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18.2.24

Juan José Tamayo: “Un importante sector de la jerarquía católica española es responsable y cómplice de la pederastia”... “Sorprende que sectores católicos ultraconservadores se dediquen a hacer escraches a las puertas de las clínicas de aborto y no los hagan en las iglesias y los domicilios de los sacerdotes pederastas que siguen ejerciendo el ministerio sacerdotal”... Es un problema estructural, legitimado institucionalmente... la pederastia se ha producido en todos los espacios del poder eclesiástico y en sus dirigentes: cardenales, arzobispos, obispos, miembros de la Curia romana, miembros de congregaciones religiosas, responsables de parroquias, capellanes de Congregaciones religiosas femeninas, profesores de colegios religiosos, formadores de seminarios y noviciados, padres espirituales, confesores, etcétera... la causa se encuentra en el poder detentado por las personas sagradas, un poder omnímodo y en todos los campos. Hay poder sobre las conciencias, poder sobre las mentes, poder sobre las almas y sobre los cuerpos, que se convierten en propiedad de las masculinidades sagrada

 "“La pederastia es uno de los mayores escándalos de la Iglesia católica del siglo XX, si no el mayor. Es un problema estructural, legitimado institucionalmente por las más altas jerarquías durante décadas, desde el Vaticano hasta los obispos de numerosas diócesis de todo el mundo”. Así de contundente se expresa el teólogo Juan José Tamayo sobre el escándalo de los abusos sexuales en el seno de la Iglesia, una realidad a la que se acerca con ambición en su recientemente publicado Pederastia; ¿Pecado sin penitencia? (Erasmus).

En base a numerosa documentación, el libro ofrece una visión cruda de los silencios y las culpas que han rodeado esta realidad ocultada durante décadas. También recoge la reivindicación de las víctimas, que el Defensor del Pueblo ha calculado en al menos 240.000 personas, y el papel de los medios de comunicación a la hora de destapar un escándalo del que solo conocemos la punta del iceberg. ¿Y el papel de la propia Iglesia? Tamayo no duda: “Sorprende que sectores católicos ultraconservadores se dediquen a hacer escraches a las puertas de las clínicas de aborto y no los hagan en las iglesias y los domicilios de los sacerdotes pederastas que siguen ejerciendo el ministerio sacerdotal”.

¿Se reduce la pederastia a unos pocos casos o es un problema estructural en la Iglesia católica?

La pederastia es uno de los mayores escándalos de la Iglesia católica del siglo XX, si no el mayor, el que más descrédito ha provocado en esta institución bimilenaria. Es un problema estructural, legitimado institucionalmente. No vale decir que son casos aislados y marginales, todo lo contrario: la pederastia se ha producido en todos los espacios del poder eclesiástico y en sus dirigentes: cardenales, arzobispos, obispos, miembros de la Curia romana, miembros de congregaciones religiosas, responsables de parroquias, capellanes de Congregaciones religiosas femeninas, profesores de colegios religiosos, formadores de seminarios y noviciados, padres espirituales, confesores, etcétera.

¿Y en España?

En España hay cosas que son la mejor demostración del desprecio a las víctimas y de la falta de compasión con ellas por parte de un importante sector de la jerarquía católica española, que se convierte así en responsable y cómplice de dichos crímenes: primero el negacionismo, el silencio, el ocultamiento de los crímenes durante décadas y la permisividad del delito; después el encubrimiento, la minusvaloración del número de pederastas y de víctimas (“solo pequeños casos”, afirmó Luis Argüello siendo secretario de la Conferencia Episcopal Española) y la falta de denuncia ante los tribunales. Y, por último, la auditoría encargada por la Conferencia Episcopal Española al despacho de abogados Cremades & Calvo Sotelo.

¿Cuál es la raíz de este crimen?’

Yo creo que se encuentra en el poder detentado por las personas sagradas, un poder omnímodo y en todos los campos. Hay poder sobre las conciencias, poder sobre las mentes, poder sobre las almas y sobre los cuerpos, que se convierten en propiedad de las masculinidades sagradas, objeto de colonización y de uso y abuso a su capricho. Un poder que se basa en la masculinidad sagrada, sin control. Un poder patriarcal sobre las mujeres, los niños, las niñas, los adolescentes, los jóvenes y las personas más vulnerables y más fácilmente influenciables.

Pero quizá lo más grave es que el comportamiento criminal de los pederastas y el silencio de la jerarquía terminan por desacreditar a toda la comunidad cristiana. Hoy, que ya conoce tamaños crímenes, debe levantar la voz profética de denuncia contra los pederastas y sus cómplices. Callar se convierte en delito: delito de silencio.

El libro se titula Pederastia, ¿Pecado sin penitencia? ¿Por qué lo eligió?

Cuando terminé el libro, el título me surgió de manera espontánea. Durante los últimos 80 años, la jerarquía no reconoció la gravedad del pecado ni la humillación a la que fueron sometidas las víctimas, miró para otro lado ante las denuncias que recibía, y se limitó a cambiar de destino a los pederastas a otros lugares de España u otros países, donde seguían delinquiendo impunemente. A las víctimas se les imponía silencio para salvar el buen nombre de la Iglesia. Esto generaba un clima de permisividad con los agresores, una atmósfera de oscurantismo para con las víctimas y un ambiente de complicidad de la jerarquía.

¿Es también, o ha sido, un pecado –y un delito– sin castigo?

Sin duda. Si en la Iglesia católica no se impuso la penitencia a los pederastas conforme a la gravedad del pecado, en el ámbito de la administración de justicia no se impusieron las penas conforme al delito. Pareciera que la jerarquía eclesiástica y la Justicia hubieran hecho un pacto, la primera para negar el pecado y la segunda para no investigar ni castigar el delito. La jerarquía optó por el silencio y el encubrimiento. En el caso de la administración de justicia había un miedo reverencial a los obispos y al clero. La simbiosis no podía ser mayor. No olvidemos que vivíamos en un régimen de nacionalcatolicismo en el que los poderes estaban al servicio de la dictadura y el poder religioso la legitimaba. Mi impresión es que dicho miedo sigue manteniéndose hoy en un sistema en el que todavía quedan no pocos restos de nacionalcatolicismo.

¿Cómo ha evolucionado la visión de la sociedad sobre los abusos a menores? ¿Y en la Iglesia?

Hasta hace muy poco tiempo la sociedad, y la comunidad cristiana, eran desconocedoras de los crímenes. Ahora las cosas son distintas. Los casos de pederastia son conocidos y los pederastas tienen nombres y apellidos. En la sociedad se han creado asociaciones de víctimas que concientizan a la sociedad, denuncian a los pederastas, acompañan a las víctimas que tristemente siguen sintiéndose solas y reclaman la rehabilitación de la dignidad pisoteada y una justa y necesaria reparación por los daños causados que en muchos casos duran toda la vida.

En el seno de la Iglesia católica hay colectivos cristianos muy sensibilizados hacia el problema. Uno de los más madrugadores fue la asociación Iglesia sin abusos, creada en 2002 en una parroquia madrileña ante las agresiones sexuales de un sacerdote. Llegó a denunciar el caso ante la Fiscalía, ganó en la Audiencia y el Tribunal Superior confirmó la sentencia. El arzobispo (Rouco) fue condenado como responsable civil subsidiario.

¿Cuál es el papel de las víctimas, de los supervivientes?

Deben convertirse en el centro de las investigaciones. Sus relatos deben ser creídos, sus sufrimientos, compartidos, sus heridas, curadas. Son ellas las que tienen la verdadera autoridad, como afirmaba el teólogo alemán Johann Baptist Metz de las víctimas del Holocausto. Hay que anteponer la atención a las víctimas sobre la protección de los intereses de la institución eclesiástica, que tantas veces las ha olvidado, y no ha mostrado compasión con ellas.

¿Qué pueden hacer los cristianos ante esta lacra?

Una vez conocida su existencia, su magnitud y gravedad, los cristianos y las cristianas no pueden guardar silencio. Deben denunciarla, condenarla. ¿Cómo? Exigiendo cambios estructurales, no simples revoques de fachada. Es necesario despatriarcalizar, desjerarquizar, desclericalizar, desmasculinizar y democratizar la Iglesia católica. El Papa Francisco acaba de afirmar que es necesario desmasculinizar la Iglesia y escuchar a las mujeres para ver la realidad desde otra perspectiva. Hay que exigir a la jerarquía transparencia, la apertura de los archivos donde se encuentran las informaciones sobre agresiones sexuales cometidas dentro de la Iglesia católica, porque la verdad está por encima de la inviolabilidad de los documentos. Su negativa, que tienden a justificar en los Acuerdos con la Santa Sede, es un acto de encubrimiento de los pederastas y de complicidad con ellos. Hay que reclamar la eliminación del celibato obligatorio de los sacerdotes, y pedir la supresión de los seminarios tal y como están actualmente organizados: internados donde los aspirantes al sacerdocio viven segregados de la juventud, de la familia y de la sociedad.

