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14.6.26

El Informe sobre Justicia Global es un plan a la vez ambicioso y moderado. Ambicioso al mostrar cómo se podría lograr la prosperidad global y resolver la crisis climática; pero es moderado, ya que, ¡no se podrá lograr hasta dentro de 75 años! Un tiempo muy largo para varios miles de millones de seres humanos y las especies del planeta... El objetivo es que la renta nacional mensual per cápita en todo el mundo converja hasta alcanzar los 5000 € en todos los países... Casi el 90 % de la población mundial duplicaría sus ingresos trabajando aproximadamente la mitad de horas. El calentamiento global se limitaría a 1,8 °C para 2100, en lugar de acelerarse hasta superar los 4 °C... Los fondos recaudados provendrían de un impuesto global sobre el patrimonio (que aumentaría del 0 % para quienes posean 10 veces la riqueza media mundial, hasta el 20 % anual para los multimillonarios) y de un impuesto global sobre la renta (que alcanzaría el 90 % en los tramos más altos), ambos dirigidos a alrededor del 1 % de la población mundial... ¿Qué gobierno del G7 en el mundo está dispuesto a adoptar tales políticas? Ninguno... Al contrario, los gobiernos han bajado los impuestos a los ricos y a las empresas y los han subido al resto... ¿Qué falta aquí? El capitalismo va a seguir existiendo. Los propietarios del capital —los bancos, las empresas energéticas, las empresas tecnológicas y de medios de comunicación, las grandes farmacéuticas y sus propietarios multimillonarios— no van a ser expropiados... la desigualdad no es el resultado de nuestras políticas, instituciones y estructuras de gobernanza, sino el resultado de la propiedad privada del capital y de unos gobiernos dedicados a mantener su poder y su riqueza. Si eso no cambia, la desigualdad de ingresos y riqueza a nivel mundial y nacional persistirá y seguirá empeorando, y el cambio climático alcanzará puntos de inflexión irreversibles (Michael Roberts)

"El pasado fin de semana, el World Inequality Lab (WIL) organizó la tercera edición de su Conferencia Mundial sobre la Desigualdad, celebrada en la Escuela de Economía de París.

El WIL aloja y mantiene la Base de Datos Mundial sobre Desigualdad, una base de datos de acceso libre sobre la desigualdad global. Probablemente los miembros más famosos del equipo del WIL sean sus directores, Thomas Piketty y Gabriel Zucman, el primero por su obra magna El capital en el siglo XXI y sus libros posteriores.

La conferencia contó con asistentes de 58 nacionalidades diferentes y se centró en la presentación del Informe sobre Justicia Global del WIL.  En el discurso de apertura se constató que aunque la desigualdad global ha disminuido drásticamente desde que Keynes planteó la posibilidad de resolver el "problema económico" de lograr prosperidad y ocio para todo el mundo, el problema económico persiste. El mundo sigue enfrentándose a "desigualdades crudas y crecientes y a una crisis medioambiental cada vez mayor" (nótese la ausencia de referencia a las crisis regulares y recurrentes de producción e inversión).  Pero el "problema económico" puede resolverse con "escenarios concretos y alcanzables", y el futuro puede no ser "una distopía tecnológica, sino una de prosperidad para todos: una utopía" (Piketty).

En el informe, los autores afirman "plantear una nueva visión para el progreso global en el siglo XXI: basar el desarrollo humano y la igualdad en la habitabilidad del planeta". Un plan en mi opinión, a la vez ambicioso y moderado. Es ambicioso al mostrar cómo se podría lograr la prosperidad global y resolver la crisis climática; pero también es moderado, ya que, según los autores, ¡no se podrá lograr hasta dentro de 75 años! Un  tiempo muy largo para varios miles de millones de seres humanos y las especies del planeta.

El informe establece algunos objetivos clave. El objetivo es que la renta nacional mensual per cápita en todo el mundo converja hasta alcanzar los 5000 € en todos los países, cerrando así una brecha de 16 veces.

Para lograrlo, la participación de la mitad más pobre de la riqueza mundial debe aumentar del 2 % al 30 %, mientras que la participación de la clase multimillonaria a nivel mundial debe reducirse del 6 % al 0,05 %. Casi el 90 % de la población mundial duplicaría sus ingresos trabajando aproximadamente la mitad de horas de las que trabaja hoy en día. El calentamiento global aumentaría desde su media actual de 1,5 °C por encima de los niveles preindustriales, pero se limitaría a 1,8 °C para 2100, en lugar de acelerarse hasta superar los 4 °C según las tendencias macroeconómicas y políticas de referencia previstas.  Así pues, el objetivo es: la igualdad global de ingresos, el fin del calentamiento global, una reducción de la jornada laboral para todos y todas, una mejora masiva de los sistemas educativos y sanitarios, la reforestación y el fin de la agricultura industrial.

¿Cómo se lograría esto? Se crearía un Fondo de Justicia Global que recaudará fondos suficientes para realizar un gasto anual equivalente, de media, al 10,3 % del PIB mundial durante el periodo 2026-2060 —un aumento enorme respecto al gasto actual de los organismos internacionales y los gobiernos, que apenas alcanza el 0,4 % del PIB al año—.

Parte de los fondos recaudados y de los ingresos posteriormente reinvertidos se destinarían a un Fondo Soberano Mundial equivalente al 60 % del PIB mundial. Los fondos recaudados provendrían de un impuesto global sobre el patrimonio (que aumentaría del 0 % para quienes posean 10 veces la riqueza media mundial, hasta el 20 % anual para los multimillonarios) y de un impuesto global sobre la renta (que alcanzaría el 90 % en los tramos más altos), ambos dirigidos a alrededor del 1 % de la población mundial. Básicamente, los ingresos de los multimillonarios se reducirían drásticamente mediante la fiscalidad y luego se redistribuirían. El impuesto global sobre el patrimonio significaría que la participación del 50 % más pobre en la distribución de la riqueza mundial pasaría del 2 % actual a alrededor del 30 % en 2100, un aumento de 15 veces, mientras que la participación en la riqueza de la clase multimillonaria mundial se reduciría del 6,4 % al 0,05 %, una disminución de más de cien veces. El Fondo de Justicia Global estaría controlado democráticamente por los gobiernos nacionales con un poder de voto proporcional a la población.

Los autores estiman que no sería posible una convergencia global hacia un nivel superior a los 5000 euros al mes y, al mismo tiempo, mantener el calentamiento global dentro de un presupuesto de carbono de 2 °C. Por lo tanto, se trata de una disyuntiva. El informe rechazó un escenario burdo de "decrecimiento", es decir, aquel en el que toda la población de los países ricos del Norte global sufre una pérdida de ingresos para ayudar a aumentar los ingresos de los del Sur global. Los autores consideran que pueden cuadrar ese círculo redistribuyendo la riqueza y los ingresos dentro de los países del Norte global, de los multimillonarios a la mayoría, y también reduciendo las horas de trabajo mediante el aumento de la productividad y una mayor inversión en educación y salud. Concluyen que "la suficiencia selectiva puede ser más eficaz que el decrecimiento agregado. Por ejemplo, un objetivo de PIB per capita de 60 000 euros, con un gran cambio en el consumo hacia sectores inmateriales, un cambio en los hábitos alimentarios y la reforestación implícita, conduce a un aumento de la temperatura de 1,8 °C en 2100, es decir, menos que los 1,9 °C asociados a un gran decrecimiento uniforme (15 000 euros para todo el mundo en 2100) pero sin suficiencia ni transformación estructural". Al mismo tiempo, la producción de combustibles fósiles se eliminaría gradualmente y se sustituiría por completo por energías renovables para reducir los daños del calentamiento global.

¿Qué podemos concluir de esto? ¿Son viables, económica y políticamente, estos objetivos de igualdad global y de limitar el calentamiento global por debajo de los 2 °C? Los economistas dominantes no han tardado en desacreditar el informe. Noah Smith, un conocido comentarista económico, calificó el informe de "descabellado y una completa tontería".  Según Smith, la afirmación del informe de que el calentamiento global alcanzará los 4 °C a finales de siglo está desfasada y es tremendamente exagerada, solo para que Piketty y sus amigos puedan justificar su "excesivo" impuesto sobre el patrimonio.

Smith continúa diciendo que el informe aboga por el "proyecto político inviable" del decrecimiento (lo cual no es cierto, como se ha explicado anteriormente) y prevé "una planificación económica global que haría palidecer al Gosplan". "Aún más ridículo es que Piketty prevea una autoridad fiscal global para llevar a cabo este plan demencial mediante una fiscalidad global".  Desde el punto de vista del capital y de los superricos, Smith tiene razón: para alcanzar incluso estos modestos objetivos (igualdad global y control climático para finales de siglo) se necesitaría una planificación global y cooperación internacional. Smith lo considera "una locura", pero no ofrece ninguna alternativa a la locura actual de seguir destruyendo el planeta y permitir que la pobreza y la desigualdad no dejen de aumentar.

Mi propia crítica al informe es que se basa en la distribución a posteriori, no en la predistribución, es decir, en la propiedad y el control colectivos del poder corporativo. Las respuestas políticas que ofrece el informe son: redistribuir los ingresos mediante una fiscalidad progresiva y transferencias sociales, más inversión pública en educación y salud y un sistema monetario global. ¿Qué falta aquí? No hay ninguna política para cambiar radicalmente la estructura socioeconómica de la economía mundial. En efecto, el capitalismo va a seguir existiendo. Los propietarios del capital —los bancos, las empresas energéticas, las empresas tecnológicas y de medios de comunicación, las grandes farmacéuticas y sus propietarios multimillonarios— no van a ser expropiados. En su lugar, simplemente debemos gravarles con fuertes impuestos y los gobiernos deben unirse para utilizar el dinero recaudado en invertir en necesidades sociales. Así pues, la política consiste en la redistribución de la desigualdad existente en los ingresos y la riqueza, no en la predistribución, es decir, en cambiar la estructura social que engendra estas desigualdades extremas, a saber, la propiedad privada de los medios de producción.

Una élite muy reducida posee los medios de producción y las finanzas, y así es como se apropia de la mayor parte, y más aún, de la riqueza y los ingresos. Y la concentración de la riqueza tiene que ver realmente con la propiedad del capital productivo, los medios de producción y las finanzas. Es el gran capital (financiero y empresarial) el que controla las decisiones de inversión, empleo y finanzas del mundo. Un núcleo dominante de 147 empresas, a través de participaciones entrelazadas en otras, controla conjuntamente el 40 % de la riqueza de la red global. Un total de 737 empresas controlan el 80 % del total.

Esta es la desigualdad que importa para el funcionamiento del capitalismo: el poder concentrado del capital. Y dado que la desigualdad de riqueza se deriva de la concentración de los medios de producción y las finanzas en manos de unos pocos, que esa estructura de propiedad permanece intacta, cualquier política redistributiva basada en el aumento de los impuestos sobre la riqueza y los ingresos siempre se quedará corta a la hora de resolver el "problema económico".

