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12.10.26

Europa se encuentra ante una encrucijada. No se trata de elegir entre China y Estados Unidos, sino de decidir qué tipo de relación quiere construir con Beijing y con qué instrumentos... La estrategia impulsada por Donald Trump llevó a Washington y Beijing a una escalada arancelaria de enorme alcance, pero terminó conduciendo también a la búsqueda de acuerdos y mecanismos de estabilización... Washington y Beijing han revalidado en sus conversaciones principios como el respeto, la equidad y la reciprocidad para gestionar su relación. También pueden orientar la relación entre la Unión Europea y China... Europa necesita a China para determinadas tecnologías, materias primas y cadenas industriales. China necesita a Europa como mercado, fuente de inversión, tecnología y conocimiento especializado. Esa interdependencia no tiene por qué contemplarse exclusivamente como una vulnerabilidad. Puede constituir también un incentivo para negociar... De ahí que la cuestión no sea escoger entre cooperación y competencia. La cuestión es aprender a gestionar simultáneamente ambas. Hay espacios particularmente propicios para ello. La transición verde es probablemente uno de los más evidentes: descarbonización, energías renovables, eficiencia energética, almacenamiento o economía circular. También existen posibilidades en investigación científica, servicios, transporte, aviación, economía azul y economía digital. Y, especialmente, en normas y estándares internacionales, donde la cooperación puede contribuir a evitar una fragmentación tecnológica de consecuencias globales... En última instancia, tampoco responde al interés chino que su éxito económico y tecnológico se produzca a costa del debilitamiento europeo. Una Europa próspera, competitiva y tecnológicamente avanzada puede ser un socio más sólido para China que una Europa debilitada y encerrada en una dinámica de confrontación (Xulio Ríos)

"La cumbre entre Estados Unidos y China deja una lección que trasciende el ámbito estrictamente bilateral. También interpela directamente a la Unión Europea. Si Washington y Beijing, pese a sus profundas diferencias estratégicas, económicas y tecnológicas, han sido capaces de encontrar espacios de entendimiento, Bruselas debería preguntarse qué consecuencias tiene ello para su propia relación con China.

Europa se encuentra ante una encrucijada. No se trata de elegir entre China y Estados Unidos, sino de decidir qué tipo de relación quiere construir con Beijing y con qué instrumentos. La experiencia de los últimos años ofrece algunas enseñanzas.

La primera es que la confrontación comercial no necesariamente produce los resultados esperados. La estrategia impulsada por Donald Trump llevó a Washington y Beijing a una escalada arancelaria de enorme alcance, pero terminó conduciendo también a la búsqueda de acuerdos y mecanismos de estabilización.

La segunda es que el desacoplamiento tampoco constituye una solución sencilla. La profunda interdependencia entre ambas economías, sus cadenas de suministro, sus mercados y sus capacidades tecnológicas hace extremadamente difícil una separación amplia sin costes considerables para las dos partes.

La tercera lección es probablemente la más relevante para Europa: el diálogo sigue siendo posible incluso cuando las diferencias son profundas.

Washington y Beijing han revalidado en sus conversaciones principios como el respeto, la equidad y la reciprocidad para gestionar su relación. Son principios que no deberían ser patrimonio de ninguna potencia. También pueden orientar la relación entre la Unión Europea y China.

Las diferencias entre Estados Unidos y China son, además, en muchos aspectos mayores que las existentes entre China y la Unión Europea. Abarcan la seguridad estratégica, Taiwán, tecnología, comercio, inversiones y la propia concepción del orden internacional. Si pese a todo Washington y Beijing pueden establecer mecanismos para contener sus discrepancias y preservar espacios de cooperación, Bruselas y Beijing también deberían poder hacerlo.

Las recientes conversaciones entre los ministros de Exteriores de China y Alemania apuntan en esa dirección. Berlín ha defendido el mantenimiento del diálogo y la cooperación, mientras Beijing ha insistido en que China y la Unión Europea no deberían entrar en una guerra comercial y que sus diferencias económicas y comerciales deben resolverse mediante consultas. Existen posiciones divergentes y asuntos pendientes, pero permanece abierto un espacio para la negociación. Europa debería perseverar en él.

Durante años, la Unión Europea observó con reservas la estrategia comercial de Washington hacia China. No tendría demasiado sentido que ahora terminara reproduciendo una pauta que anteriormente contemplaba con reticencia. La posición europea puede y debe ser diferente, más autónoma, más exigente y más defensiva cuando sea necesario, pero también consciente de que defender los intereses europeos no equivale necesariamente a reducir la relación con China.

Reducir riesgos, en lo que se insiste a menudo, significa disminuir determinadas vulnerabilidades preservando al mismo tiempo una relación económica sustancial. El desacoplamiento implica una separación progresiva de cadenas de suministro, inversiones, tecnologías y mercados. En la práctica, la frontera puede resultar menos nítida de lo que parece.

El problema es especialmente visible en ámbitos como los semiconductores, la inteligencia artificial o las tecnologías verdes, donde las dimensiones económica, tecnológica y de seguridad nacional se entrelazan cada vez más. Si todo termina siendo definido como estratégico, existe el riesgo de que la categoría de seguridad absorba una parte creciente de la relación económica.

Europa necesita, por tanto, criterios claros y transparentes. Cada control de exportaciones, restricción de inversiones, requisito de seguridad o medida de defensa comercial puede tener una justificación particular. Pero su acumulación puede producir, casi sin que nadie lo haya decidido expresamente, una relación económica mucho más fragmentada. Y los costes no serían menores.

Europa necesita a China para determinadas tecnologías, materias primas y cadenas industriales. China necesita a Europa como mercado, fuente de inversión, tecnología y conocimiento especializado. Esa interdependencia no tiene por qué contemplarse exclusivamente como una vulnerabilidad. Puede constituir también un incentivo para negociar.

De ahí que la cuestión no sea escoger entre cooperación y competencia. La cuestión es aprender a gestionar simultáneamente ambas. Hay espacios particularmente propicios para ello. La transición verde es probablemente uno de los más evidentes: descarbonización, energías renovables, eficiencia energética, almacenamiento o economía circular. También existen posibilidades en investigación científica, servicios, transporte, aviación, economía azul y economía digital. Y, especialmente, en normas y estándares internacionales, donde la cooperación puede contribuir a evitar una fragmentación tecnológica de consecuencias globales.

La relación económica entre China y la Unión Europea no está necesariamente en retroceso. Está cambiando de naturaleza. La interdependencia permanece, pero acompañada de una creciente preocupación europea por determinadas dependencias y por las condiciones de competencia. El desafío consiste en reducir vulnerabilidades sin convertir esa reducción de riesgos en una dinámica automática de desacoplamiento.

La experiencia estadounidense debería servir como advertencia, pero también como oportunidad. Trump abrió con contundencia la confrontación comercial con China y hoy Washington busca espacios de entendimiento con Beijing. Europa, que tradicionalmente contempló con mayor reticencia esa lógica de confrontación, no debería ahora seguir mecánicamente esa estela.

La Unión Europea puede extraer como conclusión propia que la firmeza y el diálogo no son necesariamente incompatibles. Europa puede defender sus intereses, exigir reciprocidad y proteger sus capacidades industriales sin renunciar a una relación estable y cooperativa con China.

En última instancia, tampoco responde al interés chino que su éxito económico y tecnológico se produzca a costa del debilitamiento europeo. Una Europa próspera, competitiva y tecnológicamente avanzada puede ser un socio más sólido para China que una Europa debilitada y encerrada en una dinámica de confrontación.

La cumbre entre Estados Unidos y China ofrece, así, una evidencia significativa. Mientras Washington y Beijing intentan administrar sus diferencias mediante el diálogo, Europa corre el riesgo de endurecer su propia relación con China precisamente cuando debería aprovechar la existencia de un nuevo espacio de entendimiento internacional.

Quizá sea el momento de hacer lo contrario, de reforzar desde Europa las conclusiones que emergen del diálogo entre Washington y Beijing y construir una relación con China basada en el respeto, la equidad y la reciprocidad." 

(Xulio Ríos  , Observatorio Política China, 10/10/26)

29.9.26

La verdadera razón por la que Trump invitó al presidente chino Xi a Washington... simbolizó dos puntos clave: primero, que Estados Unidos ha perdido claramente la guerra comercial que libró contra China; y segundo, que las corporaciones estadounidenses están intentando desesperadamente acceder al enorme mercado chino... La guerra comercial resultó contraproducente, perjudicando la economía estadounidense y demostrando de forma concluyente que Estados Unidos depende mucho más de China que viceversa... La fallida guerra comercial nuclear de Trump tuvo un efecto contraproducente y puso de manifiesto la gran dependencia que la economía estadounidense sigue teniendo de China... Trump invitó a algunos de los oligarcas multimillonarios más poderosos del mundo a sentarse literalmente a la mesa con él y Xi... Son los oligarcas en cuyo nombre se elaboran las políticas del gobierno estadounidense. Estas corporaciones estadounidenses simplemente no podrían operar sin China... La tregua político-económica a corto plazo que la administración Trump negoció con China era una cuestión de necesidad para estas corporaciones... Esto explica el alto el fuego temporal entre Estados Unidos y China, y por qué Trump ha suavizado repentinamente su retórica antichina y ha posado sonriente ante las cámaras junto al presidente Xi Jinping (Ben Norton)

"El presidente chino, Xi Jinping, fue invitado a Washington el pasado mes de septiembre, donde asistió a una cumbre de tres días con Donald Trump.

Esta reunión tuvo una amplia cobertura mediática, pero arrojó muy pocos resultados concretos .

La cumbre, que transcurrió sin incidentes, simbolizó dos puntos clave: primero, que Estados Unidos ha perdido claramente la guerra comercial que libró contra China; y segundo, que las corporaciones estadounidenses están intentando desesperadamente acceder al enorme mercado chino.

La guerra comercial de Estados Unidos fracasó.

Trump inició la guerra comercial durante su primer mandato como presidente. Posteriormente, su sucesor demócrata, Joe Biden, la continuó en gran medida, imponiendo aranceles de hasta el 100% al sector tecnológico chino y prohibiendo la exportación de chips de inteligencia artificial al gigante asiático.

Cuando Trump inició su segundo mandato en 2025, intensificó drásticamente el conflicto hasta convertirlo en el equivalente a una guerra comercial nuclear. En abril de ese año, la guerra económica de la Casa Blanca contra China alcanzó su punto álgido, con aranceles generales exorbitantes del 145% .

China se defendió del ataque comercial de Trump, respondiendo con aranceles recíprocos del mismo nivel, al tiempo que restringía la exportación de elementos de tierras raras, sin los cuales muchas empresas estadounidenses simplemente no pueden funcionar (especialmente las de Silicon Valley y el complejo militar-industrial).

Esto conmocionó a Washington y a las grandes corporaciones en cuyos intereses actúa.

En última instancia, la administración Trump se vio obligada a dar marcha atrás. La guerra comercial resultó contraproducente, perjudicando la economía estadounidense y demostrando de forma concluyente que Estados Unidos depende mucho más de China que viceversa.

Actualmente, incluso los principales medios de comunicación estadounidenses reconocen que Trump perdió la guerra comercial .

Trump invita a los principales directores ejecutivos de grandes empresas a acompañarlo en su viaje a China.

Este contexto es crucial para comprender el viaje de Trump a China en mayo pasado.

