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18.5.26

La crisis energética vinculada a Estados Unidos, Israel e Irán ha pasado de ser una crisis de materias primas a un problema geopolítico estructural, con Asia en el epicentro debido a su dependencia del petróleo y el gas natural licuado... Las repercusiones globales son inevitables... los países están lidiando con inflación importada, presión cambiaria y dolorosas disyuntivas políticas entre el apoyo a los subsidios y la estabilidad fiscal... El shock ya no es un aumento temporal de precios, sino una reordenación sostenida de la oferta... La Agencia Internacional de la Energía (AIE) proyecta reducciones de petróleo a gran escala... En los próximos meses, las repercusiones adversas se sentirán en todo el mundo, ya que Asia sigue siendo el motor del crecimiento económico mundial... Una desaceleración asiática tendría importantes efectos de derrame sobre Estados Unidos, Europa y Japón a través de los canales comerciales, de inversión y financieros... La crisis está acelerando la primacía de la seguridad energética... La inversión en renovables y almacenamiento se está adelantando. El futuro no es el año que viene. Es ahora (Dan Steinbock)

"En el shock asiático, intervienen cuatro canales de transmisión.** En el caso del petróleo, la elevada prima de riesgo se combina con un endurecimiento físico debido a las interrupciones en el estrecho de Ormuz.

El gas natural licuado (GNL) supone una restricción más severa que el petróleo y, por tanto, un endurecimiento estructural de los balances de gas en Asia. Mientras tanto, la sustitución por carbón está experimentando un aumento temporal de la demanda en Asia, especialmente en India, China y el Sudeste Asiático.

En el aspecto económico, los países están lidiando con inflación importada, presión cambiaria y dolorosas disyuntivas políticas entre el apoyo a los subsidios y la estabilidad fiscal.

El shock ya no es un aumento temporal de precios, sino una reordenación sostenida de la oferta. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) proyecta reducciones de petróleo a gran escala. Las interrupciones del GNL están eliminando el 20% de los flujos mundiales de GNL en el momento de máxima interrupción, lo que restringirá significativamente las cadenas de suministro asiáticas.

Lo que ocurre en Asia no se quedará en Asia. En los próximos meses, las repercusiones adversas se sentirán en todo el mundo.

**El siglo asiático y el crecimiento mundial en juego**

Asia sigue siendo el motor del crecimiento económico mundial, ya que solo China e India contribuyen con aproximadamente el 40-45% del crecimiento incremental del PIB mundial, mientras que otras grandes economías asiáticas (Indonesia, Corea del Sur, Vietnam y la ASEAN en conjunto) añaden otro 10-12%.

A medio plazo, se espera que la participación de Asia en el crecimiento mundial aumente aún más a medida que las economías occidentales se desaceleren, impulsada por el impulso demográfico, la urbanización y las ganancias de productividad en los servicios y la manufactura.

Sin embargo, una grave crisis energética, sobre todo si desencadena escasez sostenida de GNL y petróleo, comprimiría bruscamente la producción industrial, el consumo ajustado a la inflación y la inversión en estas economías, lo que podría reducir el crecimiento mundial entre 1 y 2 puntos porcentuales en 2026-27.

Una desaceleración asiática tendría importantes efectos de derrame sobre Estados Unidos, Europa y Japón a través de los canales comerciales, de inversión y financieros. La reducción de la demanda asiática deprimiría las exportaciones de maquinaria, electrónica y bienes de consumo de estas regiones. Unos precios energéticos más altos afectarían aún más al consumo y a los costes industriales. Los mercados financieros podrían enfrentarse a una mayor volatilidad, lo que amplificaría las perturbaciones de los flujos de capital.

En Japón, la combinación de dependencia energética y una demanda regional más débil podría restringir bruscamente el crecimiento, mientras que Europa y Estados Unidos experimentarían una producción industrial más lenta y un consumo ajustado a la inflación amortiguado, reforzando la ralentización global provocada por el shock energético asiático.

**Restricción del petróleo, limitación del GNL, breve repunte del carbón**

El petróleo sigue siendo volátil pero más flexible que el gas. Los precios se dispararon por encima de 100 dólares/barril durante la interrupción máxima y se mantienen elevados (banda de volatilidad de 90-100 dólares en condiciones de estrés).

La inestabilidad en el estrecho de Ormuz ha eliminado millones de barriles diarios de capacidad de exportación. La capacidad excedente de la OPEP+ está compensando parcialmente, pero es insuficiente para normalizar las existencias. Los inventarios están cayendo a un ritmo récord, lo que reduce el colchón contra nuevas perturbaciones.

A diferencia de los shocks petroleros cíclicos anteriores, este episodio se caracteriza por un agotamiento estructural de los inventarios, lo que hace que los aumentos de precios sean más persistentes incluso si la oferta se recupera parcialmente.

No obstante, el gas natural es el principal punto de tensión para Asia. Hasta el 20% del suministro mundial de GNL se interrumpió en el momento álgido debido a los flujos vinculados a Ormuz. Los precios asiáticos del GNL se dispararon por encima de 20 dólares/MMBtu en múltiples ventanas al contado.

Los importadores del noreste asiático (Japón, Corea, China, Taiwán) entraron en modo de aprovisionamiento de emergencia y racionamiento. Los contratos a largo plazo están bajo presión debido a los riesgos de fuerza mayor y las restricciones de desvío del transporte marítino.

Las importaciones asiáticas de GNL han caído bruscamente. Las exportaciones vinculadas a Catar y los Emiratos Árabes Unidos siguen siendo vulnerables debido a la exposición a los puntos de estrangulamiento. El GNL es percibido cada vez más en Asia como un combustible de transición menos fiable, lo que acelera la diversificación lejos de las estrategias pesadas en gas en partes de la región.

Luego está el curioso repunte del carbón, que distorsiona temporalmente los mercados. El ajuste inmediato de Asia ha sido la sustitución, no la destrucción de la demanda. China, India, Indonesia y otros países han aumentado la quema de carbón en la generación de energía. En varias economías de la ASEAN, esto se ve cada vez más como una sustitución de ciclo corto, no como un retroceso estructural.

La aceleración del despliegue de renovables continúa en paralelo (especialmente en China e India).

**Cómo están haciendo frente los países**

China está gestionando un doble desafío: exposición al GNL más presión sobre los costes industriales. De ahí el despliegue simultáneo de carbón y renovables. La diversificación estratégica del GNL ha aumentado desde Oriente Medio hacia Rusia, Estados Unidos y Australia. La seguridad energética está ahora integrada en la respuesta de la política industrial.

India está muy expuesta a la inflación del GNL importado y del petróleo. Un sólido colchón de carbón limita la gravedad de la crisis, pero aumenta el coste medioambiental, que ya se está disparando con el despegue general del país. Como era de esperar, la presión fiscal está aumentando debido a los subsidios a los combustibles. El efecto neto es manejable, pero lastra el crecimiento inflacionario.

Japón y Corea del Sur están estructuralmente más expuestos a la interrupción del GNL. Por ello, se han activado medidas de aprovisionamiento de emergencia y gestión de la demanda, junto con la aceleración del reinicio de los nucleares y las ganancias de eficiencia. Ahora la seguridad energética domina el debate de la política macroeconómica.

El Sudeste Asiático (Indonesia, Vietnam, Tailandia, Filipinas) es muy sensible a los precios de la demanda de GNL. En consecuencia, las cancelaciones y retrasos de proyectos de GNL tienen un impacto doloroso, que se está traduciendo rápidamente en volatilidad política. De ahí los esfuerzos por reoptimizar el carbón en Indonesia y Vietnam.

A más largo plazo, prevalece el cambio hacia las renovables y la integración regional de redes. Pero como las reservas de energía están disminuyendo, el foco está en el corto plazo. Parafraseando a Keynes: a largo plazo, todos estamos muertos.

**De la transmisión económica al cambio energético**

El shock energético se está alimentando directamente del índice de precios al consumidor (IPC) a través de los combustibles, la logística y los fertilizantes. De ahí la transmisión secundaria a los precios de los alimentos, especialmente en el sur de Asia.

La moneda extranjera está bajo una fuerte presión, ya que las economías asiáticas dependientes de las importaciones se enfrentan a una grave presión de depreciación de sus monedas. Antes de la crisis, el dólar estadounidense estaba por debajo de 58 pesos filipinos; ahora, cerca de 62. Mientras tanto, los bancos centrales se ven forzados a adoptar una postura de política monetaria más restrictiva de lo esperado.

El riesgo de desaceleración industrial está aumentando. Los márgenes de la manufactura con uso intensivo de energía se están comprimiendo. Los sectores de fertilizantes, petroquímica y acero son los más expuestos.

La crisis está acelerando tres cambios estructurales. El primero implica el paso de la expansión del GNL a la cobertura del riesgo del GNL.

En segundo lugar, el objetivo pasado de alejarse de los combustibles fósiles ha sido reemplazado por la primacía de la seguridad energética.

En tercer lugar, la electrificación se ha acelerado. La inversión en renovables y almacenamiento se está adelantando. El futuro no es el año que viene. Es ahora.

**Cumbre Trump-Xi: esperanza de estabilidad**

Antes de la cumbre, los analistas esperaban que las conversaciones entre Estados Unidos y China pudieran servir como variable estabilizadora para los mercados energéticos mundiales, de tres maneras.

La señalización estratégica fomenta la estabilización de los precios del petróleo, al igual que la coordinación entre Estados Unidos y China reduce la incertidumbre geopolítica del lado de la demanda. La posible relajación de las tensiones arancelarias y geoeconómicas podría respaldar las expectativas de demanda mundial.

En segundo lugar, el reajuste del comercio de GNL sugiere que China podría diversificar aún más sus importaciones de GNL lejos de los corredores políticamente sensibles. Las exportaciones estadounidenses de GNL podrían beneficiarse de una normalización estratégica del comercio, mientras que la competencia Europa-Asia por el GNL podría moderarse si mejora el comercio entre Estados Unidos y China.

En tercer lugar, está el campo minado político de las sanciones y la diplomacia relacionada con Irán: incluso una coordinación limitada podría reducir la probabilidad de una escalada en Oriente Medio, algo vital para evitar subidas extremas de los precios del petróleo.

Desde el punto de vista de los mercados energéticos, la cumbre trataba menos de restaurar inmediatamente el suministro y más de reducir la volatilidad geopolítica inherente a la fijación de precios de la energía. Pero el éxito de la cumbre solo lo determinarán los mercados después de la misma.

