el formulario nacional de inscripción de votantes.

Aunque es probable que la medida no tenga efectos importantes en las elecciones legislativas de mitad de mandato, que se realizarán en noviembre, es el ejemplo más reciente de los intentos del presidente republicano de ejercer la influencia de la Casa Blanca sobre cómo se llevan a cabo las elecciones en Estados Unidos, y es la primera prueba de su poder presidencial recientemente ampliado, después de que la Corte Suprema dictaminara hace poco que el mandatario puede despedir sin causa a miembros de juntas de agencias independientes.

“El presidente, y titular del Poder Ejecutivo, se reserva el derecho de destituir a personas que podrían no estar totalmente alineadas con la importante tarea de asegurar las elecciones de Estados Unidos y garantizar que se cuente cada voto legal. La decisión Slaughter otorga al presidente precedencia para hacerlo”, dijo la Casa Blanca a la AP.

El presidente destituyó a Thomas Hicks y Benjamin Hovland, los dos miembros demócratas de la comisión, que tiene cuatro puestos. La integrante republicana del panel, Christy McCormick, renunció. El excomisionado republicano Donald Palmer ya había dejado su cargo voluntariamente a principios de este año. Los cambios fueron informados primero por VoteBeat, un medio que cubre las elecciones y la votación en todo Estados Unidos,

Trump ha intentado repetidamente remodelar las normas de votación, aunque la Constitución de Estados Unidos otorga el control de las elecciones a los estados y no al presidente. Al citar esa separación de poderes, los tribunales han bloqueado la mayor parte de las dos órdenes ejecutivas de Trump que buscaban reformar la votación. El mandatario también ha iniciado una investigación acerca de su derrota en 2020, sobre la que sigue insistiendo falsamente que se debió a un fraude, y esta semana su gobierno amenazó a los estados si no intentaban eliminar de sus padrones electorales a personas que, según funcionarios federales, no son ciudadanas estadounidenses.

Aun así, Trump ha sido incapaz en gran medida de cambiar los procesos electorales por decreto, y David Becker, un exabogado del Departamento de Justicia que dirige el Center for Election Innovation & Research, señaló que su purga de la EAC no alteraría eso.

“Esto realmente no cambia nada sobre cómo se llevarán a cabo nuestras elecciones, y sobre cómo los estados garantizan con éxito la realización de elecciones seguras, convenientes y confiables”, escribió Becker el viernes por la mañana en la red social BlueSky.

Los críticos acusan a Trump de dañar la confianza de los votantes

En el Capitolio, los principales demócratas con responsabilidad de supervisión electoral afirmaron que Trump, en lugar de reforzar la integridad electoral en Estados Unidos, está politizando aún más el proceso de votación.

“El presidente Trump trata de desmantelar otra barrera independiente de nuestra democracia diseñada para mantener las elecciones justas y seguras”, señalaron el senador demócrata por California Alex Padilla y el representante demócrata por Nueva York Joe Morelle. “Depurar a los comisionados a pocos meses de las elecciones de mitad de mandato y recortar aún más el apoyo a nuestros funcionarios electorales estatales y locales es una parte descarada de su plan para politizar nuestras elecciones y permitir una interferencia electoral más ilegal y peligrosa”.

Padilla es el miembro de mayor rango del Comité de Reglas del Senado, y Morelle es el miembro de mayor rango del Comité de Administración de la Cámara de Representantes.

Los legisladores señalaron que la mayoría conservadora de la Corte Suprema posibilitó la medida de Trump con su decisión de “poner patas arriba décadas de poder ejecutivo para complacer al presidente”.

Hasta el viernes, el personal de la Comisión de Asistencia Electoral no había respondido a una solicitud de comentarios sobre el funcionamiento de la agencia en adelante.

Aunque en el comunicado de la Casa Blanca no se ofrece una razón específica para la acción de Trump, la comisión se negó con anterioridad a modificar el formulario nacional de inscripción de votantes para exigir documentación de ciudadanía estadounidense a los solicitantes, como Trump instó en una amplia orden ejecutiva de marzo de 2025 sobre las elecciones en Estados Unidos. Aunque el formulario en sí no exige documentos de ciudadanía, los materiales de inscripción de votantes de la agencia sí indican claramente que ya es ilegal afirmar falsamente que se tiene la ciudadanía estadounidense para votar.

Un juez federal bloqueó la orden al dictaminar que excedía la autoridad del presidente, ya que la Constitución de Estados Unidos otorga la autoridad sobre la administración y supervisión de las elecciones al Congreso y a los estados. El gobierno ha indicado que apelará.

Trump no ha dicho si elegirá nuevos miembros

No se sabe si Trump planea nominar nuevos miembros de inmediato o dejar los puestos vacantes, una medida que, a pocos meses de las elecciones de mitad de mandato, podría impedir que la agencia distribuya nuevas subvenciones a oficinas electorales estatales o locales y quizá complique su papel en la supervisión de las pruebas y la certificación de los sistemas de votación en todo el país.

“El gobierno ha trabajado desde el inicio en todas las agencias y con socios locales para proteger las elecciones contra el fraude y el abuso, e invertido en una infraestructura sólida para sostener esa misión, especialmente en las elecciones de mitad de mandato”, afirmó la Casa Blanca.

El Congreso creó la comisión como parte de la Ley Help America Vote, una norma bipartidista promulgada por el presidente republicano George W. Bush en 2002. La ley exige que la comisión incluya a dos demócratas y dos republicanos, nominados por el presidente y confirmados por el Senado. Hicks y McCormick fueron designados por el presidente Barack Obama. Trump nombró a Hovland durante su primera presidencia.

Según VoteBeat, Hicks y Hovland fueron notificados de su destitución mediante un correo electrónico firmado por Morgan DeWitt Snow, subdirector de personal presidencial en la Oficina Ejecutiva del presidente.

Siempre son posibles más batallas judiciales

Hicks y Hovland podrían impugnar sus destituciones, pero eso, en última instancia, podría requerir que la Corte Suprema vuelva a revisar dos decisiones que acaba de emitir sobre el poder del presidente sobre las agencias independientes.

El tribunal falló 6 a 3 el mes pasado en el caso de la exintegrante de la Comisión Federal de Comercio Rebecca Slaughter, al determinar que Trump tenía una amplia autoridad ejecutiva para despedir a designados políticos de agencias ejecutivas independientes. El presidente había despedido a Slaughter sin causa pese a una disposición de la ley federal que exigía un motivo y a un precedente de la Corte Suprema de casi un siglo que protegía a los jefes de agencias independientes de los caprichos presidenciales.

Los seis magistrados conservadores señalaron que las restricciones anteriores a las prerrogativas presidenciales violaban la separación de poderes de la Constitución. Esa lógica se extiende a otras agencias, entre ellas, la Junta Nacional de Relaciones Laborales, la Junta de Protección de Sistemas de Mérito y la Comisión de Seguridad de Productos del Consumidor, donde Trump también ha despedido a miembros de juntas.

En el caso separado de la integrante de la Junta de la Reserva Federal Lisa Cook, a quien Trump había intentado despedir, una mayoría de 5 a 4 se apartó de la decisión Slaughter y dictaminó que el presidente no podía despedir sin causa a los gobernadores del banco central. El presidente del tribunal, John Roberts, y el magistrado Brett Kavanaugh se alinearon con los tres liberales de la Corte en el caso Cook. Justificaron su excepción a su razonamiento de Slaughter al citar la estructura única del banco central como una institución cuasi privada, independiente pero creada por el Congreso, cuya “apariencia de independencia es clave para el diseño de la Reserva Federal” y para su papel en la fijación de la política monetaria que moldea la economía de Estados Unidos y del mundo." 

(BILL BARROW, , AP, 10/07/26)  

12.7.26

El Gobierno de EE UU llama a declarar a periodistas de ‘The New York Times’ para comparecer ante un gran jurado... el periódico considera el episodio una nueva demostración del afán de la Administración de Trump por “amenazar e intimidar” a los medios de comunicación independientes... A lo largo de su segundo mandato, Trump ha recurrido en varias ocasiones al poder de su Gobierno para hostigar a la prensa... contra periodistas de The Wall Street Journal y de The Washington Post, aunque acabó retirando las citaciones... y en enero, agentes del FBI registraron la vivienda de una periodista del Post, Hannah Natanson, e incautaron teléfonos, ordenadores y un reloj inteligente como parte de una investigación sobre el manejo de información clasificada por parte de un contratista... la Fundación para la Libertad de Prensa ha condenado la citación a los periodistas de The New York Times. “Cuando el Gobierno alega que necesita investigar a los periodistas para proteger la seguridad nacional, realmente se refiere a proteger la seguridad de su propia reputación (Macarena Vidal Liy)

"La Administración de Donald Trump ha llamado a declarar a cuatro periodistas del periódico The New York Times después de que este publicara informaciones que revelaban las preocupaciones de seguridad en torno al nuevo avión presidencial Air Force One, regalo de Qatar, según ha informado el propio medio de comunicación. Los reporteros recibieron el viernes la orden del Departamento de Justicia de comparecer ante un gran jurado en Manhattan el próximo miércoles.

En algunos casos, agentes federales se personaron directamente en las viviendas de los periodistas afectados —Julian E. Barnes, Eric Schmitt, Tyler Pager y Eric Lipton— para entregarles la citación judicial, apunta el periódico, que considera el episodio una nueva demostración del afán de la Administración de Trump por “amenazar e intimidar” a los medios de comunicación independientes.

“La comparecencia de agentes federales del orden en las puertas de las casas de periodistas debería sacudir la conciencia de cualquier estadounidense que crea en la Constitución y la libertad de prensa que ésta protege”, ha declarado el abogado del medio, David McCraw, en un comunicado. A su vez, el Departamento de Justicia indicó que las citaciones se relacionan con una investigación sobre “violaciones de la seguridad nacional”.

“Los periodistas no son los objetivos (de esa investigación); lo son quienes están filtrando esa información”, ha indicado el organismo en un comunicado. “No vamos a hacer caso omiso de la ley ni dejar de investigar a la gente que trabaja para el Estado y cree que está bien filtrar información clasificada que afecta a la seguridad nacional”, ha agregado.

Qatar regaló a Trump el avión, valorado en unos 400 millones de dólares, el año pasado. El Pentágono se hizo cargo del obsequio —que según la Casa Blanca no viola las leyes que prohíben a los altos cargos y a los funcionarios federales aceptar objetos de valor ofrecidos por gobiernos extranjeros— para adecuar el Boeing a los estrictos requisitos de seguridad de un medio de transporte presidencial y para verificar que no se hubieran introducido en él vías de posible espionaje.

Después de presentarlo a la prensa en un acto en la base aérea de Andrews, en las afueras de Washington, Trump lo estrenó el pasado día 1, en un viaje a Dakota del Norte. Esta semana el presidente voló en él a Ankara, la capital turca, para participar en la cumbre de la OTAN. Pero regresó a Washington en el Air Force One antiguo, lo que desató las conjeturas sobre los motivos que habían llevado a esa decisión.

