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5.5.25

En medio de la oscuridad del apagón... las alarmas antirrobo no funcionaban, las cámaras de seguridad se habían quedado ciegas. Nadie podía llamar a la policía. Esta, pues, era la noche soñada por los ladrones... pero el gran apagón no fue una pesadilla. De hecho, fue más bien lo contrario. Algo parecido a un sueño: un mundo poblado por gente amable y bondadosa con las malas intenciones anuladas. Ciudadanos comunes y corrientes dirigían el tráfico en los cruces sin semáforos en funcionamiento. Otros llevaban agua y comida a los pasajeros varados en trenes que se habían detenido en mitad de la nada. Los taxistas, incapaces de procesar tarjetas de crédito, daban sus números de teléfono móvil para que los clientes pudieran pagar sus tarifas cuando volviera la electricidad... Por todas partes, todo cuanto vi resaltaba cómo el mundo seguía adelante en paz. Casi todo el mundo se tomaba el día con una buena dosis de humor y —me atrevería a decir— incluso de alegría. De alguna manera sabíamos que todo iría bien. Que no habría asaltos, ni desórdenes amenazantes... Todo lo contrario: prevalecieron la calma, la generosidad y la dedicación de los funcionarios y los trabajadores. Tal vez esa sea la gran diferencia entre las fuerzas de la extrema derecha —en Estados Unidos y en cada vez más partes de Europa, que ahora insisten en que el único camino factible es el del individualismo, cada uno por su cuenta— y la confianza que el Estado del bienestar europeo con el que me crie forja en las mentes de una comunidad. Aquí, a oscuras, descubrimos que teníamos confianza en los demás y en nuestro país, en el sentido de comunidad. ¿Existe un arma más poderosa que esa? Lo que he visto esta semana es lo mucho que nos fortalecemos como sociedad y como individuos cuando elegimos la alegría, la calma y el apoyo mutuo en lugar del miedo ante la adversidad. Esa vía nos dio, a oscuras, un privilegio que en otras partes del mundo no tienen con luz: sentirnos seguros en casa y en la calle. La derrota de los traficantes del miedo ( Paco Cerdà, The New York Times)

 "Sacamos una vela, la encendimos y terminamos de cenar. En la oscuridad. En completo silencio.

El 28 de abril, el llamado “gran apagón”, uno de los días más extraños de nuestras vidas, dejó a oscuras toda la península ibérica. Durante más de 10 horas estuvimos completamente incomunicados, sin poder llamar por teléfono ni conectarnos a internet. Los más afortunados habían rescatado alguna vieja radio de transistores con pilas para escuchar las noticias. Nosotros tres —mi pareja, mi hija de 6 meses y yo— no tuvimos esa suerte. Ahora ya era de noche. El miedo y todos sus fantasmas podían salir al acecho.

Por la ventana, de vez en cuando, circulaban coches y algunos caminantes con linterna. Uno podría imaginarse las otras cosas que estaban en silencio. Cómo las alarmas antirrobo —el gran negocio para mantener a raya el miedo— no funcionaban. Cómo las cámaras de seguridad se habían quedado ciegas. Nadie podía llamar a la policía. Esta, pues, era la noche soñada por los ladrones. Una noche en la que los desalmados podían aprovechar el amparo de la oscuridad y su silencio para irrumpir en fábricas, negocios, tiendas, pueblos aislados, casas de campo o viviendas urbanas. Pero no lo hicieron.

El gran apagón no fue una pesadilla. De hecho, fue más bien lo contrario. Algo parecido a un sueño: un mundo poblado por gente amable y bondadosa con las malas intenciones anuladas. Ciudadanos comunes y corrientes dirigían el tráfico en los cruces sin semáforos en funcionamiento. Otros llevaban agua y comida a los pasajeros varados en trenes que se habían detenido en mitad de la nada. Los taxistas, incapaces de procesar tarjetas de crédito, daban sus números de teléfono móvil para que los clientes pudieran pagar sus tarifas cuando volviera la electricidad.

