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20.12.25

El triunfo de Kast en Chile forma parte de la ola de ira que ha barrido América Latina desde El Salvador hasta Argentina... Es consecuencia del colapso de la agenda liberal que intentó mantener rígidas políticas de austeridad económica junto con programas sociales limitados, y es el resultado del fracaso de la izquierda a la hora de construir una agenda sólida que satisfaga las demandas de los levantamientos sociales que han estallado puntualmente contra la austeridad y la jerarquía... A pesar del fin de la dictadura militar hace treinta y cinco años, las estructuras establecidas por Pinochet siguen vigentes... Pinochet privatizó una de las principales empresas mineras, la Sociedad Química y Minera (SQM), que fue adquirida por su yerno Julio Ponce Lerou (entonces casado con su hija Verónica), la nieta de Pinochet dirige ahora la empresa... Estas características de la oligarquía y su consolidación durante la era Pinochet son cruciales para la prominencia y el ascenso de Kast... figuras como Kast no surgen por casualidad. Son convocadas por las élites cuando la democracia amenaza con volverse demasiado democrática, cuando el pueblo comienza a pedir dignidad en lugar de permiso... Boric no logró nada, e incluso fracasó la reforma constitucional. Al desaparecer la promesa de movilidad social para la población, especialmente para los jóvenes, aumentó el descontento. El centroizquierda perdió su legitimidad y ese descontento se convirtió una vez más en desilusión (Vijay Prashad)

 "El 14 de diciembre ocurrió lo previsible: José Antonio Kast, el candidato del partido ultraderechista Partido Republicano, se impuso a Jeannette Jara, del Partido Comunista de Chile, por un 58,16 % frente a un 41,84 %. Kast se presentó como candidato de la plataforma Cambio por Chile y contó con el respaldo de todos los partidos de la derecha tradicional y el centro-derecha. Jara, por su parte, era la candidata de Unidad por Chile, que aglutinaba a los partidos de centro-izquierda, incluido el bloque del actual presidente de Chile, Gabriel Boric, el Frente Amplio.

En la primera vuelta de las elecciones, Jara había sido la candidata líder con un 26,58 % de los votos, mientras que Kast obtuvo un 23,92 %. Pero esto era engañoso. Los dos candidatos de derecha que inmediatamente respaldaron a Kast, Johannes Kaiser (con un 13,94 %) y Evelyn Matthei (con un 12,46 %), le proporcionaron una ventaja aritmética del 50,32 %. La pregunta para Jara era si podría superar el 30 %. El hecho de que acabara con más del 40 % es en sí mismo un logro notable. No es fácil para la población chilena, impregnada de anticomunismo durante varias generaciones (especialmente durante la dictadura militar de 1973 a 1990), plantearse votar a una comunista para la presidencia, aunque su oponente sea un hombre de extrema derecha.

La llegada de Kast a La Moneda, el palacio presidencial, forma parte de la ola de ira que ha barrido América Latina desde El Salvador hasta Argentina. Su victoria no es del todo única. Es consecuencia del colapso de la agenda liberal que intentó mantener rígidas políticas de austeridad económica junto con programas sociales limitados, y es el resultado del fracaso de la izquierda a la hora de construir una agenda sólida que satisfaga las demandas de los levantamientos sociales que han estallado puntualmente contra la austeridad y la jerarquía.

El hijo de la dictadura

José Antonio Kast es producto de la larga sombra de Chile, donde el legado sin resolver de la dictadura militar se filtra en el presente. Nacido en 1966 en el seno de una familia de inmigrantes alemanes, Kast surgió de los bastiones conservadores de la política chilena, primero como miembro de la Unión Democrática Independiente, el partido más fiel al proyecto de Augusto Pinochet. Su formación política es inseparable de esa historia: una defensa impenitente del orden neoliberal impuesto por la fuerza y un autoritarismo moral disfrazado de «tradición».

El padre de Kast, Michael Martin Kast Schindele, sirvió en la Wehrmacht (el ejército alemán) y fue miembro del Partido Nazi. Tras la derrota de Alemania, Michael Kast huyó de la custodia aliada en Italia, regresó a Baviera, escapó del proceso de desnazificación de la posguerra y emigró a Argentina y luego a Chile a través de las rutas de escape del Vaticano. En Santiago, en 1950, Kast fundó una empresa de embutidos y amasó una fortuna. Su hijo mayor, Miguel Kast —un «chico de Chicago»— fue ministro de Trabajo y presidente del Banco Central bajo el gobierno militar del general Augusto Pinochet. Toda la familia apoyó a Pinochet. Cuando La Tercera le preguntó sobre Pinochet en 2017, José Antonio Kast respondió: «Defendí su gobierno, pero nunca tomé ni un café con él. No hay que ser muy imaginativo para pensar que, si estuviera vivo, votaría por mí. Ahora bien, si me hubiera reunido con él, habríamos tomado un té en La Moneda».

Kast no puede ser responsable de su padre. Ha dicho que el nazismo es una ideología con la que no está de acuerdo, y hay que creerle. Por otro lado, la facilidad con la que abraza la dictadura militar de Pinochet debería dar que pensar. Durante el levantamiento social en Chile en 2019, Kast se reinventó como el defensor del chileno común contra los migrantes, las feministas, los socialistas, los comunistas y las demandas mapuches contra el cruel orden social. Kast tomó prestado de la extrema derecha global: fantasías de ley y orden, nostalgia por las antiguas jerarquías de raza y género, y un desprecio despiadado por los movimientos sociales que se atreven a desafiar la desigualdad arraigada.

Lo que hace peligroso a Kast no es su originalidad, ya que no hay nada original en sus ideas ni en su lugar en la sociedad. Es su familiaridad lo que resulta peligroso. A pesar del fin de la dictadura militar hace treinta y cinco años, las estructuras establecidas por Pinochet siguen vigentes. Esto incluye la Constitución de 1980, que ahora parece eterna porque fracasaron dos intentos de revisarla (en 2022 y 2023). Es fundamental señalar que la realidad de Chile incluye las relaciones de propiedad reorganizadas durante la dictadura para favorecer a la oligarquía, incluidos los propios familiares de Pinochet. Durante la dictadura, Pinochet privatizó una de las principales empresas mineras, la Sociedad Química y Minera (SQM), que fue adquirida por su yerno Julio Ponce Lerou (entonces casado con su hija Verónica). Este tipo de piratería impulsada por la dictadura se mantuvo intacta tras el fin de la dictadura (la nieta de Pinochet dirige ahora la empresa).

Estas características de la oligarquía y su consolidación durante la era Pinochet son cruciales para la prominencia y el ascenso de Kast. Él habla un lenguaje utilizado durante mucho tiempo en Chile para justificar esta desigualdad: que los mercados son sagrados, que la disciplina es una virtud y que la memoria debe ser silenciada. En momentos de crisis, figuras como Kast no surgen por casualidad. Son convocadas por las élites cuando la democracia amenaza con volverse demasiado democrática, cuando el pueblo comienza a pedir dignidad en lugar de permiso. Tomará posesión de su cargo el 11 de marzo de 2026.

¿Volverá a levantarse Chile?

Un levantamiento social masivo que comenzó en octubre de 2019 reunió a muchos sectores de la sociedad chilena que habían sentido el duro impacto de la austeridad neoliberal. No se trató de una rebelión espontánea, sino del resultado de décadas de agravios acumulados, arraigados en la desigualdad, la privatización y la humillación social, agravios que habían sido cuestionados durante mucho tiempo por diversas fuerzas sociales organizadas en movimientos y plataformas. Esa protesta condujo a la victoria del centroizquierdista Gabriel Boric en 2021, pero el Gobierno de Boric fue simplemente incapaz de romper con el consenso y proporcionar al país una nueva agenda para los nuevos tiempos. Fue casi un gobierno interino entre un presidente de derecha (Sebastián Piñera, 2010-2014 y 2018-2022) y otro. Las calles están más tranquilas ahora que en 2019, pero las condiciones estructurales que provocaron ese levantamiento no se han desmantelado.

Cuando conocí a Boric antes de que asumiera el cargo, estaba convencido de que su gobierno sería capaz de reformar el sistema de pensiones y tal vez abordar las crisis de la sanidad, la educación y la vivienda. En realidad, no se logró nada, e incluso fracasó la reforma constitucional. Al desaparecer la promesa de movilidad social para la población, especialmente para los jóvenes, aumentó el descontento. El centroizquierda perdió su legitimidad y ese descontento se convirtió una vez más en desilusión. Existe una sensación generalizada de agotamiento político y traición. Las instituciones parecen incapaces de traducir las demandas populares en cambios reales, lo que refuerza la idea de que votar, aunque sea obligatorio, no puede inaugurar un mundo nuevo. Esta desmoralización es una fuerza social real, que llevó a una gran parte de los votantes de Jara a votar para bloquear a Kast en lugar de votar con entusiasmo por Jara.

La edad media en Chile es de 38 años. Muchos jóvenes chilenos entraron en la edad adulta en medio del levantamiento social de la última década, luego de una pandemia y, finalmente, de lo que parece ser una inflación permanente. Con el fracaso de la ratificación de una nueva Constitución y la victoria de Kast, la voz de los jóvenes chilenos que reclaman un futuro diferente se verá sin duda silenciada. Pero no permanecerá silenciada por mucho tiempo. Tendrá que aceptar el terrible programa de Kast: la continua militarización del territorio mapuche en el sur, la criminalización de las protestas y la expansión de un Estado que se prepara para la contención, no para la redistribución. La agenda de Kast no eliminará los disturbios, sino que los pospondrá por un tiempo, solo para agudizar su eventual regreso a las calles. Cuando Kast envíe a la policía a golpear a los manifestantes, sus seguidores se refugiarán sin duda en el lenguaje de la legalidad, mientras que sus oponentes hablarán de la ilegitimidad del régimen. Si Kast no puede aplicar políticas para contener la inflación y el desempleo, la desigualdad aumentará y generará su propia furia.

