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11.10.26

La Unión Europea (UE) se fundó sobre la base de promesas de paz, libertad, prosperidad y autonomía estratégica. ¿Qué representa hoy en día? Guerra, censura, autoritarismo, estancamiento económico —por no decir una desindustrialización en toda regla— y vasallaje geopolítico ante los dictados de Washington... La UE no solo ha fracasado económicamente, quedando cada vez más rezagada respecto a las demás grandes economías avanzadas del mundo. Lo que resulta mucho más preocupante es que se ha transformado en una potencia cuasi dictatorial y pseudoimperial: una que sigue desmantelando los estados del bienestar europeos en nombre de la austeridad; que coacciona financieramente a Estados enteros para que se sometan; que anula leyes y constituciones nacionales a su antojo; que interfiere directamente en elecciones nacionales (Rumanía, Hungría, etc.); y que sanciona de forma extrajudicial a sus propios ciudadanos, privándoles de derechos civiles fundamentales... Para agravar aún más la situación, la UE se encuentra ahora al frente de una agresiva campaña de rearme y guerra contra Rusia, una campaña que ya ha infligido graves daños a las economías europeas y que corre el riesgo de arrastrar al continente a un conflicto abierto con la mayor potencia nuclear del mundo... Y, sin embargo, la mayoría de los ciudadanos siguen sin ser conscientes, en gran medida, del papel que desempeña la UE en el desmantelamiento progresivo de los derechos democráticos, económicos, políticos y sociales de los europeos... todo el proceso de integración europea debe entenderse no como un proyecto económico, sino como uno político: uno destinado a restar poder a la democracia de masas. El vehículo para ello fue un ataque contra el Estado-nación —la principal expresión institucional de la democracia— en beneficio del capital transnacional y de las oligarquías nacionales. Este proceso alcanzó un punto de inflexión con la firma del Tratado de Maastricht, que integró de hecho el neoliberalismo en el propio tejido de la Unión Europea... un cambio que la creación del euro consolidó de una vez por todas, al privar a (la mayoría de) los Estados miembros del pilar más fundamental de la soberanía económica: la facultad de emitir su propia moneda. Al hacerlo, transformó a los Estados miembros en algo parecido a colonias de Bruselas y Fráncfort (Wolfgang Streeck)

"(...) Acabo de recibir esta magnífica cita del reconocido sociólogo alemán Wolfgang Streeck:

"Como periodista independiente, Thomas Fazi es uno de los observadores más informados y perspicaces de la Unión Europea. Fazi es capaz de identificar y explicar acontecimientos e interrelaciones que la visión convencional de la investigación académica sobre la UE —financiada en gran medida por la propia entidad que estudia— se niega incluso a considerar. A diferencia de ese enfoque, el nuevo libro de Fazi aborda la UE y sus funciones dentro del sistema estatal europeo no de manera tecnocrática, sino desde una perspectiva política. Muestra hasta qué punto la UE ya ha logrado erosionar la soberanía de sus Estados miembros —y, con ello, su potencial democrático—.

A continuación se ofrece un resumen detallado del libro:

La Unión Europea (UE) se fundó sobre la base de promesas de paz, libertad, prosperidad y autonomía estratégica. ¿Qué representa hoy en día? Guerra, censura, autoritarismo, estancamiento económico —por no decir una desindustrialización en toda regla— y vasallaje geopolítico ante los dictados de Washington.

La UE no solo ha fracasado económicamente, quedando cada vez más rezagada respecto a las demás grandes economías avanzadas del mundo. Lo que resulta mucho más preocupante es que se ha transformado en una potencia cuasi dictatorial y pseudoimperial: una que establece las condiciones en las que 450 millones de personas trabajan, comercian, consumen e invierten; que sigue desmantelando los estados del bienestar europeos en nombre de la austeridad; que coacciona financieramente a Estados enteros para que se sometan; que anula leyes y constituciones nacionales a su antojo; que lleva a cabo operaciones de propaganda por valor de miles de millones de euros y practica una censura generalizada en Internet; que interfiere directamente en elecciones nacionales (Rumanía, Hungría, etc.); y que sanciona de forma extrajudicial a sus propios ciudadanos, privándoles de derechos civiles fundamentales. Todo ello, sin dejar de estar casi totalmente aislada de la presión democrática y, en gran medida, fuera del control de los gobiernos que nominalmente la constituyen.

Esto es el resultado de un largo proceso de «comisionización» progresiva y de supranacionalización del proceso de toma de decisiones en Europa. A lo largo de la última década, el centro de gravedad institucional de la UE se ha desplazado de manera decisiva hacia la Comisión Europea, que ha ido colonizando progresivamente ámbitos políticos antes reservados a los gobiernos nacionales: la política fiscal, la salud pública, los asuntos exteriores y la defensa. El mecanismo ha sido notablemente constante: cada crisis sucesiva —la crisis de la deuda soberana, el Brexit, la pandemia de la COVID-19, la guerra en Ucrania— ha servido de pretexto para que la Comisión asuma nuevas competencias, adopte decisiones de «emergencia» y consolide discretamente cambios permanentes en la arquitectura de la autoridad de la UE. Nada de esto ha requerido una modificación formal de los tratados. Ha ocurrido de forma sigilosa, al margen del debate público, a través de lo que los estudiosos denominan «integración sigilosa», y el resultado ha sido una erosión constante y acumulativa de la soberanía nacional y la rendición de cuentas democrática. Incluso el expresidente del Consejo Europeo, Charles Michel, acusó recientemente a von der Leyen de crear «una gobernanza superautoritaria».

Para agravar aún más la situación, la UE se encuentra ahora al frente de una agresiva campaña de rearme y guerra contra Rusia —una campaña que ya ha infligido graves daños a las economías europeas y que corre el riesgo de arrastrar al continente a un conflicto abierto con la mayor potencia nuclear del mundo.

Y, sin embargo, la mayoría de los ciudadanos siguen sin ser conscientes, en gran medida, del papel que desempeña la UE en el desmantelamiento progresivo de los derechos democráticos, económicos, políticos y sociales de los europeos. Es esta realidad oculta la que este libro se propone sacar a la luz: cómo funciona realmente la opaca maquinaria de Bruselas, a quién sirve y a qué precio.

No obstante, este libro también se dirige a aquellos críticos —tanto de la izquierda como de la derecha— que cuestionan las políticas actuales de la UE y, sin embargo, siguen aferrándose a la creencia de que la UE puede reformarse democráticamente. Incluso entre la mayoría de los críticos actuales, se considera a la UE como un proyecto bienintencionado que, de alguna manera, en algún momento, perdió el rumbo —aunque existe desacuerdo sobre cuándo ocurrió exactamente eso, por qué o a quién hay que culpar. Este libro propone una tesis diferente: que la encarnación actual de la UE no es una desviación de una trayectoria anteriormente positiva, ni de las intenciones originales de sus fundadores, sino más bien la culminación inevitable de un proyecto que fue, desde sus inicios, intrínsecamente elitista, antidemocrático y autoritario. Lo que estamos presenciando hoy no es una degeneración, sino una revelación: un proyecto que, por fin, se muestra tal y como siempre fue.

El libro sostiene que todo el proceso de integración europea, incluso en sus encarnaciones anteriores a la UE, debe entenderse principalmente no como un proyecto económico, sino como uno político: uno destinado a restar poder a la democracia de masas, que las élites habían tratado de contener desde la Segunda Guerra Mundial y que, a mediados de la década de 1970, había llegado a considerarse una amenaza letal para el statu quo capitalista. El vehículo para ello fue un ataque contra el Estado-nación —la principal expresión institucional de la democracia— en beneficio del capital transnacional y de las oligarquías nacionales. Este proceso alcanzó un punto de inflexión con la firma del Tratado de Maastricht, que integró de hecho el neoliberalismo en el propio tejido de la Unión Europea —un cambio que la creación del euro consolidó entonces de una vez por todas, al privar a (la mayoría de) los Estados miembros del pilar más fundamental de la soberanía económica: la facultad de emitir su propia moneda. Al hacerlo, transformó a los Estados miembros en algo parecido a colonias de Bruselas y Fráncfort. El libro sostiene que esto supuso nada menos que un golpe de Estado constitucional y jurídico —aunque inusualmente discreto—.

El libro también muestra que la UE no solo ha servido como vehículo para inclinar la balanza de poder a favor del capital, sino que ha sido un instrumento fundamental de la subordinación de Europa a Washington y al lobby bélico transatlántico. De hecho, la Unión Europea ha desempeñado históricamente un papel clave en el afianzamiento de la dependencia del continente respecto a Estados Unidos. Contrariamente a la narrativa popular que presenta la creación de la UE —y, antes de ella, la Comunidad Económica Europea (CEE)— como un contrapeso al poder estadounidense, la realidad es que Washington defendió activamente la integración europea como baluarte de la Guerra Fría frente a la Unión Soviética, canalizando su apoyo a través de organizaciones como el Comité Americano para una Europa Unida (ACUE), cuyo vicepresidente en aquel momento no era otro que Allen Dulles, entonces director de la CIA. Es probable que este apoyo se debiera al cálculo de que ejercer control sobre un único «gobierno» supranacional resultaría más sencillo que gestionar docenas de gobiernos nacionales individuales. De hecho, la UE, incluso en sus primeras etapas, siempre ha estado ligada al atlantismo, una lealtad que no ha hecho más que intensificarse desde el fin de la Guerra Fría. Por ello, la élite tecnocrática de la UE, y la Comisión Europea en particular, se ha alineado históricamente más estrechamente con Washington que con los propios gobiernos nacionales de Europa.

Los acontecimientos recientes lo confirman. Ursula von der Leyen —apodada «la presidenta estadounidense de Europa»— ha aprovechado la crisis de Ucrania para impulsar una mayor expansión de los poderes ejecutivos de la Comisión, de carácter verticalista, lo que ha dado lugar a una supranacionalización de facto de la política exterior de la UE (a pesar de que la Comisión carece de competencia formal en este ámbito), al tiempo que ha garantizado la alineación del bloque con —o, más exactamente, su subordinación a — la estrategia de EE. UU. y la OTAN (no solo en lo que respecta a Rusia, sino también a Israel y Gaza), y marginando a las voces disidentes, como las de Hungría y Eslovaquia, todo ello a expensas de los propios intereses fundamentales de Europa.

Por último, el libro concluye que la UE es estructuralmente irreformable, ya que el supranacionalismo en sí mismo es un modelo intrínsecamente defectuoso. Este fracaso se hace aún más evidente cuando se compara el enfoque de la UE con el del resto del mundo. Las principales transformaciones de la economía mundial en las últimas décadas —el desarrollo de nuevas tecnologías, la expansión de las cadenas de valor globales, el crecimiento del comercio, el auge de China— no requirieron ninguna de las condiciones del Mercado Único europeo, y mucho menos las de la propia UE o su moneda única. Por el contrario, las economías ajenas a la UE —Estados Unidos, China y las economías emergentes de Asia y América Latina— han logrado una prosperidad creciente y una conectividad internacional cada vez mayor sin contar con estructuras supranacionales ni acuerdos monetarios comparables. En su lugar, estos países han aprovechado su autonomía nacional para adaptarse con flexibilidad al cambio global, adoptando un enfoque más descentralizado de la cooperación económica y política. La experiencia de las naciones no occidentales, en particular, demuestra que la soberanía nacional no tiene por qué obstaculizar la colaboración internacional —y, de hecho, puede potenciarla—.

