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13.6.26

El Banco Central Europeo vuelve a equivocarse... Elevar el coste del dinero cuando la economía no crece ni al 1% y cuando los riesgos geopolíticos están lejos de disiparse es la mala austeridad que ya arruinó a un buen número de países... las presiones inflacionarias que afectan hoy a Europa provienen de factores energéticos, geopolíticos y comerciales ajenos a la política monetaria... energético porque Europa sustituyó su dependencia del gas ruso por el gas natural licuado de Estados Unidos, lo que encareció la electricidad industrial un 58%... geopolítico porque el conflicto en Oriente Medio ha tensionado los mercados de materias primas y ha provocado un alza de los precios... comercial porque la guerra arancelaria de Trump ha encarecido nuestras importaciones... Los tres factores son choques de oferta, no de demanda y no monetarios. Los precios no están subiendo porque las familias y empresas europeas tengan demasiado dinero en el bolsillo... cuando se produce un choque de oferta, subir los tipos de interés solo tiene un efecto: reducir la demanda, el gasto, es decir, los ingresos... y provoca una transferencia de renta desde los hogares y empresas más endeudados hacia quienes perciben rentas financieras, entre ellos el sector bancario. En suma, frena la economía... puede hacer que bajen los precios. Nadie puede ponerlo en duda, pero lo hace destruyendo actividad productiva y generando aún más concentración del ingreso e inequidad... Alemania y los Países Bajos, con menor deuda pública, podrán absorber mejor el impacto. España, y sobre todo Italia, con deuda pública más elevada, se verán más afectadas. financiero... La inflación de oferta que estamos comenzando a tener requeriría instrumentos distintos para poder frenarse: políticas de regulación de precios en sectores estratégicos, intervención en los mercados energéticos para absorber los choques externos, coordinación fiscal para sostener la demanda, política industrial para reducir dependencias estructurales... Nada de eso está en el manual de instrucciones del Banco Central Europeo y en su fundamentalismo ideológico (Juan Torres López)

 "El Banco Central Europeo ha vuelto a subir los tipos de interés. Sitúa el tipo de referencia en torno al 2,50% y todo indica que en los próximos meses podría llegar incluso al 4%. Lo ha hecho invocando una vez más el mismo argumento de siempre: la inflación está por encima del objetivo del 2% y hay que frenarla. Pero vuelve a hacerlo equivocándose en el diagnóstico, en los instrumentos que podrían aliviar la subida de precios y en el momento en que actúa.

La inflación no viene de donde dice el BCE

Los bancos centrales utilizan siempre un mismo argumento para justificar la subida de tipos como vía para contener la inflación. Aunque el Banco Central Europeo reconoce formalmente la existencia de factores energéticos, geopolíticos y comerciales, sigue actuando como si la inflación terminara siendo, ante todo, un problema de exceso de demanda que debe corregirse mediante el encarecimiento del crédito.

Siendo benévolos, se puede asegurar que la premisa es, en el mejor de los casos, una verdad parcial. En el peor, una coartada teórica para aplicar el único instrumento que tiene, aunque no sirva para el problema que hay encima de la mesa.

Los datos que reflejan la realidad que tenemos ante nuestros ojos son claros. La mayor parte de las presiones inflacionarias que afectan hoy a Europa provienen de factores energéticos, geopolíticos y comerciales ajenos a la política monetaria.

El primero es energético. Europa sustituyó su dependencia del gas ruso por el gas natural licuado para convertir a Estados Unidos en su proveedor dominante. El efecto es que lo paga más caro (además de quedar en posición de mayor vulnerabilidad) y eso se ha traducido en un encarecimiento de la electricidad industrial un 58% desde 2021.

El segundo es geopolítico. El conflicto en Oriente Medio ha tensionado los mercados de materias primas y las cadenas globales de suministro están en jaque, lo que ha provocado un alza de los precios.

El tercero es comercial. La guerra arancelaria iniciada por la Administración de Trump ha disminuido la competitividad exportadora europea y encarecido nuestras importaciones.

Al subir los tipos de interés, el Banco Central Europeo no logra eliminar los factores que empujan los precios al alza

Los tres factores tienen en común algo fundamental que parece que el Banco Central Europeo es incapaz de apreciar: son choques de oferta, no de demanda y, como he dicho, no monetarios. Los precios no están subiendo porque las familias y empresas europeas tengan demasiado dinero en el bolsillo y estén comprando bienes y servicios o gastando en inversión por encima de la oferta existente (al menos, de momento). Se han producido, efectivamente, aumentos en los costes de suministro y, a partir de ahí, en los de producir y de abastecer que se están trasladando a los precios, pero eso ha sido por razones externas a la economía europea. Y cuando se produce un choque de oferta, subir los tipos de interés no reduce los costes energéticos ni detiene una guerra ni deshace aranceles. Solo tiene un efecto: reducir la demanda, el gasto, es decir, los ingresos.

Al subir los tipos de interés, el Banco Central Europeo no logra eliminar los factores que empujan los precios al alza, mientras que hace que disminuya el nivel de vida de las familias, desincentiva la inversión de las empresas cuando más falta hace y, eso sí, provoca una transferencia de renta desde los hogares y empresas más endeudados hacia quienes perciben rentas financieras, entre ellos el sector bancario. En suma, frena la economía. No es casualidad, por ejemplo, que la inversión empresarial en la eurozona lleve varios trimestres creciendo a ritmos muy inferiores a los previos a la subida de tipos y que el crédito nuevo a las empresas se haya desacelerado de forma significativa.

De esa manera, es cierto que puede hacer que bajen los precios. Nadie puede ponerlo en duda, pero lo hace destruyendo actividad productiva y generando aún más concentración del ingreso e inequidad. El BCE actúa una vez más como un médico que, para bajar la fiebre de su paciente, lo debilita en extremo sin acabar con la enfermedad. Es una terapia que en medicina tiene nombre: iatrogenia, una práctica que viola un viejo y fundamental principio terapéutico: primum non nocere (lo primero, no hacer daño). Algo que debe respetar cualquier sanitario que se precie.

Una excusa que no sirve

La única razón que aporta el BCE para justificar su práctica demoledora es la necesidad de transmitir credibilidad. Es decir, aunque sepa que la inflación no venga del exceso de demanda, sostiene que hay que enviar una señal de firmeza para impedir que las expectativas se desborden, que los salarios suban para defenderse de nuevas subidas y que las empresas se blinden, subiéndolos de antemano. Es lo conocido como “efecto de segunda ronda”. Un argumento que puede tener cierta lógica en abstracto, pero que no se da en la realidad con fuerza suficiente como para tomarlo tan literalmente en cuenta como hacen los bancos centrales. Actualmente, la llamada inflación subyacente, la que excluye los precios de la energía y los alimentos, se sitúa entre el 2,1 y el 2,3%; puede ser molesta pero manejable. De hecho, en muchos países europeos los salarios reales aún no han recuperado el poder adquisitivo perdido tras la fase inflacionaria iniciada tras la pandemia. Los datos disponibles no muestran, por ahora, una espiral salarios-precios de intensidad suficiente como para justificar una respuesta monetaria tan agresiva. Por tanto, subir los tipos de interés preventivamente para hacer frente a un riesgo supuesto y que los datos no confirman, en el contexto de una economía que crece al 0,9%, es una decisión con costes seguros a cambio de un beneficio muy incierto.

Pagarán la factura los mismos de siempre

Los costes de este nuevo error del Banco Central Europeo no se distribuyen de forma uniforme. Por un lado, la subida de tipos agravará las asimetrías estructurales de la eurozona. Alemania y los Países Bajos, que tienen una inflación más ligada a costes laborales y economías con menor nivel de deuda pública, podrán absorber mejor el impacto. España, y sobre todo Italia, con deuda pública más elevada, se verán más afectadas, al tener que pagar más por el servicio de la deuda y tener que actuar con menor margen fiscal. Para España, un euríbor al alza no sólo frenará la demanda, sino que provocará una enorme transferencia de renta de las familias hipotecadas y de las pymes endeudadas hacia el sector financiero. Todo ello, mientras que los grandes bancos europeos han registrado en los últimos ejercicios algunos de los mayores beneficios de su historia reciente, gracias al aumento de los márgenes financieros provocado por los diferenciales de tipos de interés.

Elevar el coste del dinero cuando la economía no crece ni al 1%, como viene ocurriendo en Europa, y cuando los riesgos geopolíticos están lejos de disiparse, no es prudencia monetaria: es la mala austeridad que ya arruinó a un buen número de países, ahora con nombre y justificación tecnocráticos. No aplicada esta vez mediante recortes directos del gasto público, sino mediante el encarecimiento del crédito que recortará el de toda la economía.

Un problema de fondo que se reitera

Detrás de esta nueva equivocación del BCE está el dogma que guía a la inmensa mayoría de los bancos centrales de nuestro tiempo.

Frenar esta inflación requeriría instrumentos distintos: regulación de precios, intervención en los mercados energéticos, coordinación fiscal

Han basado su independencia y su legitimidad en un mandato único o principal (la estabilidad de precios) y sobre un único instrumento (el tipo de interés). Así, cuando hay inflación, suben los tipos, con independencia de cuál sea la causa de esa inflación y el diagnóstico queda subordinado al instrumento disponible.

El problema de fondo es que el BCE dispone prácticamente de un único instrumento operativo de gran alcance: el tipo de interés. Y cuando todas las herramientas son martillos, todos los problemas acaban pareciendo clavos. La consecuencia es que la naturaleza concreta de la inflación pasa a un segundo plano y el remedio termina aplicándose con independencia de cuál sea la enfermedad.

La inflación de oferta que estamos comenzando a tener requeriría instrumentos distintos para poder frenarse: políticas de regulación de precios en sectores estratégicos, intervención en los mercados energéticos para absorber los choques externos, coordinación fiscal para sostener la demanda mientras los costes se normalizan, política industrial para reducir dependencias estructurales... Nada de eso está en el manual de instrucciones del Banco Central Europeo y el fundamentalismo ideológico de sus directivos le lleva a creer que lo que no está en el manual no existe, aunque los datos y la experiencia lo estén señalando, sin lugar a dudas.

No es la primera vez que el BCE se equivoca de esta manera, como dije más arriba y han corroborado muchos economistas, algunos de ellos trabajando en los propios bancos centrales o bastante ortodoxos como Olivier Blanchard o Paul de Grauwe, al analizar su actuación en momentos parecidos al actual. No puede olvidarse lo ocurrido en 2011, cuando Jean-Claude Trichet subió los tipos por temor a la inflación derivada del encarecimiento del petróleo. Pocos meses después, Europa entró en recesión y el propio BCE tuvo que revertir las subidas.

Y el problema es que el Banco Central Europeo utiliza su independencia para gozar de impunidad ante sus sucesivos y costosos errores.

Nadie puede pedirle cuentas porque se ha establecido que lo que el BCE hace es pura técnica, neutra y objetiva. Es una ficción institucional extremadamente costosa, pues se presentan como decisiones puramente técnicas las que tienen consecuencias distributivas y sociales de enorme alcance.