Si se produce un nuevo levantamiento social, ¿cuál será su tema central? ¿Y serán capaces quienes lo lideren de generar un proyecto político creíble capaz de canalizar esa ira hacia la transformación? Si no existe tal proyecto, una repetición de 2019 podría pasar de la explosión a la decepción y luego al desánimo total. Dependerá de Jara y de quienes la rodean elaborar una agenda para defender los derechos constitucionales de los ciudadanos frente al gobierno de Kast y luego dar forma a un proyecto que sea creíble y deseable. El levantamiento social de 2019 no es un capítulo cerrado, sino una frase inconclusa. Dentro de esa frase inconclusa se encuentran los años de Boric (2022-2026), que son más que nada un retraso. La dignidad sigue siendo la demanda. Puede que se reafirme, pero solo cuando se agote de nuevo la paciencia." 

( , Counter Punch, 19/12/25, traducción DEEPL

17.12.25

¿Cómo pudo el Chile del estallido social, del “no son 30 pesos, son 30 años”, de las juventudes amotinadas, la bronca atávica contra los “pacos” y la reivindicación orgullosa de la bandera mapuche, girar en redondo en un sexenio? La tragedia chilena es el resultado del fatal divorcio entre una izquierda estatal sumamente institucionalista, heredera ideológica de la nunca concluida transición postpinochetista encabezada por los partidos de la Concertación, y una izquierda social más dispersa, antiestatista, e incluso con fuertes tendencias autonomistas y anarquizantes... La izquierda social y los sujetos movilizados de forma espontánea fueron incapaces de alumbrar un proyecto estatal y plurinacional para las grandes mayorías, y la izquierda institucional (por lo general urbana, clasemediera y santiaguina), con sus atávicos reflejos de élite, vio el estallido con más temor que esperanza, incapaz de interpretarlo y traducirlo, y mucho menos de encauzarlo y capitalizarlo... El gran síntoma de ese hiato fue el rápido salvataje que Boric, contra la voluntad de su propio partido y sus bases, corrió a otorgar a Sebastián Piñera, evitando su caída, negociando una transición constituyente tutelada, y cerrando de esta manera la caja de Pandora abierta en octubre... Boric Font es el gran mariscal de la derrota chilena... estamos en presencia de un nuevo fracaso de una izquierda institucionalista y elitista, más liberal que progresista, que tras el revés constituyente y la derrota de la propuesta de reforma fiscal, decidió arrear todas las banderas reformistas y cogobernar con los mismos sectores del establishment que fueron repudiados en 2019... Otra vez, un progresismo liberal, descafeinado y timorato, vuelve a abrir las puertas a la reacción, en un déjà vu que nos retrotrae al gobierno de Alberto Fernández en Argentina, y que podría ser una constante en otros procesos político-electorales... hay un hecho siniestro y tanto más significativo: que quien llegó al poder reivindicando a Salvador Allende y su legado, le entregará la banda presidencial a sus mismos asesinos (Lautaro Rivara)

 "Algunas hipótesis sobre el ascenso ultraderechista en Chile y su reverso inevitable: el fracaso de un gobierno más liberal que progresista.

“Las masas no se repliegan hacia el vacío, sino al terreno malo, pero conocido”. La frase fue escrita hace más de 50 años, en un contexto muy diferente, por el periodista y militante revolucionario argentino Rodolfo Walsh.

Y sin embargo mantiene hoy una vigencia inusitada, y nos da una primera clave de acceso a la desconcertante paradoja chilena: ¿cómo pudo el Chile del estallido social, del “no son 30 pesos, son 30 años”, de las juventudes amotinadas, la bronca atávica contra los “pacos” y la reivindicación orgullosa de la bandera mapuche, girar en redondo en un sexenio y colocar en La Moneda al representante más conspicuo del pinochetismo, a una de las figuras más reaccionarias del bestiario derechista local, a todo aquello que, en suma, el estallido vino a impugnar?

Primera hipótesis: las masas que se insubordinaron en octubre de 2019 lo hicieron con un vago pero decidido afán refundacional, que no casualmente encontró en la propuesta constituyente su primera palabra articulada, el punto focal donde podían converger las demandas de todas las víctimas del modelo educativo, sanitario, securitario o pensional, en un país donde hasta los cursos de agua fueron privatizados por las radicalizadas reformas de ajuste estructural.

Las protestas, que se prolongaron a lo largo de varios meses, fueron la manifestación más visible y revulsiva del agotamiento del modelo neoliberal allí donde una dictadura lo impuso a sangre y fuego con Augusto Pinochet, el concurso de la CIA y los Estados Unidos y el célebre “mamotreto” (el recetario del ajuste ortodoxo) que escribieron los Chicago Boys.

Fue en Chile donde la santa trinidad del general autoritario, el economista neoliberal y el agente de inteligencia hicieron escuela. Quienes estuvimos por el Chile de aquellos estertores a comienzos del año 2020 podemos dar fe hoy, con la perspectiva que otorga la distancia, de que se trató de un movimiento radical, pero también sumamente contradictorio.

Como no podía ser de otra manera, las reivindicaciones antineoliberales se expresaron en manifestaciones políticas, societales y en subjetividades totalmente atravesadas por el neoliberalismo; la apatía, la rabia ciega, el espontaneísmo, la desconfianza, el individualismo, el rechazo a todas las formas de la política, el anti-poder, el ensimismamiento corporativo, etcétera.

¿Su gran emblema? Los personajes, disfrazados de Spiderman o de Pikachu, que solían entonces acaudillar las protestas en la “Plaza de la Dignidad”. Una especie de teatro bufo que decía y dice mucho de los niveles de desafección política al que 50 años de neoliberalismo llevaron a la sociedad chilena, que supo ser una de las más brillantes y organizadas de toda América Latina.

Fenómenos parecidos tuvimos en el ciclo de revueltas neoliberales de fines del siglo XX y comienzos del XXI, y también en toda la saga insurreccional del 2018-2019, que sacudió el mapa regional hasta ser frenada en seco por la pandemia y los regímenes de aislamiento.

Sin embargo, el estallido de 2019 no fue un rayo en cielo sereno.

Las frustraciones se venían acumulando desde hacía años y se expresaron en las demandas de las postergadas poblaciones indígenas, en las revueltas estudiantiles (de la que de hecho emergió la nueva generación progresista de la que proviene Boric), en el movimiento contra las aseguradoras privadas de fondos de pensión, o en algunos conflictos sindicales más focalizados.

Esto nos lleva a la segunda hipótesis: la tragedia chilena es el resultado del fatal divorcio entre una izquierda estatal sumamente institucionalista, heredera ideológica de la nunca concluida transición postpinochetista encabezada por los partidos de la Concertación (izquierda institucional de la que hizo parte el propio Partido Comunista, cogobernante con la antigua centroizquierda en los tiempos de Michel Bachelet y la “Nueva Mayoría”), y una izquierda social más dispersa, antiestatista, e incluso con fuertes tendencias autonomistas y anarquizantes.

Como el agua y el aceite, las dos fases del compuesto fueron revueltas por el estallido y sus postrimerías, pero nunca llegaron a sintetizarse.

La izquierda social y los sujetos movilizados de forma espontánea fueron incapaces de alumbrar un proyecto estatal y plurinacional para las grandes mayorías (y sobre todo hacerse eco de las reivindicaciones económicas más sentidas), lo que quedó en evidencia en los tropiezos de la Convención Constituyente y en el rápido ascenso, balcanización y caída de la heteróclita Lista del Pueblo, que en la elección de convencionales constituyentes de 2021 conquistó casi un millón de votos para después desintegrarse por completo.

Por el contrario, la izquierda institucional (por lo general urbana, clasemediera y santiaguina), con sus atávicos reflejos de élite, vio el estallido con más temor que esperanza, incapaz de interpretarlo y traducirlo, y mucho menos de encauzarlo y capitalizarlo.

El gran síntoma de ese hiato, y que podemos asegurar en retrospectiva que fue el acontecimiento que selló el destino del estallido, fue el rápido salvataje que Boric, contra la voluntad de su propio partido y sus bases, corrió a otorgar a Sebastián Piñera, evitando su caída, negociando una transición constituyente tutelada, y cerrando de esta manera la caja de Pandora abierta en octubre.

El resto es historia conocida: el inicio del proceso constituyente, aprobado por un 78 % de la población en 2020, derivó en un texto que fue rechazado en el “plebiscito de salida” de 2022 por el 61 por ciento de la ciudadanía.

Luego, la vendetta conservadora, encabezada por la propia tentativa constitucional de Kast y su Partido Republicano, también fue impugnada en 2023, volviendo todo a fojas cero, garantizando la continuidad de una de las cartas magnas más retrógradas de toda la región latinoamericana y caribeña.

Escribimos después de la primera vuelta electoral que Gabriel Boric Font es el gran mariscal de la derrota chilena, y lo reafirmamos. Pero debajo del mariscal siempre hay militares de menor rango, y sobre todo tendencias estructurales de larga duración que definen el teatro de operaciones.

Sin embargo, la estructura no impugna la agencia, ni mucho menos absuelve a los liderazgos. Esto nos lleva a una tercera hipótesis que surge de una pregunta nodal: ¿lo que vimos fue una derrota o más bien un fracaso? Ésta es la gran pregunta que todo analista debe hacerse frente a un retroceso de estas magnitudes.

En la derrota el enemigo impone su abrumadora superioridad económica, social, mediática, geopolítica o militar. En el fracaso, en cambio, priman los componentes internos, las contradicciones propias, las aporías, los errores no forzados, las inconsistencias ideológicas, la falta de conducción, estrategia y perspectiva. 

He aquí entonces la tercera hipótesis: lo que vimos no fue una derrota, sino que estamos en presencia de un nuevo fracaso de una izquierda institucionalista y elitista, más liberal que progresista, que tras el revés constituyente y la derrota de la propuesta de reforma fiscal, decidió arrear todas las banderas reformistas y cogobernar con los mismos sectores del establishment que fueron repudiados en 2019 (ese centro, ayer en extinción, hoy vuelve a respirar).

El liberal-progresismo chileno fracasó, y no es la primera vez que lo hace desde la nunca terminada transición postpinochetista; como “el conde” de la película de Pablo Larraín, el viejo general sigue sobrevolando el país con su capa prusiana, más vivo que muerto.

Por otro lado, es evidente que el principal pasivo de la candidata Jeanette Jara en estos comicios fue representar al gobierno en el que se desempeñó, de forma correcta, como Ministra de Trabajo.

De hecho, el exiguo historial de “conquistas” que el gobierno pudo exhibir se relacionan en buena medida a su gestión ministerial: la reducción de la semana laboral, la reforma al sistema de pensiones y el aumento del salario mínimo. Puede sonar a poco, pero en realidad fue mucho menos.

