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21.4.26

Pues para hacer un vaquero 100% de algodón, ecológico, hay que dar más vueltas que una peonza... es casi imposible (Karelia Vázquez)

 "L a prenda más usada del mundo es un auténtico ecodesastre. En el libro Unraveled. The Life and Death of a Garment (Portfolio, 2021) Maxine Bédat narra la vida de un par de vaqueros, desde la granja donde se cultiva el algodón, el proceso de hilado, lavado y teñido, la costura, la venta en tiendas, hasta su más que probable final en un vertedero. Es un viaje que recorre el mundo de América a Asia, para terminar en África.

Los pantalones, creados en 1873 como ropa de trabajo resistente para los mineros, son, según Bédat, fundadora del think tank New Standard Institute, la prenda de vestir más común en los armarios contemporáneos. Como promedio, y según Fashion United, las mujeres tienen siete pares, y los hombres, seis. La producción de un vaquero requiere casi 6.000 litros de agua. Esto equivale a 70 duchas de 10 minutos o a 937 descargas del retrete que se consumen en el cultivo del algodón y en los procesos de teñido y lavado que se repiten durante todo el proceso.

Varias marcas de moda llevan décadas intentando rehabilitar la reputación del denim, pero cambiar hábitos y procesos muy implantados en la industria ha resultado más difícil de lo que parecía. Javier Goyeneche, fundador y presidente de Ecoalf, que se ha lanzado a la aventura de hacer un vaquero sostenible, dice que varias compañías le habían propuesto crear una licencia de Ecoalf para denim. “Pero lo que solían proponernos no nos compensaba. No tenemos necesidad de abrir nuevas líneas si no suponen un paso adelante en la sostenibilidad”, cuenta desde sus oficinas ubicadas en el imponente número 1 de la Gran Vía de Madrid. Asegura Goyeneche que viendo que la filosofía de su marca no encajaba en ninguno de los proyectos de vaqueros limpios que estaban en marcha, en 2021 se propusieron imaginar cómo sería el vaquero según Ecoalf. Pensaron desde la materia prima hasta los acabados y patronajes. “Si al final del proceso hubiera tenido la sensación de que no estábamos aportando algo valioso a la industria, no hubiéramos lanzado el denim”, asegura. La línea, que se compone de un vaquero masculino, dos femeninos, y varias camisas, llega a sus tiendas y corners de El Corte Inglés en un momento en que la prenda vive un momento dorado. En 2024 el mercado global del denim tenía un valor de 86.700 millones de dólares, y se cree que para 2030 superará los 121.000 millones de dólares, beneficiándose del agotamiento del chándal y las prendas deportivas, que alcanzaron su popularidad máxima en la pandemia.

El denim ha recuperado su condición de zeitgeist y ha retornado a las alfombras rojas —Julia Roberts y Amanda Seyfried los llevaron en el festival de cine de Venecia—; ha vuelto a renacer en monumentales campañas publicitarias con nombres como el de Lady Gaga para Gap; y apareció en la portada de septiembre de Vogue, donde Emma Stone defendía un jean firmado por Louis Vuitton. No es mal momento para apostar por una línea de vaqueros.

El denim de Ecoalf estaba programado para salir casi medio año antes, pero el camino a la sostenibilidad, si se emprende en serio, está plagado de tropezones y malentendidos.

“En 2021 nos propusimos crear un producto que no existía en el mercado: un vaquero absolutamente reciclable: sin elastano, de algodón regenerativo, con un pigmento índigo natural con cero químicos, que consumiera una cantidad mínima de agua y con botones desmontables”, describe Julie Sohn, directora creativa y de producto. Sohn y su equipo montaron una red de detectives para buscar proveedores de confianza que fabricaran hilos de algodón resistentes (los vaqueros siempre se cosen con fibras de poliéster, este no), tejidos fiables y pigmentos índigo naturales. Sobre todo, buscaban cómplices, gente en la industria que estuviera alineada con sus principios y se implicara en el reto de fabricar el vaquero más limpio del mercado.

El primer problema llegó cuando un proveedor les coló una hebra de poliéster. Era 2023 y descubrieron una fibra T-400, sintética y con elastano en el tejido. “Paramos la producción porque queríamos hacerlo todo con fibras naturales y seguimos buscando”, recuerda Sohn. En la feria Pitti Uomo les presentaron a Gigi Caccia, fundador de Pure Denim. “Fue una bendición, nos dio confianza porque había desarrollado el denim más sostenible del mundo. Le encargamos otra vez nuestras telas”.

La meticulosidad de la firma española alcanza los bolsillos interiores de los vaqueros y todas las etiquetas y los hilos. Ángela Pérez Calleja, responsable de innovación y desarrollo de materiales, examinó el mercado hasta que encontró a Coats, una compañía experta en hilos de coser. “Habían desarrollado un proceso de circularidad de los hilos, y buscábamos uno de algodón resistente para usarlo en tejido denim y que garantizara la durabilidad de la prenda”, explica.

La monomaterialidad es el patrón oro para conseguir que una pieza pueda reciclarse por completo. “Era uno de nuestros objetivos. Si trabajábamos con tejidos y fibras de la misma composición o con mezclas como la del algodón regenerativo con el reciclado, facilitábamos el reciclado al final de la vida útil del vaquero”, razona Pérez Calleja.

Una vez elegido el tejido se probaron los colores, un proceso muy delicado. “No todos los colores funcionan bien en todos los tejidos”, apunta Pérez Calleja. Viajaron a las fábricas de Italia y a la de Marruecos donde se cosían los vaqueros. “Era importante estar allí y ver con nuestros propios ojos cómo se hacían las cosas”. Precisamente en una fábrica de Fez llegó el segundo contratiempo. “Estábamos esperando que pararan las lavadoras, una espera larga y tediosa, y nos dio por quemar con un mechero un hilo de los que se estaban usando. Se nos cayó el alma a los pies. El hilo de poliéster se hace una bolita cuando se quema y este era, sin dudas, poliéster. No era lo acordado”, cuenta Rocío Tinao, diseñadora y project manager. Ella misma había hecho muchas pruebas de resistencia hasta desarrollar el hilo adecuado y había percibido miedo en los responsables de confección. No sabían si el vaquero aguantaría o no. “Yo tampoco lo sabía”, confiesa Tinao.

La quema del hilo no dejaba dudas, no se estaba cosiendo con algodón. Goyeneche recuerda perfectamente ese día. “Era agosto de 2025, en septiembre teníamos contratada la campaña y preparado el lanzamiento, y acabábamos de descubrir que se estaba cosiendo con hilo de poliéster, había que parar toda la producción. Recuerdo tener en mi despacho al fabricante diciéndome: ‘¿De verdad me vas a echar para atrás los 8.000 vaqueros por un hilo? ¿Pero quién se va a dar cuenta?’. Ciertamente nadie, ni nosotros si no hubiéramos quemado un hilo, pero lo hicimos y el asunto no iba de que nos pillaran mintiendo o no, sino de hacer un vaquero sostenible según nuestra filosofía. Paramos la producción porque para ser coherente a veces hay que tomar decisiones drásticas”.

Así que empezamos de cero. “Encontramos otra fábrica en Marruecos y fue una bendición”, cuenta Sohn. “Están más metidos que nosotros”, indica Tinao.

Una de las fases más contaminantes de la producción de un vaquero es el acabado. Viajamos a Valencia a ver cómo Ecoalf lidia con el exceso de consumo de agua y los lavados consecutivos. Jeanologia, una compañía que desde 1999 desarrolla tecnologías para hacer las prendas más sostenibles, es su socio. En una gran nave y dentro de lavadoras enormes los vaqueros dan vueltas pero dentro no hay agua. “La prenda se confecciona con el tejido sin lavar y en el proceso convencional los efectos de desgaste (bigotes se llaman los de las piernas) se simulan a base de lavados continuos o con una lija que elimina el índigo superficial para dejar salir el blanco”, explica Amor Cardona Fortea, experta en textiles sostenibles de Jeanologia. Todos estos procesos, contaminantes y lesivos para los operarios y el medio ambiente (con el lijado el índigo desprende potasio permanganato), se sustituyen en Jeanologia por el láser, que consigue pasar el pigmento de sólido a gaseoso y eliminar el color. Con esta técnica se hacen además los rotos del vaquero, los efectos de camuflaje y animal print y las texturas. El lavado tradicional a la piedra consume 70 litros de agua por prenda, con la tecnología valenciana se queda en un litro por tejano, utilizan una lavadora de aire y se reducen los tonos de índigo con ozono en lugar de con agua. “Luego el ozono se descompone dentro de la lavadora y se devuelve a la atmósfera como oxígeno”, detalla Carmen Silla, directora global de marketing. El ahorro de agua es del 96%.

Sohn y Goyeneche coinciden en que producir un vaquero con esta meticulosa sostenibilidad puede ser hasta tres veces más caro que hacerlo con el modo convencional, pero el precio de su vaquero será de 129 euros. “Ecoalf nació con un margen bruto muy pequeño, si hubiéramos tenido que aplicar todos los costes, por ejemplo de sacar la basura del océano, recogerla, categorizarla y convertirla en polímero, todos los productos serían entre un 30% o un 35% más caros”, razona el fundador de la marca.

