8.2.26

Francesca Albanese: El sistema que oprime a los palestinos es una alianza consolidada entre Israel y muchos otros países”, y ese es el sistema al que pertenecemos las sociedades occidentales... hay un sistema de intereses financieros, económicos y de tecnología militar que hacen de Israel algo muy valioso, no solo para la economía mundial, sino para un modelo económico en auge impulsado por la seguridad. Estamos viviendo un proceso progresivo de israelización del espacio público, porque Israel representa un modelo para las democracias liberales... en las que hay pobres, migrantes, comunidades desposeídas que forman parte de nuestras democracias pero que no pueden disfrutar de esos derechos... y Washington quiere zanjar la cuestión palestina para siempre. ¿Por qué? Porque los palestinos, con su resistencia, con su insistencia en querer y desear ser libres, encarnan una idea que va contra este ultracapitalismo sin límites... Por eso Estados Unidos ha ido tan lejos. Lo que EEUU e Israel están haciendo es contrainsurgencia, normalizando la idea de que la guerra es un estado natural. Esta es una tendencia... pasamos de no hacer nada a hacer negocios inmobiliarios en el escenario de crímenes masivos, a costa del genocidio. ¿Se imagina que Camboya, Bosnia-Herzegovina, la Alemania nazi o Polonia se convirtieran en lugares de negocio violento de y voraz, extrayendo beneficio mientras la población sigue muriendo por bombardeos, por disparos de francotiradores, o por hipotermia, como continúa ocurriendo en Gaza? Este plan es el epítome de la decadencia de nuestro mundo actual... Podemos elegir si apoyamos la ocupación ilegal o no a través de nuestras propias acciones, a través de lo que compramos

 "La relatora de Naciones Unidas para Palestina, Francesca Albanese, lleva dos años denunciando que Israel comete un genocidio en Gaza y que el Gobierno israelí somete a la población palestina de Cisjordania y de Jerusalén Este a “un régimen de apartheid”. Sus investigaciones e informes, ceñidos al cumplimiento del derecho internacional, son claros en este sentido. 

Las denuncias de Albanese han acaparado titulares y portadas en la prensa internacional y han ofrecido datos precisos sobre el modus operandi del Ejército de Israel. La relatora también señala la complicidad con el genocidio israelí de grandes empresas y numerosos Estados “que incumplen sus obligaciones”.

Acaba de publicar un nuevo libro que ahora llega a España: “Cuando el mundo duerme. Historias, palabras y heridas de Palestina” (Galaxia Gutenberg), una obra muy amena que contiene claves para entender cómo el pueblo palestino “ha sido ilegalmente ocupado, violentado y arrasado”. De ello conversa con elDiario.es en esta entrevista. 

En su libro usted escribe que “el sistema que oprime a los palestinos es una alianza consolidada entre Israel y muchos otros países”, y que ese es el sistema al que pertenecemos las sociedades occidentales.

Sí. Quizá para personas que siempre han pensado que lo que pasa entre Israel y los palestinos es un conflicto étnico o de religiones, sea difícil de apreciar. Pero lo cierto es que Israel es un proyecto colonial de asentamiento, y así puede comprobarse analizando su comportamiento. 

Israel mantiene un régimen de apartheid en los territorios ocupados palestinos, donde aplica ley militar a los palestinos y ley civil a la población israelí que ocupa esas tierras.

¿En qué se concreta ese proyecto colonial de asentamiento? 

Israel avanza en la apropiación de la tierra y de los recursos que pertenecen a los palestinos. El derecho internacional es claro, pero Israel sigue devorando territorio, demoliendo casas, arrestando, deteniendo y matando palestinos. Ha podido hacerlo con total impunidad porque hay un sistema que lo sostiene, y ese sistema es doble. 

Por un lado, hay complicidad de muchos Estados, que han seguido en gran medida comerciando e intercambiando bienes. Mire la Unión Europea, primer socio comercial de Israel. O los países que mantienen comercio bilateral con Tel Aviv. Por otro lado, están las relaciones militares. Israel produce tecnología de guerra que ha sido experimentada y probada sobre los palestinos. Esa tecnología es muy deseada, muchos países corren a conseguir los últimos productos israelíes de vigilancia y control de la población. 

También está el plano diplomático: Israel sigue sin ser expulsado, pese a los crímenes cometidos a lo largo de los años. Sigue disfrutando de un trato normal en el ámbito internacional, en Naciones Unidas, en la UEFA, en la FIFA, etc. Incluso desde el punto de vista del discurso, Israel sigue estando casi normalizado en gran parte de Occidente. 

Ante las sanciones de EEUU contra mí necesito un Estado que me garantice mi derecho a acceder a mis ingresos, que asuma la responsabilidad de decir a los bancos: ‘Nosotros respondemos por ella’ 

¿Por qué esta deferencia? 

Porque hay un sistema de intereses financieros, económicos y de tecnología militar que hacen de Israel algo muy valioso, no solo para la economía mundial, sino para un modelo económico en auge impulsado por la seguridad.

Estamos viviendo un proceso progresivo de israelización del espacio público, porque Israel representa un modelo para las democracias liberales: un modelo de democracia donde unos pocos pueden votar, sí, pero la mayoría no solo no vota, sino que está privada de derechos. Y este es también el modelo de democracia hacia el que se dirigen las democracias liberales, en las que hay pobres, migrantes, comunidades desposeídas que forman parte de nuestras democracias pero que no pueden disfrutar de esos derechos.  

Vivimos en un sistema gobernado por intereses financieros y capitalistas que dominan a los Estados y determinan nuestras vidas. Formamos parte de ello, Israel es parte de ello, el imperialismo estadounidense, nosotros en Europa también.

