Mostrando entradas con la etiqueta j. 11-S. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta j. 11-S. Mostrar todas las entradas

17.10.23

El golpe asestado es inaudito; a Israel, pero también, por consiguiente, al Atlántico Norte Occidental, del que este país es el símbolo aborrecido por muchos árabes, musulmanes y poblaciones del Tercer Mundo anteriormente colonizado... tras el 11-S, la hiperpotencia estadounidense desapareció como modo de dominación cultural... la desintegración moral de Israel bajo el efecto de una coalición gubernamental rehén de los ministros más extremistas, los ataques a la Constitución, las manifestaciones masivas y la desobediencia civil de numerosos reservistas, crearon las condiciones para un debilitamiento que la República Islámica ha sabido aprovechar... El acercamiento con el Estado judío de Riad se pospone sine die, para gran vergüenza de la Casa Blanca, que pretendía contrarrestar la política agresiva de Teherán... Los enemigos de Occidente en general, empezando por Irán y por ende Moscú, son los beneficiarios... los signatarios árabes del Pacto de Abraham, así como Egipto y Jordania, tendrán que enfrentarse a su opinión pública (Gilles Kepel)

 "(...) Cualquiera que sea el alcance de la destrucción que ya está sufriendo el enclave palestino como venganza, el golpe asestado es inaudito; a Israel, pero también, por consiguiente, al Atlántico Norte Occidental, del que este país es el símbolo aborrecido por muchos árabes, musulmanes y poblaciones del Tercer Mundo anteriormente colonizado. Unos años después de septiembre de 2001, Al Qaeda ya no existía, pero el nuevo equilibrio de fuerza internacional se había alterado. La hiperpotencia estadounidense, según la expresión de Hubert Védrine, desapareció como modo de dominación cultural en el mundo, abriendo el camino a un multilateralismo conflictivo que hoy, dos décadas después, abarca desde la guerra de Ucrania a la ubicuidad de los BRICS [Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica]. 

Las imágenes de los ataques a Sderot y otros lugares del sur de Israel quedarán grabadas en la mente como una variación terrestre del ataque aéreo contra las Torres Gemelas de Nueva York.

 Bin Laden y Al Zawahiri concibieron el 11-S también como una respuesta del yihadismo suní a la fatua chií del ayatolá Jomeini del 14 de febrero de 1989, que movilizó al mundo musulmán al convertir a Irán en el defensor de los creyentes ofendidos por la “blasfemia” de Salman Rushdie. (...)

La incursión de Hamás —aunque se trata de un movimiento sunita surgido de la Hermandad Musulmana Internacional— solo ha sido posible gracias a la ayuda total del Irán chií, del que se ha convertido en auxiliar, tanto mediante el suministro de materiales como por medio de la impresionante preparación diseñada por los servicios de inteligencia de Teherán para una operación de esta magnitud, destruyendo al mismo tiempo la arrogancia del Mossad (servicio de inteligencia exterior israelí) y del Shin-Bet (servicio de inteligencia de seguridad interna), ahora modelos caídos de la superioridad israelí en este ámbito. 

Los “disparos en solidaridad con Gaza” de Hezbolá, el partido chií libanés afiliado a la República Islámica, contra Galilea y la inmediata respuesta israelí auguran, 24 horas después del ataque de Hamás, tanto la ampliación del conflicto como la coordinación de la maniobra por parte de la Fuerza al Quds de la Guardia Revolucionaria iraní.

 Al recuperar así el control del conflicto palestino-israelí, ahora llevado al paroxismo de la violencia, Teherán quiere, en primer lugar, torpedear el acercamiento entre saudíes e israelíes impulsado por Washington en la continuación de los Acuerdos de Abraham, y caracterizado por las recientes visitas oficiales de dos ministros del Estado judío al reino, una primicia histórica. Ahora las imágenes de la devastación en Gaza —entre ellas las de mezquitas derribadas— debido a los bombardeos israelíes, ponen a Riad en una situación comprometida.

 Para Netanyahu, cuya vacilante credibilidad, en el interior e internacionalmente, ha sufrido decisivamente por un desastroso efecto sorpresa, la escala de la respuesta que supuestamente “abrirá las puertas del infierno” para Hamás es la condición sine qua non de la supervivencia política. En efecto, la desintegración moral de Israel bajo el efecto de una coalición gubernamental rehén de los ministros más extremistas, los ataques a la Constitución, las manifestaciones masivas y la desobediencia civil de numerosos reservistas que se negaron a entrenar para protestar contra esta deriva política, crearon las condiciones para un debilitamiento que la República Islámica ha sabido aprovechar.

 Pero los efectos colaterales de la respuesta de las Fuerzas de Defensa Israelíes con su predecible procesión de muertos y cantidades ingentes de heridos —especialmente porque la evaluación provisional del sábado 7 de octubre hace pensar que el número de víctimas israelíes superó al de palestinos en el primer día de enfrentamiento— ya se han dejado sentir. Riad solo ha podido “poner en guardia a Israel contra los posibles riesgos de escalada debido a la ocupación y privación de los derechos legítimos del pueblo palestino, así como de las provocaciones sistemáticas contra sus lugares sagrados”, para evitar que su rival chií encuentre argumentos para desafiarlo por el liderazgo mundial sobre el islam. 

El acercamiento con el Estado judío se pospone sine die, para gran vergüenza de la Casa Blanca, que pretendía contrarrestar la política agresiva de Teherán, que se ha acercado considerablemente al Kremlin, destinatario de armas iraníes utilizadas por el Ejército ruso contra las tropas ucranias. Inversamente, la diplomacia afín a Putin, a la que se ha aferrado Netanyahu durante sus años en el poder, y que constituía un seguro político ante la República Islámica, principalmente en el espacio aéreo sirio, también ha resultado un fracaso.

 Recibido en tono menor en Nueva York, al margen de la Asamblea General de Naciones Unidas, por el presidente Biden, que no oculta el desprecio que siente por Bibi, este último se ve obligado hoy a llamar a sus predecesores al rescate... a riesgo de ver pronto cerrarse sobre él la trampa legal que su alianza con la extrema derecha había retrasado, a costa de un desastre político y de seguridad para el Estado judío. Está experimentando uno de los peligros más graves de su existencia, mientras que los signatarios árabes actuales y potenciales del Pacto de Abraham, así como Egipto y Jordania, tendrán que enfrentarse a su opinión pública. Los enemigos de Occidente en general, empezando por Teherán y por ende Moscú, son los beneficiarios, sujetos a una conflagración general que sería la sombra del 11-S, recuperado ahora por el islamismo chií."            (Gilles Kepel , El País, 10/10/23)

15.10.21

Cuando los talibanes dijeron que se rendirían y que entregarían a Osama Bin Laden y EE UU lo rechazó. El presidente Bush rechazó ambas ofertas...

 "(...) Hable sobre ese momento en que EE.UU. comenzó a bombardear y a ocupar Afganistán, cuando los talibanes dijeron que se rendirían y que entregarían a Osama Bin Laden y EE.UU. lo rechazó. El presidente Bush rechazó ambas ofertas.

SPENCER ACKERMAN: Ese fue un aspecto central de los inicios de la guerra contra el terrorismo y un presagio de cuáles serían sus implicaciones. Una vez que aceptamos el planteamiento que ofreció Bush de una guerra contra el terrorismo, nos vimos enfrascados en una lucha no solo contra al-Qaeda, el grupo responsable de los ataques del 11-S, sino en una lucha mucho más amplia contra un enemigo que cualquier presidente podría redefinir a su voluntad y plantarlo en el imaginario colectivo, valiéndose del discurso de un desafío civilizacional para EE.UU. en un futuro, un desafío que ponía en riesgo al país en sí mismo.

Hablemos sobre lo que ocurrió en ese momento en Kandahar. La Alianza del Norte, aliada de EE.UU., había expulsado a los talibanes de Kabul. El Emirato Islámico de Afganistán había caído, después de cinco a seis años en el poder, y reconocieron, tras una última batalla que intentaron librar en Kandahar y que no salió como esperaban, que el fin estaba cerca para ellos. Los talibanes le propusieron a Hamid Karzai, a quien EE.UU. designó como líder de Afganistán en la era postalibán, que siempre y cuando el mulá Omar pudiera vivir en una especie de arresto domiciliario, es decir, que no lo mataran ni que lo sometieran a juicio, ellos estarían dispuestos a entablar negociaciones sobre cuál podría ser su papel en un Afganistán postalibán. Algo así como un acuerdo político.

Karzai, a pesar de todos sus defectos, en los que EE.UU. contribuyó para luego criticarlo durante los años siguientes, conocía la historia afgana y reconoció que, a menos que hubiera algún tipo de futuro político para los talibanes, estos optarían por un futuro violento. Y ellos tenían una capacidad comprobada no solo para librar una insurgencia, sino para ganarla. Así que Karzai aceptó el trato.

