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16.12.24

El régimen de la familia Assad, sostenido por la fuerza, estaba destinado al colapso y las luchas intestinas entre las diversas milicias armadas pueden producir ahora una situación no muy diferente a la de Afganistán... El régimen perdió apoyo en las zonas rurales, especialmente tras las políticas neoliberales adoptadas por el régimen para apaciguar a las potencias occidentales. En los primeros años, el régimen baasista defendió a campesinos y trabajadores, pero eso no duró... El apoyo a los grupos de resistencia trajo consigo sanciones y recriminaciones por parte de Occidente e Israel, y las sanciones, por lo general, castigaban al pueblo sirio y no a los secuaces del régimen... La corrupción creció y se amplió entre la élite gobernante y no hizo más que empeorar en los últimos años con la proliferación del tráfico ilegal de drogas y la prostitución que, según se dice, dirigen Maher Al-Assad, hermano y secuaz de Bashshar... Es poco probable que el sufrimiento del pueblo sirio termine pronto, y las luchas intestinas entre las diversas milicias armadas pueden dar lugar a una situación parecida a la de Afganistán... El régimen que Estados Unidos estableció en Afganistán en 2001 era tan repugnante que el pueblo afgano prefería a los talibanes. Los habitantes de Libia e Irak recuerdan ahora con cariño el gobierno de los regímenes anteriores ( As`ad AbuKhalil , profesor libanés-estadounidense, Un. California)

 "Este momento de la historia siria era inevitable: el régimen de Hafiz (Hafiz) al-Assad y de su hijo Bashshar al-Assad estaba destinado al colapso. Ya no existe.

El gobierno del Partido Baaz en el mundo árabe, que ahora también ha desaparecido, ha demostrado ser una experiencia abismal en la tiranía árabe. Existen diversas tiranías árabes, la mayoría de las cuales han sido favorables a la alianza occidental y a Israel. Por ejemplo, los acuerdos de normalización con Israel a instancias de Washington, que requieren la consolidación y expansión del orden despótico árabe.

El pueblo sirio ha vivido muchas décadas bajo el dominio de la dinastía Assad. ¿Cómo es posible que un partido que se fundó sobre los principios de la unidad árabe, el socialismo y la liberación de Palestina acabara convirtiéndose en un régimen basado en minorías (especialmente en el periodo de Hafiz, pero también de su hijo) que sembró divisiones y fragmentación en Siria y en el mundo árabe?

¿Cómo pudo un partido republicano fundado en ideas de modernidad establecer una dinastía familiar republicana, en la que el hijo hereda la presidencia de su padre? Fue una dinastía que sólo consiguió mantener su dominio mediante el despliegue de pura fuerza bruta. No se consultó al pueblo sirio sobre la sucesión dinástica, y hubo que modificar la Constitución siria cuando Hafiz murió en 2000 porque su hijo era demasiado joven para ser presidente.

El padre

Hafiz Al-Assad había desempeñado un papel decisivo en el gobierno de Siria desde 1963 (siete años antes de dar el golpe de Estado que le convirtió en líder indiscutible de Siria), cuando formaba parte de la camarilla militar conspiradora que más tarde se haría con el control de la rama siria del Partido Baaz y del gobierno de Siria.

Hafiz formaba parte de la camarilla militar baasista que se hizo con el poder en 1966, pero Salah Jadid era el hombre al mando (y estaba enemistado con Hafiz, su ministro de Defensa. A diferencia de Hafiz, Jadid tenía principios a pesar de ser un dictador despiadado como sus compañeros.

Jadid creía en la guerra de liberación popular para recuperar Palestina, y ayudó a armar y financiar a los grupos de resistencia palestinos. Hafiz no aprobaba lo que consideraba vetas aventureras en Jadid y temía por la supervivencia del régimen ante las amenazas israelíes.

En el verano de 1970, durante Septiembre Negro (cuando el régimen jordano se enfrentó a las fuerzas de la OLP), Jadid quiso desplegar tropas sirias para apoyar a los palestinos, pero Hafiz (como ministro de Defensa) se negó a proporcionar cobertura aérea. Hafiz derrocaría a Jadid en pocos meses.

La historiadora Hanna Batatu me dijo que Hafiz temía a Jadid incluso cuando éste languidecía en prisión, porque Jadid tenía una base dentro de las fuerzas armadas y era admirado por su discreción y por evitar la publicidad.

El pueblo libanés vivía bajo el dominio de Hafiz al-Assad, que enviaba a sus secuaces al Líbano para matar a sus oponentes. Todo su gobierno estuvo marcado por el uso de la fuerza interna y externa.

La sangrienta disputa entre Hafiz al-Assad y Sadam Husein desgarró la región, desencadenó numerosos episodios de violencia y dominó las cumbres árabes. Hafiz era astuto y calculador, pero la brutalidad era la marca de su experiencia de gobierno. Fue lo que le puso y mantuvo en el poder.

Hafiz aplastó a sus oponentes dentro de Siria y Líbano. Luchó en la guerra de 1973 contra Israel pero, como ocurrió con el líder egipcio Anwar el-Sadat, Hafiz utilizó la victoria ficticia para solidificar la legitimidad de su régimen.

El hecho de que luchara en 1973 realzaba las credenciales de Hafiz, dada la pésima actuación de otros ejércitos árabes en 1967. Pero la guerra de 1973 terminó con Israel todavía en control ocupacional de los Altos del Golán y otros territorios.

El régimen podría haber caído, y debería haber caído, en 2011. Los sirios estaban hartos del brutal gobierno de padre a hijo. Las condiciones de vida en Siria se estaban deteriorando y la economía de servicios estaba creando una clase empresarial adinerada a la que no le importaban los pobres, especialmente en el campo.

15 razones para el fin del régimen

Hay muchas razones para el repentino colapso del régimen de al-Assad durante la semana pasada, que culminó con la caída de Damasco el domingo, pero llevaba años gestándose:

1. El régimen perdió apoyo en las zonas rurales, especialmente tras las políticas neoliberales adoptadas por el régimen para apaciguar a las potencias occidentales. En los primeros años, el régimen baasista defendió a campesinos y trabajadores, pero eso no duró. El régimen de Bashshar quería reproducir la política de puertas abiertas de las economías vecinas, lo que amplió la brecha entre ricos y pobres.

2. El apoyo a los grupos de resistencia trajo consigo sanciones y recriminaciones por parte de Occidente e Israel, y las sanciones, por lo general, castigaban al pueblo sirio y no a los secuaces del régimen. Cuando el general Colin Powell se reunió con Bashshar Al-Assad en 2003, expuso las exigencias de Estados Unidos. Entre ellas no figuraban ni la reforma, ni la democracia, ni el Estado de derecho. Lejos de eso: lo único que le importaba a Estados Unidos era arreglar las cosas con el régimen y poner fin a su apoyo y acogida de grupos de resistencia libaneses y palestinos.

3. La corrupción creció y se amplió entre la élite gobernante y no hizo más que empeorar en los últimos años con la proliferación del tráfico ilegal de drogas y la prostitución que, según se dice, dirigen Maher Al-Assad, hermano y secuaz de Bashshar.

4. El asesinato del empresario libanés y ex primer ministro Rafiq Hariri y las acusaciones de implicación contra Bashshar provocaron el casi aislamiento del régimen sirio (que posteriormente fue expulsado de la Liga Árabe tras el estallido de la revuelta en 2011). Los regímenes del Golfo lograron movilizar la hostilidad árabe suní y sectaria contra el régimen tras el asesinato. (Entonces, ¿fue el régimen sirio o Hezbolá quien estuvo detrás? Porque parece que la alianza occidental-israelí no puede decidirse. Unas veces acusan a Hezbolá y otras al Bashshar).

5. En los últimos años, el régimen sirio ha hecho un trato fáustico con los EAU y, en menor medida, con Arabia Saudí. Parece que recientemente estaba negociando indirectamente con Estados Unidos, a través de los EAU, para distanciarse gradualmente de Irán a cambio de relajar algunas de las sanciones. Se informó de que el acuerdo de Bashshar con los EAU (archienemigo de Turquía) enfureció a Erdogan, quien finalmente empujó a los rebeldes a montar su ofensiva. Irán y Hezbolá debieron de recibir noticias de esos acercamientos a EAU y no debieron de alegrarse. Iraníes y libaneses murieron luchando por el régimen mientras él hacía tratos con sus enemigos a sus espaldas.

6. El régimen se negó a aprender las lecciones de 2011. Una vez que Bashshar consolidó su dominio sobre parte de Siria en 2016 se negó a ofrecer concesiones a la oposición moderada (algunos de esos elementos de la oposición eran izquierdistas laicos vinculados a Moscú). Estaba embriagado con su victoria contra los rebeldes, como si la victoria la hubiera logrado su propio ejército. No quería compartir el poder y consideraba los compromisos como una traición al legado de su padre.

7. Bashshar es más arrogante que su padre. Hafiz solía hablar al pueblo, pronunciando (sobre todo al principio de su mandato) largos discursos y concediendo entrevistas a la prensa árabe y occidental. Bashshar prefería sólo los medios occidentales (y más tarde los rusos). Nunca se molestó en dirigirse a su propio pueblo, ni siquiera antes de huir del país para ponerse a salvo en Moscú. Su arrogancia se puso de manifiesto a lo largo de los años que duró la guerra siria. Nunca le interesó acercarse a la gente, ni siquiera cuando asumió el poder justo después de la muerte de su padre. Este es un hombre que creció en la casa de un déspota, y que fue criado como un miembro de la realeza por el séquito.

8. Bashshar es un hombre sin principios, que nunca expresó su creencia en los principios del Partido Baaz, el partido gobernante. Su padre tampoco tenía principios, pero al menos defendía de boquilla la causa del nacionalismo árabe. Bashshar incluso coqueteó con el nacionalismo sirio, que está en contradicción con el arabismo del partido Baaz. En materia económica, defendió las reformas neoliberales mientras que el partido gobernante predicaba el socialismo árabe.

9. El régimen gestionó mal el conflicto árabe-israelí. Aunque había prestado apoyo a diversos grupos de resistencia a partir de la década de 1970, también luchó contra la resistencia palestina en 1976, cuando invadió Líbano para salvar a las milicias derechistas proisraelíes de una aplastante derrota.

A partir de 1973, el régimen nunca se molestó en liberar los Altos del Golán mientras Líbano montaba una campaña de resistencia de gran éxito que acabó expulsando a Israel de Líbano en 2000. Y el régimen de Assad recibió cientos de ataques aéreos israelíes de Israel sin montar ninguna respuesta. En el mundo árabe se burlaron durante años del régimen sirio por ofrecer esta respuesta a los sucesivos ataques israelíes: «Siria elige el momento y el lugar de la batalla». En el último año, Bashshar y el régimen enmudecieron en respuesta a la salvaje guerra de genocidio israelí.

10. La brutalidad y el salvajismo del régimen sirio desde 1970 sellaron su destino y acabaron de una vez por todas con el gobierno del partido Baaz (que fue declarado ilegal en Irak en 2003). Hay algo en los regímenes baasistas (tanto en Siria como en Irak) que los caracterizó por su extrema brutalidad y salvajismo a la hora de tratar a los disidentes y opositores.

