"Mensajes clave
- La población inmigrante en España supera ya los nueve millones de
personas y crece a un ritmo de 600.000 personas anuales desde el fin de
la pandemia.
- La población inmigrante representa el 23% de la población ocupada en
España. El 90% del empleo nuevo creado desde enero de 2024 a marzo de
2025 ha sido ocupado por inmigrantes.
- El nivel educativo medio de la inmigración que recibe España es bajo
y se emplea en un tipo de puestos de trabajo que requiere poca
cualificación.
- Varios sectores de actividad dependen ya completamente o en gran
medida del empleo inmigrante. Por ejemplo, el 72% del empleo en el
servicio doméstico y el 45% en la hostelería es inmigrante.
- El abandono educativo es muy alto entre los adolescentes y jóvenes
de origen inmigrante, triplicando al de los autóctonos, lo que implica
dificultades para su integración laboral y social.
Análisis
Este documento es el primero de una
serie de análisis que el Real Instituto Elcano publicará a lo largo de
los próximos meses sobre la integración laboral de los inmigrantes en
España. Así, para los diferentes grandes grupos poblacionales nacidos en
el extranjero se analizarán los datos más relevantes sobre niveles
educativos, tasas de ocupación, actividad y paro, sectores de empleo e
ingresos salariales.
El objetivo es obtener una foto panorámica que permita conocer a
grandes rasgos cómo se está produciendo la integración laboral de los
inmigrantes en España. Esa integración laboral
de los migrantes adultos es una de las más importantes precondiciones
para su integración social y para su plena aceptación por la sociedad
mayoritaria.
En este primer análisis se presentan datos del conjunto de la
población migrante, dividida por orígenes, que se complementarán en
estudios sucesivos con investigaciones específicas dedicadas a cada uno
de los mayores grupos de inmigrantes en España, como los
latinoamericanos, los europeos de países de renta alta y los africanos.
El análisis dedica una primera parte a mostrar las características
básicas de la inmigración en España para presentar en la segunda parte
los datos referidos a su integración en el mercado de trabajo.
Las principales fuentes utilizadas para la redacción de este texto
son el Padrón Continuo de Población, la Estadística Continua de
Población y la Encuesta de Población Activa (EPA) (microdatos de la EPA
del 4º Trimestre de 2024), todos ellos del Instituto Nacional de
Estadística (INE).
1. El contexto: tamaño, composición y características de la inmigración en España
Conviene comenzar esta descripción con una nota previa: en este texto
se adopta la definición de migrante internacional que usa la
Organización de las Naciones Unidas (ONU) y su División de Población.
Migrante internacional es la persona que vive en un país diferente al
que nació. Por tanto, según esta definición, los inmigrantes lo son al
margen de cuál sea su estatus legal en el país de residencia, ya sean
regulares, irregulares o nacionalizados, ricos o pobres, inmigrantes
laborales o refugiados políticos.
Definidos como “nacidos en el extranjero”, y según los datos más
actuales ofrecidos por el INE, en su Estadística Continua de Población,
el número total de inmigrantes en España es de 9.379.972 personas
(cifras provisionales a 1 de enero de 2025), lo que supone un 18% de la
población total. Esta población compone la inmigración de primera
generación (es decir, la nacida fuera). Algunos países incluyen en sus
cifras sobre inmigración la segunda generación, es decir a los
descendientes de la primera, e incluso en algunos casos, generaciones
sucesivas. La causa de esta atención a las segundas y posteriores
generaciones es la constatación en numerosos países de que muchos de
esos descendientes de inmigrantes se enfrentan a dificultades
específicas que amenazan su integración exitosa. En España, la segunda
generación de inmigrantes, definida como la formada por los hijos de
padre y/o madre nacidos fuera, alcanza ahora los 3.100.000 individuos
(EPA 4T 2024). De ellos, 1.800.000 son hijos de padre y madre
inmigrantes y 1.300.000 son hijos de sólo un progenitor inmigrante.
Una parte importante de los inmigrantes de primera generación que
ahora residen en España ha obtenido la nacionalidad española, en total
2.800.000 personas, la mayor parte de ellos latinoamericanos, según los
datos del Padrón a 1 de enero de 2024. Por esta razón, los datos sobre
población de “extranjeros” en España son sustancialmente inferiores a
los que se refieren a la población inmigrante.