 Fue entonces cuando el Gobierno de Bush dijo que tal acuerdo era inaceptable, no para los afganos, sino para un EE.UU. que se atribuyó el poder, como lo ha hecho tan a menudo a través de su historia en muchas partes del mundo, de decirle a los afganos cómo iban a ser el futuro de su país. Todo lo que pasó en los siguientes 20 años de guerra ha contribuido, tal vez no de manera lineal, sino en una especie de descenso nauseabundo, al horror abyecto que hemos visto en el aeropuerto de Kabul: la gente desesperada por huir, al punto de aferrarse a aviones de carga C-17 y morir en la caída. Esta no es la alternativa a combatir en Afganistán; es el resultado de combatir en Afganistán.

AMY GOODMAN: Quiero pedirle que vaya aún más atrás, a los muyahidines respaldados por EE.UU. y a Osama bin Laden, también respaldado por EE.UU. Hable sobre lo que sucedió cuando EE.UU. decidió financiar a los muyahidines en la lucha contra la ocupación soviética de Afganistán y cómo los muyahidines volvieron sus armas, armas estadounidenses, contra EE.UU., así como del surgimiento de los talibanes a partir de eso.

SPENCER ACKERMAN: Sí, es importante porque una objeción a esto siempre va a ser que nosotros caracterizamos a los muyahidines afganos de los 80 como los talibanes. Pero ellos no eran los talibanes. Ellos fueron los precursores de los talibanes.

Lo qué pasó en la década de 1980 fue que la Union Soviética invadió Afganistán y EE.UU. vio una oportunidad para infligir una derrota a la Unión Soviética, su gran adversario geopolítico. Una derrota tan humillante y tan devastadora psicológicamente como la que EE.UU. sufrió en Vietnam por su propia soberbia imperialista. En el transcurso de los siguientes 10 años, EE.UU. y los servicios de Inteligencia pakistaníes y saudíes financiaron y dotaron de armamento a extremistas islámicos, rebeldes provenientes de Pakistán, entre ellos alguien que se convertiría en una figura profundamente familiar como aliado de los talibanes: Gulbuddin Hekmatyar, una persona particularmente brutal. A lo largo de la década de 1980, ellos infligieron daños importantes a los soviéticos, e hicieron que la ocupación, la brutal ocupación brutal soviética, fuera cada vez más violenta y prolongada, hasta que eventualmente los soviéticos se retiraron y, un par de años después, el régimen instalado por los soviéticos colapsó, de la misma manera en que estamos viendo colapsar el régimen que EE.UU. instaló.

 El caos y la guerra civil subsiguientes fueron devastadores para Afganistán. Y de esas cenizas surgieron los talibanes, un grupo extremista que utilizó mecanismos extremos de sufrimiento y represión contra un pueblo, el afgano, con una larga historia de sufrimiento. Algo que EE.UU. nunca reconoció a lo largo de todo este período fue su propia responsabilidad en la desestabilización de Afganistán, no simplemente como una consecuencia de la lucha contra la Unión Soviética. Ese era el costo del enfrentamiento entre EE.UU. y la Unión Soviética, que todo un país, millones de personas, sufriera tremendamente, que fueran tratados como títeres de EE.UU., que sus aspiraciones, sus deseos de libertad y estabilidad, en el fondo, no eran importantes para EE.UU., como tampoco lo eran para la Unión Soviética.

Los talibanes tomaron el poder gracias al caos que resultó de todo eso. Ellos le dieron protección a Osama bin Laden. Pero no eran lo mismo que al-Qaeda. Y, después del 11 de septiembre, EE.UU. decidió que no había una distinción relevante entre al-Qaeda, los talibanes y lo que ellos denominaron “grupos terroristas de alcance global”. Básicamente, esto significa que a pesar de que la versión asentada de las políticas del Gobierno de Bush ya incluía un concepto extremadamente expansivo sobre quién podía ser un objetivo, desde grupos terroristas como al-Qaeda hasta regímenes enteros —de hecho el subsecretario de Defensa de Bush, Paul Wolfowitz, habló justo después de los atentados del 11-S sobre “terminar con Estados”—, en el sentido político y periodístico más amplio, y en el concepto popular, el enemigo podría ser todo o casi todo el Islam. A partir de ahí la población pasó a temer, de manera bastante inmediata, a los musulmanes estadounidenses, pasó a temer a sus vecinos. Pensaban que sus vecinos eran una amenaza, no toda la maquinaría bélica y la represión. 

 AMY GOODMAN: Spencer, algo que no ha tenido mucha cobertura en los medios es que, a medida que los talibanes tomaban control de Afganistán en las últimas semanas, también ejecutaron a un hombre clave que se encontraba en prisión: Abu Omar Khorasani, el exlíder del Estado Islámico en el sur de Asia. ¿Qué nos puede decir al respecto?

SPENCER ACKERMAN: Sí. Es una situación muy compleja que ha surgido en los últimos dos años de negociaciones entre EE.UU. y los talibanes, las cuales considero, en gran parte, negociaciones extraoficiales. No debería decir “extraoficiales”. Para ser un poco más específico, se realizaron sin autorización, hasta que fueron autorizadas. Fue algo así como una labor independiente de un coronel retirado del Ejército de EE.UU., Chris Kolenda, y de una exembajadora estadounidense en Pakistán llamada Robin Raphel.

Lo que descubrieron en sus conversaciones con líderes talibanes en Doha fue que los talibanes estaban bastante preocupados por la creciente presencia de una célula del Estado Islámico en Afganistán, que se autodenominó, o que EE.UU. denominó, Estado Islámico de Jorasán, o ISIS-K. En esencia, los talibanes temían una especie de nueva generación de entidades insurgentes extremistas que usarían la justificación del Islam dentro de Afganistán. Un temor bien fundamentado, se podría decir, dada la forma en que ISIS luchó y desplazó a al-Qaeda, la organización y entidad de la cual había surgido. Durante los últimos dos años vimos incluso, y sobre esto hubo un excelente reportaje realizado por Wesley Morgan, que los talibanes han sido los beneficiarios de los ataques aéreos de EE.UU. contra ISIS-K, al punto de parecer que… en realidad nunca llegaron a establecer una especie de modus vivendi [con EE.UU.] en que dijeran: “¿Saben qué? De hecho, tenemos un enemigo en común”. Pero esa era una dinámica a la que tanto los talibanes como EE.UU., particularmente los miembros más pragmáticos del Ejército de EE.UU., eran receptivos. Los talibanes veían a ISIS no como una nueva vertiente de al-Qaeda a la que había que patrocinar y permitirle un escenario para atacar a EE.UU. o a sus aliados o a sus intereses, etc., sino como un enemigo al que había que enfrentar, un enemigo al cual había que dominar y derrotar. Y cuando escuchamos todos estos comentarios apresurados sobre la necesidad de regresar a la guerra en Afganistán para que no se convierta en un escenario para más ataques contra EE.UU., vemos que no se ha captado aún o no se ha comprendido del todo ni se ha confrontado el hecho de que los talibanes están mostrando señales muy tempranas de ver a ISIS como una amenaza.

AMY GOODMAN: A Abu Omar Khorasani lo mataron. Lo ejecutaron, lo sacaron de una prisión en Kabul ese último día, el domingo 15 de agosto, mientras tomaban el control del país. Spencer Ackerman, hable sobre cómo influyeron la guerra y la ocupación estadounidenses, la brutalidad de los ataques aéreos de EE.UU., las torturas en la base de Bagram, las incursiones nocturnas, en la capacidad de los talibanes para reclutar nuevos combatientes.

SPENCER ACKERMAN: EE.UU. tiende a atribuir su brutalidad a cualquiera de las circunstancias que pretende lamentar cuando se manifiestan en el mundo. Afganistán es ciertamente un trágico ejemplo. Tras los ataques del 11-S, las élites políticas, periodísticas e intelectuales de EE.UU., hablando en sentido general, se negaron a reconocer las consecuencias históricas directas, terribles y trágicas de la desestabilización que EE.UU. causó en Afganistán en los 80, a tal punto que, gracias al apoyo de los talibanes a Osama bin Laden en el país, se pudieron planear y llevar a cabo los ataques del 11-S. Hay que resaltar que los ataques no fueron perpetrados por afganos, no provinieron de Afganistán y ni siquiera se planearon en Afganistán. Se planearon en mayor medida en Alemania. Sin embargo, ese fue un presagio inicial de lo que veríamos durante los siguientes 20 años, no solo en Afganistán, sino a lo largo de la guerra contra el terrorismo: una desconexión y una falta de voluntad para reconocer que las acciones violentas e imperialistas de EE.UU. dan origen a una nueva generación de sus propios enemigos. Eso fue evidente en el momento en que EE.UU. regresó a Afganistán.