Estos países se decantan cada vez más por acuerdos más flexibles, como los del BRICS y la ASEAN, frente al modelo de integración supranacional de la UE. Mientras que el modelo de la UE exige un alto grado de cesión de soberanía, una normativa vinculante y una autoridad central fuerte para hacer cumplir las leyes en todos los Estados miembros, el BRICS y la ASEAN permiten a los países cooperar al tiempo que conservan un control sustancial sobre la política nacional. Estos acuerdos facilitan la cooperación económica sin imponer una armonización de políticas, lo que permite a los Estados miembros aplicar sus propios modelos económicos al tiempo que se fomenta el crecimiento regional a través de un marco más flexible y basado en el consenso —un marco que presenta la ventaja añadida de permitir la cooperación entre países con sistemas políticos, económicos y de valores marcadamente diferentes.

Este marco refleja una preferencia emergente por la multipolaridad y está configurando un nuevo modelo de colaboración internacional que diverge marcadamente del enfoque supranacional de la UE. ¿Podría este modelo servir de base para un nuevo marco pos-UE en Europa? Una cosa está clara: los europeos a quienes les importan la paz, la democracia y el futuro del continente deben unirse en oposición a la UE antes de que sea demasiado tarde."

 (Wolfgang Streeck, en Thomas Fazi, blog, 20 de septiembre de 2026, traducción Salvador L. Arnal)

29.9.26

Varoufakis: Cuando la City de Londres o los países escandinavos en 1992 tuvieron bancos quebrados, o en Corea del Sur en 1998 la deuda privada se disparó, el banco central acudió en ayuda del tesoro y del sistema bancario. El estado puede nacionalizar los bancos para salvarlos, mantenerlos abiertos y que los cajeros funcionen porque el banco central respalda al estado... En Europa creamos un Banco Central Europeo con estatutos que le prohíben ayudar a los estados a gestionar una crisis bancaria. Eso es absurdo. Porque si le niegas a Francia, a Alemania o a Grecia la ayuda del banco central para salvar su sistema bancario, la alternativa es que un estado sin acceso a la imprenta de dinero tenga que endeudarse, hacer que sus contribuyentes más débiles pidan prestado para trasladar las pérdidas bancarias de los balances de los bancos a los balances del estado. Y entonces tienes una catástrofe... Para ponerlo de forma más simple y alegórica: al crear el euro como lo hicimos (y repito, no estoy en contra de una moneda común si se hace bien), fue como quitarle los amortiguadores a tu coche y luego meterlo por un camino lleno de baches. Eso es lo que hicimos

"La hegemonía de EEUU morirá cuando Pekín decida convertir el BRICS+ en un sistema de Bretton Woods… pero los chinos no tienen prisa. Están creando la infraestructura para ello.

Entrevista a Yanis Varoufakis realizada por el profesor noruego Glenn Diesen

Glenn Diesen: Bienvenidos de nuevo a todos. Hoy nos acompaña Yanis Varoufakis, profesor de economía, exministro de Finanzas de Grecia y fundador de DiEM25, el Movimiento Democracia en Europa. Así que gracias por volver al programa.

Yanis Varoufakis Muchas gracias por invitarme, Glenn.

Glenn Diesen:

Bueno, el discurso sobre la Unión Europea se ha vuelto muy polarizado, especialmente en los últimos años. Es decir, o todo es muy bueno o todo es muy malo. Y alrededor de estas posiciones tenemos narrativas contrapuestas sobre esta postura binaria. Ahora bien, se puede argumentar que la cooperación europea es necesaria e ideal, aunque solo sea por el poder de negociación colectivo y la ayuda para gestionar las relaciones. Pero, yo sería un poco escéptico respecto al desarrollo tan autoritario, el belicismo y la creciente pérdida de utilidad geoeconómica de la UE. Aún así, el bloque parece estar cambiando mucho, al igual que el apoyo que recibe. Me preguntaba, ¿cómo evalúas a la UE hoy y la dirección hacia la que se dirige?

Yanis Varoufakis

Me temo mucho que se está volviendo cada vez más fársica. Escuchaste a Von der Leyen, la presidenta de la Comisión Europea, ayer mismo. En un ambiente festivo, mientras ejercía de anfitriona con Carney, el primer ministro canadiense, se tomó la libertad de comprometer a la Unión Europea a concederle a Canadá una «membresía asociada»; lo cual, ya sabes, podría haber sido una idea interesante si existiera como concepto. Se lo inventó al momento. Es decir, esta gente se inventa las cosas sobre la marcha. Me parece que están en un estado de confusión muy grave.

Pero permíteme empezar desde el principio, con algo que dijiste en tu introducción. Cuando empecé a debatir sobre la Unión Europea dentro de Europa, aquí en Grecia y en Estados Unidos, lamenté el hecho de que el debate estuviera polarizado. Usaste esa palabra: la polarización o los efectos polarizadores del debate sobre Europa. Y esa polarización se daba entre los euroescépticos —personas con buenos argumentos en contra de una entidad de gobierno paneuropea; estos son los burkeanos, los euroescépticos británicos y otros euroescépticos que creen firmemente que, para que un gobierno sea democrático, se necesita una correspondencia biunívoca entre una cultura, una lengua, un parlamento y un estado. Y que eso no podía ocurrir a nivel europeo porque no existía un demos europeo.

Y si no tienes un demos europeo, ¿cómo vas a tener una democracia europea? Así que si terminas con una burocracia, esta va a ser autoritaria. Este es el argumento euroescéptico que sustenta a bastantes personas en Europa.

No era mi argumento, porque creo sinceramente que el demos es algo que creamos. Tú eres más historiador que yo: la historia del nacionalismo europeo de los siglos XVIII y XIX demuestra que una nación es un producto histórico, es algo que se forja. Los estadounidenses no eran una nación hasta que crearon los Estados Unidos; la mayoría ni siquiera hablaba inglés. Así que la idea de que «no existe un demos europeo y por lo tanto nunca podrá haber una federalización europea democrática» es un argumento respetable, pero no uno que yo haya adoptado.

Luego, por otro lado, tienes a lo que yo llamo los «euro-leales», ya sabes, los diversos think tanks como Bruegel y demás; gente muy lista, pero para quienes la Unión Europea no puede hacer nada mal. Incluso cuando está arruinando las cosas, tienen una visión panglossiana de que esta es la mejor de las Europas posibles y, por tanto, tenemos que apoyarla. Así que tenías a los euroescépticos y a los euro-leales. Yo nunca me alineé con ninguno de los dos. Yo era un eurocrítico, pero en el sentido de la palabra griega antigua «crítico»: alguien que hace las preguntas difíciles. Yo quería que la Unión Europea se convirtiera en una federación democrática.

Me crié fuera de la UE, fuera del Mercado Común. Crecí bajo una dictadura fascista —que, por cierto, estaba en la OTAN pero no en el Mercado Común Europeo—. Mis padres, mi círculo social, todos anhelábamos formar parte de la familia democrática europea. Sabía —especialmente cuando empecé a leer historia— que el Mercado Común Europeo, la Unión Europea como se llama hoy, fue creado como un cártel de grandes empresas.

No se creó de ninguna manera que se parezca a un estado democrático ni a ningún tipo de estado. No fue el resultado de un proceso socioeconómico y político que generara tensiones entre diferentes clases sociales cuyo resultado fuera la creación de algún tipo de estado para paliar y regular esas tensiones. Así no es como empezó la Unión Europea.

Empezó de la misma manera que la OPEP: la Organización de Países Exportadores de Petróleo, como un cártel. Y tenía nombre de cártel: se llamaba Comunidad Europea del Carbón y del Acero. Era un cártel del carbón y del acero, y luego incorporaron a la industria de bienes eléctricos, y más tarde cooptaron a los agricultores a través del Tratado de Roma —a los grandes agricultores del norte de Europa, no a los del sur—.

Pero yo aún tenía la esperanza de que, de crisis en crisis, la Unión Europea se desarrollara; que se transformara de un cártel en algo que pudiera convertirse con el tiempo en una federación democrática. Incluso cuando me convertí en ministro de Finanzas, la razón por la que fui elegido para representar al pueblo de Grecia en el parlamento y ser su ministro de Finanzas fue porque la Unión Europea le había exigido una enorme «libra de carne» al pueblo griego.

Fueron unos bárbaros por cómo nos trataron.

Sin embargo, aunque aquello me tocó muy de cerca y fui elegido para enfrentarme a los poderes fácticos en Bruselas, Frankfurt, mantuve la esperanza de que, a través de esta clase de lo que llamé «desobediencia gubernamental» (en contraposición a la desobediencia civil) —yo era un ministro de Finanzas desobedeciendo al Eurogrupo—, a través de este choque pudiéramos convertir la Unión Europea.

Pudiéramos tener un Green New Deal para Europa. Trabajé muy duro incluso después de dimitir, tras ser aplastado por la Unión Europea. Seguí manteniendo ese europeísmo radical y progresista. Mencionaste DiEM25: lo creamos para competir en las elecciones al Parlamento Europeo en 2019 sobre la base de un programa —el Green New Deal para Europa— que transformaría esta Unión Europea oligárquica, neoliberal, propensa a la austeridad y dirigida por banqueros, en una Unión Europea de los pueblos.

Y, por supuesto, fuimos aplastados. Ursula von der Leyen fue elegida supuestamente para hacer efectivo y promulgar —recuerda el Green Deal— el billón de euros que iba a gastar en la transición ecológica. Nada de eso ocurrió. Se ignoró, se olvidó. Y ahora tenemos rearmamento, tenemos keynesianismo militar y una Unión Europea que es un peligro claro y presente para los europeos y para el resto del mundo.

Para acortar esta historia: ya no tengo esperanzas en esta Unión Europea. Creo que esta Unión Europea no perdió la oportunidad de perder cada oportunidad de transformarse, y ahora es tan tóxica… está resquebrajada. Mira lo que le está pasando al esqueleto principal de la Unión Europea: el eje franco-alemán. Alemania es ahora totalmente ingobernable; Alternative für Deutschland, que es profundamente antieuropea, racista y cuasifascista, va de fuerte en fuerte. En Francia tienes a Le Pen, que nunca ocultó su antieuropeísmo.

Así que, incluso si el centro radical restablece su control, será emulando a la extrema derecha neofascista y adoptando aún más austeridad, lo que crea más fuerzas deflacionarias. Cuando digo fuerzas deflacionarias, me refiero a la deflación de los salarios, no tanto de los precios. Y sabemos que esa es la receta para el auge del nazismo y el fascismo. Así que esta Unión Europea terminó siendo el peldaño sobre el que pisó el capitalismo fallido de Europa para avanzar hacia un nuevo tipo de fascismo.

Glenn Diesen:

Recuerdo que en los años 60 —yo no había nacido— el académico británico David Mitrany escribía que la UE tendría dos futuros diferentes. Dijo que podía ser bien funcionalista o bien federalista. Veía el funcionalismo esencialmente como buscar qué función podía tener la UE para mejorar la seguridad, la economía, la democracia, y que esa función dictara la forma de la UE. Mientras que el modelo alternativo, argumentaba, era el federalismo, donde ya decidíamos una forma (la centralización del poder) y esto empezaría a dictar la función. 

Su preocupación en aquel entonces —han pasado 60 años— era que la UE empezara a parecerse a la Unión Soviética con esa concentración de poder.. Pero la razón por la que lo saco a colación es que ya no veo claramente el modelo económico de la UE. ¿Ves que los problemas económicos van más allá de las estructuras de la UE?

Yanis Varoufakis

Tal como yo lo entiendo —y esto va a molestar seriamente a los europeístas—, Europa nunca tuvo un modelo económico propio diseñado por ella misma. A los europeístas les gusta imaginar la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, el Mercado Común y la Unión Europea como un diseño europeo, un modelo social europeo. Nunca lo fue. Siempre fue un diseño estadounidense impuesto e implementado por los Estados Unidos de América.