Llegados a este punto, a menudo se argumenta que la propiedad pública de las finanzas y de los sectores clave de las principales economías del mundo es imposible y utópica —nunca sucederá a menos que se produzca una revolución popular—, lo cual, a su vez, nunca sucederá.  Mi respuesta sería que la adopción de políticas supuestamente menos radicales, como la fiscalidad progresiva y/o un cambio radical en la inversión pública, o la cooperación global para romper la transferencia de valor e ingresos del Sur Global a la élite rica del Norte Global, son igual de "utópicas".   Y, de hecho, esa es la opinión de economistas procapitalistas como Noah Smith.

¿Qué gobierno del G7 en el mundo está dispuesto a adoptar tales políticas? Ninguno. ¿Cuánto se han acercado a adoptar alguna de las políticas del informe en los últimos diez o veinte años? Nada en absoluto. Al contrario, los gobiernos han bajado los impuestos a los ricos y a las empresas y los han subido al resto, mientras que la inversión pública en necesidades sociales ha disminuido.  ¿Existe alguna cooperación global para poner fin a la explotación por parte de las multinacionales y los bancos en el Sur Global o para acabar con la producción de combustibles fósiles y los jets privados?

Los autores del informe afirman: "La desigualdad es una elección política. Es el resultado de nuestras políticas, instituciones y estructuras de gobernanza".  Pero la desigualdad no es el resultado de nuestras políticas, instituciones y estructuras de gobernanza, sino el resultado de la propiedad privada del capital y de unos gobiernos dedicados a mantener su poder y su riqueza. Si eso no cambia, la desigualdad de ingresos y riqueza a nivel mundial y nacional persistirá y seguirá empeorando, y el cambio climático alcanzará puntos de inflexión irreversibles."

 (Michael Roberts, Viento Sur, 13/06/26, fuente TheNextRecession , gráficos en el original)

14.2.26

¿Sustituir el capitalismo, no por el socialismo, sino por la democracia? Necesitamos urgentemente superar la ley capitalista del valor... por «capitalismo entendemos algo muy extraño y muy específico: un sistema económico que se reduce a una dictadura dirigida por una pequeña minoría que controla el capital: los grandes bancos, las grandes empresas y el 1 % que posee la mayoría de los activos invertibles»... bajo el capitalismo «el propósito de la producción no es principalmente satisfacer las necesidades humanas o lograr el progreso social, y mucho menos cumplir con ningún objetivo ecológico. El propósito es maximizar y acumular beneficios. Ese es el objetivo primordial. Esta es la ley capitalista del valor. Y para maximizar los beneficios, el capital requiere un crecimiento perpetuo, una producción agregada cada vez mayor, independientemente de si es necesaria o perjudicial»... la construcción y el mantenimiento de autopistas es mucho más lucrativo para los contratistas privados, los fabricantes de automóviles y las compañías petroleras que una red moderna de ferrocarriles públicos ultrarrápidos y seguros. Por eso, los capitalistas siguen presionando a sus gobiernos para que subvencionen los combustibles fósiles... El capitalismo está bloqueando las tecnologías y las inversiones para el bien colectivo y les está encerrando «en ciclos interminables de violencia imperialista». El imperialismo es un producto del capitalismo, donde «la acumulación de capital en las economías avanzadas depende de la aportación masiva de mano de obra barata y recursos naturales del sur global. Para mantener este orden, el capital utiliza todas las herramientas a su alcance: deuda, sanciones, golpes de Estado e incluso invasiones militares directas para mantener a las economías del sur en una posición de subordinación»... Entonces, ¿cuál es la respuesta al capitalismo y al imperialismo? Necesitamos un nuevo banco de inversión público que, en asociación con los bancos centrales, convierta la liquidez disponible en tipos de inversión compatibles con una prosperidad común y sostenible... utilizar ampliamente la democracia deliberativa para decidir los objetivos sectoriales, regionales y nacionales a los que se destinarán las nuevas herramientas de financiación pública... y la formación de empresas «gestionadas según el principio de un empleado, una acción, un voto»... pero la inversión capitalista en las economías modernas es cinco veces mayor que la inversión pública, inversión públíca frente a las decisiones de inversión que toman los grandes bancos de inversión privados de Estados Unidos... y cualquier trabajador puede comprar ya una acción de una empresa en este momento y votar, frente a las acciones de las grandes empresas, las sociedades de capital privado y las instituciones financieras? (Michael Roberts)

"Los destacados economistas de izquierda Jason Hickel y Yanis Varoufakis escribieron conjuntamente un artículo para el periódico británico The Guardian esta semana. El titular era «Podemos superar el modelo capitalista y salvar el clima: estos son los tres primeros pasos». Jason Hickel es profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona y profesor visitante sénior en la LSE. Yanis Varoufakis es el líder de MeRA25, exministro de Finanzas y autor de Technofeudalism: What Killed Capitalism.

Hickel y Varoufakis comienzan dejando muy claro lo siguiente: «Nuestro sistema económico actual es incapaz de abordar las crisis sociales y ecológicas a las que nos enfrentamos en el siglo XXI. Cuando miramos a nuestro alrededor, vemos una paradoja extraordinaria. Por un lado, tenemos acceso a nuevas tecnologías extraordinarias y a una capacidad colectiva para producir más alimentos y más cosas de las que necesitamos o de las que el planeta puede permitirse. Sin embargo, al mismo tiempo, millones de personas sufren condiciones de grave privación».

¿Por qué ocurre esto? Hickel y Varoufakis nos dicen sin rodeos que el problema es el «capitalismo». Una respuesta extraña por parte de Varoufakis, que recientemente ha escrito un libro en el que sostiene que «el capitalismo ha muerto» y ha sido sustituido por el feudalismo, o más precisamente por el «tecnofeudalismo». Pero la definición de capitalismo de Hickel y Varoufakis es algo extraña. Por capitalismo, no se refieren a «los mercados, el comercio y el espíritu empresarial, que han existido durante miles de años antes del auge del capitalismo». Eso es cierto. En cambio, los autores de este artículo afirman que por «capitalismo entendemos algo muy extraño y muy específico: un sistema económico que se reduce a una dictadura dirigida por una pequeña minoría que controla el capital: los grandes bancos, las grandes empresas y el 1 % que posee la mayoría de los activos invertibles».

No estoy seguro de por qué esto es «extraño». Al fin y al cabo, la historia de la organización social humana desde la época primitiva ha sido una historia de división de las personas en clases, con una clase dominante que explota al resto a través de diferentes modos sociales: la esclavitud, el feudalismo, el absolutismo y, durante los últimos 250 años aproximadamente, la explotación capitalista de la fuerza de trabajo humana a través de la propiedad y el control de los medios de producción. De hecho, como dicen los autores, bajo el capitalismo «el propósito de la producción no es principalmente satisfacer las necesidades humanas o lograr el progreso social, y mucho menos cumplir con ningún objetivo ecológico. El propósito es maximizar y acumular beneficios. Ese es el objetivo primordial. Esta es la ley capitalista del valor. Y para maximizar los beneficios, el capital requiere un crecimiento perpetuo, una producción agregada cada vez mayor, independientemente de si es necesaria o perjudicial».

Sí, el capitalismo es un sistema impulsado por los beneficios que explota a la masa de trabajadores, pero los autores no hacen tanto hincapié en ese aspecto del capitalismo como en su «irracionalidad», es decir, la «producción masiva de cosas como SUV, mansiones y moda rápida, porque estas cosas son muy rentables para el capital, pero la subproducción crónica de cosas obviamente necesarias como viviendas asequibles y transporte público, porque estas son mucho menos rentables para el capital, o no lo son en absoluto. »

Demuestran acertadamente que la razón por la que el calentamiento global y la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero no se están abordando bajo el capitalismo es que, aunque las energías renovables ya son mucho más baratas que los combustibles fósiles, la producción de estos últimos es hasta tres veces más rentable. «Del mismo modo, la construcción y el mantenimiento de autopistas es mucho más lucrativo para los contratistas privados, los fabricantes de automóviles y las compañías petroleras que una red moderna de ferrocarriles públicos ultrarrápidos y seguros. Por eso, los capitalistas siguen presionando a sus gobiernos para que subvencionen los combustibles fósiles y la construcción de carreteras, incluso mientras el mundo se quema». Como dicen gráficamente los autores: «al capitalismo le importan las perspectivas de nuestra especie tanto como a un lobo le importa un cordero».

El capitalismo está bloqueando las tecnologías y las inversiones para el bien colectivo y les está encerrando «en ciclos interminables de violencia imperialista». El imperialismo es un producto del capitalismo, donde «la acumulación de capital en las economías avanzadas depende de la aportación masiva de mano de obra barata y recursos naturales del sur global. Para mantener este orden, el capital utiliza todas las herramientas a su alcance: deuda, sanciones, golpes de Estado e incluso invasiones militares directas para mantener a las economías del sur en una posición de subordinación».

Entonces, ¿cuál es la respuesta al capitalismo y al imperialismo? Los autores vuelven a ser contundentes. «La solución está delante de sus narices. Necesitamos urgentemente superar la ley capitalista del valor». Sí. Pero cuando se trata de un programa para superar la ley del valor en el capitalismo, las alternativas que ofrecen nuestros autores se vuelven poco convincentes (en su otro significado). Hickel y Varoufakis nos ofrecen tres condiciones necesarias, pero no para sustituir el capitalismo por el socialismo, sino para sustituir la «dictadura» capitalista por «una democracia funcional y ecológicamente sólida». Así que no del capitalismo al socialismo, sino de la dictadura a la democracia. En este artículo, la palabra «socialismo» brilla por su ausencia.

Y el motivo queda claro cuando los autores explican sus tres condiciones para el cambio. «La primera condición es una nueva arquitectura financiera que penalice las «inversiones» privadas destructivas y permita la financiación pública con fines públicos». Eso es un poco vago; ¿qué significa en la práctica? «En el centro de esta arquitectura necesitamos un nuevo banco de inversión público que, en asociación con los bancos centrales, convierta la liquidez disponible en tipos de inversión compatibles con una prosperidad común y sostenible». ¿Qué? Entonces, la respuesta al dominio del capital financiero no es hacerse con el control de los bancos, las compañías de seguros, los fondos de cobertura, etc. y luego planificar la inversión. No, se trata simplemente de crear un banco público que compita con el sector financiero capitalista existente. Dado que la inversión capitalista en las economías modernas es unas cinco veces mayor que la inversión pública, ¿cómo puede esta propuesta invertir esa proporción y poner fin a la «dictadura» del capitalismo?