A lo largo de la guerra en Afganistán, incluso en momentos en que las campañas de contrainsurgencia, al menos en teoría, servían para vender la idea de que proteger las vidas afganas y la propiedad, entre otras cosas, iba a ser determinante para la guerra, [EE.UU.] nunca actuó de esa manera. Nunca actuó como si la finalidad de la guerra fuera la protección de vidas afganas. Pero sí actuó, más a menudo, de tal forma que no había una distinción entre las vidas afganas y los enemigos afganos. Una de las principales razones de esto es que los ataques contra civiles afganos no eran necesariamente fruto de una decisión específica sino de la falta de capacidad para entender el país, para entender su dinámica y ser conscientes de las complejas relaciones que, de muchas formas, existían entre quienes luchaban junto a los talibanes y los talibanes mismos, o quienes ayudaban a los talibanes bajo amenazas a su propia vida o amenazas a su familia, o que simplemente trataban de sobrevivir como lo ha hecho tanta gente a lo largo de tantas guerras, absteniéndose de cometer actos que no perjudicaran a los talibanes, porque entendían las consecuencias que podrían padecer. Con el tiempo, todas estas cosas fortalecieron a los talibanes y los convirtieron, una vez más, en una alternativa aparentemente viable a EE.UU.

Por otro lado, la contribución estadounidense, aunque en realidad no fue solo contribución de EE.UU., a la miseria en afganistán se dio a través de la corrupción que siempre se atribuía a los afganos, pero que en gran medida se alimentaba a sí misma. Los supuestos expertos en desarrollo. la ayuda y el dinero para el desarrollo inundaron Afganistán sin tener en consideración lo que una devastada economía como la afgana podía absorber. Parte de ese dinero fue enviado de manera deliberada por la CIA para pagar a los señores de la guerra y asegurarse de que, a la larga, fueran sensibles a los intereses estadounidenses, que a menudo eran intereses violentos e incluían cosas como las acciones del Mando Conjunto de Operaciones Especiales durante la guerra en Afganistán, y en particular de las Fuerzas Especiales del Ejército, cuando irrumpían en las casas de personas sospechosas de ser talibanes o colaboradoras de los talibanes. De nuevo, los talibanes, ni siquiera al-Qaeda, ni siquiera el grupo que atacó a EE.UU., mucho menos el núcleo de al-Qaeda que conspiró, planeó y ejecutó los ataques del 11-S. EE.UU. estaba ahora en una guerra prolongada con quienes una vez dieron refugio y formaron alianza con al-Qaeda, en lugar de con la propia al-Qaeda. EE.UU. era responsable de lo que pasara en Afganistán pero nunca actuó de manera responsable hacia el pueblo afgano. (...)"                       (Entrevista a Spencer Ackerman ,  Amy Goodman , Rebelión, 09/10/2021)

27.9.21

Desde el principio, partes del Partido Republicano vieron el 11-S no como un momento para buscar la unidad nacional, sino como una oportunidad que debían aprovechar para obtener ventaja política... este cinismo ante el horror nos dice que, incluso cuando Estados Unidos se encontraba de verdad sometido a un ataque externo, los mayores peligros que afrontábamos ya eran internos... estábamos ya bien adentrados en la senda hacia la intentona golpista del 6 de enero, y hacia un Partido Republicano que ha respaldado de hecho esa intentona y es muy probable que vuelva a hacerlo... Estados Unidos fue cruelmente atacado hace 20 años. Pero incluso entonces, la amenaza real contra todo lo que esta nación representa no procede de terroristas suicidas extranjeros sino de nuestra propia derecha política

 "Puede parecer terrible, pero bastante gente —en especial en los medios de comunicación— siente nostalgia por los meses que siguieron al 11-S. Algunos expertos añoran abiertamente el clima de unidad nacional que, imaginan ellos, imperaba en el país tras los atentados terroristas. Más sutilmente, yo tengo la sensación de que muchos extrañan los días en que la gran amenaza contra Estados Unidos parecía proceder de fanáticos extranjeros, y no de extremistas políticos internos.

 Pero ese dorado momento de unidad nunca existió; es un mito que tenemos que dejar de perpetuar si queremos entender el nefasto estado en que se encuentra la democracia estadounidense en la actualidad. 

Lo cierto es que, desde el principio, partes esenciales del cuerpo político del país vieron el 11-S no como un momento para buscar la unidad nacional, sino como una oportunidad que debían aprovechar para obtener ventaja política.

Y este cinismo ante el horror nos dice que, incluso cuando Estados Unidos se encontraba de verdad sometido a un ataque externo, los mayores peligros que afrontábamos ya eran internos.

 El Partido Republicano no era todavía autoritario de lleno, pero estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para obtener lo que quería, y desdeñaba la legitimidad de su oposición. Es decir, estábamos ya bien adentrados en la senda hacia la intentona golpista del 6 de enero, y hacia un Partido Republicano que ha respaldado de hecho esa intentona y es muy probable que vuelva a hacerlo.

 Ahora es de dominio público que la respuesta inmediata de algunos miembros del Gobierno de Bush al 11-S fue utilizarlo como excusa para un proyecto que no guardaba relación: la invasión de Irak. “Barredlo todo, lo que tenga relación y lo que no”, dijo Donald Rumsfeld, el secretario de Defensa, a sus ayudantes mientras el Pentágono todavía estaba ardiendo.

Y algunos medios de comunicación acabaron reconociendo el haber ayudado a los que defendían la guerra a aprovechar la atrocidad. The New York Times, en concreto, publicó un mea culpa extenso y sincero.

Pero la explotación del 11-S por gente que quería una guerra más amplia —y la venta de esa guerra con pretextos falsos, lo cual debería haberse considerado un abuso imperdonable de la confianza de los ciudadanos— ha desaparecido del relato oficial. Y apenas se oye nada acerca de la forma paralela en que se aprovechó el terrorismo para lograr objetivos políticos internos.

 la cúpula republicana respondió a un atentado terrorista intentando que se aprobaran… rebajas fiscales para ricos y grandes empresas. De hecho, el presidente del Comité de Medios y Arbitrios de la Cámara de Representantes propuso rebajar el impuesto sobre plusvalías cuando todavía no habían transcurrido ni siquiera 48 horas desde el colapso de las torres gemelas.

Más tarde, Tom DeLay, jefe de disciplina de los republicanos en la Cámara de Representantes, declararía que “nada es más importante en tiempos de guerra que bajar impuestos”. Y en mayo de 2003, los republicanos aprovecharon el espejismo de victoria en Irak aprobando fuertes recortes en los tipos fiscales aplicados a los incrementos de patrimonio y a los dividendos.

No olvidemos tampoco cómo se manejó la ocupación de Irak. La construcción de un país es un proyecto inmensamente difícil, que debería haber atraído a la gente más brillante y preparada que Estados Unidos pudiera ofrecer. Sin embargo, el Gobierno de Bush trató la ocupación como una oportunidad para el clientelismo, una forma de recompensar a los partidarios políticos; a algunos aspirantes les preguntaron su opinión sobre la sentencia de la causa Roe v. Wade [que despenalizó el aborto] y a otros, qué habían votado en 2000.

En resumen, cuando los terroristas perpetraron los atentados, el Partido Republicano ya no era un partido político normal, de los que se consideran un mero custodio temporal de los intereses nacionales más amplios. Ya estaba dispuesto a hacer cosas que con anterioridad habrían parecido inconcebibles.

 En 2003 declaré que el Partido Republicano estaba dominado por “un movimiento cuyos líderes no aceptan la legitimidad de nuestro sistema político actual”. Pero muchos no quisieron oírlo. A quienes intentamos señalar los abusos en tiempo real nos tildaron de “estridentes” y “alarmistas”. Sin embargo, los alarmistas hemos tenido razón en todo momento. (...)

Pero no es una casualidad que los republicanos de hoy hayan abandonado la tolerancia y el respeto por la democracia. Hace ya mucho que nos dirigíamos adonde estamos ahora, con la democracia pendiendo de un hilo.

Estados Unidos fue cruelmente atacado hace 20 años. Pero incluso entonces, la llamada más importante provenía del interior. La amenaza real contra todo lo que esta nación representa no procede de terroristas suicidas extranjeros sino de nuestra propia derecha política."                  (Paul Krugman es premio Nobel de Economía, El País, 11/09/21)

23.9.21

Exactamente hace 20 años, después del 11 de septiembre – y del inicio de la Guerra Global contra el Terrorismo- los talibanes llevarán a cabo una ceremonia en Kabul para celebrar su victoria sobre la idiota “Guerra para Siempre” de Estados Unidos... Cuatro exponentes de la integración de Eurasia – China, Rusia, Irán y Pakistán – así como Turquía y Qatar, estarán representados oficialmente en el acto de regreso Oficial del Emirato Islámico de Afganistán

 "Es difícil no sentir escalofríos por los impresionantes terremotos geopolíticos de los últimos días.

