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27.1.26

Sigo teniendo ganas de leer cosas así: El mercado laboral español despide el año 2025 superando la barrera histórica de los 22 millones, situándose en los 22.463.300, mientras el paro logra otro hito histórico al caer por debajo de las dos cifras por primera vez desde 2008, concretamente hasta el 9,93%... Cifras que han sido posible gracias al incremento de más de 600.000 trabajadores durante el año, acompañada de una mejora continuada en la estabilidad del empleo... "cuando ponemos los derechos en el centro y protegemos a la gente trabajadora, la economía y la vida de la gente son mejores” ha dicho Yolanda Díaz

 "El mercado laboral despide definitivamente un año 2025 muy positivo en materia estadística. El número de personas ocupadas cerró el último trimestre del año superando la barrera histórica de los 22 millones, situándose en los 22.463.300, según los datos de la Encuesta de Población Activa (EPA) publicada este martes. Además, la cifra de paro logra otro hito histórico al caer por debajo de las dos cifras por primera vez desde 2008, concretamente hasta el 9,93%, tal y como ha presentado el Instituto Nacional de Estadística (INE).

Cifras que han sido posible gracias al incremento de más de 600.000 trabajadores durante el año, 76.200 de ellas entre octubre y diciembre. Simultáneamente, la población activa se sitúa cerca de los 25 millones de personas, tras incrementarse en casi medio millón en el último año, lo que evidencia una mayor confianza en el acceso al mercado laboral. “Unos datos que llegan acompañados de una mejora continuada en la estabilidad del empleo, dado que los contratos indefinidos se han aumentado en casi 550.000”, exponen desde el Gobierno.

En detalle, los indefinidos suman 547.500 contratos más y ya son 16,26 millones, dejando la tasa de temporalidad en apenas un 12,4%. Una realidad laboral que se ha traspasado las puertas de las casas. Los hogares con todos sus miembros ocupados aumentaron en 263.000 durante el pasado curso, alcanzado los 12.166.300. En contraposición, aquellos con todos sus miembros activos en paro se redujeron en más de 61.200, cayendo hasta los 772.300. “La fortaleza del mercado laboral se refleja también en los hogares”, celebran desde el ministerio de Economía, Comercio y Empresa.

Los datos muestran un mercado laboral más fuerte y estable, con empleo de mayor calidad y que sienta una base sólida para seguir ampliando el bienestar de todos los ciudadanos”, ahondan el líder de la cartera económica, Carlos Cuerpo. Asimismo, Economía destaca el tirón del sector privado, que representa un 92% del empleo creado, y la mejora de estratos poblacionales históricamente perjudicados por las dinámicas laborales. Este es el caso de los jóvenes, cuya tasa de paro se ubica en el 23% a cierre de 2025, la menor en 17 años.

Además, en línea con el discurso sostenido de un tiempo a esta parte, el Gobierno celebra el aumento de empleos en sectores cualificados. “En los últimos años la estructura sectorial del empleo en España ha visto ganar peso en ciertos servicios, como información y comunicación, profesionales y técnicos y sanidad, así como en la construcción”, destacan desde Economía, aunque reconocen que aún no se han alcanzado los máximos históricos. Por su parte, el peso del sector público sobre el total se sitúa en línea con los niveles de 2016-2019, periodo previo a la pandemia.

Las reformas que no destruyeron el país: CEOE y PP, expuestos

“En el año 2008 algunos no habías nacido y otros alquilabais películas en videoclubs porque no había streaming, no existían las redes sociales y Obama todavía no era presidente de los Estados Unidos. También fue la última vez que España tuvo un paro por debajo del 10%, hasta hoy. Tras 18 años, el paro cae por debajo de las dos cifras”, ha introducido la ministra de Trabajo y Economía Social, Yolanda Díaz, su valoración positiva de los datos. También se ha acordado de los empresarios y políticos neoliberales agoreros.

Ni el SMI (Salario Mínimo Interprofesional) ha destruido el país ni nuestra reforma laboral ha traído más paro. Fue todo mentira, ha sido todo lo contrario. Rajoy soñaba con una España de 20 millones de ocupados y ahora tenemos más de 22 millones y con contratos de mucha mayor calidad”, ha expuesto la también vicepresidenta segunda del Gobierno a aquellos que, como Antonio GaramendiAlberto Núñez Feijóo, han pronosticado en decenas de ocasiones el apocalipsis como consecuencia de la ganancia de derechos de los trabajadores.

“Durante demasiado tiempo, se nos dijo que para crear empleo había que destruir derechos y eso fue lo que hicieron a lo largo de toda la democracia”, ha echado la vista atrás la principal representante de Sumar en el Gobierno de coalición. “Hoy, los datos dicen exactamente lo contrario: cuando ponemos los derechos en el centro y protegemos a la gente trabajadora, la economía y la vida de la gente son mejores”, ha contrapuesto. “Al final, de eso se trata. Que el progreso se note en la vida de la gente”, se ha despedido. " 

( , El Plural, 27/01/26)  

15.1.26

El año 2025 quedará inscrito en los anales de la geopolítica no como un punto de inflexión hacia la paz, sino como la consagración definitiva de una nueva y aterradora normalidad, la era de las guerras eternas. Lo que observamos no es una colección de conflictos aislados producto de tensiones locales irresueltas, sino la manifestación violenta de un mecanismo económico global perfeccionado... Este mecanismo convierte la destrucción sistemática en ganancia privada estructural... las guerras eternas no son un fracaso de la diplomacia; son el éxito de un modelo de negocio... La guerra se ha convertido en un sustrato económico, un ecosistema donde florecen formas específicas de capitalismo depredador... La razón clave para esta permanencia de crisis es una tríada de explotación que opera en perfecta sintonía, una alianza tácita entre tres sectores: el complejo militar-industrial, que se da un festín con contratos de guerra interminables y renovables; los especuladores financieros, que explotan la volatilidad de los mercados de commodities, divisas y deuda soberana desestabilizados por los conflictos para obtener ganancias inesperadas; y los monopolios globales de recursos, que aprovechan el caos para estrechar silenciosamente su control sobre activos estratégicos como el litio, el cobalto, el uranio, el gas y las tierras raras... Cada uno de estos sistemas se retroalimenta en un circuito cerrado: la guerra justifica enormes gastos militares, esos gastos se traducen en ganancias récord para los contratistas de defensa, parte de esas ganancias se reinvierten en lobby político para asegurar políticas exteriores belicosas y desregulación financiera, lo que a su vez genera más inestabilidad y nuevas oportunidades de negocio en mercados turbulentos. Es un sistema deliberadamente manipulado para evitar la paz, una especie de motor perpetuo de ganancias cuya combustión requiere el oxígeno constante del conflicto... Es la máxima expresión del capitalismo clientelar, el riesgo es público, nacional, colectivo; la recompensa es privada, concentrada y extraterritorial. Así, la Gran Máquina de Guerra sigue girando, alimentada por el sufrimiento de millones y lubricada por el flujo constante de capital público hacia cuentas privadas, en un ciclo que cada año que pasa parece más imposible de detener (Alejandro Marcó del Pont)

 "El año 2025 quedará inscrito en los anales de la geopolítica no como un punto de inflexión hacia la paz, sino como la consagración definitiva de una nueva y aterradora normalidad, la era de las guerras eternas. Lo que observamos no es una colección de conflictos aislados producto de tensiones locales irresueltas, sino la manifestación violenta de un mecanismo económico global perfeccionado, un sistema que podríamos denominar La Gran Máquina de Guerra.

Este mecanismo convierte la destrucción sistemática en ganancia privada estructural, operando con la eficiencia fría de una línea de montaje donde la materia prima es la inestabilidad y el producto final es el beneficio concentrado en manos de una élite transnacional. Los acontecimientos de los últimos años —la guerra de desgaste en Ucrania, el resurgimiento del conflicto en Oriente Medio y la guerra fría económica entre Estados Unidos y China— no han sido simples crisis, sino catalizadores que han aumentado drásticamente la temperatura geopolítica para inclinar irreversiblemente el discurso político a favor de la «seguridad», un concepto elástico que sirve para justificar cualquier gasto, cualquier intervención y cualquier recorte de libertades.

En este contexto, las guerras eternas no son un fracaso de la diplomacia; son el éxito de un modelo de negocio. Se refieren a disputas crónicas, cuidadosamente gestionadas, que benefician de manera directa y cuantificable a las élites mediante la extracción de recursos, la consolidación de poder geopolítico y el control de mercados estratégicos.

En 2025, según el Índice de Paz Global de Vision of Humanity, se registraron 59 conflictos estatales activos, el número más alto desde la Segunda Guerra Mundial proliferando conflictos prolongados e híbridos, donde las dimensiones económica, financiera, tecnológica y comercial son tan decisivas como los combates en el campo de batalla. Al menos una docena de estos se clasifican como mayores, con muertes superiores a las 10.000 por año en algunos casos. Los focos mediáticos como Ucrania y Gaza dominaron las noticias, pero conflictos subyacentes en Sudán, Myanmar, el Sahel (incluyendo Malí, Burkina Faso y Níger), Yemen, Siria, Somalia y Nigeria formaron un tapiz de violencia que, en su cronicidad, alimenta economías depredadoras.

La característica definitoria de estos conflictos no es su ferocidad, sino su duración indefinida, su naturaleza crónica. Son perpetuados no por la imposibilidad de encontrar una solución, sino por la activa oposición de intereses creados que se alimentan de la inestabilidad. La guerra se ha convertido en un sustrato económico, un ecosistema donde florecen formas específicas de capitalismo depredador.

La razón clave para esta permanencia de crisis es una tríada de explotación que opera en perfecta sintonía, una alianza tácita entre tres sectores: el complejo militar-industrial, que se da un festín con contratos de guerra interminables y renovables; los especuladores financieros, que explotan la volatilidad de los mercados de commodities, divisas y deuda soberana desestabilizados por los conflictos para obtener ganancias inesperadas; y los monopolios globales de recursos, que aprovechan el caos para estrechar silenciosamente su control sobre activos estratégicos como el litio, el cobalto, el uranio, el gas y las tierras raras.

Básicamente, las élites mundiales, ya se autodenominen «globalistas» o «soberanistas», libran sus batallas reales por el control de estos tres frentes de acumulación. Cada uno de estos sistemas se retroalimenta en un circuito cerrado: la guerra justifica enormes gastos militares, esos gastos se traducen en ganancias récord para los contratistas de defensa, parte de esas ganancias se reinvierten en lobby político para asegurar políticas exteriores belicosas y desregulación financiera, lo que a su vez genera más inestabilidad y nuevas oportunidades de negocio en mercados turbulentos. Es un sistema deliberadamente manipulado para evitar la paz, una especie de motor perpetuo de ganancias cuya combustión requiere el oxígeno constante del conflicto.

Cada uno de los principales conflictos armados actuales puede leerse como una disputa entre élites con fines económicos específicos, donde las poblaciones civiles son meros daños colaterales en una guerra por activos. La guerra en Ucrania, por ejemplo, persigue objetivos distintos para diferentes sectores de la élite. Para los globalistas del capital financiero —entidades como BlackRock y los bancos de la órbita Rothschild— representa una oportunidad única de planificación a largo plazo: la reconstrucción post-guerra. Ya están posicionándose para inversiones masivas en infraestructura destruida, agricultura de alta productividad en la rica tierra negra ucraniana y la privatización de sectores enteros de la economía.