El retorno en el modelo antiguo, el miércoles, se produjo en momentos de gran tensión entre Estados Unidos e Irán, que intercambiaban fuego mientras Trump proclamaba “terminada” la tregua que ambos países habían pactado mientras negocian un acuerdo definitivo para poner fin a la guerra. Irán es fronterizo con Turquía.

El Times publicó entonces, citando fuentes anónimas, que el nuevo Air Force One no está dotado de dispositivos antimisiles ni de otras capacidades protectoras, como sí lo están los modelos anteriores. Según el periódico, el regreso en el avión presidencial antiguo se hizo a petición del Servicio Secreto, el cuerpo encargado de la protección presidencial.

Preguntado por los periodistas que le acompañaban en ese vuelo, Trump negó que el cambio se debiera a razones de seguridad, y declaró que se había decidido dejar el avión nuevo en una base militar estadounidense en el Reino Unido como un detalle para los soldados ahí destinados, para que lo pudieran admirar. El mandatario tampoco quiso responder si Irán había formulado alguna amenaza creíble contra la aeronave presidencial. “Yo estoy amenazado constantemente”, dijo. “Soy el primero en su lista [de Irán]”.

La Casa Blanca también ha negado que haya problemas de seguridad en el avión recién estrenado. “Está dotado de protocolos de seguridad de alto nivel que garantizan la seguridad del presidente y de su personal”, declaró el director de comunicaciones de la Casa Blanca, Steven Cheung, en un comunicado.

Antes de la publicación del artículo el miércoles, un alto cargo del FBI se había puesto en contacto con un periodista y con un responsable del diario para pedir que no se publicara la noticia, con el argumento de la protección de la seguridad nacional. El alto cargo también pidió al periódico que revelara sus fuentes, algo que el Times se negó a hacer.

Otras investigaciones

A lo largo de su segundo mandato, Trump ha recurrido en varias ocasiones al poder de su Gobierno para hostigar a la prensa. A principios de este año, el Departamento de Justicia intentó obligar a declarar a periodistas de The Wall Street Journal y de The Washington Post, aunque acabó retirando las citaciones después de que ambos medios presentaran alegatos bajo secreto de sumario.

En enero, agentes del FBI registraron la vivienda de una periodista del Post, Hannah Natanson, e incautaron teléfonos, ordenadores y un reloj inteligente como parte de una investigación sobre el manejo de información clasificada por parte de un contratista. Natanson había dedicado meses a hablar con empleados federales para cubrir las medidas de la Administración de Trump para reducir la fuerza laboral pública.

En un comunicado, la Fundación para la Libertad de Prensa ha condenado la citación a los periodistas de The New York Times. “Cuando el Gobierno alega que necesita investigar a los periodistas para proteger la seguridad nacional, realmente se refiere a proteger la seguridad de su propia reputación”. “La vergüenza de la Administración” por los posibles problemas de seguridad del avión nuevo “no se antepone a la necesidad de una prensa libre e independiente”, ha agregado la institución." 

(Macarena Vidal Liy , El País, 11/07/26)

7.7.26

Reed Brody, ex-fiscal de Nueva York: Las elecciones de noviembre podrían privar a Donald Trump del control absoluto de Washington. Y es precisamente por eso por lo que las propias elecciones se han convertido en un objetivo político... Trump ya ha advertido de que solo aceptará los resultados de noviembre si considera que las elecciones han sido “honestas”... ¿Qué puede ocurrir? Que acusaciones infundadas de fraude sirvan para justificar nuevas intervenciones federales. Que ciudadanos armados aparezcan para “vigilar” colegios electorales. Que Steve Bannon vea cumplida su promesa de “rodear los colegios electorales con el ICE”. Que el Departamento de Justicia bloquee la certificación de comicios decisivos incautando las papeletas, con el pretexto de investigar “irregularidades”... El peligro no es un fraude masivo. Es una niebla organizada... El 11 de junio, más de un centenar de agentes del FBI irrumpieron en las oficinas de la Ohio Organizing Collaborative (Coordinadora de Organización de Ohio), en Cleveland, y en los domicilios de sus responsables. Esta asociación ayuda, entre otras cosas, a inscribir en el censo electoral a habitantes de barrios desfavorecidos. Su finalidad no era tanto encontrar pruebas como sembrar miedo: recordar a quienes inscriben votantes, y a quienes votan, que participar tiene un precio... Trump ha presionado a Estados gobernados por republicanos para el rediseño partidista de los distritos electorales... Trump pidió, sin éxito, a los republicanos del Congreso que “nacionalizaran” el voto, aunque la Constitución reserva la organización de las elecciones a los Estados. La Cámara de Representantes sí aprobó la Ley de Salvaguardia de la Idoneidad del Votante Estadounidense (SAVE Act), que exigiría una prueba documental de ciudadanía para registrarse como votante. Millones de estadounidenses carecen de ella

 "Las elecciones de mitad de mandato siempre han sido una prueba importante para cualquier presidente de los Estados Unidos. Funcionan como un referéndum sobre el poder en ejercicio y, a menudo, corrigen el rumbo político del país. Pero las del próximo 3 de noviembre tienen una importancia distinta.

Para millones de estadounidenses, representan una de las últimas oportunidades de imponer límites democráticos a un presidente que ha dedicado el último año y medio a debilitar precisamente las instituciones llamadas a controlarlo. Los tribunales siguen resistiendo en ocasiones. Los Estados conservan importantes espacios de autonomía. La sociedad civil está cada vez más movilizada. Pero el instrumento de control más poderoso sigue siendo el voto.

Las elecciones de noviembre podrían privar a Donald Trump del control absoluto de Washington, reactivar la supervisión del Congreso y devolver parte del equilibrio perdido al sistema político estadounidense. Y es precisamente por eso por lo que las propias elecciones se han convertido en un objetivo político.

El 11 de junio, más de un centenar de agentes del FBI irrumpieron en las oficinas de la Ohio Organizing Collaborative (Coordinadora de Organización de Ohio), en Cleveland, y en los domicilios de sus responsables. Esta asociación ayuda, entre otras cosas, a inscribir en el censo electoral a habitantes de barrios desfavorecidos. Los agentes se incautaron de ordenadores, exhibieron citaciones e interrogaron a voluntarios. No era un episodio aislado, sino una manifestación más de una tendencia de fondo. Su finalidad no era tanto encontrar pruebas como sembrar miedo: recordar a quienes inscriben votantes, y a quienes votan, que participar tiene un precio.

Las elecciones de mitad de mandato suelen castigar al partido que ocupa la Casa Blanca. Trump lo sabe bien: en 2018 los demócratas ganaron 40 escaños y recuperaron la Cámara de Representantes. Con una popularidad por los suelos, la inflación al alza y una guerra que no convence, la posibilidad de una derrota electoral es real. De ahí los esfuerzos por reducir la incertidumbre del voto mediante ventajas construidas de antemano.

Una de ellas es el rediseño partidista de los distritos electorales. Trump ha presionado a Estados gobernados por republicanos para reforzar su ventaja estructural, mientras los demócratas han respondido en algunos lugares, como California, con estrategias similares. El resultado es un sistema cada vez menos competitivo y una ventaja inicial de alrededor de una decena de escaños para los republicanos.

La Administración busca también modificar las reglas electorales. En febrero, Trump pidió, sin éxito, a los republicanos del Congreso que “nacionalizaran” el voto, aunque la Constitución reserva la organización de las elecciones a los Estados. La Cámara de Representantes sí aprobó la Ley de Salvaguardia de la Idoneidad del Votante Estadounidense (SAVE Act), que exigiría una prueba documental de ciudadanía para registrarse como votante. Millones de estadounidenses carecen de ella. Por ahora, la medida sigue bloqueada en el Senado, pero Trump no renuncia: ha hecho de la sospecha sobre el voto un instrumento de poder.

He dedicado mi carrera a perseguir a dictadores y a documentar cómo se degradan las democracias. He aprendido que el desmantelamiento rara vez llega de golpe: avanza paso a paso, hasta que un día lo irreversible parece normal. Lo que ocurre hoy en mi país no son episodios sueltos, sino un patrón que conozco bien.

Conviene recordar lo ocurrido en 2020. Tras perder las elecciones, Trump intentó mantenerse en el poder mediante una combinación de presiones políticas, falsos compromisarios y campañas de desinformación que culminaron en el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021. Aquel esfuerzo fracasó porque los contrapesos institucionales resistieron. Pero muchos de los funcionarios, fiscales y responsables de seguridad electoral que desempeñaron entonces un papel decisivo han sido apartados o sustituidos por personas leales al presidente.

Como ocurrió en 2020, el problema ya no es solo la competencia electoral. Es la creciente disposición a considerar ilegítimo cualquier resultado adverso. El escenario se repite. En Atlanta (Georgia), el FBI incautó a finales de enero las papeletas de 2020 del condado de Fulton, bastión demócrata, y ha destinado 260 analistas a esa investigación “prioritaria”.

Trump persigue un doble objetivo: alimentar el mito fundacional de una elección robada y, desde ahí, minar la confianza en las siguientes.

En Míchigan, el Departamento de Justicia multiplica las peticiones de documentos electorales. En California, el fiscal nombrado por Trump abrió investigaciones por supuesto fraude tras las elecciones primarias en junio.

Al mismo tiempo, la Administración intenta obligar a los Estados a entregar sus registros electorales, un paso hacia la creación de una base de datos nacional de votantes que dictaría quién tiene derecho a votar.

Trump ya ha advertido de que solo aceptará los resultados de noviembre si considera que las elecciones han sido “honestas”. Y citó Detroit, Filadelfia y Atlanta, tres ciudades demócratas de Estados decisivos que hoy se encuentran en el punto de mira federal.

¿Qué puede ocurrir ahora? No hace falta imaginar una ruptura espectacular del orden constitucional. El riesgo es más sutil. Que acusaciones infundadas de fraude sirvan para justificar nuevas intervenciones federales. Que ciudadanos armados aparezcan para “vigilar” colegios electorales. Que Steve Bannon vea cumplida su promesa de “rodear los colegios electorales con el ICE”. Que el Departamento de Justicia bloquee la certificación de comicios decisivos incautando las papeletas, con el pretexto de investigar “irregularidades”.

La votación se decide Estado por Estado y distrito electoral por distrito electoral. Basta con introducir suficiente confusión para impugnar después los resultados que resulten desfavorables a los republicanos. El peligro no es un fraude masivo. Es una niebla organizada.

Sin embargo, no todo está decidido. Los tribunales han frenado ya algunos de los intentos de la Administración de intervenir en los registros electorales. La estructura descentralizada del sistema electoral estadounidense sigue ofreciendo protección. Miles de funcionarios locales organizan las elecciones y muchos se preparan ya para posibles injerencias. La sociedad civil permanece vigilante. Y una prensa asediada pero todavía libre continúa documentando los hechos.

La pregunta no es solo si Donald Trump aceptará unos resultados adversos. Es también si los estadounidenses conservarán la posibilidad real de producirlos. De eso dependerá no solo la composición del próximo Congreso, sino la capacidad de nuestra democracia para corregirse a sí misma para que siga siendo verdad lo que los padres fundadores proclamaron evidente por sí mismo hace 250 años: que los gobiernos derivan sus justos poderes del consentimiento de los gobernados."