**Escenarios inquietantes para 2026-27**

**Escenario base:** La estabilización parcial del conflicto en Oriente Medio avanza sin una resolución completa. Ormuz sigue siendo interrumpido intermitentemente, pero no completamente cerrado. El suministro de GNL se restablece parcialmente, pero sigue siendo ajustado. Los inventarios de petróleo se recuperan lentamente, pero siguen por debajo de lo normal. El Brent varía entre 85 y 105 dólares/barril y el GNL spot en Asia entre 12 y 20 dólares/MMBtu. La inflación se mantiene elevada pero manejable. Asia se enfrenta a una ralentización del crecimiento, pero no a una recesión.

**Escenario optimista:** La estabilización diplomática cuenta con el apoyo de la coordinación entre Estados Unidos y China tras la cumbre. Las rutas marítimas se reabren gradualmente. La infraestructura de GNL se restablece parcialmente. La OPEP+ aumenta la producción para satisfacer la demanda en recuperación. El Brent cae a 65-85 dólares/barril y el GNL a 8-14 dólares/MMBtu. La inflación cae bruscamente en Asia. Se reanudan las flexibilizaciones de políticas a nivel mundial y las inversiones en la transición energética se aceleran de nuevo.

**Escenario pesimista:** Se produce una nueva escalada militar en el teatro Irán-Golfo. El cierre de Ormuz se mantiene o se repite. Los daños en la infraestructura de GNL se extienden a Catar y el Golfo. El grave agotamiento de los inventarios desencadena compras de pánico. El Brent se dispara a 110-140+ dólares/barril y el GNL asciende a 20-35 dólares/MMBtu. Se extiende un grave shock inflacionario importado, con riesgo de desaceleración industrial y racionamiento en partes del noreste de Asia. Las renovables y la sustitución por carbón aumentan simultáneamente. Con volatilidad financiera, las monedas de los mercados emergentes caen y se reanuda la fuga de capitales.

Las perspectivas para 2026-27 están, en el mejor de los casos, nubladas por la incertidumbre. La preocupación es que se transforme en una volatilidad elevada." 

(Dan Steinbock, Brave New Europe, 17/05/26, traducción Deep Seek, enlaces en el original)

12.5.26

Jan Rosenow, Un. Oxford: España se ha convertido en uno de los mercados eléctricos más baratos de Europa... España es ahora más barata que Francia, muy por debajo del bloque centroeuropeo, y a poca distancia de los pesos pesados nórdicos de la energía hidroeléctrica y nuclear que siempre han encabezado la liga de la energía barata... Hace una década, España era un cuento con moraleja sobre la inversión solar varada y uno de los mercados eléctricos más caros de Europa... La historia detrás de ese ranking es, en la superficie, simple. España desplazó cada vez más el gas de su suministro eléctrico, y el precio de la electricidad siguió la misma tendencia... España no solo añadió renovables sobre una base fósil. Lo sustituyó. La curva de fósiles ha ido disminuyendo, año tras año, mientras que la curva de renovables ha ido aumentando... Lo que ha sucedido silenciosamente en España es que el gas ahora fija el precio con mucha menos frecuencia... para los primeros cuatro meses de 2026, sólo lo hizo en el 9%... este es el ejemplo más claro en Europa del efecto precio que los defensores de las energías renovables han estado describiendo durante años... El apagón de abril de 2025 no fue lo que decían los titulares... fue por la capacidad de la red para gestionar "variaciones rápidas de voltaje" que desestabilizaron el sistema... España es "pionera" al encontrarse con cosas que "todos los demás podrían encontrar en algún momento". Las soluciones existen: statcoms (amortiguadores de tensión), mejores protocolos de desconexión y capacidades de control de tensión requeridas para todos los generadores, no solo para las energías renovables

"En los primeros cuatro meses de 2026, el precio medio mayorista de la electricidad en España fue de 44 € por megavatio-hora. En Italia, era de 127 €. En Alemania, 96 €. En el Reino Unido, 103 €. España es ahora más barata que Francia, muy por debajo del bloque centroeuropeo, y a poca distancia de los pesos pesados nórdicos de la energía hidroeléctrica y nuclear que siempre han encabezado la liga de la energía barata.

Este no es el lugar donde la mayoría de los observadores esperaban que estuviera España. Hace una década, España era un cuento con moraleja sobre la inversión solar varada y uno de los mercados eléctricos más caros de Europa. Hoy se sitúa cerca del final de la tabla de precios, y la brecha se está ampliando.

La historia detrás de ese ranking es, en la superficie, simple. España desplazó cada vez más el gas de su suministro eléctrico, y el precio de la electricidad siguió la misma tendencia.

La mezcla ha cambiado hasta ser irreconocible.

Hace veinticinco años, un tercio de la electricidad de España provenía del carbón. Hoy en día, el carbón ha desaparecido prácticamente. El gas, que se disparó en la década de 2000 como sustituto, alcanzó su punto máximo por encima del 30% de la generación a finales de la década de 2000 y desde entonces ha retrocedido hasta aproximadamente el 19%. La energía nuclear se ha mantenido estable en torno al 19%, la hidroeléctrica y la bioenergía juntas en torno al 14%, y la capacidad restante se ha cubierto de forma constante con energía eólica y solar.

Solo la eólica suministró el 20% de la generación española en 2025. La energía solar, que apenas existía a gran escala a principios de la década de 2010, alcanzó el 22%. Entre ambas, esas dos tecnologías generan ahora más electricidad que cualquier otra categoría única en el sistema, incluida la flota nuclear que una vez fue el caballo de batalla confiable de España.

2022 fue el punto de inflexión

Si se compara la generación solar y eólica con toda la generación fósil (gas más las últimas brasas de carbón y petróleo), las líneas se cruzaron en 2022. Ese fue el primer año en que la energía eólica y solar juntas generaron más electricidad que todas las fuentes fósiles combinadas. A lo largo del primer trimestre de 2026, la brecha se ha ampliado aún más. La energía solar y eólica aportaron el 44% de la generación, y los combustibles fósiles el 17%.

Esta es la historia estructural en torno a la cual giran muchos argumentos sobre la política energética. España no solo añadió renovables sobre una base fósil. Lo sustituyó. La curva de fósiles ha ido disminuyendo, año tras año, mientras que la curva de renovables ha ido aumentando.

2022 también fue un punto de inflexión para los precios mayoristas de la electricidad en España: La excepción ibérica limitó inicialmente los precios de la electricidad por debajo de la media de la UE27, pero incluso después de que el mecanismo finalizara, España amplió aún más la brecha de precios.

Por qué esto se refleja en el precio

En un mercado mayorista de electricidad, el precio en cualquier hora determinada lo establece la planta más cara que necesita funcionar para satisfacer la demanda. Para la mayor parte de Europa, durante la mayor parte de la última década, esa ha sido una planta de gas. La conexión de orden de mérito entre los precios del gas y los de la electricidad es la razón por la que los hogares europeos recibieron un choque en su factura de electricidad cuando el gasoducto ruso colapsó en 2022.

Lo que ha sucedido silenciosamente en España es que el gas ahora fija el precio con mucha menos frecuencia. En 2022, el gas fue la planta marginal en aproximadamente el 55% de todas las horas. En 2024 había caído al 27%. Para los primeros cuatro meses de 2026, era solo el 9%.

Una nota sobre la metodología: La cuota de mercado del fijador de precios del gas se estima utilizando el método de Zakeri et al. (2023). Por cada hora, se verifican dos condiciones: ¿se está generando gas realmente, y el precio de mercado es igual o superior al costo marginal a corto plazo calculado para operar una planta de gas? Si ambos son ciertos, el gas se considera el probable fijador de precios. El coste marginal se calcula a partir de los precios mensuales del TTF y del EU ETS, asumiendo una turbina de gas de ciclo combinado moderna con una eficiencia del 52%. El gráfico cuenta las horas en las que el gas se despacha directamente y el precio de mercado alcanza el costo marginal a corto plazo calculado para la generación de gas, y probablemente subestima la verdadera influencia de los precios del gas en el mercado español. La retroalimentación que he recibido sobre el análisis anterior sugiere que no se capturan dos efectos: las centrales hidroeléctricas a menudo no pujan por sus costos operativos cercanos a cero, sino por el costo de oportunidad, esencialmente lo que podrían ganar cuando los precios son altos, que suelen estar fijados por el gas. Y las plantas de cogeneración queman gas pero sus costos se calculan según una fórmula regulatoria española específica en lugar del precio spot del gas, por lo que no aparecen en la prueba estándar que utiliza la metodología. El gas está realmente marcando el precio en esas horas, pero el método no lo tiene en cuenta. La afirmación más precisa es que la generación de gas en el margen está disminuyendo rápidamente, pero la influencia del precio del gas en el mercado sigue siendo más amplia de lo que sugiere la cifra principal.

Lo que esto no es

Cuatro cosas que esta historia no es.

No es una afirmación de que el gas haya desaparecido. El gas sigue suministrando alrededor de 1/5 de la electricidad española, aproximadamente la misma proporción que la nuclear. Su papel en el margen (la parte de fijación de precios) se ha reducido más rápido que su papel en la combinación energética (la parte de megavatios-hora quemados).

Es solo el precio al por mayor. La cifra de 44 €/MWh es lo que se paga a los generadores en el mercado intradiario. No es lo que pagan los hogares. Los cargos de red, los costos del sistema, los márgenes de los proveedores, los impuestos y las tasas políticas se suman, y pueden duplicar o triplicar fácilmente la cifra subyacente para cuando llega a una factura doméstica. Moverse al por mayor más barato es necesario para que bajen las facturas minoristas, pero no es suficiente.

A pesar de tener la electricidad mayorista más barata de Europa, los hogares españoles pagan por encima de la media de la UE, 0,265 €/kWh en 2025, ocupando el puesto 16 de 25 países. Eso sitúa a España como más cara que Francia, Países Bajos, Dinamarca y la mayor parte de Europa Central y Oriental. Parte de esto tiene que ver con la cantidad de impuestos y gravámenes que se aplican a la electricidad.

El gráfico de abajo descompone una factura típica de electricidad de un hogar español en sus principales componentes de costo. El total (0,27 €/kWh, Eurostat, diciembre de 2025) y la amplia proporción de impuestos y gravámenes (~31%) están anclados en datos oficiales; el desglose entre energía, cargos de red y costes del sistema es una estimación del modelo coherente con ese total, en lugar de una cifra extraída de una única fuente. (...)

Tres advertencias vale la pena tener en cuenta:

Primero, el componente mayorista de energía, la porción más grande, se mueve diariamente con el mercado eléctrico, por lo que la proporción mostrada refleja un promedio de diciembre de 2025 y puede oscilar mucho más allá de ese rango a lo largo del año.