¿No aprecia una desproporción entre las penas impuestas por el Código de Derecho Canónico a los pederastas y las aplicadas a las mujeres que interrumpen el embarazo?

Una desproporción enorme en perjuicio de las mujeres. La máxima sanción para los pederastas es la expulsión del estado clerical, que rara vez se aplica; la que se aplica a las mujeres que abortan es la excomunión latae sententiae, cuando los abusos sexuales constituyen un grave delito y el derecho al aborto está reconocido en la legislación de varios países, incluido España. Sorprende, asimismo, que sectores católicos ultraconservadores se dediquen a hacer escraches a las puertas de las clínicas abortistas y no los hagan en las iglesias y los domicilios de los sacerdotes pederastas que siguen ejerciendo el ministerio sacerdotal. "                         (Jesús Bastante, eldiario.es,  17/02/24)

27.10.23

El Defensor del Pueblo estima en 440.000 las víctimas de pederastia en la Iglesia española... España es el país con la proyección oficial de víctimas más alta... la cifra de los afectados llega al 1,13% de la población... “hay evidencia de que el clericalismo, fuertemente arraigado en el seno de la Iglesia católica, la sacralización de la figura del sacerdote como representante de Dios en la Tierra, la soledad de muchos clérigos y la asunción problemática de la sexualidad son factores que han podido propiciar” los abusos... Como factor de “riesgo específico”, se apunta “al celibato obligatorio, la práctica de la administración de la penitencia y cierta visión de la sexualidad”

 "España pasa hoy de ser una excepción mundial entre los países católicos, sin casos de pederastia en la Iglesia reconocidos oficialmente, a ser el país con el cómputo de víctimas más alto del mundo: un 1,13% de la población adulta actual ha sufrido abusos en el ámbito religioso, según una encuesta a gran escala, la primera de este tipo en el país, que ha realizado el defensor del Pueblo, Ángel Gabilondo. El Defensor ha eludido hacer el cálculo en números redondos en su comparecencia en el Congreso, algo que tampoco figura en el informe. Pero, según los cálculos de EL PAÍS, ese 1,13% de los 38,9 millones de empadronados en España en 2022, de entre 18 y 90 años (franja de edad que abarca la encuesta), se corresponde con unas 440.000 personas. Más en concreto, de ese 1,13%, el 0,6%, unas 233.000 personas, afirma haber sufrido abusos de un sacerdote o religioso, y el resto, de laicos. Para la encuesta se ha entrevistado a más de 8.000 personas.

El estudio demográfico es uno de los pilares de la investigación que Gabilondo ha presentado la mañana de este viernes en la Cámara baja, 18 meses después de que el Congreso se la encargara. El Defensor ha presentado su informe como un intento de arrojar luz sobre este problema oculto y ha criticado “el silencio de quienes pudieron hacer más para evitar” la pederastia.

 Estas abrumadoras cifras, que superan las 330.000 víctimas que calculó Francia en 2021, suponen un vuelco histórico tras décadas de silenciamiento de los abusos y, desde que estalló el escándalo en otros países a partir de 2002, años de negación y encubrimiento de la Iglesia española. Hasta hace dos años afirmaba que conocía “cero o muy pocas” denuncias, en palabras del entonces portavoz de los obispos, Luis Argüello, en 2021. Ha sido el impacto de la investigación que emprendió EL PAÍS en 2018, que ha hecho aflorar las voces de cientos de víctimas, lo que finalmente forzó al Congreso en 2022 a querer saber la verdad de lo ocurrido. Hoy se ha dado el primer paso. Este diario ha colaborado en el trabajo de la comisión del Defensor, con todos sus datos disponibles, y Gabilondo ha resaltado este viernes que ha sido una de las fuentes de información del estudio. La otra, la propia Iglesia, por primera vez ha accedido a revelar datos propios, aunque incompletos y descoordinados: diócesis y órdenes admiten 1.140 casos, un dato nuevo que es la cifra más alta conocida hasta ahora. Su primera admisión de cifras fue en abril de 2021 y solo ascendían a 220 casos.

El 1,13% de las personas que han sufrido abusos en el ámbito religioso católico, según la encuesta realizada por la firma GAD3 para el Defensor, se divide en dos: un 0,6% fue a manos de sacerdotes o religiosos, y el resto, de laicos que trabajaban en sus instituciones. El estudio indica que ese 0,6% es “una cifra similar a la encontrada en estudios realizados en otros países”. En todo caso, es un dato enmarcado en unas cifras globales de abusos aún más graves: el sondeo revela que un 11,7% de las personas entrevistadas ha sido víctima de abuso sexual en la infancia o en la adolescencia, principalmente en el ámbito familiar. En total, la prevalencia es mayor en mujeres, un 17%, que en hombres, un 6%. En el ámbito religioso, ese dato se invierte, son los hombres quienes han sufrido más abusos: representan el 53,8% de las personas abusadas en el ámbito religioso, y el 64,6% de las que fueron agredidas sexualmente por un sacerdote o religioso.

 El exhaustivo estudio tiene 779 páginas y se ha titulado Informe sobre los abusos sexuales en el ámbito de la Iglesia católica y el papel de los poderes públicos. Una respuesta necesaria. Es un trabajo muy meticuloso y durísimo con la Iglesia católica, a la que reprocha la falta de colaboración en la investigación, sobre todo de algunas diócesis, no tanto de las órdenes religiosas. “La respuesta de la Iglesia católica, al menos a nivel oficial, ha estado caracterizada durante mucho tiempo por la negación o la minimización del problema”, señala el informe. La propia respuesta de la Conferencia Episcopal Española (CEE) a la petición de información de la comisión de investigación “refleja todavía una actitud caracterizada por las cautelas y reticencias”. “Por encima de una declarada voluntad de colaboración, los datos han sido presentados de una forma que tiende a minimizar el fenómeno y a relegarlo a un aspecto marginal en el seno de la institución, enfatizando la dimensión social del problema y rehuyendo abordar los factores internos que pueden favorecer las dinámicas de abuso y de encubrimiento”, afirma.

 El documento alega que el “argumento defensivo de que la investigación debería extenderse a los abusos sexuales en otros ámbitos olvida o minimiza la relevancia social de la Iglesia y su poder en España, durante gran parte del siglo XX. Además, no transmite la impresión de que la Iglesia esté especialmente interesada en el conocimiento de los delitos”. En esta línea, constata que “se han detectado en algunos episcopados ciertas actitudes que indican una reticencia al reconocimiento y a la investigación de los casos de abusos”. Como ejemplo, cita la falta de atención a algunas denuncias cuando no se ha encontrado información en los archivos, “presumiendo de alguna manera que las personas denunciantes, a menudo adultos de más de 60 años, tienen un interés espurio, en vez de mostrar voluntad de investigar los casos”. En cuanto a los archivos diocesanos, la información “ha resultado ser excepcional y casi inexistente”, aunque muchas diócesis solo los han consultado, no los han revisado por completo.

 Uno de los puntos más relevantes del trabajo es que tampoco ahorra críticas a las instituciones, que “durante mucho tiempo han permanecido inactivas ante la realidad de los abusos sexuales y no han realizado los esfuerzos necesarios para proteger a los menores” en los centros educativos. Por ello, considera que el Estado, como supervisor, también tiene una responsabilidad en lo ocurrido y propone “la creación de un órgano especial de carácter temporal que tenga como finalidad la reparación de las víctimas (...) en aquellos casos en los que, por la prescripción del delito u otras causas, no se haya podido seguir un proceso penal”. Para ello, recomienda “la creación de un fondo estatal para el pago de las compensaciones”, en colaboración con la Iglesia.

“Los poderes públicos tienen la responsabilidad de garantizar que las víctimas de estos delitos puedan ver satisfecho el derecho a la justicia que reclaman”, mediante algún tipo de declaración pública en la que, “a partir de un principio de prueba presentado ante un órgano especial integrado por personas expertas e independientes, se haga constar que un hecho ha tenido lugar, se exprese su carácter injusto y se reconozca como víctimas a quienes han sufrido sus consecuencias, además de acordarse una reparación”. Entre las recomendaciones, el informe no incluye que se aplique una de las principales reclamaciones de las asociaciones de víctimas, la imprescriptibilidad de estos delitos. El estudio señala que no tendría efecto retroactivo y se centra en propuestas de reparación y reconocimiento del daño. También propone celebrar un acto público de reconocimiento a las víctimas.

 Como trasfondo del problema, el informe señala que “hay evidencia de que el clericalismo, fuertemente arraigado en el seno de la Iglesia católica, la sacralización de la figura del sacerdote como representante de Dios en la Tierra, la soledad de muchos clérigos y la asunción problemática de la sexualidad son factores que han podido propiciar” los abusos. Como factor de “riesgo específico”, indica que la investigación académica apunta “al celibato obligatorio, la práctica de la administración de la penitencia y cierta visión de la sexualidad”. “Durante mucho tiempo, la Iglesia católica ha percibido los abusos sexuales más como un pecado del abusador que como un daño causado a la persona abusada. Esta concepción ha sido superada, aunque solo recientemente”, señala el estudio.