 (Reed Brody , El País, 06/07/26)  

6.7.26

Editorial de La Jornada: Estados Unidos, aniversario sombrío... las conmemoraciones han puesto de relieve las principales características de la sociedad estadunidense contemporánea: división, decadencia y corrupción... La división va acompañada por una decadencia inocultable en lo moral y lo material. Este ocaso está signado por la desigualdad, que a su vez deriva de una concentración extrema de la riqueza, que no sólo impacta en las remuneraciones, también significa que unas pocas empresas han eliminado o absorbido a toda competencia significativa, por lo que tienen un poder de fijación de precios casi absoluto. Como resultado, los alimentos, la atención médica, los combustibles, la electricidad y otros bienes y servicios básicos han experimentado aumentos de precio que los hacen simplemente inasequibles para una mayoría creciente... La idiosincrasia estadunidense hace imposible para la casi totalidad de los ciudadanos entender estas brechas en el marco de un conflicto de clases y de un modelo de producción, por lo que la atención se desvía a lo que allí se denomina “guerra cultural”: la caída en la calidad de vida se achaca al feminismo, a la homosexualidad, a los migrantes, al aborto legal, al pensamiento secular y a otras manifestaciones de la modernidad. De este modo, la vida política se ha vuelto una lucha en torno a una confusión de valores... casi la mitad de los estadunidenses abraza la xenofobia, el racismo, el fundamentalismo religioso, la intolerancia ante la diversidad sexual, formas de misoginia que parecían extirpadas de Occidente décadas atrás y otras ideas cavernarias... La aparición de Donald Trump y el culto fanático que un tercio de los estadunidenses le profesa es la sima de esa espiral decadente que ha llevado a Estados Unidos a conmemorar su ducentésimo quincuagésimo aniversario en medio de la derrota militar más humillante desde Vietnam; con niños enjaulados por una policía migratoria cuyo presupuesto es mayor que el producto interno bruto de muchos países; con una Suprema Corte conservadora que arrolla la Constitución, una sentencia tras otra, con un presidente que padece un deterioro cognitivo alarmante; con adultos incapaces de comprender textos elementales; con estados donde el estudio de la Biblia es obligatorio en escuelas públicas, y otros signos de una sociedad extraviada

"EU: aniversario sombrío.

 Estados Unidos celebra hoy el 250 aniversario de la firma de la Declaración de Independencia en 1776, con la cual proclamó su separación del Imperio británico. Lejos de generar un ambiente de unidad nacional o de motivar una reflexión cívica en torno al pasado y el futuro del país, las conmemoraciones han puesto de relieve las principales características de la sociedad estadunidense contemporánea: división, decadencia y corrupción.

La división va acompañada por una decadencia inocultable en lo moral y lo material. Este ocaso está signado por la desigualdad, que a su vez deriva de una concentración extrema de la riqueza. Si hace medio siglo un alto ejecutivo ganaba 27 veces más que un empleado promedio, hoy esa proporción es de 281 a uno. Es decir, un trabajador necesitaría laborar 281 años para ganar lo que un directivo recibe en un año. La brecha se ha ensanchado y se sigue ensanchando porque las compensaciones de los altos ejecutivos crecen a un ritmo desenfrenado, mientras los sueldos están prácticamente congelados: entre 1978 y 2024, las primeras se dispararon mil 94 por ciento, pero los segundos aumentaron un raquítico 26 por ciento. La concentración de la riqueza no sólo impacta en las remuneraciones, también significa que unas pocas empresas han eliminado o absorbido a toda competencia significativa, por lo que tienen un poder de fijación de precios casi absoluto. Como resultado, los alimentos, la atención médica, los combustibles, la electricidad y otros bienes y servicios básicos han experimentado aumentos de precio que los hacen simplemente inasequibles para una mayoría creciente.

La idiosincrasia estadunidense hace imposible para la casi totalidad de los ciudadanos entender estas brechas en el marco de un conflicto de clases y de un modelo de producción, por lo que la atención se desvía a lo que allí se denomina “guerra cultural”: la caída en la calidad de vida se achaca al feminismo, a la homosexualidad, a los migrantes, al aborto legal, al pensamiento secular y a otras manifestaciones de la modernidad. De este modo, la vida política se ha vuelto una lucha en torno a una confusión de valores. Ni siquiera durante la Guerra de Secesión (1861-1865) la sociedad estadunidense estuvo tan polarizada como ahora: durante ese pasaje oscuro de la historia, cinco millones y medio de blancos esclavistas intentaron separarse de una Unión que contaba con 23 millones de habitantes y mantener sometidos a tres millones y medio de afrodescendientes. Es decir, menos de una quinta parte del país deseaba imponer un régimen retrógrado e inhumano. En la actualidad, casi la mitad de los estadunidenses abraza la xenofobia, el racismo, el fundamentalismo religioso, la intolerancia ante la diversidad sexual, formas de misoginia que parecían extirpadas de Occidente décadas atrás y otras ideas cavernarias.

Desde la década de 1980, la ultraderecha nucleada en el Partido Republicano ha convertido esa guerra cultural en una máquina de votos que le ha permitido dominar la vida política sin ofrecer solución alguna a los problemas reales. La aparición de Donald Trump y el culto fanático que un tercio de los estadunidenses le profesa es la sima de esa espiral decadente que ha llevado a Estados Unidos a conmemorar su ducentésimo quincuagésimo aniversario en medio de la derrota militar más humillante desde Vietnam; con niños enjaulados por una policía migratoria cuyo presupuesto es mayor que el producto interno bruto de muchos países; con una Suprema Corte conservadora que arrolla la Constitución, una sentencia tras otra, con un presidente que padece un deterioro cognitivo alarmante; con adultos incapaces de comprender textos elementales; con estados donde el estudio de la Biblia es obligatorio en escuelas públicas, y otros signos de una sociedad extraviada en sus contradicciones, que ha perdido su inventiva y se asfixia en el aire envilecido por sus propios odios.

Todo ello, mientras desde el poder se insiste en vender el espejismo de que la destrucción del país lo está haciendo grande de nuevo."

( Editorial de La Jornada, 04/07/26)

Cuando un presidente dice en voz alta lo que todos susurran... Trump sostuvo que el Congreso de EE. UU. debería abolir el filibusterismo para poder aprobar lo que él llama la Ley SAVE America, que tiene la intención deliberada de dificultar el voto en EE. UU. Si lo hicieran, afirmó, los republicanos "no perderían una elección en cien años"... Al mismo tiempo, calificó al Partido Demócrata como poco más que un vehículo para comunistas, criminales, inmigrantes ilegales y personas que no quieren trabajar... Lo destacable no fue el lenguaje sobre los comunistas. La política estadounidense, y especialmente la republicana, tiene una larga historia de ese tipo de acusaciones, sobre todo durante la era McCarthista de la década de 1950... en el momento en que un gobierno comienza a diseñar un sistema de poder destinado a evitar perder el cargo, como Trump dice que está haciendo, algo fundamental cambia. El gobierno ya no existe para servir al pueblo. En cambio, el pueblo comienza a existir para sostener al gobierno... Que su legislación propuesta pueda o no lograr realmente lo que Trump afirma es casi irrelevante en ese caso. Él cree que el éxito proviene de cambiar el sistema para que los republicanos no pierdan durante los próximos cien años... Un gobierno que busca hacer imposible la derrota ha comenzado a convertirse en el amo del pueblo. Es fascista, en otras palabras (Richard Murphy)

"Cuando un presidente dice en voz alta lo que todos susurran

Donald Trump dijo cosas en un evento para conmemorar el 250 aniversario de la Declaración de Independencia de Estados Unidos que merecen atención. 

Entre sus muchas afirmaciones partidistas en un evento que debería haber sido cualquier cosa menos eso, sostuvo que el Congreso de EE. UU. debería abolir el filibusterismo para poder aprobar lo que él llama la Ley SAVE America, que tiene la intención deliberada de dificultar el voto en EE. UU. Si lo hicieran, afirmó, los republicanos "no perderían una elección en cien años".

Al mismo tiempo, calificó al Partido Demócrata como poco más que un vehículo para comunistas, criminales, inmigrantes ilegales y personas que no quieren trabajar.

La mayoría de los medios han tratado estos comentarios como otro ejemplo de la retórica exagerada de Trump, su mal timing y sus afirmaciones inapropiadas de cara a las elecciones de mitad de mandato en EE. UU. a finales de este año, pero creo que eso no capta el fondo del asunto.

A veces, los políticos nos dicen exactamente lo que pretenden. Creo que Trump lo hizo.

Lo destacable no fue el lenguaje sobre los comunistas. La política estadounidense, y especialmente la republicana, tiene una larga historia de ese tipo de acusaciones, sobre todo durante la era McCarthista de la década de 1950. Creo que la mayoría de la gente en EE. UU. —excepto los MAGA— es consciente de esto y puede apreciar lo absurdo que son estas afirmaciones.

Lo más flagrante fue la afirmación de Trump de que cambiar las reglas del sistema electoral podría asegurar que un partido permaneciera en el poder durante un siglo, justo cuando EE. UU. supuestamente celebra 250 años como democracia multipartidista, período durante el cual ha defendido su versión de la democracia como el eje central del estilo de vida estadounidense.

Para contextualizar esto, la mayoría de la gente estaría de acuerdo en que el propósito de la democracia no es garantizar el derecho de un grupo determinado a ganar elecciones. Es asegurar que los gobiernos siempre sepan que pueden perderlas.

Esa incertidumbre no es un defecto de la democracia. Es una característica definitoria: los gobiernos saben que solo sobreviven con el consentimiento continuo de las personas que los pusieron en el poder. Si pierden ese apoyo continuo, la democracia asegura que el público tenga derecho a destituirlos. Cada elección democrática es, entonces, un recordatorio de que el poder se ostenta en calidad de fideicomiso y nunca es propiedad de nadie.

En ese caso, en el momento en que un gobierno comienza a diseñar un sistema de poder destinado a evitar perder el cargo, como Trump dice que está haciendo, algo fundamental cambia. El gobierno ya no existe para servir al pueblo. En cambio, el pueblo comienza a existir para sostener al gobierno, al menos desde la perspectiva de ese gobierno. Y esto, por supuesto, es de lo que se trata el fascismo, y es por eso que los comentarios de Trump importan.

Que su legislación propuesta pueda o no lograr realmente lo que Trump afirma es casi irrelevante en ese caso. Él ha explicado cómo se ve el éxito desde su perspectiva. Su definición de éxito no es convencer a los votantes para que apoyen a los republicanos durante los próximos cien años. Él cree que el éxito proviene de cambiar el sistema para que los republicanos no pierdan, y quizás no puedan perder, durante los próximos cien años. Esas son ambiciones muy diferentes.

Esto recontextualiza el lenguaje sobre lo que él llama la "amenaza comunista". Esto tampoco es accidental, y no es solo el maccarthismo renacido. Pertenece a otra tradición. Quienes buscan debilitar las instituciones democráticas rara vez comienzan admitiendo que desean reducir la democracia. En cambio, primero redefinen a sus oponentes al estilo fascista clásico. Los rivales políticos dejan de ser personas con opiniones diferentes. Se convierten en enemigos de la nación misma. Son retratados como tan peligrosos que supuestamente las reglas democráticas normales ya no se aplican.