En esta reunión, ambas partes anunciaron un estancamiento político. Si bien las tensiones siguen siendo altas, describieron su relación como de «estabilidad estratégica» temporal, un término utilizado en los estudios de relaciones internacionales que significa que ninguna de las partes tiene incentivos para intensificar aún más el conflicto, ya que podría resultar contraproducente y socavar su propia seguridad, con consecuencias más negativas que positivas.

Lo más destacable del viaje del presidente estadounidense a Pekín fue que invitó a los directores ejecutivos de las principales corporaciones estadounidenses a acompañarlo.

Estuvieron presentes junto a Trump en sus reuniones con el presidente Xi y otros altos funcionarios chinos.

De hecho, cuando Trump voló a China, le acompañaron en el Air Force One Elon Musk, el oligarca más rico del planeta; y Jensen Huang, el director ejecutivo de Nvidia, que ahora es la corporación más valiosa del mundo por capitalización de mercado , gracias al auge de la IA.

Esto simbolizaba cómo las políticas del gobierno estadounidense son elaboradas por y para estas poderosas corporaciones.

Ahora que la guerra comercial de Estados Unidos contra China ha fracasado, al menos a corto plazo, estas corporaciones están intentando abrirse paso a duras penas en el enorme mercado chino.

En la cena en la Casa Blanca con el presidente Xi, Trump vuelve a invitar a los principales directores ejecutivos de grandes empresas.

La cumbre que Trump sostuvo con el presidente Xi en Washington el pasado mes de septiembre arrojó muy pocos resultados concretos.

Sin embargo, lo más destacado del viaje de tres días fue una cena celebrada en la Casa Blanca el 24 de septiembre, a la que asistieron ejecutivos de lo más selecto de las corporaciones estadounidenses.

Trump invitó a algunos de los oligarcas multimillonarios más poderosos del mundo a sentarse literalmente a la mesa con él y Xi, entre ellos Elon Musk, Jensen Huang y Tim Cook (el presidente ejecutivo de Apple, que es la segunda corporación más valiosa del mundo por capitalización de mercado).

Entre los demás altos ejecutivos de empresas que fueron invitados a la fastuosa gala se encontraban Mark Zuckerberg (CEO de Meta), Jeff Bezos (presidente ejecutivo de Amazon), Sundar Pichai (CEO de Google/Alphabet), Satya Nadella (CEO de Microsoft) y Sam Altman (CEO de OpenAI).

A ellos se unieron los directores ejecutivos de importantes corporaciones del complejo militar-industrial, la industria automotriz, las grandes petroleras, las grandes farmacéuticas, los medios de comunicación y el sector de artículos de lujo.

Al final de este artículo se encuentra la lista completa de ejecutivos de empresas que la administración Trump invitó a la cena en la Casa Blanca con el presidente Xi.

En conjunto, estos ejecutivos poseían una fortuna de 2,4 billones de dólares . Son los oligarcas en cuyo nombre se elaboran las políticas del gobierno estadounidense.

La verdadera razón de la pausa en la guerra comercial: las principales corporaciones estadounidenses no podrían funcionar sin China.

China tiene el mercado de consumo más grande del mundo , con una población de 1.400 millones de personas, de las cuales más de 900 millones pertenecen a la clase media mundial.

Las corporaciones estadounidenses como Microsoft han dominado durante mucho tiempo el mercado chino, pero en los últimos años han ido perdiendo cuota de mercado gradualmente , por dos razones principales: primero, China ha desarrollado sus propias empresas tecnológicas nacionales; y segundo, la guerra comercial y tecnológica de Estados Unidos llevó a Pekín a tomar represalias restringiendo su acceso .

Además, muchas empresas estadounidenses siguen dependiendo en gran medida de China y de su extensa cadena de suministro.

Tesla fabrica la mayoría de sus vehículos eléctricos en China (el 54% a finales del primer semestre de 2026), en su enorme «gigafábrica» ​​de Shanghái.

Estas corporaciones estadounidenses simplemente no podrían operar sin China.

La fallida guerra comercial nuclear de Trump tuvo un efecto contraproducente y puso de manifiesto la gran dependencia que la economía estadounidense sigue teniendo de China.

La tregua político-económica a corto plazo que la administración Trump negoció con China era una cuestión de necesidad para estas corporaciones.

Esto no significa que la guerra comercial haya terminado a largo ni siquiera a mediano plazo. Washington busca desvincular gradualmente la economía estadounidense de China, y el Departamento de Estado impulsa la creación de una nueva cadena de suministro global que excluya al gigante asiático.

Sin embargo, este proceso llevará años, si no décadas. Esto explica el alto el fuego temporal entre Estados Unidos y China, y por qué Trump ha suavizado repentinamente su retórica antichina y ha posado sonriente ante las cámaras junto al presidente Xi Jinping.

Lista de ejecutivos de empresas estadounidenses invitados por la Casa Blanca a asistir a la cena Trump-Xi el 24 de septiembre.

Grandes empresas tecnológicas

Elon Musk, CEO de Tesla y SpaceX

Jensen Huang, CEO de NVIDIA

Mark Zuckerberg, CEO de Meta

Jeff Bezos, presidente de Amazon

Tim Cook, presidente ejecutivo de Apple

Sundar Pichai, director ejecutivo de Google/Alphabet

Satya Nadella, CEO de Microsoft

Sam Altman, CEO de OpenAI

mundo financiero

Jamie Dimon, CEO de JPMorgan Chase

Larry Fink, director ejecutivo de Blackrock

Stephen Schwarzman, director ejecutivo de Blackstone

David Solomon, director ejecutivo de Goldman Sachs

Jane Fraser, directora ejecutiva de Citigroup

Lynn Martin, presidenta de la Bolsa de Nueva York

Ryan McInerney, CEO de Visa

Michael Miebach, CEO de Mastercard

complejo militar-industrial

Kelly Ortberg, CEO de Boeing

James Taiclet, director ejecutivo de Lockheed Martin

Larry Culp, director ejecutivo de GE Aerospace

Otras empresas tecnológicas

Michael Dell, CEO de Dell Technologies

Eric Yuan, CEO de Zoom

La directora ejecutiva de AMD, Lisa Su

Sanjay Mehrotra, CEO de Micron

Cristiano Amon, CEO de Qualcomm

Medios de comunicación, cine y televisión

David Ellison, director ejecutivo de Paramount Skydance

Artículos de lujo

Bernard Arnault, director ejecutivo de LVMH

Grandes farmacéuticas

Albert Bourla, director ejecutivo de Pfizer

Grandes petroleras

Darren Woods, director ejecutivo de ExxonMobil

coches

La directora ejecutiva de General Motors, Mary Barra

Principal donante de Trump

Miriam Adelson, viuda de Sheldon Adelson, difunto director ejecutivo de Las Vegas Sands." 

( , Geopolitical Economy, 28/09/26, traducción Gaceta Crítica) 

El acuerdo entre Volkswagen y Gotion evidencia los límites infranqueables de la reducción de riesgos con China... Gotion planea invertir 1.100 millones de euros (1.250 millones de dólares) para adquirir una participación del 49% en la planta de baterías de Volkswagen en Valencia, España... Este acuerdo pone de manifiesto la difícil situación en la que se encuentra la industria europea de baterías... Los términos de propiedad demuestran la meticulosidad con la que se está calibrando la relación. PowerCo conservará el 51% de la planta de Valencia, lo que otorga a Volkswagen el control mayoritario de lo que se prevé que sea el principal centro de producción europeo de baterías de fosfato de hierro y litio... La gestión seguirá siendo compartida... La pregunta más difícil es qué acerca realmente esta estructura a Europa... La nueva alianza localiza varios eslabones de esa cadena. Valencia fabricará celdas LFP dentro de la Unión Europea... Una fábrica europea de celdas puede acortar las rutas de suministro, pero seguir dependiendo de tecnología perfeccionada en otros lugares. La cuestión más trascendental será si los proveedores, técnicos e ingenieros locales se establecen allí para cubrir las carencias existentes... En este contexto, el acuerdo entre Volkswagen y Gotion podría tener una relevancia que trasciende las cifras de inversión inicial. La producción compartida permitiría a los ingenieros y directivos europeos mantener un contacto más estrecho con la fabricación de baterías LFP... La participación mayoritaria en Valencia otorga a PowerCo una influencia operativa directa. La verdadera prueba llegará una vez cerrados los acuerdos y avanzada la construcción: determinar qué parte de la capacidad industrial asociada a las plantas logra arraigarse a nivel local... La exposición de Europa a China se definirá cada vez más en ese ámbito —en las plantas de producción y en las redes de proveedores—, y no tanto por el nombre o la nacionalidad que figuren en la entrada de las instalaciones (Goktug Calıskan)

"Volkswagen lleva años intentando consolidar una división europea de baterías lo suficientemente sólida como para respaldar sus ambiciones en el sector de los coches eléctricos. Su último acuerdo implica una mayor integración de un socio chino en este esfuerzo.

El 28 de septiembre, la alemana Volkswagen y la china Gotion High-Tech acordaron reforzar su colaboración, iniciada en 2020. Gotion planea invertir aproximadamente 1.100 millones de euros (1.250 millones de dólares) para adquirir una participación del 49% en la planta de baterías de Volkswagen en Valencia, España.

Por su parte, se espera que PowerCo, filial de Volkswagen, aporte unos 470 millones de euros para obtener participaciones del 49% en proyectos liderados por Gotion en Eslovaquia y Marruecos. Las tres transacciones están sujetas a la aprobación regulatoria y a las condiciones de cierre habituales.

Este acuerdo pone de manifiesto la difícil situación en la que se encuentra la industria europea de baterías. Bruselas lleva años intentando reducir su exposición estratégica a China, especialmente en tecnologías limpias.

Mientras tanto, los fabricantes de automóviles necesitan baterías asequibles, con una producción a gran escala probada y disponibles con la suficiente rapidez para mantener la competitividad de sus modelos eléctricos. En la práctica, la reducción de riesgos empieza a parecerse a una búsqueda de interdependencia en términos más manejables.

Volkswagen ya conoce bien a Gotion. En 2020, se convirtió en el primer fabricante de automóviles global en adquirir una participación directa en un fabricante chino de baterías, y sigue siendo un accionista importante. Desde entonces, la relación ha evolucionado, pasando de acuerdos de capital y suministro a tecnología y producción industrial.

Los términos de propiedad demuestran la meticulosidad con la que se está calibrando la relación. PowerCo conservará el 51% de la planta de Valencia, lo que otorga a Volkswagen el control mayoritario de lo que se prevé que sea el principal centro de producción europeo de baterías de fosfato de hierro y litio (LFP). En Surany (Eslovaquia) y Kenitra (Marruecos), Gotion tendrá el 51% y PowerCo el 49%. La gestión seguirá siendo compartida.

Volkswagen también venderá una participación del 5,3 % en Gotion a un comprador no revelado. Su derecho a voto no cambiará, ya que parte de su participación actual no otorga derechos de voto, y mantendrá su representación en el consejo de administración y su estatus de inversor estratégico.

La pregunta más difícil es qué acerca realmente esta estructura a Europa. Las baterías LFP son cada vez más importantes para los vehículos eléctricos de consumo masivo y el almacenamiento estacionario. Son relativamente asequibles, duraderas y adecuadas para automóviles donde el coste importa más que la autonomía máxima. Volkswagen prevé que la cuota de mercado de las baterías LFP en Europa aumente considerablemente para 2030.

Sin embargo, la capacidad de fabricación es solo una parte de la ecuación. La competitividad de las baterías también depende de los materiales catódicos, los equipos especializados, las redes de proveedores, la experiencia en ingeniería y años de perfeccionamiento en las líneas de producción.