Ambos regímenes perseguían a los disidentes fuera del país para matarlos. Muchos opositores al régimen sirio fueron asesinados en Líbano. Los aparatos secretos de inteligencia baasistas eran conocidos por idear nuevos y pervertidos métodos de técnicas de tortura. Y la tortura se aplicaba de forma generalizada, independientemente de la acusación y de la edad del prisionero. A los regímenes baazistas no les importaba crearse una reputación de brutalidad porque esa reputación sembraba el miedo entre sus poblaciones.

Tanto Siria como Irak bajo el régimen baazista creían en el miedo como herramienta de gobierno (lo cual no quiere decir que otros países árabes no utilicen el miedo, especialmente los actuales EAU y Arabia Saudí). Las cárceles sirias eran famosas por sus condiciones inhumanas y por el uso generalizado de la tortura. Siria pudo extender el dominio de la tortura y el miedo a Líbano cuando dominó el sistema político de ese país desde 1987 hasta 2005.

11. Bashshar nunca aprendió a gestionar sus relaciones con los déspotas árabes; su padre extraía miles de millones de Arabia Saudí a cambio de concesiones y compromisos políticos. Bashshar se enemistó muy pronto con los líderes árabes, sobre todo cuando les sermoneaba durante las cumbres árabes. No tenía ni un solo amigo entre los líderes árabes, mientras que su padre tenía fuertes lazos con los líderes egipcios y del Golfo.

12. El margen de expresión era extremadamente limitado bajo el Baaz. Cualquier cuestionamiento o crítica leve del régimen acarreaba un severo castigo, independientemente de la edad del infractor. El derecho de expresión política estaba reservado a quienes deseaban alabar al régimen en un lenguaje florido.

13. El Baaz de Siria e Irak recurrió a casos extremos de culto a la personalidad, desconocidos en otros lugares salvo en Albania y Rumanía bajo el régimen comunista. Se erigieron estatuas de los líderes en la mayoría de las ciudades y pueblos, y mostrar respeto y reverencia al líder forma parte de los programas escolares. El culto al líder se extiende a su familia, lo que forma parte de la construcción de dinastías republicanas en ambos regímenes.

14. La idea de una dinastía en una república es anatema para el pueblo sirio. Siria es un país moderno y no está acostumbrado a un gobierno dinástico como el de los países del Golfo. El pueblo toleró el gobierno de Hafiz Al-Asad pero sólo bajo coacción y tuvo que recurrir a la violencia masiva (como en Hama en 1982) para mantenerse en el poder.

15. El régimen es sectario. Desde que Hafiz Al-Asad tomó el poder en 1970, el régimen tenía un carácter y una base alauitas, cuando los alauitas sólo son el 14% de la población. La mayoría de los altos cargos del gobierno de Hafiz AL-Asad estaban reservados a los alauitas, a menudo emparentados con el presidente. El régimen de Sadam era menos sectario en ese sentido. Bashshar intentó incluir aún a más alauitas en los altos cargos del gobierno, pero la familia seguía manteniendo los hilos cruciales del poder.

Embellecimiento de los yihadistas

Siria es un país multisectario con un largo historial de tolerancia y existencia que se deformó y estropeó durante el gobierno baasista. La nueva ofensiva rebelde fue orquestada por potencias exteriores, principalmente, Estados Unidos, Israel y Turquía. Las milicias victoriosas remontan sus orígenes al ISIS y a Al Qaeda, aunque los medios de comunicación occidentales insisten en embellecer su imagen y se refieren a ellas simplemente como la «oposición».

Aljazeera (y el gobierno qatarí que la respalda) desempeñó un papel importante en el apoyo a los rebeldes y la difusión de propaganda en su favor. Es demasiado pronto para predecir el esquema concreto de gobierno en Siria, pero es poco probable que el pueblo sirio disfrute de un gobierno estable y democrático.

Al igual que en Sudán, Siria, Líbano, Yemen, Libia e Irak, la alianza estadounidense-israelí está inmersa en una despiadada campaña para destruir Estados y sociedades en muchos países árabes, todo ello para que el Estado fascista israelí se sienta seguro.

Y Estados Unidos tiene un historial probado: puede, es más, sustituirá un régimen -por repugnante y despiadado que sea- por otro peor. El régimen que Estados Unidos estableció en Afganistán en 2001 era tan repugnante que el pueblo afgano prefería a los talibanes. Los habitantes de Libia e Irak recuerdan ahora con cariño el gobierno de los regímenes anteriores.

Es poco probable que el sufrimiento del pueblo sirio termine pronto, y las luchas intestinas entre las diversas milicias armadas pueden dar lugar a una situación parecida a la de Afganistán tras la caída de los comunistas en 1992."

( As`ad AbuKhalil , profesor libanés-estadounidense, Un. California,  Consortium News, 09/12/24, traducción DEEPL)

13.12.24

Con el gobierno de HTS en Siria y los talibanes en Afganistán, ¿Estados Unidos perdió la “guerra contra el terrorismo”? Una media luna islamista se extiende ahora desde Kabul a través de Teherán hasta Bagdad y Damasco, con enclaves periféricos en otros lugares de la región. Todos ellos tienen economías más o menos socialistas en la práctica, con enormes sectores públicos. Todos ellos muestran cierto grado de hostilidad hacia Estados Unidos... parece estar naciendo una era del Islam político hostil a la mayoría de los intereses estadounidenses ¿Será que Usamah Bin Laden ríe el último?" (Juan Cole, Un. Michigan)

 "La política estadounidense en Oriente Medio es un vestigio dinosáurico de dos épocas, la Guerra Fría y la «Guerra Global contra el Terror» (GWOT). Aquí me gustaría plantear la cuestión de si Estados Unidos ha perdido ambas.

El gobierno de Estados Unidos hace muchos aspavientos sobre los derechos humanos, pero es evidente que éstos no guían la política estadounidense, pues de lo contrario Washington no estaría respaldando el genocidio en Gaza y dando vía libre al autoritarismo de Arabia Saudí, uno de los más opresivos del mundo.

¿Cuáles son los objetivos duraderos de la política estadounidense en la región que se extiende al oeste desde Marruecos hasta Afganistán?

Ante todo, Estados Unidos quiere que las empresas estadounidenses operen libremente en los países de Oriente Medio y puedan expatriar sus beneficios con facilidad. En la Guerra Fría, quería bloquear la influencia soviética y evitar que los gobiernos de Oriente Medio adoptaran principios socialistas de propiedad pública de gran parte de la economía (ya que esta política impediría inevitablemente que las empresas estadounidenses ganaran dinero allí). Mi creencia de que la política exterior estadounidense a menudo no estaba tan impulsada por las consideraciones de Gran Potencia favorecidas por los realistas, sino por el deseo de estar al servicio del sector corporativo estadounidense, se deriva no tanto de la tradición leninista (que encuentro a menudo escolástica y autocontradictoria) como de la investigación histórica en los archivos. Las embajadas estadounidenses en el Golfo, por ejemplo, fueron con frecuencia apéndices de las grandes petroleras y, a menudo, actores secundarios.

 Aunque en Oriente Próximo sólo Yemen del Sur se hizo comunista (1967-1990), Estados Unidos perdió en cierto modo la lucha por mantener la región abierta al dinero de las empresas estadounidenses. En Egipto, en el apogeo del periodo socialista de Nasser, el 50% de la economía estaba en manos del sector público. Incluso hoy, el 31% de la economía está en manos del gobierno. Es más que en la India socialista de Nehru en los años 50 y 60, donde era del 25%.

Por otra parte, el destino de la industria petrolera era trascendental, ya que es un importante generador de dinero para gran parte de la región. Pero la industria petrolera fue ampliamente nacionalizada, a menudo infligiendo daños masivos a las corporaciones estadounidenses, en la década de 1970. Eso ocurrió en Kuwait, reduciendo la Gulf Oil Corp. de la familia Mellon de la 10ª empresa más grande de EE.UU. a, esencialmente, una oficina de Standard Oil. Irónicamente, la nacionalización del petróleo fue perseguida tanto por gobiernos de izquierdas, como el de Libia, como por gobiernos de derechas, como Arabia Saudí y Kuwait. Otra ironía: las economías petroleras suelen estar dominadas por el sector público, por lo que todas son aún más «socialistas» que el Egipto de Nasser. Alrededor del 25% de la economía de Arabia Saudí corresponde al sector público no petrolero, pero otro 42% del PIB corresponde al sector petrolero... que está en manos de la empresa estatal ARAMCO. Así que la mayor parte de la economía es esencialmente pública, quizá más que en la China comunista. En cualquier caso, el lugar para las empresas estadounidenses es limitado.

 Mientras que el objetivo estratégico estadounidense de garantizar la libre exportación de petróleo a sus aliados capitalistas de la Guerra Fría en Europa y Japón se logró, el objetivo económico de abrir las economías de Oriente Medio a las empresas estadounidenses a la manera de Centroamérica no se consiguió, al menos en la década de 1970.

El otro pilar de la política estadounidense en la región consistía en insertar y establecer el Estado israelí como una especie de enorme portaaviones estadounidense, y golpear a la población local para que aceptara el desplazamiento y la marginación de la población palestina. Aunque esta política tuvo un gran éxito militar, fracasó en lo que respecta a la opinión pública. Con la excepción de los países árabes del Golfo, a nadie en Oriente Medio le gustan ni Estados Unidos ni Israel. Este oprobio público supone una grave limitación para la inversión estadounidense y la obtención de beneficios empresariales en la región. El objetivo de la publicidad es convencer al público de que las empresas son sus amigas. Esta campaña, ayudada por la televisión y los medios de comunicación posteriores, ha fracasado en algunos sectores incluso en Estados Unidos. Pero en Oriente Medio es imposible. Aunque determinadas campañas de boicot, como la dirigida contra McDonalds por Gaza, pueden no ser duraderas, el oprobio general en que se tiene a las empresas estadounidenses supone una limitación de la inversión y los beneficios a largo plazo.

 En la actualidad, la inversión extranjera directa de Estados Unidos en Oriente Medio sólo asciende a 80.000 millones de dólares al año, de un total de 6,68 billones de dólares en inversiones globales estadounidenses. Oriente Medio y el Norte de África, con unos 500 millones de habitantes, es un error de redondeo en la inversión empresarial estadounidense. Así pues, aunque la Unión Soviética perdió la Guerra Fría en Oriente Medio, también lo hizo el sector empresarial estadounidense, cuyo mantenimiento fue una de las principales razones para librar la Guerra Fría en la región. Obviamente, la victoria estadounidense fue mucho más significativa en Eurasia.

La Revolución Islámica de 1979 en Irán desencadenó otra «guerra» estadounidense en Oriente Medio, ya que el fundamentalismo musulmán radical era tan hostil al sector empresarial estadounidense como lo había sido el comunismo. Bell, IBM y otras empresas estadounidenses perdieron miles de millones en Irán al nacionalizarse sus activos o simplemente ser expulsadas. Esta exclusión de las empresas estadounidenses ha durado hasta este momento, lo que subyace a la hostilidad de Washington hacia los ayatolás (cuya ideología, por lo demás, se asemeja al nacionalismo cristiano estadounidense).