Una vez que se acepta ese argumento, las medidas extraordinarias comienzan a parecer razonables. Precisamente por eso este lenguaje importa.

Dedico gran parte de mi tiempo a escribir sobre impuestos, gasto público, inversión pública y el papel del Estado. Sin embargo, todos esos debates dependen de una condición previa. Los gobiernos deben seguir siendo responsables ante las personas a las que gobiernan. Sin esa responsabilidad, cada poder que posee el Estado, incluido su poder para crear dinero, gravar, regular y gastar, se vuelve capaz de servir a quienes ocupan el cargo en lugar de a quienes los eligieron.

Por lo tanto, la democracia no es simplemente otra institución política. Es el mecanismo que mantiene a todas las demás instituciones rindiendo cuentas ante la sociedad.

Por eso, las cuestiones aparentemente constitucionales y políticas importan tanto. Es fácil descartarlas como el chisme del día, pero con gente como Trump y los fascistas del Reino Unido hablando, eso es un error. Determinan cómo se ejerce el poder y quién puede desafiarlo. Son los supuestos guardarraíles que impiden que los gobiernos confundan sus propios intereses con los del pueblo.

No hay nada sagrado en el filibusterismo del Senado. Personas razonables pueden discrepar sobre si es un buen mecanismo constitucional. Pero abolirlo porque un presidente cree que hacerlo permitirá a su partido no perder nunca el poder no es una reforma constitucional en ningún sentido significativo de la palabra.

La reforma mejora las instituciones para que sirvan mejor al pueblo.

El afianzamiento cambia las instituciones para que sirvan mejor a quienes ya están en el poder.

La diferencia es profunda. Todo lo que defiendo aquí depende de la existencia de gobiernos que sigan siendo responsables, y si EE. UU. sucumbe ante Trump, las consecuencias se extenderán, incluso al Reino Unido.

Quiero gobiernos capaces de invertir en las personas, hacer frente al cambio climático, reconstruir los servicios públicos, reducir la desigualdad y ayudar a todos a alcanzar su potencial. Nada de eso importa si los gobiernos dejan de creer que pueden ser legítimamente destituidos.

Un gobierno que acepta que puede perder una elección sigue siendo el servidor del pueblo.

Un gobierno que busca hacer imposible la derrota ha comenzado a convertirse en el amo del pueblo.

Es fascista, en otras palabras.

Donald Trump ha dicho ahora, en términos notablemente claros, cómo cree que se ve el éxito político. Deberíamos tomarlo en serio, no porque sepamos que logrará lo que quiere, sino porque nos ha dicho claramente lo que quiere lograr, y eso en sí mismo es objetable y un llamado a la acción." 

(Richard Murphy, blog, 05/07/26, traducción Deep Seek)

5.7.26

El fin del siglo americano. El siglo estadounidense termina en 2026 no con una explosión, sino con un desvanecimiento gradual... La Pax Americana no era paz. Era un orden. Un orden impuesto, codificado y santificado por la victoria de 1918, y luego consolidado sobre las ruinas humeantes de 1945... ha naufragado en las aguas de los estrechos de Ormuz y Bab el-Mandeb, obligando a Washington a aceptar un acuerdo de capitulación ante Teherán... El colapso no se debió únicamente a la derrota militar (Vietnam, Afganistán, Irak, Ucrania, Irán, etc.), sino a la acumulación silenciosa de contradicciones que el imperio estadounidense albergaba en su interior: la arrogancia jurisdiccional, la lógica de la depredación económica y el reflejo de las guerras subsidiarias. Estos tres pilares, otrora fuentes de poder, se convirtieron en aceleradores de la decadencia... La extraterritorialidad del derecho estadounidense —este autoproclamado derecho a sancionar, congelar activos, procesar y condenar a entidades soberanas extranjeras— constituye la forma más avanzada de colonialismo contemporáneo... Le sigue la depredación económica. Las multas ascienden a miles de millones. Le siguen las adquisiciones forzosas. La técnica está bien establecida: desestabilizar una empresa extranjera estratégica, exprimirla financieramente y luego recomprarla a precio de ganga. Es depredación disfrazada de procedimiento legal. Es saqueo con toga negra... La guerra subsidiaria de Ucrania ha revelado el funcionamiento interno del poder estadounidense, el de transformar poblaciones enteras en carne de cañón geopolítica. Cientos de miles de ucranianos muertos para debilitar a Moscú... Lo que Washington no previó fue la madurez política del Sur Global... Los países BRICS+ representan ahora más del 45% del PIB mundial en paridad de poder adquisitivo. La desdolarización avanza. La oleada de solidaridad del Sur Global no es ideológica. Es pragmática. Y Washington no sabe cómo responder al pragmatismo (Mohamed Lamine Kaba)

"En efecto, desde Roma hasta Londres, pasando por Bizancio y Viena, todas las superpotencias han compartido la misma ilusión de permanencia. Dotadas de poder hegemónico en un momento dado de la historia mundial, cada una creyó poseer el mundo para siempre. Cada una también llevó consigo, desde su apogeo, las semillas de su caída: la arrogancia militar, la depredación económica de las periferias y la incapacidad de reformular un contrato global aceptable. La Pax Romana se derrumbó bajo el peso de sus legiones sobreextendidas. La Pax Britannica expiró en Suez en 1956, humillada por su propia creación estadounidense. La Pax Americana no está exenta de esta ley de hierro de la historia, que culminó con la toma del poder por Teherán y el entierro de la ilusión de la Pax Judaica. Hoy agoniza bajo la mirada lúcida de un Sur global que, por fin, se atreve a nombrar al imperio.

El imperio estadounidense llevaba dentro de sí sus propias termitas, o mejor dicho, las semillas de su propia destrucción: la arrogancia jurisdiccional, la lógica de la depredación económica y el reflejo de las guerras subsidiarias.

El Reino Medio… Occidental

Debemos llamar a las cosas por su nombre. La Pax Americana no era paz. Era un orden. Un orden impuesto, codificado y santificado por la victoria de 1918, y luego consolidado sobre las ruinas humeantes de 1945. Ciento ocho años de hegemonía. Un siglo en el que Washington se creyó el centro de gravedad del mundo. Este centro se ha desplazado definitivamente, naufragando en las turbulentas aguas de los estrechos de Ormuz y Bab el-Mandeb, obligando a Washington a aceptar un acuerdo de capitulación ante Teherán.

El colapso no se debió únicamente a la derrota militar (Vietnam, Afganistán, Irak, Ucrania, Irán, etc.), sino a la acumulación silenciosa de contradicciones. El imperio estadounidense albergaba en su interior sus propios demonios, o mejor dicho, las semillas de su propia destrucción: la arrogancia jurisdiccional, la lógica de la depredación económica y el reflejo de las guerras subsidiarias. Estos tres pilares, otrora fuentes de poder, se convirtieron en aceleradores de la decadencia.

La extraterritorialidad, o la ley como arma de guerra

La ley estadounidense no se detiene en sus fronteras. Esta es la gran anomalía del sistema. Desde la Ley de Prácticas Corruptas en el Extranjero de 1977, reforzada por la legislación posterior al 11-S, Washington ha transformado metódicamente su sistema legal en un instrumento de dominación global. La extraterritorialidad del derecho estadounidense —este autoproclamado derecho a sancionar, congelar activos, procesar y condenar a entidades soberanas extranjeras— constituye la forma más avanzada de colonialismo contemporáneo.

Empresas y bancos —BNP Paribas, Alstom, Airbus, Huawei y Deutsche Bank— la lista de compañías no estadounidenses sometidas a la investigación judicial de Washington es larga. Las multas ascienden a miles de millones. Le siguen las adquisiciones forzosas. La técnica está bien establecida: desestabilizar una empresa extranjera estratégica, exprimirla financieramente y luego recomprarla a precio de ganga. Es depredación disfrazada de procedimiento legal. Es saqueo con toga negra.

Este mecanismo se toleró mientras nadie se atrevió a nombrarlo. Hoy, se le da nombre, se le denuncia y se le elude sistemáticamente. Se está recuperando la soberanía económica.

Guerras subsidiarias: el modelo ucraniano como ejemplo revelador

Ucrania lo ha revelado todo. No solo la brutalidad del enfrentamiento militar ruso-occidental, sino también el funcionamiento interno del poder estadounidense: transformar poblaciones enteras en carne de cañón geopolítica. Kiev se ha convertido en el laboratorio definitivo de esta lógica. Cientos de miles de ucranianos muertos para debilitar a Moscú. Se gastaron miles de millones en armamento para prolongar un conflicto que Washington podría haber zanjado con los Acuerdos de Estambul en marzo de 2022, y que saboteó deliberadamente. Estos miles de millones no han producido el efecto deseado, sino el contrario: Rusia es más fuerte que antes y sus alianzas son tan sólidas como siempre.

Esto no es una teoría. Es una cronología. Boris Johnson llega a Kiev el 9 de abril de 2022. Las negociaciones fracasan. Se reanudan los combates. El Reino Unido lleva la impronta de Washington. Ucrania no estaba destinada a la paz. Ucrania estaba destinada a exprimir a Rusia hasta la última gota. Zelensky, rehén voluntario de una estrategia que escapaba a su control, sacrificó a su pueblo en el altar de una visión geoestratégica forjada en los pasillos de Langley y el Pentágono.

¿El resultado? Rusia, aunque ciertamente herida en cierta medida, se mantuvo firme. Su economía se mantiene estable. Su ejército se ha fortalecido. Y el mundo no occidental observó. Comprendió.

El Sur Global está despertando

Lo que Washington no previó fue la madurez política del Sur Global. África, el Sudeste Asiático, América Latina y el mundo árabe: estas regiones han absorbido cien años de condescendencia, golpes de Estado patrocinados, deuda estructural y programas de ajuste estructural; estas terapias de choque impuestas por el FMI y el Banco Mundial, los brazos armados financieros de la Pax Americana.

El mecanismo era implacable: estados endeudados, ayudas condicionadas, privatizaciones impuestas y extracción de recursos. Françafrique era simplemente la versión francófona de un modelo universal. Eurafrica , la contraparte europea de este modelo. En todas partes, las mismas recetas. En todas partes, los mismos resultados: élites corruptas, clases medias asfixiadas, jóvenes condenados al exilio.

Pero algo ha cambiado. Los países BRICS+ representan ahora más del 45% del PIB mundial en paridad de poder adquisitivo. La desdolarización avanza. El comercio en yuanes, rublos y monedas locales está en aumento. China ha construido carreteras, puertos y hospitales sin imponer condiciones democráticas. Irán, sometido a sanciones durante más de cuarenta años, sobrevive y exporta. Rusia vende su petróleo a India, China, África y América Latina a precios reducidos, y todos se benefician, excepto Washington.

La oleada de solidaridad del Sur Global no es ideológica. Es pragmática. Y Washington no sabe cómo responder al pragmatismo.

Es hora de hacer una revisión

El siglo estadounidense termina en 2026 no con una explosión, sino con un desvanecimiento gradual. Los síntomas son evidentes. El dólar está perdiendo su estatus como moneda de reserva universal indiscutible. La OTAN se está agotando en una guerra que no puede ganar. La influencia estadounidense en el Sahel y en otras partes del continente se ha esfumado en tres años. En Oriente Medio, Riad negocia con Teherán bajo la mediación china, algo impensable hace diez años.

