16.10.26

Europa, un continente ocupado... sobre el vasallaje europeo... los países europeos han socavado sistemáticamente sus intereses económicos fundamentales, así como sus intereses de seguridad y geopolíticos... en materia de política económica, en los ámbitos de la seguridad, en la geopolítica y, especialmente, en lo que respecta a la guerra en Ucrania, resulta imposible afirmar que estos países hayan perseguido sus intereses nacionales. Por ejemplo, era obvio que romper los lazos con el gas ruso barato sería desastroso para Europa... Del mismo modo que era evidente que Ucrania no tenía ninguna posibilidad de derrotar a Rusia militarmente, ni siquiera con el apoyo de la OTAN; por lo tanto, era igualmente obvio que impulsar una solución maximalista y exclusivamente militar al conflicto supondría un desastre para Europa, no solo económicamente, sino también en términos de seguridad... La pregunta obvia es, entonces: ¿por qué? En términos sencillos, Europa ha sido secuestrada por una élite transatlántica transnacionalizada a la que no le importan en absoluto los intereses concretos de sus propios países y que está al servicio de intereses completamente diferentes: los intereses privados de una oligarquía reducida —hoy en día, los círculos financieros transnacionales y las estructuras militar-industriales— y los intereses extranjeros, concretamente los del núcleo imperial de Washington (y, como consecuencia, los de Israel)... ¿Cómo hemos llegado, pues, a este punto? Las condiciones estructurales que dieron lugar a la democracia de masas han desaparecido. Más allá de la cuestión de liberarnos de la tutela imperialista de EE. UU., lo que también implica desmantelar la UE, la otra cuestión crucial es, pues: ¿cómo podemos restaurar la democracia y volver a arrebatar algo de poder y control a las élites políticas y económicas cuando ya no existe la base material sobre la que logramos esos avances en el pasado? Nuestras élites actúan hoy de manera totalmente desenfrenada precisamente porque ya no queda ningún contrapeso real que se les oponga. Ahí radica el quid de la cuestión (Thomas Fazi)

"Esta es la transcripción de la intervención que pronuncié en la primera edición del Foro Este-Oeste en Estambul el 26 de septiembre, en la que sostuve que los países europeos han estado socavando de manera flagrante sus intereses económicos y de seguridad fundamentales, especialmente en el contexto de la guerra de Ucrania, y que esto solo puede explicarse en el contexto de la vasallización del continente —es decir, su subordinación a los intereses transatlánticos como resultado de un proceso que se viene desarrollando desde la Segunda Guerra Mundial—. Hice hincapié en que la OTAN funciona como un aparato de control del continente más que como una organización de defensa, y también señalé que la UE actúa como el brazo político de este orden imperialista.

Me gustaría comenzar mi intervención con una observación que ha hecho esta mañana el profesor Panda al referirse al retorno del interés nacional. Esto me ha dado bastante que pensar; pues, aunque es válido para muchos países del mundo, creo que existe una gran excepción a esta regla. Esa gran excepción es Europa.

Si analizamos las medidas adoptadas por los países europeos en los últimos años en materia de política económica, en los ámbitos de la seguridad, en la geopolítica y, especialmente, en lo que respecta a la guerra en Ucrania, resulta imposible afirmar que estos países hayan perseguido sus intereses nacionales, por mucho que se amplíe el concepto. Los países europeos han socavado sistemáticamente sus intereses económicos fundamentales, así como sus intereses de seguridad y geopolíticos. La pregunta obvia es, entonces: ¿por qué? En mi opinión, hay dos posibles explicaciones para ello.

Una posible explicación es la siguiente: los líderes europeos se han equivocado, han actuado de forma imprudente; a pesar de todas las pruebas contundentes que indican lo contrario, han perseguido y siguen persiguiendo lo que consideran el interés nacional de su país. Ahora bien, si hubiera sido imposible predecir las consecuencias de estas políticas, tal vez esta posibilidad sería concebible. Sin embargo, no fue así en absoluto. Por ejemplo, era obvio que romper los lazos con el gas ruso barato sería desastroso para Europa.

Muchos de nosotros, incluido yo mismo, lo escribimos ya en febrero o marzo de 2022. Pudimos predecirlo no porque seamos clarividentes, sino porque era evidente. Del mismo modo que era evidente que Ucrania no tenía ninguna posibilidad de derrotar a Rusia militarmente, ni siquiera con el apoyo de la OTAN; por lo tanto, era igualmente obvio que impulsar una solución maximalista y exclusivamente militar al conflicto supondría un desastre para Europa, no solo económicamente, sino también en términos de seguridad. Esto era aún más cierto para la propia Ucrania, por supuesto.