8.013 entrevistas

La encuesta que está recogida en el informe se basa en 8.013 entrevistas, de las que 4.802 se realizaron por teléfono y 3.211 online. Se hicieron un total de 113.126 llamadas, en las que se llegó a contactar con 23.991 personas. Entre los encuestados que refirieron abusos, la mayor parte dijeron que ocurrieron en el ámbito familiar (34,1%), como siempre han señalado todos los estudios. Sigue la vía pública (17,7%), ámbito educativo no religioso (9,6%), ámbito social no familiar (9,5%), laboral (7,5%), internet (7,3%), ámbito educativo religioso (5,9%), ámbito religioso (4,6%), ocio (4%), deportivo (3%) y sanitario (2,6%). Es decir, reflexiona el estudio, sumando los porcentajes, “ello lleva a señalar que prácticamente un 6,6% de los abusos sexuales han ocurrido en establecimientos de carácter religioso”.

Un 6,1% de las personas abusadas sexualmente respondió que el abusador fue un sacerdote o religioso católico. Y además, un 29,3% de las víctimas indicaron que conocían, de forma directa, otras personas que habían sido abusadas por la misma persona. Más de la mitad de las víctimas en el ámbito religioso (51,9%) manifestaron tener conocimiento de otros casos de abusos cometidos por la misma persona.

 El informe explica que la comisión encargada de la investigación encomendó la encuesta porque “sin este dato es imposible poder expresar una voz, con una base empírica sólida, en el debate sobre el alcance del problema en España y sobre si la prevalencia es o no comparable a la que se ha detectado en otros países europeos”. El cuestionario consistió en 34 preguntas cerradas, 10 de ellas dirigidas a todas las personas encuestadas y el 24 restante solo a quienes indicaron experiencias de abuso sexual cuando eran menores.

El trabajo analiza el problema con la abundante información recabada por una unidad de escucha a las víctimas, que se entrevistó con 487 personas que se dirigieron al Defensor para aportar su testimonio. La mayoría, 334, fueron atendidas en persona. Este trabajo ha servido para conocer en profundidad la cuestión, pero el objetivo no era cuantificar víctimas una por una, tarea que se antojaba imposible. En todo caso, la comisión sí ha recopilado los números existentes a través de dos vías: los casos recogidos por la propia Iglesia católica, de diócesis, órdenes y la Conferencia Episcopal, “no siempre coincidentes entre ellos”; y la investigación de EL PAÍS. El informe no deja de señalar que estos datos “no representan más que una pequeña parte de una realidad mucho más extendida”.

 Parte del interés, y el éxito, del trabajo estribaba en la colaboración de la Iglesia española, que hasta ahora siempre se ha negado a revelar lo que sabe sobre los abusos y los casos que conoce del pasado. Pero esa respuesta sigue pendiente, pues la información facilitada ha sido muy parcial. El Defensor ha usado tres vías para pedir datos: los de las 70 diócesis españolas, las 410 órdenes religiosas y los números globales de la CEE. Este organismo ha respondido con datos ya conocidos: las oficinas de atención creadas en 2019 recibieron hasta el 31 de diciembre de 2022 un total de 728 testimonios de abusos, con 927 víctimas. Las diócesis han admitido 354 casos. Las órdenes, 786. En total, 1.140. Este número no coincide con el global de la CEE y tampoco hay manera de saber si hay casos duplicados o son distintos. En todo caso, este dato es nuevo y supera los casos registrados en este momento por la base de datos de EL PAÍS, 1.036, con 2.206 víctimas. Otro problema es que las respuestas de la Iglesia solo han aportado datos anónimos, que imposibilitan cruzarlos con los obtenidos a través de EL PAÍS y los testimonios recogidos por el Defensor y obtener una cifra única.

 Pero además, destaca el informe, estos datos son muy incompletos. El documento es crítico con obispos que en algunos casos ni siquiera han contestado a los requerimientos de la comisión del Defensor del Pueblo: “Hay obispos que parecen haber decidido evitar el tema, que quieren pasar página, más preocupados por las consecuencias para la institución que por las que los abusos han tenido para las víctimas, lo cual les lleva a reconocer un mínimo de casos o ninguno, incluso pese a la existencia de indicios”. Ha sido “muy alto” el número de diócesis que manifestaron no haber recibido ninguna denuncia o comunicación de abusos, 20 de un total de 70, con el añadido de la de Vic, que nunca respondió. El documento destaca a tres diócesis que dieron una información completa desde el primer momento: Girona, Santiago de Compostela y Tarragona.

 En las contestaciones, por otro lado, “no se deduce un criterio claro y compartido sobre los casos de abusos sexuales”. En cuanto al encubrimiento, las diócesis no han hecho comentarios, “ni siquiera de los que han sido señalados expresamente de una forma pública por parte de víctimas o de testimonios indirectos”. Tan solo un obispado ha señalado a un posible encubridor.

Pocas diócesis afirman haber pagado indemnizaciones. Sí las han reconocido, la mayoría en juicios civiles, las de Mallorca (30.000 euros), Tui-Vigo (44.000), Cartagena (47.000, 100.000 y 25.000) y Vitoria (5.000). El informe destaca la falta de datos en este apartado, “sobre todo si se compara con la información que proporcionaron las víctimas” que acudieron al Defensor, “que relataron muchos más casos de indemnizaciones por parte de las órdenes en comparación con las que han pagado las diócesis”."                        (Íñigo Domínguez , Julio Núñez , El País, 27/10/23)

2.9.22

Los abusos desde dentro: una veintena de clérigos perciben la pederastia dentro de la Iglesia Católica como un ataque de los medios de comunicación contra la Iglesia... rechazan que la institución sea responsable de los hechos y, a pesar de admitir que sienten “vergüenza”, “indignación” y pesar por el gran dolor que sienten las víctimas, minimizan la gravedad al decir que “[en España] no ha habido tantos casos”

 "Un ataque de los medios de comunicación contra la Iglesia. Esta es una de las conclusiones que un equipo de investigadores de la Universidad Oberta de Catalunya ha extraído del primer estudio cualitativo sobre la visión que tienen curas y religiosos sobre la pederastia en la Iglesia española. La muestra, limitada, se ha extraído de una veintena de entrevistas, todas en Cataluña, en las que las respuestas revelan cómo el clero evalúa el escándalo: se muestran equidistantes con los agresores, rechazan que la institución sea responsable de los hechos y, a pesar de admitir que sienten “vergüenza”, “indignación” y pesar por el gran dolor que sienten las víctimas, minimizan la gravedad al decir que “[en España] no ha habido tantos casos”. Algunos reconocen que el poder espiritual del clero sobre los niños es una condición que facilita la actuación de los pederastas. “Puedes hacer como un padre hace con su hijo. El sacerdote puede decirle a un niño en un campamento: ‘Durmamos juntos en el saco”, alerta un cura sobre este asunto. El trabajo, “el primero de este tipo en el mundo”, según sus autores, supone una primera aproximación a la opinión de los sacerdotes y religiosos sobre el problema.

Josep Tamarit, catedrático de Derecho Penal, y Marc Balcells, profesor de Estudios de Derecho y Ciencia Política, han liderado al equipo que ha realizado este trabajo, titulado Between sanctity and real life (Entre la santidad y la vida real) y publicado el pasado marzo en la revista Sexual Abuse. La investigación apunta que no se trata solo de un problema provocado por un grupo de personas que, de manera individual, han cometido estos delitos, sino que existen factores estructurales dentro de la Iglesia que han creado circunstancias en las que se han cometido los abusos durante décadas: el poder que la institución ha ejercido sobre la sociedad durante siglos, la estructura jerárquica que la rige, la imposición de normas como el celibato que reprimen la sexualidad de sus miembros y la opacidad de cómo educa y controla a sus clérigos.

Estas conclusiones contradicen el discurso oficial de los obispos que, hasta ahora, se ha enfocado en referirse a la pederastia como un problema de “unos pocos casos aislados” y niega que la idiosincrasia de la institución favorezca la comisión de estos crímenes y su encubrimiento. Los autores del informe reconocen que “las respuestas obtenidas en esta investigación no son generalizables, ya que la muestra es muy pequeña y no es representativa de todos los sacerdotes”, señala Tamarit. No obstante, este experto añade que las respuestas “muestran las tensiones y la pluralidad que hay en el interior de la institución, que la posición mucho más monolítica y defensiva de la jerarquía no permite ver”. Las entrevistas duraron entre una y dos horas. Las preguntas iban desde la evaluación del problema —”¿Cree que las acusaciones son generalmente ciertas?”— hasta los factores de riesgo que facilitan la comisión de los abusos —”¿Cree usted que hay aspectos organizacionales de la iglesia que favorecen la comisión de abusos?”—.