¿Estamos ante el vaquero más sostenible del mercado? Ante esta pregunta la respuesta es más conservadora. “No somos perfectos, pero entendemos que hay una mejora brutal respecto al denim tradicional”, argumenta Goyeneche. “Digamos que es el vaquero más sostenible que hemos sido capaces de hacer”, matiza Ángela Pérez Calleja. Es un vaquero que sienta bien, pensado para durar mucho tiempo, ha contaminado poco y apenas va a dejar huella de su paso por este mundo. Usted solo tendrá que usarlo mucho y desatornillar los botones a la hora de tirarlo. No es poco para la prenda más contaminante y que más nos pondremos a lo largo de la vida." 

(Karelia Vázquez , El País Semanal, 18/04/26)  

16.2.26

Captura de carbono directamente del aire: la apuesta geotérmica del Gran Valle del Carbono de Kenia para combatir el cambio climático... unos ventiladores aspiran aire del exterior a través del filtro, haciendo que el dióxido de carbono (que es ácido) reaccione con la amina básica y forme una sal de carbonato. Cuando esta mezcla se calienta en al vacío a una temperatura de entre 80 y 100 °C, el CO₂ se libera en forma de gas y se recoge en una cámara especial... el dispositivo funciona con más de un 80% de energía geotérmica (Diana Kruzman, MIT)

 "La tierra que rodea el lago Naivasha, una cuenca de agua dulce poco profunda en la zona centro‑sur de Kenia, parece incapaz de quedarse quieta. 

La ceniza del cercano monte Longonot, que entró en erupción tan recientemente como en la década de 1860, permanece en el suelo. Cuevas de obsidiana y torres de roca dentada se alzan sobre el vapor que brota de grietas en la tierra y se eleva desde pozas de agua hirviente, generadas por un magma que, en algunas zonas, se encuentra a solo unos pocos kilómetros bajo la superficie. 

Es un paisaje nacido de procesos geológicos violentos hace unos 25 millones de años, cuando las placas tectónicas nubia y somalí se separaron. Aquella fractura abrió una depresión en la corteza terrestre de unos 6.400 kilómetros de longitud, desde África Oriental hasta Oriente Medio, para formar lo que hoy conocemos como el Gran Valle del Rift. 

Esta volatilidad confiere a la región un enorme potencial, gran parte del cual sigue sin explotarse. La zona, situada a pocas horas por carretera de Nairobi, alberga cinco centrales geotérmicas que aprovechan las nubes de vapor para generar alrededor de una cuarta parte de la electricidad de Kenia. Pero parte de esa energía se escapa a la atmósfera, y aún más permanece bajo tierra por falta de demanda. 

Eso es lo que llevó a Octavia Carbon hasta aquí. 

En junio, al norte del lago, en la pequeña pero estratégicamente situada localidad de Gilgil, la start-up comenzó a realizar una prueba de alto riesgo. Está aprovechando parte de ese excedente de energía para alimentar cuatro prototipos de una máquina que promete extraer dióxido de carbono del aire de un modo que, según la compañía, es eficiente, asequible y, lo que es crucial, escalable.  

A corto plazo, el impacto será reducido (la capacidad inicial de cada dispositivo es de apenas 60 toneladas anuales de CO₂), pero el objetivo inmediato es simplemente demostrar que la eliminación de carbono aquí es posible. La visión a largo plazo es mucho más ambiciosa: demostrar que la captura directa del aire (DAC, por sus siglas en inglés), como se conoce el proceso, puede ser una herramienta poderosa para ayudar al mundo a evitar que las temperaturas sigan aumentando hasta niveles cada vez más peligrosos. 

“Creemos que estamos haciendo lo que podemos aquí en Kenia para abordar el cambio climático y liderar el impulso para posicionar a Kenia como un país a la vanguardia climática”, me dijo Specioser Mutheu, responsable de comunicación de Octavia, cuando visité el país el año pasado. 

El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas (IPCC, por sus siglas en inglés) ha afirmado que, para evitar que el calentamiento global supere los 1,5 °C por encima de los niveles preindustriales (el umbral fijado en el Acuerdo de París), o incluso los 2 °C, que son más realistas pero aún difíciles de lograr, será necesario reducir de forma significativa las futuras emisiones de combustibles fósiles y extraer de la atmósfera miles de millones de toneladas de carbono ya emitidas. 

Algunas voces sostienen que la DAC, que emplea procesos mecánicos y químicos para extraer dióxido de carbono del aire y almacenarlo en una forma estable (normalmente bajo tierra), es la mejor vía para lograrlo. Es una tecnología con un enorme potencial, que ofrece la posibilidad de que la capacidad humana de innovación nos saque del mismo problema que el propio desarrollo contribuyó a crear. 

El año pasado entró en funcionamiento en Islandia la mayor planta de DAC del mundo, Mammoth, con una capacidad máxima prevista de hasta 36.000 toneladas de CO₂ al año, aproximadamente el equivalente a las emisiones de 7.600 coches de gasolina. La idea es que plantas de DAC como esta eliminen y almacenen carbono de forma permanente, generando créditos de carbono que puedan adquirir empresas, gobiernos y productores industriales locales, lo que contribuiría colectivamente a evitar que el mundo sufra los efectos más peligrosos del cambio climático. 

Ahora, Octavia y un número creciente de empresas, responsables políticos e inversores de África, EE UU y Europa apuestan por que el entorno único de Kenia contenga las claves para alcanzar ese ambicioso objetivo, y por eso están impulsando una visión transformadora para convertir el Gran Valle del Rift en el “Gran Valle del Carbono”. Y esperan hacerlo de una manera que genere un beneficio económico real para Kenia y, al mismo tiempo, respete los derechos de los pueblos indígenas que habitan estas tierras. Si lo logran, el proyecto no solo podría aportar el impulso que la industria de DAC necesita, sino también ofrecer una prueba de concepto para su despliegue en todo el Sur Global, particularmente vulnerable a los estragos del cambio climático pese a tener muy poca responsabilidad en él. 

Pero la DAC también es una tecnología controvertida, no demostrada a gran escala y extremadamente costosa de operar. En mayo, un medio islandés publicó una investigación sobre Climeworks, la empresa que gestiona la planta Mammoth, en la que concluía que ni siquiera capturaba suficiente dióxido de carbono como para compensar sus propias emisiones, y mucho menos las de otras compañías. 

Los críticos sostienen además que la electricidad que requiere la DAC podría emplearse mejor en descarbonizar nuestros sistemas de transporte, calentar nuestros hogares y alimentar otras industrias que aún dependen en gran medida de los combustibles fósiles. Y añaden que confiar en la DAC puede dar a los contaminadores una excusa para retrasar indefinidamente la transición a las energías renovables. Para complicar aún más el panorama, la demanda menguante por parte de gobiernos y empresas (que serían los principales compradores de DAC) ha llevado a algunos expertos a preguntarse si esta industria siquiera logrará sobrevivir. 

La eliminación de carbono es una tecnología que parece estar siempre a punto de despegar, pero nunca lo hace, afirma Fadhel Kaboub, economista tunecino y defensor de una transición ecológica justa. “Requiere miles de millones de dólares de inversión y no está dando resultados, ni los dará en un futuro próximo. ¿Por qué ponemos entonces el futuro entero del planeta en manos de unas pocas personas y de una tecnología que no funciona?”. 

A estas preocupaciones sobre la viabilidad y la sensatez de la DAC se suma una larga historia de desconfianza por parte del pueblo masái, que ha considerado el Gran Valle del Rift su hogar durante generaciones, pero que ha sido desplazado en oleadas por empresas energéticas que llegaron para explotar las reservas geotérmicas de la región. Y muchos de quienes aún permanecen ni siquiera tienen acceso a la electricidad generada por estas plantas 

Es un panorama inmensamente complejo de gestionar. Pero si el proyecto logra salir adelante, Benjamin Sovacool, investigador en políticas energéticas y director del Boston University Institute for Global Sustainability, ve un enorme potencial para los países históricamente marginados de las políticas climáticas y de la inversión en energía verde. Aunque es escéptico sobre la DAC como solución climática a corto plazo, señala que estas naciones podrían beneficiarse mucho de lo que podría convertirse en una industria de varios billones de dólares. 

“De todas las tecnologías de las que disponemos para combatir el cambio climático, la idea de revertirlo succionando CO₂ del aire y almacenándolo es realmente atractiva. Es algo que incluso una persona corriente puede entender”, dice Sovacool. “Si somos capaces de implementar la DAC a gran escala, podría ser la próxima gran transición energética”. 

Pero antes, claro está, el Gran Valle del Carbono tiene que demostrar que realmente puede funcionar. 

Desafiando la dinámica de poder 

El “Gran Valle del Carbono” es a la vez una visión amplia para la región y una empresa creada para llevar esa visión a la realidad. 