La nueva alianza localiza varios eslabones de esa cadena. Valencia fabricará celdas LFP dentro de la Unión Europea, y Surany añadirá una segunda planta de celdas en Eslovaquia. Kenitra fabricará material catódico en la costa sur del Mediterráneo. El acuerdo también abarca la adquisición y venta conjuntas en Europa.

Igualmente importante es lo que el acuerdo no incluye. Los minerales de la materia prima, los materiales precursores, parte de la maquinaria especializada y gran parte del conocimiento técnico de fabricación de la producción china de LFP seguirán proviniendo de un ecosistema más amplio que Europa no puede replicar con solo tres fábricas.

Marruecos ocupa un lugar destacado en el plan. Gotion ya está desarrollando una gigafábrica de baterías integrada e independiente en la región de Rabat-Salé-Kenitra, para la cual el Banco Africano de Desarrollo aprobó un préstamo de 100 millones de euros en julio. La primera fase está diseñada para una capacidad anual de 10 gigavatios-hora de celdas y paquetes LFP, con planes de expansión a largo plazo.

La nueva inversión del 49% de PowerCo cubre únicamente la empresa conjunta de materiales catódicos en Kenitra; la gigafábrica más amplia de Gotion es un proyecto independiente. Esta distinción es importante porque, en conjunto, las inversiones apuntan a algo más grande que un simple acuerdo con Volkswagen: un clúster de baterías que se está configurando en torno a Kenitra, con diferentes proyectos que abarcan distintas etapas de producción.

Marruecos ya cuenta con la base industrial necesaria para que esto sea viable. Stellantis está ampliando su planta de Kenitra para alcanzar una capacidad anual de más de 500.000 vehículos. Los proveedores de la industria automotriz, la logística de exportación y las redes de producción orientadas a Europa están bien establecidas, y el país se encuentra lo suficientemente cerca del sur de Europa como para que los componentes puedan cruzar el Mediterráneo sin las largas distancias de tránsito de las cadenas de suministro asiáticas.

Para Gotion, eso significa una base de producción cerca de los clientes europeos. Para Volkswagen, la producción de cátodos marroquíes en Marruecos puede ampliar la base de suministro regional para sus plantas de baterías europeas. Marruecos, a su vez, obtiene acceso a una etapa de la cadena de valor del vehículo eléctrico con mayor profundidad industrial que el simple ensamblaje convencional.

No obstante, los beneficios de la localización dependerán de lo que surja en torno a las fábricas una vez iniciada la producción.

Una planta de cátodos puede crear una nueva fuente de material sin generar automáticamente a su alrededor un ecosistema de química, ingeniería y equipamiento. Una fábrica europea de celdas puede acortar las rutas de suministro, pero seguir dependiendo de tecnología perfeccionada en otros lugares. La cuestión más trascendental será si los proveedores, técnicos e ingenieros locales se establecen allí para cubrir las carencias existentes.

En este contexto, el acuerdo entre Volkswagen y Gotion podría tener una relevancia que trasciende las cifras de inversión inicial. La producción compartida permitiría a los ingenieros y directivos europeos mantener un contacto más estrecho con la fabricación de baterías LFP.

La participación mayoritaria en Valencia otorga a PowerCo una influencia operativa directa. En Eslovaquia y Marruecos, las participaciones mayoritarias de Gotion ofrecen a la empresa china un fuerte incentivo para transferir los conocimientos técnicos necesarios para que las plantas operen con eficiencia.

El resultado será, inevitablemente, una localización desigual. Algunas etapas pueden avanzar con rapidez, mientras que otras dependen de una red de proveedores sólida y de conocimientos técnicos acumulados a lo largo de muchos años.

Es fácil pasar por alto esta distinción cuando la política comercial evoluciona más rápido que las fábricas. Los aranceles pueden alterar el precio de una batería importada en cuestión de meses; en cambio, formar ingenieros, establecer relaciones con proveedores, adquirir conocimientos sobre los procesos y lograr una producción fiable requiere mucho más tiempo.

Así, el nuevo mapa de baterías de Volkswagen se extiende por España, Eslovaquia y Marruecos, con estructuras de propiedad que varían según la planta y diferentes segmentos de la cadena de suministro repartidos entre ellas. La verdadera prueba llegará una vez cerrados los acuerdos y avanzada la construcción: determinar qué parte de la capacidad industrial asociada a las plantas logra arraigarse a nivel local.

La exposición de Europa a China se definirá cada vez más en ese ámbito —en las plantas de producción y en las redes de proveedores—, y no tanto por el nombre o la nacionalidad que figuren en la entrada de las instalaciones."

 (

24.9.26

China no es capitalista... a partir de 1978 China no volvió al capitalismo, sino que desarrolló una economía «híbrida» en la que la maquinaria estatal, bajo el control del Partido Comunista, seguía ejerciendo el control. El capitalismo se expandió, surgieron multimillonarios y se creó un mercado de valores. Sin embargo, la economía siguió estando dominada por el Estado y la inversión pública... esa fue la razón por la que China pasó de ser una economía agrícola relativamente pobre a convertirse en una potencia industrial y exportadora en tan solo 40 años. Esto habría sido imposible si China fuera simplemente otra economía capitalista más, con sus auges y sus crisis, como lo son la India o Brasil... Pero China no es socialista, ni siquiera se está encaminando hacia el socialismo, como a los dirigentes chinos les gusta afirmar. El socialismo, en términos marxistas, es una organización social humana sin mercados, sin capital privado, sin dinero y en la que la maquinaria estatal (cuerpos armados de hombres) ha sido sustituida por una administración civil de los asuntos a escala mundial. Entonces. ¿Qué es China? Es una economía de transición, en la que sigue operando la ley del valor (salarios, dinero, beneficios) y en la que existen considerables desigualdades de ingresos y riqueza. Pero en China, el desarrollo de las fuerzas productivas sigue estando en manos de un Estado (burocrático), no de una clase capitalista... lo que importa es el control de los medios de producción. En China, predomina el sector público. De las 100 principales empresas chinas, alrededor de dos tercios son de propiedad estatal o están controladas por el Estado. Las empresas capitalistas de propiedad nacional y extranjera constituyen una clara minoría. Ningún otro país del mundo presenta una composición de la propiedad semejante... China no es un modelo de éxito capitalista, sino un modelo en el que la propiedad pública y la planificación prevalecen sobre la rentabilidad capitalista (Michael Roberts)

"La XVI Conferencia Anual de Economía Política se celebró en Lisboa, Portugal, la semana pasada. Organizada por la Iniciativa Internacional para la Promoción de la Economía Política (IIPPE), el tema de la conferencia de este año fue «El capitalismo más allá del neoliberalismo: crisis, cambios y lo que vendrá después».

La IIPPE se fundó en 2006 con el objetivo de «desarrollar y promover la economía política en sí misma, pero también a través de un compromiso crítico y constructivo con la economía dominante, las alternativas heterodoxas, la interdisciplinariedad y el activismo, entendido en sentido amplio, desde la formulación de políticas progresistas hasta el apoyo a los movimientos progresistas…» «Aunque esperamos que la economía política marxista tenga una fuerte presencia y que los participantes la aborden con seriedad como tal, el IIPPE es un foro pluralista en el que todas las corrientes progresistas de la economía política son bienvenidas».

Hubo dos ponentes principales. Clara Mattei es de la Universidad de Tulsa, Oklahoma, y presidenta fundadora de FREE: Forum for Real Economic Emancipation, donde presenta un podcast semanal de FREE. Asimismo, puso en marcha el nuevo y ambicioso Centro de Economía Heterodoxa (CHE) en Tulsa.

En sus trabajos, Mattei sostiene que la «austeridad» no es un error técnico de política, sino una herramienta permanente y estructural utilizada para proteger el orden capitalista y reprimir el poder de la clase trabajadora. Tal y como detalla en su libro de 2022, The Capital Order: How Economists Invented Austerity and Paved the Way to Fascism, la austeridad moderna se diseñó en la Gran Bretaña e Italia de la posguerra para neutralizar el creciente radicalismo de la clase trabajadora.

Mattei sostiene que la austeridad es una intervención política impuesta desde arriba, diseñada para mantener a la mayoría en una situación de inseguridad económica y dependiente del mercado laboral privado para su supervivencia. La pobreza, la desigualdad, la inflación y el desempleo no son fallos accidentales del capitalismo; son mecanismos fundamentales utilizados como arma para impedir que los trabajadores adquieran poder de negociación. La economía dominante se presenta como una verdad neutral y científica, pero sus modelos, en realidad, sirven a los intereses de las élites al convencer al público de que «no hay alternativa» al capitalismo.

En su nuevo libro Escape from Capitalism, Mattei mantiene su argumento de que las reformas socialdemócratas solo pueden estabilizar el sistema, en lugar de transformarlo. En cambio, el capitalismo debe, en última instancia, ser sustituido y no reparado. El propósito de la producción capitalista no es la creación de valores de uso que favorezcan el desarrollo humano, sino la acumulación infinita de valor de cambio por parte de una clase mediante su control sobre el trabajo de otra. La indignación generada por décadas de presión a la baja sobre el nivel de vida y el recorte de los estados del bienestar mediante medidas de austeridad cada vez más severas —que han sido necesarias para el capital— ha creado un terreno fértil para la política de extrema derecha.

De ello se deriva la pregunta: ¿cuál es la alternativa a la organización económica de la sociedad, si no son los mercados y la acumulación de capital con fines de lucro? Mattei plantea esta cuestión, pero no la desarrolla. Tal y como señalan Stephen Maher y Scott Aquanno en una reseña del último libro de Mattei: si hay que «escapar» del capitalismo, eso solo será posible sustituyendo los mercados por la planificación a nivel nacional e internacional. Las cooperativas de trabajadores y las instituciones financieras gestionadas por la comunidad no serán suficientes. «Escapar» requiere sustituir la competencia entre empresas privadas por una coordinación a nivel macro de empresas de titularidad pública.

Antes de analizar la segunda ponencia principal, a cargo de Alfredo Saad-Filho, permítanme referirme a algunas de las demás sesiones de la conferencia del IIPPE. Como es habitual, fueron demasiadas para abarcarlas en una breve entrada (incluso si se divide en dos partes). Además, no asistí físicamente a la conferencia; participé y asistí únicamente a las sesiones híbridas en línea. No obstante, recopilé algunas ponencias y presentaciones de varias sesiones para comentarlas.

El Grupo de Trabajo sobre China de la IIPPE organizó un sinfín de sesiones en línea y comenzó con una mesa redonda especial sobre la naturaleza de la economía y el Estado chinos, con el provocativo título: China no es capitalista. Esto atrajo a un buen número de asistentes, tanto en Lisboa como en línea. Hubo cuatro ponentes. 

Comencé mi presentación con una pregunta: ¿Es China capitalista o socialista? En mi opinión, no es ninguna de las dos cosas. El primer argumento es histórico. China vivió una revolución en 1949 que expulsó a las fuerzas militares de los capitalistas y terratenientes y comenzó a nacionalizar la tierra, la industria y las finanzas mediante un plan centralizado, al estilo soviético. En mi opinión, China, por lo tanto, claramente no fue capitalista a partir de 1949. Las reformas de Deng de 1978 ampliaron el sector privado y los mercados, fomentaron la inversión extranjera e iniciaron la industrialización urbana. La planificación centralizada de tipo soviético dio paso a una planificación «indicativa» basada en orientaciones y directrices. Sin embargo, se mantuvieron los planes quinquenales, los sectores estatales dominaban las industrias clave, las finanzas y el capital, y se conservaron los controles sobre los flujos de capital transfronterizos.