Nosotros creímos que era obra nuestra. No cabe duda que, tras la Segunda Guerra Mundial, la gran mayoría de los europeos querían una Europa unida que hiciera la guerra irrelevante y la paz inevitable. De eso no hay duda: había sed de una Unión Europea. Pero si miras el cártel de grandes empresas que se creó… ¿quién diseñó eso? Pasé bastantes años académicos investigando sobre ello.

Escribí un libro hace tiempo titulado El Minotauro Global. Después escribí otro titulado Y los débiles sufren lo que deben? . En el contexto de la investigación, leí extensamente en la Biblioteca del Congreso en Washington las transcripciones de las reuniones de los comités del Senado de 1946 a 1950. Y ahí estaba el diseño de la Unión Europea. No se ideó en Europa, se ideó en Washington.

Como muy bien sabes, cuando EE. UU. salía de la Segunda Guerra Mundial, los partidarios del New Deal eran personas que habían sufrido masivamente de jóvenes tras el desastre de 1929 y la Gran Depresión. Su gran temor era que la Gran Depresión regresara en 1949. Hablaban de 1949 porque eran 20 años después de 1929.

El miedo era que, una vez terminada la guerra, todos esos pedidos se secaran. Y además de la caída de la demanda agregada como resultado del fin de la guerra, se sumaría el regreso de los soldados, de la mano de obra masculina. Habría un aumento en la oferta laboral y una reducción en la demanda de trabajo, lo que provocaría un colapso: 1949 sería otra versión de 1929. Y estaban decididos a no permitir que esto sucediera.

Así que la primera tarea que tenían era cómo reconvertir las fábricas que hacían balas, ametralladoras, portaaviones y bombarderos para fabricar electrodomésticos, aviones comerciales, coches, etc. Ese era un problema técnico que superaron muy rápidamente a través de lo que John Kenneth Galbraith describió como la «tecno-estructura».

La segunda cuestión era: ¿de dónde va a salir la demanda para los productos de esas fábricas? Porque esas fábricas, una vez reconvertidas de uso militar a civil, podían producir muchos más coches, lavadoras, frigoríficos y unidades de aire acondicionado de los que necesitaban los estadounidenses.

La respuesta fue: tenemos que vender a los europeos. Pero el problema era que los europeos no tenían dinero. Estábamos en cenizas y nuestros sistemas monetarios destruidos. No había forma que Europa proporcionara la demanda agregada necesaria que le faltaba a la economía estadounidense. Así que decidieron «dolarizarnos», dándonos acceso al dólar estadounidense, y ese fue el sistema de Bretton Woods.

Pero para que eso funcionara, tenían que crear algo como la Unión Europea. Así que el cártel del carbón y del acero fue una idea estadounidense. Tenía una dimensión económica y una dimensión militar/geopolítica. La dimensión política y diplomática era cómo asegurarse de que franceses y alemanes no volvieran a luchar. Es decir, vincular a sus grandes empresas: crear un cártel del acero y del carbón en copropiedad de alemanes, franceses, italianos del norte, holandeses y belgas. Ese era el núcleo de la Comunidad Económica Europea. Y cooptar a los agricultores franceses para que no causaran problemas cuando las mercancías cruzaran las fronteras, dándoles una tajada de los beneficios monopolísticos del cártel.

Este fue un diseño estadounidense, y el Plan Marshall tenía el propósito de financiar esto, ponerlo en marcha, con los banqueros de Wall Street entrando para complementar todos estos fondos con crédito.

Toma el «milagro económico alemán». Por supuesto, los ingenieros alemanes siempre han sido brillantes, desde la época del Káiser. Pero, ¿qué ocurrió? Recordarás que tras la Segunda Guerra Mundial, los aliados —especialmente británicos y franceses— habían acordado entre ellos que Alemania sería desindustrializada y convertida en un parque temático bucólico. Llegaron a volar al menos 1700 fábricas. Fueron los estadounidenses los que en un momento dado, cuando diseñaron Bretton Woods, dijeron: «No, no, no. No podemos hacer eso.

Necesitamos que Alemania sea la fábrica de Europa, de esta nueva Europa que estamos creando. Y pondremos a los franceses a administrarla. Por eso la OCDE está en Francia. Por eso a los franceses se les dio mucho más acceso a dirigir las instituciones de la Comunidad Europea.

Cuando decimos «el modelo económico de Europa» estamos hablando: de un diseño estadounidense. Y la razón por la que discrepo con la idea de que en los 60 Europa tuvo que elegir entre «federación» y «funcionalidad» es que Europa nunca habría optado por la federación. No se movía hacia ella en los años 60. Alemania estaba muy feliz de ser la fábrica de Europa y Francia muy feliz de dirigir el servicio diplomático, la OCDE, los inicios de la Comunidad Europea en Bruselas y que el francés fuera el idioma dominante.

Lo que ocurrió fue que el sistema de Bretton Woods fue dinamitado, y lo dinamitaron los propios estadounidenses. ¿Por qué? Porque ya no era sostenible. ¿Y por qué no era sostenible? Porque todo el objetivo del sistema de Bretton Woods desde los años 40 era mantener y reproducir los superávit estadounidenses: las exportaciones netas de las fábricas estadounidenses que irían a Europa, y a los europeos se les darían dólares para comprarlas (financiación al comprador, en otras palabras). Pero a partir de 1968-1969, debido a la Guerra de Vietnam y las tensiones sociales internas, EE. UU. se convirtió en un país deficitario.

Dado que eran un país deficitario, no podían mantener los tipos de cambio fijos, así que los dinamitaron. Los europeos quedaron completamente atónitos. Recuerda cuando el Secretario del Tesoro de Richard Nixon (quien voló Bretton Woods el 15 de agosto de 1971), un texano llamado John Connally, visitó Bonn, París y Londres con un mensaje simple: «El dólar es nuestra moneda, pero a partir de hoy es vuestro problema».

El dólar se devaluó y repentinamente el franco francés y el marco alemán ya no tenían un tipo de cambio fijo. Esto fue una catástrofe para el cártel. Piénsalo: ya es difícil para la OPEP coludirse como un cártel cuando no tienen el problema de la divisa, porque cada barril de petróleo se cotiza en dólares. Imagina si el petróleo saudí se cotizara en una divisa, el indonesio en otra y el iraní en una tercera; no habría forma de mantener el cártel.

Así que los europeos, que dependían de este modelo que los estadounidenses les habían otorgado, entraron en pánico a finales de los 60 y principios de los 70 buscando cómo fijar de nuevo los tipos de cambio. A los estadounidenses ya no les importaba, porque tomaron su propio camino con el dólar y la financiarización a través de Wall Street.

Los europeos, desde 1970 (¿recuerdas el Informe Werner?), empezaron a intentar fijar los tipos de cambio para crear un Bretton Woods europeo, pero no tenían la experiencia de los estadounidenses, ni sus superávit, ni el gobierno federal que necesitaban para hacerlo. Siguieron intentándolo: primero la Serpiente Monetaria, luego el Sistema Monetario Europeo (SME)… todos fracasaron. El SME hizo a George Soros muy rico en 1992 cuando saltó por los aires. Así que en un momento dado se rindieron y dijeron: «De acuerdo, tendremos una moneda única».

Pero crearon una federación monetaria (una moneda única) sin una federación fiscal ni una federación política. Y eso es lo que haces si quieres crear un sistema permanente de austeridad, de muy baja inversión, de inversión negativa y de estancamiento. Por eso, en los mismísimos cimientos de la Unión Europea tienes este proceso de estancamiento y desintegración, lo que explica por qué gente como Von der Leyen suena tan insensata hoy.

Glenn Diesen:

Mencionaste la moneda común, y a menudo se le critica por no tener unos cimientos económicos claros y por ser tratada en su lugar como un proyecto político. ¿Cómo pueden las personas de a pie entender la falla básica del euro?

Yanis Varoufakis

No estoy en contra de tener un sistema monetario como proyecto político. El dinero es político. Cualquiera que piense que el dinero es apolítico necesita replantearse seriamente su comprensión de lo que es el dinero. No hay nada más político que el dinero. Así que no los culpo por intentar crear un sistema monetario como proyecto político; lo que digo es que lo hicieron de una forma estúpida. Permíteme ser directo: soy demasiado viejo para andar con matices.

Lo que hicieron fue una locura, una estupidez. Responderé a tu pregunta sobre cuál es el fallo fundamental en términos no técnicos, para que todo el mundo lo entienda.

Piensa cualquier país del mundo tienes dos gigantescos pilares que sostienen su economía: el banco central y el ministerio de economía o del tesoro, y se apoyan mutuamente. Es como un gigante con dos piernas. El tesoro emite deuda en nombre de toda la economía; el banco central emite el dinero, y asi se cubren las espaldas. Cuando hay un problema bancario o monetario, el tesoro acude en su ayuda; ocurre en EE. UU., en Rusia, en China, en el Reino Unido, Canadá, Australia, en todas partes.

¿Qué hicimos en Europa? Pusimos el carro delante de los bueyes —es decir, antes de tener la unión fiscal y política creamos una sola pierna: el Banco Central Europeo— no hay un tesoro. No hay un tesoro común.

Así es como se lo explico a mis estudiantes y a la gente en la calle (los taxistas lo entienden muy bien, no necesitas formación académica): creamos un banco central sin estado ni tesoro, y tenemos unos 20 tesoros y estados sin banco central.

Cuando la City de Londres o los países escandinavos en 1992 tuvieron bancos quebrados, o en Corea del Sur en 1998 la deuda privada se disparó, el banco central acudió en ayuda del tesoro y del sistema bancario. El estado puede nacionalizar los bancos para salvarlos, mantenerlos abiertos y que los cajeros funcionen porque el banco central respalda al estado.

En Europa creamos un Banco Central Europeo con estatutos que le prohíben ayudar a los estados a gestionar una crisis bancaria. Eso es absurdo. Porque si le niegas a Francia, a Alemania o a Grecia la ayuda del banco central para salvar su sistema bancario, la alternativa es que un estado sin acceso a la imprenta de dinero tenga que endeudarse, hacer que sus contribuyentes más débiles pidan prestado para trasladar las pérdidas bancarias de los balances de los bancos a los balances del estado. Y entonces tienes una catástrofe.

Para ponerlo de forma más simple y alegórica: al crear el euro como lo hicimos (y repito, no estoy en contra de una moneda común si se hace bien), fue como quitarle los amortiguadores a tu coche y luego meterlo por un camino lleno de baches. Eso es lo que hicimos.

Glenn Diesen:

Esa analogía lo resume muy bien. Quería cambiar un poco de tema hacia el aspecto tecnológico y la política industrial. Señalaste que la UE es en gran medida un cártel de origen estadounidense, pero en los años 80 la UE tenía cierta política industrial que rivalizaba con la de EE. UU. Edward Luttwak, por ejemplo, escribe mucho sobre cómo en los años 80 los europeos, mediante aranceles y subsidios, ayudaron a construir industrias automovilísticas y aerolíneas muy potentes. Pero ya a principios de los 90 se veían declaraciones preocupadas de la Comunidad Europea diciendo que «corrían el riesgo de convertirse en una colonia tecnológica de EE. UU. y Japón» porque no seguían el ritmo del desarrollo digital.

Hoy, 30 años después, vemos que el desarrollo tecnológico avanza velozmente en muchos países mientras la UE no tiene plataformas tecnológicas propias. No es contradictorio decir que la UE carece de un ecosistema digital propio. Se podría argumentar que la estrecha relación con EE. UU. fue un problema porque aceptamos una dependencia total de sus plataformas. ¿Cómo ves a la UE hoy? 