En el libro usted escribe que “la indiferencia es un monstruo. ¿Qué sentido tiene ver si no actuamos?” Ante ello, destaca la importancia de las redes internacionales de solidaridad y acción. 

La buena noticia es que ese despertar global que empuja a la acción ya está produciéndose. Por ejemplo, en España. No lo digo porque hable a un público español en esta entrevista. Lo digo por cómo se comporta el Gobierno español. No creo que lo haga porque sea particularmente excepcional, sino porque hay un pueblo excepcional. 

Quizá España no ha tenido las mayores protestas del mundo, pero está clarísimo lo que piensa su gente y cómo ve lo que pasa en Palestina. Hay una madurez en la población española que se refleja en la existencia de un periodismo libre, por ejemplo. Esto no tiene precio. Lo sé porque vengo de un país –Italia– donde ya no hay apenas prensa libre: todo está vinculado al régimen. 

En España vemos que hay universidades que usan su libertad académica para romper lazos con Israel, municipios que deciden romper relaciones, etc. Es toda una sociedad. Y, por suerte para vosotros, habéis tenido instituciones y un Gobierno que acompañan este proceso. Esto también se refleja en otros ámbitos de la vida, como en la medida de regularización para personas migrantes.

En otros países de Europa está ocurriendo lo contrario. En Italia, Alemania o Francia se recortan espacios de libertad académica y de protesta cada vez que hay manifestaciones de solidaridad con el pueblo palestino. 

Vivimos un proceso de ‘israelización’ del espacio público, con un sistema de control en el que mucha gente no puede votar ni gozar de derechos

Usted habla de un ‘sistema global de complicidad con la profunda injusticia en Palestina’ y de cómo nos afecta 

Hay injusticias que sufren los palestinos que reverberan en nuestro propio espacio de vida. Por eso la interseccionalidad de las luchas ahora tiene más sentido. Mucha gente ha entendido que la defensa del derecho a la vivienda y a la igualdad, por ejemplo, está conectada con la defensa de los derechos de la población palestina.

Es lo que llamo el “efecto Palestina”. Vivimos un tiempo horrible, pero sabemos que hay una grieta, una crisis ante la que tenemos que actuar, unidos.

Desde el presunto ‘alto el fuego’, anunciado en octubre, el Ejército israelí ha matado a más de 500 personas en Gaza. ¿Está bajando la presión internacional debido a ese ‘alto el fuego’?

Por parte de la gente no hay menos presión ni menos conciencia. Por un lado, Estados Unidos actúa con un liderazgo y una brutalidad hacia los palestinos que nunca había tenido. No es nuevo, pero ahora es más descarado y evidente que nunca. 

Washington quiere zanjar la cuestión palestina para siempre. ¿Por qué? Porque los palestinos, con su resistencia, con su insistencia en querer y desear ser libres, encarnan una idea que va contra este ultracapitalismo sin límites. Son una espina en el costado para todo el sistema, porque lo que hacen los palestinos corre el riesgo de ser contagioso. 

Por eso Estados Unidos ha ido tan lejos. Lo que EEUU e Israel están haciendo es contrainsurgencia. En los estudios coloniales, esto sería una pedagogía colonial de la contrainsurgencia. Esto se refleja en lo que ocurre entre los aliados de Estados Unidos: apuestan por blindar el mundo, normalizando la idea de que la guerra es un estado natural. Esta es una tendencia. 

La otra tendencia procede de un mundo que quiere paz, una paz basada en el respeto al derecho internacional y a los derechos humanos, que deben ser la lente con la que miramos el mundo. 

La razón por la que el poder —con P mayúscula, es decir, una minoría muy rica y poderosa, los gobiernos occidentales, pero también algunos líderes árabes plenamente alineados con ellos– empuja para mantener el sistema orientado a la guerra y a la seguridad, es precisamente esa. Tenemos que empujar en sentido contrario.

Hay sanciones de EEUU contra usted y varios jueces y fiscales del Tribunal Penal Internacional. Uno de esos jueces, el francés Nicolas Guillou, ha dicho que la Unión Europea podría activar su mecanismo de bloqueo para limitar los efectos de esas sanciones, que implican no poder acceder a sus cuentas bancarias. ¿Cómo le están afectando estas sanciones?

En los últimos siete meses no he podido acceder a mi cuenta bancaria, a mis ingresos, porque ningún banco en el mundo puede ayudarme. Necesito que un Estado me garantice ese derecho, que asuma la responsabilidad de decir a los bancos: “Nosotros respondemos por ella”.

Basta con que un país haga lo correcto para frenar estos abusos. ¿Por qué tengo que ser tratada como una terrorista, como una narcotraficante, siendo además una persona de la ONU? 

La gente se une para ayudarse mutuamente y, cuanto más lo haga, más podremos cambiar este sistema injusto. Por eso digo que el caso palestino es tan revelador. Se trata de resistir ante un sistema opresivo. Ione Belarra dijo una vez algo que he repetido a menudo: “Nunca saldremos de este genocidio de la misma manera en que entramos”. 

Eso significa que, o salimos mucho mejores y ponemos fin a todas las prácticas que han permitido esta situación, o será mucho peor, y el mundo será mucho más feo para todos nosotros.

Con su resistencia e insistencia en querer ser libres, los palestinos encarnan una idea que va contra este ultracapitalismo sin límites 

El plan de Donald Trump para Gaza fue aprobado por el Consejo de Seguridad de la ONU. ¿Qué supone esto?

