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16.2.22

Cómo los movimientos ciudadanos supieron organizarse durante la pandemia... surgieron innumerables propuestas. Frena la Curva, la más visible de todas, fue una iniciativa de innovación capaz de canalizar la resiliencia cívica en tiempos de pandemia

 "La pandemia nos fragilizó sin fronteras, aunque quizá no sea justo llamarle pandemia, pues lo que nos pasa no trató a todos los humanos por igual. Una vez más las desigualdades, fueron decisivas.

Los imaginarios de la pandemia gravitaron alrededor de los PCR, los antígenos y las vacunas, pero no pudieron acallar del todo la relevancia que tiene el país, el barrio, la profesión y el origen social de los ciudadanos. La pandemia multiplicó los problemas de los más desprotegidos. Por eso necesitamos del vocablo sindemia para visualizar las muchas sinergias entre lo social y lo epidémico.

El resurgimiento del ciudadano

Además de los médicos, los economistas y los políticos también hubo espacio para otros actores. Y no hablamos sólo de las enfermeras, los reponedores o los transportistas. También aparecieron los ciudadanos. La gente quería ayudar y surgieron innumerables propuestas. Frena la Curva, la más visible de todas, fue una iniciativa de innovación capaz de canalizar la resiliencia cívica en tiempos de pandemia y de organizar eso que Rebeca Solnit llamó un paraíso en el infierno.

El 12 de marzo de 2020, el Laboratorio de Gobierno Abierto LAAAB (promovido por el Gobierno de Aragón) asumió la necesidad de lanzar una herramienta que maximizara la ola de solidaridad. Al día siguiente, Las Naves (Valencia), Colaborabora (Bilbao), TeamLab (Madrid), Impact HUB (Zaragoza), junto con La Coordinadora estatal de voluntariado, entre otras entidades, habían expresado su voluntad de incorporarse; y el 14 de marzo, con la ayuda de la empresa Kaleidos, la web de Frena la Curva estaba operativa.

Frena la Curva ha sido una experiencia de innovación abierta y cooperación anfibia que involucró a más de 2 000 activistas, entre voluntarios y voluntarias, empleados y empleadas públicos, personas emprendedoras y profesionales, de más de 300 organizaciones sociales, laboratorios de innovación, empresas y universidades, creando 18 nodos nacionales que replicaron algunas de las herramientas originales, como los repositorios abiertos de buenas prácticas y los Frena La Curva Maps, basados en Ushaidi.

Iniciativas ciudadanas en Europa

En Europa, como en el resto el mundo, mucha gente no se quedó en casa esperando las instrucciones del gobierno. Hay un admirable proyecto, Solivid, que está inventariando todas la iniciativas ciudadanas por el mundo y que ha contabilizado en 2020 más de 1 300 proyectos solidarios en Europa.

Frena la Curva, por su parte, mapeó más de 900 iniciativas de autoayuda y de acción local por todo el territorio español. Y, entre los muchos voluntarios, ningún colectivo fue más madrugador y generoso que la comunidad maker que desde el primer momento se propuso proporcionar mascarillas y respiradores en un momento donde todo escaseaba.

Los cuidados entonces no solo fueron asunto de enfermeras, comerciantes y transportistas. También se dio una oportunidad a otros colectivos menos (re)conocidos y que merecen nuestra admiración, como los hackers, que crearon la plataforma que todo lo articulaba, ayudados por diseñadores y periodistas.

Premiada y replicada

Frena la Curva acumuló 10 000 chinchetas en una mapa que geolocalizaba las necesidades concretas de la gente. Por ejemplo, solicitudes de compañía, medicinas, comida, paseo o higiene. En nuestro mundo hay mucha más gente dependiente de la que imaginamos y todas esas personas corrían riesgo de ser abandonadas.