Segundo, España ha ajustado los impuestos sobre la electricidad repetidamente en los últimos años: el IVA cayó del 21% al 5% durante la crisis energética de 2022 antes de ser restaurado por completo al 21% para enero de 2025 - la tasa que se muestra aquí - mientras que el impuesto especial sobre la electricidad (IEE) se redujo nuevamente al 0,5% en marzo de 2026. Un gráfico dibujado para un mes diferente puede verse significativamente distinto.

Tercero, las tarifas de mercado libre y las reguladas presentan los mismos costos subyacentes de manera diferente: en un contrato comercial a precio fijo, los peajes de red suelen estar incluidos en la tarifa de energía en lugar de mostrarse por separado, por lo que las porciones relativas cambian incluso aunque la economía subyacente sea idéntica.

 Una simplificación adicional: parte de cada factura española es un cargo diario fijo basado en la capacidad contratada en kilovatios, independientemente de la energía consumida. Expresando esto como una cifra por kWh, como necesariamente hace el gráfico, se sobreestima el costo unitario para los hogares de bajo consumo y se subestima para los de alto consumo.

Otros costos del sistema están aumentando. La otra cara de obtener energía barata es pagar más en otros lugares para mantener el sistema estable. España está adquiriendo más servicios de equilibrio, más potencia reactiva y soporte de tensión, y en última instancia, más transmisión para trasladar la energía eólica y solar desde donde los recursos son buenos hasta donde está la demanda. Esos costos recaen en los consumidores a través de cargos de red y políticas en lugar del precio mayorista. Aún no son lo suficientemente grandes para compensar las ganancias mayoristas, pero están aumentando.

La energía nuclear sigue funcionando, y la política es apagarla. Aproximadamente una quinta parte de la electricidad española proviene de una flota de reactores programados para ser retirados entre 2027 y 2035. Si esos reactores salen del sistema sin un reemplazo equivalente de bajas emisiones de carbono, el gas volverá a subir en el orden de mérito y la cuota de gas volverá a aumentar.

Lo que es

A pesar de todas esas advertencias, este es el ejemplo más claro en Europa del efecto precio que los defensores de las energías renovables han estado describiendo durante años, finalmente llegando a los datos. Más energía eólica y solar en la red significa menos horas en las que el gas es la planta marginal. Menos de esas horas significa un precio mayorista desacoplado del mercado del gas durante la mayor parte del día. Y un precio mayorista desvinculado del gas, en 2026, es un precio barato.

España es ahora una demostración práctica de que se puede tomar un sistema eléctrico que hace una generación era 33% carbón, hace una década más del 30% gas, y hacerlo funcionar con aproximadamente un 44% de energía eólica y solar, con los precios mayoristas resultantes entre los más bajos de Europa. Las preguntas restantes son sobre resiliencia, sobre quién captura realmente los ahorros y sobre hasta dónde puede llegar la sustitución antes de que los retiros nucleares reabran la brecha. Otra pregunta clave es también si el aumento de los costes del sistema energético (redes, equilibrio, etc.) se verá compensado por la bajada de los precios mayoristas.

El apagón de abril de 2025 no fue lo que decían los titulares.

El 28 de abril de 2025, toda la península ibérica se quedó sin electricidad durante la mayor parte de un día laboral, y casi 60 millones de personas perdieron el suministro. Ese día, varios medios de gran alcance culparon inmediatamente a las energías renovables sin ninguna evidencia. La investigación final de ENTSO-E, publicada casi un año después, concluye lo contrario. Damian Cortinas, presidente de la junta directiva de ENTSO-E, dijo al Financial Times que "el problema no son las energías renovables", sino la capacidad de la red para gestionar "variaciones rápidas de voltaje" que pueden desestabilizar el sistema. Oscilaciones inusuales desencadenaron una cascada de desconexiones de plantas, y los gestores de la red perdieron el control. La verdadera lección no es que España haya ido demasiado lejos en eólico y solar, sino que cada país de Europa necesita modernizar la forma en que gestiona la estabilidad de tensión. España, en el marco de Cortinas, es "pionera" al encontrarse con cosas que "todos los demás podrían encontrar en algún momento". Las soluciones existen hoy en día: statcoms (amortiguadores de tensión), mejores protocolos de desconexión y capacidades de control de tensión requeridas para todos los generadores, no solo para las energías renovables. "No hay nada en las recomendaciones que no se pueda hacer mañana", dijo Cortinas al FT. La pregunta abierta es quién paga la actualización de la flota existente, y eso, dijo, "tendrá que ser analizado en cada país"." 

(Jan Rosenow, Un. Oxford, blog, 10/05/26, traducción Quillbot, enlaces y gráficos en el original)  

4.5.26

La electrificación es la principal herramienta contra las nuevas tiranías, contra los que están empujando el mundo al caos. Estados Unidos se ha convertido en el principal proveedor de gas natural de España; cuyos precios han subido por el ataque criminal e ilegal de ese mismo país contra Irán... La transición energética es imperfecta. Está claro. Lo que también está claro es que es, en estos momentos, urgente e indispensable. Por justicia climática, también para forzar la desconexión del Estado autoritario más peligroso e impredecible del momento... la potencia renovable actualmente instalada -y las lluvias de este año- están logrando que el país pase de puntillas por la crisis energética desatada por la guerra en Irán... La potencia renovable española es un hecho. Ante las dudas legítimamente generadas por el apagón de hace un año, el almacenamiento con baterías está a punto de erigirse como una realidad. No solamente evitando emisiones; aplanando los picos de demanda para evitar sobretensiones, bajando el precio de la luz... se esperan 30 GW de baterías que podrían reducir el coste de las horas más caras para consumir electricidad a más de la mitad... Toda esta energía se puede utilizar, además de para romper lazos con Estados Unidos al margen de posicionamientos grandilocuentes, para vivir mejor... Las renovables producen para nosotres luz barata, sí, que se pierde en su camino hasta el consumidor final entre impuestos, peajes, las tretas del mercado libre y una tarifa regulada cada vez más difícil de entender. Australia, gracias a su inmensa producción renovable, está empezando a ofrecer horas de luz gratis en las horas de mayor generación... se manda un mensaje clave en tiempos de negacionismo asesino: esto es para la gente... El Estado español sigue resistiéndose a pasar a un enfoque proactivo en el asunto, acudiendo casa por casa a proponer el cambio -y el ahorro-... el proyecto EPIU de Getafe identifica hogares vulnerables mediante big data y acude a instalar directamente las placas para el autoconsumo colectivo de todo el edificio

"La electrificación es la principal herramienta contra las nuevas tiranías, contra los que están empujando el mundo al caos. Estados Unidos se ha convertido en el principal proveedor de gas natural de España; cuyos precios han subido por el ataque criminal e ilegal de ese mismo país contra Irán, que ha respondido bloqueando el estrecho de Ormuz. Estados Unidos, además, ya era y sigue siendo uno de los principales proveedores de petróleo de nuestro país; otra materia prima cuyo coste se ha disparado tras la guerra.

La transición energética es imperfecta, genera conflictos y, en demasiadas ocasiones, se transita junto a aliados indeseables. Está claro. Lo que también está claro es que es, en estos momentos, urgente e indispensable. No solamente por justicia climática, también para forzar la desconexión del Estado autoritario más peligroso e impredecible del momento, con permiso de otra ficción colonialista que sigue practicando impunemente el genocidio. A los que están de gira en estos momentos contra la “falsa transición energética” me gustaría preguntarles, en caso de que quisieran escuchar, sobre cuál es la alternativa que proponen que no caiga en vaguedades, confianza ciega en una futura movilización popular que está a punto de estallar pero que nunca cae del árbol o desconocimiento interesado sobre las capacidades y la relación de fuerzas actual.

La potencia renovable española es un hecho. Ante las dudas legítimamente generadas por el apagón de hace un año, el almacenamiento con baterías está a punto de erigirse como una realidad. No solamente evitando emisiones; aplanando los picos de demanda para evitar sobretensiones, bajando el precio de la luz y, con suerte, mandando definitivamente al retiro a las caras e ineficientes centrales nucleares. Mientras la propaganda grita, se esperan 30 GW de baterías que podrían reducir el coste de las horas más caras para consumir electricidad a más de la mitad.

En cualquier caso, no es necesario mirar al futuro: la potencia renovable actualmente instalada -y las lluvias de este año- están logrando que el país pase de puntillas por la crisis energética desatada por la guerra en Irán. Y si no fuera por un probable exceso de celo por parte del operador del sistema para guardarse las espaldas en caso de un hipotético nuevo apagón, la situación sería aún más benigna: estamos quemando más gas del que sería necesario, y la eólica, la fotovoltaica y la hidroeléctrica funcionan. A todo trapo.

Toda esta energía se puede utilizar, además de para romper lazos con Estados Unidos al margen de posicionamientos grandilocuentes, para vivir mejor. Así lo asegura Greenpeace en su nuevo informe, en el que plantea que un modelo 100% renovable, basado no solo en la electrificación sino en la reducción de la demanda, en la eficiencia y en la suficiencia, es tanto deseable como posible.

Me alegra el esfuerzo, me consta que consciente, que ha hecho Greenpeace en sumar la propuesta a la denuncia. En los últimos años se han convertido en un agente político con un pie en la toma de decisiones mientras que siguen campeonando en lo que han hecho siempre bien: la performance de protesta, la irrupción en los titulares y la valentía para salirse del molde. Sin embargo, me ha decepcionado ligeramente la falta de aterrizaje de ese “vivir mejor” en un informe predominantemente macro. Es cierto que muchas de las recetas incluidas no por sabidas han perdido eficacia: rehabilitación masiva de los edificios, bombas de calor contra el terrorismo geopolítico estadounidense, ciudades compactas con sistemas de transporte público robusto para coger el coche, eléctrico y compartido, lo menos posible.

Pero sigo echando de menos la respuesta a la pregunta que no puedo evitar: ¿y qué más? La electrificación es necesaria y urgente, pero… ¿cómo nos va a cambiar la vida? Vamos a tener mucha más luz, y mucho más barata, pero… ¿para qué tanta luz?

El último plan del Gobierno contra la crisis energética puede presumir de varios aciertos, no tanto por la audacia del Ejecutivo sino por la insistencia de los grupos de presión e interesados desde hace años. Las condiciones para el autoconsumo compartido han mejorado, por ejemplo, aumentando el rango por el cual se pueden conectar las viviendas al punto de generación; y se han simplificado los trámites administrativos. Semanas antes, el Gobierno anunció una reclamada mejora de las ayudas al coche eléctrico; se pasa del plan Moves al plan Auto+ y las subvenciones son directamente aplicadas por el concesionario, sin tener que adelantar un dinero sin certezas de su vuelta.