En el caos del transporte —los trenes retrasados, los autobuses que no llegaban, el metro detenido— algunos colegios permanecieron abiertos más tiempo esa tarde para que ningún niño se quedara solo esperando a que alguien lo recogiera. Los hospitales, siempre gratuitos en España, funcionaron con generadores y siguieron atendiendo a los enfermos. Sin teléfonos móviles operativos, niños y adolescentes se reunieron en la calle de formas más típicas de décadas pasadas que de hoy. Muchos desconocidos se juntaban y hablaban en la calle o hasta bebían cerveza juntos en la terraza de los bares. Antes bebérsela a que se caliente, bromeaban algunos carteles improvisados.

Por todas partes, todo cuanto vi resaltaba cómo el mundo seguía adelante en paz. Casi todo el mundo se tomaba el día con una buena dosis de humor y —me atrevería a decir— incluso de alegría. De alguna manera sabíamos que todo iría bien. Que no habría asaltos, ni desórdenes amenazantes. De algún modo sabíamos que nadie sacaría una pistola. No iba a ser una de esas películas apocalípticas de Hollywood. Todo lo contrario: prevalecieron la calma, la generosidad y la dedicación de los funcionarios y los trabajadores.

Tal vez esa sea la gran diferencia entre las fuerzas de la extrema derecha —en Estados Unidos y en cada vez más partes de Europa, que ahora insisten en que el único camino factible es el del individualismo, cada uno por su cuenta— y la confianza que el Estado del bienestar europeo con el que me crie forja en las mentes de una comunidad. Aquí, a oscuras, descubrimos que teníamos confianza en los demás y en nuestro país, en el sentido de comunidad. ¿Existe un arma más poderosa que esa? ¿Existe un escudo mayor que ese? Saber que los demás están ahí para ayudarte, no para hacerte daño. Que cada uno de nosotros nos necesitamos mutuamente. Tan sencillo. Tan antiguo.

Eso no quiere decir que seamos invencibles. En España hemos vivido una y otra vez momentos que nos muestran nuestra propia vulnerabilidad. Durante las inundaciones que arrasaron Valencia el pasado otoño o durante la pandemia de covid hace cinco años. Esta semana fue el apagón de España y Portugal e incluso, brevemente, de Andorra y partes de Francia, horas en las que nada avanzó.

Pero aceptar que somos vulnerables, cada uno de nosotros, debería significar que confiamos más los unos en los otros, no menos; y defender que el individualismo y el aislacionismo no son el camino a seguir. De hecho, lo que he visto esta semana es lo mucho que nos fortalecemos como sociedad y como individuos cuando elegimos la alegría, la calma y el apoyo mutuo en lugar del miedo ante la adversidad. Esa vía nos dio, a oscuras, un privilegio que en otras partes del mundo no tienen con luz: sentirnos seguros en casa y en la calle. La derrota de los traficantes del miedo.

De madrugada, ya en la cama los tres, vimos que algunas luces de casa volvían a encenderse. Mi pareja y yo sonreímos. Qué alivio. Todo estaba bien. La niña dormía tranquila entre nosotros. Pusimos a cargar los teléfonos y los ordenadores. Y nos volvimos a dormir."

(  The New York Times, 03/05/25)

8.2.24

La democracia se encuentra amenazada en todo el mundo... A favor de los pesimistas democráticos debe decirse que los países autoritarios y los sistemas de gobierno alternativos han superado a sus homólogos democráticos en bondades y beneficios económicos. Solo poner a China y sus 800 millones de pobres menos marca la diferencia en un mundo dividido. Esta idea está comenzado a plantear el interrogante, de si el capitalismo de vigilancia con presuntas libertades, concentrador de ingreso y generador de miseria, es mejor que un sistema estatal dirigista, con carencia de libertades, menos hambrientos y más desarrollo... La Encuesta Mundial de Valores —que abarca 77 países— pone de manifiesto la disminución de la confianza en el gobierno democrático... en 2009 la cifra de adhesiones al totalitarismo era del 38%, en 2021 del 52%... La transición tecnológica, la financiarización del sistema, la emergencia climática, las nuevas y más complejas formas de desigualdad y exclusión social, y la flexibilidad laboral, no encuentran solución ni alternativa y atacan a la democracia (Alejandro Marcó del Pont)

 "(...) Quizás las sociedades, por estar al descubierto, creen que la democracia mundial está sana y trabajando. Que sigue vigente, aunque un poco golpeado, pero no en estado de coma. El estado del bienestar por su parte, ese concepto antagónico a la austeridad, que engloba un conjunto de políticas y programas gubernamentales diseñados para garantizar una adecuada condición económica y social de la población. Y, por último, se imaginan que el libre mercado, esa invención del capitalismo, no sólo existe, sino que asigna recursos y lo hace de manera eficiente.