Frena la Curva entonces creó el espacio que articulaba las demandas de ayuda con las ofertas de solidaridad, permitiendo que numerosas entidades (ONG, laboratorios de innovación, asociaciones civiles o bancos de alimentos) actuaran eficientemente. De esas 10 000 chinchetas, sabemos que 7 000 eran expresión de la acción voluntaria ofrecida por gente de a pie que supo, entre tanta zozobra, que era el momento de la empatía y de la ayuda mutua.

Frena la Curva se ha replicado en más de 22 países, facilitando una forma de colaboración capaz de cosechar talento y tiempo sin que importen las artificiales fronteras de género, raza, nación, lengua o formación que nos dividen. Fueron más de 800 las personas que hicieron posible esta iniciativa ejemplar. Recientemente ha sido premiada con el #PoliticsAwards21 entregado por The Innovation in Politics Institute.

Otros ejemplos

Hubo, por suerte, más ejemplos que mencionar. Vence al Virus, promovido por la Comunidad de Madrid, organizó un hackaton gigantesco durante el mes de marzo de 2020 entorno a estas preguntas: ¿cómo podemos ayudar a paliar los efectos negativos de covid-19?, ¿cómo podemos crear comunidad y cuidar a las personas ante epidemias? y ¿cómo podemos crear, mantener y mejorar el empleo y los negocios ante esta situación?

Y la respuesta también fue masiva e innovadora: 8 000 inscritos, 244 proyectos, 50 mentores y 49 países.

La lista de iniciativas es impresionante, pero sólo vamos a mencionar dos más: una de alcance latinoamericano y la otra pensada para desplegarse en Europa.

Cada día cuenta organizada por diversas redes de América Latina en marzo de 2020, con 877 propuestas y 3 600 inscritos.

Y, finalmente, EUvsVIRUS, un hackaton organizado por la Comisión Europea entre el 24 y el 26 de abril de 2020, que movilizó a 20 000 personas, 2 235 entidades promotoras, 1 500 reuniones de trabajo y 2 164 equipos multidisciplinares de 40 países que necesitaron de 2 235 acuerdos con 500 socios, públicos y privados, para dar acompañamiento a los 120 proyectos seleccionados.

Todas estas iniciativas memorables pertenecen al mundo de lo que algunos académicos llaman ingeniería humanitaria o tecnología cívica.

Todas, en definitiva, estaban orientadas a la creación de lazos de confianza, espacios de aprendizaje y, por supuesto, redes de colaboración distribuida, abierta y recursiva. Todas nos enseñan que la tecnología no sólo debe ser eficiente, sino que también puede cuidarnos (tech for good).

Lo insólito de la situación

No sólo estábamos confinados, sino que también nadie sabía cuáles eran las necesidades, pues intuirlas no es conocerlas. Tampoco se sabía quiénes serían las otras personas con las que coordinarse. Quienes quisieran colaborar tendrían que inventar el objetivo, la metodología, los equipos y el contexto.

Ayudar no implicaba transitar el camino conocido que, más o menos, consiste en apuntarse a una ONG que nos va diciendo lo que hay que hacer. Ayudar en tiempos de pandemia obligó a experimentar con lo desconocido.

El altruismo supo encontrar respuestas y, en consecuencia, transitar entre épocas, pues para la nueva situación creada por la covid 19 se requería el uso intensivo de las nuevas tecnologías, la implementación de nuevas formas de organización y la formación de comunidades menos identitarias (cosidas por creencias compartidas) que singulares (articuladas por un interés común).

Originalidad y horizontalidad

La originalidad de las formas adoptadas merece un reconocimiento entre quienes estamos atentos a las novedades en innovación social. De pronto aparecieron iniciativas, sabiamente vertebradas, que nacieron sin saber qué sería lo que habría que hacer, conscientes de que lo que fuera tendrían que realizarlo con premura y pulcritud.

La eficacia, rapidez y acierto eran un asunto de cuidados. El ecosistema improvisado funcionaba sin jefes y, en consecuencia, no había nadie ante quien quejarse. De nada valía lamentar la precariedad de recursos, lo que obligaba a improvisar y, antes que inventar problemas, era obligado encontrar soluciones.