En primer lugar si tomamos el punto de partida inevitable, fincado en las expectativas sociales desatadas en octubre y en el propio programa de gobierno de la coalición entre el Frente Amplio y el PC, que proponía una reforma fiscal de avanzada, centralizar la negociación colectiva de los sindicatos pulverizada por el régimen neoliberal, un sistema de salud de carácter público y universal, condonar las millonarias deudas de los estudiantes y las familias sobre-endeudadas, promover el empleo registrado y de calidad, e incluso nacionalizar el sistema de pensiones y aumentar drásticamente el monto de las jubilaciones.

El gobierno de Boric arrió las demandas “particulares” (hoy quizás demasiado fustigadas por los desencantados de aquella gesta, como si las reivindicaciones del movimiento feminista y el pueblo mapuche fueran periféricas y subsidiarias), pero tampoco fue capaz de apuntalar las “generales” (que no eran ni son lógicamente contradictorias con las primeras).

La desigualdad apenas se redujo respecto a la presidencia de un neoliberal a ultranza como lo fue el antecesor Piñera. El empleo precario y no registrado se mantuvo en niveles altísimos. La negociación colectiva y centralizada nunca se implementó.

La reforma fiscal que debía gravar a las compañías mineras y a los sectores de ingresos altos y patrimonios holgados, durmió el sueño de los justos, por impericia legislativa y por falta de vocación a la hora de apuntalar la organización y movilización popular. La educación y la salud continuan siendo privativas y excluyentes.

Eso es lo que no se hizo. Pero para colmo de males, el exasperante gradualismo produjo conquistas en un plano legal que no se implementarán materialmente hasta los próximos años, como la reducción de la semana laboral, que sólo alcanza a la minoría de trabajadores formales, que entrará en vigor recién en 2028, o el nuevo sistema previsionial, que deja intocadas a las odiadas AFP y que comenzará a andar en 2027, con un sistema focalizado que redundará en que muchos de los pensionados tengan un aumento neto de apenas de 25 dólares.

Nadie, es evidente, vota a un gobierno por sus conquistas futuras. Pero ahora, con una coalición de gobierno ultraderechista bajo el arbitraje de Kast, lo más probable es que estos moderados avances sean barridos incluso antes de llegar a efectivizarse.

Por si quedan dudas, no se trata de demandar con el diario del lunes una radicalización abstracta y ahistórica, ni de comparar al gobierno de Boric con el de la Cuba de los años 60 o la Venezuela y la Bolivia de principios de este siglo, sino de hacerlo con sus homólogos de hoy, que como Claudia Sheinbaum o Gustavo Petro hacen parte de las mismas limitaciones de origen y de idénticas vicisitudes históricas.

En ese sentido, si lo comparamos las transferencias directas de ingresos con fines redistributivos o con las reformas estructurales impulsadas por cada gobierno, las de Boric palidecen por lo timoratas, inconsistentes y postergadas.

Ni que hablar si hacemos alusión a una política exterior que en asuntos clave como el genocidio de los palestinos en Gaza o la amenazante militarización del Gran Caribe, estuvo más cercana al extremo centro e incluso a las derechas de la región, que a la posición de las izquierdas y de otros progresismos.

Claro que a las tendencias socioeconómicas presentes en la sociedad chilena en tiempos del estallido y a los desaciertos de gobierno, debemos sumar la consideración de las grandes tendencias globales.

Como en otros países (particularmente sus vecinos), con viento de cola, una derecha “sin complejos” arriba a La Moneda, en un proceso de ramificación en donde conviven, no sin conflicto, pinochetistas de hueso colorado, paleolibertarios, tradicionalistas evangélicos y católicos, conservadores de toda ralea, derechas institucionalistas, punitivitas, xenófobos, cripto-optimistas y varios agentes del caos.

Chile tuvo lo que pocos países del mundo pudieron ostentar: un portentoso y radical proceso de movilización popular capaz de galvanizar al país y de dotar a la población de los anticuerpos necesarios para resistir el embate extremista.

Pero la oportunidad fue fatalmente desperdiciada y el país que hace seis años era una prometedora excepción, hoy expresa una de las cristalizaciones más reaccionarias de las tendencias globales en curso, con una primera vuelta electoral en donde los diferentes rostros de las derechas en ascenso cosecharon el 70 por ciento de las preferencias electorales.

La cuarta hipótesis busca explicar por qué fue la agenda de la derecha y la extrema derecha la que sin atenuantes dio la tónica del debate social y electoral: la economía y la seguridad.

Primero cabría preguntarse si una izquierda que es incapaz de hablar de economía pertenece todavía a la loable tradición iniciada por los socialistas utópicos, los anarquistas y los marxistas europeos.

En segundo lugar, decir que la frustración del estallido y la Constituyente dejó intocada la repulsa a los partidos tradicionales, y que los reflejos “anti-casta” terminaron premiando no casualmente a una figura que como Kast, pese a ser un político “tradicional”, supo romper a tiempo con la “derecha acomplejada” de la UDI y fundar su propio espacio.

Pero también a alguien que como Johannes Kaiser supo expresar lo más desbocado de la imaginería paleo-libertaria y tocar las fibras más expuestas de la frustración y el resentimiento, o a un sujeto que como Franco Parisi supo construir desde la nada un importante ecosistema mediático y territorial, en una derecha aparentemente “postideológica” que se reivindica con éxito como “ni facha ni comunacha” y seduce a sectores populares y medios emergentes.

Como decíamos al comienzo con Walsh, las masas no repliegan al vacío, sino a lo malo, pero conocido. Por eso las demandas mínimas (la economía y la seguridad) fueron las aglutinantes en esta coyuntura.

Por eso la vieja Constitución de Pinochet sobrevivió a los asedios que sufrió por derecha y por izquierda. En este escenario de desconcierto, de frustración del estallido, con una izquierda sin reflejos antagonistas, sin épica, grandes reformas ni adversarios, los chivos expiatorios resultaron sumamente convincentes: allí donde las izquierdas no tienen el valor de enfrentar (ni la capacidad pedagógica de explicar) a los enemigos verdaderos, los falsos enemigos son inmolados en su lugar: sean “comunistas”, mapuches, feministas o migrantes.

Otra vez, un progresismo liberal, descafeinado y timorato, vuelve a abrir las puertas a la reacción, en un déjà vu que nos retrotrae al gobierno de Alberto Fernández en Argentina, y que podría ser una constante en otros procesos político-electorales.

Todo esto nos lleva a la última hipótesis.

Una izquierda que ha perdido las conexiones orgánicas con las clases trabajadoras (Kast y Parisi tuvieron un mejor desempeño que el Frente Amplio y el PC en las comunas de bajos ingresos, en las periferias urbanas o en las regiones postergadas del norte minero), que dilapidó las oportunidades de ampliación democrática que ofrecía el voto obligatorio, que desconfía visceralmente de la movilización espontánea (y que corre con el resto de las élites a clausurar su ciclo), es una izquierda que eligió temer más a su pueblo que al legado del tirano y sus reencarnaciones contemporáneas.

Una izquierda que es “democrática”, “republicana” y “liberal” en lo que concierne a Venezuela y Cuba, pero profundamente autoritaria y antidemocrática en lo que hace a las comunidades mapuches militarizadas o a los jóvenes desclasados de las periferias reprimidos una y otra vez por los Carabineros.

Una izquierda que ha comprado una concepción vacía, formalista, leguleya y sin sustancia de la democracia que excluye sus fundamentos sociales y económicos, exactamente aquella concepción que establecieron los partidos de la Concertación.

Una izquierda que celebra y se regodea en el “gesto republicano” de la ritual llamada de felicitaciones entre el presidente en funciones y el presidente electo, pero que no repara en un hecho siniestro y tanto más significativo: que quien llegó al poder reivindicando a Salvador Allende y su legado, le entregará la banda presidencial a sus mismos asesinos.

“Chile, la alegría ya viene”, era el popular, pegadizo y banal estribillo que acompañó la campaña del “No” contra Pinochet en el año 1988. La alegría tardará todavía un poco más en llegar. Pero llegará."                        (Lautaro Rivara, Other News, 16/12/25)

19.11.25

Chile: ¿Otro giro a la derecha? Chile es el país más rico de América Latina en términos de PIB per cápita... su tasa de crecimiento real del PIB ha sido, en general, ligeramente superior a la del resto de América Latina, por lo que sus sucesivos gobiernos han sido relativamente estables... estos beneficios han ido a parar principalmente a los ricos de Chile. La desigualdad de ingresos es una de las peores de la OCDE, solo superada por Brasil y Sudáfrica... La participación en los ingresos del decil inferior en Chile es una de las más bajas del mundo... Boric no se enfrentó a las empresas mineras, sino que simplemente intentó (y en general fracasó) redistribuir de forma algo más equitativa la generosidad apropiada por el capital... La popularidad de Boric se desplomó. Se le culpó de todo, incluido el aumento de la delincuencia y la inmigración procedente de Venezuela, ya que millones de personas abandonaron ese país en busca de una vida mejor en Chile. Estas cuestiones parecen dominar ahora el electorado, más que la economía y el coste de la vida... El principal candidato de derecha en las elecciones, José Kast, quiere construir un muro al estilo Trump, llamado Escudo Fronterizo, con zanjas y barreras a lo largo de la frontera norte de Chile para impedir la entrada de inmigrantes... parece probable que otro gobierno de centroizquierda en Sudamérica acabe cayendo ante la extrema derecha... como dijo Milei: "En este orden mundial, Estados Unidos entiende que su bloque está en América y, sin duda, ustedes son su mayor aliado estratégico" (Michael Roberts)

 "Con el 97% del escrutinio de la primera vuelta de las elecciones presidenciales de este domingo, Jara obtiene el 26,8% de los apoyos y Kast, el 23,9%.

Jeannette Jara, del Partido Comunista y el ultraderechista José Antonio Kast confrontarán modelos opuestos por la presidencia de Chile en la segunda vuelta el 14 de diciembre.

Boric no se enfrentó a las empresas mineras, sino que simplemente intentó (y en general fracasó) redistribuir de forma algo más equitativa la generosidad apropiada por el capital. 

Chile celebra hoy elecciones generales. Alrededor de 15 millones de votantes pueden participar en la primera vuelta para elegir un nuevo presidente, la cámara baja y la mitad de los escaños del senado. El presidente en funciones, Gabriel Boric, elegido en 2021, no puede presentarse a un segundo mandato consecutivo por motivos constitucionales. Así que todo está en juego.