Para los autores, conocer y analizar esta percepción interna “es básico para adquirir una mayor comprensión” de las causas de esta lacra y para que, a partir de ahí, la Iglesia pueda ejecutar las reformas adecuadas para atajar el problema y reparar el daño. Aunque la muestra de entrevistas es pequeña, las respuestas de los religiosos —ninguno de los cuales está acusado de abusos— permiten conocer cómo se percibe el escándalo dentro de los muros de la Iglesia. Por ejemplo, la valoración de los clérigos sobre la responsabilidad de la jerarquía eclesiástica al tratar los abusos y su percepción sobre el encubrimiento es ambigua y refleja “un sentimiento de negación” del problema. Admiten que en el pasado estos asuntos se negaban y ocultaban, pero aseguran, en líneas generales, que la Iglesia en los últimos años ha actuado adecuadamente para combatir la impunidad.

Solo unos pocos y en muy pocas ocasiones utilizaron la expresión “abuso sexual”. En su lugar, usaban palabras como “abuso”, “abusos” o “agresión”, sin ninguna alusión a “sexual”. La mayoría optó por otros vocablos: “casos”, “quejas”, “acusaciones”, “faltas” o expresiones más indirectas como “este tema”, “esto”, “algo” o “cosa”. Los expertos interpretan este comportamiento “como una tendencia a desvincularse de una realidad”. A través de este análisis lingüístico, sostiene el informe, también se observa cierta comprensión hacia quienes abusan, con comentarios que revelan relativa equidistancia. Dice un religioso: “Estas personas han tenido que sufrir mucho… Tanto uno [la víctima] como el otro [el pederasta]”.

“La soledad genera sacerdotes extraños”

De sus discursos se desprende una cierta sensación de victimismo, especialmente cuando arremeten contra los medios de comunicación que han destapado el escándalo. Esta “condenación de los condenadores” estuvo presente en 19 de las 20 entrevistas. La mayoría acusó a los periodistas de “desacreditar a la Iglesia en su conjunto” y de retratar a todos los clérigos como posibles pederastas. “Los medios nos presentan como depredadores. La gente desconfía de nuestras escuelas, de nuestras actividades. Tengo miedo”, dice un entrevistado. Solo hubo una voz que se mostró a favor de las investigaciones periodísticas: “Los medios de comunicación han hecho un bien a la Iglesia y a las víctimas al difundir estos hechos porque, de lo contrario, la gente de la Iglesia no se habría dado cuenta de la magnitud”.

Los entrevistados no rehúsan hablar sobre la falta de educación sexual del clero. “La Iglesia ha condicionado mucho la moralidad hacia afuera, pero hacia adentro no ha habido educación y aquí hay grandes carencias”, dice uno. Del mismo modo, opinan que la condena de la Iglesia a todo acto sexual que no tenga fines reproductivos ha convertido la sexualidad en “un tabú”, reprimido tras las paredes eclesiásticas. “Hay una imagen muy negativa de la sexualidad y eso puede haber producido cierta vivencia represiva de los propios sentimientos, de los propios afectos”, dice otro. Y admiten que la atmósfera clerical en la que viven genera circunstancias que facilitan a los pederastas abusar de niños: la sensación de poder, la “inmadurez psicosexual” provocada por el celibato, el “narcisismo”, entre otros.

Una de las fisuras más grandes que señalan los entrevistados es la falta de un seguimiento constante de la institución a sus miembros, que debería empezar desde el proceso de selección de los candidatos. Muchos de los encuestados también perciben que la Iglesia es menos organizada y homogénea de lo que puede parecer desde fuera. “Piensan que somos un ejército superdisciplinado”, dice un clérigo. El informe afirma que este “descontrol” provoca que muchos religiosos y sacerdotes se sientan solos, circunstancia que la mayoría de entrevistados percibe como “un factor de riesgo” que posibilita la comisión de los abusos. “Es importante tener relaciones sanas con los amigos, con la familia. Si no es así, creo que genera sacerdotes extraños, que se ven raros, que son difíciles de tratar. Tengo hermanos que son personas raras”, dice otro religioso. Tamarit explica que la suma de sentimientos como la soledad, la sensación de la falta de apoyo y el celibato colisiona con “la idea de pureza totalmente enraizada en la Iglesia, donde se aspira a que los clérigos sean los templos de la perfección moral”. (...)"                              (Julio Núñez, El País, 05/0822)

19.8.22

“Mientras me tocaba el cura, la sacristana aporreaba la puerta para que me soltara”... Cuando se enteró mi madre yo tenía 12 años. Me llevó a la casa del cura, pero yo no sé qué pasó allí, porque me dejaron fuera. Ella cortó toda relación con la parroquia y me llevó a un psiquiatra en Valencia, que le dijo que o lo denunciaba o callaba. Y callamos... a primera hora de la mañana del día siguiente, los padres fueron a hablar con otro sacerdote de la parroquia, Benedicto Santos, ya fallecido. “Una bellísima persona que, eso sí, nos pidió que perdonáramos a Don Álvaro y que rezáramos por él. Había sido la suya una debilidad del hombre... Con un muro de incredulidad fue con lo que se topó cuando les contó a los que eran sus dos mejores amigos que estaba siendo víctima de abusos sexuales... El más creyente me convenció de acudir a un psicólogo. Dicho psicólogo era cura... Al principio, “todo era medio normal”. Pero conforme iban avanzando las sesiones, “la cosa cambió”; un día, me tocó los genitales y me pidió que le tocara los suyos mientras me abrazaba

 "María Díaz de Jesús ha guardado un secreto durante siete décadas. Una historia que hasta hace poco pensaba que se llevaría consigo a la tumba. Ahora, con 80 años, ha decidido contarla. Cuando tenía ocho, un simple recado se convirtió en un calvario con el que cargaría el resto de su vida. “No puedo olvidarlo”, explica. En 1949, vivía con su familia en el pueblo vizcaíno de Erandio, en una casa frente a la parroquia de San Agustín. Un día, su madre la mandó a esa iglesia, donde el coadjutor José Luis Pujana le entregaría un papel para que su hermano pudiera matricularse en un colegio de frailes. “En la sacristía, el sacerdote se sentó en una silla, me cogió entre sus piernas y empezó a preguntarme si me dolía la tripa. Mientras tanto, me metía la mano dentro de las braguitas”, relata. El miedo, añade, invadió su cuerpo durante varios meses. Cuando salía de casa temía cruzarse con Pujana: “Miraba a ver si venía, y me escondía en los portales”, recuerda.

Pujana es uno de los 100 sacerdotes señalados por abusar de menores mientras ejercían su ministerio religioso dentro de una parroquia, según la base de datos de este diario sobre los casos de pederastia en la Iglesia y que ya registra 840 abusadores y 1.594 víctimas. En este tipo de casos —donde el agresor es un párroco o ayudante en estos templos— las mujeres representan tres de cada 10 de los denunciantes. En la contabilidad general, las mujeres representan aproximadamente el 17,5%. La historia de Díaz de Jesús también forma parte de los 451 casos que este diario ha entregado al Vaticano y a la Conferencia Episcopal Española (CEE) en dos informes, en 2021 y 2022.

 Díaz de Jesús cuenta que el abuso que sufrió derivó en unas secuelas que ha arrastrado durante toda la vida. “Cuando empecé con mi novio, que ahora es mi marido, tuve problemas. No me dejaba tocar. Se lo comenté y tuvo paciencia, pero incluso de casados yo no quería preliminares, ni tocamientos, ni nada”, dice. El recuerdo de lo que pasó le llevó hace 20 años a rastrear el nombre del acusado por internet. “Puse su nombre y me salió un artículo de una mujer hablando de él, contando su historia. Contaba justo la misma historia que yo con el mismo sacerdote. Al parecer, de Erandio se fue a San Ignacio, otro barrio de Bilbao”, relata. La web de la que habla Díaz se llama Noizbehinkakoak. La autora, que prefiere permanecer en el anonimato, publicó en 2012 una carta con el título Hoy es nuestro aniversario, cerdo, en la que relataba cómo Pujana abusó de ella entre 1985 y 1989 en la Iglesia de San Ignacio y en excursiones que organizaba el cura. Lo que escribe sucedió más de tres décadas después de los hechos que describe Díaz de Jesús. “Me horroriza pensar que este sujeto estaba actuando ya en el año 49, cuando tendría unos 35 años. Qué barbaridad”, afirma tras conocer la historia de Díaz de Jesús. La diócesis bilbaína afirma que ha abierto una investigación sobre estos hechos y se ha puesto a disposición de Díaz de Jesús y de otras posibles víctimas.