Muchos de nosotros lo hemos venido diciendo desde el primer día. Por lo tanto, a menos que supongamos que los líderes europeos eran demasiado estúpidos —y tan estúpidos como sin duda lo son algunos de ellos— para ver esta realidad que resultaba obvia para muchos observadores, es decir, que esta política iba claramente en contra de los intereses de Europa, y para darse cuenta de que insistir en esa política solo empeoraría las cosas, tenemos que considerar la otra alternativa sobre la mesa: que las élites europeas, desde hace mucho tiempo, no han estado velando por los intereses nacionales de sus respectivos países, ni por los intereses colectivos de Europa en su conjunto.

En otras palabras, el marco realista clásico, que sugiere que todos los Estados tienden a defender y maximizar sus intereses en términos económicos, militares y similares, no parece aplicarse a Europa. Y es que, desde esta perspectiva teórica, la línea seguida por Europa sigue siendo completamente irracional. Por lo tanto, necesitamos un marco conceptual diferente para dar sentido a la política europea; y creo que el marco más útil en este caso es el de la «vasallización». En términos sencillos, Europa —y con ello me refiero prácticamente a todos los países de la UE y a todo el establishment de Bruselas— ha sido secuestrada por una élite transatlántica transnacionalizada a la que no le importan en absoluto los intereses concretos de sus propios países y que, de hecho, está al servicio de intereses completamente diferentes: los intereses privados, es decir, los intereses de una oligarquía reducida —hoy en día, principalmente los intereses de los círculos financieros transnacionales y las estructuras militar-industriales— y los intereses extranjeros, concretamente los del núcleo imperial de Washington (y, como consecuencia, los de Israel).

¿Cómo hemos llegado, pues, a este punto? Sin duda, es el resultado de un proceso muy largo que se inició justo tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Estados Unidos identificó a Europa como uno de los pilares fundamentales de su estrategia de dominio global en aquel momento. Proyectar el poder estadounidense por todo el mundo requería mantener a Europa bajo control económico, militar y también cultural. Europa ha estado, en la práctica, bajo ocupación militar estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial. Aunque han transcurrido ochenta años desde el fin de la guerra, todavía hay cerca de 100 000 soldados estadounidenses estacionados en el continente. Siguen existiendo unas 30 bases estratégicas estadounidenses repartidas por toda Europa. Según el discurso oficial, están aquí para protegernos. ¿Protegernos de quién? ¿De Rusia, que no supone ninguna amenaza real para Europa?

De hecho, yo diría que Rusia no representaba una amenaza real ni siquiera durante los años de la Guerra Fría. Esta amenaza fue, en realidad, en gran medida fabricada e inflada por la propia OTAN. Naturalmente, la OTAN nunca tuvo como objetivo defender a Europa. Su principal objetivo fue siempre mantener a Europa bajo control, garantizar que el continente quedara subordinado a los intereses estratégicos estadounidenses y proyectar el poder estadounidense por todo el mundo. Esto era cierto ayer y lo es aún más hoy. Hoy en día, la OTAN no solo garantiza que Europa siga alineada con los intereses estadounidenses —y la guerra entre Rusia y Ucrania es el ejemplo más evidente de ello—, sino que también sirve para proyectar el poder estadounidense por todo el mundo. Hace apenas unos días, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, conocido por decir en voz alta lo que otros solo piensan en silencio, declaró que se realizaron 5.000 salidas desde bases estadounidenses en Europa en apoyo de la agresión estadounidense-israelí contra Irán.

Europa es, por lo tanto, plenamente cómplice de este ataque contra Irán, a pesar de los mensajes de condena de algunos líderes. En realidad, Europa constituye una parte esencial de la infraestructura logística del poder militar estadounidense, lo que le permite proyectarse hacia el este, en dirección a Rusia, así como hacia el sur, hacia Oriente Medio. Todo el parloteo sobre la «OTAN 3.0» o los discursos acerca de la supuesta ruptura entre Europa y EE. UU. no son, por lo tanto, más que una gran farsa. Por el contrario, la OTAN 3.0 reforzará aún más la subordinación de Europa a la «alianza».

La OTAN fue, por supuesto, solo uno de los instrumentos. El aparato de seguridad nacional de Estados Unidos también estableció vínculos extremadamente estrechos con los aparatos de seguridad de los países europeos. Y, por supuesto, Estados Unidos lleva mucho tiempo ejerciendo un enorme control económico, tecnológico y financiero sobre el continente. También ha establecido una dominación cultural e ideológica masiva en el continente —no solo a través de la cultura popular, sino también mediante los medios de comunicación en lengua inglesa, los think tanks transatlánticos y las falsas «organizaciones no gubernamentales». Por último, existe una herramienta más, que a menudo se pasa por alto pero que, en mi opinión, es crucial: la propia Unión Europea.