Es el sueño de «la doctrina del shock» aplicado a escala continental. Para el complejo militar-industrial estadounidense y europeo —Lockheed Martin, Raytheon, BAE Systems, Rheinmetall—, el conflicto ha sido un regalo caído del cielo. Solo Estados Unidos ha enviado más de 50.000 millones de dólares en ayuda militar, un flujo que se traduce directamente en pedidos, ganancias y valoraciones bursátiles en alza. La guerra ha revitalizado una industria que tras el retiro de Afganistán temía por la contracción de sus mercados.

El conflicto en Gaza, extendido a Líbano y Siria, muestra una dinámica similar con diferentes activos en juego. Las élites globalistas que apoyan a Israel no lo hacen por mera afinidad ideológica; actúan por alianzas estratégicas y, de manera crucial, por el acceso al gas del Mediterráneo Oriental, particularmente al gigantesco yacimiento Leviatán. Mientras tanto, élites árabes y capitales transnacionales ya calculan las ganancias potenciales de la reconstrucción de una Gaza reducida a escombros, un proyecto que podría valer decenas de miles de millones, además de asegurar rutas comerciales y estabilidad energética.

El complejo militar-industrial obtiene su parte con ventas de armas a Israel por valor de más de 20.000 millones de dólares en 2025. Fondos como BlackRock invierten agresivamente en el sector tecnológico israelí, especialmente en ciberseguridad, mientras la banca de influencia Rothschild opera en la sombra para estructurar la financiación que garantice la estabilidad de estos flujos energéticos.

Conflictos menos cubiertos, pero igualmente lucrativos siguen la misma lógica. En Sudán, la guerra civil gira en torno al control de yacimientos de oro valorados en más de 2.000 millones de dólares. En Myanmar, la lucha es por el jade y los metales raros, con China posicionándose para asegurar el acceso a recursos críticos para su industria tecnológica. En el Sahel, la inestabilidad facilita el control de recursos como el uranio de Níger, vital para la energía nuclear francesa, mientras en Yemen y Siria, el petróleo y la ubicación geoestratégica son los botines.

En este escenario, la situación de Ucrania en diciembre de 2025 es un caso de estudio paradigmático de esta lógica perversa. El panorama es desolador desde cualquier perspectiva humana: fronteras inciertas y cercenadas por la ocupación rusa, una despoblación masiva con más de seis millones de refugiados y cuatro millones de desplazados internos —lo que significa una escasez crítica de mano de obra para cualquier reconstrucción futura—, una economía contraída en un 30% desde 2022 y una deuda pública que supera el 90% del PIB. A esto se suma una crisis energética crónica, con el 50% de la capacidad de generación destruida por ataques rusos y apagones constantes.

Ante este cuadro, podría parecer un absurdo económico que las élites bélicas y financieras busquen sacar provecho de un país aparentemente «vacío» de recursos inmediatos y capacidad de pago. Sin embargo, esta aparente contradicción se resuelve mediante un modelo diabólicamente eficiente: la «reconstrucción neoliberal» como forma de neocolonialismo financiero.

Este modelo no busca extraer dinero de donde no hay; se especializa en transformar la devastación misma en la oportunidad de largo plazo más lucrativa. El mecanismo funciona a través de la creación de un ciclo de deuda-inversión-explotación que, lejos de reconstruir la soberanía ucraniana, la transfiere a acreedores e inversionistas externos. Los beneficios se derivan de la deuda soberana garantizada por activos futuros, de las privatizaciones forzadas a precio de liquidación, del control a largo plazo de recursos estratégicos y de los subsidios masivos indirectos canalizados a través de la ayuda internacional.

El mecanismo se puede desglosar paso a paso, tomando como ejemplo el United States-Ukraine Reconstruction Investment Fund (RIF), firmado en abril de 2025. Este fondo, de 75.000 millones de dólares, financiado por la Development Finance Corporation (DFC) —una agencia pública estadounidense—, ilustra con claridad cómo un flujo de dinero público se convierte en ganancias privadas y control estratégico. Se trata de un esquema donde los contribuyentes estadounidenses (y europeos) asumen el riesgo inicial, subsidian la inversión y proporcionan garantías, mientras las ganancias de la explotación de recursos ucranianos —litio, titanio, uranio, manganeso, grafito— fluyen hacia corporaciones privadas y sus accionistas. No es un regalo directo, sino un ciclo complejo de deuda, compromisos soberanos y royalties que canaliza recursos públicos hacia proyectos privados, con el Estado ucraniano, desesperado por fondos, cediendo el control de su subsuelo a cambio de oxígeno financiero inmediato.

La elección de Ucrania no es casual, pero el modelo es replicable. Donde el texto dice «Ucrania», bien podría poner «Argentina», «Sudán», «Níger» o cualquiera de los cincuenta lugares en guerra activa; la lógica subyacente sería idéntica. El «absurdo» económico se resuelve porque las corporaciones no invierten en un vacío; invierten en un marco donde el riesgo ha sido socializado por los estados occidentales. Obtienen concesiones preferenciales a bajo costo, respaldadas por garantías públicas, y calculan sus retornos en horizontes de diez a veinte años, mediante la exportación de minerales críticos a mercados occidentales ávidos por diversificar sus suministros y reducir la dependencia de China. La devastación presente es irrelevante; lo que se valora es el potencial futuro, adquirido a precio de ganga en medio del caos.

El recorrido completo del dinero del RIF es esclarecedor. El fondo aprobado el 17 de septiembre de 2025, por 75.000 millones se destinan oficialmente a proyectos «nuevos» —aquellos no explotados antes de 2025—, una cláusula diseñada para evitar conflictos legales con concesiones rusas preexistentes en las zonas ocupadas. Sin embargo, la realidad geográfica choca con la ficción legal. El depósito de litio de Shevchenkivske, uno de los mayores de Europa, está bajo control ruso desde al menos febrero de 2025. Aun así, el acuerdo obliga a Ucrania a entregar el 50% de los royalties de ese yacimiento al fondo estadounidense, a pesar de no controlarlo.

Es una cláusula que convierte la futura resolución del conflicto fronterizo en una reclamación financiera directa de Washington. Otros recursos, como el titanio de Irshansk, están en zona ucraniana segura, mientras los depósitos de manganeso en Nikopol y uranio en Donetsk y Zaporizhia están parcial o totalmente bajo control ruso. En resumen, aproximadamente el 50% de los recursos que supuestamente garantizan las inversiones del RIF ya están en manos del enemigo contra el que Ucrania está luchando.

Esta aparente locura tiene sentido en el marco de la guerra eterna: las inversiones occidentales se centran en lo seguro hoy, pero se redactan los acuerdos para tener derechos sobre todo el territorio en el futuro, anticipando que las negociaciones —potencialmente entre un Trump y Putin— podrían «flexibilizar» el acceso o canjear concesiones por otro tipo de acuerdos geopolíticos. Se está escribiendo el mapa económico del país antes incluso de que se dibuje el mapa político final.

Dentro de este ecosistema, el sector de armamentos opera como el componente más directo y obsceno del modelo. Su dinámica es análoga a la de la reconstrucción, pero con un ciclo de retorno más rápido. Los fondos públicos —ya sea el presupuesto de defensa de Estados Unidos, el fondo europeo para Ucrania o las compras financiadas por crédito de Arabia Saudita— fluyen directamente hacia los balances de corporaciones privadas como Lockheed Martin, Raytheon, Northrop Grumman y sus homólogas europeas.

Estos contratos, a menudo adjudicados sin licitación competitiva bajo cláusulas de «emergencia nacional» o «seguridad urgente», presentan márgenes de beneficio exorbitantes. Los conflictos en Ucrania y Gaza han impulsado las ventas globales de armas a niveles récord, proyectándose para 2025 en unos 700.000 millones de dólares. Los estados absorben los costos políticos, económicos y humanos, endeudándose o desviando fondos de servicios sociales, mientras las empresas capturan las ganancias a través de contratos monopolísticos o cuasi-monopolísticos.

Es la máxima expresión del capitalismo clientelar, el riesgo es público, nacional, colectivo; la recompensa es privada, concentrada y extraterritorial. Así, la Gran Máquina de Guerra sigue girando, alimentada por el sufrimiento de millones y lubricada por el flujo constante de capital público hacia cuentas privadas, en un ciclo que cada año que pasa parece más imposible de detener. La guerra ya no es la continuación de la política por otros medios; es la continuación de la extracción de ganancias por los medios más brutales y eficaces imaginables."

(Alejandro Marcó del Pont, blog, 04/01/26) 

12.1.26

2025: Una acumulación obscena de riqueza... los diez ciudadanos más ricos de EE. UU. lograron una acumulación obscena de riqueza adicional de 563 300 millones de dólares sobre las cantidades vulgares que poseían a principios de año, lo que supone un aumento del 29,2 % que, durante los últimos tres años, se ha más que duplicado, aumentando un 211 %... Es poco probable que la mayor parte, si no la totalidad, de su riqueza y sus aumentos estén sujetos al impuesto sobre la renta, salvo que los activos se vendan con ganancias. Si los activos vendidos se han mantenido durante más de un año, se gravan al tipo impositivo de las ganancias de capital a largo plazo, que es inferior al tipo que se aplicaría si estas personas hubieran ganado el dinero trabajando. Es evidente que debería imponerse un impuesto sobre el patrimonio de sus activos financieros para financiar mejor los programas y servicios necesarios (Rick Baum)

 "Mientras que muchas personas luchan por sobrevivir, los diez ciudadanos más ricos de Estados Unidos han experimentado un gran aumento de su riqueza, como se puede ver en la tabla siguiente, basada en el Índice de multimillonarios de Bloomberg. En 2025, lograron una acumulación obscena de riqueza adicional de 563 300 millones de dólares sobre las cantidades vulgares que poseían a principios de año, lo que supone un aumento del 29,2 % que, durante los últimos tres años, se ha más que duplicado, aumentando un 211 %. Es poco probable que la mayor parte, si no la totalidad, de su riqueza y sus aumentos estén sujetos al impuesto sobre la renta, salvo que los activos se vendan con ganancias. Si los activos vendidos se han mantenido durante más de un año, se gravan al tipo impositivo de las ganancias de capital a largo plazo, que es inferior al tipo que se aplicaría si estas personas hubieran ganado el dinero trabajando. Es evidente que debería imponerse un impuesto sobre el patrimonio de sus activos financieros para financiar mejor los programas y servicios necesarios.    

 A la cabeza del grupo de los diez se encuentra Musk. Recientemente, según cifras de Bloomberg, ha experimentado grandes altibajos en la cuantía de su fortuna, aunque los periodos de descenso pueden haber tenido poca influencia en el poder que ejerce en la plutocracia estadounidense con fachada democrática. Su «contribución» de 288 millones de dólares a las campañas republicanas (en su mayoría para Trump) a mediados de diciembre de 2024 supuso menos del 0,06 %, seis centésimas de porcentaje, de su fortuna. Para igualar los 288 millones de dólares de Musk, se necesitaría que 288 000 personas contribuyeran con 1000 dólares cada una o que 2 880 000 personas contribuyeran con 100 dólares cada una.

En los últimos años, si un cambio en la fortuna de más de 100 000 millones de dólares es significativo, Musk ha experimentado algunos cambios importantes en la cantidad de sus activos. En los «oscuros» días de Biden, a principios de 2023, según el índice Bloomberg, el tamaño de su fortuna ascendía a 137 000 millones de dólares, lo que supone un descenso de 133 000 millones con respecto a la cifra registrada a principios de año.

