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27.1.21

La Francia de Macron... el deseo de menos Europa aumentó al 49%... Las medidas de protección más deseadas son: relocalización de empresas, controles fronterizos, reducción de la desigualdad y lucha contra los radicales islamistas... Existe una clara diferencia entre los hogares de ingresos altos y los de ingresos bajos (como en todas partes)... entre los que quieren ver más reformas y los que quieren hacer retroceder al Estado a su papel de protector

 "(...) La nación se embarcó con Emmanuel Macron en 2017 en una gran aventura para transformar el país. De hecho, la transformación ocurrió, pero no según lo planeado y no principalmente a través de la política, sino a través de la insurrección (chalecos amarillos) y un virus que obligó al país a cerrar. 

Una vez que la pandemia retroceda, ¿debería Macron volver a su papel de reformador? Una encuesta de Isop relevante para Les Echos arroja dudas sobre esto. Muestra que los franceses están de acuerdo con el mandato de Macron de transformar el país, pero ven poca evidencia de un cambio real desde que llegó al poder hace tres años. Un reformador fuerte y valiente es mucho menos apreciado hoy. 

En cambio, existe un mayor deseo de que las reformas sean justas y equilibradas, así como transparentes y bien comunicadas al público. La pandemia y los bloqueos cambiaron claramente las prioridades de los votantes.

 El eslogan de liberar y proteger de 2017 perdió su entusiasmo por la liberalización, mientras que el deseo de protección aumentó. Transformación y cambio siguen siendo términos con una connotación positiva para el 70% de los encuestados, pero el 68% también dice que las múltiples reformas de los primeros años de Macron tuvieron un impacto negativo en ellos, en particular entre las clases mayores y de bajos ingresos.

 Las medidas de protección más deseadas son: relocalización de empresas, controles fronterizos, reducción de la desigualdad y lucha contra los radicales islamistas. 

Francia, como país para la creación de empresas, ya no parece atractivo. Menos franceses están a favor de una Francia digitalizada, con un 34%, frente al 50% en 2017. Y el deseo de menos Europa aumentó al 49%, frente al 44% en 2017.

 Existe una clara diferencia entre los hogares de ingresos altos y los de ingresos bajos. Cuanto menores son los ingresos o el nivel de educación, más hostiles son hacia una reforma que no protege. Esta fractura en la sociedad significa que los dos campos empujan en direcciones opuestas: los que quieren ver más reformas y los que quieren hacer retroceder al Estado a su papel de protector. ¿Cómo proceder desde aquí? Todo depende de lo que pueda hacer Macron antes de 2022."                   (Wolfgang Münchau , Eurointelligence) 

 

   Para luchar contra las epidemias y como alternativa a la salida del euro de los países del Sur, o como salida de emergencia ante la (más probable) ruptura de la UE por parte de los países del Norte... hay que conseguir la soberanía financiera... implantando una moneda digital paralela de circulación interna, en paridad 1:1 con el euro (¿europeseta electrónica?), en España: 

La propuesta de Garzón, basada en el Trabajo Garantizado:

Cómo aplicar el Trabajo Garantizado en ayuntamientos y autonomías... financiándolo con créditos fiscales municipales

Para Ecuador:

Hacia una "moneda electrónica paralela" para afrontar la crisis... en Ecuador (o en España) ¿Por qué y cómo hacerlo?

Para conseguir un monopolio financiero mundial, Facebook propone su propia moneda digital... LIBRA

Otras propuestas: 


Susana Martín Belmonte propone una 'coronamoneda' digital para potenciar la renta de cuarentena... una renta vehiculada a través de una moneda ciudadana digital descargable de una app y con respaldo del Banco de España.
Enlace: http://ojeandoelestadodelpais.blogspot.com/2020/04/coronamoneda-digital-para-potenciar-la.html 

El prometedor dinero fiscal

Emitir 'GREUROS'. Entre la salida del Euro, y la aceptación de la austeridad de la Troika, existe una tercera vía que se basa en la recuperación parcial de la soberanía monetaria

Existe una descripción con mucho humor, de economía-ficción, sobre los beneficiosos efectos que se producirían si en Italia, el gobierno impusiera una moneda digital (la sitúa en el 2020), para salir de la quiebra económica y política a la que la permanencia en el euro habría llevado al país. El objetivo se conseguiría rápidamente.


Los únicos perjudicados, los especuladores de la deuda. Ver: J. D. Alt: ‘Europa, 2020: una ucronía iluminadora’. http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=5467 )

Los artículos de Juan José R. Calaza, Juan José Santamaría y Juan Güell muestran con gran claridad las ventajas de una europeseta electrónica de circulación interna:

- Para entender la europeseta electrónica. Qué es y, sobre todo, qué no es. Enlace: http://www.farodevigo.es/opinion/2012/12/02/entender-europeseta-electronica/720458.html


- Para salir de la crisis sin salir del euro: España debe emitir europesetas (electrónicas). Enlace: http://www.farodevigo.es/opinion/2011/11/27/salir-crisis-salir-euro-espana-debe-emitir-europesetas-electronicas/601154.html

- Las europesetas electrónicas, complementarias al euro, estimularán el crédito sin efectos colaterales perversos. Enlace: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=165815

Juan Torres insiste en que es necesario emitir una moneda complementaria al euro. Sus artículos:

-Marear la perdiz. Enlace: http://ccaa.elpais.com/ccaa/2013/02/08/andalucia/1360327224_588117.html

- Hay alternativas, incluso dentro del euro. Enlace: http://juantorreslopez.com/publicaciones/hay-alternativas-incluso-dentro-del-euro/ mmmm

Más información en: 'Si Grecia, España, o Andalucía emitiesen una moneda digital, respaldada por la energía solar instalada en sus tejados, alcanzarían la soberanía financiera. La de dar créditos a familias y empresas': http://comentariosdebombero.blogspot.com.es/2014/06/si-una-autonomia-o-una-gran-ciudad.html

11.2.20

La tecno-utopía y el fin de la política, el sueño roto del M5Stelle

"El ‘partido digital’. A esta formación, nacida de la anti-ideología y el anti-partidismo, le ocurre a gran escala lo que le sucedió a la izquierda radical con el segundo gobierno de Prodi: decepciona y desencanta.

El Movimiento 5 Estrellas siempre ha sido un experimento, una invención política: el primer «partido digital». La renuncia de Di Maio marca un antes y un después irreversible en su historia. Lo irreversible no es tanto su crisis (en la política contemporánea, de irreversible hay poco), sino la distancia de sus mismos orígenes.

Por lo tanto, la crisis tiene un carácter revelador, tanto sobre la naturaleza de este partido, como más en general sobre la idea que ha representado y promocionado.

En primer lugar, se ha revelado la naturaleza de la dirección del Movimiento, que siempre ha sido una sola: la de Gianroberto Casaleggio. Fue el inventor del experimento, el que le dio una caracterización ideológica y organizativa. Sin esta guía, al M5S le cuesta encontrar y mantener una idea coherente de su papel y de su misma naturaleza. Su sucesor, su hijo, no consigue que ni siquiera su criatura (la plataforma digital) funcione bien.

 En segundo lugar, el gobierno demuestra ser un lugar de máximo riesgo para cualquier fuerza que se presente como transformadora (lo sea o no). Las promesas de un cambio repentino y total chocan contra los límites, las inconsistencias y la lentitud de la acción gubernamental contemporánea, sujeta a enormes condicionantes económicos e internacionales, (...)

En términos más generales, la crisis del Movimiento revela que en política los elementos originales siguen siendo fundamentales: la ideología y la organización.

De modo paradójico, el Movimiento 5 Estrellas ha sido quizás el más ideológico de los partidos italianos actuales. Su ideología giraba en torno a cuatro ejes, dos propositivos y dos antagonistas. Los dos primeros eran el ambientalismo y la utopía tecnocrática de una sociedad totalmente digitalizada. La tecno-utopía definida por Casaleggio, adoptada casi en su totalidad por el discurso de las grandes empresas de comunicación, presagiaba una sociedad en la que la digitalización resolvería casi todos los problemas y conflictos sociales. (...)