El imperio no fue derrotado militarmente. Se agotó a sí mismo. Mediante una serie de guerras injustificadas: Irak, Libia, Siria, Afganistán, Ucrania, Venezuela, Irán, etc. Mediante mentiras institucionalizadas. Mediante un doble rasero convertido en doctrina permanente y aceptada.

La historia no es cruel. Es simplemente honesta. Toda hegemonía lleva en sí la semilla de su sucesora. La Pax Britannica se derrumbó en Suez en 1956. La Pax Americana se desvanece en Kiev, Gaza, Bamako, Caracas, Teherán; en todas partes la mentira de la «comunidad internacional» ha mostrado su verdadera cara.

Los occidentales, temerosos de la multipolaridad mundial, ya afirman que lo que viene no es necesariamente mejor ni más justo. Pero para el Sur Global, lo que se avecinaba era insoportable.

El siglo americano ha muerto. Aún no lo sabe. O mejor dicho, lo sabe, y precisamente por eso sigue siendo tan profundamente peligroso." 

(Mohamed Lamine Kaba, Jaque al neoliberalismo, 05/07/26, fuente New Eastern Outlook

3.7.26

Editorial del New York Times: La hipocresía del Tribunal Supremo... Su decisión del lunes, que permite al presidente Donald Trump destituir a los comisionados de las agencias desecha una ley de 112 años que establecía que el presidente solo podía despedir a los comisionados por “ineficiencia, negligencia en el deber o mala conducta en el cargo”. Trump ahora puede despedir a comisionados de agencias reguladoras simplemente porque así lo desea... ha decidido que el Congreso se equivocó al intentar aislar a la Comisión Federal de Comercio y a un par de decenas de otras agencias de la política partidista, estableciendo que sus líderes fueran semiindependientes. El fallo, casualmente, se ajusta perfectamente a la visión de Trump, quien ha dicho que el Artículo II de la Constitución le otorga “el derecho a hacer lo que yo quiera como presidente”... En otro fallo el lunes, la corte rechazó el intento de Trump de despedir a Lisa Cook de la Junta de la Reserva Federal, ¿por qué merece respetarse el estatuto que el Congreso promulgó para proteger a la Reserva Federal de la interferencia política, pero no la ley que creó la Comisión Federal de Comercio? La jueza Amy Coney Barrett, en su voto particular en el caso Cook, señaló que las dos sentencias están en “grave contradicción” entre sí... Las falacias lógicas en ambos dictámenes siguen una tendencia preocupante en la actual Corte Suprema... Lo más preocupante es que la Corte Suprema está otorgando nuevos poderes a un presidente que a menudo se comporta como un aspirante a autócrata, desafiando la tradición bipartidista e incluso la ley en su afán por conseguir autoridad personal... Con el nuevo fallo, la Corte está creando una presidencia superempoderada, fuera de la Reserva Federal, claro está. Ahora, un presidente podrá despedir a funcionarios de diversas agencias que antes gozaban de cierta protección frente a la política. La lista de dichas agencias incluye la Junta Nacional de Relaciones Laborales, la Comisión de Valores y Bolsa y la Comisión Federal de Comunicaciones

"Durante casi un siglo, la Corte Suprema ha puesto trabas a que un presidente desafíe el texto claro de una ley aprobada por el Congreso. La corte impidió que Franklin Roosevelt despidiera a un responsable de la Comisión Federal de Comercio en 1935. Detuvo al gobierno de Ronald Reagan cuando intentó desafiar una investigación sobre contaminación en 1988. Ayudó a bloquear el intento de Barack Obama de ampliar las protecciones migratorias en 2016.

Su decisión del lunes, que permite al presidente Donald Trump destituir a los comisionados de la FTC, representa una ruptura con esa historia. El fallo descarta un precedente de larga data y, en la práctica, desecha una ley de 112 años que establecía que el presidente solo podía despedir a los comisionados por “ineficiencia, negligencia en el deber o mala conducta en el cargo”. Trump ahora puede despedir a comisionados de agencias reguladoras simplemente porque así lo desea.

La opinión mayoritaria del presidente de la Corte Suprema, John Roberts, sostiene que exigir a los presidentes que tengan una causa justificada para destituir a los responsables de las agencias entra en conflicto con la separación de poderes establecida en la Constitución. Dado que la Comisión Federal de Comercio ejerce el poder ejecutivo, “debe, por lo tanto, estar bajo el control del jefe del Ejecutivo”, escribió Roberts. La mayoría ha decidido que el Congreso se equivocó al intentar aislar a la Comisión Federal de Comercio y a un par de decenas de otras agencias de la política partidista, estableciendo que sus líderes fueran semiindependientes. El fallo, casualmente, se ajusta perfectamente a la visión de Trump, quien ha dicho que el Artículo II de la Constitución le otorga “el derecho a hacer lo que yo quiera como presidente”.

Quizá la señal más clara de la debilidad de este fallo es que los seis jueces de la mayoría —los seis nombrados por presidentes republicanos— ni siquiera tienen el valor de sus propias convicciones equivocadas. En otro fallo el lunes, la corte rechazó el intento de Trump de despedir a Lisa Cook de la Junta de la Reserva Federal. En este caso, el presidente de la Corte Suprema negó la petición de Trump de destituir a Cook con apenas un pretexto endeble de causa justificada y sin previo aviso ni audiencia. Permitir el despido, escribió Roberts, requeriría un “salto interpretativo que se aparta del estatuto promulgado por el Congreso y de la tradición de nuestra nación de una banca central protegida de la interferencia política”. La votación fue de 5 a 4, con el presidente de la corte sumándose a los tres jueces liberales del tribunal y al juez Brett Kavanaugh. El fallo devolvió el caso a los tribunales inferiores. Cook debe recibir el debido proceso para impugnar los cargos en su contra, y luego un tribunal inferior evaluará la causa alegada por Trump, dictaminó la corte.

Es un buen resultado. Aunque el caso seguirá adelante, el tribunal está desestimando de hecho el intento de Trump de acabar con la independencia de la Reserva Federal. Pero ¿por qué merece respetarse el estatuto que el Congreso promulgó para proteger a la Reserva Federal de la interferencia política, pero no la ley que creó la Comisión Federal de Comercio? La jueza Amy Coney Barrett, en su voto particular en el caso Cook, señaló que las dos sentencias están en “grave contradicción” entre sí. “¿Cómo puede la historia respaldar tanto una norma categórica como una excepción?”, preguntó. No hay respuesta.

La verdad es que la principal diferencia es que a muchos republicanos les importa más que la Reserva Federal funcione bien que cualquier otra agencia. Otras agencias suelen regular a las empresas y a los particulares de formas a las que se oponen los conservadores defensores del libre mercado. La Reserva Federal también tiene poderes regulatorios —lo que hace que la excepción sea aún más cuestionable—, pero además fija la política monetaria y, por lo tanto, afecta la salud de los mercados financieros. La decisión, en la práctica, limita la capacidad del presidente para agitar esos mercados, mientras le otorga un amplio margen para despedir a los reguladores que vigilan los excesos corporativos.

Las falacias lógicas en ambos dictámenes siguen una tendencia preocupante en la actual Corte Suprema. Los seis jueces nombrados por los republicanos se enfrentan de vez en cuando a los abusos de poder de Trump, incluido su intento de imponer aranceles unilaterales (otra política que, por cierto, no contaba con el apoyo de las grandes empresas estadounidenses). Pero son inconsistentes en su defensa de la Constitución. Le otorgan a Trump un margen más amplio del que le dieron al presidente Joe Biden o a Obama.

Lo más preocupante es que la Corte Suprema está otorgando nuevos poderes a un presidente que a menudo se comporta como un aspirante a autócrata, desafiando la tradición bipartidista e incluso la ley en su afán por conseguir autoridad personal.

La decisión en el caso de la Comisión Federal de Comercio se basa en una idea conservadora conocida como la teoría del ejecutivo unitario. Esta teoría sostiene que casi todo el poder del poder ejecutivo proviene, en última instancia, del presidente. Los votantes solo han elegido al presidente, junto con el vicepresidente, para dirigir el poder ejecutivo. Y la Constitución establece tres poderes separados del Estado, lo que significa que, según este punto de vista, el Congreso no debería poder aprobar leyes que restrinjan la capacidad del presidente para despedir o contratar a funcionarios que trabajan en organismos reguladores como la Comisión Federal de Comercio.

Los defensores de la teoría del ejecutivo unitario creen que el poder ejecutivo se ha expandido hasta convertirse en una vasta burocracia sin rendición de cuentas, en la que incluso un presidente puede tener dificultades para implementar sus políticas. Esta preocupación es, en parte, razonable. Presidentes de ambos partidos la han compartido, cada uno a su manera. Crear un poder ejecutivo más ágil y receptivo sería un proyecto valioso.

Sin embargo, la teoría del ejecutivo unitario acaba siendo más radical y más disruptiva para la concepción tradicional de la separación de poderes de lo que sus defensores suelen reconocer. No hay duda de que el Congreso tiene cierta autoridad sobre las agencias reguladoras. La Constitución otorga al Senado, por ejemplo, la facultad de confirmar los altos cargos. El presidente de la Corte Suprema, Roberts, afirma que esto solo le da al Senado el poder de confirmar o rechazar a los candidatos que el presidente prefiera. Pero esta visión descarta casi un siglo de práctica que el Congreso estableció porque consideraba que la composición bipartidista era una fortaleza para las agencias.

La ley de 1914 que creó la Comisión Federal de Comercio, por ejemplo, estipula que no más de tres de los cinco comisionados de la agencia pueden provenir del mismo partido político, y que el presidente solo puede despedir a un comisionado por ciertas razones. Cuando la Corte Suprema bloqueó por unanimidad el intento de Roosevelt de despedir a un comisionado conservador de la Comisión Federal de Comercio en 1935, citó precisamente este texto. Ese precedente ha regido la actuación de todos los presidentes desde entonces.

La corte actual, en cambio, examinó la misma ley y decidió que constituía una infracción inaceptable a la autoridad presidencial. La decisión resulta especialmente chocante viniendo de jueces conservadores que insisten en que se rigen por el texto de las leyes y por el poder constitucional del Congreso. En este caso, los jueces dictaminaron que ambos eran irrelevantes.

“Pocas veces, si alguna, esta Corte le ha hecho a un poder igualitario un cambio de reglas tan profundo”, escribió la jueza Sonia Sotomayor en su voto particular discrepante. “Durante más de 90 años, el Congreso creyó, con la aprobación expresa de esta corte, que se le permitía crear un gobierno viable, incluso otorgando a ciertas agencias encargadas de determinadas responsabilidades cierta independencia del control presidencial”.

Con el nuevo fallo, la Corte está creando una presidencia superempoderada, fuera de la Reserva Federal, claro está. Ahora, un presidente podrá despedir a funcionarios de diversas agencias que antes gozaban de cierta protección frente a la política. Muchos de estos funcionarios son expertos en sus campos. La lista de dichas agencias incluye la Junta Nacional de Relaciones Laborales, la Comisión de Valores y Bolsa y la Comisión Federal de Comunicaciones.