Porque ya no se trata solo de tecnologías digitales; la tecnología digital se está trasladando a todas las industrias. La industria tradicional donde los europeos eran fuertes está cayendo. El sector automotriz alemán es el mejor ejemplo: si no se adaptan a las nuevas tecnologías, no sobrevivirán (sumado al problema energético). ¿Cuál es el riesgo de que la UE se convierta en una colonia tecnológica de América o de alguien más?

Yanis Varoufakis. No hay riesgos. Ya somos una colonia.

Glenn Diesen: (Risas) Vaya…

Yanis Varoufakis.

Es como decir: «¿Cuál es el riesgo de que no haya oxígeno en la Luna?». No hay oxígeno en la Luna. Se acabó. Estamos fritos. Pero permíteme ir un poco más atrás, Glenn. Hablaste de la política industrial en los años 80. No creo que esa fuera la razón por la que nuestras industrias en Europa, especialmente las alemanas, eran tan poderosas en los 80. Vuelvo a lo que decía sobre la ruptura de Bretton Woods por parte de EE. UU. Aquel sistema se basaba en que EE. UU. producía el superávit que nosotros comprábamos con sus dólares. Eso terminó en 1971.

A partir de los años 80, este reciclaje de superávits y déficits se invirtió masivamente. Los estadounidenses pasaron de ser el país sin déficit de los 50 y 60 a ser los reyes del déficit. Un déficit presupuestario federal masivo, especialmente tras Reagan con sus bajadas de impuestos y gasto militar. La economía estadounidense se convirtió en una gigantesca aspiradora que absorbía las exportaciones netas de Alemania, Italia, Japón y más tarde China. ¿Y cómo pagaba todo esto? Con pagarés llamados dólares. Imprimían dólares y pagaban con ellos.

La razón por la que la industria química o automotriz alemana, o Siemens, volaban tan alto era porque los estadounidenses les proporcionaban una demanda enorme: compraban todo lo que producían. Y en ese contexto, Volkswagen y otros regulaban sus propias industrias (recuerda el escándalo de la tecnología creada para engañar en los tests de emisiones). Había mucha inversión en crear poder monopolístico y subvertir regulaciones. Esto funcionó magníficamente para los europeos hasta 2008.

Incluso en los 90, sobre la ola de esta marea de exportaciones a EE. UU., la Comisión Europea (y para cuando la capital de Alemania se trasladó de Bonn a Berlín, también París) estuvo encantada de adoptar las ideas de Margaret Thatcher sobre el mercado único, lo que efectivamente destruyó toda política industrial y dejó al capital industrial hacer lo que quisiera; lo cual estaba bien mientras los estadounidenses compraran todo lo que producía Europa.

Pero, ¿qué ocurrió con todos los dólares que el capital alemán, francés o italiano estaba acumulando vendiendo a EE. UU.? No puedes hacer mucho con dólares en Europa. Así que esos capitalistas (alemanes, franceses, armadores griegos…) enviaron esos dólares a Wall Street. ¿Y qué hicieron con ese dinero en Wall Street? Compraron deuda estadounidense. Financiaron al gobierno federal de EE. UU. comprando acciones y bienes inmuebles. Así se invirtió el reciclaje de superávits y deudas.

Eso fue ingenioso y fue la razón por la que EE. UU. se convirtió en el primer imperio hegemónico que se volvía más poderoso cuanto más endeudado estaba. Eso no había ocurrido nunca en la historia de la humanidad. Pero de repente, el papel de los banqueros de Wall Street se volvió gigantesco, porque eran los encargados de reciclar el dinero de los demás hacia la deuda del gobierno estadounidense, el sector inmobiliario y la bolsa de Nueva York. Así que tuvieron que ser totalmente desregulados. Y una vez desregulados, aprendieron el truco de coger un dólar enviado por un capitalista alemán y, mediante ingeniería financiera, convertirlo en 100 dólares.

Eso creó enormes burbujas que estallaron en 2008. Y ¿qué pasa cuando esas burbujas estallan en 2008? Compara lo que ocurrió en EE. UU. con lo que ocurrió en Europa. Si la audiencia quiere saber por qué EE. UU. no está en la apurada situación de Europa, considera la siguiente escena:

En Nueva York o Washington, la bolsa ha colapsado, Lehman Brothers ha muerto, el techo del capitalismo se cae a pedazos. Ben Bernanke (entonces jefe de la Reserva Federal), el presidente Bush primero y luego Obama, junto a la gente de JP Morgan y Goldman Sachs, se sientan a una mesa y se hacen la pregunta pertinente: «¿Cómo nos salvamos?». Y se les ocurre el TARP: dieron 800 000 millones a los banqueros, y luego otros planes que, según mis cálculos, dieron 11 billones de dólares a los banqueros para salvarlos.

No hicieron nada por la clase trabajadora ni la clase media, pero salvaron a los banqueros. Y no le cobraron impuestos a nadie para hacerlo: crearon el dinero de la nada usando los mismos trucos de Wall Street que habían provocado la caída, esta vez para reflotarlo con la participación activa del banco central. Eso es lo que ocurrió en Washington: la cúpula gobernante se preguntó cómo salvarse y actuaron.

En Europa —fui testigo de esto—, 28 primeros ministros, ministros y banqueros centrales se reúnen y se hacen una pregunta muy diferente. La pregunta no era «¿cómo nos salvamos?», sino: «¿Cómo podemos pretender que las reglas de la Unión Europea que ya no funcionan siguen funcionando?». Si respondes a esa pregunta, no te salvas: creas una catástrofe.

Lo que hicieron fue imponer austeridad a todo el mundo. Austeridad masiva, porque al Banco Central no se le permitía salvar a nadie (a diferencia de EE. UU.). Crearon una austeridad enorme. Pidieron prestado a los europeos más pobres (a los eslovenos, eslovacos, malteses) para dárselo al estado griego que estaba en quiebra; no para dárselo al pueblo griego, sino para dárselo al Deutsche Bank. Así que el esloveno o el eslovaco estaban prestando dinero efectivamente para rescatar al Deutsche Bank. Eso es un crimen contra la lógica.

Para justificarlo, empezaron con austeridad masiva en Grecia, luego en Irlanda, Portugal, España, Italia, Francia y eventualmente en Alemania. Wolfgang Schäuble me lo dijo explícitamente: «Te estoy haciendo tragar la austeridad porque quiero llevarla a Alemania, necesitamos bajar los salarios».

Así que ocurre esto: por un lado tienes bancos fallidos, estados fallidos y una demanda agregada en caída. Luego le dan luz verde al Banco Central Europeo para imprimir billones de euros. Pero estos billones no van a la gente común que los necesita. No, nunca le das dinero a quien lo necesita, se lo das a quien no lo necesita.

El teléfono suena y el CEO de Volkswagen lo descuelga: es alguien de Deutsche Bank a quien el BCE le ha dado billones a tipo de interés cero (o incluso al -0.8 %). El tipo de Deutsche Bank le dice al de Volkswagen: «¿Quieres mil millones gratis a interés cero?». El de Volkswagen dice: «Claro, dinero gratis». Pero luego no lo invierte, porque mira por la ventana y ve a consumidores empobrecidos que no pueden permitirse comprar coches tipo Tesla de alto valor añadido. Así que el tipo de Volkswagen coge el dinero, no invierte nada en producción, se va a Frankfurt y compra acciones de la propia Volkswagen. Las acciones suben, su salario y su bonus (ligados al precio de la acción) suben, y se ríe camino al banco. Pero esto no es inversión.

Para dar una respuesta corta a por qué estamos en un estado tan nefasto en Europa: porque no hemos invertido durante 20 años. La industria alemana se parece ahora a las máquinas de escribir eléctricas Olivetti de finales de los 70. Eran hermosas, pero una vez que salió el ordenador personal, quedaron obsoletas. No había reducción de salarios en el mundo que pudiera salvar a Olivetti cuando llegó el PC. Ahora tenemos vehículos eléctricos en los que los alemanes olvidaron invertir. Y ya está: Kaputt, fin del juego.

Glenn Diesen: 

Me gusta esa explicación. Plantea problemas de legitimidad más amplios para la UE, porque si la autoridad proviene de las reglas y el aspecto legal, esto abre una caja de problemas futuros. Mi última pregunta era sobre algo que impacta la economía: estas guerras en el extranjero. Respecto a la guerra contra Irán, la UE tiene una participación menos directa; comenzó con cierto entusiasmo inicial, pero ahora se ve a los europeos intentando distanciarse, no queriendo responsabilidad directa por el desastre que se avecina. Pero en la guerra con Rusia, yo diría que los europeos tienen un papel significativo. Lo común entre ambas guerras es la energía: primero nos cortamos el acceso a la energía rusa, y ahora vemos arder el petróleo saudí y las primeras exportaciones que están cortando parecen ser hacia los europeos.

¿Cómo afectará esto al futuro de Europa? Uno pensaría que encontrar una arquitectura de seguridad común con los rusos o estabilizar Oriente Medio sería de nuestro interés, pero no estamos haciendo ninguna de las dos cosas.

Yanis Varoufakis

 Allá por 2009-2010, cuando la crisis de la eurozona estallaba y yo me involucraba en los debates políticos (y luego como ministro de Finanzas), siempre que tenía oportunidad de hablar con un funcionario europeo le decía: «Miren, chicos, está claro que tenemos una recesión masiva (yo la llamaba depresión tras la crisis financiera de 2008). ¿Cómo debemos responder?

Claramente necesitamos impulsar la inversión. Esto es lo que se hace en una recesión masiva: impulsar la inversión, no tanto el gasto (eso fue el New Deal de Roosevelt; Hitler también impulsó la inversión, la equivocada, invirtiendo en tanques y cazas, y el resultado fue la muerte de decenas de millones de personas, pero ante una Gran Depresión hay que responder con inversión)».

Y yo decía: «¿Qué es lo único que debería hacer esta Unión Europea?». Si miras el mapa de Europa, tienes todos estos estados dispersos. Se supone que somos una Unión Europea, pero ¿cuál es el insumo número uno para todo lo que producimos? La energía. Y no tenemos una unión energética. ¿No deberíamos crear una unión energética? Intentaba ser técnico: tenemos mucho viento en el norte, olas en el Golfo de Vizcaya y las costas de Portugal, mucho sol en Grecia… ¿No deberíamos tener un plan para cosechar y aprovechar toda esta energía gratuita como europeos e interconectarnos, de modo que la electricidad solar griega viaje a Alemania?

Pero eso requiere una unión energética. Todavía no tenemos una unión energética, Glenn. Alemania tiene sus propias plantas, Grecia las suyas, Italia las suyas… Estamos importando GNL de Texas y Nuevo México, nos desconectamos de Rusia y no tenemos un plan.

Incluso sobre la guerra en sí, lo hemos discutido muchas veces: ¿cuál es el plan para ganar la guerra? Digamos que queremos tomar Moscú y meter a Putin en un búnker como a Hitler (porque están haciendo estos paralelismos absurdos entre Hitler y Putin). Asumiendo que crees que Putin es el nuevo Hitler, ¿cuál es el plan para tomar Moscú? No hay plan. No tienen idea de dónde van a sacar el dinero. Incluso los 800 000 millones del programa de reestructuración y rearmamento de Von der Leyen son dinero prestado que nadie va a prestar porque no tienen los colchones fiscales para acomodarlo.