Sin embargo, se vuelve a desperdiciar una nueva oportunidad para dar un golpe sobre el tablero, para que ese “vivir mejor” pase de vivir en el mundo abstracto de los deseos a irrumpir en la conversación del café. Las renovables producen para nosotres luz barata, sí, que se pierde en su camino hasta el consumidor final entre impuestos, peajes, las tretas del mercado libre y una tarifa regulada cada vez más difícil de entender. Australia, gracias a su inmensa producción renovable, está empezando a ofrecer horas de luz gratis en las horas de mayor generación. El objetivo es doble. Por un lado, se busca casar esa generación masiva con un aumento de la demanda y evitar desperdicios. Por otro lado, se manda un mensaje clave en tiempos de negacionismo asesino: esto es para la gente. Esta agenda es la agenda de vuestra factura.

Soy consciente de que la Comisión Europea, brazo político del neoliberalismo y guardiana de las esencias de la libre competencia, nos miraría escandalizada: también se escandalizaron cuando España propuso un tope al gas que acabó sirviendo para convertirse en la potencia europea que mejor capeó la crisis energética de 2022. También en los 40, en Estados Unidos, las compañías eléctricas se opusieron al “electricity for all” que arguía la empresa pública Tennessee Valley Authority (TVA), una de las patas del New Deal, que alumbró a coste bajo el sur del país. Convendría no dar la batalla perdida de antemano.

Las facilidades al autoconsumo son bien recibidas, pero el enfoque sigue siendo pasivo: ten tú la iniciativa, ciudadano, y ya te pagaremos si eso. El Estado español sigue resistiéndose a pasar a un enfoque proactivo en el asunto, acudiendo casa por casa a proponer el cambio -y el ahorro-. Cualquiera que se pasee por cualquier barrio residencial de clase media puede comprobar que las placas solares están triunfando en los tejados de las viviendas unifamiliares. Excelente noticia, aunque solo sea por lo aspiracional. Pero la asignatura del autoconsumo en barrios urbanos de menos renta, facilidades y espacio mental sigue cateada. No es imposible.

En Alemania, por ejemplo, las Stadtwerke, empresas públicas y municipales de energía, van bloque por bloque de las ciudades en las que operan proponiendo, financiando y ejecutando la instalación de placas solares. De vuelta a Australia, el Gobierno federal creó el programa “Community Solar Banks”, cuyo funcionamiento es curioso: la persona interesada compra una porción de una “granja solar”, una instalación fotovoltaica que no tiene por qué ubicarse en su vecindario, y el Estado le baja directamente su factura de la luz. Incluso hay iniciativas locales aquí en España que podrían amplificarse: el proyecto EPIU de Getafe identifica hogares vulnerables mediante big data y acude a instalar directamente las placas para el autoconsumo colectivo de todo el edificio.

En cuanto al vehículo eléctrico, la mejora del sistema de subvención es notable. Pero queda muchísimo camino por recorrer. De los veinte países que ofrecen incentivos a la compra de automóviles eléctricos en Europa, doce superan a España en importe. ¿Por qué no se utiliza la recaudación tributaria por la generación eléctrica para suplir ese gap? ¿Y por qué no utilizamos tanta luz barata, como tenemos y vamos a tener, para incentivar (forzar) a los Gobiernos municipales y autonómicos a mejorar los servicios de transporte público electrointensivos, como el metro? El Gobierno de Ayuso ya puso hace unos años el precio de la luz como excusa para justificar el declive de frecuencias de los últimos años. Los autobuses eléctricos gratuitos o a muy bajo coste no solucionarán, desde luego, todos nuestros amplísimos problemas de movilidad urbana e interurbana. Pero permiten algo incluso más valioso: cambiar el rumbo de la conversación.

Hay varios obstáculos muy definidos: la coalición entre el capital fósil, el poder político ultraderechista y la reacción de la manosfera, por ejemplo. Los que prefieren proclamar que nada es posible para salvaguardar sus posiciones, también. Pero la (auto)complacencia del progresismo electrooptimista, a otro nivel, es otra de ellas. La luz barata para bajar nuestra factura en un contexto en el que todo sube de precio o directamente te expulsa es, desde luego, una buena noticia. La luz barata para cambiarnos la vida que vendrá sería aún mejor; con pisos bien aislados sin tener que comernos la cabeza con la burocracia, tejiendo redes y alianzas con la vecindad en la comunidad energética, desplazándonos más rápido, a tiempo y sin asfixiar a nadie. Y si tiene que quejarse la comunidad porque he tirado un cable desde el balcón para cargar la moto, que se quejen. Todo gran cambio implica desorden."

(Contra el diluvio , blog , 01/05/26) 

18.4.26

¿Qué quiso hacer Sánchez en China? Articular un eje sino-europeo de responsabilidad climática, que permita acelerar la transición energética ¿Cómo entender el proyecto de Sánchez de acercamiento en nombre de la ecología? La energía ha pasado a ocupar, una vez más en la historia, el centro del tablero... las alternativas tecnológicas son ya una realidad tangible, están disponibles en generación eléctrica, edificación y movilidad... sin embargo, esta misma coyuntura revela con crudeza hasta qué punto esa gran transición necesita un nuevo impulso geopolítico, pues, una alternativa tecnológica superior en términos costo-eficientes, ha desatado la furia en sus centros de poder político: Washington, Moscú y Riad... Se ha conformado, así, una nueva Santa Alianza que persigue prolongar el control sobre una de las bases materiales que han sostenido la arquitectura geopolítica de los siglos XX y XXI... la descarbonización supone una profunda reorganización de las bases materiales del poder. De llevarse a cabo con éxito, supondría el mayor proceso de descapitalización de la historia económica por los ingentes recursos fósiles que se quedarían varados... Quienes se benefician de las ingentes rentas y activos patrimoniales derivadas de los recursos fósiles se han conjurado para hacer fracasar por todos los medios la transición global de la energía. Y la Unión Europea, con sus políticas climáticas y de transición energética, se erige como un obstáculo prioritario a debilitar, cuando no a derribar... así pues, la relación de Europa con China adquiere un significado renovado que trasciende la lógica convencional de competencia entre potencias, para pasar a una cooperación de largo recorrido y orientación pragmática entre dos polos geopolíticos, económicos y tecnológicos que concentran capacidades decisivas para evitar el caos climático y reconfigurar el sistema energético global. Europa aporta un marco normativo avanzado, una experiencia pionera en políticas de descarbonización y un modelo social que integra cohesión y sostenibilidad. China, por su parte, dispone de la escala industrial, la capacidad de despliegue y el control de las cadenas de valor tecnológicas que hoy determinan el ritmo de la transición... El interés de ambas converge, además, en su vulnerabilidad compartida ante un orden fósil que no sólo no controlan, sino que se erige como grave amenaza a su seguridad... Se trata de esquivar los peores escenarios climáticos y contribuir al fortalecimiento del sistema multilateral y al papel central de las Naciones Unidas (Emilio Santiago Muíño)

 "Durante una gran ceremonia celebrada en el Gran Palacio del Pueblo, en Pekín, Xi Jinping declaró con cierta solemnidad que el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, se encontraba «en el lado correcto de la Historia».

De trasfondo una delicada reconfiguracion de las relaciones internacionales en las que España, actuando como avanzadilla consciente de las posiciones europeas, busca fortalecer de manera significativa la colaboración entre Europa y China, dejando atrás años de desconfianza y recelo.

¿Cómo entender el proyecto de Sánchez de acercamiento en nombre de la ecología? Este texto, cuyos análisis son fundamentales para definir la política española, revela un contexto general de la cuarta visita de Sánchez a China en cuatro años y cómo los retos globales necesitan más que nunca como condición imprescindible un gran acuerdo de largo recorrido entre ambas potencias.

El orden mundial vigente en las últimas décadas se encuentra en plena reconfiguración y el horizonte estratégico europeo precisa ser reformulado. El retorno de las lógicas imperiales —nostálgicas de un “gran ayer” glorioso—en las dos grandes potencias nucleares, Rusia y Estados Unidos, junto al ascenso de China y la regresión democrática global, están redibujando en profundidad los contornos de dicho orden.

La Unión Europea precisa leer acertadamente las nuevas tendencias globales y el poder inherente en la disposición específica de los elementos.

Hay sobrados motivos para creer que el proyecto político que representa la Unión Europea se encuentra sometido a un creciente cerco estratégico.
El incendio de Oriente Medio provocado por la guerra unilateral e ilegal de Estados Unidos e Israel contra Irán es el último episodio de dicha reconfiguración. Y la energía ha pasado a ocupar, una vez más en la historia, el centro del tablero.

El Estrecho de Ormuz se ha convertido en dramático símbolo del paso muy angosto no solo geográfico sino geopolítico, económico y de seguridad, que supone la dependencia energética de unos combustibles fósiles utilizados como vectores de poder. El contraataque iraní sobre las infraestructuras energéticas del Golfo y, sobre todo, el cierre del mencionado estrecho —por donde transita la mitad de las exportaciones mundiales de petróleo— han situado al sistema económico global al borde de un shock de grandes dimensiones. La disrupción del suministro ha sido descrita, de hecho, por la Agencia Internacional de la Energía como potencialmente más grave que la crisis de 1973.

Es probable, por tanto, que la guerra provoque un profundo punto de inflexión en el sistema energético mundial. Acelerará en el medio plazo el abandono de la dependencia del petróleo y el gas, en especial en países asiáticos que están viviendo una emergencia energética que afecta de lleno no sólo a su economía sino a su seguridad nacional. La razón es simple: las alternativas tecnológicas son ya una realidad tangible, están disponibles en generación eléctrica, edificación y movilidad. Y, sin embargo, esta misma coyuntura revela con crudeza hasta qué punto esa gran transición necesita un nuevo impulso geopolítico que permita quebrar la estructura de dependencia fósil que sigue atenazando a la mayoría de la humanidad.

Para Europa la lección es clara y contundente. Tras la crisis derivada de la invasión rusa de Ucrania y tras la agresión militar a Irán, la política energética ya no puede pensarse solo en términos de eficiencia y sostenibilidad climática, sino como el eje central de la seguridad y la soberanía estratégica.
Esta es, en última instancia, la cuestión de fondo del este ensayo: en un momento en que la transición energética empieza a perfilarse como una alternativa real al orden fósil global, los centros de poder que se benefician de él redoblan sus esfuerzos por prolongar su dominio económico y geopolítico. Urge, en consecuencia, una reformulación estratégica que sitúe la energía y el clima en el corazón del proyecto político europeo. Y es que ya no se trata sólo de preservar las bases naturales/ climáticas de la existencia, sino de garantizar la autonomía material de nuestras sociedades en un mundo peligrosamente inestable.