Un elemento clave del éxito del experimento estadounidense a lo largo de casi 250 años ha sido el equilibrio de poderes entre los tres poderes del Estado. Juntos, Trump y la Corte Suprema están alterando ese equilibrio. Se están desviando de una tradición que dura ya más de un siglo, en la que partes del gobierno funcionan con un liderazgo bipartidista alejado de la política partidista cotidiana, tal y como pretendía el Congreso. El resultado es dejar de lado al Congreso, al que los autores de la Constitución consideraban el poder principal entre iguales. La Corte Suprema creó el lunes un gobierno dirigido por un número muy reducido de personas que trabajan, o bien en la Corte Suprema, o bien en la Casa Blanca." 

(Editorial del New York Times, Revista de prensa, 02/07/26, fuente The New York Times) 

30.6.26

450 años de prisión por gritar "antifascista"... Las primeras condenas por terrorismo doméstico del gobierno federal vinculadas a "Antifa" llegaron gracias a un testigo "experto" que nunca ha pasado un día en el gobierno o en el mundo académico. En su lugar, se formó en varios grupos de defensa proisraelíes... El pasado 4 de julio, los ocho protestaron contra la guerra migratoria de Donald Trump ante el Centro de Detención de Prairieland, con una "manifestación de ruido", pintando grafitis y lanzando lo que el gobierno describe como fuegos artificiales de grado comercial para mostrar su apoyo a las personas encerradas en su interior... Cuando llegó la policía local, uno de los siete, Benjamin Hanil Song, de 32 años, disparó al teniente de la policía de Alvarado, Thomas Gross, en el cuello. Gross sobrevivió... Pero el resto de los acusados fueron arrestados no tanto por lo que hicieron, sino por lo que el gobierno dijo que eran colectivamente: una "célula de Antifa del Norte de Texas". Uno de ellos , Daniel Sánchez Estrada, ni siquiera estuvo presente esa noche. Fue condenado por ocultar documentos —por mover una caja de fanzines políticos—. Fue sentenciado a 30 años... tienen condenas más largas que por asesinato... Claramente se violaron leyes; pero las sentencias dependieron de lo que la fiscalía presentó como prueba de pertenencia a Antifa, que descansaba en gran medida en un solo hombre: Shideler... Dijeron que eran "antifascistas", y para Shideler eso fue suficiente... argumentó que era una abreviatura de "Antifa"... Ese es el argumento que llevó a la sala del tribunal —que los fanzines, vestir de negro, usar la aplicación Signal y cubrirse la cara no son expresiones, sino las firmas operativas de una célula terrorista... Incluso el juez presidente, Mark Pittman, designado por Trump, pareció comprender el peligro de tratar las creencias como evidencia. Le preguntó a Shideler si poseer una copia de *Mein Kampf* lo convertía en fascista, o *El Capital* en comunista. Es probable que el caso Prairieland sea el primero de una serie de procesamientos similares (Ken Klippenstein)

"450 años de prisión por decir "antifascista"... Cómo los Ocho de Prairieland fueron condenados como terroristas domésticos.

Las primeras condenas por terrorismo doméstico del gobierno federal vinculadas a "Antifa" llegaron gracias a un testigo "experto" que nunca ha pasado un día en el gobierno o en el mundo académico, según muestran las transcripciones judiciales no públicas que obtuve. En su lugar, se formó en varios grupos de defensa proisraelíes.

Poco después de los ataques del 7 de octubre de Hamás, publicó en redes sociales: "Me gustaría que todos los comunistas de mierda que protestan se fueran a Gaza para que las FDI los conviertan en niebla rosa...".

Su nombre es Kyle Shideler, y es el peor de los peores tipos de expertos de Washington. Lo que le falta en perspectiva y arraigo en el mundo real lo compensa con fanatismo ideológico y trabajo de oficina. Antes de su puesto actual en la fábrica de sueños febriles de derecha llamada Centro para la Política de Seguridad, pasó años repitiendo la visión de seguridad nacional de Israel: la mentalidad de "contraterrorismo" de la paranoia de la precriminalidad, en la que las amenazas acechan en todas partes y la represión de "seguridad" preventiva que supuestamente exigen se convierte en su propia forma de opresión.

Esta paranoia se mostró en todo su esplendor en el juicio de los Ocho de Prairieland.

El pasado 4 de julio, los ocho protestaron contra la guerra migratoria de Donald Trump atacando el Centro de Detención de Prairieland, una instalación del ICE en Alvarado, Texas. Siete de los ocho se reunieron en el campamento de detención para una "manifestación de ruido" y comenzaron a vandalizar coches y los muros de la instalación, pintando grafitis y lanzando lo que el gobierno describe como fuegos artificiales de grado comercial para mostrar su apoyo a las personas encerradas en su interior. Cuando llegó la policía local, uno de los siete, Benjamin Hanil Song, de 32 años, disparó al teniente de la policía de Alvarado, Thomas Gross, en el cuello. Gross sobrevivió.

La policía recuperó más tarde 11 armas de fuego, chalecos antibalas y equipo táctico. El gobierno acusó a Song de intento de asesinato. Pero el resto de los acusados fueron arrastrados no tanto por lo que hicieron, sino por lo que el gobierno dijo que eran colectivamente: una "célula de Antifa del Norte de Texas". Uno de los objetivos, Daniel Sánchez Estrada, ni siquiera estuvo presente esa noche. Fue condenado por ocultar documentos —por mover una caja de fanzines políticos—. Fue sentenciado a 30 años.

Los ocho fueron sentenciados a un total combinado de 450 años en prisión federal:

*   Savanna Batten — 50 años
*   Zachary Evetts — 50 años
*   Autumn Hill — 50 años
*   Meagan Morris — 50 años
*   Maricela Rueda — 70 años
*   Daniel Rolando Sánchez Estrada — 30 años
*   Benjamin Hanil Song — 100 años
*   Elizabeth Soto — 50 años

Como me dijo mi abogada, una defensora pública de carrera, estas son condenas más largas de las que sus clientes han recibido por asesinato.

Claramente se violaron leyes; pero las sentencias dependieron de lo que los acusados dijeron y creían, lo que la fiscalía presentó como prueba de pertenencia a Antifa —un caso que descansaba en gran medida en un solo hombre: Shideler.

Su trabajo en el estrado era convencer al jurado de dos cosas: que Antifa es una empresa terrorista real y organizada, y que estos ocho pertenecían a ella. Esa tarea se complicaba por el hecho de que los acusados nunca se habían llamado a sí mismos Antifa.

Cuando fue presionado al respecto y se le preguntó durante el contrainterrogatorio por qué, si eran Antifa, nunca habían usado el término, Shideler respondió: "Las organizaciones clandestinas rara vez hacen eso".

Bienvenidos a la mentalidad paranoica del contraterrorismo, donde todo es una red, toda red es una amenaza, y la ausencia de evidencia es solo evidencia de que la red tiene buena seguridad operativa. El silencio no es inocencia; es táctica. La ausencia de líder significa célula descentralizada. La ausencia de lista de miembros significa excelente higiene de seguridad. Es una cosmovisión que nunca puede equivocarse, porque cada hecho y su opuesto la confirman.

Shideler fue bautizado en esta cosmovisión en el trabajo. Según su propio testimonio en el estrado, "viví sobre el garaje de mis padres por un tiempo" después de la universidad, tomó un trabajo como director de noticias en una estación de radio "por un período corto", e hizo "algunos blogs y escritos" antes de ser reclutado por Stand With Us, el grupo proisraelí de Los Ángeles, donde fue responsable de "gestionar su base de datos de grupos e individuos extremistas". De allí pasó a la Endowment for Middle East Truth, una organización sin fines de lucro de política exterior que se presenta como operando "desde una postura abiertamente pro-Estados Unidos y pro-Israel", donde estudió movimientos islámicos "con un énfasis particular en los Hermanos Musulmanes".

En 2014 fue contratado por el Centro para la Política de Seguridad, el think tank fundado por Frank Gaffney, más conocido por promover la guerra de Irak y afirmar que la "ley Sharia" es la principal amenaza interna para Estados Unidos. Se fue por un tiempo al Middle East Forum —una organización de Filadelfia cuya misión declarada es "proteger la civilización occidental de la amenaza del islamismo"— y luego regresó al Centro en 2020, donde ahora dirige la investigación de Seguridad Nacional y Contraterrorismo, que, hasta donde puedo determinar, significa rastrear a estadounidenses de izquierda.

Durante el contrainterrogatorio, Shideler reconoció que había escrito un artículo sobre la lucha contra el extremismo de extrema izquierda cuyo subtítulo, señaló un abogado defensor, era "Una hoja de ruta para la administración Trump". Se publicó en The American Mind, una publicación del conservador Instituto Claremont. Concedió que su trabajo no es revisado por pares y se basa en "investigación de fuentes abiertas" —material que uno puede "encontrar en internet"— lo cual, según aceptó, contiene "tanto información falsa como información verdadera".

De alguna manera, Shideler terminó siendo el testigo experto del Departamento de Justicia para explicar "Antifa" y la grave amenaza que representa.

El Departamento de Justicia repitió la visión de Shideler sobre Estados Unidos, anunciando que los Ocho de Prairieland son "parte de una empresa militante más grande compuesta por redes de individuos y pequeños grupos que se adhieren principalmente a una ideología que explícitamente pide el derrocamiento del Gobierno de los Estados Unidos, las autoridades policiales y el sistema legal".

¡El derrocamiento del Gobierno de los Estados Unidos! Sería gracioso si no fuera tan inquietante.

Pero, ¿cómo personas que ni siquiera habían usado la palabra fueron etiquetadas como terroristas?

Dijeron que eran "antifascistas", y para Shideler eso fue suficiente. Según la transcripción judicial:

*   P: Escuchamos que ellos dicen que son Antifa, en la medida en que son antifascistas, ¿verdad?
*   SHIDELER: Sí. Sería consistente con una ideología anarquista/antifascista no considerar organizaciones. Ellos no piensan en grupos y organizaciones, eso es algo contrario a su ideología.

La prueba de pertenencia que describió no es coordinación, no es cuotas, no es un registro, no es una cadena de mando; concedió bajo juramento que ninguna de esas cosas existe. Pero fue suficiente que hubieran dicho que eran "antifascistas", lo que Shideler argumentó que era una abreviatura de "Antifa".

En octubre pasado, cuando Shideler testificó por primera vez ante el Senado, estableció el vínculo entre el activismo y la libertad de expresión. "No estamos hablando de discurso", dijo al subcomité. "Estamos hablando de manifiestos que describen cómo derrocar al gobierno y cómo hacerlo con violencia".

Ese es el argumento que llevó a la sala del tribunal —que los fanzines equivocados, vestir de negro, usar la aplicación Signal y cubrirse la cara no son expresiones, sino las firmas operativas de una célula terrorista.