La segunda condición es «utilizar ampliamente la democracia deliberativa para decidir los objetivos sectoriales, regionales y nacionales (por ejemplo, en lo que respecta al crecimiento o incluso a la reducción de diferentes producciones) a los que se destinarán las nuevas herramientas de financiación pública». Así pues, nuestro banco de inversión público se gestionará democráticamente y las decisiones sobre las inversiones que realice se tomarán democráticamente. Muy bien, pero ¿qué pasa con las decisiones de inversión que toman los grandes bancos de inversión privados de Estados Unidos, los cinco grandes bancos comerciales del Reino Unido, etc.? Parece que sus decisiones no se ven afectadas.

¡Ah! No, no es así, porque la tercera condición para poner fin a la «dictadura» capitalista, según los autores, es la formación de empresas «gestionadas según el principio de un empleado, una acción, un voto». Las empresas no deben pasar a ser de propiedad común. En cambio, cada trabajador obtiene una acción y un voto en las decisiones de la empresa. Esto es extraño, porque cualquier trabajador puede comprar una acción de una empresa en este momento y votar. ¿Qué pasa con las acciones que ya poseen las grandes empresas, las sociedades de capital privado y las instituciones financieras? ¿No van a ser expropiadas? Si es así, ¿por qué no lo dicen, en lugar de limitarnos a ofrecernos la idea de un trabajador, un voto?

Los autores terminan su artículo afirmando que puede existir un mundo que evite el colapso ecológico y acabe con la pobreza global: «es una perspectiva tangible». El problema es que las tres recetas políticas que ofrecen Hickel y Varoufakis distan mucho de lograrlo, porque no conducen al fin de lo que ellos llaman la «dictadura» capitalista." 

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22.12.25

Podemos comprobar que a nuestro alrededor hay multitud de experiencias que nos demuestran que los seres humanos podemos satisfacer las necesidades de forma menos costosa y mucho más eficiente, libre y pacífica cuando nos guiamos por principios distintos a los que rigen en el capitalismo... En el mundo hay más de tres millones de cooperativas que emplean a más del 10% del empleo mundial y que -a pesar de tener que hacerlo en un medio ambiente desfavorable- funcionan igual o mejor que las empresas de propiedad privada. La sanidad pública funciona mejor, es más barata y no produce las muertes evitables de la privada. Según la OCDE, en en 2023 había 126 empresas públicas (no guiadas, por tanto, por el afán de lucro capitalista) entre las 500 empresas más grandes del mundo, 92 más que en 2000. En 2024 había 1.115 bancos públicos en todo el mundo manejando 91 billones de dólares de activos, prácticamente el mismo volumen del PIB mundial... casi 1.000 millones de personas mayores de 15 años realizan mensualmente algún tipo de trabajo voluntario en todo el mundo... Para transformar de verdad el mundo hay que descubrir todo ese abanico de experiencias, aprender de ellas, reproducirlas y hacer que la gente de nuestro alrededor se movilice y empodere anticipando el futuro, construyéndolas y comprobando así que vivir en un mundo distinto al de ahora le conviene más y le satisface mejor... Es preciso construir desde abajo. Traer el futuro a la sociedad real poniendo en marcha nuevo tipos de empresas, con formas de propiedad y gestión alternativas; canales de distribución de los bienes y servicios que no obliguen a gastar improductivamente más de lo que valen; organizar el consumo racional y sosteniblemente; gestionar lo común y no destruirlo… Nada de eso es inalcanzable ni utópico. Lo tenemos a nuestro alrededor en multitud de experiencias y lugares del. mundo (Juan Torres López)

 "La última edición del informe sobre desigualdad mundial vuelve a mostrar que las brechas entre ricos y pobres en el planeta no sólo son gigantescas, sino que aumentan sin cesar. Los datos son una vez más escalofriantes y la desigualdad se manifiesta no sólo en términos de ingresos y riqueza personal:

– Unos 56.000 multimillonarios, entrarían en un campo de fútbol, controlan actualmente tres veces más riqueza que la mitad de la humanidad en su conjunto.

– El 10% más rico de la población mundial gana más que el 90% restante, mientras que la mitad más pobre de la población mundial capta menos del 10% del ingreso global total.

– Las mujeres ganan solo el 32 % de lo que ganan los hombres por hora de trabajo, considerando tanto las actividades remuneradas como las no remuneradas; y el 61 % si sólo se toma en cuenta el trabajo remunerado.

– La diferencia de gasto en educación llega a ser de 40 a 1 entre diferentes lugares del mundo.

– El 10% más rico es responsable del 77% de las emisiones asociadas con la propiedad de capital privado, y el 1% más rico por sí solo el 41%, casi el doble que el 90% más pobre en conjunto.

Según la revista Forbes,  en 2025 hay 3.028 empresarios, inversores y herederos milmillonarios en todo el mundo con un patrimonio total de 16,1 billones de dólares, dos más que en 2024. Por cierto, habiendo aumentado en este año mucho más que nunca la cantidad recibida por herencia por cónyuges e hijos, según el informe Billionaire Ambitions Report, publicado hace unos días por la firma de gestión financiera y patrimonial UBS.

La concentración tan inmensa de riqueza que se da en nuestro tiempo no es un hecho natural, ni fruto de la casualidad. Es el resultado de aplicar políticas que desde hace años vienen desmantelando derechos e instituciones de representación, control y contrapoder. Pero ninguna de ellas hubiera sido exitosa sin añadir un enorme poder mediático y cultural al financiero, económico y político del que dispone ese grupo de milmillonarios que dominan el mundo. No es casualidad que también en nuestros días se esté dando la mayor apropiación de medios de comunicación de la historia por parte de las personas más ricas.

Y ese poder mediático y cultural se orienta principal y prioritariamente a un objetivo: hacer creer a la gente que el mundo en el que vivimos es el no va más, el fin de la historia, el modo de vida y el sistema económico natural que no se puede cambiar.

Es lógico que quienes obtienen sus privilegios del capitalismo quieran convencernos de que no hay otra posible forma de organizar la economía y la sociedad. No se les puede criticar por ello. Es lo que necesitan y hay que reconocer que lo hacen magníficamente bien.

La desgracia es que los partidos que operan en la vida política con el supuesto fin de enfrentarse a todo eso no hacen mucho por ofrecer un horizonte alternativo, un modelo social y económico diferente al capitalismo. Operan en el corto plazo, se concentran en mover piezas y hacen ajustes en el sistema, sin duda necesarios, pero a la vista está que insuficientes para lograr que se frene la concentración de riqueza que deteriora las economías, desestabiliza y rompe a las sociedades, y destruye el medio ambiente. Ni siquiera en su denominación se percibe que luchen por una fórmula específica de sociedad distinta a la actual. Podemos o Sumar se podrían llamar Partido Popular o Vox. Ninguno de esos términos tiene sustancia identificativa. Sólo la mantiene el Partido Socialista (el comunista se esconde tras otras siglas) pero ¿cuándo hemos oído a alguno de sus dirigentes decir que luchan por traer el socialismo como alternativa del capitalismo?

La renuncia a definir y proponer un modo diferente de sistema económico y social por parte de las organizaciones políticas que se consideran transformadoras es una verdadera tragedia. Lo quieran o no, así ayudan decisivamente a que esos grandes multimillonarios puedan convencer a la gente de que ya nada se puede cambiar.

Es una tragedia, además, fruto de un tipo singular de ceguera, la que se produce por no mirar más allá de lo que se tiene a un palmo de nuestras narices, como el borracho que sólo busca las llaves perdidas junto al farol que lo alumbra. Cuando se mira algo más lejos, ni siquiera mucho, podemos comprobar que a nuestro alrededor hay multitud de experiencias que nos demuestran que los seres humanos podemos satisfacer las necesidades de forma menos costosa y mucho más eficiente, libre y pacífica cuando nos guiamos por principios distintos a los que rigen en el capitalismo.

En el mundo hay más de tres millones de cooperativas que emplean a más del 10% del empleo mundial y que -a pesar de tener que hacerlo en un medio ambiente desfavorable- funcionan igual o mejor que las empresas de propiedad privada. La sanidad pública funciona mejor, es más barata y no produce las muertes evitables de la privada. Según la OCDE, en en 2023 había 126 empresas públicas (no guiadas, por tanto, por el afán de lucro capitalista) entre las 500 empresas más grandes del mundo, 92 más que en 2000. En 2024 había 1.115 bancos públicos en todo el mundo manejando 91 billones de dólares de activos, prácticamente el mismo volumen del PIB mundial. Hace unos años, Naciones Unidas calculó que el trabajo no remunerado equivalía al empleo de 2.000 millones de personas a tiempo completo, la cuarta parte la población mundial. Y se calcula que casi 1.000 millones de personas mayores de 15 años realizan mensualmente algún tipo de trabajo voluntario en todo el mundo.

En mi último libro menciono, además, otras muchas experiencias de vida económica y social organizada bajo principios de ahorro, circularidad, solidaridad, cooperación, afecto, cuidado a las personas y a la naturaleza, defensa de lo común, democracia y codecisión… Todas ellas tienen, además, un rasgo en común: aprovechan mejor los recursos y satisfacen las necesidades proporcionando más bienestar, relaciones sociales menos conflictivas y paz.

Para transformar de verdad el mundo hay que descubrir todo ese abanico de experiencias, aprender de ellas, reproducirlas y hacer que la gente de nuestro alrededor se movilice y empodere anticipando el futuro, construyéndolas y comprobando así que vivir en un mundo distinto al de ahora le conviene más y le satisface mejor. El trabajo político en las instituciones es importante, fundamental si se quiere, pero no puede ser el único que se realice, como le está pasando desde hace décadas a los partidos de izquierdas. Es preciso construir desde abajo. Traer el futuro a la sociedad real poniendo en marcha nuevo tipos de empresas, con formas de propiedad y gestión alternativas; canales de distribución de los bienes y servicios que no obliguen a gastar improductivamente más de lo que valen; organizar el consumo racional y sosteniblemente; gestionar lo común y no destruirlo… Nada de eso es inalcanzable ni utópico. Lo tenemos a nuestro alrededor en multitud de experiencias y lugares del. mundo. Y la mejor prueba de su brío, de su utilidad, de su fuerza o de su entidad es que hayan brotado y no dejen de crecer en todo el planeta a pesar del contexto tan adverso en el que nos encontramos."        (Juan Torres López, 21/12/25)

16.5.24

Joseph Stiglitz proclama las bondades del «capitalismo progresista»... para él, el enemigo de la libertad humana no es el capitalismo como tal, sino el «neoliberalismo» que ha engendrado la desigualdad creciente, la degradación medioambiental y el afianzamiento de los monopolios corporativos... y quiere regularlo para que funcione para muchos (ovejas) y no para unos pocos (lobos). «Necesitamos regulaciones medioambientales, de tráfico, de zonificación, financieras, necesitamos regulaciones en todos los componentes de nuestra economía», escribe... Pero Stiglitz es un ingenuo o un sofista. La historia de la regulación es una historia de fracasos a la hora de controlar el capitalismo o de hacer que los bancos y las empresas apliquen políticas e inversiones en interés de las personas por encima del beneficio. ¿Cómo puede alguien no darse cuenta de ello, después del colapso financiero mundial de 2008, o los posteriores escándalos financieros en abundancia; o la incapacidad para detener o regular la producción de combustibles fósiles y las finanzas? ¿Cómo podrían la regulación y una mayor igualdad hacer frente al desastre inminente que supone el calentamiento global a medida que el capitalismo acumula rapazmente sin ninguna consideración por los recursos y la viabilidad del planeta? El capitalismo progresista es un oxímoron en el siglo XXI (Michael Roberts, economista de la City)

 "El economista liberal de izquierdas y premio Nobel (Riksbank) Joseph Stiglitz ha sacado otro libro para proclamar las bondades de lo que él llama «capitalismo progresista».  El camino hacia la libertad es un juego de palabras con el título del infame libro de Friedrich Hayek, El camino hacia la servidumbre, publicado en 1944, que afirmaba que la intervención del gobierno en la «libertad de los mercados» provocaría escasez y mala distribución de los recursos y, finalmente, el fin de la democracia y la libertad en una dictadura a la manera de la Unión Soviética estalinista.  John Maynard Keynes expresó su acuerdo con Hayek tras leer su libro. Escribió a Hayek que: «moral y filosóficamente me encuentro de acuerdo con prácticamente la totalidad del mismo; y no sólo de acuerdo con él, sino profundamente conmovido».