Estos dos elementos de la ideología de 5 Estrellas están ahora ausentes tanto de su discurso político como de su acción gubernamental, donde las grandes batallas ambientales incluso han sido traicionadas. 

Los dos elementos ideológicos antagonistas eran el anti-partidismo y la anti-ideología. El primero está completamente fuera de juego, cuando el M5S se alía con cualquier partido para estar en el gobierno. Al M5S le falta actualmente el «Ellos», el adversario, y por lo tanto carece de una identidad propia.

¿Contra quién lucha hoy este partido? Y por lo tanto, ¿por quién está luchando? Y en consecuencia, ¿qué es? El anti-ideologismo, es decir, el discurso de que izquierda y derecha no existen, no hay ideas partidistas sino solo buenas o malas ideas, no hay intereses sociales sino solo los intereses de los ciudadanos, no hay valores abstractos y generales, sino solo soluciones efectivas, es igualmente inadecuado para la fase de gobierno, cuando es necesario aclarar «para quién» se está gobernando. 

Y paradójicamente, mientras continúa definiéndose como ni de derecha ni de izquierda, el Movimiento ha ocupado involuntariamente el espacio simbólico de la izquierda: reivindica sus medidas como de «izquierda», es abandonado por sus votantes de derecha, es tentado por una alianza orgánica con el centro-izquierda. Es impulsado por los hechos hacia una posición simbólica partidista, sin admitirla y sin poder asumirla: un estado, en el plano de la identidad, insostenible. 

El mismo discurso es aplicable a la organización. La tecnocracia  Casaleggiana preveía el nacimiento de una forma-partido sin organización, sin sedes ni estructuras ni responsabilidades. Todas ellas cosas esenciales para la acción política. Las cuales, entonces, eran sustituidas, hechas en secreto o justificadas con juegos de palabras que parecían tomaduras de pelo. Con el resultado, también en este nivel, de que el Movimiento se ha convertido en algo que no quería ser, irreconocible para votantes y activistas.

La ideología y las formas organizativas pueden y deben ser innovadas, pero sólo pueden eliminarse si se elimina también la política. Y este era el sueño de Casaleggio."                 

( Loris Caruso , El Viejo Topo,31/01/20.  Texto publicado originalmente en Il Manifesto  )

23.12.19

La victoria electoral de Boris Jonhson ha logrado descoyuntar el esquema en el que la sociedad europea más experimentada políticamente se desarrolló durante un par de siglos... que el voto de la clase trabajadora británica se desplazara a los conservadores es un cambio de época, no sólo de generación...

"(...) Estamos en los albores de una nueva época, nada que ver con otra generación. Es otra cosa.(...)

 Lo nuevo de la victoria electoral de Boris Jonhson no es el desparpajo de sus mentiras, sino que ha logrado descoyuntar el esquema en el que la sociedad europea más experimentada políticamente se desarrolló durante un par de siglos. 

La diferencia entre el voto laborista y el conservador estuvo marcada por sus intereses como no podía ser de otra manera, pero que el voto de la clase trabajadora británica se desplazara a los conservadores es un cambio de época, no sólo de generación. (...)

El laborismo británico, aún más que la socialdemocracia alemana, fue el imán de la clase trabajadora europea. Si teóricamente dominaban los germanos, a la hora de elaborar políticas económicas la eficacia del laborismo era incontestable. Convendría preguntárnoslo ahora que la derrota laborista no tiene precedentes en muchas décadas y la arrolladora victoria conservadora tampoco. Si la clase trabajadora británica, humillada en su día con las políticas de Margaret Thatcher, se ha desplazado hacia el payaso avispado de Boris Johnson, estamos ante un cambio de onda larga.

 Los trabajadores fían más en las aventadas políticas del líder conservador que en la moderación de Jeremy Corbyn, siempre pegado a lo obvio y con neto desinterés hacia el Brexit. ¿Dónde está el rasgo de nueva época que va más allá de un conflicto generacional? En que los conservadores adoptan aires de populismo obrerista y los laboristas se hacen mantenedores del statu quo. Lo nunca visto desde los embelecos totalitarios de los años 30.

 Mal deben ir las cosas cuando el lema de la izquierda democrática consiste en que no me quiten lo que tanto trabajo me costó conseguir, mientras la derecha insiste en renovaciones y revoluciones digitales y ambientales. Porque los papeles, cuando cambian, se acentúan. Los feudos laboristas de la clase trabajadora británica han apoyado la deriva conservadora y esto habrá de tener consecuencias inmediatas que harán más complejo el inveterado caminar del bipartidismo inglés. Se asoman en el horizonte referéndums en Escocia e Irlanda del Norte y cuando aparecen los referéndums se achica la vida democrática; todo se decide en un sí o un no.

 Los partidos políticos quebraron en Italia de tanto latrocinio de Estado y se construyeron trampantojos electorales para gobernar sobre pautas aún peores que las de antaño. La izquierda francesa se ocultó bajo el horizonte y surgieron movimientos de protesta sin ambición de poder, sólo con el ánimo de no sentirse perjudicados por las nuevas políticas hacia una clase social que se desplaza, pero se mantiene.

 El espejo de los trabajadores de Europa se miraba en la socialdemocracia alemana desde los tiempos de Bismarck y Lasalle; lo que hoy parece un museo en liquidación fue un pilar sólido de teoría y práctica políticas.(...)"                    (Gregorio Morán, El Confidencial, 21/12/19)

4.11.19

Las nuevas derechas se apoyan en tres pilares: el crecimiento de la nación es cortado de raíz por élites burocráticas (Washington, Bruselas o Madrid). Sufren opresión económica porque sus recursos les son restados en beneficio de territorios gorrones (China en EE. UU; en la UE los países del sur; y en Cataluña, Andalucía y Extremadura). Las nuevas fuerzas de izquierda pretenden otro reparto porque la estructura económica no es justa. Esas son las dos formas en que se está moviendo la política...

"(...) Hay fenómenos que se perciben como puramente aislados y que no lo son tanto, caso de las expresiones del descontento en Chile, y que se articulan a través de la división nítida entre las élites políticas y económicas y la mayoría de los ciudadanos. Algo similar se ha vivido ya en EEUU, donde gobierna un líder populista que ha utilizado profusamente esa retórica, y en el partido demócrata están consagrándose Sanders y sobre todo Warren, quienes subrayan de manera expresa esa postura antiélites. Y en Europa, el populismo de derechas está plenamente instalado y juega también con esa nueva línea divisoria.

 En qué consisten en realidad esas nuevas opciones aparece más claro si vemos las coincidencias de sus dos corrientes principales. La más asentada la representan las nuevas derechas. Instaladas como fuerza contrahegemónica en buena parte de Occidente, constituyen un fenómeno del que solo suelen destacarse su carga nacionalista y antiinmigración, sus líderes fuertes y su sentimiento antiUE, pero no el marco que les da sentido y que está en su esencia.

Los tres pilares

Las nuevas derechas se apoyan en tres pilares que se retroalimentan. Parten de esa gran posibilidad de crecimiento de una nación que está siendo cortada de raíz por élites burocráticas (ya sean las de Washington, Bruselas o Madrid), de la opresión económica que sufren, ya que los recursos que les corresponden legítimamente les son restados en beneficio de territorios gorrones (en el caso de los EEUU de Trump, China, que les roba sus trabajos y su propiedad intelectual, o la UE, que vive de lo que los estadounidenses pagan; en el caso europeo, los países del sur, que quieren vivir de los Estados ricos, o Andalucía y Extremadura para las derechas catalanas) y del perjuicio evidente para sus nacionales, que viven en sus experiencias diarias la falta de recursos, los recortes y la competencia ilícita de extranjeros que se quedan con sus empleos.