Cuando un abogado defensor ofreció una analogía —los Caballeros de Colón también celebran ceremonias secretas— Shideler aceptó que eso no los convierte en terroristas, "a menos que cometan actos terroristas". Presionado sobre si los chats cifrados de los acusados alguna vez discutieron dañar a personas o propiedades, permitió que no lo hicieron, y luego explicó la ausencia: "esperaría que las discusiones de ese tipo tuvieran lugar persona a persona", no en un chat recuperable.

Incluso admitió que había revisado exactamente un chat de "Antifa" en su carrera —este— y que sus expectativas sobre lo que hacen tales grupos se basaban "en lo que los documentos dicen que se debería hacer", no en ninguna experiencia directa.

Incluso el juez presidente, Mark Pittman, designado por Trump, pareció comprender el peligro de tratar las creencias como evidencia. Le preguntó a Shideler si poseer una copia de *Mein Kampf* lo convertía en fascista, o *El Capital* en comunista. "No, a menos que sea consistente con su otro comportamiento", respondió Shideler cada vez. Luego Pittman preguntó si poseer literatura de Antifa lo convertiría en antifascista —y el experto en Antifa del gobierno ofreció voluntariamente que él posee "bastante de eso también".

Es probable que el caso Prairieland sea el primero de una serie de procesamientos similares. La orden ejecutiva de Trump de septiembre de 2025 que designaba a "Antifa" como una organización terrorista doméstica que "explícitamente pide el derrocamiento del gobierno de los Estados Unidos" proporcionó el lenguaje. La acusación contra los Ocho de Prairieland, revelada semanas después, seguía esa orden casi palabra por palabra. La exfiscal general Pam Bondi dijo en el momento de la acusación que el caso marca el comienzo de un esfuerzo más amplio para "desmantelar sistemáticamente" el movimiento. El propio Shideler dice que el Departamento de Justicia solicitó su ayuda para definir Antifa durante el caso.

La ironía es que Shideler ha advertido sobre esta táctica exacta —construir una narrativa pública para encarcelar a enemigos políticos—, excepto que cuando él advertía, estaba acusando a la otra parte de hacerlo. En un hilo de marzo de 2023 en X, argumentó que los procesamientos del 6 de enero no se trataban realmente de su conducta, sino de cómo los medios fabricaron una narrativa de los manifestantes y alborotadores como una amenaza para derrocar al gobierno.

El 6 de enero, lamentó, "no podía ser la historia de una protesta alborotada que se salió de control" debido a las dinámicas partidistas en juego.

Entonces, ¿por qué no podría ser esta la historia de otra protesta alborotada que se salió de control? (...)"

 (Ken Klippenstein, , blog, 29/06/26)   

Paul Krugman: Hoy mismo, el Tribunal Supremo ha declarado la guerra a la democracia estadounidense. También ha declarado la guerra, en esencia, a la sociedad moderna, a todo lo que hace posible su funcionamiento en el siglo XXI... el tribunal acaba de anular el «Humphrey’s Executor», que establece que, cuando el Congreso crea una agencia independiente, esta es independiente. Es capaz de tomar decisiones. Por supuesto, el presidente tiene cierto papel. Normalmente, el presidente puede elegir al director de la agencia, previa aprobación del Congreso, pero no puede limitarse a despedir a los funcionarios que no le gustan por cualquier motivo o sin motivo alguno, porque se supone que las agencias que gestionan el Gobierno de EE. UU. y, básicamente, dirigen nuestra sociedad deben ser profesionales. Se supone que deben cumplir con su mandato legal. No deben ser herramientas personales de un dictador en la Casa Blanca... esto no solo otorga poderes prácticamente dictatoriales al inquilino de la Casa Blanca, sino que también dificulta enormemente el funcionamiento de la economía. Dificulta enormemente el funcionamiento de la sociedad... la FDA, la Administración Federal de Medicamentos, se encarga de garantizar que los productos que consume la gente sean seguros... El hecho de que algo haya sido aprobado por la FDA supone una especie de garantía... Ahora imagina que todas estas decisiones las toman personas nombradas políticamente que son leales al presidente y que, básicamente, hacen lo que el presidente quiere, lo que quieren las personas del entorno del presidente. Bueno, ¿qué tal el hecho de que algunas empresas sepan sobornar al presidente y a su familia mejor que otras? Tenemos a seis personas (hay tres que no forman parte de ello, pero tenemos a seis personas) que son fundamentalmente hostiles a la democracia, fundamentalmente hostiles al mundo moderno y decididas a poner al líder catastróficamente malo que tenemos actualmente en la Casa Blanca al mando de todo, lo cual es un escenario de pesadilla a todos los niveles

"Hoy mismo, el Tribunal Supremo ha declarado la guerra a la democracia estadounidense. También ha declarado la guerra, en esencia, a la sociedad moderna, a todo lo que hace posible su funcionamiento en el siglo XXI. Y no estoy seguro de que la gente lo haya entendido todavía.

El Tribunal Supremo ha dictado unas sentencias realmente impactantes. Hubo un par que no fueron tan terribles. Lisa Cook podrá quedarse en la Reserva Federal, aunque eso en sí mismo supone una enorme contradicción con las decisiones importantes que ha tomado el tribunal. Quiero decir, Lisa es importante y la Reserva Federal es importante, pero mucho más importante es el «Humphrey’s Executor», que es el precedente que se remonta a varias generaciones y que establece que, cuando el Congreso crea una agencia independiente, esta es independiente. Es capaz de tomar decisiones.

Por supuesto, el presidente tiene cierto papel. Normalmente, el presidente puede elegir al director de la agencia, previa aprobación del Congreso, pero no puede limitarse a despedir a los funcionarios que no le gustan por cualquier motivo o sin motivo alguno, porque se supone que las agencias que gestionan el Gobierno de EE. UU. y, básicamente, dirigen nuestra sociedad deben ser profesionales. Se supone que deben cumplir con su mandato legal. No deben ser herramientas personales de un dictador en la Casa Blanca. 

 Pues bien, el tribunal acaba de anularlo. Ahora bien, los abogados, los expertos en derecho, pueden explicar mejor qué es lo que ha ocurrido exactamente. Pero lo que creo que es importante entender es que esto no solo otorga poderes prácticamente dictatoriales al inquilino de la Casa Blanca, sino que también dificulta enormemente el funcionamiento de la economía. Dificulta enormemente el funcionamiento de la sociedad.

Vivimos en un mundo complicado, un mundo tecnológico, en el que se producen todo tipo de efectos indirectos y en el que es fundamental que existan unas normas básicas bien establecidas. Si eres una empresa, toma como ejemplo los medicamentos y los productos alimenticios: contamos con la FDA, la Administración Federal de Medicamentos, que se encarga de garantizar que los productos que consume la gente sean seguros. Lo hacemos por una razón de peso. Sabemos que, históricamente, no solo ha habido casos de productos —alimentos y medicamentos— que no eran en absoluto seguros, sino que, además, la gente quiere cierta garantía.

El hecho de que algo haya sido aprobado por la FDA supone una especie de garantía: puede que resulte muy perjudicial, pero probablemente no lo sea. Las empresas que quieren invertir en el desarrollo de productos necesitan saber que existen unas normas básicas que determinan lo que pueden y no pueden vender.

Ahora imagina que todas estas decisiones las toman personas nombradas políticamente que son leales al presidente y que, básicamente, hacen lo que el presidente quiere, lo que quieren las personas del entorno del presidente. 

 ¿Quieres invertir en algo en lo que no tienes ni la más remota idea de cuáles serán las reglas básicas, ni si se aprobará o no? ¿Quieres invertir en toda una línea de negocio cuando, por lo que sabes, la Casa Blanca podría decidir de repente que tu producto no es seguro y que el de la competencia sí lo es, basándose en argumentos espurios?

¿Y qué provocaría que se tomaran esas decisiones? Bueno, ¿qué tal el hecho de que algunas empresas sepan sobornar al presidente y a su familia mejor que otras? Y si crees que esto es descabellado —ya sabes, hace unos años quizá hubieras dicho que era descabellado, que cosas así no sucederían realmente—, pues bien, en estos momentos, estas cosas están ocurriendo constantemente.

Así que estás creando una situación en la que, ya sabes, es un poco como las normas de tráfico. Las normas de tráfico, sí, pueden ser molestas, pero ¿no nos alegramos todos, en cierto modo, de que existan de hecho reglas sobre cuándo puedes girar y cuándo puedes cruzar un cruce? Para que todo funcione, para poder conducir tu coche, necesitas un conjunto de normas de tráfico estables, no una situación en la que un agente de policía pueda decidir que tú has infringido la ley y el otro no, simplemente porque yo digo cuál es la ley. Y, sobre todo, no una situación en la que el agente de policía haga eso basándose en quién le ha sobornado o de quién espera recibir un soborno. 

 El mundo real es mucho más complejo que las normas de tráfico, pero necesitamos esas normas y necesitamos cierta estabilidad, y esas normas no pueden especificarse letra por letra ni signo de puntuación por signo de puntuación por el Congreso. El mundo es demasiado complicado y cambia demasiado. Es necesario contar con unos principios y una doctrina sólidos en los organismos que hacen posible la vida moderna.

Ahora todo eso se ha esfumado.

Ahora, a todo ello se suma que todo esto se está haciendo para dar poder a un presidente que es la peor persona posible para este cargo. No es alguien a quien quieras que supervise nada; todo lo que toca Trump se convierte en basura porque no le importa y, en realidad, no entiende ni reconoce que existe algo llamado experiencia, es decir, saber lo que estás haciendo.

Así que esto sería terrible incluso si tuviéramos un gobierno temporalmente competente. Pero ahora estáis haciendo todo esto, el Tribunal Supremo está haciendo todo esto para dar poder al tipo que os trajo el Reflecting Pool, que os trajo la guerra con Irán. Una auténtica pesadilla. 

 Ahora bien, lo que pasará, con suerte, es que saldremos de esto habiendo rechazado la dictadura. Entonces, quiero decir, como todo el mundo sabe, este Tribunal Supremo no está, en realidad, reforzando la presidencia. Está reforzando a este presidente. Y en cuanto haya un demócrata en la Casa Blanca, de repente habrá todo tipo de restricciones sobre lo que esa persona pueda hacer.

Bueno, esto no puede seguir así. Este es un argumento claro que dice que, de una forma u otra, tenemos que restar poder al Tribunal Supremo. No sé lo suficiente como para decirte cuál es la mejor forma de hacerlo, pero habrá que recurrir al «court packing» o a alguna otra medida. Porque esta ha sido la señal más clara hasta la fecha de que tenemos a seis personas (hay tres que no forman parte de ello, pero tenemos a seis personas) que son fundamentalmente hostiles a la democracia, fundamentalmente hostiles al mundo moderno y decididas a poner al líder catastróficamente malo que tenemos actualmente en la Casa Blanca al mando de todo, lo cual es un escenario de pesadilla a todos los niveles.

Cuídate, supongo." 