 Pero Stiglitz ciertamente no.  Para él, la afirmación de Hayek de que el «libre mercado» significa libertad para el individuo significa en realidad «libertad para los lobos y muerte para las ovejas» (Isaiah Berlin). Los mercados libres están diseñados para obtener beneficios, no para satisfacer las necesidades sociales de muchos. «Las externalidades están por todas partes», escribe Stiglitz. «Las mayores y más famosas externalidades negativas son la contaminación atmosférica y el cambio climático, que se derivan de la libertad de las empresas y los individuos para emprender acciones que crean emisiones nocivas». El argumento para restringir esta libertad, señala Stiglitz, es que hacerlo «ampliará la libertad de las personas de generaciones posteriores para existir en un planeta habitable sin tener que gastar una enorme cantidad de dinero para adaptarse a cambios masivos en el clima y el nivel del mar».

Para Stiglitz, el enemigo de la libertad humana no es el capitalismo como tal, sino el «neoliberalismo» que ha engendrado la desigualdad creciente, la degradación medioambiental, el afianzamiento de los monopolios corporativos, la crisis financiera de 2008 y el ascenso de peligrosos populistas de derechas como Donald Trump. Estos resultados nefastos no fueron ordenados por ninguna ley natural o económica, afirma. Más bien, fueron «una cuestión de elección, un resultado de las normas y reglamentos que habían regido nuestra economía. Habían sido moldeadas por décadas de neoliberalismo, y fue el neoliberalismo el culpable».

 Stiglitz ya ha argumentado en libros anteriores que la culpa no es del capitalismo, sino de las decisiones de los gobiernos y sus patrocinadores corporativos de «cambiar las reglas del juego» que habían existido en el periodo de posguerra del capitalismo dirigido.  Se cambiaron las reglas para desregular, privatizar, aplastar a los sindicatos, etc.  Pero Stiglitz nunca explica por qué la élite gobernante consideró necesario cambiar las reglas del juego.  ¿Qué ocurrió para que las reglas de la posguerra se convirtieran en las neoliberales?

De todos modos, Stigliz reitera su llamamiento a la creación de un «capitalismo progresista».  Bajo las reglas de esta forma de capitalismo, el gobierno emplearía toda una gama de políticas fiscales, de gasto y regulatorias para reducir la desigualdad, frenar el poder corporativo y desarrollar los tipos de capital para las necesidades sociales no lucrativas como el «capital humano» (educación), el «capital social» (cooperativas) y el «capital natural» (recursos medioambientales).

Stiglitz no quiere deshacerse del capitalismo, sino regularlo para que funcione para muchos (ovejas) y no para unos pocos (lobos). «Necesitamos regulaciones medioambientales, de tráfico, de zonificación, financieras, necesitamos regulaciones en todos los componentes de nuestra economía», escribe. Pero Stiglitz es un ingenuo o un sofista.  La historia de la regulación es una historia de fracasos a la hora de controlar el capitalismo o de hacer que los bancos y las empresas apliquen políticas e inversiones en interés de las personas por encima del beneficio.

 ¿Cómo puede alguien no darse cuenta de ello, después del colapso financiero mundial de 2008, o los posteriores escándalos financieros en abundancia; o la incapacidad para detener o regular la producción de combustibles fósiles y las finanzas?  La regulación no ha detenido las crisis regulares y recurrentes de la producción bajo el capitalismo, ya sea en la imaginaria «era progresista» de 1945-75 o en la era neoliberal desde entonces.  Stiglitz no tiene nada que decir al respecto.

De hecho, casi reconoce que sus propuestas políticas de gravar a los ricos, regular las finanzas y el medio ambiente y aumentar el gasto público para lograr un capitalismo progresista probablemente no sean adoptadas por los gobiernos y las grandes empresas.  Pero cuando se le preguntó que, tal vez, la única alternativa real para lograr la libertad humana es una transformación revolucionaria de la economía y la sociedad, respondió en una presentación de su libro en la LSE, que las revoluciones son violentas y arriesgadas, por lo que deben evitarse en favor de un cambio gradualista.

Su respuesta me recuerda el comentario de John Mann en su excelente libro In the Long Run We are all Dead, «la izquierda quiere democracia sin populismo, quiere política transformadora sin los riesgos de la transformación; quiere revolución sin revolucionarios». (p21).  Stiglitz realmente se hace eco de Keynes, quien una vez dijo: «En su mayor parte, creo que el capitalismo, sabiamente gestionado, probablemente puede ser más eficiente para alcanzar fines económicos que cualquier sistema alternativo aún a la vista, pero que en sí mismo es en muchos aspectos extremadamente objetable. Nuestro problema es elaborar una organización social que sea lo más eficiente posible sin ofender nuestras nociones de un modo de vida satisfactorio».

¿Cómo podrían la regulación y una mayor igualdad hacer frente al desastre inminente que supone el calentamiento global a medida que el capitalismo acumula rapazmente sin ninguna consideración por los recursos y la viabilidad del planeta?  Los programas de redistribución no servirán de mucho.  Y si una economía se hace más igualitaria, ¿detendría futuras caídas bajo el capitalismo o futuras Grandes Recesiones?  Las economías más igualitarias del pasado no evitaron estas caídas. El capitalismo progresista es un oxímoron en el siglo XXI.  E incluso Stiglitz duda de que sea posible lograrlo."

(

25.1.24

Incluso en esta fecha tan tardía, incluso mientras la mayoría de las economías sigan siendo capitalistas, todavía podemos prevenir el cataclismo del cambio climático antes de que sea demasiado tarde... Lo que se necesita es una planificación democrática de las economías para producir valores de uso que puedan mejorar el medio ambiente, al tiempo que se ponga fin a la producción de productos perjudiciales como los combustibles fósiles. No se trata de "menos crecimiento", sino de un crecimiento sostenible desde el punto de vista medioambiental (Robin Hahnel)

 "(...) Me veo obligado a omitir el análisis de muchas otras ponencias (en la convención de la Alliance of Social Science Associations) presentadas en las sesiones de la URPE para terminar hablando de las relativas al cambio climático.  Frank Ulgen, de la Universidad de Grenobles Alpes, sugirió que se podría frenar el calentamiento global adoptando una regulación financiera eficaz que garantizara la "provisión de bienes públicos", incluida la inversión en energías renovables, etc., para detener el calentamiento global.  Me pareció una utopía pensar que la regulación del sector financiero para financiar "bienes públicos" funcionaría.

Por el contrario, Robin Hahnel, de la American University, presentó dos puntos controvertidos.  En primer lugar, que los partidarios del "decrecimiento" iban por mal camino para invertir el calentamiento global (véase nuestro libro Capitalism in the 21st century, pp. 34-37).  Lo que se necesitaba era una planificación democrática de las economías para producir valores de uso que pudieran mejorar el medio ambiente, al tiempo que se ponía fin a la producción de productos perjudiciales como los combustibles fósiles.  No se trataba de "menos crecimiento", sino de un crecimiento sostenible desde el punto de vista medioambiental.

El segundo punto de Hahnel era argumentar en contra de los socialistas que consideran que no se puede hacer nada por el clima a menos que se elimine el capitalismo.  En su opinión, "si los anticapitalistas siguen manteniéndose al margen y predicando a los que luchan por evitar el cambio climático antes de que sea demasiado tarde que sus esfuerzos son en vano porque sólo el cambio del sistema económico puede evitar el cambio climático, debilitarán los esfuerzos por evitar el cambio climático antes de que sea demasiado tarde y, al desacreditarse a sí mismos, dañarán también las perspectivas de lograr finalmente el cambio del sistema económico".

Hahnel afirmó que "incluso en esta fecha tan tardía, incluso mientras la mayoría de las economías sigan siendo capitalistas, todavía podemos prevenir el cataclismo del cambio climático antes de que sea demasiado tarde".  Tenemos que hacer campaña a favor de un mercado internacional de precios del carbono para evitar el desastre climático".  Así que se puede detener el calentamiento global "sin sustituir el capitalismo a nivel mundial o en Estados Unidos, porque eso nos llevaría más tiempo del que tenemos para prevenir el cambio climático antes de que sea demasiado tarde".  Les dejo que consideren los argumentos de Hahnel."  (...)"                    

(Michael Roberts, Brave New Europe, 10/01/24; traducción DEEPL) 

12.5.23

Las políticas del neoliberal Consenso de Washington son literalmente inútiles para seguir haciendo frente a los problemas que ellas mismas habían generado: vulnerabilidad financiera, hiperglobalización con inseguridad y bloqueos permanentes, cambio climático descontrolado, deuda gigantesca e insostenible y una enorme desigualdad que produce tensiones sociales muy peligrosas... el Asesor de Seguridad Nacional, Jake Sullivan, señala que Estados Unidos no puede seguir defendiendo sus intereses estratégicos asumiendo principios que la realidad ha demostrado que no funcionan... su aplicación ha dejado como herencia a Estados Unidos una industria vaciada que le impide innovar en tecnologías punta y prosperar, una peligrosa dependencia económica de China, crisis climática y una democracia dañada por la desigualdad... como soluciones habla de eliminar "los paraísos fiscales corporativos"; "mejorar las protecciones para el trabajo y el medio ambiente"; "abordar la corrupción"; "fortalecer los derechos laborales y ambientales"; "abordar la angustia de la deuda"... cousas veredes... Dice Sullivan que el éxito de una estrategia de este tipo se basa en asumir que "el mundo necesita un sistema económico internacional que trabaje para nuestros asalariados, que trabaje para nuestras industrias, que trabaje para nuestro clima, que trabaje para nuestra seguridad nacional y que trabaje para los países más pobres y vulnerables del mundo"... A mi juicio, hay razones que impiden pensar que eso vaya a ser posible... las grandes corporaciones, la banca internacional y los todopoderosos fondos de inversión están ganando más dinero que nunca, tienen el poder que nunca habían soñado alcanzar, no hay fuerza alguna en el planeta que pueda alterar sus decisiones, lo dominan todo... ¿qué necesidad tienen de hacer experimentos?... Desgraciadamente, el horizonte que cabe esperar no es el de la cooperación e integración internacionales, sino el de más armamentismo y guerras (Juan Torres)

 "En 1989, el economista John Williamson habló por primera vez del "Consenso de Washington" para referirse a las ideas o principios de política económica que debían seguir aquellos países que quisieran ser bien acogidos y apoyados por las instituciones que tienen su sede en la capital estadounidense: Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial o Tesoro de los Estados Unidos. Tales principios constituían la ortodoxia neoliberal que es bien conocida: privatizaciones, disminución de gastos sociales y de impuestos, plena apertura exterior libertad de movimientos de capital, desregulaciones...