Bilha Ndirangu, ingeniera eléctrica graduada del MIT que creció en Nairobi (Kenia), lleva años preocupada por los efectos del cambio climático en su país. Pero no quiere que Kenia sea solo una víctima del aumento de las temperaturas, me cuenta; aspira a que se convierta en una fuente de soluciones climáticas. Así, en 2021, Ndirangu cofundó Jacob’s Ladder Africa, una organización sin ánimo de lucro cuyo objetivo es preparar a trabajadores africanos para las industrias verdes. 

También comenzó a colaborar con el empresario keniano James Irungu Mwangi, director ejecutivo de Africa Climate Ventures, una firma de inversión centrada en crear y acelerar empresas climáticamente inteligentes. Mwangi llevaba tiempo trabajando en una idea alineada con la convicción que ambos compartían sobre el potencial de la enorme capacidad geotérmica del país: el plan consistía en encontrar compradores para el excedente de energía geotérmica de Kenia y así impulsar el desarrollo de aún más energía renovable. Una industria intensiva en energía y con impacto climático positivo destacaba claramente: la captura directa del aire de dióxido de carbono. 

El Gran Valle del Rift era la clave de esta visión. La idea era que podría proporcionar la energía barata necesaria para alimentar una DAC asequible a gran escala y, al mismo tiempo, ofrecer la geología ideal para almacenar carbono de forma eficaz en el subsuelo profundo tras extraerlo del aire. Y con casi un 90% de la red eléctrica del país ya alimentada por energías renovables, la DAC no estaría desviando electricidad de otras industrias que la necesitan. Al contrario: atraer plantas DAC a Kenia podría brindar el impulso necesario para que los proveedores de energía ampliaran su infraestructura y extendieran la red eléctrica, conectando idealmente al 25% de la población que aún carece de electricidad y reduciendo episodios en los que es necesario racionar la energía. 

“Este impulso por las energías renovables y la descarbonización de las industrias nos brinda una oportunidad que solo se presenta una vez en la vida”, me asegura Ndirangu.  

Así, en 2023, ambos fundaron Great Carbon Valley, una empresa de desarrollo de proyectos cuya misión es atraer compañías de DAC a la región, junto con otras industrias intensivas en energía que buscan electricidad renovable. 

La iniciativa ya ha logrado atraer a empresas de alto perfil, como la start-up belga de DAC Sirona Technologies, la compañía DAC francesa Yama, y Climeworks, la empresa suiza que opera Mammoth y otra planta de DAC en Islandia (y que apareció en la lista de 10 Tecnologías emergentes de MIT Technology Review en 2022 y en la lista de Empresas tecnológicas climáticas a tener en cuenta en 2023). Todas ellas planean lanzar proyectos piloto en Kenia en los próximos años, y Climeworks ha anunciado sus planes para completar su planta keniana de DAC en 2028. GCV también se ha asociado con Cella, una empresa estadounidense de almacenamiento de carbono que colabora con Octavia, y está facilitando los permisos para la empresa islandesa Carbfix, que se encarga de inyectar el carbono procedente de las instalaciones DAC de Climeworks. 

 El cambio climático afecta de forma desproporcionada a esta parte del mundo, pero también está cambiando las reglas del juego en todo el planeta”, me explica Corey Pattison, director ejecutivo y cofundador de Cella, al hablar sobre el atractivo del concepto desarrollado por Mwangi y Ndirangu. “Esto también es una oportunidad para ser emprendedores y creativos en nuestra manera de pensar, porque lugares como Kenia cuentan con todos estos activos”. 

El país no solo puede ofrecer energía renovable barata y abundante: quienes defienden la DAC en Kenia confían en que su población joven y formada aporte los ingenieros y científicos necesarios para desarrollar esta infraestructura. A su vez, este sector podría abrir oportunidades para los aproximadamente 6 millones de jóvenes que están desempleados o infraempleados. 

“No es una industria puntual”, afirma Ndirangu, subrayando su convicción de que el empleo surgirá de la industrialización verde. Se necesitarán ingenieros para supervisar las instalaciones de DAC, y la demanda adicional de energía renovable generará empleo en el sector energético y en servicios asociados, como el agua y la hostelería. 

“Estás desarrollando toda una gama de infraestructuras para hacer posible esta industria”, añade. “Esa infraestructura no solo beneficia al sector: también beneficia al país”. 

La oportunidad de resolver un “problema del mundo real” 

En junio del año pasado, subí por un camino de tierra hasta la sede de Octavia Carbon, junto a la Eastern Bypass Road de Nairobi (Kenia), en los confines orientales de la ciudad. 

El equipo que conocí durante la visita irradiaba el tipo de optimismo desbordante que es habitual en las start-ups en fases tempranas. “La gente solía escribir artículos académicos afirmando que ningún ser humano podría correr un maratón en menos de dos horas”, me dijo aquel día el director ejecutivo de Octavia, Martin Freimüller. El maratonista keniano Eliud Kipchoge superó esa barrera en una carrera en 2019. Un mural suyo ocupa un lugar destacado en la pared, junto con su lema: “No human is limited. 

“Es imposible… hasta que Kenia lo logra”, añadió Freimüller. 

Aunque no es un socio oficial de la iniciativa Great Carbon Valley de Ndirangu, Octavia está alineada con la visión más amplia, me dijo Freimüller. La empresa comenzó su andadura en 2022, cuando Freimüller, un consultor de desarrollo austríaco, conoció a Duncan Kariuki, graduado en ingeniería por la Universidad de Nairobi, en OpenAir Collective, un foro en línea dedicado a la eliminación de carbono. Kariuki presentó a Freimüller a sus compañeros de clase Fiona Mugambi y Mike Bwondera, y los cuatro empezaron a trabajar en un prototipo de DAC, primero en un espacio de laboratorio prestado por la universidad y, más tarde, en un apartamento. No pasó mucho tiempo antes de que los vecinos se quejaran del ruido y, en menos de seis meses, trasladaron la operación a su actual almacén. 

Ese mismo año anunciaron su primer prototipo, cariñosamente llamado Thursday, en referencia al día en que se presentó en un evento de Nairobi Climate Network. Pronto, Octavia estaba mostrando su tecnología a visitantes de alto perfil, entre ellos el rey Carlos III y Meg Whitman, la embajadora del presidente Joe Biden en Kenia. 

Tres años después, el equipo cuenta con más de 40 ingenieros y ha construido su 12.ª unidad de DAC: un cilindro metálico aproximadamente del tamaño de una lavadora grande, que contiene un filtro químico basado en una amina, un compuesto orgánico derivado del amoníaco. (Octavia declinó ofrecer más detalles sobre la disposición interna del filtro dentro de la máquina, ya que la empresa está a la espera de la aprobación de una patente para el diseño). 

 Hannah Wanjau, ingeniera de la empresa, me explicó cómo funciona el sistema: unos ventiladores aspiran aire del exterior a través del filtro, haciendo que el dióxido de carbono (que es ácido) reaccione con la amina básica y forme una sal de carbonato. Cuando esta mezcla se calienta en al vacío a una temperatura de entre 80 y 100 °C, el CO₂ se libera en forma de gas y se recoge en una cámara especial, mientras que la amina puede reutilizarse en el siguiente ciclo de captura. 

El método de absorción con aminas se ha empleado en otras plantas de DAC en el mundo, incluidas las operadas por Climeworks, pero el proyecto de Octavia destaca en varios aspectos clave. Wanjau explicó que la tecnología está adaptada al clima local: la empresa ha ajustado tanto el tiempo de absorción como la temperatura de liberación del CO₂, lo que podría convertirla en un modelo para otros países tropicales. 

Y luego está la fuente de energía: el dispositivo funciona con más de un 80% de energía térmica, que en el terreno consistirá en el excedente de energía geotérmica que las centrales no convierten en electricidad. Esa energía suele liberarse a la atmósfera, pero aquí se canalizará hacia las máquinas de Octavia. Además, el diseño modular del dispositivo permite que quepa en un contenedor de transporte, permitiendo a la empresa desplegar decenas de unidades cuando exista demanda, me comentó Mutheu. 

Esta tecnología se está probando sobre el terreno en Gilgil (Kenia), donde, según Mutheu, la empresa “continúa capturando y acondicionando CO₂ como parte de nuestras operaciones y ciclos de prueba en curso”. (Rechazó proporcionar datos o resultados concretos por el momento). 

Una vez capturado, el CO₂ se calentará y se presurizará. Después se bombeará a una instalación cercana operada por Cella, donde se inyectará el gas en fisuras subterráneas. La geología especial de la región ofrece de nuevo una ventaja: gran parte de la roca subterránea es basalto, un mineral volcánico rico en iones de calcio y magnesio. Estos reaccionan con el dióxido de carbono para formar minerales como calcita, dolomita y magnesita, fijando así los átomos de carbono en forma sólida. 