Estos tres aspectos se reúnen en torno a la nación. La apelación a una entidad trascendente permite la transversalidad, así como recoger sentimientos e intereses de distintas clases sociales y articularlos unitariamente. Ese movimiento es el que legitima que millonarios estadounidenses como Trump apelen con éxito a los trabajadores o granjeros empobrecidos de su país, por ejemplo.

La explicación última

Pero todo esto precisa de un punto de apoyo último, como es la identificación del enemigo, de aquello que debe cambiarse en primer lugar. En todos los discursos de las derechas extremas, aparece como núcleo esa élite política, sea la de Washington, Bruselas o Madrid, que impide todo avance. Son ellas y su gestión lo que explica las causas de la decadencia de la nación y de las dificultades vitales de sus ciudadanos.

 Ha sido normal en el capitalismo, ya que cuando la presión interna se hace grande, la competencia entre territorios resuelve muchos problemas de cohesión, pero ese movimiento requiere focalizar el cambio: todo nacionalismo que está triunfando en Occidente se apoya en la sensación de agravio que, en última instancia, está propiciada por unas élites que los perjudican.

Pero aquí el asunto esencial no es la nación, aunque lo parezca, sino una batalla política que se rearticula en nuevos términos: es imprescindible sacar del poder a las élites actuales para que su país pueda ocupar por fin el lugar que le corresponde. Apelar al nacionalismo significa tener nuevos líderes, expulsar a los existentes y forjar un país fuerte que pueda tener recorrido frente a otros Estados en el mapa presente. Es la narrativa que está presente en las derechas desde el Brexit hasta Cataluña, pasando por Italia, Francia o EEUU.

El segundo eje de las élites

Hay otra opción política que reconstruye esa tensión entre élites y ciudadanos desde el punto de vista de la posición material, a partir de la lucha entre los que tienen cada vez más y los que tienen cada vez menos, entre los que cuentan con la mayoría de las opciones y los que carecerán de ellas. Eso es lo que late en el malestar chileno, pero también influye en las políticas de Corbyn y, desde luego, en Warren o en Sanders.

 Son opciones que no desdeñan el componente nacional, que también pueden abogar por cierto proteccionismo, pero que no tratan de calmar el orgullo dañado de sus poblaciones mediante la apelación a lo exterior, sino a lo interno. Si las derechas abogan por un nuevo reparto porque otras naciones les roban, estas nuevas fuerzas pretenden otro reparto porque la estructura económica no es justa; unos quieren cambiar la posición de poder de su país en el mundo, otros quieren cambiar las estructuras de poder.

Por decirlo de otra manera, las derechas extremas combaten a las élites políticas, mientras que los movimientos populistas pelean contra las élites económicas. Esto es esencial, porque fija objetivos muy distintos, programas muy diferentes y discursos muy alejados, aunque el marco siga siendo élites/ciudadanos.

Esas son las dos formas en que se está moviendo la política, y ambas conforman opciones, por caminos distintos, que no encajan con el sistema actual.

Podemos y Vox

En España, de momento, estas formaciones no están presentes y, desde ese punto de vista, Iglesias podría tener razón. Y Abascal pensará lo mismo: un acuerdo entre distintos partidos (PSOE, PP, Cs) que busque la estabilidad y conforme un Gobierno ortodoxo, podría dejar el espacio de la derecha 'verdadera' a Vox, lo que le otorgaría cierto recorrido. 

En gran medida, ambas formaciones se han constituido como fuerzas claramente situadas en un espacio ideológico, y cuando han recurrido a la confrontación con las élites, lo han hecho desde el lado político: la casta, el régimen del 78, la monarquía y el proceso constituyente, desde UP, y el combate contra los políticos catalanes, contra las autonomías y contra el izquierdismo de Vox.

Si España sigue anclada en este marco, Podemos y Vox tendrán un espacio abierto tras el 10-N. Sin embargo, lo que apuntan las nuevas tendencias es algo muy distinto: el eje que se apunta en ellas es mucho más dentro/fuera, sistémico/extrasistémico y élites/ciudadanos que el actual, y ya sabemos que lo que triunfa fuera suele acabar reflejándose en España. 

Desde este punto de vista, si se cumplen las previsiones y las alianzas para gobernar buscan garantizar la estabilidad, lo que quedará no será un lugar a la izquierda o la derecha, sino un espacio vacío, el constituido por el nuevo eje. Y ahí, una extrema derecha que girase hacia la transversalidad podría tener mucho recorrido, porque desde la izquierda no se adivina ningún movimiento en ese sentido."                           (Esteban Hernández, El Confidencial, 31/10/19)

23.9.19

“Entrevisté a blancos, latinos y negros y en todos había una feroz desconfianza y odio hacia los políticos, así como la sospecha de que la política y las grandes empresas básicamente estaban trabajando juntas para acabar con el sueño americano”... el voto a Trump no era de los paletos mentalmente limitados que atacaban sus propios intereses, sino que muestra el alejamiento radical de las instituciones, sustentado en una lectura bastante realista sobre el entorno en que se movían y las posibilidades que les quedaban dentro de él... Casi todos creían que el sistema estaba manipulado para que perdieran los pobres... asistiremos a fenómenos nuevos, y el ejemplo de la matanza de El Paso es muy pertinente...

"La socióloga Jennifer M. Silva publicará el mes próximo su libro 'We’re still here. Pain in politics in the heart of America' (disponible ya en versión digital), un recorrido por las percepciones, los sentimientos y las visiones de la clase obrera de Pensilvania. 

Estructurado a través de entrevistas en profundidad a personas de diversas razas y de distintas edades, el libro ofrece un retrato cualitativo de una sociedad que arroja numerosos elementos de interés político, máxime cuando las entrevistas se realizaron en la época de las elecciones presidenciales que dieron el triunfo a Trump.

Es fácil limitar el clima social que percibió Silva a un entorno geográfico,y a una clase social concreta, y que, por tanto, carece de traslación a otros países. Sin embargo, muchos de los elementos que aparecen en las entrevistas están presentes en el Occidente contemporáneo, con traducciones políticas obvias.

 Sobre este asunto han existido muchas posturas encontradas, porque el triunfo de Trump se atribuyó a los votos de la clase trabajadora blanca, que se había alejado por completo de los progresistas, lo cual fue negado por investigadores progresistas, una discusión que ya había tenido lugar con el Brexit, y que se extendió internacionalmente con el crecimiento electoral de Le Pen o de 5 Stelle, así como con las extremas derechas en Europa.

“Una feroz desconfianza”

Más allá de ese enfangamiento académico, Silva se preocupa por comprender cuál es la mentalidad de las personas que tiene frente a ella, en qué creen y cuál es el clima en el que viven. Y lo más inmediato y destacable es el ambiente anómico en que se desenvuelven

Como asegura en ‘The Conversation’: “Entrevisté a blancos, latinos y negros y en todos había una feroz desconfianza y odio hacia los políticos, así como la sospecha de que la política y las grandes empresas básicamente estaban trabajando juntas para acabar con el sueño americano”.

Silva no acogió esa idea tan extendida de que el voto a Trump era de los paletos mentalmente limitados que atacaban sus propios intereses, sino que entendió cómo el alejamiento radical de las instituciones, sustentado en una lectura bastante realista sobre el entorno en que se movían y las posibilidades que les quedaban dentro de él, había afectado a su compromiso político y a las opciones que escogían. 

“Casi todos creían que el sistema estaba manipulado para que perdieran los pobres. Que todo lo que importa ahora es el dinero. Si lo tienes, vives bien y puedes comprar cualquier cosa. Pero si no, el sistema está en tu contra. Me lo dijeron blancos viejos y mujeres negras jóvenes. Y no es falso. Si matas a alguien y eres rico, es mucho más probable que no vayas a la cárcel”.

La traición

En ese escenario, en el que lo único que importa son los recursos y el poder, tampoco encuentran respaldo en lugares de los que típicamente esperaban ayuda: “Hay una sensación de traición por parte de varias instituciones sociales (educación, el lugar de trabajo, el ejército), en las que ellos pensaron que podían confiar pero que, por una razón u otra, les terminaron decepcionando”.