Como he explicado con más detalle en mi reciente libro Más difícil todavía, la crisis que se estaba gestando en 2019 y luego el impacto de la covid-19 han obligado a reconocer, ya sin tapujos, que esas políticas del neoliberal Consenso de Washington eran literalmente inútiles para seguir haciendo frente a los problemas que ellas mismas habían generado: creciente vulnerabilidad financiera, hiperglobalización que genera demasiada inseguridad y bloqueos permanentes, cambio climático descontrolado, deuda gigantesca e insostenible y una enorme desigualdad que produce tensiones sociales muy peligrosas.

Los dirigentes políticos de Estados Unidos han ido por delante a la hora de reconocer ese fracaso y en las últimas semanas se prodigan las declaraciones que ya expresamente propugnan la puesta en marcha de un nuevo Consenso de Washington.

Lo hizo hace poco la Secretaria del Tesoro Yanet Yellen y el pasado día 27 de abril el Asesor de Seguridad Nacional, Jake Sullivan.

Este último dio un discurso en el que señaló los nuevos desafíos a los que se enfrenta Estados Unidos y la estrategia para hacerle frente que es una auténtica enmienda a la totalidad de las políticas neoliberales de los últimos 40 años.

Sullivan señala que Estados Unidos no puede seguir defendiendo sus intereses estratégicos asumiendo principios que la realidad ha demostrado que no funcionan. Concretamente, que "los mercados siempre asignan el capital de manera productiva y eficiente", que "todo crecimiento fue un buen crecimiento", que "la integración económica haría a las naciones más responsables y abiertas" o que la industria privada está preparada por sí sola "para hacer las inversiones necesarias para asegurar nuestras ambiciones nacionales".

La aplicación de esos principios, señala Sullivan, ha dejado como herencia a Estados Unidos una industria vaciada que le impide innovar en tecnologías punta y prosperar, una peligrosa dependencia económica de China, crisis climática y una democracia dañada por la desigualdad.

 

A partir de este reconocimiento de la situación Sullivan plantea cuatro grandes desafíos que definen un marco estratégico completamente distinto al neoliberal.

El primero es poner en marcha una política industrial nacional que lleve los recursos a los sectores "fundamentales para el crecimiento económico" y "estratégicos desde una perspectiva de seguridad nacional" sobre la base, ya mencionada, de que eso no puede hacerlo por sí solo ni el mercado ni la industria privada, sino que será necesaria una gran cantidad de inversión pública.

El segundo se basa en "trabajar con nuestros socios para garantizar que también estén desarrollando capacidad, resiliencia e inclusión" y, para ello, desarrollar un nuevo tipo de integración económica porque, dice Sullivan, "las dependencias económicas que se habían acumulado a lo largo de las décadas de liberalización se habían vuelto realmente peligrosas" para Estados Unidos. Al respecto cita, muy significativamente, unas palabras recientes de la embajadora y Representante de Comercio de Estados Unidos, Katherine Tai: "No hemos jurado la liberalización del mercado".

El tercer desafío que plantea es el de hacer frente al cambio climático sin necesidad de sacrificar por ello el crecimiento económico sino, por el contrario, avanzando hacia una transición energética justa y eficiente con "inversión deliberada y práctica para impulsar la innovación, reducir los costos y crear buenos puestos de trabajo".

El último desafío es el de "la desigualdad y su daño a la democracia" porque "las ganancias del comercio... no llegaron a muchos trabajadores... mientras que los ricos lo hicieron mejor que nunca". Teniendo en cuenta, señala Sullivan, que los impulsores de la gran desigualdad han sido claros: "recortes de impuestos regresivos, recortes profundos a la inversión pública, concentración corporativa sin control y medidas activas para socavar el movimiento obrero que inicialmente construyó la clase media estadounidense".

La estrategia global que trataría de dar respuesta a estos desafíos es mucho más que innovadora en su planteamiento teórico y da completamente la vuelta a las tesis neoliberales. Así es cuando habla, por ejemplo, de eliminar "los paraísos fiscales corporativos"; "mejorar las protecciones para el trabajo y el medio ambiente"; "abordar la corrupción"; "fortalecer los derechos laborales y ambientales"; "abordar la angustia de la deuda" para ver "un alivio genuino" y que "todos los acreedores oficiales y privados bilaterales compartan la carga".

 Dice Sullivan que el éxito de una estrategia de este tipo se basa en asumir que "el mundo necesita un sistema económico internacional que trabaje para nuestros asalariados, que trabaje para nuestras industrias, que trabaje para nuestro clima, que trabaje para nuestra seguridad nacional y que trabaje para los países más pobres y vulnerables del mundo". A mi juicio, hay algunas razones que impiden pensar que eso vaya a ser posible.

La primera es bastante elemental. Mientras persista el extraordinario grado de polarización que hay en Estados Unidos, será imposible que se lleven a cabo todas las medidas que sería necesario poner en marcha en una estrategia de esta naturaleza. La mayor parte de las medidas de alcance internacional o incluso nacional de esa estrategia necesitan del apoyo del Partido Republicano y eso es prácticamente imposible que se produzca.

La segunda razón que hace muy difícil que Estados Unidos pueda volver a diseñar una estrategia capaz de convertirse en un consenso internacional es que se basa en el aislamiento de China e incluso en la declaración de una auténtica guerra comercial, como casi ha empezado a ocurrir al establecerse controles de exportación e importación. Y es muy ingenuo creer que en ese conflicto sólo se van a ver involucradas las dos potencias. Provocará, por el contrario, el inicio de una nueva economía de bloques (realmente ya iniciada tras la invasión de Ucrania).

En este último sentido no cabe hacerse ilusiones. Con la potencia económica y la influencia política de China, la única posibilidad que tiene Estados Unidos de sacar adelante una estrategia industrial como la explicada más arriba, basada en superar al gigante asiático, se basa en involucrarlo en un conflicto militar, pues este es el único ámbito en el que tiene clara superioridad. En última instancia, en un conflicto directo, a causa de Taiwán, y si no, en otros indirectos que debiliten a China o a sus aliados potenciales, como ocurre ahora con el de Ucrania. Desgraciadamente, el horizonte que cabe esperar no es el de la cooperación e integración internacionales, sino el de más armamentismo y guerras.

 La tercera razón quizá no sea tan fuerte. La estrategia de Biden, aunque Sullivan trate de disimularlo en su discurso pues estas cosas no se declaran públicamente, requiere que la Unión Europea acepte una posición de neta subsidiariedad y dependencia respecto a los intereses industriales, tecnológicos y geopolíticos de Estados Unidos. Algo que quizá está más a su alcance, pues ya se ha comenzado a conseguir tras la guerra de Ucrania, y porque la gran potencia americana cuenta para ello con la colaboración de Polonia, de cuyo papel presente y futuro en Europa todavía no se está hablando mucho.

Finalmente, hay una razón que he expuesto con detalle en mi libro Más difícil todavía. Aunque el discurso de la actual Administración demócrata sobre los costes del neoliberalismo y la falta de realismo de su planteamiento teórico sea acertado y pragmático, no es ni mucho menos el que asumen las grandes corporaciones, la banca internacional y los todopoderosos fondos de inversión. Están ganando más dinero que nunca, tienen el poder que nunca habían soñado alcanzar, no hay fuerza alguna en el planeta que pueda alterar sus decisiones, lo dominan todo... ¿qué necesidad tienen de hacer experimentos?

Habrá cambio de estrategia en Washington, pero no un nuevo consenso internacional. Más bien todo lo contrario."                  (Juan Torres, 12/05/23)

20.10.22

La filosofía neoliberal está agotada, no solo en Estados Unidos, sino también en otros lugares: véase la reacción contra el desafortunado experimento de la primera ministra británica, Liz Truss, con la bajada de impuestos a las rentas altas... El acuerdo de “capital barato a cambio de mano de obra barata” alcanzado entre Estados Unidos y Asia desde la década de 1980 en adelante benefició a las multinacionales y al Estado chino mucho más que a cualquier otra instancia... los precios de las cosas que nos identificaban como clase media —desde la vivienda a la educación y la atención médica— aumentaron más rápido que los salarios. Y sigue ocurriendo... Por fortuna, el péndulo de la economía política acaba oscilando de nuevo, y las filosofías que han agotado su utilidad dan paso a unas nuevas... El mundo está empezando a restablecerse, no en la “normalidad” de los modelos económicos convencionales, neoliberales, sino en una nueva normalidad, con un equilibrio correcto entre lo global y lo local... La política comercial está virando hacia una mejor consideración de la mano de obra y los estándares medioambientales, con el entendido de que lo barato a veces sale caro, si los productos están degradando el medioambiente o los fabrica un niño con sus manos

 "Hay muchísima confusión general, si no un absoluto pavor, en torno al estado de la economía global. La guerra en Ucrania, las fluctuaciones del precio del gas, los tipos de interés hipotecarios por las nubes, los continuados efectos colaterales de la pandemia de COVID-19 y la amenazante posibilidad de una recesión: todos estos son factores que parecen confluir para propiciar el caos.

El miedo es real, pero el caos es transitorio, ya que en gran medida obedece al tumulto que acompaña cualquier transición de un viejo orden económico a uno nuevo. Toda economía experimenta ciclos de expansión y contracción, pero el indicador más importante en estos ciclos tiene menos que ver con los precios de mercado o las tasas de desempleo que con la filosofía política subyacente. (...)

El término “neoliberalismo” fue acuñado en 1938, en un encuentro en París de economistas, sociólogos, periodistas y empresarios alarmados por lo que consideraban un excesivo control estatal de los mercados tras la Gran Depresión. Para ellos, los intereses de la nación-Estado y la democracia podían plantear problemas para la estabilidad económica y política. No se podía confiar en el electorado y, por tanto, los intereses nacionales (o, más concretamente, el nacionalismo) debían estar sujetos a los límites de las leyes e instituciones internacionales para el buen funcionamiento de los mercados y la sociedad. (...)