Boric, un antiguo activista estudiantil, obtuvo una victoria decisiva en 2021. Con una participación del 56 %, la más alta desde que el voto es voluntario, Boric, de 35 años, obtuvo el 56 % de los votos, frente al 44 % del ultraderechista Antonio Kast.

Pero esta vez, la proporción de votantes podría invertirse. Aunque la alianza de izquierda liderada por Jeannette Jara, del Partido Comunista, que fue ministra de Trabajo de Boric, va en cabeza en las encuestas, no obtendrá una mayoría absoluta en la primera vuelta, como hizo Boric. Y es probable que una serie de partidos de derecha aúnen sus votos y consigan que Kast llegue a la presidencia en la segunda vuelta, en diciembre.

Chile es el país más rico de América Latina en términos de PIB per cápita. Es miembro de la OCDE, el club de las naciones ricas, y del bloque comercial (TLCAN-T-MEC) con Canadá, México y Estados Unidos. Como resultado, su tasa de crecimiento real del PIB ha sido, en general, ligeramente superior a la del resto de América Latina, por lo que sus sucesivos gobiernos han sido relativamente estables.

Muchos economistas y teóricos políticos convencionales suelen utilizar esto para afirmar que Chile es un ejemplo de éxito económico capitalista de “libre mercado” y consideran a Chile como la “Suiza de América”.

Pero este aparente éxito solo es relativo en comparación con otras economías latinoamericanas. Además, estos beneficios han ido a parar principalmente a los ricos de Chile. La desigualdad de ingresos es una de las peores de la OCDE, solo superada por Brasil y Sudáfrica.

La participación en los ingresos del decil inferior en Chile es una de las más bajas del mundo. Solo unos pocos países, en su mayoría de América Latina, tienen una participación en los ingresos más baja para el decil inferior de la distribución, y esta participación se ha deteriorado en términos relativos en los últimos 20 años.

El relativo éxito económico de Chile siempre se ha basado en sus exportaciones de cobre y minerales. El país es el principal productor mundial de cobre desde hace más de 30 años, y cerca del 50 % de sus exportaciones proceden de productos relacionados con el cobre.

El sector minero contribuye con el 15 % del PIB de Chile y genera 200 000 puestos de trabajo. Si los precios del cobre y los minerales son altos y siguen subiendo, la economía chilena va mejor y viceversa.

La rentabilidad del capital chileno ha estado impulsada por el ciclo del cobre (...).

El período neoliberal posterior al golpe militar del general Pinochet en 1973 y tras la recesión mundial de principios de la década de 1980 logró un aumento temporal de la rentabilidad, lo que permitió al régimen mantener su control durante la década de 1980.

Finalmente, Chile volvió a la democracia en 1989, y el auge de los precios de las materias primas de la década de 2000 provocó un nuevo aumento de la rentabilidad hasta la Gran Recesión de 2008-2009.

La caída de la rentabilidad después de 2010 provocó una ralentización del crecimiento del PIB, la inversión y los ingresos, así como una mayor restricción de los servicios públicos antes de la crisis provocada por la COVID.

Con la COVID y la catástrofe sanitaria, se produjo un colapso de la economía, cuyo impacto recayó principalmente en las personas con menores ingresos y peores empleos.

Los precios del cobre se dispararon cuando terminó la recesión provocada por la pandemia, pero luego cayeron casi un 10 % durante la presidencia de Boric.

¿Por qué es probable que pierda la Alianza de Izquierda? La razón principal es que la presidencia de Boric no logró cambiar la estructura económica y las desigualdades sociales en Chile.

En las últimas décadas, se han reducido los servicios públicos, lo que ha obligado a la población a recurrir a operaciones privadas con ánimo de lucro. En particular, las pensiones están dominadas por empresas del sector privado. La mayoría de los chilenos consideran que sus ahorros para la jubilación son demasiado escasos para financiar un nivel de vida digno en la vejez.

Las “tasas de sustitución” (es decir, los ingresos por pensiones en relación con los ingresos medios por trabajo) en Chile son muy bajas en comparación con otras economías de la OCDE. En medio del alto y rápido aumento del coste de la vida desde la pandemia, junto con el limitado crecimiento de los ingresos y las bajas pensiones, muchos hogares han acumulado una deuda considerable.

Los impuestos a los ricos son bajos, por lo que la redistribución de los ingresos es menor que en casi todos los países de la OCDE y en muchas otras economías pobres.

El daño de la pandemia de COVID en la vida y los medios de subsistencia de las personas se atribuyó a Boric, al igual que a muchos gobiernos en el poder durante la COVID. Boric no se enfrentó a las empresas mineras, sino que simplemente intentó (y en general fracasó) redistribuir de forma algo más equitativa la generosidad apropiada por el capital.

Tras la pandemia, la inflación se disparó y las multinacionales y el sector empresarial chileno, el Congreso y los medios de comunicación lanzaron una incesante campaña de ataques.

La popularidad de Boric se desplomó. Se le culpó de todo, incluido el aumento de la delincuencia y la inmigración procedente de Venezuela, ya que millones de personas abandonaron ese país en busca de una vida mejor en Chile. Estas cuestiones parecen dominar ahora el electorado, más que la economía y el coste de la vida.

El principal candidato de derecha en las elecciones, José Kast, está haciendo campaña con fuerza, al estilo Trump, sobre estos temas. Kast, admirador del antiguo dictador Pinochet, se opone al derecho al aborto y al matrimonio entre personas del mismo sexo.

Quiere construir un muro al estilo Trump, llamado Escudo Fronterizo, con zanjas y barreras a lo largo de la frontera norte de Chile para impedir la entrada de inmigrantes. “Chile ha sido invadido… pero esto se ha acabado”, ha declarado Kast.

Así pues, parece probable que otro gobierno de centroizquierda en Sudamérica acabe cayendo ante la extrema derecha, como ha ocurrido recientemente en Bolivia y quizá pronto en Colombia y Perú.

Como dijo Javier Milei al ganar las recientes elecciones de mitad de mandato en Argentina, América Latina estaba viviendo un “renacimiento liberal”. Milei expresó su esperanza de que las elecciones del próximo año en varios países importantes devuelvan al poder a gobiernos conservadores y afirmó:

"Esperamos que la ola azul continúe. Ya hemos tenido suficientes rojos. El mundo actual se encamina hacia un formato diferente, en el que habrá un bloque liderado por Estados Unidos, otro liderado por Rusia y otro liderado por China. En este orden mundial, Estados Unidos entiende que su bloque está en América y, sin duda, ustedes son su mayor aliado estratégico." 

(Michael Roberts, Observatorio de trabajadores en lucha , 17/11/25, fuente Michael Roberts)

21.12.23

“No es un fracaso, son tres fracasos ¡Chile fracasó!”... una extrema izquierda ingenua y demasiado juvenil redactó el primer borrador en 2022: “Había gente muy loca. Decían: ‘¡No hay que producir minería! ¡No hay que comer carne! Los indígenas son superiores a los blancos…’ Boludeces; esto se llama woke. Es identitarismo; no es marxismo”... Lo que se pidió en el estallido social, añade, era algo más básico. “La idea de la nueva constitución era un afán de una muy amplia clase media que decía: ‘cambiemos esto para que haya un estado social y democrático de derecho como en Europa’”... “Las reivindicaciones consensuadas en el estallido social eran un sistema de sanidad pública, pensiones dignas, educación gratuita, salarios dignos, protección laboral y bienes públicos como el agua (…), pero la constitución puso hincapié en protección de género, derechos etno-nacionales y cuestiones medioambientales”... después de acordar un texto muy razonable mediante una comisión de expertos, la extrema derecha lo cambió todo y el resultado es otro fracaso”...

 "Tal vez ha sido un viaje a ninguna parte. Pero el fracaso del proceso para aprobar una nueva constitución en Chile tras el plebiscito del domingo 17 de diciembre puede ser un alivio para el maltrecho Gobierno de Gabriel Boric, dos años después de la histórica victoria electoral de la izquierda chilena en diciembre de 2021.

El rechazo por el 55,8% de los votantes del borrador de una nueva constitución redactada por la ultraderecha chilena cierra el círculo esperpéntico del proceso de renovación constitucional en Chile, puesto en marcha tras las protestas del 2019, conocidas como “el estallido social”. Hay lecciones aquí para el resto del mundo.

El principio y el final de la historia son ejemplos de una polarización de la política que puede ser más de la superestructura que de la base.

Primero la izquierda chilena redactó una constitución tan vanguardista que habría sido la carta magna perfecta para una de aquellas comunidades anarquistas extragalácticas de las novelas de ciencia ficción de Ursula K. Le Guin. Fue rechazada por la mayoría de los chilenos en el plebiscito de finales del 2022.

Luego el péndulo se desplazó al otro extremo y la derecha católica conspiratoria, encabezada por José Antonio Kast, redactó una versión de una nueva constitución aún más conservadora y neoliberal que la actual, que fue impulsada durante la dictadura de Augusto Pinochet.

“No es un fracaso, son tres fracasos”, dijo Sergio Bitar, 82 años, ministro de Salvador Allende, encarcelado en un campo de concentración en la isla Dawson del estrecho de Magallanes tras el golpe pinochetista y ministro de los gobiernos de concertación de centroizquierda tras la vuelta de la democracia. “Michelle Bachelet intentó mandar al Congreso una nueva constitución durante su segundo gobierno (2014-2018) y fracasó; luego hemos tenido la constitución de la izquierda radical que ganó a todos los partidos existentes en las elecciones a la Convención constitucional del 2022; fracasó; y la tercera, después de acordar un texto muy razonable mediante una comisión de expertos, la extrema derecha lo cambió todo y el resultado es otro fracaso”, añade. “Puedes titular tu historia: ‘¡Chile fracasó!’”

Bitar es muy crítico con lo que considera una extrema izquierda ingenua y demasiado juvenil que redactó el primer borrador en 2022: “Había gente muy loca. Decían: ‘¡No hay que producir minería! ¡No hay que comer carne! Los indígenas son superiores a los blancos…’ Boludeces; esto se llama woke. Es identitarismo; no es marxismo”.