Una de las más grandes y costosas mentiras económicas de la historia. La política monetaria que practica, como su propio nombre indica, es política, un conjunto de decisiones basadas en ideología y en preferencias de reparto de la riqueza, que benefician a unos y perjudican a otros, pero que son tomadas por una institución que no rinde cuentas ante nadie. Esa es la cuestión. En una época de democracias llenas de defectos y limitaciones, la independencia e impunidad con la que actúan los bancos centrales es una anomalía democrática de primer orden que habría que corregir antes de que provoquen una catástrofe."

(Juan Torres López, CTXT, 12/06/26)

23.3.26

A los bancos centrales les tiemblan las piernas... Durante décadas, los bancos centrales han hablado antes que nadie, diciendo lo que había que hacer... Por eso sorprende tanto la cautela e incuso el mutismo actual... Y ahí no hay mucho margen para el optimismo... La economía global está en tensión desde hace tiempo y los precios suben por múltiples factores: aranceles de Trump, concentración de los mercados, restricción crediticia, burbuja de la inteligencia artificial y, últimamente, por la guerra de Irán. Sin embargo, los bancos centrales siguen pensando en utilizar el único instrumento de siempre: los tipos de interés. Y el problema es evidente. Subir tipos enfría la demanda, pero no resuelve cuellos de botella ni abarata la energía. Lo que provoca, en cambio, es un efecto claro: encarece la financiación, frena la inversión y debilita la actividad... Y en economías deprimidas como la europea que crece al 0,9%, o en la de Estados Unidos afectada por los aranceles, eso podría ser una puntilla definitiva que las frenara en seco. Una vez más, subir ahora los tipos sólo beneficiaría a los grandes poseedores de capital y paralizaría aún más la actividad económica... La arquitectura de la política monetaria está mal diseñada y no es útil ante los problemas económicos... los bancos centrales empiezan a ser conscientes de ello... Hay que ampliar su mandato más allá del control de la inflación, incluyendo estabilidad financiera sistémica, prevención de burbujas de activos, sostenibilidad ambiental y objetivos de desarrollo sostenible, evaluando los efectos distributivos de cada decisión. Urge reformar su gobernanza y es fundamental institucionalizar la coordinación de su política monetaria con la política fiscal, no como subordinación, sino como arquitectura: protocolos formales, transparentes y sujetos a rendición de cuentas (Juan Torres López) (Juan Torres López)

"Durante décadas, los bancos centrales han hablado antes que nadie, diciendo lo que había que hacer y con la prepotencia típica de quien está seguro de que posee la verdad absoluta. Sus directivos han actuado siempre como árbitros de la política económica en general y únicos custodios de la credibilidad institucional.

Por eso sorprende tanto la cautela e incuso el mutismo actual. La presidenta Lagarde habla con desconocida modestia: «simplemente no podemos ofrecer una orientación«.  En la Reserva Federal, Powell, en lugar de pontificar como era habitual, se ha limitado a subrayar «la incertidumbre que rodea el shock del petróleo».

Estos días, los bancos centrales dan la imagen del jugador que mira desde el banquillo sin saber si el entrenador le va a pedir que salga al campo ni qué deberá hacer si tiene que jugar.

Una actitud muy distinta a la que adoptaron cuando estalló la guerra en Ucrania y los precios de la energía se dispararon. Inmediatamente mantuvieron que la inflación era de naturaleza monetaria y respondieron con su único instrumento: la subida de tipos. Sin importarle que la inflación tuviera un origen claramente externo; ni que subir el precio del dinero sobre unos costes energéticos ya disparados supusiera añadir más leña al fuego.

Prepotencia injustificada

La tradicional actitud prepotente de los bancos centrales ha sido siempre, cuando menos, llamativa, porque todos ellos cargan con un largo historial de predicciones erróneas y de consecuencias devastadoras.

Powell insistió en que la inflación postpandémica era «transitoria». No lo era. La presidenta Lagarde aseguró que sería «muy improbable» una subida de tipos en 2022. Los subió ese mismo año. El Banco de la Reserva de Australia prometió públicamente que los tipos no subirían hasta 2024; los subió en 2022.

No son anécdotas aisladas. Los estudios académicos muestran que las proyecciones de los principales bancos centrales han estado sistemáticamente sesgadas en la misma dirección (mostrando escenarios más optimistas que la realidad) y que sus errores, casualmente, siempre tienden a favorecer al sector financiero y a los grandes capitales.

Más independencia y poder, peor rendimiento

Es muy significativo que los grandes errores y fracasos de los bancos centrales se hayan producido precisamente cuando han disfrutado de total independencia y, además, siempre por la misma razón.

Siendo una de sus principales funciones garantizar la estabilidad financiera, resulta que la creciente independencia de los bancos centrales no ha evitado una mayor recurrencia de episodios de inestabilidad. La base de datos más reciente registra más de 151 crisis bancarias sistémicas de 1970 a 2019, 200 de deuda soberana desde 1960 y 414 cambiarias desde 1950: el período de mayor densidad de crisis de toda la historia documentada.

Ni siquiera se puede decir que la inflación se haya mantenido controlada gracias a la política monetaria, pues se moderó por factores estructurales: la integración de China que hundió los precios industriales en Occidente; y las políticas de recortes, el envejecimiento demográfico, la desigualdad y la debilidad inversora que han mantenido la economía con el freno puesto. Cuando esas fuerzas desaparecieron —con la pandemia y las guerras comerciales—, la inflación regresó con virulencia y los bancos centrales no supieron preverlo ni explicarlo.

Además, una cosa es domeñar un indicador estadístico y otra frenar las subidas de precios de lo que más importa. La inflación general acumulada en la UE entre 2010 y 2024 fue del 39%, pero los precios de la vivienda subieron el 53%. Mientras los precios de consumo se moderaban por factores estructurales, los activos —vivienda, bolsa, deuda— se encarecían, sin que los bancos centrales hayan sido capaces de evitarlo. Y esta inflación es la que más condiciona la vida económica real.

La razón por la que se producen tantos fallos, los errores continuos y graves de los bancos centrales es algo cada día más evidente. No son, como se quiere hacer creer, instituciones técnicas o neutrales. Como expliqué con detalle en mi libro Más difícil todavía, responden a un diseño ideológico basado desde los años ochenta en tres grandes pilares: la inflación es un fenómeno monetario, su independencia es un principio rector imprescindible para evitar expectativas inflacionistas y los tipos de interés son la herramienta necesaria y suficiente para influir sobre los precios.

El primero cae ante la evidencia: la inflación tiene múltiples causas y aplicar siempre la misma respuesta es como recetar el mismo tratamiento para cualquier enfermedad.

El segundo ha mostrado sus límites en las crisis. Durante la pandemia, la coordinación con los gobiernos fue inevitable, aunque improvisada y sin marco institucional claro.

El tercero es cada vez más cuestionado. Los tipos de interés no afectan por igual a todos los sectores ni garantizan una transmisión eficaz al conjunto de la economía.

¿Cambio de actitud o falta de rumbo?

A la vista de tantos fallos acumulados, cabe preguntarse si la moderación de estas últimas semanas significa que los bancos centrales se han dado cuenta de ese sesgo y de sus efectos nocivos y que, por tanto, están dispuestos a rectificar.

Naturalmente, no podemos saber lo que pasa por la cabeza de sus dirigentes, pero sí conocemos sus análisis y los instrumentos a los que se siguen aferrando para tomar medidas ante los problemas económicos. Y ahí no hay mucho margen para el optimismo.

La economía global está en tensión desde hace tiempo y los precios suben por múltiples factores: aranceles de Trump, concentración de los mercados, restricción crediticia, burbuja de la inteligencia artificial y, últimamente, por la guerra de Irán. Sin embargo, los bancos centrales siguen pensando en si utilizan o no el único instrumento de siempre: los tipos de interés. Y el problema es evidente. Subir tipos enfría la demanda, pero no resuelve cuellos de botella ni abarata la energía. Lo que provoca, en cambio, es un efecto claro: encarece la financiación, frena la inversión y debilita la actividad. Y no hay que ser un lince para darse cuenta de que, en economías deprimidas como la europea que crece al 0,9%, o en la de Estados Unidos afectada por los aranceles, eso podría ser una puntilla definitiva que las frenara en seco. Una vez más, subir ahora los tipos sólo beneficiaría a los grandes poseedores de capital y paralizaría aún más la actividad económica.

El silencio actual de los bancos centrales no es humildad. Es parálisis. No se parece al del sabio que calla porque sabe que las palabras precipitadas hacen daño. Es el del técnico que, ante un tablero de control para el que fue entrenado en condiciones de laboratorio, descubre que los indicadores no responden como el manual predice.

Lo que los hechos están imponiendo, con la fuerza acumulada de varios choques simultáneos, es el reconocimiento de que los modelos de los bancos centrales no sirven. Cada vez resulta más evidente que el único instrumento que utilizan produce efectos imprevisibles cuando los problemas son de naturaleza mixta y compleja. La arquitectura de la política monetaria está mal diseñada y no es útil ante los problemas económicos de nuestro tiempo.

Todo indica que los bancos centrales empiezan a ser conscientes de ello. Lo dicen, entre líneas, cuando admiten, como Lagarde, que no pueden «ofrecer orientación», o cuando Powell subraya la incertidumbre como si fuera una novedad y no la condición permanente de la economía real.

Por eso, ahora que el entrenador les dice que se preparen para salir al campo, les tiemblan las piernas.

Las reformas que se necesitan

Es un error alegrarse de la moderación y cautela actual de los bancos centrales. Es sólo una muestra de su impotencia que nos indica la urgencia de rediseñarlos profundamente.

Hay que ampliar su mandato más allá del control de la inflación, incluyendo estabilidad financiera sistémica, prevención de burbujas de activos, sostenibilidad ambiental y objetivos de desarrollo sostenible, evaluando los efectos distributivos de cada decisión.

Se debe redefinir la medición de la inflación, incluyendo el precio efectivo de la vivienda —no el alquiler equivalente hipotético— y los activos que realmente determinan el bienestar de las personas y la buena marga de las empresas.

Es imprescindible sustituir la brocha gorda de los tipos de interés por instrumentos quirúrgicos: coeficientes de capital contracíclicos, límites a la relación préstamo-valor en hipotecas, requisitos de liquidez sectoriales que actúen sobre los focos de fragilidad sin ahogar el conjunto de la economía…

Urge reformar su gobernanza: los órganos de gobierno de los bancos centrales son socialmente homogéneos, lo que genera puntos ciegos colectivos. Se necesita diversidad de enfoques, rendición de cuentas real ante los parlamentos y evaluaciones externas independientes.

Y es fundamental institucionalizar la coordinación de su política monetaria con la política fiscal, no como subordinación, sino como arquitectura: protocolos formales, transparentes y sujetos a rendición de cuentas.

El problema no es que los bancos centrales se equivoquen tanto. Es que actúan como si no pudieran equivocarse nunca. Y que se lo estamos permitiendo."

 (Juan Torres López , CTXT, 20/03/2026)

15.9.25

Esto es serio: el precio del café está subiendo... Esta es una tendencia que veremos con mucha más frecuencia en el futuro. No solo con el café, sino con muchos alimentos que damos por sentados... en los últimos años, las cadenas de suministro mundiales de café han aumentado su vulnerabilidad frente al cambio climático, la especulación financiera y las crisis más amplias de la globalización neoliberal... Y luego están los aranceles... El resultado es que el precio del café está subiendo desde todos los frentes: el suministro es menos fiable, la producción es más costosa, la demanda está aumentando y la especulación está añadiendo inestabilidad... si queremos garantizar un futuro sostenible para las comunidades agrícolas de todo el mundo, debemos reconocer que el precio del café es un síntoma de un problema mucho más profundo en la forma en que está organizado nuestro sistema económico. La pregunta es: ¿está alguien dispuesto a hacer algo para crear estabilidad donde se necesita, para todos aquellos que dependen del café, sobre todo para sus ingresos, en todo el mundo? (Richard Murphy, Un. Sheffield)

 "Esta mañana vi este gráfico en el FT (...)