Todo el crecimiento demográfico que ha experimentado España en lo que
va de siglo se debe a la recepción de inmigrantes. La reducción del
número de hijos por mujer es un fenómeno que afecta cada vez más a todos
los continentes, de tal modo que en la actualidad casi toda Europa,
América, Oceanía y parte de Asia se encuentran ya por debajo de la tasa
de reemplazo (2,1 hijos por mujer) y, por tanto, en camino hacia la
disminución de su población total. España se encuentra desde hace años
entre los países de menor tasa de fertilidad en el mundo (1,12 hijos por
mujer) y en consecuencia su población, sin inmigración, sería hoy
inferior a los 40 millones con que contaba a comienzos de siglo. Pero la
inmigración ha hecho mucho más que evitar el descenso demográfico: ha
causado un aumento sustancial de la población total.
En conjunto la población española ha crecido un 23% en lo que va de
siglo, un incremento que triplica el aumento medio que se ha producido
en este periodo en los demás países de Europa occidental, en concreto en
los que pertenecían ya a la Unión Europea (UE) al comenzar el siglo.
En función de sus orígenes, la población inmigrante en España es muy
diversa, con representación de todos los continentes y con más de 50
países de los que proceden al menos 9.000 personas,[1]
y 22 países con más de 100.000. El origen de mayor presencia es el de
Marruecos, con más de un millón de inmigrantes a comienzos del 2024,
seguido por Colombia, con 850.000. Sin embargo, el conjunto de los
inmigrantes latinoamericanos supera en mucho a cualquier otro grupo, y
constituye uno de los rasgos más peculiares de la inmigración en España:
la inmigración latinoamericana supone el 47% del total.
Esta preeminencia de los migrantes latinoamericanos, cercanos por su
idioma y su religión a la población mayoritaria española, forma un
contexto social muy diferente al dominante en los países de Europa
Occidental, en los que la inmigración extraeuropea proviene
mayoritariamente de Asia y África. Este predominio de la inmigración
latinoamericana en España es resultado, en primer lugar, de la exención
de visado que permite la entrada libre a los nacionales de la mayoría de
sus países; en segundo lugar, del efecto “red”, que atrae a los
inmigrantes hacia los lugares donde ya se han instalado previamente
conocidos, familiares o amigos; en tercer lugar, de la reagrupación
familiar; y, en cuarto, de las facilidades que España ofrece para la
nacionalización a los inmigrantes procedentes de América Latina, que
pueden acceder a ella tras dos años de estancia legal, frente a los 10
años que se exige al resto de los inmigrantes.[2]
A gran distancia de la inmigración latinoamericana se encuentran la
europea procedente de Estados miembros de la UE (18%), la africana
(17%), la de los europeos no-UE (9%) y la asiática (6%), básicamente
china y paquistaní. En el Anexo II puede verse el listado completo de la
procedencia por países de los inmigrantes.
La juventud suele ser una característica de la migración
internacional analizada como flujo: son los jóvenes los que más a menudo
toman la decisión de abandonar su país. En España, la pirámide de edad
de la población inmigrada es sustancialmente más joven que la de la
población autóctona, en buena parte por el continuo aporte de nueva
inmigración que se está produciendo desde que el país se recuperó de la
crisis económica de 2008-2014, con la salvedad del periodo 2020-2021
(COVID-19). Desde enero del 2022, se ha instalado en España una media
anual de 600.000 inmigrantes al año (datos netos, es decir, excluyendo a
los que han salido del país). Con frecuencia los inmigrantes llegan
acompañados por sus hijos menores o los reagrupan posteriormente,
añadiendo así más “juventud” al carácter del flujo migratorio.
Incluso la inmigración procedente de países europeos occidentales es
ahora más joven que la autóctona. En contra del estereotipo que
identificaba a los inmigrantes de países ricos europeos con los
jubilados residiendo en las costas españolas, la inmigración que procede
ahora de esos países está concentrada en las edades de máxima actividad
económica. De hecho, el 67% tiene entre 20 y 59 años (inmigrantes UE-27
excluyendo a los que provienen de Rumanía, Bulgaria y Portugal). Como
resultado de este proceso, los inmigrantes de cualquier origen suponen
ya el 29% de la población residente en España de entre 25 y 49 años. En
el grupo de mayor concentración, el de 30 a 34 años, hay 52 inmigrantes
por cada 100 autóctonos (34% del total de ese grupo de edad).
