"En toda Europa, los partidos centristas tienden cada vez más a pintar
incluso a la socialdemocracia moderada como una amenaza de «izquierda
radical». La retórica desenfrenada sobre el peligro de la izquierda
apunta a justificar alianzas con los otrora mal vistos partidos de
extrema derecha.
El mes pasado, el hombre más rico del
mundo le ofreció al líder de la extrema derecha alemana Alternative für
Deutschland (AfD), exmiembro de la Sociedad Friedrich Hayek,
consultor financiero y todavía un acérrimo neoliberal, un escenario
global para decir obscenidades como que «Hitler era un comunista, un
socialista».
Los comentarios hechos con Elon Musk
en X por la líder de AfD, Alice Weidel, pueden parecer extremos. Sin
embargo, representan el último punto alcanzado por lo que ya es una
tendencia de larga data en Europa.
Durante años, vimos a los políticos
convencionales derribar las barreras que quedaban contra la extrema
derecha. Hace algunos días, los demócratas cristianos (CDU) y la AfD de
Weidel votaron juntos en el Bundestag alemán para aprobar una moción que
planteaba medidas drásticas contra la inmigración. Pero ahora hemos
superado el punto en el que podíamos hablar de que esas defensas se
eliminaran. Hoy en día, el llamado cordón sanitario se está construyendo
activamente contra la izquierda.
Por «izquierda» no me refiero solo a
partidos con algún tipo de vocación social, como hemos visto
recientemente con la demonización del Nuevo Frente Popular en Francia y
la exclusión de los socialdemócratas de las negociaciones
gubernamentales en Austria. Este silenciamiento también se extiende a
los movimientos sociales, los activistas climáticos, las ONG, los
sindicatos y, en general, a una sociedad civil vital capaz de reaccionar
contra la alianza sin escrúpulos de neoliberales y populistas de
derecha.
Exclusión del poder
Los efectos de esta tendencia son
especialmente evidentes en Austria, donde nunca existió un cordón
sanitario eficaz contra la extrema derecha. Aquí, el primer gobierno
liderado por el Partido Popular conservador (ÖVP), que incluye al
Partido de la Libertad (FPÖ) postnazi, se remonta al año 2000. Pero
cambiaron las posiciones relativas de estas fuerzas. Hoy en día, el
líder del FPÖ, Herbert Kickl, está negociando para liderar un gobierno
en el que el partido de extrema derecha sería el líder y el tradicional
ÖVP de centro-derecha el socio menor.
El ÖVP había rechazado previamente
este escenario, iniciando conversaciones con el Partido Socialdemócrata
(SPÖ) antes de romperlas abruptamente a principios de este año. El
exlíder y canciller del ÖVP, Karl Nehammer, explicó el punto de ruptura
de la siguiente manera: «En algún momento, el líder socialdemócrata
Andreas Babler cambió a la retórica de la lucha de clases y a una
socialdemocracia anticuada». Por lo tanto, incluso la corriente
principal de centroizquierda está más demonizada que los postnazis. La
llamada centro derecha ahora busca un acuerdo con la extrema derecha en
nombre de una agenda proempresarial sin elementos perturbadores, y así
es como se presentan las propuestas del SPÖ para la justicia fiscal y
social.
Cuando las negociaciones con los
socialdemócratas aún estaban en curso, Harald Mahrer, presidente de la
Cámara Federal de Economía de Austria y miembro del equipo negociador
del ÖVP, admitió que «algunas personas están coqueteando con el programa
económico del FPÖ porque fue parcialmente copiado del nuestro y del de
la Federación de Industrias Austriacas», en referencia al principal
grupo de empresarios del país. La salida de Nueva Austria y del Foro
Liberal (NEOS) de esas primeras negociaciones —el detonante, si no la
causa absoluta de su fracaso— y la ruptura definitiva anunciada por el
ÖVP inmediatamente después, estuvieron motivadas por los intereses y
presiones del mundo empresarial.