Por lo tanto, en mi opinión, a partir de 1978 China no volvió al capitalismo, sino que desarrolló una economía «híbrida» en la que la maquinaria estatal, bajo el control del Partido Comunista, seguía ejerciendo el control. El capitalismo se expandió, surgieron multimillonarios y se creó un mercado de valores. Sin embargo, la economía siguió estando dominada por el Estado y la inversión pública. De hecho, esa fue la razón por la que China pasó de ser una economía agrícola relativamente pobre a convertirse en una potencia industrial y exportadora en tan solo 40 años, sacando de la pobreza a más de 800 millones de chinos, según la definición del Banco Mundial. Esto habría sido imposible si China fuera simplemente otra economía capitalista más, con sus auges y sus crisis, como lo son la India o Brasil.

Pero China no es socialista, ni siquiera se está encaminando hacia el socialismo, como a los dirigentes chinos les gusta afirmar. El socialismo, en términos marxistas, es una organización social humana sin mercados, sin capital privado, sin dinero y en la que la maquinaria estatal (cuerpos armados de hombres) ha sido sustituida por una administración civil de los asuntos a escala mundial. Entonces, ¿qué es China? Es una economía de transición, en la que sigue operando la ley del valor (salarios, dinero, beneficios) y en la que existen considerables desigualdades de ingresos y riqueza. Además, China está rodeada de Estados imperialistas empeñados en su destrucción y en el establecimiento del capitalismo. No existe un mundo socialista. Pero en China, el desarrollo de las fuerzas productivas sigue estando en manos de un Estado (burocrático), no de una clase capitalista. (...)

 Mis compañeros ponentes también coincidieron en que China no es capitalista, aunque quizá se mostraron más inclinados a aceptar que China se estaba «avanzando hacia el socialismo». Torkil Lauesen argumentó que, si bien China no es capitalista, tampoco es socialista, al menos no todavía. De hecho, no existe ningún país socialista ni lo ha habido nunca. En cambio, las luchas anticoloniales del siglo XX dieron lugar a un grupo especial de Estados que habían abolido el capitalismo, pero que permanecían en fase de transición. Estos Estados intentan sobrevivir frente a las potencias imperialistas, al tiempo que tratan de desarrollar las fuerzas productivas basadas en la propiedad pública y la planificación. Estos Estados en transición han demostrado ser superiores al capitalismo occidental en cuanto a crecimiento económico y satisfacción de las necesidades sociales. Y China se ha convertido ahora en líder tecnológico en una amplia gama de sectores. Aunque a mí me preocuparía que el estado de transición de China pudiera volver al capitalismo, Lausen se mostró más optimista y considera que China podría avanzar hacia un modo de producción socialista en las próximas décadas.

Mick Dunford es catedrático de la Escuela de Estudios Globales de la Universidad de Sussex y autor de *Revisiting Uneven Development* (Revisando el desarrollo desigual), obra sobre la que le entrevisté recientemente. Sostuvo que debemos ver el mundo a través de una perspectiva no occidental. China ha evitado la transición al capitalismo y, en su lugar, sigue una política orientada y diseñada para satisfacer las necesidades humanas, en la que el reconocimiento social se deriva de «lo que uno aporta a la labor compartida de la vida cultural y material», en lugar de «la transformación interminable del trabajo humano en valor abstracto, representado por el dinero». Dunford considera que China se encamina hacia el socialismo. La transición al socialismo en China ha discurrido en tres fases. En primer lugar, una fase turbulenta de construcción socialista en un contexto de escasez de capital y embargos estadounidenses (1949-1978); en segundo lugar, una fase de reforma y apertura en una era de globalización neoliberal, cuyos primeros orígenes se remontan al acercamiento con EE. UU. a principios de la década de 1970 (1978-2017); y, actualmente, una «Nueva Era» que data de 2017, centrada en la innovación, el desarrollo verde, la prosperidad común y un orden mundial equitativo.

Dic Lo es economista político en el Lingnan College de la Universidad Sun Yat-sen y en la SOAS. Comenzó afirmando que el socialismo tiene como ideal la emancipación del trabajo de la alienación. Un socialismo «viable» implica que la realización de ese ideal debe basarse en la creación de las condiciones materiales necesarias. La crueldad de la historia radica en que las revoluciones que aspiraban al socialismo solo han tenido éxito en sociedades económicamente atrasadas, pero han fracasado en las sociedades avanzadas. Por lo tanto, la acumulación socialista primitiva ha sido la tarea primordial de estas sociedades revolucionarias. Los países del antiguo bloque soviético lograron grandes avances, pero, al final, fracasaron en este sentido. Sin embargo, Lo considera que la «economía socialista de mercado» de China parece estar acercándose al éxito. La cuestión ahora es si China se convertirá en una economía capitalista avanzada más o si trascenderá ese modelo en dirección al socialismo. « Mucho depende de la interacción entre el Estado, el capital y el trabajo en la economía política china, en el contexto de la incertidumbre del capitalismo a escala mundial». Efectivamente.

Así pues, todos los ponentes coincidieron en que China no era capitalista en términos marxistas. Sin embargo, discreparon sobre si China era socialista o se encontraba en camino hacia el socialismo. Por el contrario, los participantes del público se mostraron en su mayoría (no todos) en contra de la opinión de la plataforma de que China no es capitalista. Un ponente de Brasil argumentó que la inversión china en Brasil no era más que otro ejemplo de explotación imperialista como la que se da en Occidente, es decir, la extracción de recursos utilizando mano de obra china o imponiendo condiciones de explotación. Otro ponente afirmó que China era claramente capitalista, ya que la mayoría de los trabajadores chinos estaban empleados en empresas capitalistas y, por lo tanto, el Estado no era dominante. Otro planteó la cuestión de si China era realmente una forma especial de capitalismo, el capitalismo de Estado, en el que el Estado controla la plusvalía en beneficio de una élite minúscula.

En mi opinión, la inversión de China en el Sur Global tiene como objetivo obtener materias primas vitales para su desarrollo industrial, quizá a expensas de la mano de obra de esos países, pero a diferencia de las instituciones lideradas por Occidente, como el Banco Mundial o el FMI, que a menudo imponen una gobernanza estricta, austeridad fiscal y largas condiciones burocráticas a los préstamos, China ofrece financiación rápida para infraestructuras críticas —como ferrocarriles, puertos y centrales eléctricas— que, de otro modo, los países en desarrollo tendrían dificultades para financiar. Añadiría que la transferencia de plusvalía de las economías del Sur Global a China a través del comercio y la inversión es minúscula en comparación con la extracción de plusvalía de China y del Sur Global hacia Occidente (véase mi artículo y también el trabajo de Andrea Ricci, quien también presentó una ponencia en Lisboa.

Sí, la mayoría de los trabajadores chinos están empleados en el sector capitalista, pero eso no determina si una economía es capitalista o no. ¿Diríamos que, dado que la mayoría de los trabajadores estadounidenses están empleados en pequeñas y medianas empresas (73 %), la economía de EE. UU. está dominada por pequeños capitalistas? No, lo que importa es el control de los medios de producción. En China, predomina el sector público. De las 100 principales empresas chinas, alrededor de dos tercios son de propiedad estatal o están controladas por el Estado. Las empresas capitalistas de propiedad nacional y extranjera constituyen una clara minoría. Ningún otro país del mundo presenta una composición de la propiedad semejante.

En cuanto a si China es una economía capitalista de Estado, les remito a mi artículo citado anteriormente en esta entrada. Las fuerzas productivas de la economía china se han expandido a un ritmo sin precedentes desde la revolución de 1949 (por ejemplo, en comparación con la India), y sin experimentar ninguna recesión ni caída en ninguno de los años en que el capitalismo mundial sí las sufrió (véase el gráfico de la evolución del PIB real más abajo). Si eso es un ejemplo de expansión capitalista o de capitalismo de Estado, entonces tal vez deberíamos reconocer que el capitalismo aún puede cumplir su cometido de hacer avanzar a la humanidad. En cambio, yo creo que no. China no es un modelo de éxito capitalista, sino un modelo en el que la propiedad pública y la planificación prevalecen sobre la rentabilidad capitalista.

En la segunda parte de mi reseña sobre el IIPPE 2026, analizaré algunas sesiones y ponencias sobre la inteligencia artificial, la tasa de ganancia, la deuda en dólares y el papel del dinero en el capitalismo."

 (Michael Roberts, blog, 16/09/26, traducción Salvador L. Arnal, gráficos en el original)  

23.9.26

Yanis Varoufakis: La UE está acabada y China ahora puede desconectar a la economía estadounidense... La hegemonía de EEUU morirá cuando Pekín decida convertir el BRICS+ en un sistema de Bretton Woods (un sistema de tipos de cambio fijos o casi fijos donde la potencia hegemónica superavitaria, ahora sería China, recicla sus superávits hacia los otros países dentro de este nuevo BRICS+ y mantiene los tipos de cambio fijos usando el poder de sus propios superávits... Cuando China decida hacer eso —jugar dentro de los BRICS+ el papel que EE. UU. jugó en Bretton Woods después de 1944—, entonces Estados Unidos estará en serios problemas y lo saben. Esta es una de las razones fundamentales por las que están aumentando las tensiones con los chinos... Están creando la infraestructura para ello: con la alternativa a SWIFT basada en blockchain, con la moneda digital del Banco Central chino… Están creando la infraestructura junto con la robótica mejorada por IA que aumentará la productividad agrícola en Indonesia, Malasia y otros grandes países del BRICS+. Lo están construyendo y no están preparados para agitar el avispero todavía; quieren asegurarse de que la infraestructura esté lista antes de ir en esa dirección... Trump 2.0 el año pasado amenazó con aranceles del 150 % a los chinos e intentó imponer algunos. Ellos respondieron suavemente diciendo: «En ese caso, olvidaos del acceso a metales críticos», y él dio marcha atrás. Así que están esperando el próximo movimiento del presidente estadounidense

 "La hegemonía de EEUU morirá cuando Pekín decida convertir el BRICS+ en un sistema de Bretton Woods… pero los chinos no tienen prisa. Están creando la infraestructura para ello.

Entrevista a Yanis Varoufakis realizada por el profesor noruego Glenn Diesen

Glenn Diesen: Bienvenidos de nuevo a todos. Hoy nos acompaña Yanis Varoufakis, profesor de economía, exministro de Finanzas de Grecia y fundador de DiEM25, el Movimiento Democracia en Europa. Así que gracias por volver al programa.

Yanis Varoufakis Muchas gracias por invitarme, Glenn.

Glenn Diesen:

Bueno, el discurso sobre la Unión Europea se ha vuelto muy polarizado, especialmente en los últimos años. Es decir, o todo es muy bueno o todo es muy malo. Y alrededor de estas posiciones tenemos narrativas contrapuestas sobre esta postura binaria. Ahora bien, se puede argumentar que la cooperación europea es necesaria e ideal, aunque solo sea por el poder de negociación colectivo y la ayuda para gestionar las relaciones. Pero, yo sería un poco escéptico respecto al desarrollo tan autoritario, el belicismo y la creciente pérdida de utilidad geoeconómica de la UE. Aún así, el bloque parece estar cambiando mucho, al igual que el apoyo que recibe. Me preguntaba, ¿cómo evalúas a la UE hoy y la dirección hacia la que se dirige?