Lo que se pidió en el estallido social, añade, era algo más básico. “La idea de la nueva constitución era un afán de una muy amplia clase media que decía: ‘cambiemos esto para que haya un estado social y democrático de derecho como en Europa’”.

“El Frente Amplio cometió un error desde el inicio. Confundieron el estallido social con un proceso prerrevolucionario, pero ha girado contra ellos”, dijo en una entrevista la semana pasada en su domicilio en Santiago.

Rene Rojas, de la Universidad SUNY, en Binghamton, Estados Unidos, realizó una crítica similar tras el rechazo en el plebiscito de 2022: “Las reivindicaciones consensuadas en el estallido social eran un sistema de sanidad pública, pensiones dignas, educación gratuita, salarios dignos, protección laboral y bienes públicos como el agua (…), pero la constitución puso hincapié en protección de género, derechos etno-nacionales y cuestiones medioambientales”, escribió entonces.

Pero las reacciones de Bitar y Rojas al fracaso de la izquierda en la redacción de la nueva constitución pueden ser demasiado simplistas. A fin de cuentas, el feminismo, las reivindicaciones de derechos de las minorías y el antirracismo eran temas centrales para las protestas de 2019, cuyo emblema era precisamente la bandera mapuche.

Vladimir Safatle, filósofo brasileño nacido en Chile, explica por qué esas cuestiones, supuestamente identitarias, son reivindicaciones universales. “Si hay algo que las protestas en Chile, en 2019, nos enseñan es que las luchas por el reconocimiento –feministas, indigenistas, antirracistas– son una parte necesaria y decisiva de la lucha de clases”. “Las derrotas por la flexibilización de los derechos de los trabajadores, por ejemplo, son derrotas para la lucha feminista (…). Lo que Chile muestra es que la lucha feminista consigue su fuerza máxima cuando expone su dimensiones de lucha de clase”, explica Safatle. “Esas luchas por el reconocimiento son fundamentales para la igualdad y la justicia social y no son luchas de identidad; son luchas universales. Este universalismo no existió hasta ahora. Solo, tal vez, en la revolución haitiana (1791-1804), la Comuna de París (1871) y los primeros años de la revolución rusa (1917). Todo lo demás estaba basado en formas de expresión que vienen del colonialismo. Chile 2019 fue muy interesante porque se vio una articulación entre diferentes reivindicaciones sociales”.

Puede ser peligroso hacer concesiones a una derecha centrada en el área de las guerras culturales, donde Kast sigue el ejemplo de Trump, Bolsonaro y, ahora, Milei. “Es contradictorio centralizar el debate en las minorías (ya sea de lo trans, la cuestión de la autodeterminación mapuche, etc.) como si no fuese precisamente el entramado mediático el principal beneficiado de esto para poder imponer su línea política”, analiza Miguel Alonso Santos tras una estancia en Chile. “Desde mi punto de vista, el artículo (de Rojas) lo que hace es reproducir este problema”.

Rojas y Bitar aciertan en algo. No se comunicó bien cuáles eran las prioridades de la nueva constitución. Por ejemplo, se debería haber hecho hincapié, respecto a la comunicación de los derechos constitucionales de los mapuche, en su reivindicación central por el agua como un bien público esencial para todos los chilenos, en un país azotado por la sequía en tiempos de cambio climático.

En cuanto a Boric, las críticas de Bitar pueden ser injustas. Jugó un papel de intermediario entre la izquierda más radical que había sido reforzada en las protestas y la socialdemocracia de los gobiernos de Ricardo Lagos y Bachelet. Para ganar las elecciones a la derecha de Piñera y al centroizquierda tradicional, en un ambiente de rechazo unánime en las calles, era necesario romper con el pasado.

La clase política “se envejeció y apareció este grupo de jóvenes diciendo: ‘¡Vamos a cambiar la educación y la salud!’ Pero no saben cómo hacerlo”, dijo Andras Uthoff, uno de los economistas del periodo de la Concertación que se incorporó al gobierno de Boric para diseñar la reforma de las pensiones. Boric en realidad se mostró pragmático desde el inicio de su gobierno, cuando nombró al frente de Hacienda al socialdemócrata Mario Marcel.

Si uno pasea por Santiago en estos momentos recorre una ciudad que no se parece en nada a aquel hervidero de ideas y rebelión de hace cuatro años, cuando la gente se lanzaba a la calle todos los días.

“Se perdió el impulso; ahora es la derecha la que tiene la iniciativa”, asegura Alejandro, peluquero en la Barbería Bonehead, teñido de rubio e indumentaria postpunk. “Yo aquellos días trabajaba cerca de la Plaza de La Libertad y salía casi todos los días a la protesta; venían de todos los sectores, pero ya no”, dijo. 

El eslogan entonces era “En Chile nació el neoliberalismo y aquí morirá”. Pero dos años después de la histórica victoria electoral del joven líder de la izquierda Gabriel Boric, elegido en la estela de aquella rebelión, el nuevo lema ya del desencanto podría ser “Contra Piñera vivíamos mejor”. “De haber ganado Kast tal vez habríamos vuelto a las calles”, dice el peluquero. 

Boric personifica el desencanto. Carente de una mayoría en el Congreso, el presidente no ha podido avanzar en sus dos políticas más emblemáticas: por un lado, una reforma tributaria para combatir la desigualdad; por otro, la reforma del sistema privado de pensiones creado en la era pinochetista, elogiado por los economistas liberales –entre ellos Javier Milei, el nuevo presidente argentino– pero no por la ciudadanía chilena, cuyas irrisorias pensiones se han esfumado con la inflación. Boric tampoco ha podido cumplir con sus promesas de corregir algunas de las injusticias del sistema de enseñanza y sanidad. Pero, tras dos años horribles, el presidente chileno puede haber tocado fondo. En las últimas encuestas, tras un éxito consensuado en la organización de los Juegos Panamericanos, Boric ya sube en popularidad. La derrota del borrador de constitución de la ultraderecha dejará apartada la cuestión constitucional y permitirá que el presidente recupere protagonismo.

Aún más importante: el ajuste económico llega a su fin. La inflación ha bajado del 15% al 4,8%. Y el déficit fiscal ya está bajo control. Tras una recesión en 2022, se ven brotes verdes concretos. Hay esperanza también de que Chile pueda beneficiarse como proveedor de las materias primas esenciales –cobre, litio e hidrógeno verde– para la transición energética.  

Queda por ver si Boric puede aprovechar una economía más boyante para recuperar el apoyo de los que más han sufrido la inflación en un país cuyo salario mínimo es de 420 euros. En Vitacura, junto a un concesionario de BMW, Mercedes y algún que otro Maserati, se celebran las bodas de la élite en el restaurante Aurora. El vigilante del aparcamiento nos explica el problema: “Yo pago ya casi todo mi salario en alquiler y los alimentos han subido tanto que a veces no puedo comer”. Dentro del restaurante se celebraba una boda con exquisitos platos lujosos."                     (Andy Robinson , CTXT, 20/12/23)

10.5.23

Del dominio de la izquierda al auge de los herederos de Pinochet: claves del triunfo de la ultraderecha en Chile... se abren las puertas para que se constitucionalicen las AFP (administradoras de fondos de pensión, régimen previsional privado) y las isapres (prestadoras privadas de salud)... un aspecto decisivo: la prensa tradicional y los canales de televisión, “todos de derecha”, y el poderío económico de los conservadores para enmarcar el debate público. Boric ha tenido enormes problemas para que sus argumentos llegaran con claridad en ambos procesos constituyentes, el fracasado y el actual

 "En septiembre de este año se cumplirán 50 años del golpe de Estado contra el socialista Salvador Allende. La dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990) sentó un hito en el mundo en cuanto a un ensayo de apertura económica draconiana apoyado sobre un régimen represivo que dejó más de 3.000 asesinados y desaparecidos. Después de tres décadas de democracia y cuatro años de protestas históricas que parecían enterrar los resabios de aquel período atroz, los chilenos han otorgado a los herederos políticos del pinochetismo la llave para redactar una nueva Constitución.

Las elecciones del domingo para elegir los 50 consejeros constituyentes dejaron 23 asientos al ultraderechista Partido Republicano (PR), liderado por el reivindicador de Pinochet José Antonio Kast. La alianza gobernante de izquierda Unidad para Chile se ha quedado con 16 escaños y Chile Seguro, conformado por los partidos de derecha Renovación Nacional, Unión Demócrata Independiente y Evolución Política, ha obtenido los restantes 11 asientos. 

 Con esa configuración, la suma del PR y Chile Seguro -formaciones con muchos puntos en común- se garantiza quórum suficiente para sesionar y aprobar el texto. Por sí solo, el PR tendrá poder de veto en caso de un improbable acuerdo entre la derecha tradicional y el bloque de izquierda.

Razones del cambio

Este puerto de llegada luce irreconocible en el contraste de octubre de 2019, cuando millones de chilenos se volcaron a las calles en las mayores movilizaciones desde el fin de la dictadura, o con las masivas protestas contra la desigualdad educativa protagonizadas por estudiantes secundarios y universitarios en los 15 años previos. 

 Parecía llegar a su fin el régimen político de la transición entre un bloque de centroizquierda, conformado por los partidos Demócrata Cristiano, Socialista, Radical y Por la Democracia; y otro conservador, de los partidos surgidos con el pinochetismo Unión Demócrata Independiente (UDI, derecha dura) y Renovación Nacional (centroderecha). (...)

En octubre de hace cuatro años y hasta que llegó la pandemia, buena parte de los 19,6 millones de chilenos se volcaron a las calles. Reclamaban cambios radicales en aspectos de su vida cotidiana como el derecho a la salud, a la jubilación, al transporte y a la educación, todos ellos administrados en gran medida por empresas privadas. Las afirmaciones de la esposa del entonces presidente conservador Sebastián Piñera, Cecilia Morel, dejaron en evidencia la visión de parte de este sector de la sociedad: “Es como una invasión alienígena”.

Al Chile Despertó de octubre de 2019 le siguió, pasado el pico del coronavirus, la elección de una convención constituyente en la que arrasó la izquierda no tradicional. Y luego, en diciembre de 2021, la consagración del joven Gabriel Boric como presidente, un líder estudiantil con ideas, lenguaje, marco cultural y fisonomía alejados de la “casta” dirigencial que había dominado la vida política.

