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22.8.26

Los obradores compartidos se han consolidado como una alternativa para que pequeños productores agroalimentarios puedan elaborar, transformar y comercializar productos de valor añadido sin tener que asumir grandes inversiones iniciales. Compartiendo maquinaria, instalaciones y conocimiento, estos espacios permiten profesionalizar proyectos artesanos, generar sinergias entre productores y mantener vivo un modelo arraigado en el territorio... el obrador es propiedad de Tres Cadires Cooperativa y, mediante el pago de una cuota en función de la actividad, los proyectos externos pueden acceder a maquinaria —en su caso, centrada en bebidas como licores y vermuts— para hacer sus productos y venderlos en su totalidad. Esto permite evitar una inversión inicial que, a menudo, sería inasumible para un productor individual... Uno de los problemas más graves es la rigidez legislativa: los pequeños obradores deben cumplir las mismas exigencias sanitarias y burocráticas que una gran industria... "Hemos sobrevivido porque hemos sabido encontrar aquellas tiendas que valoran este producto y lo explican al cliente", pero "estas pequeñas tiendas también están en peligro de extinción"... de cara a un futuro "todo el mundo debe poder acceder a los obradores compartidos" y "deben especializarse" para evitar el estancamiento. "No es lo mismo un obrador lácteo, que cárnico, que vegetal"... su labor ha permitido que emprendedores tuvieran una oportunidad para sacar adelante sus proyectos, y se han creado sinergias y una red de trabajo entre productores "para poder sobrevivir todos juntos" (Aleix Camprubí)

" El uso compartido de maquinaria, espacios y experiencias permite a los pequeños productores esquivar las grandes inversiones, profesionalizar la actividad artesana y crear sinergias... los obradores que plantan cara a la producción a gran escala... 

 En un mercado agroalimentario dominado por las grandes cadenas y la producción a gran escala, los obradores compartidos se han consolidado como una alternativa para que pequeños productores agroalimentarios puedan elaborar, transformar y comercializar productos de valor añadido sin tener que asumir grandes inversiones iniciales. Compartiendo maquinaria, instalaciones y conocimiento, estos espacios permiten profesionalizar proyectos artesanos, generar sinergias entre productores y mantener vivo un modelo arraigado en el territorio. Cada vez son más las propuestas que reivindican este modelo cooperativo mientras luchan por hacerlo viable en un mercado y una legislación pensados, a menudo, para las grandes empresas.

Un reto estructural: la legislación y el mercado

El reto más importante es encontrar cuota de mercado sin tener las herramientas de la agroindustria

De la anécdota a la institucionalización

La administración tiene que estar ahí para potenciarlo, ayudar a que crezca y se consolide. Es un modelo frágil

El futuro: especialización y colectividad

Es necesario que consigamos pensar más en colectivo y recuperar fórmulas como las de las cooperativas de antes

 (Aleix Camprubí , Público, 21/08/26) 

6.8.26

Dos propuestas que hace apenas unos años parecían extravagantes: supermercados públicos y/o seguridad social alimentaria... la propuesta de supermercados públicos del alcalde de Nueva York, Mandani, busca garantizar que todo el mundo tiene acceso a los alimentos que necesita... en Francia se debatió la creación de una seguridad social de la alimentación. Si la sanidad, la educación y las pensiones son —en Europa— derechos consagrados en la constitución y garantizados mediante provisión pública, ¿por qué no podría serlo también la alimentación? Consistiría en un programa de unos 100-150 euros al mes a toda la población, para gastar en establecimientos asociados... establece incentivos para que los patrones de consumo cambien progresivamente... pues el programa solo funciona para ciertos productos que han sido declarados “producto agroecológico”, y porque el productor encuentra una demanda estable que le da garantías para convertir su producción en agroecológica. El reciente estudio de la cooperativa El Pa Sencer, por ejemplo, calcula que la propuesta costaría 76.800 millones de euros (un 5,7% del PIB español)... En España hace ya se cuenta con un proyecto piloto en Getafe... y Podemos ya propuso la creación de un supermercado público... En la medida en que el sector primario se está convirtiendo, cada vez más rápido, en un sector crítico y vulnerable, queda justificada la intervención directa por parte del Estado para planificar su reorientación. Algo similar a lo que está sucediendo en el sector industrial... pero aplicado al sistema que nos da de comer. Esto conllevaría la necesidad de programas específicos que pueden incorporar la compra de tierras, ayudas y subsidios suficientes a la producción agroecológica, creación y reforzamiento de nuevas infraestructuras públicas (entre ellas, los supermercados), etc. Todo ello destinado a que más temprano que tarde cualquier país, por ejemplo, España, disponga de un sistema agroalimentario ecológico con el que producir alimentos saludables (Alberto Garzón Espinosa)

"La disyuntiva entre supermercados públicos o seguridad social alimentaria está mal formulada. Las dos son necesarias y, al mismo tiempo, insuficientes: la primera actúa sobre la distribución; la segunda, sobre la demanda, pero ninguna puede transformar por sí sola la forma en que producimos los alimentos. Y ese es uno de los elementos críticos del siglo XXI

En pocos meses, dos propuestas que hace apenas unos años parecían extravagantes han entrado en el debate político internacional. Por un lado, el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdami, ha dado un nuevo paso en su proyecto para crear cinco supermercados públicos en la ciudad, con el objetivo declarado de reducir los precios de la cesta de consumo de la clase trabajadora. La iniciativa es eco del socialismo municipal de Milwaukee, ciudad estadounidense que tuvo alcaldes del Partido Socialista durante la mayoría del período entre 1910 y 1960, y que municipalizó muchos servicios otrora privados. Como ha recordado recientemente el sociólogo del trabajo Eric Blanc, aquella experiencia histórica es hoy una lección para construir una alternativa al neoliberalismo demócrata y el autoritarismo trumpista en los Estados Unidos. En este caso, la propuesta de supermercados públicos busca garantizar que todo el mundo tiene acceso a los alimentos que necesita.

Por otro lado, en Francia se debatió el año pasado en la Asamblea nacional otra propuesta con espíritu similar: la creación de una seguridad social de la alimentación. Si la sanidad, la educación y las pensiones son —en Europa— derechos consagrados en la constitución y garantizados mediante provisión pública, ¿por qué no podría serlo también la alimentación? La propuesta no llegó a aprobarse por el boicot de los diputados conservadores, pero consiste en un programa de unos 100-150 euros al mes a toda la población para gastar en establecimientos asociados. En Francia, hay varias decenas de proyectos piloto, siendo el más destacado el de Montpellier. Aunque a primera vista parezca una propuesta asistencialista, el programa va mucho más allá de la necesidad de combatir el hambre entre las familias con menos recursos. En España hace poco tuvo lugar un debate, promovido por la Fundación Carasso, en el que además de debatir la experiencia francesa se presentó una propuesta para España (que ya cuenta con un proyecto piloto en Getafe).

Esta renovada preocupación por el derecho a la alimentación coincide con la resaca del proceso inflacionario desencadenado en 2022 tras la invasión de Ucrania por parte de Rusia y también con la guerra en Irán iniciada este febrero de 2026. Como se ve en el siguiente gráfico, los precios de los alimentos a nivel mundial se mantuvieron relativamente estables durante la década de los noventa y principios de siglo, pero han mostrado una gran volatilidad y una tendencia alcista desde la crisis de 2007-08. Además, en la mayoría de países los precios de los alimentos han subido mucho más que los salarios, provocando un deterioro preocupante en los presupuestos familiares, especialmente entre las clases trabajadoras (que dedican más recursos a la alimentación).