Como dijo hace poco un parlamentario italiano, esto supone que hemos pasado del inmovilismo occidental al “inmobili-arismo”. Es decir, de no hacer nada a hacer negocios inmobiliarios en el escenario de crímenes masivos, a costa del genocidio. 

¿Se imagina que Camboya, Bosnia-Herzegovina, la Alemania nazi o Polonia se convirtieran en lugares de negocio violento de y voraz, extrayendo beneficio mientras la población sigue muriendo por bombardeos, por disparos de francotiradores, o por hipotermia, como continúa ocurriendo en Gaza? 

Este plan es el epítome de la decadencia de nuestro mundo actual. Y eso, en cierta medida, también pertenece a la ONU. Cuando estudiamos la carrera de Derecho, en el primer año, aprendemos que hay una diferencia entre “lo justo porque es ley” y “la ley porque es justo”.

En su libro dice que es importante usar la palabra apartheid y también dedica espacio a explicar el movimiento BDS (Boicot, Desinversiones y Sanciones).

Apartheid no es un eslogan ni un término ideológico. Es un concepto jurídico que significa la institucionalización de la segregación racial. Es un sistema de dominación racial de un grupo sobre otro mediante actos inhumanos con la intención de mantener esa dominación. El apartheid es un crimen contra la humanidad que conlleva responsabilidad del Estado, según la Convención contra el Apartheid, y responsabilidad individual, según el Estatuto de Roma.

El crimen de apartheid se manifiesta cuando hay una división institucionalizada de regímenes jurídicos, por ejemplo. Esto ocurre en el territorio palestino ocupado, donde Israel aplica órdenes militares, revisadas en tribunales militares. No hay acceso real a la justicia para los palestinos allí. 

A ello se suman los colonos, ese 10 % de la población israelí judía que ocupa el territorio palestino. Están por encima de la ley, porque a ellos no se les aplica la misma ley que a los palestinos y, además, violan la ley: aterrorizando, destruyendo propiedad privada, medios de vida, golpeando y matando.  

Si se lo hicieran a un judío israelí, irían a la cárcel. Si se lo hacen a los palestinos, gozan de impunidad. Por eso digo que el genocidio no está solo en Gaza. Hay una destrucción intencional del pueblo como tal. Es una política de Estado.

Con el plan de Trump para Gaza pasamos del inmovilismo occidental al “inmobili-arismo”: de no hacer nada, a hacer negocios inmobiliarios en el escenario de crímenes masivos

¿Cómo puede el movimiento de solidaridad con Palestina ayudar a frenar estas dinámicas en todo el mundo?

Los ciudadanos comunes no deberían cargar con el peso de los Estados miembros, porque son los Estados los que tienen la obligación de prevenir y detener más actos de genocidio, el apartheid y otros crímenes contra la humanidad. 

Podríamos escribir una enciclopedia de cómo Israel ha puesto el derecho internacional patas arriba solo en estos dos últimos años, con sus crímenes, incluida la tortura contra los palestinos. Por eso tenemos que crear las condiciones para que la justicia prevalezca. 

A nivel individual, cada persona tiene un papel que desempeñar. Por eso el movimiento BDS –Boicot, Desinversión y Sanciones– es tan importante. Porque es una gramática de acción que activa el poder en cada uno de nosotros. Podemos elegir si apoyamos la ocupación ilegal o no a través de nuestras propias acciones.

¿Por ejemplo? 

A través de lo que compramos. Por eso animo a todo el mundo a boicotear a las empresas que se benefician de la ocupación israelí y del genocidio, como Booking.com o Airbnb. Estas empresas deben dejar de invertir en la ocupación y prescindir de los beneficios que obtienen en el contexto de un genocidio.

Pero también el boicot y la desinversión deben afectar a los institutos de investigación y a las universidades. En España hay una red de unas 40 universidades que han roto lazos con universidades israelíes.

Pero el programa Horizon de la Unión Europea continúa. Empresas israelíes de tecnología digital, de vigilancia y militar reciben fondos a través de ese programa. Esto es inaceptable.

Y, por supuesto, los Estados deben imponer sanciones a través del Consejo de Seguridad de la ONU y, si no funciona, a través de la Asamblea General o individualmente. Los países deben romper lazos con Israel, las empresas deben desinvertir y los individuos deben boicotear.Sam Rose: “El ataque de Israel a nuestra sede es como si un Estado estuviera incendiando la Carta de Naciones Unidas”

Quiero terminar esta entrevista diciendo que sí, somos frágiles, como las alas de las mariposas. Pero si las alas de las mariposas empiezan a batir todas juntas, pueden provocar una tormenta. Y esa es la tormenta que necesitamos: una tormenta que se llama justicia." 

(Entrevista a Francesca Albanese, Gaceta Crítica, 08/02/26, fuente eldiario.es)