Destacan el aumento del precio del café en los Estados Unidos, y dicen:

"Para Estados Unidos, cuyos tostadores dependen de las importaciones para casi todo su suministro, los costos han aumentado aún más desde que el presidente estadounidense Donald Trump declaró un arancel del 50 por ciento sobre Brasil en julio. Brasil es el mayor productor mundial de café arábigo de alta calidad y, históricamente, suministró alrededor de un tercio de los granos consumidos en los Estados Unidos."

Añadieron:

"Según Vizion, un servicio de datos de envío, los envíos de café de Brasil a Estados Unidos se han reducido a la mitad en lo que va de año. El declive se aceleró en agosto, cuando las exportaciones de café de Brasil disminuyeron más del 75 por ciento con respecto a agosto de 2024."

Por lo tanto, no cabe duda de que parte de este aumento de precio se debe a que Trump está imponiendo aranceles, y en este caso, aranceles punitivos, a Brasil.

Pero, para alguien como yo, que se interesa por el café, porque lo consumo bastante y porque durante mucho tiempo ha sido un símbolo de muchas de las tensiones del desarrollo económico, es importante señalar que esta no es la única razón del aumento de los precios mundiales del café. El aumento de precios observado en EE. UU. podría ser excepcional y tener una causa particular, pero existe un problema subyacente en el precio del café, que en sí mismo merece atención por lo que revela sobre la forma en que se está desarrollando el mundo.

Por supuesto, no soy el único al que le gusta el café. El café es uno de los productos básicos más comercializados del mundo. A pesar de esto, en los últimos años, las cadenas de suministro mundiales de café han aumentado su vulnerabilidad frente al cambio climático, la especulación financiera y las crisis más amplias de la globalización neoliberal.

Brasil y Vietnam son los dos mayores productores de café, y ambos se han visto afectados por sequías, heladas y lluvias irregulares en los últimos años. Como gran parte del cambio en nuestro clima, estos fenómenos extremos ya no son eventos aislados. Son las consecuencias aparentemente predecibles del cambio climático, y están socavando la estabilidad de las cosechas de café. Esto se agrava porque el café solo se puede cultivar en zonas climáticas muy específicas, y como resultado, es muy sensible a este tipo de impactos. Una mala temporada en estos países provoca repercusiones en los precios de todos los cafés que visito.

Además, los informes que he estado leyendo últimamente (precisamente porque este mercado me resulta interesante) sugieren que los costes de producción del café han aumentado. Los agricultores se han enfrentado a un aumento de los costes de los fertilizantes, la energía, la mano de obra y el transporte. Incluso cuando las cosechas son buenas, estos mayores costes de producción hacen subir los precios. El aumento de los costes de envío desde la pandemia también ha influido en esto.

Al mismo tiempo, cada vez más personas toman café. Han descubierto justo lo que me gusta de eso. El consumo está creciendo, no solo en los mercados tradicionales, sino también, al parecer, en Asia y África, donde la urbanización y el aumento de los ingresos están creando nuevos consumidores. El café podría estar sufriendo un problema como forma de consumo ostentoso. Un cambio en los gustos hacia los granos de café de especialidad está exacerbando esta tendencia. El resultado es sencillo: hay más compradores compitiendo por suministros cada vez más inciertos.

Así que ahora, vamos a presentar a los villanos de la obra. El café se negocia en los mercados de futuros globales. Eso significa que las expectativas de futuras escaseces, o incluso los rumores de mal tiempo, pueden hacer subir los precios mucho antes de que se cosechen los frijoles. En teoría, este comercio proporciona estabilidad al permitir a los productores cubrir sus riesgos. En la práctica, a menudo amplifica la volatilidad a medida que los operadores entran y salen del mercado. Como siempre ocurre, los volúmenes de café negociados son mucho mayores que los volúmenes reales producidos: las ganancias especulativas y la extracción de las rentas resultantes son un factor importante en el aumento del precio mundial del café.

 Y luego están los aranceles.

El resultado es que el precio del café está subiendo desde todos los frentes: el suministro es menos fiable, la producción es más costosa, la demanda está aumentando y la especulación está añadiendo inestabilidad.

El café, entonces, no es solo una bebida. Proporciona una perspectiva a través de la cual podemos observar las presiones que configuran la economía global. El cambio climático, las frágiles cadenas de suministro, la financiarización y la desigualdad están presentes en la taza de café que quizás disfrutemos hoy. Y si queremos garantizar un futuro sostenible para las comunidades agrícolas de todo el mundo, debemos reconocer que el precio del café es un síntoma de un problema mucho más profundo en la forma en que está organizado nuestro sistema económico.

La pregunta es: ¿está alguien dispuesto a hacer algo para crear estabilidad donde se necesita, para todos aquellos que dependen del café, sobre todo para sus ingresos, en todo el mundo?" 

(Un. Sheffield , blog, 12/09/25, traducción Quillbot, gráficos y enlaces en el original) 

17.11.24

Claudia Sheinbaum: Firmamos el Paquete contra la Inflación y la Carestía 2024-2025 con empresas productoras y comercializadoras de los 24 productos de la canasta básica... El compromiso es fijar el precio máximo en 910 pesos; esto representa 129 pesos de reducción respecto al acuerdo anterior, que fue de mil 39 pesos. Agradecemos esta importante colaboración en apoyo a la economía popular... (Eduardo Garzón: Éste es el camino: topar los precios de los productos esenciales para garantizar su consumo a todo el mundo y para evitar que un puñado de empresas se lucren a costa de empobrecer a la mayoría social)

Eduardo Garzón @edugaresp

Éste es el camino: topar los precios de los productos esenciales para garantizar su consumo a todo el mundo y para evitar que un puñado de empresas se lucren a costa de empobrecer a la mayoría social.

6:10 p. m. · 13 nov. 2024 4.389 Visualizaciones

 

Claudia Sheinbaum Pardo @Claudiashein

Firmamos el Paquete contra la Inflación y la Carestía (Pacic) 2024-2025 con empresas productoras y comercializadoras de los 24 productos de la canasta básica. 

El compromiso es fijar el precio máximo en 910 pesos; esto representa 129 pesos de reducción respecto al acuerdo anterior, que fue de mil 39 pesos. Agradecemos esta importante colaboración en apoyo a la economía popular.

8:05 p. m. · 12 nov. 2024 405,2 mil Visualizaciones

27.3.24

¿Quién les teme a los controles de precios? En respuesta al shock energético, la Unión Europea ha impuesto un límite de precios general para el gas natural, y varios estados miembro le han puesto un tope a los márgenes de ganancias, los alimentos básicos y los alquileres, además de introducir impuestos extraordinarios... Pero a pesar de la adopción generalizada de controles de precios y del respaldo de algunos economistas prominentes, la corriente económica dominante sigue mostrando aprehensión respecto de cualquier política que pueda alterar las señales de precios... el miedo de los economistas a los controles de precios es infundado y puede tener consecuencias desastrosas. Alemania es un ejemplo útil... la crisis de 2022 ha representado una carga importante para la economía y la sociedad de Alemania. Condujo a una pérdida de producción de corto pazo del 4%, lo que dificultó la recuperación pospandémica del país y generó una caída económica comparable tanto con la pandemia como con la crisis financiera de 2008. Y, para los asalariados, el shock energético de 2022 representó la crisis económica más severa de Alemania desde el fin de la Segunda Guerra Mundial (Tom Krebs, Isabella M. Weber)

 "¿Es hora de considerar la incorporación de topes de precios al equipo de herramientas económicas de emergencia? El alza sin precedentes de los precios de la energía como consecuencia de la invasión de Ucrania por parte de Rusia ha generado mucho examen de conciencia en Europa con respecto a la efectividad de las políticas tradicionales de estabilización económica. En respuesta a este shock energético, la Unión Europea ha impuesto un límite de precios general para el gas natural, y varios estados miembro le han puesto un tope a los márgenes de ganancias, los alimentos básicos y los alquileres, además de introducir impuestos extraordinarios.

Pero a pesar de la adopción generalizada de controles de precios y del respaldo de algunos economistas prominentes, la corriente económica dominante sigue mostrando aprehensión respecto de cualquier política que pueda alterar las señales de precios. En ninguna parte esta reticencia ha sido más pronunciada que en Alemania, donde el uso demorado de topes de precios efectivos podría tener implicancias políticas de amplio alcance.

En un documento de trabajo reciente, decimos que el miedo de los economistas a los controles de precios es infundado y puede tener consecuencias desastrosas. Alemania es un ejemplo útil, dada su alta dependencia del gas natural ruso y del impacto directo del shock energético de 2022 en su economía.

Si bien los economistas alemanes de la corriente dominante minimizaron los efectos del shock y se opusieron a cualquier política destinada a controlar la inflación de los precios de la energía, la crisis de 2022 ha representado una carga importante para la economía y la sociedad de Alemania. Condujo a una pérdida de producción de corto pazo del 4%, lo que dificultó la recuperación pospandémica del país y generó una caída económica comparable tanto con la pandemia como con la crisis financiera de 2008. Y, para los asalariados, el shock energético de 2022 representó la crisis económica más severa de Alemania desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Ese año, la tasa de inflación de Alemania se disparó a niveles nunca vistos desde los años 1970, superando con creces el crecimiento salarial nominal. Esto condujo a una caída anual de los salarios reales del 4% -la mayor caída interanual en la historia de posguerra del país-. Además de estas pérdidas de corto plazo, existe cada vez más evidencia de que la crisis energética le está causando un perjuicio de largo plazo a la economía alemana. La recuperación sigue siendo lenta y la producción y los salarios reales hoy están 7% y 10% por debajo, respectivamente, de los niveles prepandémicos.

Según el Fondo Monetario Internacional, Alemania fue la única economía desarrollada en experimentar un crecimiento negativo del PIB en 2023, mientras que las proyecciones de crecimiento para 2024 y 2025 son más bajas que las de la mayoría de las economías comparables. Estas pérdidas de ingresos sin precedentes, combinadas con una mayor incertidumbre, ayudan a explicar la ansiedad económica de los asalariados alemanes.

Por otra parte, estas tendencias contradicen las aseveraciones de los economistas de que Alemania ha capeado el shock energético con una naturalidad sorprendente, así como el comentario del ministro de Finanzas, Christian Lindner, de que llegó la hora de una “normalización” de la política fiscal. El establishment de la política económica parece demasiado ansioso por proclamar que la crisis quedó atrás e imponer medidas de austeridad potencialmente desastrosas.

El verano de 2022 es un ejemplo. En un principio, Alemania respondió de manera efectiva ante el shock energético lanzando un ambicioso programa de contratación pública. Pero los responsables de las políticas esperaron demasiado tiempo para introducir controles de los precios de la energía. A pesar del descontento por la caída de los estándares de vida y la abrumadora popularidad de los topes de precios energéticos, el gobierno alemán propuso un gravamen al precio del gas (Gasumlage), una medida que apoyaron los economistas que se oponían a los topes de precios.

