"La gobernanza global en modo China. El país apuesta por la multipolaridad y por abrir espacios mayores a los países en desarrollo y del Sur Global.
En la diplomacia china es harto frecuente el aserto de que las
capitales occidentales acostumbran a decir una cosa y hacer otra; en
Beijing, por el contrario, se afanarían por hacer lo que dicen. Hay una
máxima china recurrente que viene al caso: “Los antiguos hablaban poco
por temor a que sus actos no fueran coherentes con sus palabras”. Quizá
por eso, para las autoridades chinas, la coherencia, también en la
diplomacia, no es cosa menor y procuran medir al milímetro sus
palabras.
Siguiendo dicho hilo de razonamiento, más allá de acometer la ardua
tarea de leer en los posos del café que tantas veces puede resultar
necesario para orientarse en la política china, importa especialmente
tener en cuenta y tomar en serio las directivas formales que inspiran el
proceder de Beijing en áreas clave. Un elemento relevante, por ejemplo,
son los libros blancos pues, en gran medida, sintetizan sus
diagnósticos y estrategias y, ciertamente, operan como hojas de ruta que
es posible no solo seguir, sino muy conveniente analizar para prever
conductas y acciones.
En la diplomacia china es harto frecuente el aserto de que las capitales occidentales acostumbran a decir una cosa y hacer otra
Recientemente publicado, el Libro Blanco sobre la Gobernanza Global ofrece
su propia lectura sobre la coyuntura crítica que atraviesa el orden
internacional, quizá en su momento más determinante tras el fin de la
Guerra Fría. Mientras las instituciones de posguerra se debaten entre
sus grandes aspiraciones y las capacidades tradicionalmente pírricas
cotizando a la baja, tan agredidas también paradójicamente por las
potencias que las inspiraron, los nuevos poderes emergentes pugnan por
mejorar su nivel de reconocimiento e influencia.
Hubo un tiempo en que a China, muy centrada en su transformación
económica interna, se le recriminaba su falta de compromiso y
responsabilidad internacional. Estaba a lo suyo. Pero el incremento de
su poder global debería entrañar también la asunción de cometidos y
funciones de diverso calibre, de la misma manera que los asumían otras
potencias.
Desde entonces, China ha escalado de forma progresiva, incorporando
mayores cotas de responsabilidad y trasladando al orden global su
holgada posición en otros ámbitos, en especial los ligados al desarrollo
y, ahora, la tecnología. Lo está haciendo con un discurso y una
política propia, que no está gustando nada a muchos de aquellos que le
reclamaban arrimar el hombro. El énfasis que está poniendo en defender
otra visión y otra política, sin seguidismos ciegos, ha provocado otra
crítica: se ha pasado de echarle en cara que no se implique a reprobar
que lo haga al margen del discurso dominante. Entonces, se dijo que
China era “asertiva” y que, en realidad, lo que pretendía es aprovechar
el actual momento de confusión para desplazar a Occidente del liderazgo
global y establecer una nueva hegemonía.
Xi Jinping y el nuevo sinocentrismo
Desde el inicio de su mandato en 2012, Xi Jinping ha dado un gran
impulso a la proyección internacional de China, acelerando
significativamente el tránsito de la periferia al centro del sistema
internacional. En paralelo, ha multiplicado las propuestas para
implementar un sinocentrismo de nuevo tipo, adaptado a la realidad y
expectativas del siglo XXI.
China defiende el mantenimiento de la ONU como “núcleo” del sistema
–que EEUU pretende finiquitar –. China no aspira a que tan solo se
actualice
Hoy día, podríamos decir que su iniciativa más destacada es la
referida a la gobernanza global, un asunto sobre el que versa el citado
libro blanco. En él, China bosqueja su crítica a la ansiedad occidental
por preservar, al coste que sea, su posición privilegiada en un contexto
de grandes transformaciones que apuntan tanto a reequilibrios
económicos como al surgimiento de nuevos ámbitos de poder que es preciso
regular –desde la inteligencia artificial al ciberespacio–, negándose a
admitir que otros hagan lo de siempre de forma tan unilateral como
impositiva.
El nuevo mantra –que ya utilizó la Administración Biden– es que China
quiere destruir “el orden basado en reglas”. Lo cierto es que, en gran
medida, ha sido Occidente, eso que algunos llaman pomposamente la
“comunidad internacional”, quien ha ido laminando dichas reglas porque
el actual orden ya no conviene a sus propios intereses. Donald Trump es
muy claro y rotundo en eso. Sin disimulos ni paños calientes.
No obstante, lo que China plantea en sus papeles es una reforma y
actualización del sistema internacional, de modo que evolucione en
paralelo a la realidad mundial. En ese sentido, por ejemplo, defiende el
mantenimiento de la ONU como “núcleo” del sistema –que EEUU pretende
finiquitar como si nada–. China no aspira a que se liquide, más bien a
que se actualice, una tarea nada fácil.