Este obispado también hace frente a otra denuncia contra otro coadjutor, el sacerdote Vicente Gorocica y Lequerica. José María Viar, de 72 años, relata que a los 10 años visitaba semanalmente la parroquia bilbaína de San Francisco de Asís, conocida popularmente como la Quinta Parroquia. Un día, describe, Gorocica le llevó a su despacho. “Cerró la puerta con llave. Tenía un despacho grande, con esos muebles antiguos. Se sentó en un sillón y me sentó encima de su rodilla derecha. Empezó a hablarme sobre la confesión y me empezó a meterme la mano por dentro del pantalón, en mis partes”, describe Viar. Minutos después, añade la víctima, alguien llamó a la puerta, pero Gorocica no abrió. “Mientras me tocaba el cura, la sacristana aporreaba la puerta para que me soltara. Él no paraba. Después de un rato, me cogió del hombro y me sacó de allí. Fuera estaba doña Concha, la sacristana, que no dijo ni una palabra”, describe Viar.

 Viar no volvió a pasar por la parroquia hasta décadas después, cuando trabajaba como electricista y su empresa recibió el encargo de cablear el templo. “Mientras trabajaba, escuché a unos feligreses de la Cofradía del Nazareno —hermandad de la que el acusado fue director espiritual— que le iban a hacer un homenaje y yo les dije que ese hombre era un pederasta. Que, si le hacían un homenaje, lo contaría a la prensa. No sé qué pasó después”, explica. No volvió a hablar de su caso hasta 2022, cuando leyó en la prensa otros episodios de abusos. “Decidí contarlo y escribí a EL PAÍS. Hace poco, he estado con la comisión de obispado de Bilbao y he presentado denuncia en la Ertzaintza, aunque sé que el delito está prescrito”, dice. La diócesis de Bilbao ha informado a este diario de que continúa investigando dicho caso.

 Daban misa y catequesis. Absolvían pecados en el confesionario. Compartían desdichas y alegrías con los feligreses. Les invitaban a las fiestas, y asistían a bautizos, bodas y funerales. Pero eran intocables. Y su palabra, inapelable. Así describen a sus agresores la mayoría de víctimas de sacerdotes parroquiales. Esta posición que tenían en la comunidad hacía imposible a los supervivientes de sus abusos denunciar el daño que esta persona les estaba causando. El miedo a no ser creído era una losa demasiado pesada para ellas.

Inmaculada García, de 45 años, sintió ese peso durante muchos años. García afirma que entre 1987 y 1989 mantuvo una relación con Vicente Santamaría, por aquel entonces párroco de la Iglesia de San Jorge Mártir, en Paiporta (Valencia). “Me decía que lo nuestro era una relación de amor, una relación especial que nadie entendería. Se acabó porque yo, como persona con creencias religiosas, no lo veía bien. El sacerdote se había enamorado de mí y no podía ser. Era pecado”, explica García, también presidenta de la Asociación contra el Abuso Sexual en la Infancia (ACASI) de la Comunidad Valenciana. “Solo con el paso del tiempo y mucha terapia, me di cuenta de que eso no había sido una relación de amor, sino un abuso sexual infantil”, señala. García por entonces tenía 10, 11 y 12 años. El cura, 44, 45 y 46. “¿Hasta dónde llegaron los abusos? Hubo violación, pero fue sin violencia explícita. Hubo chantaje, hubo manipulación, pero nunca me sentí amenazada”, describe. Las agresiones más graves, declara, sucedieron en casa del cura. Tras romper con Santamaría, García dice que dejó de acudir a la iglesia y evitó “por todos los medios” cruzarse con él.

García nunca ha denunciado su caso a la justicia, aunque ahora habla abiertamente de ello: “Cuando se enteró mi madre yo tenía 12 años. Me llevó a la casa del cura, pero yo no sé qué pasó allí, porque me dejaron fuera. Ella cortó toda relación con la parroquia y me llevó a un psiquiatra en Valencia, que le dijo que o lo denunciaba o callaba. Y callamos. No se volvió a hablar del tema hasta que fui mayor. Yo incluso lo negaba, por miedo a que se creara una situación incómoda. Ahora está todo prescrito”. Sobre las secuelas, destaca la “baja autoestima”, la “constante preocupación por lo que piensen los demás”, la “necesidad enfermiza de aprobación”, las “dificultades para conocer a gente” y la “dificultad de tener relaciones de pareja”.

 Hace 15 años, García explica que sintió la necesidad de buscar al párroco: “Me encontré con él en casa de su hermana. No fui sola, por recomendación de la psicóloga, que también me recomendó que no me acercara a él, que no le diera dos besos. Yo a lo que iba era a decirle que eso no había sido una historia de amor; que se llamaba abuso sexual infantil y era delito. Él me respondió que no podía negar lo que había vivido y me pidió perdón: ‘¿Has tenido un coche? ¿Y nunca le has dado por detrás a otro o te has salido de la carretera?’, me preguntó. Y yo le contesté: ‘Sí. Pero eso es un error de dos segundos, no de dos años’”. Para ella, aquella conversación fue el “click” de su recuperación. “Un subidón, un cambio radical”, confirma. La archidiócesis de Valencia cuenta que ya ha hablado con la víctima y que abrió una investigación canónica, la cual sigue abierta a la espera de una sentencia.

 Concha H. Fernández, de 59 años, siempre ha tenido un deseo: que todo el dolor que sufrió con 17 años saliera a la luz. Por eso, más de cuatro décadas después, escribió un relato al EL PAÍS donde señalaba un nombre: Álvaro Iglesias Fueyo, coadjutor de la iglesia ovetense de San Juan el Real y responsable del movimiento junior de la parroquia. “Don Álvaro, muy conocido en la ciudad, abusó sexualmente de mí en 1979″, admite H. Fernández. Un sábado por la tarde, cuenta la víctima, cuando todo el mundo se había ido para casa, el sacerdote la llamó a su despacho ubicado en la calle Fray Ceferino, en el número 24. “Cerró la puerta del despacho y me pidió que me acercara donde tenía los libros que, según él, necesitaba leer. Pasados unos minutos, al sentirlo a mis espaldas, me giré y se abalanzó sobre mí. Al tiempo que manoseaba mis pechos, intentaba restregar su pene duro, que ocultaba bajo el pantalón, sobre mi cuerpo. Mientras, me decía: ‘Te deseo, te deseo’. Fue repugnante, asqueroso, repulsivo”, recuerda.

H. Fernández dice que no sabe cómo se zafó de él, cómo salió de aquel despacho, pero recuerda haberse ido para casa “muy asustada, corriendo, llorando, muy nerviosa”. Le contó a su madre lo que había sucedido, y ella se lo contó a su padre. Tras una noche sin pegar ojo, a primera hora de la mañana del día siguiente, los padres fueron a hablar con otro sacerdote de la parroquia, Benedicto Santos, ya fallecido. “Una bellísima persona que, eso sí, nos pidió que perdonáramos a Don Álvaro y que rezáramos por él. Había sido la suya una debilidad del hombre”, describe. H. Fernández no volvió a poner los pies en la casa parroquial. Su silencio, justifica, ha durado hasta que sus padres han fallecido. “Nada pudieron hacer más allá de lo que hicieron. Entonces nadie iba a la policía. No les habrían creído. Imposible todo”, termina H. Fernández. Por eso se juró a sí misma que, mientras vivieran, “este tema, que tanto les había dolido y no habían sido capaces de gestionar, no iba a salir a la luz”.

 Iglesias Fueyo dijo adiós a la parroquia ovetense de San Juan el Real en 2012, después de 40 años vinculado a ella, y se convirtió en rector de la Basílica del Sagrado Corazón de Gijón. Desde 2016 oficia la misa a las seis de la tarde en la capilla de las Hermanas Esclavas de Oviedo. “Esta persona me hizo un daño psicológico enorme. Lo conocía desde los siete años, era muy cercano a mi familia y frecuentaba mi casa. Su acción tuvo una influencia increíblemente negativa sobre mi autoestima, mi personalidad y la manera de relacionarme tanto con hombres como con personas religiosas, en las que difícilmente podía confiar”, concluye la mujer, que, no obstante, se declara creyente.

La diócesis de Oviedo no ha respondido a las preguntas de este periódico sobre si está investigando este caso. No obstante, ha publicado un comunicado en su web haciendo referencia a la investigación periodística de este diario en el que matiza que solo investigará a los acusados en los que la denuncia sea “presentada ante la oficina [de atención] por la posible víctima, con su nombre y no de manera anónima”.

 Con un muro de incredulidad fue con lo que se topó David Merino, de Madrid, cuando les contó a los que eran sus dos mejores amigos que estaba siendo víctima de abusos sexuales por parte del padre Carmelo. Uno de ellos, dice, necesitó pruebas para creerle; el otro, dejó de hablarle. “Todo sucedió en 1992 o 1993. Yo tenía 16 o 17 años cuando les confesé que era homosexual. El más creyente me convenció de acudir a un psicólogo. Dicho psicólogo era cura, y me ayudaría de forma gratuita, cosa que me venía bien porque aún no me había decidido a contárselo a mis padres y yo no podía pagarlo”, explica Merino. Esta víctima recuerda que la consulta del padre Carmelo estaba muy cerca de la Parroquia de San Antonio del Retiro, de los Franciscanos, a la que pertenecía. Al acusado, lo describe como “alto, corpulento, moreno y calvo”.