En la cuarta edición del informe “El estado de la democracia en el mundo, del Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral”, llega a la conclusión que la democracia se encuentra amenazada —tanto en sentido literal como figurado— en todo el mundo, y los peligros, por cierto, son reales. Aparte de la persistente pandemia, las guerras y las eternas e inminentes recesiones económicas, la desigualdad del ingreso, el cambio climático culpable de fenómenos meteorológicos extremos y dramáticos, todos ellas enemistadas con incrementos del gasto en asistencia, se ensamblan de manera perfecta en un hilo conductor común, el malestar económico que afecta a la democracia.

A favor de los pesimistas democráticos debe decirse que los países autoritarios y los sistemas de gobierno alternativos han superado a sus homólogos democráticos en bondades y beneficios económicos. Solo poner a China y sus 800 millones de pobres menos marca la diferencia en un mundo dividido. Esta idea está comenzado a plantear el interrogante, de si el capitalismo de vigilancia con presuntas libertades, concentrador de ingreso y generador de miseria, es mejor que un sistema estatal dirigista, con carencia de libertades, menos hambrientos y más desarrollo. Las sustituciones no son simples, pero al parecer a la gente le importa tener un mejor pasar, pensar en un futuro, a riesgo de llevar esto al extremo y votar a un desquiciado como Milei en Argentina. De todas maneras, el futuro incierto demuestra que no es solo en las democracias donde el contrato social necesita renovarse, en las autocracias también si no dan soluciones.

Paralelamente, el número de protestas en todo el mundo se duplicó con creces entre 2017 y 2022, provocadas por distintas cuestiones. La falta de respuesta efectiva de los gobiernos tiende a perjudicar la legitimidad del modelo democrático. La Encuesta Mundial de Valores —que abarca 77 países— pone de manifiesto la disminución de la confianza en el gobierno democrático. Sus datos indican que la idea de tener un líder fuerte que no tenga que lidiar con un Parlamento ni con elecciones ha crecido sistemáticamente en los años recientes: en 2009 la cifra de adhesiones al totalitarismo era del 38%, en 2021 del 52%. Al parecer la democracia no pudo evolucionar de una manera que refleje la rápida transformación de las necesidades y prioridades de la sociedad; de hecho, los gobiernos, no el sistema, parecen atentar contra ellas.

El contrato social que surge en Europa y se extiende por buena parte del planeta después de la II Guerra Mundial decía básicamente lo siguiente: quien cumple las reglas del juego, progresa. “Unos, los más favorecidos, se quedarían con la parte más grande de la tarta, pero a cambio los otros, la mayoría, tendrían trabajo asegurado, cobrarían salarios crecientes, estarían protegidos frente a la adversidad y la debilidad, e irían poco a poco hacia arriba en la escala social. Un porcentaje de esa mayoría, incluso, traspasaría la frontera social imaginaria y llegaría a formar parte de los de arriba: la clase media ascendente” (Necesitamos un nuevo contrato social, Joaquín Estefanía).

O sea, la absurda teoría del derrame ya estaba latente, pero con mucho más peso estatal que la mantenía a raya. Ahora no es así. Ese contrato social lo vendieron a plazos, ni siquiera lo han sustituido. Pasó a ser lo que el sociólogo Robert Merton denomina el efecto Mateo: “Al que más tiene, más se le dará, y al que menos tiene se le quitará para dárselo al que más tiene”. Se inaugura así la era de la desigualdad y se olvidan las principales lecciones que sacó la humanidad de ese periodo negro de tres décadas (1914-1945) en las que el mundo padeció tres crisis devastadoras perfectamente superpuestas: las dos guerras mundiales, y en el intervalo de ambas, la Gran Depresión.

En algún momento hubo un consenso entre las élites políticas (los partidos), económicas (el empresariado) y sociales (los sindicatos) para alcanzar la combinación más adecuada entre el Estado y el mercado, con el objetivo final de que toda práctica política se basara en la búsqueda de la paz, el pleno empleo y la protección de los más débiles a través del estado de bienestar; esta ecuación y sus ponderadores se desequilibró. La transición tecnológica, la financiarización del sistema, la emergencia climática, las nuevas y más complejas formas de desigualdad y exclusión social, y la flexibilidad laboral, no encuentran solución ni alternativa y atacan a la democracia.

En las décadas de 1970 y 1980 quedó claro que había unas divergencias crecientes en los estados de bienestar, y que era improbable que se superaran. La crítica sostenía, y ahora parece confirmarse, que la reconciliación entre el capitalismo y la democracia era una ilusión. El neoliberalismo y el individualismo que lo sostiene fueron ganando fuerza, generando un supuesto conflicto entre la prioridad de maximización de beneficios y la minimización de costos que atacaban la expansión de los programas de bienestar.

Gastar en bienestar se había convertido en una carga para los contribuyentes, ya que algunos programas clave, especialmente la seguridad social, eran ¡¡demasiado generosos!! El ataque se convirtió en una crítica a los estados de bienestar porque los consideraban similares a las economías planificadas o dirigidas de las sociedades no occidentales y con unos resultados parecidos: mala asignación de los recursos, la ausencia de una disciplina de mercado adecuada y de unas restricciones presupuestarias apropiadas.

Con el crack financiero de 2008 dio inicio una nueva fase. Se evitó un colapso financiero, pero a un coste muy alto para las democracias occidentales. Hubo una brusca recesión en 2009, seguida de una recuperación lenta y débil. Con el inicio de la recesión, los gobiernos recurrieron, una vez más a idénticas políticas de las décadas de los años ochenta y noventa del siglo pasado: programas de austeridad, privatizaciones, restricciones fiscales y el saneamiento de las finanzas públicas, comenzando una nueva arremetida contra el estado del bienestar. Los países probaron con distintas mezclas de recortes de los gastos, e que hicieron recaer la mayor parte de su ajuste fiscal en la poda de los gastos en lugar del aumento de los impuestos.

La organización benéfica contra la pobreza Global Justice Now elaboró un informe donde, según datos de 2017, de las 100 principales economías y compañías del mundo que tuvieron mayores ingresos, 69 son corporaciones. ¿Cómo puede ser?, ¿qué hicieron para conseguirlo? Pues resulta que la obtención de ganancias récord fue gracias a enormes recortes de impuestos, esquemas generalizados de evasión fiscal y políticas comerciales y de inversión favorables a las empresas, o sea, se capturó a la democracia, se sojuzgó a los gobiernos, se recortaron impuestos del estado del bienestar por causar grandes déficit y se redireccionaron para beneficio privado, todo esto antes del 2020.

Y aquí comienza la otra trampa, el creer que la competencia existe y que no está plagada de monopolios, oligopolios o empresas dominantes que fijan precios y cantidades en base a beneficios. Se suele decir que la economía se desplomó durante la pandemia. Esto es en parte cierto: aumentó la desocupación, cayeron los salarios y cerraron más de 22.000 empresas. Pero, para otros, fue inexistente el desplome. La ganancia bruta interanual de algunas grandes empresas en Argentina creció de manera sideral. Así lo demuestran Mercado Libre, 389,1%; Los Grobo, 136,6%; Morixe, 110,1% y Molinos Río de la Plata, 96,1%.

Un informe elaborado por el economista Claudio Lozano, coordinador general del Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas, destaca que la capacidad del poder económico para incidir sobre los precios y capturar los subsidios a la producción puestos en marcha en el marco de la emergencia profundizó la desigualdad en el reparto de los ingresos de la economía. Empero, esta capacidad sólo puede darse si existe una fuerte concentración en la producción de bienes de consumo masivo en el país que invalida los mercados y que dificulta la aplicación de políticas de precios si no hay acuerdos comunes con estas marcas. Cómo hace un gobierno débil, pero democrático, para balancear la inexistencia de un mercado, si las compañías están por la devaluación y captación de los subsidios para sus beneficios.

El Centro de Economía Política Argentina demostró la fuerte concentración, tomando la Encuesta Nacional de Gasto de Hogares, elaborada por el INDEC, del rubro «alimentos y bebidas» como el principal gasto que afrontan las familias, con una participación del 22,7% del total del desembolso de los hogares a nivel nacional.

La estructura de comercialización se conforma por hipermercados, supermercados, mayoristas, tiendas de cercanía, autoservicios y comercios tradicionales. Los hiper y los súper representan el 32% de las ventas, y según información de la Comisión Nacional de Defensa de la Competencia, las grandes cadenas concentran alrededor del 80% de las ventas totales del sector supermercadista en Argentina. Tres cadenas principales son responsables de la mitad de las ventas del sector».

El 74% de la facturación de los productos de la góndola se corresponden con 20 empresas que deciden qué comen, y a qué precio, 45 millones de personas como muestra el cuadro.

Solo 10 empresarios poseen 27 de las 80 firmas de mayor facturación de Argentina y concentran el 35% de las ventas. La producción de telecomunicaciones, cemento, aluminio, siderurgia, electricidad, hidrocarburos, electrónica y alimentos están dominadas por escasos conglomerados.

Para sintetizar, como se ve, el mercado brilla por su ausencia, la actividad económica en contexto de altísima inflación permitió a las grandes empresas obteneraltos márgenes de ganancias mientras los salarios reales caen con el ajuste fiscal. Si los salarios pierden con la inflación y los mercados están dominados, la democracia carece de capacidad de distribuir o generar un nuevo contrato social y de regular el mercado y pactar precios acordes, lo que la pone en un predicamento, ya que no puede dar soluciones. Generar y discutir un nuevo contrato social sería pertinente para la sociedad, pero los ganadores del juego estarán de acuerdo sólo cuando sus beneficios exploten."                 (Alejandro Marcó del Pont, el tábano economista, 03/12/13)

6.10.21

¿Cómo Olaf Scholz conquistó Alemania? El partido no es para «los que se creen mejores»... se centró en el «respeto», la «dignidad», el «futuro»... con dos claros eslóganes: «una política social para ti» y «respeto para ti»... luchó contra la narrativa meritocrática que convirtió a la élite en un club de arrogantes, privando al mismo tiempo de dignidad a muchos otros... así sacó votos a la izquierda y a la extrema derecha y recuperó a sus votantes tradicionales que lo habian abandonado... porque Alemania tiene menos movilidad social en relación con la mayoría de los países de la OCDE... El mensaje de dignidad de Scholz produjo un resultado fascinante...

 "Olaf Scholz y el Partido Socialdemócrata (SPD) ganaron la elección federal alemana, tras superar por escaso margen, con el 25,7% de los votos, a la alianza entre la Unión Demócrata Cristiana (CDU) de la canciller saliente Angela Merkel y el partido bávaro Unión Social Cristiana (CSU), que recibió el 24,1%. (...)

¿Cómo se las arregló Scholz para conseguir esta sorpresa electoral? Una parte de la respuesta puede hallarse en los claros eslóganes de campaña del SPD: Soziale Politik für Dich («una política social para ti») y Respekt für Dich («respeto para ti»). En los debates virtuales del partido acerca de su programa electoral, el mensaje general que surgió fue que Scholz tiene un «plan para el futuro» y sabe cómo recuperar votos que se fueron a los populistas. El énfasis del partido estará puesto en el «respeto», la «dignidad», el «futuro» y una «Europa soberana». No es para «los que se creen mejores». 

 Una de las fuentes de inspiración para el programa del partido fue el filósofo Michael Sandel (Harvard). En su reciente superventas The Tyranny of Merit, Sandel sostiene que la educación se ha convertido en la mayor fuente de división dentro de la sociedad. Es verdad que en otros tiempos era una de las principales prioridades progresistas y parte del ADN de cualquier partido socialdemócrata que se preciara de tal. La idea era que con esfuerzo y estudio se puede subir en la escala social. Pero como contrasta Sandel, la meritocracia tiene un lado oscuro, porque los ganadores tienden a mirar con desdén a quienes no consiguen esa movilidad ascendente. 

 Aunque los ganadores deban su éxito en gran medida a la buena suerte, la meritocracia explícita del sistema les permite decir que todo lo que obtuvieron es fruto de su trabajo y por tanto merecido. También lleva a la conclusión de que los más desfavorecidos se merecen su condición, como si todo se redujera a que no se esforzaron lo suficiente. Según Sandel, la meritocracia (junto con las actitudes que alienta) convirtió a la élite en un club de arrogantes, privando al mismo tiempo de dignidad a muchos otros. 

 La narrativa meritocrática que critica Sandel pasa por alto el hecho de que las oportunidades de «ganar» no son las mismas para todos. En Alemania, sólo obtiene una licenciatura el 15% de los estudiantes de familias sin antecedentes universitarios, contra 63% si hay antecedentes. Esta es una importante razón de la menor movilidad social que muestra Alemania en relación con la mayoría de los países de la OCDE.

 La campaña de Scholz funcionó porque se dio cuenta de que las intuiciones de Sandel encajaban casi a la perfección con Alemania. El SPD recuperó votantes tradicionales que sintiéndose traicionados se habían pasado al partido izquierdista Die Linke. La inteligente estrategia de comunicación de Scholz explica en parte por qué Die Linke obtuvo la mitad de votos que en 2017 y no logró superar el mínimo del 5% requerido (aunque mantendrá su presencia parlamentaria por haber ganado en la elección directa de representantes en tres distritos).

 Tal vez más sorprendente es el hecho de que al parecer los socialdemócratas también le quitaron votos al partido ultraderechista Alternative für Deutschland. De hecho, el SPD ahora es la primera fuerza en todos los estados orientales de Alemania excepto Sajonia y Turingia, donde domina AfD. Aparentemente, el mensaje de «respeto» del SPD atrajo a alemanes que sintieron menoscabada su dignidad desde la caída del comunismo y la reunificación. También parece que el SPD recuperó votos que se habían ido a la alianza centroderechista CDU/CSU. 

En las últimas elecciones, muchos votantes del SPD se pasaron a la CDU por apoyo a Merkel, que representaba el centro estable y seguro de la política alemana. Pero ahora que Scholz lidera el SPD, vuelven a ver en su antiguo hogar político una opción moderada aceptable. Finalmente, es posible que el SPD también les haya quitado algunos votos a los Verdes, un partido al que en las últimas elecciones se lo asoció cada vez más con la posición socialdemócrata. 

El mensaje de dignidad de Scholz produjo un resultado fascinante. Ahora la cuestión es, por supuesto, de qué manera la revitalizada agenda del SPD se trasladará a un nuevo gobierno y de allí a nuevas políticas públicas."               (Dalia Marin, Project Syndicate, 28/09/21)

20.4.21

Es muy difícil una identidad social basada en algo que se desmorona... la pauperización de la sociedad genera descomposición social y conatos de violencia... ¿es posible solucionar esta falta de cohesión y dotar de dignidad a los ciudadanos en base a empleos precarios, especulación de los mercados y una economía basada en el sector terciario que aporta poco bienestar al trabajador y no aporta un gran valor añadido a la sociedad?

 "La crisis del COVID-19 no ha hecho más que constatar los problemas que llevamos décadas arrastrando. Según el estudio Premiar el trabajo, no la riqueza[1], de Intermón Oxfam, desde la última crisis de 2008 la riqueza de las élites económicas creció seis veces más rápido que el salario de los trabajadores. (...)

Los gobiernos han tomado decisiones que tratan de garantizar el bienestar de los ciudadanos, pero al mismo tiempo, deben hacer concesiones a ciertos sectores porque los recursos y el poder de los Estados son limitados. Ya podemos hablar de los ganadores y perdedores de la pandemia.

Los que han salido beneficiados de esta situación son las grandes compañías tecnológicas —Google, Apple, Amazon, Zoom, Netflix, etc.—, que no solo han proseguido con sus negocios, sino que esta crisis ha sido el combustible que les ha permitido expandirlos a mayor velocidad[2]. Por otro lado, los perdedores están claros: los gobiernos se han mostrado incapaces de garantizar los ingresos a los trabajadores, a los que siempre se pide un esfuerzo titánico con bajos sueldos, bajo nivel de vida, rompiéndose el pacto social. Es evidente que el problema no es la riqueza sino su distribución y la concentración en muy pocas manos. Las sociedades occidentales ya funcionan a dos velocidades.

El capitalismo de plataforma, como suele llamarse a esta nueva economía tecnológica, ha supuesto un cambio disruptivo al estilo schumpeteriano, innovando en comunicación, distribución, organización de personas, servicios, mercancías y capitales. Asociado a esto, se ha dado un proceso de acumulación originaria —en términos de Marx— o de acumulación por desposesión —en términos de Harvey— ya que, si bien la invención y uso de estas tecnologías ha supuesto una mejora en las sociedades y en algunos sectores, también ha ocasionado un quiebre social y una pauperización de la mayoría de la población.

 Se ha producido un cambio a lo Karl Polanyi, es decir, una “gran transformación” de la economía y la sociedad, en la que volvemos a un mundo en el que una ingente masa de pobres se amontona mientras lo que más tienen, tienen todavía más, cumpliendo un perverso efecto Mateo. (...)

El sociólogo ya señaló uno de los mayores problemas de nuestra sociedad: qué tipos de trabajos tenemos, si es que tenemos trabajos y si mediante esta precarización del empleo —y en general de la vida humana— se puede conquistar la dignidad. Se pregunta cómo se puede construir una sociedad solidaria cuando el empleo se reduce a un mercadeo de servicios.

 El VIII INFORME FOESSA Sobre Exclusión y Desarrollo Social en España[3], elaborado por Cáritas, mostraba que el principal problema de la sociedad española era la anomia social. La crisis social y política, la inestabilidad económica, son parte de un cuadro más grande: la disolución de los vínculos que cohesionan la sociedad. Castel (1997):

Un conglomerado de baby-sitters, de camareros de McDonald’s o de empaquetadores en los supermercados, ¿hacen una “sociedad”? Dicho esto sin ningún desprecio por las personas que realizan esas tareas sino, al contrario, para interrogarse sobre las condiciones que convierten al empleo en vector de la dignidad de la persona. (p.376)

La duda es válida: ¿es posible solucionar esta falta de cohesión y dotar de dignidad a los ciudadanos en base a empleos precarios, especulación de los mercados y una economía basada en el sector terciario que aporta poco bienestar al trabajador y no aporta un gran valor añadido a la sociedad? A todo esto, debemos sumar los gigantes tecnológicos que mencionábamos al principio, que generan un modelo con grandes beneficios a expensas de los derechos laborales y el bienestar de los ciudadanos.(...)

 Se han necesitado siglos para estandarizar la economía, justo cuando el sistema salarial había sido aceptado por todos los ciudadanos de todas las naciones occidentales con todo el sacrifico que ha supuesto. El ciudadano medio podía acceder a una identidad basada en aceptar su papel como trabajador al mismo tiempo que, mediante su salario, accedía a ciertas prestaciones sociales. Uno de los grandes logros que ha mantenido la sociedad cohesionada en el siglo XX ha sido la propiedad social, como señala Castel, una suerte de encuentro entre las diferentes clases sociales. 

Es evidente que no es una superación de las clases sociales, sino un punto de encuentro en algunas cuestiones, favorecido por y en paralelo al auge del Estado-nación. Puede que sea más borroso de lo que parece saber si la crisis del Estado-nación provoca la anomia social o viceversa. Este declive y estos recortes en la propiedad social que sufrimos desde el inicio de los recortes liberales de los años ochenta del siglo XX han finiquitado el Estado del Bienestar.

 Fue la coerción mediante las leyes las que crearon un mundo de ciudadanos que aspiraban a tener dignidad y de un trabajo con el que se pudiera aspirar al bienestar. Hoy hemos vuelto a ese pauperismo de los inicios del capitalismo, con la figura del jornalero que vive al día, y formas de trabajo que creíamos desterradas.

 Es difícil salir de la trampa de la pobreza. Cada vez más personas encuentran dificultad para conseguir trabajos con los que puedan sustentar sus vidas, y volvemos a la retórica que tanto nos costó eliminar: la del inútil, el incapacitado para trabajar, el vagabundo, el lumpen, etc. Además, estas personas son conscientes de su propio sufrimiento y se convierte en una profecía auto cumplida. 

Castel dice que es muy difícil una identidad social basada en algo que se desmorona, de ahí que sea muy difícil cohesionar la sociedad, dotarla de sentido, cuando son unos pocos que se lo llevan casi todo y dejan a la gran mayoría las migajas. 

Es muy difícil conseguir la cohesión social con una inmensidad de trabajos precarizados como teleoperador, camarero, limpiador, conectándote al trabajo mediante una plataforma en la que no sabes quién es tu jefe, porque te dicen que el jefe eres tú, pero no puedes decidir nada.

Esta pauperización de la sociedad genera descomposición social y esporádicamente podemos ver conatos de violencia en los que la rabia explota (recordemos estos años atrás las “revueltas de los superfluos”[4]), pero nunca se transforma en nada constructivo, y siempre se impone la resignación, acabando por aceptar las tesis del fin de la historia: no hay otra alternativa.            

Queremos creer que existe una alternativa, pero ¿la hay?"           (Patricia Castro, La Trivial)

16.3.11

"El estado del bienestar... socialdemócrata... es un estado universal... (en el que) los derechos sociales eran para todos, ciudadanos y residentes"


Tipología de los distintos modelos sociales europeos

"El estado del bienestar, establecido por la socialdemocracia, (definiendo como tal todas las sensibilidades socialistas que desean desarrollar tal proyecto político a través de la vía democrática, llámense como se llamen: partidos socialistas, laboristas, socialdemócratas o comunistas) es un estado universal, en el que, desde el principio, los derechos sociales eran para todos, ciudadanos y residentes, sin limitaciones o definición de derechos según el nivel de renta.

La traducción operativa de este derecho son las transferencias y los servicios públicos universales, tales como sanidad, educación, servicios sociales, escuelas de infancia y servicios domiciliarios, entre otros, que no se otorgan por el Estado, sino que se consideran como derechos de todos los ciudadanos que son garantizados por el Estado.

El motor de tal proyecto históricamente fue el movimiento obrero en alianza con las clases medias.

La Iglesia y las fuerzas conservadoras, incluyendo los liberales, se opusieron a tal estado del bienestar hablando en su lugar de la sociedad del bienestar.

El eje social de la Iglesia era la familia, donde la mujer cuidaba de los niños y de los ancianos y el esposo trabajaba desde los 16 a los 65 años, financiando las transferencias de fondos públicos -como las pensiones y la sanidad- a través de las cotizaciones sociales de los empresarios y de los trabajadores a las cajas de la Seguridad Social, controladas por los empresarios y trabajadores (divididos en distintos sectores) junto con representantes del estado.

Tal formato sí que había sido establecido por un conservador, el canciller Bismarck, que temeroso de los movimientos obreros, que estaban surgiendo con fuerza en Europa, quiso romper con la solidaridad obrera estableciendo una diversidad de beneficios de manera que unos trabajadores tendrían más beneficios que otros, enfrentando a unos trabajadores con otros.

Su enemigo era la universalidad de derechos, tal como el propio Bismarck indicó. La manera de frenar el movimiento obrero no era sólo mediante la represión, sino también con medidas que dividieran a la clase trabajadora.

De ahí surgió el programa de Seguridad Social que se establecía, no a partir de fondos del estado, sino a partir de contribuciones de los propios trabajadores y de los empresarios, donde los beneficios respondían a un sistema jerárquico dependiendo del lugar del trabajador en el orden social, que quería defenderse y reproducirse con tal programa.

(Ver Vicente Navarro “Why some countries have National Health Insurance, others have National Health Services and The US has neither” International Journal of Health Services 19 (3) pp. 383-404.1989).

Este modelo conservador ha ido cambiando resultado de las alianzas que tales fuerzas conservadoras tuvieron que hacer con la social democracia a fin de poder gobernar. Y así se han ido adaptando a un modelo universal." (Vicenç Navarro: ¿El estado del bienestar lo inventaron las derechas?; en www.vnavarro.org, 14/03/2011)

11.2.10

El derecho a una existencia digna

"Es el fin de la reforma social más importante y más polémica de Alemania. El 9 de febrero, el Tribunal Constitucional declaró inconstitucional el sistema de ayuda pública "Hartz IV", instituido en 2005 por el gobierno de Schröder y acusado en numerosas ocasiones de haber contribuido a la aparición de una nueva pobreza en el país.

El gobierno deberá volver a calcular las ayudas destinadas a los parados y los más pobres, teniendo en cuenta su "derecho fundamental a una existencia digna", tal y como ha declarado el Tribunal, lo que constituye una primicia. "Se trata de una sentencia fundamental. El Estado social alemán se fundamentará a partir de ahora sobre una nueva base", afirma el diario Süddeutsche Zeitung, que compara el alcance de la sentencia con la de la igualdad entre hombres y mujeres pronunciada en los años cincuenta. "Es una pena que se hayan tenido que esperar cinco años" para que se condenara "una reforma chapucera", concluye el diario de Múnich." (Presseurop, Febrero 10 2010, citando a: Süddeutsche Zeitung, 10 de febrero de 2010, Süddeutsche Zeitung )