Boric puso un pie en La Moneda y la ola se revirtió. Apenas pudo avanzar con sus objetivos redistribucionistas de la riqueza y se vio forzado a renovar el elenco de Gobierno una y otra vez. La Constitución redactada por la izquierda fue rechazada por amplio margen. Para ganar gobernabilidad, sumó a dirigentes del tradicional Partido Socialista a ministerios clave y movió la dirección de su gobierno al centro.

El Ejecutivo del Frente Amplio y el Partido Comunista afronta desde hace meses un debate enardecido por un agravamiento de las estadísticas delictivas pese a que Chile sigue exhibiendo, junto a Argentina, el índice de homicidios más bajo de Sudamérica. El presidente actúa a la defensiva y se limita a pulir los aspectos más filosos de medidas y leyes contra la inmigración y a favor de la mano dura policial que impulsa y logra aprobar la derecha.

Así se ha llegado al punto de que en diciembre los chilenos están llamados a las urnas para optar entre mantener la Constitución de Pinochet o aprobar un texto que será redactado por quienes reivindican el legado del dictador.

Los peligros de la ultraderecha

La relativa autarquía de la derecha para redactar el nuevo texto constitucional que reemplace el aprobado por Pinochet en 1980, con el único límite del referéndum obligatorio del 17 de diciembre próximo, abre las puertas para que “se constitucionalicen las AFP (administradoras de fondos de pensión, régimen previsional privado) y las isapres (prestadoras privadas de salud)”, advierte a elDiario.es desde Santiago Claudia Heiss, directora de la carrera de Ciencias Políticas de la Facultad de Gobierno de la Universidad de Chile.

Si eso ocurre, se daría la paradoja de que lo que aparecía como un rechazo mayoritario a sistemas que generan desigualdad y desprotección, génesis del estallido social, termine consolidando un modelo que tiene a grandes capitales privados nacionales y extranjeros como amos y señores. Para Heiss, la demanda de protección sigue vigente, pero para Kenneth Bunker, director de la consultora privada Politico Tech Global, ha cambiado el escenario: “Había una narrativa que las isapres eran negativas para el país, pero ya en el anterior plebiscito, una mayoría dijo que, si la alternativa era la que le proponían, prefería lo actual”. (...)

Kast, como muchos políticos de su vertiente, rechaza la etiqueta de “ultraderecha” y afirma representar “el sentido común”. Ello no es óbice para que niegue que el régimen de Pinochet haya sido una dictadura, reivindique su legado económico, monte su campaña sobre el combate a los mapuches y se refiera a las protestas de 2019 como meros actos delictivos. (...)

Entre lo que prometía octubre de 2019 y el resultado de las urnas de mayo de 2023 hay un abismo. “Es un voto reactivo, con un componente de rechazo muy importante a lo establecido y que viene en piloto automático desde el estallido social. Creció el anhelo de orden y estabilidad y el Partido Republicano ha sabido alimentarse de un discurso que asocia las protestas sociales con la inseguridad. Para ellos son casi lo mismo. Se montaron sobre un problema existente que logró instalarse como excluyente. Esta elección fue mucho más por la inseguridad que por la Constitución”, sostiene Heiss, de la Universidad de Chile.

Según la Subsecretaría de Prevención del Delito, la tasa de homicidios cada 100.000 habitantes llegó a 4,6 en 2022, aunque otras estadísticas la ubican algo más alta. El indicador oficial creció, pero es similar al de Argentina, la mitad que el de Uruguay, un tercio que el de Brasil y mucho menor que el de Colombia, Venezuela y la mayoría de los países centroamericanos.

“En medio de una erosión social profunda, crisis de seguridad, economía que se descontrola, migración ilegal que avanza en el Norte (sobre todo, de venezolanos), el trade off de apoyar a un gobierno que hizo promesas sociales que no pudo cumplir es negativo”, dice Bunker. “Hoy, todos los indicadores sociales son peores que antes del estallido social”, resume el analista.

¿Se puede atribuir esa situación al contexto general como la guerra en Ucrania? “En parte, sí, pero Chile partió de una situación mejor que la de otros países y ahora está con inflación de dos dígitos y datos de violencia que están peor que nunca antes. Hubo actores políticos que lo permitieron”, argumenta el titular de Politico Tech Global.

Heiss apunta otro aspecto decisivo: la prensa tradicional y los canales de televisión, “todos de derecha”, y el poderío económico de los conservadores para enmarcar el debate público. El mandatario de izquierda ha tenido enormes problemas para que sus argumentos llegaran con claridad en ambos procesos constituyentes, el fracasado y el actual.

Ayuso, del CIDOB, pone el acento en un castigo que excede al gobierno de Boric y alcanza a la centroderecha y la centroizquierda, y se traduce también en el 21,5% sumado entre los votos nulos y blancos. “Son sectores no interpelados por quienes se opusieron al anterior referéndum, lo que sumado a una polarización mayor, hace más difícil llegar a una constitución de consenso”. Y agrega: “El voto nulo tiene dos lecturas, castigo o indiferencia. El de castigo es malo para partidos, pero el de indiferencia es peor”.(...)

 Pese al resultado negativo, Boric, de 37 años, podría encontrar un rumbo para enfrentar a un Kast que previsiblemente liderará a partir de ahora a toda la derecha, incluido su partido de origen, UDI, y Renovación Nacional. Ayuso remarca que los sectores de centroizquierda que se habían separado de su liderazgo o se mantuvieron críticos de su gobierno de entrada “han quedado anulados”.

“Boric es un líder con cierta credibilidad” y probablemente, “la izquierda más activa entiende que es lo máximo que va a conseguir”, añade. Una delicada cornisa por la que el presidente deberá recorrer sus próximos tres años en La Moneda."                (Sebastián Lacunza, eldiario.es, 08/05/23)

6.9.22

¿Adónde fue a parar el apoyo al proceso constituyente chileno? Una constitución establece unos marcos generales de derechos y deberes a desarrollar para todos, no diseña una ficción desde el imaginario de lo diverso... El problema de hacer una constitución con apellidos es que dejas abierta la puerta a que cada cual, cuando cambie la correlación de fuerzas, quiera imponer los suyos... una izquierda no ha votado a favor porque ha detectado estos problemas: buscar la diferencia antes que la igualdad

Daniel Bernabé @diasasaigonados

Una constitución nunca es neutra, es el producto de un equilibrio de fuerzas socioeconómico más que parlamentario. Desde ahí, una constitución establece unos marcos generales de derechos y deberes a desarrollar para todos, no diseña una ficción desde el imaginario de lo diverso.

Además una constitución debe ser perdurable en el tiempo, no ser susceptible de enmienda al instante. El problema de hacer una constitución con apellidos es que dejas abierta la puerta a que cada cual, cuando cambie la correlación de fuerzas, quiera imponer los suyos.

El resultado no es el triunfo de una derecha que, sin duda, ha votado en contra por inmovilismo, sino, atendido al referéndum derogatorio, el resultado de una izquierda que no ha votado a favor porque ha detectado estos problemas: buscar la diferencia antes que la igualdad.

2:30 a. m. · 5 sept. 2022
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"(...) Los votantes chilenos rechazaron una propuesta de 170 páginas y 388 artículos que habría legalizado el aborto, instaurado la atención médica universal, exigido paridad de género en el gobierno, otorgado mayor autonomía a los pueblos indígenas, empoderado a los sindicatos, fortalecido las regulaciones sobre la minería y brindado derechos a la naturaleza y los animales.

La carta magna propuesta habría consagrado más de 100 derechos, más que cualquier otra constitución en el mundo, entre ellos, el derecho a la vivienda, la educación, el aire limpio, el agua, la alimentación, la salud, el acceso a internet, las prestaciones de jubilación, la asesoría legal gratuita y los cuidados “desde el nacimiento hasta la muerte”.

Y habría eliminado el Senado, fortalecido los gobiernos regionales y permitido que los presidentes chilenos se postularan por un segundo mandato consecutivo.

El texto incluía compromisos para luchar contra el cambio climático y proteger el derecho de los chilenos a elegir su propia identidad “en todas sus dimensiones y manifestaciones, incluyendo las características sexuales, identidades y expresiones de género, nombre y orientaciones sexoafectivas”.

La ambición de la propuesta constitucional, y su inclinación decididamente de izquierda, desanimó a muchos chilenos, incluidos muchos de los que habían votado a favor de reemplazar la carta magna actual. Hubo una incertidumbre generalizada sobre sus implicaciones y costos, incertidumbre en parte alimentada por información engañosa: se afirmó que el documento habría prohibido la propiedad de vivienda y que el aborto sería legal en el noveno mes de embarazo.

 Los economistas estimaron que los cambios propuestos costarían del 9 al 14 por ciento de los 317.000 millones del producto interno bruto de Chile. Por mucho tiempo, el país ha sido uno de los países con menor gasto relativo en servicios públicos entre las principales democracias.

Muchos votantes se oponían particularmente a la definición de Chile como un Estado “plurinacional”. Esto significaba que 11 pueblos indígenas, que representan casi el 13 por ciento de la población, podrían haber sido reconocidos como naciones autónomas dentro del país, con sus propias estructuras de gobierno y sistemas judiciales. La propuesta se convirtió en una pieza clave de la campaña para rechazar la carta magna.

Las cinco regiones donde la propuesta constitucional fue rechazada de manera más contundente se encuentran en el sur, donde el conflicto violento entre la industria maderera y los activistas indígenas ha durado años. (...)

Pero fue el comportamiento, muy difundido, de algunos de los constituyentes lo que podría haber ahuyentado aún más a los chilenos. Se dio a conocer que un miembro de la convención estaba fingiendo un diagnóstico de cáncer que había utilizado en su campaña electoral. Otro constituyente tomó una ducha con la cámara encendida durante una votación remota.

Patricio Fernández, un escritor de izquierda que fue miembro de la convención, dijo que lamentaba que esas noticias pudieran haber ayudado a perjudicar una oportunidad histórica para su país. (...)"    

(, corresponsal en Sudamérica, pasó la semana pasada en Chile, The New York Times, 04/09/22) 

 

 "Lo que hace un año parecía que sería un trámite para validar el proceso constituyente ha terminado siendo una dura derrota para las fuerzas progresistas chilenas, con el Rechazo arriba del Apruebo por casi 25 puntos porcentuales en un referéndum con voto obligatorio (a diferencia de elecciones anteriores) y participación récord. Diversos referentes del Rechazo salieron a festejar el triunfo contra el «revanchismo», el «octubrismo radical» y un texto constitucional «refundacional» y opuesto al «alma de Chile» y al «sentido común de los chilenos».