 Pronto se produciría un cambio radical con respecto a aquellos días oscuros. A finales de 2023, gran parte de su fortuna perdida se había recuperado, alcanzando los 229 000 millones de dólares. Durante la primera parte de 2024, comenzó a descender de nuevo, cayendo a «solo» 183 000 millones de dólares a fecha de 11 de mayo de 2024, antes de volver a subir hasta los 269 000 millones de dólares a fecha de 1 de octubre. Con la elección de Trump, aumentó drásticamente hasta alcanzar los 486 000 millones de dólares el 17 de diciembre de 2024, lo que supone una ganancia de más de 300 000 millones de dólares en poco más de siete meses, lo que demuestra las maravillas del sistema capitalista estadounidense, que permite a un solo individuo acumular una enorme cantidad de riqueza en un momento en el que muchas personas tienen necesidades apremiantes de alimentos, vivienda, atención médica, etc.

Con Trump en el poder y Musk al frente del llamado Departamento de Eficiencia Gubernamental (Doge), lo que le convirtió en lo que algunos consideraban un copresidente no electo, Musk pudo haberse visto a sí mismo como autor de un «sacrificio colosal», dado lo que le sucedió a su fortuna durante su «servicio» al país. Esta volvió a descender drásticamente en más de 100 000 millones de dólares, hasta alcanzar los 323 000 millones el día de los inocentes. Poco después de reducir su papel en el Doge y, finalmente, abandonar su cargo, su fortuna volvió a dispararse, hasta alcanzar los 470 000 millones de dólares el 1 de octubre de 2025, y luego aumentó otros 172 000 millones, hasta los 642 000 millones, el 19 de diciembre de 2025.

 Esos 642 000 millones de dólares superan en más de 125 000 millones la riqueza combinada que poseían ese mismo día el segundo más rico, Page (264 000 millones), y el tercero, Bezos (250 000 millones). Esto ocurre a pesar del probable descenso en las ventas de coches Tesla en 2025 y de la hostilidad mostrada hacia los coches eléctricos por el régimen de Trump, tal y como se refleja en una disposición de la gran y hermosa ley que eliminó los créditos fiscales para los coches eléctricos. Sin embargo, el precio de las acciones de Tesla, de las que Musk posee unos 500 millones y cuyo precio tiene un gran impacto en el tamaño de su fortuna, ha subido desde el 1 de abril de 2025 hasta el 19 de diciembre más de un 182 %, mientras que su fortuna ha aumentado un 198 %. (...)

A pesar de lo que pudo haber sido su tormentosa relación, con altibajos, con el «genio estable» Trump, a finales de 2025, la fortuna de Musk había aumentado un 43,2 % en el año. En comparación, la fortuna de los diez más ricos restantes aumentó «solo» un 20,1 %, a pesar de los esfuerzos de muchos de ellos por dedicar tiempo a halagar a Trump."

 (

2.1.26

La evolución de la economía ha alimentado el debate público y ha servido a la oposición para formular alternativas y cuestionar la acción de gobierno. Sin embargo, en la España actual esto apenas sucede. Y ello obedece, fundamentalmente, a dos razones: La primera es objetiva: los principales indicadores económicos arrojan resultados positivos... La segunda es política: la oposición es incapaz de articular un proyecto económico propio que trascienda un recetario tan limitado como previsible, basado casi exclusivamente en la bajada de impuestos, la desregulación de los mercados y la privatización de servicios públicos esenciales —como la educación y la sanidad... Este vacío explica que el eje estratégico de la oposición se haya desplazado hacia otros ámbitos hiperbólicos, alimentados por la inestimable colaboración de sectores del poder judicial... En este contexto se diluye y se opaca el balance de políticas públicas desplegadas por ese mismo gobierno: las inversiones estratégicas, las ayudas a empresas y familias, la revalorización de las pensiones, la subida del salario mínimo, el desarrollo del Ingreso Mínimo Vital, la gran negociación de los fondos europeos, las posiciones dignas frente a las presiones de Estados Unidos en materia de gasto militar en la OTAN, la solidaridad con el pueblo palestino, la solidez de la presencia española en los foros internacionales y la valoración positiva que el gobierno progresista recibe en el exterior. Todo ello ha tenido efectos tangibles sobre la vida de la ciudadanía.... es cierto que aún se requieren medidas más audaces, como impuestos a los ultra ricos que permitan hacer realidad la fiscalidad que necesita un Estado de Bienestar propio de un país moderno, una prestación universal para la crianza, o ¿no ameritaría que algunas instituciones, como es el caso de la Universidad Complutense de Madrid, fuesen rescatadas por el Gobierno? (Carles Manera)

"El gran acoso

El ámbito económico ha sido siempre uno de los terrenos más sensibles para la crítica política. En todas las legislaturas, tanto en España como en otros países, la evolución de la economía ha alimentado el debate público y ha servido a la oposición para formular alternativas y cuestionar la acción de gobierno. Sin embargo, en la España actual esto apenas sucede. Y ello obedece, fundamentalmente, a dos razones:

La primera es objetiva: los principales indicadores económicos arrojan resultados positivos, un hecho subrayado de manera unánime por la totalidad de las instituciones económicas internacionales. La segunda es política: la oposición es incapaz de articular un proyecto económico propio que trascienda un recetario tan limitado como previsible, basado casi exclusivamente en la bajada de impuestos, la desregulación de los mercados y la privatización de servicios públicos esenciales —como la educación y la sanidad— bajo la coartada de la colaboración público-privada. Parco equipaje. Pero inquietante.

Este vacío explica que las interpelaciones al ministro de Economía sean escasas y que el eje estratégico de la oposición se haya desplazado hacia otros ámbitos hiperbólicos, alimentados tanto por la inestimable colaboración de determinados sectores del poder judicial como por conductas deleznables de acoso sexual y corrupción surgidas en el entorno gubernamental.

El resultado, entonces, está servido. Un comportamiento agresivo, repetitivo, que busca dañar, intimidar o humillar al adversario político, deshumanizándole, creando un entorno hostil. Una actitud que, por extensión, erosiona los propios cimientos de la democracia cuando se normalizan el bulo, la tergiversación, la mentira sistemática o el falso testimonio ante los tribunales. Asistimos a un periodo en el que un gobierno democrático, de coalición progresista, es asediado desde múltiples frentes. En algunos casos, debido a comportamientos innobles y corruptos de personas de su entorno —hechos que el propio Gobierno ha hecho públicos, sin ocultarlos -aunque a veces sin la exigible diligencia- y frente a los cuales ha actuado con contundencia apartando a los responsables de sus funciones institucionales—. En otros, mediante la irrupción calculada de acusaciones desde la oposición con escaso sustento, amplificadas y radicalizadas por determinados medios de comunicación afines a la derecha extrema.

En este contexto, toda la atención pública se concentra en estos episodios, mientras se diluye y se opaca el balance de políticas públicas desplegadas por ese mismo gobierno: las inversiones estratégicas, las ayudas a empresas y familias, la revalorización de las pensiones, la subida del salario mínimo, el desarrollo del Ingreso Mínimo Vital, la gran negociación de los fondos europeos, las posiciones dignas frente a las presiones de Estados Unidos en materia de gasto militar en la OTAN, la solidaridad con el pueblo palestino, la solidez de la presencia española en los foros internacionales y la valoración positiva que el gobierno progresista recibe en el exterior. Todo ello ha tenido efectos tangibles sobre la vida de la ciudadanía.

Con todo, es cierto que aún se requieren medidas más audaces que permitan trasladar los logros macroeconómicos al ámbito cotidiano de la población, para recuperar el impulso necesario en los años de legislatura que restan hasta 2027. Así la vivienda -que exige mayor claridad y contundencia para frenar y contener sus altos precios consecuencia de una escasa oferta pública de vivienda de alquiler social-; las pensiones —de nuevo bajo ataque por intereses que persiguen su privatización recurriendo al argumento, ruin e interesado, del supuesto “enfrentamiento generacional” porque se las acusa falsamente de ser extractivas—; impuestos a los ultra ricos” -que permita hacer realidad la fiscalidad que necesita un Estado de Bienestar propio de un país moderno y avanzado-, la sanidad y la enseñanza públicas -que sufren la asfixia de las comunidades autónomas que gobiernan las derechas de este país… ¿no ameritaría que algunas instituciones, como es el caso de la Universidad Complutense de Madrid, fuesen rescatadas por el Gobierno?; una prestación universal para la crianza que contribuya a combatir la inaceptable pobreza infantil en España. En fin, un empuje decidido, en lo que queda de legislatura, que completaría y daría sentido a los aciertos del Gobierno en la gestión macro de la economía.

Frente a este panorama, ¿qué propone realmente la oposición? Más allá del ruido, emergen algunas declaraciones que se han tratado de silenciar: recortes en la sanidad y la educación públicas, contención o limitación de las pensiones —presentadas falsamente como inviables—, liberalización del mercado laboral, freno al incremento del salario mínimo y privatización de los servicios esenciales. Todo ello se ve envuelto en un lodazal de insultos, amenazas y expresiones de odio, en el que incluso se verbaliza el deseo, declarado y no denunciado, de pegar un tiro en la nuca al presidente o tener como objetivo básico llevarlo a prisión, que ya sabemos lo que significan estas cosas para este país en términos de trágica involución.

Este es el acoso, el gran acoso. El que da título al artículo. Y orientar el artículo en este sentido no es, para nada, relativizar los casos de acosos sexuales y de corrupción si no, por el contrario, señalar el enorme daño que están haciendo al brindar a la derecha argumentos de deslegitimación del Gobierno que, aderezados con las mentiras, los bulos y las calumnias a las que recurre en modo hipérbole están acercando a España al precipicio.

En Europa no lo entienden. En Europa no se entiende. Aquí, sin embargo, demasiados parecen cómodos chapoteando en ese fango."

(, Economistas frente a la crisis, 17/12/25)

2025, el duro nacimiento del orden multipolar... El nuevo orden aún no se ha institucionalizado; sin embargo, es evidente que el antiguo ha perdido por completo su legitimidad. 2025 ha pasado a la historia como el año en el que el dominio occidental —y su última encarnación, la Pax Americana— declinó de facto , no retóricamente, colapsando en múltiples dominios... se están redefiniendo los mares, las rutas comerciales, los corredores energéticos y los marcos legales... 2025 puede definirse como un "período intermedio"... La multipolaridad sigue siendo fluida, ambigua y, a menudo, contradictoria. Las normas permanentes, las reglas vinculantes y los mecanismos de gestión de crisis aún no han surgido entre los nuevos centros de poder. Mientras tanto, la legitimidad del antiguo orden se ha derrumbado por completo... Washington depende cada vez más de amenazas, sanciones, sanciones secundarias y presión coercitiva. Estos instrumentos no generan orden; profundizan las crisis, intensifican los conflictos y aceleran la formación de contrabloques... Los acontecimientos en Irán, Venezuela, Gaza y Líbano han marcado una ruptura histórica en la que Estados Unidos invalidó efectivamente su discurso de larga data sobre un “orden internacional basado en reglas”... La pretensión de superioridad moral se desmoronó, y las narrativas de la democracia, los derechos humanos y la libertad perdieron credibilidad debido a su marcada divergencia con la realidad. Esto representa no solo un problema de imagen, sino el colapso total del mecanismo hegemónico de producción de consentimiento... A partir de 2025, Estados Unidos presenta la imagen de una superpotencia ingobernable... Cabe recordar que la hegemonía requiere sostenibilidad fiscal, mientras que el imperio vive de la deuda. Estados Unidos eligió este último camino y ha comenzado a pagar las consecuencias a través de la fragmentación política interna, las tensiones de clase y el deterioro institucional. La polarización en la política interna es el resultado natural de esta ceguera estratégica. Un Estado que continuamente genera amenazas externas y opera bajo una mentalidad de guerra permanente no puede generar unidad interna. Hoy, Estados Unidos se mantiene militarmente fuerte, pero parece políticamente dividido, económicamente frágil y estratégicamente sin rumbo... Uno de los indicadores más llamativos de 2025 ha sido el declive simultáneo de las potencias navales anglosajonas (Estados Unidos y el Reino Unido) que históricamente dominaron los mares. La disminución de la Armada estadounidense, de aproximadamente 600 buques en la década de 1990 a unos 290 en 2025; la incapacidad de la Marina Real Británica para proteger adecuadamente sus portaaviones; y las persistentes crisis de astilleros y personal, representan señales irreversibles de la pérdida de la hegemonía marítima. Desde esta perspectiva, el declive estructural y paralelo del poder naval estadounidense y británico no es una debilidad accidental; es una clara indicación de que el ciclo histórico de la hegemonía marítima anglosajona ha entrado en su fase final. En contraste, China ha construido una integración marítima, industrial y logística mediante la expansión simultánea de su armada, su industria de construcción naval y su flota mercante (Cem Gürdeniz, almirante turco retirado,

 "El año 2025 ha demostrado que la multipolaridad no nació de una "transición suave", sino de un proceso conflictivo, irregular y peligroso. En lugar de gestionar esta transición, Estados Unidos ha intentado impedirla, generando así crisis más profundas y frecuentes. La guerra en Ucrania, el aumento de las tensiones sobre Taiwán y la creciente vulnerabilidad en las rutas comerciales marítimas son manifestaciones de este proceso.