En la estructura de edad de la población nacida en España puede
detectarse el efecto de la llegada de inmigrantes jóvenes en edad
reproductiva (Figura 1). Como ya se ha mencionado, los hijos nacidos en
España, descendientes de padre y/o madre inmigrante, representan ya más
de tres millones de personas. A su vez, la natalidad procedente de
madres autóctonas se ha reducido sustancialmente: en el periodo 2009 a
2023 ha disminuido en un 42%.[3] En consecuencia, entre los menores de tres años, los hijos de padre y/o madre inmigrante forman ya el 30%.[4]
En función de la nacionalidad, el origen geográfico y el origen
geográfico de sus padres, la población residente en España se distribuye
como muestra la Figura 2. Se utilizan aquí los datos de la EPA, ya que
el Padrón no permite identificar a los componentes de las segundas
generaciones. En la figura se denomina Población Autóctona a la nacida
en España, de padre y madre nacidos también en España. Compone en la
actualidad el 75% de la población total. Se denomina “Segunda
generación” a la nacida en España de padre y/o madre nacidos fuera de
España. En el grupo de inmigrantes nacionalizados como españoles se
incluye también a los que mantienen doble nacionalidad (la española y la
de origen).
En cuanto a su origen geográfico, por grandes regiones, la Figura 3
nos muestra esta distribución, basada en los datos del Padrón a 1 de
enero de 2024 (los datos referidos al 2025 no permiten este desglose).
La inmigración se distribuye de forma heterogénea en el territorio
español, con hasta 15 provincias donde ya suponen más del 20% de la
población (Figura 4). Entre éstas dominan los polos económicos y
turísticos, como Madrid, Barcelona, las islas y la costa mediterránea.
En conjunto, la inmigración es mayor en todo el este de la Península y
disminuye hacia el oeste, con Extremadura y las provincias del norte de
Andalucía ocupando el último lugar.
Finalmente, respecto al género, aunque existen notables
desequilibrios en función del área de origen (sobrerrepresentación
masculina en la inmigración africana y femenina en la procedente de
América Latina y Europa del este), estos desequilibrios parciales se
compensan mutuamente, y en su conjunto la población inmigrante se
muestra equilibrada con una ligera mayoría de mujeres del 51%, similar a
la que suele presentar cualquier población de manera natural. En
análisis sucesivos sobre grupos específicos de inmigrantes se mostrará
la composición por género correspondiente.
2. La integración de los inmigrantes en el mercado laboral español
Además de la heterogeneidad de sus orígenes, los inmigrantes son muy
plurales en función de variables relevantes que afectan a su modo de
integración, como su nivel educativo, su participación en el mercado de
trabajo y su nivel de ingresos. Para mostrar esa diversidad y para
compararla con la situación de la población autóctona, se ha realizado
este análisis de los microdatos de la Encuesta de Población Activa (EPA,
cuarto trimestre de 2024).
El estudio se ha ocupado de los individuos situados entre los 25 y
los 59 años de edad, para excluir a los jóvenes aún en formación y a los
adultos ya retirados del mercado laboral[5]
y homogeneizar así los colectivos a comparar, ya que entre los
inmigrantes la población de más de 59 años es aún muy pequeña en
comparación con la autóctona.
En la explotación de estos microdatos, se ha agrupado a la población
de 25 a 59 años en varios grupos: (a) población autóctona; (8)
inmigrantes procedentes de países de alta renta per cápita, similar o
mayor que la española (en adelante inmigrantes PAR); (c) inmigrantes
procedentes de países de baja renta per cápita, inferior a la española,
(en adelante inmigrantes PBR); e (d) inmigrantes de segunda generación
(nacidos en España con padre y madre nacidos en países de baja renta per
cápita[6]).
A su vez, los inmigrantes procedentes de países de menor renta per
cápita se han distribuido en función de sus orígenes en cuatro grupos:
latinoamericanos, europeos (rumanos, búlgaros, ucranianos…), africanos y
asiáticos. En el Anexo 1 se presentan los detalles de esta agrupación.
Uno de los principales factores que afectan a la integración en el
mercado de trabajo es el nivel educativo, en el que se observan
importantes diferencias en función del origen geográfico (Figura 5).
Así, mientras que el 49% de los autóctonos y el 57% de los inmigrantes
de países PAR tienen un título universitario o de FP superior, entre el
conjunto de los inmigrantes de países PBR ese porcentaje alcanza al 26%.
A su vez, este último conjunto es muy heterogéneo, ya que mientras los
latinoamericanos y europeos de países PBR presentan porcentajes del 32% y
28% respectivamente, en el caso de los africanos éste se reduce al 10%.
Especialmente preocupante resulta el bajo nivel educativo logrado por
los inmigrantes de segunda generación: el 39% sólo tiene el título
correspondiente a la educación secundaria obligatoria y sólo el 25% de
ellos ha obtenido un título universitario, 24 puntos por debajo de los
autóctonos.[7]
Este dato muestra que se está produciendo un fracaso en la integración
que afecta a buena parte de las segundas generaciones de inmigrantes en
España: varios estudios han advertido sobre la alta tasa de abandono
escolar de los alumnos hijos de inmigrantes (o inmigrantes ellos mismos
en el caso de los llegados a España en su infancia o adolescencia),
especialmente de los varones, y sobre el riesgo que eso implica para su
integración posterior en el mercado de trabajo, y, en conjunto, para su
integración social.[8]
Respecto a la tasa de actividad[9],
ésta supera el 80% para todos los colectivos, a excepción de africanos y
asiáticos (Figura 6). En el caso africano y en el paquistaní, la baja
tasa de actividad está relacionada, no sólo con los bajos niveles
educativos, sino con el carácter tradicional de sus funciones de género,
que asignan a la mujer la permanencia en el hogar y la no participación
en el mercado de trabajo. Sólo el 46% de las mujeres inmigrantes
procedentes de África son activas, frente al 87% de los hombres de este
grupo yo al 84% de las mujeres autóctonas (Figura 7).
En cuanto a la tasa de ocupación,[10]
todos los grupos presentan niveles inferiores a los de la población
autóctona (80%), aunque con diferencias pequeñas en el caso de los
inmigrantes de países de alta renta per cápita o en el de los
latinoamericanos. Sin embargo, entre los demás grupos, la diferencia es
de más de nueve puntos porcentuales y llega a los 11 en el caso de los
adultos que forman parte de la segunda generación de inmigrantes y a los
28 en el caso de los inmigrantes procedentes de África.[11]
En coherencia con estas tasas de actividad y de ocupación, las tasas
de paro son muy superiores entre el conjunto de inmigrantes procedentes
de países de menor renta en comparación con los autóctonos (Figura 8) y,
en particular, entre los inmigrantes africanos, que triplican la tasa
de los autóctonos, pero también entre los inmigrantes ya adultos de
segunda generación, que la duplican.
De nuevo las bajas tasas de ocupación y las altas tasas de paro de la
segunda generación de inmigrantes muestran que ya está produciéndose un
fracaso que implica un riesgo para la cohesión social y un coste para
el estado de bienestar.
El nivel educativo de la población inmigrante también condiciona el
tipo de actividad a la que se incorpora. Los inmigrantes de PBR se
concentran en cuatro sectores, que acumulan más de la mitad de su fuerza
laboral: la hostelería, el comercio, la construcción y la industria
manufacturera (Figura 9). Respecto a la industria, los inmigrantes se
ocupan básicamente en las relacionadas con la alimentación: industrias
cárnicas, panificadoras, conserveras, lácteas… que agrupan a un 30% de
todos los inmigrantes PBR empleados en este sector.
La concentración sectorial es especialmente alta en el caso de los
asiáticos. En este grupo, tres de cada cuatro se ocupan en el comercio o
la hostelería. Respecto a la segunda generación, descendientes de
inmigrantes PBR, su concentración es muy alta en dos sectores, comercio y
hostelería, que emplean al 53% de los ocupados en este grupo.
En términos del peso de cada grupo de ocupados en cada sector,
destaca el del servicio doméstico (Figura 10). En él el 71% de los
ocupados (en su casi totalidad mujeres) son inmigrantes procedentes de
países de renta baja y la mayor parte es la ocupada por mujeres
latinoamericanas (53% del total de ocupados en el sector). El segundo
sector que depende en mayor medida del trabajo inmigrante es el de la
hostelería, con un 45%, seguido por la construcción (32%), la
agricultura (31%) y las actividades administrativas y servicios
auxiliares (28%). En el transporte, “otros servicios”, el comercio y las
actividades inmobiliarias el porcentaje de población ocupada que
procede de países de menor nivel de renta supera también el 20%.
En el extremo contrario, el de la menor presencia de inmigrantes, se
encuentran los sectores de Educación y Administración Pública, Defensa y
Seguridad Social. El grueso del empleo en estos sectores se corresponde
con la función pública y los requisitos institucionalizados de entrada a
esa función (exigencia de ciudadanía de la UE) impiden el acceso a los
inmigrantes no nacionalizados. Por otra parte, el proceso selectivo de
acceso favorece a las personas de alto nivel educativo. El resultado es
que sólo un 4% de los inmigrantes procedentes de países de baja renta
per cápita está empleado en el sector público (Figura 11).
Los inmigrantes se concentran en el sector privado como asalariados,
con la excepción de los asiáticos. Casi la mitad de éstos ejerce como
autónomos o empresarios. En cuanto a la ocupación de los inmigrantes de
países “ricos”, su presencia es alta en ámbitos laborales de “cuello
blanco”: actividades profesionales, científicas, técnicas, educativas,
informativas, financieras e inmobiliarias, con un alto porcentaje de
autónomos.
En términos de categorías de ocupación, los inmigrantes PBR se
concentran en las categorías de “ocupaciones elementales” (Figura 12),
donde se encuentra la cuarta parte del total de empleados de este grupo
–frente a sólo un 8% de los autóctonos–, y en el de “trabajadores de
servicios”, con un 27% de inmigrantes PBR y un 18% de los autóctonos,
mientras que los inmigrantes procedentes de países de alta renta se
encuentran sobre todo entre los “técnicos y profesionales científicos e
intelectuales». También entre los autóctonos éste es el grupo que recoge
una mayor concentración de los ocupados.
En conjunto, se ha producido una “segmentación” o “dualización” del
mercado de trabajo, en la que los inmigrantes procedentes de países de
menor renta per cápita se concentran en las actividades que requieren
menor cualificación y mayor intensidad en trabajo físico (agricultura,
comercio, hostelería, construcción, servicio doméstico, industrias de
baja tecnificación…) y, dentro de esos sectores, en las categorías de
más baja posición en la jerarquía organizativa.
Una derivada de esta distribución laboral son las diferencias en el
salario percibido. La Encuesta de Población Activa no incluye preguntas
sobre ingresos salariales, por lo que se recurre aquí a la estadística
de bases medias de cotización de la Tesorería General de la Seguridad
Social. En este caso los individuos aparecen clasificados por
nacionalidad y no por país de nacimiento, y sólo se recogen
separadamente los de los países con altos números de cotizantes.[12]
La base media de cotización de los nacionales de países de renta alta
es 179 euros superior a la de los nacionales españoles, un grupo que
incluye a los inmigrantes nacionalizados (Figura 13). Hay que recordar
que las bases de cotización a la Seguridad Social están “topadas” por
arriba,[13]
de modo que los salarios más altos, los que se pagan a los directivos
en algunos sectores, no se reflejan en las bases de cotización. Por
tanto, es muy probable que la diferencia salarial media sea superior a
la que se recoge a través de las bases de cotización. Por su parte, la
brecha en la base media de cotización entre los españoles y los
nacionales de países de baja renta per cápita es de 532 euros, con los
asiáticos en el extremo inferior.
El menor nivel educativo no es la única causa de la concentración de
los inmigrantes de PBR en las actividades señaladas. Una parte de los
inmigrantes con un título universitario (como se ha dicho, un 26% de los
inmigrantes de PBR) encuentran empleo únicamente en trabajos que no
requieren esa cualificación. En buena parte este “despilfarro” de sus
cualificaciones se debe al larguísimo proceso de reconocimiento de sus
títulos. Por otra parte, la sobre cualificación es un rasgo general del
mercado de trabajo español, consecuencia de la muy alta proporción de
individuos con títulos universitarios, aunque afecte en mayor medida a
los inmigrantes. Más de la mitad (54%) de los inmigrantes con título
universitario ocupa un puesto que no requiere esa cualificación, algo
que sucede al 33% de los autóctonos con un título universitario.[14]
Además de los problemas relacionados con la homologación de los
títulos, esta diferencia es también resultado de la dificultad de los
inmigrantes para acceder al sector público del empleo, aunque en algunos
nichos específicos, como la medicina o la docencia y la investigación,
su presencia es cada vez más visible.
Los datos de la EPA permiten también conocer la situación educativa
de los jóvenes de entre 16 y 20 años que han acabado ya el periodo de
educación obligatoria (en España hasta los 16 años) pero que, en su
inmensa mayoría, no se han incorporado aún al mercado de trabajo.[15]
En el caso de los autóctonos, el 86% continúa estudiando y lo mismo
ocurre con el 84% de las segundas generaciones y con el 82% de los
jóvenes inmigrantes procedentes de países de alta renta per cápita
(Figura 14). Sin embargo, en el conjunto de los adolescentes inmigrantes
(es decir, nacidos fuera) que proceden de países de baja renta (lo que
suele denominarse como generación 1’5, llegada a España en la infancia o
adolescencia) sólo el 67% sigue estudiando, con importantes diferencias
internas. Estudian el 77% de los asiáticos de entre 16 y 20 años, pero
sólo el 65% de los africanos y el 66% de los latinoamericanos.
De nuevo, estos datos resultan preocupantes desde la perspectiva de
la futura integración laboral de los inmigrantes ahora más jóvenes e
indican que la situación de la generación 1’5, es aún peor que la de la
segunda generación, nacida en España. Esto indica, por otra parte, que
el sistema educativo español es capaz de corregir algunas de las
debilidades de origen con las que se incorporan a él los hijos de los
inmigrantes, pero lo hace de modo insuficiente: los resultados son
mejores para los que cursan toda su educación en España (la segunda
generación) que para los llegados desde otros sistemas educativos, pero
también en el primer caso son insuficientes para lograr una equiparación
de sus capacidades con las de la población autóctona.
Conclusiones
España está experimentando un cambio
transcendental en su mercado de trabajo con efectos aún poco estudiados
sobre el conjunto de la economía y la sociedad. El grueso del empleo
nuevo que se ha creado en los últimos años, desde la recuperación
económica tras la pandemia, es el ocupado por inmigrantes, que
representan el 90% del total del nuevo empleo creado en los cinco
últimos trimestres que recoge la EPA (de enero de 2024 a marzo de 2025).
Este es el resultado de un crecimiento de la inmigración recibida
tras la crisis de la pandemia con una media de 600.000 personas anuales,
en términos netos, es decir, restando a los que abandonan el país, en
un flujo compuesto en estos últimos años sobre todo por
latinoamericanos.
La inmigración que procede de países PBR supone un 91% del total de
la inmigración que se encuentra en las edades de mayor actividad laboral
(entre 25 y 59 años), y una de sus características más relevantes es un
bajo nivel educativo medio, sustancialmente inferior al de la población
autóctona y, especialmente bajo en el caso de la inmigración procedente
de Asia y de África. La llegada en los últimos años de miles de
inmigrantes latinoamericanos de renta media y alta, con educación
universitaria, es un fenómeno muy llamativo, pero aún minoritario en el
conjunto de esa inmigración latinoamericana.
La inmigración PBR presenta menores tasas de ocupación que las
correspondientes a la población autóctona de sus mismos grupos de edad,
mucho mayores tasas de paro, y una actividad que se concentra en
sectores de servicios de baja productividad y en consecuencia bajos
salarios y por tanto bajas aportaciones al sistema de pensiones.
En el presente varios sectores dependen de modo mayoritario o muy
relevante de la inmigración: el servicio doméstico, la hostelería, la
construcción y la agricultura tienen entre sus empleados al menos a un
30% de inmigrantes, y estos ocupan prácticamente el total del nuevo
empleo que crean esos sectores.
El peso poblacional de la inmigración sobre el conjunto crecerá en
los próximos años: los niños inmigrantes, o hijos de inmigrantes,
suponen ya el 32% del alumnado de Primaria y Secundaria obligatoria, a
la vez que disminuye el número de hijos de mujeres autóctonas. Si se
mantiene la evolución actual, la población de origen inmigrante pasará a
representar una parte creciente del total. En este contexto, pensando
en el futuro, preocupan especialmente los datos sobre los resultados
educativos de la segunda generación y de la generación 1,5 de
inmigrantes: su tasa de abandono educativo es del 33%, triplicando la de
la población autóctona. Entre los nacidos en España hijos de padre y
madre inmigrantes, con ya más de 25 años de edad, el 39% sólo tiene el
título correspondiente a la Educación Secundaria Obligatoria, lo que
implica su confinamiento en el mercado de trabajo español en tareas
“elementales” de baja cualificación y su mayor riesgo de encontrarse en
desempleo.
Todo esto supone a su vez efecto sobre la integración social de las
segundas generaciones de inmigrantes. Como derivada a medio plazo puede
esperarse una repercusión sobre la opinión pública española ante la
inmigración, cada vez más cercana a la media europea, y, por tanto,
consecuencias sobre el puesto que ocupa la inmigración en el debate
político. (...)"
( Carmen González Enríquez , José Pablo Martínez, Real Instituto Elcano, 09/06/25, notas y gráficos en el original)