Este proceso es más duradero que otras formas de almacenamiento de carbono, lo que lo hace potencialmente más atractivo para los compradores de créditos de carbono, afirma Pattison, director ejecutivo de Cella. Métodos de mitigación no geológica (como los programas de sustitución de cocinas domésticas o las soluciones basadas en la naturaleza, como la plantación de árboles) se han visto recientemente afectados por revelaciones de fraude o exageración. El dinero para el proyecto piloto de Cella, que verá la inyección de 200 toneladas de CO₂ este año, procede principalmente del compromiso de mercado anticipado Frontier, mediante el cual un grupo de empresas, incluidas Stripe, Google, Shopify, Meta y otras, ha prometido colectivamente gastar 1.000 millones de dólares (unos 913,8 millones de euros) en eliminación de carbono para 2030. 

Estos proyectos ya han abierto nuevas posibilidades para jóvenes kenianos como Wanjau. Me contó que no había muchas oportunidades para que aspirantes a ingenieras mecánicas como ella pudieran diseñar y probar sus propios dispositivos; muchos de sus compañeros trabajaban en empresas de construcción o petróleo, o estaban desempleados. Pero casi inmediatamente después de graduarse, Wanjau comenzó a trabajar en Octavia. 

“Me alegra estar intentando resolver un problema que es un asunto del mundo real”, me dijo. “No muchas personas en África tienen la oportunidad de hacer eso”. 

Una subida cuesta arriba 

A pesar del enorme entusiasmo de socios e inversores, el proyecto Great Carbon Valley enfrenta múltiples desafíos antes de que la visión de Ndirangu y Mwangi pueda hacerse realidad. 

Desde sus inicios, la iniciativa ha tenido que lidiar con “esta percepción de que hacer proyectos en África es arriesgado”, explica Ndirangu. De las decenas de instalaciones de DAC planificadas o existentes hoy, solo un puñado se encuentra en el Sur Global. De hecho, Octavia se ha descrito a sí misma como la primera planta de DAC ubicada en esta región. “Incluso vender Kenia como destino para la DAC fue todo un desafío”, afirma. 

Por ello, Ndirangu destacó la experiencia de Kenia en el desarrollo de recursos geotérmicos, así como su talento local en ingeniería y los menores costes laborales. GCV también se ha ofrecido a colaborar con el gobierno keniano para ayudar a las empresas a obtener los permisos necesarios y comenzar a construir lo antes posible. 

Ndirangu afirma que ya ha visto “un apetito real” entre los productores de energía que quieren ampliar la infraestructura de energías renovables, pero al mismo tiempo esperan pruebas de que habrá demanda. Imagina que, una vez que esa energía adicional esté disponible, muchas otras industrias, desde centros de datos hasta productores de acero verde, amoníaco verde o combustibles de aviación sostenibles, considerarán establecerse en Kenia, atrayendo más de una docena de proyectos al valle en los próximos años. 

Pero acontecimientos recientes podrían frenar esa demanda (que algunos expertos ya temían insuficiente). Los gobiernos de todo el mundo están retrocediendo en sus compromisos climáticos, especialmente en EE UU. La administración Trump ha recortado drásticamente la financiación destinada al desarrollo relacionado con el cambio climático y las energías renovables. El Departamento de Energía parece dispuesto a cancelar una subvención de 50 millones de dólares (unos 45,7 millones de euros) destinada a una planta de DAC propuesta en Luisiana (EE UU), que habría sido operada parcialmente por Climeworks. Y en mayo, poco después de ese anuncio, la empresa comunicó que recortaba un 22% de su plantilla. 

Al mismo tiempo, muchas empresas que probablemente habrían sido compradoras de créditos de carbono, y que hace apenas unos años habían prometido voluntariamente reducir o eliminar sus emisiones, están retirando silenciosamente esos compromisos. A largo plazo, advierten los expertos, existe un límite en la cantidad de eliminación de carbono que las compañías comprarán de manera voluntaria. Sostienen que, en última instancia, deberán ser los gobiernos quienes lo financien o exigir a los contaminadores que lo hagan. 

A todos estos retos se suman los costes. Los críticos aseguran que las inversiones en DAC son una pérdida de tiempo y dinero en comparación con otras formas de reducción de carbono. A mediados de diciembre, los créditos de eliminación de carbono en el Sistema de Comercio de Emisiones de la Unión Europea (uno de los mayores mercados de carbono del mundo) tenían un precio de alrededor de 84 dólares por tonelada (unos 76,8 euros). El precio medio por crédito de DAC, en comparación, ronda los 450 dólares (unos 411,8 euros). Procesos naturales como la reforestación absorben millones de toneladas de carbono cada año y son mucho más baratos (aunque los programas para convertirlos en créditos de carbono tienen sus propias controversias). En última instancia, la DAC sigue operando a pequeña escala, eliminando apenas unas 10.000 toneladas métricas de CO₂ al año. 

Incluso si los proveedores de DAC logran superar estos obstáculos, siguen apareciendo cuestiones espinosas dentro de Kenia. Grupos como Power Shift Africa, un think tank con sede en Nairobi (Kenia) que aboga por la acción climática en el continente, han calificado los créditos de carbono como “permisos para contaminar” y los han culpado de retrasar la electrificación. 

“El objetivo último de [la eliminación de carbono] es poder decir, al final, que podemos seguir emitiendo y simplemente recapturar esas emisiones con esta tecnología”, afirma Kaboub, el economista tunecino que ha trabajado con Power Shift Africa. “Así que no hace falta poner fin a los combustibles fósiles, y por eso recibe tanto apoyo de países y empresas petroleras”. 

Otro problema que identifica no se limita a la DAC, sino que se extiende a la forma en que Kenia y otras naciones africanas están persiguiendo su meta de industrialización verde. Aunque el presidente keniano William Ruto ha atraído inversión financiera internacional para convertir Kenia en un centro de energía verde, las políticas de su administración han incrementado la deuda externa del país, que en 2024 equivalía aproximadamente al 30% de su PIB. El desarrollo geotérmico en Kenia a menudo se ha financiado con préstamos de instituciones internacionales u otros gobiernos. A medida que la deuda ha aumentado, el país ha aplicado medidas de austeridad nacional que han desencadenado protestas mortales. 

Kenia puede tener ventajas sobre otros países, y es probable que los costes de la DAC disminuyan con el tiempo. Pero algunos expertos, como Benjamin Sovacool, de Boston University, no están convencidos de que Great Carbon Valley (o cualquier iniciativa de DAC) pueda mitigar de forma significativa el cambio climático. Las investigaciones de Sovacool han descubierto que, en el mejor de los casos, la DAC estará lista para desplegarse a la escala necesaria hacia mediados de siglo, demasiado tarde para funcionar como una solución climática viable. Y eso suponiendo que pueda superar costes adicionales, como las pérdidas asociadas a la corrupción en el sector energético, que Sovacool y otros han documentado como un problema generalizado en Kenia.

Sin embargo, otras personas dentro de la industria de la eliminación de carbono se muestran más optimistas respecto a las perspectivas generales de la DAC y confían especialmente en que Kenia pueda resolver algunos de los desafíos que la tecnología ha encontrado en otros lugares. El coste “no es lo más importante”, afirma Erin Burns, directora ejecutiva de Carbon180, una organización sin ánimo de lucro que aboga por la eliminación y reutilización del dióxido de carbono. “Hay muchas cosas por las que pagamos”. Señala que gobiernos de Japón, Singapur, Canadá, Australia, la Unión Europea y otros lugares están estudiando el desarrollo de mercados de cumplimiento para el carbono, incluso aunque EE UU esté estancado en este ámbito. 

Cree que Great Carbon Valley está bien posicionado para beneficiarse de estos avances. “Es grande. Es visionario”, afirma Burns. “Hay que tener un poco de ambición. No se trata de desplegar una tecnología que ya esté extendida. Y eso conlleva un enorme potencial para grandes oportunidades y ganancias enormes”. 

Vuelta a la tierra 

Más que cualquier factor externo, el futuro de Great Carbon Valley está quizá más íntimamente entrelazado con la tierra inquieta sobre la que se está construyendo y con la comunidad que ha vivido aquí durante siglos. 

Para el pueblo masái, pastores nómadas que habitan extensas zonas de África Oriental, incluida Kenia, este territorio alrededor del lago Naivasha es ol-karia, que significa “ocre”, en referencia a la arcilla rojo intenso que abunda en la región. 

Al sur del lago se encuentra el Parque Nacional Hell’s Gate, una reserva natural de 26 millas cuadradas donde los cinco complejos geotérmicos de la región (y un sexto en construcción) funcionan sobre numerosos respiraderos de vapor. La primera planta geotérmica de la zona entró en servicio en 1981, desarrollada por KenGen, una empresa eléctrica de mayoría estatal; recibió el nombre de Olkaria. 

Pero durante décadas la mayoría de los masái no han tenido acceso a esa electricidad. Y muchos han sido expulsados de sus tierras en oleadas de desalojos. En 2014, la construcción de un complejo geotérmico de KenGen expulsó a más de 2.000 personas y dio lugar a varias denuncias legales. Al mismo tiempo, habitantes cercanos a otro complejo geotérmico de propiedad privada situado 50 millas al norte de Naivasha se han quejado de ruido y contaminación del aire; en marzo, un tribunal keniano revocó la licencia de operación de una de las tres plantas del proyecto. 