En el debate público, sin embargo, rara vez se menciona que la inflación alimentaria no es sólo el resultado de episodios coyunturales provocados por guerras, tensiones geopolíticas o especulación financiera. Es también el síntoma de un sistema agroalimentario extremadamente dependiente de combustibles fósiles, cadenas logísticas globales y recursos naturales cada vez más escasos, todo ello en tiempos de nemercantilismo y proteccionismo. En este sentido, a la pregunta de cómo conseguimos abaratar los alimentos debe sumarse la idea de cómo garantizar que puedan seguir produciéndose.

En todo caso, el crecimiento de los precios de los alimentos ha provocado reacciones políticas también en España, donde en el año 2023 el partido Podemos ya propuso la creación de un supermercado público; en febrero de este año 2026, Más Madrid presentó en la Asamblea regional una propuesta para crear una red de supermercados públicos —fue rechazada por la derecha, pero tampoco la apoyó el Partido Socialista—; en junio, a propuesta de Sumar, el Congreso aprobó una proposición no de ley que insta al gobierno a crear “infraestructuras públicas que distribuyan productos saludables, ecológicos y de proximidad”; y hace unas semanas Adelante Andalucía anunció que propondrá la creación de supermercados públicos.

A primera vista, el debate parece reducirse a una elección entre dos instrumentos: crear supermercados públicos o implantar una seguridad social alimentaria. Pero, en realidad, como dice el economista político de la alimentación Raj Patel, ambas son más compatibles que antagónicas, y sólo tienen sentido si se entienden como piezas de una transformación mucho más profunda del sistema agroalimentario, que actualmente afronta límites económicos, ecológicos y geopolíticos cada vez más importantes.

Democratizar el acceso a los alimentos

La primera de las propuestas, la de Mamdani, consiste en crear un supermercado público. Debe recordarse que un supermercado es parte de la infraestructura necesaria para que los alimentos que se producen en el mundo agrario lleguen a los hogares —que se concentran generalmente en las ciudades—. La mayoría de esa infraestructura es hoy de naturaleza privada, por lo que las redes de producción, transporte, distribución y comercialización siguen la lógica de la rentabilidad a través de las señales del mercado. Esto es importante porque bajo el capitalismo los productores no producen alimentos para nutrir a las poblaciones, sino para ganar dinero. Y todos los agentes de la cadena siguen invariablemente esa lógica.

Lo que sucede es que la estructura de esa cadena es muy desigual, y muchísimos productores venden sus productos a un número muy reducido de grandes empresas de distribución y comercialización, que concentran un enorme poder de negociación. Por ejemplo, en España las cinco principales cadenas de distribución reúnen algo más de la mitad del mercado y una sola empresa, Mercadona, concentra en torno al 27 % del gasto en distribución alimentaria. Ese poder se ejerce en toda la cadena: condiciona los precios que reciben agricultores y ganaderos, determina las condiciones de suministro e incluso decide qué productos llegan finalmente a los lineales. Tal estructura atrapa a los productores entre la provisión industrial de inputs (semillas, fertilizantes, pesticidas, gasoil, etc.) y la compra de su producción por parte de grandes cadenas.

Esta estructura ayuda también a entender una parte importante de la inflación alimentaria reciente. Como ha señalado la economista Isabella Weber, cuando se produce un shock de oferta —como ocurrió tras la invasión de Ucrania o ante las tensiones en el estrecho de Ormuz— las empresas con poder de mercado pueden trasladar e incluso ampliar esos incrementos de costes para proteger o aumentar sus márgenes de beneficio. Y estos shocks de oferta están afectando al canal de la alimentación no solo a través de la energía sino también de los fertilizantes. Al final, el resultado son precios más elevados para los consumidores, mientras los salarios no crecen al mismo ritmo.

En este contexto, la propuesta de crear supermercados públicos pretende introducir un contrapeso a ese poder privado. Al no estar sometido a la lógica de maximizar beneficios, un operador público podría trabajar con márgenes menores y contribuir tanto a abaratar la cesta de la compra como a aumentar la competencia en un mercado muy concentrado. Ésa es la principal argumentación económica de la propuesta, que también es aplicable, por ejemplo, al defender una empresa pública de energía.

No obstante, las experiencias pasadas nos recuerdan que el proyecto no es en absoluto sencillo. Hay precedentes de supermercados públicos en lugares donde ya no llega la iniciativa privada —los llamados desiertos alimentarios—, o creados para competir directamente con ella; y muchos han fracasado. Entre los principales problemas está la escala, ya que contar con unos pocos supermercados no es suficiente para servir realmente de contrapeso al poder privado o para negociar precios mayoristas baratos con los productores y distribuidores; pero también está la problemática de la gestión profesionalizada, la financiación, la oferta de productos (los supermercados de Mamdani no ofrecerán carne ni comida caliente), y la viabilidad política a medio y largo plazo, entre otros. La idea es buena y necesaria, pero la mejor forma de conseguir que funcione un supermercado público es integrarlo dentro de un programa más amplio y ambicioso capaz de transformar realmente el sistema alimentario.

Pero antes de entrar en ello, conviene subrayar un elemento ciego en esta propuesta. Un supermercado público nace con un mandato muy claro: vender más barato. Ahora bien, para vender barato hay que comprar barato. ¿Y dónde se compra barato hoy? En la cadena industrial: producción intensiva, insumos importados de países con salarios y recursos baratos, grandes volúmenes y operaciones a escala, contratos con centrales de compra. Es decir, exactamente en el modelo agroalimentario convencional. En ese sentido, el supermercado público es una buena política de coste de la vida, si bien bajo el ropaje de política alimentaria, pero el objetivo debería ser más audaz.

La razón es que vivimos en el contexto de una crisis ecosocial. Usar este concepto significa aceptar que la degradación ecológica y el deterioro de las condiciones de vida de la mayoría no son dos crisis distintas que coinciden por casualidad en el tiempo, sino dos manifestaciones del mismo proceso de acumulación. Y, sobre todo, que no se pueden jerarquizar. La formulación habitual de la izquierda es “primero garanticemos que la gente coma, y ya después nos ocuparemos de la sostenibilidad”. Pero la realidad es que los dos plazos han acabado coincidiendo, como demuestran los episodios de Ucrania u Ormuz: la inflación que hoy erosiona el presupuesto de un hogar trabajador tiene entre sus causas el encarecimiento de la energía y los recursos naturales, y ese encarecimiento anticipa la restricción biofísica de mañana. No son dos problemas sino uno. De modo que la pregunta no puede ser sólo cómo facilitamos a la clase trabajadora el acceso a los alimentos, sino también a qué alimentos y cómo se producen.

Estamos comiendo petróleo

Cada vez que llenamos el carro de la compra creemos estar comprando alimentos, pero también estamos comprando petróleo, gas natural y una enorme cantidad de energía fósil incorporada en fertilizantes, pesticidas, transporte, refrigeración y envases. Decía con razón el ecólogo Howard Odum que una de las características centrales de las sociedades industriales era que habíamos aprendido a comer patatas hechas en parte de petróleo. El punto crítico es que, si consideramos toda la energía que gastamos para producir, distribuir y consumir alimentos, teniendo presente toda la cadena, resulta que es muy superior a la energía que obtenemos de esos mismos alimentos: un sistema completamente insostenible porque depende de lo que Joan Martínez Alier y Vaclav Smil llaman subsidio o dopaje fósil. Esto es parte de la anomalía de la era de los combustibles fósiles, ya que ninguna sociedad humana anterior pudo mantener durante mucho tiempo (antes de colapsar) rendimientos netos negativos de la energía.