Encerrados, acorralados, almacenados: el auge de los campos de concentración en Estados Unidos... el Departamento de Seguridad Nacional y el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas están comprando activamente almacenes, fábricas y edificios industriales en todo el país para usarlos como centros de detención... Esto ya no es una advertencia... ya no es una cuestión de si el gobierno expandirá la detención masiva para encerrar a los estadounidenses por desafiar sus mandatos, sino de cuándo... Cuando tienes un gobierno que se dedica a detener a personas para llenar almacenes y dar la impresión de ser duro con el crimen, no solo serán los inmigrantes indocumentados los que serán detenidos... Una vez que se toma la decisión de detener a personas en masa, el Estado debe encontrar lugares para mantenerlas: fuera de la vista, fuera del alcance y fuera de la ley. Ahí es donde entran los almacenes... El marco legal ya existe. Según la Ley de Autorización de Defensa Nacional (NDAA), el Presidente y el ejército están autorizados a detener a individuos, incluidos ciudadanos estadounidenses, sin acceso a familiares, asesoramiento legal ni tribunales si el gobierno los etiqueta como terroristas. Esa etiqueta ahora se puede aplicar de manera tan intercambiable con los términos antigubernamental y extremista que ya no se necesita mucho para ser considerado un terrorista... Se han sentado las bases... los campos de detención no solo requieren edificios, sino también listas de posibles detenidos, y aquí también el gobierno está preparado. Durante décadas, el gobierno ha adquirido y mantenido, sin orden judicial ni orden de la corte, bases de datos de individuos considerados amenazas para la seguridad nacional... sistemas de IA rastrean de forma autónoma las redes sociales, los registros financieros y los datos de geolocalización en tiempo real, creando "perfiles de amenaza" de alta precisión que son prácticamente imposibles de eludir... Una vez que eres marcado por un algoritmo que opera sin supervisión humana, ya no eres solo un nombre en una lista: eres un nodo permanente en una red digital que te sigue desde tu teclado hasta la puerta del almacén. La tecnología simplemente ha alcanzado el deseo del gobierno, de décadas de antigüedad, de categorizar la disidencia como una amenaza a la seguridad nacional (John W. Whitehead, The Rutherford Institute)

 "En 2021, en medio de una pandemia global, las advertencias de que el gobierno federal podría reutilizar almacenes como centros de detención en suelo estadounidense fueron desestimadas como especulativas, alarmistas e incluso conspirativas.

Cinco años después, lo que era especulación es un plan para encerrar a quien el gobierno elija atacar.

Según informes de investigación, el Departamento de Seguridad Nacional y el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas están comprando activamente almacenes, fábricas y edificios industriales en todo el país para usarlos como centros de detención, a menudo con poca notificación pública, supervisión mínima y prácticamente ninguna rendición de cuentas.

Esto ya no es una advertencia.

Es un incendio de cinco alarmas.

Con la administración Trump avanzando con planes para adquirir rápidamente almacenes para lo que podría convertirse en una red de detención masiva a nivel nacional, ya no es una cuestión de si el gobierno expandirá la detención masiva para encerrar a los estadounidenses por desafiar sus mandatos, sino de cuándo.

Así es como empieza.

El gobierno ya tiene los medios, la fuerza y la motivación. Ha pasado décadas construyendo un vasto archipiélago de prisiones, centros de detención e instalaciones de emergencia capaces de encarcelar a un gran número de personas.

Si bien la administración Trump insiste en que solo se dirige a lo "peor de lo peor" —asesinos, violadores, miembros de pandillas, pedófilos y terroristas— la mayoría de los detenidos no tienen antecedentes penales. Ser indocumentado es una violación civil, no un delito.

Aquí es donde tenemos que pisar con cuidado, porque a los regímenes autoritarios les encanta jugar a los juegos de palabras orwellianos, y la administración actual no es una excepción.

Por ejemplo: la secretaria del DHS, Kristi Noem, afirma que cada individuo arrestado o detenido ha cometido un delito, pero ser acusado o incluso sospechoso de un delito es muy diferente a ser condenado por un delito.

Cuando la Secretaria de Seguridad Nacional equipara un arresto con un delito, no solo está jugando con las palabras, sino que está anulando efectivamente la garantía del debido proceso y la presunción de inocencia de la Quinta y Decimocuarta Enmiendas.

Si el umbral para ser arrestado es simplemente cometer un delito, todos estaríamos encerrados.

Puede que llegue a eso eventualmente.

Cuando tienes un gobierno que se dedica a detener a personas para llenar almacenes y dar la impresión de ser duro con el crimen, no solo serán los inmigrantes indocumentados los que serán detenidos.

La historia tiene un nombre para lo que sucede cuando los gobiernos abandonan el debido proceso y comienzan a encarcelar a las personas por lo que son en lugar de por lo que han hecho.

El siguiente paso es siempre logístico. Una vez que se toma la decisión de detener a personas en masa, el Estado debe encontrar lugares para mantenerlas: fuera de la vista, fuera del alcance y fuera de la ley.

Ahí es donde entran los almacenes.

No se equivoquen: estos son campos de concentración en su forma más temprana, renombrados y revividos para una nueva era.

Esto es lo que sucede cuando cualquier gobierno reclama el poder de decidir quién pertenece, quién representa una amenaza y quién puede ser desaparecido por el bien del orden.

El marco legal ya existe.

Según la Ley de Autorización de Defensa Nacional (NDAA), el Presidente y el ejército están autorizados a detener a individuos, incluidos ciudadanos estadounidenses, sin acceso a familiares, asesoramiento legal ni tribunales si el gobierno los etiqueta como terroristas.

Esa etiqueta ahora se puede aplicar de manera tan intercambiable con los términos antigubernamental y extremista que ya no se necesita mucho para ser considerado un terrorista.

Esto es lo que sucede cuando se pone el poder de determinar quién es un peligro potencial en manos de agencias gubernamentales, tribunales y policía, pero también se les da a esas agencias una amplia autoridad para detener a individuos y encerrarlos por supuestas faltas sin el debido proceso.

Es un sistema que suplica ser abusado. Y ya ha sucedido aquí antes.

Se han sentado las bases.

Ahora bien, si vas a tener campos de internamiento en suelo estadounidense, alguien tiene que construirlos, o reutilizar estructuras existentes para que sirvan a esa función, y luego dotarlos de personal, y eventualmente llenarlos.