Yanis Varoufakis

Me temo mucho que se está volviendo cada vez más fársica. Escuchaste a Von der Leyen, la presidenta de la Comisión Europea, ayer mismo. En un ambiente festivo, mientras ejercía de anfitriona con Carney, el primer ministro canadiense, se tomó la libertad de comprometer a la Unión Europea a concederle a Canadá una «membresía asociada»; lo cual, ya sabes, podría haber sido una idea interesante si existiera como concepto. Se lo inventó al momento. Es decir, esta gente se inventa las cosas sobre la marcha. Me parece que están en un estado de confusión muy grave.

Pero permíteme empezar desde el principio, con algo que dijiste en tu introducción. Cuando empecé a debatir sobre la Unión Europea dentro de Europa, aquí en Grecia y en Estados Unidos, lamenté el hecho de que el debate estuviera polarizado. Usaste esa palabra: la polarización o los efectos polarizadores del debate sobre Europa. Y esa polarización se daba entre los euroescépticos —personas con buenos argumentos en contra de una entidad de gobierno paneuropea; estos son los burkeanos, los euroescépticos británicos y otros euroescépticos que creen firmemente que, para que un gobierno sea democrático, se necesita una correspondencia biunívoca entre una cultura, una lengua, un parlamento y un estado. Y que eso no podía ocurrir a nivel europeo porque no existía un demos europeo.

Y si no tienes un demos europeo, ¿cómo vas a tener una democracia europea? Así que si terminas con una burocracia, esta va a ser autoritaria. Este es el argumento euroescéptico que sustenta a bastantes personas en Europa.

No era mi argumento, porque creo sinceramente que el demos es algo que creamos. Tú eres más historiador que yo: la historia del nacionalismo europeo de los siglos XVIII y XIX demuestra que una nación es un producto histórico, es algo que se forja. Los estadounidenses no eran una nación hasta que crearon los Estados Unidos; la mayoría ni siquiera hablaba inglés. Así que la idea de que «no existe un demos europeo y por lo tanto nunca podrá haber una federalización europea democrática» es un argumento respetable, pero no uno que yo haya adoptado.

Luego, por otro lado, tienes a lo que yo llamo los «euro-leales», ya sabes, los diversos think tanks como Bruegel y demás; gente muy lista, pero para quienes la Unión Europea no puede hacer nada mal. Incluso cuando está arruinando las cosas, tienen una visión panglossiana de que esta es la mejor de las Europas posibles y, por tanto, tenemos que apoyarla. Así que tenías a los euroescépticos y a los euro-leales. Yo nunca me alineé con ninguno de los dos. Yo era un eurocrítico, pero en el sentido de la palabra griega antigua «crítico»: alguien que hace las preguntas difíciles. Yo quería que la Unión Europea se convirtiera en una federación democrática.

Me crié fuera de la UE, fuera del Mercado Común. Crecí bajo una dictadura fascista —que, por cierto, estaba en la OTAN pero no en el Mercado Común Europeo—. Mis padres, mi círculo social, todos anhelábamos formar parte de la familia democrática europea. Sabía —especialmente cuando empecé a leer historia— que el Mercado Común Europeo, la Unión Europea como se llama hoy, fue creado como un cártel de grandes empresas.

No se creó de ninguna manera que se parezca a un estado democrático ni a ningún tipo de estado. No fue el resultado de un proceso socioeconómico y político que generara tensiones entre diferentes clases sociales cuyo resultado fuera la creación de algún tipo de estado para paliar y regular esas tensiones. Así no es como empezó la Unión Europea.

Empezó de la misma manera que la OPEP: la Organización de Países Exportadores de Petróleo, como un cártel. Y tenía nombre de cártel: se llamaba Comunidad Europea del Carbón y del Acero. Era un cártel del carbón y del acero, y luego incorporaron a la industria de bienes eléctricos, y más tarde cooptaron a los agricultores a través del Tratado de Roma —a los grandes agricultores del norte de Europa, no a los del sur—.

Pero yo aún tenía la esperanza de que, de crisis en crisis, la Unión Europea se desarrollara; que se transformara de un cártel en algo que pudiera convertirse con el tiempo en una federación democrática. Incluso cuando me convertí en ministro de Finanzas, la razón por la que fui elegido para representar al pueblo de Grecia en el parlamento y ser su ministro de Finanzas fue porque la Unión Europea le había exigido una enorme «libra de carne» al pueblo griego.

Fueron unos bárbaros por cómo nos trataron.

Sin embargo, aunque aquello me tocó muy de cerca y fui elegido para enfrentarme a los poderes fácticos en Bruselas, Frankfurt, mantuve la esperanza de que, a través de esta clase de lo que llamé «desobediencia gubernamental» (en contraposición a la desobediencia civil) —yo era un ministro de Finanzas desobedeciendo al Eurogrupo—, a través de este choque pudiéramos convertir la Unión Europea.

Pudiéramos tener un Green New Deal para Europa. Trabajé muy duro incluso después de dimitir, tras ser aplastado por la Unión Europea. Seguí manteniendo ese europeísmo radical y progresista. Mencionaste DiEM25: lo creamos para competir en las elecciones al Parlamento Europeo en 2019 sobre la base de un programa —el Green New Deal para Europa— que transformaría esta Unión Europea oligárquica, neoliberal, propensa a la austeridad y dirigida por banqueros, en una Unión Europea de los pueblos.

Y, por supuesto, fuimos aplastados. Ursula von der Leyen fue elegida supuestamente para hacer efectivo y promulgar —recuerda el Green Deal— el billón de euros que iba a gastar en la transición ecológica. Nada de eso ocurrió. Se ignoró, se olvidó. Y ahora tenemos rearmamento, tenemos keynesianismo militar y una Unión Europea que es un peligro claro y presente para los europeos y para el resto del mundo.

Para acortar esta historia: ya no tengo esperanzas en esta Unión Europea. Creo que esta Unión Europea no perdió la oportunidad de perder cada oportunidad de transformarse, y ahora es tan tóxica… está resquebrajada. Mira lo que le está pasando al esqueleto principal de la Unión Europea: el eje franco-alemán. Alemania es ahora totalmente ingobernable; Alternative für Deutschland, que es profundamente antieuropea, racista y cuasifascista, va de fuerte en fuerte. En Francia tienes a Le Pen, que nunca ocultó su antieuropeísmo.

Así que, incluso si el centro radical restablece su control, será emulando a la extrema derecha neofascista y adoptando aún más austeridad, lo que crea más fuerzas deflacionarias. Cuando digo fuerzas deflacionarias, me refiero a la deflación de los salarios, no tanto de los precios. Y sabemos que esa es la receta para el auge del nazismo y el fascismo. Así que esta Unión Europea terminó siendo el peldaño sobre el que pisó el capitalismo fallido de Europa para avanzar hacia un nuevo tipo de fascismo.

Glenn Diesen:

Recuerdo que en los años 60 —yo no había nacido— el académico británico David Mitrany escribía que la UE tendría dos futuros diferentes. Dijo que podía ser bien funcionalista o bien federalista. Veía el funcionalismo esencialmente como buscar qué función podía tener la UE para mejorar la seguridad, la economía, la democracia, y que esa función dictara la forma de la UE. Mientras que el modelo alternativo, argumentaba, era el federalismo, donde ya decidíamos una forma (la centralización del poder) y esto empezaría a dictar la función. 

Su preocupación en aquel entonces —han pasado 60 años— era que la UE empezara a parecerse a la Unión Soviética con esa concentración de poder.. Pero la razón por la que lo saco a colación es que ya no veo claramente el modelo económico de la UE. ¿Ves que los problemas económicos van más allá de las estructuras de la UE?

Yanis Varoufakis

Tal como yo lo entiendo —y esto va a molestar seriamente a los europeístas—, Europa nunca tuvo un modelo económico propio diseñado por ella misma. A los europeístas les gusta imaginar la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, el Mercado Común y la Unión Europea como un diseño europeo, un modelo social europeo. Nunca lo fue. Siempre fue un diseño estadounidense impuesto e implementado por los Estados Unidos de América.

Nosotros creímos que era obra nuestra. No cabe duda que, tras la Segunda Guerra Mundial, la gran mayoría de los europeos querían una Europa unida que hiciera la guerra irrelevante y la paz inevitable. De eso no hay duda: había sed de una Unión Europea. Pero si miras el cártel de grandes empresas que se creó… ¿quién diseñó eso? Pasé bastantes años académicos investigando sobre ello.

Escribí un libro hace tiempo titulado El Minotauro Global. Después escribí otro titulado Y los débiles sufren lo que deben? . En el contexto de la investigación, leí extensamente en la Biblioteca del Congreso en Washington las transcripciones de las reuniones de los comités del Senado de 1946 a 1950. Y ahí estaba el diseño de la Unión Europea. No se ideó en Europa, se ideó en Washington.

Como muy bien sabes, cuando EE. UU. salía de la Segunda Guerra Mundial, los partidarios del New Deal eran personas que habían sufrido masivamente de jóvenes tras el desastre de 1929 y la Gran Depresión. Su gran temor era que la Gran Depresión regresara en 1949. Hablaban de 1949 porque eran 20 años después de 1929.

El miedo era que, una vez terminada la guerra, todos esos pedidos se secaran. Y además de la caída de la demanda agregada como resultado del fin de la guerra, se sumaría el regreso de los soldados, de la mano de obra masculina. Habría un aumento en la oferta laboral y una reducción en la demanda de trabajo, lo que provocaría un colapso: 1949 sería otra versión de 1929. Y estaban decididos a no permitir que esto sucediera.

Así que la primera tarea que tenían era cómo reconvertir las fábricas que hacían balas, ametralladoras, portaaviones y bombarderos para fabricar electrodomésticos, aviones comerciales, coches, etc. Ese era un problema técnico que superaron muy rápidamente a través de lo que John Kenneth Galbraith describió como la «tecno-estructura».

La segunda cuestión era: ¿de dónde va a salir la demanda para los productos de esas fábricas? Porque esas fábricas, una vez reconvertidas de uso militar a civil, podían producir muchos más coches, lavadoras, frigoríficos y unidades de aire acondicionado de los que necesitaban los estadounidenses.

La respuesta fue: tenemos que vender a los europeos. Pero el problema era que los europeos no tenían dinero. Estábamos en cenizas y nuestros sistemas monetarios destruidos. No había forma que Europa proporcionara la demanda agregada necesaria que le faltaba a la economía estadounidense. Así que decidieron «dolarizarnos», dándonos acceso al dólar estadounidense, y ese fue el sistema de Bretton Woods.

Pero para que eso funcionara, tenían que crear algo como la Unión Europea. Así que el cártel del carbón y del acero fue una idea estadounidense. Tenía una dimensión económica y una dimensión militar/geopolítica. La dimensión política y diplomática era cómo asegurarse de que franceses y alemanes no volvieran a luchar. Es decir, vincular a sus grandes empresas: crear un cártel del acero y del carbón en copropiedad de alemanes, franceses, italianos del norte, holandeses y belgas. Ese era el núcleo de la Comunidad Económica Europea. Y cooptar a los agricultores franceses para que no causaran problemas cuando las mercancías cruzaran las fronteras, dándoles una tajada de los beneficios monopolísticos del cártel.

Este fue un diseño estadounidense, y el Plan Marshall tenía el propósito de financiar esto, ponerlo en marcha, con los banqueros de Wall Street entrando para complementar todos estos fondos con crédito.

Toma el «milagro económico alemán». Por supuesto, los ingenieros alemanes siempre han sido brillantes, desde la época del Káiser. Pero, ¿qué ocurrió? Recordarás que tras la Segunda Guerra Mundial, los aliados —especialmente británicos y franceses— habían acordado entre ellos que Alemania sería desindustrializada y convertida en un parque temático bucólico. Llegaron a volar al menos 1700 fábricas. Fueron los estadounidenses los que en un momento dado, cuando diseñaron Bretton Woods, dijeron: «No, no, no. No podemos hacer eso.