La estrategia de “esperemos a ver” del gobierno alemán frente al shock de precios de la energía prolongó innecesariamente un período de mayor inseguridad económica y contribuyó a un marcado incremento en el apoyo al partido de extrema derecha Alternativa para Alemania (Alternative für Deutschland). El creciente ímpetu de AfD recién comenzó a flaquear después de que el gobierno cambió el curso e introdujo un freno de los precios de la energía como parte de un importante paquete de estabilización, conocido como Doppel-Wummus (“doble impacto”), en septiembre de 2022.

Una vez introducidos, estos topes de precios lograron proteger a los hogares del shock de Ucrania, pero el gobierno nunca estableció un tope de precios efectivo para la base industrial del país. El gobierno delegó la responsabilidad para el diseño del freno de los precios de la energía en un panel de economistas, la mayoría de los cuales se oponía fuertemente a cualquier medida más allá de simples pagos de suma fija al sector industrial. Esto implicó que las empresas manufactureras tuvieran poco incentivo para mantener la producción frente al alza estratosférica de los costos energéticos.

Es difícil sobreestimar las consecuencias calamitosas de esta política. La falta de una estrategia industrial coherente, sumada a la decisión de ajustar la política fiscal en medio de una crisis, podrían anunciar el fin de la proeza manufacturera de Alemania tal como la conocemos.

De todos modos, la pregunta sigue siendo: ¿podemos derrotar la oleada populista? Los potenciales beneficios económicos de los controles de precios de la energía -una respuesta política efectiva a los shocks energéticos alimentados por una incertidumbre de precios endógena- sugieren que la respuesta es afirmativa. Si bien los economistas de la corriente predominante suelen rechazar de llano los controles de precios, con el argumento de que, invariablemente, son subóptimos, la incertidumbre de precios inherente a los mega-shocks geopolíticos como la guerra en Ucrania subraya la necesidad de que los gobiernos reconsideren sus presunciones.

Sin duda, los topes de precios solo deberían utilizarse como un último recurso. Si bien brindan un alivio temporario, su efectividad depende de cómo los aprovechen los responsables de las políticas para enfrentar las escaseces de suministros. Es preferible generar reservas de materias primas esenciales a depender exclusivamente de medidas provisionales. De todas maneras, ganar tiempo es mejor que permitir que los shocks de oferta les causen estragos a nuestras economías y sociedades."

Tom Krebs, a former senior adviser at the German Finance Ministry, is Professor of Economics at the University of Mannheim and a member of the German Minimum Wage Commission. Isabella M. Weber, Associate Professor of Economics at the University of Massachusetts Amherst. Project Syndicate, 26/03/24)

2.3.24

El FMI reconoce que la inflación está bajando más rápido de lo que ellos esperaban gracias a menores precios energéticos y menores shocks sectoriales, no a la ralentización de la economía. Esto demuestra la inutilidad de elevar los tipos de interés para reducir la inflación (Eduardo Garzón)

Eduardo Garzón @edugaresp

El FMI reconoce que la inflación está bajando más rápido de lo que ellos esperaban gracias a menores precios energéticos y menores shocks sectoriales, no a la ralentización de la economía. Esto demuestra la inutilidad de elevar los tipos de interés para reducir la inflación.

Philipp Heimberger @heimbergecon

El análisis del FMI muestra que "la inflación está cayendo más rápido de lo esperado, principalmente debido a los menores precios de la energía y a la disminución de los shocks sectoriales, más que a una actividad económica más débil".

(IMF analysis shows that "inflation is falling faster than expected, mostly due to lower energy prices and sectoral shocks fading, rather than weaker economic activity.")

7:37 a. m. · 1 mar. 2024 36,4 mil Reproducciones

9:26 a. m. · 1 mar. 2024 4.552 Reproducciones

19.1.24

En diciembre de 2023, la inflación de Japón cayó bruscamente por segundo mes consecutivo... se podría concluir que el episodio inflacionista está llegando a su fin. El Banco de Japón supuso que esta inflación por el lado de la oferta era temporal y que remitiría con bastante rapidez una vez que se suavizaran esas restricciones. Y tenían razón. Todos los demás bancos centrales se convencieron de alguna manera de que la inflación estaba impulsada por la demanda y han estado subiendo innecesariamente los tipos de interés. El experimento está a punto de terminar y creo que está claro que la vía japonesa era la correcta... El Banco de Japón ha demostrado durante los últimos treinta años que los cursos de economía monetaria no aportan ningún conocimiento

 "Las últimas informaciones procedentes de Japón sugieren que en diciembre de 2023 su inflación cayó bruscamente por segundo mes consecutivo y que se podría concluir que el episodio inflacionista está llegando a su fin. El Banco de Japón supuso que esta inflación por el lado de la oferta era temporal y que remitiría con bastante rapidez una vez que se suavizaran esas restricciones. Y tenían razón. Todos los demás bancos centrales se convencieron de alguna manera de que la inflación estaba impulsada por la demanda y han estado subiendo innecesariamente los tipos de interés. El experimento está a punto de terminar y creo que está claro que la vía japonesa era la correcta. En ese momento, los académicos y funcionarios neokeynesianos deberían dimitir. Después de eso, como es miércoles, tenemos algo de música para calmar nuestras almas.
La tasa de inflación de Japón se desploma

De vez en cuando se lee algo sobre la famosa operación "widowmaker", en la que los tipos del mercado financiero creen que pueden ser más listos que el Banco de Japón.

Se llama así porque provoca pérdidas masivas.

Estas operaciones pueden realizarse con cualquier activo, pero el clásico es la apuesta por los bonos del gobierno japonés (JGB), en la que los inversores (también conocidos como apostadores) venden en corto con la esperanza de que los rendimientos suban en el futuro, cuando sus contratos lleguen a su fin y tengan que entregar los activos que actualmente no poseen.

Venden en corto porque creen que el Banco de Japón aumentará los tipos de interés, al igual que otros bancos centrales, lo que, a su vez, hará subir los rendimientos de todos los activos financieros e impulsará a la baja el precio de los activos de renta fija como los JGB.

De este modo, pueden abalanzarse sobre el mercado en el momento en que finalice su contrato a plazo, comprar los bonos a un precio más barato que cuando se formalizó el contrato y hacer su agosto.

El único problema es que nunca ha funcionado como se esperaba.

Los jugadores salen de la universidad o de cualquier otro sitio y creen que se aplica el libro de texto.

El Banco de Japón ha demostrado durante los últimos treinta años que los cursos de economía monetaria no aportan ningún conocimiento.

Desde hace aproximadamente un año, los viudos no cesan de pensar que se derrumbarán los últimos elementos de lo que se ha dado en llamar "japonización", es decir, que el Banco de Japón cederá ante el aumento de la inflación y empezará a subir los tipos.

Cada mes, más o menos, leo algún documento informativo del mercado financiero que predice que el Banco está a punto de endurecer la política monetaria.

Cuando el Banco realiza pequeños ajustes en su política - como el reciente pequeño cambio en su techo de control de la curva de rendimientos - los apostadores se vuelven locos y asumen que las compuertas están a punto de abrirse.

La gente todavía puede obtener beneficios a través de las operaciones de carry trade en yenes, es decir, tomando prestados yenes a tipos bajos y vendiéndolos a cambio de divisas que devengan mayores intereses.

Pero no es probable que los vendedores al descubierto de JGB queden satisfechos a corto plazo.

Lo digo porque los últimos datos de inflación de Japón difícilmente van a dar una señal al Banco de Japón de que debe subir los tipos, aunque siguiera la lógica que utilizan otros bancos centrales.

Los datos oficiales de e-Stat (la agencia de estadísticas del gobierno japonés) llegan hasta noviembre de 2023.

He aquí la tasa de inflación mensual desde enero de 2022.

Entonces era del 2,9%, pero la variación mensual entre octubre y noviembre de 2023 fue de -0,187, es decir, una desaceleración de la tasa de inflación desde el 3,3%.

Antes de conocer los últimos datos de e-Stat para diciembre, una encuesta realizada por Reuters que se comenta en este artículo - Japan Dec CPI likely hit 18-month low, fuelling steady view on BOJ: Reuters poll - sugiere que la desaceleración continúa con los aumentos de los precios de los alimentos y la energía moderándose con bastante rapidez.

Además:

    La encuesta también mostró que los precios al por mayor de diciembre probablemente cayeron por primera vez en casi tres años ...

Lo que me dice que el Banco de Japón no tiene ninguna señal en absoluto sobre la que basarse para cambiar su actual configuración de la política monetaria - tipo de política negativo y un techo del 1 por ciento en el JGB a 10 años.

El episodio de la inflación en Japón está a punto de terminar.

Tendremos los datos oficiales el viernes 19 de enero de 2024. (...)

La cuestión es que, una vez más, Japón ofrece un ejemplo, aunque los responsables políticos nieguen lo que están haciendo, de cómo la macroeconomía dominante está fuera de lugar.

He leído comentarios en entradas anteriores en las que afirmaba que el Banco de Japón funciona según la lógica monetarista, es decir, que la inflación es el resultado de una base monetaria excesiva.

Es cierto que sus discusiones oficiales hablan de cómo vigilan la base monetaria.

Pero si fueran realmente monetaristas, no habrían desafiado al resto del mundo en los últimos años y mantenido los tipos constantes.

Esa decisión les separa del resto de bancos centrales, que se han comportado de forma totalmente ortodoxa en los últimos años: si sube la inflación, suben los tipos.

Lo que quiero decir es que lo que Japón nos ofrece es un ejemplo probado de lo que ocurre cuando el gobierno y su banco central aplican políticas que van más allá de lo que la mayoría de los economistas considerarían razonable.

Las diferencias entre las políticas fiscal y monetaria japonesas y las aplicadas en otros países durante los últimos treinta años no son variaciones insignificantes.

Japón ha impulsado grandes déficits fiscales en comparación con otros países, y un economista convencional diría que la configuración de su política monetaria es extrema.

Así que hemos podido ver durante un largo periodo de tiempo lo que ocurre cuando se aplican esos ajustes "extremos".

Y lo que vemos es que las predicciones de la corriente dominante fracasan estrepitosamente en todos los agregados principales.

Por eso es importante estudiar y comprender Japón."                (Bill Mitchell,  blog, 17/01/24; traducción DEEPl)

30.11.23

James K. Galbraith, asesor de la Comisión de Planificación Estatal de China: ¿Por qué tantos economistas malentendieron la perspectiva de inflación? El consenso entre los economistas de la corriente dominante era que la inflación persistiría y que esto justificaba alzas de las tasas de interés... dos razones destacan: el miedo: si los trabajadores norteamericanos ahorraban gracias a las ayudas del COVID, resultaría “más difícil mandonearlos”... y el poder: las altas tasas de interés tienden a respaldar al dólar a nivel internacional... varios funcionarios de la Fed han reconocido ambos motivos en muchas ocasiones. Y una tercera: economistas de la corriente dominante podrían exigir tasas de interés altas para congraciarse con los banqueros, que obtienen mayores márgenes de ganancias cuando las tasas son altas... Los economistas de esta corriente tal vez deberían volver a examinar sus creencias centrales, o quizá directamente estemos necesitando una nueva “corriente dominante”

 "En su newsletter del New York Times del 7 de noviembre de 2023, el economista Paul Krugman formula una buena pregunta, aunque tardía: ¿por qué tantos economistas malentendieron la perspectiva de inflación? Después de todo, el consenso casi absoluto entre los economistas de la corriente dominante en los últimos años era que la inflación persistiría -y hasta se aceleraría- y que esto justificaba alzas sustanciales de las tasas de interés por parte de la Reserva Federal de Estados Unidos. Sin embargo, la cuasi inflación de 2021-22 resultó ser transitoria. 