Exactamente hace 20 años, después del 11 de septiembre – y del inicio de la Guerra Global contra el Terrorismo- los talibanes llevarán a cabo una ceremonia en Kabul para celebrar su victoria sobre la idiota “Guerra para Siempre” de Estados Unidos.

Cuatro exponentes de la integración de Eurasia – China, Rusia, Irán y Pakistán – así como Turquía y Qatar, estarán representados oficialmente en el acto de regreso Oficial del Emirato Islámico de Afganistán. Como van las cosas, esto se puede calificar como «nada menos que intergaláctico».  (...)

Entre otras pepitas de oro, Dale Scott y Aarón Good recordaron que el ex ministro de Relaciones Exteriores de Pakistán, Niaz Naik, declaró a los medios pakistaníes: “los estadounidenses tenían todo listo para atacar Afganistán mucho antes del 11 de septiembre. Entonces, les preguntamos, ¿cuándo atacarán Afganistán? … Respondieron: antes que caiga la nieve en Kabul. Eso significa octubre, más o menos «.

Muchos de nosotros (los corresponsales) entendimos que después del 11 de septiembre, todo el conflicto se trataba que Estados Unidos quería imponer su poder en Asia Central. Peter Dale Scott explicaba hace una semana: “las dos invasiones estadounidenses (Afganistán en 2001 e Irak en 2003) se efectuaron desde el principio con dudosos pretextos. Estos pretextos han sido desacreditados con el paso de los años. Detrás de ambas guerras estaba la necesidad de Estados Unidos de controlar los combustibles fósiles que son el fundamento del petrodólar estadounidense». (...)

La máquina de propaganda del 11 de septiembre está a punto de alcanzar su punto más álgido este fin de semana. Ahora, está utilizando el regreso al poder con descalificaciones de todo tipo: no respetaran los derechos humanos, sin terroristas talibanes; son razonamientos perfectos para esconder la vergonzosa humillación del Imperio del Caos.

Aunque los medios oficiales publicitan los argumentos del Estado Profundo, su machacona narrativa tiene más agujeros que el lado oscuro de la luna. El mito del siglo americano ha sido desacreditado por los porfiados hechos. Lo que es evidente es su permanente retroceso: en estos días la debacle imperial ha permitido el regreso del Emirato Islámico en Afganistán… a la exacta posición que tenía hace 20 años.

Ahora sabemos que los talibanes no tuvieron nada que ver con el 11 de septiembre. Y que Osama bin Laden, oculto en una cueva afgana, pudo no haber sido el inspirador del 11 de septiembre. Ahora, también, sabemos que el asesinato de Massoud fue el preludio del 11 de septiembre, ¿su objetivo? : facilitar la invasión de Afganistán, una ocupación planificada varios años antes por el estado profundo norteamericano. (...)"                  (Pepe Escobar, Observatorio de la crisis, 10/09/21)

22.9.21

Las guerras eternas que comenzaron tras el 11 septiembre de 2021... la guerra contra el terror se ha extendido a 20 países, y más de 85 reseñan la existencia de algún tipo de cédula terrorista, que han sido base para operaciones antiterroristas o para ataques con drones. Los conflictos han tenido un coste en vidas de aproximadamente 929.000 personas, 37 millones de personas han sido desplazadas de sus hogares como consecuencia de estas guerras y se calcula que el coste supera los ocho billones

 "(...) La guerra contra el terror

“Si podemos estar seguros de algo es que las represalias masivas de los Estados Unidos no podrán fin al terrorismo, sino que aumentarán la espiral de violencia”, escribió pocos días después del atentado el profesor asociado al Transnational Institute Walden Bello. Acompañadas de las cifras de las sucesivas guerras, esas palabras de Bello, son un resumen de la espiral en la que entraron los Gobiernos de Estados Unidos a raíz del mayor ataque sufrido en su territorio en toda la historia.

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 abrieron una nueva fase en la historia del militarismo. Estados Unidos desarrolló bajo la fórmula inicial de “justicia infinita”, y posteriormente “libertad duradera”, dos guerras consecutivas en Afganistán (2001-2021) e Iraq (2003-2011) de cuyos presupuestos se han cumplido únicamente el hecho de que es duradera y ha sido calificada como infinita. 

Pero esas fórmulas han sido sustituidas por la mucho más ajustada “Guerra contra el terror” (war on terror) bajo la que se ha desplegado toda una visión del mundo y se ha producido una revisión a la baja de las convenciones sobre la guerra —la paz y la violencia— establecidas tras la II Guerra Mundial. Esa guerra contra el terror ha tenido como escenario a más de la mitad de los países del mundo.

 La lectura que se ha hecho con posterioridad a los acontecimientos explica que la doctrina aplicada por el Gobierno estadounidense —presidido por George W. Bush pero dirigido por dos halcones republicanos, el vicepresidente Richard Cheney y el secretario de Defensa Donald Rumsfeld— había sido expuesta antes de los atentados de Manhattan y Washington, pero el 11S fue la oportunidad para su desarrollo completo. 

Varias declaraciones sirven para enunciar ese giro: “La mejor defensa, y en algunos casos la única, es un buen ataque” (Donald Rumsfeld) o “la doctrina de la contención no se mantiene a flote” (George W. Bush). El resultado fue una ofensiva permanente con trazas de “guerra infinita” que no ha hecho del mundo un lugar más seguro. La respuesta al 11S, según Baher Azmy, director legal del Centro de Derechos Constitucionales “No [fue] solo una serie de políticas fortuitas o respuestas incidentales, sino una construcción ideológica profunda que afectó toda nuestra cultura política y legal”, recogía recientemente The Washington Post.

 La cifra de civiles muertos oscila entre 364.000 y 387.000. Un informe de la organización Airwars publicado con motivo del aniversario del 11S calcula que exclusivamente los más de 91.000 ataques aéreos de Estados Unidos desde 2001 —sobre Afganistán, Iraq, Libia, Pakistán, Somalia, Siria y Yemen— han tenido un coste de vidas civiles que oscila entre 22.000 y 48.000 personas.

 En el nivel presupuestario, ambos conflictos se han situado como los más caros para los contribuyentes estadounidenses de todos cuantos ha librado el país. “El presupuesto del Pentágono es más alto que durante el clímax de la Guerra de Vietnam o la Guerra Fría, y sigue creciendo; representa más de la mitad del presupuesto federal disponible en un año típico”, reseñan Lindsay Koshgarian, Ashik Siddique y Lorah Steichen, autoras del informe Estado de inseguridad: el costo de la militarización desde el 11 de septiembre, publicado este mes.

El informe explicita uno de los aspectos diferenciales de esta guerra contra el terror: el hecho de que gran parte de ese presupuesto se ha dirigido directamente a las empresas privadas de seguridad, los llamados “contratistas”, que ofrecen servicios al Departamento de Defensa que van desde el suministro de cemento hasta mercenarios. (...)

Alejandro Pozo, investigador sobre paz, conflictos armados, desarme y acción humanitaria del Centre Delàs, considera que uno de los frutos de esa guerra contra el terror es una especie de carta blanca para quitar estatus político al oponente. Esa nueva disposición supone que “con los grupos armados se negocia, a los grupos terroristas se les elimina”, aunque se trate, explica este experto en conflictos internacionales, de los mismos actores que combaten por un objetivo político determinado. “Esa etiqueta permite criminalizar a la base de apoyo —incluso aunque no sea tal— y el marco de la guerra contra el terror te da unas facilidades tremendas para eso. Nadie se va a quejar. Todo el mundo lo hace y todo el mundo tiene sus propios terrorismos”, concluye Pozo.

La guerra contra el terror, desarrollan los autores del informe Construyendo la paz en una guerra permanente, de 2015, aportó otro cambio: “Los conflictos armados de larga data entre Estados y actores no estatales se han reconvertido en “guerras contra el terror” internas, socavando los principios del derecho internacional que rigen el uso legítimo de la violencia. Mientras tanto, el antiterrorismo ha sido utilizado por gobiernos represivos para sistematizar la violencia estatal y como pretexto para reprimir a la oposición política”.

La tortura tras el 11S

Entre los personajes poco memorables de la Doctrina Bush que refleja la película Vice, importante para conocer el papel de la Casa Blanca en ese cambio de milenio, destaca el abogado John Yoo. Junto con otro abogado, Jay Bybee, y representando al Departamento de Justicia, Yoo fue encargado de redactar una serie de Memorandos sobre tortura que fueron firmados en agosto de 2002 y que estuvieron vigentes hasta 2009, cuando Barack Obama los derogó para volver a la situación anterior.