Necesitamos que Alemania sea la fábrica de Europa, de esta nueva Europa que estamos creando. Y pondremos a los franceses a administrarla. Por eso la OCDE está en Francia. Por eso a los franceses se les dio mucho más acceso a dirigir las instituciones de la Comunidad Europea.

Cuando decimos «el modelo económico de Europa» estamos hablando: de un diseño estadounidense. Y la razón por la que discrepo con la idea de que en los 60 Europa tuvo que elegir entre «federación» y «funcionalidad» es que Europa nunca habría optado por la federación. No se movía hacia ella en los años 60. Alemania estaba muy feliz de ser la fábrica de Europa y Francia muy feliz de dirigir el servicio diplomático, la OCDE, los inicios de la Comunidad Europea en Bruselas y que el francés fuera el idioma dominante.

Lo que ocurrió fue que el sistema de Bretton Woods fue dinamitado, y lo dinamitaron los propios estadounidenses. ¿Por qué? Porque ya no era sostenible. ¿Y por qué no era sostenible? Porque todo el objetivo del sistema de Bretton Woods desde los años 40 era mantener y reproducir los superávit estadounidenses: las exportaciones netas de las fábricas estadounidenses que irían a Europa, y a los europeos se les darían dólares para comprarlas (financiación al comprador, en otras palabras). Pero a partir de 1968-1969, debido a la Guerra de Vietnam y las tensiones sociales internas, EE. UU. se convirtió en un país deficitario.

Dado que eran un país deficitario, no podían mantener los tipos de cambio fijos, así que los dinamitaron. Los europeos quedaron completamente atónitos. Recuerda cuando el Secretario del Tesoro de Richard Nixon (quien voló Bretton Woods el 15 de agosto de 1971), un texano llamado John Connally, visitó Bonn, París y Londres con un mensaje simple: «El dólar es nuestra moneda, pero a partir de hoy es vuestro problema».

El dólar se devaluó y repentinamente el franco francés y el marco alemán ya no tenían un tipo de cambio fijo. Esto fue una catástrofe para el cártel. Piénsalo: ya es difícil para la OPEP coludirse como un cártel cuando no tienen el problema de la divisa, porque cada barril de petróleo se cotiza en dólares. Imagina si el petróleo saudí se cotizara en una divisa, el indonesio en otra y el iraní en una tercera; no habría forma de mantener el cártel.

Así que los europeos, que dependían de este modelo que los estadounidenses les habían otorgado, entraron en pánico a finales de los 60 y principios de los 70 buscando cómo fijar de nuevo los tipos de cambio. A los estadounidenses ya no les importaba, porque tomaron su propio camino con el dólar y la financiarización a través de Wall Street.

Los europeos, desde 1970 (¿recuerdas el Informe Werner?), empezaron a intentar fijar los tipos de cambio para crear un Bretton Woods europeo, pero no tenían la experiencia de los estadounidenses, ni sus superávit, ni el gobierno federal que necesitaban para hacerlo. Siguieron intentándolo: primero la Serpiente Monetaria, luego el Sistema Monetario Europeo (SME)… todos fracasaron. El SME hizo a George Soros muy rico en 1992 cuando saltó por los aires. Así que en un momento dado se rindieron y dijeron: «De acuerdo, tendremos una moneda única».

Pero crearon una federación monetaria (una moneda única) sin una federación fiscal ni una federación política. Y eso es lo que haces si quieres crear un sistema permanente de austeridad, de muy baja inversión, de inversión negativa y de estancamiento. Por eso, en los mismísimos cimientos de la Unión Europea tienes este proceso de estancamiento y desintegración, lo que explica por qué gente como Von der Leyen suena tan insensata hoy.

Glenn Diesen:

Mencionaste la moneda común, y a menudo se le critica por no tener unos cimientos económicos claros y por ser tratada en su lugar como un proyecto político. ¿Cómo pueden las personas de a pie entender la falla básica del euro?

Yanis Varoufakis

No estoy en contra de tener un sistema monetario como proyecto político. El dinero es político. Cualquiera que piense que el dinero es apolítico necesita replantearse seriamente su comprensión de lo que es el dinero. No hay nada más político que el dinero. Así que no los culpo por intentar crear un sistema monetario como proyecto político; lo que digo es que lo hicieron de una forma estúpida. Permíteme ser directo: soy demasiado viejo para andar con matices.

Lo que hicieron fue una locura, una estupidez. Responderé a tu pregunta sobre cuál es el fallo fundamental en términos no técnicos, para que todo el mundo lo entienda.

Piensa cualquier país del mundo tienes dos gigantescos pilares que sostienen su economía: el banco central y el ministerio de economía o del tesoro, y se apoyan mutuamente. Es como un gigante con dos piernas. El tesoro emite deuda en nombre de toda la economía; el banco central emite el dinero, y asi se cubren las espaldas. Cuando hay un problema bancario o monetario, el tesoro acude en su ayuda; ocurre en EE. UU., en Rusia, en China, en el Reino Unido, Canadá, Australia, en todas partes.

¿Qué hicimos en Europa? Pusimos el carro delante de los bueyes —es decir, antes de tener la unión fiscal y política creamos una sola pierna: el Banco Central Europeo— no hay un tesoro. No hay un tesoro común.

Así es como se lo explico a mis estudiantes y a la gente en la calle (los taxistas lo entienden muy bien, no necesitas formación académica): creamos un banco central sin estado ni tesoro, y tenemos unos 20 tesoros y estados sin banco central.

Cuando la City de Londres o los países escandinavos en 1992 tuvieron bancos quebrados, o en Corea del Sur en 1998 la deuda privada se disparó, el banco central acudió en ayuda del tesoro y del sistema bancario. El estado puede nacionalizar los bancos para salvarlos, mantenerlos abiertos y que los cajeros funcionen porque el banco central respalda al estado.

En Europa creamos un Banco Central Europeo con estatutos que le prohíben ayudar a los estados a gestionar una crisis bancaria. Eso es absurdo. Porque si le niegas a Francia, a Alemania o a Grecia la ayuda del banco central para salvar su sistema bancario, la alternativa es que un estado sin acceso a la imprenta de dinero tenga que endeudarse, hacer que sus contribuyentes más débiles pidan prestado para trasladar las pérdidas bancarias de los balances de los bancos a los balances del estado. Y entonces tienes una catástrofe.

Para ponerlo de forma más simple y alegórica: al crear el euro como lo hicimos (y repito, no estoy en contra de una moneda común si se hace bien), fue como quitarle los amortiguadores a tu coche y luego meterlo por un camino lleno de baches. Eso es lo que hicimos.

Glenn Diesen:

Esa analogía lo resume muy bien. Quería cambiar un poco de tema hacia el aspecto tecnológico y la política industrial. Señalaste que la UE es en gran medida un cártel de origen estadounidense, pero en los años 80 la UE tenía cierta política industrial que rivalizaba con la de EE. UU. Edward Luttwak, por ejemplo, escribe mucho sobre cómo en los años 80 los europeos, mediante aranceles y subsidios, ayudaron a construir industrias automovilísticas y aerolíneas muy potentes. Pero ya a principios de los 90 se veían declaraciones preocupadas de la Comunidad Europea diciendo que «corrían el riesgo de convertirse en una colonia tecnológica de EE. UU. y Japón» porque no seguían el ritmo del desarrollo digital.

Hoy, 30 años después, vemos que el desarrollo tecnológico avanza velozmente en muchos países mientras la UE no tiene plataformas tecnológicas propias. No es contradictorio decir que la UE carece de un ecosistema digital propio. Se podría argumentar que la estrecha relación con EE. UU. fue un problema porque aceptamos una dependencia total de sus plataformas. ¿Cómo ves a la UE hoy? 

Porque ya no se trata solo de tecnologías digitales; la tecnología digital se está trasladando a todas las industrias. La industria tradicional donde los europeos eran fuertes está cayendo. El sector automotriz alemán es el mejor ejemplo: si no se adaptan a las nuevas tecnologías, no sobrevivirán (sumado al problema energético). ¿Cuál es el riesgo de que la UE se convierta en una colonia tecnológica de América o de alguien más?

Yanis Varoufakis. No hay riesgos. Ya somos una colonia.

Glenn Diesen: (Risas) Vaya…

Yanis Varoufakis.

Es como decir: «¿Cuál es el riesgo de que no haya oxígeno en la Luna?». No hay oxígeno en la Luna. Se acabó. Estamos fritos. Pero permíteme ir un poco más atrás, Glenn. Hablaste de la política industrial en los años 80. No creo que esa fuera la razón por la que nuestras industrias en Europa, especialmente las alemanas, eran tan poderosas en los 80. Vuelvo a lo que decía sobre la ruptura de Bretton Woods por parte de EE. UU. Aquel sistema se basaba en que EE. UU. producía el superávit que nosotros comprábamos con sus dólares. Eso terminó en 1971.

A partir de los años 80, este reciclaje de superávits y déficits se invirtió masivamente. Los estadounidenses pasaron de ser el país sin déficit de los 50 y 60 a ser los reyes del déficit. Un déficit presupuestario federal masivo, especialmente tras Reagan con sus bajadas de impuestos y gasto militar. La economía estadounidense se convirtió en una gigantesca aspiradora que absorbía las exportaciones netas de Alemania, Italia, Japón y más tarde China. ¿Y cómo pagaba todo esto? Con pagarés llamados dólares. Imprimían dólares y pagaban con ellos.

La razón por la que la industria química o automotriz alemana, o Siemens, volaban tan alto era porque los estadounidenses les proporcionaban una demanda enorme: compraban todo lo que producían. Y en ese contexto, Volkswagen y otros regulaban sus propias industrias (recuerda el escándalo de la tecnología creada para engañar en los tests de emisiones). Había mucha inversión en crear poder monopolístico y subvertir regulaciones. Esto funcionó magníficamente para los europeos hasta 2008.

Incluso en los 90, sobre la ola de esta marea de exportaciones a EE. UU., la Comisión Europea (y para cuando la capital de Alemania se trasladó de Bonn a Berlín, también París) estuvo encantada de adoptar las ideas de Margaret Thatcher sobre el mercado único, lo que efectivamente destruyó toda política industrial y dejó al capital industrial hacer lo que quisiera; lo cual estaba bien mientras los estadounidenses compraran todo lo que producía Europa.

Pero, ¿qué ocurrió con todos los dólares que el capital alemán, francés o italiano estaba acumulando vendiendo a EE. UU.? No puedes hacer mucho con dólares en Europa. Así que esos capitalistas (alemanes, franceses, armadores griegos…) enviaron esos dólares a Wall Street. ¿Y qué hicieron con ese dinero en Wall Street? Compraron deuda estadounidense. Financiaron al gobierno federal de EE. UU. comprando acciones y bienes inmuebles. Así se invirtió el reciclaje de superávits y deudas.

Eso fue ingenioso y fue la razón por la que EE. UU. se convirtió en el primer imperio hegemónico que se volvía más poderoso cuanto más endeudado estaba. Eso no había ocurrido nunca en la historia de la humanidad. Pero de repente, el papel de los banqueros de Wall Street se volvió gigantesco, porque eran los encargados de reciclar el dinero de los demás hacia la deuda del gobierno estadounidense, el sector inmobiliario y la bolsa de Nueva York. Así que tuvieron que ser totalmente desregulados. Y una vez desregulados, aprendieron el truco de coger un dólar enviado por un capitalista alemán y, mediante ingeniería financiera, convertirlo en 100 dólares.