Estas prescripciones generaron más crecimiento que nunca; los cuatro años previos a la crisis financiera de 2008 representan uno de los periodos de crecimiento global más fuertes del último medio siglo. Sin embargo, también crearon unos considerables niveles de desigualdad dentro de los países.

¿A qué se debió? En parte, a que el dinero se mueve entre las fronteras con mucha más rapidez que los productos o las personas. El acuerdo de “capital barato a cambio de mano de obra barata” alcanzado entre Estados Unidos y Asia desde la década de 1980 en adelante benefició a las multinacionales y al Estado chino mucho más que a cualquier otra instancia, según la investigación académica. La revolución de Reagan y Thatcher dio rienda suelta al capital global con la desregulación de la industria financiera, pero el comercio global se liberó plenamente durante la época de Clinton, con acuerdos como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte y la ulterior adhesión de China a la OMC, lo que alteró el equilibrio de intereses entre las políticas de creación de empleo a nivel nacional y las de integración en el mercado global a favor de estas últimas. La idea era que el abaratamiento de los precios al consumo de productos importados compensaría el estancamiento o incluso la reducción —en cifras reales, para muchos trabajadores— de los salarios.

 Pero no fue así. Incluso antes de la pandemia y de la guerra en Ucrania, los precios de las cosas que nos identificaban como clase media —desde la vivienda a la educación y la atención médica— aumentaron más rápido que los salarios. Y sigue ocurriendo, a pesar de la reciente inflación salarial. La sensación de que la economía global se ha desligado demasiado de los intereses nacionales ha contribuido a alimentar el populismo político, el nacionalismo e incluso el fascismo (en la forma de Donald Trump y el movimiento MAGA) con los que lidiamos hoy. Es una amarga ironía que precisamente las filosofías que debían frenar el extremismo político hicieran justo lo contrario al ir demasiado lejos en su aplicación.

 La filosofía neoliberal está agotada, no solo en Estados Unidos, sino también en otros lugares: véase la reacción contra el desafortunado experimento de la primera ministra británica, Liz Truss, con la bajada de impuestos a las rentas altas. Se suponía que la deslocalización a múltiples países haría la fabricación más productiva y a las empresas más eficientes. Sin embargo, muchas de esas supuestas eficiencias colapsaron con cualquier tipo de estrés global, desde las pandemias a los tsunamis, la congestión en los puertos y otros sucesos imprevistos. Y unas complejas cadenas de suministro dieron lugar a numerosas catástrofes productivas mucho antes de las crisis globales de los últimos años (...)

Entretanto, el propio libre comercio, que se suponía que debía fomentar la paz entre los países, se convirtió en un sistema que los países mercantilistas y las autocracias podían manipular, generando así profundas divisiones políticas a nivel nacional e internacional.

Por fortuna, el péndulo de la economía política acaba oscilando de nuevo, y las filosofías que han agotado su utilidad dan paso a unas nuevas. Los cambios sísmicos en la agenda socioeconómica son poco frecuentes y transformadores. Estamos experimentando uno de esos cambios ahora. El mundo está empezando a restablecerse, no en la “normalidad” de los modelos económicos convencionales, neoliberales, sino en una nueva normalidad. En los círculos políticos, empresariales y académicos ya se están replanteando cuál es el equilibrio correcto entre lo global y lo local.

 La política comercial está virando hacia una mejor consideración de la mano de obra y los estándares medioambientales, con el entendido de que lo barato a veces sale caro, si los productos están degradando el medioambiente o los fabrica un niño con sus manitas. También se replantea el comercio de los servicios digitales, para que rindan cuentas en materia de privacidad y valores liberales. (¿De verdad queremos que nuestros datos personales les sean entregados a las grandes empresas tecnológicas, o a grandes Estados vigilantes, como China?) Las cadenas de suministro se están acortando, no solo por motivos geopolíticos, sino también por las nuevas tecnologías (como la agricultura descentralizada y la impresión en 3D) que hacen posible concentrar la producción y el consumo más cerca de casa.

¿Y ahora qué, entonces? ¿Cómo podemos asegurarnos de que la globalización económica no aventaje demasiado a la política nacional? Y ¿cómo podemos arreglar las cosas sin acabar teniendo un proteccionismo del estilo de la década de 1930, o un falso rapto de nostalgia por una época que ya no existe?

Todavía no tenemos una nueva teoría de los campos unificada para el mundo posneoliberal; pero eso no significa que no debamos seguir cuestionando la vieja filosofía. Uno de los mitos neoliberales más persistentes era que el mundo es plano y que los intereses nacionales tenían un papel secundario frente a los mercados globales. Los últimos años han destrozado esa idea. A quienes les importe la democracia liberal les corresponde elaborar un nuevo sistema que equilibre mejor los intereses locales y los globales."                     

(Rana Foroohar es columnista y editora adjunta de The Financial Times, Revista de prensa, 19/10/22; Este artículo se publicó originalmente en The New York Times.)

19.4.21

Esta es la tesitura española y de la UE: recomponer las sociedades a través de las banderas, los repliegues nacionales y los príncipes contemporáneos —esos políticos fuertes hacia abajo y débiles hacia arriba—, o apostar por reorganizar un capitalismo roto... se imponen políticas mucho más inclusivas si se quieren afrontar con éxito los nuevos tiempos

 "(...) Creían que el mundo les pertenecía, y lo cierto es que los cambios sociales cada vez les arrinconan más, lo cual explica estas reacciones infantiles contra quienes actúan de una manera que no les agrada. 

 Estas pataletas son un grave problema. En un instante de deterioro social, su respuesta consiste en meter la cabeza en el agujero y utilizar sistemáticamente el desprecio en lugar de poner remedio a la situación. (...)

Este es el principal factor que explica el descenso de la socialdemocracia en Europa, el declive del liberalismo sensato y el mal momento de Macron. Lo del presidente francés es un ejemplo estupendo de esta ceguera.

 Tuvo que montar un partido en pocos meses, imponiéndose a la derecha y la izquierda tradicionales, para contar con una formación transversal que pudiera hacer frente con eficacia a Le Pen, y una vez que consiguió el poder decidió impulsar con más ahínco todavía las políticas económicas y sociales que habían dado alas al populismo de derechas. No podía esperarse otra cosa que una reacción en el mismo sentido.

 Eso son los chalecos amarillos, la consecuencia de un sistema que ha preferido insultar a la gente, como coartada para seguir haciendo lo mismo, en lugar de cambiar sus políticas y ofrecer mayor cohesión social. Al final, todo se reduce a lo mismo: o son gente enfadada o son directamente fachas, una explicación que deja las manos libres para seguir haciendo lo mismo que antes y, claro está, con los mismos resultados negativos. Qué torpeza.  (...)

Esta es la tesitura española, y esta es la de la UE. Ante estas dos alternativas, recomponer las sociedades a través de las banderas, los repliegues nacionales y los príncipes contemporáneos —esos políticos fuertes hacia abajo y débiles hacia arriba— o apostar por reorganizar un capitalismo roto, como afirma Martin Wolf, ofreciendo cohesión social y mejorando notablemente el nivel de vida de la mayoría de los ciudadanos, las élites parecen haber elegido la primera opción.

Y esto deja en mal lugar a dos clases de fuerzas, los liberales moderados y la izquierda, porque las fuerzas emergentes quieren deshacerse de ambos. En ese instante, en lugar de buscar una solución, de intentar recomponer sus fuerzas y plantar cara, lo que eligen es el desprecio y el insulto a aquellos que podrían y deberían estar de su lado. Han preferido cerrar los ojos, y cada vez que sus explicaciones recurren a los enfadados y airados, lo que resuena es su deseo de que todo vuelva a ser como antes.

 Pero ya no puede ser así, estamos en otro momento, también geopolítico (que afecta especialmente a la UE), y se imponen políticas mucho más inclusivas si se quieren afrontar con éxito los nuevos tiempos. Entendedlo o no, pero dejad ya esos argumentos estúpidos acerca de lo malos que son los votantes. No insultéis a la inteligencia."                        (Esteban Hernández, El Confidencial, 14/12/18)

17.5.19

Rajan: escuchar las críticas populistas es esencial para proteger la democracia

"Las grandes corporaciones están bajo ataque en Estados Unidos. Una intensa oposición local obligó a Amazon a cancelar sus planes de abrir una nueva sede en el barrio de Queens de la ciudad de Nueva York. 

Lindsey Graham, senador republicano por Carolina del Sur, cuestionó el indisputado poder de mercado de Facebook, y su colega demócrata Elizabeth Warren, de Massachusetts, pidió la división de la empresa. Warren también presentó un proyecto de ley que asignaría a los trabajadores el 40% de los puestos en las juntas directivas de las empresas.

 Aunque esas propuestas puedan parecer fuera de lugar en la tierra del capitalismo de libre mercado, Estados Unidos necesita exactamente esta clase de debate. (...)

Cuando unas pocas corporaciones dominan una economía, es inevitable que se combinen con los instrumentos del control estatal en una inicua alianza entre las élites de los sectores público y privado.

Es lo que sucedió en Rusia, un país democrático y capitalista sólo de nombre. Mediante el control total de la industria extractiva y de la banca, una oligarquía supeditada al Kremlin ha hecho imposible una verdadera competencia económica y política. (...)

En concreto, en una era de cadenas de suministro globales, las corporaciones estadounidenses han aprovechado enormes economías de escala, efectos de red y el uso de datos en tiempo real para mejorar el desempeño y la eficiencia en todas las etapas del proceso productivo. 

Una empresa como Amazon aprende todo el tiempo de sus datos para minimizar los tiempos de entrega y mejorar la calidad de sus servicios. Sabiéndose superior a la competencia, la empresa necesita pocos favores del gobierno  (...)

Pero que hoy las superestrellas corporativas sean supereficientes no implica necesariamente que sigan siéndolo, sobre todo en ausencia de una verdadera competencia. Las empresas dominantes siempre pueden caer en la tentación de mantener su posición por medios anticompetitivos.

 Con su apoyo a iniciativas como la Ley sobre Fraude y Abuso Informático (1984) y la Ley de Derechos de Autor de la Era Digital (1998), las principales empresas de Internet se aseguraron de impedir el uso de sus plataformas a sus competidores para que no pudieran aprovechar los efectos de red generados por la presencia de los usuarios. 

Del mismo modo, después de la crisis financiera de 2009, los grandes bancos aceptaron que una mayor regulación era inevitable; pero luego presionaron para que se dictaran normas que, casualmente, hacían más costoso el cumplimiento normativo, lo que dejó en desventaja a competidores más pequeños. Y ahora que el gobierno de Trump reparte aranceles a diestra y siniestra, empresas bien conectadas podrían influir en quién obtiene protección y quién paga los costos.