Esos manuales cobraron relevancia pública con la divulgación en abril de 2004 por parte del medio The New Yorker y del programa de televisión 60 minutos de la cadena CBS, de varias fotografías de personas torturadas en la prisión de Abu Ghraib, en Iraq . Entre las más divulgadas, la de un hombre encapuchado, sobre una caja, con una serie de cables que, según le dijeron responsables de su interrogatorio, en su mayor parte al servicio de contratistas —privados—, estaban conectados a una máquina que le daría descargas en el caso de que flaquease. Otras fotografías abundan más en detalles del componente de abuso sexual de algunos de estos sistemas de tortura. 

La tarea de Yoo y Bybee fue dotar a las agencias estadounidenses, principalmente la CIA, del amparo legal para el uso de estas técnicas de interrogatorio: el afán fue que se dejara de emplear la palabra “tortura” —que desde el punto de vista del derecho internacional es ilegal tanto en periodo de guerra como en el de paz— y se pasasen a usar eufemismos como los de “interrogatorios coercitivos” para las torturas que se llevaron a cabo en Abu Grahib y en la base militar estadounidense de Guantánamo (Cuba).

Los debates en torno a si es admisible la tortura para evitar un mal mayor —debates que, por ejemplo, quisieron abrir torturadores confesos como el ultraderechista francés Jean Marie LePen, en el contexto de la guerra de Argelia— trascendieron desde los círculos conservadores a la opinión pública liberal que, en el periodo de trauma generado por los ataques del 11 de septiembre, aceptaron entrar en ese barro. En palabras de Donatella di Cesare, la novedad tras el 11S es “que la condena de la tortura ha dejado de parecer obvia”, acelerando la “ruina moral” de los Estados Unidos, con consecuencias en el interior de este territorio.  (...)

Dos décadas después del atentado de las torres gemelas, el mundo ha contemplado el ascenso del supremacismo blanco, con sus propios hitos en forma de ataques como la masacre de la sinagoga de Pittsburgh o, en Europa, hace diez años el atentado de Anders Breivik en Utoya (Noruega). La percepción hoy de los ataques de 2001 sigue derivando a temas sin resolver en el presente, lo que genera la sensación de que el 11S sigue siendo el factor clave de la geopolítica internacional o, al menos, que las lógicas generadas en torno a ese hecho aun no forman parte del pasado, sino que amenazan nuestro presente."              (Pablo Elorsuy, El Salto, 11/09/21)

16.9.21

Se cumplen veinte años de ese once de septiembre... la guerra contra el terror, empezó ese 11 de septiembre. Veinte años después, con el fin de la ocupación de Afganistán, esa guerra ha terminado en derrota... El 11-S podía horrorizar a un país y causar un impacto traumático en los que lo sufrieron, pero no tenía por qué definir una era... Estados Unidos permitió, y lo hizo de forma consciente y voluntaria, que las acciones de un puñado de chalados suicidas decidieran en qué mundo íbamos a vivir a partir de entonces... Trump y la oleada de populismo demagogo, xenófobo y racista en occidente, son hijos del 11-S y de quienes lo utilizaron para gobernar... pudo haber sido diferente, la “era del 11-S” no era inevitable... se pudo haber llevado a los terroristas a la justicia. Ni eje del mal, ni choque de civilizaciones, ni cruzadas, ni la batalla moral de nuestro tiempo, ni nada por el estilo. Simplemente buscar, capturar, y ejecutar sumarísimamente a los culpables. Entrar en Afganistán, detener a los malos, irse, con objetivos limitados y tonterías las justas

"Mañana se cumplen veinte años de ese once de septiembre. No creo que nadie que estuviera vivo entonces haya olvidado dónde estaba cuando se enteró. Fueron días de estar sentados atónitos ante el televisor, esperando noticias. De horror ante lo sucedido y temor ante lo que podría suceder.

El aniversario del 11-S este año es más importante, más allá de los números redondos. La caída de Kabul el mes pasado ha hecho que los eventos de ese día, y lo que vino después, tengan al fin un arco narrativo, un principio y un fin. La era del terrorismo, la guerra contra el terror, empezó ese 11 de septiembre. Veinte años después, con el fin de la ocupación de Afganistán, esa guerra ha terminado en derrota.(...)

El ataque

El ataque contra el Pentágono y las torres gemelas fue inaudito, casi impensable, irreal. Nunca nadie se había atrevido a hacer algo así*; nunca esperábamos que pudiera suceder. Fue, además, una catástrofe televisada, irreal; un atentado en el centro de las dos ciudades con más cámaras y reporteros del mundo. Un horror compartido.

El hecho de que fuera un suceso extraordinario, sin embargo, no implicaba necesariamente que tuviera que marcar un antes y un después. El 11-S podía horrorizar a un país y causar un impacto traumático en los que lo sufrieron, pero no tenía por qué definir una era. Lo que vimos, sin embargo, es que Estados Unidos permitió, y lo hizo de forma consciente y voluntaria, que las acciones de un puñado de chalados suicidas decidieran en qué mundo íbamos a vivir a partir de entonces.

Imaginad un mundo alternativo en el que un condado de Florida no diseña una papeleta electoral que hace que miles de viejecitos voten accidentalmente a Pat Buchanan, y Al Gore es elegido presidente. (...)

El 11-S fue un horror, pero no representaba una amenaza existencial, ni para Estados Unidos ni para occidente.

La respuesta


Al Gore (o diantre, George W. Bush. Nadie le obligó a responder como lo hizo) tras los atentados, podría haber hablado sobre que era necesario llevar a los terroristas a la justicia. Ni eje del mal, ni choque de civilizaciones, ni cruzadas, ni la batalla moral de nuestro tiempo, ni nada por el estilo. Simplemente buscar, capturar, y ejecutar sumarísimamente a los culpables. Entrar en Afganistán, detener a los malos, irse, con objetivos limitados y tonterías las justas. Si se escapan, seguir buscando. Asumir que el terrorismo es horrible pero que es la estrategia de los débiles para provocar una reacción desmesurada de los fuertes.

Y no caer en la trampa.

Un mundo en que esto hubiera sucedido es un mundo donde no hay invasión de Irak, ni guerra civil en Siria o en Libia. No tenemos media docena de guerras de baja intensidad por medio mundo, con comandos occidentales pegando tiros. Pero no es sólo eso; es un mundo donde la política de Estados Unidos no se define entre un conflicto entre “patriotas” y gente que es “débil contra el terrorismo”. Es un mundo donde el partido republicano pasa de tener un candidato que habla castellano (mal) durante la campaña y defiende regularizar inmigrantes a ser un partido que define absolutamente todo en base a criterios de seguridad nacional. Es un mundo donde el enorme, gigantesco aparato policial-militar nacido del 11-S no alcanza las proporciones elefantinas actuales, y donde la política exterior del país no se convierte en una guerra eterna dirigida por megalómanos incompetentes.

La “era del 11-S” no era inevitable. Bush, Cheney, Rumsfeld, Wolfowitz y el resto de tarados al mando decidieron que el 11-S marcaría una época, y lo hicieron ante otras alternativas posibles, realistas, y sensatas. Ese otoño, los líderes del país podrían haber tomado cualquier curso de acción que hubieran querido sin coste político alguno y el mundo les hubiera seguido sin rechistar. Escogieron la invasión y ocupación de Afganistán e Irak, los secuestros, las torturas, la Patriot Act y demás, usando el 11-S como excusa para impulsar su agenda.

Y todas estas decisiones, o casi todas, fueron completamente erróneas.

La locura

Dejando de lado la atroz incompetencia de la administración Bush y sus sucesores, la parte más grave y triste de esta época fue cómo permitimos que el 11-S tuviera consecuencias políticas, que definiera el tablero de juego. Recordad las freedom fries, las acusaciones de traición, la exigencia inamovible de respetar las fuerzas armadas y nuestros héroes; el patriotismo atonal, enajenado de la invasión de Irak.

Trump y la oleada de populismo demagogo, xenófobo y racista en occidente, son hijos del 11-S y de quienes lo utilizaron para gobernar. Hay un hilo directo entre la política del miedo de la era Bush, de “proteger nuestras fronteras” y de complots terroristas y la paranoia contra inmigrantes, woke y otros enemigos de occidente del trumpismo. Las amenazas son distintas, las apelaciones al miedo no han variado. La guerra para llevar la libertad y democracia al mundo árabe terminó con un tipo disfrazado de shaman asaltando el Capitolio en una insurrección de pandereta.

La tragedia del 11-S fue que los terroristas no sólo consiguieron sus objetivos, sino que quienes llevamos a la práctica su agenda fuimos nosotros mismos. Estados Unidos abrazó sus miedos, y estos le derrotaron.

Epílogo

El epílogo de esta guerra, y de esta historia, está aún por escribir. Joe Biden parece ser consciente que es necesario que Estados Unidos escape de la sombra de las torres gemelas. La imagen de decadencia del país, dentro y fuera de sus fronteras, es el resultado de años de errores y despilfarro, de rencor y miedo, fruto de ese día.