La Unión Europea se ha presentado durante mucho tiempo como un posible contrapeso al poder estadounidense, pero nunca ha funcionado como tal. De hecho, siempre ha sido una palanca fundamental que ha encadenado a Europa al sistema transatlántico de la OTAN liderado por EE. UU.; ha funcionado, en la práctica, como el brazo político de la OTAN. Esta situación resulta especialmente evidente hoy en día bajo el mandato de Ursula von der Leyen, quien ha realizado esfuerzos extraordinarios para alinear a los países europeos con los intereses de EE. UU., incluso en contra de la voluntad de algunos gobiernos europeos.

Hoy nos encontramos en un umbral extremadamente peligroso. Y es que, a través de la UE —una institución estructuralmente antidemocrática—, el establishment transatlántico de la OTAN ha establecido un dominio económico y político absoluto sobre los países europeos. Estos no son países soberanos en ningún sentido del término; y, por lo tanto, no son democráticos, en la medida en que la soberanía es la condición previa para el autogobierno popular. Esta situación dificulta aún más la posibilidad de lograr una transformación sistémica a través de las urnas.

En resumen, puedo afirmar sin dudar que Europa es, en muchos aspectos, un continente ocupado. Por lo tanto, cómo pueden los pueblos de Europa liberarse del sistema transatlántico y lograr la descolonización es quizás la cuestión más vital a la que se enfrenta el continente en la actualidad.

Por supuesto, las dificultades de Europa son anteriores a la aparición de Estados Unidos en la escena como imperio global. La esencia del problema radica en la hostilidad profundamente arraigada que las élites económicas y políticas europeas han sentido hacia la democracia y las clases trabajadoras durante siglos. Cuando hoy en día utilizamos el concepto de «democracia liberal», damos por sentado que la democracia surgió espontáneamente del liberalismo. Esto es una completa mentira. Todos los grandes pensadores liberales del pasado se oponían a la democracia, es decir, a la democracia de masas, entendida como un orden político en el que todos tienen los mismos derechos de voto.

La democracia que ellos imaginaban era una democracia de las clases propietarias, de las clases poseedoras de capital. De hecho, la democracia de masas se logró en gran parte gracias a las luchas, a menudo sangrientas, de las clases trabajadoras y del movimiento socialista. Ahí radica la cuestión principal. Los pueblos de Europa han tenido que librar una lucha encarnizada contra sus propias élites desde tiempos inmemoriales.

Contamos con algunas de las peores élites del mundo. No solo no les importa el bienestar de los pueblos del Sur Global, sino que tampoco les importa en absoluto el bienestar de su propio pueblo, el pueblo de Europa. Por eso Europa se ha visto sumida en la violencia, los conflictos políticos y las luchas de clases desde el pasado hasta el presente. Incluso en la «edad de oro» del capitalismo occidental, tras la Segunda Guerra Mundial, la democracia de masas fue sumamente conflictiva. Soy italiano: mi país fue escenario de oleadas masivas de violencia política en los años setenta y ochenta. Dinámicas similares se produjeron en Alemania, Francia y todos los principales países europeos. Y esto se considera el apogeo de la democracia de masas; y en muchos aspectos lo fue —fue precisamente en estas décadas cuando se lograron los mayores avances sociales y económicos para las amplias masas populares de Europa—, pero estos avances no fueron solo el resultado de las elecciones, sino también de movilizaciones masivas y de conflictos políticos de gran intensidad, a menudo violentos. En mi opinión, este panorama revela un nudo mucho más profundo. Los derechos obtenidos en el período de posguerra no fueron concedidos al pueblo; fueron la consecuencia de que, durante un breve período histórico, el poder organizado de las clases trabajadoras, las amplias masas, fuera capaz de arrebatar parte del poder al poder organizado del capital —aunque siempre se tratara de logros relativos—.

El problema es que la base —las condiciones materiales concretas— que hizo posible la democracia de masas ha desaparecido hoy en día en muchos aspectos. Ya no existen los centros de producción en masa ni las grandes fábricas donde los trabajadores se reunían y se organizaban. Por lo tanto, las condiciones estructurales y materiales que dieron lugar a la democracia de masas han desaparecido en gran medida. Más allá de la cuestión de liberarnos de la tutela imperialista de EE. UU., lo que también implica desmantelar la UE, la otra cuestión crucial es, pues: ¿cómo podemos restaurar la democracia y volver a arrebatar algo de poder y control a las élites políticas y económicas cuando ya no existe la base material sobre la que logramos esos avances en el pasado? Nuestras élites actúan hoy de manera totalmente desenfrenada precisamente porque ya no queda ningún contrapeso real que se les oponga. Ahí radica el quid de la cuestión." 

(Thomas Fazi,  blog, 14/10/26, traducción Salvador L, Arnal)   

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