Merino cuenta que acudía al despacho del “cura-psicólogo” los sábados a última hora de la mañana. Al principio, “todo era medio normal”. Pero conforme iban avanzando las sesiones, “la cosa cambió”. “Una vez conoció mis puntos débiles y mis miedos e incertidumbres, me planteó que para superar lo que me pasaba —que, según él, tenía solución— debía perder el miedo al contacto con el cuerpo de un chico. Al principio, sólo me abrazaba al finalizar la consulta. Eso sí, bajando antes las persianas. De repente, un día, me tocó los genitales y me pidió que le tocara los suyos mientras me abrazaba”, relata.

“En la siguiente sesión bajó las persianas y me abrazó, me empezó a tocar los genitales y me llevó la mano a los suyos. Luego me llevó a la sala de espera, donde tenía un sofá, y me obligó a hacerle una felación. Después me condujo al baño, donde intentó penetrarme, pero ahí creo que ya me resistí”, explica. Este superviviente reconoce que hay partes de la historia que ha borrado de sus recuerdos. Inmediatamente después, dice, se lo contó a sus amigos y estos fueron a hablar con el cura. “Les dijo que me lo estaba inventando”, lamenta. Merino, al día siguiente, dice que acudió a la consulta con una grabadora. “Hablé con el cura de lo sucedido y lo grabé todo. Acudí a mis amigos para que la escucharan y uno de ellos, el más creyente, no quiso siquiera escucharla y dejó de hablarme. El otro, mi mejor amigo, la escuchó y comprobó que era verdad lo que decía”, declara. Merino guardó esas cintas, pero no consigue reproducirlas. “De las grabaciones, no tengo reproductor de cintas, así que no he podido ir revisando las cintas que tengo”, reconoce.

 El caso de Merino fue unos de los que este diario entregó al Papa en diciembre de 2021, en el primer dosier. Poco después, la orden de los Franciscanos abrió una investigación canónica y “tomó medidas cautelares”, según ha informado a este diario el secretario provincial, Antonio Arévalo Sánchez. También contactaron a la víctima para, además de conocer su testimonio, pedirle perdón y ayudarle “en todo lo que pueda devolver su dignidad y cicatrizar su herida”. Medio año después, el proceso canónico sigue abierto, a la espera de una sentencia."                    (Julio Núñez , Paola Nagovitch , Lucía Foraster Garriga , El País, 18/08/22)

2.2.22

O cura de Xestoso acusa os bispos españois: "Nunca obraron ben, eran cómplices e colaboradores dos sacerdotes pederastas"... lembrou que el mesmo volveu levantar "a alfombra no 2013 e no 2018... Volvín chamar claramente terroristas aos bispos polo que estaban a permitir, polo terror infrinxido a toda esa xente abusada, aos seus pais e a toda a sociedade"

 "O cura de Xestoso (Monfero) e Momán (Xermade), Luís Rodríguez Patiño, ratificouse en considerar "terroristas" á cúpula dos bispos españois por desentenderse dos casos de pederastia ou mesmo "permitilos".

 "Nunca obraron ben. Eu levo denunciando desde hai moito tempo que a Igrexa ten que ser transparente. Aínda que a Igrexa é o pobo, aquí falamos máis que nada de xerarquía eclesiástica e non só a española, senón a de todo o mundo", manifestou o párroco.

A respecto dos casos de abusos a menores, lembrou que el mesmo volveu levantar "a alfombra no 2013 e no 2018". "Volvín chamar claramente terroristas aos bispos polo que estaban a permitir, polo terror infrinxido a toda esa xente abusada, aos seus pais e a toda a sociedade", relatou.

 Rodríguez Patiño censura "o silencio dos bispos". "Eran cómplices e colaboradores deses sacerdotes pederastas. Nós debemos seguir o Evanxeo, e é moi claro por canto proclama que o que faga dano a un neno máis lle valería colgar unha pedra ao pescozo e tirarse ao pozo", manifestou de forma tallante.

Á pregunta de se mantén que os bispos españois son uns terroristas, o cura de Momán ratificouse nas súas palabras, afirmando que "si", son "terroristas".

Críticas á cúpula eclesiástica

Neste sentido, lamentou como se chega á cúpula eclesiástica. "Está cuberta como o poder xudicial e sinto que fira corazóns, pero podemos dicir que o Opus Dei e a Conferencia Episcopal están a ser presas dunha serie de personaxes. Eu serei peor que eles ou o que ti queiras..., pero vexo bispos que foron nomeados a dedo, sen conciencia, sen mirar a súa maneira de pensar e levar a mensaxe evanxélica", obxectou Patiño.

Así, subliñou que "Igrexa é unha palabra grega que significa reunión, aqueles que se reuniron en nome de Deus e de Xesús". "Hai uns cantos que se toman o seu poder dentro da Igrexa non como servizo, senón como xerarquía e aquí mando eu e interpreto o Evanxeo segundo me interesa", afeou, finalmente.

 Á marxe disto, tamén criticou á curia polas inmatriculaciones, xa que só recoñece pouco menos de mil."                (Nós, 02/02/22)

20.1.22

Juan José Tamayo, teólogo: La jerarquía católica española ante los abusos: sin compasión... Se establece un pacto de silencio, ocultamiento y encubrimiento en torno a la pederastia clerical, y cuando aparecen casos probados, lejos de ponerlos en manos de la justicia, se tiende a negarlos... porque los pederastas dentro de la iglesia católica se ubican en el ámbito de lo sagrado y en los diferentes espacios del poder eclesiástico: cardenales, arzobispos, obispos, sacerdotes, miembros de congregaciones religiosas masculinas, párrocos, profesores de colegios religiosos, formadores de seminarios y noviciados, padres espirituales, confesores... Todos ellos se consideran representantes de Dios, y sus comportamientos, por muy perversos que sean, se ven legitimados por “su” Dios. La pederastia clerical se convierte así en la mayor perversión de lo sagrado y de la divinidad.

 "La pederastia clerical es uno de los mayores escándalos en la iglesia católica en los últimos ochenta años, que ha destruido la dignidad y la vida de decenas de miles de personas

No se trata de “solo pequeños casos”, como afirma el secretario general de la Conferencia Episcopal Española (CEE), Luis Argüello, refiriéndose a la Iglesia católica española, sino que es un problema estructural que afecta a toda la institución, está instalado en la propia organización jerárquico-patriarcal y contagia a todo el cuerpo eclesial.

Los pederastas dentro de la iglesia católica se ubican en el ámbito de lo sagrado y en los diferentes espacios del poder eclesiástico: cardenales, arzobispos, obispos, sacerdotes, miembros de congregaciones religiosas masculinas, párrocos, profesores de colegios religiosos, formadores de seminarios y noviciados, padres espirituales, confesores... Todos ellos se consideran representantes de Dios, y sus comportamientos, por muy perversos que sean, se ven legitimados por “su” Dios. La pederastia clerical se convierte así en la mayor perversión de lo sagrado y de la divinidad.

La estructura jerárquico-patriarcal de la iglesia católica se sustenta en la masculinidad de Dios que da lugar a la masculinidad sagrada de los clérigos. Esta constituye la base del patriarcado religioso que, a su vez, legitima el patriarcado político, social, familiar... “El patriarcado tiene a Dios de su lado”, afirma Kate Millet. La alianza y complicidad entre ambos patriarcados se traduce en la naturalización de la inferioridad de las mujeres, las niñas, los niños y las personas en situación de mayor vulnerabilidad, hasta llegar a legitimar la violencia contra ellas.

Investidos de masculinidad sagrada, los clérigos detentan el poder sin límite alguno, incluso para delinquir, sin sentirse culpables, y lo ejercen sobre las almas, de las que se consideran pastores, las mentes, que pretenden uniformar, las conciencias, que conforman a su imagen y semejanza, y los cuerpos, que convierten en su propiedad y objeto de colonización.

 Llegados aquí, se establece un pacto de silencio, ocultamiento y encubrimiento en torno a la pederastia clerical, y cuando aparecen casos probados, lejos de ponerlos en manos de la justicia, se tiende a negarlos, minusvalorar su gravedad, calificarlos de excepciones irrelevantes frente a la ejemplaridad de la mayoría del clero y a poner el foco en otros sectores de la sociedad. Cuando aparecen informes a partir del testimonio de las víctimas, se duda de su objetividad y se les acusa de falta de rigor. ¿Resultado? Complicidad en la pederastia.