El populismo chií de Irán, antimonárquico, asustó a Arabia Saudí y a otras monarquías del Golfo, cercanas a Estados Unidos diplomática y militarmente. Aunque estas monarquías decían basar su gobierno en el Islam, se trataba de una ideología real verticalista que no dejaba lugar a la soberanía popular. A menudo se trataba de un islam apolítico. Mientras tanto, se estaban gestando grupos radicales suníes inspirados en parte por los éxitos (pero no por la ideología) de los revolucionarios chiíes.

 Los atentados del 11-S de Al Qaeda desencadenaron una «Guerra Global contra el Terror» (GWOT), o al menos así fue calificada la campaña por la administración de George W. Bush. Sin embargo, el objetivo aparente de la GWOT eran las redes asimétricas del Islam político como Al Qaeda, que pretendían derrocar a gobiernos amigos de Estados Unidos como Egipto y Arabia Saudí. Obviamente, cuando tales movimientos pudieran tener éxito, también serían perjudiciales para el sector empresarial estadounidense dado su antiamericanismo.

Estados Unidos intentó y fracasó en su intento de expulsar a los talibanes de Afganistán, aunque su condición de quinto país más pobre del mundo lo convertía en cualquier cosa menos en un premio geopolítico. Estados Unidos invadió Irak y derrocó al gobierno nacionalista de Sadam Husein, líder del partido Baath iraquí y enemigo del Islam político, en una de las grandes paradojas de la política exterior de la historia estadounidense. Si la lucha era contra Al Qaeda y el Islam político, ¿por qué eliminar un baluarte contra ellos?

 La respuesta al enigma es que pensadores neoconservadores como Paul Wolfowitz consideraban que el Iraq y la Siria baasistas, y la Libia de Gadafi, y algunos gobiernos de otras regiones eran supervivientes de una especie de estalinismo de Oriente Medio. Enormes sectores públicos y hostilidad al capitalismo era lo que los marcaba desde este punto de vista. La guerra contra Irak fue en esencia para estas figuras una continuación de la Guerra Fría, con el objetivo de desmantelar los últimos ejemplos de economías estatales socialistas. En realidad, los neoconservadores no entendían ni se tomaban en serio el Islam político como una amenaza y, por lo tanto, lo potenciaron inadvertidamente.

Aun así, Estados Unidos se enfrentó en ese periodo a rivales fundamentalistas musulmanes como Al Qaeda en Mesopotamia (Irak) y su rama ISIL (ISIS, Daesh), Al Shabab en Somalia y Al Qaeda en la Península Arábiga en Yemen. Estos grupos fueron rechazados.

Sin embargo, la región está asistiendo ahora a un resurgimiento del islam político radical y populista de un tipo que probablemente no sea bueno para los intereses estadounidenses. En 2021, Afganistán volvió a caer en manos de los talibanes. Las revueltas de la Primavera Árabe tomaron a veces esta dirección. Los Houthis, islamistas políticos, tienen bajo su dominio al 80% de la población de Yemen, y los Hermanos Musulmanes a parte del resto. Trípoli y Libia occidental están gobernadas por exponentes del islam político. El general Abdel Fattah al-Burhan en Sudán, desafiado por las Fuerzas de Apoyo Rápido, ha recurrido cada vez más a combatientes animados por el islam político, un regreso para un grupo que había sido poderoso en anteriores gobiernos sudaneses pero que perdió ante los laicistas en la revolución de 2019.

Es cierto que algunos de estos movimientos son islamistas políticos chiíes y otros suníes, y que la mayoría de las veces están enfrentados. Muy de vez en cuando han cooperado, como en 2004 en Irak. Pero si en general son antiamericanos, a Washington no le sirve de consuelo que tampoco se gusten entre sí.

Y ahora una antigua filial de Al Qaeda, el Hay'at Tahrir al-Sham o Consejo de Liberación del Levante, que sigue figurando en la lista de organizaciones terroristas de muchos países, incluido Estados Unidos, ha salido victoriosa en Siria.

Una media luna islamista se extiende ahora desde Kabul a través de Teherán hasta Bagdad y Damasco, con enclaves periféricos en otros lugares de la región. Todos ellos tienen economías más o menos socialistas en la práctica, con enormes sectores públicos. Todos ellos muestran cierto grado de hostilidad hacia Estados Unidos, aunque Irak es el caso más ambiguo a este respecto, ya que el gobierno chií teme más al ISIL que a Washington. Aun así, el primer ministro Mohammad Shia' al-Sudani ha pedido que las tropas estadounidenses se retiren en 2026.

Al final, la era de sectores públicos pequeños y apertura generalizada a la inversión estadounidense con la que soñaban los Guerreros Fríos nunca ha llegado a Oriente Próximo, a pesar de la derrota del comunismo. Y ahora parece estar naciendo una era del Islam político hostil a la mayoría de los intereses estadounidenses.

¿Será que Usamah Bin Laden, en algún lugar del casillero de Davy Jones en el fondo del Mar Arábigo, ríe el último?"

(

25.1.22

Las mentiras de la guerra de Afganistán... presidentes y altos funcionarios de la Casa Blanca y el Pentágono de tres administraciones se dedicaron a tergiversar, dar falsas esperanzas y disimular los reveses militares. Que coroneles y embajadores se conjuraron para encubrir las malas noticias. Y que pronto la mentira se hizo tan grande que nadie se atrevió a desandar su camino

 " Las mentiras comenzaron pronto. Dos semanas después del 11-S, un periodista preguntó a Donald Rumsfeld en el Pentágono si contemplaba difundir falsedades en los medios sobre las operaciones militares de la recién iniciada campaña de Afganistán con el propósito de confundir al enemigo.

 El viejo halcón, secretario de Defensa con Gerald Ford y con Bush hijo, citó a Churchill (“En la guerra, la verdad es tan preciosa, que siempre hay que protegerla con un cortejo de mentiras”), desenfundó una de sus irónicas sonrisas y disparó: “La respuesta es no. No puedo imaginar que eso suceda”.

Pero sucedió. Y no solo esa vez. Aquella fue la primera piedra de un edificio de embustes construido durante casi 20 años. Un edificio que alcanzó una de sus cotas más altas a finales de 2014, cuando Barack Obama, sabiendo que no era verdad, declaró: “Nuestra misión de combate en Afganistán está terminando, y la guerra más larga de la historia estadounidense se acerca a un final responsable”. Ese final se hizo esperar en realidad seis años y ocho meses. Y muy pocos calificarían de “responsable” la caótica retirada en agosto pasado ordenada por Joe Biden, una decisión de devastadoras consecuencias para el país centroasiático. Controlado por los talibanes, que han cercenado los derechos de las mujeres, Afganistán se asoma este invierno al vértigo de la hambruna.

El 31 de agosto de 2021, fecha límite para la retirada, Craig Whitlock publicó Los papeles de Afganistán. Historia secreta de la guerra (que pone a la venta este miércoles Crítica en español, con traducción de Àlex Guàrdia y Héctor Piquer), un libro que desenmascara esas dos décadas de falacias. El grueso de sus revelaciones había aparecido en 2019 en The Washington Post, el diario para el que este reportero de 53 años trabaja como periodista de investigación. 

Whitlock accedió a más de dos mil páginas de entrevistas llevadas a cabo bajo el radar con 428 personas que desempeñaron un papel directo en la guerra y que hablaban abiertamente a su regreso del frente. Las transcripciones, documentos públicos no accesibles al público, demostraban lo que muchos, él también, ya sospechaban: que presidentes y altos funcionarios de la Casa Blanca y el Pentágono de tres administraciones se dedicaron a tergiversar, dar falsas esperanzas y disimular los reveses militares. Que coroneles y embajadores se conjuraron para encubrir las malas noticias. 

Y que pronto la mentira se hizo tan grande que nadie se atrevió a desandar su camino. También, que para entonces, la opinión pública estadounidense, que había apoyado casi unánimemente la decisión de ir a la guerra entre los restos aún humeantes de las Torres Gemelas, ya no estaba prestando atención, harta de conflictos en lugares que ni siquiera sabía situar en el mapa.

 “El pecado original fue entrar en Afganistán sin un plan claro sobre cómo salir”, explicó Whitlock el viernes en un café de Silver Spring, en el Estado de Maryland, en la práctica, un suburbio residencial de la ciudad de Washington. “Siempre se mostraron vagos sobre lo que pretendían. Si se trataba de acabar con Al Qaeda, bastaron seis meses para que Estados Unidos asesinara o echara a sus líderes del país, incluido Bin Laden, que huyó a Pakistán. En aquel momento el enemigo ya había cambiado: eran los talibanes y otros insurgentes, esa gente a la que no sabíamos muy bien cómo nombrar pero que disparaba a nuestros soldados.

 ¿Se trataba entonces de acabar con los talibanes? ¿O de fortalecer el Gobierno afgano y de fomentar la democracia? Decían que nos quedaríamos hasta estar seguros de que nunca habría otro ataque como el del 11-S. Así que Bush, Obama y Trump (que llegó convencido de sacar a las tropas) vivían en el temor a equivocarse: ¿Y si ordenaban la retirada y después se producía un ataque?”. Así se cocinó la receta para una guerra sin fin.

 Las entrevistas de Los papeles de Afganistán pertenecían al Proyecto Lessons Learned (Lecciones aprendidas), iniciativa de una opaca agencia federal para tratar de entender en qué momento se torció todo. Whitlock, que llevaba en el Post la cartera de defensa, recibió en 2016 de una fuente la pista de que un organismo llamado Oficina del Inspector General para la Reconstrucción de Afganistán había interrogado in extenso a Michael Flynn, que comandó la inteligencia militar de Estados Unidos y la OTAN en el país centroasiático. 

Dado que Flynn sonaba como uno de los hombres fuertes del nuevo gabinete de Donald Trump (fue su primer y efímero consejero de Seguridad Nacional), el periodista pensó que sería interesante conocer sus opiniones sin filtros sobre un conflicto que, 15 años después, había batido ya las marcas de un país belicoso. Pidió acceso a esa entrevista. Y se lo prometieron, porque, después de todo, no era material clasificado. Luego se echaron atrás. Ese cambio de idea hizo que Whitlock sospechara que bajo la punta de Flynn se escondía un iceberg de información sensible. Ahí comenzó una cruzada legal, que incluyó dos demandas amparadas en la Ley de Libertad de Información, para acceder a esos papeles.

 Cuando finalmente pudo bucear en ellos, comparó lo que aquellos con responsabilidad habían dicho en público, muchas veces en presencia de reporteros como él, en Washington o sobre el terreno, con cómo lo contaron a la grabadora de Lessons Learned. Descubrió a generales de tres estrellas confesando que “al principio no había ningún plan de campaña” o a las autoridades negando que el vicepresidente Dick Cheney fuera objeto en 2007 de un fallido ataque suicida en la base aérea de Bagram, pese a que contaban con evidencias de lo contrario. 