¿Cómo van a ayudar a Ucrania? Pidieron prestados 90 000 millones, ese es su límite. El presupuesto comunitario está bajo mucha presión y Francia quiere reducir sus contribuciones, no aumentarlas. Así que no tienen un plan para la guerra. Si les preguntas cuál es el plan para la paz, tampoco lo tienen. No tienen un plan para la unión energética. No tienen un plan para nada y van de anuncio en anuncio, los cuales parecen cortinas de humo. Cada anuncio es menos creíble que el anterior.

Ahora van a traer a Canadá a la Unión Europea, lo cual es predeterminado y absurdo. ¿Van a meter a Canadá en el mercado único y cobrar a los canadienses por participar en la creación de normas sobre las que no tendrán autoridad? Es absurdo. Cada cosa que sale de la boca de Kaja Kallas o de Von der Leyen solo nos recuerda que la Unión Europea es un producto de nuestra imaginación colectiva.

Glenn Diesen: Sí, a mí también me ha faltado ese plan. Incluso en la guerra, si tienes una estrategia, ¿cómo los derrotas, qué recursos movilizas? ¿Y qué implica derrotar a la mayor potencia nuclear del mundo que siente que lucha por su existencia? Tengo muchas preguntas y no hay respuestas…

Yanis Varoufakis: Especialmente si no estás dispuesto a enviar tropas sobre el terreno.

Glenn Diesen: Exacto. Tengo mis dudas de que haya alguien dirigiendo esta discusión.Tenía una última pregunta. Discutimos antes sobre cómo se reciclaban los bonos para comprar bonos estadounidenses, pero estos días el mercado de bonos en EE. UU. atraviesa muchos problemas. Inicialmente vimos que adversarios de EE. UU. como China o Rusia dejaron de comprar bonos. Pero ahora vemos que incluso aliados (no solo los japoneses, sino también los europeos) pasan de ser compradores a vendedores. ¿Hacia dónde va esto y cómo analizas las consecuencias? Parece desmantelar los avances de los últimos 50 años.

Yanis Varoufakis

Estaba investigando cifras y miré los rendimientos de los bonos del Tesoro a 10 años de EE. UU., la tasa de inflación en EE. UU. y el tipo de interés de la Reserva Federal. Ayer mismo eran exactamente los mismos que en septiembre de 2001. Históricamente no hay tanta diferencia. Lo que pasa es que nos acostumbramos durante los últimos 15 años (debido a la flexibilización cuantitativa) a tipos de interés extremadamente bajos y a fuerzas deflacionarias.

Pero no me creo que los europeos vayan a dejar de comprar bonos. ¿Qué van a hacer? Cuando BMW o BASF venden productos a los estadounidenses y ganan dólares, ¿qué hacen con esos dólares? ¿Convertirlos a euros? Bajo ninguna circunstancia. Comprarán bonos, seguirán comprando bonos. Los chinos dejaron de comprar bonos del Tesoro estadounidense, pero no han vendido sus reservas; aún tienen un stock enorme.

Y ahora hay otro actor en juego: las stablecoins (criptomonedas estables denominadas en dólares estadounidenses). Los japoneses redujeron a la mitad sus tenencias en bonos, pero ¿sabes qué hicieron con el dinero? Compraron Tether y Circle, criptoactivos denominados en dólares. ¿Y qué hizo Tether con el dinero recibido de los japoneses? Comprar bonos estadounidenses.

Glenn Diesen: Así que el sistema sigue funcionando. (Risas)

Yanis Varoufakis

El sistema sigue funcionando hasta que deje de hacerlo. Pero no dejará de funcionar por algo que hagan los europeos o los rusos; solo dejará de funcionar cuando los chinos decidan desacoplarse del sistema del dólar estadounidense. Y no lo han decidido: tienen 4.5 billones de dólares invertidos en dólares. Si tuvieras 4.5 billones de dólares en una cuenta bancaria suiza, ¿te desacoplarías del sistema bancario suizo?

Glenn Diesen: Supongo que no. Aunque ves que, mientras rusos y chinos se desacoplan un poco de EE. UU., siguen trabajando con estas stablecoins estadounidenses (como el sistema de pagos ruso A7 conectado a Tether para eludir sanciones). Quizá no se desacople por completo, sino que solo se transforme…

Yanis Varoufakis

Indudablemente. Permíteme hacer una predicción de cuándo morirá la hegemonía de EE. UU.: morirá cuando Pekín decida convertir el BRICS+ en un sistema de Bretton Woods.

Recuerda cómo describí el sistema de Bretton Woods: un sistema de tipos de cambio fijos o casi fijos donde la potencia hegemónica superavitaria (que ahora sería China) recicla sus superávits hacia los otros países dentro de este nuevo BRICS+ y mantiene los tipos de cambio fijos usando el poder de sus propios superávits.

Cuando China decida hacer eso —jugar dentro de los BRICS+ el papel que EE. UU. jugó en Bretton Woods después de 1944—, entonces Estados Unidos estará en serios problemas y lo saben. Esta es una de las razones fundamentales por las que están aumentando las tensiones con los chinos.

Glenn Diesen: ¿Por qué no lo han hecho todavía? En la cumbre de los BRICS en India, muchos comentaron que se mueven muy despacio…

Yanis Varoufakis

Porque los chinos tienen un horizonte a 300 años vista, no tienen prisa. Están creando la infraestructura para ello: con el mBridge, con la alternativa a SWIFT basada en blockchain, con la moneda digital del Banco Central chino… Están creando la infraestructura junto con la robótica mejorada por IA que aumentará la productividad agrícola en Indonesia, Malasia y otros grandes países del BRICS+. Lo están construyendo y no están preparados para agitar el avispero todavía; quieren asegurarse de que la infraestructura esté lista antes de ir en esa dirección.

Mi interpretación (o mi especulación) es que están esperando a que los estadounidenses crucen el Rubicón. Los estadounidenses aún no lo han cruzado. Trump 2.0 el año pasado amenazó con aranceles del 150 % a los chinos e intentó imponer algunos.

Ellos respondieron suavemente diciendo: «En ese caso, olvidaos del acceso a metales críticos», y él dio marcha atrás. Así que están esperando el próximo movimiento del presidente estadounidense (no necesariamente Trump, los demócratas son igual de malos; recuerda que Biden fue quien introdujo la absurda Ley de Chips para señalar a los chinos que no se les permitiría avanzar tecnológicamente, lo cual fue el mayor error geoeconómico de la historia).

Creo que los chinos están aplicando el viejo proverbio: «Nunca interrumpas a tu enemigo cuando está cometiendo un error». Dejan que cometan otro error y otro más. En algún momento estarán listos para dar el paso.

Glenn Diesen: Yanis, muchas gracias por tomarte el tiempo y por explicarnos cómo los chinos podrían terminar desenchufando la economía de EE. UU. Gracias de nuevo por tu tiempo.

Yanis Varoufakis: Gracias a ti. Eso no significa que tenga razón, es mi especulación, pero es lo mejor que puedo hacer dados los hechos tal como los veo."

 (Entrevista a Yanis Varoufakis, Glenn Diesen, Observatorio de la crisis, 18/09/26) 

25.9.26

Eurosuicidio.... el resultado suicida de la integración italiana en la Unión Europea. Hemos renunciado a lo que hacía eficaz a nuestro sistema económico y, al hacerlo, hemos aplicado las políticas neoliberales y de financiarización que han producido en todas partes los mismos efectos: concentración de la riqueza y del poder en pocas manos, empobrecimiento de los trabajadores, desempleo como instrumento disciplinario, desertización económica y productiva... mientras Italia disponía de la palanca monetaria, podía hacer frente a la competencia francesa y (principalmente) alemana mediante la denominada devaluación de la lira. Es decir, hacía más competitivos los precios de sus mercancías en el extranjero, sin reducir el coste laboral ni recortar los salarios. Ahora, en cambio, las recetas económicas proeuropeas imponen una devaluación interna, es decir, una reducción del bienestar social y de los salarios. De este modo, imponen la muerte económica de nuestro país, deprimiendo el mercado interior y empobreciendo el tejido social italiano... La decisión de separar la autoridad monetaria del control político —convirtiendo al banco central en «independiente»— tuvo el efecto devastador de disparar los tipos de interés de los títulos del Estado... «no fueron el gasto social ni las inversiones públicas los que provocaron el aumento de la deuda pública, sino la política de tipos de interés elevados que se había vuelto indispensable debido a la restricción monetaria». A partir de ese momento, «los impuestos ya no servían tanto para el desarrollo económico interno como para pagar los intereses de la deuda»... La definición de la UE como un «tecnofascismo» no es un exceso retórico, sino la descripción de un sistema que, bajo la máscara de la neutralidad técnica, ejerce un poder político absoluto sin ninguna legitimación democrática, impone la austeridad y la desindustrialización a los países periféricos en beneficio de las economías centrales (en primer lugar, Alemania), y transforma los parlamentos nacionales en «meros tramitadores de decisiones tomadas en otros lugares que, de no respetarse, darían lugar a ataques especulativos»... «la Unión Europea es el nombre y el apellido que el neoliberalismo ha adoptado en Europa» (Davide Amato)

"Eurosuicidio. El título del breve pero exhaustivo texto de Gabriele Guzzi tiene el mérito de sintetizar con una fórmula eficaz todo el recorrido histórico de la integración italiana en la Unión Europea durante los últimos cuarenta años. Un recorrido que, lejos de cumplir las promesas de prosperidad, paz y modernización, ha llevado a Italia y a las naciones periféricas hacia un declive estructural y aparentemente irreversible. En los años del «milagro económico», la feliz combinación de la iniciativa privada y la intervención reguladora del Estado dio lugar en nuestro país a «una de las economías más dinámicas e innovadoras del mundo» (G. Guzzi, Eurosuicidio. Cómo la Unión Europea ha asfixiado a Italia y cómo podemos salvarnos, Fazi Editore, Roma 2025, p. 11), hasta el punto de hacernos superar, durante un tiempo, a potencias como Alemania y Francia. Lo que, en cambio, siguió a esos treinta años, con la adhesión al proceso de integración europea, es de un carácter totalmente distinto. A ello le siguió las «Tries Décadas Malditas», en palabras de Guzzi. Es decir, hoy vivimos una «zombificación» (12) de la sociedad italiana: somos un país no muerto. Y no podría ser de otra manera para una sociedad capitalista (que considera el crecimiento como el indicador más importante de su salud) que lleva más de treinta años sin crecer. «Si entre 1950 y 1991, año anterior a la firma del Tratado de Maastricht, el PIB per cápita italiano creció más del 420 por ciento, desde 1999 […] el crecimiento se ha estancado en un 5 por ciento en total. Desde la llegada del euro, nuestra economía ha experimentado una desaceleración casi sin precedentes» (21).

¿Cómo se ha llegado a una situación histórico-política tan dramática? El origen de esta arquitectura política artificial se remonta a principios de los años ochenta, con la separación entre el Banco de Italia y el Tesoro. Lo que en su momento se presentó como una reforma técnica necesaria para combatir la inflación y preparar a Italia para la integración monetaria europea fue, en realidad, el nacimiento de una nueva forma de poder, que ya no se inspiraba en los dictados de nuestra Constitución, sino en las reglas del neoliberalismo. La decisión de separar la autoridad monetaria del control político —convirtiendo al banco central en «independiente»— tuvo el efecto devastador de disparar los tipos de interés de los títulos del Estado. Como demuestra Guzzi, «no fueron el gasto social ni las inversiones públicas los que provocaron en primer lugar el aumento de la deuda pública, sino la política de tipos de interés elevados que se había vuelto indispensable debido a la restricción monetaria» (121). A partir de ese momento, «los impuestos ya no servían tanto para el desarrollo económico interno como para pagar los intereses de la deuda» (Ibídem).

