"Una veintena de personas que ocupan puestos relevantes en el entorno
empresarial, en el jurídico, en el consultor y en el de la gestión,
entre otros, han contestado, por escrito o mediante entrevistas
telefónicas, a una serie de cuestiones cerradas que les ha planteado El
Confidencial. El objetivo era pulsar su opinión sobre el presente y el
futuro de España y sobre las grandes brechas (geopolítica, territorial, generacional, económica) que se manifiestan en nuestra cotidianeidad. Se optó por conservar el anonimato de las fuentes para que se expresasen con libertad en sus contestaciones,
sin que tuvieran que medir sus palabras por razón de su cargo o para no
crear perjuicios a su firma. Más allá del aspecto cuantitativo, ya que
conforman una mínima parte de las élites españolas, el interés reside en
lo cualitativo, ya que en sus respuestas se perfilan con bastante
nitidez las perspectivas que adopta y los dilemas en los que se mueve el
segmento más influyente de la sociedad española.
Como resultaba esperable, sus lecturas de la realidad española no siempre son coincidentes. Las divergencias que se aprecian en la sociedad también se dejan sentir entre las élites. En general, suelen estar relacionadas con su posición social:
la mirada de un empresario y la de un magistrado, por citar un caso,
pueden tener puntos de conexión, pero parten de lugares diferentes, lo
que se aprecia a menudo en sus respuestas.
El clima que predomina
en las contestaciones refleja una situación ambigua, en la que se
perciben muchos signos alentadores y otros altamente preocupantes; la mezcla de elementos positivos y de riesgos notables recorre todas las conversaciones. El diagnóstico final depende de dónde han decidido poner énfasis, si en los aspectos más optimistas o en los más negativos.
Un buen ejemplo es su manera de valorar el momento español. La conclusión más común, con sus matices, es la
que señala la divergencia entre una economía española que marcha por
buena senda y un entorno institucional que genera mucha inquietud.
Lo subrayaba en tono coloquial una persona del entorno empresarial, que
estaba pasando unos días de vacaciones: "ves las terrazas y los restaurantes llenos,
el turismo sigue viniendo en masa, a las empresas les va bien", pero la
brecha política amenaza con traer serios nubarrones. Otra persona de
ese mismo ámbito concluía que "el corto plazo político sobrevuela
cualquier cosa que se pueda decir de España.
La crisis institucional,
muy seria, es determinante. El daño que se hace a las instituciones
afecta en todos los sentidos, pero más aún en términos de decisiones
económicas: la estabilidad, la seguridad jurídica y el rule of law son
imprescindibles, ya que de otro modo las inversiones pueden resentirse".
Esa preocupación de fondo por la ruptura institucional está muy
presente, en distintos grados, entre todos los encuestados y ejerce de
telón de fondo sobre el resto de sus reflexiones.
Esta
sensación de momento mezclado, de giro, todavía difuso, en el que las
cosas pueden enderezarse o torcerse, aparece en la mayoría de temas
analizados. Estamos en una era de cambios y transformaciones (tecnológicas, productivas, geopolíticas, de costumbres) y, aunque predominan la confianza y el optimismo, no se perfilan certezas acerca del lugar hacia el que nos dirigimos.
1. Europa y China
Los movimientos incesantes en las relaciones internacionales,
la creación de nuevos bloques, la aparición de países no alineados y la
tensión permanente entre EEU y China obligan a Europa a tomar
decisiones, y a España como parte de ella. Si en algo existe unanimidad
es en que nuestro país "debe seguir centrado en la lealtad al bloque europeo, ya que, en este momento es nuestro mayor activo".
Otro de los participantes lo formula con mayor convicción: "España
necesita siempre más Europa. Es el único camino para el crecimiento
económico social y para garantizar la estabilidad interna del país".
Europa es, para nuestras élites, el único camino, pero eso no significa que sea por sí misma una solución.
Las fortalezas continentales les parecen evidentes a los encuestados,
pero también subrayan debilidades que se están dejando sentir en esta
época de giro: "Europa tiene que reinventar su modelo económico y
social o seremos irrelevantes ante el crecimiento de las superpotencias
económicas como China, India, u otras que vayan apareciendo".
