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23.7.24

Wolfgang Streeck: El plan de paz de Sahra Wagenknecht... para liberar a Alemania de las garras de Washington... Sahra Wagenknecht pidió al gobierno alemán que deje de suministrar armas a Ucrania y ponga fin al embargo de petróleo y gas contra Rusia. Los medios trataron el tema como si fuera una combinación de pacifismo ingenuo y “alta traición” con sabor a Putin. Sin embargo, las propuestas de Wagenknecht podrían y deberían proporcionar una oportunidad ideal para un debate largamente esperado sobre el interés nacional de Alemania en un momento de colapso del orden mundial dominado por Estados Unidos... Alemania, como representante de Estados Unidos en su camino hacia Asia, debería proporcionar los medios necesarios para una victoria ucraniana definida en términos de objetivos de guerra ucraniano-estadounidenses. El problema, especialmente para Alemania, es que esto va mucho más allá de los límites de lo posible... si Alemania toma la delantera en la guerra de Occidente contra Rusia, como exige Estados Unidos, sería casi una misión suicida, incluso ignorando los probables riesgos adicionales para la seguridad nacional alemana asociados con ella... Poner fin ahora al suministro de armas alemanas a Ucrania, como exige Wagenknecht, sería una señal de un claro rechazo de este papel y obligaría a los aliados de Alemania a repensar lo que pueden y quieren lograr en Ucrania; eso por sí solo lo convertiría en un elemento indispensable de una política de seguridad alemana responsable en y para Europa ¿Y el restablecimiento de las importaciones de petróleo y gas? Parece muy posible... El llamamiento de Wagenknecht a un retorno al suministro energético ruso está en consonancia con el interés de Alemania en un suministro energético seguro, incluido el mantenimiento de la base industrial alemana... Wagenknecht ofrece a Rusia, como incentivo para poner fin a la guerra en Ucrania, la perspectiva de una comunidad euroasiática de estados y economías, similar a la Casa Común Europea de Mijaíl Gorbachev, la Asociación para la Paz de Bill Clinton y la Europa de Putin “de Lisboa a Vladivostok”... La forma que tiene Alemania de garantizar la paz es liberarse del control geoestratégico de Estados Unidos, dejándose guiar por los intereses de la supervivencia nacional, en lugar de permanecer leal a la dominación política global de Estados Unidos

 "En su discurso en la primera conferencia nacional de su nuevo partido, Sahra Wagenknecht pidió al gobierno alemán que deje de suministrar armas a Ucrania y ponga fin al embargo de petróleo y gas contra Rusia. Los medios trataron el tema como si fuera una combinación de pacifismo ingenuo y “alta traición” con sabor a Putin. Sin embargo, las propuestas de Wagenknecht podrían y deberían proporcionar una oportunidad ideal para un debate largamente esperado sobre el interés nacional de Alemania en un momento de colapso del orden mundial dominado por Estados Unidos, un debate que es obstinadamente rechazado por los partidos de establishment y sus partidarios.

Esta actitud tiene una larga tradición. Con excepción de la era de Willy Brandt, en la Alemania Occidental de la posguerra se había convertido en un axioma que no podía haber ningún interés alemán genuino fuera del interés global de Occidente, formulado por los Estados Unidos, y que ello no podía afectar a los intereses nacionales. Quienes tuvieran una opinión diferente, como Egon Bahr o Hans-Dietrich Genscher, respectivamente asesor de política exterior de Brandt y ministro de Asuntos Exteriores de Schmidt, eran sospechosos de un nuevo nacionalismo alemán, sospecha alimentada por los Estados Unidos como medio para mantener la disciplina de los aliados. Esto sigue vigente hoy en día, con la excepción quizás de la negativa de Gerhard Schröder, en alianza con Jacques Chirac, a participar en la invasión de Irak, y del veto de Angela Merkel en 2008, junto con Nicolas Sarkozy, a la invitación de George W. Bush. a Ucrania para unirse a la OTAN. Tres décadas después del fin de la Guerra Fría, no pasó un día sin que Estados Unidos no estuviera involucrado en una guerra en algún lugar del mundo, y a pesar de la catástrofe de la estrategia global estadounidense en Irak, Afganistán, Siria y Libia y en Palestina: ejemplos de una política de intervención global irreflexivamente negligente que no deja más que caos.