Lo que el «divorcio», por tanto, lleva a cabo es la subordinación definitiva de la restricción interna (el bienestar de los ciudadanos, los salarios, los servicios públicos) a la restricción externa (los parámetros financieros, la confianza de los mercados, la disciplina monetaria). Lo que aparentemente fue un hecho técnico reservado a banqueros y funcionarios, resultó ser el inicio de una larga serie de golpes de Estado destinados a imponer un nuevo orden constitucional.

El Tratado de Maastricht de 1992 marcó, de hecho, la entrada definitiva de Italia en una nueva fase política y económica: ya no basada en el Estado del bienestar, la intervención pública en la economía ni el compromiso entre capital y trabajo, sino en las privatizaciones, la protección de los inversores, la estabilidad monetaria y la austeridad, que ha trasladado una enorme riqueza de los impuestos de los ciudadanos a los patrimonios de los más ricos.

Las razones de este desplazamiento de soberanía son, por tanto, eminentemente políticas, no técnicas. La entrada de Italia en la arquitectura de la UE ha adoptado la forma de un ajuste de cuentas, casi como si se quisiera corregir lo que, en ciertos aspectos, fue un fenómeno excepcional e inesperado: el crecimiento de Italia hasta convertirse en una potencia industrial y económica de primer orden, a pesar del papel que se le había asignado tras la Segunda Guerra Mundial. De hecho, mientras Italia disponía de la palanca monetaria, podía hacer frente a la competencia francesa y (principalmente) alemana mediante la denominada devaluación de la lira. Es decir, hacía más competitivos los precios de sus mercancías en el extranjero, sin reducir el coste laboral ni recortar los salarios. Ahora, en cambio, las recetas económicas proeuropeas imponen una devaluación interna, es decir, una reducción del bienestar social y de los salarios. De este modo, imponen la muerte económica de nuestro país, deprimiendo el mercado interior y empobreciendo el tejido social italiano.

Desde el punto de vista interno, la integración europea ha permitido la consolidación del poder de la burguesía italiana, hasta el punto de que esta ha aceptado una reducción de su propio poder internacional con tal de bloquear (y hacer retroceder) las conquistas del movimiento obrero, que hasta los años setenta mostraba una gran fuerza organizativa y de lucha. El «“pacto infame”» puesto en práctica por nuestra burguesía fue el siguiente: «Una reducción de la tasa de crecimiento de la renta a cambio de un mayor poder sobre ella. Se optó, al contrario de lo que decía Enrico Mattei, por hacerse más ricos en un país cada vez más pobre» (144).

He aquí, pues, el resultado suicida de la integración italiana en la Unión Europea. Hemos renunciado a lo que hacía eficaz a nuestro sistema económico y, al hacerlo, hemos aplicado las políticas neoliberales y de financiarización que han producido en todas partes los mismos efectos: concentración de la riqueza y del poder en pocas manos, empobrecimiento de los trabajadores, desempleo como instrumento disciplinario, desertización económica y productiva. Sin embargo, aplicar este programa a un país como Italia, vinculado a una Constitución socialmente avanzada, requería un proceso demasiado lento y difícil de llevar a cabo mediante los instrumentos democráticos tradicionales. Por ello, se decidió recurrir al chantaje permanente de la deuda.

De este modo, mediante la amenaza inapelable de una intervención (disfrazada de «técnica») del BCE, los políticos nacionales pudieron eludir la responsabilidad de aplicar medidas antipopulares que nunca habrían podido hacer aceptar a la opinión pública italiana. Por eso «la Unión Europea es el nombre y el apellido que el neoliberalismo ha adoptado en Europa» (137).

Por lo tanto, ya no se debería hablar de un ordenamiento democrático constitucional, sino de un tecnofascismo creado para acabar definitivamente con las conquistas del movimiento obrero hasta los años setenta. Desde el punto de vista de la democraticidad del ordenamiento político y del nivel de desigualdades en nuestro país, este retroceso nos ha devuelto a los niveles anteriores a la Segunda Guerra Mundial. La definición de la UE como un «tecnofascismo» no es, por tanto, un exceso retórico, sino la descripción de un sistema que, bajo la máscara de la neutralidad técnica, ejerce un poder político absoluto sin ninguna legitimación democrática, impone la austeridad y la desindustrialización a los países periféricos en beneficio de las economías centrales (en primer lugar, Alemania), y transforma los parlamentos nacionales en «meros tramitadores de decisiones tomadas en otros lugares que, de no respetarse, darían lugar a ataques especulativos» (65-66).

Lo que más sorprende es, ante este escenario, la absoluta convicción que nutre una gran parte de la población sobre el destino salvador de la Unión Europea. Casi como para sustituir el vacío dejado por la fe en las grandes convicciones del siglo XX, subraya agudamente Guzzi, el euro y la UE representan una metafísica, un orden suprasensible que va más allá de cualquier discusión histórica y política. Todo puede discutirse en el debate público, pero no nuestra adhesión al proyecto europeísta. Un intento más, hasta ahora exitoso, de convertir las relaciones políticas entre las clases en un hecho natural.

Frente a esta naturalización, Guzzi repolitiza el problema y muestra cómo el declive italiano no es un tropiezo en el camino, sino el resultado de decisiones políticas concretas —decisiones que han encontrado en la arquitectura institucional europea su instrumento de realización. La conclusión no puede ser otra que esta: el acto más europeísta que podamos imaginar —el que surja de un amor sincero por nuestro continente, por lo que representa y por lo que podría llegar a ser— no puede ser otra cosa que la ruptura con este experimento tecnocrático de la Unión Europea para volver a partir de nuevos cimientos." 

(Davide Amato, Sinistra in rete, 15/09/26, traducción Salvador L. Arnal)

26.8.26

¿La próxima crisis del euro? Los estados europeos se ven obligados a refinanciar cantidades cada vez mayores de deuda a un coste elevado... las necesidades de refinanciación de muchos países son cada vez mayores, precisamente en estos momentos. La enorme montaña de deuda antigua debe transferirse continuamente, y cada bono antiguo de bajo interés que vence y se sustituye por un bono con un rendimiento del 3%, 4% o 5% aumenta el coste... la era de la refinanciación prácticamente gratuita ha terminado. A mediados de agosto, la rentabilidad de los bonos del Estado francés a diez años superó temporalmente el 4,1%. Esto situó a Francia casi al mismo nivel que Italia... si los rendimientos suben de forma permanente o la confianza del mercado disminuye, cada punto porcentual adicional se traducirá, a la larga, en miles de millones de euros en costes para el presupuesto. Finlandia demuestra que la antigua narrativa del norte frugal y el sur derrochador ya no es sostenible... los que fueron víctimas de la crisis del euro se encuentran, al menos a corto plazo, en una mejor posición que los países que actuaron como sus salvadores en aquel momento. Y luego está Alemania, que está introduciendo en el mercado cantidades cada vez mayores de nuevos títulos de deuda, sin que hasta el momento se prevea ningún impulso al crecimiento económico correspondiente. Para los demás países de la eurozona, esto no es en absoluto insignificante. Francia, Italia, Bélgica y otros países compiten cada vez más con Alemania por los mismos inversores. Si el gobierno alemán ya tiene que ofrecer rentabilidades superiores al tres por ciento, los prestatarios de mayor riesgo difícilmente pueden esperar que los inversores les presten miles de millones a precios de ganga. Por consiguiente, el aumento de los requisitos de capital alemanes podría incrementar aún más los costes de financiación para toda la eurozona. Por lo tanto, la próxima crisis del euro no tiene por qué comenzar con un impago soberano espectacular. Un escenario más probable es un proceso gradual: deuda cada vez mayor, bloques de refinanciación cada vez más grandes, costes de interés cada vez más elevados, hasta que un país grande finalmente se dé cuenta de que el mercado sigue comprando sus bonos, pero solo a un precio que su presupuesto ya no puede soportar. Y a diferencia de Grecia, un país como Francia o Italia sería simplemente demasiado grande para ser rescatado con solo unos pocos paquetes de ayuda (Report 24)

 "La deuda pública de la eurozona supera actualmente los 14 billones de euros, y el verdadero problema no reside en esta cifra. La cuestión crucial es cuánto dinero deben captar Francia, Italia, Bélgica y, cada vez más, Alemania en los mercados de capitales año tras año. Mientras el BCE reduce paulatinamente sus tenencias de bonos, las necesidades de refinanciación de muchos países son cada vez mayores, precisamente en estos momentos.

El gobierno alemán pretendía recaudar seis mil millones de euros con una emisión de bonos a diez años el 19 de agosto . Sin embargo, ni siquiera hubo suficientes ofertas para cubrir el volumen total ofrecido. Solo se presentaron ofertas por 4.334 millones de euros, de los cuales 3.769 millones se asignaron realmente a los inversores. El gobierno retuvo apenas 2.231 millones de euros para sus propias tenencias. Por lo tanto, Alemania no se enfrenta a una bancarrota nacional, pero el que fuera pilar de estabilidad en la eurozona está experimentando un problema que probablemente se agravará significativamente en los próximos años. Esto se debe a que Berlín pretende aumentar masivamente su endeudamiento, mientras que Francia, Italia, Bélgica y otros países ya se ven obligados a reemplazar repetidamente enormes cantidades de su deuda con nuevos bonos. Y el mercado ahora está cobrando un alto precio por esto: el rendimiento promedio del bono del gobierno alemán a diez años fue del 3,26 por ciento.

Las cifras de deuda en sí mismas ya son enormes. En el primer trimestre de 2026, los 21 países de la eurozona acumulaban una deuda pública total de 14,244 billones de euros, lo que representa el 88,9% de su PIB combinado. Un año antes, la cifra era del 87,2%. Grecia encabeza la lista con el 143,5% de su PIB, seguida de Italia con el 138,9%, Francia con el 117,6%, Bélgica con el 109,1% y España con el 101,6%. Sin embargo, quien se fije únicamente en esta clasificación pasa por alto el verdadero problema. A pesar de su deuda récord, Grecia se encuentra actualmente en una mejor posición que Francia o Bélgica en lo que respecta a la financiación continua. El factor crucial no es solo el tamaño de la deuda, sino cuánto de ella debe refinanciarse constantemente en los mercados de capitales.

Aquí es donde entra en juego el llamado requisito de financiación bruta. Detrás de este término engorroso se esconde una pregunta bastante sencilla: ¿Cuánto dinero necesita recaudar un país en un año para cubrir su déficit presupuestario actual y, al mismo tiempo, sustituir las deudas antiguas que vencen por nuevos bonos? En la UE, alrededor del 73% de este requisito provino recientemente solo de deudas que vencían. No se trata solo de nuevos préstamos. La enorme montaña de deuda antigua debe transferirse continuamente, y cada bono antiguo de bajo interés que vence y se sustituye por un bono con un rendimiento del 3%, 4% o 5% aumenta el coste. La propia Comisión Europea utiliza un requisito de financiación bruta anual superior al 16% del PIB como señal de alerta ante el aumento de los riesgos a corto plazo. Bélgica, Francia, Italia y Finlandia ya superan este umbral para 2026 y 2027.

Un país puede, aparentemente, vivir de su deuda durante años sin problemas y aun así caer lentamente en una trampa de tipos de interés. Mientras existan bonos antiguos de la época de tipos de interés bajos o nulos, una parte de los pagos de intereses se mantiene artificialmente baja. El nuevo nivel de tipos de interés solo entra en vigor con cada refinanciación. Quienes solo tienen que financiar entre el ocho y el diez por ciento de su producción económica anual sienten este efecto más lentamente. En cambio, quienes tienen que mover entre el 20, el 25 o incluso casi el 30 por ciento de su PIB en el mercado de capitales cada año experimentarán el aumento de los tipos de interés mucho más rápidamente. Y ese dinero queda entonces inaccesible para los gastos corrientes.