Los atentados hace 20 años no crearon las divisiones en este país, ciertamente. La política del miedo, del temor, de la desconfianza, de pánico y sombras de la era del 11-S no va a desaparecer tras haber dejado atrás a Irak, Afganistán, y el resto de las guerras. Y más cuando los comentaristas en Washington siguen obcecados en eternizarlas.

Sin embargo, soy relativamente optimista. La era del 11-S tiene bastante de generacional; sus responsables ansiaban una new American Century, seguir con la hegemonía global del país. Los que han crecido a la sombra del 11-S son los hijos del cinismo de los años noventa y las calamidades recurrentes de Irak, la gran depresión y la pandemia. Los nuevos líderes de Estados Unidos no han vivido en tiempos de gloria, sino de dudas y fracasos; de consecuencias de las decisiones de sus padres.

El país necesita nuevas prioridades. Quizás sea capaz de definirlas.(...)"        (Roger Senserrich, Four freedom, 10/09/21)

14.9.21

El ánimo colectivo en Estados Unidos cambió del estupor y el horror a la rabia y el ansia de venganza... Cualquier extranjero que no agitara las barras y las estrellas se había convertido en un potencial enemigo y convenía someterle a aislamiento... El furor de los “buenos americanos” obtuvo eco en la prensa, incluyendo la más solvente, dentro de Estados Unidos y fuera... En el momento, sin embargo, los lectores pedían mentiras euforizantes o reconfortantes. Y ningún medio quería ser acusado de falta de patriotismo... hoy, Al Qaeda es más fuerte que nunca

 "Descarguemos de entrada la obviedad: el terror engendra terror. De aquello no podía salir nada bueno. Pero en ese momento apenas había tiempo para pensar. Era el momento del vértigo. (...)

Estarán tal vez hartos de recordar el 11 de septiembre de 2001. Les acompaño en el sentimiento. A mí también me fatiga. Sin embargo, ese día aún no ha terminado del todo y, por tanto, insistir en la jornada oscura tiene una cierta utilidad.

 En retrospectiva, ciertos detalles cobran sentido. Este antiguo corresponsal había asistido, dos días antes, a un desfile de modas en Nueva York. El diseñador mallorquín Miguel Adrover presentó una colección inspirada en gran medida en la vestimenta tradicional musulmana y obtuvo grandes aplausos. (...)

El 12 de septiembre, él y su ropa moruna eran exorcizados. Unos meses después, la empresa de Adrover estaba en quiebra y el diseñador, con un carro y un caballo, se ganaba el jornal paseando a turistas por Egipto. Su vida cambió, como tantas otras.Ni él ni nadie sabía aún lo que estaba por venir aquella mañana soleada de septiembre.  (...)

Tras el impacto de un tercer avión en el Pentágono, el Ejército se desplegó en torno a la Casa Blanca y el Capitolio. Se alzaron barreras con sacos terreros. Unos cuantos vehículos blindados intentaban apostarse en los accesos al corazón político de Estados Unidos, pero no había forma de moverse entre los miles de automóviles que bloqueaban las calles. La gente intentaba huir sin saber a dónde. Circulaban rumores apocalípticos acerca de decenas de otros aviones a punto de estrellarse y de la inminente destrucción de Washington.  (...)

Horas más tarde, el ánimo colectivo en Estados Unidos empezaba a mutar del estupor y el horror a la rabia y el ansia de venganza. Las televisiones emitían el desplome de los rascacielos e intercalaban imágenes de palestinos y ciudadanos de países árabes que celebraban los atentados. Era cuestión de señalar ya al enemigo, los musulmanes en general, encabezados por Osama bin Laden, fundador de Al Qaeda y supuestamente oculto en Afganistán.

Si uno lograba distanciarse un poco, podía comprender. La orgullosa superpotencia sufría una humillación inesperada y quienes habían sufrido la bota del imperio creían disfrutar de una revancha. (...)

Al día siguiente, o al otro, la casa del antiguo corresponsal (Military Road, Rock Creek Park, un suburbio de clase media) era la única de la calle que no exhibía la bandera estadounidense y, por tanto, quedaba excluida del fervor patriótico con que los vecinos se abrazaban unos a otros. Cuando llegó Halloween, fue la única casa de la calle que los niños evitaron en su periplo de trick or treat (truco o trato). Cualquier extranjero que no agitara las barras y las estrellas se había convertido en un potencial enemigo y convenía someterle a aislamiento.  

Ahora nos parece que la Administración de Donald Trump es lo más estrambótico que ha pasado por la Casa Blanca. Pero no es así. George W. Bush, el presidente que fue presidente gracias a unos jueces supremos nombrados por su padre (George H. Bush) y a unos votos dudosos que su hermano (Jeb Bush, gobernador de Florida) dio por buenos, se había rodeado de tipos siniestros. 

El vicepresidente Dick Cheney, el secretario de Defensa Donald Rumsfeld y el subsecretario Paul Wolfowitz alentaron a conciencia el rencor que ardía en el corazón del americano medio e inventaron una Guerra contra el Terror que, además de causar centenares de miles de muertes, emponzoñó la democracia estadounidense. 

Guantánamo, las detenciones arbitrarias en terceros países, el uso sistemático de la tortura, el fomento del racismo, la islamofobia, la mentira, la estupidez, el delirio patriótico, compusieron la herencia que dejó George W. Bush. Trump se limitó a hacer un uso intensivo de ese legado.

Resulta curiosa la figura de la víctima por delegación. Meses después de los atentados, el antiguo corresponsal almorzó con Lou Reed y surgió la cuestión de las consecuencias del 11 de septiembre. (...)

Reed, (...) dijo sentirse sorprendido por el hecho de que Nueva York, la ciudad que más había sufrido, con las ruinas del World Trade Center aún humeando y con miles de pedacitos de cadáver pendientes de identificación, estuviera ya recuperándose del trauma emocional, y en cambio en el interior del país, donde no había ocurrido nada, no dejaran de crecer el resentimiento y la convicción de que la condición de víctima da derecho a cometer cualquier barbaridad.

 Eso lo hemos visto también en otros lugares. Si la víctima real se resiste a odiar tanto como debiera, las víctimas imaginarias la consideran traidora. (...)

El furor de los “buenos americanos” obtuvo eco en la prensa, incluyendo la más solvente, dentro de Estados Unidos y fuera. Años después, The New York Times tuvo que pedir perdón a sus lectores por las mentiras que había publicado (firmadas por Judith Miller y por otros) para allanar el camino hacia la guerra y la venganza. Las armas de destrucción masiva, la participación de Sadam Husein en los atentados, ese tipo de cosas. 

En el momento, sin embargo, los lectores pedían mentiras euforizantes o reconfortantes. Y ningún medio quería ser acusado de falta de patriotismo. Estados Unidos iba a acabar con el terrorismo islámico y a establecer democracias sólidas en Afganistán e Irak. No había discusión posible.

Veinte años después, el cadáver de Osama bin Laden yace en el fondo del mar. Los talibanes derrotados en 2001 han recuperado el poder en Afganistán y han asistido a la huida vergonzante de Estados Unidos y sus aliados; tanta guerra, tantos muertos y tanto dinero malgastado, para volver al punto de partida. De las ruinas del Irak invadido y ocupado surgió un nuevo fanatismo, el Estado Islámico o ISIS, robustecido en la guerra de Siria. Al Qaeda es más fuerte que nunca. 

El terror islamista se extiende por África. Madrid, Londres, París y otras ciudades han padecido ataques brutales. Y cualquier día un nuevo atentado atroz herirá otra vez el alma occidental.

El 11 de septiembre de 2001 sigue siendo, hasta cierto punto, hoy mismo."                  (Enric González, El País, 12/09/21)

13.9.21

Como en un paisaje de ruinas, las derrotas se amontonan este 11-S de 2021. La militar, del ejército más poderoso del mundo en manos de unas guerrillas de desarrapados. La política, de una estrategia de intervencionismo liberal y de exportación de la democracia por las armas. La moral, tanto por los valores democráticos derrotados en Afganistán como por la confianza y la credibilidad perdidas... Ben Laden ha conseguido los dos objetivos que se proponía: demostrar la vulnerabilidad de Estados Unidos y obligar a sus ejércitos a abandonar Oriente Próximo

 "(...) Jamás en la historia se había producido un ataque de tales dimensiones contra los corazones financiero y político de la primera superpotencia, un país excepcional, resguardado por dos océanos, que no ha conocido invasiones exteriores.

Ni siquiera el ataque aéreo japonés sobre Pearl Harbour, en 1941 y en mitad del Pacífico, había producido tantas víctimas y diseminado tanto dolor y tanta sensación de vulnerabilidad entre los estadounidenses. Tampoco jamás en la historia las imágenes de la destrucción se habían difundido y retransmitido incluso en directo por las televisiones de todo el mundo convirtiéndose inmediatamente en el símbolo de la fragilidad del poder estadounidense.