 Krugman plantea su interrogante con una diplomacia impecable, profesando “respeto” por tres autores de un documentode septiembre de 2022 publicado por la Brookings Institution (que luego fue promovido por Jason Furman de la Universidad de Harvard) que proyectaba que harían falta al menos dos años de un desempleo del 6,5% para retrotraer a la inflación a la meta autoimpuesta de la Reserva Federal del 2%. Pero la inflación ya había alcanzado un pico antes de que apareciera el documento de Brookings, y mucho antes de que se pudieran haber sentido las alzas de las tasas de la Fed. En el transcurso del año siguiente, la inflación disminuyó, inclusive con una tasa de desempleo que se mantuvo por debajo del 4%. El “Equipo Inflación Transitoria” -en cuyas filas alguna vez estuvo por poco tiempo la secretaria del Tesoro de Estados Unidos, Janet L. Yellen- soportó dos años de escarnio, pero al final terminó teniendo razón. 

 Krugman se centra, correctamente, en la falta de lógica de ciertos “pesimistas” de la inflación, que “presentaron justificaciones nuevas y completamente desvinculadas” para su argumento de que la inflación “se mantendría obstinadamente alta” mucho después de que se hubieran absorbido los paquetes de estímulo fiscal de 2021. Como estos pesimistas encontraron muy poco disenso por parte de la corriente dominante, su discurso siguió siendo agorero bien adentrado el 2023. 

 Krugman, tácticamente, evita nombrar a Lawrence H. Summers, cuyas “justificaciones” para el pesimismo en términos de inflación incluían los “ahorros” supuestamente excesivos, las “compras de deuda” por parte de la Fed y los pronósticos de “tasas de interés esencialmente iguales a cero”, así como “una disparada de los precios de las acciones y de los bienes raíces”. Sin embargo, más allá de sus temores por el estímulo fiscal, todo esto era un disparate. Como señaléen su momento, los ahorros no pueden causar inflación, y un pronóstico técnico no tiene un poder causal. 

 En una postura ingenua, Krugman luego sugiere que fue “casi como si los economistas estuvieran buscando razones para ser pesimistas”. En una muestra de diplomacia, se niega a decirnos cuáles podrían haber sido esas razones. Pero hay dos que se destacaron. La primera era el miedo: si los trabajadores norteamericanos conservaban un colchón financiero gracias a los paquetes de ayuda del COVID-19, tal vez resultara “más difícil mandonearlos”. La segunda razón tenía que ver con el poder: las altas tasas de interés tienden a respaldar al dólar a nivel internacional. Desde entonces, varios funcionarios de la Fed han reconocido ambos motivos en muchas ocasiones. Por ejemplo, una obsesión por los salarios invade todos los discursos del presidente de la Fed, Jerome Powell, quien ha manifestado abiertamente su compromiso de mantener un dólar fuerte. No sorprende que los economistas de la corriente dominante respalden -y, de hecho, elaboren- los mismos argumentos. 

 Pero yo también fui diplomático, porque omití una tercera posibilidad: a saber, que algunos economistas de la corriente dominante podrían exigir tasas de interés altas para congraciarse con los banqueros, que obtienen mayores márgenes de ganancias cuando las tasas son altas (especialmente ahora que la Reserva Federal paga intereses sobre las reservas bancarias directamente). Una postura pública fuerte sobre la cuestión podría generar honorarios abultados por brindar conferencias, contratos de consultoría o una carrera hacia un puesto público de alto rango. Como concluye Krugman, “me gustaría que se reflexionara sobre cuántos de mis colegas se equivocaron tanto sobre esta historia, y que tal vez se hiciera un poco de introspección sobre sus motivaciones”. 

 Estaría bien, pero eso no va a pasar en lo inmediato. Pasemos, en cambio, a una cuestión más importante. Krugman observa que todos los economistas que él menciona “en gran medida forman parte de la corriente dominante de la profesión económica”. Lo dice como un cumplido; sin embargo, como dice Hamlet, “ése es el dilema”. Consideremos con qué frecuencia los economistas de la corriente dominante entienden mal las cosas -no solo las cosas pequeñas, sino también las cosas muy importantes-. Recordemos su célebre incapacidad para prever la crisis financiera de 2007-09, o el giro a la austeridad tristemente mal asesorado en 2010. ¿Qué se puede decir del efecto previsiblemente perverso de las sanciones contra Rusia? El mal diagnóstico de la inflación en 2021-22 fue simplemente el último episodio en una larga serie de equivocaciones. 

 El interrogante que deberíamos estar formulando, entonces, es si la economía de corriente dominante tiene algún problema. Los economistas de esta corriente tal vez deberían volver a examinar sus creencias centrales, o quizá directamente estemos necesitando una nueva “corriente dominante”. Sin duda, Krugman observa que “un aspecto del argumento implicaba paralelismos con la inflación de los años 1970”. Pero esto solo roza el problema. El verdadero problema es que gran parte de los principales economistas de la corriente dominante de hoy se formaron en los años 1970, y su visión del mundo -no solo los hechos, sino la teoría- se forjó en aquel entonces. En cuestiones macroeconómicas como la inflación, las influencias de la teoría del equilibrio general, las interacciones entre inflación y desempleo y el monetarismo siguen siendo fuertes. El legado de Kenneth Arrow, Paul Samuelson, Robert Solow y Milton Friedman perdura.

 El proyecto de la generación anterior era en parte científico, en parte político. En su carácter de “científicos sociales”, creían en el poder de las matemáticas, que tomaron prestadas de la mecánica celestial de los siglos anteriores. Desde un punto de vista político, intentaban defender el capitalismo del desafío soviético durante la Guerra Fría. Al unir estos objetivos, dieron forma al corsé matemático orientado al mercado en que se criaron los economistas de la corriente dominante de hoy -y del que no pueden escapar-. Los Wunderkinder de ayer -entre ellos Summers y Krugman- son los viejos cansados de hoy. 

 En particular, la reflexión de Krugman sobre la desinflación no hace mención a los economistas que no hicieron un mal diagnóstico de las cosas, entre ellosIsabella M. Weber de la Universidad de Massachusetts Amherst y L. Randall Wray y Yeva Nersisyan del Instituto Levy. Ellos predijeron correctamente la desinflación allá por marzo de 2022. Pero los economistas con mejores ideas nunca son citados por su nombre, ni mucho menos reciben ofrecimientos de los llamados departamentos principales, esencialmente porque muchos miembros de la vieja guardia quieren preservar los monopolios académicos, políticos y mediáticos que han detentado desde los años 1970. Eso implica desechar las nuevas ideas y subestimar a la gente que las propone. Al ofrecer una crítica tan amable y gentil de sus “colegas” después del fracaso más reciente, Krugman está siendo diplomático por demás."

(James K. Galbraith, profesor de Gobierno y catedrático de Relaciones Gubernamentales/Empresarias en la Universidad de Texas, De 1993 a 1997, fue asesor técnico principal para la reforma macroeconómica de la Comisión de Planificación Estatal de China. Project Syndicate, 15/11/23)

28.11.23

Hoja de ruta de los bancos centrales, ¿cachondos, cínicos o iletrados? La interpretación de los bancos centrales que decidieron subir tipos de interés obedece a otros argumentos de naturaleza totalmente espuria... solo hay tres posibilidades: o son unos cínicos (ocultan el objetivo último de tales subidas), o no saben lo que hacen (desconocen la naturaleza de los dos últimos procesos inflacionarios), o son unos cachondos guiados por el Diablo Cojuelo. Posiblemente se dé una mezcla de todas ellas... lo que realmente han consiguiendo con su política monetaria, no sé si de manera consciente o no, es recapitalizar el sistema bancario europeo a costa, de nuevo, de los contribuyentes (Juan Laborda)

 "No salgo de mi asombro. Hace unos días, el vicepresidente del Banco Central Europeo (BCE), Luis de Guindos, alzó la voz para avisarnos de que “prevé que algunos hogares, empresas y gobiernos de la zona del euro tendrán problemas para devolver sus deudas tras las subidas de los tipos de interés”. Resulta asombroso escuchar de boca de quien es, en última estancia, uno de los corresponsables de la política monetaria del BCE. Uno de los responsables de que la intensa subida de tipos de interés implementada desde finales de 2022 afecté a la economía real vía quiebras empresariales y familiares.

La esquizofrenia se completa bajo otra afirmación abracadabrante que podemos leer de mano del regulador (página 13 del último Informe de Estabilidad Financiera): “El endurecimiento de la política monetaria ha contribuido a moderar las presiones inflacionarias en el área del euro y en otras geografías, y a estabilizar los riesgos derivados de la elevada inflación”. Obviamente solo hay tres posibilidades: o son unos cínicos (ocultan el objetivo último de tales subidas), o no saben lo que hacen (desconocen la naturaleza de los dos últimos procesos inflacionarios), o son unos cachondos guiados por el Diablo Cojuelo. Posiblemente se dé una mezcla de todas ellas.

 La mezcla de políticas económicas impuestas por organismos nacionales y supranacionales, no sujetos al control democrático, corre el riesgo de llevarnos a una recesión profunda en 2024-2025. Por un lado, los bancos centrales, con su absurda restricción monetaria; por otro, en el caso europeo, las presiones de una burocracia funcionarial presente en la Comisión Europea o en organismos como la Airef, que no paran de bramar por una consolidación fiscal, en lo que no deja de ser un absolutamente desconocimiento de las balanzas sectoriales de Wynne Godley. 

 La pregunta es sencilla, ¿ante quienes responden los responsables de estos organismos por sus tomas de decisiones cuando cometen errores flagrantes de diagnóstico que afectan al bienestar de la ciudadanía? La situación se complica, y de qué manera, cuando en última instancia sus decisiones benefician ciertos intereses de clase.

Breve análisis de los dos últimos episodios inflacionistas

Desde mi análisis de los datos, la aproximación de los Bancos Centrales al último episodio de inflación deja bastante que desear. Los dos últimos episodios inflacionistas, 2007-2008 y 2021-2023, presentan un inició común, el aumento de los precios de la energía y alimentos no elaborados, es decir, aquellos componentes del IPC cuyos precios que se fijan básicamente en los mercados derivados de materias primas. Fuimos los primeros en predecir y avisar, desde la economía financiera, de dichas dinámicas, asociadas al error histórico de desregular los mercados derivados de materias primas a finales de los 90 y principios del siglo actual. Éstas han perdido las propiedades que en su momento se utilizaron para justificar dicha desregulación. Como activo financiero, cuya inversión se puede realizar vía derivados en diferentes índices, ya no solo no permiten una cobertura de la inflación, sino que en realidad han activado los procesos de repuntes de precios recientes. Sin embargo, la dinámica posterior en los dos episodios inflacionistas recientes varió sustancialmente.