Su percepción es que todas las mediaciones sociales han desaparecido y que, por tanto, han sido abandonados a su suerte. Nada hay ahí fuera para ellos, nadie les va a ayudar, con lo que carece de sentido la participación política, pero también el voto.

La certeza en que el sistema no les deja un espacio, junto con la desconfianza en las articulaciones colectivas que podrían servirles como defensa y apoyo, les conduce a responsabilizarse de sí mismos de un modo mucho más acuciante de lo que textos tan banales como ‘Hillbilly’, de J.D. Vance sugieren: “Nadie estaba realmente buscando estrategias colectivas que cambiaran el mundo. Muchos querían simplemente demostrar que no tenían que depender de otras personas. Tenían la sensación de que cualquier tipo de redención únicamente podría salir de su esfuerzo”.

Tiene su lógica: si las cosas no funcionan y el juego está trucado para que salgan perdiendo, los únicos en los que pueden confiar es en sí mismos. Políticamente, la traducción primera es evidente; no ir a votar tiene todo el sentido, porque de otro modo estarían participando en esa farsa en la que no creen. 

Y cuando se activan y apuestan por un candidato, son aquellos que se salen del sistema. El pequeño porcentaje de entrevistados por Silva que pusieron su papeleta en la urna apostó por Trump, convencido por “su personalidad, su agresividad y por el hecho de que no le importen las reglas”. El otro candidato que les atraía era Bernie Sanders, de quien apreciaban su autenticidad, pero no concurrió a las elecciones presidenciales.

Hay traslación

Podríamos entender las características descritas por Silva como fruto de un entorno desestructurado, cuya validez se agota en él, y por tanto difícilmente trasladable al nuestro. Sin embargo, esto supondría malentender cómo funcionan las cosas en un sistema tan interconectado geográfica y políticamente como el nuestro. 

El giro del capitalismo hacia la financiarización ha generado una sociedad de doble dirección, en la que una pequeña parte ha aumentado su capital y su poder mientras el resto ve declinar su nivel de vida. Dependiendo del lugar que se ocupe en esa escala social, las consecuencias serán más graves o menos, pero la tendencia es general.

Y ocurre lo mismo con la desconfianza que describe Silva: esa sensación de que la política no funciona, de que las instituciones cada vez nos dejan más solos y de que cada cual tiene que salir adelante como pueda es un lugar común en toda la sociedad. Hay partes de ella que lo celebran, aquellas cuyas interconexiones y sus recursos les permiten evadir el freno que suponían las mediaciones, otras lo lamentan, porque entienden que esa pérdida les afecta sustancialmente, otras simplemente se indignan, y a otras les da ya igual, como a las clases trabajadoras de Pensilvania.

 Pero todas ellas comparten la sensación de que el sistema está torcido, de que las instituciones tienen un funcionamiento defectuoso, de que el dinero es lo que importa, de que la política no es una solución (como mucho, un parche) y de que cada cual tendrá que buscarse la vida como pueda. La diferencia no es de percepción, sino de grado. Esas ideas están presentes en la clase media occidental, en buena parte de las clases altas, y también en las trabajadoras. La descreencia en las instituciones va en aumento.

Contra el otro

Por eso cada vez el voto es más fragmentado y volátil, y por eso crecen opciones extrasistémicas con candidatos diferentes, por eso el descontento aparece con mucha frecuencia. No pueden comprenderse ni los chalecos amarillos, ni el Brexit ni el voto a Trump sin este suelo social, pero tampoco podemos entender sin él cómo opera la política institucional en los últimos años. España es un buen ejemplo: el PSOE ganó las elecciones gracias a Vox, es decir, gracias al temor que generó entre sus votantes potenciales de que la derecha radical llegase al poder, exactamente igual que el PP de Rajoy logró gobernar porque transmitió a sus simpatizantes el miedo a que Podemos acabase en el Gobierno. Se vota mucho más para evitar un mal mayor que por la confianza que nos merezcan los partidos o la misma democracia.

Este es el entorno en el que nos estamos moviendo, y tiene consecuencias diversas. Por una parte, y como es obvio, se produce un regreso hacia lo privado, hacia el espacio personal, que suele derivar en cinismo y desaliento; en otros casos, se vuelve la mirada hacia el entorno familiar, el único seguro en época de desarraigo, pero también hacia algunos símbolos que representan las únicas fuentes de colectividad en un mundo quebrado.

 El regreso del nacionalismo es lógico en este terreno, como contrapartida a ese mundo global sin trabas pero también sin tablas a las que agarrarse. También es frecuente, como hacían algunos de los entrevistados por la socióloga, responsabilizar a los inmigrantes del deterioro social, y derivar las esperanzas hacia líderes fuertes, de esos que hacen que las cosas funcionen. Todo esto lo sabemos, pero centrarnos en ello sería tomar las consecuencias como causa. 

El problema de fondo es precisamente que tienen mucha razón en lo que dicen, que apenas tienen dónde asirse, y que cada vez la política piensa menos en los miembros de su sociedad; que cada vez cuenta más el dinero, que la posición social es determinante y que los valores —la 'common decency' que mencionaba Orwell— se están desvaneciendo. Bastaría con cambiar eso para que la percepción de desamparo comenzase a diluirse y otra política tuviera lugar.

El asesino de El Paso

Mientras eso no ocurra, y no hay muchos signos en Europa de que las cosas vayan por ese camino, seguirán produciéndose cambios acelerados, y se ahondará en la fragmentación, la polarización y el desapego institucional. Pero también asistiremos a fenómenos nuevos, y el ejemplo de la matanza de El Paso es muy pertinente.

El asesino da unas cuantas pistas para entender la profundidad de esta transformación en un texto que colgó antes de la matanza. En él aparecía la misma idea de una política corrupta, de la alianza entre Washington y las corporaciones para obtener beneficio a costa del común de los ciudadanos estadounidenses, la misma sensación de haber abandonado a los ciudadanos de un país a su suerte que se refleja en ‘We’re still here’. 

Patrick Crusius, como algunos de los entrevistados por Silva, identificaba la inmigración como un problema grave, ya que estaban robando el trabajo a los suyos, solo que iba más allá, y anticipaba que las cosas se pondrían mucho peor cuando la automatización y la robotización avanzasen y eliminasen muchos más puestos de trabajo. Nada cabía esperar de las instituciones, y menos aún del partido demócrata, cada vez más volcado hacia los inmigrantes como fuente de voto.

De modo que, sin salidas políticas, sin instituciones comunes, sin esperanzas en el cambio y ante lo que percibía como un declive difícilmente reversible, encontró una salida perversa: alguien tenía que hacer algo para defender su país. En su cabeza, la solución era “ofrecer incentivos” a los mexicanos para que regresasen a su hogar y él se los iba a dar. 

Como si fuera un pistolero del Oeste, un héroe solitario en defensa de la comunidad, llenó de sangre inocente un centro comercial, esperando encender una mecha. Cierto, es EEUU, las armas están al alcance de la mano y en Europa no, pero el atentado revela un tipo de sentimiento que puede cobrar cuerpo aquí si no actuamos a tiempo."                  (Esteban Hernández, El Confidencial, 09/08/19)

17.5.19

Rajan: escuchar las críticas populistas es esencial para proteger la democracia

"Las grandes corporaciones están bajo ataque en Estados Unidos. Una intensa oposición local obligó a Amazon a cancelar sus planes de abrir una nueva sede en el barrio de Queens de la ciudad de Nueva York. 

Lindsey Graham, senador republicano por Carolina del Sur, cuestionó el indisputado poder de mercado de Facebook, y su colega demócrata Elizabeth Warren, de Massachusetts, pidió la división de la empresa. Warren también presentó un proyecto de ley que asignaría a los trabajadores el 40% de los puestos en las juntas directivas de las empresas.

 Aunque esas propuestas puedan parecer fuera de lugar en la tierra del capitalismo de libre mercado, Estados Unidos necesita exactamente esta clase de debate. (...)