Lo aprendimos de E. Hutchins y su inspirador Cognition in the wild: cuando el barco zozobra en medio de la tormenta, no hay manual de instrucciones, ni nadie que de órdenes. La tripulación echa mano de la experiencia y actúa para minimizar el impacto negativo que pudiera tener una “mala” decisión del colega más próximo.

Tal conducta requiere que los involucrados sepan que no siempre podemos elegir la mejor respuesta, sino la que tiene un coste menor. En la tormenta no hay decisiones acertadas sino convenientes. No hay saberes de primera, ni actores indiscutibles o roles decisivos, pues todo el mundo colabora y nadie exhibe galones. Se llama organización distribuida: un modo de organización sin despacho oval.

Una tormenta no es un examen, sino una prueba de convivencia, complementariedad y cooperación. Sólo hay una regla segura: como todos improvisamos, nuestra conducta tiene que servir para aminorar el efecto negativo que pudieran tener los (supuestos) errores percibidos. Si operamos de otra manera, el barco se hunde.

El procomún recuperado

Hay una relación de vecindad entre la palabra común y los términos ordinario y colaborativo. Nos intriga esa complicidad entre lo que está al alcance de todas las personas y lo que sólo se puede conseguir sumando esfuerzos. La pandemia nos había revelado la importancia del procomún, de todo eso que, según el diccionario de Nebrija, se hace en provecho de todos.

Un mundo común, entonces, es algo en construcción, que vamos haciendo y que está abierto a la colaboración. Un mundo común es algo que se compone, como en las jam sessions, sumando peras con manzanas. Cosas tan distintas como una flauta, un cajón y un violonchelo pueden producir algo único e inesperado, sin que ninguno renuncie a su propia singularidad. Lo prohíbe el álgebra, pero lo reclama el corazón; y, en fin, lo exige la convivialidad.

La diferencia como activo

Un bien común reclama el ensamblaje de heterogeneidades: exige formas de organización peculiares que conviertan la diferencia en un activo.

Pero no basta con encerrar a los músicos hasta que compongan algo hermoso. Con frecuencia los bienes comunes no pueden aislarse. De hecho, no es raro que el entorno sea hostil y hasta poderoso. En tales circunstancias, la sostenibilidad del bien reclama mucha inteligencia colectiva.

Nadie lo explicó mejor que E. Ostrom, primera mujer en ganar el premio Nobel de Economía, cuando rechazó las tesis (de G. Hardin) sobre el destino inevitablemente trágico de los bienes comunes. Para Ostron, la causa que arruina un bien común es su mala gestión.

Una tesis que llevada al extremo nos dice que un bien común sólo es una manera particular de gestionar los recursos y de articular las relaciones entre el bien que queremos preservar y la comunidad que sostiene dicho bien y es sostenida por él.

Qué significa gestionar el bien común

Y, sin duda, gestionar bien exige procesar gran cantidad de información, contrastar los distintos puntos de vista, crear las condiciones de validación del conocimiento fiable, difundir los hallazgos entre los concernidos para estar seguros de que la solución adoptada no vaya a crear más problemas de los que ya teníamos y, en fin, estar abiertos a rectificar cualquier medida en función de las circunstancias del momento. No basta con ser colaborativos, también tenemos que ser recursivos. Si queremos preservar los bienes comunes tendremos que ser sabios, abiertos y resilientes. O, en otros términos, hay que estar siempre en disposición de tomar decisiones acertadas, incluida la que implica modificar algo ya decidido.

Un bien común, entonces, tiene que ser un espacio experimental de producción de conocimiento. Y más les vale a sus promotores no conformarse con saberes ramplones, caprichosos o advenedizos, pues, si no funcionan, si no aciertan a interpretar adecuadamente los signos que reciben del entorno, acabarán siendo la causa que destruya el bien.

