"A comienzos de noviembre, pocos días después de la riada que arrasó varios municipios de Valencia, hablamos con Samuel Romero Aporta (Madrid, 1987), vecino de Aldaia. Es ingeniero de Caminos y forma parte de Ecologistas en Acción.
Los momentos previos a esta DANA pasarán a la historia como un
ejemplo de desidia criminal, y la gestión posterior fue también
lamentable. No olvidar y estar al lado de las personas y territorios
requiere hacer un seguimiento de lo que está sucediendo ahora, y lo
queremos hacer a través de los ojos y la experiencia de quienes lo viven
cotidianamente.
Volvemos a hablar, por ello, con Samuel Romero, que realiza un balance y valoración de este último mes desde la zona cero.
¿Cómo ha evolucionado la situación?
Evoluciona de una forma tremendamente lenta. A un ritmo que, a todas
luces, parece incompatible con vidas dignas. Todavía hay garajes
inundados, calles llenas de barro, coches destrozados, aceras
impracticables y casas sin esperanzas de mejora. La sensación es de
olvido. Un olvido áspero como el barro seco que pisamos y respiramos
cada día.
Estamos comprobando que vivimos en un sistema nada resiliente, donde
el nivel de respuesta y recuperación queda siempre condicionado al
pulmón económico de cada empresa y familia. Los cuidados, la salud
mental, la respuesta a las necesidades de nuestros hijos e hijas y
nuestras personas más dependientes han quedado en un segundo plano.
Aquello que no se circunscribe a la monetización de la supuesta
recuperación se ignora. Corremos el riesgo de normalizar nuevas
realidades que suponen un enorme retroceso en nuestra calidad de vida.
¿Qué valoración te merecen en el plano general las medidas aprobadas?
Pues que, más allá de la valoración económica, se olvidan de la
dureza de lo vivido. Estamos asistiendo una vez más al parcheado de
situaciones catastróficas. El nivel de respuesta se centra en lo
económico, que por supuesto es necesario para rehacer vidas, pero ignora
de nuevo el problema de fondo. Hace apenas dos semanas, después de esta
catástrofe, el presidente del Gobierno seguía hablando de crecimiento
económico como si las consecuencias de ese crecimiento no estuvieran
ligadas a la catástrofe vivida. Esta pasada semana, Mazón ultimaba
detalles para aprobar la construcción de nuevos desarrollos en zonas
inundables y la reforma que permita construir cerca de la línea de
costa.
Es un nivel de irresponsabilidad tan tremendo que se perciben estas
ayudas como una compra de silencio. En el día a día esa ayuda es
inexistente. La forma de autoorganización del voluntariado fue una
respuesta asombrosa e ilusionante. Después, siguió un despliegue de
medios de mayor alcance que permitió comenzar a recuperar algunas
calles, pero, hoy en día, apenas quedan medios. Y está todo por hacer.
¿Qué urgencia mayor hay que recuperar los colegios de nuestros hijos e
hijas? ¿Qué urgencia mayor puede haber que reparar cada casa y cada
calle pensando en no repetir errores pasados y contribuir a la
transformación de nuestros pueblos y ciudades en entornos más amables y
pensados para vivirlos?
Mi vecina lleva un mes sin salir de casa por no tener ascensor. Es un
retroceso enorme en su propia dignidad porque estamos obligados a tener
que pagar un dinero, que muchas familias no tienen, para reparar
nuestro ascensor.
Hemos pensado antes en grandes cifras que en la crudeza de muchas
realidades. Es el síntoma de la desconexión absoluta de las
instituciones con la realidad social.
¿Cómo es la cotidianeidad de la vida en los pueblos arrasados?
Muy triste y dura. Intentamos recuperar cierta normalidad. Sobre
todo, quienes tenemos hijos e hijas, intentamos que prime la alegría.
Pero es duro levantar la persiana cada mañana y ver que tú y tu gente
seguís sin ser una prioridad. Que tenemos que aprender a convivir con el
barro, con el pueblo roto (en lo físico y lo metafórico), con coches
amontonados en cada acera, respirando polvo. Y me niego. Me niego a
aceptar una realidad que suponga destrozar las condiciones de vida de la
clase trabajadora.
Es un riesgo normalizar contextos de miseria, de supervivencia y de
ilusiones truncadas. El piloto automático de la supervivencia es muy
peligroso porque nos nubla la imaginación de futuros mejores. Y yo sigo
pensando que la organización consciente de quienes habitamos los pueblos
es capaz de dibujar y conseguir vidas mejores, donde nuestro futuro no
quede condicionado a la mercantilización de nuestras vidas o a
indicadores económicos que nunca entenderán las necesidades reales.