 El repunte inflacionista de 2007-2008 se frenó en seco cuando estalló la burbuja inmobiliaria y de activos financieros de riesgo –bolsa, bonos corporativos, materias primas…- alrededor del mayor ciclo de deuda privada de la historia. No solo eso, sino que la recesión de balances privados subsiguiente, que dio lugar a la Gran Recesión, conllevó un proceso deflacionista intenso. Pero el repunte de precios entre febrero de 2021 y julio de 2022 en energía y alimentos elaborados sí que se trasladó, en primer lugar, a bienes industriales no energéticos, como consecuencia de ciertos cuellos de botella asociados a la pandemia, y, a continuación, al resto de componentes del IPC, especialmente alimentos elaborados, pero también a servicios. 

 La literatura académica reciente trata de analizar que está detrás de esta segunda fase del repunte de precios. Intuitivamente me decanté desde un principio por una inflación de márgenes empresariales, o inflación de vendedores, siguiendo la terminología acuñada por Abba Lerner para desvincular el exceso de demanda agregada de la inflación. Pero debemos reconocer que existe otra explicación alternativa desde la óptica de otro economista también postkeynesiano, Michal Kalecki: el aumento en los precios de los materiales y los insumos primarios, incluida la energía, se traduce en un aumento en la participación de las ganancias en el valor agregado de la economía. Los aumentos en los costes materiales unitarios, en relación con los costes laborales unitarios, han llevado a un aumento en la participación de las ganancias en el valor agregado, lo que se refleja en el aumento de los márgenes de ganancia observados. En definitiva, el aumento de los beneficios empresariales y la participación de los mismos en el valor agregado, se pueden explicar sin recurrir a una explicación basada en que las empresas se aprovechen de la situación y aumenten sus márgenes de beneficios.

Tratando de entender a los bancos centrales

Sin embargo, lo que queda muy claro es que la interpretación de los bancos centrales que decidieron subir tipos de interés obedece a otros argumentos de naturaleza totalmente espuria. En su momento, ¡ya en julio de 2022!, desde estas líneas, detallamos la hoja de ruta marcada por la ortodoxia a partir de ciertos tweets, publicados por el otrora economista del Fondo Monetario Internacional, Olivier Blanchard, el mismo que en mayo de 2008 nos aseguraba que la macroeconomía global se encontraba en el mejor de los mundos posibles El hilo, abro comillas, decía lo siguiente: “Una reflexión sobre la lucha contra la inflación:

1. Cuando la inflación proviene de un sobrecalentamiento, convencer a los trabajadores de que la economía tiene que ralentizarse, y que el desempleo tiene que aumentar para controlar la inflación, es difícil, pero al menos se puede explicar la lógica.

2. Cuando la inflación proviene de un aumento de los precios de las materias primas y la energía, convencer a los trabajadores de que el desempleo tiene que aumentar para controlar la inflación, es aún más difícil. “¿Por qué debería perder mi trabajo porque Putin invadió Ucrania?”

3. Esto hace que el trabajo y la estrategia de comunicación de los bancos centrales sea muy difícil.”

 Los neoclásicos, además de la inflación, pretendían generar desempleo. No previeron la Gran Recesión, obra y gracia de la mayor deuda privada de la historia alrededor de distintas burbujas. Y ahora, esto, inflación y desempleo, fruto de sus recomendaciones. Eso sí, lo que realmente han consiguiendo con su política monetaria, no sé si de manera consciente o no, es recapitalizar el sistema bancario europeo a costa, de nuevo, de los contribuyentes.

 Pero cabe otra interpretación más cínica de lo sucedido. En realidad, conscientes de que el actual modelo de crecimiento económico en las economías capitalistas más avanzadas nos lleva al colapso climático, los economistas de la corriente dominante concluyen que es necesario un decrecimiento ya. Y que mejor manera de contribuir a ello con una restricción monetaria y/o fiscal. Pero se olvidan de que el decrecimiento, necesario para salvar al mundo, requiere, obligatoriamente, compensar a todos aquellos que se verán afectados negativamente, millones de familias y trabajadores, millones de pequeños empresarios. Y para ello solo la Teoría Monetaria Moderna tiene la solución."      (Juan Laborda, El Salto, 28/11/23)

10.11.23

A partir de principios de 2021, tanto los factores de la demanda como los de la oferta contribuyeron al aumento de la inflación... la inflación impulsada por la demanda como la impulsada por la oferta comenzaron a desacelerarse hacia fines de 2022. Sin embargo, la inflación en Europa fue en su mayoría impulsada por la oferta, intensificando este impacto desde mediados de 2022... La evidencia empírica contra la decisión del Banco Central Europeo de subir fuertemente los tipos de interés para hacer frente al episodio actual de inflación se acumula... salvo que el objetivo último, fuera realmente otro, recapitalizar el sistema bancario europeo... Y a eso juegan los bancos centrales, a activar y desinflar inflaciones de activos, mientras de vez en cuando recapitalizan de las maneras más inverosímiles al sistema bancario (Juan Laborda)

  "Esta semana el Banco Central Europeo ha decidido, al menos temporalmente, terminar con las subidas de tipos de interés oficiales iniciadas allá por 2022 y que dieron lugar a la mayor escalada de repuntes de su historia. Desde estas líneas somos y seremos extremadamente críticos con una decisión cuyo objetivo último no era frenar la escalada inflacionista sino recapitalizar el sistema bancario europeo a costa, de nuevo, de los contribuyentes, esta vez vía tipos de interés. 

La evidencia empírica contra la decisión del Banco Central Europeo de subir fuertemente los tipos de interés para hacer frente al episodio actual de inflación se acumula. Lo último, un artículo académico, recién salido del horno, donde se amasan las investigaciones del Fondo Monetario Europeo, bajo la rúbrica 'Demand vs. Supply Decomposition of Inflation: Cross-Country Evidence with Applications', traducido al román paladino 'Descomposición de la inflación en demanda vs. oferta: evidencia a nivel internacional con aplicaciones'.

En este artículo, los autores, Melih Firat and Otso Hao, descomponen la inflación agregada en componentes impulsados por la demanda y la oferta en 32 economías avanzadas y economías de mercados emergentes durante las últimas tres décadas. Para ello, profundizan en un examen de los roles desempeñados por los factores del lado de la demanda (curva de Phillips y transmisión de la política monetaria) y los factores del lado de la oferta (choques en los precios del petróleo y presiones en la cadena de suministro) en la generación de cambios en la inflación impulsada por la demanda y la oferta. Este enfoque se basa en la idea de que los choques de demanda deberían mover los precios y las cantidades en la misma dirección, mientras que los choques de oferta deberían moverlos en direcciones opuestas. Las contribuciones de los factores de demanda y oferta a la inflación agregada se obtienen como sumas ponderadas de las tasas de inflación sectorial clasificadas como impulsadas por la demanda o la oferta

Los resultados que obtienen son claros. La disminución global de la inflación agregada al comienzo de la pandemia de COVID-19 en 2020 se explicó principalmente por una reducción en la inflación impulsada por la demanda. A partir de principios de 2021, tanto los factores de la demanda como los de la oferta contribuyeron al aumento de la inflación. En Estados Unidos y Asia, la inflación impulsada por la demanda y la impulsada por la oferta contribuyeron aproximadamente por igual a la inflación general. Además, tanto la inflación impulsada por la demanda como la impulsada por la oferta comenzaron a desacelerarse hacia fines de 2022. Sin embargo, la inflación en Europa fue en su mayoría impulsada por la oferta, intensificando este impacto desde mediados de 2022. 

Los economistas que han recetado frenar la demanda, y por ende el crecimiento económico, para hacer frente a la inflación actual en Europa siguen sin entender, aparentemente, qué la ha provocado. Por lo tanto, muy difícilmente comprenderán las consecuencias de sus actos, reflejados en unas recomendaciones de políticas económicas completamente distópicas, salvo que el objetivo último, como ya he detallado, fuera realmente otro, recapitalizar el sistema bancario europeo. Las causas de la inflación actual son consecuencia de las recomendaciones que durante las últimas tres décadas esos mismos economistas han llevado a cabo. Y las soluciones a las mismas no pasaban por una subida de los tipos de interés oficiales. Son más sencillas y menos dañinas. Pasaban por revertir ciertas desregulaciones promovidas en los mercados financieros y en los sistemas bancarios, así como echar atrás multitud de procesos de liberalización de mercados, y políticas que han promovido la financiarización de la economía global. Obviamente ni lo hicieron, ni lo harán. 

Neo-feudalismo: del Totalitarismo Invertido al fascismo

Desde estas líneas hemos alzado la voz contra el neofeudalismo actual impulsado por las élites, vía financiarización, tendente a succionar las rentas tanto de trabajadores como del capital productivo. Los beneficios puros repuntan sin control, mientras languidece la inversión productiva, aumenta el poder de mercado de determinadas corporaciones, y se dispara la desigualdad hasta niveles nauseabundos. La adicción al crédito –la deuda privada es infinitamente más peligrosa que la deuda soberana– del capitalismo actual necesita que la economía real se contraiga para ocultar su realidad intrínseca, una enorme fragilidad financiera. Y a eso juegan los bancos centrales, a activar y desinflar inflaciones de activos, mientras de vez en cuando recapitalizan de las maneras más inverosímiles al sistema bancario.

Desde un punto de vista estrictamente político, el capitalismo actual, en una profunda crisis sistémica, es intrínsecamente autoritario y peligroso. En la deriva actual, está evolucionado desde una visión cínica de la democracia, el Totalitarismo Invertido, hacia una deriva autoritaria, el clásico fascismo. Frente a ciertos análisis naïve, es hora de abrir los ojos. El capitalismo actual es perfectamente capaz de funcionar dentro de un marco totalitario; del mismo modo que en las últimas décadas desmontaba el contrato social bajo una fachada de apariencia liberal. El mercado se convirtió a mediados de los 90 en la entidad más poderosa de la política democrática occidental. 
 
Según ese nuevo catecismo, las exigencias humanas y democráticas solo podían satisfacerse en la medida en que se sometían a las fuerzas inquebrantables del “mercado”, al que debía darse el máximo margen de acción para coordinar la gran diversidad de decisiones económicas y controlar con eficacia la demanda y la oferta. Obviamente, y así lo asumieron, el mercado no podía garantizar el pleno empleo, la justicia distributiva o la protección del medio ambiente. Bajo esta nueva realidad, los tecnócratas dictaban las cosas que “funcionaban”, y los estrategas promovían las “cosas que ganaban”. Pero ninguno de ellos, sin embargo, hablaban de las personas. De aquellos barros, estos lodos."                (Juan Laborda, eldiario.es, 28/10/23)

7.11.23

El Banco de España calcula que el paquete anticrisis del Gobierno restó 2,3 puntos a la inflación de 2022 y elevó el PIB un 1,1%... El organismo aplaude la ayuda de 200 euros a vulnerables... cousas veredes

 "El Banco de España calcula que las medidas de apoyo contra la crisis energética desplegadas en 2022 por el Gobierno (bajadas del IVA, bonificaciones a los carburantes, tope al precio del gas en la generación eléctrica...) tuvieron un impacto positivo sobre la tasa de crecimiento del PIB de 1,1 puntos porcentuales y redujeron la inflación en 2,3 puntos.