Hoy en día, el DHS y el ICE están comprando y convirtiendo almacenes, fábricas y espacios industriales en centros de detención en todo el país. Estos edificios, diseñados para almacenamiento y logística, no para seres humanos, están siendo equipados con vallas, sistemas de vigilancia, áreas de espera y dormitorios improvisados. Muchos operan fuera de los estándares que se aplican a las instalaciones correccionales tradicionales, con menos inspecciones, supervisión limitada y poca visibilidad pública.

El gobierno insiste en que estos centros de detención en almacenes son necesarios para manejar el desbordamiento de prisioneros, responder a emergencias y mantener la flexibilidad.

La historia cuenta una historia diferente.

Lo que empieza como temporal se vuelve permanente. Lo que se justifica como excepcional se convierte en rutina. Y lo que se hace a los no ciudadanos tiene una forma extraña de expandirse, especialmente cuando la disidencia, la protesta o el incumplimiento se rebautizan como amenazas a la seguridad nacional.

Una vez más, se está utilizando el lenguaje de emergencia para normalizar abusos extraordinarios de poder.

Ahora bien, los campos de detención no solo requieren edificios, sino también listas de posibles detenidos, y aquí también el gobierno está preparado.

Durante décadas, el gobierno ha adquirido y mantenido, sin orden judicial ni orden de la corte, bases de datos de individuos considerados amenazas para la seguridad nacional.

En 2026, las listas estáticas del pasado han sido reemplazadas por bases de datos "vivas".

Impulsada por la IA agentiva y el rastreo masivo de datos, la arquitectura de vigilancia del gobierno ya no depende de actualizaciones manuales. Estos sistemas de IA rastrean de forma autónoma las redes sociales, los registros financieros y los datos de geolocalización en tiempo real, creando "perfiles de amenaza" de alta precisión que son prácticamente imposibles de eludir.

Una vez que eres marcado por un algoritmo que opera sin supervisión humana, ya no eres solo un nombre en una lista: eres un nodo permanente en una red digital que te sigue desde tu teclado hasta la puerta del almacén.

La tecnología simplemente ha alcanzado el deseo del gobierno, de décadas de antigüedad, de categorizar la disidencia como una amenaza a la seguridad nacional.

Cualquiera que sea visto como opositor al gobierno, ya sea de izquierda, de derecha o en algún punto intermedio, es un objetivo.

Lo que nos lleva a la inevitable conclusión: cuando el gobierno reclama la autoridad para definir ampliamente quién es una amenaza, utiliza fondos de los contribuyentes para erigir una red de campos de concentración en todo el país y construye metódicamente bases de datos que identifican a cualquiera que se considere opositor al gobierno como un extremista, la pregunta no es si ese poder será abusado, sino cuándo y con qué frecuencia.

Como dejo claro en Battlefield America: La guerra contra el pueblo estadounidense y en su contraparte ficticia Los Diarios de Erik Blair, esta es la pendiente resbaladiza.

Si el precio de combatir la inmigración ilegal es la abdicación completa de nuestra república constitucional, ese precio es demasiado alto.

Los medios no justifican los fines.

Las soluciones del estado policial a nuestros supuestos problemas representan la mayor amenaza para nuestras libertades." 

(The Rutherford Institute , Counter Punch, 06/02/26, 

Las instituciones financieras aparentemente están vendiendo activos financieros estadounidenses, es decir, efectivo en dólares y deuda en dólares, en particular. ¿Por qué? Parece que los inversores financieros y los especuladores, tanto extranjeros como estadounidenses, temen que el valor en dólares de los activos que poseen caiga. ¿Por qué? Por varias razones... Una inflación más alta junto con tipos de interés más bajos es una receta para que los inversores se deshagan de sus activos en dólares... El factor Trump también está influyendo en la reciente caída del dólar y, por tanto, en la devaluación comercial... el declive subyacente del poder industrial estadounidense ha debilitado el dólar a lo largo de décadas, y de hecho esto es lo que Trump considera que hay que revertir... El plan de Trump de restaurar la superioridad industrial estadounidense con aranceles y bombas no tendrá éxito. El declive relativo de la industria estadounidense no se revertirá... En lugar de utilizar su excedente de dólares estadounidenses para comprar bonos estadounidenses, los extranjeros han comprado cada vez más acciones estadounidenses... Si la burbuja de la IA estallara y el mercado bursátil estadounidense se desplomara, el dólar sufriría una nueva caída. ¿Significa esto que el imperialismo del dólar ha terminado? No, las instituciones no están cambiando los dólares por euros, yenes o renminbis, sino por oro... aunque el dólar estadounidense se haya debilitado en el último año, sigue siendo muy fuerte desde el punto de vista histórico. Por lo tanto, el «privilegio extraordinario» que ha disfrutado el dólar durante mucho tiempo no va a terminar pronto (Michael Roberts)

 "El precio del oro frente al dólar estadounidense ha vuelto a situarse por encima de los 5000 dólares por onza tras su reciente y brusca contracción de la semana pasada. La subida sin precedentes del precio del oro, especialmente desde el inicio de la presidencia de Trump Mark 2 hace un año, es el resultado de lo que se denomina «comercio de devaluación». Este comercio significa que las instituciones financieras, tanto públicas como privadas, aparentemente están vendiendo activos financieros estadounidenses, es decir, efectivo en dólares y deuda en dólares, en particular. ¿Por qué? Parece que los inversores financieros y los especuladores, tanto extranjeros como estadounidenses, temen que el valor en dólares de los activos que poseen caiga. ¿Por qué? Por varias razones.

