"El pasado 12 de septiembre se inauguró en Nueva Delhi la XVIII Cumbre del BRICS.
No habían transcurrido ni siquiera dos semanas desde el 26.º Consejo de Jefes de Estado de la OCS (Organización de Cooperación de Shanghái), celebrado en Bishkek, en Kirguistán, en el que participaron como observadores líderes considerados pertenecientes al bando occidental, como el presidente de Azerbaiyán, Ilan Aliyev, el primer ministro de Armenia, Nikol Pashinyan y el presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan. En total participaron los diez miembros, más siete observadores y el secretario general de la ONU, António Guterres.
En esa ocasión, la India —que en febrero había establecido con Israel una «asociación estratégica especial»— firmó la declaración conjunta de condena de la agresión israelí y estadounidense contra Irán.
En Delhi, durante la jornada inaugural de la 18.ª Cumbre, los miembros del BRICS, en una sesión celebrada a puerta cerrada, adoptaron por unanimidad una declaración conjunta. El eje central de esta declaración es el compromiso de crear un «BRICS Pay», un sistema descentralizado de mensajería y compensación que permita la cooperación entre la UPI (Unified Payments Interface) india, el sistema chino CIPS (Cross-Border Interbank Payment System) y el ruso SPFS (System for Transfer of Financial Messages), con el fin de eludir los sistemas análogos controlados por Estados Unidos, el CHIPS y el SWIFT, que siguen siendo ampliamente predominantes en la actualidad.
La Declaración menciona una cooperación más profunda en materia de inteligencia artificial, tecnologías cuánticas, infraestructuras públicas digitales, startups, micro, pequeñas y medianas empresas (MIPYMES) y ciencia e investigación, junto con un Nuevo Banco de Desarrollo más sólido y una coordinación más estrecha en materia de seguridad alimentaria, sanitaria y energética, así como para lograr cadenas de suministro resilientes.
La Declaración hace referencia, además, a un proyecto piloto para un token denominado «Unit», respaldado en un 40 % por reservas físicas de oro y en un 60 % por una cesta de divisas de los países miembros.
Comencemos por este último punto. A pesar de las alarmas (o del entusiasmo) que suscita la hipótesis de que el yuan pueda o quiera sustituir al dólar como moneda internacional, Pekín siempre ha desmentido que esa sea su intención. Y con razón. Aparte de querer evitar las contradicciones intrínsecas de una moneda nacional utilizada como moneda de reserva internacional (dilema de Triffin), no solo no existen las condiciones económicas, financieras, geopolíticas y organizativas para que el yuan pueda convertirse en la moneda dominante, sino que tampoco concurren las condiciones para que una sola potencia pueda, hoy o en un futuro previsible, erigirse como dominante y hegemónica, tal y como ha ocurrido cíclicamente desde los albores del capitalismo hasta la actualidad. Y, por lo tanto, si no hay potencia hegemónica, tampoco hay moneda hegemónica; o, al menos, eso es lo que sugieren la lógica y la historia.
Y creo que, debido a la creciente complejidad del mundo, a sus contradicciones y a la magnitud de los recursos que hay que emplear para superarlas, ya no podrá existir tal potencia. Esto será así mientras en el mundo prevalezcan relaciones sociales orientadas a la acumulación sin (un) fin. Del posible futuro a partir de hoy no se puede decir nada y, por lo tanto, es mejor guardar silencio.
Un token basado en el oro y en una cesta de monedas nacionales es algo muy distinto de una moneda con «privilegio exorbitante» (tal y como rezaba la acusación de Valéry Giscard d’Estaing contra el dólar).
Esta «Unit» podría adoptar, a primera vista, la forma de Derechos Especiales de Giro, pero parcialmente vinculados al oro y destinados no a complementar las reservas nacionales, sino a regular el comercio transfronterizo multilateral sin sustituir las monedas nacionales de los Estados miembros.
O bien podría ser una especie de «Bancor», la moneda supranacional propuesta por Keynes en la conferencia de Bretton Woods en 1944 y rechazada por EE. UU. para imponer el dólar.
Sin duda, no será una «moneda común».
El hecho de que se base, en gran medida, en el oro adquiere un significado político: un desafío al dólar, que se desvinculó del oro en 1971 (el «shock de Nixon») para vincularse a la deuda soberana de EE. UU. (del «Gold-Dollar Exchange Standard» al «Treasury Bill Standard», según la terminología de Michael Hudson), a la entonces potencia militar, científica, industrial y política estadounidense y, gracias a ello, al petróleo.