El organismo ha publicado este martes un capítulo especial sobre energía de su informe anual de 2022. En él explica que la denominada solución ibérica “habría tenido una notable incidencia a la baja sobre la inflación en nuestro país durante 2022”.

La entidad, dice su director general de Economía y Estadística, Ángel Gavilán, no tiene una lectura “positiva ni negativa” del tope al gas, al no ser especialistas en mercado eléctrico. Pero “nuestro análisis es que ha reducido la inflación en la economía española en torno a medio punto en el conjunto de 2022” y ha tenido “un impacto importante sobre la inflación y sobre la actividad”, favoreciendo el consumo y la inversión de las empresas. En 2022, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), la economía española creció un 5,5% pese al histórico golpe de la inflación, que fue de media del 8,3%.

En su informe, el Banco de España critica una vez más que la mayoría de medidas del Gobierno para mitigar el zarpazo de la inflación por la guerra en Ucrania “han tenido un carácter generalizado y no han estado focalizadas en los colectivos más vulnerables”. Valora “positivamente” una que sí lo está, la ayuda de 200 euros destinada a hogares con bajo nivel de renta y riqueza aprobada a finales del año pasado. Pero también ve margen de mejora.

El organismo estima que este cheque para familias con rentas de menos de 27.000 euros al año y cuyo patrimonio no supere lo 75.000 podría beneficiar a unos 3,6 millones de hogares, que suponen en torno a la mitad de los que están situados en el 40% que menos renta tienen, y de los que un 51% presentan un gasto energético desproporcionado, un claro indicativo de pobreza energética.

Sin embargo, la entidad propone que a la hora de conceder estas ayudas, y para optimizar el uso de los recursos públicos, se tenga en cuenta no solo el nivel de renta, sino cuál es la estructura de gasto de los hogares más pobres.(...)"                (Antonio M. Vélez, eldiario.es, 26/04/23)

1.11.23

La inflación que padecemos es un problema de reparto... Nos han subido el coste de la energía de origen fósil y materias primas de las que somos dependientes y esa pérdida de bienestar hay que repartírsela... a través del mercado, o mediante un pacto de rentas entre empresas, trabajadores, rentistas y contribuyentes... Como fundamentalmente está operando el primero, el reparto resulta muy desequilibrado en favor de empresas y en contra de hogares... Sobre el comportamiento ventajista de las empresas hay mucha evidencia en Europa del BCE... Hasta ahora la subida de los precios y el aumento de los márgenes empresariales se ha podido financiar gracias al ahorro acumulado por los hogares y a la mejora en su renta operada por la creación de empleo y los programas de gasto contra la inflación del Gobierno. Pero el ahorro se está agotando, el gasto público se verá sometido a presión, y los tipos de interés se mantendrán altos. En este contexto es aún más relevante un pacto de reparto de esfuerzos... el acuerdo de coalición entre Sumar y el PSOE ha puesto el pacto de rentas entre sus prioridades... Sus componentes son, primero, la rebaja de los márgenes de beneficio excesivos, monitorizada gracias al Observatorio de Márgenes Empresariales, y centrada en alimentación y energía... segundo, el envío de información económica oficial, a medida de cada convenio colectivo provincial sectorial, propiciará un reparto más equilibrado de la productividad y en la lucha contra la inflación. tercero, aproximar la inferior contribución fiscal española a la media europea... cuarto, el índice de precios de referencia servirá para detener la extracción de rentas en la vivienda. Y, por último, la portabilidad obligatoria de hipotecas entre entidades, como en su día se hizo para la telefonía móvil (Carlos Martín Urriza )

 "La inflación que padecemos es un problema de reparto. Nos han subido el coste de la energía de origen fósil y materias primas de las que somos dependientes y esa pérdida de bienestar hay que repartírsela. Hay dos maneras de llevar a cabo esta distribución: la salvaje o a través del mercado, y la civilizada o mediante un pacto de rentas entre empresas, trabajadores, rentistas y contribuyentes. Como fundamentalmente está operando la primera el reparto está resultado muy desequilibrado, en favor de las empresas y en contra de los hogares. Las empresas —sobre todo las grandes—, que tienen el poder de fijar los precios, han trasladado por lo general todo el aumento de sus costes a los hogares sin asumir la pérdida que les correspondería en un acuerdo de reparto.

Sobre el comportamiento ventajista de las empresas hay mucha evidencia acumulada en Europa publicada por el BCE y aquí por el Banco de España, que en su Boletín económico del tercer trimestre señaló incluso actividades que habían aprovechado el río revuelto para ir más allá y ampliar sus márgenes como es el caso del sector energético, refino, hostelerías, alimentación, inmobiliarias y transporte (artículo 11). La propia CEOE reconocía en la última memoria de situación y perspectivas del Consejo Económico y Social de España que los beneficios empresariales impulsaban la subida de los precios (pág. 170). La fuerte pérdida de poder de compra acumulada por los salarios es otro indicador de este reparto desigual y avisa sobre la doble tarea de rebajar el ritmo al que crecen los precios (la inflación) y cerrar la importante brecha que se ha abierto entre el nivel salarial y de los precios.

Hasta ahora la subida de los precios y el aumento o ampliación de los márgenes empresariales se ha podido financiar gracias al ahorro acumulado por los hogares y a la mejora en su renta operada por la creación de empleo y los programas de gasto contra la inflación del Gobierno. Pero el ahorro familiar se está agotando, el gasto público se verá sometido a presión con las nuevas normas fiscales y los tipos de interés se mantendrán altos durante un período dilatado. En este contexto cobra aún más relevancia un pacto de reparto de esfuerzos que refuerce la resiliencia de todos los agentes. Por ello el acuerdo de coalición entre Sumar y el PSOE ha puesto el pacto de rentas entre sus prioridades. 

 Sus componentes son, primero, la rebaja de los márgenes de beneficio excesivos, cuya monitorización es ahora posible gracias al Observatorio de Márgenes Empresariales y debe centrarse en la cadena alimentaria y los sectores energético y de refino. El éxito en limitar los beneficios caídos del bolsillo de los clientes de las eléctricas —que va a continuar— es una prueba de que este tipo de intervenciones funcionan. Segundo, el envío de información económica oficial, actual, completa y a medida de cada convenio colectivo provincial sectorial propiciará un reparto más equilibrado de la productividad y los esfuerzos en la lucha contra la inflación. Tercero, aproximar la inferior contribución fiscal española a la media europea proporcionará recursos adicionales para financiar durante más tiempo las medidas deflacionistas gubernamentales como las subvenciones al trasporte urbano e interurbano o las rebajas fiscales a la electricidad, gas y alimentos. Cuarto, el índice de precios de referencia servirá para detener la extracción de rentas en la vivienda. Y, por último, la portabilidad obligatoria de hipotecas entre entidades, como en su día se hizo para la telefonía móvil, romperá el corralito en el que se han visto atrapados los hogares hipotecados."

(Carlos Martín Urriza ,es economista y diputado en el Congreso de los Diputados por Sumar. El Confidencial, 31/10/23)

28.9.23

Isabella Weber asusta a los economistas neoliberales... Hace dieciocho meses, la economista Isabella Weber se enfrentó a intensas críticas por culpar de la inflación a los beneficios empresariales. Ahora su análisis aparece regularmente en la prensa económica, y los ideólogos neoliberales se quejan de ello... En concreto, esto significa generar desempleo. En lugar de subidas de tipos, Weber propuso controles estratégicos de precios gestionados por el Estado. Fue acribillada por esta postura, y un Premio Nobel tachó su teoría de «verdaderamente estúpida». Más tarde se disculpó... La inflación de los vendedores lo cambia todo... la política económica progresista no puede prescindir de acabar con los monopolios, reforzar los sindicatos, eliminar el exceso de beneficios mediante impuestos extraordinarios y mantener reservas estratégicas de insumos críticos. La reciente reforma de la ley antimonopolio alemana es un primer paso en esta dirección... el jefe de la autoridad antimonopolio alemana anunció acciones legales en las industrias en las que «los precios suben de manera muy notoriamente uniforme»

 "Durante dos años, el mundo entero se ha obsesionado con la inflación. En lugar de celebrar el renacimiento del debate sobre el tema, muchos economistas están enfadados. No contra la inflación, sino contra la profesora Isabella Weber.

Ya en el invierno de 2021, Weber señaló en una columna como invitada para The Guardian que muchas empresas estaban trasladando sistemáticamente las presiones inflacionistas de la pandemia a sus clientes uno a uno, y algunas lo estaban haciendo en una proporción aún mayor, con beneficios en auge. Normalmente, los bancos centrales combaten estas presiones subiendo los tipos de interés, lo que amortigua la demanda agregada de la economía. En concreto, esto significa generar desempleo. En lugar de subidas de tipos, Weber propuso controles estratégicos de precios gestionados por el Estado. Fue acribillada por esta postura, y un Premio Nobel tachó su teoría de «verdaderamente estúpida». Más tarde se disculpó.

Apenas dieciocho meses después de la publicación de su columna, todas las grandes organizaciones económicas -como el Fondo Monetario Internacional (FMI), la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y los bancos centrales de Estados Unidos (la Reserva Federal) y de la eurozona (el Banco Central Europeo)- han publicado múltiples estudios que abordan el análisis de Weber (a menudo sin citarlo). La propia Weber siguió con dos trabajos de investigación, que reunían apoyo empírico para su teoría de la inflación impulsada por los beneficios. Para la economista Veronika Grimm, asesora del Gobierno alemán, todo esto es pura farsa.

Sin embargo, mientras los economistas descargan su ira en Twitter, Weber recorre el mundo concediendo entrevistas semanales a importantes medios como Bloomberg, el New Yorker y el Financial Times. Un presentador de la CNN comentó con aprecio que, después de todo su éxito, Weber se niega a añadir un toque arrogante de «te lo dije» a sus intervenciones. Pero pocas veces ha habido un abismo tan evidente entre la economía convencional y la prensa económica. ¿Puede eso explicar por sí solo el vitriolo dirigido a Weber?

El dramaturgo estadounidense Edward Albee dijo que el título de su obra ¿Quién teme a Virginia Woolf? significaba algo así como «¿Quién teme vivir sin ilusiones?». Entonces, cuando dirigen su fuego contra Weber, ¿a qué temen personas como Grimm?

La inflación del vendedor

A principios de este año, Weber y su estudiante de doctorado Evan Wasner desarrollaron una teoría dinámica para explicar la última racha de subidas de precios. La llamada inflación del vendedor, argumentan, se desarrolla en cuatro fases.

Primera fase: estabilidad. Es un día más en el capitalismo. La gente va a trabajar, fabrica y vende cosas, sus jefes se quedan con una parte como beneficio y pagan un salario con el resto.

Segunda fase: impulso. La escasez real de productos básicos clave, cuyo coste entra en la producción de muchos otros, provoca un shock de precios. Aparte de los cuellos de botella habituales que surgen de la anarquía de la producción capitalista, considérese el impacto de acontecimientos repentinos como sequías, congelaciones de las importaciones de gas, etcétera.