Ese subsidio fósil sirve, sobre todo, para remendar una fractura. Marx, leyendo la química agrícola de su tiempo, describió una ruptura en el intercambio de materia entre el ser humano y la tierra: la ciudad consume los nutrientes que el campo produce y no los devuelve, de modo que el ciclo se rompe y hay que reponerlo desde fuera. John Bellamy Foster convirtió aquella intuición en concepto —la ruptura metabólica— y Kohei Saito la ha situado en el centro de la lectura ecológica del último Marx. Siglo y medio después la descripción sigue sirviendo, sólo que la fractura ha ido creciendo de escala: primero fue entre la ciudad y su campo, después entre unas comarcas y otras, y hoy es entre países enteros. En España se ve con toda claridad en la ganadería. Casi una cuarta parte de la biomasa que come nuestra cabaña se produce fuera, y con ese pienso entra también el nitrógeno que después se queda aquí. Como el animal está donde no está el cultivo, los nutrientes hacen un viaje de ida sin vuelta: allí donde se produce el pienso el suelo se empobrece, y donde se concentra el ganado el nitrógeno sobra hasta acabar en los acuíferos, contaminando ríos y suelos.

Todo esto tiene enormes implicaciones porque está afectado no sólo el consumo de una energía no renovable sino también porque se sostiene sobre relaciones ecológicas desiguales: por ejemplo, el nivel de consumo alimentario de los países del Norte global sería imposible si no fuera por la cantidad de alimentos importados en los países del Sur Global y que consumen allí los recursos naturales, destacadamente la tierra y el agua. Por ejemplo, la Unión Europea consume una superficie del tamaño de España en tierras agrícolas en otras partes del mundo. Como es evidente, dado que la disponibilidad de tierra en el planeta es finita, no es posible generalizar a todos los países este tipo de modelo de abastecimiento alimentario.

Por estas razones, en un mundo que aspira a vivir sin combustibles fósiles la producción alimentaria tiene que cambiar radicalmente. Por eso mismo, garantizar el acceso universal a los alimentos dentro de un sistema metabólicamente insostenible es garantizar el acceso a algo que va a dejar de existir en la forma en que hoy existe. En consecuencia, el objetivo debe ser transformar el modelo productivo agroalimentario y, como inmediatamente se verá, los patrones de consumo.

Transformar la demanda a través de la Seguridad Social Alimentaria

La segunda propuesta, la de Seguridad Social Alimentaria, es un instrumento de política pública que trata de modificar la demanda de alimentos a través de incentivos. El programa concede a cada ciudadano una cantidad determinada de dinero para que se gaste en establecimientos acreditados, lo que permite condicionar a qué tipo de gasto se destina. Por esa razón las diferentes formulaciones del programa postulan que el objetivo no es sólo inyectar recursos económicos para compra de alimentos, sino también estimular la compra de alimentos con características tales como su sostenibilidad ecológica y su impacto positivo en la salud de los consumidores.

El programa de la seguridad social alimentaria no obliga a los ciudadanos a consumir ciertos tipos de alimentos, sino que establece incentivos para que los patrones de consumo cambien progresivamente. Por un lado, porque el programa solo funciona para ciertos productos que han sido declarados previamente. Por otro lado, porque el productor encuentra una demanda estable que le da garantías para convertir su producción en agroecológica. Es una forma menos invasiva de orientar el sistema alimentario hacia un nivel sostenible y saludable, lo que quiere decir que es también una herramienta de transición ecológica. El reciente estudio de la cooperativa El Pa Sencer, por ejemplo, calcula que la propuesta costaría 76.800 millones de euros (un 5,7% del PIB español), pero asegura que los costes sanitarios ocultos con el patrón de consumo actual son de hasta 23.379 millones de euros anuales debido a las enfermedades asociadas.

La lógica de la propuesta es parecida a la que se usa actualmente con la compra pública alimentaria, que afecta a comedores escolares, hospitales, residencias, centros de día, cocinas centrales, etc. Cuando fui ministro de Consumo pusimos en marcha la redacción de nuevos criterios para esas compras, siguiendo guías científicas, y el ministerio actual, con Pablo Bustinduy al frente, ha continuado y culminado con éxito varios momentos críticos de esa hoja de ruta. Se trata de mover un volumen de demanda grande y planificable a varios años, que es justamente la señal que un agricultor necesita.

Sin embargo, la propuesta de seguridad social alimentaria no está exenta de dificultades. Desde la definición exacta de “producto agroecológico” hasta el diseño de sus instituciones de gobierno, que pretenden acercarse a una democracia participativa donde decide la comunidad implicada más que el Estado. Pero también ocurre que para que una propuesta como esta sea exitosa y vaya más allá de los canales cortos (donde el productor vende casi de forma directa) necesitará del apoyo de la infraestructura. Un agricultor puede producir estupendamente y no tener dónde almacenar, cómo enfriar, dónde transformar ni cómo llegar a un comprador grande. Es un problema de logística. Como en el caso de los supermercados públicos, en España podría utilizarse una infraestructura pública ya existente: la red de Mercas —los mercados mayoristas de titularidad mixta, estatal y municipal—, que junto con los mercados municipales de abastos constituyen un sistema de acopio, frío y distribución mayorista que ya está construido, ya está amortizado y ya está ubicado exactamente donde tiene que estar.

En resumen, si los supermercados públicos actúan sobre la distribución y la seguridad social alimentaria sobre la demanda, entonces falta necesariamente un tercer elemento: intervenir sobre la propia capacidad de producir alimentos.

Política Industrial para el sector primario

Ya he mencionado que el sistema alimentario actual es ecológicamente insostenible, así como internacionalmente desigual e injusto. Ello también implica que es vulnerable a los shocks geopolíticos o climáticos, en tanto puede quedar comprometida la capacidad de abastecimiento. Transformar este sistema en uno que proporcione alimento suficiente al tiempo que se reducen sus impactos ecológicos debe ser el objetivo principal.

El problema es que los combustibles fósiles son precisamente la varita mágica principal que ha permitido la multiplicación de los rendimientos de las explotaciones agrarias, produciendo muchos más alimentos por superficie. Sin ellos, la capacidad de producción queda comprometida. No obstante, hay un debate muy importante abierto al respecto, ya que hay formas de producción agroecológica que ofrecen rendimientos iguales o más elevados para ciertos productos. Sin embargo, hay otro tipo de productos alimentarios cuya producción no puede de ningún modo generalizarse, como es el caso de la carne procedente de grandes explotaciones industriales y altamente dependiente de inputs importados (conocidas como macrogranjas).

Por esta razón, no se trata tampoco sólo de transformar un sistema agroalimentario basado en combustibles fósiles en otro basado en prácticas agroecológicas. Para cumplir con los objetivos de sostenibilidad ese desplazamiento exige, además, un cambio en las dietas o patrones de consumo. Sé que aquí entramos en terreno minado, porque es el de la famosa polémica sobre el consumo de carne que tanto me persiguió —o que tanto perseguí, según se mire— durante mi etapa política. Pero conviene plantearlo bien, porque casi siempre se plantea mal.

Los costes de la dieta actual no se reparten al azar. Las enfermedades asociadas a malos hábitos alimentarios, como el alto consumo de ultraprocesados, presentan un gradiente social inverso a la renta: cuanto menos dinero tienes, más las sufres. Quien peor lo pasa con el patrón alimentario dominante es la clase trabajadora. De manera que la transición dietética consiste precisamente en la retirada de una carga que las familias más pobres vienen soportando de forma desproporcionada. Y debemos deshacer un malentendido sobre qué dieta estamos hablando. La que prescriben los sanitarios y dibujan los modelos biofísicos —con más peso de la legumbre, cereal, aceite de oliva, hortaliza de temporada y proteína animal ocasional y de calidad— no es un invento de nutricionistas urbanos. Es, básicamente, lo que llamamos dieta mediterránea, y que exportamos como marca país y celebramos como patrimonio de la humanidad, a pesar de que está en franco retroceso.