O, como dice otro de los encuestados, Europa debe dejar de ser un parque
temático y convertirse en un referente tecnológico e industrial.
"Contar lo que hacemos en ese sentido más y mejor".
Sin embargo,
la reinvención que se sugiere no es pacífica, porque hay distintas
versiones de cómo debería articularse ese proyecto europeo. Hay quienes
insisten en que "Europa necesita autonomía energética, de materias
primas, tecnológica y militar porque, como vemos crisis tras crisis, ya nadie vendrá a cubrir o a proveer a Europa en caso de necesidad".
Otros señalan que "debe haber mayor integración cualitativa, en
material fiscal o militar, y no necesariamente en cantidad", pero
también hay quienes perciben "un punto de wishful thinking en el deseo europeo de autonomía estratégica".
Por supuesto, hay quienes abogan por la desaparición de esas tentaciones ("La posición respecto a China/Rusia debería partir de la alineación inequívoca con los EEUU”),
o quienes prefieren colocarse en una posición pragmática: "Hace falta
más Europa siempre que esa unidad política más fuerte se utilice para
proteger al ciudadano europeo desde el principio de realidad, no como un
laboratorio de salvación del mundo".
Tampoco
hay unanimidad en la posición estratégica que debe seguirse. Si la
conservación de vínculos fuertes con EEUU aparece como necesaria entre
los entrevistados, también se dejan sentir algunos aspectos que causan
roces con ese propósito, y la ligazón con Pekín es el más evidente. Hay
un consenso generalizado respecto de la necesidad de mantener buenas
relaciones con un país cada vez más potente e influyente, por distintos
motivos: "China es una potencia principal en el mundo, aspira a liderarlo coincidiendo con el Centenario de la República Popular en 2049, y eso implica que debemos tener puentes económicos, políticos, sociales y culturales que garanticen una relación constructiva";
"China tiene una posición en la economía mundial que no podemos
obviar"; "El posicionamiento con EEUU no debería suponer un alejamiento
de China, sino que podría ser compatible con unas magníficas relaciones
con Pekín, porque China, lamentablemente, es imprescindible".
La opción mayoritaria se inclina
por una posición europea que "sirva como bisagra". Como explica uno de
los entrevistados, se debería mantener un equilibrio: "China es un lugar
tremendamente importante para la fabricación, pero también para la
exportación. EEUU es el principal aliado de la UE, pero tampoco se puede
hacer un seguidismo ciego. La postura idónea es un ten con ten con
Pekín. Hay que tener muy buenas relaciones, pero eso no implica que no
se utilicen más políticas arancelarias;
si no existen estas medidas restrictivas, existe el riesgo de que China
haga más ayudas de Estado a sus empresas de las que ya está haciendo".
2. El regreso del Estado
Uno
de los asuntos centrales que la geopolítica ha traído de vuelta es el
papel del Estado. En un entorno de reforzamiento generalizado de las
capacidades nacionales, que los EEUU de Trump iniciaron, y que Biden
ha prolongado para hacer frente a China, las naciones con mayores
fortalezas y recursos han iniciado una carrera frenética con el objetivo
de fortalecerse que ha pillado con el pie cambiado a Europa. En este
contexto, la acción estatal ha cobrado un nuevo vigor que choca con las políticas de liberalismo económico
que predominaron las últimas décadas. Este punto de fricción, que
definirá los próximos años, se deja sentir en las posiciones encontradas
de nuestras élites.
Ninguno
de los participantes aboga por una intervención sustancial del Estado
en la economía, pero todos dan por sentado que los poderes
político-estatales están de regreso. Como describe uno de los
encuestados, "la geopolítica va a ser muy importante en los próximos
años, ya lo es, y las decisiones empresariales deben tenerla en cuenta. Los Estados se han rearmado frente al capital privado, y el resultado es un grado de intervención política y regulatoria en la economía muy superior al de hace veinte años. Personalmente creo en las bondades de volver al liberalismo, pero no veo que vaya a ocurrir a medio plazo".
La línea divisoria,
pues, se establece entre quienes ven necesaria la participación
público-privada con un notable impulso estatal y quienes reniegan de
toda tentación intervencionista.
