25.9.26

Eurosuicidio.... el resultado suicida de la integración italiana en la Unión Europea. Hemos renunciado a lo que hacía eficaz a nuestro sistema económico y, al hacerlo, hemos aplicado las políticas neoliberales y de financiarización que han producido en todas partes los mismos efectos: concentración de la riqueza y del poder en pocas manos, empobrecimiento de los trabajadores, desempleo como instrumento disciplinario, desertización económica y productiva... mientras Italia disponía de la palanca monetaria, podía hacer frente a la competencia francesa y (principalmente) alemana mediante la denominada devaluación de la lira. Es decir, hacía más competitivos los precios de sus mercancías en el extranjero, sin reducir el coste laboral ni recortar los salarios. Ahora, en cambio, las recetas económicas proeuropeas imponen una devaluación interna, es decir, una reducción del bienestar social y de los salarios. De este modo, imponen la muerte económica de nuestro país, deprimiendo el mercado interior y empobreciendo el tejido social italiano... La decisión de separar la autoridad monetaria del control político —convirtiendo al banco central en «independiente»— tuvo el efecto devastador de disparar los tipos de interés de los títulos del Estado... «no fueron el gasto social ni las inversiones públicas los que provocaron el aumento de la deuda pública, sino la política de tipos de interés elevados que se había vuelto indispensable debido a la restricción monetaria». A partir de ese momento, «los impuestos ya no servían tanto para el desarrollo económico interno como para pagar los intereses de la deuda»... La definición de la UE como un «tecnofascismo» no es un exceso retórico, sino la descripción de un sistema que, bajo la máscara de la neutralidad técnica, ejerce un poder político absoluto sin ninguna legitimación democrática, impone la austeridad y la desindustrialización a los países periféricos en beneficio de las economías centrales (en primer lugar, Alemania), y transforma los parlamentos nacionales en «meros tramitadores de decisiones tomadas en otros lugares que, de no respetarse, darían lugar a ataques especulativos»... «la Unión Europea es el nombre y el apellido que el neoliberalismo ha adoptado en Europa» (Davide Amato)

"Eurosuicidio. El título del breve pero exhaustivo texto de Gabriele Guzzi tiene el mérito de sintetizar con una fórmula eficaz todo el recorrido histórico de la integración italiana en la Unión Europea durante los últimos cuarenta años. Un recorrido que, lejos de cumplir las promesas de prosperidad, paz y modernización, ha llevado a Italia y a las naciones periféricas hacia un declive estructural y aparentemente irreversible. En los años del «milagro económico», la feliz combinación de la iniciativa privada y la intervención reguladora del Estado dio lugar en nuestro país a «una de las economías más dinámicas e innovadoras del mundo» (G. Guzzi, Eurosuicidio. Cómo la Unión Europea ha asfixiado a Italia y cómo podemos salvarnos, Fazi Editore, Roma 2025, p. 11), hasta el punto de hacernos superar, durante un tiempo, a potencias como Alemania y Francia. Lo que, en cambio, siguió a esos treinta años, con la adhesión al proceso de integración europea, es de un carácter totalmente distinto. A ello le siguió las «Tries Décadas Malditas», en palabras de Guzzi. Es decir, hoy vivimos una «zombificación» (12) de la sociedad italiana: somos un país no muerto. Y no podría ser de otra manera para una sociedad capitalista (que considera el crecimiento como el indicador más importante de su salud) que lleva más de treinta años sin crecer. «Si entre 1950 y 1991, año anterior a la firma del Tratado de Maastricht, el PIB per cápita italiano creció más del 420 por ciento, desde 1999 […] el crecimiento se ha estancado en un 5 por ciento en total. Desde la llegada del euro, nuestra economía ha experimentado una desaceleración casi sin precedentes» (21).

¿Cómo se ha llegado a una situación histórico-política tan dramática? El origen de esta arquitectura política artificial se remonta a principios de los años ochenta, con la separación entre el Banco de Italia y el Tesoro. Lo que en su momento se presentó como una reforma técnica necesaria para combatir la inflación y preparar a Italia para la integración monetaria europea fue, en realidad, el nacimiento de una nueva forma de poder, que ya no se inspiraba en los dictados de nuestra Constitución, sino en las reglas del neoliberalismo. La decisión de separar la autoridad monetaria del control político —convirtiendo al banco central en «independiente»— tuvo el efecto devastador de disparar los tipos de interés de los títulos del Estado. Como demuestra Guzzi, «no fueron el gasto social ni las inversiones públicas los que provocaron en primer lugar el aumento de la deuda pública, sino la política de tipos de interés elevados que se había vuelto indispensable debido a la restricción monetaria» (121). A partir de ese momento, «los impuestos ya no servían tanto para el desarrollo económico interno como para pagar los intereses de la deuda» (Ibídem).

Lo que el «divorcio», por tanto, lleva a cabo es la subordinación definitiva de la restricción interna (el bienestar de los ciudadanos, los salarios, los servicios públicos) a la restricción externa (los parámetros financieros, la confianza de los mercados, la disciplina monetaria). Lo que aparentemente fue un hecho técnico reservado a banqueros y funcionarios, resultó ser el inicio de una larga serie de golpes de Estado destinados a imponer un nuevo orden constitucional.