El idilio y el ensueño de la pos Guerra Fría habían terminado. Se resquebrajó de pronto la majestuosa soledad de la superpotencia única. Fue un cambio de época. (...)

No era momento para contemplaciones ni diálogos multiculturales ante aquella amenaza siniestra e inasible, que obligaba a cambiar de mentalidad y de costumbres. La demanda de seguridad aplastaba cualquier otra consideración, incluidos los derechos humanos, las libertades individuales e incluso la democracia. Estados Unidos estaba en guerra y se declaró en guerra. Fue un momento de perturbadora unanimidad alrededor del comandante en jefe, el presidente, en defensa de la patria atacada.

 En una mañana, el mundo había pasado de la época de las inminencias, propia de la idea de progreso, de las transiciones democráticas y de las grandes esperanzas en el futuro, a la época de la ansiedad, en la que imperan la incertidumbre y el miedo, encarnado por la amenaza de un ataque demoledor e inesperado. El presidente y sus más estrechos colaboradores quedaron traumatizados y convencidos de que iban a sucederse más ataques como los perpetrados por Al Qaeda contra las Torres Gemelas y el Pentágono, y como el que tenía como objetivo la Casa Blanca, hacia la cual se dirigía el avión estrellado en Pensilvania después de ser heroicamente controlado por los pasajeros.

 Nadie se llamaba a engaño sobre la respuesta fulminante que iba a producirse inmediatamente por parte del ejército más poderoso de la historia. Iba a empezar una guerra de dimensiones desconocidas...

 El mundo entero se sintió concernido cuando George W. Bush estableció con claridad que no iba a admitir actitudes neutrales ni medias tintas: “Perseguiremos a todas las naciones que proporcionen ayuda o refugio a los terroristas. Todas las naciones tienen ahora una decisión a tomar: o están con nosotros, o están con los terroristas” (...)

Era la declaración de la Guerra Global contra el Terror, justo clausurada ahora, dos décadas después, por otro presidente, Joe Biden, con su enfática declaración del fin de “la era de las grandes operaciones militares para rehacer otros países”.

La Casa Blanca se sintió liberada de las ataduras que habían limitado hasta entonces su poder de acción y procedió a utilizar su fuerza inmensa para cambiar el statu quo del mundo y modelarlo a su gusto, sin atender a la Constitución, al Estado de derecho, a las convenciones internacionales y mucho menos a Naciones Unidas. Primero echó a los talibanes del poder en Afganistán y a continuación invadió Irak y derrocó a Sadam Husein, con el propósito de establecer el ejemplo de la instauración de regímenes amigos, aparentemente democráticos, por la fuerza de las armas. (...)

La política exterior y la diplomacia quedaron militarizadas, sufrieron el derecho y las libertades públicas en su país y en el mundo, poco quedó del multilateralismo en las relaciones internacionales y se degradaron especialmente el sistema y las instituciones de Naciones Unidas. Se crearon limbos legales como Guantánamo o Abu Ghraib para secuestrar e interrogar a sospechosos. La tortura y los asesinatos selectivos fueron reconocidos y empleados por el Gobierno. Desapareció el habeas corpus para quienes fueron designados como “combatientes ilegales sin Estado”, fuera de la cobertura de las convenciones de guerra. (...)

La coincidencia del aniversario con el cambio de estrategia, en vez de conducir a una celebración feliz, arroja las preguntas más amargas e incómodas. ¿Han servido para algo los esfuerzos civiles y militares, los miles de millones derrochados y los centenares de miles de vidas perdidas y arruinadas? ¿Hay un vencedor en esta Guerra Global contra el Terror? Y si lo hay, ¿no son acaso los talibanes los ganadores?

No ofrece dudas la mejora de la seguridad interior, pero no puede decirse lo mismo de la difusión global del terrorismo en todos los continentes, el incremento de los atentados en los países aliados de Europa y la persistencia del yihadismo radical en todo el mundo musulmán como ideología religiosa difusa con potencial para pasar a la acción violenta. Nadie puede descartar que el propio emirato de Afganistán se convierta de nuevo en territorio de una subasta de radicalización entre las distintas corrientes de los talibanes, el Estado Islámico y Al Qaeda.

 Biden lo ha reconocido: “La amenaza terrorista se ha metastatizado en todo el mundo, más allá de Afganistán”, aunque la conclusión a la que ha llegado no puede ser más decepcionante para los aliados de la OTAN que fueron en auxilio de Estados Unidos en 2001 y ahora reciben el mensaje de que Washington solo se ocupará de su seguridad.

Como en un paisaje de ruinas, las derrotas se amontonan este 11-S de 2021. La militar, del ejército más poderoso del mundo en manos de unas guerrillas de desarrapados. La política, de una estrategia de intervencionismo liberal y de exportación de la democracia por las armas. La moral, tanto por los valores democráticos derrotados en Afganistán como por la confianza y la credibilidad perdidas: la victoria de Trump ya fue una advertencia que no desmintió la victoria de Biden, en la que no había garantía alguna de un regreso todavía más lamentable del trumpismo.

 La salida precipitada y unilateral de Kabul, sin atender a los intereses y a las obligaciones con unos aliados tan devotos como los europeos, ha corroborado la degradación del vínculo de 70 años. La derrota pertenece por entero a la OTAN.(...)

  Bin Laden ha conseguido, a los 10 años de su muerte, los dos objetivos que se proponía: demostrar la vulnerabilidad de Estados Unidos y obligar a sus ejércitos a abandonar Oriente Próximo. (...)

La mayor derrota para Estados Unidos no es ni siquiera la victoria territorial de los talibanes, sino la sufrida en el plano geopolítico, más visible bajo el foco de los 20 años transcurridos desde el 11-S. En vez de la democratización del gran Oriente Próximo entonces anunciada, estas dos décadas han dejado sin excepción un rosario de Estados fallidos y de dictaduras. Han facilitado la ampliación de la hegemonía iraní sobre Líbano, Siria e Irak.

 Y han regalado una victoria estratégica a Pakistán en su confrontación y rivalidad con India. Minimizar la pérdida de Afganistán por el limitado valor económico y político del país desvía la atención respecto a la ventaja estratégica obtenida por China y Rusia gracias al desgaste autoinfligido por la superpotencia única.

Washington contó hace 20 años con el apoyo de Moscú y Pekín en el Consejo de Seguridad en su respuesta a los atentados. Ambas potencias ya sacaron entonces rendimientos inmediatos de las resoluciones de Naciones Unidas y de la nueva atmósfera internacional antiterrorista en su política de represión de las minorías chechena, en el caso ruso, y uigur, en el chino. 

Como si hubieran seguido al pie de la letra una sentencia célebre de Bonaparte —“Nunca interrumpas a tu enemigo cuando está cometiendo un error”—, chinos y rusos han exhibido una gran paciencia estratégica en el aprovechamiento de las debilidades de su adversario, al que ahora declaran en abierto declive.

Si llevaran razón, esta sería la mayor y más amarga derrota para Estados Unidos en aquella guerra declarada hace 20 años."                    (Lluís Bassets, El País, 12/09/21)

16.9.11

"... la mayor consecuencia del 11-S en EE UU es que el país se distrajo"

"... la mayor consecuencia del 11-S en EE UU es que el país se distrajo. Se distrajo y perdió de vista dos aspectos fundamentales: en primer lugar, todos los demás hechos que estaban ocurriendo en el mundo; y en segundo, la erosión de su solidez financiera y competitividad comercial en el ámbito internacional.

Fijémonos en el primer punto. En el propio hemisferio de EE UU -una de las áreas más importantes para sus intereses- está apareciendo una nueva Latinoamérica, con pasos vacilantes pero visibles.   (...)

¿Y tiene EE UU una estrategia positiva y minuciosamente elaborada para Latinoamérica? Por supuesto que no. África se tambalea al borde del desastre ambiental y demográfico; pero Washington deja ese problema en manos del Banco Mundial.

Europa desaparece cada vez más de la escena. Rusia se funde en el olvido. La política sobre India y Pakistán es... difícil de describir. Las opiniones de EE UU sobre China oscilan entre el ciego entusiasmo y los llamamientos a acumular con urgencia navíos de la Armada estadounidense.

Y todos estos olvidos se deben a unas aventuras en Afganistán e Irak que ahora están llegando a su fin. Será difícil explicárselo a los estudiantes de historia de aquí a 50 años. (...)

Todavía más preocupante ha sido la distracción que ha impedido, durante 10 años, ocuparse de la "riqueza común", es decir, el "bien común" de EE UU y sus ciudadanos. La combinación llevada a cabo por la Administración de Bush -costosas guerras en el extranjero y recortes fiscales inexcusables que favorecían a los ricos- ha tenido unas consecuencias terribles para el déficit federal del país, su creciente dependencia del dinero extranjero y el futuro a largo plazo del dólar.