El llamamiento de Wagenknecht a Alemania para que se distancie de la estrategia estadounidense sobre Ucrania y redefina fundamentalmente su relación con los Estados Unidos, y por tanto también con Rusia, no debería parecer en absoluto aventurero, especialmente a la luz de la alta probabilidad de un segundo mandato de Donald Trump. En cuanto a Ucrania, es de esperar que la guerra, como la de Afganistán, termine con la derrota de Occidente liderado por Estados Unidos; en cualquier caso, la derrota será sobre todo para la población local. Las líneas del frente han estado bloqueadas durante más de un año. Del lado ucraniano, cerca de setenta mil soldados habrían perdido la vida hasta el pasado mes de octubre, muriendo, según la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, “por nuestros valores”; otros cincuenta mil, según estimaciones conservadoras, sufrieron heridas tan graves que no pudieron ser enviados de regreso al frente. Sin embargo, el gobierno ucraniano, alentado por Estados Unidos y Alemania, se está adhiriendo a sus objetivos maximalistas de guerra: una “victoria” para Ucrania en la forma de recuperar Crimea y todas las partes del país ocupadas por Rusia, incluidas las zonas de habla rusa. Nadie puede decir cómo se puede lograr tal victoria. Constantemente se solicitan y suministran nuevas armas maravillosas, pero producen poco más que películas comerciales para sus productores. En consecuencia, el entusiasmo de los ucranianos por la guerra disminuye. 

Mientras las elecciones presidenciales están canceladas y los medios de comunicación más alineados que nunca, las esposas y madres de los soldados de primera línea que se han visto obligadas a permanecer en el campo desde que comenzó la guerra, probablemente porque nadie quiere reemplazarlas, se están manifestando en las calles. El alto mando militar pide el reclutamiento de otros quinientos mil hombres. Al mismo tiempo, doscientos mil hombres capaces de realizar el servicio militar viven ahora en Alemania –ilegalmente según las leyes de su país– como refugiados que no tienen ningún deseo de morir por Crimea. En la propia Ucrania, la corrupción está prosperando en las oficinas de reclutamiento de distrito y en los consultorios médicos, donde las exenciones del servicio militar se compran en masa por entre tres mil y quince mil dólares. (Como siempre, son los hijos de los pobres quienes deben morir por los sueños de la clase media y las ganancias de los ricos). Parece razonable dudar, con Wagenknecht, de que el suministro de armas en constante aumento le esté haciendo daño a alguien. En Ucrania, como es su costumbre, Estados Unidos está en proceso de retirada, dejando atrás un campo de escombros que otros deberán limpiar. 

Cualquiera que confíe en ellos debe comprender que, especialmente después del fin de la Guerra Fría bipolar, no tienen motivos para pensárselo dos veces antes de intervenir militarmente donde quieran: su posición en una isla del tamaño de un continente con sólo dos Estados vecinos, ambos bajo su control, los hace invencibles. Esto explica la temeridad con la que desarrollan su política de seguridad o quizás, incluso, de la inseguridad: no les puede pasar nada. Desde este punto de vista, no hay mucha diferencia entre Joe Biden y Trump. Biden quiere llevarse a la OTAN con él hacia China cuando deje Ucrania; Trump cree que puede prescindir de la OTAN. Biden quiere utilizar el conflicto con Rusia para mantener a Europa occidental alineada con Estados Unidos y, por tanto, no aceptará un acuerdo de paz; a Trump no le importa Ucrania. Por tanto, la retirada de Trump de Europa será desorganizada, la de Biden no: a diferencia de Afganistán, es probable que asistamos a un intento de dejar algo parecido a un orden al servicio de Estados Unidos. En esto parece que se espera que Alemania desempeñe un papel especial. 