En paralelo, China ha desarrollado una red de asociaciones, como los
BRICS o la Organización de Cooperación de Shanghái, muy centradas en el
desarrollo y en una visión de la seguridad muy deudora de una cierta
concepción del bienestar. Es esta una cuestión clave para diferenciar el
eje de proyección de las capacidades chinas frente a las opciones
securitarias occidentales, que establecen marcos de actuación
completamente diferenciados. Para Occidente, una cosa es la seguridad y
otra el bienestar, mientras que para China representan las dos caras de
una misma moneda. Y eso, en la práctica, explica también la dificultad
que puede encontrar EEUU para subvertir los fuertes vínculos económicos
con muchos países, ahora con gobiernos alineados con la peor derecha
estadounidense. En América Latina, por ejemplo.
Complementariamente, las iniciativas (sobre desarrollo, seguridad,
civilización o gobernanza) que teorizan a otra escala propuestas como la
Franja y la Ruta, también arduamente combatidas o que dan forma a la
“comunidad de futuro compartido”, trazan un sugestivo mapa indicativo de
otra manera de interpretar e imaginar el orden mundial. Hay
escepticismo sobre todo esto, sin duda, pero sería un error
descalificarlo sin más y no reconocer que progresivamente su influencia
avanza, muy especialmente en los países del Sur Global, precisamente
porque van acompañadas de acciones prácticas que interpretan como un
beneficio mutuo.
La adopción de sistemas de gestión de los nuevos ámbitos emergentes y
abiertos a la disputa es clave para asegurarse posiciones relevantes en
los dominios del futuro. Por esta razón, China, por ejemplo, lidera la
instalación de sedes como la Organización Mundial de Datos o la
Organización Internacional de Mediación. A la vez, incide cada vez más
en desafíos que hoy condicionan el futuro de la humanidad, como el
clima, un aspecto en el que hoy pocos en Occidente le pueden ya dar
lecciones. No hace muchos años era todo lo contrario.
Todo ello puede sonar a mera narrativa persuasiva que oculta un
propósito hegemónico. Esta China, no obstante, abandonó hace tiempo
cualquier intención mesiánica y es consciente de los severos
condicionantes de su propia realidad económica, demográfica, etc., y de
que le queda un largo trecho para culminar su modernización. Es la
segunda economía del mundo, es verdad, la primera en paridad de poder
adquisitivo, pero figura en la posición 73 en renta per cápita. Mucho
por hacer aún. Pero no solo. Quien conozca su historia y su cultura,
puede convenir en que es altamente improbable que China aspire a ser el
nuevo EEUU del siglo XXI.
Por contra, es claro el propósito de alentar una gobernanza
postoccidental. Eso incluye el rechazo de cualquier implicación en un
hipotético G2 o un G7+1. Ese cambio de paradigma por el que aboga se
fundamenta en la nueva realidad global. No es un voluntarismo
ideológico. Su modelo de gobernanza global es la multipolaridad y por
eso apuesta por abrir espacios mayores a los países en desarrollo y del
Sur Global. Instituye el multilateralismo como mecanismo procedimental
para abordar los desafíos globales.
Reforma y no ruptura
El gradualismo que ha caracterizado la transformación de China en los
últimos 40 años es el mismo gradualismo que plantea ahora para definir
un nuevo sistema internacional, a partir del actual marco institucional.
Occidente deberá aceptar y convivir con esta nueva realidad porque ya no está en su mano imponer otra cosa
Esto sugiere que no será un proceso lineal. Habrá reveses. Ahora
mismo podría parecer que los esfuerzos de Estados Unidos por frenar a
China y restaurar su primacía en regiones como América Latina u Oriente
Medio están dando sus frutos. Trump ha emprendido iniciativas más
agresivas para movilizar a los países del hemisferio occidental en torno
a su causa, echando mano de las herramientas habituales de su
diplomacia, la presión, el poder duro y, en no menor medida, las
alianzas económicas –minerales críticos, semiconductores, etc.–, para
lograr este objetivo. No es solo China quien debe afrontar estas
dificultades, sino también todos aquellos países que aspiren a ejercer
libremente su autonomía estratégica.
Sea como fuere, con independencia de las vicisitudes de cualquier
coyuntura, cabe esperar que la influencia de China se traslade mucho más
y cada vez más velozmente de las instancias económicas a las políticas y
a los ámbitos cruciales, asumiendo un mayor protagonismo. Y Occidente,
la “comunidad internacional”, deberá aceptar y convivir con esa nueva
realidad porque ya no está en su mano imponer otra cosa.
Esta evolución marcará el nuevo estatus global de China y representará uno de los legados más significativos del xiísmo."
(Xulio Ríos , CTXT, 09/07/26)