En primer lugar, aunque Trump afirma que la inflación está cayendo rápidamente, las pruebas indican lo contrario. La inflación de los precios al consumo en Estados Unidos sigue siendo oficialmente «persistente» y se mantiene por encima del objetivo oficial de la Reserva Federal del 2 % anual. Además, como hemos mostrado en publicaciones anteriores, la tasa oficial subestima en hasta 2 puntos porcentuales la tasa real de inflación. Sin embargo, Trump sigue exigiendo que la Reserva Federal recorte su tipo de interés oficial y pretende sustituir al actual presidente de la Fed, Jay Powell, por alguien (Kevin Warsh) que haga lo que él quiera. Una inflación más alta junto con tipos de interés más bajos es una receta para que los inversores se deshagan de sus activos en dólares. El tipo de interés real (después de la inflación) que se obtiene de los activos en dólares seguirá cayendo.

Otro indicador clave en este sentido es la diferencia entre el tipo de interés que se obtiene por el dólar y el que se obtiene por otras divisas, en particular el euro y el yen. Los inversores financieros consideran cada vez más que los tipos de interés estadounidenses caerán más que en otras economías importantes durante el próximo año. El Banco de Inglaterra y el Banco Central Europeo no tienen prisa por recortar aún más sus tipos, tal y como acaban de anunciar en sus reuniones de hoy, mientras que el Banco de Japón está dispuesto a subir aún más sus tipos para apoyar al yen. Por lo tanto, el diferencial de tipos de interés «a plazo» (es decir, la previsión del mercado) del dólar en comparación con otras monedas ha ido disminuyendo.

El factor Trump también está influyendo en la reciente caída del dólar y, por tanto, en la devaluación comercial. Su imprevisibilidad y sus tácticas intimidatorias con otros países están obligando cada vez más a los tenedores extranjeros de activos en dólares, es decir, a las empresas que invierten en Estados Unidos, a las instituciones financieras que poseen acciones y bonos estadounidenses y a los bancos centrales con grandes carteras de activos a corto plazo estadounidenses (efectivo y letras del Tesoro) a diversificar en otras monedas o en oro. De hecho, el oro, esa «reliquia bárbara» del antiguo sistema monetario, se ha convertido ahora en el activo «refugio seguro» que sustituye al dólar y, por ende, a otras monedas «fiduciarias» importantes como el euro, la libra esterlina o el yen.

En el pasado, cada vez que se producía una crisis financiera o un conflicto político importante, los inversores se lanzaban a comprar activos en dólares, lo que provocaba una subida del dólar, como ocurrió durante la crisis financiera de 2008. Eso no ha sucedido con Trump; el índice del dólar ha caído un 10 % frente a otras monedas en 2025. Esta vez, ha surgido el comercio de devaluación.

 El dólar, como principal moneda mundial para las reservas de los bancos centrales y en las transacciones del comercio y las finanzas internacionales, lleva décadas en declive gradual. El imperialismo estadounidense ha sido la potencia dominante a nivel mundial desde 1945. Ese dominio ha dependido de cuatro factores: superioridad industrial, superioridad tecnológica, superioridad financiera y poderío militar. Estados Unidos era la principal economía manufacturera en los años cincuenta y sesenta, pero fue perdiendo gradualmente esa posición frente al auge de la industria manufacturera europea y, posteriormente, japonesa. La prueba de fuego se produjo cuando los superávits comerciales de Estados Unidos con otros países se convirtieron en déficits, lo que ha continuado desde entonces. Entonces, Estados Unidos comenzó a perder dólares a nivel mundial, no solo a través de la inversión exterior, sino también a través de un exceso de gasto en importaciones sobre las exportaciones, ya que los fabricantes nacionales perdieron terreno frente a la competencia extranjera.

Bajo el antiguo patrón oro fijo, los desequilibrios del dólar en el comercio y los flujos de capital tenían que resolverse mediante transferencias de lingotes de oro. Hasta 1953, mientras se llevaba a cabo la reconstrucción tras la guerra, Estados Unidos ganó 12 millones de onzas troy de oro, mientras que Europa y Japón perdieron 35 millones de onzas troy (para financiar su recuperación). Pero después de eso, Estados Unidos comenzó a perder oro hacia Europa y Japón. A finales de 1965, estos últimos superaron a los primeros por primera vez en la posguerra en términos de volumen de oro en reserva. Como resultado, Europa y Japón comenzaron a acumular enormes reservas que podían utilizar para comprar activos estadounidenses. A principios de la década de 1970, la administración estadounidense de Nixon abandonó el patrón oro y dejó flotar el dólar. La economía mundial había comenzado a revertirse en contra de Estados Unidos.

Por primera vez desde la década de 1890, Estados Unidos pasó a depender de la financiación externa para sus gastos internos y externos. Ahora, las cuentas externas de Estados Unidos dependían menos de los bienes y servicios y más de la demanda mundial de activos financieros estadounidenses y de la liquidez que estos proporcionaban.

En el siglo XXI, especialmente tras la crisis mundial de 2008, la industria estadounidense también comenzó a perder su superioridad en las industrias tecnológicas de alto valor añadido. Sí, cuenta con los siete gigantes tecnológicos y está impulsando el auge de la inteligencia artificial, pero China y Asia oriental comenzaron a liderar muchos sectores clave basados en la tecnología. Cada vez más, sus superávits comerciales con Estados Unidos se deben menos a los bienes de consumo manufacturados básicos y más a los productos de alta tecnología.