Cuando unas pocas corporaciones dominan una economía, es inevitable que se combinen con los instrumentos del control estatal en una inicua alianza entre las élites de los sectores público y privado.

Es lo que sucedió en Rusia, un país democrático y capitalista sólo de nombre. Mediante el control total de la industria extractiva y de la banca, una oligarquía supeditada al Kremlin ha hecho imposible una verdadera competencia económica y política. (...)

En concreto, en una era de cadenas de suministro globales, las corporaciones estadounidenses han aprovechado enormes economías de escala, efectos de red y el uso de datos en tiempo real para mejorar el desempeño y la eficiencia en todas las etapas del proceso productivo. 

Una empresa como Amazon aprende todo el tiempo de sus datos para minimizar los tiempos de entrega y mejorar la calidad de sus servicios. Sabiéndose superior a la competencia, la empresa necesita pocos favores del gobierno  (...)

Pero que hoy las superestrellas corporativas sean supereficientes no implica necesariamente que sigan siéndolo, sobre todo en ausencia de una verdadera competencia. Las empresas dominantes siempre pueden caer en la tentación de mantener su posición por medios anticompetitivos.

 Con su apoyo a iniciativas como la Ley sobre Fraude y Abuso Informático (1984) y la Ley de Derechos de Autor de la Era Digital (1998), las principales empresas de Internet se aseguraron de impedir el uso de sus plataformas a sus competidores para que no pudieran aprovechar los efectos de red generados por la presencia de los usuarios. 

Del mismo modo, después de la crisis financiera de 2009, los grandes bancos aceptaron que una mayor regulación era inevitable; pero luego presionaron para que se dictaran normas que, casualmente, hacían más costoso el cumplimiento normativo, lo que dejó en desventaja a competidores más pequeños. Y ahora que el gobierno de Trump reparte aranceles a diestra y siniestra, empresas bien conectadas podrían influir en quién obtiene protección y quién paga los costos.

 Más en general, cuanto más influye sobre las ganancias de una empresa la fijación estatal de derechos de propiedad intelectual, regulaciones y aranceles (en vez de la productividad), más dependiente se vuelve de la benevolencia del gobierno.  (...)

La presión sobre el gobierno para que preserve la competitividad del capitalismo e impida su tendencia natural al dominio de unas pocas empresas dependientes suele surgir de personas de a pie, que se organizan democráticamente en sus comunidades y que, carentes de la influencia de las élites, suelen pedir más competencia y apertura. 

En Estados Unidos, el movimiento “populista” de fines del siglo XIX y el movimiento “progresista” de principios del siglo XX fueron reacciones a la formación de monopolios en industrias cruciales como los ferrocarriles y los bancos. 

Estas movilizaciones de base llevaron a normas como la Ley Antitrust Sherman de 1890 y la Ley Glass-Steagall de 1933 (aunque en forma más indirecta) y a medidas para mejorar el acceso a educación, salud, crédito y oportunidades económicas. Con su defensa de la competencia, estos movimientos no sólo evitaron que el capitalismo perdiera dinamismo, sino que también alejaron el riesgo de un autoritarismo corporativo.

 Hoy que los mejores empleos se concentran en empresas superestrella que buscan a la mayoría de sus empleados en unas pocas universidades prestigiosas, que las pequeñas y medianas empresas encuentran el camino al crecimiento plagado de obstáculos puestos por las empresas dominantes, y que la actividad económica se va de las ciudades pequeñas y de las comunidades semirrurales hacia las megalópolis, hay un resurgimiento del populismo.

Los políticos se esfuerzan en darle respuesta, pero nada garantiza que sus propuestas nos lleven en la dirección correcta. Como quedó en claro en la década de 1930, puede haber alternativas mucho peores que el statu quo. Si los votantes en pueblos franceses en decadencia y en el Estados Unidos profundo sucumben a la desesperación y pierden la fe en la economía de mercado, serán vulnerables a los cantos de sirena del nacionalismo étnico o del socialismo liso y llano, cualquiera de los cuales destruiría el delicado equilibrio entre el mercado y el Estado, poniendo fin a la vez a la prosperidad y a la democracia.La respuesta correcta no es la revolución, sino el rebalanceo. 

El capitalismo necesita reformas desde arriba, por ejemplo una actualización de las normas antitrust, para garantizar la eficiencia y apertura de las industrias y evitar el monopolio. Pero también necesita políticas desde abajo que ayuden a las comunidades económicamente devastadas a crear nuevas oportunidades y a preservar la fe de sus integrantes en la economía de mercado. 

Escuchar las críticas populistas (sin seguir a ciegas las propuestas radicales de sus líderes) es esencial para proteger el dinamismo de los mercados y la democracia."               

 (Raghuram G. Rajan , Professor of Finance at the University of Chicago and the author of The Third Pillar: How Markets and the State Leave the Community Behind. , Project Syndicate, 06/05/19)

13.12.18

El alcalde de Poissy y 14 otros alcaldes de las cercanías de París le explican la realidad a Macron... en un 'cuaderno de quejas' como los que le presentaban a los reyes franceses... cousas veredes... le explican que afirmar, en un discurso: “Hay gente que tiene éxito en la vida (como él mismo) y otros que no son nada”, fue un insulto... “En el pueblo, señor presidente, Ud. es mal amado, para no decir peor”..

"(...) El alcalde de Poissy y 14 otros alcaldes de las cercanías de París le recitaron una suerte de cahier des doléances (‘cuaderno de quejas’ bajo la monarquía).

- Reducir la APL (ayuda personalizada al alquiler de una vivienda) en cinco euros (3.800 pesos) fue una boludez (1). Cinco euros representan la comida de un día para esas familias. Júpiter asiente, gravemente, como conviene a quien descubre el hilo negro.

- Reducir la velocidad máxima en las carreteras secundarias de 90 a 80 km/h fue otra boludez (1): cientos de miles de trabajadores rurales usan su automóvil para ir al trabajo cada día. Una vez más, Júpiter conviene.

- Decir que el gasto social consume una “pasta gansa”, fue desafortunado. Tratar –en Copenhague– al pueblo francés de “galos refractarios al cambio” cayó como una patada en el hígado entre quienes soportan reformas incesantes cuyo único resultado es hundirles más en el fango.

- Responderle a un joven horticultor sin empleo, “Yo atravieso la calle y le encuentro un curro (de lavaplatos) inmediatamente”, fue una demostración de arrogancia: ahora los chalecos amarillos atraviesan la calle… para bloquear la circulación.

- Afirmar, en un discurso: “Hay gente que tiene éxito en la vida (como él mismo) y otros que no son nada”, fue un insulto. Decirle a un obrero cubierto de la suciedad que genera su trabajo: “Para tener un traje como el mío tienes que trabajar”, fue una ofensa gratuita.

- Cuando su guardaespaldas personal fue sorprendido armado de una pistola, golpeando a una pareja de jóvenes manifestantes del 1º de Mayo en la más completa ilegalidad, lanzar, desafiante, “Que vengan a buscarme”, fue una incitación al Jupitericidio: ahora los chalecos amarillos llaman a ir al Eliseo (de ahí los puentes levadizos arriba). Un grafiti en muros cercanos a Palacio dice: “ Manu… no bajes… vamos arriba, a buscarte…”

- En medio de lo que precede, la supresión del Impuesto a la Fortuna fue una catástrofe. “Una catástrofe”, insisten los alcaldes. El Impuesto a la Fortuna que Macron eludió durante tres años seguidos.

- Durante una ceremonia en el Mont-Valérien (lugar en que los nazis fusilaron decenas de resistentes) un colegial, un niño de unos 12 años, lo vio venir y entonó La Internacional antes de saludarle demasiado familiarmente: “¿Todo bien Manu?” Júpiter no soportó el crimen de lesa majestad y reprendió severamente al escolar. 

Bien. Pero no contento con ponerlo a parir, Macron agregó: “Haz las cosas en el buen orden. El día que quieras hacer la revolución, aprende primero a tener un diploma y a ganarte la vida. Entonces vas a darle lecciones a los demás”. 