No es viable si la información que procesan es errónea, está incompleta o es obsoleta. No es viable, por mal gestionado. Asume pues un destino trágico cualquier comunidad que no funcione también como un laboratorio ciudadano."                    

(Antonio Lafuente y Marianna Martinez Alfaro , Contrainformación, 16/02/22)

19.10.21

Las redes comunitarias, la alternativa 'invisible' que ha ayudado a los más vulnerables durante la pandemia

 "Marimar Amoedo trabajaba como dinamizadora vecinal cuando comenzó la pandemia de la covid-19.  Dos días antes de que se declarara el estado de alarma, escribió a un compañero para proponerle formar un grupo de apoyo mutuo y solidaridad en el barrio de Vallecas. "Creamos un grupo de WhatsApp. En 15 minutos estaba lleno. Al día siguiente había cinco grupos distintos. 

El día 23 de marzo ya había más de 700 personas dispuestas a ayudar a sus vecinos en los que necesitasen", explica la portavoz de Somos Tribu Vallekas, una plataforma vecinal que ya ha ayudado a más de 5.000 personas, derivado a los Servicios Sociales a otras 4.000 y ha recibido el Premio de Ciudadano Europeo 2020 del Parlamento Europeo.

Somos Tribu Vallekas es una de las muchas redes vecinales que se han creado durante este año y medio para apoyar a las personas más vulnerables frente a la covid-19. Son espacios que se crearon porque las Administraciones iban tarde o no llegaban a estos colectivos, aunque en muchos casos, distintos niveles de gobierno empezaron a coordinarse con ellas y a tejer una red de ayuda. 

En el caso de Vallecas se colaboró con la Junta de Distrito —no con el Ayuntamiento de Madrid— y con los servicios sociales. Cuando ellos derivaban personas vulnerables les comunicaban las personas que ya habían recibido una atención para evitar "duplicidades".

 Estas redes funcionaron muy bien durante los primeros meses de la pandemia porque fueron los recursos más rápidos y efectivos. "A nosotros nos llamaba una persona porque necesitaba algo de la farmacia y a los cinco minutos había alguien recogiendo lo que fuera. Con el tiempo los vecinos empezaron a pedirnos comida y comenzamos a hacer compras. Había tanta necesidad y solidaridad que acabamos haciendo una campaña de donación económica y conseguimos cinco despensas solidarias.

 Nos coordinábamos con los centros de salud y con los hospitales de la zona. Si hacía falta acompañábamos a personas que ingresaron por la covid-19 y habían recibido el alta en pleno estado de alarma", relata Amoedo durante las jornadas En-red-ando: gobernanza local participativa, lo que hemos aprendido en pandemia y queremos conservar de la Escola de Salut Pública de Menorca. (...)

 Las redes comunitarias destacan por muchos aspectos pero sobre todo es que llegan a colectivos donde los políticos por sí solo no pueden o no quieren llegar. Son espacios muy próximos a la ciudadanía y desde aquí se identifican tanto las necesidades como los recursos disponibles de la zona. Por ejemplo, la técnica Virginia Muela cuenta que ante la desescalada se creó La Rioja Próxima para impulsar la salud, la economía y la participación comunitaria en el ámbito rural a través de los Comités de Desarrollo y Cuidados Rurales, que están formados por la Administración, el tejido vecinal y médicos de cada zona.

"Teníamos que abordar de forma colectiva cómo conjugar la salud comunitaria y la economía con la participación de toda la sociedad riojana", expuso durante su intervención en el encuentro. Ahora hay ya 12 comités, uno para cada zona básica de salud y sirven para conocer "en tiempo real" los recursos y las necesidades. "Desde el principio se han hecho campañas agrícolas, apoyos a mayores o trabajadores temporales agrícolas, acompañamiento a los municipios en la apertura del ocio para mantener la vida activa en los pueblos", añade.