Francia se está convirtiendo en un caso problemático europeo

Francia es actualmente un ejemplo paradigmático de cómo puede deteriorarse una situación de deuda. Según la Comisión Europea, la economía francesa crecerá apenas un 0,8% en términos reales en 2026, con un déficit del 5,1% del PIB. De no modificarse las políticas, se prevé que este déficit aumente al 5,7% en 2027, mientras que la relación deuda/PIB alcanzará el 120,2%. Así, si bien el presupuesto nacional ya presenta déficits persistentemente elevados, la refinanciación de la deuda existente debido al aumento de los tipos de interés está generando déficits presupuestarios aún mayores.

El requerimiento bruto de financiamiento muestra las posibles consecuencias de esta combinación. En 2026, asciende a alrededor del 21,1% del PIB francés. En el escenario base de la Comisión, aumenta al 23,3% en 2030 y, finalmente, al 27,8% en 2036. En ese punto, el Estado francés tendría que movilizar capital año tras año equivalente a más de una cuarta parte de su producción económica total. Cabe destacar que no se trata de nueva deuda, sino de la suma de déficits y deuda existente con vencimiento que debe ser reembolsada. Al mismo tiempo, la relación deuda/PIB aumenta hasta cerca del 144 % en el mismo escenario.

Y la era de la refinanciación prácticamente gratuita ha terminado. A mediados de agosto, la rentabilidad de los bonos del Estado francés a diez años superó temporalmente el 4,1%. Esto situó a Francia casi al mismo nivel que Italia. Un préstamo de, digamos, 10.000 millones de euros, que durante la política de tipos de interés cero del BCE podría haber costado apenas unas decenas de millones, ahora le cuesta al erario público más de 400 millones de euros anuales solo en intereses. Cuanto más altas se mantengan las rentabilidades, más rápido se irán reflejando en el presupuesto francés los mayores costes derivados del vencimiento constante de estos bonos.

Bélgica, un pequeño país de Europa Central, suele pasar desapercibida en este contexto, a pesar de que su situación dista mucho de ser alentadora. El país ya acumula una deuda pública del 109,1% y se prevé que tenga un déficit presupuestario del 5,2% en 2026, con un crecimiento económico de tan solo el 0,7%. Las necesidades brutas de financiación rondan el 19,5% del PIB y se espera que aumenten hasta el 25,8% en 2036, según el escenario base. En este caso, el problema no se limita únicamente a la deuda existente. Incluso antes de los pagos de intereses, Bélgica ya gasta mucho más de lo que ingresa. Por lo tanto, el aumento de los costes de financiación está afectando a un presupuesto que ya se encuentra fuera de control.

Italia es un caso diferente. Con un 138,9% del PIB, su carga de deuda es aún mayor, y su crecimiento proyectado del 0,5% es aún más débil. Sin embargo, Roma mantiene un mejor control de su presupuesto actual que París o Bruselas. En 2025, Italia logró un superávit primario del 0,8% del PIB. Esto significa que, antes del pago de intereses, el gobierno recaudó más de lo que gastó. No obstante, se mantuvo un déficit del 3,1%, ya que solo el pago de intereses consumió el 3,9% de la producción económica total. Italia demuestra así lo que sucede cuando la deuda existente se convierte en un problema en sí misma, a pesar de los superávits iniciales.

Las necesidades brutas de financiación de Italia alcanzarán el 23,7% del PIB en 2026. Para 2036, se prevé que ronden el 27,1%. Esto significa que Roma prácticamente tendrá que canalizar continuamente sumas equivalentes a una cuarta parte de su producción económica total a través del mercado de capitales. Mientras los inversores compren bonos, este modelo funciona. Sin embargo, si los rendimientos suben de forma permanente o la confianza del mercado disminuye, cada punto porcentual adicional se traducirá, a la larga, en miles de millones de euros en costes para el presupuesto. Pero el dinero que se destina al pago de intereses no se puede invertir en escuelas, carreteras u hospitales.

La epidemia de deuda se está extendiendo hacia el norte

Finlandia demuestra que la antigua narrativa del norte frugal y el sur derrochador ya no es sostenible . Entre el primer trimestre de 2025 y el primer trimestre de 2026, la relación deuda/PIB de Finlandia aumentó 5,5 puntos porcentuales, más que en cualquier otro Estado miembro de la UE. Se prevé que el déficit presupuestario alcance el 4,5% en 2026, con un crecimiento de apenas el 0,8%. Las necesidades brutas de financiación ya ascienden a alrededor del 19,2% del PIB y se espera que aumenten al 22,7% en 2036 en el escenario base. La relación deuda/PIB alcanzaría entonces casi el 114%. Esto sitúa a Finlandia en una categoría que normalmente se esperaría encontrar entre los "estados en crisis" del sur de Europa.

Austria también se desliza lentamente hacia una dirección preocupante. La relación deuda/PIB se sitúa actualmente en torno al 83%, y se prevé que el déficit se mantenga en el 4,1% tanto en 2026 como en 2027, mientras que se espera que la economía crezca apenas un 0,6% y un 0,9%, respectivamente. Al menos, esa es la esperanza. En el escenario base, la necesidad anual de financiación bruta aumenta del 15,3% en 2026 al 17% en 2030 y al 21,3% en 2036. Al mismo tiempo, la relación deuda/PIB superaría el 100%. El envejecimiento de la población, el aumento de los costes sanitarios, la subida de los tipos de interés y el incremento del gasto militar están afectando a una economía que apenas genera el crecimiento suficiente para absorber estas cargas.

Y luego está Alemania. Con una relación deuda/PIB de alrededor del 64 por ciento, la República Federal aún está lejos de los niveles vistos en Francia o Italia. Pero Berlín ha tomado la decisión política de abandonar su anterior moderación. Las nuevas oportunidades de endeudamiento para defensa e infraestructura (palabra clave: "fondos especiales") están provocando un fuerte aumento de las necesidades de financiación. La Comisión Europea proyecta que esta cifra alcanzará el 15,4 por ciento del PIB en 2026, el 16,2 por ciento en 2028, el 17,4 por ciento en 2030 y, finalmente, el 22,6 por ciento en 2036. El antiguo pilar de estabilidad se está convirtiendo así en una demanda cada vez mayor de capital. Esto sería menos problemático si Alemania estuviera experimentando simultáneamente un fuerte crecimiento. Pero después de dos años de recesión, Bruselas espera un crecimiento real de tan solo el 0,6 por ciento en 2026 y el 0,9 por ciento en 2027. Al mismo tiempo, se prevé que el déficit público total aumente al 3,7 y al 4,1 por ciento, respectivamente. Por lo tanto, Alemania está introduciendo en el mercado cantidades cada vez mayores de nuevos títulos de deuda, sin que hasta el momento se prevea ningún impulso al crecimiento económico correspondiente.

Para los demás países de la eurozona, esto no es en absoluto insignificante. Commerzbank prevé una emisión de bonos alemanes de alrededor de 400.000 millones de euros en 2027, mientras que Barclays pronostica una emisión récord de aproximadamente 1,54 billones de euros para toda la eurozona. Francia, Italia, Bélgica y otros países compiten cada vez más con Alemania por los mismos inversores. Si el gobierno alemán ya tiene que ofrecer rentabilidades superiores al tres por ciento, los prestatarios de mayor riesgo difícilmente pueden esperar que los inversores les presten miles de millones a precios de ganga. Por consiguiente, el aumento de los requisitos de capital alemanes podría incrementar aún más los costes de financiación para toda la eurozona.

Sorprendentemente, Grecia se encuentra en una mejor posición a corto plazo

Grecia , precisamente, demuestra lo poco que revela el ratio de deuda sobre el peligro inmediato. Con un 143,5% del PIB, el país sigue siendo el deudor más alto de la eurozona. Sin embargo, su necesidad bruta de financiación para 2026 es de tan solo el 8,7%. Atenas genera superávits presupuestarios, crece más rápido que Alemania, Francia o Italia y reduce su ratio de deuda. Además, una gran parte de los pasivos griegos proviene de programas de rescate europeos, tiene vencimientos extremadamente largos y tipos de interés relativamente bajos. El vencimiento medio ponderado de toda su cartera de deuda superaba los 18 años a finales de junio. Mientras que París tiene que refinanciar sumas cada vez mayores a los tipos de interés actuales del mercado, Grecia aún mantiene una cantidad sustancial de financiación a largo plazo con condiciones fijas.

Portugal ofrece un contraejemplo similar. Su necesidad bruta de financiación es de tan solo alrededor del 10,5% del PIB en 2026, e incluso en el escenario base, se sitúa en torno al 11% en 2036. La ratio de deuda está disminuyendo, el presupuesto está prácticamente equilibrado y la economía crece a un ritmo significativamente mayor que en los países con mayores problemas. Por lo tanto, los que fueron víctimas de la crisis del euro se encuentran, al menos a corto plazo, en una mejor posición que los países que actuaron como sus salvadores en aquel momento.

La principal diferencia con la primera crisis del euro, sin embargo, no reside únicamente en los países que corren riesgo hoy en día. En aquel entonces, el Banco Central Europeo compró enormes cantidades de bonos gubernamentales durante años, reduciendo artificialmente los costes de financiación de los Estados miembros. La reinversión de los bonos con vencimiento del programa APP clásico finalizó en julio de 2023, y la del programa PEPP, lanzado durante la pandemia de COVID-19, concluyó a finales de 2024. Desde entonces, estas tenencias se han ido reduciendo con cada vencimiento. Y ahora, precisamente cuando los países están a punto de inyectar cantidades récord de nueva deuda en el mercado, el principal comprador institucional de los últimos años se está retirando.

Europa se encamina, con los ojos bien abiertos, hacia un cuello de botella cada vez más estrecho. Francia, Italia y Bélgica ya tienen que financiar o refinanciar sumas que oscilan entre aproximadamente una quinta parte y casi una cuarta parte de su producción económica anual. Alemania, Austria y Finlandia también están aumentando significativamente sus necesidades de capital. Al mismo tiempo, los inversores exigen mayores rendimientos, mientras que el BCE está eliminando gradualmente sus programas anteriores de compra de activos. Mientras los mercados estén dispuestos a transferir estos billones, esta situación puede prolongarse durante mucho tiempo. Sin embargo, cada punto porcentual adicional en los intereses de cada nueva emisión de bonos se introduce cada vez más en los presupuestos gubernamentales. Finalmente, solo quedarán tres opciones: recortar el gasto, subir los impuestos o utilizar al banco central de forma más extensa como comprador y red de seguridad. Francia ya está demostrando lo políticamente difíciles que son las dos primeras opciones.

Por lo tanto, la próxima crisis del euro no tiene por qué comenzar con un impago soberano espectacular. Un escenario más probable es un proceso gradual: deuda cada vez mayor, bloques de refinanciación cada vez más grandes, costes de interés cada vez más elevados, hasta que un país grande finalmente se dé cuenta de que el mercado sigue comprando sus bonos, pero solo a un precio que su presupuesto ya no puede soportar. Y a diferencia de Grecia, un país como Francia o Italia sería simplemente demasiado grande para ser rescatado con solo unos pocos paquetes de ayuda." 