El problema es que el sistema alimentario actual está profundamente distorsionado, y transformarlo no es sencillo. Por ejemplo, como se ve en el siguiente gráfico, en España se importa una gran cantidad de grano para pienso, con el que se alimentan animales cuya carne se exportará luego: es el modelo típico de la ganadería intensiva, sostenida sobre desequilibrios ecológicos muy serios. Es una dinámica muy arraigada y de la que viven muchos actores económicos, lo que dificulta la transformación.

Sin embargo, el informe del think tank Alimentta, publicado a instancias de Greenpeace, sostiene que tal transformación es perfectamente viable para España. Según su modelización, España puede llegar a tener un modelo agroalimentario perfectamente sostenible para 2050. En la actualidad, el sistema español emite 107 megatoneladas de dióxido de carbono, contribuyendo a un cambio climático que, como recuerda el propio informe, «producirá una reducción mayor de la producción nacional» en el futuro. Esto no es en absoluto desconocido para el sector: hace unos años COAG presentó su informe “Empieza la cuenta atrás” en el que valoraba el impacto del cambio climático en la agricultura española. Según Alimentta, la modelización ecológica permite imaginar que en 2050 el sistema alimentario español podría convertirse en sumidero neto, es decir, no emitir dióxido de carbono, sino absorber 17 megatoneladas anuales. Las condiciones para lograrlo son una enorme transformación en el tipo de producción y consumo alimentario, acabando con modelos como la ganadería intensiva y promoviendo la producción de alimentos típicos de la dieta mediterránea.

Como se puede ver, todos estos elementos —supermercado público, seguridad social alimentaria, cambio del modelo— están profundamente interrelacionados. Piénsese en que pasaría si, siguiendo la política de reorientación de la demanda inducida por la seguridad social alimentaria, de repente entraran miles de millones de euros de nueva demanda de productos ecológicos. En España, actualmente sólo el 12% de la superficie cultivada se corresponde con estas características, un porcentaje del todo insuficiente para abastecer a la población. La consecuencia sería un proceso inflacionario tremendo en ese nicho de mercado, razón por la cual los programas de seguridad social alimentaria aconsejan el gradualismo a la hora de implantarse.

Sin embargo, hay otra opción: política industrial. En la medida en que el sector primario se está convirtiendo, cada vez más rápido, en un sector crítico y vulnerable, queda justificada la intervención directa por parte del Estado para planificar su reorientación. Algo similar a lo que está sucediendo en el sector industrial en los nuevos tiempos neomercantilistas, y particularmente en la transición energética, pero aplicado al sistema que nos da de comer. Esto conllevaría la necesidad de programas específicos que pueden incorporar la compra de tierras, ayudas y subsidios suficientes a la producción agroecológica, creación y reforzamiento de nuevas infraestructuras públicas (entre ellas, los supermercados), etc. Todo ello destinado a que más temprano que tarde cualquier país, por ejemplo, España, disponga de un sistema agroalimentario ecológico con el que producir alimentos saludables.

Conclusiones

Volvamos entonces a la pregunta del principio: ¿supermercados públicos o seguridad social alimentaria? La respuesta es que la pregunta está mal formulada. No porque ambas propuestas sean equivocadas, sino porque las dos son necesarias y, al mismo tiempo, insuficientes. Una actúa sobre la distribución; la otra, sobre la demanda, pero ninguna puede transformar por sí sola la forma en que producimos los alimentos. Y ese es uno de los elementos críticos del siglo XXI."

( Alberto Garzón Espinosa , Rebelión,  05/08/2026)

19.5.26

¡Cómo estará la situación, para buscar la salvación en el estiércol! La respuesta de Bruselas a la inminente crisis de fertilizantes es utilizar más estiércol de vaca... Cuando el Estrecho de Ormuz cerró a finales de febrero, los precios del gas se dispararon y los de los fertilizantes subieron un 70 por ciento... Una de las formas más rápidas de ayudar a los agricultores hubiera sido suspender los aranceles y derechos adicionales sobre las importaciones de fertilizantes de Rusia y Bielorrusia, pero eso habría ayudado a Putin... así que estiércol (POLITICO)

 "La respuesta de Bruselas a la inminente crisis de fertilizantes es utilizar más estiércol de vaca.

Los aumentos repentinos de los precios de los alimentos están a la vista en medio de la guerra interminable en Irán y el aumento del costo de los fertilizantes. Sin embargo, el plan de la Comisión Europea para reforzar el suministro de Europa, que se publicará el martes, se centra en un impulso regulatorio a largo plazo para reciclar más estiércol y residuos agrícolas en fertilizantes.

No es la solución rápida que algunos esperaban.

Los agricultores "esperaban una acción audaz", dijo la eurodiputada Veronika Vrecionová, quien preside la comisión de agricultura del Parlamento Europeo. Las hojas de ruta no pagan las facturas. Los agricultores necesitan acción, no intenciones.

Los grupos de presión agrícolas están promoviendo la misma línea. "Los agricultores europeos no pueden esperar otra hoja de ruta a largo plazo mientras los costes de producción siguen aumentando y la capacidad de fertilizantes de Europa sigue desapareciendo", dijo José María Castilla de ASAJA, la organización agraria más grande de España. La crisis actual no solo se trata de precios, sino de autonomía estratégica, seguridad alimentaria y la supervivencia de la agricultura europea.

Europa produce la mayor parte de sus propios fertilizantes a partir de gas importado. Cuando el Estrecho de Ormuz cerró a finales de febrero, los precios del gas se dispararon y los mercados mundiales de fertilizantes se ajustaron, lo que elevó los precios aproximadamente un 70 por ciento por encima de los niveles de 2024.

La ambición de larga data de la UE de destetar a Europa de los fertilizantes a base de gas de repente pareció profética cuando se cerró el estrecho. Productores, agricultores y minoristas estaban observando para ver si Bruselas podía actuar con rapidez en una crisis.

Sin embargo, según borradores recientes obtenidos por POLITICO, el plan ofrece poco para ayudar a los agricultores que luchan con el aumento de costos de este otoño o para proteger a los compradores de la bomba de tiempo de precios que se avecina el próximo año.

En cambio, Bruselas se apoya en medidas y herramientas a largo plazo que tardan años en dar resultados. Eso se debe en parte a que las palancas más rápidas, como suspender los aranceles sobre las importaciones rusas y bielorrusas o pausar el impuesto de la UE sobre las importaciones intensivas en carbono, eran demasiado tóxicas políticamente para usarlas.

Una de las formas más rápidas de ayudar a los agricultores también habría ayudado a Vladimir Putin: suspender los aranceles y derechos adicionales sobre las importaciones de fertilizantes de Rusia y Bielorrusia, lo que serviría como una fuente clave de ingresos para financiar la guerra de Rusia contra Ucrania. Los borradores muestran a la Comisión defendiendo esos aranceles, vigentes desde junio de 2025, en el propio plan, presentándolos como necesarios para reducir la dependencia estratégica de Rusia.

La otra herramienta rápida habría sido frenar el impuesto fronterizo al carbono (CBAM) sobre los fertilizantes importados de países con normas climáticas más débiles. Un borrador de abril del plan mostraba que la Comisión estaba considerando seriamente esto como una forma de abaratar los productos importados para los agricultores, cumpliendo temporalmente un deseo importante para los grupos de presión agrícolas como Copa-Cogeca. Sin embargo, la medida habría sido un gran paso atrás con respecto a las ambiciones climáticas del Berlaymont, y otros departamentos de la Comisión intervinieron para desbaratar el plan.

Los últimos borradores profundizan aún más. En lugar de simplemente preservar el CBAM, la Comisión ahora se compromete a "mejorar aún más el mecanismo", trabajando con el Parlamento y los países miembros en medidas contra la elusión.