¿Cómo un proceso que comenzó con un nivel de apoyo pocas veces visto en la historia nacional terminó truncado? ¿Adónde fue a parar el apoyo al proceso constituyente?

 Este proceso constitucional comenzó el 15 de noviembre de 2019. Como resultado de un masivo estallido social en octubre de ese año, un acuerdo transversal de la política chilena fijó un calendario para la redacción de una nueva Constitución. El primer hito de este calendario fue un plebiscito en el que los chilenos votaron por aplastante mayoría, más de 78%, por terminar con la Constitución vigente en Chile, y decidieron que el órgano a cargo de redactar la nueva Constitución fuera una Convención Constitucional cuyos integrantes serían electos para ese fin. Estos resultados eran verdaderamente impresionantes, no solo en términos del porcentaje de votos, sino también por su distribución territorial. En solo cinco de las 346 comunas del país ganó el rechazo al proceso constituyente. (...)

Se estableció que la Convención Constitucional sería paritaria en género, con cuotas para pueblos originarios y, en sintonía con un fuerte sentimiento antipartidos de la movilización de octubre de 2019, con algunas facilidades para las candidaturas independientes. En particular, se les permitió a los candidatos no afiliados a partidos agruparse en listas equivalentes a las partidarias.

El resultado electoral para la Convención fue un golpe a las expectativas de quienes esperaban un retorno a la política preestallido social. Las dos coaliciones históricas tuvieron magros resultados. La derecha alcanzó un porcentaje paupérrimo de votos: 20%. Esto la dejó lejos de alcanzar el tercio de los convencionales y un potencial poder de veto. La coalición de centroizquierda vio a sus fuerzas de centro y más moderadas desplomarse. Quizás el ejemplo más notorio de esta crisis fue el de la Democracia Cristiana, que solo logró elegir a un militante de sus filas para la Convención Constitucional (el presidente del partido). Pero, por lejos, el hito más relevante de estas elecciones se produjo con un éxito contundente de los independientes ligados a la movilización social de 2019. De los 155 miembros de la Convención Constitucional, 103 no tenían militancia en la política tradicional. De este modo se terminó configurando una Convención con claras mayorías para los sectores progresistas y, en particular, para nuevas fuerzas políticas que emergieron desde el estallido social levantando banderas del feminismo, el indigenismo y un fuerte discurso antielite. 

El ánimo de la población respecto del proceso que comenzaría era muy alto. 52% describía la «esperanza» como la principal emoción que le generaba el proceso, seguida de «alegría», con 46%. ¿Qué pasó entonces con ese 78% de apoyo y la esperanza y alegría depositados en el proceso? Es probable que las fuerzas progresistas y de izquierda se pasen los próximos años intentando explicárselo.

Razones provisorias de la derrota

A medida que se liberen más datos y avance el debate, se podrá afinar más el análisis de lo que ocurrió. Por ahora, son tres las razones que parecen destacarse como explicaciones del resultado del 4 de septiembre: 

(1) El rechazo a la política de espectáculo en la Convención.

(2) La homologación de la convención con la política tradicional.

(3) La reacción de las identidades tradicionales ante la fuerza que tuvieron identidades subalternas en el proceso.

Respecto a la política del espectáculo en la Convención, esta fue una de las características que dominaron el debate. A poco andar, la Convención Constitucional comenzó a perder apoyo, sobre todo entre los votantes de derecha, que veían con recelo una suerte de cónclave de activistas de causas progresistas. En definitiva, si para los activistas dejar de movilizarse, incluso desde las esferas del poder, era una traición, para algunos electores, en particular quienes valoraban el orden, una movilización sin fin era una pesadilla. (...)

  Para algunos de estos referentes, era importante presentar propuestas maximalistas, llamativas y simbólicas, aunque no contaran con los votos para ser aprobadas (por ejemplo, una convencional propuso disolver todos los poderes del Estado y reemplazarlos por órganos asamblearios). Los medios amplificaron estos actos performáticos y las propuestas más descabelladas, que fueron, además, reforzadas por campañas de desinformación en las redes sociales. (...)

Es posible que, paradójicamente, el uso y abuso de la política del espectáculo y las trifulcas testimoniales asemejaran más a los convencionales al Congreso y a la política tradicional, donde también abundan estas prácticas. En cualquier caso, ciertamente los alejaban de la imagen de representantes más eficaces que los políticos tradicionales en llegar a acuerdos y sacar adelante demandas ciudadanas. A su vez, en medio del proceso constituyente hubo una elección presidencial que significó un cambio de signo del gobierno. El nuevo gobierno estaba fuertemente asociado a la génesis del proceso constituyente, y en particular el presidente Gabriel Boric en su rol como diputado. Estar contra el proceso constituyente pasó a ser una forma de ser oposición al nuevo gobierno. Parte de la energía contra la institucionalidad política había pasado al lado del Rechazo.

Respecto de la reacción de identidades tradicionales, el primer artículo del propuesto texto constitucional consagraba a Chile como un «Estado social y democrático de derecho» y se afirmaba que además este Estado sería «plurinacional, intercultural y ecológico». Junto con la definición de Chile como un Estado plurinacional, se les reconocía algunos derechos colectivos a las comunidades indígenas y se instauraría un sistema de justicia indígena.

Después del juicio negativo sobre los constituyentes, la razón que más se repite entre los que apoyaron el Rechazo es la plurinacionalidad. En línea con esta visión, una vez entregado el texto constitucional, las dos propuestas peor evaluadas, según la encuesta Espacio Público-IPSOS, fueron el Estado plurinacional y la creación de un sistema de justicia indígena.

Así, el sector del Rechazo logró consolidar una base de apoyo en torno de identidades tradicionales de la chilenidad que se sentían amenazadas por la noción de plurinacionalidad. Esto se vio reforzado por algunas acciones y performances de convencionales, incluidos comentarios o acciones despectivas relacionadas con el himno, la bandera y demás símbolos patrios. (...)

El segundo plebiscito

De cara al plebiscito de salida, no hubo mayores sorpresas en el ordenamiento orgánico de las fuerzas políticas. Desde la Democracia Cristiana hacia la izquierda, todos los partidos se definieron por el Apruebo (aunque algunos liderazgos se rebelaron contra la posición oficial). Todos los partidos de la derecha se cuadraron con el Rechazo. Sin embargo, dentro de ambos campos había heterogeneidad.  (...)

una serie de encuestas que mostraban que no solo el Apruebo no lograba remontar la distancia con el Rechazo, sino que la gran mayoría de quienes estaban dispuestos a votar por el Apruebo consideraba necesario hacerle modificaciones al texto una vez aprobado. Bastante avanzada la campaña y con diferentes niveles de entusiasmo, estos partidos firmaron un acuerdo para llevar adelante esos campos posplebiscito. 

En definitiva, un plebiscito que tenía en la papeleta dos alternativas en realidad terminó teniendo cuatro opciones: aprobar, aprobar para reformar, rechazar y rechazar para renovar. Así, en una de las últimas encuestas públicas antes del plebiscito, realizada por Cadem, 17% de los encuestados se declaraba a favor de rechazar a secas, 35% de rechazar para renovar, 32% de aprobar para reformar y solo 12% de aprobar y aplicar el nuevo texto tal como salió de la Convención.

Este rechazo en el plebiscito de salida era muy distinto al del plebiscito de entrada. No solo era sustantivamente más significativo, sino que había penetrado en sectores de la sociedad más amplios que «las tres comunas». Según las encuestas, el Rechazo ganaba en todos los niveles socioeconómicos sin mayores diferencias y así se confirmó este 4 de septiembre. En comunas populares de la Región Metropolitana, donde el Apruebo debía arrasar, apenas logró victorias con pequeños márgenes.

 

Donde sí había diferencia era en el perfil ideológico de los votantes, con el Apruebo ganando holgadamente entre quienes se identificaban con la izquierda. El rechazo era mayoritario entre quienes se identificaban con la derecha, en el centro y entre quienes no se identificaban con el eje izquierda-derecha. También había una importante diferencia en los perfiles etarios, con el Apruebo victorioso entre los jóvenes de entre 18 y 30 años. El Rechazo ganaba en todas las demás edades. Es decir, a diferencia del plebiscito de entrada, la campaña del Rechazo había logrado conformar una alianza social y política más diversa que el Apruebo. 

¿Por qué ganó el Rechazo?

A estas alturas emergen dos grandes interpretaciones, que por cierto no son mutuamente excluyentes, para explicar la caída del apoyo al Apruebo y el alza del Rechazo: una primera pone el énfasis en el «votante mediano», que supone un quiebre abrupto con el ethos del estallido; otra, en la identidad reactiva tradicional que se consolidó contra la propuesta constitucional y que supone reconocer que el estallido tenía un componente claramente antielite pero no necesariamente «de izquierda».

En la primera interpretación, la votación del plebiscito de entrada y de los convencionales estuvo marcada por una impronta de disputa entre el pueblo y la elite. Esta configuración de la fuerza política borró en buena medida las distinciones entre izquierda y derecha y entre los distintos intereses y visiones que conviven en la ciudadanía. Sin embargo, según esta interpretación, el momento de disputa entre «arriba» y «abajo» ha concluido y, en su lugar, han vuelto las clásicas disputas entre la izquierda y la derecha. Es interesante, en este sentido, que según algunas encuestas al Rechazo se lo asociaba con el combate del narcotráfico y el crecimiento económico, mientras que al Apruebo se lo vinculaba con la redistribución de la riqueza a través de derechos sociales, atributos típicamente asociados con la derecha y la izquierda, respectivamente. 

Lo que implica esta perspectiva es que la Constitución actual estaría a «la derecha» del votante medio, mientras que la propuesta constitucional fallida estaría a su izquierda. Esto explicaría la fortaleza de las opciones de «rechazar para renovar» y «aprobar para reformar». En definitiva, en esta interpretación, el plebiscito se ganó en el centro del espectro político. Esta visión también supondría que el principal déficit del proceso constituyente fue la falta de acuerdos en algunos temas claves, como el sistema político, con la derecha de la Convención. En línea con esta visión, 77% de los encuestados declaró que prefería que los convencionales negociaran acuerdos, aunque implicara ceder en algunos temas y, a la vez, 61% percibía que los convencionales no habían cedido en sus posturas.