Sin embargo, hasta ahora Estados Unidos se ha mantenido cómodamente como la potencia financiera dominante en el mundo. Normalmente, si la cuenta corriente de un país está permanentemente en déficit y depende cada vez más de los fondos extranjeros, su moneda es vulnerable a una fuerte depreciación. Esta es la experiencia de casi todos los países del mundo, desde Argentina hasta Turquía, pasando por Zambia e incluso el Reino Unido. Pero no es lo mismo para Estados Unidos, porque el dólar sigue siendo la principal moneda internacional. Aproximadamente el 90 % de las transacciones cambiarias mundiales implican al dólar; alrededor del 40 % del comercio mundial fuera de Estados Unidos se factura y se liquida en dólares; y casi el 60 % de los billetes de dólar estadounidense circulan internacionalmente como reserva de valor y medio de intercambio global. Alrededor del 50 % de las reservas de divisas mundiales en poder de los bancos centrales y las autoridades monetarias extranjeras siguen estando denominadas en dólares. Y solo el Tesoro de los Estados Unidos puede «imprimir» dólares, obteniendo así un beneficio de lo que se denomina «señoreaje». Así pues, a pesar del relativo declive económico del imperialismo estadounidense en el ámbito industrial, el dólar estadounidense mantiene su «privilegio extraordinario».

Aun así, el declive subyacente del poder industrial estadounidense ha debilitado el dólar a lo largo de décadas, y de hecho esto es lo que Trump considera que hay que revertir. Quiere «devolver la grandeza a Estados Unidos» restaurando su hegemonía industrial, y sus armas son las subidas de aranceles y las amenazas grandilocuentes.

Cada vez más, está recurriendo al último gran componente de la hegemonía imperialista estadounidense: su poderío militar. La diplomacia de las cañoneras en Venezuela e Irán son solo los últimos episodios de ese enfoque.
El plan de Trump de restaurar la superioridad industrial estadounidense con aranceles y bombas no tendrá éxito. El declive relativo de la industria estadounidense no se revertirá. Pero, ¿qué pasa con ese declive financiero? Podemos ver lo que está sucediendo si observamos la posición de inversión internacional neta (NIIP) de la economía estadounidense. Esta mide la cantidad de activos extranjeros que poseen las instituciones estadounidenses frente a la cantidad de activos estadounidenses que poseen las instituciones extranjeras, es decir, la posición neta de los activos y pasivos extranjeros de Estados Unidos. ¿Cuáles son estos activos y pasivos? Son las inversiones directas pendientes, las tenencias pendientes de acciones (valores) y bonos, y las tenencias de efectivo y valores a corto plazo.

Este saldo neto negativo de activos y pasivos equivale al 79 % del PIB estadounidense. Como pueden ver, la NIIP negativa se ha ampliado de forma constante. Esto significa que los extranjeros poseen cada vez más inversiones, acciones, bonos y efectivo en la economía estadounidense que las instituciones estadounidenses en activos extranjeros. Como hemos visto anteriormente, la razón de ello es que Estados Unidos ha registrado déficits comerciales y por cuenta corriente cada año desde la década de 1970, y esos déficits han sido cubiertos por los extranjeros que mantienen sus superávits comerciales con Estados Unidos y otros países en activos en dólares estadounidenses, así como invirtiendo en la economía estadounidense.

 Pero esa brecha entre pasivos y activos ha ido creciendo. ¿Por qué? No es porque los extranjeros estén invirtiendo tanto en la industria estadounidense. Es cierto que la inversión extranjera directa (IED) neta de los extranjeros en Estados Unidos ha aumentado considerablemente desde mediados de la década de 2010, alcanzando ahora casi 7 billones de dólares en stock de inversión. Pero la mayor parte de las tenencias extranjeras de activos en dólares se encuentra en lo que se denomina inversiones de cartera: es decir, bonos y acciones.

Los extranjeros poseen actualmente bonos del Gobierno y de empresas estadounidenses por valor de más de 15 billones de dólares y (en términos netos) cerca de 12 billones de dólares, lo que supone más del 40 % de la NIIP. Las instituciones extranjeras suelen mantener sus activos en dólares estadounidenses en bonos del Gobierno estadounidense «seguros», mientras que los bancos centrales extranjeros mantienen la mayor parte de sus reservas en depósitos en dólares o letras del Tesoro a corto plazo. Sin embargo, recientemente se ha producido un cambio significativo en la composición de la NIIP estadounidense.

En lugar de utilizar su excedente de dólares estadounidenses para comprar bonos estadounidenses, los extranjeros han comprado cada vez más acciones estadounidenses. El auge del mercado bursátil estadounidense, especialmente desde el final de la recesión provocada por la pandemia en 2020, ha fomentado una inversión extranjera masiva en el mercado bursátil estadounidense. Las instituciones estadounidenses solían comprar más acciones extranjeras que las que los extranjeros poseían en Estados Unidos. Pero a finales de 2025, los extranjeros poseían acciones estadounidenses por valor de 21 billones de dólares, o 6,5 billones de dólares netos, más que sus inversiones en la industria estadounidense y más que sus tenencias en bonos, lo que supone un cambio enorme. Ahora parece que el valor del dólar estadounidense depende cada vez más de los extranjeros que poseen acciones de empresas estadounidenses que de la deuda del Gobierno estadounidense. Y eso es arriesgado para el dólar. Si la burbuja de la IA estallara y el mercado bursátil estadounidense se desplomara, el valor de las participaciones extranjeras en acciones también se hundiría y provocaría un cambio de estos activos en dólares. Así pues, el dólar sufriría una nueva caída.

¿Significa esto que el imperialismo del dólar ha terminado y que el dólar estadounidense se hundirá a nivel mundial para ser sustituido por monedas alternativas, por ejemplo, de las economías BRICS, en un nuevo mundo multipolar? Este es el tema de muchos economistas radicales y izquierdistas. En mi opinión, esto es exagerado. Permítanme explicarles por qué.