Eso creó enormes burbujas que estallaron en 2008. Y ¿qué pasa cuando esas burbujas estallan en 2008? Compara lo que ocurrió en EE. UU. con lo que ocurrió en Europa. Si la audiencia quiere saber por qué EE. UU. no está en la apurada situación de Europa, considera la siguiente escena:

En Nueva York o Washington, la bolsa ha colapsado, Lehman Brothers ha muerto, el techo del capitalismo se cae a pedazos. Ben Bernanke (entonces jefe de la Reserva Federal), el presidente Bush primero y luego Obama, junto a la gente de JP Morgan y Goldman Sachs, se sientan a una mesa y se hacen la pregunta pertinente: «¿Cómo nos salvamos?». Y se les ocurre el TARP: dieron 800 000 millones a los banqueros, y luego otros planes que, según mis cálculos, dieron 11 billones de dólares a los banqueros para salvarlos.

No hicieron nada por la clase trabajadora ni la clase media, pero salvaron a los banqueros. Y no le cobraron impuestos a nadie para hacerlo: crearon el dinero de la nada usando los mismos trucos de Wall Street que habían provocado la caída, esta vez para reflotarlo con la participación activa del banco central. Eso es lo que ocurrió en Washington: la cúpula gobernante se preguntó cómo salvarse y actuaron.

En Europa —fui testigo de esto—, 28 primeros ministros, ministros y banqueros centrales se reúnen y se hacen una pregunta muy diferente. La pregunta no era «¿cómo nos salvamos?», sino: «¿Cómo podemos pretender que las reglas de la Unión Europea que ya no funcionan siguen funcionando?». Si respondes a esa pregunta, no te salvas: creas una catástrofe.

Lo que hicieron fue imponer austeridad a todo el mundo. Austeridad masiva, porque al Banco Central no se le permitía salvar a nadie (a diferencia de EE. UU.). Crearon una austeridad enorme. Pidieron prestado a los europeos más pobres (a los eslovenos, eslovacos, malteses) para dárselo al estado griego que estaba en quiebra; no para dárselo al pueblo griego, sino para dárselo al Deutsche Bank. Así que el esloveno o el eslovaco estaban prestando dinero efectivamente para rescatar al Deutsche Bank. Eso es un crimen contra la lógica.

Para justificarlo, empezaron con austeridad masiva en Grecia, luego en Irlanda, Portugal, España, Italia, Francia y eventualmente en Alemania. Wolfgang Schäuble me lo dijo explícitamente: «Te estoy haciendo tragar la austeridad porque quiero llevarla a Alemania, necesitamos bajar los salarios».

Así que ocurre esto: por un lado tienes bancos fallidos, estados fallidos y una demanda agregada en caída. Luego le dan luz verde al Banco Central Europeo para imprimir billones de euros. Pero estos billones no van a la gente común que los necesita. No, nunca le das dinero a quien lo necesita, se lo das a quien no lo necesita.

El teléfono suena y el CEO de Volkswagen lo descuelga: es alguien de Deutsche Bank a quien el BCE le ha dado billones a tipo de interés cero (o incluso al -0.8 %). El tipo de Deutsche Bank le dice al de Volkswagen: «¿Quieres mil millones gratis a interés cero?». El de Volkswagen dice: «Claro, dinero gratis». Pero luego no lo invierte, porque mira por la ventana y ve a consumidores empobrecidos que no pueden permitirse comprar coches tipo Tesla de alto valor añadido. Así que el tipo de Volkswagen coge el dinero, no invierte nada en producción, se va a Frankfurt y compra acciones de la propia Volkswagen. Las acciones suben, su salario y su bonus (ligados al precio de la acción) suben, y se ríe camino al banco. Pero esto no es inversión.

Para dar una respuesta corta a por qué estamos en un estado tan nefasto en Europa: porque no hemos invertido durante 20 años. La industria alemana se parece ahora a las máquinas de escribir eléctricas Olivetti de finales de los 70. Eran hermosas, pero una vez que salió el ordenador personal, quedaron obsoletas. No había reducción de salarios en el mundo que pudiera salvar a Olivetti cuando llegó el PC. Ahora tenemos vehículos eléctricos en los que los alemanes olvidaron invertir. Y ya está: Kaputt, fin del juego.

Glenn Diesen: 

Me gusta esa explicación. Plantea problemas de legitimidad más amplios para la UE, porque si la autoridad proviene de las reglas y el aspecto legal, esto abre una caja de problemas futuros. Mi última pregunta era sobre algo que impacta la economía: estas guerras en el extranjero. Respecto a la guerra contra Irán, la UE tiene una participación menos directa; comenzó con cierto entusiasmo inicial, pero ahora se ve a los europeos intentando distanciarse, no queriendo responsabilidad directa por el desastre que se avecina. Pero en la guerra con Rusia, yo diría que los europeos tienen un papel significativo. Lo común entre ambas guerras es la energía: primero nos cortamos el acceso a la energía rusa, y ahora vemos arder el petróleo saudí y las primeras exportaciones que están cortando parecen ser hacia los europeos.

¿Cómo afectará esto al futuro de Europa? Uno pensaría que encontrar una arquitectura de seguridad común con los rusos o estabilizar Oriente Medio sería de nuestro interés, pero no estamos haciendo ninguna de las dos cosas.

Yanis Varoufakis

 Allá por 2009-2010, cuando la crisis de la eurozona estallaba y yo me involucraba en los debates políticos (y luego como ministro de Finanzas), siempre que tenía oportunidad de hablar con un funcionario europeo le decía: «Miren, chicos, está claro que tenemos una recesión masiva (yo la llamaba depresión tras la crisis financiera de 2008). ¿Cómo debemos responder?

Claramente necesitamos impulsar la inversión. Esto es lo que se hace en una recesión masiva: impulsar la inversión, no tanto el gasto (eso fue el New Deal de Roosevelt; Hitler también impulsó la inversión, la equivocada, invirtiendo en tanques y cazas, y el resultado fue la muerte de decenas de millones de personas, pero ante una Gran Depresión hay que responder con inversión)».

Y yo decía: «¿Qué es lo único que debería hacer esta Unión Europea?». Si miras el mapa de Europa, tienes todos estos estados dispersos. Se supone que somos una Unión Europea, pero ¿cuál es el insumo número uno para todo lo que producimos? La energía. Y no tenemos una unión energética. ¿No deberíamos crear una unión energética? Intentaba ser técnico: tenemos mucho viento en el norte, olas en el Golfo de Vizcaya y las costas de Portugal, mucho sol en Grecia… ¿No deberíamos tener un plan para cosechar y aprovechar toda esta energía gratuita como europeos e interconectarnos, de modo que la electricidad solar griega viaje a Alemania?

Pero eso requiere una unión energética. Todavía no tenemos una unión energética, Glenn. Alemania tiene sus propias plantas, Grecia las suyas, Italia las suyas… Estamos importando GNL de Texas y Nuevo México, nos desconectamos de Rusia y no tenemos un plan.

Incluso sobre la guerra en sí, lo hemos discutido muchas veces: ¿cuál es el plan para ganar la guerra? Digamos que queremos tomar Moscú y meter a Putin en un búnker como a Hitler (porque están haciendo estos paralelismos absurdos entre Hitler y Putin). Asumiendo que crees que Putin es el nuevo Hitler, ¿cuál es el plan para tomar Moscú? No hay plan. No tienen idea de dónde van a sacar el dinero. Incluso los 800 000 millones del programa de reestructuración y rearmamento de Von der Leyen son dinero prestado que nadie va a prestar porque no tienen los colchones fiscales para acomodarlo.

¿Cómo van a ayudar a Ucrania? Pidieron prestados 90 000 millones, ese es su límite. El presupuesto comunitario está bajo mucha presión y Francia quiere reducir sus contribuciones, no aumentarlas. Así que no tienen un plan para la guerra. Si les preguntas cuál es el plan para la paz, tampoco lo tienen. No tienen un plan para la unión energética. No tienen un plan para nada y van de anuncio en anuncio, los cuales parecen cortinas de humo. Cada anuncio es menos creíble que el anterior.

Ahora van a traer a Canadá a la Unión Europea, lo cual es predeterminado y absurdo. ¿Van a meter a Canadá en el mercado único y cobrar a los canadienses por participar en la creación de normas sobre las que no tendrán autoridad? Es absurdo. Cada cosa que sale de la boca de Kaja Kallas o de Von der Leyen solo nos recuerda que la Unión Europea es un producto de nuestra imaginación colectiva.

Glenn Diesen: Sí, a mí también me ha faltado ese plan. Incluso en la guerra, si tienes una estrategia, ¿cómo los derrotas, qué recursos movilizas? ¿Y qué implica derrotar a la mayor potencia nuclear del mundo que siente que lucha por su existencia? Tengo muchas preguntas y no hay respuestas…

Yanis Varoufakis: Especialmente si no estás dispuesto a enviar tropas sobre el terreno.

Glenn Diesen: Exacto. Tengo mis dudas de que haya alguien dirigiendo esta discusión.Tenía una última pregunta. Discutimos antes sobre cómo se reciclaban los bonos para comprar bonos estadounidenses, pero estos días el mercado de bonos en EE. UU. atraviesa muchos problemas. Inicialmente vimos que adversarios de EE. UU. como China o Rusia dejaron de comprar bonos. Pero ahora vemos que incluso aliados (no solo los japoneses, sino también los europeos) pasan de ser compradores a vendedores. ¿Hacia dónde va esto y cómo analizas las consecuencias? Parece desmantelar los avances de los últimos 50 años.

Yanis Varoufakis

Estaba investigando cifras y miré los rendimientos de los bonos del Tesoro a 10 años de EE. UU., la tasa de inflación en EE. UU. y el tipo de interés de la Reserva Federal. Ayer mismo eran exactamente los mismos que en septiembre de 2001. Históricamente no hay tanta diferencia. Lo que pasa es que nos acostumbramos durante los últimos 15 años (debido a la flexibilización cuantitativa) a tipos de interés extremadamente bajos y a fuerzas deflacionarias.

Pero no me creo que los europeos vayan a dejar de comprar bonos. ¿Qué van a hacer? Cuando BMW o BASF venden productos a los estadounidenses y ganan dólares, ¿qué hacen con esos dólares? ¿Convertirlos a euros? Bajo ninguna circunstancia. Comprarán bonos, seguirán comprando bonos. Los chinos dejaron de comprar bonos del Tesoro estadounidense, pero no han vendido sus reservas; aún tienen un stock enorme.

Y ahora hay otro actor en juego: las stablecoins (criptomonedas estables denominadas en dólares estadounidenses). Los japoneses redujeron a la mitad sus tenencias en bonos, pero ¿sabes qué hicieron con el dinero? Compraron Tether y Circle, criptoactivos denominados en dólares. ¿Y qué hizo Tether con el dinero recibido de los japoneses? Comprar bonos estadounidenses.

Glenn Diesen: Así que el sistema sigue funcionando. (Risas)

Yanis Varoufakis

El sistema sigue funcionando hasta que deje de hacerlo. Pero no dejará de funcionar por algo que hagan los europeos o los rusos; solo dejará de funcionar cuando los chinos decidan desacoplarse del sistema del dólar estadounidense. Y no lo han decidido: tienen 4.5 billones de dólares invertidos en dólares. Si tuvieras 4.5 billones de dólares en una cuenta bancaria suiza, ¿te desacoplarías del sistema bancario suizo?