Pero los productores de fertilizantes podrían beneficiarse de otra exención climática: si expanden la producción utilizando alternativas más limpias, el plan indica que la Comisión podría mantener algunos de sus permisos de contaminación gratuitos más allá de 2034 en el Sistema de Comercio de Emisiones de la UE, el mercado de carbono del bloque. La decisión se aplaza a una revisión separada que se realizará en julio.
Más allá de las herramientas rápidas

Con las palancas a corto plazo fuera de juego, el plan se centra en una vía regulatoria para reducir la dependencia de Europa de los fertilizantes derivados de combustibles fósiles importados del extranjero.

Lo hace proponiendo cambios a varias normas existentes, incluidas las disposiciones sobre Renure de la Directiva sobre Nitratos. Estos permiten actualmente a los agricultores de regiones donde la contaminación del agua es una preocupación utilizar nitrógeno extraído del estiércol, lo que les permite aplicar más de lo que los límites de la UE permiten normalmente. Se extenderían para cubrir los digestatos, los subproductos de la producción de biogás, que crean gas renovable al descomponer el estiércol y otros residuos orgánicos.

Herbert Dorfmann, un influyente eurodiputado de la Comisión AGRI, dijo que el estiércol podría ser parte de la solución, pero no la única.

"El estiércol puede ser una contribución, pero nunca puede sustituir a los fertilizantes a base de urea, a base de nitrógeno", dijo Dorfmann, miembro italiano del Partido Popular Europeo, de centroderecha.

El eurodiputado verde Thomas Waitz de Austria argumentó que la Comisión no está yendo lo suficientemente lejos.

¿Cuántas llamadas de atención más necesitamos? Seguimos hablando de crisis —energéticas, alimentarias, geopolíticas— pero estamos ignorando la causa raíz: nuestra adicción a los fertilizantes a base de combustibles fósiles", dijo Waitz.
Imperturbable ante los acontecimientos

Incluso sin la guerra en Irán, el plan de acción para los fertilizantes probablemente sería muy similar.

La mayor parte de lo que contiene el plan ya se estaba redactando antes de la guerra, como respuesta de Bruselas a una crisis de fertilizantes en 2022 y el impulso más amplio para reducir la dependencia de Europa del gas importado. La guerra añadió un puñado de elementos con sabor a emergencia en los márgenes, incluyendo ayuda estatal para los agricultores afectados, la opción de designar los fertilizantes como un bien relevante para la crisis y una promesa de aumentar el presupuesto agrícola de emergencia de la UE.

Pero incluso la cifra de recarga está en blanco, ya que el plan solo dice que la cantidad será "sustancial". Un número real depende de un proceso presupuestario separado que vence el próximo mes.

"Lo que parece estar surgiendo es un plan sin cifra presupuestaria, con instrumentos de la PAC bloqueados y la única medida que habría ayudado a los agricultores a comprar más barato – la ralentización del CBAM – ya sacrificada a la política interna de la Comisión", dijo a POLITICO la presidenta de AGRI, Vrecionová, de los Conservadores y Reformistas Europeos de extrema derecha.

La urgencia política se ve algo atenuada por el hecho de que Bruselas está implementando un plan a largo plazo para un problema que aún no ha llegado a los campos (ni a las facturas de la compra de la mayoría de los europeos). La cosecha que se está sembrando ahora se pagó antes de la guerra.

Doriana Milenkova, analista senior de materias primas en Rabobank, dijo que la decisión de la Comisión de elaborar un plan estructural en lugar de medidas de emergencia era defendible. Los fertilizantes para la temporada actual ya se habían asegurado antes de la guerra. Los productores locales cubrieron los precios del gas. Las importaciones siguieron fluyendo.

"No hay crisis de fertilizantes en la UE para esta temporada de cultivos, ya que la mayoría de los fertilizantes se obtuvieron antes del conflicto", dijo Milenkova. Por lo tanto, la Comisión Europea no tomó medidas de crisis, sino que continuó con el plan de acción sobre fertilizantes que ya estaba en marcha.

Sin embargo, la Comisión ha promocionado el plan como una solución viable en los últimos meses.

Esta situación es muy grave. Soy plenamente consciente de ello y estoy muy preocupado. Este asunto tiene toda mi atención", escribió el Comisionado de Agricultura Christophe Hansen en una publicación en X el mes pasado.

Lo que quiero evitar a toda costa es que los agricultores dejen de producir en el próximo ciclo de cosecha.

La Comisión declinó hacer comentarios antes de la adopción del plan."

(Bartosz Brzeziński , Ketrin Jochecová  , POLITICO, 18/05/26, traducción Quillbot, enlaces en el original) 

15.3.26

La agricultura regenerativa produce la misma cantidad de alimentos sin ningún sobrecoste... Ya hay un primer estudio científico que lo prueba... la escala no varía, los alimentos son más saludables y los campos mucho más resilientes al clima extremo... las calabazas cultivadas en las parcelas regeneradas tuvieron un mayor contenido mineral y de sustancias antioxidantes. Y las peras regenerativas también maduraron con un contenido superior en polifenoles y el doble de capacidad antioxidante, “todo esto ayuda a reducir el estrés oxidativo celular y favorece una mayor protección frente a enfermedades”... la concentración de carbono en el suelo regenerativo es de al menos un 35% mayor en las parcelas regenerativas en comparación con las convencionales... Otro dato clave es la retención de agua, un 9% más alta en las parcelas regenerativas «Esto supone que pueden absorber más agua en caso de inundación y tener más reservas en caso de sequía”

 "La agricultura convencional suele invalidar las técnicas regenerativas argumentando que ofrecen menos cultivos con costes productivos más elevados. Ya hay un primer estudio científico –liderado por el CREAF– que lo refuta: la escala no varía, los alimentos son más saludables y los campos mucho más resilientes al clima extremo.

Cuando se habla de agricultura regenerativa –modelo agrícola que busca regenerar, estimular y mantener la fertilidad y biodiversidad de la tierra–, los empresarios agrícolas, defensores de los usos intensivos del suelo, suelen comenzar sus frases con un “sí, pero”. En el sí reconocen algunas de las bondades de estas técnicas alternativas –suelos más sanos, tierras más fértiles, cosechas de mayor calidad, etc.–. Sin embargo, tras el pero, repiten siempre el mismo argumento: que es imposible alimentar a las 8.000 millones de personas del planeta con una agricultura que tiene una escala limitada y unos costes de producción más elevados. En enero de 2026, este mantra ha sido refutado por la evidencia científica. 

En una sala céntrica de Madrid, ubicada a pocos metros de la estación de Atocha, el CREAF y la Asociación Española de Agricultura Regenerativa Ibérica dieron a conocer esta semana los resultados del primer estudio científico (Regenera.cat) que, durante dos años, ha comparado en un mismo territorio (Cataluya) parcelas regenerativas con convencionales. Una de las principales conclusiones es que las primeras –después de un periodo de transición y una vez se recupera la salud del suelo– producen misma cantidad de alimentos que el sistema tradicional y lo hacen con un coste similar o incluso inferior. 

“Esto es importante porque echa por tierra ese falso argumento de que con la agricultura regenerativa no se puede producir a gran escala. Siempre lo refutamos, pero hoy tenemos la validación científica”, ha explicado Javier Retana, catedrático de Ecología de la Universitat Autònoma de Barcelona, investigador del CREAF y coordinador de este proyecto.

Múltiples beneficios 

Entre los resultados del estudio –realizado entre enero de 2024 y enero de 2026–, el equipo científico destaca que los productos obtenidos por técnicas regenerativas incrementan la concentración de algunos nutrientes y son, por tanto, más saludables. «Existen pocos trabajos que hayan evaluado la densidad nutricional de los alimentos obtenidos por técnicas regenerativas”, indica Dolores Raigón, investigadora de la Universitat Politècnica de València y experta en análisis nutricional. 