Ni Octavia ni Cella utilizan energía procedente de estos dos productores geotérmicos, pero activistas han advertido de que podrían resurgir daños ambientales y sociales similares si crece la demanda de nueva infraestructura geotérmica en Kenia, una demanda que podría verse impulsada por la DAC. 

Ndirangu asegura que cree que algunas de las denuncias sobre desplazamiento están “exageradas”, pero reconoce igualmente la necesidad de una participación comunitaria más sólida, al igual que Octavia. A largo plazo, afirma que planea ofrecer formación laboral a los residentes que viven cerca de las zonas afectadas e integrarlos en la industria, aunque también subraya que dichos planes deben ser realistas. “No quieres crear la expectativa equivocada de que contratarás a todo el mundo de la comunidad”, señala. 

Ese es parte del problema para activistas masái como Agnes Koilel, una profesora que vive cerca del campo geotérmico de Olkaria (Kenia). A pesar de promesas anteriores de empleo en las plantas de energía, los trabajos que se ofrecen suelen ser puestos de menor salario, como limpieza o seguridad. ”Los masái no están tan empleados como la gente cree”, afirma.  

La DAC es una industria pequeña, y no puede hacerlo todo. Pero si llega a ser tan grande como esperan Ndirangu, Freimüller y otros defensores de Great Carbon Valley, creando empleo e impulsando la industrialización verde de Kenia, comunidades como la de Koilel estarán entre las más directamente afectadas, igual que lo están por el cambio climático. 

Cuando le pregunté a Koilel qué pensaba del desarrollo de la DAC cerca de su hogar, me dijo que nunca había oído hablar de la idea de Great Carbon Valley ni de la eliminación de carbono en general. No estaba necesariamente en contra del desarrollo de energía geotérmica por principio, ni se oponía a ninguna de las industrias que podrían impulsar su expansión. Solo quiere ver algunos beneficios, como un centro de salud para su comunidad. Quiere revertir los desalojos que han expulsado a sus vecinos de sus tierras. Y quiere electricidad: el mismo tipo de electricidad que alimentaría los ventiladores y las bombas de los futuros centros de DAC. 

“La energía se genera en estas comunidades”, dijo Koilel. “Pero ellas mismas no tienen esa luz”.                                   ( , MIT, 16/02/26) 

15.1.26

Los 16 mayores problemas medioambientales de 2026: Calentamiento global provocado por los combustibles fósiles... Politización de la crisis climática... Pérdida de biodiversidad... Contaminación por plásticos... Deforestación... Contaminación atmosférica... Desperdicio de alimentos... Derretimiento de los casquetes polares y aumento del nivel del mar... Acidificación de los océanos... Agricultura tradicional... Degradación del suelo... Inseguridad alimentaria e hídrica... Moda rápida y residuos textiles... Inteligencia artificial... Sobrepesca... Minería de cobalto (Earth.org)

 "El mundo se enfrenta a una serie de retos medioambientales urgentes que requieren atención y medidas inmediatas. Desde los desastres provocados por el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la contaminación por plásticos hasta el auge de la inteligencia artificial, los 16 mayores problemas medioambientales de 2026 pintan un panorama desolador que pone de manifiesto la urgente necesidad de mitigar el cambio climático y adaptarse a él.

1. Calentamiento global provocado por los combustibles fósiles

Acaba de concluir otro año marcado por olas de calor récord y fenómenos meteorológicos extremos catastróficos, y 2025 se perfila como uno de los tres años más cálidos de la historia. Esto pone fin a más de una década de calor sin precedentes a nivel mundial, impulsado por las actividades humanas, en la que cada uno de los últimos 11 años (2015-2025) ha sido uno de los diez más cálidos de la historia. Actualmente, 2024 encabeza la clasificación, seguido de 2023.

Sin duda, uno de los mayores problemas medioambientales de nuestra vida es el aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero, que retienen el calor del sol en la atmósfera, elevando la temperatura de la superficie terrestre y provocando olas de calor más largas y intensas. Las concentraciones atmosféricas de los tres principales gases que calientan el planeta —dióxido de carbono (CO2), metano y óxido nitroso— nunca han sido tan altas. Debido a la extremadamente larga durabilidad de estos gases en la atmósfera, el mundo se enfrenta ahora a un «aumento de la temperatura a más largo plazo», afirmó el mes pasado Ko Barret, vicesecretario general de la Organización Meteorológica Mundial.

«El calor atrapado por el CO2 y otros gases de efecto invernadero está acelerando nuestro clima y provocando fenómenos meteorológicos más extremos. Por lo tanto, reducir las emisiones es esencial no solo para nuestro clima, sino también para nuestra seguridad económica y el bienestar de la comunidad», añadió Barrett.

El aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero ha provocado un rápido y constante aumento de las temperaturas globales, lo que a su vez está causando catástrofes en todo el mundo, desde Australia y Estados Unidos, que están sufriendo algunas de las temporadas de incendios forestales más devastadoras jamás registradas, y las plagas de langostas que están diezmando los cultivos en partes de África, Oriente Medio y Asia, hasta una ola de calor en la Antártida, donde las temperaturas superaron los 20 °C por primera vez.

Los científicos advierten constantemente de que el planeta ha superado una serie de puntos de inflexión que podrían tener consecuencias catastróficas, como el avance del deshielo del permafrost en las regiones árticas, el deshielo de la capa de hielo de Groenlandia a un ritmo sin precedentes, la aceleración de la sexta extinción masiva y el aumento de la deforestación en la selva amazónica.

La crisis climática está provocando que las tormentas tropicales y otros fenómenos meteorológicos, como los ciclones tropicales (más conocidos como huracanes y tifones), las olas de calor y las inundaciones, sean más intensos y frecuentes que nunca.

Incluso si se detuvieran inmediatamente todas las emisiones de gases de efecto invernadero, las temperaturas globales seguirían aumentando en los próximos años. Por eso es absolutamente imperativo que empecemos ahora mismo a reducir drásticamente las emisiones, a invertir en fuentes de energía renovables y a eliminar progresivamente los combustibles fósiles lo más rápido posible.

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2. Politización de la crisis climática

La innegable realidad de la crisis climática no ha impedido su politización. Especialmente en los últimos años, lo que antes era solo una cuestión científica se ha convertido en un campo de batalla partidista en el que las opiniones suelen alinearse con la ideología política, alimentadas por campañas de desinformación, intereses económicos vinculados a los combustibles fósiles y opiniones divergentes sobre la intervención del gobierno, lo que dificulta el consenso y obstaculiza la acción.

Esto ha sido especialmente cierto en países como Estados Unidos, que bajo la presidencia de Donald Trump ha dado un enorme paso atrás en la acción climática. Desde que asumió el cargo en enero de 2025, Trump ha implementado importantes retrocesos en las políticas y regulaciones medioambientales, ha abandonado organizaciones internacionales y tratados climáticos, ha desmantelado la investigación climática y ha tratado de recuperar prácticas destructivas, desde la minería en aguas profundas y la tala de bosques hasta la producción de combustibles fósiles.

Un grupo de mineros del carbón aplaude mientras el presidente Donald Trump firma órdenes ejecutivas sobre la industria del carbón el 8 de abril de 2025. (Foto: La Casa Blanca/Flickr).

Decenas de empresas, desde plataformas de redes sociales y compañías energéticas hasta firmas de inversión, aerolíneas, grandes bancos e incluso organizaciones filantrópicas, también han dado marcha atrás en sus compromisos medioambientales para alinearse con la agenda anticlimática de la administración Trump.

El ejemplo de Estados Unidos refleja un cambio más amplio en la prioridad que los gobiernos de todo el mundo otorgan al cambio climático. La Unión Europea es otro buen ejemplo de ello, ya que recientemente ha dado marcha atrás en su agenda climática, que en su día se consideró el plan más ambicioso del mundo para hacer frente a la crisis climática.

A nivel mundial, las recientes conferencias sobre el clima han sido criticadas por no haber logrado nada significativo, mientras que la influencia de los combustibles fósiles es cada vez mayor y más poderosa. La COP30 del pasado mes de noviembre terminó sin mencionar los combustibles fósiles, a pesar de la presión de más de 80 países para que se incluyera un plan de eliminación gradual en el acuerdo final. Uno de cada 25 asistentes (unas 1600 personas) representaba a la industria de los combustibles fósiles.

Más sobre el tema: Cómo Estados Unidos revirtió años de progreso climático

3. Pérdida de biodiversidad

En los últimos 50 años se ha producido un rápido crecimiento del consumo humano, la población, el comercio mundial y la urbanización, lo que ha dado lugar a que la humanidad utilice más recursos de la Tierra de los que esta puede reponer de forma natural.