Había voces que pusieron pronto en duda la viabilidad de crear un Gobierno democrático en Afganistán y hasta un diplomático, Robert Finn, embajador en Kabul entre 2002 y 2003, que advirtió sobre lo imposible del plan de resolver aquella misión “en uno o dos años”. “Yo les dije que tendríamos suerte si salíamos en veinte”.

Para Whitlock, el valor de esos documentos está “en que los protagonistas hablaban sin cortapisas, porque sus superiores les habían pedido exactamente eso”. “El programa empezó en 2014, cuando querían pensar que el final de la guerra estaba cerca, así que trataban de ser sinceros sobre lo que pasó, para extraer enseñanzas. Cuando sacamos esos papeles a la luz, la opinión pública supo que los generales a cargo de la guerra no tenían ni idea de lo que estaban haciendo.

 Y que además les habían mentido sin escrúpulos”, cuenta el periodista, que completó su investigación con entrevistas de historia oral encargadas por estamentos militares, diplomáticos y docentes, así como de cientos de memorandos de la época de Rumsfeld (2001-2006), breves y contundentes documentos que en el Departamento de Defensa conocían con el sobrenombre de “copos de nieve”, por su forma, lenta pero inexorable, de caer sobre las mesas de sus subordinados.

 El libro se puede leer también como un compendio de la desfachatez política y militar que no entendió de bandos. “En las primeras semanas de la guerra”, recuerda Whitlock, “Bush dijo: ‘Hemos aprendido nuestras lecciones en Vietnam. No nos vamos a quedar atascados como entonces’. También aseguró que habían estudiado lo que británicos y soviéticos hicieron mal en Afganistán, y que la idea nunca sería ocupar el país con 100.000 soldados”. Esa fue exactamente la cantidad de tropas que acabaría desplegando Obama.

A la pregunta de cuál de los presidentes lo hizo peor, el reportero no supo escoger: “Todos cometieron errores fundamentales. Bush se equivocó al excluir a los talibanes de la conferencia de Bonn [por el futuro de Afganistán, celebrada en noviembre de 2001] y al dar en 2003 la contienda por ganada demasiado pronto. Pecó de exceso de confianza y después fue difícil desdecirse. Pero embarcarse al mismo tiempo en la guerra de Irak fue seguramente la peor de sus ideas”, opina. “La Administración de Obama, que heredó el desaguisado de su antecesor, erró en su estrategia de alimentar la contrainsurgencia. 

No quiso ver que a muchos afganos, contrarios a los talibanes, tampoco les gustaba su propio Gobierno, apoyado por los americanos, que consideraban corrupto. Mandó demasiados soldados y gastó muchísimo dinero”. ¿Y Trump? “Él quería retirar las tropas, pero pronto se dio cuenta de que no era fácil y de que no quería ser el presidente que perdiera la guerra, así que dejó un contingente mucho menor. Murieron menos estadounidenses, pero la cosa empeoró para los afganos, porque aumentaron los bombardeos sobre la población”.

Whitlock también ofrece jugosos detalles sobre el asesinato de Bin Laden en 2011, el presidente Hamid Karzai (“lo pusieron porque les gustaba su inglés y su aire sofisticado, pero pronto se convirtió en un problema que no supieron cómo resolver”), las tiranteces, a veces rayanas en el absurdo, en el seno de la coalición aliada, el compadreo con los señores de la guerra y los mecanismos de la corrupción en el país, que alimentó la política estadounidense de gasto sin control. “Nuestro mayor proyecto, desgraciadamente y sin quererlo, por supuesto, puede que haya sido el desarrollo de la corrupción masiva”, se lamenta un diplomático en una confesión a Lessons Learned.

 “Nos estaban robando a manos llenas”, dice por su parte Flynn en otra entrevista. Los papeles de Afganistán contiene además sendas antologías del eufemismo (“No estamos perdiendo, pero en algunas zonas estamos ganando más lentamente que en otras”, dijo David McKiernan, el primer general en admitir que la guerra no iba bien, poco antes de ser destituido en 2009) y del disparate, mezcla de imprudencia e ignorancia y fruto de la incomprensión de un país en el que Estados Unidos no contaba con Embajada desde 1989.

Sirvan dos anécdotas para ilustrarlo. En 2006, alguien creyó que era buena idea regalar con fines propagandísticos miles de balones de fútbol con versículos del Corán impresos, lo que desató airadas protestas: andar a patadas con las palabras sagradas no suele ser buena idea en un país musulmán, escribe Whitlock. En otra ocasión, se diseñó una campaña destinada a mejorar la higiene de los afganos. “Fue un insulto para la gente. Aquí se lavan las manos cinco veces al día para rezar”, explicó a Lessons Learned Tooryalai Wesa, que fue gobernador de la provincia de Kandahar entre 2008 y 2015. 

“En su entrevista”, añadió Whitlock durante la charla con EL PAÍS, “el general Flynn se tiraba de los pelos recordando el caso de aquel alto mando que aprendió pastún para conseguir que lo destinaran a Afganistán, y, cuatro meses después de lograrlo, lo mandaron a Japón. Es un inmejorable ejemplo de la tiranía de la burocracia, que alentaba la rotación por encima de la especialización sobre el terreno. También ilustra el escaso interés que tenían muchos esos militares en entender el país, no digamos ya en hablar alguna de sus lenguas”.

 Para el reportero, ese desconocimiento aún persiste. Él mismo se pone de ejemplo: no le sorprendió que los talibanes tomaran de nuevo Afganistán cuando Biden, que fue vicepresidente en los años en los que las bajas fueron más onerosas para Estados Unidos, anunció la retirada. Pero nunca pensó que eso sucedería tan rápido, “teniendo en cuenta todo el dinero que Estados Unidos había gastado en formar un ejército afgano [83.000 millones de dólares, más de 70.000 millones de euros, invertidos en la formación de los 300.000 efectivos]”.

 “La ironía es que Biden coincidía con Trump en su deseo de acabar la guerra”, continúa. “Creo que sabía que no había modo de ganarla. Y acabó creando un terrible caos. Él y sus generales pensaron que los talibanes tardarían unos meses o un año en volver al poder. Que tal vez pactarían con [el presidente Ashraf] Ghani, y que habría tiempo para evacuar a los estadounidenses y sus aliados. Podían haber empezado antes, pero Biden temía que el pánico se adueñara de los afganos. Lo que acabó pasando fue casi peor. ¿Había una manera sencilla de acabar con esa aventura? No, pero seguramente tampoco había una manera más desastrosa”.

El periodista no duda de que “los talibanes, con toda su brutalidad, controlarán el país durante una temporada, y que Washington debe asumirlo y trabajar a partir de ahí”. “Será un tiempo terrible, sobre todo para las mujeres y las minorías religiosas. Espero que al menos haya una cierta estabilidad. Los afganos están cansados de la guerra; llevan 40 años metidos en ella. Hay conversaciones en marcha sobre cómo evitar una horrible hambruna, y la gran cuestión es cómo sortear el colapso económico. El país lleva demasiado tiempo dependiendo de la ayuda exterior”.

Whitlock puso punto final a su libro en marzo de 2021. Para la edición en bolsillo piensa añadir un capítulo con lo sucedido desde entonces. Entre tanto, trata con los abogados de The Washington Post de conseguir más papeles de Afganistán, las entrevistas de Lessons Learned posteriores a 2018, aún a sabiendas de que gracias a su empeño los militares estarán respondiendo ahora con mucha mayor cautela."               (Iker Seisdedos, El País, 23/01/22)

22.10.21

Los capos de la CIA, los gánsteres Talibán y la droga afgana... La participación de EEUU en el negocio mundial de la droga empieza durante la Segunda Guerra Mundial y le convierte en el primer país del mundo en el uso sistemático del opio para fines políticos... En Nueva York y Chicago pacta con las mafias china e italiana con el objetivo de parar el avance de las fuerzas marxistas en Italia, Francia y China... En el sudeste de Asia, utiliza la estructura de tráfico de opio creada por el colonialismo francés en Indochina y, uniendo a las mafias de Laos, Tailandia y Birmania, forma el Triángulo de Oro de opio para destruir al recién fundado estado socialista chino... En 1980, George Bush padre, director de la CIA, paga Manuel Noriega, un narcotraficante panameño, con el dinero de la cocaína colombiana por sus servicios en la lucha contra el sandinismo nicaragüense... La Agencia convertirá a los jefes tribales afganos en barones narcotraficantes quienes tejerán una red de laboratorios de heroína a lo largo de la frontera afgano-pakistaní, abasteciendo en 1984 el 60% del mercado estadounidense y el 80% del europeo... ¿O alguien ha pensado que abastecer un mercado con cientos de millones de clientes en el mundo era cosa de unos barbudos prehistóricos? La tranquilidad también vuelve a los bancos que temían quedarse sin la liquidez generada por el blanqueo del dinero del narcotráfico

 "Afganistán ya no será un país de cultivo de opio", afirma el portavoz talibán Zabihullah Mujahid, esperando el aplauso de los ingenuos -que piensan que una organización criminal puede dejar de serlo-, y el de los políticos hipócritas extranjeros, que desesperados esperan reconocer el nuevo totalitarismo islámico instalado por EEUU. 

Lo que buscan los caudillos del opio afganos, que jamás renunciarán a ese "oro marrón" que abastece el 83% del mercado mundial y generó en 2020 cerca de 1,6 mil millones de dólares, en realidad, es:

- Chantajear a las naciones afectadas por la sustancia asesina, y añadir a sus billonarias ganancias del comercio de opio y heroína la financiación extranjera que recibirán bajo el pretexto de "contribución al cultivo de arroz".

- Insinuar que "han cambiado a mejor", e incluso respetarán los derechos de la mujer y las minorías étnicas, eso sí, dentro del marco del islam (o sea, que seguirán sin derechos). Es otra farsa: "Talibán" ya es el sinónimo de barbarie, crueldad, subdesarrollo y falta del más mínimo escrúpulo moral y ético. ¡Tendrán que cambiar de nombre!

- Empujar los precios del opio en los mercados mundiales que temen escasez de la mercancía. De hecho, el caos en el país, el cierre de las fronteras y la propia toma del poder por este cartel de droga han elevado el precio del opio a nivel mundial.

Opio: de alucinógeno al medio del control

Han pasado 5400 años desde que los sumerios descubrieron Hul Gil, "la planta del placer", quemando sus semillas al fuego para entrar en el trance. Siglos después, la fruta de la adormidera se codeaba con el ajo en la medicina natural, y bajo el nombre griego de Theriac, "antídoto", viajaba por toda Asia a través de la Ruta de la Seda. Ya entonces se conocían los efectos perturbadores de las drogas, como el hachís, sobre la mente humana: así pudo El Viejo de Alamut Hasan Sabbah, el guerrillero iraní del siglo XI, poner en jaque a los califas y sultanes de la región con miles de adeptos "suicidas", previamente drogados (salvando distancias, la CIA lanzó en los años cincuenta el Proyecto Bluebird para "mejorar sus métodos de interrogatorio", usando sustancias químicas como LSD para manipular el comportamiento de sus presas).