 Más en general, cuanto más influye sobre las ganancias de una empresa la fijación estatal de derechos de propiedad intelectual, regulaciones y aranceles (en vez de la productividad), más dependiente se vuelve de la benevolencia del gobierno.  (...)

La presión sobre el gobierno para que preserve la competitividad del capitalismo e impida su tendencia natural al dominio de unas pocas empresas dependientes suele surgir de personas de a pie, que se organizan democráticamente en sus comunidades y que, carentes de la influencia de las élites, suelen pedir más competencia y apertura. 

En Estados Unidos, el movimiento “populista” de fines del siglo XIX y el movimiento “progresista” de principios del siglo XX fueron reacciones a la formación de monopolios en industrias cruciales como los ferrocarriles y los bancos. 

Estas movilizaciones de base llevaron a normas como la Ley Antitrust Sherman de 1890 y la Ley Glass-Steagall de 1933 (aunque en forma más indirecta) y a medidas para mejorar el acceso a educación, salud, crédito y oportunidades económicas. Con su defensa de la competencia, estos movimientos no sólo evitaron que el capitalismo perdiera dinamismo, sino que también alejaron el riesgo de un autoritarismo corporativo.

 Hoy que los mejores empleos se concentran en empresas superestrella que buscan a la mayoría de sus empleados en unas pocas universidades prestigiosas, que las pequeñas y medianas empresas encuentran el camino al crecimiento plagado de obstáculos puestos por las empresas dominantes, y que la actividad económica se va de las ciudades pequeñas y de las comunidades semirrurales hacia las megalópolis, hay un resurgimiento del populismo.

Los políticos se esfuerzan en darle respuesta, pero nada garantiza que sus propuestas nos lleven en la dirección correcta. Como quedó en claro en la década de 1930, puede haber alternativas mucho peores que el statu quo. Si los votantes en pueblos franceses en decadencia y en el Estados Unidos profundo sucumben a la desesperación y pierden la fe en la economía de mercado, serán vulnerables a los cantos de sirena del nacionalismo étnico o del socialismo liso y llano, cualquiera de los cuales destruiría el delicado equilibrio entre el mercado y el Estado, poniendo fin a la vez a la prosperidad y a la democracia.La respuesta correcta no es la revolución, sino el rebalanceo. 

El capitalismo necesita reformas desde arriba, por ejemplo una actualización de las normas antitrust, para garantizar la eficiencia y apertura de las industrias y evitar el monopolio. Pero también necesita políticas desde abajo que ayuden a las comunidades económicamente devastadas a crear nuevas oportunidades y a preservar la fe de sus integrantes en la economía de mercado. 

Escuchar las críticas populistas (sin seguir a ciegas las propuestas radicales de sus líderes) es esencial para proteger el dinamismo de los mercados y la democracia."               

 (Raghuram G. Rajan , Professor of Finance at the University of Chicago and the author of The Third Pillar: How Markets and the State Leave the Community Behind. , Project Syndicate, 06/05/19)

28.6.16

“Las élites políticas deben moderar el capitalismo”

"(...) La desigualdad ha crecido a pasos agigantados en las tres últimas décadas en Estados Unidos, el país que se ha vanagloriado de esa clase media que conducía coches Ford. La pérdida de muchos empleos en favor de mercados de mano de obra más barata ha abonado las críticas a la globalización. 

Y tanto Trump, aspirante republicano a la Casa Blanca, como Bernie Sanders, el izquierdista rival de Hillary Clinton entre los demócratas, han apuntado con el dedo a los tratados de libre comercio. El TTIP, que es el pacto que Estados Unidos y Europa negocian, también ha provocado reacciones incendiarias en el Viejo Continente.

“El rechazo a la globalización es real”, afirma, “y si las élites políticas no se dan cuenta de que necesitamos nuevas normas, esta reacción puede llevarnos en una dirección hacia un proteccionismo significativo. La historia del capitalismo muestra que este es modulable, que las élites siempre lo han ido rediseñando y moderando para que dé respuestas”.

¿Tan malo sería ese giro proteccionista? “La economía global está ya muy abierta”, considera. “Si no firmásemos el TTIP o el Acuerdo Transpacífico (TPP), creo que no pasará nada malo, a diferencia de muchos economistas que creen que esos acuerdos son imperativos”. De hecho, alerta: “Ponemos en riesgo la globalización si presionamos para más acuerdos porque enciende el rechazo a ella”. 

Sin embargo, la apertura comercial mundial es la que ha permitido a muchos países salir de la pobreza y ha dado alas al crecimiento económico. “Sería una gran pérdida recuperar barreras arancelarias que nos devolvieran a los años cincuenta, sesenta o, aún peor, de los treinta”.

La globalización es una de las tres patas del trilema económico, el concepto que Rodrick acuñó en un artículo en el año 2000 y que resultó rematadamente premonitorio de lo que una década después ocurriría con la crisis griega. 

El economista ve incompatible que democracia, globalización y soberanía del Estado-nación puedan convivir. “La eurozona es la aplicación real de ese concepto. Está tratando simultáneamente de ser un mercado único y democrático que conserva los Estados-nación y con una unión política integrada…”, dice. “Este trilema está en el corazón del problema estructural de la zona euro. Soy menos optimista con Europa”, remata.

 “Hay un gran desequilibrio entre la integración económica, que ha ido muy lejos, y la política, que es muy incompleta”, continúa, “y no veo aún líderes políticos en Europa capaces de reformularlo”.  (...)"          (Entrevista a Dani Rodrick, El País, 26/06/16)

30.11.11

Programa del movimiento 'Ocupad...': 'Todos deben gozar del derecho a una vivienda, a la educación y la salud. Los hijos de los ricos no pueden heredar la fortuna de sus padres'

"Ellos (el 1%) dicen que no tenemos propuestas…no saben, tal vez, que sólo nuestra ira bastaría para destruirlos. Pero hay algunas cosas – unos cuantos pensamientos "pre-revolucionarios" que se me han ocurrido – para que reflexionemos conjuntamente:

Queremos ponerle un tope [“cap”] a este sistema que fabrica desigualdad. Queremos ponerle un tapón [“lid”] a la acumulación sin restricciones de riquezas y propiedades por parte de individuos y grandes empresas. Como “topistas” ["cap-ists"] y “taponistas” ["lid-ists"][1], exigimos:

• El fin de la propiedad transversal en el sector empresarial. Por ejemplo, los fabricantes de armas no pueden ser propietarios de emisoras de televisión, las grandes empresas mineras no pueden gestionar diarios de prensa, las organizaciones empresariales no pueden subvencionar universidades, las empresas farmacéuticas no pueden controlar fondos de salud pública.

• Los recursos naturales y la infraestructura esencial – suministro de agua, electricidad, sanidad y educación – no se puede privatizar.

• Todos deben gozar del derecho a una vivienda, a la educación y la salud.

• Los hijos de los ricos no pueden heredar la fortuna de sus padres.

Esta lucha ha vuelto a despertar nuestra imaginación. En algún hito del camino, el capitalismo redujo la idea de justicia para que diera a entender sólo "derechos humanos", y se volvió blasfema la idea de soñar con la igualdad. No luchamos por pequeñas ajustes a la hora de reformar un sistema al que hay que substituir. 

Como “tapista” y “taponista”, saludo vuestra lucha.

Salaam y Zindabad [Salud] .

Texto de la alocución dirigida por la autora a la Universidad Popular de la Plaza Washington de Nueva York reunida en la Justin Memorial Church el 16 de noviembre de 2011.

Nota del t.:  [1] Como es evidente, Roy juega con la similitud fonética entre las sílabas de“capitalists” y las palabras “cap” y “lid” que significan ambas “tope”, “tapa” o “tapón”.

Arundhati Roy (1961), notable novelista y guionista india, conocida por obras como El dios de las pequeñas cosas"          (Sin permiso, 20/11/2011)

19.4.10

'Hay que enseñar a los niños en qué consiste la muerte'

"Lo que le lleva a reflexionar sobre la izquierda de hoy: “Desgraciadamente, ya no existen posiciones socialistas en el mundo, ni en Cuba, donde no existe la libertad y que corre el riesgo de caer bajo el yugo de Estados Unidos, ni en China o Vietnam”. (...)

¿Y qué podemos hacer? Sanguineti piensa unos segundos... y ofrece una respuesta atípica: “Hay que enseñar a los niños en qué consiste la muerte. La conciencia de que morimos es lo que nos diferencia de los animales. Y otra cosa muy importante: no son los padres los que deben preocuparse tanto de los hijos, sino al revés. Son estos los que tienen que vengar el sufrimiento de los padres”. (Público, 16/04/2010. Edoardo Sanguineti: "Hoy no existen visiones socialistas en el mundo, ni siquiera en Cuba")

1.2.10

El Foro Social de Madrid

"Acuerdos comunes : "Otra salida a la crisis es posible"

Dentro de la diversidad de temas y la pluralidad de matices en un movimiento tan descentralizado, el Foro consigue alcanzar una serie de puntos comunes frente al capitalismo y la crisis económica.

Entre otras reivindicaciones, piden que se depuren responsabilidades empresariales y políticas entre quienes han favorecido esta situación. Apuestan por sustituir "su economía del beneficio" por una social y cooperativa que "satisfaga las necesidades reales de la población". En esa línea exigen una producción y una forma de consumir "responsables", compatibles con el cuidado del medio ambiente y "que respete los límites de un planeta sobreexplotado".

Otras de sus propuestas es la creación de una banca pública bajo control social, "que sea parte de los servicios públicos esenciales" como lo son la educación o la sanidad. También solicitan un sistema fiscal progresivo, "gravar las ganancias de los grandes patrimonios y cortar el fraude de las Sicav (sociedades de inversión con privilegios fiscales)".

Una medida irrenunciable para el movimiento del FSM es la renta básica universal. Un salario mínimo para todas las personas que no tengan un trabajo suficientemente remunerado. Argumenta la asamblea del Foro que se financiaría con un impuesto a las rentas más altas y mediante una reducción drástica de los gastos militares, "actualmente diez veces mayores que toda la Ayuda al Desarrollo", denuncian.

Estas medidas se engloban en lo que llaman una "democracia más real a todos los niveles"; pero el FSM apuesta por saltar de lo abstracto a lo concreto. "No sólo se abordan cuestiones grandilocuentes", señala Barbudo, "las experiencias de luchas concretas en el entramado asociativo o vecinal en determinados lugares sirven para otros que tienen que abordar problemas similares". (Público, 01/02/2010)

22.12.09

La 'zona Tobin'

"En la última reunión del Consejo Europeo, hace poco más de una semana, los veintisiete hablaron de la necesidad de que el sistema financiero renovase su contrato económico y social con la sociedad después de los durísimos 30 meses de crisis que lleva el planeta, y que tuvieron su epicentro precisamente en las finanzas internacionales.