Hacia el caos climático

El importante informe científico publicado en febrero de 2026, The risk of a hothouse Earth trajectory, 1 ofrece una conclusión contundente a la vez que preocupante: tras doce meses consecutivos habiendo superado el incremento de la temperatura media de la atmósfera en 1,5 grados, el objetivo más ambicioso fijado en el Acuerdo de París ha sido ya superado o lo será en breve.

Lo que es aún más grave, dada la actual dinámica de las emisiones globales y el contexto geopolítico internacional, hay muchas posibilidades de que el umbral de seguridad de los 2 grados se supere hacia 2045. Y es que el incremento de la temperatura de la atmósfera se ha acelerado. Mientras que entre 1880 y 1970 el aumento por década fue de 0,05 grados y entre 1970 y 2010 de 0,19 grados, entre 2010 y 2025 ha sido ya de 0,31 grados, un salto significativo. De no mediar una reducción drástica de las emisiones globales en el horizonte temporal 2026-2035, algo relativamente poco probable a la vista de los débiles compromisos adoptados por los grandes emisores, el incremento de los 2 grados su superará en apenas veinte años.

Ese escenario supondría el fracaso de la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático (CMNUCC) aprobada en 1992 en la cumbre celebrada en Río de Janeiro. Dicha convención ha vertebrado la respuesta climática internacional, incluyendo el Protocolo de Kioto en 1997 y el Acuerdo de París en 2015.

Desde el primer informe de síntesis del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés), publicado en 1990, el umbral de los 2 grados ha sido la referencia que ha guiado a la comunidad científica. De hecho, cuando la CMNUCC formuló su objetivo central de “evitar una interferencia antropogénica grave sobre el clima de la Tierra”, ese nivel de aumento era el que definía la interferencia.

Respecto a la dinámica de las emisiones conviene destacar tres aspectos.

Primero, once años después del Acuerdo de París, éstas continúan aumentando, no se ha producido aún el punto de inflexión. Segundo, China principal emisor mundial, responsable de aproximadamente el 30 por ciento de las emisiones anuales, se ha fijado objetivos de mitigación poco ambiciosos en el horizonte 2035, del orden del 7-10 por ciento respecto al máximo que alcance a lo largo de esta década, por lo que su reducción será “neutralizada” por los incrementos esperados en otros países intensivos en el uso de carbón como India, Indonesia o Vietnam. Tercero, Estados Unidos, principal emisor en términos históricos y segundo emisor en la actualidad, no sólo se ha desentendido de sus responsabilidades adquiridas, sino que ha puesto en marcha una ofensiva contra los acuerdos climáticos y la transición energética y en defensa del poder fósil.

Como consecuencia de dichos factores, el escenario más realista entre 2026 y 2035 es una relativa meseta (plateau) de las emisiones globales, o quizás una pequeña disminución de las mismas, en lugar de la pronunciada curva de descenso que se precisaría para situar su trayectoria en una dirección compatible con los 2 grados.

La trayectoria de emisiones entre 1980 y 2025 que finaliza en dicho punto, sitúa como escenario más probable, dadas las actuales circunstancias, el denominado SSP2-4.5, línea de color amarillo ocre, que conduciría a un incremento de la temperatura media a finales del presente siglo de 2,7 grados.

Otro mensaje importante que se desprende de la mencionada figura es que, como consecuencia del Acuerdo de París y de la transición energética global, los dos peores escenarios climáticos, el SSP5-8.5 y el SSP3-7.0, contemplados por la comunidad de la ciencia del clima como posibles hace apenas una década, se puede decir, con bastante seguridad, que han quedado descartados. Asimismo, también se desprende que, dada la situación actual, acceder al escenario climático más optimista, la línea violeta SSP1-1.9, es ya virtualmente imposible.

Partiendo de los actuales compromisos adoptados por los diferentes países, las modelizaciones llevadas a cabo tanto por la Agencia Internacional de la Energía, como por el centro de investigación Climate Tracker Initiative prevén también un ascenso de la temperatura a finales de este siglo en torno a los 2,7 grados sobre la existente en la época preindustrial. Y ello sin tener en cuenta los posibles efectos de retroalimentación positiva que se pueden activar en el sistema climático global, una vez que los umbrales 1,5 y 2,0 grados queden desbordados, que es lo que proporciona el título al estudio arriba citado (The risk of a hothouse Earth trajectory). Por ello, no es exagerado afirmar que la actual trayectoria conduce hacia el caos climático.

Transición energética: una revolución retrasada

Una de las paradojas del siglo XXI es que el agravamiento de la crisis climática coincide con un avanzado nivel de madurez de las posibilidades tecnológicas para la descarbonización, prerrequisito fundamental —aunque no único— para estabilizar el clima planetario. La “revolución electrotécnica”, en términos del centro de investigación EMBER, está produciendo la transformación energética más disruptiva y prometedora desde la revolución industrial.

Sin embargo, dicha revolución está teniendo lugar con una generación de retraso para poder cumplir con el mandato de la CMNUCC. Además, se está viendo confrontada por poderosos intereses fósiles que han conformado un bloque histórico —en el sentido gramsciano— de alcance internacional que trabaja incansablemente para hacer descarrilar dicha transición.

En las últimas décadas la energía solar fotovoltaica, la energía eólica y, más recientemente, los sistemas de almacenamiento de baterías han conocido una de las curvas de abaratamiento de costes más impresionantes de la historia económica de la energía. En el 80 por ciento de las latitudes del mundo apuntar hoy con un panel al sol se ha convertido en la forma más económica de generar electricidad.

A ello se añade la notable ampliación de los procesos económicos electrificables en términos coste-eficientes. Mientras que a comienzos de este siglo XXI apenas un 25 por ciento de los consumos energéticos finales eran electrificables, hoy alcanzan el 70 por ciento, incluyendo edificación, movilidad y, de modo incipiente, algunos procesos industriales.

Dos son las razones clave que explican esa disrupción en los costes. En primer lugar, la morfología de las tecnologías es modular, lo que las hace muy sensibles a las economías de escala que se obtienen con políticas industriales decididas, una cualidad que hace de la descarbonización un cambio tecnológico más parecido al que supuso la informática que al de las transiciones energéticas del pasado. En segundo lugar, el hecho de  mover electrones es mucho más eficiente que quemar moléculas. La electricidad obtenida del proceso fotovoltaico supone una ganancia en captación de energía solar de un orden de magnitud respecto a la fotosíntesis.

No estamos, por tanto, ante un pequeño avance ambiental, sino ante un cambio disruptivo en la historia de la energía.

Las potencias centrales del imperio de los combustibles fósiles contraatacan

El que los intereses del complejo fósil se enfrenten no solo a un amplio cuestionamiento derivado de la crisis climática y la contaminación atmosférica de las ciudades, sino a una alternativa tecnológica superior en términos costo-eficientes, ha desatado la furia en sus centros de poder político: Washington, Moscú y Riad. Por casualidad (¿o no?), Rusia y Arabia Saudí están a la cola a nivel mundial en calidad democrática, según el último informe de 2026 del instituto de investigación Varieties of Democracy, de la Universidad de Gotemburgo (los puestos 162 y 167, respectivamente, de un total de 179 países). El proceso de autocratización que atraviesa Estados Unidos con Trump lo ha llevado a ocupar el puesto 51, cuando en 2017 estaba veinte puestos por encima. 2

Se ha conformado, así, una nueva Santa Alianza que persigue prolongar el control sobre una de las bases materiales que han sostenido la arquitectura geopolítica de los siglos XX y XXI. Y es que los combustibles fósiles han conformado, desde la revolución industrial, la columna vertebral energética que ha sostenido el desarrollo de la economía-mundo. La transformación en curso se percibe como una amenaza a ese dominio global.

Para comprender en toda su dimensión lo que está en juego es preciso tener presentes algunos datos. Estados Unidos, con 20 millones de barriles diarios, es el primer país productor de petróleo del mundo y el mayor productor de gas. Arabia Saudí, con 12 millones de barriles, el segundo, y Rusia, con 10 millones, el tercero, además de ser la segunda potencia gasística.

No se trata solo mantener intactas rentas económicas y activos patrimoniales de gran magnitud. El gas y el petróleo se utilizan como vectores de poder, es decir como instrumentos de coacción estratégica en un mundo en el que la mayoría de las naciones son dependientes de los combustibles fósiles. La actual crisis energética, derivada del ataque norteamericano-israelí a Irán, constituye el enésimo ejemplo de la gran vulnerabilidad de los países obligados a importar petróleo y gas.

La magnitud de los intereses en juego es difícil de exagerar. Según la organización experta en este ámbito Carbon Tracker Initiative, el tamaño del capital fósil mundial, incluyendo las reservas probadas comercialmente explotables, así como las infraestructuras de oferta y demanda y los activos financieros implicados, supera los 90 billones (europeos) de dólares, una cifra cercana PIB mundial.

A la vista de las magnitudes económicas y los reajustes geopolíticos implicados, se comprende que la descarbonización del sistema energético global sea mucho más que un cambio tecnológico. Supone una profunda reorganización de las bases materiales del poder. De llevarse a cabo con éxito, supondría el mayor proceso de descapitalización de la historia económica por los ingentes recursos fósiles que se quedarían varados.

En los últimos años el núcleo de la transición energética se ha desplazado a Asia, concretamente a China. Tecnologías diseñadas en su día en los Estados Unidos y que, posteriormente, alcanzaron su madurez coste-eficiente en la Unión Europea gracias a las políticas públicas desplegadas por la Erneuerbare-Energien-Gesetz del gobierno de coalición rojiverde alemán, han alcanzado en China su desarrollo industrial a gran escala. De hecho, el país asiático ejerce, no sólo el liderazgo en innovación, sino que domina entre el 60 y el 90 por ciento de la capacidad industrial global en tecnologías clave como paneles solares y baterías, así como el refinado de minerales críticos. Además, uno de cada dos coches vendidos en la actualidad en el mercado chino es ya eléctrico.

Mientras que el núcleo duro del sistema fósil se encuentra en Washington, Moscú y Riad, el 80 por ciento de la humanidad incluyendo Europa, China, India, Japón y Corea del Sur, precisa importar la mayor parte de sus necesidades de petróleo y gas. Quienes se benefician de las ingentes rentas y activos patrimoniales derivadas de los recursos fósiles se han conjurado para hacer fracasar por todos los medios la transición global de la energía. Y la Unión Europea, con sus políticas climáticas y de transición energética, se erige como un obstáculo prioritario a debilitar, cuando no a derribar. Todos los medios invertidos en tal fin son bienvenidos por parte los valedores geopolíticos de las energías fósiles, incluida la inestimable colaboración de formaciones populistas de derecha que han adquirido un peso específico incontestable en nuestro continente en el último cuarto de siglo.