(Jaque al neoliberalismo, 25/08/26, fuente Report 24) 

16.6.26

Diego Fusaro: En 2016, Gran Bretaña decidió abandonar la Unión Europea, un templo vacío que santificaba el capitalismo financiero y un tren que se precipitaba hacia el abismo. Según las predicciones, el país debería haber caído en el abismo. La pobreza y el colapso se daban por inevitables. Pero no fue así: también hay vida fuera de la Unión Europea... Es cierto que Gran Bretaña nunca adoptó la nefasta moneda única, piedra angular del método neoliberal de gobierno en el viejo continente. En cualquier caso, aquel gesto representó simbólicamente una transición trascendental, ya que mostró a los europeos una posibilidad concreta, una que todos pueden llevar a cabo. En otras palabras, la Unión Europea no es ni inevitable ni irreversible... Es posible abandonarla, y de hecho es nuestro deber hacerlo antes de que sea demasiado tarde... Es cierto que abandonar la Unión Europea y la moneda única representa una condición necesaria, pero no suficiente, para la implementación de una auténtica democracia socialista. Lo que resulta evidente, sin lugar a dudas, es que esta última no puede alcanzarse dentro de los límites cerrados de la Unión Europea, que solo garantiza competitividad y dominación capitalista

"Han pasado diez años desde aquel fatídico día del Brexit: en 2016, Gran Bretaña decidió abandonar la Unión Europea, un templo vacío que santificaba el capitalismo financiero y un tren que se precipitaba hacia el abismo. Según las predicciones de los defensores del pensamiento políticamente correcto y éticamente corrupto, el país debería haber caído en el abismo. La pobreza y el colapso se daban por inevitables. Pero no fue así: también hay vida fuera de la Unión Europea. Es cierto que Gran Bretaña nunca adoptó la nefasta moneda única, piedra angular del método neoliberal de gobierno en el viejo continente. En cualquier caso, aquel gesto representó simbólicamente una transición trascendental, ya que mostró a los europeos una posibilidad concreta, una que todos pueden llevar a cabo. En otras palabras, la Unión Europea no es ni inevitable ni irreversible. Es posible abandonarla, y de hecho es nuestro deber hacerlo antes de que sea demasiado tarde. Diez años después, Farage, el protagonista indiscutible del Brexit, afirma estar orgulloso de aquella decisión. Y solo podemos estar de acuerdo con él. Es cierto que abandonar la Unión Europea y la moneda única representa una condición necesaria, pero no suficiente, para la implementación de una auténtica democracia socialista. Lo que resulta evidente, sin lugar a dudas, es que esta última no puede alcanzarse dentro de los límites cerrados de la Unión Europea, que solo garantiza competitividad y dominación capitalista."

 (Diego Fusaro, blog, 16/06/26, traducción google) 

23.2.26

Euro digital: el puedo y no quiero del Banco Central Europeo... En un momento en el que Europa debate su autonomía estratégica, el dinero público digital podría haber sido una herramienta de transformación... se parece más a un “monedero digital” que a una auténtica nueva moneda de esa naturaleza, porque: Tendría un límite de 3000 euros por persona... No tendría remuneración y, al excluir el pago de intereses... No competirá estructuralmente con los depósitos privados... No supondrá una ampliación sustancial del dinero público en circulación... o sea, el euro digital nace diseñado para no transformar la arquitectura monetaria existente... la auténtica revolución financiera que ya ha empezado a darse, ofrece una oportunidad histórica para redefinir el papel del dinero público en la economía digital y para reforzar la autonomía de la Unión Europea... Una gran oportunidad perdida (Juan Torres López)

 "El Banco Central Europeo se suma a más de un centenar de bancos centrales que estudian o diseñan la emisión de nuevas monedas digitales. 

La idea suena ambiciosa, casi revolucionaria. Pero conviene aclarar las cosas porque –por lo que el propio BCE viene informando sobre su proyecto– parece que lo que va a crear se parece más a un “monedero digital” que a una auténtica nueva moneda de esa naturaleza.

El euro digital ya existe

El dinero es, en términos simples, cualquier cosa que sea aceptada generalmente como medio de pago. Hoy adopta formas distintas. Por un lado, está el dinero físico –monedas y billetes de euros– que es el dinero legal emitido por el banco central. Y por otro lado hay dinero digital (en nuestro caso, euro digital), que es el que utilizamos cada día a través de nuestras cuentas bancarias, tarjetas, transferencias o aplicaciones móviles. Este último no lo crea directamente el banco central, sino los bancos comerciales cuando conceden crédito. Es dinero bancario, digital, y constituye la inmensa mayoría del dinero en circulación.

Por lo tanto, el euro ya es fundamentalmente digital. Cuando pagamos con tarjeta o hacemos una transferencia no movemos billetes ni monedas, sino números en la cuenta de nuestro banco. Es decir, no es dinero que circule en forma de papel o metal, como los billetes y monedas, sino como apuntes electrónicos en los ordenadores de los bancos. Podemos convertirlo en billetes si queremos, pero mientras tanto son simplemente cifras anotadas en nuestra cuenta.

¿Qué es una moneda digital del banco central?

A diferencia del dinero bancario actual, que es dinero digital creado por la banca privada, una moneda digital de banco central (MDBC) es dinero emitido directamente por el banco central en formato digital y accesible al público en general.

Por tanto, para que lo sea en sentido pleno, debería reunir al menos las siguientes características:

– Emisión directa por el banco central, como lo son hoy los billetes y monedas.

– Acceso universal, de modo que cualquier persona o empresa pueda abrir una cuenta o mantener saldo directamente en el banco central, sin necesidad de intermediación bancaria para disponer de la titularidad del dinero.

– Convertibilidad plena y paritaria. Es decir, ser intercambiable uno a uno con el dinero físico y con los depósitos bancarios.

– Ausencia de límites cuantitativos o de topes de tenencia, para que pueda utilizarse exactamente igual y con los mismos fines que cualquier otra forma actual de dinero.

– Posibilidad de ser remunerado con intereses para que así el banco central pudiera convertir su gestión en un instrumento directo más de política monetaria.

– Capacidad de funcionar como medio de pago general. Es decir, ser utilizable en todo tipo de transacciones, tanto minoristas como electrónicas, en igualdad de condiciones frente a otras formas de dinero.

Si un instrumento reúne esas propiedades, ya no es simplemente un medio de pago digital más. Es una nueva forma de dinero público plenamente equiparable al efectivo, pero en formato digital.

Lo que al parecer se propone crear el Banco Central Europeo

Según la información difundida por el Banco Central Europeo, el euro digital que se propone crear tendría características y funcionalidades bastante diferentes a las anteriores. No sería una nueva moneda digital en sentido estricto por diferentes razones:

a) Se establecen límites cuantitativos a la tenencia de euros digitales, parece ser que de 3.000 euros por sujeto. Una restricción que impide que pueda utilizarse libremente como cualquier otra forma de dinero y limita su capacidad de convertirse en alternativa real a los depósitos bancarios.

b) No tendría remuneración y, al excluir el pago de intereses, el BCE renuncia a utilizarlo como instrumento directo y flexible de política monetaria. Evita así que compita en condiciones similares con otros activos líquidos.

c) No estaría diseñado para funcionar en igualdad plena frente a los depósitos bancarios.
El propio BCE ha señalado que su objetivo es evitar que la banca privada deje de ser la principal vía de intermediación financiera. Es decir, el diseño incorpora explícitamente la intención de que no sustituya ni compita estructuralmente con los depósitos privados.

d) No supondría una ampliación sustancial del dinero público en circulación.
En la práctica, el euro digital se nutriría principalmente de transferencias desde depósitos bancarios ya existentes, más que de una expansión neta del dinero emitido por el banco central.

Las ventajas del euro digital

A la vista de esto último, es fácil deducir que el euro digital que se propone crear el BCE cumpliría algunas características de una moneda digital del banco central, pero no todas las que podría tener en sentido pleno. No sería una moneda digital del banco central en su versión completa, sino una versión limitada y bastante acotada de esa posibilidad. Como dije, una especie de monedero digital sofisticado.

A pesar de ello, es cierto que tendría virtudes importantes 

En primer lugar, proporcionaría un nivel de seguridad superior al de los depósitos bancarios privados, cuya garantía depende en última instancia de mecanismos de respaldo y supervisión. Tener dinero directamente emitido por el banco central elimina el riesgo de insolvencia de una entidad comercial sobre ese saldo concreto.

En segundo lugar, reforzaría la autonomía europea en el ámbito de los pagos digitales, pues una parte significativa de nuestras infraestructuras actuales depende de redes y plataformas privadas, muchas de ellas fuera del control directo europeo. Aunque esto sólo se produciría en cierta medida, como expliqué en un artículo anterior.

En tercer lugar, el euro digital actuaría como contrapeso frente a la expansión de soluciones privadas –desde grandes plataformas tecnológicas hasta iniciativas cripto– en el ámbito monetario. 

En cuarto lugar, podría mejorar la eficiencia en los pagos al reducir costes de transacción, aumentar su velocidad, ofrecer interoperabilidad en toda la eurozona y permitir pagos digitales sin conexión a la red (si se diseña para que pueda ser así).

Finalmente, si se diseña adecuadamente, puede aumentar la inclusión financiera facilitando el acceso a pagos digitales a personas con menor acceso a servicios bancarios tradicionales. 

Las renuncias del Banco Central Europeo

La creación de un euro digital que no será una auténtica nueva moneda sino algo de bastante menos alcance, como hemos visto, supone que el BCE renuncia a ventajas e instrumentos muy relevantes que tienen las monedas digitales de los bancos centrales en sentido estricto y pleno.

Renuncia, en primer lugar, a que el euro digital se convierta en una alternativa real a los depósitos bancarios.

Renuncia también a la remuneración de esos saldos, lo que excluye su utilización como instrumento directo y flexible de política monetaria.

Al establecer un límite de depósito y excluir su remuneración, el BCE garantiza que el euro digital no se convierta en una alternativa significativa a los depósitos bancarios. El resultado es que la estructura actual de creación y gestión del dinero permanece intacta, con los mismos incentivos y vulnerabilidades que han caracterizado al sistema en las últimas décadas y que han hecho necesarias en demasiadas ocasiones intervenciones públicas muy costosas para sostener la estabilidad financiera.

El argumento que invoca el Banco Central Europeo para no ir más allá es la estabilidad financiera. Por un lado, como dice el propio BCE, para evitar que se produzca una desintermediación significativa de la banca privada. Es decir, que deje de ser el eje o centro principal de la captación de depósitos y de la provisión de crédito y medios de pago en Europa. Y, por otro, que se produzcan tensiones por salidas masivas de dinero si no se pone límite a la transferencia de depósitos hacia el euro digital. Pero el resultado de ese conservadurismo es claro y negativo: el euro digital nace diseñado para no transformar la arquitectura monetaria existente. 

La transición tecnológica en la que nos encontramos, la auténtica revolución financiera que ya ha empezado a darse, ofrece una oportunidad histórica para redefinir el papel del dinero público en la economía digital y para reforzar la autonomía de la Unión Europea. 

El Banco Central Europeo podría haberla aprovechado, pero ha optado por la versión más conservadora, neutra y cuidadosamente acotada del euro digital. Y cuando la innovación tecnológica avanza y proporciona oportunidades de cambio, elige mantener el equilibrio institucional, a pesar de los graves y recurrentes problemas que ya ha dado. 

En un momento en el que Europa debate su autonomía estratégica, el dinero público digital podría haber sido una herramienta de transformación. Con lo que proyecta hacer el BCE será, sin embargo y como mucho, un instrumento complementario que no podrá desplegar todo el enorme beneficio potencial de las auténticas monedas digitales de los bancos centrales. Una gran oportunidad perdida." 

( Juan Torres López , CTXT, 20/02/2026)