Un informe de WWF de 2020 reveló que el tamaño de las poblaciones de mamíferos, peces, aves, reptiles y anfibios ha experimentado un descenso medio del 68 % entre 1970 y 2016. El informe atribuye esta pérdida de biodiversidad a diversos factores, pero principalmente al cambio en el uso del suelo, en particular la conversión de hábitats, como bosques, praderas y manglares, en sistemas agrícolas. Animales como los pangolines, los tiburones y los caballitos de mar se ven muy afectados por el comercio ilegal de vida silvestre, y los pangolines están en peligro crítico de extinción debido a ello.

En términos más generales, un análisis de 2021 ha revelado que la sexta extinción masiva de fauna silvestre en la Tierra se está acelerando. Más de 500 especies de animales terrestres están al borde de la extinción y es probable que desaparezcan en un plazo de 20 años; el mismo número se perdió a lo largo de todo el siglo pasado. Los científicos afirman que, sin la destrucción de la naturaleza por parte de los seres humanos, esta tasa de pérdida habría tardado miles de años en producirse.

En la Antártida, el deshielo del mar provocado por el cambio climático está afectando gravemente a los pingüinos emperador y podría acabar con poblaciones enteras ya en 2100, según una investigación de 2023.

En virtud del Marco Mundial de Kunming-Montreal para la Diversidad Biológica de 2022, los países se han comprometido a proteger y conservar al menos el 30 % de la tierra y el agua del mundo para 2030 (también conocido como el objetivo «30 por 30»). La protección mundial actualmente no alcanza este objetivo, ya que solo el 9,6 % de los océanos está protegido de forma eficaz.

Sin embargo, no todo es pesimismo. En todo el mundo, los gobiernos, las organizaciones de la sociedad civil y las comunidades han dado pasos significativos para proteger el mundo natural, preservando ecosistemas preciosos, reforzando la legislación y llevando a los tribunales a las industrias destructivas.

El año pasado, Marruecos se convirtió en el 60.º país en ratificar el Tratado de Alta Mar, alcanzando el umbral de ratificación para su entrada en vigor. El tratado establece un marco jurídico para crear redes de áreas marinas protegidas (AMP) en aguas internacionales, un paso fundamental, dado que la protección de las aguas nacionales por sí sola no será suficiente para alcanzar el objetivo 30 por 30. Y el año pasado, muchos países, entre ellos Australia y Argentina, Portugal, Colombia y Santo Tomé y Príncipe, Polinesia Francesa, España y Pakistán, dieron un paso en la dirección correcta.

En terra firma, los gobiernos también dieron un paso adelante para ampliar las protecciones. Si bien el 17,6 % de la tierra está protegida a nivel mundial, los anuncios realizados en 2025 sugieren que se está generando un impulso hacia el objetivo 30 por 30. Colombia, por ejemplo, designó un territorio único en su tipo para proteger a un grupo indígena no contactado. Con una extensión de más de 1 millón de hectáreas, la nueva zona prohíbe todo desarrollo económico y contacto humano forzado, protegiendo tanto al pueblo Yuri-Passé como a la rica biodiversidad que lo habita.

Más sobre el tema: Más allá de los titulares: definiendo los logros políticos para la naturaleza en 2025

4. Contaminación por plásticos

En 1950, el mundo producía más de 2 millones de toneladas de plástico al año. En 2015, esta producción anual aumentó hasta los 419 millones de toneladas, lo que agravó los residuos plásticos en el medio ambiente.

Actualmente, aproximadamente 14 millones de toneladas de plástico llegan a los océanos cada año, dañando los hábitats de la fauna silvestre y a los animales que viven en ellos. Las investigaciones han revelado que, si no se toman medidas, la crisis del plástico aumentará hasta alcanzar los 29 millones de toneladas métricas al año en 2040. Si incluimos los microplásticos en esta cifra, la cantidad acumulada de plástico en el océano podría alcanzar los 600 millones de toneladas en 2040.

Residuos plásticos en una playa de la isla de Lamma, Hong Kong, en julio de 2025. (Foto: Martina Igini).

Alrededor del 91 % de todo el plástico que se ha fabricado nunca se recicla, lo que lo convierte en uno de los mayores problemas medioambientales de nuestra vida. Teniendo en cuenta que el plástico tarda 400 años en descomponerse, pasarán muchas generaciones hasta que deje de existir. No se sabe qué efectos irreversibles tendrá la contaminación por plásticos en el medio ambiente a largo plazo.

Para abordar esta cuestión, en 2022 la ONU inició un proceso para crear un tratado internacional jurídicamente vinculante destinado a frenar la contaminación por plásticos. Se suponía que culminaría en una reunión en Busan (Corea del Sur) en noviembre de 2024, pero los negociadores se marcharon sin llegar a un acuerdo. Una reunión posterior celebrada en Ginebra (Suiza) en agosto de 2025 tampoco logró producir un tratado tan necesario. Sigue sin estar claro cuándo y cómo continuarán las negociaciones.

Activistas en la segunda parte de la quinta sesión del Comité Intergubernamental de Negociación sobre la contaminación por plásticos, incluso en el medio marino (INC-5.2), en Ginebra (Suiza). (Foto: PNUMA a través de Flickr)

5. Deforestación

Cada hora se talan bosques del tamaño de 300 campos de fútbol. Para el año 2030, el planeta podría tener solo el 10 % de sus bosques; si no se detiene la deforestación, podrían desaparecer en menos de un siglo.

Los tres países que experimentan los niveles más altos de deforestación son Brasil, la República Democrática del Congo e Indonesia. La Amazonía, la selva tropical más grande del mundo, con una extensión de 6,9 millones de kilómetros cuadrados (2,72 millones de millas cuadradas) y que cubre alrededor del 40 % del continente sudamericano, es también uno de los ecosistemas con mayor diversidad biológica y alberga alrededor de tres millones de especies de plantas y animales.

A pesar de los esfuerzos por proteger los bosques, la deforestación legal sigue siendo rampante, y alrededor de un tercio de la deforestación tropical mundial se produce en la selva amazónica de Brasil, lo que supone 1,5 millones de hectáreas cada año.

Vista aérea de una zona deforestada en el área de conservación «Ñembi Guasu» en Bolivia, Sudamérica. (Foto: Marcelo Perez del Carpio/Climate Visuals Countdown)

La agricultura es la principal causa de la deforestación, otro de los mayores problemas medioambientales que aparecen en esta lista. Se talan bosques para criar ganado o plantar otros cultivos que se comercializan, como la caña de azúcar y el aceite de palma. Además de la captura de carbono, los bosques ayudan a prevenir la erosión del suelo, ya que las raíces de los árboles lo fijan y evitan que se desplace, lo que también previene los deslizamientos de tierra.

La COP30, que tuvo lugar en el corazón de la Amazonía, aportó poco en materia de protección forestal. Aunque la ministra de Medio Ambiente de Brasil, Marina Silva, presionó para que se utilizara un lenguaje contundente, el acuerdo final no mencionó la deforestación.

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6. Contaminación atmosférica

Entre los mayores problemas medioambientales actuales se encuentra también la contaminación atmosférica. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), se estima que entre 4,2 y 7 millones de personas mueren cada año en todo el mundo a causa de la contaminación atmosférica y nueve de cada diez personas respiran aire con altos niveles de contaminantes. En África, 258 000 personas murieron como consecuencia de la contaminación atmosférica exterior en 2017, frente a las 164 000 de 1990, según UNICEF.

Las causas de la contaminación atmosférica provienen principalmente de fuentes industriales y vehículos de motor, así como de las emisiones procedentes de la quema de biomasa y la mala calidad del aire debido a las tormentas de polvo.

Tráfico intenso durante las horas punta de la mañana en Yakarta, Indonesia, el 22 de noviembre de 2023. Millones de residentes de Yakarta han sufrido durante los últimos meses una de las peores contaminaciones atmosféricas del mundo. (Foto: Aji Styawan/Climate Visuals)

Según un estudio de 2023, la contaminación atmosférica en el sur de Asia, una de las zonas más contaminadas del mundo, reduce la esperanza de vida en unos cinco años. El estudio culpa a una serie de factores, entre ellos la falta de infraestructuras y financiación adecuadas, de los altos niveles de contaminación en algunos países. La mayoría de los países de Asia y África, que en conjunto contribuyen con alrededor del 92,7 % de los años de vida perdidos a nivel mundial debido a la contaminación atmosférica, carecen de las normas clave de calidad del aire necesarias para desarrollar políticas adecuadas. Además, solo el 6,8 % y el 3,7 % de los gobiernos de ambos continentes, respectivamente, proporcionan a sus ciudadanos datos totalmente abiertos sobre la calidad del aire.

Una investigación reciente relacionó casi 280 000 muertes en toda la Unión Europea en 2023 con la exposición a concentraciones de contaminación atmosférica que superaban los niveles considerados seguros. Según la Agencia Europea de Medio Ambiente, que realizó el estudio, alrededor del 95 % de los europeos están expuestos a niveles peligrosos de contaminación atmosférica. Mientras tanto, en los Estados Unidos, los investigadores descubrieron que la contaminación atmosférica procedente de las industrias del petróleo y el gas es responsable de 91 000 muertes prematuras, 10 350 partos prematuros y 216 000 casos de asma infantil y 1610 casos de cáncer cada año en el país.