(Paul Krugman, blog, 29/06/26, traducción Deepl) 

24.6.26

La acusación federal contra 15 manifestantes contra el ICE en Minnesota como supuestos miembros de "Antifa" —y por lo tanto terroristas domésticos— es una clase magistral de cómo el FBI está practicando ahora el "precrimen", arrestando a ciudadanos normales antes de que cometan un delito, o sin considerar si han cometido algún delito en absoluto... Es uno de los primeros casos en los que el memorando presidencial de seguridad nacional 7 (NSPM-7) ha sido citado explícitamente por el Departamento de Justicia como director de los arrestos, una nueva práctica que comenzó este mes... Bajo el NSPM-7, los federales no requieren que se haya cometido realmente un delito. Solo necesitan "indicadores". Los indicadores son lo suficientemente amplios como para abarcar a millones de estadounidenses: "antiamericanismo", "anticapitalismo", "anticristianismo", "extremismo en migración"... la prueba más vívida que Rosen presentó realmente a los periodistas fue un video de uno de los acusados, Kyle Wagner, usando retórica violenta —discurso—... Rosen dijo que nadie estaba siendo acusado "por lo que dijo"... en la "Operación Midway Blitz" de Chicago, los fiscales acusaron a los "Broadview Six" —un grupo que incluía a un candidato demócrata al Congreso y a un candidato demócrata a la legislatura estatal— de conspirar para "obstaculizar" a un agente del ICE fuera de un centro de detención. Un juez federal desestimó el caso... Nada de esto frena a la Casa Blanca. "La administración Trump asesta otro golpe aplastante a la red terrorista Antifa", anunció la Casa Blanca con los arrestos en Minnesota. El comunicado detalla casos federales contra individuos "Antifa" en estados como Minnesota, Oregón, Texas, Washington, Nueva Jersey, California e Indiana... Trump vomita y la maquinaria gubernamental avanza lentamente detrás (Ken Klippenstein)

"Terroristas "Antifa" de Minnesota acusados. El fiscal federal no puede explicar por qué o quién es Antifa

La acusación federal de la semana pasada contra 15 manifestantes contra el ICE en Minnesota como supuestos miembros de "Antifa" —y por lo tanto terroristas domésticos— es una clase magistral de cómo el FBI está practicando ahora el "precrimen", arrestando a ciudadanos normales antes de que cometan un delito, o sin considerar si han cometido algún delito en absoluto.

Es uno de los primeros casos en los que el memorando presidencial de seguridad nacional 7 (NSPM-7) ha sido citado explícitamente por el Departamento de Justicia como director de los arrestos, una nueva práctica que comenzó este mes. El fiscal de Estados Unidos para Minnesota, Daniel Rosen, dijo que la directiva estableció el Grupo de Trabajo Conjunto Vanguard para "priorizar la violencia motivada políticamente", lo que para la administración Trump significa, por supuesto, sus opositores. La directiva, dijo Rosen, también ordena a los investigadores federales "investigar, procesar y desarticular a quienes participan en violencia política e intimidación".

Cuando se le preguntó en la conferencia de prensa cómo define el Departamento de Justicia a Antifa, Rosen básicamente no tuvo respuesta. "Qué es Antifa va más allá, va más allá, creo, del alcance de esta acusación", respondió. "Pero lo que puedo decirles es que tenemos muchas personas que se autoidentifican de esa manera, y quizás quieran preguntarles a ellos esa pregunta".

Y en cuanto a si alguien resultó realmente herido, aquí también Rosen titubeó. "Si al final del día causaron o no daño físico no es la medida de si cometieron o no un delito federal grave", dijo, sonando como un niño que no había hecho la tarea y al que llaman en clase.

En otras palabras, el gobierno federal está procesando a un grupo que ni siquiera puede definir.

La guerra de la administración Trump contra sus oponentes encuentra su forma sólida en la guerra contra Antifa. Debido a que el presidente Trump "designó" a Antifa como un grupo terrorista, se aplican las reglas del "contraterrorismo". Piensen en el objetivo actual del FBI como prevenir otro 9/11: es decir, seguir la doctrina de las últimas dos décadas, que es detener un ataque antes de que ocurra.

Aunque no lo dicen explícitamente, el Grupo de Trabajo Vanguard se dedica al precrimen. Bajo el NSPM-7, los federales no requieren que se haya cometido realmente un delito. Solo necesitan "indicadores". Los indicadores son lo suficientemente amplios como para abarcar a millones de estadounidenses: "antiamericanismo", "anticapitalismo", "anticristianismo", "extremismo en migración", como ya he informado.

*El NSPM-7 de Trump etiqueta creencias comunes como "indicadores" de terrorismo*

*Con los medios de comunicación convencionales distraídos por el drama televisivo de la acusación de James Comey, Trump ha firmado una directiva de seguridad nacional poco notada que identifica las opiniones "anticristianas" y "antiamericanas" como indicadores de violencia izquierdista radical. Denominado Memorando Presidencial de Seguridad Nacional 7, su...*

Antifa como indicador es absurdo. En las protestas que he cubierto durante los últimos años, cuando preguntaba a la gente qué pensaba de Antifa, la respuesta que escuché una y otra vez —de madres, de abuelos— fue "¡Yo soy Antifa!". Algunos manifestantes lo decían en broma, otros con desafío. Pero lo que no querían decir era que formaban parte de alguna organización como la que Washington imagina. Cuando les preguntaba por qué Antifa, la respuesta era universal. Son antifascistas, lo que en términos no relacionados con la seguridad nacional es lo que ellos creían que la palabra significaba simplemente.

Esa confusión ha producido percances que serían divertidos si lo que está en juego no fuera lo que es —como cuando las fuerzas del orden federales estaban convencidas de que habían identificado al "líder de Antifa", que resultó ser un tipo cualquiera de Portland, como informé.

El fiscal Rosen anunció en su conferencia de prensa:

*"Hoy se desveló una acusación federal que imputa a 15 acusados el delito de conspiración para obstaculizar o lesionar a agentes federales y otros cargos relacionados con los esfuerzos de dos grupos Antifa con sede en Minneapolis que se opusieron violentamente a la aplicación de la ley federal en nuestro estado. Los acusados son miembros y asociados de Direct Action Minnesota… Estos acusados han sido acusados no por lo que dijeron, sino por lo que hicieron. Todos se unieron a un acuerdo, una conspiración, para interferir con las operaciones legales de aplicación de la ley de inmigración".*

"Conspiración" me parece mucho a desobediencia civil o libertad de expresión. Nótese, por ejemplo, que la prueba más vívida que Rosen presentó realmente a los periodistas fue un video de uno de los acusados, Kyle Wagner, usando retórica violenta —discurso— lo que resulta extraño junto a la insistencia de Rosen de que nadie estaba siendo acusado "por lo que dijo".

El NSPM-7 se firmó en septiembre de 2025, tres días después de la orden ejecutiva de Trump que designaba a Antifa como organización terrorista doméstica. Ordena al gobierno desarticular redes supuestamente "animadas" por creencias que incluyen el anticapitalismo, el anticristianismo y el "extremismo en migración". El memorando de implementación de la fiscal general Pam Bondi —titulado "Poner fin a la violencia política contra el ICE"— dirigió ese aparato directamente contra las personas acusadas de obstaculizar la aplicación de la ley de inmigración. El Grupo de Trabajo Conjunto Vanguard es ahora el brazo ejecutor con un objetivo mucho más amplio.

En su afán por arrestar y condenar a sus oponentes políticos, la administración Trump no ha tenido éxito hasta ahora. En enero, la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, anunció orgullosamente que el ICE había sobrevivido a "un intento de asesinato de agentes federales" en el norte de Minneapolis, sugiriendo que los manifestantes amenazaban directamente a los agentes del orden. Lo que describió como agentes federales "emboscados y atacados por tres individuos que los golpearon con palas de nieve y mangos de escobas", lo que obligó a un agente a disparar "un tiro defensivo", resultaron ser dos repartidores venezolanos de DoorDash sin antecedentes violentos.

Luego apareció el video. Las imágenes de vigilancia municipal mostraron un altercado de unos 12 segundos, sin golpes con pala de nieve; una pala permaneció en el suelo todo el tiempo. Las autoridades tuvieron las imágenes horas después del tiroteo. Los fiscales no se molestaron en verlas hasta semanas después de haber acusado a los hombres y haber presentado la declaración jurada de un agente ante un juez. En febrero, la propia oficina de Rosen solicitó el sobreseimiento de los cargos con perjuicio —lo que significa que nunca pueden ser presentados nuevamente— citando pruebas "materialmente inconsistentes" con la declaración jurada. Un juez federal estuvo de acuerdo. Dos agentes del ICE fueron puestos en licencia administrativa por mentir aparentemente bajo juramento.

El jefe de policía de Minneapolis ofreció el epitafio: los agentes "se ahorcaron solos".

Esto no fue un caso aislado. La filial local de CBS en Minneapolis revisó los documentos judiciales y encontró al menos 18 habitantes de Minnesota cuyos casos de agresión a un agente fueron desestimados, con un juez desestimando los cargos para 15 de ellos. Las declaraciones juradas de un solo agente del ICE aparecieron en aproximadamente diez de los casos desestimados. En un caso que el propio Rosen solicitó retirar, el acusado dijo que los agentes federales lo habían esposado a una cama de hospital durante días sin acceso a su teléfono.

Otro caso se derrumbó después de que un juez determinara que Bondi había nombrado públicamente a manifestantes arrestados en una publicación en las redes sociales —violando la orden de sellado del tribunal y, escribió el juez, "probablemente" varias políticas del Departamento de Justicia.

Y el patrón no se limita a Minnesota. En la "Operación Midway Blitz" de Chicago, los fiscales acusaron a los "Broadview Six" —un grupo que incluía a un candidato demócrata al Congreso y a un candidato demócrata a la legislatura estatal— de conspirar para "obstaculizar" a un agente del ICE fuera de un centro de detención. Un juez federal desestimó el caso por mala conducta procesal, incluidas alegaciones de manipulación del jurado y engaño al tribunal.

De 22 procesos en el área de Chicago bajo el estatuto federal de obstrucción a un agente, 16 han sido desestimados o nunca llegaron a ser acusados, según un recuento del Chicago Sun-Times citado por CNN.

En Los Ángeles, el gobierno ha perdido los cinco casos que llegaron a juicio —cinco absoluciones consecutivas.

Nada de esto frena a la Casa Blanca. "La administración Trump asesta otro golpe aplastante a la red terrorista Antifa", anunció la Casa Blanca con los arrestos en Minnesota. El comunicado detalla casos federales contra individuos "Antifa" en estados como Minnesota, Oregón, Texas, Washington, Nueva Jersey, California e Indiana.

Trump vomita y la maquinaria gubernamental avanza lentamente detrás. Sí, Noem, Bondi y Kash Patel pueden twittear como si hubiera tanto una amenaza como una rápida respuesta federal, pero los Grupos de Tarea tienen que resolver su presupuesto y sus membretes antes de poder llegar a la rampa de acceso a X (antes Twitter).

Rosen concluyó calificando la violencia política como "una plaga nacional en nuestros tiempos". No los precios de la gasolina. No el alquiler. No el costo de la atención médica. O el cuidado infantil. Eso es lo que obtienes cuando se permite que los imperativos de la "seguridad nacional" establezcan las prioridades de una sociedad —especialmente una vez que la "seguridad nacional" se ha redefinido para significar casi cualquier cosa que el gobierno quiera que signifique." 

(Ken Klippenstein , , blog, 23/06/26, traducción Deep Seek, enlaces en el original)