«Garantías» erosionadas por la crisis sistémica y que podrían verse aún más mermadas por una «Unit» basada en el oro (físico, no en papel). Pero estamos hablando del futuro.
Por ahora, la Declaración de Delhi alude a una progresión hacia la desdolarización financiera, impuesta por las medidas de Washington.
Más allá de la voluntad de dominio de EE. UU., el hecho de que en Bretton Woods se eligiera el dólar como moneda internacional reflejaba una condición objetiva: Estados Unidos salía de la Segunda Guerra Mundial como la economía más fuerte del mundo, superior en varios órdenes de magnitud a todas las demás.
Hoy en día, con la expansión de muchas economías nacionales, la razón económica, que ya no es válida, queda eclipsada por la política y por un legado histórico: la gran fuerza organizativa del «sistema del dólar». Una fuerza también político-cultural: piénsese en la gran parte de las clases dirigentes del mundo (incluidas Rusia, China y la India) que se han formado en torno a él y a su transformación en pilar fundamental del neoliberalismo financiero. Un gran punto fuerte.
Pero la crisis sistémica ha provocado la militarización del dólar, es decir, ha puesto de manifiesto ante el mundo su uso como arma. Basta pensar en las sanciones secundarias que afectan a particulares (véase, por ejemplo, el caso de Francesca Albanese), a organizaciones (véase, recientemente, el caso de Autistici/Inventati) y a naciones (en diversa medida, EE. UU. aplica sanciones a 19 países y a 7 500 personas físicas).
Y es precisamente la militarización del dólar lo que preocupa incluso a un líder como Modi, quien, aunque no mantiene disputas con EE. UU., desearía mantener una posición ambivalente.
De ahí, pues, la unanimidad —sorprendente en muchos aspectos— que ha suscitado la Declaración de Delhi.
EE. UU. ha encajado el golpe: un furioso Trump amenazó de inmediato con aranceles del 100 % a los miembros del BRICS.
¿Asustarán o convencerán a los países del BRICS para que aceleren la desdolarización? Una desdolarización que, en un principio, no formaba parte de las intenciones de ningún miembro del BRICS. Y mucho menos de las de la India (cuyas exportaciones se destinan en un 20 % a EE. UU.) o de los Emiratos.
A este respecto, cabe señalar que la Declaración Conjunta cobra aún mayor relevancia si se tiene en cuenta que su firma ha reunido a Irán y a los Emiratos.
Esta heterogeneidad geopolítica explica por qué en la declaración se aboga por una solución negociada para el conflicto regional en curso (la guerra contra Irán) sin mencionar, sin embargo, ni a EE. UU. ni a Israel.
Un compromiso aceptable si se tiene en cuenta que Irán ha bombardeado en repetidas ocasiones a los Emiratos y que estos albergan (o albergaban) bases estadounidenses.
La paciente labor de mediación de la India (imagino que con el apoyo de China y Rusia) ha conducido a la firma conjunta, aunque Irán deseaba una condena clara y explícita a la que se opusieron los Emiratos.
Así pues, parece deducirse que la desdolarización y la promoción, a nivel del BRICS, de mecanismos que ya llevan dos años en marcha entre Irán y China, entre Irán y Rusia, y desde enero también de forma triangular, se han considerado, en cualquier caso, más importantes.
Y con razón. Ningún miembro del BRICS desea un enfrentamiento militar con EE. UU. Pero todos esperan que un debilitamiento de Estados Unidos en la esfera financiera pueda llevar a Washington a adoptar una postura más moderada.
De forma explícita o no, se aprovecha una contradicción surgida con la guerra en Ucrania.
Retomemos la teoría de los monopolios fundamentales (Amin), cuya concentración en una sola potencia la convierte en la hegemónica dentro de un ciclo sistémico (Arrighi).
Como ya he tenido ocasión de señalar, estos monopolios, o primados, se dividen hoy, en mi opinión, de la siguiente manera:
1) Primado en innovación científica y tecnológica: China, seguida de EE. UU.
2) Control del acceso a los recursos: EE. UU., Rusia y China (pensemos, por ejemplo, en las tierras raras).
3) Monopolio financiero: EE. UU.
4) Monopolio político-cultural: EE. UU. (para nosotros, los occidentales, la situación es diferente a nivel global); depende en gran medida de los demás.
5) Monopolio de la fuerza: Rusia.
Centrémonos en el último monopolio que, les guste o no —como a mí—, resulta crucial.
La guerra de la OTAN en Ucrania contra la Federación Rusa ha puesto de manifiesto de qué lado se inclina la balanza.
Puede gustar o no, pero es una estupidez ocultar la verdad tras mentiras insostenibles.