7. Desperdicio de alimentos

Un tercio de los alimentos destinados al consumo humano, alrededor de 1300 millones de toneladas, se desperdician o se pierden. Esto es suficiente para alimentar a 3000 millones de personas. El desperdicio y la pérdida de alimentos representan aproximadamente una cuarta parte de las emisiones anuales de gases de efecto invernadero; si fuera un país, el desperdicio de alimentos sería el tercer mayor emisor de gases de efecto invernadero, por detrás de China y Estados Unidos.

La producción de alimentos representa alrededor de una cuarta parte (26 %) de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Our World in Data.

El desperdicio y la pérdida de alimentos se producen en diferentes etapas en los países en desarrollo y desarrollados; en los países en desarrollo, el 40 % del desperdicio de alimentos se produce en las etapas posteriores a la cosecha y al procesamiento, mientras que en los países desarrollados, el 40 % del desperdicio de alimentos se produce en las etapas de venta al por menor y consumo.

En la fase de venta al por menor, se desperdicia una cantidad alarmante de alimentos por razones estéticas; de hecho, en Estados Unidos, más del 50 % de todos los productos agrícolas que se tiran se desechan porque se consideran «demasiado feos» para venderse a los consumidores, lo que supone alrededor de 60 millones de toneladas de frutas y verduras.

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8. Derretimiento de los casquetes polares y aumento del nivel del mar

La crisis climática está calentando el Ártico más del doble de rápido que cualquier otro lugar del planeta. Hoy en día, el nivel del mar está subiendo más del doble de rápido que durante la mayor parte del siglo XX, como resultado del aumento de las temperaturas en la Tierra.

Aumento del nivel del mar (1993-2025). Imagen: Centro de Vuelos Espaciales Goddard de la NASA.

Los mares están subiendo ahora una media de 3,2 mm al año en todo el mundo y seguirán creciendo hasta unos 0,7 metros a finales de este siglo. En el Ártico, la capa de hielo de Groenlandia supone el mayor riesgo para el nivel del mar, ya que el deshielo terrestre es la principal causa del aumento del nivel del mar.

Este es uno de los mayores problemas medioambientales a los que se enfrenta nuestro planeta en la actualidad, y resulta aún más preocupante si se tiene en cuenta que las temperaturas registradas durante el verano de 2020 provocaron la pérdida de 60 000 millones de toneladas de hielo en Groenlandia, lo que bastaría para elevar el nivel del mar en todo el mundo en 2,2 mm en solo dos meses.

Según los datos de los satélites, la capa de hielo de Groenlandia perdió una cantidad récord de hielo en 2019: una media de un millón de toneladas por minuto a lo largo del año. Si toda la capa de hielo de Groenlandia se derritiera, el nivel del mar aumentaría seis metros.

Por su parte, el continente antártico contribuye con aproximadamente 1 milímetro al año al aumento del nivel del mar, lo que supone un tercio del aumento global anual. Según datos de 2023, el continente ha perdido aproximadamente 7,5 billones de toneladas de hielo desde 1997. Además, la última plataforma de hielo totalmente intacta de Canadá en el Ártico se derrumbó recientemente, tras perder unos 80 kilómetros cuadrados —o el 40 %— de su superficie en un periodo de dos días a finales de julio, según el Servicio Canadiense del Hielo.

La Antártida ha perdido aproximadamente 7,5 billones de toneladas de hielo desde 1997.

El aumento del nivel del mar tendrá un impacto devastador en quienes viven en las regiones costeras: según el grupo de investigación y defensa Climate Central, el aumento del nivel del mar en este siglo podría inundar las zonas costeras que ahora albergan a entre 340 y 480 millones de personas, obligándolos a emigrar a zonas más seguras y contribuyendo a la superpoblación y a la presión sobre los recursos en las zonas a las que emigran. Bangkok (Tailandia), Ciudad Ho Chi Minh (Vietnam), Manila (Filipinas) y Dubái (Emiratos Árabes Unidos) se encuentran entre las ciudades con mayor riesgo de subida del nivel del mar e inundaciones.

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9. Acidificación de los océanos

El aumento de la temperatura global no solo ha afectado a la superficie, sino que también es la principal causa de la acidificación de los océanos. Nuestros océanos absorben alrededor del 30 % del dióxido de carbono que se libera a la atmósfera terrestre. A medida que se liberan mayores concentraciones de emisiones de carbono debido a actividades humanas como la quema de combustibles fósiles, así como a los efectos del cambio climático global, como el aumento de la frecuencia de los incendios forestales, también lo hace la cantidad de dióxido de carbono que se absorbe de nuevo en el mar.

El más mínimo cambio en la escala de acidez puede tener un impacto significativo en la acidez del océano. La acidificación oceánica tiene efectos devastadores en los ecosistemas y especies marinas, en sus cadenas alimenticias, y provoca cambios irreversibles en la calidad del hábitat. Cuando los niveles de acidez (pH) son demasiado bajos, los organismos marinos como las ostras, sus conchas y sus esqueletos pueden incluso empezar a disolverse.

Sin embargo, uno de los mayores problemas medioambientales derivados de la acidificación oceánica es el blanqueamiento de los corales y la consiguiente pérdida de arrecifes de coral. Este fenómeno se produce cuando el aumento de la temperatura del océano altera la relación simbiótica entre los arrecifes y las algas que viven en ellos, ahuyentando a las algas y provocando que los arrecifes de coral pierdan sus vivos colores naturales. Algunos científicos han estimado que los arrecifes de coral corren el riesgo de desaparecer por completo en 2050. Una mayor acidez en el océano obstaculizaría la capacidad de los sistemas de arrecifes de coral para reconstruir sus exoesqueletos y recuperarse de estos episodios de blanqueamiento.

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10. Agricultura tradicional

Los estudios han demostrado que el sistema alimentario mundial es responsable de hasta un tercio de todas las emisiones de gases de efecto invernadero causadas por el ser humano, de las cuales el 30 % proviene de la ganadería y la pesca. La producción de cultivos libera gases de efecto invernadero, como el óxido nitroso, debido al uso de fertilizantes.

Un grupo de 28 agricultores de Machakos, Kenia, cultiva una parcela de 4 acres donde producen naranjas, aguacates, verduras y maíz. (Foto: Wikimedia Commons)

El 60 % de la superficie agrícola mundial se dedica a la ganadería, aunque solo representa el 24 % del consumo mundial de carne.

La agricultura no solo ocupa una gran cantidad de tierra, sino que también consume una gran cantidad de agua dulce, otro de los mayores problemas medioambientales de esta lista. Las tierras cultivables y los pastos cubren un tercio de la superficie terrestre y, en conjunto, consumen tres cuartas partes de los limitados recursos de agua dulce del mundo.

Los científicos y ecologistas han advertido continuamente que debemos replantearnos nuestro sistema alimentario actual; cambiar a métodos agrícolas más sostenibles y una dieta más orientada a las plantas reduciría drásticamente la huella de carbono de la industria agrícola convencional.

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11. Degradación del suelo

La materia orgánica es un componente crucial del suelo, ya que le permite absorber el carbono de la atmósfera. Las plantas absorben el CO2 del aire de forma natural y eficaz a través de la fotosíntesis, y parte de este carbono se almacena en el suelo como carbono orgánico del suelo (SOC). Un suelo sano tiene un mínimo del 3-6 % de materia orgánica. Sin embargo, en casi todo el mundo, el contenido es mucho menor.

Según las Naciones Unidas, alrededor del 40 % del suelo del planeta está degradado. La degradación del suelo se refiere a la pérdida de materia orgánica, los cambios en su condición estructural y/o la disminución de la fertilidad del suelo, y a menudo es el resultado de actividades humanas, como las prácticas agrícolas tradicionales, incluido el uso de productos químicos tóxicos y contaminantes. Si se mantiene la situación actual hasta 2050, los expertos prevén una degradación adicional de una superficie casi del tamaño de Sudamérica. Pero hay más. Si no cambiamos sus prácticas imprudentes y tomamos medidas para preservar la salud del suelo, la seguridad alimentaria de miles de millones de personas en todo el mundo se verá comprometida de forma irreversible, y se prevé que en 20 años se produzca un 40 % menos de alimentos, a pesar de que se prevé que la población mundial alcance los 9300 millones de personas.

12. Inseguridad alimentaria e hídrica

El aumento de las temperaturas y las prácticas agrícolas insostenibles han provocado una creciente inseguridad alimentaria e hídrica.

A nivel mundial, cada año se erosionan más de 68 000 millones de toneladas de tierra vegetal a un ritmo 100 veces superior al que puede reponerse de forma natural. Cargada de biocidas y fertilizantes, la tierra acaba en los cursos de agua, donde contamina el agua potable y las zonas protegidas aguas abajo.