Tercera fase: repercusión. Las empresas protegen sus márgenes de beneficio del aumento del coste de los insumos subiendo sus propios precios. Por ejemplo, la inmensa mayoría de los establecimientos se ven afectados directa o indirectamente por la subida de los precios del gas: utilizan electricidad procedente de centrales eléctricas de gas, calientan el suelo de sus tiendas con gas o utilizan gas para producir fertilizantes y otros productos químicos. Por supuesto, dado que las empresas capitalistas no son organizaciones benéficas, hacen todo lo posible por repercutir el aumento de los costes a su clientela. Como una patata caliente, el aumento de precios pasa de empresa en empresa hasta que acaba en el supermercado como una etiqueta de precio más alto. ¿Cómo se libran los trabajadores de la patata caliente? Exigen a su vez salarios más altos para estabilizar su poder adquisitivo en términos reales.

Entonces llegamos a la cuarta fase: el conflicto. Los trabajadores luchan por unos salarios más altos para compensar las pérdidas de poder adquisitivo, lo que supone un aumento de los costes para las empresas, que a su vez incrementan los precios. Sin embargo, no se trata en absoluto de un conflicto en igualdad de condiciones, ya que los asalariados sólo intentan compensar las pérdidas anteriores de su salario real. Además, en cada ronda de negociación colectiva se ven obligados a escuchar a algún economista que les sermonea diciendo que ahora son ellos los responsables de luchar contra la inflación y que deben pedir aumentos menores para aportar su granito de arena. Mientras que los aumentos de precios en las fases segunda y tercera son limitados, la fase de conflicto – si los trabajadores están bien organizados – ejerce presión sobre el nivel general de precios, ya que los aumentos de precios se retroalimentan en un círculo vicioso. Como de hecho no ha sido así, en la mayoría de los países los salarios no han seguido el ritmo de la inflación. Los salarios reales – lo que los salarios realmente pueden comprar – cayeron.

 Muchos medios de comunicación, atraídos por la nueva perspectiva de Weber, calificaron su análisis de «inflación codiciosa» (greedflation). Sin embargo, este resumen de su teoría demuestra que no se trata de un proceso impulsado fundamentalmente por la codicia subjetiva. Weber insiste en ello en cada entrevista. La codicia no es una categoría relevante para explicar las presiones inflacionistas, porque las empresas en los mercados capitalistas están obligadas por la competencia a maximizar sus márgenes. Los beneficios son, por tanto, una consecuencia de las relaciones sociales y no tienen nada que ver con gestores codiciosos.

¿Qué ha cambiado?

Otra objeción sostiene que si las empresas pueden simplemente subir sus precios, como quiere la teoría de Weber, ¿por qué no lo hacen antes de la crisis inicial? En su artículo, Weber y Wasner argumentan que en una situación en la que surge una escasez real, las empresas competitivas situadas aguas arriba de los cuellos de botella sólo atienden inicialmente a sus respectivas clientelas. Así, pueden subir los precios sin temor a que la competencia les robe clientes con precios más bajos. Estas tendencias se refuerzan cuando un gran operador domina el mercado. Weber y Wasner citan al director general de Tyson Foods, el mayor productor de carne estadounidense, que reveló en una junta de accionistas que todos los competidores de la empresa habían imitado sus subidas de precios. Un razonamiento similar al de Weber y Wasner puede encontrarse ahora también en los informes más recientes del FMI y del Bundesbank alemán: los cuellos de botella en la producción han otorgado un importante poder de mercado a las empresas.

 Además, las empresas pueden imponer más fácilmente subidas de precios a sus clientes cuando éstos están acostumbrados a oír todos los días en los medios de comunicación nuevos choques de costes y crecientes presiones inflacionistas. Algunos en la prensa estadounidense han etiquetado esta dinámica como «excuseflation» (excusa de la inflación). Legendariamente, el jefe de Iron Mountain relató en una llamada sobre las ganancias en 2018 que rezaría por la inflación todos los días, porque le permitía impulsar mayores tasas de ganancias. Añadió que su oración por la inflación era, para él, como una «danza de la lluvia».

Ahora, esto puede ser solo el tipo de alarde para cortejar a los inversores en una conferencia telefónica. Pero numerosos estudios han investigado la cuestión de si las empresas han aumentado sus márgenes de beneficio durante este último periodo de inflación sostenida. Aún no existe un consenso definitivo: distintos estudios basados en conjuntos de datos variados llevan a conclusiones diferentes. En su artículo, Weber y Wasner muestran una fuerte correlación entre las tasas de beneficios y los precios en determinados sectores que clasifican como pertenecientes al grupo de impulso, entre los que se incluyen, por ejemplo, las empresas productoras de materias primas y energía. El Instituto Roosevelt y la Fed de Kansas City han constatado un aumento de los márgenes medios de beneficio en Estados Unidos, y el Bundesbank ha constatado más o menos lo mismo en Alemania, con un aumento de las tasas de inflación en 2021 y 2022 del 2,1 y el 2,4%, respectivamente. Incluso el conservador Instituto de Investigación Económica de Múnich escribió en un documento que «las empresas también están tomando el aumento de los costes como una excusa … para mejorar su situación de beneficios aumentando aún más sus precios de venta … Sobre todo en la agricultura y la silvicultura, incluida la pesca, así como en la construcción y el comercio mayorista, la hostelería y el transporte, las empresas subieron sus precios bastante más de lo que habría cabido esperar basándose únicamente en el aumento de los precios de los insumos». La participación de los beneficios unitarios en el crecimiento de los precios está muy por encima de la media histórica de la zona euro.

La teoría de Weber, sin embargo, no se basa en si los márgenes de beneficio son elevados por término medio, sino que afirma más bien que el poder de fijación de precios a corto plazo permite a las empresas protegerse de los choques de costes y, por tanto, que los beneficios contribuyen más que los salarios al aumento de los precios. Como ha demostrado recientemente el BCE, los beneficios por unidad producida también pueden aumentar mientras los márgenes de beneficio permanecen constantes, desplazando la distribución de la renta entre beneficios y salarios a favor de los primeros. Los márgenes de beneficio son tasas, mientras que los salarios son cantidades fijas. La misma tasa, digamos el 10%, multiplicada por unos costes totales más elevados, digamos un aumento de 100 a 150, conduce a una mayor masa de beneficios: 15 en lugar de 10, mientras que los salarios permanecen obstinadamente constantes.

Ganan los que no deberían hacerlo

A partir de aquí, sostengo con mi colega Michalis Nikiforos que las tasas de beneficios constantes pueden ser otra causa de la inflación impulsada por los beneficios. Los que sostienen lo contrario afirman que las empresas tienen un derecho natural a una parte fija de la renta total de la sociedad y que los asalariados deberían igualmente aceptar naturalmente la pérdida. Economistas como Grimm insisten continuamente en que el aumento de los precios y de los beneficios unitarios frente a unos salarios constantes es enteramente una cuestión de contabilidad. Grimm no explica por qué los salarios no siguen el mismo camino por sí solos, y naturaliza así la negociación socialmente disputada de la renta nacional entre el trabajo y el capital a favor del capital.

La distribución de la renta entre salarios y beneficios es un proceso social y, por tanto, ignora cualquier ley natural. El hecho de que las empresas puedan repercutir tan fácilmente los choques de costes, mientras que los asalariados sufren pérdidas reales de su poder adquisitivo, atestigua aún más la debilidad de los sindicatos y la fuerza del capital. Aunque los economistas de la corriente dominante advierten repetidamente contra la introducción de ajustes automáticos en los salarios y el gasto social para compensar la inflación, dicha indexación es una realidad de facto para algunas rentas del capital: las empresas pueden repercutir los aumentos de costes uno a uno, o incluso tenerlos por escrito en sus contratos, como en el caso de la indexación del 70% de los alquileres en Berlín.

Al señalar el papel de los beneficios, Weber ha liberado el discurso sobre la subida de precios de la camisa de fuerza que le imponen las teorías dominantes sobre la inflación. A partir del simple hecho de que «los precios suben porque las empresas los suben», en las últimas décadas se ha erigido una superestructura teórica que excluye la capacidad de las empresas para fijar los precios y sus efectos distributivos. En su ausencia, estas perspectivas antiestatistas reducen la inflación a la burda impresión de dinero y al aumento de la deuda pública. Gracias al análisis de Weber, la atención se ha desplazado ahora a instrumentos políticos como el control de precios y los impuestos sobre los beneficios extraordinarios, y por tanto sobre el capital, en lugar de centrarse en los ajustes de los ingresos de la clase trabajadora derivados del desempleo inducido por la política monetaria.

Incluso la presidenta del BCE, Christine Lagarde, declaró ante el Parlamento Europeo que la política monetaria no es tan eficaz para gestionar las subidas de precios de nuestro tiempo y que los cambios en la legislación antimonopolio deberían asumir una mayor parte de la carga. Y la directora del FMI, Gita Gopinath, declaró en junio que los márgenes de beneficio deben hundirse para combatir la inflación.

La inflación de los vendedores lo cambia todo

Pero la investigación de Weber tiene implicaciones que van más allá de hacer frente a las crisis de precios. ¿Qué tienen en común los salarios mínimos, los impuestos de sociedades, los precios del carbono y las subidas de los tipos de interés? Todas estas medidas son objetivos políticos que implican un aumento de los costes para las empresas que estan en el sector privado. Si Weber tiene razón, y las investigaciones posteriores apoyan su tesis, entonces vivimos en una estructura de mercado en la que la dirección socialdemócrata requiere instrumentos totalmente distintos de los que se discuten en los círculos políticos liberales.

Si muchas empresas pueden repercutir los costes inmediatos que les impone la política económica socialdemócrata (salarios mínimos, impuestos de sociedades, precios e impuestos sobre el carbono, tipos de interés), entonces existe la inquietante posibilidad de que dicha política no tenga ningún efecto o sea totalmente contraproducente. ¿Qué sentido tiene aumentar el salario mínimo si el nivel de precios sube al mismo ritmo? Dejar la lucha contra la inflación en manos de los bancos centrales, y el cerco tecnocrático del conflicto distributivo que conlleva, es igualmente ineficaz si las empresas pueden repercutir el aumento de los costes de los préstamos.

La «negociación salarial» se presenta así como una ilusión, ya que el poder de mercado de las empresas determina en última instancia el poder adquisitivo de los trabajadores. El economista de mediados del pasado siglo, Michał Kalecki, sostenía que los vendedores de fuerza de trabajo sólo negocian sus salarios nominales, dado que sus salarios reales están estructuralmente determinados por el poder de fijación de precios de las empresas, es decir, por la fuerza relativa de las grandes empresas, los sindicatos y las instituciones estatales en el mercado laboral. Dicho de otro modo, los salarios reales dependen del estado de la lucha de clases.

Así pues, la política económica progresista no puede prescindir de la exigencia de un cambio en la estructura del mercado que cree el poder necesario para repercutir los aumentos de costes. Esto significa acabar con los monopolios, reforzar los sindicatos, eliminar el exceso de beneficios mediante impuestos extraordinarios y mantener reservas estratégicas de insumos críticos. La reciente reforma de la ley antimonopolio alemana es un primer paso en esta dirección. En una entrevista concedida al Frankfurter Allgemeine Zeitung, el jefe de la autoridad antimonopolio alemana anunció acciones legales en las industrias en las que «los precios suben de manera muy notoriamente uniforme». Y ese es el mayor temor de la profesión económica: que las condiciones económicas se politicen y democraticen."        ( , JACOBINLAT, 25/09/23)