«Lo que nos importa es que el
presupuesto se reforme solo en el lado del gasto público», dijo Georg
Knill, presidente de la Federación de Industrias Austriacas. Junto con
la extrema derecha, el ÖVP está aceptando rápidamente esta perspectiva.
«Con los socialdemócratas, habría sido imposible», concluyó Knill. En
nombre de la defensa de los más ricos, el ÖVP está asimilando lo que
sabe que es un partido de raíces nazis, pro-Moscú, pro-AfD, pro-Viktor
Orbán —utilizando él mismo a este partido como una amenaza siempre que
esto convenga a sus propios intereses— y ahora se está abriendo a la
idea de su líder, Kickl, como canciller.
Una tendencia similar también se hizo
evidente desde hace algún tiempo en Francia. Hay fuerzas neoliberales
como el partido Renacimiento de Emmanuel Macron que están dispuestas a
llegar a un acuerdo con la extrema derecha —incluso cenan juntos, según
se supo el verano pasado, cuando el diario francés Libération
informó sobre las reuniones secretas entre figuras del bando del
presidente y los líderes del Rassemblement National Marine Le Pen y
Jordan Bardella—, mientras intentan demonizar y excluir a la izquierda
del poder. Aquí la dinámica política se combina con un inquietante
cambio en el discurso público, lo que hace que la tendencia sea aún más
alarmante.
Cómo empezó la demonización
«Al final, nadie ganó». En una carta
del pasado mes de julio, el presidente francés le informó a los
votantes que acababan de convertir al Nuevo Frente Popular de izquierda
en el mayor bloque de la Asamblea Nacional que las elecciones
parlamentarias no habían producido tal resultado.
Desde entonces, durante meses de
crisis política que él mismo desencadenó, Emmanuel Macron no dudó en
confiar el gobierno a fuerzas ultraminoritarias como Michel Barnier de
Les Républicains e incluso concibió gobiernos dependientes del apoyo
externo de Marine Le Pen. En resumen, Macron hizo todo lo posible para
excluir a la izquierda de cualquier posibilidad de llegar al poder.
Incluso negó que el Nuevo Frente Popular hubiera quedado primero en las
elecciones. ¿Cómo pudo hacer eso?
«Las grandes mutaciones no están
ligadas a acontecimientos históricos solemnes, sino a lo que podríamos
llamar una ruptura discursiva», escribió en una ocasión el semiólogo
francés Roland Barthes. Ya en las elecciones parlamentarias anteriores,
en 2022, Macron había implementado plenamente su estrategia de
demonización contra France Insoumise y su fundador Jean-Luc Mélenchon.
Se trataba del mismo tipo de demonización que ya había utilizado con
éxito contra Le Pen en 2017. El término «extrema izquierda» se
estableció en el discurso público, donde tiene las mismas (o incluso
peores) connotaciones negativas que la extrema derecha, que mientras
tanto se está normalizando. En el verano de 2022, el Rassemblement
National de Le Pen consiguió elegir a dos miembros como vicepresidentes de la Asamblea Nacional, contando con el apoyo de los diputados de Macron.
Después de las elecciones de 2024, la
estrategia de demonización de Macron tuvo como objetivo principal
boicotear la unión de la izquierda al intentar excluir a France
Insoumise de lo que el presidente francés interpreta como el «frente
republicano». La dinámica política de exclusión del poder está
estrechamente relacionada con este asalto semántico. «La palabra «república» está perdiendo su significado original», me dijo el filósofo Michaël Foessel.
«Originalmente, la república significaba una suma de principios que
garantizaban la libertad constitucional y la igualdad. Ahora, cualquiera
que desafíe la lógica dominante es definido como antirrepublicano; de
ahí también los movimientos de protesta». A la izquierda le han robado
su lenguaje: «Pasamos de la república de los principios, con su vocación
social, a la república de los valores, que se vuelve excluyente y
disciplinaria».