¿De qué hablamos cuando escuchamos que los pueblos han vuelto a la normalidad?
Exclusivamente de la vuelta a rutinas de producción. La vuelta al
trabajo. Es curioso que la primera prioridad fuese limpiar las calles.
Pero exclusivamente la calzada. Las aceras siguen, en muchos casos,
amontonando coches llenos de barro, siguen con las tapas del
alcantarillado rotas, imposibles para el paso con un carro de bebé o una
silla de ruedas.
Aquello que no se mercantiliza carece de prioridad. Porque aún hay
cientos de niños y niñas sin colegios, sin parques, sin plazas y sin
casas. La normalidad debe referirse al destrozo de lo común y lo
público. Esa normalidad sí que han sabido recuperarla, porque la
recuperación de cada casa, ayuda económica insuficiente a parte, parece
condicionada a las posibilidades de pago de cada familia.
El capitalismo que nos ahoga entiende mucho de ese destrozo. Las
empresas condenadas por la trama Gürtel siguen recibiendo contratos a
dedo. Igual esa es la normalidad a la que se refieren. Mientras,
nuestras rutinas se han visto condicionadas al barro, a tener que
buscarnos la vida para que nuestros hijos e hijas no sufran las
consecuencias de no ser la prioridad para quienes nos gobiernan.
¿Dirías que se está abordando el posDANA desde un enfoque de justicia y derechos?
No existe esa mirada. La recuperación económica no incluye
indicadores de justicia y derechos. La búsqueda de recursos materiales
para recuperarnos de los destrozos causados se ha quedado en manos del
mercado económico. Y ese mercado vive constantemente de espaldas a
cualquier enfoque de justicia o derechos porque consigue agrandar aún
más las desigualdades.
Pensemos en una familia de clase trabajadora que ha perdido su hogar
(probablemente el único) y su vehículo. Es probable, además, que su
puesto de trabajo esté sujeto a alguna medida temporal de restricción de
la actividad. Pensemos ahora en una familia acomodada que también haya
perdido su casa y su vehículo. ¿Hay algún ápice de justicia en esta
recuperación? ¿Qué familia podrá volver a alcanzar una vida digna?
Es inaceptable que la recuperación de vidas se supedite al voluntariado
El desborde de recursos inicial fue gracias al voluntarismo de la
gente. Y eso es fantástico por la conciencia de clase y la solidaridad
generada. Sin embargo, tiene un efecto pernicioso en el medio plazo: las
instituciones se olvidan de gran parte de la respuesta porque ven
atendida esa necesidad en las voluntades de quienes vinieron a ayudar.
Pero es inaceptable que la recuperación de vidas se supedite al
voluntariado.
¿Hay algún debate abierto sobre una reconstrucción consciente de que este tipo de eventos son ya una nueva normalidad?
Yo no veo ninguno más allá de algunas organizaciones ecologistas.
Porque todo el planteamiento de fondo sigue intacto. Seguimos
promoviendo el mismo urbanismo atroz, el mismo nivel de consumo y
emisiones y el sostenimiento, como primera premisa, de un sistema
económico que nos mata. De forma literal.
Parece que la respuesta continuada a las crisis endémicas del sistema
(rescates bancarios sucesivos) forman parte de la normalidad. Pero
plantear la reconstrucción de nuestras ciudades, pueblos y, sobre todo,
el entorno natural, es una responsabilidad que nadie quiere asumir
porque cualquier análisis riguroso y responsable choca de lleno con ese
ansiado crecimiento económico centrado en consumir más y construir más.
Nadie quiere abordar el debate de fondo sobre qué va a pasar en las
ciudades y pueblos construidos en suelo inundable, cómo hacemos nuestro
entorno más resiliente, cómo contribuimos a frenar el avance de las
peores consecuencias del cambio climático.
¿Qué crees que se podría haber hecho de otra forma?
Desde luego, no permitir la normalización de contextos distópicos
como el que vivimos. Porque siembra en el imaginario colectivo dos
aspectos muy graves: el abandono de las instituciones públicas en la
recuperación de nuestras vidas y el deterioro de nuestras condiciones de
vida.
Lo primero es el nivel de aviso, por supuesto. La máxima
responsabilidad de esta catástrofe es de la Generalitat Valenciana que
ignoró por completo las alertas de la AEMET. Como ya comentamos, ignorar
el cambio climático sistemáticamente conlleva a no tomar en
consideración sus consecuencias y ningunear las alertas de la ciencia.