El tejido social está desgastándose, las capas marginadas aumentan -se observa de un año para otro en el comedor social en el que trabajo como voluntario- y la enseñanza pública está desmoronándose. La falta de inversiones en nuestros ferrocarriles, carreteras y redes eléctricas se nota a diario.

Y, por si hicieran falta más malas noticias, aparece un Tea Party con unas políticas que, de llevarse a cabo, empeorarían aún más la distracción.

Puede que este sea, por tanto, el auténtico legado que nos vaya a dejar el 11-S, mucho después de que las tropas estadounidenses se hayan retirado de las montañas de Hindu Kush.

Porque esta fue la década en la que EE UU se distrajo y dejó de prestar atención tanto a su situación interna como a su necesidad de tener una visión más amplia de los cambios en el mundo."                              (PAUL KENNEDY: ¿Debilitó o fortaleció a EE UU el 11-S?. El País,El País, ed. Galicia, 08/09/2011, p. 29)   
   

15.9.11

"Irónicamente, las guerras han debilitado la seguridad de Estados Unidos (y del mundo), una vez más en formas que Bin Laden no hubiera podido imaginar"

"El aumento en los gastos de defensa, junto con los recortes tributarios de Bush, conforman la razón clave por la que Estados Unidos pasó de un superávit fiscal del 2% del PIB cuando Bush fue elegido a su lamentable déficit y situación de deuda de hoy en día.

El gasto público directo en dichas guerras, hasta el momento, asciende a aproximadamente dos billones de dólares, lo que significa 17.000 por cada hogar estadounidense, y aún hay facturas pendientes que aumentarán dicha cifra en más del 50%.
 
Es más, como Bilmes y yo mismo argumentamos en nuestro libro The Three Trillion Dollar War (la guerra de los tres billones de dólares), las guerras han contribuido a la debilidad macroeconómica de Estados Unidos, lo que ha exacerbado su déficit y deuda.

Entonces, como ahora, la agitación en Oriente Próximo condujo a precios del petróleo más elevados, lo que obligó a los estadounidenses a gastar en importaciones de petróleo un dinero que de otra manera podría haberse gastado en la compra de bienes producidos en Estados Unidos.

Pero en aquel entonces la Reserva Federal escondió estas debilidades creando una burbuja inmobiliaria que condujo a un boom de consumo. Se necesitarán años para superar el excesivo endeudamiento y la crisis inmobiliaria resultantes.

Irónicamente, las guerras han debilitado la seguridad de Estados Unidos (y del mundo), una vez más en formas que Bin Laden no hubiera podido imaginar. Una guerra impopular hubiera dificultado el reclutamiento militar, pero como Bush trató de engañar a Estados Unidos sobre los costos de la guerra, financió insuficientemente a las tropas, incluso negándose a hacer gastos básicos; por ejemplo, fondos para vehículos blindados y resistentes a las minas que son necesarios para proteger vidas estadounidenses o fondos para la adecuada asistencia médica de los veteranos que regresan.

Un tribunal de Estados Unidos dictaminó recientemente que los derechos de los veteranos habían sido violados. (¡Sorprendentemente, el Gobierno de Obama afirma que se debe restringir el derecho de los veteranos a apelar ante los tribunales!).  (...)

Pero la verdadera fuerza de Estados Unidos, en vez de encontrarse en su poder militar y económico, se encuentra en su poder blando, en su autoridad moral. Y dicho poder también se debilitó, ya que Estados Unidos violó derechos humanos básicos como el hábeas corpus y el derecho a no ser torturado, lo que puso en duda su compromiso histórico con el respeto al derecho internacional.

En Afganistán e Irak, Estados Unidos y sus aliados sabían que para alcanzar la victoria a largo plazo se necesita ganar corazones y opiniones. Pero los errores cometidos en los primeros años de dichas guerras complicaron la ya difícil batalla."                       (JOSEPH E. STIGLITZ: El precio del 11 de septiembre. El País, Negocios, 11/09/2011, p. 14) 

"El coste económico total que han tenido hasta ahora las guerras en Afganistán, Irak, Pakistán y otros escenarios de actuación antiterrorista asciende a una cantidad entre 3,2 billones y 4 billones de dólares"

"Fin de la hipótesis. Se produjeron los atentados; Estados Unidos tenía que responder. Un Gobierno que, hasta entonces, había buscado algo que diera sentido a su mandato lo encontró con creces.

Diez años después podemos decir que la amenaza de Al Qaeda ha disminuido enormemente; no ha desaparecido, porque eso nunca ocurre con el terrorismo, pero sí disminuido. Y esa es una victoria; pero a qué precio.

Estados Unidos libró dos guerras, una por necesidad, en Afganistán, y otra por elección, en Irak. La de Afganistán podría haber acabado antes, con menos costes y mejores resultados, si el Gobierno de Bush no se hubiera lanzado a invadir Irak. Estados Unidos ha dañado su propia reputación y ha debilitado su poder blando (la capacidad de atracción) con horrores como los de Abu Ghraib.

Mientras tanto, y en parte como consecuencia de lo sucedido durante esta década, Pakistán, un país nuclearizado, es un peligro mayor que hace 10 años. En el mundo musulmán en general, incluidas las comunidades musulmanas de Europa, existen tendencias contradictorias.(...)

Un gran proyecto de investigación llevado a cabo por la Universidad de Brown sobre los costes de la guerra establece que, durante estos 10 años, "han ido a la guerra más de 2,2 millones de estadounidenses y han regresado más de un millón de veteranos".

Calcula que el coste económico total que han tenido hasta ahora las guerras en Afganistán, Irak, Pakistán y otros escenarios de actuación antiterrorista asciende a una cantidad entre 3,2 billones y 4 billones de dólares. Según sus previsiones de actividad probable hasta 2020, esa suma podría ser de hasta 4,4 billones de dólares. Los expertos pueden no estar de acuerdo sobre las cifras, pero no hay duda de que son gigantescas. (...)

Pero eso no incluye, en absoluto, lo que los economistas llaman los costes alternativos o de oportunidad. No se trata solo de todo lo que Estados Unidos habría podido invertir en recursos humanos, puestos de trabajo cualificados, infraestructuras e innovación con 4 billones de dólares, o incluso con la mitad de esa cantidad, si se supone -con generosidad- que había 2 billones que eran realmente necesarios para dedicar medios militares, de seguridad y de inteligencia a reducir la amenaza terrorista contra Estados Unidos. (...)

Pero no puedo evitar preguntarme a qué puestos de trabajo van a volver estos valientes. ¿A qué hogares, qué vidas, qué escuelas para sus hijos? Los sondeos de opinión indican que eso es lo que se preguntan también muchos estadounidenses. Sus prioridades están otra vez dentro de sus fronteras."                            (TIMOTHY GARTON ASH: El 11-S parecerá un desvío en la historia. El País, ed. Galicia, 10/09/2011, p. 33)  

23.11.06

Mucho miedo...


Joanna Bourke, historiadora, "Hoy tenemos tanto miedo como en la Edad Media y más que en el s. XIX"

(...)

P. Usted diferencia entre miedo interno y externo.

R. Sí, el estado de miedo, en el que el miedo es algo externo a ti, identificable, y el de inquietud (anxiety), en el que ese miedo está dentro, no se concreta, fluye. Eso tiene un aspecto político, porque en el miedo externo puedes combatir la causa, o huir, pero en la inquietud no puedes identificar al enemigo. Ese miedo, entonces, es fácilmente manipulable con chivos expiatorios: los musulmanes, los inmigrantes. El chivo expiatorio permite convertir la inquietud en miedo externo.

P. Eso conecta con el 11-S.

R. Está claro cómo los Gobiernos, principalmente de EE UU y Gran Bretaña, han usado el miedo difuso generado por el 11-S para recortar las libertades civiles. Han podido hacer cosas que eran inconcebibles antes: leyes antiterroristas, medidas de urgencia, la propia guerra... o el revival de la tortura, una práctica abandonada formalmente desde el siglo XIX. El miedo es la emoción más fácil de estimular. Es un juego de niños hacerlo, al contrario que el amor. Incluso es más fácil hacer a la gente sentir miedo que odio.

P. ¿Estamos en una sociedad miedosa?

R. La gente tiene mucho miedo, vivimos en un mundo sobrecargado de peligros: la alimentación, el cáncer, el cambio climático... estamos sobreexpuestos a información que produce miedo. El 11-S sin duda ha provocado un aumento de la sensación de riesgo. De repente el peligro está en todas partes, es el vecino, el Gobierno... Esta sociedad es más miedosa tras el 11-S.

(...)

P. ¿cómo se articulan los miedos personales y los sociales?

R. Incluso los miedos más personales tienen una dimensión social, interactúan con la familia, el grupo. Siempre hay una dimensión social, se proyectan en la sociedad y eso permite gestionarlos y manipularlos.

El País, 22-11-06,pp.55. suscriptores