Entre los primeros hay quienes
señalan que se debe actuar conforme a los tiempos y prescindir de
posiciones preconcebidas: "La geopolítica es también economía. No hay
ideas que duren cien años y la liberalización entendida como antes de la
gran crisis iniciada en 2008 ya no tiene el predicamento que la
legitimaba contra viento y marea. Ahora se ve la necesidad de
reequilibrar. Lo de Telefónica y la SEPI es un ejemplo. Solo que ni la UE ni por supuesto ningún país en concreto saben cómo escapar a la supremacía del dinero de mentira alejado de la economía productiva.
Es ahí donde los gobiernos debieran mostrarse más ambiciosos. Pero en
lugar de eso, utilizan el dinero impreso por el BCE para gasto corriente
o proyectos empresariales de matriz ideológica".
Para
otro de los participantes, "se necesita un esfuerzo a nivel nacional y
europeo para dotarnos de capacidades productivas esenciales y una
renovación del estado de bienestar que requerirán importantes
inversiones con un perfil de riesgo difícilmente asumible por el sector privado únicamente.
El Estado tendrá que acompañar y, en algunos casos, iniciar estas
transformaciones, por lo que una mayor presencia será beneficiosa tanto
para el sector privado como para el posicionamiento estratégico del
país". Un tercero apunta que "un Estado dinámico y emprendedor es positivo y conveniente. Hasta qué límite es la duda".
Sin
embargo, la postura mayoritaria aboga por un posicionamiento alineado
con el dominante en las décadas pasadas. Las declaraciones en ese
sentido son múltiples: "La geopolítica no justifica el intervencionismo estatal, y en cambio se utiliza para ello"; "la presencia del Estado debe reducirse drásticamente, debe contenerse el déficit
y reducirse gasto no productivo"; "el Estado debe poner las condiciones
necesarias para impulsar la iniciativa individual, el espíritu de
empresa y las innovaciones, es la energía que incrementa la
productividad y el crecimiento económico"; o "debe existir menor
presencia estatal en la iniciativa individual y empresarial y más y
mejor control del gasto en los impuestos que pagamos para que lleguen a
las personas desfavorecidas". En definitiva, "la economía está muy
intervenida por la regulación y es difícil pensar en que se pueda
cambiar esto. Lo que hay que hacer es trabajar en simplificar de verdad
la actividad económica y proteger a todos los actores integrantes,
trabajadores, clientes, accionistas y empresarios".
3. El dilema de las pymes
Las
pequeñas y medianas empresas son muy relevantes para nuestro país,
porque generan la mayor parte del empleo, contribuyen a dar vitalidad a
territorios menos poblados y constituyen una parte central en el día a
día de la economía española. Sin embargo, afrontan momentos difíciles
derivados de la inflación, del aumento de costes fijos, de la deuda
acumulada y de las dificultades de financiación. Además, la categoría
pyme incluye situaciones muy diversas, desde el autónomo con empleados a
cargo o la pequeña firma de implantación local hasta la mediana empresa
dedicada a la exportación, cada una de ellas con casuísticas
diferentes. Uno de los participantes subraya con acierto que "en
economía todo es importante, las pymes, los trabajadores autónomos, las
cooperativas, etc. Y cada uno de estos operadores económicos necesita de
políticas que atiendan a sus características específicas. Las
generalizaciones estadísticas sirven mal la especificidad de cada sector
empresarial. Aquí no sobra nadie; todas las empresas contribuyen al crecimiento económico del país".
Sin embargo, el mayor énfasis en las respuestas se ha colocado en un sector específico de las pymes, aquel que comúnmente se cree que ayudará más a la fortaleza española: "Es necesario contar con más Mittlestand, más pymes de más de 100 trabajadores, exportadoras,
fuertes tecnológicamente y con más de 100M€ de facturación. Se necesita
una base mucho más amplia para ganar productividad, autonomía y empleo
de calidad". Es una posición ampliamente compartida: "Se debe promover
desde las instituciones una mayor concentración de empresas medianas,
con tamaños que en sus respectivos sectores les ayuden a ganar
competitividad, pero respetando las necesidades de flexibilidad de
autónomos y micropymes para adaptarse a las condiciones reales de su
mercado". En resumen, "no es tanto el número de pymes, sino el tipo de
pymes".
Esta
visión de futuro conlleva la reconversión de las pequeñas firmas: "Una
mayoría de pymes no es eficiente y las empresas deben tender a tener más
tamaño para contar con un gobierno corporativo y dirección más
profesionalizados, que inviertan en I+D, en protección de riesgos
laborales, etc.". En el mismo sentido, otro de los participantes apunta
que "las pymes españolas tienen que centrarse en diversificar su oferta de productos y servicios.
Tienen que mejorar la productividad, favorecer la innovación y la
transición medioambiental. Hace falta una revisión integral para
adaptarlas al futuro".
También hay quienes creen que hay que
"facilitar la consolidación de empresas y su capacidad de inversión, y
poner en marcha small business act para que una parte de la compra
pública vaya destinada a ellas". Eso no obsta, sin embargo, para que se apoye a las más pequeñas: "Una empresa menos eficiente también tiene su papel en la sociedad".
En
última instancia, hay quienes prefieren dejar que los mecanismos de
mercado hagan sus efectos sin trabas: "Lo importante para las pymes es
que puedan vivir en un ecosistema empresarial y social libre y con
igualdad de oportunidades en relación con el resto de los países con los
que competimos". Y, a partir de ahí, "la competencia, el darwinismo,
hará el resto. Si la industria política se dedica a crear las
condiciones y a no poner palos en las ruedas a la iniciativa
empresarial, a España y sus empresas nos irá mejor". El apoyo, en este sentido, debería concretarse en "la reducción de las trabas burocráticas, territoriales e institucionales, para su constitución y funcionamiento, de la reducción drástica del sistema de ayudas y subvenciones
y del fomento de un ambiente de desregulación que garantice la
competencia. La rigidez del mercado laboral, por ejemplo, va en
dirección contraria".
4. El reto del trabajo
Ligado con las pymes, también aparece el problema del empleo. Las grandes compañías han tendido a reducir puestos de trabajo
directos en los últimos años, mientras las pequeñas están sufriendo
ahora falta de mano de obra en algunos sectores. El telón de fondo de la
reducción de costes, y de la implantación de la inteligencia artificial
ligada a ese propósito, puede ahondar en esa brecha. Todos los
participantes entienden que la revolución tecnológica, digital y verde
se van a producir, hay coincidencia entre ellos sobre su inevitabilidad,
y tampoco prevén grandes tensiones sociales a causa de estas transformaciones, sino periodos graduales de adaptación ("una evolución"). Por lo tanto, las preguntas se centran más en como adaptar la mano de obra a las circunstancias del momento.
Un problema relevante, afirma uno de los encuestados "es la falta de alineación entre las necesidades laborales y las capacidades de los parados;
también hay que trabajar con la orientación de los jóvenes cuando
eligen su formación". La solución que se repite con más insistencia es
la que pone el acento en la formación. Como expone uno de los
participantes, "hay que adaptar el sistema educativo,
potenciando una universidad de excelencia que atraiga talento y que
haga más I+D y también ramas de formación profesional. En general se
necesita más acercamiento entre sistema educativo y empresas que permita
adaptar las prioridades. Y quizás menos café para todos en
universidades que tienen tasas bajas de empleo cualificado expost".
Uno de
los caminos de salida que con más frecuencia señalan las respuestas es
la "formación profesional dual y la universidad dual", que serán claves:
"España debería afrontar el reto de una formación profesional eficaz que resuelva las grandes contradicciones que se generan en el campo de la ocupación. Siempre se habla de ello, pero cuesta mucho pasar al escenario de las decisiones operativas".
Hay también soluciones que son menos compartidas, pero que están presentes en las respuestas. Varios encuestados lo resumen con las palabras de Biden,
"pay them more". La escasez de mano de obra en algunos sectores debería
paliarse con "un clásico de política laboral: que suban los salarios y
mejoren las condiciones laborales".
Otra visión pone el acento en los inmigrantes. Ya que hay puestos de trabajo que no se cubren porque no interesa la relación trabajo/salario, y parece que "solo la población inmigrante acepta la realización de trabajos duros o penosos con sueldos poco atractivos
(construcción, restauración), habría que flexibilizar la regularización
de inmigrantes para que pudieran realizar legalmente esos trabajos que
quedan desiertos y que ellos no tienen problema en cubrir". Otro de los
participantes va más allá en este sentido y señalan que "el crecimiento
de España debería basarse en un modelo de inmigración activo, ambicioso y
dirigido. En particular, España debe ser el polo que atraiga al entorno
europeo el talento y el capital iberoamericano. El objetivo de esta
política de inmigración debería ser poner a España en el camino de los
60 millones de habitantes".
Dado que existen
ocupaciones que la mano de obra existente parece desdeñar, por salario o
condiciones, también hay quien propone "desincentivar cualquier tentación de quedarse en casa, suprimiendo subsidios
y no dando oportunidad de que cualquier situación laboral pueda
compararse a quedarse con una paga completando de vez en cuando con
dinero negro de economía sumergida".
5. La brecha territorial
Las enormes diferencias en cuanto a vitalidad y futuro
entre las ciudades grandes, como Madrid o Barcelona, y las ciudades
intermedias y pequeñas, así como respecto del entorno rural, es otro de
los grandes problemas españoles. Es una tendencia internacional que nos afecta de lleno.
Construir un país económicamente cohesionado es uno de nuestros grandes
retos y, en teoría, los fondos europeos para la transformación digital y
verde deben servir a ese propósito.
Es complicado luchar contra cambios estructurales, ya que el efecto red lleva a que las ciudades conectadas globalmente concentren los recursos. Así lo subraya uno de los participantes, que señala cómo "una capital que cuenta con proyectos como Valdebebas o Nuevo Norte genera polos de cientos de miles de personas y vacía el entorno geográfico de manera continuada; ejerce una fuerza centrípeta muy difícil de compensar".
Uno de los encuestados apunta que "los desequilibrios territoriales
son inevitables. El sector primario desaparece, el secundario está en
las periferias de las grandes urbes (por necesidades de transporte), y
prima el sector servicios, que se concentra en las ciudades. El campo
debe adaptarse y transformarse en espacio de ocio, aprovechando las
facilidades de comunicación. También puede operar como lugar de residencia de jóvenes que teletrabajan y de personas prejubiladas,
siempre que cuente con una buena conexión de internet y posibilidades
de obtener rápido los suministros que se vayan necesitando".
Esta
transformación, señala otro de los participantes, es también lógico
producto de un sistema político democrático: "Las personas tienen
libertad para vivir en el campo o en la ciudad, según prefieran, y así
debe ser. No somos China. Si cada vez más personas viven en la ciudad es porque la encuentran más atractiva para su proyecto vital.
No veo otra posible solución al abandono voluntario de la España rural
que una política inmigratoria activa, ambiciosa y dirigida, que
impulsaría el crecimiento económico y con ellos las oportunidades en el
mundo rural para quien las desee".
Sin embargo, tampoco esta clase
de soluciones parecen surtir efecto: "En Catalunya ya hay un montón de
ciudades de segundo y tercer orden que sobreviven por ser capital de
comarca y contar con trabajos administrativos. El año pasado llegaron
140.000 inmigrantes. Y la mayoría se instalaron en Barcelona, Gerona Lleida o Tarragona. Su llegada a entornos rurales es marginal".
En definitiva, las respuestas traslucen una sensación de inevitabilidad.
La tendencia generalizada lleva a la concentración de población y
recursos en las grandes ciudades, a una caída en importancia y recorrido
empresarial de las pequeñas y medianas poblaciones, y no se están
pensando grandes soluciones para revertir esa situación.
Sí se aboga, no obstante, por medidas que pueden servir para que esa brecha no se haga mayor. La opción mayoritariamente promovida por los encuestados,
que es también la más defendida por las Administraciones, pasa por "la
innovación en los servicios públicos y en el transporte para garantizar
la misma dotación de servicio por habitante en territorio rural que en
territorio urbano. La tecnología lo permite, solo hace falta una
Administración ágil y con visión". En algún caso también se propugna una
medida más atrevida, como sería "la intervención estatal para limitar
las inversiones públicas en la capital e invertir en infraestructuras de
conexión (movilidad y conectividad digital) en zonas aún
infraconectadas".
6. La conflictiva juventud
La brecha generacional
ofrece una de las lecturas más divisivas entre los participantes en el
artículo. Hay elementos comunes en las respuestas que contienen matices
contradictorios. Por un lado, se suele reconocer el buen nivel de
formación de los jóvenes ("es la generación mejor preparada y formada y
debe mantener la capacidad para adaptarse a los cambios que
Se
reconocen sus dificultades en aspectos como la vivienda, la
incorporación al mundo laboral y los salarios escasos que suelen sufrir,
pero también se los achaca una suerte de desánimo, de desgana, o de
ausencia de ilusión, que tienden a ser muy perniciosos. En algún caso,
se señala que "su desilusión es fruto del mal trabajo de la generación que hoy está al timón y la solución sería el traspaso de poderes", pero la visión mayoritaria los percibe como presos de una situación difícil de la que no hacen nada por salir.
Esa
percepción ambigua aparece con mucha frecuencia: "Son más disruptivos
(ya no buscan el coche, casa, oficina..) y más autónomos en el sentido
de más dueños de sus destinos, pero también aparece en ellos cierta inmadurez para afrontar cuestiones peliagudas
(por ejemplo, dimiten de su puesto de trabajo antes de afrontar una
conversación madura para reconducir una determinada situación que no les
conviene…)"; "La juventud tiene muchísima información pero, a cambio,
carece de excesiva capacidad de análisis; en general no le gusta tanto
el sacrificio como a generaciones anteriores y tiende a no complicarse
la vida y vivir lo mejor posible trabajando lo menos posible y sin
grandes ambiciones e ideológicamente predominan el yo y el eros, antes
que cualquier compromiso político"; "Nuestra juventud vive en un estado de ansiedad permanente, les estamos enseñando todo el día la cima y no que para llegar a ella se requiere el esfuerzo de escalarla".
En algunos casos, esos reproches se formulan sin tapujos: "La juventud española está abducida por las nuevas tecnologías. No lee nada, solo ve series y videos de TikTok.
Se informa de forma selectiva a través de Instagram y otras
plataformas. La vida política apenas le interesa, y su conocimiento de
los problemas es absolutamente superficial. Su orientación ideológica es
fundamentalmente reactiva: por eso es posible que ahora se incline
hacia la derecha, por la saturación de moralismo y corrección política
impuesta por las izquierdas en los últimos tiempos"; "La juventud es
cada vez es menos crítica, a consecuencia de la pésima planificación del
sistema educativo, desde la infancia hasta la universidad".
Sin
embargo, el tono dominante tiende a repartir culpas. Los jóvenes tienen
una serie de defectos, como el descreimiento o la falta de implicación,
que se aprecian de manera evidente, pero son consecuencia de una
dificultad del sistema y de las generaciones precedentes para
integrarlos correctamente. Uno de los encuestados señala que "como
efecto de la polarización y de un crecimiento desigual de la economía, la juventud sufre especialmente las debilidades de nuestro sistema económico,
a pesar del buen nivel de formación que existe en general. Ello se
traduce en un cierto desencanto de la acción política y en un peligroso
distanciamiento del hecho institucional. Esto no es bueno ni nos
conviene".
En cierta medida, se comprende la dificultad para
motivar a un segmento de la población cuyos salarios y opciones
laborales no les facilitan tener una perspectiva de vida ilusionante. Si
ni siquiera pueden contar con un acceso a la vivienda
en condiciones razonables o si iniciar la convivencia de pareja o
formar una familia se vuelve muy complicado, es muy difícil ofrecer un
horizonte de futuro que los mueva positivamente. "Nuestra generación
tenía un proyecto a medio plazo, ellos viven en la volatilidad. Hay que
engancharlos con una propuesta que les permita prosperar. Y más cuando
los jóvenes con talento y posibilidades se marchan de España, como los
ingenieros y los médicos, porque pueden gozar de salarios más elevados y
más opciones profesionales fuera de nuestro país. Es una pérdida que España no se puede permitir". (Esteban Hernández , El Confidencial, 30/12/23)