La «fósil-nostalgia» del populismo europeo

Los países neurálgicos de las energías fósiles, con Estados Unidos, Rusia y Arabia Saudí a la cabeza, no cabalgan solos en su afán por truncar la transformación del modelo energético hacia modelos menos agresivos con el clima y con la salud de las personas. Cuentan con aliados relevantes en el propio seno de la Unión Europea, una suerte de quintacolumnistas del modelo fósil. Nos referimos, claro está, a las formaciones nacionalpopulistas que están protagonizando la regresión democrática en las sociedades liberales de nuestro entorno más inmediato.

Así, entre 2000 y 2024, partidos de ese espectro ideológico participaron en un total de 28 gabinetes de 15 países europeos. En el Parlamento Europeo los grupos Patriots for Europe (incluye a Fidesz, Rassemblement National, Vox o Chega), Europe of Sovereign Nations (con Alternativa para Alemania como partido más destacado) y European Conservatives and Reformists (con Fratelli d’Italia y los polacos de Ley y Justicia como mascarones de proa) representan a una cuarta parte del electorado.

Todos ellos comparten un hilo común: su rechazo frontal al proyecto postnacional europeo, a esa aspiración que se ha venido fraguando desde que, en 1951, con la pesadilla nazi y el Holocausto aún recientes, viese la luz la Comunidad Europea del Carbón y el Acero con el Tratado de París. Lo que nació como una comunidad económica desde intereses compartidos ha ido avanzando hacia una unidad política articulada en torno a unos principios y valores comunes, como la separación de poderes o el respeto del pluralismo.

Hoy día, los partidos populistas de derecha europeos, con el aval y la logística de la administración Trump y de no pocos tecno-oligarcas de su país, ponen palos en las ruedas de ese proyecto civilizatorio que representa la Unión Europea. Un ambicioso proyecto político que descansa normativamente en el reconocimiento y preservación de esa “ciudad entera” (por tomar prestada la expresión del primer filósofo de nuestra civilización que nos legó obra escrita, de Platón) de casi 450 millones de personas.

Las propuestas de los partidos de la derecha radical cuando están en la oposición, y sus políticas cuando gobiernan, vienen presididas por una profunda animadversión a todo aquello que signifique avanzar en la preservación de las bases naturales de existencia a partir de la evidencia científica disponible. El medio ambiente figura en sus programas y políticas incrustado en un marco nacionalista y, la gran mayoría de las veces, negacionista del cambio climático. Un marco nostálgico de la hegemonía del carbón y el petróleo como motores de la economía.

En Estados Unidos, Trump, el movimiento ultranacionalista MAGA y un Partido Republicano rendido a ambos, resultan elocuentes en ese sentido. El mismo día de su toma de posesión como presidente en su segundo mandato, el 20 de enero de 2025, Trump firmó un total de 26 órdenes ejecutivas, más que cualquier predecesor suyo en la historia del país. Nunca un presidente estadounidense se había acercado tanto a la caracterización hobbesiana del monarca como alguien que “por naturaleza, siempre está dispuesto y es capaz [in potentia proxima] de ejecutar actos de gobierno”. 3

Varias de dichas órdenes afectaban directamente a la agenda climática-ambiental, siempre en aras de un supuesto “interés nacional”. Así, una orden anunciaba la retirada de los Estados Unidos del Acuerdo de París de 2015, y posteriormente de la propia CMNUCC. Otra posibilitaba “maximizar de forma eficiente y efectiva el desarrollo y la producción de los recursos naturales ubicados en los territorios tanto federales como estatales de Alaska”, dando así vía libre al “drill, baby, drill”. Una tercera aspiraba a potenciar el aprovechamiento de los recursos energéticos y naturales disponibles en territorios y aguas federales, incluidas tierras raras. Contemplaba, asimismo, una “elección real del consumidor” eliminando las barreras regulatorias a los vehículos de combustión; o lo que es lo mismo, renunciando al impulso del vehículo eléctrico mediante “subsidios injustos y otras distorsiones del mercado impuestas por el gobierno”. 4

Los epígonos de Trump en Europa surcan la misma senda negacionista y nostálgica de los combustibles fósiles. El apartado dedicado a la política energética del programa de Alternativa para Alemania (AfD), de 2016, sostiene que el cambio climático “ocurre desde que existe la Tierra” y que “el dióxido de carbono no es un contaminante, sino un integrante indispensable de todas las formas de vida”. En abierta oposición al consenso científico, defiende que “la política climática descansa en modelos climáticos hipotéticos basados en simulaciones informáticas del IPCC”.

Los homólogos españoles de la AfD insisten en la misma línea. En su programa para las elecciones generales de 2023, Vox denunciaba a “los lobbies de la religión climática” y al “ecologismo radical” impuesto por las élites de la Unión Europea y de los organismos transnacionales. Entre las medidas que proponía figuran seguir explotando los combustibles fósiles y revertir la prohibición adoptada por la Unión Europea de vender coches de gasolina y diésel a partir de 2035, así como extender la vida útil de las centrales nucleares existentes, siempre con el horizonte de “alcanzar la soberanía energética”. 5

Estos partidos suelen hacer una encendida defensa de fuentes de energía derivadas de los combustibles fósiles en su calidad de materiales hundidos en las profundidades del territorio patrio. En cambio, según especula de forma sugerente (y provocadora) el investigador sueco Andreas Malm, las energías renovables (sol, viento, agua, olas) fluyen de un lugar a otro.

Con la salvedad parcial de la energía hidráulica, no hay equivalente renovable a nuestro carbón, nuestro petróleo, nuestro gas. Se trata “de una herencia material ultraprofunda que resulta fácil ligar a la mística del nacionalismo patrio”. Las reservas siempre estarán bajo el suelo nacional, mientras que el flujo del que se nutren las renovables guarda un vínculo débil con la patria; no pertenecen a ningún lugar particular, carecen de raíces. Para estos partidos nacionalpopulistas “la energía solar y la eólica son el judío y el musulmán de la energía”. 6

Los franceses de Agrupación Nacional (RN) se ajustan a ese imaginario. En el programa presidencial de su candidata Marine Le Pen de 2022, RN apuesta por “detener los proyectos eólicos y desmantelar progresivamente los parques existentes”. En Alemania la AfD entiende que la energía eólica presenta más inconvenientes que ventajas para humanos, animales y el paisaje. De ahí que proponga consultas ciudadanas sobre su construcción. En cambio, a modo de excepción que confirma la regla, para el Partido de la Libertad de Austria (FPÖ) “la transformación de nuestro sistema energético hacia energías locales y renovables constituye un elemento fundamental de una protección climática activa y es una exigencia de nuestro tiempo” que permitiría a Austria consolidar una economía descarbonizada en el horizonte de 2050. En cuanto a la energía eólica, el FPÖ admite la construcción de parques eólicos, aunque solo allí donde se minimice su impacto sobre los núcleos poblacionales y el medio ambiente. 7

El mundo de ayer no va a regresar

Las instituciones de la Unión Europea no supieron interpretar adecuadamente la situación internacional generada con la primera presidencia de Trump en 2017. Un abierto negacionista climático en la Casa Blanca suponía un disruptivo punto de inflexión. Si, tal y como afirmaban los tres últimos secretarios generales de las Naciones Unidas, la comunidad de la ciencia y el Parlamento Europeo, la emergencia climática era el problema llamado a definir el siglo XXI, lo correcto hubiese sido mantener una posición propia cuando, ese año 2017, Estados Unidos reseteó su política exterior haciendo de la contención hacia China el eje definidor de la misma (great power competition).

Europa se plegó a los nuevos vientos que llegaban del otro lado del Atlántico, en detrimento de una estrategia exterior centrada hasta entonces, en gran medida, en reconducir la crisis del clima e impulsar la transición de la energía, algo solamente viable mediante una colaboración constructiva con China. La Unión practicó un seguidismo acrítico hacia un giro geopolítico cuyo fin no era otro que preservar la hegemonía mundial estadounidense, obstaculizando, cuando no impidiendo, el despegue económico, tecnológico y militar del país asiático. No supo mantener una posición propia, autónoma, deslizándose hacia una definición confusa de sus relaciones con Pekín, en las que prevalecería la desconfianza derivada de lo que se calificaba como “rivalidad sistémica”.

Mientras que Estados Unidos protagonizaba el citado año 2017 el segundo default climático (el primero tuvo lugar con el Protocolo de Kioto) abandonando el Acuerdo de París, Pekín proyectaba estabilidad geopolítica y se atenía a los compromisos internacionales. La razón era prístina. China se había beneficiado como nadie de la globalización económica posterior a la finalización de la Guerra Fría, en especial a raíz de su incorporación a la Organización Mundial del Comercio en diciembre de 2001. El país asiático había sacado de la pobreza extrema a ochocientos millones de personas en cuatro décadas y había transitado desde los márgenes al centro del sistema económico, industrial y comercial mundial. Era una nación interesada, en consecuencia, en preservar la relevancia de la red de relaciones institucionales que vertebraban el sistema internacional. 8

La segunda presidencia de Trump ha agravado la desorientación europea.

La nueva doctrina definida por la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) dirige su hostilidad más afilada no ya hacia Pekín o Moscú, sino, sorpresa, hacia el proyecto político comunitario. Como resultado de ese asalto dialéctico de la ESN y la posterior amenaza de ocupar Groenlandia, la brújula europea se encuentra todavía en modo shock respecto a cómo perfilar su relación con Estados Unidos.

La desorientación es consecuencia de la dificultad para superar la dependencia hacia Estados Unidos que se percibe en algunas capitales, singularmente Berlín. Prevalece una fuerte nostalgia de los buenos viejos tiempos, en especial en las esferas conservadoras de Alemania.

Esa nostalgia es, sin embargo, mera ilusión. El mundo de ayer no va a regresar. Las placas tectónicas políticas del coloso norteamericano se han desplazado irreversiblemente. Europa ha de aceptar de manera realista los hechos, abandonar toda ingenuidad y mirar hacia el futuro.

No será fácil.

Existe, por un lado, una muy importante agenda de seguridad y defensa en relación con la guerra de agresión y desgaste de Rusia contra Ucrania, a la que Europa ha prestado acertadamente una gran atención. En buena parte de los países comunitarios del Este y de Centroeuropa la percepción de inseguridad respecto a la Rusia neoimperial de Vladimir Putin condiciona de manera decisiva su orientación estratégica.

Reaccionar al cerco estratégico fósil

La Unión Europea se ha situado desde hace más de tres décadas a la vanguardia mundial de la descarbonización.

Ha sido y es un actor fundamental en la diplomacia climática global. De hecho, ninguna otra región del globo ha llevado más lejos la posibilidad de combinar prosperidad económica y descarbonización.