Todo menos investigar. Lo dijo en su día el secretario general de la CEE: “No estamos por la labor de hacer investigaciones sociológicas o estadísticas, sino conocer a cada víctima con nombres y apellidos”. Parece, sin embargo, que, en los últimos días se ha producido un cambio de actitud en la Conferencia Episcopal Española, que se ha mostrado dispuesta a investigar. ¿Es realmente así? Habría que matizar. El cambio se debe a la evidencia de las investigaciones externas, a la reivindicación de las víctimas y a que el Papa lo ha exigido, no a la propia convicción ante la criminalidad contra la infancia.

Aun así, la investigación se limitaría a crear oficinas en cada diócesis con la negativa expresa a constituir una comisión externa e independiente de la jerarquía que analice en profundidad y de manera objetiva los hechos, sus causas y consecuencias con la obligación de reparar. Las víctimas ya han expresado su escepticismo y desconfianza ante tales medidas, ya que puede significar negarse a conocer la verdad, o mejor, a reconocerla. Dicha negativa contraviene el mensaje de Jesús de Nazaret: “La verdad os hará libres” (Juan 8,32).

El comportamiento de la jerarquía eclesiástica demuestra, hasta ahora, insensibilidad ante el dolor de las víctimas, falta de compasión al no ponerse de su lado, no curar sus heridas, no contribuir a aliviar sus sufrimientos y no acompañar a las víctimas en la vivencia del “calvario oculto” al que se refería en este periódico una mujer que había sido abusada de niña por un sacerdote.

Por último, ¿qué decir de la actitud de la Fiscalía en los casos de pederastia clerical? Tengo mis dudas de que en determinados sectores de dicha institución no exista todavía complicidad, connivencia e incluso temor reverencial hacia la jerarquía eclesiástica, que se superpongan indebidamente a la obligada investigación de la comisión de delitos, que le incumbe. Lo que tiene que quedar claro es que no existen dos justicias, la religiosa y la civil, sino una sola, la civil, a quien corresponde investigar los delitos contra la indemnidad sexual de las personas menores."               (Juan José Tamayo, El País, 18/01/22)

10.11.21

La pederastia de los Legionarios de Cristo

 "Desde 1941 hasta la actualidad, un total de 175 menores de edad han sido víctimas de abusos sexuales cometidos por 33 sacerdotes de la Congregación de los Legionarios de Cristo. Este número de víctimas incluye los, al menos, 60 menores de edad que fueron abusados por el padre Marcial Maciel.

Según el Informe 1941-2019, 33 sacerdotes habían sido denunciados por abusar de menores y se llegó a las siguientes conclusiones: en dos de los casos no se ha podido confirmar que se trató de un abuso sexual de una persona menor de edad; en uno de los casos, referido a un sacerdote fallecido, la persona que en su momento había informado, aclaró, después de la publicación del Informe 1941-2019, que no se había tratado de un abuso sexual; hay tres casos cuya investigación no se ha concluido: los tres autores ya no son miembros de la Congregación, uno está bajo investigación policial, los otros dos, uno vivo y otro fallecido, están bajo verificación intern.

Los restantes 27 casos constan por admisión, un juicio civil, un procedimiento canónico avalado por la Congregación para la Doctrina de la Fe o una declaración del superior mayor competente; de estos sacerdotes, 16 siguen en la Congregación (uno de los cuales ha sido removido del estado clerical), cuatro han fallecido, seis han dejado el sacerdocio y la Congregación, uno ha dejado la Congregación y de los 16 que siguen en la Congregación, 15 no tienen ministerio sacerdotal público; uno tiene ministerio restringido que excluye pastoral con menores (colegios, grupos juveniles, etc.).

En 2020 han surgido siete nuevas denuncias por presuntos abusos a menores acusando a sacerdotes y que se refieren a presuntos hechos sucedidos entre 1970 y 2020.

 Uno de los casos, que se refiere a un sacerdote fallecido, no ha podido ser sustanciado por falta de información y se cerró la investigación; otra denuncia fue sometida a una investigación profesional externa cuyo resultado, a su vez, fue examinado por un comité de revisión. Las acusaciones no fueron sustanciadas; otras cuatro denuncias están todavía en fase de investigación previa canónica, observando también las leyes civiles y el caso de otro sacerdote está en espera de las indicaciones de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre un eventual proceso canónico. No tiene ministerio sacerdotal público.

 Por tanto, a fecha 22 de marzo de 2021, la cifra total de sacerdotes legionarios de Cristo de los que consta que han cometido abuso sexual contra una persona menor de 18 años es de 27.

De todas las acusaciones de abuso sexual, 17 se registraron en México, ocho en Estados Unidos, seis en España, cuatro en Brasil, dos en Italia, dos en Chile y otras dos en la región andina (Colombia y Venezuela). La información publicada sobre España da cuenta de seis casos de abuso de menores desde 1941 hasta la actualidad. Excepto Marcial Maciel, los nombres de los otros cinco sacerdotes han sido ocultados por “razones legales” propias de la legislación vigente en materia de protección de datos, ha justificado la congregación.

Marcial Maciel

Marcial Maciel Degollado fue un sacerdote mexicano, fundador de la congregación católica Legión de Cristo y amigo de los papas Pío XII y y Juan Pablo II. En 1997, a través de una carta abierta al papa Juan Pablo II, ocho ex miembros de la Legión de Cristo acusaron a Maciel de haber abusado sexualmente de ellos y de que ni la congregación ni otros miembros de la jerarquía católica les habían atendido hasta el momento.

 Siete largos años después de enviar la carta, Maciel dejó la dirección de la Legión de Cristo. Tiempo después Joseph Ratzinger, el futuro Papa, permitió continuar la investigación canónica contra él por acusaciones de abuso sexual contra niños, así como hacia sus compañeros. En 2005, Ratzinger encargó a Charles Scicluna, entonces promotor de justicia de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que recogiera los testimonios de abuso sexual cometidos por Maciel.

En 2006, cuando Ratzinger ya era papa, anunció el cierre de la investigación sobre Maciel debido a su avanzada edad y quebrantada salud, ordenándole el retiro del sacerdocio público para consagrarse a una vida de «oración y penitencia». Dos años después, Maciel moría sin ser juzgado.

En 2019, El Vaticano confesaba que tenía noticias de los abusos sexuales realizados por Marcial Maciel de 1943 gracias a que el cardenal navarro Arcadio María Larraona habría descubierto esta conducta durante la investigación realizada entre los años 1953-1959

Doce años después de la muerte de Maciel, la orden que fundó sigue en pie y, para justificar su permanencia, los Legionarios de Cristo se han abierto en banda y han realizado un informe en el que constatan que su fundador abusó al menos de 60 menores (niños y niñas) y han incluido además el resto de casos de pederastia que han descubierto.

Según este informe, habría otros 32 sacerdotes que, además de Maciel, habrían cometido abusos, aunque el exsacerdote Alberto Athié señala que serían bastantes más. Asimismo, de un simple vistazo al informe se puede observar que uno de cada tres sacerdotes «cazados» era reincidente. (...)"            (Luna Izquierdo, Contrainformación, 09/11/21)

1.3.19

La histórica cumbre en el Vaticano para tratar sobre los abusos sexuales en la Iglesia católica supone un punto de inflexión que determinará el futuro de la institución...

 "El Papa abre la histórica cumbre en el Vaticano contra los abusos en la Iglesia.

 Acababan de sentarse en sus butacas. Apenas habían podido rezar y saludarse. Pero tuvieron que escuchar aquella voz en off disparando a bocajarro la verdad. “Desde que tenía 15 años mantenía relaciones sexuales con un sacerdote. Duró 13 años seguidos. Estuve embarazada tres veces, y las tres él me hizo abortar. Simplemente porque no quería ponerse un preservativo ni un método anticonceptivo”.

Luego llegaron las de cuatro víctimas más de otros tantos continentes. Un sacerdote violado cuando era un adolescente, también un chico al que volvieron loco. “Lo primero que hicieron fue tratarme de mentiroso, darme la espalda y decir que yo y otros éramos enemigos de la Iglesia”.

La jerarquía eclesial agota el surtido de mecanismos para seguir encubriendo los crímenes sexuales cometidos sobre sus fieles durante décadas. Hombres y mujeres a quienes sus abusadores descuartizaron el futuro y que descubrieron el significado del mal entre los bancos de una Iglesia.

Como la africana con cuyo testimonio comenzó este jueves la histórica cumbre sobre la pederastia en el Vaticano y que fueron obligados a escuchar en el salón del sínodo del aula Paolo VI los 190 líderes religiosos que aguardaban el discurso inaugural del Papa.

Experiencias terroríficas, también las de los cientos de activistas llegados a Roma estos días, tapadas impunemente por obispos cuyas diócesis, representadas en la sala a través de 114 presidentes de Conferencias Episcopales, construyeron un histórico muro de silencio. Luego el Papa, en un discurso breve y austero, admitió lo que durante meses le reprocharon las víctimas.