Por ejemplo, las calabazas cultivadas en las parcelas regeneradas tuvieron un mayor contenido mineral y de sustancias antioxidantes. Y las peras destacaron por su equilibrio en la concentración de ácidos y azúcares totales. “Es decir, son frutas más compensadas en el sabor, ni muy dulces ni muy ácidas”, explica la experta. Al igual que en las calabazas, las peras regenerativas también maduraron con un contenido superior en polifenoles y el doble de capacidad antioxidante, “todo esto ayuda a reducir el estrés oxidativo celular y favorece una mayor protección frente a enfermedades”.  

Por su parte, la leche procedente de las vacas de las fincas regenerativas de Planeses (Girona) presentaron un índice aterogénico claramente más bajo, “esto quiere decir que hay menos ácidos grasos asociados a la formación de placas en las arterias”, añade la experta. En el caso del yogur regenerativo, los resultados son aún más positivos, ya que presenta índices aterogénicos y trombogénicos -que mide la tendencia de las grasas a favorecer la formación de coágulos en la sangre- más bajos. «En general, esto se asocia a un perfil lipídico más saludable, con menor riesgo cardiovascular y de formación de trombos”, explican los científicos.

Más agua y carbono en el suelo  

Más allá de los alimentos, los resultados de este estudio pionero revelan que la gestión regenerativa tiene “efectos muy positivos” sobre el suelo. En concreto, la concentración de carbono en el suelo regenerativo es de al menos un 35% mayor en las parcelas regenerativas en comparación con las convencionales. “Para hacernos una idea de la importancia de este dato, se ha estimado que aumentando cada año un 0,4% la retención de carbono de todos los suelos agrícolas y forestales podría compensarse la totalidad de las emisiones actuales de gases de efecto invernadero”, destaca Sara Marañón, investigadora del CREAF, quien también forma parte del proyecto.

Otro dato clave es la retención de agua, un 9% más alta en las parcelas regenerativas «Esto supone que pueden absorber más agua en caso de inundación y tener más reservas en caso de sequía”, explica Marañón. Durante la presentación, Ana Digón, presidenta de la Asociación, mostró una foto de estos días de borrascas interminables de dos parcelas linderas pero con diferentes modelos agrícolas –tradicional/regenerativo–. Una estaba toda inundada, con la cosecha estropeada; la otra estaba verde, sin acumulación de agua, gracias a la esponja de su cobertura vegetal.

El estudio también muestra que el modelo regenerativo mantiene mejor el microclima del suelo. “Esto es muy positivo porque, por ejemplo, se amortigua la temperatura cuando hace calor y se mantiene mejor la humedad. De hecho, hemos visto que se pueden amortiguar hasta 3,6 ºC las temperaturas máximas del suelo en verano”, añade Marañón.

Se ha observado, además, que hay más biodiversidad de bacterias, hongos y microartrópodos en el suelo, y varias de las especies que se han detectado son bioindicadores de una mejor calidad del ecosistema. “También aparecen especies reconocidas como biopesticidas comerciales, como Metarhizium sp., es decir, que pueden actuar como control natural de plagas”, explica Xavi Domene, otro de los investigadores del CREAF.

10 criterios para evitar el greenwashing 

Con la presencia de agricultores que vienen desde hace años apostando por la agricultura regenerativa, la presentación de los resultados de este estudio sirvió para oficializar el primer documento que establece los diez criterios básicos que determinan qué es la agricultura regenerativa real.

El diagnóstico de la Asociación Española de Agricultura Regenerativa Ibérica es que el ansiado auge de este modelo no ha ido acompañado de una certificación oficial, “lo que ha provocado que empresas y otros actores se apropien de este término como herramienta de greenwashing”.

Este decálogo ha contado con el consenso de casi 200 personas productoras, entidades y representantes del sector, además de personal científico de universidades y centros de investigación de toda España. 

Los criterios:

1. Contextualidad: adaptar y aplicar las prácticas regenerativas al contexto territorial, ambiental, social y agronómico de cada finca, en coherencia con una planificación a largo plazo.

2. Agua: planificar, dimensionar y desarrollar la producción agroganadera acorde con la disponibilidad hídrica y la realidad geológica y edafoclimática de la región, y realizar prácticas de manejo hidrológico que promuevan un uso responsable y no contaminante del agua, favoreciendo la captación y retención de aguas pluviales en el paisaje.

3. Biodiversidad: realizar prácticas que activamente protejan y aumenten la biodiversidad tanto silvestre como cultivada/doméstica.

4. Pastoreo dirigido: en presencia de ganado herbívoro u omnívoro, que es una práctica altamente deseable y recomendable, integrarlo con pastoreo dirigido.

5. Sin labranza: eliminar el laboreo con volteo de las capas del suelo y reducir al máximo la labranza vertical.

6. Cobertura: mantener el suelo cubierto durante el mayor periodo de tiempo posible con materia vegetal o animal

7. Cultivos: en el caso de los cultivos estacionales, aplicar asociaciones y/o rotaciones y/o diversificación de cultivos combinándolos en el espacio y en el tiempo.

8. Insumos: gestionar, como objetivo fundamental, la finca sin fertilizantes o biocidas de síntesis química (herbicidas, insecticidas y fungicidas), transgénicos ni los generados por edición genética (aplicando siempre el principio de precaución y teniendo en cuenta los posibles avances científicos).

9. Plásticos y residuos: minimizar el uso de plástico y de materiales no reciclables, y garantizar el reciclaje adecuado del que se utilice.

10. Vínculo social y territorial: fomentar la cooperación territorial y la transferencia de conocimiento para fortalecer la comunidad y la sostenibilidad del territorio."

( Andrés Actis , Rebelión, 13/03/26) 

27.7.25

Javier Peña (Hope!): “La transición ecológica regenerativa es la mayor oportunidad para el progreso humano" Entrevista en formato podcast sobre cómo revertir las consecuencias de la crisis climática, de decrecimiento, colapsismo y de la esperanza que se necesita tener para enfrentarnos al reto climático

 "Publicamos la entrevista de Río Arriba, el programa de entrevistas de El Salto TV, en formato podcast donde hablamos con Javier Peña, creador del canal @hopevideosclima de divulgación científica y medioambiental con millones de seguidores, fundador la Alianza por la regeneración y recientemente ha estrenado la serie Hope! que se ha emitido en televisión española.

Hablamos con Peña de las posibilidades que tenemos de revertir las consecuencias de la crisis climática, de cómo comunicar la divulgación científica y medioambiental, de decrecimiento, colapsismo y de la esperanza que se necesita tener para enfrentarnos al reto climático.

Puedes escucharlo en iVoox y Spotify"  (El Salto, 27/07/25)

 

 

 

11.5.25

La agroganadería regenerativa del olivar más sostenible de España... “Lo que estamos haciendo no es nada nuevo, se trata de enmendar el error histórico cometido al desconectar la agricultura de la ganadería, que fue cuando nos hicimos esclavos de las grandes compañías que venden los insumos”... “Las plantas autóctonas juegan un papel clave en la agricultura regenerativa, ya que ayudan a mejorar la salud del suelo mediante la fijación de nutrientes y la retención de agua. A través de la fotosíntesis, capturan carbono y contribuyen a reducir los efectos del cambio climático promoviendo ecosistemas agrícolas más resilientes”... Las aves insectívorasayudan con la dispersión de semillas y polen que transporta el animal de unas parcelas a otras, así como el aporte de materia orgánica a los suelos y para combatir dos de las principales plagas que sufre el olivar, como la mosca del olivo y el prays (polilla del olivo)... “El resultado es un suelo verde y rico, homogéneo y variado, con variedad de plantas y sin surcos o cárcavas, que demuestran la capacidad del terreno para soportar la sequía y las lluvias torrenciales”... La apuesta por la sostenibilidad ha significado la multiplicación del valor de su producto, un beneficio que viene sobre todo del ahorro que supone la no utilización de abonos químicos y otros productos (Ginés Donaire)

 "El canto de los jilgueros, verderones, abubillas, currucas, mosquiteros, chochines e incluso el sonido de los mochuelos alegra el paseo matutino por la finca regenerativa Valle del Conde, en Luque, en el parque natural de las Sierras Subbéticas de Córdoba. Los buitres que anidan en cortados cercanos también dejan su impronta entre los visitantes, que transitan gratamente sorprendidos sobre un terreno con plantas autóctonas como la caléndula, achicoria o la mielga de caracolillo. Y en el otro extremo, cinco rebaños de ovejas participan en esta especie de simbiosis entre la naturaleza y el hombre, que es esta explotación agroganadera que acaba de ser reconocida con el premio al olivar más sostenible de España, galardón exaequo con la finca el Cortijo Guadiana (Úbeda), otorgado por la Asociación Española de Municipios del Olivo (AEMO).