 La segunda perspectiva supone que se ha mantenido el ethos de disputa entre «arriba» y «abajo», pero que esta posición antielite encontró, a lo largo del proceso, su expresión de derechas. Es decir, los hechos que ocurrieron en el plazo de dos años le permitieron a la derecha disputar la rebeldía y, más aún, la indignación, que hasta ese momento había sido hegemonizada por la izquierda. En lugar de un fortalecimiento del centro moderado, ubicado en el medio entre las izquierdas y las derechas, lo que hubo es un reforzamiento y politización de identidades sociales tradicionalistas. 

Desde esta óptica, lo que refleja la fortaleza de las posiciones no polares («aprobar para reformar» y «rechazar para reformar») es que muchos ciudadanos tienen identidades sociales complejas que no mapean nítidamente en la actual disputa política. Como explica Lilliana Mason, cuando los adherentes de una posición política están nítidamente caracterizados por la homogeneidad social, hay una tendencia a la polarización afectiva. Por el contrario, la existencia de identidades complejas fomenta la despolarización. En otras palabras, es posible que para muchas personas sus identidades partidistas, de clase, de religión, de edad, de etnia o de lugar de residencia hayan «tironeado» en direcciones opuestas para este plebiscito. Esto empuja a las posiciones intermedias del debate.

Esta visión supone que el principal déficit del proceso constituyente fue la incapacidad de incorporar estas identidades tradicionales en el proceso simbólico de generar una nueva Carta Magna. En particular, habría faltado encontrar una manera de plantear el plurinacionalismo en el marco de un sentido patriótico inclusivo. Esto ciertamente es notorio en algunas de las declaraciones más destempladas de algunos convencionales y en algunas performances que, realizadas desde el poder, en lugar de rebeldía parecían ser discursos despectivos hacia las personas que tenían identidades nacionales tradicionales. Hay, también, normas constitucionales concretas que se podrían haber redactado de forma de hacer más explícita la igualdad en el marco de la diversidad. Por ejemplo, se podrían haber hecho más explícitos los bordes del sistema de justicia y de las autonomías indigenas.

La tercera es la vencida

Al parecer, existiría un consenso relativamente amplio de que el estancamiento constitucional no es una opción viable. Es más, parece haber cierto acuerdo en que un nuevo proceso constitucional tendrá que incluir participación ciudadana. Es probable que esto implique la convocatoria a una nueva Convención y un plebiscito de salida que ratifique una renovada propuesta constitucional. Es decir, es altamente probable que Chile se enfrente a un tercer plebiscito constitucional en algunos meses más. (...)"         (Noam Titelman  , Nueva Sociedad, septiembre, 2022)

22.12.21

La victoria de Boric, que detiene el avance de la ultraderecha que se ha fortalecido en la región, es resultado de la intensa transformación social provocada por el estallido iniciado en octubre de 2019... El recuento de lo ocurrido en Chile en este breve lapso emociona... porque reúne protesta social, represiones, violaciones de derechos humanos, plebiscito, elección de convencionales constituyentes, redacción de una nueva Constitución, la debacle del Gobierno, la renovación de la clase política, candidatos inesperados, el triunfo de la ultraderecha en la primera vuelta y de la izquierda en la segunda. El país cambió por completo... Todo comenzó hace apenas dos años, cuando jóvenes estudiantes comenzaron a saltar los torniquetes del metro en la ciudad de Santiago para protestar por el alza al precio del boleto... El espejismo neoliberal que hasta entonces ponía a Chile como alumno modelo se derrumbó... con el canto de sus manifestaciones: «nuestro legado será borrar tu legado»

 "El próximo 11 de marzo, el izquierdista Gabriel Boric se convertirá en el presidente más joven y el más votado de la historia de Chile.

A sus 35 años, la edad mínima que se exige en ese país para postularse a la presidencia, el diputado del Frente Amplio obtuvo el 55,9 % de los votos frente el 44 % del ultraderechista José Antonio Kast, quien, ante la contundencia de los datos dejó atrás las bravuconadas –había anticipado impugnaciones si la diferencia era acotada– y aceptó de inmediato la derrota.

La victoria de Boric, que detiene el avance de la ultraderecha que se ha fortalecido en la región, es resultado de la intensa transformación social provocada por el estallido iniciado en octubre de 2019.

 El recuento de lo ocurrido en Chile en este breve lapso emociona. Y quita el aire, porque reúne protesta social, represiones, violaciones de derechos humanos, plebiscito, elección de convencionales constituyentes, redacción de una nueva Constitución, la debacle del Gobierno, la renovación de la clase política, candidatos inesperados, el triunfo de la ultraderecha en la primera vuelta y de la izquierda en la segunda. El país cambió por completo

 El próximo 11 de marzo, el izquierdista Gabriel Boric se convertirá en el presidente más joven y el más votado de la historia de Chile.

A sus 35 años, la edad mínima que se exige en ese país para postularse a la presidencia, el diputado del Frente Amplio obtuvo el 55,9 % de los votos frente el 44 % del ultraderechista José Antonio Kast, quien, ante la contundencia de los datos dejó atrás las bravuconadas –había anticipado impugnaciones si la diferencia era acotada– y aceptó de inmediato la derrota.

La victoria de Boric, que detiene el avance de la ultraderecha que se ha fortalecido en la región, es resultado de la intensa transformación social provocada por el estallido iniciado en octubre de 2019.

El recuento de lo ocurrido en Chile en este breve lapso emociona. Y quita el aire, porque reúne protesta social, represiones, violaciones de derechos humanos, plebiscito, elección de convencionales constituyentes, redacción de una nueva Constitución, la debacle del Gobierno, la renovación de la clase política, candidatos inesperados, el triunfo de la ultraderecha en la primera vuelta y de la izquierda en la segunda. El país cambió por completo.

Todo comenzó hace apenas dos años, cuando jóvenes estudiantes comenzaron a saltar los torniquetes del metro en la ciudad de Santiago para protestar por el alza al precio del boleto. Vestidos con sus uniformes, se juntaron, gritaron, cantaron y siguieron evadiendo los molinetes. La rebeldía se contagió y replicó luego en inéditas e imparables movilizaciones masivas que pusieron en jaque al Gobierno de Sebastián Piñera.

El espejismo neoliberal que hasta entonces ponía a Chile como alumno modelo se derrumbó. A esas marchas, en las que la Plaza España de Santiago fue rebautizada como Plaza Dignidad, se sumó Boric, un joven dirigente con estudios inconclusos de abogacía que había comenzado a adquirir visibilidad pública en 2011 como presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile.

Las violentas represiones ordenadas por Piñera no amedrentaron a los manifestantes. La crisis creció a una magnitud tal que el Gobierno tuvo que ceder y convocar a un plebiscito para que la sociedad dijera si quería que se redactara una nueva Constitución que sustituyera a la que rige actualmente y que es herencia del dictador Augusto Pinochet. En octubre de 2020, un abrumador 78 % aprobó la propuesta.

Épica

Desde entonces, un canto se impuso en las manifestaciones: «nuestro legado será borrar tu legado». Era la advertencia de las y los jóvenes manifestantes al fallecido Pinochet y a sus admiradores, entre ellos Kast, defensor permanente de la dictadura.

La consigna, que Boric también repetía en esas movilizaciones, hoy tiene un dejo de profecía, porque uno de los primeros legados de su presidencia será la promulgación de la nueva Constitución, que sustituirá a la que dejó Pinochet y que ya están redactando los 155 convencionales que fueron electos en mayo pasado en un proceso que demostró la metamorfosis política que estaba ocurriendo en Chile.

El nuevo órgano, que tiene paridad de género, quedó integrado en su mayoría por militantes ajenos a los partidos políticos tradicionales, progresistas o de izquierda que designaron como su primera presidenta a la académica mapuche Elisa Loncón. Que una mujer indígena fuera electa en este cargo implicó una bisagra en la historia de los pueblos originarios chilenos tradicionalmente marginados y discriminados. Y fue otro de los resultados concretos del estallido social de 2019. (...)

Por eso no deja de ser paradójico que los resultados de la elección sean exactamente iguales a los del plebiscito que puso fin a la dictadura. En 1988, el 55 % de los chilenos dijo «no» a la posibilidad de que Pinochet siguiera en el poder. Es el mismo porcentaje que, 33 años después, votó a Boric para presidente.

Impacto

Las elecciones de Chile concitaban la atención en América Latina porque impactan en el siempre oscilante mapa político de una región en donde en la última década fueron electos en su mayoría gobiernos de derecha y comenzaron a crecer líderes de extrema derecha como Kast, que tienen en el brasileño Jair Bolsonaro a su principal modelo a seguir. 

Por eso, el presidente argentino Alberto Fernández fue uno de los primeros en celebrar la victoria de Boric. Ya lo cuenta como aliado junto al mexicano Andrés Manuel López Obrador; el boliviano Luis Arce y el peruano Pedro Castillo, quienes encabezan la oleada de políticos de diversas facetas de la izquierda que han ganado las elecciones en los últimos años.

Ahora las expectativas de los movimientos de izquierda están puestas en el avance de Gustavo Petro para las presidenciales de mayo en Colombia y, sobre todo, en la nueva postulación de Luiz Inacio Lula da Silva en octubre en Brasil.

Pero para eso falta mucho todavía.

Ahora en Chile comienza la transición de poco más de dos meses en los que Boric designará a su gabinete y se preparará para gobernar con múltiples retos inmediatos, como el hecho de no contar con mayoría en el Congreso y enfrentar las secuelas económicas de la pandemia. Mientras tanto, en su primer mensaje saludó en mapuche, habló de esperanza, responsabilidad, diálogo; derechos de las mujeres, diversidades sexuales y pueblos indígenas; responsabilidad fiscal, cambio climático, democracia, derechos humanos y unidad.

El domingo, en cuanto se conocieron los resultados las y los chilenos que salieron a protestar en masa durante estos dos años volvieron a tomar las calles, pero ahora para celebrar.

¿Qué habrán pensado anoche todas esas jovencitas que empezaron a saltarse los molinetes del metro en octubre de 2019, sin imaginarse el vendaval histórico que iban a provocar? Ya aprendieron que luchar colectivamente siempre sirve. Es una gran lección."                 (Cecilia González, Observatorio de la crisis, 20/12/21)