Pero, es en el siglo XVII, y a mano de la Compañía Británica de las Indias Orientales, cuando el opio se convierte en un producto de consumo de masas y un gigantesco negocio transfronterizo, contaminando todo Oriente y sobre todo a China.

Y habrá más momentos históricos en la vida de esta amapola:

- En 1680, el médico británico Thomas Sydenham logra fabricar pastillas analgésicas de la sustancia marrón.

- En 1803 se extrae la morfina del opio, y se la llama "la medicina de Dios", la "heroína". Así, los laboratorios se convertirán en otro cliente-adicto de Theriac.

 La CIA y la narcopolítica

La participación de EEUU en el negocio mundial de la droga empieza durante la Segunda Guerra Mundial y le convierte en el primer país del mundo en el uso sistemático del opio para fines políticos; lo hace desde varios puntos del globo:

- En Nueva York y Chicago pacta con las mafias china e italiana (dedicadas al narcotráfico y la industria de prostitución tras la prohibición del alcohol), que también estaban conectadas con los delincuentes corsos en Marsella, con el objetivo de parar el avance de las fuerzas marxistas en Italia, Francia y China, a cambio de permitirles importar heroína a EEUU.

- En el sudeste de Asia, utiliza la estructura de tráfico de opio creada por el colonialismo francés en Indochina y, uniendo a las mafias de Laos, Tailandia y Birmania, forma el Triángulo de Oro de opio para destruir al recién fundado estado socialista chino que declara la guerra a los Señores de Tharyac. La organización producirá el 70% del opio y la heroína del planeta, y a cambio de su cooperación anticomunista, la CIA exportará su mercancía al mismísimo suelo de la patria, utilizando los vuelos chárter de Air América. Con este mismo fin, ficha al grupo anticomunista de delincuencia japonesa Yakuza, "los intocables", echándoles una mano en el tráfico de metanfetamina. Más adelante, los 30.000 soldados estadounidenses que regresarán vivos (pero adictos) a "casa" de la guerra contra Vietnam serán simples "daños colaterales" del crimen organizado (como banqueros y fabricantes de armas) instalado en Washington. La catástrofe sanitaria es tal que en 1973 el presidente Nixon ordena crear la Administración para el Control de Drogas (DEA). Serán los programas de agricultura alternativa del gobierno chino los que desmantelan el Triángulo Dorado.

- En la década de 1980, George Bush padre, director de la Agencia, paga unos 110.000 dólares al agente de la CIA, Manuel Noriega, un narcotraficante panameño, con el dinero de la cocaína colombiana por sus servicios en la lucha contra el sandinismo nicaragüense. Y como "Roma no paga a los traidores", le secuestraron y encerraron durante 17 años en una mazmorra de Miami.

 - En Asia Central se diseña la Medialuna Dorada de opio, compuesta por Afganistán, Pakistán e Irán; y con sus ganancias financia a las fuerzas reaccionarias islamistas, incluidas su ejército de yihadistas (chiitas y sunnitas), alias Al Qaeda, alias Muyahedines (¡los mismos "leones de Panjshir"!), alias Estado Islámico, etc.

El cartel CIA-Talibán

"No creo que tengamos que disculparnos por esto. (...) Hubo consecuencias en términos de drogas, sí. Pero el objetivo principal se cumplió. Los soviéticos abandonaron Afganistán", confiesa Charles Cogan, ex director de las operaciones de la CIA, acerca de la santa alianza anticomunista de EEUU con los Muyahedines. Entre 1986 y 1992, unos 100.000 hombres fueron entrenados para el oficio de terrorista en Pakistán y EEUU por la CIA y el MI6 británico, y enviados a Afganistán con el fin de desmantelar su recién instalado estado socialista -convirtiendo las amapolas en granadas, bombas o veneno para contaminar el agua de las escuelas de niñas- y cercar a la Unión Soviética desde Asia Central.

 La Agencia convertirá a los jefes tribales en barones narcotraficantes y, después, a señores de guerra,  de heroína a lo largo de la frontera afgano-pakistaní,  abasteciendo en 1984 el 60% del mercado estadounidense y el 80% del europeo. Al convertir el opio crudo a la morfina o heroína reducen su tamaño, aumentando los beneficios: de una tonelada de opio se obtienen 100 kilos de heroína pura, que luego se adulterará y engordará aún más las cuentas bancarias de criminales de cuello blanco que ni fuman cigarros.

Así, los camiones que transportaban armas de la CIA a Helmand regresaban a Pakistán cargados de opio y escoltados por los militares pakistaníes, lo que en la jerga inglesa se llama "hacer un backhaul". El negocio de droga requiere la misma protección militar que el petróleo.

En el propio Pakistán, donde la heroína era desconocida, en 1985 habrá 1,3 millones de personas adictas. Con los Muyahedines y los talibanes, que ofrecen protección gubernamental a la producción del opio, los cárteles internacionales harán su agosto, hasta que debido a la brutal hambruna que provoca la sequía del 2000, los Talibán se ven obligados a prohibir el cultivo de la adormidera para a cambio recibir la ayuda internacional; decisión que bajará hasta el 94% la producción y provocará graves tensiones en el mercado mundial de la droga. 

Este sin duda es uno de los motivos de la ocupación directa del país por EEUU en 2001: sigue financiando a cientos de miles de mercenarios por todo el mundo y en múltiples guerras y sólo podrá hacerlo con este tipo de negocios. Los mercados se recuperan. La invasión, además de restaurar el comercio del opio, lo expande. En EEUU se dispara la adicción a la heroína: habrá, en pocos años, otros 3,8 millones de consumidores.

En 2002, el país cogobernado por la OTAN-TALIBAN aumenta la superficie cubierta de la adormidera hasta 20 veces, convirtiendo la agricultura afgana en monocultivo. Se trata de una producción a escala industrial y no ocultos en las cuevas de Tora Bora.

Unas fotos filtradas en 2010 mostraban a los soldados de EEUU patrullando los campos de amapola.

 ¿O alguien ha pensado que abastecer un mercado con cientos de millones de clientes en el mundo era cosa de unos barbudos prehistóricos?

En 2007, Afganistán, cuyo suelo y cielo estaba bajo el control absoluto de los 300.000 soldados de la OTAN y miles de "contratistas", tenía más cultivos de droga que Colombia, Bolivia y Perú juntos, señala la ONU. Afganistán será el principal narcoestado fallido de la historia, patrocinado por EEUU y presidido por los narco-presidentes títeres, Hamid Karzai y Ashraf Ghani.

 La tranquilidad también vuelve a los bancos que temían quedarse sin la liquidez generada por el blanqueo del dinero del narcotráfico. Millones de afganos, incluidos niños, que carecen de agua potable, luz, sanidad y alimento suficientes, además de adictos al opio, son explotados en estos duros campos. ¿Quiénes ganan la diferencia entre los 3 dólares que cuesta el gramo de heroína en Kabul y los 1.168 dólares por los que se vende en las calles de Nueva York?

 En 2017, el valor de 9000 toneladas de heroína (con una estimación a la baja y solo basado en su precio en EEUU) asciende a 800.000.000.000 dólares, más que el presupuesto militar de EEUU.

Después de firmar el acuerdo de la entrega de Kabul a Talibán en 2019, EEUU presionó al régimen de Ashraf Ghani para liberar a decenas de Señores de Opio en el marco de amnistía para los 5000 terroristas talibanes.

La multimillonaria industria de opio-heroína afgana seguirá prosperando arrancado vidas y destrozando familias y naciones enteras: cerca del 70% de los reclusos del mundo lo están por tráfico de droga. Y, por cierto, ¿a dónde han ido los 8400 millones de dólares que EEUU afirma haber gastado en acabar con la producción de opio en Afganistán?"                   (Nazanín Armanian , Público, 21/10/21)

19.10.21

Cartas de un militar español: Afganistán

 «Mi querido amigo:

Para el Ejército español Afganistán ha sido una escuela de realidad, más valioso que decenas de ejercicios tácticos, que nos han preparado mejor para el cumplimiento de nuestras misiones, que nos son otras que las que nos marquen los españoles, por ello, lamentaciones ninguna: Hicimos lo que los españoles -por medio de sus representantes legítimos-, nos ordenaron y esa es mi satisfacción.

Si abrimos el foco y saltamos del nivel táctico al operacional, es decir, a la misión que Isaf (International Security Assistance Force), desarrollaba en Afganistán conforme a la resolución 1386 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y con base en los acuerdos de Bonn, que no era otra que apoyar al gobierno afgano a reducir la capacidad de la insurgencia, apoyar el desarrollo de medios y capacidades de las fuerzas armadas y de seguridad afganas, y facilitar las mejoras en la gobernabilidad y desarrollo socioeconómico de Afganistán, es indiscutible que se trataba de un objetivo muy ambicioso que requería, sobre todo, tiempo. Más considerando el modelo de estado fijado en Bonn, y que representaba un salto en el tiempo para Afganistán -más allá de la doctrina Talibán- de muchos siglos. Afganistán no es Kabul, Afganistán es lo que se podía ver en la provincia de Qala-i-Naw, el escenario de un Belén.

La misión de Isaf era fundamentalmente una Operación de Estabilización y Reconstrucción, cuyo objetivo es lo que se viene denominando State Building. El problema a mi juicio es que, en lugar de aspirar a formar un estado viable y ajustado a la realidad afgana, se apostó por un estado homologable desde el punto de vista occidental, para lo que hace falta tiempo, y ese tiempo se quiso comprar con dinero, lo que alimentó una corrupción -ya previamente endémica- que corrompió todo lo que se pretendía construir, empezando por las Fuerzas Armadas, por otra parte preparadas por occidentales para luchar a la "occidental", es decir, con superioridad tecnológica que, en cuanto faltó, fue un factor más para su colapso.

Como le he comentado, el tiempo ha sido el factor clave. Tiempo que, desde muy pronto, Estados Unidos no tenía la voluntad de invertir. En enero de 2009 Obama ganó las elecciones con un claro programa de retirada de Irak y Afganistán. A la estrategia de salida de Afganistán la denominó "afganización", que no era otra cosa que acelerar la transferencia de las responsabilidades de seguridad a las fuerzas afganas. Envió al general Stanley A. McChrystal para analizar la situación, y este le solicitó un incremento de fuerzas muy importante para acabar con los Talibanes y realizar la transferencia. Obama lo rechazó y limitó el incremento en número y en tiempo, marcando ritmo y calendario de salida. Los talibanes ya habían ganado, tan solo tenían que esperar, arriesgando lo mínimo, para lo que utilizaron los tristemente famosos IED (Artefactos explosivos improvisados). Cualquier baza negociadora se había perdido, y así se ha podido comprobar.