“Lo que estamos haciendo no es nada nuevo, se trata de enmendar el error histórico cometido al desconectar la agricultura de la ganadería, que fue cuando nos hicimos esclavos de las grandes compañías que venden los insumos”, explica Francisco Ruiz, director técnico de esta finca cordobesa convertida en referente en la regeneración de la biodiversidad y la lucha contra el cambio climático a través de la recuperación del suelo, de las relaciones entre seres vivos y el conocimiento científico.

El Valle del Conde es un reducto montañoso de 230 hectáreas en el que las lomas y picos se entremezclan con un paisaje donde domina el olivar y que completa el bosque mediterráneo. La familia Ruiz adquirió esta finca en 1985 con la intención de resarcirse de la crisis que se llevó por delante su negocio de la industria textil. Pero no fue hasta el año 2019 cuando se produjo el punto de inflexión en la gestión de la finca, convertida en una explotación ecológica que alberga hoy unos 20.000 olivos que producen 150.000 kilos de aceite de oliva.

Al llegar a esta finca, que se encuentra encajonada y extendida entre varias elevaciones calcáreas y lindando con terrenos pétreos y boscosos, llama la atención el verde intenso de la cubierta vegetal que se extiende por toda la superficie agraria. Es un paisaje atípico en una zona como esta, la Subbética cordobesa, que acostumbra a mostrar terrenos secos y apelmazados más propios de un desierto que de un bosque. “El suelo es nuestro mayor tesoro y la clave de esta agroganadería regenerativa que implantamos”, subraya Ruiz, que comparte con sus hermanos la gestión de esta finca familiar.

Suelo sano

“La cobertura vegetal protege contra la erosión y mejora la estructura del suelo, reduciendo la necesidad de insumos sintéticos”, explica. Aunque el elemento diferenciador de esta finca respecto a otras experiencias de prácticas regenerativas en el campo es la apuesta de agricultura y ganadería. Las aves ayudan con la dispersión de semillas y polen que transporta el animal de unas parcelas a otras, así como el aporte de materia orgánica a los suelos y para combatir dos de las principales plagas que sufre el olivar, como la mosca del olivo y el prays (polilla del olivo). El hábitat protegido de estas pequeñas aves insectívoras les permite también ofrecer rutas ornitológicas para los visitantes.

De otro lado, las plantas que brotan en el suelo (apenas existen los jaramagos) retienen el agua, aportan nitrógeno y gestionan el carbono. “Eso es señal de vida y de que el suelo está sano y sin herbicidas, se ha regulado solo respetándolo”, expone el agricultor de Luque. Y añade: “Las plantas autóctonas juegan un papel clave en la agricultura regenerativa, ya que ayudan a mejorar la salud del suelo mediante la fijación de nutrientes y la retención de agua. A través de la fotosíntesis, capturan carbono y contribuyen a reducir los efectos del cambio climático promoviendo ecosistemas agrícolas más resilientes”.

No menos importante resulta el pastoreo regenerativo. Hasta cinco rebaños de ovejas participan en esta simbiosis, que alimenta al ganado y produce una labor de recorte y abonado, un proceso que se repite varias veces a lo largo del año, dando como resultado una especie de manto recortado todo el año. Incluso la lana de las ovejas, con un tratamiento de procesos naturales, se convierte en abono orgánico. Las labores de poda producen el típico picado de ramas que se encargan una vez expandidas de aportar nutrientes naturales. Tras la tala, la madera de los olivos se lleva para ser carbonizada y se transforma en pequeñas piezas que se reparten por el suelo. A esto se unen los restos orgánicos y de tierra que se criba en las almazaras cuando se realiza la entrega de la recolección. Es decir, un tipo de agricultura donde casi todo lo que genera la finca se queda en ella.

“El resultado es un suelo verde y rico, homogéneo y variado, con variedad de plantas y sin surcos o cárcavas, que demuestran la capacidad del terreno para soportar la sequía y las lluvias torrenciales”, relata Ruiz. Un estudio realizado por la Universidad de Berna (Suiza) demostró que el suelo de la finca permanecía en los meses de más calor hasta 10 grados por debajo de la media en las fincas colindantes y, pese a disponer de varias charcas de agua que utilizan para alimentar al ganado, el olivar ecológico no tiene necesidad de riego.

Este olivar tradicional de montaña tiene más de 120 años de vida y las variedades dominantes son picudo y picual. Se trata de un aceite de recolección temprana, que se produce entre los meses de octubre y diciembre, y comercializan bajo la marca de AOVE Ancestral, nombre que rinde tributo a sus antepasados. La apuesta por la sostenibilidad ha significado la multiplicación del valor de su producto, un beneficio que viene sobre todo del ahorro que supone la no utilización de abonos químicos y otros productos que sí se emplean en el olivar tradicional.

En definitiva, una agroganadería regenerativa que va más allá de una simple técnica de cultivo. “Se trata de una práctica agrícola, pero también de una filosofía de vida, una herramienta para la producción sostenible y un compromiso con el futuro”, concluye Ruiz. La finca cordobesa sirve en la actualidad como lugar de acogida de investigadores, profesores o alumnos que llegan hasta aquí (la última semana lo han hecho desde Chile y Portugal) para estudiar in situ este tipo de agroganadería regenerativa y trasladar esta experiencia a otros lugares del mundo."               (Ginés Donaire , El País, 09/05/25)

20.4.25

Javier Peña: “España puede convertirse en una potencia energética, un panel solar aquí rinde el doble que en Alemania”... la ciencia, señala básicamente cuatro bloques de soluciones como los más efectivos para revertir la crisis climática. Los dos primeros son la energía solar y la energía eólica, para dejar de quemar combustibles fósiles. Las dos siguientes son restaurar y proteger la naturaleza y secuestrar carbono en los suelos agrícolas (Ya seríamos una potencia energética si el 'impuesto al sol' de Rajoy no lo hubiera impedido... y por ahí anda tan campante)

 " (La larga, tortuosa y absurda historia del impuesto al Sol, Energías Renovables, 05/10/18)

 El 22 de abril se estrena en RTVE Play, y un día después en La2, la serie documental Hope, uno de los proyectos audiovisuales de temática ambiental más atípicos creados en España. Primero, porque empezó a andar hace cuatro años con las donaciones de miles de particulares en un sorprendente crowdfunding y luego ha multiplicado por 18 su presupuesto hasta alcanzar los 2,4 millones de euros. Pero, sobre todo, porque el secreto de su éxito no es otro que abordar la crisis climática y de biodiversidad con un enfoque ultrapositivo, justo lo opuesto a lo que suele ocurrir, más en estos tiempos tan convulsos. Como incide el creador e impulsor de la serie, Javier Peña (Madrid, 38 años), han querido mostrar la otra mitad de la historia que no suele contarse, la de las soluciones. Para ello, sacan seis capítulos, con grabaciones en 17 países de cuatro continentes.