Emmanuel Macron, ¿precursor de la Jaula Segura? Ahora la policía pone a los chicos de rodillas, las manos detrás de la cabeza, como hacían los nazis con los resistentes durante la Ocupación. Un diputado, socarrón, comentó: “He ahí una clase tranquila”.

Los bondadosos alcaldes que se auto-asignaron la tarea de explicarle a Macron lo que es el país real, terminaron zahiriendo el orgullo de su excelencia. “En el pueblo, señor presidente, Ud. es mal amado, para no decir peor” (sic). ¿Por qué será?  (...)"                (Luis Casado, Other News)

3.10.18

El declive de las clases medias en el mundo occidental ha sido esencialmente, el precio a pagar por el ascenso de las clases medias en China...

"(...) ¿La clase media ya no existe o sólo se ha desplazado?

Si miramos las desigualdades desde un punto de vista global, comprendemos que hay interdependencia entre las diversas partes del mundo, por ejemplo, que el crecimiento de la clase media en los países de Oriente tiene un impacto directo sobre las claeses medias en Italia. 

Puede suceder que el declive de las clases medias en el mundo occidental haya sido esencialmente el precio a pagar por el ascenso de las clases medias en China. La cuestión es: las personas que se ven sacudidas por la globalización, el cambio tecnológico, las migraciones, se ven sacudidas por procesos que tienen lugar fuera de las fronteras de su propio país, pero el único lugar en el que pueden manifestar su disentimiento es el país en el que viven. 

Así se crea un dualismo, tus salarios se ven determinados y cada vez lo serán más por la competencia con el resto del mundo, y políticamente el único lugar en el que puedes tener voz es el país en el que vives. Y este dualismo crea muchos problemas.

¿Nace de aquí el fenómeno que comunmente llamamos populismo?

No son muy fan de la definición “populismo”: cuando hablamos de este fenómeno debemos tener en cuenta que es una reacción a algo que ha sucedido. 

En otras palabras, hay desacuerdo entre personas como yo, que dicen que el populismo que vemos en Europa y en los Estados Unidos es la reacción a hechos y problemas económicos efectivos, y otros que acusan al populismo de xenofobia y racismo. 

No tengo ninguna duda respecto al hecho de que hoy las manifestaciones del populismo sean de este tipo, pero las razones de su crecimiento han de buscarse en la ausencia de mejorar económicas para la mayoría de la población. 

Y es importante mirar las causas del fenómeno, puesto que esto debería llevarnos a tomar en serio el descontento de las personas golpeadas por la globalización y el cambio tecnólogico y desarrollar políticas - a escala nacional – que mantengan la globalización, pero mejoren las posiciones de quienes se han quedado atrás."

(Entrevista a    (Branko Milanovic  , Sin Permiso, 27/09/2018. Fuente: L´Espresso, 12 de julio de 2018)

12.7.18

Trump, Brexit, Movimiento Cinco Estrellas, Podemos, Orbán… El mapa político de los últimos años ha visto surgir una nueva forma de hacer y de entender la política... ¿Qué ha ocurrido? El surgimiento de un nuevo grupo social, el precariado político...

"Trump, Brexit, Movimiento Cinco Estrellas, Podemos, Orbán… El mapa político de los últimos años ha visto surgir una nueva forma de hacer y de entender la política: ya no se trata de proponer alternativas políticas dentro de los sistemas económicos y constitucionales heredados, sino de impugnarlos y plantear su profunda transformación. 

 ¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué surgen estos partidos y movimientos? ¿Cuál es su base electoral y social? ¿Qué efectos y riesgos tienen para nuestras democracias? Y, sobre todo, ¿qué causas estructurales explican que hayan surgido, con signos sin duda distintos y acaso contrarios, en buena parte de los Estados occidentales?  

(...) el surgimiento tanto de un nuevo grupo social, el precariado político, como de su traducción política: la impugnación antisistema a nuestras democracias.

En el título de libro, ¿por qué elige el concepto de “antisistema” en lugar del más común de “populismo” para nombrar esta nueva realidad política que va desde Trump a Podemos pasando por el Brexit?

No es una palabra de la que esté convencido al cien por cien por algunas connotaciones que tiene de rupturismo e incluso de violencia, pero creo que populismo se ha manoseado tanto que deja de funcionar para distinguir lo que tiene de nuevo el ciclo político actual. 

Populismo tiene esa connotación de convivir mal con los opositores, de no representar las instituciones mayoritarias, de tener una retórica fácil del recurso al ciudadano común como fuente de virtudes, y creo que estas ideas no sirven para definir a los nuevos movimientos políticos, de entrada porque los viejos las tienen tanto como los nuevos.

 Con antisistema me remito a algo muy sencillo: movimientos políticos en cuyo discurso es central la idea de que el cambio de políticas tiene que venir del cambio en la forma de organizarnos como sociedad, es decir, en el orden económico, constitucional y político.  (...)

En este sentido, aunque lo distingue en el libro, no desarrolla, porque no es el tema central, la diferencia entre estos movimientos o partidos de signo reaccionario y aquellos de signo progresista, que entiendo pueden compartir elementos comunes en su oposición al sistema político pero no en los enemigos que identifican y en las propuestas que hacen. ¿Cómo piensa esa diferencia? 

Totalmente diferentes, sí. Otro de los argumentos del libro es que hay muy pocas cosas que unen a estos movimientos, tanto en términos ideológicos como programáticos, y que es muy difícil pensar que se puedan poner de acuerdo en casi nada. Y esto es ya una crítica al uso del populismo como forma de caracterizar a los nuevos sistemas políticos entre los que están dentro y los que están fuera. 

La razón por la que no exploro en profundidad por qué estos movimientos contestatarios toman una forma reaccionaria en unos contextos y una progresista en otros es, la verdad, porque no la tengo del todo clara.  (...)

 Discuto algunas posibilidades acerca de cómo la crisis ha afectado de forma diferente en unos lugares y otros, la vinculación más clara del funcionamiento de la economía y la respuesta política, como en Grecia o España y los países del sur de la eurozona, algo que podría explicar que las propuestas que vienen de la izquierda tenga más éxito, y en otras zonas se asocien más a fenómenos de convivencia multicultural, pero la verdad es que no tengo una explicación muy clara de por qué en unos sitios triunfan más unos movimientos que otros.

 En cualquier caso, lo que trata de explicar el libro es por qué hay hoy un caldo de cultivo para que la gente piense que el problema no son las políticas concretas sino el orden económico y constitucional, por más que las respuestas sean luego heterogéneas.

Para los que no han leído el libro, y corríjame si me equivoco, habría una tesis central desarrollada en tres pasos: en primer lugar, se producen cambios estructurales de orden económico que generan una nueva y acrecentada desigualdad y precariedad, agrandando la brecha entre las clases medias y esta nueva precariedad; en segundo lugar, a esta mutación económica le sucede una ineficiente respuesta política que hace que cuanto más necesaria es la redistribución y la compensación a los efectos económicos, menos factible se vuelve y menos incentivos políticos hay para ponerla en marcha y, por último, esta situación acaba generando un “precariado político”, concepto que introduce en el libro como clave explicativa: los perdedores del cambio económico dejan de contar para la política. Esta secuencia me lleva a pensar en un cierto determinismo económico en su hipótesis.

Sí, es cierto, hay un cierto determinismo económico contra el que intento luchar un poco en la parte final del libro. Lo hay en dos sentidos: lo que cambia en las sociedades occidentales en los últimos veinte años es la constancia por parte de unas clases medias bajas de que su vida es mucho más volátil e incierta, sobre todo en regiones desindustrializadas, de que sus expectativas no van a ser como las de sus padres. 