 Hay mil ejemplos más. La farmacia Plaza de Lavapiés detectó que la comunidad bangladeshí y senegalesa que no hablaba castellano no tenía acceso a la información sobre las medidas contra al covid-19 y editaron vídeos traducidos para difundir entre las comunidades. La Junta de Andalucía lanzó una iniciativa que impulsaron varios municipios para que las mujeres víctimas de violencia machista pudieran pedir ayuda en una farmacia solicitando ahí la "Mascarilla 19".

 En el municipio madrileño de Soto del Real un equipo de voluntarios realizó llamadas durante el confinamiento a las personas vulnerables detectadas y según sus necesidades las derivaron a los recursos que correspondía. Otros Ayuntamientos impulsaron huertos urbanos u organizaron actividades para la soledad no deseada, como explica Rosana Peiró, representante de la Oficina Valenciana d'Acció Comunitària per a la Salut. O políticas comunitarias que aún están en marcha como jornadas de vacunación comunitaria con intervenciones específicas en zonas básicas de salud en las que hay problemas para llegar, según expone Maribel Pasarín, del Observatorio de Salud Pública, que se está realizando en Barcelona.

Pero este trabajo no sale de la nada. Kata Núñez, de la Escola de Salut Pública de Menorca, destacó que donde había antes de la covid-19 una red comunitaria todo el trabajo fue más rápido y efectivo. "En barrios muy similares los resultados fueron muy distintos y como aprendizaje nos llevamos que hay que seguir en esta línea", argumentó. 

De todo esto, además, las responsables del encuentro han coincidido en la importancia de impulsar esto para mejorar la salud poblacional. "Hay que impulsar la gobernanza local y participativa. La pandemia ha conseguido poner de manifiesto que este trabajo en red mejora la cohesión social y la resiliencia y hay que fomentarlo", concluyo Pilar Campos, jefa del Área de Promoción de la salud del Ministerio de Sanidad. Con esta reflexión terminaron unas jornadas que buscaban visibilizar y poner en valor el trabajo de las redes comunitarias que sirven para luchar contra las desigualdades y, sobre todo en tiempos de crisis, salvan a las personas del hambre, de la soledad o de la desesperanza."           (Beatriz Asuar, Público, 25/09/21)

2.7.20

Las vecinas del barrio de San Fermín se organizaron por Whatsapp y lograron poner en marcha una despensa que provee a decenas de personas. El barrio ha tenido una capacidad de reacción brutal... pero "No podemos pagar ni crisis ni la alimentación de todas estas familias otras personas trabajadoras"... temen que la “nueva normalidad” en su barrio se traduzca en hambre y una mayor brecha educativa

"El pasado 11 de marzo, se cerraron todos los colegios de Madrid. La medida se tomaba para proteger la vida ante el avance de la covid-19, que iniciaba su escalada en la curva de contagios y muertos. 

Pero la decisión sumió a padres y madres en el caos. Sus trabajos continuaban (a veces en casa), las abuelas se habían convertido en “población de riesgo” y los comedores escolares dejaron de servir a muchos niños la comida más completa de su día. Donde la pandemia puso caos, los vecinos del barrio de San Fermín, en distrito madrileño de Usera, reconstruyeron orden.

Activaron las redes vecinales y han creado en tiempo récord una despensa donde, además de comida, reparten pañales, leche infantil o compresas. Eso sí, demandan ya a la administración que ataje las necesidades mientras ellos siguen construyendo apoyo mutuo en los barrios: "No podemos pagar ni crisis ni la alimentación de todas estas familias otras personas trabajadoras que estamos en un nivel coyunturalmente mejor”, explica Ángel, uno de los voluntarios.