Desde 1990 hasta 2025, el PIB real europeo ha crecido un 70 ciento en términos reales, mientras que sus emisiones de gases de efecto invernadero han disminuido un 37 por ciento. Un ejemplo empírico de desacoplamiento protagonizado por cientos de millones de personas a lo largo de 35 años. Pese a que China ha tomado el testigo de la innovación tecnológica y la capacidad industrial verde, ningún otro lugar como Europa presenta una proporción tan relativamente equilibrada entre desarrollo económico, desempeño ambiental, justicia social y compromiso climático.

En los nuevos centros imperiales, la actual Casa Blanca y Moscú, la Unión Europea se percibe como un proyecto político que precisan debilitar al objeto de que su agenda de refundación del orden mundial, basado en la completa dominación en sus respectivas esferas de influencia, pueda hacerse realidad.

En esta difícil encrucijada la dependencia energética constituye una seria vulnerabilidad estratégica.

Pese a las numerosas experiencias del pasado, y pese a haber abierto el camino a la competitividad de las renovables en la primera década de este siglo, la matriz energética de la Unión Europea sigue dependiendo todavía en un 70 por ciento de los combustibles fósiles, la inmensa mayoría de ellos importados. Una vulnerabilidad económica y de seguridad que ha regresado al primer plano a raíz de los efectos derivados de la guerra de Irán, cuando todavía estaba reciente el shock de oferta de gas provocado por la invasión de Rusia a Ucrania en 2022.

El proyecto político europeo se encuentra, así, sometido a un creciente cerco estratégico por parte de dos potencias agresivas, que buscan, en el marco más amplio de una reconfiguración del orden mundial, hacer descarrilar la transición de la energía y así preservar sus ingentes activos fósiles y el poder geopolítico que les proporciona.

Europa precisa, en consecuencia, reformular sus relaciones internacionales para sobrevivir y prosperar en un mundo post-atlantista. Tras el retorno de las lógicas imperiales encara el que posiblemente sea el mayor desafío existencial que ha conocido en las siete décadas transcurridas desde sus orígenes.

Ante este grave diagnóstico se impone una mirada realista.

Ideas contra los imperios

La descalificadora y agresiva visión sobre Europa articulada por la ESN de Estados Unidos y las pulsiones imperiales moscovitas, surgen de respectivas corrientes muy profundas de la historia. Es preciso responder. Las siguientes ideas-fuerza pueden servir de guía.

La primera, la Unión Europea ha de poner en marcha sin demora un salto cualitativo en su proceso de integración.

Es imprescindible sortear la capacidad de veto y bloqueo interno que poseen las naciones satélites del Kremlin dentro de Europa, con Hungría en un papel estelar; un país que, de la mano de un gobierno nacionalpopulista encabezado de forma ininterrumpida desde 2010 por Viktor Orbán, ha derivado en el país de la Unión Europea con la democracia más defectuosa, según informes solventes sobre calidad democrática en el mundo. Dada la dificultad para acordar por unanimidad la respuesta a los bloqueos sistemáticos ante crisis graves, la vía de la Cooperación Estructurada Permanente recogida en el acervo comunitario parece la opción más viable. En esa dirección, la reciente creación del E6 —Alemania, Francia, Italia, España, Polonia y Holanda— para acelerar la toma de decisiones, la competitividad económica y los avances en seguridad y defensa es una iniciativa muy prometedora que merece pleno apoyo.

La segunda, los informes Draghi y Letta deben reorientar el presente y futuro económico de Europa.

Se necesita un impulso expansivo sin precedentes financiado con la emisión de eurobonos, tal y como se ha hecho últimamente con la ayuda a Ucrania. Una inyección estructural de recursos que sirva para cubrir déficits críticos en materia de seguridad y defensa europea, salvar la actual brecha tecnológica con China y Estados Unidos y contribuir a reforzar el modelo social del continente, ingrediente clave de la cohesión social y expresión máxima de nuestros valores. Este enfoque económico habría de garantizar, asimismo, las inversiones requeridas por la Gran Adaptación Climática que tendrá que  desplegarse en los próximos años.

La tercera, tal y como ya hemos señalado, Europa habría de reformular sus relaciones internacionales.

En un contexto que se desplaza aceleradamente hacia lógicas de poder duro, no puede nadar sola asediada por depredadores imperiales y las relaciones con las denominadas potencias medias siendo necesarias, no son suficientes.

China es hoy día, tal y como se ha señalado, un factor de estabilidad geopolítica y epicentro de la gran transformación del sistema energético. A la Unión Europea le interesa una aproximación cooperativa de largo alcance estratégico con el país asiático, nucleada en torno a la transición energética, la acción climática responsable, relaciones comerciales en pie de igualdad y la defensa de un mundo basado en reglas, el multilateralismo y el sistema de Naciones Unidas.

Finalmente, una consideración desde la experiencia reciente de España. La economía española ha mostrado estos últimos años un desempeño notable con relación al resto de países de la OCDE. Existe consenso en que, parte del éxito, ha sido gracias a su apuesta decidida por la transición energética, en especial el formidable despliegue de energías renovables desde 2018. Ello ha favorecido precios de la electricidad más competitivos, lo que a su vez ha contribuido a atraer grandes inversiones.

Dicha apuesta no fue una improvisación. Se formuló dentro de un marco estratégico sobre clima y energía situado, desde el primer momento, en el centro del proyecto político del gobierno progresista de coalición.

Tras casi ocho años de recorrido, dicha experiencia contiene ingredientes muy aprovechables para una Europa social y climáticamente comprometida. Y ahora que los tambores de la guerra han regresado a Oriente Medio, también para una cultura de la paz.

El futuro acercamiento sino-europeo

El acercamiento de Europa a China que defendemos no supone compartir valores y modelos de sociedad. Supone compartir, de manera realista, intereses comunes derivados de la pertenencia a un mundo lleno de turbulencias, conflictos y guerras que, además, se desliza sonámbulo hacia el desastre climático.

Europa es hija de la Ilustración y de una Modernidad en la que los derechos individuales, las libertades políticas, la formación democrática de la voluntad popular, el Estado de derecho, la protección de las minorías, la propiedad privada, la cohesión social y el respeto escrupuloso a los derechos humanos forman parte de un acervo civilizatorio en el que nos reconocemos con orgullo y al que no podemos renunciar. Sin embargo, lo anterior no nos proporciona un pedestal para considerar desde una posición de superioridad filosófica o moral otros modelos de sociedad y otros valores.

Sin negar los numerosos tramos oscuros existentes en sus trayectorias históricas, Europa y China son depositarias de dos antiguas civilizaciones. Como tales han visto ascender y colapsar imperios, dinastías y regímenes políticos.

Les une el respeto hacia el conocimiento surgido de la observación empírica de la naturaleza y el aprecio por la verdad, es decir hacia la ciencia, lo que el gran reformador y estratega Deng Xiaoping llamaba “”buscar la verdad a partir de los hechos”. Sus tradiciones culturales son diferentes, pero complementarias.

La primera es heredera de la razón discursiva socrática, base de la orientación ilustrada por la deliberación democrática. La segunda es depositaria de un legado confuciano y taoísta basado en la armonía y el equilibrio entre la naturaleza y la sociedad, fuente de inspiración, por tanto, para afrontar la crisis ecológica planetaria. 9

Ambas civilizaciones han conocido en sus territorios numerosas invasiones, guerras, catástrofes, miseria y sufrimiento. Han aprendido por experiencia propia que nada hay más valioso que la paz, la prosperidad y la cohesión social de sus sociedades. Cuentan, por tanto, no sólo con los recursos económicos, industriales y tecnológicos, sino cosmovisivos y de valores para aunar esfuerzos de cara a evitar que el mundo se adentre en una espiral de autodestrucción.

En otras palabras, los liderazgos políticos, filosóficos y culturales de China y Europa atesoran la experiencia histórica necesaria para mantener las luces largas a la hora de comprender las amenazas que afronta la humanidad en este turbulento siglo XXI, entre las que la emergencia climática ocupa un lugar central.

La nueva soberanía estratégica europea

Recapitulando nuestro análisis, defendemos que Europa se encuentra ante una convergencia de riesgos sistémicos que no admiten dilación.

El riesgo climático y el energético no pueden pensarse como agendas separadas. Constituyen, en realidad, dos dimensiones complementarias de un mismo programa de emancipación de alcance civilizatorio: la transición hacia un nuevo sistema energético mundial cuya consecución permitirá tres logros históricos. Primero, estabilizar una muy peligrosa trayectoria climática planetaria; segundo, liberar inmensas posibilidades económicas de las que se beneficiarán las mayorías sociales; y, tercero, apaciguar un sistema internacional crecientemente conflictivo como consecuencia del carácter dominador con que se emplean los recursos fósiles. En otras palabras, pacificación geopolítica, estabilidad climática y fuerte impulso a la innovación y el desarrollo económico para beneficio de las mayorías sociales.

En ese sentido, la reciente crisis desencadenada en el Golfo Pérsico ha actuado como recordatorio de una verdad incómoda: mientras Europa dependa estructuralmente de flujos fósiles externos, su autonomía estratégica será siempre relativa. Sin soberanía energética Europa será vulnerable ante potencias imperiales que han situado el concepto de “dominación” en el centro de su doctrina energética.

La transición ha dejado de ser, en consecuencia, únicamente una política climática y económica. Se sitúa en el corazón mismo de la soberanía estratégica europea, al afectar al núcleo mismo de nuestra seguridad.

En este contexto, la relación de Europa con China adquiere un significado renovado que trasciende la lógica convencional de competencia entre potencias. Una cooperación de largo recorrido y orientación pragmática entre dos polos geopolíticos, económicos y tecnológicos que concentran capacidades decisivas para evitar el caos climático y reconfigurar el sistema energético global. Europa aporta un marco normativo avanzado, una experiencia pionera en políticas de descarbonización y un modelo social que integra cohesión y sostenibilidad. China, por su parte, dispone de la escala industrial, la capacidad de despliegue y el control de las cadenas de valor tecnológicas que hoy determinan el ritmo de la transición.

El interés de ambas converge, además, en su vulnerabilidad compartida ante un orden fósil que no sólo no controlan, sino que se erige como grave amenaza a su seguridad. Se trata, por tanto, de ir articulando un eje sino europeo de responsabilidad climática y cooperación energética, que permita acelerar la transición, esquivar los peores escenarios climáticos y contribuir al fortalecimiento del sistema multilateral y al papel central de las Naciones Unidas.

En última instancia, la cuestión es sencilla en su formulación y decisiva en sus consecuencias: o Europa sitúa la acción climática y la soberanía energética en el centro de su proyecto político y de su acción exterior —lo que pasa por replantear su relación con China—, o el creciente cerco estratégico fósil por parte de Rusia y Estados Unidos nos abocará no sólo al empobrecimiento relativo, sino a la continua dependencia y vulnerabilidad hacia un régimen energético desestabilizador. Lo que podría acabar provocando la involución del proyecto político europeo.