Una desigualdad objetiva y, en definitiva, unos cambios económicos que están en la base de ese cambio. Pero es un poco determinista, también, porque lo que creo que es más original del libro es que estas demandas por más redistribución y más seguridad no son satisfechas porque los grupos afectados han sido marginados políticamente, porque la política deja de tener instituciones intermedias que obligaban a tener en cuenta sus intereses (los sindicatos sobre todo), porque la política se vuelve mucho más volátil, los partidos tiene programas para cortos ciclos electorales… 

Así que estos grupos, que se ven marginados económicamente, ven también que su capacidad de influencia en el sistema es cada vez menor. Y las causas de esta marginación política son también económicas: en el pasado teníamos un capitalismo donde la inclusión de las clases medias y bajas en formas de gestión de la economía colectiva (pactos sociales, sindicatos fuertes que garantizaban moderación salarial, que permitían además inversión estatal en sectores que los empresarios veían favorables), estos pactos se rompen por el tipo de economía actual, y estos grupos ven que sus preferencias ya no importan y que el sistema político puede vivir sin tener en cuenta lo que piensan.

 Hay un doble determinismo económico: el origen es económico pero las razones por las que una parte de la población piensa que ya no tiene voz también vienen dadas por estas transformaciones económicas.  (...)

Hace en el libro un esfuerzo por identificar sociológicamente a lo que llama el  precariado político, que sería el sujeto electoral o político de la deriva antisistema. ¿Quién es y de dónde surge este precario político? 

Es un palabro que no sé cuánto de recorrido tiene. La idea es que en este entorno de transformaciones económicas que generan nuevas desigualdades y sistemas políticos incapaces de responder a ellas, hay unos grupos que perciben que no tienen voz en el entorno político. Que lo que opinan no es importante. Todas las encuestas y estudios comparados sobre cómo han cambiado las opiniones públicas, detectan que hay un grupo cada vez mayor de gente que siente que su voz no cuenta. (...)

La gente que vive en zonas más afectadas por la crisis, que tiene condiciones más precarias, son más proclives a pensar que no cuentan. El hecho de que tenga unas bases reales, que haya grupos que sienten que su voz no pesa, es una señal de alarma bastante grave para nuestras sociedades. Si la mitad de la población piensa que los políticos priorizan cosas ajenas a ellos, si no creen que las elecciones cambien nada, tenemos un problema serio.

 La idea de precariado político es el intento de dar un término a esta población definida por esa sensación de que su voz no es escuchada por el sistema político, y de que el sistema político puede reproducirse,  funcionar y alternar gobiernos, que las políticas siguen o se cambian, sin su consenso o su aprobación. Esa sensación de que no cuentan para nada y son irrelevantes.

Afirma que estos precarios políticos están en la base de la victoria de Trump y analiza que aunque no sea cierta la afirmación de que el voto mayoritario de Trump venga de la clase obrera blanca norteamericana –como se ha afirmado sin mucha finura desde no pocos lugares–, sino de su votante republicano tradicional, señala que el crecimiento decisivo del voto a Trump para su victoria frente a Clinton sí viene de ese obrero blanco en crisis de expectativas y habitante de zonas especialmente golpeadas por la crisis. Entre las dos explicaciones habituales, encuentra una intermedia que me gustaría que desarrollase un poco.  

Y esto pasa igualmente en el Brexit y en otros procesos que vivimos hoy. Mi forma de entender este debate, en el que los dos bandos tienen un poco de razón, es el de preguntarme en qué nos fijamos.

 ¿Hacemos una especie de tabla rasa sobre el sistema político americano y solo nos fijamos en quién ha votado a Trump o a Clinton en términos mayoritarios, y perdemos de vista el fenómeno de esa clase baja o precaria? ¿O nos fijamos en la evolución del voto? En el caso de Trump, ¿hay que fijarse en el votante mediano, acomodado o rico, republicano tradicional, que no ha sufrido particularmente la crisis, o lo interesante de Trump es que ha conseguido ganar a Clinton atrayendo a un nuevo perfil de votantes y perdiendo otro a favor de los demócratas? Y esto es lo interesante. Si nos fijamos en ese perfil de votantes nuevos, aparece ese votante pobre blanco del cinturón industrial norteamericano. 

Y eso pasa también en Europa. ¿Nos fijamos en la composición agregada de los electorados de cada partido, o en a quiénes están siendo capaces de atraer los movimientos populistas del norte, o el movimiento Cinco Estrellas en Italia y Podemos en España? Si nos fijamos más en las dinámicas que en los niveles, el efecto de la economía es más fuerte de lo que muchas veces se ve.

Señala otro tema clave aunque no lo desarrolla del todo: la mujeres se dejan seducir menos que los hombres por estas dinámicas que llama antisistema. Me encantaría saber qué razón o argumento encuentra sobre ello. 

Tengo algunas hipótesis pero no una explicación… Hay un argumento que podría ser el de que es un artefacto de las propias encuestas, de que las mujeres en las encuestas tienden a responder menos, a expresar menos las preferencias contundentes  (...)

No es seguramente toda la respuesta, es posible que las mujeres todavía confíen más en las viejas estructuras para canalizar sus intereses, o que tengan miedo ante propuestas rupturistas, pero es un tema del que se sabe quizá poco, aunque la brecha de género sea cada vez más importante en muchos fenómenos. 

Sabemos que los populistas de extrema derecha son muy impopulares entre las mujeres, tanto en Alemania como en el Reino Unido o en Ontario y, claro, en EE.UU. con Trump. Y aunque siempre habíamos sabido que hombres y mujeres no votaban igual, ahora la brecha de género es mucho más grande y no tenemos una explicación suficientemente clara de por qué esto es así.   (...)

se pregunta qué se puede hacer para reconducir esta deriva sin poner en peligro la democracia. Y señala dos vías posibles: o esta situación se cronifica, continúan los efectos de los cambios económicos que dividen a la sociedad en sectores cada vez más irreconciliables los unos con los otros y cuyas demandas cada vez son más difíciles de articular políticamente, y vamos a una exacerbación tanto del cortoplacismo electoralista como de las salidas extremas sin programa; o la crisis económica y su respuesta, dice, permite pensar en soluciones que rompan esa atomización de los sectores sociales. Señala a la renta básica universal como una posibilidad. 
 
Es una forma de mirar hacia al futuro. Una vez que hemos detectado unas transformaciones económicas que no tienen pinta de pararse a corto plazo (la globalización, la robotización, cadenas de producción globales), y unos sistemas políticos que no tienen visos de cambiar en el corto, en el sentido incluso de que las propuestas extremistas desde la izquierda tienen problemas para generar consensos porque dan miedo a amplios sectores de las clases medias, o que este descontento también es canalizado por fuerzas extremistas de derechas que no sabemos a dónde nos llevan, tipo Trump… pensando en el futuro, ¿este precariado político qué papel va a jugar? 

Aunque no sabría apostar por ninguna de las dos opciones, creo que es perfectamente posible que este precariado acabe permanentemente marginado del proceso político, que su tamaño no aumente tanto como para que sea una amenaza, y vayamos a un Estado del Bienestar más pendiente de apoyar a “quién se lo merezca”, un Estado del Bienestar segmentado a determinados grupos, pero que margina a otros colectivos, y que las desigualdades sigan aumentando. 

Que las clases medias no quieran que se aumenten sus impuestos para transferirlos hacia ese precariado. Y hemos visto que en EE.UU. o Reino Unido es sostenible desde un punto de vista electoral y político. 

Es cierto, también, que no sabemos cómo avanzarán estas transformaciones económicas, o los niveles de inseguridad y de crisis de expectativas de las nuevas generaciones, y si esta inseguridad se va a extender hacia unas clases medias hoy más preocupadas por no pagar más IVA o IRPF para financiar los colegios públicos de sitios a los que nunca van. 

Si esta inseguridad se extiende y exige al Estado una respuesta más universal, y lo hace a través de políticas, como la renta básica, que podrían articular un conjunto de intereses entre clases medias y clases bajas… esta es una posibilidad también razonable.  (...)"            