Por su parte, la derrota de facto de EE. UU. a manos de Irán ha reiterado que el ejército de Estados Unidos es una «expeditionary force» que no solo es incapaz de librar una guerra continental moderna como la que se libra hoy en Europa a costa de Ucrania por parte de toda la OTAN contra la superpotencia rusa, sino que tampoco puede librar una guerra aeronaval contra una potencia de tamaño medio como Irán.
He aquí, pues, la nueva «postura nuclear» estadounidense: si no lo conseguimos con las armas convencionales, recurrimos a las nucleares.
La anterior «New nuclear posture» de Bush hijo —mantenida por Obama y por Biden, al igual que Guantánamo y la Patriot Act (¿acaso no eran eso escándalos para la izquierda?) —, supuso un cambio radical en la lógica de la disuasión que había guiado la Guerra Fría, ya que ahora Estados Unidos se reservaba la posibilidad de un primer ataque nuclear (algo inconcebible durante la Guerra Fría) e incluso contra enemigos no nucleares.
La «postura nuclear» de Trump, además, prevé el uso de armas nucleares tácticas desde el primer momento de un conflicto, obviamente también contra potencias no nucleares. Y esto supone un claro empeoramiento adicional, ya que el adjetivo «táctico» es un engaño. Una bomba nuclear táctica es, en cualquier caso, una bomba nuclear (de un tamaño medio superior al de la de Hiroshima: las tácticas tienen una potencia de entre 1 y 50 kilotones, mientras que la de Hiroshima fue de 15 kilotones) y su uso contra una potencia nuclear, o contra un aliado de una potencia nuclear, corre el riesgo de transformar inmediatamente un conflicto convencional en uno termonuclear.
Y, además, en Washington y en el Pentágono hay quienes piensan que EE. UU. podría ganar un conflicto nuclear. Una auténtica locura.
Cabe señalar que Rusia, con razón, no distingue entre armas nucleares tácticas y estratégicas en función de la potencia, sino del objetivo.
Esta postura nuclear es un signo de debilidad. Tras Vietnam, tras Afganistán, tras Ucrania, tras la fallida misión Prosperity Guardian contra Ansar Allah (los hutíes) y tras Irán, Estados Unidos ha comprendido que la estrategia «shock and awe» (golpear y aterrorizar), aunque se basa en fuerzas de expedición lideradas por portaaviones —es decir, plataformas concebidas específicamente no para la defensa, sino precisamente para la proyección de poder—, ya no funciona: hoy en día, los poderosos carrier strike groups (grupos de ataque liderados por un portaaviones) son prácticamente «sitting ducks», blancos fáciles de los que el portaaviones es el «más grande y prestigioso», tal y como sostiene desde hace tiempo el experto militar estadounidense Andrei Martyanov, antiguo oficial de la Armada soviética.
La epopeya del Lincoln, desplegado contra Irán, en el mar durante casi un año sin pisar tierra, entre averías, alimentos en mal estado e intentos de suicidio, y sin poder llevar a cabo ninguna acción por temor a ser alcanzado, resulta emblemática.
He aquí, pues, la contradicción. Si en 2003 David Harvey escribía acertadamente en «Accumulation by dispossession» que cualquier ataque al dólar provocaría sin duda «una respuesta política, económica e incluso militar salvaje por parte de Estados Unidos», hoy en día estas respuestas no solo se topan con contrarréplicas, incluso militares —no salvajes, pero sí decididas y preocupantes—, sino también con nuevos ataques contra el dólar, impulsados precisamente por las reacciones desmesuradas de Estados Unidos y amparados por las contrarréplicas, incluso militares.
Es un círculo vicioso para EE. UU. Queda por ver si resulta virtuoso para el resto del mundo, al menos para el no occidental. Todavía no lo sé. Lo cierto es que las cosas están sucediendo así.
Sin duda, para que todo esto no desemboque en una catástrofe general, es necesario que en Estados Unidos (y en Europa) haya alguien capaz de convencer de que, en su caso, solo se ganan las guerras convencionales, no las nucleares. Y que, si no se logran ganar las convencionales, hay que pensar en estrategias de adaptación.
Pero ¿escucharán los poseedores de los cientos y cientos de billones de capital ficticio, que llevan décadas repitiendo siempre las mismas jugadas —financieras, políticas y geopolíticas— y que no tienen otro horizonte que ellos mismos y sus repetitivas jugadas?
No lo creo.
A esta deriva —que es una deriva nuclear— debemos oponernos nosotros."
(Piero Pagliani, en Carlo Formenti blog, 14/09/26, traducción Salvador L. Arnal)
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