Actuar con la escala, la ambición y la inteligencia estratégica que exige este momento histórico es, probablemente, la tarea más importante a la que se ha enfrentado la Unión Europea desde su fundación.

Notas al pie
  1. William J. Ripple et al., «The risk of a hothouse Earth trajectory», One Earth, vol. 9 (2), 20 de febrero de 2026.
  2. «Unraveling The Democratic Era?», V-Dem Institute, 2026.
  3. Thomas Hobbes (1998 [1642]): On the Citizen. Cambridge: Cambridge University Press, p. 97.
  4. Executive Order 14162 of January 20, 2025: “Putting America First in International Environmental Agreements”, en: https://www.govinfo.gov/content/pkg/FR-2025-01-30/pdf/2025-02010.pdf; Executive Order 14153 of January 20, 2025: “Unleashing Alaska’s Extraordinary Resource Potential”, en: https://www.govinfo.gov/content/pkg/FR-2025-01-29/pdf/2025-01955.pdf; Executive Order 14154 of January 20, 2025: “Unleashing American Energy”, en: https://www.govinfo.gov/content/pkg/FR-2025-01-29/pdf/2025-01956.pdf.
  5. “Programm für Deutschland. Das Grundsatzprogramm der Alternative für Deutschland”, Stuttgart (2016), pp. 156, 170, en: https://www.afd.de/wp-content/uploads/2017/01/2016-06-27_afd-grundsatzprogramm_web-version.pdf; Vox. Un programa para lo que importa. Programa electoral para las Elecciones Generales del 23J de 2023, p. 117, en: https://www.voxespana.es/programa/programa-electoral-vox.
  6. Andreas Malm & Zetkin Collective (2024): Piel blanca, combustible negro. Los peligros del fascismo fósil. Madrid: Capitán Swing, pp. 333-334.
  7. “M la France. 22 mesures pour 2022”, medida nº 12. En: https://mlafrance.fr/pdfs/22-mesures-pour-2022.pdf; “Zusammen. Für unser Österreich. Regierungsprogramm 2017-2022”, p. 169 y 179. En: https://nfz.fpoe.at/fpo-ovp-regierungsprogramm-2017-2022/59887739 ; Handbuch freiheitlicher Politik (4ª ed., 2013), p. 59.
  8. Antxon Olabe Egaña, “China, la dinastía roja”, Política Exterior Vol. 32, nº 185, septiembre-octubre 2018.
  9. Antxon Olabe Egaña, “The EU-China Climate Agreement: Building Success at the Crucial Glasgow Summit”, Real Instituto Elcano. Documento de Trabajo 20, 2020. "
(Emilio Santiago Muíño, Jesus Casquete, Antxon Olabe , El Grand Continent, 16/04/26) 

14.4.26

Paul Krugman: Trump quiere frenar la revolución de las energías renovables. Pero no puede, seguirán avanzando por todo el mundo porque los argumentos económicos y científicos son irrefutables... Trump sí puede asegurarse de que la revolución nos deje atrás, que la gran ganadora geopolítica de la hostilidad de Trump hacia la revolución energética será China, que domina la producción de infraestructuras de energías renovables... Además, el futuro energético liderado por China llegará antes de lo previsto gracias a la debacle en Irán, y el aumento vertiginoso de los precios del petróleo y el gas, que ha puesto de manifiesto lo arriesgado que es depender de los combustibles fósiles... Francia y España, que generan electricidad principalmente a partir de fuentes no fósiles (incluida la energía nuclear en el caso de Francia), se han visto parcialmente al margen de los efectos secundarios de la guerra. Italia, que depende en gran medida del gas, se ha visto muy afectada... China está creando un ecosistema industrial de proveedores especializados que, una vez más, ninguna otra nación podrá rivalizar. Y los bajos costes generados por este ecosistema industrial otorgan a China una enorme ventaja en los mercados mundiales... es triste ver cómo este país se sabotea a sí mismo y cede a China la industria más importante del futuro. Al hacerlo, nos empobrecemos, nos quedamos tecnológicamente atrasados y perdemos influencia en un mundo que avanza a toda velocidad hacia la revolución energética

"Donald Trump quiere frenar la revolución de las energías renovables. Pero no puede: seguirá avanzando por todo el mundo porque los argumentos económicos y científicos son irrefutables. Sin embargo, Trump sí puede asegurarse de que la revolución nos deje atrás. Y el gran ganador geopolítico de la hostilidad de Trump hacia la revolución energética será China, que domina la producción de infraestructuras de energías renovables.

Además, el futuro energético liderado por China llegará antes de lo previsto gracias a la debacle en Irán.

El aumento vertiginoso de los precios del petróleo y el gas, junto con la amenaza de escasez, ha puesto de manifiesto lo arriesgado que es depender de los combustibles fósiles. El New York Times publicó un gráfico impactante sobre los precios de la electricidad en Europa: (...)

 Francia y España, que generan electricidad principalmente a partir de fuentes no fósiles (incluida la energía nuclear en el caso de Francia), se han visto parcialmente al margen de los efectos secundarios de la guerra. Italia, que depende en gran medida del gas, se ha visto muy afectada.

Además, la decisión de Trump de contrarrestar el bloqueo iraní del estrecho de Ormuz bloqueando él mismo dicho estrecho sin duda refuerza la percepción de que depender del petróleo y el GNL estadounidenses —que es lo que tendrán que hacer los países si no recurren a la energía solar y eólica— no es seguro. ¿Quién puede garantizar que una América impredecible no intentará utilizar como arma la dependencia de otros países respecto a nuestra energía?

Así pues, el aventurerismo de Trump en Irán ha desencadenado una carrera mundial por invertir en energía solar, energía eólica y las baterías que permiten que la energía renovable funcione las 24 horas del día, los 7 días de la semana.

¿Y dónde adquirirá el mundo la mayor parte de los equipos de energía renovable que busca? En China. China es el taller del mundo. Su sector manufacturero es mayor que el de Estados Unidos, Japón, Alemania y Corea del Sur juntos.

 Aunque China destaca en muchos sectores, su dominio es absoluto en el ámbito de la tecnología eléctrica, ese conjunto de industrias —paneles solares, aerogeneradores, baterías y vehículos eléctricos— que constituye el núcleo de la revolución de las energías renovables. O, como señala el Wall Street Journal, el «complejo industrial verde» de China es el que manda. China representa más del 80 % de la producción mundial en todos estos sectores, con la excepción de las turbinas eólicas. En el sector de las turbinas eólicas, la cuota de China es «solo» del 60 %, ya que Europa sigue desempeñando un papel significativo.

¿Por qué domina China la electrotecnología? La política industrial —la promoción deliberada de estas industrias por parte del Gobierno— es parte de la respuesta. Pero un factor clave del éxito de China ha sido la rapidez con la que los propios chinos han adoptado las energías renovables, creando un enorme mercado interno que proporciona a sus industrias de tecnología eléctrica grandes ventajas incluso en los mercados extranjeros.

Existe una creencia generalizada y completamente errónea entre los detractores de las energías renovables de que China produce equipos de tecnología eléctrica, pero no los utiliza ella misma. En su intervención en el Foro Económico Mundial hace tres meses, Trump declaró que:

" China fabrica casi todos los aerogeneradores y, sin embargo, no he podido encontrar ningún parque eólico en China. ¿Alguna vez lo habías pensado? Es una buena forma de verlo. Son listos, China es muy lista. Los fabrican y los venden por una fortuna. Se los venden a la gente tonta que los compra, pero ellos mismos no los usan. Han montado un par de grandes parques eólicos, pero no los utilizan; solo los han instalado para mostrar a la gente cómo podrían ser. No giran; no hacen nada. Usan principalmente algo llamado carbón."

De hecho, China sigue quemando mucho carbón. Pero su uso de la energía eólica y solar está aumentando rápidamente. La demanda de paneles solares, turbinas eólicas y baterías depende del aumento de la generación de energía renovable más que de su nivel. Y el crecimiento de China en energía renovable, tanto eólica como solar, ha sido mayor que el del resto del mundo en su conjunto:

 China también representa más del 60 % de las ventas mundiales de coches eléctricos: (...)

Y la tecnología eléctrica es precisamente el tipo de industria en la que un gran mercado interno se traduce en éxito a la hora de exportar a otros mercados. Y es que todas las industrias que componen la electrotecnología se caracterizan por tener curvas de aprendizaje pronunciadas: cuanto más produce un país, mejor se vuelve en la producción. Al dominar la electrotecnología en la actualidad, China está adquiriendo una experiencia y unos conocimientos técnicos que ningún otro país puede igualar. También está creando un ecosistema industrial de proveedores especializados que, una vez más, ninguna otra nación podrá rivalizar. Y los bajos costes generados por este ecosistema industrial otorgan a China una enorme ventaja en los mercados mundiales.

Bajo la presidencia de Biden, Estados Unidos dio pasos muy necesarios para desarrollar sus propios sectores de tecnología eléctrica, en particular las baterías y los vehículos eléctricos. También trató de acelerar el crecimiento de las energías renovables en general. Pero la administración Trump no solo ha cancelado todos los programas de energías renovables de Biden, sino que también está tratando activamente de bloquear las inversiones comerciales privadas en energías renovables.

Para cuando Estados Unidos se libere de la obsesión de Trump por los combustibles fósiles, si es que alguna vez lo hace, la ventaja de China en la fabricación de energías renovables probablemente será insuperable.

 Ahora bien, un mundo que depende de China para el suministro de paneles solares y baterías no tiene por qué ser algo malo. Sin duda, para la mayoría de los países resulta menos arriesgado, tanto política como económicamente, que depender de las importaciones de GNL de Catar —o, a estas alturas, de Estados Unidos—.

Además, aunque la Administración Trump esté repleta de negacionistas del cambio climático, este sigue avanzando. (...)

Dada la velocidad a la que se está calentando el planeta, el abandono de los combustibles fósiles no puede llegar lo suficientemente rápido. El lugar donde se fabricó el equipo necesario para llevar a cabo ese cambio es una cuestión secundaria.

Sin embargo, es triste ver cómo este país se sabotea a sí mismo y cede a China la industria más importante del futuro. Al hacerlo, nos empobrecemos, nos quedamos tecnológicamente atrasados y perdemos influencia en un mundo que avanza a toda velocidad hacia la revolución energética. Al final, no solo estamos quemando combustibles fósiles; también estamos quemando nuestro futuro."

(Paul Krugman , blog, 14/04/26, traducción DEEPL, enlaces y gráficos en el original)