Además, la tierra expuesta y sin vida es más vulnerable a la erosión eólica e hídrica debido a la falta de sistemas radiculares y miceliales que la mantengan unida. Un factor clave que contribuye a la erosión del suelo es el laboreo excesivo: aunque aumenta la productividad a corto plazo al mezclar los nutrientes de la superficie (por ejemplo, los fertilizantes), el laboreo es físicamente destructivo para la estructura del suelo y, a largo plazo, conduce a la compactación del suelo, la pérdida de fertilidad y la formación de costras en la superficie, lo que empeora la erosión de la capa superior del suelo.

Dado que se prevé que la población mundial alcance los 9000 millones de personas a mediados de siglo, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) prevé que la demanda mundial de alimentos pueda aumentar en un 70 % para 2050. En todo el mundo, más de 820 millones de personas no tienen suficiente para comer.

Como señaló el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, en una reunión virtual de alto nivel celebrada en 2020, «a menos que se tomen medidas inmediatas, cada vez es más evidente que se avecina una emergencia mundial en materia de seguridad alimentaria que podría tener repercusiones a largo plazo en cientos de millones de adultos y niños». Guterres instó a los países a replantearse sus sistemas alimentarios y fomentó prácticas agrícolas más sostenibles.

En cuanto a la seguridad hídrica, solo el 3 % del agua del mundo es agua dulce, y dos tercios de esa cantidad se encuentran en glaciares congelados o no están disponibles para su uso. Como resultado, alrededor de 1100 millones de personas en todo el mundo carecen de acceso al agua, y un total de 2700 millones sufren escasez de agua durante al menos un mes al año. Para 2025, dos tercios de la población mundial podrían enfrentarse a la escasez de agua.

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13. Moda rápida y residuos textiles

La industria de la moda es responsable del 10 % de las emisiones globales de carbono, lo que la convierte en uno de los mayores problemas medioambientales de nuestro tiempo. Solo la moda produce más emisiones de gases de efecto invernadero que los sectores de la aviación y el transporte marítimo juntos, y casi el 20 % de las aguas residuales mundiales, es decir, alrededor de 93 000 millones de metros cúbicos procedentes del teñido de textiles, según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente.

Además, se estima que el mundo genera 92 millones de toneladas de residuos textiles cada año, una cifra que se espera que aumente hasta los 134 millones de toneladas anuales en 2030. La ropa desechada y los residuos textiles, la mayoría de los cuales no son biodegradables, acaban en los vertederos, mientras que los microplásticos de materiales textiles como el poliéster, el nailon, la poliamida, el acrílico y otros materiales sintéticos se filtran en el suelo y en las fuentes de agua cercanas.

También se vierten cantidades monumentales de textiles en países en desarrollo, como se puede ver en el desierto de Atacama, en Chile. Cada año llegan millones de toneladas de ropa procedentes de Europa, Asia y América. En 2023, se vertieron 46 millones de toneladas de ropa desechada, que se dejaron pudrir allí, según las estadísticas de la aduana chilena.

Fábrica de ropa en Filipinas. (Foto: OIT Asia-Pacífico/Flickr)

Este problema, que crece rápidamente, se ve agravado por el modelo de negocio de la moda rápida, en constante expansión, en el que las empresas se basan en la producción barata y rápida de ropa de baja calidad para satisfacer las últimas y más novedosas tendencias. Si bien la Carta de las Naciones Unidas para la Acción Climática en la Industria de la Moda prevé que las empresas de moda y textiles signatarias se comprometan a alcanzar emisiones netas cero para 2050, la mayoría de las empresas de todo el mundo aún no han abordado su papel en el cambio climático.

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14. Inteligencia artificial

En el informe sobre riesgos globales para 2025 del Foro Económico Mundial, el cambio climático y los riesgos relacionados con la inteligencia artificial (IA) encabezan la lista de los 10 principales riesgos globales para la próxima década. El informe también señala las interconexiones entre los riesgos económicos, geopolíticos y sociales con los riesgos medioambientales y tecnológicos.

En 2025 se ha producido un enorme crecimiento de las tecnologías de IA en todo el mundo, que están beneficiando a los ámbitos climáticos, desde la predicción meteorológica y la conservación hasta la reducción del riesgo de desastres. Sin embargo, esta tecnología conlleva graves implicaciones medioambientales y éticas, lo que alimenta la preocupación por su crecimiento, en gran medida no regulado.

El impacto medioambiental de la IA se deriva del consumo de energía en el entrenamiento de los modelos de IA, la inferencia del uso diario de las herramientas de IA, el consumo de agua para refrigerar los centros de datos que la alimentan y la huella de carbono del hardware. El director ejecutivo de OpenAI, Sam Altman, reveló recientemente que el simple hecho de decir «por favor» y «gracias» a ChatGPT añade decenas de millones en costes informáticos debido al mayor consumo de energía.

Según se informa, Open AI consumió unos 1287 MWh de electricidad para entrenar su modelo GPT-3, lo que equivale a la energía necesaria para abastecer a más de 120 hogares estadounidenses durante un año. Debido al gran volumen de consultas que se procesan a diario, la inferencia representa más del 60 % de la huella de carbono total de la IA.

Un estudio sobre la huella hídrica de la IA destacó que, dependiendo de cuándo y dónde se implemente la IA, GPT-3 consume una botella de agua de 500 ml por cada 10-50 respuestas de longitud media. El mismo estudio también reveló que se prevé que la extracción de agua del uso global de la IA alcance entre 4200 y 6600 millones de metros cúbicos en 2027, lo que supera entre 4 y 6 veces la extracción total anual de agua de Dinamarca.

A pesar de estos impactos, todavía no existe un método estandarizado para medir las emisiones relacionadas con la IA debido a la falta de transparencia de los proveedores, la variabilidad de la intensidad de carbono de las redes eléctricas locales y la diversidad de las herramientas de IA en uso. Por lo tanto, aunque el atractivo del potencial de la IA es innegable, debemos afrontar de frente su impacto negativo.

15. Sobrepesca

Más de 3000 millones de personas en todo el mundo dependen del pescado como su principal fuente de proteínas. Aproximadamente el 12 % de la población mundial depende de la pesca de una forma u otra, y el 90 % de ellos son pescadores a pequeña escala, es decir, una pequeña tripulación en un bote, no en un barco, que utiliza redes pequeñas o incluso cañas y carretes y señuelos no muy diferentes de los que probablemente utiliza usted. De los 18,9 millones de pescadores que hay en el mundo, el 90 % pertenece a esta última categoría.

La mayoría de las personas consumen aproximadamente el doble de alimentos que hace 50 años y hay cuatro veces más personas en la Tierra que a finales de la década de 1960. Este es uno de los factores que ha llevado a que el 30 % de las aguas de pesca comercial se clasifiquen como «sobreexplotadas». Esto significa que las reservas de las aguas pesqueras disponibles se están agotando más rápido de lo que pueden reponerse.

La sobrepesca tiene efectos perjudiciales para el medio ambiente, como el aumento de las algas en el agua, la destrucción de las comunidades pesqueras, la contaminación de los océanos y tasas extremadamente altas de pérdida de biodiversidad.

Como parte del Objetivo de Desarrollo Sostenible número 14 (ODS 14) de las Naciones Unidas, la ONU y la FAO están trabajando para mantener la proporción de las poblaciones de peces dentro de niveles biológicamente sostenibles. Sin embargo, esto requiere una regulación mucho más estricta de los océanos del mundo que la que ya existe.

En julio de 2022, la Organización Mundial del Comercio prohibió las subvenciones a la pesca para reducir la sobrepesca mundial en un acuerdo histórico. De hecho, las subvenciones para combustible, artes de pesca y construcción de nuevos buques solo incentivan la sobrepesca y, por lo tanto, representan un enorme problema.

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16. Minería de cobalto

El cobalto se está convirtiendo rápidamente en el ejemplo definitivo del dilema de los minerales que se encuentra en el centro de la transición hacia las energías renovables. Como componente clave de los materiales de las baterías que alimentan los vehículos eléctricos (VE), el cobalto se enfrenta a un aumento sostenido de la demanda a medida que avanzan los esfuerzos de descarbonización. El mayor proveedor mundial de cobalto es la República Democrática del Congo (RDC), donde se estima que hasta una quinta parte de la producción procede de mineros artesanales.

La minería del cobalto, sin embargo, está asociada a la peligrosa explotación de los trabajadores y a otros graves problemas medioambientales y sociales. Las regiones meridionales de la RDC no solo albergan cobalto y cobre, sino también grandes cantidades de uranio. En las regiones mineras, los científicos han observado altos niveles de radiactividad. Además, la extracción de minerales, al igual que otras actividades mineras industriales, suele producir contaminación que se filtra en los ríos y fuentes de agua vecinos. Se sabe que el polvo de la roca pulverizada también causa problemas respiratorios a las comunidades locales." 

(by Deena Robinson , Martina Igini  , Earth.org, 09/01/26, traducción DEEPL, enlaces y gráficos en el original)