A las 20 de la tarde va cayendo el sol en el distrito de Usera. Mientras algunas vecinas pasean por los soportales de la calle Adora, en el número 1, unas diez personas intercambian opinión, apuntan ideas en un papel y distribuyen tareas. Se están preparando para la “nueva normalidad”, que en el caso de su barrio temen que se traduzca en hambre y una mayor brecha educativa

Cuando llegó el coronavirus, las redes de Usera se activaron en todos los barrios. La rueda empezó a girar empujada por la Asociación Vecinal Barrio de San Fermín, el AMPA del Colegio Público República de Brasil, el grupo de "San Fermín se queda en casa" y otros muchos voluntarios. También ha contribuido el huerto urbano del barrio ayudando a abastecer de alimentos y los comercios locales.

En realidad, el cierre de los colegios funcionó como un dominó. Las vecinas empezaron a plantearse qué podrían hacer padres y madres con trabajo, sin cole y sin abuelas. Ahí afloraron una serie de demandas que no siempre pudieron satisfacerse. Organizar los cuidados fue “imposible”, pero pronto salieron nuevas necesidades: “Nos encontramos con cifras muy elevadas. Se quedaron unos 250 niños y niñas sin menú escolar. No hablamos solo de los que cobran la Renta Mínima de Inserción (RMI), sino también aquellos que estaban becados" explica Mónica, una de las voluntarias. Lo primero fue cubrir los alimentos de los niños, pero el proyecto se fue ampliando hasta consolidar la despensa. 

Con la movilidad restringida bajo amenaza de multa y las estrictas medidas sanitarias que exigía la emergencia, los inconvenientes que se han encontrado han sido muchos: cómo coordinar a los voluntarios sin juntarse en un espacio, cómo conseguir recursos, cómo trasladarse de una zona a otra o gestionar las ayudas sin salir de casa durante el estado de alarma, etc. Aún así, estas vecinas de Usera han ido más rápido que la administración. “Todo ha sido virtual y por Whatsapp

Hay un chat donde se empezaron a mezclar iniciativas del distrito de Usera. Nos dimos cuenta de que había que trabajar en lo local porque incluso para desplazarte al barrio de al lado había dificultades”, recuerda Amaya, el AMPA del Colegio Público República de Brasil. La primera letra de su historia de apoyo mutuo empezó con un Whatsapp a una compañera de Almendrales.  

Ahora en la despensa de San Fermín se amontonan lentejas, garbanzos, maíz o arroz. También hay productos de bebé porque son conscientes de que hay muchas familias que se han quedado por el camino. Cuando comenzaron a organizar necesidades y recursos llamaron también a los colegios concertados de la zona y a las escuelas: “Hemos recibido tanto por donaciones privadas de gente del barrio como de personas con otra posición económica mejor que se lo han pasado pipa comprando pañales”, asegura Amaya. Han recibido desde donaciones de cinco euros hasta lotes de productos de comercios del barrio. 

Sin embargo, Amaya recuerda que estas situaciones de crisis en realidad "ponen en evidencia las brechas sociales que ya existían". Como ejemplo, la educación. Muchas familias del barrio no tiene un ordenador para seguir las clases, ni sus padres y madres tienen tiempo o conocimientos para explicarles las materias: "No puede ser que la proyección de los chicos sea diferente dependiendo del cole del que salen".

 Una de las claves de esta red es que desde la primera semana del estado de alarma se han ido tejiendo complicidades entre diferentes grupos del distrito para ordenar las necesidades y la recepción y distribución de productos: “Lo que ha demostrado esta situación es que el barrio ha tenido una capacidad de reacción brutal”, apunta Mónica. 

Las vecinas comenzaron cosiendo equipos de protección para el personal del Hospital 12 de Octubre y ahora ellos les hacen donaciones. También desde la despensa han hecho envíos a residencias y ahora buscan potenciar el huerto urbano, que se ha mostrado muy útil para proveer alimentos: “Cuanto más rico y nutrido de labor esté ese huerto hay mucha más gente que puede aprender métodos de subsistencia”, explica Ángel.  (...)"               (Sara Montero, El Salto, 28/06/20)