Para ello propusieron el estudio de cuatro grandes medidas: una tasa para las transacciones financieras, la generalización de fondos de garantías alimentados por los bancos, gravámenes sobre los bonus de los ejecutivos del sector y establecimiento de primas que las entidades pagarían a los Estados por su papel de aseguradores de los riesgos. (...)

Hora es ya de que quienes fueron ayudados con muletas en forma de capital, liquidez, avales o compras de activos, devuelvan parte de ese esfuerzo. Para ello se demanda la implantación de esa tasa a las transacciones financieras, o tasa Tobin, en honor del premio Nobel de Economía del mismo nombre, que ya la pergeñó en el año 1978, cuando todavía no estaba de moda hablar de globalización financiera.La Comisión Europea ha encargado la instrumentación de una tasa Tobin al FMI. Es un primer paso, pero nada más.

No se ha definido ni el momento en que entrará en vigor, ni a qué operaciones afectará, ni cuál será su cuantía, ni si tendrá el carácter universal que requiere para evitar la fuga de capitales a las partes del mundo que no la apliquen, en una especie de competencia desleal (como la que proporcionan, en otro terreno de juego, los paraísos fiscales). Se trata de evitar una zona Tobin, que fuera boicoteada por los capitales, siempre renuentes a pagar impuestos. Por ejemplo, Estados Unidos se opuso a la creación de una tasa Tobin en el último G-20, celebrado en Pittsburgh. (...)

El objetivo de la tasa Tobin original era paliar la volatilidad de las operaciones financieras internacionales. A ello se le han añadido otros fines como financiar la ayuda al desarrollo o, incluso, ayudar a combatir el cambio climático. Además de esa tasa, y en el marco de los Objetivos de Milenio y de la transición hacia una economía baja en carbono se están estudiando otras iniciativas como un impuesto sobre los billetes aéreos, una tasa global sobre el carbono y una facilidad financiera internacional (una especie de Tesoro global, capaz de emitir deuda)." (JOAQUÍN ESTEFANÍA: La 'zona Tobin'. El País, Domingo, 20/12/2009, p. 21 )

26.3.09

Colapso o racionamiento... esa es la cuestión... que nos queda

"¿Cómo detener e invertir esta deriva autodestructiva? ¿Qué escenarios de salida cabe imaginar para esta continua escalada de la crisis global? Jared Diamond señala que, cuando se entra en una espiral de competición intensificada, sólo hay dos medios de evitar el colapso colectivo: la autolimitación de los competidores o el racionamiento impuesto por el poder público. Dos soluciones que equivalen a la autorregulación de los mercados y a la intervención keynesiana del Estado.

Pero cada una de ellas excluye a la otra, mientras que hoy se siguen intentando ambas a la vez, por lo que no sabemos todavía cuál de ambas se impondrá a la larga. Así que hagamos un poco de ciencia-ficción y especulemos sobre las cuatro posibles salidas de la crisis. (...)

Así llegamos a la segunda salida previsible de la crisis, que es el colapso definitivo de los mercados tras el fracaso del keynesianismo light, lo que obligará a los Estados a una intervención hardcore mediante nacionalizaciones masivas de la banca y de las empresas en quiebra con el posible cierre de las Bolsas. Esta salida estatal implica la supresión o al menos la suspensión de los mercados libres, que quedarán sustituidos por un proteccionismo mercantilista (colbertismo) de estilo chino e inspiración prusiana.

Pero con ello se anula la virtualidad de los ciclos económicos, y la crisis deja de ser un punto de inflexión entre las fases recesiva y ascendente para convertirse en un estado estacionario de estancamiento en forma de L (ramal descendente de caída en picado seguida de una duradera depresión lateral). (...)

Confiemos en que la memoria histórica nos enseñe a evitar lo peor y nos permita aprender a buscar otra salida menos autodestructiva. ¿Cuál podría ser ésta? Queda una cuarta posibilidad, al menos teórica por improbable que sea, y es la de convertir la actual crisis de los mercados en una verdadera crisis del sistema, eventualmente capaz de dar a luz un nuevo modelo de sociedad. Una sociedad sostenible y ya no basada en el depredador capitalismo neoliberal, que de ciclo a ciclo y de burbuja en burbuja está conduciendo al planeta a un inminente colapso como el de la isla de Pascua, ahora masivamente amplificado a escala global." (ENRIQUE GIL CALVO: La isla de Pascua y el colapso global. El País, ed. Galicia, Opinión, 26/02/2009, p. 25 )

25.3.09

¿Lujo o hambre? ¿De verdad es ese el dilema?

"Resulta asombroso lo fácilmente que los políticos de todas las orientaciones -incluso los firmes partidarios ideológicos del mercado desregulado- han aceptado la idea de que el Estado debía rescatar a los bancos y las compañías de seguros cuando se encontraran con problemas. Pocos han estado dispuestos a correr los riesgos inherentes a la decisión de dejar desplomarse a bancos importantes. (...)

La opción de salvar a los bancos de las consecuencias de sus propios errores indica un cambio de valores, alejado de la creencia en la idoneidad máxima del mercado. Pero ¿producirá también la recesión un cambio profundo en los valores de los consumidores? (...)

En una sección de Le Figaro sobre cómo reducir los gastos propios se predijo una "revolución en los valores" y se afirmó que la gente daría prioridad a la familia por encima del trabajo. (...)

¿Podrá incluso, como propone Obama, volvernos más conscientes de las necesidades de quienes están viviendo en la pobreza real y en condiciones mucho peores que las que tendremos nosotros jamás, con o sin crisis financiera? El peligro es que de las posibilidades de un cambio real de valores se apropien, como ha ocurrido con tanta frecuencia en el pasado, quienes lo vean sólo como otra oportunidad de hacer dinero. (...)

Si las personas estuvieran preocupadas por los valores morales defendibles, no comprarían ninguna ropa de alta costura. Pero, ¿qué posibilidades hay de que Nathalie Rykiel -o las minorías opulentas de Francia, Italia o los Estados Unidos- adopten esos valores?" (PETER SINGER: La nueva vestimenta del capitalismo. El País, ed. Galicia, Opinión, 23/02/2009, p. 25 )

12.1.09

Soluciones grandes... acabar con los márgenes del 450% de los intermediarios

"Las cadenas de intermediarios suelen obtener, sin apenas asumir riesgos, un margen de beneficio que a menudo supera el 450%", señalan desde la Coordinadora Estatal de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG). Precisamente por esto, asociaciones de productores y grupos de clientes están intentando reinventar el sistema de compraventa del mercado alimentario. ¿El principal objetivo? "Ofrecer unos precios más convenientes para los agricultores y razonables para los clientes", explica Miguel Padilla, responsable de proyectos de COAG. (...)

La posibilidad de acceder a los productos a través de Internet, la proliferación de cooperativas de artesanos y el éxito de un nuevo modelo ecológico y gastronómico, en cambio, hacen viable, de momento a escala regional y sólo para un porcentaje de la producción, el modelo de venta directa. (...)

En Granada, los productores afiliados a COAG abastecen directamente, con el apoyo de la Junta de Andalucía, el comedor del hospital Virgen de las Nieves.

"El sistema de distribución parece diseñado a propósito para que las pequeñas y medianas empresas de agricultores y ganaderos no cobren nada", insiste Padilla. Por tanto, según los expertos, estas iniciativas suelen tener éxito entre los clientes más atentos tanto por las diferencias de precios como por la mayor calidad de los productos.

A este propósito, los usuarios que optan por las compras a través de la Red se encuentran con condiciones tan favorables que de momento ni siquiera la crisis ha conseguido frenarlas. "Es más cómodo, te ahorras algo de dinero y el poder ver dónde compras tus manzanas te tranquiliza un poco más", dice una consumidora. Y es que, según datos recientes de la Comisión del Mercado de Telecomunicaciones, la facturación de los negocios españoles que venden productos online creció en el primer semestre de 2008 un 73,4% respecto al año anterior. En 2008, "el comercio electrónico ha generado un volumen de negocio que supera los 4.700 millones de euros. La clave de este incremento está en el dato de compradores, que pasa del 27,3% de los internautas mayores de 15 años al actual 39,8%, prácticamente ocho millones más", destacan fuentes de la Secretaría de Estado de Telecomunicaciones y para la Sociedad de la Información. Y si el crecimiento sigue este ritmo, en dos años posiblemente se supere el 70%, apuntan los analistas. (...)

Por otro lado, la web Directoalcampo.com, del grupo Intercom, vende jamones, hortalizas y conservas de más de 300 artesanos de toda España. (...)

Si la revolución consiste en ofrecer un kilo de tomates por 80 céntimos en lugar de más de dos euros, el gremio asegura que otro modelo comercial de los productos agroalimentarios es posible. Y si, como subraya Javier Garcés, experto en consumo y presidente de la Asociación de Estudios Psicológicos y Sociales, "el futuro del comercio al por menor en realidad está lleno de incógnitas, todo lo que rodea las compras por Internet está marcado por una clara ventaja: la facilidad de este tipo de consumo". (El País, ed. Galicia, 09/01/2009, p. 24/5)

30.12.08

¡Hay que nacionalizar la banca, los seguros, las pensiones, la sanidad...! A buenas horas

"En la literatura económica internacional, básicamente conservadora, se empieza a repetir una idea hasta ahora impronunciable: aquello que no pueda quebrar por motivos de sanidad y supervivencia del sistema económico debe ser público, máxime si no cumple con las funciones para lo que existe." (JOAQUÍN ESTEFANÍA: Los golfos apandadores. El País, ed. Galicia, Economía, 22/12/2008, p. 23 )

25.11.08

¿Dónde está el dinero? De los bancos quebrados, pues en los paraísos fiscales

"A pesar de que los paraísos fiscales o centros offshore son la piedra angular sobre la que descansa la estructura financiera internacional, así como refugio de actividades delictivas de lo más variadas (evasión de impuestos, narcotráfico, contrabando de armas, tráfico de personas, terrorismo), en la Declaración de la Cumbre (nota: de Washington, del G-20) se los denomina eufemísticamente como “jurisdicciones no cooperadoras y poco transparentes”, como si la cooperación y la transparencia hubieran sido la enseña del marco financiero que acaba de derrumbarse.

En los paraísos fiscales reposa a buen recaudo una cuarta parte de la riqueza mundial, entre la que cabe mencionar los activos de muchos bancos e instituciones que se supone han quebrado, por lo que la liquidación de estos escondites privilegiados podría ayudar a mejorar la transparencia del sistema, además de significar un buen estímulo financiero para salir de la crisis.

Dentro de Europa, o como territorios dependientes de países miembros de la Unión Europea, están en la lista de paraísos fiscales las Islas Caimán, las Islas Vírgenes Británicas y Gibraltar (ligados al Reino Unido), Liechtenstein, Andorra y Luxemburgo." (Comunicado de ATTAC España - 18 noviembre 2008)