Pregunta. En 2018 da un giro a su vida y empieza a subir por su cuenta vídeos ambientales a las redes sociales. ¿Por qué elige el nombre de Hope?

Respuesta. Empecé a hacer vídeos y necesitaba un nombre para abrir una página de Facebook. Decidí ponerle el nombre de la palabra en conflicto, la esperanza, que es el motor del progreso y que, sin embargo, tan difícil es de sostener cuando descubres la magnitud de la crisis climática.

P. Esta decisión de empezar a divulgar tiene mucho que ver con el nacimiento de su primer hijo. ¿No es cierto?

R. Sí, cuando eres padre no puedes no tener esperanza en el futuro. No es una opción.

P. ¿Cómo ha cambiado su enfoque comunicativo desde esos primeros vídeos hasta llegar a esta serie documental?

R. Cuando empecé, pensaba que si la gente entendía lo grave que es esto, entonces reaccionaría y las soluciones se implementarían muy rápido. Mi enfoque era explicar los puntos de inflexión, cómo estamos desencadenando una nueva extinción masiva, lo que significa un grado y medio más [en la temperatura media del planeta]… Pero me di cuenta de que esto por sí solo no es activador. Además, vivimos en la era de las verdades a la carta. Aunque uno lance el mensaje de que esto es muy grave y que tenemos que actuar, al lado hay gente que dice que los científicos están mintiendo y que no hay ningún problema. Y muchas personas prefieren escuchar aquello que les permite no cambiar. Pero entonces hubo un punto de inflexión que fue la publicación del informe Drawdown de Paul Hawken, que demuestra que hay una vía para revertir esto y que además produce enormes ganancias sociales, económicas y ambientales en la sociedad. No tenemos que estar de acuerdo con todos, pero resulta más viable encontrarnos en soluciones que logran un país más seguro, más próspero, con más empleo, más resiliente, más verde, con más agua…

P. En el primer capítulo, Paul Hawken llega a decir que el calentamiento del planeta es un regalo para la humanidad. ¿No es pasarse?

R. No me parece pasarse. Los desequilibrios en la atmósfera son un síntoma de que hay algo que está mal en la Tierra y nos imprime una urgencia para arreglarlo. Las soluciones a la crisis climática aportan más vida, más biodiversidad, más salud… Tenemos las soluciones técnicas y el conocimiento para arreglar en muy pocos años siglos de destrozos en la Tierra. Podemos ser una generación que protagonice un giro y que abra una nueva era. Hay quien habla del regeneraceno o de la era de la regeneración como una nueva fase en la historia de la humanidad. Esto no es pensamiento mágico, ni naif, esto es una evidencia científica, tenemos la capacidad de hacerlo ya.

P. Pero ahora mismo todo parece ir en la dirección contraria.

R. No creo que Trump tenga la capacidad de frenar la transición ecológica. Pienso que esta es ya inevitable, simplemente porque son tecnologías mejores que a menudo cuestan menos o van en defensa de los intereses nacionales estratégicos. Hace un tiempo, arreglar la naturaleza o luchar contra el cambio climático era algo que hacer por bondad o por altruismo. Ahora, quién se quede anclado en la economía fósil por egoísmo sufrirá las consecuencias y se verá lastrado. China tiene una apuesta decidida por convertirse en el primer electroestado y liderar las tecnologías de los coches eléctricos, las renovables, las bombas de calor… También ha reforestado más territorio que ningún país del mundo y lo ha hecho en defensa propia, para parar al desierto, las tormentas de arena, moderar las temperaturas, absorber la contaminación…

P. ¿De qué forma estas soluciones benefician a España?

R. España está en primera línea de desertificación y tiene que importar casi el 80% de la energía que consume, por su actual dependencia de los combustibles fósiles. Con estas soluciones, no solo puede frenar el desierto sino también convertirse en una potencia energética, porque un panel solar en España rinde el doble que un panel solar en Alemania. Puede convertirse en el país con los precios de la energía más bajos y en una locomotora industrial de la UE.

P. De todas las soluciones que analiza el documental, ¿cuáles tienen un mayor impacto positivo?

R. El IPCC [el Panel de Expertos sobre Cambio Climático de Naciones Unidas], la ciencia, señala básicamente cuatro bloques de soluciones como los más efectivos para revertir la crisis climática. Los dos primeros son la energía solar y la energía eólica, para dejar de quemar combustibles fósiles. Las dos siguientes son restaurar y proteger la naturaleza y secuestrar carbono en los suelos agrícolas. Para mí, la revolución de la agricultura regenerativa es la mayor fuente de esperanza y el vector de cambio más transformador que podemos tener en este momento. Es decir, convertir la producción alimentaria, el primer sector de emisiones, pérdida de biodiversidad y degradación de suelos, en una fuente de biodiversidad, secuestro de carbono y retención de agua. Esto transformaría el mundo.

P. ¿Qué es la agricultura regenerativa?

R. La agricultura regenerativa es un conjunto de técnicas que integran lo mejor del saber tradicional agrario con el actual conocimiento científico sobre suelos y biodiversidad para convertirlo en fuente de incremento de la productividad. Es mejorar los suelos para tener mejores cosechas, más saludables, retener más agua, introducir una serie de técnicas para sustituir los químicos por naturaleza y resolver muchos de los grandes problemas de los agricultores. En el documental, sacamos el caso de un agricultor de Tarragona que ya produce un 30% más con un 30% menos de coste, en un estudio liderado por la Universidad de Barcelona.

P. ¿Por qué la crisis climática es un fracaso de la imaginación?

R. El cambio climático es el subproducto de una forma primitiva de hacer las cosas que necesita destruir la naturaleza y necesita contaminar y extraer vida para crear bienes y servicios. Efectivamente, el que hayamos llegado a este punto con la crisis climática es un fracaso de la imaginación, por no imaginar algo nuevo, otras alternativas.

P. El proyecto de la serie Hope comenzó con un crowdfunding en 2021 con el que se consiguieron más de 130.000 euros. ¿No es muy habitual lograr tantas donaciones?

R. A mí me abrumó mucho, porque recibí el respaldo de miles de personas. Fue una pasada ver que tanta gente confiaba en mi para una serie documental. Pero luego ha habido que conseguir mucho más dinero.

P. ¿Cuál ha sido el coste final de la serie y cómo se ha logrado el dinero?

R. El presupuesto total ha sido de 2,4 millones de euros. Conseguimos que se sumase Radio Televisión Española y otras empresas. Ha sido un proyecto muy ambicioso y arriesgado. Muchos nos decían que no hay demanda para este tipo de contenidos y menos en España. Pero, de repente, allí estaba yo entrevistando a Jane Goodall.

P. ¿Cuál de los personajes con los que ha hablado para la serie le ha sorprendido más?

R. Nemonte Nenkimo, la activista Huaorani de Ecuador, la indígena amazónica. Esta mujer tiene mi edad y ha pasado de vivir prácticamente no contactada a liderar una lucha internacional para expulsar a las petroleras de su territorio. Es muy inspirador ver que mucha gente corriente de repente se encuentra liderando soluciones y luchas. Creo que te apela para dar la mejor versión de ti y hacer más.

P. ¿Qué espera de la serie?

R. Espero que contribuya a convencernos de que somos capaces de cambiar el mundo para bien, que el futuro no está escrito, que podemos construir un futuro mucho mejor y más excitante que convertirnos en Mad Max o en una distopía política. No está todo tan perdido ni estamos tan derrotados como parece cuando vemos un telediario, hay una marea de fondo muy poderosa que está transformando el mundo."

( Entrevista a Javier Peña, Clemente Álvarez , El País, 18/04/25)