“El santo pueblo de Dios nos mira y no solo espera de nosotros simples y obvias condenas, sino todas las medidas concretas y eficaces que se requieran. Hace falta ser concretos”, lanzó ante el auditorio repleto de solideos morados.

El tiempo se agota y el juicio a sus palabras cada vez es más severo. Pero este jueves, tras muchos meses de retórica catártica, dio en algún momento la sensación de que, al menos, nada podría volver a ser igual en la Iglesia. Antes de comenzar las ponencias, Francisco repartió un documento que había preparado personalmente: 21 puntos concretos que deberán debatirse e implantarse tras la cumbre.

No es una revolución, tampoco cabía esperarla. Hay algo de compendio de muchas de las líneas guía de las diócesis más avanzadas. Pero es un punto de partida, subrayó, sobre el que avanzar hasta el domingo.

Punto de partida

El documento, distribuido a todos los obispos, incluye medidas como la creación de una suerte de defensor de las víctimas en las diócesis, la elaboración de un vademécum en el que se especifican los pasos a seguir por la autoridad en todos los momentos clave del surgimiento de un caso, o la modificación de la ley canónica que aumentará en dos años la edad mínima para el matrimonio de las mujeres (hasta ahora fijada en 14 años). Una medida crucial en el tercer mundo y que ni los organizadores sabían que se pondría sobre la mesa estos días.

Las reivindicaciones más exigentes de las víctimas no están en este “punto de partida”. Una omisión que provocó enseguida la reacción de miembros del colectivo, que lo consideraron irrelevante teniendo en cuenta el tiempo que el Vaticano había tenido para preparar el encuentro. El español Miguel Hurtado, abusado en 1998 por el monje de Montserrat Andreu Soler, fue muy crítico. “Los puntos de reflexión que el papa Francisco ha dado a los obispos son muy, muy flojos.

 No incluyen la tolerancia cero, no dice que todo cura que ha abusado de un menor tiene que ser expulsado inmediatamente del sacerdocio, no habla de mecanismos de rendición de cuentas para que los obispos encubridores o el abad de Montserrat (acusado de encubridor) sean cesados de su puesto de trabajo. Si esto es todo lo que van a ofrecer, hemos empezado mal”.

Las exigencias de las víctimas serán tenidas en cuenta, reveló en un encuentro con la prensa el arzobispo de Malta y secretario adjunto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Charles Scicluna, que se había reunido con ellos el día anterior. El prelado maltés, de una claridad y contundencia inusuales en la Iglesia, no ocultó la necesaria acción de la justicia civil para tratar con precisión los abusos.

 “Nosotros no tenemos medidas coercitivas, pero tampoco nostalgia de la Inquisición. Nuestra jurisdicción se basa en una sumisión voluntaria en espíritu basada en la fe. Los Estados sí tienen esas medidas coercitivas. Estamos lidiando con conductas que son crímenes y tenemos que estar sujetos a la jurisdicción civil”, lanzó.

 En algunos casos, como la pornografía infantil, recordó Scicluna, la Iglesia ni siquiera tiene métodos de investigación informáticos. “El Estado sí”. El problema es que el Vaticano cree que no es posible tratar esta cuestión de manera homogénea en todos los países del mundo.

La cumbre, retransmitida parcialmente en streaming y convertida en un acto de contrición público de la cúpula eclesial, será corta para quienes esperaban más y demasiado larga para los que llegaron con los deberes sin hacer —la Conferencia Episcopal Española dijo este jueves que se había reunido con víctimas, pero las principales voces no tienen noticia de ello—. El tema del día de hoy fue la “responsabilidad”.

Es decir, el papel de cada obispo en la gestión de las denuncias y el sufrimiento de las víctimas. Habló el cardenal filipino Luis Antonio Tagle, uno los prelados de moda en las quinielas de futuros papables. Luego lo hizo el propio Scicluna en una lección magistral de derecho y procesos —para tomar apuntes— y, por la tarde el cardenal Rubén Salazar Gómez. (...)"         (Daniel Verdú, El País, 22/02/19)


"El cardenal Marx propone liquidar el secreto pontificio en los abusos.

La cumbre que se celebra estos días en el Vaticano para debatir la cuestión de los abusos está subrayando la grieta existente entre los países avanzados y los que están a la cola. Y la lección alemana es fundamental para entender lo atrasadas que están todavía conferencias episcopales como la española. Cero excusas, transparencia total, investigaciones exhaustivas.

 El cardenal Reinhard Marx, consejero directo del Papa y uno de los prelados más lúcidos del colegio cardenalicio, ha dado esta mañana una lección magistral de transparencia. Impulsor del informe de más de 300 páginas que documentaba 3.677 casos de abusos cometidos por 1.670 clérigos en los últimos 70 años en Alemania, terminó alinieándose con las víctimas y proponiendo una de las grandes reivindicaciones: la eliminación del secreto pontificio en los casos de abusos a menores.

El arzobispo de Múnich, que fue uno de los tres ponentes de la sesión, señaló que "en la era de las redes sociales, donde es posible que todos y cada uno establezcan contacto casi inmediatamente e intercambien información a través de Facebook, Twitter... es necesario redefinir la confidencialidad y el secreto, y hacer una distinción con respecto a la protección de los datos".

 "Cualquier objeción basada en el secreto pontificio sería relevante solo si es posible indicar razones convincentes. Tal y como están las cosas, no conozco estas razones". Una reflexión pública poco habitual entre la jerarquía eclesial.

La eliminación del secreto pontificio, a juzgar por las intervenciones en la cumbre, da la impresión de ser ya una de las medidas concretas que podría tomar el Vaticano al término de la cumbre. También el presidente de la Comisión para la protección de menores, el cardenal estadounidense Sean Patrick O'Malley, había señalado el día anterior que "es importante revisarlo”.

Marx también insistió en la necesidad de "la comunicación al público del número de los casos y de los detalles relativos en la medida de los posible". "Si fracasamos, perderemos la oportunidad de mantener un nivel de autodeterminación sobre la información o nos expondremos a la sospecha del encubrimiento", aseveró.

El cardenal alemán también hizo un llamamiento para "establecer normas procesales o transparentes y reglas para los procesos eclesiásticos". "Los procesos y procedimientos establecidos para procesar los delitos fueron deliberadamente ignorados, e incluso cancelados o anulados. Los derechos de las víctimas han sido pisoteados y dejados a merced de cada individuo", lamentó.

En la misma línea se expresó La Superiora General de la Sociedad del Santo Niño Jesús, Verónica Openibo, que reflexionó sobre si se sería positivo hacer públicos los nombres de los culpables para sacar "una entera serie de informaciones relativas a estas situaciones" que puedan evitar otras."En algunas partes del mundo, también en países de África y de Asia, no decir nada es un error terrible como hemos visto en muchos países.

El hecho de que allí existan grandes problemas de pobreza, enfermedad, guerra y violencia en algunos países del Sur del mundo no significa que al tema de los abusos sexuales se le tenga que quitar importancia o ignorar. La Iglesia debe ser proactiva en afrontarlo".  (...)

En este sentido, ha sugerido que la Iglesia tiene otros problemas sobre la sexualidad que "no son afrontados en manera suficiente" como, por ejemplo, el abuso del poder, el dinero, el clericalismo, la discriminación de género, el papel de la mujer y de los laicos en general.

 "¿Quizá las estructuras jerárquicas y los largos protocolos que han influido negativamente sobre la rapidez de las acciones se preocuparon más de las reacciones de los medios de comunicación?", se ha cuestionado en relación a los casos de abusos."                (Daniel Verdú, El País, 23/02/19)


"Quién ha hecho los deberes y quién no ante la cumbre contra la pederastia.

La histórica cumbre que arranca este jueves en el Vaticano para tratar sobre los abusos sexuales en la Iglesia católica supone un punto de inflexión que determinará, en gran medida, el futuro de la institución. En total, 190 líderes religiosos (entre presidentes de conferencias episcopales, curiales e iglesias orientales) están convocados en Roma para una cita en la que las víctimas presionan para que se cumpla el discurso de "tolerancia cero" del papa Francisco.

El tratamiento de la cuestión de la pederastia es muy desigual en todo el mundo. Mientras países como Alemania, Estados Unidos o Irlanda han avanzado mucho, otros como España siguen todavía en una fase inicial. Durante tres días, los participantes se reunirán con una puesta en escena parecida a la de un sínodo y tres temas centrales: la responsabilidad de los obispos, la rendición de cuentas y la transparencia.

Antes de la cumbre, las conferencias episcopales deberían haberse reunido con las víctimas y rellenado un cuestionario sobre su actividad. Las preguntas se centraban en la situación actual del problema de los abusos en la Iglesia local; el nivel de conciencia de este asunto entre el público; los factores de riesgo más importantes en los abusos sexuales; los factores que contribuyen a una ausencia adecuada de respuestas y las medidas de prevención más eficaz que el país en cuestión ha adoptado para proteger a los menores.

 Así llegan una veintena de conferencias episcopales a la cumbre: