"Tariq Alí en la XIII Feria Internacional del Libro del Zócalo de la
Ciudad de Mexico en 2013 / Antonio Nava | Secretaria de Cultura de
México
Pocas voces han reflexionado con tanta profundidad sobre la política
internacional como la de Tariq Ali. Escritor e historiador
anglo-pakistaní, además de cineasta y activista político, lleva más de
medio siglo siendo una referencia del pensamiento crítico de izquierda.
Desde los años sesenta, cuando se convirtió en una figura visible de las
protestas londinenses contra la guerra de Vietnam, Ali ha analizado las
tensiones del poder global con una mirada lúcida y combativa. Editor de
la revista New Left Review, ha escrito extensamente sobre
política, imperialismo y cultura, y su influencia ha alcanzado incluso a
figuras como John Lennon o los Rolling Stones. El título de su más
reciente obra autobiográfica, No puedes complacer a todos: Memorias 1980-2024,
resume bien su trayectoria y su firme compromiso con las ideas que
defiende.En un momento marcado por la escalada bélica y el retroceso de
los valores democráticos, Tariq Ali abrirá el Congreso “Autoritarismo y guerra. En defensa de los valores democráticos y la cultura de la paz”,
organizado por la Fundación 1º de Mayo, que se celebrará en Gijón los
días 17 y 18 de octubre. El encuentro busca analizar las causas y
consecuencias de la creciente militarización del mundo y contará,
además, con la participación de destacados ponentes como los magistrados
Joaquim Bosch Grau y Victoria Rosell, el catedrático Javier Pérez Royo,
la periodista Patricia Simón, el sociólogo Imanol Zubero y la
politóloga Cristina Monge, entre otros.
P. El congreso de la Fundación 1º de Mayo girará en torno al
deterioro de los valores democráticos y cómo esto está teniendo un
impacto en la paz mundial. ¿Cuál es la situación actual sobre esta
pérdida de credibilidad de la democracia?
R. Llevo años argumentando, en algunos de mis libros
y ensayos, que lo que está ocurriendo en el mundo occidental es que el
déficit democrático está creciendo cada vez más, y que nos enfrentamos,
por primera vez a gran escala, a un vacío en el que el funcionamiento
real de la democracia es irreal y sólo ocurre en la forma. Una gran
cantidad de personas, de todo tipo —no solo de izquierdas, sino también
de derechas, jóvenes y mayores— están abandonando la política
tradicional y buscando otras alternativas. Por supuesto, esto no es
universal, pero sin duda es cierto en muchos lugares.
Con los cambios que se han producido en Estados Unidos, en partes de
Europa y, en particular, en el Reino Unido —aunque no solo allí—, vemos
tendencias similares. Sobre todo en Alemania, donde parece que dos o
tres partidos determinan las agendas políticas y aplican políticas
sociales impopulares. Debido a esa impopularidad, ha crecido la extrema
derecha: la gente siente que no se ha hecho lo suficiente por ellos, que
los políticos están básicamente aliados con el gran capital y que no
hay esperanza para ellos. En esa sensación de desesperanza, muchos
piensan que tal vez la extrema derecha pueda ofrecerles algo. Trump en
Estados Unidos, el auge tanto de la derecha fascista como de la no
fascista en el Reino Unido, el crecimiento repentino de Vox en España,
el hecho de que ahora tengamos gobiernos de extrema derecha en Italia,
el centro alemán que atraviesa una situación crítica y el ascenso de
AfD… son tendencias bastante universales. Y mi primer punto, que quiero
subrayar, es que el colapso de Wall Street en 2008 no produjo reformas
serias dentro del sistema, reformas sistémicas. Ese proceso sigue en
marcha y la gente tiene muchas dificultades para adaptarse. No siempre
pueden articular el porqué, pero sienten que es muy difícil seguir así.
Si observamos la ceremonia inaugural de Trump, estaba dominada por
multimillonarios tecnológicos. En muchos sentidos, se comportaban como
si todo les perteneciera. Elon Musk, particularmente estúpido y de
extrema derecha, es un ejemplo, pero incluso los demás jugaban ese juego
de fingir ser liberales. Esta simbiosis entre los multimillonarios
tecnológicos y la presidencia en Estados Unidos es un signo de lo que
está ocurriendo, más silenciosamente, en otras partes del mundo.
P. ¿Qué quiere decir exactamente cuando dice que hay gente
que “abandona la política tradicional”, yendo hacia la extrema derecha?
R. Hay dos procesos en marcha. Uno es el de los
jóvenes, de entre 18 y 30 años, que no confían en ninguna política. El
otro es el de la clase trabajadora, que antes creía que los partidos
socialdemócratas harían algo por ellos, y ya no es así. Estas son las
personas que se han desplazado hacia la derecha. En Estados Unidos, el
fracaso de Obama; en Francia, el completo fracaso de Macron, han enviado
a muchos hacia los partidos de extrema derecha. Pero no son los mismos
sectores sociales: son dos capas distintas. Unos están hartos y dicen:
“la izquierda no hace nada por nosotros, démosle una oportunidad a la
derecha”. Y luego están los jóvenes que simplemente no se sienten
atraídos por la política, y con ellos hay que hacer algo especial para
involucrarlos. No son personas que tradicionalmente irían hacia la
derecha. En Reino Unido, por ejemplo, la campaña contra el gobierno
derechista de Starmer ha llevado a seis miembros del Parlamento a formar
otro partido, llamando a la gente a registrarse y unirse al nuevo
proyecto de Jeremy Corbyn. Casi un millón de personas ya lo ha hecho.
En Estados Unidos, la campaña de Zohran Mamdani para la alcaldía de
Nueva York, que divide a la derecha del liberalismo de centroizquierda,
ha sido un desarrollo muy positivo en los últimos años. Así que no es
que no haya resistencia. España es un caso especial, donde el gobierno
fue impopular por algunos temas y hubo un desplazamiento hacia Vox,
aunque por lo que sé, eso se ha contenido en cierta medida.
A esto hay que añadir la posición adoptada por Estados Unidos y sus
aliados europeos respecto a Gaza, que ha tenido un gran impacto. En
EE.UU., enfrentan ese impacto despidiendo a profesores universitarios o
exigiendo listas de nombres de supuestos antisemitas, incluso en
universidades liberales como Berkeley. En el Reino Unido están
prohibiendo organizaciones no violentas como Palestine Action,
calificándolas de terroristas, cuando sus miembros son totalmente
pacíficos. Cientos de personas, en su mayoría de unos 60 años, han sido
arrestadas.
Gaza se ha convertido ahora en un barómetro de muchas cosas: derechos
humanos, definición de genocidio, etc. España e Irlanda son los dos
países europeos que más claramente han mostrado una posición firme,
España probablemente más que nadie, gracias en parte a un gobierno
socialista apoyado por grupos menores, con cierta comprensión histórica
sobre lo ocurrido con los judíos y musulmanes en el pasado. Aunque no
sea lo mismo que lo que ocurre en Gaza, esas memorias siguen vivas en la
cultura española. Así que la política y la cultura españolas han
demostrado ser más resilientes ante el asalto israelí. Pero en Alemania,
por ejemplo, los ataques contra manifestantes han sido brutalmente
violentos, lo que ha impactado a los jóvenes, que ven la masacre
transmitida en directo en sus teléfonos y se preguntan: “¿por qué
nuestro gobierno no hace nada?”. Esto expone la hipocresía de los
dirigentes, sobre todo cuando Occidente se muestra tan agresivo con
Putin por Ucrania, mientras cosas peores ocurren en Gaza. Todo esto está
teniendo un efecto en la conciencia política, y veremos dónde
terminamos en cinco o diez años.
P. ¿En qué ejemplos concretos podemos ver este deterioro democrático del que estamos hablando?
R. En algunos países, el sistema electoral hace
prácticamente imposible que terceros partidos entren en escena. Este es
el caso de Estados Unidos y Reino Unido, donde no existe representación
proporcional. Pero ese es solo un signo del problema. Más importante
aún, en algunos casos, es el papel de los medios de comunicación, que se
han convertido en pilares centrales de la ideología dominante. Sobre el
colapso de 2008, sobre la crisis social continua en Europa —en Francia,
Alemania y Reino Unido—, hay unanimidad total. Yo solía leer El País con regularidad, y aunque sigue siendo mejor que Le Monde o The Guardian,
noté que el nivel de debate y disidencia ha disminuido. Las cadenas de
televisión ya ni siquiera necesitan muchas voces: una sola puede hablar
por todos los propietarios. La cobertura de la BBC ha degenerado
considerablemente, lo mismo que CNN y otros medios privados.
Le doy un ejemplo: hace años, antes de esta guerra en Gaza, uno de
mis libros iba a ser presentado en Francia. Había una entrevista
acordada en la radio con tres críticos, pero un alto ejecutivo de la
emisora canceló mi participación porque me había escuchado en otro país
decir cosas “pro-palestinas”. Así que dijeron que no iban a
entrevistarme sobre la novela, que no tenía nada que ver con Palestina.
El debate aún tuvo lugar y fue favorable para la novela pero a mí se me
canceló. Este tipo de censura selectiva se ha convertido casi en un
arte. Saben perfectamente a quién no preguntar o invitar. He notado este
cambio sobre todo en Alemania, donde medios antes críticos han dejado
de publicar voces disidentes. Así es como el público queda desinformado o
directamente no informado. Gaza lo demuestra de nuevo: la cobertura del
New York Times, The Guardian, Le Monde ha
sido pésima. A veces uno se siente como en la antigua Unión Soviética
bajo Brézhnev: no matan a nadie, pero los medios están bajo control
estricto. Eso también ha afectado a la cultura: qué obras se escriben,
qué películas se hacen. No todo el mundo occidental está así, pero crece
la autocensura. En el Festival de Venecia, por ejemplo, una película
sobre Palestina recibió una ovación de 23 minutos, pero no le dieron el
premio. Todos con los que he hablado dicen que la mayoría de la gente
allí quería que esta película ganara el premio. Ya sabes, estos son los
ejemplos, y no pinta que las cosas vayan a ir a mejor. Incluso si no
fuera Gaza, sería otra cosa que no quieren. Y qué efecto va a tener
esto, ya lo veremos.
P. ¿Qué es lo que hace a Israel tan poderoso?
R. Son dos cosas. La más importante es el apoyo de
Estados Unidos. Las instituciones estadounidenses —el Congreso, el
Senado y la Cámara de Representantes— le han dado a Israel un cheque en
blanco para hacer lo que quiera, cuando quiera. Personas que en Europa
serían consideradas criminales de guerra —Netanyahu y sus ministros de
gabinete, abiertamente fascistas, no hay otra palabra— son recibidas en
Estados Unidos con todos los honores. No sé cuántas veces Netanyahu ha
hablado ante sesiones conjuntas del Senado y la Cámara, pero sin duda
más de una. Sin el respaldo de Estados Unidos, Israel no podría
comportarse así; no es un poder independiente. Su poder proviene del
poder de Estados Unidos. Washington podría haber detenido este genocidio
hace mucho tiempo. En el pasado, los presidentes estadounidenses
lograron controlar a Israel: desde Truman tras la guerra, hasta Reagan
—que no era de izquierdas en absoluto—, quien en su momento dijo “basta
de bombardeos”, y se detuvieron. Bush padre también impuso cierto
control. Podrían hacerlo si quisieran, pero este presidente, y no sólo
este, también Biden, básicamente le han dado a Israel luz verde para
hacer lo que quiera. Y los medios mintieron como si todo hubiera
comenzado el 7 de octubre de 2023.
Luego hay un factor secundario —importante, pero no decisivo—: muchos
parlamentarios estadounidenses de ambos partidos reciben dinero de
Israel. El lobby israelí AIPAC les da dinero abiertamente, no es un
secreto. Lo mismo ocurre, en cierta medida, en Reino Unido, Francia y
otros países. Tienen mucho dinero y lo gastan con ese propósito. No son
los únicos, pero lo hacen de manera sistemática. Eso mantiene a la gente
en silencio.
La combinación del poder estadounidense, que considera a Israel un
actor clave en la región, y el uso instrumental de ese poder, explica su
comportamiento. Se ha revelado que Israel sabía que Irán no estaba
fabricando un arma nuclear, pero usó eso como excusa para tratar de
destruir la estructura política iraní e imponer un cambio de régimen.
Todos lo sabían, pero ahora lo admiten y no pasa nada. Así que, país
árabe tras país árabe, ha sido destruido (por Israel). Esa es la
importancia de Israel para Estados Unidos: lo utilizan como su brazo
operativo cuando otros aliados dudan.
P. ¿Y cuál será el coste para las democracias occidentales que están presenciando este genocidio y no hacen nada?
R. Lo que ocurre en Gaza es otra razón para el
deterioro de la democracia. Incluso en Alemania, las encuestas muestran
que una gran parte de la población está en contra del genocidio. En
Reino Unido, Italia, Francia, igual. El pueblo está de un lado y los
gobiernos del otro. Y al no poder influirlos, la gente se pregunta:
“¿para qué votar? ¿para qué hacer nada?”. Empiezan a pensar que sus
políticos están enfermos o corrompidos. Más peligrosamente aún, el hecho
de que Estados Unidos y sus aliados ignoren todas las normas
internacionales establecidas después de la Segunda Guerra Mundial
significa que cualquiera puede hacerlo. Putin, por ejemplo, dice:
“Nosotros solo intervenimos en un país vecino que antes fue parte de
Rusia. Visto lo que hacen los estadounidenses en Oriente Medio, ¿cuál es
el problema?”. Y nadie puede responderle, porque tiene razón. Podemos
oponernos, sí, pero no decirle “no puedes hacer eso” cuando dejamos que
Estados Unidos haga lo que quiere. Así que hemos creado un mundo más
anárquico. Y eso afectará también a cómo la gente reaccione ante figuras
como Donald Trump.
P. Ha mencionado que se ha roto el marco legal establecido
tras la Segunda Guerra Mundial. Algunos dicen que la situación actual se
parece a la de antes de esa guerra. ¿Cree que nos dirigimos a un
escenario similar?
R. La situación entre la Primera y la Segunda Guerra
Mundial era muy diferente. ¿Por qué? Porque la Revolución Rusa de 1917 y
la creación de la Unión Soviética asustaron a todas las potencias
capitalistas, que sintieron que había que hacer algo. Así que la
victoria de Franco en España, el ascenso de Hitler y Mussolini fueron,
en gran medida, una respuesta a la Revolución Rusa: no podían permitir
que el bolchevismo se extendiera. Estaban dispuestos a pactar con los
fascistas porque ellos mismos no podían detenerlo. Durante mucho tiempo,
Occidente —liderado por Francia y Gran Bretaña, con Estados Unidos
observando— intentó llegar a acuerdos con Hitler para que atacara
primero a la URSS, sin darse cuenta de que, de lograrlo, tomaría después
toda Europa. De hecho, casi lo hizo, hasta que los rusos quebraron el
poder del ejército alemán. España también podría haberse librado de
Franco si Churchill no hubiera hecho un trato con él, nuevamente para
frenar al comunismo. Esa situación ya no existe. Hoy no hay una gran
amenaza que los obligue a fingir ser más democráticos de lo que son. No
vemos a Francia, Alemania o Reino Unido decir “queremos ser
independientes de Estados Unidos”. Al contrario: se acercan más a él.
Gaza lo ha demostrado.
Trump usó Ucrania para decirles “peleen su propia guerra y gasten su
propio dinero”. Eso ha llevado a un aumento del gasto militar en Europa,
lo que podría tener efectos imprevisibles. Y, al igual que antes de la
Segunda Guerra Mundial, el país más importante de Europa sigue siendo
Alemania. Lo que haga Alemania será clave. Por ahora, pese a que Estados
Unidos autorizó el sabotaje del gasoducto Nord Stream —que afectó
principalmente a Alemania—, el gobierno alemán no se quejó. La élite
alemana parece haber aceptado que no puede romper con Estados Unidos.
Así que tenemos un mundo occidental prácticamente unificado, con la OTAN
como cemento, estrechamente ligado a Washington. No hay señales de
independencia. Esa es la gran diferencia. Y en lugar de buscar
autonomía, Occidente usa el “peligro chino” para asustar a su población.
China nunca ha dicho que quiera desempeñar el mismo papel global que
Estados Unidos. Quien lea sus documentos o libros lo sabe perfectamente.
P. ¿Entonces es poco problable que veamos un conflicto global?
R. Creo que, pese a toda la fanfarronería y las
amenazas, una guerra global sería muy difícil. Hoy hablar de guerra
significa hablar de guerra nuclear. Putin ha dicho que Rusia no dudaría
en usar armas nucleares. Francia y Reino Unido hacen declaraciones
similares, pero tienen limitaciones. El sistema nuclear británico está
bajo control de Estados Unidos; no pueden usarlo sin su permiso. Francia
no tiene esa restricción, pero es muy improbable que se arriesgue a una
guerra nuclear. Rusia sigue siendo lo bastante fuerte como para golpear
a cualquier país de la UE si quisiera. Por eso, una guerra de ese tipo
es muy poco probable. Pero el hecho de que se hable de ello, que se
utilicen estas amenazas, indica que están preparando a la población para
posibles guerras limitadas, lo cual es muy peligroso. Y, nuevamente,
nada ocurrirá sin la aprobación de Estados Unidos.
P. En este contexto de belicismo creciente, ¿Cómo ve usted el
papel de los sindicatos como actores relevantes, capaces de
contrarrestar el auge de la extrema derecha?
R. Lo que ha ocurrido es que, con la
desindustrialización deliberada del capitalismo estadounidense y europeo
—buscando otros mercados, especialmente en China—, la clase trabajadora
se ha debilitado. El número de afiliados sindicales ha disminuido en
todas partes, y eso no se discute. Solo recientemente los sindicatos
están intentando recuperarse, incluso volviéndose más politizados. Vemos
ejemplos en la lucha de los trabajadores jóvenes por sindicalizar
Amazon. En Estados Unidos y otros países, ese movimiento ha tenido
cierto éxito. La idea del sindicato no ha desaparecido, y está
resurgiendo en las nuevas industrias tecnológicas. Eso es positivo. Y me
sorprendió gratamente ver el apoyo masivo en Génova y otro puerto
italiano a la flotilla humanitaria hacia Gaza, desafiando el bloqueo
israelí. Los estibadores genoveses dijeron que, si se intenta destruir
esa flotilla, responderán a nivel europeo. No sé si realmente
establecieron esos contactos, pero fue alentador oírlo: trabajadores
diciendo que no seguirán apoyando este genocidio.
En mi opinión, los sindicatos tienen un papel muy importante que
desempeñar. La limitación de su poder por parte de gobiernos sucesivos
ha funcionado hasta cierto punto, pero ahora hay una nueva generación de
trabajadores jóvenes que ven el mundo con otros ojos. Y eso es muy
positivo. Recuerdo que, tras la derrota total de la clase trabajadora
británica bajo Thatcher, hubo una huelga en Corea del Sur contra
fábricas japonesas que no permitían sindicatos. Algunos sindicatos
británicos, durante la era Thatcher, habían pactado con los japoneses
renunciando a derechos sindicales a cambio de empleos. Los trabajadores
surcoreanos llevaron una pancarta que nunca olvidaré: “No pueden
derrotarnos. No somos trabajadores británicos.” Eso, para mí, fue un
signo del verdadero internacionalismo."
(Entrevista a Tariq Ali, Laura Villadiego , porExperiencia, 08/10/25)