Una tendencia europea
La proyección del cordón sanitario
contra la izquierda, además del colapso de la barrera protectora contra
la extrema derecha, corresponde a una tendencia europea. Esto también
puede verse a nivel de las propias instituciones de la UE. «Los
liberales también van a aplicar el cordón sanitario contra la extrema
izquierda», declaró recientemente en una entrevista
la ex primera ministra belga y actual vicepresidenta del Parlamento
Europeo, Sophie Wilmès. La tendencia en sí no es reciente, y el primero
en ponerla en marcha fue el principal grupo demócrata-cristiano, el
Partido Popular Europeo (PPE).
En 2021, el presidente del PPE, Manfred Weber, presentó una alianza táctica
con la líder posfascista Giorgia Meloni; al tiempo que inició una
batalla política y semántica contra la izquierda. Aunque la primera
reacción fuerte del grupo de los Socialistas y Demócratas
(centroizquierda) en el Parlamento de la UE se produjo hace solo unos
meses, cuando Weber desató las fuerzas del PPE contra la vicepresidenta
socialista de la Comisión Europea, Teresa Ribera, el asalto había
comenzado mucho antes. La primera elección de Roberta Metsola como
presidenta del Parlamento de la UE, en 2022, se llevó a cabo con el
apoyo de la extrema derecha, mientras que los grupos de izquierda y
verdes fueron marginados en las negociaciones. Incluso hace años, la
conservadora Metsola no ocultaba que tenía más en común con sus amigos
del partido Fratelli d’Italia de Meloni que con la izquierda, a la que
incluso reprendió recientemente por cantar el himno antifascista «Bella
ciao» en la cámara parlamentaria.
Si los socialistas de centroizquierda
esperaban librarse de los ataques del PPE, ahora pueden ver, a partir
de la agresiva estrategia de Weber, que dejar que la derecha divida a
las fuerzas progresistas acaba haciendo a todos más vulnerables, tanto
en Bruselas como en París.
La alianza entre las fuerzas
neoliberales y la extrema derecha también conlleva una tendencia cada
vez más marcada a reprimir a la disidencia. En este sentido, el cordón
sanitario se proyecta no solo contra los partidos de izquierda, sino
también contra los sindicatos, las ONG, los movimientos ecologistas y la
sociedad civil en general cuando estas fuerzas intentan expresar y
organizar la disidencia.
Pocos se dieron cuenta de que el PPE
intentó utilizar el Qatargate (un escándalo de corrupción que estalló en
el Parlamento Europeo en 2022) para introducir la criminalización de las ONG.
El jefe del PPE, Weber, mostró más celo en querer imponer restricciones
a las ONG que en impulsar reformas drásticas contra los intereses
corporativos. Esto proporciona otro elemento de armonía con la extrema
derecha.
Vale la pena recordar que el
exministro del Interior francés Gérald Darmanin intentó criminalizar
incluso a la ONG de derechos humanos Ligue des droits de l’homme, así
como a las asociaciones medioambientales. Y es imposible no mencionar la
dura represión de las protestas sociales, medioambientales y contra la
reforma de las pensiones en Francia. La criminalización de los
movimientos medioambientales es una tendencia que también preocupa a
toda Europa. En los últimos años, varios gobiernos (Italia, Hungría,
Reino Unido, Francia) intentaron repetidamente limitar el derecho de
huelga de los trabajadores.
Los gobiernos que toleran las derivas antiliberales, como vemos en Italia con
Giorgia Meloni y como hemos visto en Hungría con Orbán, también tienden
a reprimir a la disidencia. Combinados, la eliminación de las barreras
contra la extrema derecha y la imposición de una lógica excluyente
contra la izquierda se están amplificando mutuamente con resultados
devastadores. Europa respira un ambiente asfixiante."
( Francesca De Benedetti , JACOBINLAT, 11/02/25)