El nuevo orden aún no se ha institucionalizado; sin embargo, es evidente que el antiguo ha perdido por completo su legitimidad. 2025 se erige como el año más duro de este período interino. Ha pasado a la historia como el año en el que el dominio occidental —y su última encarnación, la Pax Americana— declinó de facto , no retóricamente, colapsando en múltiples dominios. La Pax Americana ya no puede hacer promesas creíbles sobre el futuro. Históricamente, una potencia que ha perdido su capacidad de establecer el orden, gestionar las crisis y mantener la legitimidad no puede asociarse con el concepto de "paz". A partir de este punto en adelante, el mundo ya no habla de un orden de paz centrado en Estados Unidos. En cambio, se enfrenta a una era policéntrica, dura, incierta y transicional de lucha por el poder. En esta era, se están redefiniendo los mares, las rutas comerciales, los corredores energéticos y los marcos legales. Están surgiendo nuevos equilibrios en medio de los escombros del antiguo orden. Es por esto que 2025 representa no sólo el fin de la paz estadounidense, sino también el año en que la verdad desnuda del orden global quedó plenamente expuesta.

El duro nacimiento del orden multipolar

Históricamente, las transiciones de poder nunca han sido tranquilas ni estables. Las potencias hegemónicas en declive siempre han intentado retrasar o impedir la transición. Hoy, en lugar de aceptar su posición cada vez más débil y buscar un marco de influencia compartida con los centros de poder emergentes, Estados Unidos sigue atrapado en el reflejo de preservar el statu quo mediante la fuerza. Este enfoque no ha frenado la multipolaridad; al contrario, ha vuelto la transición más frágil, volátil y descontrolada. En este contexto, la guerra en Ucrania no es simplemente un conflicto regional; es el laboratorio de autodefensa del viejo orden. La ampliación de la OTAN, la contención de Rusia y la dependencia de la guerra indirecta representan la esencia de la respuesta de Washington a la multipolaridad. Sin embargo, contrariamente a lo esperado, la guerra no ha demostrado una superioridad occidental absoluta. En cambio, ha revelado los límites de las sanciones, las disparidades en la capacidad militar-industrial y la fragmentación del apoyo global. El frente ucraniano ha dejado al descubierto los límites de la disuasión hegemónica.

Con la publicación de la Estrategia de Seguridad Nacional (NSS 2025) a principios de diciembre de 2025, Estados Unidos manifestó abiertamente su retirada de la seguridad europea, dejando a Europa sola con la crisis de Ucrania. Esta maniobra, que desencadenó un cambio revolucionario en todo el continente, empujó a Europa —aún fiel al paradigma de las guerras interminables impulsadas por el capital financiero global— hacia un aumento astronómico de los gastos de defensa y a la intensificación de su histórica hostilidad hacia Rusia. Los líderes de este bloque, en particular los de Francia, el Reino Unido y Alemania, han demostrado una preocupante disposición a fomentar la confrontación con Rusia a pesar de la amplia oposición pública.

De igual manera, las tensiones en torno a Taiwán revelan la fragilidad de la transición de poder en Asia-Pacífico. Lo que se está desarrollando no es una clásica disputa de soberanía sobre una isla. Taiwán se ha transformado en un puesto avanzado de la estrategia de contención estadounidense contra China, dejando de funcionar como elemento de equilibrio regional. Si bien esto perpetúa la tensión militar, también convierte al Pacífico Occidental —el corazón del comercio marítimo mundial— en una zona de riesgo permanente para la economía mundial. Las vulnerabilidades en las rutas comerciales marítimas constituyen uno de los reflejos más concretos y peligrosos de la transición multipolar. Puntos estratégicos de estrangulamiento como el Mar Rojo, el Mediterráneo Oriental, el Mar Negro y el Estrecho de Malaca ya no son la columna vertebral segura del sistema global. Se han convertido en zonas de presión geopolítica y desafío militar. En este contexto, la puesta en funcionamiento durante todo el año de la Ruta Marítima del Norte (RNN) bajo control ruso en el Ártico ha revelado, por primera vez en 500 años, la existencia de un importante corredor marítimo más allá del control colectivo del mundo occidental. Durante este período, los mares han comenzado a desempeñar un papel separador en lugar de unificador.

La multipolaridad sigue siendo fluida, ambigua y, a menudo, contradictoria. Las normas permanentes, las reglas vinculantes y los mecanismos de gestión de crisis aún no han surgido entre los nuevos centros de poder. Mientras tanto, la legitimidad del antiguo orden se ha derrumbado por completo. El discurso de un "orden internacional basado en reglas" ha perdido sentido debido a la creciente brecha entre la retórica y la práctica; las reglas se invocan solo cuando sirven a los intereses de los poderosos. Por lo tanto, 2025 puede definirse como un "período intermedio", pero no uno ordinario. Ha sido el año de transición más duro, arriesgado e instructivo. A medida que el antiguo orden se derrumba y el nuevo lucha por nacer, el vacío resultante se llena de crisis, conflictos y rupturas abruptas. Históricamente, estos períodos son aquellos en los que se cometen los errores más graves y se producen los resultados más duraderos.

Estados Unidos no puede trazar un rumbo 

No fue resultado de una derrota militar singular y dramática. Más bien, emergió de un proceso de desintegración estratificado e irreversible, a medida que debilidades estructurales de larga data se hicieron visibles simultáneamente. La erosión de la legitimidad moral, la disminución de la disuasión naval, la insostenibilidad de un orden financiero impulsado por la deuda y la creciente desconfianza entre los aliados constituyen los pilares fundamentales de este colapso. La geopolítica israelí y la dinámica estratégica anglosionista desempeñaron un papel significativo en la aceleración de este colapso. Estados Unidos ya no funciona como una potencia hegemónica que establece el orden, produce normas o proporciona estabilidad. En cambio, Washington depende cada vez más de amenazas, sanciones, sanciones secundarias y presión coercitiva. Estos instrumentos no generan orden; profundizan las crisis, intensifican los conflictos y aceleran la formación de contrabloques. El "liderazgo por consenso", la esencia definitoria de la Pax Americana, ha sido reemplazado por la coerción abierta y la producción de miedo. Esto no es hegemonía, sino una deriva poshegemónica. Los acontecimientos en Irán, Venezuela, Gaza y Líbano han marcado una ruptura histórica en la que Estados Unidos invalidó efectivamente su discurso de larga data sobre un “orden internacional basado en reglas”.

El ataque de Israel contra Irán durante las negociaciones en curso entre Estados Unidos e Irán en Omán, y el fracaso de las conversaciones indirectas que involucraban a Hamás bajo la protección occidental, dañaron gravemente la credibilidad estadounidense. De igual manera, el hundimiento de buques venezolanos y colombianos por parte de la Armada estadounidense en el Caribe —al margen del derecho marítimo internacional y del derecho de los conflictos armados— y la aplicación de bloqueos similares a los de tiempos de guerra con el pretexto de la lucha contra el terrorismo erosionaron aún más la legitimidad. A lo largo de 2025, el desprecio de Washington por el derecho internacional, la protección de los civiles y la proporcionalidad reveló a la mayoría global que el discurso jurídico estadounidense funciona como una herramienta selectiva e instrumental, en lugar de una norma universal. En este punto, incluso el concepto de "doble rasero" resulta insuficiente; lo que ha ocurrido es una destrucción directa de la norma.

Para 2025, Estados Unidos había perdido prácticamente su capacidad de mediación. Se convirtió en parte de los conflictos, y a menudo en su artífice. La pretensión de superioridad moral se desmoronó, y las narrativas de la democracia, los derechos humanos y la libertad perdieron credibilidad debido a su marcada divergencia con la realidad. Esto representa no solo un problema de imagen, sino el colapso total del mecanismo hegemónico de producción de consentimiento.

Desviación de la hegemonía al imperio y ceguera estratégica

Al finalizar el año 2025, el mundo se encuentra en la intersección del cambio geopolítico y la transición del sistema capitalista neoliberal hacia un nuevo orden. Desde una perspectiva geopolítica, la disolución de la Unión Soviética creó, en Washington, la ilusión del "fin de la historia". Esta ilusión se basaba en la suposición de que las fronteras hegemónicas ya no eran necesarias, que el poder militar por sí solo podía establecer el orden y que ningún actor seguía siendo capaz de ofrecer una resistencia significativa. En ese momento, Estados Unidos abandonó la paciencia y la moderación estratégicas que requiere una potencia hegemónica y comenzó a actuar con reflejos imperialistas. La hegemonía funciona mediante la persuasión, la atracción y la influencia indirecta. El imperio, en cambio, se basa en la fuerza directa, la coerción y la imposición militar. Tras la Guerra Fría, Estados Unidos ignoró esta distinción y, en particular en el período posterior al 11 de septiembre de 2001, entró en una era de guerras interminables mediante una alianza estratégica neoconservadora-sionista. Los frentes de Afganistán, Somalia, Sudán, Irak, Libia, Siria, Georgia y Ucrania han demostrado que Estados Unidos sustituyó el poder militar y las "revoluciones de colores" por el criterio estratégico. Estas decisiones generaron ganancias a corto plazo; sin embargo, a largo plazo, provocaron una erosión del poder naval, déficits presupuestarios y fragmentación política interna.

A partir de 2025, Estados Unidos presenta la imagen de una superpotencia ingobernable. En estos frentes, el patrón recurrente es claro: los objetivos políticos son ambiguos, no existen estrategias de salida y la intervención militar se considera la única solución. Este enfoque puede haber generado ganancias sustanciales para la industria de defensa, las empresas de seguridad privada y las redes financieras a corto plazo. Sin embargo, desde la perspectiva del arte de gobernar, todas estas guerras representan pérdidas estratégicas. La situación de guerra permanente ha sumido el presupuesto estadounidense en déficits crónicos; el endeudamiento, la expansión monetaria y la manipulación financiera se han convertido en instrumentos rutinarios de la política estatal. Cabe recordar que la hegemonía requiere sostenibilidad fiscal, mientras que el imperio vive de la deuda. Estados Unidos eligió este último camino y ha comenzado a pagar las consecuencias a través de la fragmentación política interna, las tensiones de clase y el deterioro institucional.

La polarización en la política interna es el resultado natural de esta ceguera estratégica. Un Estado que continuamente genera amenazas externas y opera bajo una mentalidad de guerra permanente no puede generar unidad interna. Hoy, Estados Unidos se mantiene militarmente fuerte, pero parece políticamente dividido, económicamente frágil y estratégicamente sin rumbo. El panorama que emerge en 2025 es un ejemplo clásico de "poder ingobernable".

Al mismo tiempo, las migraciones, pandemias, inflación, crisis energéticas y guerras de la última década suelen presentarse como shocks aleatorios. Sin embargo, leídos en conjunto, estos acontecimientos apuntan a una forma de liquidación controlada del capitalismo industrial del siglo XX basado en una clase media productiva. El objetivo es alejarse de un orden económico centrado en la producción hacia un nuevo modelo de soberanía basado en la propiedad digital y el dominio de las plataformas, centrado en la renta financiera, la infraestructura digital, los algoritmos, los repositorios, las licencias y los acuerdos de usuario. El rescate del sistema financiero durante la pandemia, el debilitamiento deliberado de la industria europea centrada en Alemania, la crisis energética sostenida en Europa y la formulación de los gastos de defensa como motor de crecimiento son componentes de esta transición estructural. En este orden emergente, el estado de emergencia permanente, el control digital y las herramientas de disciplina social se normalizan, mientras que el trabajo humano, el estado social y la vida misma se redefinen gradualmente como elementos de costo. Este proceso desestabiliza profundamente los contratos sociales en Estados Unidos y Europa, así como en gran parte del mundo, creando condiciones que favorecen las explosiones sociales.

Deuda, finanzas y decadencia imperial

En el análisis de 2025, la deuda debería definirse no como un problema económico convencional, sino como un cáncer sistémico con consecuencias geopolíticas directas. La deuda pública estadounidense, que supera los 33 billones de dólares, ya no es una cifra abstracta en el balance general. Con miles de millones de dólares en pagos de intereses diarios, se ha convertido en una carga tangible que erosiona la capacidad militar, la maniobra diplomática y la flexibilidad estratégica. Esta dinámica es fundamental para comprender el destino histórico de los imperios y constituye una confirmación directa de la tesis del historiador Paul Kennedy sobre la "sobreextensión imperial". Como argumentó Kennedy, cuando se rompe el equilibrio entre las obligaciones militares y geopolíticas y la capacidad productiva de una economía, las grandes potencias entran inevitablemente en un proceso de declive. Estados Unidos ha cruzado precisamente este umbral.

Cientos de bases en el extranjero, guerras permanentes, enormes presupuestos de defensa y una capacidad productiva en declive han vuelto la deuda cada vez más inmanejable. La deuda ya no es una herramienta para financiar el crecimiento; se ha convertido en un mecanismo que consume energía. Aquí se expone la debilidad fundamental del capitalismo financiero. El dominio financiero que no se basa en la producción, la industria, la capacidad de los astilleros y el comercio marítimo no puede sostenerse. Históricamente, las potencias globales han mantenido la confianza en sus monedas hasta el punto de dominar los mares. Hoy, Estados Unidos ha transferido, en gran medida, su infraestructura industrial y capacidad de construcción naval a China. La participación estadounidense en todo el espectro —desde el transporte global de contenedores y el tonelaje de construcción naval hasta la gestión portuaria y las cadenas logísticas— ha disminuido drásticamente. Esto también significa un debilitamiento estructural de la hegemonía del dólar.

La condición de moneda de reserva no puede mantenerse únicamente mediante maniobras e intervenciones financieras; en última instancia, se basa en el poder productivo, el volumen comercial y el dominio marítimo. La Armada estadounidense sigue siendo fuerte; sin embargo, ya no posee los atributos de un imperio marítimo capaz de garantizar la circulación global y la fiabilidad del dólar por sí sola. El vínculo histórico entre el poder naval y el poder financiero ha llegado a un punto crítico. Como consecuencia natural, Washington recurre cada vez más a sanciones, amenazas de bloqueo, sanciones secundarias y coerción financiera. Sin embargo, estos instrumentos ya no disuaden como antes; por el contrario, generan un efecto repulsivo. En lugar de alinear a los países objetivo, las sanciones fomentan la creación de sistemas de pago alternativos, el comercio en moneda local y redes financieras regionales. Las armas financieras de Estados Unidos están desmantelando el sistema global en lugar de controlarlo.

A medida que la espiral de deuda se profundiza, las opciones estratégicas de Estados Unidos se reducen. El coste de una nueva guerra entre grandes potencias se ha vuelto inasequible, mientras que los conflictos actuales presionan aún más el presupuesto. Esto marca la clásica fase final de los imperios: la necesidad de usar la fuerza aumenta, mientras que la base económica necesaria para sostenerla se erosiona constantemente. El resultado es mayor presión, menor legitimidad y una disolución acelerada.

Declive del poder naval

Uno de los indicadores más llamativos de 2025 ha sido el declive simultáneo de las potencias navales anglosajonas (Estados Unidos y el Reino Unido) que históricamente dominaron los mares. La disminución de la Armada estadounidense, de aproximadamente 600 buques en la década de 1990 a unos 290 en 2025; la incapacidad de la Marina Real Británica para proteger adecuadamente sus portaaviones; y las persistentes crisis de astilleros y personal, representan señales irreversibles de la pérdida de la hegemonía marítima. Desde esta perspectiva, el declive estructural y paralelo del poder naval estadounidense y británico no es una debilidad accidental; es una clara indicación de que el ciclo histórico de la hegemonía marítima anglosajona ha entrado en su fase final.

En contraste, China ha construido una integración marítima, industrial y logística mediante la expansión simultánea de su armada, su industria de construcción naval y su flota mercante. Mientras tanto, el dominio marítimo estadounidense, antes justificado por la pretensión de asegurar las rutas comerciales marítimas globales, ya no es absoluto ni indiscutible. La presencia naval estadounidense a lo largo del arco que se extiende desde el Mar Rojo hasta el Mediterráneo Oriental, desde el Mar Negro hasta el Indopacífico, funciona cada vez más como una fuente de riesgo en lugar de seguridad. Los mares, como durante la Pax Americana, ya no se unifican; se convierten en fallas donde colisionan esferas de influencia fragmentadas.

En 2025, ninguna potencia podrá establecer una superioridad naval simultánea e indiscutible en todos los océanos. Las interrupciones en las rutas comerciales del Mar Rojo, la constante gestión de crisis por parte de Estados Unidos en el Pacífico Occidental y la intensificación de la competencia por las rutas emergentes del Océano Ártico son manifestaciones concretas de esta realidad. Los mares han dejado de ser espacios "abiertos y seguros" como en el período de la Pax Americana; se han convertido en esferas de influencia fragmentadas, de alto riesgo y con múltiples actores. Este desarrollo no es meramente militar; tiene consecuencias geopolíticas. Cuando la superioridad marítima se debilita, la seguridad comercial se erosiona, los flujos energéticos se vuelven frágiles y la capacidad de generar normas globales colapsa. El problema actual de Estados Unidos no es el debilitamiento total de su armada; es que su poder naval ya no puede desempeñar una función de construcción del orden global. Esta distinción marca la línea entre la hegemonía y el mero estatus de gran potencia.

Además, el dominio marítimo no se mide únicamente por la cantidad de buques. La capacidad de los astilleros cobra sentido solo cuando se integra con el capital humano, la continuidad logística, las flotas mercantes, las redes portuarias y el acceso de los aliados. Hoy en día, esta integridad se está disolviendo en el mundo anglosajón, mientras se reconstruye dentro de un nuevo ecosistema marítimo centrado en Asia. En Estados Unidos y el Reino Unido, los plazos de construcción de buques de guerra se están alargando, los costos se están multiplicando y la mano de obra cualificada está en constante declive. El poder naval no puede sostenerse si no se nutre continuamente de la industria. Las armadas anglosajonas sobreviven cada vez más gracias al consumo de su propio legado, mientras que su capacidad para producir un dominio marítimo renovado se reduce constantemente.

China, en cambio, está construyendo su poder naval no como una herramienta militar aislada, sino como un sistema integrado con la industria, la logística y el comercio. La expansión de su armada y el crecimiento de su flota mercante avanzan en paralelo; astilleros, puertos y redes logísticas globales se combinan en una única arquitectura estratégica. Esta integración sistémica constituye una condición fundamental para el éxito histórico de los imperios marítimos clásicos. China no se limita a desplegar buques de guerra; está creando un dominio de influencia. En conclusión, los avances en el poder naval revelan claramente por qué 2025 es un año clave. La hegemonía marítima anglosajona no termina con un colapso dramático; se está agotando mediante un desgaste silencioso, gradual e irreversible. Los mares ya no son el centro de una sola potencia; son el escenario de la competencia entre múltiples potencias. Quienes interpreten correctamente esta transformación construirán el futuro.

La geopolítica israelí y el impasse anglosionista

La mayor debilidad de la política exterior estadounidense en 2025 es que se ha vuelto rehén de la geopolítica de seguridad israelí. El ataque israelí contra Irán el 13 de junio de 2025 se presentó a Estados Unidos como un hecho consumado. Durante los últimos cuatro días de la guerra de doce días —que inicialmente se pretendía que terminara en victoria— Israel sufrió graves daños y se vio obligado a solicitar un alto el fuego liderado por Estados Unidos. Lo ocurrido en Gaza desde el 7 de octubre de 2023 —que marca el inicio de un período de agresión desenfrenada y prácticas genocidas impulsadas por la geopolítica israelí en Asia Occidental— no es simplemente una tragedia regional; representa el suicidio moral de la hegemonía estadounidense. No se trata de una elección de alianza táctica; es una condición de dependencia estructural en la que el criterio estratégico se ha vuelto inoperante. Washington ya no es un centro que define sus propios intereses en Oriente Medio; se ha convertido en una autoridad de aprobación que actúa en consonancia con las percepciones de amenaza, las prioridades y los reflejos de seguridad de Israel. 

O una guerra regional. Gaza es también el escenario donde se ha expuesto plenamente el colapso moral de la hegemonía estadounidense. Durante décadas, Washington generó legitimidad global mediante discursos de "derechos humanos", "derecho internacional", "protección de civiles" y "uso proporcionado de la fuerza". En Gaza, todos estos discursos fueron negados en tiempo real, bajo una retransmisión global. A partir de entonces, la pretensión estadounidense de producir normas se derrumbó, dejando solo la fuerza bruta. La violencia militar ilimitada de Israel, combinada con el apoyo incondicional estadounidense, ha dañado irreversiblemente la imagen global de Estados Unidos. Este daño no se limita al llamado Sur Global. Ha surgido una profunda crisis de legitimidad contra Washington en la opinión pública europea, las universidades, la sociedad civil e incluso entre las élites estatales. Por primera vez, a esta escala y con esta velocidad, Estados Unidos ha perdido su defensa moral ante la opinión pública de sus aliados. Esto representa la ruptura más peligrosa para los órdenes hegemónicos.

Este proceso también ha puesto de manifiesto el estancamiento estructural del marco estratégico anglosionista. Un enfoque que absolutiza la seguridad de Israel y la sitúa por encima de los equilibrios regionales crea una clara contradicción con los intereses globales de Estados Unidos. Cada acción militar y diplomática emprendida en nombre de Israel reduce el margen de maniobra de Washington en Asia-Pacífico, África y Latinoamérica. En efecto, Estados Unidos está agotando su pretensión de liderazgo en el sistema global para proteger a Tel Aviv.

En consecuencia, el período posterior a Gaza representa no solo una ruptura moral, sino también una que genera profundas consecuencias geoeconómicas y geopolíticas. La expansión de los BRICS, la aceleración de las tendencias de desdolarización y la intensificación de la búsqueda de un orden multipolar están directamente vinculadas a esta pérdida de legitimidad. Los instrumentos de presión financiera y política de Estados Unidos ya no se perciben como "protectores del orden", sino cada vez más como "destructores del orden". Este cambio de percepción impulsa bloques alternativos y nuevas arquitecturas de cooperación. Desde la perspectiva del Sur Global en particular, Gaza se ha convertido en un símbolo. Simboliza la bancarrota de la pretensión occidental de universalidad, la aplicación selectiva de la ley y la cruda realidad de las relaciones de poder. Al colocarse en el centro de este símbolo, Estados Unidos se ha encerrado históricamente en una posición fundamentalmente errónea. Esto no es un error diplomático temporal; es un costo estratégico a largo plazo.

Multipolaridad y Turquía 

Turquía experimentó tres importantes rupturas geopolíticas en 2025. La primera se derivó de nuestro propio error de cálculo en Siria, que sacó a Turquía de la zona gris frente a Israel y la llevó a una fase de abierta competencia geopolítica. En esta confrontación, la decisión de Israel de incorporar a Grecia y a la administración grecochipriota a su órbita jugó un papel significativo en el cerco meridional de Turquía. Más allá del hecho de que Grecia y los grecochipriotas se han alineado con Israel —un Estado ampliamente condenado como criminal de guerra y profundamente desacreditado a nivel mundial en términos morales y éticos—, es particularmente notable que Israel haya posicionado a ambos actores como representantes voluntarios para ejercer presión sobre Turquía.

Además de la abierta hostilidad de Israel, la declaración del Congreso estadounidense de apoyo a Grecia, Israel y la administración grecochipriota a través de la Iniciativa de Seguridad Marítima del Mediterráneo Oriental, junto con la firma por parte de Francia de acuerdos de cooperación estratégica en materia de defensa con ambos países, constituyen indicadores concretos de que Turquía está siendo cercada por los socios de la OTAN en los frentes de la Patria Azul y la República Turca del Norte de Chipre. Asimismo, las informaciones publicadas en la prensa israelí que sugieren que el establecimiento de un estado kurdo en el sur de Turquía, con acceso a Latakia, constituye un objetivo israelí, ofrecen una visión de la trayectoria futura de las relaciones entre Turquía e Israel. En estas circunstancias, es indiscutible que Turquía se enfrentará no solo a Tel Aviv, sino también a Washington en cualquier competencia estratégica con Israel.

La segunda ruptura surgió de la expansión de la guerra entre Rusia y Ucrania —ya en su cuarto año— al entorno marítimo y territorial del norte de Turquía en el Mar Negro, mediante el uso de vehículos aéreos no tripulados (UAV), plataformas UAS y buques de superficie no tripulados que operan dentro de las zonas de jurisdicción marítima. El ala antirrusa de línea dura de la OTAN responsabiliza a Turquía de la estricta aplicación de la Convención de Montreux, al tiempo que expresa su descontento con la negativa de Ankara a participar en las sanciones contra Rusia y su política de neutralidad activa. En un momento en que Estados Unidos se ha retirado de los compromisos de seguridad europeos, la Unión Europea busca arrastrar a Turquía a un frente explícitamente antirruso.

Por esta razón, ha surgido un frente político e ideológico contra Turquía que no duda en emplear la presión, la manipulación e incluso operaciones de bandera falsa para inflamar el sentimiento antirruso. Al evaluar este frente junto con el frente sur, el objetivo general se hace evidente: se espera que Turquía proteja los intereses de Occidente durante la transición al nuevo orden mundial, abandonando al mismo tiempo sus propios objetivos geopolíticos, cediendo finalmente sus posiciones en la Patria Azul, la República Turca del Norte de Chipre, Siria y el Sudeste de Anatolia a los intereses occidentales.

La tercera ruptura se manifestó a través de la Iniciativa Kurda (Açılım Süreci), lanzada bajo el lema "Turquía sin Terrorismo". Este proceso dañó la unidad nacional y la cohesión social, ignoró la sensibilidad de las familias de los mártires y veteranos y generó consecuencias negativas en un momento en que la sociedad necesitaba solidaridad con mayor urgencia. Además, a pesar de que Turquía, especialmente después de 2015, había declarado públicamente que el Estado había logrado una victoria decisiva en la lucha contra el terrorismo y había dado la impresión de que continuaba combatiendo al PKK y sus extensiones en Siria, el nuevo clima político resultante no logró obtener un amplio apoyo público. A pesar de todos estos acontecimientos adversos, a medida que el orden global se disuelve en 2025, Turquía, habiendo alcanzado un nivel significativo de autosuficiencia, especialmente en la industria de defensa mediante la síntesis de "sangre y hierro", no es un actor secundario que pueda vincularse ciegamente a una hegemonía occidental en colapso. El camino que tiene por delante Turquía no es una cuestión de elegir una dirección, sino de restablecer el equilibrio, ampliar el espacio estratégico y fortalecer la mentalidad del Estado.

El mayor activo de Turquía no es un único sistema de armas revolucionario, sino la libertad de maniobra que le brinda su singular geografía. Ya sea alineada con Occidente a través de la OTAN y la UE, o integrada en bloques con potencias asiáticas, una política de bloques rígida confinaría a Turquía a un solo eje, reduciría su capacidad de maniobra y la transformaría en un actor reactivo dentro de marcos diseñados por otros. Turquía no necesita nuevos bloques; requiere una política de equilibrio multidimensional, sensible, racional y centrada en el mar. Su geografía ofrece oportunidades extraordinarias no para "tomar partido", sino para establecer el equilibrio. Por esta razón, interpretar las relaciones de Turquía con China, Irán, Rusia u otros actores como la construcción de un "nuevo bloque" es un error fundamental. La política de equilibrio, una perspectiva geopolítica basada en el poder marítimo, la autonomía estratégica y la tradición estatal kemalista surgen aquí no como preferencias ideológicas, sino como necesidades impuestas por la geografía, la historia y los imperativos geopolíticos de Turquía.

No debe olvidarse que el propio Mustafa Kemal Atatürk estableció zonas de seguridad al este y al oeste mediante la Entente Balcánica y el Pacto de Sadabad, inició relaciones estratégicas con la Unión Soviética mediante su carta a Lenin del 26 de abril de 1920 —sin vincular a Turquía a bloques rígidos— y, con el apoyo de municiones soviéticas, desmanteló la barrera del Cáucaso y expulsó a las fuerzas griegas de Anatolia en un plazo de tres años. Históricamente, Turquía se debilitó cada vez que se vio sacudida entre bloques de grandes potencias; cobró fuerza durante los períodos en que logró mantener el equilibrio, situó el mar en el centro de su estrategia y mantuvo las instituciones estatales aisladas de la política. La visión kemalista centrada en la Patria Azul —es decir, la geopolítica marítima— no debe reducirse a una doctrina de defensa militar. Por el contrario, debe concebirse como un proyecto estatal integral capaz de transformar a Turquía en un actor fundador geoeconómico y geopolítico a lo largo de una vasta geografía que se extiende desde el Mar Negro hasta el Mediterráneo oriental, desde el Egeo hasta el Mar Rojo y Libia.

El poder naval es uno de los pocos instrumentos estratégicos que amplía simultáneamente la seguridad energética, las rutas comerciales, las redes logísticas y el espacio de maniobra diplomática. Para Turquía, el mar no es una frontera; es un reino de oportunidades potenciales. Sin embargo, el mayor obstáculo para materializar este potencial no reside fuera del país, sino dentro. La mentalidad de mandato, la ceguera estratégica y la polarización religiosa-étnica consumen el capital geopolítico más valioso de Turquía. La ilusión de que la seguridad se puede lograr asociándose a los centros de poder global ha sido refutada repetidamente por la historia. Asimismo, la fragmentación de la mentalidad estratégica del Estado mediante la identidad y la política religiosa deja a Turquía expuesta al feroz entorno competitivo del mundo multipolar.

El Estado debe servir a los intereses de la nación y la región, no a bandos ideológicos. Turquía no busca un rumbo, sino un proceso de retorno; un retorno no nostálgico, sino histórico y geopolítico. Turquía debe regresar a donde se situó Mustafa Kemal Atatürk: a los cimientos de la independencia, la política de equilibrio, la estrategia centrada en el mar y una mentalidad de Estado nacional y laica. No se trata de una cuestión de preferencia política; es la condición mínima para la supervivencia en una era en la que el mundo se endurece de nuevo, la ley se ve cada vez más suspendida y el equilibrio de poder se manifiesta en su forma más cruda.

Turquía puede ser un factor clave en la medida en que se adhiera a este camino; si se desvía, corre el riesgo de convertirse en un simple extra en el juego de otros. La historia es implacable en este sentido. El mensaje que Turquía, presionada tanto desde el norte como desde el sur, debe transmitir es claro: «Turquía no está sola y no puede limitarse a una sola línea. A medida que aumenta la presión sobre Turquía, el margen para el equilibrio no se reduce, sino que se expande».

Este es precisamente el escenario que el paradigma del asedio busca evitar. La arquitectura de contención se basa en la suposición de que Turquía puede quedar aislada, volverse indecisa y, finalmente, verse obligada a retirarse. Esta suposición se derrumba en el momento en que Turquía demuestra su capacidad para desarrollar alianzas alternativas y ampliar su geografía de crisis aprovechando las oportunidades que le brindan su historia y geografía.

El objetivo no es la reconciliación ni una maniobra para ganar tiempo, sino una firme contramedida contra los mecanismos de contención diseñados para confinar geográficamente a Turquía y controlar su comportamiento. El objetivo no es una escalada simétrica, sino aumentar el coste de la contención, ampliar su alcance y erosionar la capacidad de control de la otra parte.

En este contexto, la declaración de Ankara de que «la seguridad de Irán es nuestra seguridad», emitida tras las presuntuosas declaraciones de Netanyahu tras el 22 de diciembre de 2025 —pronunciadas junto a los líderes griegos—, no debe interpretarse como un lenguaje conciliador. Representa una declaración de voluntad estratégica que desmiente las premisas que sustentan la contención. Rechaza la creencia de Israel de que el frente iraní puede gestionarse de forma «controlable» mientras Turquía se ve simultáneamente presionada en el Mediterráneo Oriental. Turquía no se basa en amenazas; ataca la lógica del asedio demostrando su capacidad para expandir la geografía de la crisis y distribuir los costos.

Quienes criticaron mi declaración anterior: “Si Irán cae, Turquía cae”, hecha después del ataque sorpresa de Israel a Irán el 13 de junio de 2025, ahora deben reconocer la gravedad de la situación y comprender que el Estado actuó correctamente de acuerdo con el instinto de autoconservación.

El mensaje a Israel de ahora en adelante debe ser inequívoco. La estructura de presión construida a través de Grecia, su vasallo voluntario, acabará haciendo vulnerable a Grecia —no a Turquía—. Para Israel, Grecia no es un aliado en el destino; es un instrumento cíclico, funcional y prescindible cuando sea necesario. La tarea de Turquía es frustrar el asedio tanto del norte como del sur con serenidad estratégica. Esto solo puede lograrse mediante capacidad militar y determinación estratégica.

En lugar de actuar como un miembro de la OTAN demasiado entusiasta en el norte, Turquía puede aprender de la postura de Hungría. El proceso puede gestionarse señalando "no nos retiraremos de nuestras áreas de interés", en lugar de declarar "lucharemos" en el sur y el oeste. Paralelamente, debe buscarse restaurar la unidad, la solidaridad y la confianza en el Estado —en los ámbitos legal, económico, anticorrupción y de la lucha contra la ilegalidad—, evitando conscientemente la retórica neootomana en todos los ámbitos.

Una vez que Turquía demuestre consistentemente esta determinación, la estrategia de contención se derrumbará mentalmente, no militarmente. Estas estrategias no están diseñadas para combatir, sino para esperar hasta que el Estado objetivo se canse. Turquía debe demostrar que no está cansada ni es capaz de cansarse.

En conclusión , la lección fundamental de 2025 es clara: el mundo no está experimentando una transición fluida hacia la multipolaridad; se está endureciendo. En este entorno, la supervivencia de Turquía no depende de su dependencia de bloques. Depende de mantener el equilibrio, cultivar una mentalidad geopolítica centrada en el poder marítimo y anteponer la racionalidad estratégica del Estado a la ideología. El rumbo de Turquía, trazado por Mustafa Kemal Atatürk, sigue siendo la independencia total, una política de equilibrio y una autonomía estratégica centrada en el mar. Si se mantiene este rumbo, Turquía puede influir en el juego; si se abandona, corre el riesgo de convertirse en un extra en el juego de otros."

(Almirante retirado Cem Gürdeniz, escritor, experto en geopolítica, teórico y creador de la doctrina de la Patria Azul Turca (Mavi Vatan). Global Research, 29/12/25, traducción La casa de mi tía)

Adam Tooze: la gran «fusión» de 2025, la hiperfinanciarización y la liquidez... La maligna coincidenciapuede definir el año 2025... Si considera la inversión en acciones como un signo de optimismo y el oro como una cobertura contra catástrofes, entonces en 2025 ocurrió algo extraño: las acciones estadounidenses y el oro subieron juntos... es la primera vez en medio siglo que ocurre algo así... Las altas valoraciones tanto del oro como del S&P 500 en los últimos meses de 2025 sugieren que algo «explosivo» está sucediendo en ambos mercados... sucede que mientras los inversores minoristas compran oro y acciones, los inversores profesionales e institucionales venden... Aunque la afluencia de inversores minoristas ha mitigado el impacto de las salidas de los inversores institucionales, su creciente protagonismo podría amenazar la estabilidad del mercado en el futuro, dada su propensión a comportarse como un rebaño, lo que amplificaría las fluctuaciones de los precios en caso de que se produjeran ventas masivas. Por lo tanto, una explicación plausible de la burbuja actual es un aumento de la confianza que se retroalimenta, amplificado por la creación endógena de crédito con los inversores minoristas y los medios de comunicación a la vanguardia

 "Si considera la inversión en acciones como un signo de optimismo y el oro como una cobertura contra catástrofes, entonces en 2025 ocurrió algo extraño: las acciones estadounidenses y el oro subieron juntos.

A finales de año, según algunos indicadores, ambos habían entrado en territorio de burbuja. Según una reciente nota del BIS de Giulio Cornelli, Marco Jacopo Lombardi y Andreas Schrimpf, es la primera vez en medio siglo que ocurre algo así.

(...) Las altas valoraciones tanto del oro como del S&P 500 en los últimos meses de 2025 sugieren que algo «explosivo» está sucediendo en ambos mercados. Y, como muestran los datos que se remontan a principios de la década de 1970, «los últimos trimestres representan el único momento en al menos los últimos 50 años en el que el oro y las acciones han entrado en este territorio simultáneamente».

Una novedad histórica como esta requiere una explicación. Entonces, ¿cómo se explica que las acciones y el oro «se unan»?

En un artículo muy leído del FT publicado en otoño, Ruchir Sharma comentó lo siguiente:

"La mayoría de los analistas piensan que el oro se está disparando en medio de un nuevo auge bursátil porque los inversores quieren protegerse contra la creciente incertidumbre política, especialmente en Estados Unidos. Sin embargo, esta teoría implica que los inversores globales tienen una tolerancia extraordinaria a la disonancia cognitiva al abrazar plenamente el optimismo impulsado por la inteligencia artificial para las acciones estadounidenses y la cautela asociada al oro. Además, parece una elección extraña: ¿por qué protegerse con oro en un momento en el que hay formas de protección más directas (como comprar opciones de venta sobre acciones) que son baratas en comparación? Creo que hay otra explicación para el dúo oro-acciones: la liquidez masiva. Los gobiernos y los bancos centrales pusieron en marcha estímulos por valor de billones de dólares durante y después de la pandemia. Gran parte de ese dinero sigue circulando por el sistema y continúa impulsando el comercio de impulso en muchos activos, incluidas las acciones y el oro. Gracias a ello, la suma que los estadounidenses mantienen en fondos mutuos del mercado monetario se disparó después de la pandemia y ahora asciende a 7,5 billones de dólares, es decir, más de 1,5 billones por encima de la tendencia a largo plazo. Aunque la Reserva Federal afirma que su política es «ligeramente restrictiva», lo cierto es que los tipos de interés nominales siguen estando por debajo de la tasa de crecimiento del PIB nominal, lo que mantiene unas condiciones financieras laxas. Los gobiernos están haciendo su parte, liderados por Estados Unidos, que tiene el déficit más alto del mundo desarrollado. La otra cara de un déficit enorme es un superávit enorme del sector privado (como muestra la ecuación de Kalecki-Levy). La liquidez también depende del apetito de riesgo de las personas. Cuanta más confianza tienen en la revalorización de los activos financieros, más dinero están dispuestos a invertir en los mercados. Los hogares estadounidenses han aumentado su exposición a las acciones y otros activos de riesgo en los últimos años, animados por el frente unido del Gobierno y el banco central para proteger los mercados. Los inversores se han acostumbrado a esperar un rescate estatal ante el más mínimo indicio de problemas. Al reducir drásticamente la prima de riesgo, el apoyo estatal abre de hecho las compuertas de la liquidez. Para los inversores, las pérdidas parecen estar protegidas y las ganancias no tienen límite. La hiperfinanciarización también está impulsando la liquidez. La difusión de nuevas aplicaciones de negociación y de vehículos de inversión exóticos, en gran parte libres de comisiones, facilita mucho la compra de activos financieros, canalizando la liquidez hacia múltiples rincones del mercado. El torrente de liquidez ayuda a explicar la nueva relación entre el oro y los precios de las acciones. Históricamente, la correlación entre ellos era nula. En la fiebre del oro de la década de 1970, las acciones estaban estancadas; en el auge bursátil de la década de 1990, los precios del oro estaban cayendo. Ahora están subiendo juntos gracias a la marea de liquidez."

Sharma elabora su hipótesis de liquidez a partir de una serie de factores bastante distintos:

  • Liquidez debida al estímulo de la COVID y a la política monetaria flexible.
  • «Fed put», es decir, la expectativa de un rescate de la Reserva Federal en caso de que el mercado se desplome.
  • Déficits fiscales, que, según la identidad contable macrofinanciera, significan superávits privados. (Kalecki-Levy)
  • Creación endógena de dinero impulsada por el apetito de riesgo.
  • Hiperfinanciarización que absorbe dinero nuevo y minorista.

Como cóctel, estos argumentos no necesariamente encajan bien y algunos de ellos, como Kalecki-Levy, no apuntan directamente a los mercados financieros.

Como comenta Dario Perkins en una nota inteligente para TS Lombard, la hipótesis de la liquidez, expresada de forma insulsa, en realidad no explica mucho:

"El problema con la palabra «L» es que, en el sistema financiero colateralizado moderno, donde la liquidez es endógena al apetito por el riesgo, no tiene sentido suponer una cantidad fija de financiación disponible. Con demasiada frecuencia, los expertos piensan en la determinación del precio de los activos en términos de «fondos prestables» (el argumento del déficit fiscal anterior entra en esta categoría, AT), pero esto nunca ha sido realmente correcto. No existe una cantidad fija de liquidez —vinculada a la política monetaria (el argumento de la Fed anterior, AT)— que busque un hogar en el sector financiero. Los precios de los activos se fijan en el margen, no en función de si hay un nuevo comprador (con dinero nuevo) (la teoría de la aplicación de negociación, AT) disponible para sustituir las tenencias de activos existentes. Y un cambio en los fundamentos percibidos debería hacer que los compradores estén más decididos a adquirir un valor y que los tenedores estén menos inclinados a vender, independientemente de la cantidad de liquidez del sistema o del nivel de los tipos de interés. (De hecho, los tipos reales eran altos durante la burbuja puntocom, por ejemplo). … Lo que suele ocurrir durante un mercado alcista es que se produce un cambio en las primas de riesgo/rendimientos esperados y el sistema financiero se adapta para crear un nuevo balance (creación endógena de dinero, AT). Con el tiempo, puede iniciarse un círculo virtuoso. Los rendimientos y los beneficios aumentan, especialmente cuando existe una nueva tecnología que crea nuevas fuentes de riqueza. Esto eleva el valor de las garantías y conduce a nuevos aumentos en los precios de los activos. Si esas expectativas iniciales sobre los rendimientos eran demasiado optimistas o los mercados se adelantan a los fundamentos, se produce una burbuja; y cuando esa burbuja estalla, el proceso se invierte: un círculo vicioso sustituye al círculo virtuoso. El «dinero» y los precios de los activos estarán correlacionados, pero eso no le dice nada interesante."

El propio Perkins prefiere claramente el argumento del dinero endógeno, según el cual la expansión del crédito está impulsada por el cambio en la propensión al riesgo, lo que no es incompatible con la narrativa de Sharma si se formula con mayor precisión.

Ese cambio en la propensión al riesgo podría ser un cambio general en el estado de ánimo, o podría ser una rotación de inversores menos propensos al riesgo a otros más propensos. Los autores del BIS añaden material fascinante para reforzar la idea de la hiperfinanciarización popular.

Un síntoma típico del desarrollo de una burbuja es la creciente influencia de los inversores minoristas que intentan seguir las tendencias de los precios. En momentos de expectación mediática y subida de los precios, los inversores minoristas pueden verse atraídos por activos más arriesgados que normalmente evitarían, lo que se ve agravado por el comportamiento gregario, las interacciones sociales y el miedo a perderse algo. De hecho, los indicadores del interés de los inversores minoristas en los mercados, como las búsquedas en Internet, tienden a dispararse en momentos de efervescencia… En esta ocasión, también hay indicios de que el entusiasmo de los inversores minoristas y su apetito por ganancias de capital aparentemente fáciles se han extendido a un refugio tradicional como el oro. Desde principios de 2025, los precios de los fondos cotizados en bolsa (ETF) de oro se han negociado constantemente con una prima respecto a su valor liquidativo (NAV), en medio del creciente interés de los inversores minoristas (gráfico C2.B, línea azul). Los precios de los ETF que superan su NAV indican una fuerte presión compradora, junto con obstáculos para el arbitraje.

Lo que también señalan los autores del BIS es que, mientras los inversores minoristas compran oro y acciones, los inversores profesionales e institucionales venden.

Además, los inversores minoristas han adoptado cada vez más posiciones comerciales contrarias a las de sus homólogos institucionales: estos últimos retiraban dinero de las acciones estadounidenses o mantenían posiciones planas en oro, mientras que los inversores minoristas registraban entradas (gráfico C2.C). Aunque la afluencia de inversores minoristas ha mitigado el impacto de las salidas de los inversores institucionales, su creciente protagonismo podría amenazar la estabilidad del mercado en el futuro, dada su propensión a comportarse como un rebaño, lo que amplificaría las fluctuaciones de los precios en caso de que se produjeran ventas masivas.

Por lo tanto, una explicación plausible de la burbuja actual es un aumento de la confianza que se retroalimenta, amplificado por la creación endógena de crédito con los inversores minoristas y los medios de comunicación a la vanguardia. Los riesgos para el sistema financiero se ven moderados en cierta medida por el hecho de que los inversores institucionales están adoptando posiciones más cautelosas. Si se produce una crisis, esto es una buena noticia, al menos mientras los inversores minoristas no estén tan apalancados como podrían estarlo los fondos de cobertura profesionales.

Lo que falta aquí es la sociología y, en concreto, el diagnóstico de la economía en forma de «K». La «fusión» general de los precios de los activos —acciones de IA, materias primas y oro— en el primer año de la presidencia de Trump se está desarrollando en los balances del 20 % de los estadounidenses con mayores ingresos.

Se trata del grupo más influyente, vocal y comprometido políticamente de la sociedad estadounidense. Incluye a muchos de los lectores de este boletín, si no en el presente inmediato, sí en el futuro. Por lo general, pensamos que el 20 % de los hogares con mayores ingresos de Estados Unidos —por derecho, debería decir «nosotros mismos»— está muy polarizado en términos políticos. Sin embargo, si nos consideramos una «clase propietaria de activos», los mercados nos cuentan una historia bastante diferente. Desde el pánico inicial de la primavera tras el anuncio de Trump sobre los aranceles, lo más llamativo es que muchos de los indicadores que suelen moverse en sentido contrario han subido juntos. La maligna coincidencia es, en última instancia, lo que puede definir el año 2025." 

(Adam Tooze , blog, 29/12/25 )

El año 2025 fue desolador para Europa Occidental. Y, a este ritmo, la situación empeorará... los casi 30 países que mejor se describen como la Europa de la OTAN y la UE, con los alemanes, políticamente rígidos e ideológicamente fervientes, han encontrado la cuestión más perversa para afirmar finalmente cierta independencia de sus señores estadounidenses: retrasar el fin de la guerra de Ucrania... para 2025, la nueva esencia de la alianza tras la Guerra Fría parece ser «mantener a los europeos pobres, a los estadounidenses al mando y a los alemanes pagando (y sometidos, por supuesto)»... recordaremos el desempeño en 2025 de lo que una vez comenzó como un proyecto de paz (occidental) europeo, salvo por el continuo apoyo de la UE al apartheid genocida de Israel, sus ataques masivos a la libertad de expresión, la privacidad y el Estado de derecho, y su total fracaso a la hora de proteger la economía europea y a sus ciudadanos de los aranceles y las agresiones comerciales de Estados Unidos... Desde contratos de consultoría hasta planes de «muros de drones», la UE continúa y amplifica de forma explosiva una tradición de despilfarro y corrupción... la UE ya ha desarrollado todo un conjunto de racionalizaciones ideológicas para manipular a sus propios ciudadanos, marcadas por eslóganes como «resiliencia», «prebunking» e incluso «guerra cultural»... y no oculta su intención de aprender de la experiencia de Ucrania, es decir, bajo Zelensky, un régimen agresivamente autoritario... Es muy posible que en nuestro futuro distópico común nos espere un «comisario de la UE para la resiliencia cognitiva y la defensa cultural» procedente de Ucrania. A menos que nosotros, los europeos, aprendamos a recuperar nuestro continente (Tarik Cyril Amar)

 "Para ser justos con el desolador año que está a punto de terminar, al menos 2025 no será difícil de superar. En particular, si en enero pasado alguien fue lo suficientemente optimista como para esperar que Occidente entrara en razón sobre su catastrófica relación con Rusia y la guerra en y por Ucrania, se habrá llevado una gran decepción. (No perdamos el tiempo con aquellos que aún soñaban con derrotar a Rusia: los delirantes clínicos y los deliberadamente falsos son un tema poco gratificante).

Es cierto que la decepción que ha traído el 2025 en este ámbito no ha sido total. Ha habido un avance positivo importante, aunque todavía incompleto y reversible: tras muchos giros y vueltas abruptos, Washington parece haberse decantado por una política de «estabilidad estratégica» (en el lenguaje de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional) con Moscú. Esto marca un posible camino hacia una normalización mutuamente beneficiosa, quizás incluso hacia una futura distensión. (Sin embargo, voy a hacer aquí la salvedad de la imprevisibilidad de Trump: si el presidente estadounidense y principal disruptor vuelve a dar un giro de 180 grados, no culpen a este autor).

Pero, al mismo tiempo, los casi 30 países que mejor se describen como la Europa de la OTAN y la UE, con los alemanes, políticamente rígidos e ideológicamente fervientes, a la cabeza no solo en Berlín sino también en Bruselas, han encontrado la cuestión más perversa para afirmar finalmente cierta independencia de sus señores estadounidenses: retrasar el fin de la guerra de Ucrania. Este obstruccionismo ha sido tan evidente que incluso (algunos) observadores occidentales han empezado a darse cuenta.

Aunque ha pasado desapercibido, se trata en realidad de un cambio histórico. Los expertos solían decir que los estadounidenses son de Marte y los europeos de Venus. Pero ahora, cuando incluso los estadounidenses, tradicionalmente ultrabélicos, han acabado retirándose de una confrontación cada vez más grave entre, en efecto, Occidente y Rusia, las extrañas —e impopulares— élites de la Europa de la OTAN y la UE se han resistido a la perspectiva de la paz.

Si dejamos de lado la hipocresía nauseabunda del «valor» y las tonterías histéricas del «¡Rusia también viene a por nosotros!», la verdadera razón de esta resistencia es obvia. Cualquier paz anclada en la realidad (y, por lo tanto, con posibilidades de durar) tendría que reflejar inevitablemente que Rusia lleva mucho tiempo ganando la partida en el campo de batalla tanto a Ucrania como a sus aliados occidentales. Y entre los líderes de la OTAN y la UE, orgullosos de no ser de este mundo, tener que aceptar la realidad se considera una afrenta insufrible.

Con un poco de mala suerte para los ucranianos de a pie —y han tenido mucha, desde sus cínicos amigos occidentales hasta sus gobernantes ultra corruptos en su país—, la paz se verá truncada una vez más y la guerra se prolongará hasta bien entrado el próximo año.

Sin embargo, la acción de retaguardia de los europeos de la OTAN y la UE para mantener la paz a raya no fue su único error sensacional en 2025. Hay al menos otros dos evidentes.

En primer lugar, veamos la transformación en curso de la OTAN con un poco de perspectiva histórica: se dice que el primer secretario general de la OTAN, Hastings Ismay, bromeó diciendo que el propósito de la Alianza era «mantener fuera a los rusos, dentro a los estadounidenses y sometidos a los alemanes». Era lo más honesto que podía decir un hombre en esa posición, y sin duda supera a sus insignificantes sucesores, como Mark Rutte y Jens Stoltenberg, en cuanto a franqueza sin rodeos.

Desde el punto de vista histórico, es curioso y revelador que la OTAN se mantuviera cuando «los rusos» tomaron la iniciativa de poner fin a la Guerra Fría y disolvieron su propia alianza militar de la Guerra Fría, el ya olvidado Pacto de Varsovia (oficialmente, el «Tratado de Amistad, Cooperación y Asistencia Mutua»).

En lugar de seguir su ejemplo, la OTAN emprendió un camino de extralimitación y expansión.

Entre principios de la década de 1990 y la actualidad, la alianza ha provocado furiosamente a Rusia con su mala fe descarada y su incesante ampliación. También ha buscado en todo el mundo pretextos para prolongar su existencia, a menudo a costa de la gente corriente atrapada en el fuego cruzado de sus operaciones de cambio de régimen y devastación de países o, como en el caso de Ucrania, como peones de una guerra proxy fallida.

Pero, en realidad, el verdadero objetivo principal de la OTAN nunca ha sido proteger a Europa (occidental) de Moscú, sino mantenerla dependiente y subordinada a Washington y proteger a los grandes estrategas estadounidenses de que se haga realidad su peor pesadilla: una cooperación que cambie las reglas del juego entre Europa, en particular Alemania, y Rusia. Como resultado, para 2025, la nueva esencia de la alianza tras la Guerra Fría parece ser «mantener a los europeos pobres, a los estadounidenses al mando y a los alemanes pagando (y sometidos, por supuesto)».

Para ser justos con 2025, esta es una historia mucho más larga. Pero la cumbre de la OTAN celebrada en La Haya el pasado mes de junio marcó un hito nada menos que la ruptura radical con los procedimientos parlamentarios de buena fe y la sólida política presupuestaria diseñada en Berlín en marzo. Si La Haya fue donde se hizo oficial el nuevo objetivo de gasto del 5 % del PIB en defensa e infraestructuras relacionadas con la defensa, Berlín ya había mostrado el camino hacia una política de deuda imprudente en nombre de una política muy desequilibrada que busca la seguridad nacional solo en el rearme y rechaza la diplomacia y la búsqueda de compromisos. El hecho de que esta política incluya también un nuevo y cuantioso acuerdo de defensa aérea Arrow-3 con Israel, mientras este último está cometiendo genocidio, añade una extrema vileza moral a la locura económica.

La autocanibalización financiera ya sería suficientemente grave. Pero las cosas son aún peores, lo que nos lleva a la UE en particular. Si los historiadores recordarán el desempeño en 2025 de lo que una vez comenzó como un proyecto de paz (occidental) europeo, salvo por el continuo apoyo de la UE al apartheid genocida de Israel, sus ataques masivos a la libertad de expresión, la privacidad y el Estado de derecho, y su total fracaso a la hora de proteger la economía europea y a sus ciudadanos de los aranceles y las agresiones comerciales de Estados Unidos, será la creciente metamorfosis de la UE en una secta cruzada al estilo del nacionalismo resentido de Europa del Este, que no solo tiene como objetivo a Rusia, sino también a sus propias poblaciones.

Por un lado, la UE está haciendo lo mismo que los gobiernos nacionales más fanáticos y la OTAN: invertir cada vez más dinero en la industria armamentística y en sus empresarios, famosos por su derroche, incluidos los tipos disruptivos de moda. Desde contratos de consultoría hasta planes de «muros de drones», la UE continúa y amplifica de forma explosiva una tradición de despilfarro y corrupción que se remonta fácilmente a los escandalosos días de su actual jefa de facto, Ursula von der Leyen, como ministra de Defensa alemana hace más de una década (por no hablar de sus contribuciones al pantano del Covid…).

Sin embargo, lo realmente original de la contribución de la UE a acercarnos cada vez más a una guerra autodestructiva es otra cosa, a saber, su enorme contribución a la guerra cognitiva y la propaganda. Aunque también se trata de un campo muy activo, en el que la OTAN y los gobiernos nacionales europeos compiten ferozmente por ver quién asusta más a su pueblo, hay algo especial en la UE. Es evidente que aspira a desempeñar un papel de liderazgo en la «seguridad cognitiva», que es un eufemismo para referirse a la licencia para hacer propaganda propia, basada en acusar al otro —en este caso, Rusia, por supuesto— de agresión cognitiva.

Hay dos cosas que hacen de la UE una fuerza especialmente perjudicial en este ámbito: en primer lugar, ya ha desarrollado todo un conjunto de racionalizaciones ideológicas para manipular a sus propios ciudadanos, marcadas por eslóganes como «resiliencia», «prebunking» e incluso «guerra cultural». En segundo lugar, no oculta su intención de aprender de la experiencia de Ucrania, es decir, bajo Zelensky, un régimen agresivamente autoritario. Y un régimen que a von der Leyen y sus amigos les encantaría ver incorporarse a la UE lo antes posible. Es muy posible que en nuestro futuro distópico común nos espere un «comisario de la UE para la resiliencia cognitiva y la defensa cultural» procedente de Ucrania. A menos que nosotros, los europeos, aprendamos a recuperar nuestro continente." 

(Tarik Cyril Amar, en Salvador López Arnal, 02/01/26, fuente RT)