(Entrevista a Pepe Fernández Albertos, ha publicado Antisistema. Desigualdad económica y precariado político. Jorge Lago, CTXT, 27/06/18)

4.7.18

Sobre el alcance histórico de la elección de López Obrador: es una transición formal a la democracia y la experiencia de un gobierno progresista tardío en México... es el resultado de la intervención de los jóvenes en el terremoto de 1985, de la victoria de Cárdenas en 1988, del levantamiento zapatista en Chiapas en 1994, del repudio al fraude que impuso a Calderón y a Peña Nieto...

"Hay que festejar un acontecimiento histórico: la primera derrota electoral de las derechas mexicanas reconocida como tal. (...)

En primer lugar, con la elección de López Obrador culmina un largo y tortuoso proceso de transición formal a la democracia en tanto se realiza la plena alternancia en el poder al reconocerse la derrota electoral de las derechas y la correspondiente victoria de la oposición de centro-izquierda, aquella que había aparecido en 1988 para disputar al PAN el lugar de oposición consecuente. (...9

La alternativa planteada por el neocardenismo y el PRD simplemente propugnaba el retorno al desarrollismo, pero con un acento más pronunciado hacia la justicia social y con otro diagnóstico sobre las causas de la desigualdad respecto del programa actual de AMLO y Morena que coloca a la corrupción como el factor sistémico, como causa y no como consecuencia de las relaciones y los (des)equilibrios de poder. (...)

El círculo de la alternancia -y también del beneficio de la duda- que se cierra con esta elección, marca sin duda un pasaje histórico significativo pero que no garantiza el alcance histórico del proceso que sigue.

Más aún si las expectativas son tan elevadas como las que suscita AMLO al sostener que encabezará la cuarta transformación de la historia nacional, autoproclamándose el heredero de Morelos, Juárez, Madero y Cárdenas. Lejos de todo izquierdismo, privilegia el rasgo moralizador y el perfil de estadistas y demócratas de estas figuras.

 No hay truco ni engaño, a la letra de su programa y de su discurso de campaña, esta transformación atañe fundamentalmente a la refundación del Estado en términos éticos y, solo en segunda instancia, ésta tendrá las reverberaciones económicas y sociales necesarias para la estabilización de una sociedad en crisis.

 Del éxito de la cruzada anticorrupción se deriva no solo la realización de la hazaña histórica de moralizar la vida pública, sino la posibilidad de lograr tres propósitos fundamentales: pacificar el país, relanzar el crecimiento vía mercado interno, redistribuir el excedente para asegurar condiciones mínimas de vida a todos los ciudadanos. Se trata de una ecuación que, para convencer propios y extraños, ha sido repetida hasta el cansancio durante la campaña.

 Respecto de los gobiernos progresistas latinoamericanos de las últimas décadas, el horizonte programático de AMLO está dos pasos atrás en términos de ambiciones antineoliberales, mientras destaca por la insistencia en la cuestión moral, justo en la que muchos de esos gobiernos naufragaron, y, por otra parte, por tener ante sí el desafío de la pacificación, con todas las dificultades del caso, pero también con la oportunidad de tener un impacto profundo y marcar un cambio substancial respecto del rumbo actual.

 Por la urgencia y la sensibilidad que lo rodea, será en este terreno -más que en cualquier otro- donde se medirá el alcance del nuevo gobierno, su popularidad y estabilidad en los próximos meses.  (...)

La fórmula obradorista, desde 2006, tiene un tinte plebeyo y anti oligárquico: se construye sobre la relación líder-pueblo y la fórmula “solo el pueblo puede salvar al pueblo”. Al mismo tiempo, tanto Morena como la campaña fueron construidos alrededor de la centralidad y la dirección incuestionable de AMLO, una personalización que llegó al extremo de llamar el acto de cierre de campaña AMLOfest y de usar el acrónimo AMLO como una marca o un hashtag (#AMLOmanía).

 Pero, junto al pueblo obradorista y a su guía, están otros grupos con creencias y prácticas muy diversas entre sí: los dirigentes de Morena y de los partidos aliados (PT y PES) y toda la pléyade de grupos de priistas, perredistas y panistas que, oportunistamente, cambiaron de bando al último momento. También están vastas franjas de clases medias conservadoras, así como sectores empresariales a los cuales AMLO dedicó especial atención en la campaña en el afán de desactivar su animadversión y para poder contar con su colaboración a la hora de tomar posesión del cargo. 

Cada uno de ellos exigirá lo propio, pero sobre todo serán valorados en relación con su especifico peso social, político y económico en aras de mantener el equilibrio interclasista y la gobernabilidad. 

Entonces “juntos” y revueltos, siguiendo el esquema populista, una abigarrada articulación de un vacío que solo pudo llenar la ambigüedad discursiva y ahora la capacidad de arbitraje y el margen de decisión del líder que la elaboró y la difundió.

 Entre equilibrios precarios y alianzas variables, se vuelve imprescindible el recurso a la tradición y la cultura del estatalismo y del presidencialismo mexicano -con sus aristas carismáticas y autoritarias- que, no casualmente, no fue cuestionado a lo largo de la campaña obradorista.

Al margen de los contenidos que, como anuncia el programa, oscilarán entre una substancial continuidad del modelo neoliberal, condimentada con dosis limitadas de regulación estatal y de redistribución hacia los sectores más vulnerables, la cuestión democrática es la que podría paradójicamente frustrar las expectativas de cambio histórico para reducirse a un esquema plebiscitario bonapartista, ligado a la figura del líder máximo que convoca a opinar sobre la continuidad de su mandato u otros temas emergentes.  (...)

Esperemos que la transición formal a la democracia que hemos presenciado el 1 de julio y la experiencia de un gobierno progresista tardío en México no cierren las puertas a la participación desde abajo y, por el contrario, propicien el florecimiento de instancias de autodeterminación. Esto sí que podría abrir la puerta a una transformación de portada histórica."               (Massimo Modonesi , Rebelión, 03/07/18) 


"(...) El 52,87 de AMLO es el resultado de la intervención de los jóvenes en el terremoto de 1985, de la victoria de Cárdenas en 1988, del levantamiento zapatista en Chiapas en 1994, del repudio al fraude que impuso a Calderón y a Peña Nieto, de la resistencia heroica contra un régimen de asesinatos, atentados contra los derechos y las conquistas y sumisión al imperialismo. El triunfo es de los oprimidos, no de AMLO o MORENA, que fueron el canal transitorio de una voluntad general.

El 71 por ciento de votos por MORENA en Chiapas indica que el zapatismo y todos los pobres votaron allí en masa por AMLO. El 66,27 en Guerrero y el 65,52 en Morelos revelan la misma ola social de fondo, expresan un ¡Basta ya! generalizado, un nuevo escalón ascendiente en la construcción de una conciencia anticapitalista.

AMLO, como se preveía, está siendo aceptado por los capitalistas como un mal menor, pero su elección será considerada por sus votantes como un triunfo propio, como un acceso no sólo al gobierno sino también al poder. Por eso quienes votaron por López Obrador pasarán dentro de poco a pedirle, exigirle, medidas concretas contra sus explotadores. 

AMLO llamó de inmediato a la reconciliación, pero sus votantes piden medidas drásticas e inmediatas contra los asesinos, los corruptos y ladrones, los dueños de minas, los hambreadores, los que venden el país. López Obrador, como nuevo Madero, quiere hacerse cargo del Estado así como está, pero quienes lo han hecho presidente luchan en cambio contra ese Estado culpable del crimen de Ayotzinapa y lleno de Huertas potenciales.  (...)

Hoy es el momento de los brindis y de los festejos y de la suma de todos los oportunistas al carro del vencedor pero ya se acercan los días de los reclamos populares y de las divisiones en MORENA y el gobierno de centroderecha que formará López Obrador para tranquilizar a sus garantes en las fuerzas armadas, en la burguesía y en Washington.  (...)

Es la hora de apoyar todo lo que sea positivo y de criticar las medidas procapitalistas o insuficientes ayudando a los votantes de AMLO, codo con codo con ellos, a organizarse y sacar sus propias conclusiones."         (Guillermo Almeyra , Rebelión, 03/07/18)