Me cuesta asimilar aquellas ideologías que alardean de ignorar la
ciencia. Es un retroceso social brutal. Es un insulto a la inteligencia.
La máxima responsabilidad de esta catástrofe es de la Generalitat Valenciana
En el nivel de respuesta he echado en falta dos cuestiones: comités
de respuesta locales, que atiendan necesidades de principio a fin, y un
comité de recuperación, con el foco en el medio plazo. A este le
corresponde analizar lo sucedido y plantear, en el marco de la crisis
ecológica y social actual, qué medidas deberían ir desarrollándose en
cada plano para abordar este escenario: desde la educación, la sanidad,
las emergencias, la protección de nuestros ecosistemas, la estructura de
nuestros pueblos y ciudades, la forma de movernos.
En lo concreto, ha habido una falta absoluta de organización y viene
precedida por la falta de aterrizaje de las instituciones en cada calle y
en cada casa. La política local debe centrarse en las realidades más
concretas para dar respuesta desde lo colectivo a esas necesidades. A
nivel educacional no había otra urgencia que dar respuesta a los cientos
de niños, niñas y adolescentes sin centro educativo. Un mes después, la
respuesta es solo parcial. Es evidente que el contexto no tiene
precedentes cercanos de una catástrofe similar. Pero ya deberíamos haber
sido capaces de movilizar una respuesta más centrada en la crudeza de
cada familia y realidad que en las grandes cifras.
¿Qué aprendizajes cree que habría que sacar de lo vivido?
El aprendizaje debe partir de aceptar la gravedad del cambio
climático. Que quienes llevan décadas alertando de los efectos del
cambio climático son, además, quienes tienen la capacidad de modelizar
otros escenarios que minimicen los peores efectos. Nuestra
vulnerabilidad se ha visto una vez más expuesta y debe servirnos para
tomar consideración de cómo esa vulnerabilidad se maximiza actuando de
forma individual, mientras que en colectividad somos capaces de
sostenerla y protegerla.
En el camino hacia una transición ecológica y social más justa debe
hacerse un ajuste inmediato de los indicadores que miden la eficacia de
las políticas públicas. El cambio climático, la resiliencia de nuestras
ciudades y pueblos y las condiciones de vida de cada persona deben
situarse como primeros índices a medir en la implantación de cada
política pública.
Los aprendizajes deben trasladarse a la configuración de nuestras
ciudades, a la protección de nuestros ecosistemas como absoluta
prioridad, a pensar los efectos en cadena del modelo centrado en un
consumo ilimitado, en las desigualdades locales y continentales que
genera ese modelo y en nuestra enorme dependencia como especie y como
individuos de los ecosistemas y del resto de personas. El contexto de
decrecimiento, es decir, la necesidad de consumir menos recursos a nivel
global, plantea un nuevo escenario. El problema de entenderlo bajo el
prisma de la distopía es que aquello que miramos ahora nos impide pensar
futuros mucho mejores. Por eso la recuperación es una urgencia. Porque
el contexto de decrecimiento global debe ser, además, justo. Y en ese
reparto equitativo y justo de los recursos debemos ser perfectamente
capaces de imaginar vidas mejores. Donde nuestras condiciones de vida
estén garantizadas y tengamos la capacidad de decidir sobre nuestro
tiempo.
El contexto de decrecimiento global debe ser justo
Hay un punto de aprendizaje que nos debe servir para llevarlo a otras
situaciones: la capacidad de movilizar recursos económicos en
escenarios de crisis hace décadas que dejó de ser un problema. Lo hemos
visto en otras situaciones similares o en los rescates bancarios. Siendo
así debemos exigir ese mismo nivel de respuesta para afrontar la
transición ecosocial. El dinero no debe ser un problema.
No parece que quienes gobiernan estén entendiendo la gravedad del
escenario. Pero seguiré siempre pensando que la política tiene como fin
encontrarse con las necesidades sociales para dar respuesta permanente a
ellas, con el marco de nuestros ecosistemas como límite en el que todo
sucede y, por supuesto, con los ingredientes de justicia y derechos que
no pueden abandonarse. Puede que el plano institucional nos esté dando
la espalda. Pero no se nos puede olvidar que está en nuestra mano darle
la vuelta."
(Entrevista a Samuel Romero, Yayo Herrero, CTXT, 05/12/24)