El Tratado de Maastricht de 1992 marcó, de hecho, la entrada definitiva de Italia en una nueva fase política y económica: ya no basada en el Estado del bienestar, la intervención pública en la economía ni el compromiso entre capital y trabajo, sino en las privatizaciones, la protección de los inversores, la estabilidad monetaria y la austeridad, que ha trasladado una enorme riqueza de los impuestos de los ciudadanos a los patrimonios de los más ricos.

Las razones de este desplazamiento de soberanía son, por tanto, eminentemente políticas, no técnicas. La entrada de Italia en la arquitectura de la UE ha adoptado la forma de un ajuste de cuentas, casi como si se quisiera corregir lo que, en ciertos aspectos, fue un fenómeno excepcional e inesperado: el crecimiento de Italia hasta convertirse en una potencia industrial y económica de primer orden, a pesar del papel que se le había asignado tras la Segunda Guerra Mundial. De hecho, mientras Italia disponía de la palanca monetaria, podía hacer frente a la competencia francesa y (principalmente) alemana mediante la denominada devaluación de la lira. Es decir, hacía más competitivos los precios de sus mercancías en el extranjero, sin reducir el coste laboral ni recortar los salarios. Ahora, en cambio, las recetas económicas proeuropeas imponen una devaluación interna, es decir, una reducción del bienestar social y de los salarios. De este modo, imponen la muerte económica de nuestro país, deprimiendo el mercado interior y empobreciendo el tejido social italiano.

Desde el punto de vista interno, la integración europea ha permitido la consolidación del poder de la burguesía italiana, hasta el punto de que esta ha aceptado una reducción de su propio poder internacional con tal de bloquear (y hacer retroceder) las conquistas del movimiento obrero, que hasta los años setenta mostraba una gran fuerza organizativa y de lucha. El «“pacto infame”» puesto en práctica por nuestra burguesía fue el siguiente: «Una reducción de la tasa de crecimiento de la renta a cambio de un mayor poder sobre ella. Se optó, al contrario de lo que decía Enrico Mattei, por hacerse más ricos en un país cada vez más pobre» (144).

He aquí, pues, el resultado suicida de la integración italiana en la Unión Europea. Hemos renunciado a lo que hacía eficaz a nuestro sistema económico y, al hacerlo, hemos aplicado las políticas neoliberales y de financiarización que han producido en todas partes los mismos efectos: concentración de la riqueza y del poder en pocas manos, empobrecimiento de los trabajadores, desempleo como instrumento disciplinario, desertización económica y productiva. Sin embargo, aplicar este programa a un país como Italia, vinculado a una Constitución socialmente avanzada, requería un proceso demasiado lento y difícil de llevar a cabo mediante los instrumentos democráticos tradicionales. Por ello, se decidió recurrir al chantaje permanente de la deuda.

De este modo, mediante la amenaza inapelable de una intervención (disfrazada de «técnica») del BCE, los políticos nacionales pudieron eludir la responsabilidad de aplicar medidas antipopulares que nunca habrían podido hacer aceptar a la opinión pública italiana. Por eso «la Unión Europea es el nombre y el apellido que el neoliberalismo ha adoptado en Europa» (137).

Por lo tanto, ya no se debería hablar de un ordenamiento democrático constitucional, sino de un tecnofascismo creado para acabar definitivamente con las conquistas del movimiento obrero hasta los años setenta. Desde el punto de vista de la democraticidad del ordenamiento político y del nivel de desigualdades en nuestro país, este retroceso nos ha devuelto a los niveles anteriores a la Segunda Guerra Mundial. La definición de la UE como un «tecnofascismo» no es, por tanto, un exceso retórico, sino la descripción de un sistema que, bajo la máscara de la neutralidad técnica, ejerce un poder político absoluto sin ninguna legitimación democrática, impone la austeridad y la desindustrialización a los países periféricos en beneficio de las economías centrales (en primer lugar, Alemania), y transforma los parlamentos nacionales en «meros tramitadores de decisiones tomadas en otros lugares que, de no respetarse, darían lugar a ataques especulativos» (65-66).

Lo que más sorprende es, ante este escenario, la absoluta convicción que nutre una gran parte de la población sobre el destino salvador de la Unión Europea. Casi como para sustituir el vacío dejado por la fe en las grandes convicciones del siglo XX, subraya agudamente Guzzi, el euro y la UE representan una metafísica, un orden suprasensible que va más allá de cualquier discusión histórica y política. Todo puede discutirse en el debate público, pero no nuestra adhesión al proyecto europeísta. Un intento más, hasta ahora exitoso, de convertir las relaciones políticas entre las clases en un hecho natural.

Frente a esta naturalización, Guzzi repolitiza el problema y muestra cómo el declive italiano no es un tropiezo en el camino, sino el resultado de decisiones políticas concretas —decisiones que han encontrado en la arquitectura institucional europea su instrumento de realización. La conclusión no puede ser otra que esta: el acto más europeísta que podamos imaginar —el que surja de un amor sincero por nuestro continente, por lo que representa y por lo que podría llegar a ser— no puede ser otra cosa que la ruptura con este experimento tecnocrático de la Unión Europea para volver a partir de nuevos cimientos." 

(Davide Amato, Sinistra in rete, 15/09/26, traducción Salvador L. Arnal)

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