Atrapada en su pacifismo de posguerra hasta el Zeitenwende –o “punto de inflexión” en la política exterior alemana– de 2022, Alemania está recuperando ahora un papel de liderazgo en la Unión Europea, por primera vez sin intentar involucrar a Francia, ante la insistencia de Washington, pero también de los Verdes y de la industria de defensa alemana, esta última representada por el socio de coalición liberal, el FDP. En este papel, Alemania, como representante de Estados Unidos en su camino hacia Asia, debería proporcionar los medios necesarios para una victoria ucraniana definida en términos de objetivos de guerra ucraniano-estadounidenses. El problema, especialmente para Alemania, es que esto va mucho más allá de los límites de lo posible. Entre el inicio de la guerra en enero de 2022 y finales de octubre de 2023, Alemania gastó 23.900 millones de euros en Ucrania, de los cuales 13.900 millones se usaron solo en acoger a refugiados ucranianos, mucho más que Gran Bretaña (13.300 millones de euros) y Francia (4.700 millones de euros). Está previsto que la asistencia militar directa alemana se duplique de 4.000 millones de euros a 8.000 millones de euros en 2024. La UE asignó recientemente 50.000 millones de euros a Ucrania, que se pagarán en cuatro años; es decir, 12.500 millones de euros al año, de los cuales 3.000 millones de euros procederán de Alemania. Es cuestionable que esto pueda financiarse con cargo al presupuesto regular de la UE. Estados Unidos, que había aportado 71.400 millones de dólares hasta octubre de 2023, está considerando un paquete de ayuda militar a Ucrania de 60.000 millones de dólares sólo para 2024; sin embargo, es poco probable que esto sea aprobado por el Congreso. 

No hay posibilidad de sustituir la ayuda de los Estados Unidos por la de Alemania, o la de Europa bajo liderazgo alemán, especialmente considerando los costos impredecibles pero gigantescos de la promesa estadounidense de «reconstrucción completa», que se espera que comience ya durante la guerra. Todo esto sobrecargará a Alemania, especialmente considerando que su Schuldenbremse (“freno de la deuda”) constitucionalmente ordenado, tal como lo interpreta actualmente el Tribunal Constitucional alemán, prohíbe al gobierno federal obtener fondos para la guerra en Ucrania a través de préstamos adicionales, deudas que servirían para evitar recortes de gastos que ciertamente debilitarían el apoyo interno a las fuerzas de defensa. El resultado es que si Alemania toma la delantera en la guerra de Occidente contra Rusia, como exigen Estados Unidos y varios de los vecinos europeos de Alemania, sería casi una misión suicida, incluso ignorando los probables riesgos adicionales para la seguridad nacional alemana asociados con ella.

Cuanto menos se materialice la deseada victoria sobre Rusia, y lo más probable es que no se materialice en absoluto, más se convertirá Alemania en el chivo expiatorio no sólo de los ucranianos y los estadounidenses, sino de toda Europa. Poner fin ahora al suministro de armas alemanas a Ucrania, como exige Wagenknecht, sería una señal de un claro rechazo de este papel y obligaría a los aliados de Alemania a repensar lo que pueden y quieren lograr en Ucrania; eso por sí solo lo convertiría en un elemento indispensable de una política de seguridad alemana responsable en y para Europa. ¿Y el restablecimiento de las importaciones de petróleo y gas? Parece muy posible, como sugiere John Mearsheimer, que Rusia ya no esté necesariamente interesada en una resolución del conflicto ucraniano, después del espectacular fracaso del intento de Occidente de erradicarla como estado y sociedad industrial. Nadie puede saber si Rusia estará dispuesta a volver a los acuerdos de Minsk o al estado de las negociaciones de Estambul en marzo de 2022, cuando Boris Johnson persuadió al gobierno ucraniano en el último momento de que podía resistir porque las sanciones occidentales destruirían Rusia en unos meses. 

Quizás después de dos años de guerra convencional mayoritariamente exitosa y de la expansión sorprendentemente rápida de su industria armamentista, Rusia se siente lo suficientemente fuerte como para apostar por una hemorragia prolongada en Ucrania: por una rebelión de soldados, un colapso del gobierno nacionalista radical, la emigración de la generación más joven, además de la partida de oligarcas a Londres y Nueva York, y condenarla a languidecer como un Estado fallido durante las próximas décadas. Una fuerte motivación para hacerlo podría ser una comprensible falta de confianza en reacción a las manifiestas fantasías de destrucción de Occidente al comienzo de la guerra: desde el «cambio de régimen» de Biden hasta el tribunal especial para Putin propuesto por la ministra de Asuntos Exteriores, la alemana Annalena Baerbock (o la sentencia del tribunal de La Haya, en versión de Ursula Von der Leyen); hasta las sanciones económicas que Von der Leyen siempre esperó que «erosionarían gradualmente la base industrial de Rusia»; por no hablar de arruinar al banco central de Rusia al aislar al país del sistema financiero internacional. 

Es igualmente improbable que la sorprendente afirmación de Merkel, hecha en defensa propia, de que las negociaciones de Minsk se celebraron sólo para ganar tiempo para seguir armando a Ucrania, haya tenido un efecto de fomento de la confianza. En este contexto, cabe preguntarse qué diría Frank-Walter Steinmeier, ahora presidente federal. quien en su calidad de Ministro de Asuntos Exteriores de Merkel estuvo presente en Minsk, pero que fue, en realidad, el autor de la Hoja de ruta de paz de Minsk (por eso la facción Bandera del gobierno ucraniano de derecha, representada durante mucho tiempo en Alemania por el embajador de Ucrania, lo cubrió de desprecio y odio público).

El llamamiento de Wagenknecht a un retorno al suministro energético ruso está en consonancia con el interés de Alemania en un suministro energético seguro, incluido el mantenimiento de la base industrial alemana. Conviene recordar aquí que Biden ordenó recientemente el cese de la construcción de plantas estadounidenses para la exportación de gas natural licuado (GNL). Si bien esto se aprobó ante la insistencia de los ambientalistas, también fue una reacción al aumento de los precios internos debido a la alta demanda extranjera. Alemania se ve particularmente afectada ya que se espera que el GNL reemplace al petróleo y al gas rusos, bajo presión estadounidense, y a la energía nuclear alemana, a instancias de los Verdes. En cambio, Wagenknecht ofrece a Rusia, como incentivo para poner fin a la guerra en Ucrania, la perspectiva de una comunidad euroasiática de estados y economías, similar a la Casa Común Europea de Mijaíl Gorbachev, la Asociación para la Paz de Bill Clinton y la Europa de Putin “de Lisboa a Vladivostok”. Una comunidad internacional de este tipo, cuyos detalles se acordaran en negociaciones obviamente complejas, comparables a las negociaciones de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa de los años 1980, sería una alternativa a una división hostil del continente en la frontera occidental de Rusia, a la espera de convertirse en la primera línea de lo que los belicistas occidentales, instruidos por Estados Unidos, predicen será un intento ruso de conquistar toda Europa, que se espera que ocurra dentro de cinco años como máximo.

 Una división de Eurasia entre Rusia (aliada de China) y la Europa UE-OTAN, mantenida unida por Alemania como lugarteniente de Estados Unidos, sería el escenario perfecto para una peligrosa carrera armamentista, que atraería hacia Occidente a las potencias nucleares de Francia y Gran Bretaña, a la que pronto quizás también se unió como tal Alemania, para deleite de la industria bélica, aunque ciertamente no de los contribuyentes. Lo que el nuevo partido de Wagenknecht ofrece, en cambio, son relaciones económicas a largo plazo para las cuales se deben restablecer los gasoductos del Mar Báltico, que según Estados Unidos fueron volados por desconocidos. Deberían alcanzarse acuerdos sobre control de armamentos y desarme, como los que Estados Unidos ha deshecho sistemáticamente desde principios de siglo. La forma que tiene Alemania de garantizar la paz es liberarse del control geoestratégico de Estados Unidos, dejándose guiar por los intereses de la supervivencia nacional, en lugar de permanecer leal a la dominación política global de Estados Unidos."

( Wolfgang Streeck , El Viejo Topo, 23/07/24, fuente Sinistrainrete)

7.11.22

Un frío invierno para la Unión Europea... se enfrenta a un invierno plagado de amenazas, tanto bajo la forma de divisiones internas como de riesgos externos... ha conseguido mantenerse unida ante los últimos desafíos, pero en su seno ya comienzan a aparecer las primeras grietas... La primera de las divisiones aparece ante la amenaza de Rusia, y oscila entre los países “duros” partidarios del retorno al statu quo, y los “flexibles”... En segundo lugar, se va acentuando una división norte/sur en materia de sostenibilidad fiscal... En tercer lugar, hay una división en materia de energía y cambio climático, con discrepancias sobre el alcance y contenido de la reforma energética y sobre la posibilidad de retrasar la transición energética para asegurar un suministro adecuado y contribuir a una bajada de los precios... En cuarto lugar, existen divisiones políticas esenciales en el seno del Consejo ante el creciente peso del populismo de extrema derecha... La quinta y última división tiene que ver con las discrepancias sobre el futuro de Ucrania en el marco de la UE

 "La Unión Europea se enfrenta a un invierno plagado de amenazas, tanto bajo la forma de divisiones internas como de riesgos externos.

 El escenario de los próximos meses se presenta complicado para una Unión Europea que ha conseguido mantenerse unida ante los últimos desafíos, pero en cuyo seno ya comienzan a aparecer las primeras grietas. Este artículo analiza las divisiones internas frente a la amenaza rusa, en materia fiscal, energética y de cambio climático, ante el creciente populismo o respecto a la ampliación, así como los riesgos externos por la inestabilidad del Reino Unido, la desaceleración china o la posibilidad de tensiones financieras.

 La Unión Europea (UE) se enfrenta en los próximos meses a un escenario económico extraordinariamente complejo. A los problemas derivados de la inflación y de las subidas de tipos de interés, que aumentan la probabilidad de una recesión, se suman las tensiones sobre el suministro energético por la invasión rusa de Ucrania, pulsiones de renacionalización y un creciente protagonismo político de la extrema derecha en varios países. Todo ello dificulta la acción conjunta europea en un momento en el que la unidad es imprescindible. 

La UE, por el momento, ha mostrado ciertos rasgos de unidad: ha mantenido un frente común ante la invasión de Ucrania (sanciones a Rusia, apoyo económico y militar y coordinación con EEUU y la OTAN), ha dejado en suspenso las reglas fiscales hasta finales de 2023 para poder apoyar a sus ciudadanos más vulnerables ante la inflación, ha seguido ejecutando los fondos de los planes de recuperación, e incluso se está replanteando su normativa energética. Sin embargo, y al mismo tiempo, ve cómo se van acentuando las divisiones internas y los riesgos externos.

En las próximas páginas esbozamos tanto las posibles fuentes de división interna como los riesgos externos. En el plan interno, a los tradicionales cismas norte-sur (acreedores-deudores) de la crisis del euro de la década pasada y este-oeste por cuestiones migratorias y de estado de derecho, se añaden las tensiones que ha originado la invasión rusa de Ucrania. Los riesgos externos, por su parte, tienen que ver con el difícil contexto económico global y con las amenazas que supone el nuevo paradigma geopolítico global, en el que la UE todavía necesita encontrar su lugar.

 La primera de las divisiones internas tiene que ver con la estrategia frente a la amenaza de Rusia, que oscila entre los países “duros” partidarios del retorno al statu quo ante como única solución aceptable (entre los que se encuentran los países del este, España o el Reino Unido) y los “flexibles” que preferirían un acuerdo lo antes posible, aunque supusiera concesiones por parte de Ucrania (que incluyen, con matizaciones, a Alemania, Francia o Italia).

 Las divergencias de estrategia europea también afectan a China, sobre todo a la luz de la experiencia de los riesgos de la dependencia rusa.

En segundo lugar, se va acentuando una división norte/sur en materia de sostenibilidad fiscal, vinculada a la necesidad de retomar el debate sobre las reglas fiscales y a la resurrección del Pacto de Estabilidad y Crecimiento, así como al camino que debe tomar la política monetaria. Aun siendo menos acusada que la primera, esta división existe y podría exacerbarse si la situación económica y financiera se deteriora aún más, como ya ocurrió durante la crisis del euro de 2010-2013. Por otra parte, en el trasfondo de esta división se esconde el debate sobre el modelo de crecimiento europeo, en un contexto geopolítico que ya no puede pasar, como en la anterior crisis, por la mera combinación de austeridad y exportaciones –es decir, por la germanización económica de Europa– sino que requiere una política industrial, energética y tecnológica más intensa e integrada, capaz de potenciar la autonomía estratégica.

En tercer lugar, hay una división en materia de energía y cambio climático, con discrepancias sobre el alcance y contenido de la reforma energética y sobre la posibilidad de retrasar la transición energética para asegurar un suministro adecuado y contribuir a una bajada de los precios. Esta división es variable: en materia de alcance de reformas, oscila entre el conservadurismo de Alemania, Dinamarca o los Países Bajos, renuentes a cambios profundos en el sistema de fijación de precios por sus posibles efectos secundarios, y Francia, Italia, España y otros países, favorables a modificaciones ambiciosas; en materia de interconectividad y diversificación de suministro, por el contrario, Alemania se sitúa más cerca de España y Portugal y se enfrentan a Francia sobre la oportunidad de construir un nuevo gasoducto. (...)

En cuarto lugar, existen divisiones políticas esenciales en el seno del Consejo ante el creciente peso del populismo de extrema derecha, tanto en los parlamentos como en los gobiernos (en algún caso, como en el de Italia, liderándolo). Aunque ninguno de estos partidos plantea una salida del euro o de la UE (como en otros tiempos), todos pretenden reducir la velocidad y profundidad de la integración y recuperar soberanía nacional: para algunos, como los del este, en cuestiones relacionadas con el Estado de derecho y, para otros como Italia, en relación con la soberanía económica o energética.

La quinta y última división tiene que ver con las discrepancias sobre el futuro de Ucrania en el marco de la UE, no sólo respecto a la ayuda militar y económica (de la que ya hemos hablado), sino de la posibilidad de concederle el estatus de Estado miembro, lo que plantea dudas no sólo por su tamaño, nivel de renta y situación de reformas esenciales, sino también en términos de agravio comparativo con otros países candidatos a la adhesión.(...)

 Por otro lado, a la UE también se le acumulan los riesgos externos, tanto políticos como económicos y financieros.

En primer lugar, la vulnerabilidad económica del Reino Unido, que, pese al regocijo de algunos, no deja de ser un factor preocupante de inestabilidad económica y financiera para el continente.(...)

 En segundo lugar, el débil crecimiento de China, unido a la preocupante ocultación de datos estadísticos (con el aplazamiento sin fecha de los datos de balanza comercial y de PIB en el contexto del 20º Congreso del Partido Comunista), lo que hace presagiar malas noticias. (...)

En relación precisamente con Estados Unidos, y en tercer lugar, su inflación continuada (un 8,2% interanual en septiembre, algo más de lo esperado por la Reserva Federal) anticipa nuevas subidas de tipos de interés que multiplican la probabilidad de una recesión, impulsan nuevas apreciaciones del dólar que tensionan las finanzas de los países emergentes y dificultan la lucha contra la inflación en Europa (vía encarecimiento nominal del precio del petróleo y materias primas –aunque la depreciación del euro promueva las exportaciones). Con un ciclo económico europeo mucho más retrasado que el estadounidense (con niveles de gasto inferiores a los de prepandemia en muchos casos) y una dependencia energética mucho mayor, es lógico que el euro sea mucho peor refugio que el dólar para los mercados internacionales y para los países del llamado Sur Global.(...)

 En este marco de incertidumbre radical, realizar predicciones resulta inútil y tan sólo cabe hablar de posibles escenarios alternativos. Un escenario central, ni demasiado optimista ni demasiado pesimista, sería que el invierno no fuera excesivamente duro y no hubiera cortes de suministro energético en Europa central. En ese caso, en ausencia de sorpresas en la guerra en Ucrania, la recesión en la eurozona podría ser suave (teniendo en cuenta, además, que partimos de niveles de desempleo relativamente bajos).  Lo previsible es también que la guerra en Europa se alargue, con una Ucrania que aspira no sólo a resistir con apoyo militar y económico, sino también a recuperar territorio perdido (Crimea incluida) y una Rusia que, tras anexionarse algunas zonas conquistadas mediante referéndums ilegales, no puede ya dar marcha atrás y continúa con su guerra híbrida en Europa (con sabotajes a infraestructuras, ciberataques, etc.). Si nadie cede y la tensión se mantiene, la economía de Ucrania va a necesitar ingente ayuda económica y humanitaria. Si se mantiene la tradicional división del trabajo en Occidente, en la que EEUU pone el grueso de las armas y Europa el grueso de los fondos de reconstrucción, se podría garantizar una cierta unidad europea, aunque aprobar medidas ambiciosas va a resultar cada vez más difícil.

En este escenario, la inflación seguiría siendo elevada y la recesión llegaría, pero no tendría por qué ser muy acusada. (...)

Incluso aunque los precios energéticos se fueran moderando (algo que no está en absoluto garantizado), la incertidumbre derivada de la guerra, la crisis económica en el Reino Unido o el frenazo en la economía China (sólo positivo en cuanto que reduce la presión sobre la demanda energética) dibujan un horizonte pesimista para la economía europea. La clave está en si los gobiernos serán capaces de aplicar paquetes fiscales de protección a los más desfavorecidos que amortigüen las tensiones sociales y, al mismo tiempo, evitar dos riesgos: que la política fiscal se haga incompatible con la lucha contra la inflación y que las diferencias en la cuantía de las medidas se haga incompatible con el mercado común (el anuncio del paquete fiscal alemán de 200.000 millones, muy mal recibido por la Comisión y otros Estados miembros, es un ejemplo de la peligrosa tentación de adoptar medidas descoordinadas).

En todo caso, no se prevé inestabilidad política en ninguno de los grandes países de la zona euro. El nuevo gobierno italiano probablemente siga una línea relativamente pragmática (más allá de alguna confrontación con la Comisión por el presupuesto y tensiones esporádicas), lo que evitaría una peligrosa crisis financiera en el país.

 Dicho esto, y aunque el BCE ya disponga de un nuevo instrumento para intervenir y comprar deuda de algún país si fuera necesario, la estabilidad financiera y la sostenibilidad de la deuda tienen visos de ser temas prioritarios en la agenda europea de los próximos meses, por varios motivos.

Por un lado, porque el Pacto de Estabilidad y Crecimiento debe retomarse, lo que exigirá el diseño de nuevas reglas fiscales, ya que las actuales son inaplicables (o su aplicación estricta sería suicida). (...)

Por otra parte, porque los costes de emisión de la nueva deuda comienzan a ascender (el bono español a 10 años ya está en el 3,56%, seis puntos básicos por encima de las previsiones del Programa de Estabilidad.

Y, finalmente, porque la crisis de la libra esterlina debería servir a la eurozona de lección de la estrecha relación entre el valor de la deuda pública, los riesgos del sector financiero y el riesgo soberano, algo que ya vivimos durante la última crisis financiera pero que parece haberse olvidado. (...)

La estabilidad del euro no sólo requiere que las entidades financieras diversifiquen geográficamente sus clientes, sino también que eviten una excesiva concentración de riesgo soberano en sus balances. Para ello resulta imprescindible la potenciación de activos sin riesgo de ámbito europeo (de los que los bonos Next Generation EU son un excelente primer paso), así como políticas fiscales prudentes. El enfrentamiento del Banco de Inglaterra con el gobierno del Reino Unido nos enseña que el mix entre política fiscal y política monetaria ha de ser consistente, ya que un banco central puede estar dispuesto a comprar deuda para evitar tensiones en los mercados, pero no a desatender su mandato contra la inflación haciendo seguidismo de una política fiscal irresponsable.

Las políticas de demanda deben, por otro lado, completarse con medidas de oferta que garanticen un suministro suficiente (no sólo para este invierno, sino, sobre todo, para el siguiente) y al mismo tiempo ataquen directamente el alza de los precios. Los miembros del Consejo siguen debatiendo a un ritmo peligrosamente lento sobre la necesidad de medidas de intervención en el mercado energético, la adquisición conjunta de al menos un porcentaje de las reservas y el límite flexible para el precio de las compras de gas, al tiempo que encargan a la Comisión una propuesta “concreta” para adaptar el sistema de fijación del precio del gas en el mercado a las inusuales condiciones del mercado. La acumulación de metaneros en la costa española y las bajadas puntuales del precio del gas no deberían relajar a la UE, especialmente ahora que Rusia ha dejado claro que su estrategia pasa por hacer pasar frío a los ciudadanos. 

Finalmente, otro ámbito de debate europeo será el de la autonomía estratégica. Tras la comunicación de la Comisión de febrero de 2021 sobre su estrategia de política comercial el mundo ha cambiado bastante y los riesgos de expansión de las cadenas de valor se han multiplicado tras la invasión de Ucrania y la creciente tensión con Rusia y con China. (...)

Si las tensiones geopolíticas en la región asiática se acentuasen, uno de los primeros efectos se manifestaría en forma de ruptura de suministros electrónicos. En un contexto de tensiones geopolíticas internacionales y reivindicaciones de mayor proteccionismo, no será fácil diseñar una política comercial que garantice el suministro de productos estratégicos sin caer en alguna forma dañina de proteccionismo.

Conclusión

 La UE ha conseguido una cierta estabilidad en las últimas crisis, incluyendo el Brexit y crisis del COVID-19. Sin embargo, la invasión de Ucrania está exacerbando las tensiones internas, a medida que la inflación y las restricciones energéticas comienzan a pasar factura a la economía y a la ciudadanía. Las subidas de tipos de interés generalizadas en todo el mundo, como medida indirecta para reducir la inflación, están anticipando una fuerte caída de la demanda europea y estadounidense, que se suma a la que ya apuntaba China

Precios, tipos de interés y tipos de cambio, unidos a otros riesgos geopolíticos externos, amenazan con generar tensiones en los mercados financieros y resucitar dentro de la UE viejas divisiones norte-sur que se suman a otras divergencias estratégicas, energéticas o políticas y sobre la ampliación. Cuanto más se alargue la guerra, más probabilidad existe de que estas discrepancias pongan en aprietos la unidad europea, en un momento en que la única solución a gran parte de los problemas pasa por la profundización de la integración fiscal, monetaria y energética, combinando responsabilidad y solidaridad a partes iguales. 

 Esperemos que, como ocurrió al principio de la crisis del COVID, las tentaciones individualistas dejen paso una vez más a soluciones comunitarias más duraderas."            (Enrique Feás , Federico Steinberg , Real Instituto Elcano,  04/11/22)

 

   Para luchar contra las epidemias y como alternativa a la salida del euro de los países del Sur, o como salida de emergencia ante la (más probable) ruptura de la UE por parte de los países del Norte... hay que conseguir la soberanía financiera... implantando una moneda digital paralela de circulación interna, en paridad 1:1 con el euro (¿europeseta electrónica?), en España: 

La propuesta de Garzón, basada en el Trabajo Garantizado:

Cómo aplicar el Trabajo Garantizado en ayuntamientos y autonomías... financiándolo con créditos fiscales municipales

Para Ecuador:

Hacia una "moneda electrónica paralela" para afrontar la crisis... en Ecuador (o en España) ¿Por qué y cómo hacerlo?

Para conseguir un monopolio financiero mundial, Facebook propone su propia moneda digital... LIBRA

Otras propuestas: 


Susana Martín Belmonte propone una 'coronamoneda' digital para potenciar la renta de cuarentena... una renta vehiculada a través de una moneda ciudadana digital descargable de una app y con respaldo del Banco de España.
Enlace: http://ojeandoelestadodelpais.blogspot.com/2020/04/coronamoneda-digital-para-potenciar-la.html 

El prometedor dinero fiscal

Emitir 'GREUROS'. Entre la salida del Euro, y la aceptación de la austeridad de la Troika, existe una tercera vía que se basa en la recuperación parcial de la soberanía monetaria

Existe una descripción con mucho humor, de economía-ficción, sobre los beneficiosos efectos que se producirían si en Italia, el gobierno impusiera una moneda digital (la sitúa en el 2020), para salir de la quiebra económica y política a la que la permanencia en el euro habría llevado al país. El objetivo se conseguiría rápidamente.


Los únicos perjudicados, los especuladores de la deuda. Ver: J. D. Alt: ‘Europa, 2020: una ucronía iluminadora’. http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=5467 )

Los artículos de Juan José R. Calaza, Juan José Santamaría y Juan Güell muestran con gran claridad las ventajas de una europeseta electrónica de circulación interna:

- Para entender la europeseta electrónica. Qué es y, sobre todo, qué no es. Enlace: http://www.farodevigo.es/opinion/2012/12/02/entender-europeseta-electronica/720458.html


- Para salir de la crisis sin salir del euro: España debe emitir europesetas (electrónicas). Enlace: http://www.farodevigo.es/opinion/2011/11/27/salir-crisis-salir-euro-espana-debe-emitir-europesetas-electronicas/601154.html

- Las europesetas electrónicas, complementarias al euro, estimularán el crédito sin efectos colaterales perversos. Enlace: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=165815

Juan Torres insiste en que es necesario emitir una moneda complementaria al euro. Sus artículos:

-Marear la perdiz. Enlace: http://ccaa.elpais.com/ccaa/2013/02/08/andalucia/1360327224_588117.html

- Hay alternativas, incluso dentro del euro. Enlace: http://juantorreslopez.com/publicaciones/hay-alternativas-incluso-dentro-del-euro/ mmmm

Más información en:
 
 
 
 'Si Grecia, España, o Andalucía emitiesen una moneda digital, respaldada por la energía solar instalada en sus tejados, alcanzarían la soberanía financiera. La de dar créditos a familias y empresas': http://comentariosdebombero.blogspot.com.es/2014/06/si-una-autonomia-o-una-gran-ciudad.html