Glenn Diesen: Supongo que no. Aunque ves que, mientras rusos y chinos se desacoplan un poco de EE. UU., siguen trabajando con estas stablecoins estadounidenses (como el sistema de pagos ruso A7 conectado a Tether para eludir sanciones). Quizá no se desacople por completo, sino que solo se transforme…

Yanis Varoufakis

Indudablemente. Permíteme hacer una predicción de cuándo morirá la hegemonía de EE. UU.: morirá cuando Pekín decida convertir el BRICS+ en un sistema de Bretton Woods.

Recuerda cómo describí el sistema de Bretton Woods: un sistema de tipos de cambio fijos o casi fijos donde la potencia hegemónica superavitaria (que ahora sería China) recicla sus superávits hacia los otros países dentro de este nuevo BRICS+ y mantiene los tipos de cambio fijos usando el poder de sus propios superávits.

Cuando China decida hacer eso —jugar dentro de los BRICS+ el papel que EE. UU. jugó en Bretton Woods después de 1944—, entonces Estados Unidos estará en serios problemas y lo saben. Esta es una de las razones fundamentales por las que están aumentando las tensiones con los chinos.

Glenn Diesen: ¿Por qué no lo han hecho todavía? En la cumbre de los BRICS en India, muchos comentaron que se mueven muy despacio…

Yanis Varoufakis

Porque los chinos tienen un horizonte a 300 años vista, no tienen prisa. Están creando la infraestructura para ello: con el mBridge, con la alternativa a SWIFT basada en blockchain, con la moneda digital del Banco Central chino… Están creando la infraestructura junto con la robótica mejorada por IA que aumentará la productividad agrícola en Indonesia, Malasia y otros grandes países del BRICS+. Lo están construyendo y no están preparados para agitar el avispero todavía; quieren asegurarse de que la infraestructura esté lista antes de ir en esa dirección.

Mi interpretación (o mi especulación) es que están esperando a que los estadounidenses crucen el Rubicón. Los estadounidenses aún no lo han cruzado. Trump 2.0 el año pasado amenazó con aranceles del 150 % a los chinos e intentó imponer algunos.

Ellos respondieron suavemente diciendo: «En ese caso, olvidaos del acceso a metales críticos», y él dio marcha atrás. Así que están esperando el próximo movimiento del presidente estadounidense (no necesariamente Trump, los demócratas son igual de malos; recuerda que Biden fue quien introdujo la absurda Ley de Chips para señalar a los chinos que no se les permitiría avanzar tecnológicamente, lo cual fue el mayor error geoeconómico de la historia).

Creo que los chinos están aplicando el viejo proverbio: «Nunca interrumpas a tu enemigo cuando está cometiendo un error». Dejan que cometan otro error y otro más. En algún momento estarán listos para dar el paso.

Glenn Diesen: Yanis, muchas gracias por tomarte el tiempo y por explicarnos cómo los chinos podrían terminar desenchufando la economía de EE. UU. Gracias de nuevo por tu tiempo.

Yanis Varoufakis: Gracias a ti. Eso no significa que tenga razón, es mi especulación, pero es lo mejor que puedo hacer dados los hechos tal como los veo." 

 (Entrevista a Yanis Varoufakis, Glenn Diesen, Observatorio de la crisis, 18/09/26)

La guerra en Irán ha impulsado las exportaciones de energía limpia de China y ha reforzado su influencia en los mercados energéticos mundiales, lo que deja al país con pocos incentivos para ceder ante las exigencias del presidente Donald Trump... La guerra en Irán ha disparado los precios mundiales de la energía y otras materias primas, convirtiéndose en una pesada carga política tanto para Trump como para su partido. China ha estado exportando sus tecnologías de energía limpia a otros países vulnerables, aprovechando sus enormes reservas de petróleo y presentándose como un socio geopolítico más estable. "China ha sido, sin duda, una gran ganadora", afirmó Erica Downs, exanalista de energía de la CIA... La creciente influencia energética de China se produce a pesar de que es, con diferencia, el mayor importador de petróleo del mundo. No obstante, ha aprovechado ese poder adquisitivo para acumular enormes reservas de crudo y se ha convertido en un proveedor clave de productos petrolíferos en la región. En los últimos meses, Pekín ha demostrado que su entrada en dichos mercados petroleros —o su ausencia de ellos— puede determinar la suerte de los consumidores de energía en todo el mundo... Las exportaciones chinas de paneles solares y vehículos eléctricos están en pleno auge, lo que no hace más que reforzar el papel del país como gran superpotencia energética... «Existe la percepción en China de que el mundo ha llegado a un punto en el que los cimientos de la seguridad energética están pasando del control de recursos físicos —barriles de petróleo, toneladas de carbón— al control de la tecnología», afirmó Downs, exanalista de energía de la CIA. «Y dado que China domina la fabricación de tantas tecnologías limpias, consideran que se encuentran en una posición privilegiada, no solo para garantizar su propia seguridad energética, sino también para vender estas tecnologías a otros países que buscan hacer lo mismo». En regiones del mundo que aún buscan electrificarse, como el África subsahariana, un panel solar chino representa una solución más inmediata que un barril de petróleo estadounidense. «No creo que el mundo comprenda del todo hasta qué punto esta guerra ha beneficiado al sector chino de tecnologías limpias, al producirse precisamente cuando más lo necesitaba» ( Scott Waldman , POLITICO)

 "El presidente chino llega a EE. UU. con una nueva ventaja en materia de energía mientras la guerra sacude los mercados mundiales El conflicto con Irán ha impulsado las exportaciones de energía limpia de China y ha reforzado su poder de influencia en los mercados energéticos globales, lo que deja al país con pocos incentivos para ceder ante las exigencias del presidente Donald Trump.

 El presidente Donald Trump planea presionar al presidente chino, Xi Jinping, respecto a su postura energética frente a Irán cuando ambos líderes se reúnan el miércoles en Washington. Sin embargo, hay pocas razones para que China ceda, especialmente dado que el conflicto ha reforzado su posición como superpotencia energética mundial emergente.

La guerra en Irán ha disparado los precios mundiales de la energía y otras materias primas, convirtiéndose en una pesada carga política tanto para Trump como para su partido. El martes, el precio del barril de petróleo a nivel mundial rondaba los 100 dólares. Mientras tanto, China ha estado exportando sus tecnologías de energía limpia a otros países vulnerables, aprovechando sus enormes reservas de petróleo y presentándose como un socio geopolítico más estable.

"China ha sido, sin duda, una gran ganadora", afirmó Erica Downs, exanalista de energía de la CIA y actual investigadora principal del Centro de Política Energética Global de la Universidad de Columbia. "China ha gestionado la crisis relativamente bien. No creo que Xi sienta presión alguna para responder a las peticiones de Estados Unidos".

Durante la visita de Xi, Trump y su administración insistirán en que "seguir haciendo negocios con Irán y su régimen es inaceptable y acarreará consecuencias", según declaró un alto funcionario de la Casa Blanca.

No obstante, ejecutivos del sector energético y analistas señalan que no esperan resultados sustanciales de la reunión, a pesar del impacto que el conflicto está teniendo en las economías de ambos países. La guerra parece estar absorbiendo gran parte de la atención de los funcionarios de la Casa Blanca que, de otro modo, se habrían centrado en la visita de Xi, comentó Philip Luck, analista de negocios internacionales del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) y exfuncionario del Departamento de Estado durante la administración Biden.

"Lo fundamental es que todos los indicios apuntan a que no ha habido mucha planificación al respecto", señaló Luck. "Cuando estás desbordado de trabajo y urgencias, apenas puedes ver lo que tienes justo delante de las narices".

Aun así, es difícil ignorar las implicaciones de la imagen pública de la reunión. El encuentro se produce en un momento en que Trump ha restringido dos fuentes de petróleo barato que China importaba. China era el principal comprador de crudo tanto de Irán como de Venezuela; recursos de los que Trump ha afirmado que Estados Unidos podría apoderarse como resultado de sus acciones militares. El martes, Trump dijo a los líderes mundiales reunidos en las Naciones Unidas que Estados Unidos tiene ahora el derecho prioritario sobre el petróleo de Venezuela.

«Al vencedor le corresponde el botín», afirmó.

Aunque la administración Trump está encareciendo para Pekín la adquisición de petróleo, espera lograr que China deje de depender de Rusia para su suministro de petróleo y gas y regrese al mercado estadounidense. China prácticamente dejó de comprar gas natural directamente a Estados Unidos desde que Trump impuso aranceles a las importaciones de productos chinos el año pasado. China también interrumpió la compra de crudo estadounidense, si bien sus adquisiciones de combustible a refinerías de EE. UU. han repuntado en los últimos meses.

La administración Trump había prometido que los aranceles a las importaciones chinas servirían para presionar a Pekín a fin de que flexibilizara su control sobre el suministro de minerales críticos y persuadiera a las empresas chinas de comprar más petróleo y gas natural estadounidenses. Sin embargo, eso no ha sucedido hasta la fecha, y hay pocas esperanzas de que las conversaciones de esta semana conduzcan a algún avance, señaló un ejecutivo del sector del GNL que solicitó el anonimato para hablar con franqueza.

La creciente influencia energética de China se produce a pesar de que es, con diferencia, el mayor importador de petróleo del mundo. No obstante, ha utilizado ese poder adquisitivo para acumular enormes reservas de crudo y ha surgido como un proveedor clave de productos petrolíferos en la región. En los últimos meses, Pekín ha demostrado que su entrada en dichos mercados petroleros —o su ausencia— puede determinar la suerte de los consumidores de energía en todo el mundo.

Asimismo, China está consolidando su papel en la economía energética mundial, en parte al ofrecer un nuevo tipo de seguridad energética a los países vulnerables que dependen del petróleo y el gas de Oriente Medio, según los expertos. Las exportaciones chinas de paneles solares y vehículos eléctricos están en auge, lo que no hace sino reforzar el papel del país como gran superpotencia energética.

 «Existe la percepción en China de que el mundo ha llegado a un punto en el que los cimientos de la seguridad energética están pasando del control de recursos físicos —barriles de petróleo, toneladas de carbón— al control de la tecnología», afirmó Downs, exanalista de energía de la CIA.

«Y dado que China domina la fabricación de tantas tecnologías limpias, consideran que se encuentran en una posición privilegiada, no solo para garantizar su propia seguridad energética, sino también para vender estas tecnologías a otros países que buscan hacer lo mismo», señaló Downs.

El efecto general es que la guerra está impulsando las exportaciones chinas de energía limpia hacia nuevos mercados importantes, especialmente en países en desarrollo, indicó Ethan Zindler, director de investigación de países y políticas de BloombergNEF y exfuncionario del Departamento del Tesoro durante la administración Biden.

En regiones del mundo que aún buscan electrificarse, como el África subsahariana, un panel solar chino representa una solución más inmediata que un barril de petróleo estadounidense, explicó. Y a medida que crece la demanda de energía a nivel mundial, esto implica que el sector tecnológico de EE. UU. está cediendo aún más terreno frente a China, añadió.

«No creo que el mundo comprenda del todo hasta qué punto esta guerra ha beneficiado al sector chino de tecnologías limpias, al producirse precisamente cuando más lo necesitaba», comentó. «Francamente, esto permitirá a estos fabricantes ampliar la ventaja que muchos de ellos ya tienen sobre las empresas occidentales y extender su alcance a muchos más países».

 ( Scott Waldman and Ben Lefebvre , POLITICO, 22/09/26, traducción google, enlaces en el original)