Para este plan de salida solicitó a la coalición un incremento de fuerzas al que España respondió aumentando su presencia, a partir de 2010, con un batallón con toda su potencia de combate. Este incremento de fuerzas incluía un importante número de "equipos de mentorización", grupos de instructores para acelerar la ampliación del ejércitos afgano. En septiembre de 2013 se entregaba a los afganos la base de Qala-i-Naw dejando la provincia muy lejos de alcanzar los objetivos de seguridad».

(Arcadi Espada, El Mundo por dentro, 27/09/21)

15.10.21

Cuando los talibanes dijeron que se rendirían y que entregarían a Osama Bin Laden y EE UU lo rechazó. El presidente Bush rechazó ambas ofertas...

 "(...) Hable sobre ese momento en que EE.UU. comenzó a bombardear y a ocupar Afganistán, cuando los talibanes dijeron que se rendirían y que entregarían a Osama Bin Laden y EE.UU. lo rechazó. El presidente Bush rechazó ambas ofertas.

SPENCER ACKERMAN: Ese fue un aspecto central de los inicios de la guerra contra el terrorismo y un presagio de cuáles serían sus implicaciones. Una vez que aceptamos el planteamiento que ofreció Bush de una guerra contra el terrorismo, nos vimos enfrascados en una lucha no solo contra al-Qaeda, el grupo responsable de los ataques del 11-S, sino en una lucha mucho más amplia contra un enemigo que cualquier presidente podría redefinir a su voluntad y plantarlo en el imaginario colectivo, valiéndose del discurso de un desafío civilizacional para EE.UU. en un futuro, un desafío que ponía en riesgo al país en sí mismo.

Hablemos sobre lo que ocurrió en ese momento en Kandahar. La Alianza del Norte, aliada de EE.UU., había expulsado a los talibanes de Kabul. El Emirato Islámico de Afganistán había caído, después de cinco a seis años en el poder, y reconocieron, tras una última batalla que intentaron librar en Kandahar y que no salió como esperaban, que el fin estaba cerca para ellos. Los talibanes le propusieron a Hamid Karzai, a quien EE.UU. designó como líder de Afganistán en la era postalibán, que siempre y cuando el mulá Omar pudiera vivir en una especie de arresto domiciliario, es decir, que no lo mataran ni que lo sometieran a juicio, ellos estarían dispuestos a entablar negociaciones sobre cuál podría ser su papel en un Afganistán postalibán. Algo así como un acuerdo político.

Karzai, a pesar de todos sus defectos, en los que EE.UU. contribuyó para luego criticarlo durante los años siguientes, conocía la historia afgana y reconoció que, a menos que hubiera algún tipo de futuro político para los talibanes, estos optarían por un futuro violento. Y ellos tenían una capacidad comprobada no solo para librar una insurgencia, sino para ganarla. Así que Karzai aceptó el trato.

 Fue entonces cuando el Gobierno de Bush dijo que tal acuerdo era inaceptable, no para los afganos, sino para un EE.UU. que se atribuyó el poder, como lo ha hecho tan a menudo a través de su historia en muchas partes del mundo, de decirle a los afganos cómo iban a ser el futuro de su país. Todo lo que pasó en los siguientes 20 años de guerra ha contribuido, tal vez no de manera lineal, sino en una especie de descenso nauseabundo, al horror abyecto que hemos visto en el aeropuerto de Kabul: la gente desesperada por huir, al punto de aferrarse a aviones de carga C-17 y morir en la caída. Esta no es la alternativa a combatir en Afganistán; es el resultado de combatir en Afganistán.

AMY GOODMAN: Quiero pedirle que vaya aún más atrás, a los muyahidines respaldados por EE.UU. y a Osama bin Laden, también respaldado por EE.UU. Hable sobre lo que sucedió cuando EE.UU. decidió financiar a los muyahidines en la lucha contra la ocupación soviética de Afganistán y cómo los muyahidines volvieron sus armas, armas estadounidenses, contra EE.UU., así como del surgimiento de los talibanes a partir de eso.

SPENCER ACKERMAN: Sí, es importante porque una objeción a esto siempre va a ser que nosotros caracterizamos a los muyahidines afganos de los 80 como los talibanes. Pero ellos no eran los talibanes. Ellos fueron los precursores de los talibanes.

Lo qué pasó en la década de 1980 fue que la Union Soviética invadió Afganistán y EE.UU. vio una oportunidad para infligir una derrota a la Unión Soviética, su gran adversario geopolítico. Una derrota tan humillante y tan devastadora psicológicamente como la que EE.UU. sufrió en Vietnam por su propia soberbia imperialista. En el transcurso de los siguientes 10 años, EE.UU. y los servicios de Inteligencia pakistaníes y saudíes financiaron y dotaron de armamento a extremistas islámicos, rebeldes provenientes de Pakistán, entre ellos alguien que se convertiría en una figura profundamente familiar como aliado de los talibanes: Gulbuddin Hekmatyar, una persona particularmente brutal. A lo largo de la década de 1980, ellos infligieron daños importantes a los soviéticos, e hicieron que la ocupación, la brutal ocupación brutal soviética, fuera cada vez más violenta y prolongada, hasta que eventualmente los soviéticos se retiraron y, un par de años después, el régimen instalado por los soviéticos colapsó, de la misma manera en que estamos viendo colapsar el régimen que EE.UU. instaló.

 El caos y la guerra civil subsiguientes fueron devastadores para Afganistán. Y de esas cenizas surgieron los talibanes, un grupo extremista que utilizó mecanismos extremos de sufrimiento y represión contra un pueblo, el afgano, con una larga historia de sufrimiento. Algo que EE.UU. nunca reconoció a lo largo de todo este período fue su propia responsabilidad en la desestabilización de Afganistán, no simplemente como una consecuencia de la lucha contra la Unión Soviética. Ese era el costo del enfrentamiento entre EE.UU. y la Unión Soviética, que todo un país, millones de personas, sufriera tremendamente, que fueran tratados como títeres de EE.UU., que sus aspiraciones, sus deseos de libertad y estabilidad, en el fondo, no eran importantes para EE.UU., como tampoco lo eran para la Unión Soviética.

Los talibanes tomaron el poder gracias al caos que resultó de todo eso. Ellos le dieron protección a Osama bin Laden. Pero no eran lo mismo que al-Qaeda. Y, después del 11 de septiembre, EE.UU. decidió que no había una distinción relevante entre al-Qaeda, los talibanes y lo que ellos denominaron “grupos terroristas de alcance global”. Básicamente, esto significa que a pesar de que la versión asentada de las políticas del Gobierno de Bush ya incluía un concepto extremadamente expansivo sobre quién podía ser un objetivo, desde grupos terroristas como al-Qaeda hasta regímenes enteros —de hecho el subsecretario de Defensa de Bush, Paul Wolfowitz, habló justo después de los atentados del 11-S sobre “terminar con Estados”—, en el sentido político y periodístico más amplio, y en el concepto popular, el enemigo podría ser todo o casi todo el Islam. A partir de ahí la población pasó a temer, de manera bastante inmediata, a los musulmanes estadounidenses, pasó a temer a sus vecinos. Pensaban que sus vecinos eran una amenaza, no toda la maquinaría bélica y la represión. 

 AMY GOODMAN: Spencer, algo que no ha tenido mucha cobertura en los medios es que, a medida que los talibanes tomaban control de Afganistán en las últimas semanas, también ejecutaron a un hombre clave que se encontraba en prisión: Abu Omar Khorasani, el exlíder del Estado Islámico en el sur de Asia. ¿Qué nos puede decir al respecto?

SPENCER ACKERMAN: Sí. Es una situación muy compleja que ha surgido en los últimos dos años de negociaciones entre EE.UU. y los talibanes, las cuales considero, en gran parte, negociaciones extraoficiales. No debería decir “extraoficiales”. Para ser un poco más específico, se realizaron sin autorización, hasta que fueron autorizadas. Fue algo así como una labor independiente de un coronel retirado del Ejército de EE.UU., Chris Kolenda, y de una exembajadora estadounidense en Pakistán llamada Robin Raphel.

Lo que descubrieron en sus conversaciones con líderes talibanes en Doha fue que los talibanes estaban bastante preocupados por la creciente presencia de una célula del Estado Islámico en Afganistán, que se autodenominó, o que EE.UU. denominó, Estado Islámico de Jorasán, o ISIS-K. En esencia, los talibanes temían una especie de nueva generación de entidades insurgentes extremistas que usarían la justificación del Islam dentro de Afganistán. Un temor bien fundamentado, se podría decir, dada la forma en que ISIS luchó y desplazó a al-Qaeda, la organización y entidad de la cual había surgido. Durante los últimos dos años vimos incluso, y sobre esto hubo un excelente reportaje realizado por Wesley Morgan, que los talibanes han sido los beneficiarios de los ataques aéreos de EE.UU. contra ISIS-K, al punto de parecer que… en realidad nunca llegaron a establecer una especie de modus vivendi [con EE.UU.] en que dijeran: “¿Saben qué? De hecho, tenemos un enemigo en común”. Pero esa era una dinámica a la que tanto los talibanes como EE.UU., particularmente los miembros más pragmáticos del Ejército de EE.UU., eran receptivos. Los talibanes veían a ISIS no como una nueva vertiente de al-Qaeda a la que había que patrocinar y permitirle un escenario para atacar a EE.UU. o a sus aliados o a sus intereses, etc., sino como un enemigo al que había que enfrentar, un enemigo al cual había que dominar y derrotar. Y cuando escuchamos todos estos comentarios apresurados sobre la necesidad de regresar a la guerra en Afganistán para que no se convierta en un escenario para más ataques contra EE.UU., vemos que no se ha captado aún o no se ha comprendido del todo ni se ha confrontado el hecho de que los talibanes están mostrando señales muy tempranas de ver a ISIS como una amenaza.

AMY GOODMAN: A Abu Omar Khorasani lo mataron. Lo ejecutaron, lo sacaron de una prisión en Kabul ese último día, el domingo 15 de agosto, mientras tomaban el control del país. Spencer Ackerman, hable sobre cómo influyeron la guerra y la ocupación estadounidenses, la brutalidad de los ataques aéreos de EE.UU., las torturas en la base de Bagram, las incursiones nocturnas, en la capacidad de los talibanes para reclutar nuevos combatientes.

SPENCER ACKERMAN: EE.UU. tiende a atribuir su brutalidad a cualquiera de las circunstancias que pretende lamentar cuando se manifiestan en el mundo. Afganistán es ciertamente un trágico ejemplo. Tras los ataques del 11-S, las élites políticas, periodísticas e intelectuales de EE.UU., hablando en sentido general, se negaron a reconocer las consecuencias históricas directas, terribles y trágicas de la desestabilización que EE.UU. causó en Afganistán en los 80, a tal punto que, gracias al apoyo de los talibanes a Osama bin Laden en el país, se pudieron planear y llevar a cabo los ataques del 11-S. Hay que resaltar que los ataques no fueron perpetrados por afganos, no provinieron de Afganistán y ni siquiera se planearon en Afganistán. Se planearon en mayor medida en Alemania. Sin embargo, ese fue un presagio inicial de lo que veríamos durante los siguientes 20 años, no solo en Afganistán, sino a lo largo de la guerra contra el terrorismo: una desconexión y una falta de voluntad para reconocer que las acciones violentas e imperialistas de EE.UU. dan origen a una nueva generación de sus propios enemigos. Eso fue evidente en el momento en que EE.UU. regresó a Afganistán.

A lo largo de la guerra en Afganistán, incluso en momentos en que las campañas de contrainsurgencia, al menos en teoría, servían para vender la idea de que proteger las vidas afganas y la propiedad, entre otras cosas, iba a ser determinante para la guerra, [EE.UU.] nunca actuó de esa manera. Nunca actuó como si la finalidad de la guerra fuera la protección de vidas afganas. Pero sí actuó, más a menudo, de tal forma que no había una distinción entre las vidas afganas y los enemigos afganos. Una de las principales razones de esto es que los ataques contra civiles afganos no eran necesariamente fruto de una decisión específica sino de la falta de capacidad para entender el país, para entender su dinámica y ser conscientes de las complejas relaciones que, de muchas formas, existían entre quienes luchaban junto a los talibanes y los talibanes mismos, o quienes ayudaban a los talibanes bajo amenazas a su propia vida o amenazas a su familia, o que simplemente trataban de sobrevivir como lo ha hecho tanta gente a lo largo de tantas guerras, absteniéndose de cometer actos que no perjudicaran a los talibanes, porque entendían las consecuencias que podrían padecer. Con el tiempo, todas estas cosas fortalecieron a los talibanes y los convirtieron, una vez más, en una alternativa aparentemente viable a EE.UU.

Por otro lado, la contribución estadounidense, aunque en realidad no fue solo contribución de EE.UU., a la miseria en afganistán se dio a través de la corrupción que siempre se atribuía a los afganos, pero que en gran medida se alimentaba a sí misma. Los supuestos expertos en desarrollo. la ayuda y el dinero para el desarrollo inundaron Afganistán sin tener en consideración lo que una devastada economía como la afgana podía absorber. Parte de ese dinero fue enviado de manera deliberada por la CIA para pagar a los señores de la guerra y asegurarse de que, a la larga, fueran sensibles a los intereses estadounidenses, que a menudo eran intereses violentos e incluían cosas como las acciones del Mando Conjunto de Operaciones Especiales durante la guerra en Afganistán, y en particular de las Fuerzas Especiales del Ejército, cuando irrumpían en las casas de personas sospechosas de ser talibanes o colaboradoras de los talibanes. De nuevo, los talibanes, ni siquiera al-Qaeda, ni siquiera el grupo que atacó a EE.UU., mucho menos el núcleo de al-Qaeda que conspiró, planeó y ejecutó los ataques del 11-S. EE.UU. estaba ahora en una guerra prolongada con quienes una vez dieron refugio y formaron alianza con al-Qaeda, en lugar de con la propia al-Qaeda. EE.UU. era responsable de lo que pasara en Afganistán pero nunca actuó de manera responsable hacia el pueblo afgano. (...)"                       (Entrevista a Spencer Ackerman ,  Amy Goodman , Rebelión, 09/10/2021)

23.9.21

Exactamente hace 20 años, después del 11 de septiembre – y del inicio de la Guerra Global contra el Terrorismo- los talibanes llevarán a cabo una ceremonia en Kabul para celebrar su victoria sobre la idiota “Guerra para Siempre” de Estados Unidos... Cuatro exponentes de la integración de Eurasia – China, Rusia, Irán y Pakistán – así como Turquía y Qatar, estarán representados oficialmente en el acto de regreso Oficial del Emirato Islámico de Afganistán

 "Es difícil no sentir escalofríos por los impresionantes terremotos geopolíticos de los últimos días.

Exactamente hace 20 años, después del 11 de septiembre – y del inicio de la Guerra Global contra el Terrorismo- los talibanes llevarán a cabo una ceremonia en Kabul para celebrar su victoria sobre la idiota “Guerra para Siempre” de Estados Unidos.

Cuatro exponentes de la integración de Eurasia – China, Rusia, Irán y Pakistán – así como Turquía y Qatar, estarán representados oficialmente en el acto de regreso Oficial del Emirato Islámico de Afganistán. Como van las cosas, esto se puede calificar como «nada menos que intergaláctico».  (...)

Entre otras pepitas de oro, Dale Scott y Aarón Good recordaron que el ex ministro de Relaciones Exteriores de Pakistán, Niaz Naik, declaró a los medios pakistaníes: “los estadounidenses tenían todo listo para atacar Afganistán mucho antes del 11 de septiembre. Entonces, les preguntamos, ¿cuándo atacarán Afganistán? … Respondieron: antes que caiga la nieve en Kabul. Eso significa octubre, más o menos «.

Muchos de nosotros (los corresponsales) entendimos que después del 11 de septiembre, todo el conflicto se trataba que Estados Unidos quería imponer su poder en Asia Central. Peter Dale Scott explicaba hace una semana: “las dos invasiones estadounidenses (Afganistán en 2001 e Irak en 2003) se efectuaron desde el principio con dudosos pretextos. Estos pretextos han sido desacreditados con el paso de los años. Detrás de ambas guerras estaba la necesidad de Estados Unidos de controlar los combustibles fósiles que son el fundamento del petrodólar estadounidense». (...)

La máquina de propaganda del 11 de septiembre está a punto de alcanzar su punto más álgido este fin de semana. Ahora, está utilizando el regreso al poder con descalificaciones de todo tipo: no respetaran los derechos humanos, sin terroristas talibanes; son razonamientos perfectos para esconder la vergonzosa humillación del Imperio del Caos.

Aunque los medios oficiales publicitan los argumentos del Estado Profundo, su machacona narrativa tiene más agujeros que el lado oscuro de la luna. El mito del siglo americano ha sido desacreditado por los porfiados hechos. Lo que es evidente es su permanente retroceso: en estos días la debacle imperial ha permitido el regreso del Emirato Islámico en Afganistán… a la exacta posición que tenía hace 20 años.

Ahora sabemos que los talibanes no tuvieron nada que ver con el 11 de septiembre. Y que Osama bin Laden, oculto en una cueva afgana, pudo no haber sido el inspirador del 11 de septiembre. Ahora, también, sabemos que el asesinato de Massoud fue el preludio del 11 de septiembre, ¿su objetivo? : facilitar la invasión de Afganistán, una ocupación planificada varios años antes por el estado profundo norteamericano. (...)"                  (Pepe Escobar, Observatorio de la crisis, 10/09/21)

22.9.21

Las guerras eternas que comenzaron tras el 11 septiembre de 2021... la guerra contra el terror se ha extendido a 20 países, y más de 85 reseñan la existencia de algún tipo de cédula terrorista, que han sido base para operaciones antiterroristas o para ataques con drones. Los conflictos han tenido un coste en vidas de aproximadamente 929.000 personas, 37 millones de personas han sido desplazadas de sus hogares como consecuencia de estas guerras y se calcula que el coste supera los ocho billones

 "(...) La guerra contra el terror

“Si podemos estar seguros de algo es que las represalias masivas de los Estados Unidos no podrán fin al terrorismo, sino que aumentarán la espiral de violencia”, escribió pocos días después del atentado el profesor asociado al Transnational Institute Walden Bello. Acompañadas de las cifras de las sucesivas guerras, esas palabras de Bello, son un resumen de la espiral en la que entraron los Gobiernos de Estados Unidos a raíz del mayor ataque sufrido en su territorio en toda la historia.

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 abrieron una nueva fase en la historia del militarismo. Estados Unidos desarrolló bajo la fórmula inicial de “justicia infinita”, y posteriormente “libertad duradera”, dos guerras consecutivas en Afganistán (2001-2021) e Iraq (2003-2011) de cuyos presupuestos se han cumplido únicamente el hecho de que es duradera y ha sido calificada como infinita. 

Pero esas fórmulas han sido sustituidas por la mucho más ajustada “Guerra contra el terror” (war on terror) bajo la que se ha desplegado toda una visión del mundo y se ha producido una revisión a la baja de las convenciones sobre la guerra —la paz y la violencia— establecidas tras la II Guerra Mundial. Esa guerra contra el terror ha tenido como escenario a más de la mitad de los países del mundo.

 La lectura que se ha hecho con posterioridad a los acontecimientos explica que la doctrina aplicada por el Gobierno estadounidense —presidido por George W. Bush pero dirigido por dos halcones republicanos, el vicepresidente Richard Cheney y el secretario de Defensa Donald Rumsfeld— había sido expuesta antes de los atentados de Manhattan y Washington, pero el 11S fue la oportunidad para su desarrollo completo. 

Varias declaraciones sirven para enunciar ese giro: “La mejor defensa, y en algunos casos la única, es un buen ataque” (Donald Rumsfeld) o “la doctrina de la contención no se mantiene a flote” (George W. Bush). El resultado fue una ofensiva permanente con trazas de “guerra infinita” que no ha hecho del mundo un lugar más seguro. La respuesta al 11S, según Baher Azmy, director legal del Centro de Derechos Constitucionales “No [fue] solo una serie de políticas fortuitas o respuestas incidentales, sino una construcción ideológica profunda que afectó toda nuestra cultura política y legal”, recogía recientemente The Washington Post.

 La cifra de civiles muertos oscila entre 364.000 y 387.000. Un informe de la organización Airwars publicado con motivo del aniversario del 11S calcula que exclusivamente los más de 91.000 ataques aéreos de Estados Unidos desde 2001 —sobre Afganistán, Iraq, Libia, Pakistán, Somalia, Siria y Yemen— han tenido un coste de vidas civiles que oscila entre 22.000 y 48.000 personas.

 En el nivel presupuestario, ambos conflictos se han situado como los más caros para los contribuyentes estadounidenses de todos cuantos ha librado el país. “El presupuesto del Pentágono es más alto que durante el clímax de la Guerra de Vietnam o la Guerra Fría, y sigue creciendo; representa más de la mitad del presupuesto federal disponible en un año típico”, reseñan Lindsay Koshgarian, Ashik Siddique y Lorah Steichen, autoras del informe Estado de inseguridad: el costo de la militarización desde el 11 de septiembre, publicado este mes.

El informe explicita uno de los aspectos diferenciales de esta guerra contra el terror: el hecho de que gran parte de ese presupuesto se ha dirigido directamente a las empresas privadas de seguridad, los llamados “contratistas”, que ofrecen servicios al Departamento de Defensa que van desde el suministro de cemento hasta mercenarios. (...)

Alejandro Pozo, investigador sobre paz, conflictos armados, desarme y acción humanitaria del Centre Delàs, considera que uno de los frutos de esa guerra contra el terror es una especie de carta blanca para quitar estatus político al oponente. Esa nueva disposición supone que “con los grupos armados se negocia, a los grupos terroristas se les elimina”, aunque se trate, explica este experto en conflictos internacionales, de los mismos actores que combaten por un objetivo político determinado. “Esa etiqueta permite criminalizar a la base de apoyo —incluso aunque no sea tal— y el marco de la guerra contra el terror te da unas facilidades tremendas para eso. Nadie se va a quejar. Todo el mundo lo hace y todo el mundo tiene sus propios terrorismos”, concluye Pozo.

La guerra contra el terror, desarrollan los autores del informe Construyendo la paz en una guerra permanente, de 2015, aportó otro cambio: “Los conflictos armados de larga data entre Estados y actores no estatales se han reconvertido en “guerras contra el terror” internas, socavando los principios del derecho internacional que rigen el uso legítimo de la violencia. Mientras tanto, el antiterrorismo ha sido utilizado por gobiernos represivos para sistematizar la violencia estatal y como pretexto para reprimir a la oposición política”.

La tortura tras el 11S

Entre los personajes poco memorables de la Doctrina Bush que refleja la película Vice, importante para conocer el papel de la Casa Blanca en ese cambio de milenio, destaca el abogado John Yoo. Junto con otro abogado, Jay Bybee, y representando al Departamento de Justicia, Yoo fue encargado de redactar una serie de Memorandos sobre tortura que fueron firmados en agosto de 2002 y que estuvieron vigentes hasta 2009, cuando Barack Obama los derogó para volver a la situación anterior.

Esos manuales cobraron relevancia pública con la divulgación en abril de 2004 por parte del medio The New Yorker y del programa de televisión 60 minutos de la cadena CBS, de varias fotografías de personas torturadas en la prisión de Abu Ghraib, en Iraq . Entre las más divulgadas, la de un hombre encapuchado, sobre una caja, con una serie de cables que, según le dijeron responsables de su interrogatorio, en su mayor parte al servicio de contratistas —privados—, estaban conectados a una máquina que le daría descargas en el caso de que flaquease. Otras fotografías abundan más en detalles del componente de abuso sexual de algunos de estos sistemas de tortura. 

La tarea de Yoo y Bybee fue dotar a las agencias estadounidenses, principalmente la CIA, del amparo legal para el uso de estas técnicas de interrogatorio: el afán fue que se dejara de emplear la palabra “tortura” —que desde el punto de vista del derecho internacional es ilegal tanto en periodo de guerra como en el de paz— y se pasasen a usar eufemismos como los de “interrogatorios coercitivos” para las torturas que se llevaron a cabo en Abu Grahib y en la base militar estadounidense de Guantánamo (Cuba).

Los debates en torno a si es admisible la tortura para evitar un mal mayor —debates que, por ejemplo, quisieron abrir torturadores confesos como el ultraderechista francés Jean Marie LePen, en el contexto de la guerra de Argelia— trascendieron desde los círculos conservadores a la opinión pública liberal que, en el periodo de trauma generado por los ataques del 11 de septiembre, aceptaron entrar en ese barro. En palabras de Donatella di Cesare, la novedad tras el 11S es “que la condena de la tortura ha dejado de parecer obvia”, acelerando la “ruina moral” de los Estados Unidos, con consecuencias en el interior de este territorio.  (...)

Dos décadas después del atentado de las torres gemelas, el mundo ha contemplado el ascenso del supremacismo blanco, con sus propios hitos en forma de ataques como la masacre de la sinagoga de Pittsburgh o, en Europa, hace diez años el atentado de Anders Breivik en Utoya (Noruega). La percepción hoy de los ataques de 2001 sigue derivando a temas sin resolver en el presente, lo que genera la sensación de que el 11S sigue siendo el factor clave de la geopolítica internacional o, al menos, que las lógicas generadas en torno a ese hecho aun no forman parte del pasado, sino que amenazan nuestro presente."              (Pablo Elorsuy, El Salto, 11/09/21)

16.9.21

Se cumplen veinte años de ese once de septiembre... la guerra contra el terror, empezó ese 11 de septiembre. Veinte años después, con el fin de la ocupación de Afganistán, esa guerra ha terminado en derrota... El 11-S podía horrorizar a un país y causar un impacto traumático en los que lo sufrieron, pero no tenía por qué definir una era... Estados Unidos permitió, y lo hizo de forma consciente y voluntaria, que las acciones de un puñado de chalados suicidas decidieran en qué mundo íbamos a vivir a partir de entonces... Trump y la oleada de populismo demagogo, xenófobo y racista en occidente, son hijos del 11-S y de quienes lo utilizaron para gobernar... pudo haber sido diferente, la “era del 11-S” no era inevitable... se pudo haber llevado a los terroristas a la justicia. Ni eje del mal, ni choque de civilizaciones, ni cruzadas, ni la batalla moral de nuestro tiempo, ni nada por el estilo. Simplemente buscar, capturar, y ejecutar sumarísimamente a los culpables. Entrar en Afganistán, detener a los malos, irse, con objetivos limitados y tonterías las justas

"Mañana se cumplen veinte años de ese once de septiembre. No creo que nadie que estuviera vivo entonces haya olvidado dónde estaba cuando se enteró. Fueron días de estar sentados atónitos ante el televisor, esperando noticias. De horror ante lo sucedido y temor ante lo que podría suceder.

El aniversario del 11-S este año es más importante, más allá de los números redondos. La caída de Kabul el mes pasado ha hecho que los eventos de ese día, y lo que vino después, tengan al fin un arco narrativo, un principio y un fin. La era del terrorismo, la guerra contra el terror, empezó ese 11 de septiembre. Veinte años después, con el fin de la ocupación de Afganistán, esa guerra ha terminado en derrota.(...)

El ataque

El ataque contra el Pentágono y las torres gemelas fue inaudito, casi impensable, irreal. Nunca nadie se había atrevido a hacer algo así*; nunca esperábamos que pudiera suceder. Fue, además, una catástrofe televisada, irreal; un atentado en el centro de las dos ciudades con más cámaras y reporteros del mundo. Un horror compartido.

El hecho de que fuera un suceso extraordinario, sin embargo, no implicaba necesariamente que tuviera que marcar un antes y un después. El 11-S podía horrorizar a un país y causar un impacto traumático en los que lo sufrieron, pero no tenía por qué definir una era. Lo que vimos, sin embargo, es que Estados Unidos permitió, y lo hizo de forma consciente y voluntaria, que las acciones de un puñado de chalados suicidas decidieran en qué mundo íbamos a vivir a partir de entonces.

Imaginad un mundo alternativo en el que un condado de Florida no diseña una papeleta electoral que hace que miles de viejecitos voten accidentalmente a Pat Buchanan, y Al Gore es elegido presidente. (...)

El 11-S fue un horror, pero no representaba una amenaza existencial, ni para Estados Unidos ni para occidente.

La respuesta


Al Gore (o diantre, George W. Bush. Nadie le obligó a responder como lo hizo) tras los atentados, podría haber hablado sobre que era necesario llevar a los terroristas a la justicia. Ni eje del mal, ni choque de civilizaciones, ni cruzadas, ni la batalla moral de nuestro tiempo, ni nada por el estilo. Simplemente buscar, capturar, y ejecutar sumarísimamente a los culpables. Entrar en Afganistán, detener a los malos, irse, con objetivos limitados y tonterías las justas. Si se escapan, seguir buscando. Asumir que el terrorismo es horrible pero que es la estrategia de los débiles para provocar una reacción desmesurada de los fuertes.

Y no caer en la trampa.

Un mundo en que esto hubiera sucedido es un mundo donde no hay invasión de Irak, ni guerra civil en Siria o en Libia. No tenemos media docena de guerras de baja intensidad por medio mundo, con comandos occidentales pegando tiros. Pero no es sólo eso; es un mundo donde la política de Estados Unidos no se define entre un conflicto entre “patriotas” y gente que es “débil contra el terrorismo”. Es un mundo donde el partido republicano pasa de tener un candidato que habla castellano (mal) durante la campaña y defiende regularizar inmigrantes a ser un partido que define absolutamente todo en base a criterios de seguridad nacional. Es un mundo donde el enorme, gigantesco aparato policial-militar nacido del 11-S no alcanza las proporciones elefantinas actuales, y donde la política exterior del país no se convierte en una guerra eterna dirigida por megalómanos incompetentes.

La “era del 11-S” no era inevitable. Bush, Cheney, Rumsfeld, Wolfowitz y el resto de tarados al mando decidieron que el 11-S marcaría una época, y lo hicieron ante otras alternativas posibles, realistas, y sensatas. Ese otoño, los líderes del país podrían haber tomado cualquier curso de acción que hubieran querido sin coste político alguno y el mundo les hubiera seguido sin rechistar. Escogieron la invasión y ocupación de Afganistán e Irak, los secuestros, las torturas, la Patriot Act y demás, usando el 11-S como excusa para impulsar su agenda.

Y todas estas decisiones, o casi todas, fueron completamente erróneas.

La locura

Dejando de lado la atroz incompetencia de la administración Bush y sus sucesores, la parte más grave y triste de esta época fue cómo permitimos que el 11-S tuviera consecuencias políticas, que definiera el tablero de juego. Recordad las freedom fries, las acusaciones de traición, la exigencia inamovible de respetar las fuerzas armadas y nuestros héroes; el patriotismo atonal, enajenado de la invasión de Irak.

Trump y la oleada de populismo demagogo, xenófobo y racista en occidente, son hijos del 11-S y de quienes lo utilizaron para gobernar. Hay un hilo directo entre la política del miedo de la era Bush, de “proteger nuestras fronteras” y de complots terroristas y la paranoia contra inmigrantes, woke y otros enemigos de occidente del trumpismo. Las amenazas son distintas, las apelaciones al miedo no han variado. La guerra para llevar la libertad y democracia al mundo árabe terminó con un tipo disfrazado de shaman asaltando el Capitolio en una insurrección de pandereta.

La tragedia del 11-S fue que los terroristas no sólo consiguieron sus objetivos, sino que quienes llevamos a la práctica su agenda fuimos nosotros mismos. Estados Unidos abrazó sus miedos, y estos le derrotaron.

Epílogo

El epílogo de esta guerra, y de esta historia, está aún por escribir. Joe Biden parece ser consciente que es necesario que Estados Unidos escape de la sombra de las torres gemelas. La imagen de decadencia del país, dentro y fuera de sus fronteras, es el resultado de años de errores y despilfarro, de rencor y miedo, fruto de ese día.

Los atentados hace 20 años no crearon las divisiones en este país, ciertamente. La política del miedo, del temor, de la desconfianza, de pánico y sombras de la era del 11-S no va a desaparecer tras haber dejado atrás a Irak, Afganistán, y el resto de las guerras. Y más cuando los comentaristas en Washington siguen obcecados en eternizarlas.

Sin embargo, soy relativamente optimista. La era del 11-S tiene bastante de generacional; sus responsables ansiaban una new American Century, seguir con la hegemonía global del país. Los que han crecido a la sombra del 11-S son los hijos del cinismo de los años noventa y las calamidades recurrentes de Irak, la gran depresión y la pandemia. Los nuevos líderes de Estados Unidos no han vivido en tiempos de gloria, sino de dudas y fracasos; de consecuencias de las decisiones de sus padres.

El país necesita nuevas prioridades. Quizás sea capaz de definirlas.(...)"        (Roger Senserrich, Four freedom, 10/09/21)