"Este 30 de julio de 2026, nos llegan dos series de imágenes desde el
norte de Marruecos. La primera procede de Fnideq y Ceuta: personas que
abandonan su país para dirigirse a otro. Se oye «Viva España», «vamos».
El segundo conjunto de imágenes nos llega desde M’diq. A unos veinte
kilómetros de Fnideq, en un palacio del rey. Allí tiene lugar una gran
recepción: Mohammed VI celebra sus veintisiete años en el trono con
varios invitados que se apresuran hacia la entrada del palacio con un
sobre y una tarjeta de invitación en la mano. Se ven bufés de fruta,
pasteles y dulces, montañas de gambas, mesas preparadas para recibir a
todos los invitados: la selección nacional de fútbol, el primer ministro
Aziz Akhannouch, el jefe de los servicios de inteligencia Abdellatif
Hammouchi, el presidente de la FIFA Gianni Infantino, influencers.
Estos dos tipos de imágenes nos hablan de Marruecos y de sus
divisiones. Sería un error ver en ello dos mundos distintos. Es el mismo
litoral, el mismo presupuesto, la misma policía. Lo que Fnideq ha
perdido, otros lo han ganado. A estos últimos los encontramos en el lado
privilegiado de las invitaciones. Un grupo corea «Viva España» a unos
veinte kilómetros de otro que se reúne al grito de «Viva Marruecos». No
se trata de dos sociedades. Es una sociedad y su reverso, y una vive de
la otra. Quienes reciben las tarjetas de invitación viven del trabajo de
quienes no las reciben, de sus servicios, de los márgenes que se
obtienen de lo que se les vende. Lo contrario no es cierto: quienes
trabajan vivirían mejor sin quienes se llevan una parte. Estas
divisiones son aceptables para quienes se benefician de ellas. Y lo que
está en juego para ellos es que también lo sean para quienes las pagan.
Son precisamente las condiciones sociales las que hacen que estas dos
situaciones sean posibles. Por lo general, se adquieren al nacer y
determinan desde el principio los lugares a los que podemos aspirar, las
colas en las que podemos hacer fila: la de un palacio para llenarse el
estómago o la del mar para arrojarse al agua y huir. Porque estas
situaciones se repiten a ambos lados del Mediterráneo. En el sur, para
ajustar cuentas; en el norte, para justificar las políticas migratorias y
las fronteras.
Pero está lo que las ha hecho posibles, y las condiciones que empujan
a huir convergen todas hacia lo mismo: recuperar la dignidad. El Estado
permite que suceda y no promete nada. La dignidad que se reclama en la
calle lo pone en tela de juicio y conduce a la cárcel. La dignidad que
se busca a nado no le cuesta nada: se paga en otro lugar, con
ahogamientos, desapariciones, palizas, expulsiones y humillaciones. Lo
que determina quién toma qué camino es, ante todo, la clase social y las
condiciones que de ella se derivan. Son también estas las que mantienen
unidos estos dos cuerpos, no uno al lado del otro, sino uno sobre el
otro. Presentarse en el palacio con el carné en la mano y lanzarse al
mar son dos formas de crear comunidad, pero no son simétricas: la
primera reúne a una clase en torno a lo que esta exprime; la segunda
reúne a aquellos sobre quienes se ejerce esa explotación. No hay dos
colas para dos mundos. Hay un solo mundo, con una puerta y un mar.
Ceuta y Melilla son dos ciudades españolas situadas en territorio
marroquí, las únicas fronteras terrestres entre la Unión Europea y el
continente africano. El 30 de julio de 2026, día de la fiesta del Trono,
decenas de miles de personas convergen hacia Fnideq, ciudad marroquí
colindante con Ceuta. Intentan cruzar por la playa o a nado. En las
redes sociales circula el rumor de que la frontera se puede cruzar y así
es como se organiza el movimiento. Las estimaciones españolas apuntan a
que unas 60 000 personas han entrado en Ceuta en pocos días, la mayor
oleada puntual jamás registrada en la Unión Europea. Según las fuentes y
el momento [en el que se redactan estas líneas], se han recuperado
hasta 81 cadáveres y hay desaparecidos que nadie contabiliza.
Estos hechos y estos lugares son rutas que las personas migrantes,
marroquíes y no marroquíes, llevan recorriendo desde hace varias décadas
con la esperanza de llegar al continente en el que sus sueños podrían
tener cabida: Europa. El 30 de julio, estas imágenes nos sorprenden por
su fuerza y su violencia. Pero el mecanismo que las genera —es decir, el
deseo de huir de un país que nos desprecia con la esperanza de llegar a
una tierra que pueda ofrecernos oportunidades— no nos sorprende.
En las líneas siguientes, he decidido volver sobre este mecanismo y
algunas de sus causas. Es indudable que estos cuerpos también sirven
para ajustar cuentas entre Estados. En 2021, Marruecos permite que miles
de personas, sumidas en la desesperación, crucen la frontera de Ceuta
para castigar a España por haber acogido a Brahim Ghali, líder del
Polisario, para que recibiera atención médica. El cinismo radica en lo
siguiente: el mismo aparato genera la miseria, vive de ella y se sirve
de ella. Produce, a través de sus políticas y de su integración
subordinada en el capitalismo mundial, una población excedente que ni su
economía ni su mercado laboral pueden absorber. Cobra las divisas que
le envían quienes se han marchado. Abre la frontera cuando tiene cuentas
que saldar con Madrid, y luego la vuelve a cerrar y le cobra a Europa
el trabajo de volver a cerrarla.
Los pobres no son ni un problema ni un accidente en este sistema. Son
su materia prima. Un Estado puede alimentarse de la desesperación sin
generar la capacidad de acción que impulse hacia una salida. Él crea la
situación y los individuos toman una decisión. Tratarlos como
«figurantes» de una maquinaria geopolítica sería precisamente privarles
de eso: de sus razones. Sin embargo, ellos y ellas las tienen, y son
esas razones las que nos interesan: las personas, su día a día y las
desgracias que les empujan a dejarlo todo atrás para huir.
Si el 30 de julio vimos esas imágenes de multitudes apiñadas a ambos
lados de las fronteras, ya fueran terrestres o marítimas, no se trata de
un acontecimiento ligado a esa fecha concreta, a esa secuencia de julio
de 2026. Este acontecimiento tiene una historia y está documentada. A
finales de septiembre de 2018, se llevaron a cabo desalojos de barrios
marginales en el barrio de Aïn Sebaa, en Casablanca; a estos desalojos
les siguió la destrucción de las viviendas por parte de las autoridades.
Los habitantes de los asentamientos precarios en cuestión reaccionaron
expresando, en primer lugar, su humillación, hogra. Cuestionaron
el estatus de su «ciudadanía» y decidieron emprender una marcha hasta
Ceuta para reclamar el derecho al asilo político. En el texto que
redactan para anunciar su marcha, los y las habitantes precisan que el
asilo es un «derecho universal garantizado por los tratados y convenios
internacionales», antes de concluir con la siguiente frase: «quien no
tiene vivienda, no tiene patria».
A finales de agosto de 2019, seis presos políticos rifeños hicieron
público un comunicado en el que afirmaban su determinación «de renunciar
a la nacionalidad del Estado marroquí y a su privación, así como de
romper el vínculo de lealtad, a partir de la fecha de publicación» del
comunicado. Concluyen así: «Lloramos por la patria, le hemos sacrificado
la flor de nuestra juventud y le daremos nuestra vida; sin embargo,
nunca estaremos dispuestos a respaldar a un Estado que quiere enterrar a
un pueblo, una patria y un sueño de dignidad y libertad». En ambos
casos, la ciudadanía es rechazada precisamente por aquellos a quienes no
les aporta nada.
Julio de 2026, llegan imágenes de decenas de ciudades del país: por
todas partes, la gente se pone en camino hacia uno de los dos enclaves.
Es hacia Ceuta hacia donde se dirigen mayoritariamente las multitudes.
Es más accesible, cercana a Tánger y Tetuán, y cuenta con buenas
conexiones por carretera. Melilla, por su parte, se encuentra en la
región del Rif, menos bien comunicada. El Rif es una de las zonas
marginadas que el Estado mantiene a distancia; allí se hace patente el
desarrollo desigual. Es contra esto contra lo que se levantaron las
masas en 2016 durante el Hirak del Rif. Los activistas de este
movimiento siguen cumpliendo condenas de hasta 20 años de prisión por
haber reivindicado la justicia social, la igualdad y la dignidad.
Para dirigirse a Melilla, la gente acude en masa desde Alhucemas,
Nador, Beni Ansar y otros lugares del Rif. Hacia Ceuta, llegan de todas
partes. Las carreteras están abarrotadas de gente a pie y en camiones.
Las estaciones de tren de Casablanca, Kenitra, Rabat y Tánger están
abarrotadas. Pero, sobre todo, la gente acude en masa desde Fnideq,
ciudad unida a Ceuta por un paso fronterizo: Bab Sebta. Fnideq ha
sobrevivido durante mucho tiempo gracias al mercado del contrabando, a
una economía sumergida que se hace posible gracias a las idas y venidas
de las mujeres a las que se denomina «mulas». Su trabajo consiste en
hacer viajes de ida y vuelta entre Ceuta y Fnideq, con la espalda
cargada de mercancías. Estas mercancías se venden luego al por menor en
los mercados de la ciudad de Fnideq o al por mayor a comerciantes
procedentes de todo el país. De eso viven estas ciudades. Estas mujeres
de Bab Sebta y Bab Melilia llevan la economía a cuestas. Muchas de ellas
mueren, aplastadas en las aglomeraciones o por agotamiento.
Sin embargo, en 2019, algunos industriales presentaron quejas en
nombre de la competitividad del producto nacional. A raíz de ello, una
decisión política cerró Bab Sebta y Bab Melilia al comercio de productos
alimenticios. A cambio, se prometió un polígono industrial, pero este
nunca llegó a absorber a los miles de personas que se quedaron sin
trabajo. Tras el hallazgo, en febrero de 2020, de los cadáveres de dos
ahogados en esa misma playa del 30 de julio, las mujeres de la ciudad se
movilizan contra la política pública de 2019, adoptada en detrimento de
una población pobre en beneficio de intereses industriales, esos mismos
que, siete años después, se encuentran a las puertas del palacio. La
llegada de la COVID sirve de excusa: la decisión política de 2019 se
convierte, en retrospectiva, en una catástrofe natural, y ya nadie rinde
cuentas por ello. El cese de esta economía de subsistencia conduce a la
creación de una economía y una población excedentarias.
En todo el país se están aplicando diversas políticas antisociales y
antipopulares. Barrios enteros son destruidos o están amenazados de
destrucción para alejar a las clases populares de los centros urbanos,
para dar cabida a hoteles y alojamientos de Airbnb para turistas, para
construir edificios destinados a los ricos e infraestructuras con vistas
a las competiciones deportivas que organiza el país: la Copa Africana
de Naciones 2025 y el Mundial de Fútbol de 2030. Koenraad Bogaert (2018)
ha analizado este tipo de megaproyectos como una forma de gobernar los
barrios populares, más que de proporcionar vivienda a sus habitantes.
Varias asociaciones y ciudadanos alertan sobre la inflación de los
precios y la disminución del poder adquisitivo.
De estas situaciones surgen movilizaciones que provocan un exceso de
intervención por parte del aparato represivo y del sistema judicial. La
movilización más reciente es la de la generación Z, en septiembre de
2025. Las consignas: «No queremos ni estadios ni el Mundial, sino
colegios y hospitales», «Libertad, dignidad, justicia social». Más de
650 jóvenes se encuentran hoy en prisión; han participado en el
movimiento de una u otra forma o han sido detenidos de manera
arbitraria. Aún están a la espera de juicio. Diez meses separan estas
detenciones de los hechos del 30 de julio. Cuando la salida colectiva se
criminaliza, queda la salida individual, y esta pasa por el agua.
Las movilizaciones se suceden desde hace años; algunas se prolongan
durante mucho tiempo y no logran nada. Se reclaman carreteras, colegios,
hospitales, viviendas dignas e infraestructuras para el uso de la
ciudadanía. El Estado ha dejado de sentirse obligado a dar respuesta a
estas demandas. La represión no es nada nuevo. Bajo el reinado de Hassan
II, que gobernó de 1961 a 1999, los «años de plomo» fueron aún más
mortíferos. Sin embargo, hay algo que ha cambiado: lo que el régimen
cree que debe mostrar de sí mismo. Al final del reinado de Hassan II se
observa una apertura que culmina con la Instancia de Equidad y
Reconciliación en 2004. Es decir, el reconocimiento oficial por parte
del Estado de los crímenes que había cometido. Tal y como señala la
antropóloga Susan Slyomovics (2005), dicho reconocimiento se escenificó
tanto como se llevó a cabo institucionalmente. Ese fue el precio que
hubo que pagar para resultar atractivo ante la comunidad internacional
en 1999, y ese precio ya no tiene validez. El autoritarismo se ha
convertido en una forma habitual de gobernar, tanto en Europa como en
otros lugares. Ya no se trata de simular el liberalismo, sino de asumir
la supresión de las libertades. Es así como Marruecos se suma a la norma
del momento: expropiar, castigar, silenciar, confiscar y expulsar ya no
son escándalos, sino métodos de gobierno.
Si el 30 de julio de 2026 se ve principalmente a personas marroquíes
lanzándose al mar, también hay personas negras, migrantes, asentadas en
Marruecos a la espera de poder cruzar para encontrar una vida mejor. Son
objeto sistemático de discriminación, de escenificaciones mediáticas
abyectas, de humillaciones cotidianas, de criminalización constante y de
instrumentalización política. Al igual que en Europa, la fantasía de la
«remigración» de las personas negras existe en el sur del Mediterráneo.
Y encuentra eco en esos lugares marginados desde los que las multitudes
deciden huir colectivamente ese 30 de julio.
Se trata de nuestras historias de migración. Al día siguiente del 30
de julio, comento estas imágenes con el personal de un lugar al que
suelo acudir. Una persona cuenta que, en la década de 1950, su madre
decidió subir a un barco con sus dos hijos, de 10 y 8 años. Relata la
historia de su madre mientras observa las imágenes de las madres con sus
bebés en brazos en el mar de Ceuta. Si se encuentra ante mí con la piel
de gallina es porque se reconoce en esa imagen. Es su historia. La
huida colectiva es una forma de crear comunidad: se expresa el deseo de
huir y se vuelve a vincular con una comunidad abandonada. Pero no todos
los inmigrantes y los hijos e hijas de inmigrantes se reconocen en este
relato; algunos lo desprecian, a pesar de que son el resultado acumulado
de huidas anteriores. Ellos y ellas optan por negar su propia
genealogía migratoria; esa es precisamente la condición misma para
integrarse en el bloque dominante del país de acogida. Aquellas que la
desprecian desde Marruecos, por su parte, reflejan la condición de
adhesión a la fractura social asumida y al bloque dominante del país de
origen.
Circula un vídeo, grabado desde las faldas de las colinas de Fnideq.
En él se ve a un hombre tendido en el suelo, boca abajo. Intenta
incorporarse y levanta el brazo izquierdo como si quisiera decir «no,
por favor». Se dirige a un gendarme que se encuentra frente a él, a dos
metros de distancia. Este gendarme se agacha, coge el bloque de piedra
más grande que encuentra a su frente y lo lanza contra ese hombre que,
con el brazo izquierdo levantado, parece decir «no, por favor». Esta
misma escena se repite cuatro veces, hasta el momento en que el hombre
consigue levantarse, se acerca al gendarme como si quisiera suplicarle,
antes de volver a caer al suelo. Un segundo gendarme se une al primero;
ambos sacan sus porras y propinan una paliza al mismo hombre. No es más
que una imagen entre tantas otras.
Si ambos enclaves están hoy más tranquilos, no es por convicción
popular, como dan a entender los instrumentos de propaganda estatal. Se
debe a que las fuerzas del orden intervienen con dureza y controlan por
la fuerza a las poblaciones dispuestas a huir. Se debe a que decenas de
miles de personas son deportadas desde Ceuta en cuarenta y ocho horas,
por acuerdo entre Rabat y Madrid, sin procedimiento individual ni
regularización alguna. En las calles de las ciudades y los pueblos, son
perseguidas, empujadas y golpeadas. Los autobuses las llevan a regiones
muy alejadas de aquellas de donde proceden. Abandonadas.
Así pues, siempre se puede apartar la mirada mientras se debate sobre
el estatuto de los dos enclaves. Pero en ningún momento se trata de una
marcha colectiva por su liberación: se trata de considerarlos como una
tierra desde la que es posible acceder a unas mejores condiciones,
recuperar parte de la dignidad y atreverse a soñar. Es precisamente
«Viva España» lo que se corea desde Ceuta. Este grito no expresa lo que
España promete, sino más bien lo que Marruecos no cumple."
(Zineb El Gharbi , Contretemps, 18/08/26, traducción Salvador L. Arnal)