Para empezar, no existe una alternativa real al dólar estadounidense en los mercados mundiales. El euro no puede sustituirlo y todo lo que se dice sobre una «moneda BRICS» (que no existe) o la sustitución del dólar por el renminbi chino es una ilusión basada en la idea de que los BRICS (por no hablar de los BRICS+) son realmente un grupo unido que se resiste al imperialismo estadounidense, o que China quiere poner fin a los controles de capital sobre sus flujos financieros y dejar que el renminbi se enfrente a los caprichos de los flujos financieros mundiales.

En segundo lugar, la cuota del dólar en las reservas de los bancos centrales ha disminuido, pero sigue representando el 50 % de todas las reservas de los bancos centrales y ninguna otra moneda ni el oro se acercan a esa cuota. Además, en los mercados de divisas, el dólar se utiliza en casi el 90 % de todas las transacciones. Sí, ha aumentado el intercambio comercial directo entre el renminbi y el rublo, e incluso entre el riyal saudí y el renminbi, pero el volumen de estos intercambios es insignificante en comparación con el comercio bilateral entre el dólar y todas las demás monedas.

Luego está el mercado de swaps de divisas. Las instituciones financieras internacionales se «cubren» continuamente contra las fluctuaciones del tipo de cambio para intentar proteger el valor de sus activos. Para ello, intercambian divisas, y este enorme mercado (100 billones de dólares) también se realiza casi exclusivamente en dólares (90 %).

Las instituciones no están cambiando los dólares por euros, yenes o renminbis, sino por oro. Pero el oro no puede sustituir al dólar en los flujos financieros mundiales. Y menos aún las criptomonedas. A los precios actuales, el valor de las reservas de oro mundiales es de alrededor de 36 billones de dólares, más de doce veces el valor combinado de todas las criptomonedas, pero solo el 30 % del PIB mundial y menos del 10 % de la deuda mundial.
Por lo tanto, el componente financiero de la hegemonía imperialista estadounidense se mantendrá durante algún tiempo. Sí, es posible que el dólar siga cayendo este año debido a la estanflación de la economía estadounidense, al estallido de la burbuja de la inteligencia artificial y a la probable reducción adicional de los tipos de interés estadounidenses en relación con los de otros países, junto con las rabietas de Trump. Pero aunque el dólar estadounidense se haya debilitado en el último año, sigue siendo muy fuerte desde el punto de vista histórico. Los datos de la Reserva Federal muestran que el valor real del dólar sigue estando casi dos desviaciones estándar por encima de su media desde el inicio de la era del tipo de cambio flotante en 1973.

Por lo tanto, el «privilegio extraordinario» que ha disfrutado el dólar durante mucho tiempo no va a terminar pronto, a pesar de la reciente «devaluación» comercial."

Matthew Hoh, exfuncionario de la Infantería de Marina y del Departamento de Estado: Una llamada a la humildad y la autoconciencia antes de la guerra con Irán... La Marina de los Estados Unidos tuvo que retirarse del Mar Rojo no una sino dos veces contra los hutíes de Yemen... En 2024 y de nuevo en 2025, las campañas terminaron en "treguas" para salvar la cara, pero los resultados fueron claros: el control de los hutíes del Mar Rojo... La industria estadounidense no puede producir municiones para mantenerse al día con las guerras en Oriente Medio y Europa... ésta fue una de las principales razones de la intervención de Trump en la guerra de 12 días entre Israel e Irán el año pasado (tanto los israelíes como los estadounidenses se estaban quedando sin misiles para interceptar los misiles y drones iraníes)... ¿Cómo se verá afectado el estadounidense promedio si se cierran los estrechos de Ormuz porque Donald Trump ha atacado Teherán? Bueno, nuestros precios de la gasolina subirán a cinco o seis dólares. Esas serán las consecuencias inmediatas. Pero habrá una continua devaluación del dólar estadounidense, una huida constante de los bonos del Tesoro estadounidense, una búsqueda continua de alternativas al orden mundial monetario, financiero y económico estadounidense que tendrá grandes efectos en el pueblo estadounidense en las próximas décadas en términos de una calidad de vida muy disminuida; lo cual es realmente difícil de decir, ya que más del 60% de los estadounidenses viven al día ahora

 "Dios tiene una providencia especial para los tontos, los borrachos y los Estados Unidos de América.

~Otto von Bismarck (atribuido)

Es lo mismo en todas las guerras; los soldados hacen el trabajo de combate, los periodistas gritan y ningún verdadero patriota se acerca a una trinchera de primera línea, excepto en breves recorridos propagandísticos. A veces me consuela pensar que el avión está alterando las condiciones de la guerra. Quizás cuando llegue la próxima gran guerra, podamos ver un espectáculo sin precedentes en toda la historia: un patriota con un agujero de bala.

~George Orwell, Homenaje a Cataluña

Tengo un miedo racional, y digo racional para distinguirme de los belicistas y los islamófobos fanáticos que ven enemigos y musulmanes debajo de sus camas y en sus armarios, de que Estados Unidos es vulnerable no solo a la derrota en guerras en el extranjero, sino que está expuesto a ataques de sus adversarios aquí en casa.

Tengo un miedo racional, y digo racional para distinguirme de los belicistas y los islamófobos fanáticos que ven enemigos y musulmanes debajo de sus camas y en sus armarios, de que Estados Unidos es vulnerable no solo a la derrota en la guerra en el extranjero, sino que está expuesto a ataques de sus adversarios aquí en casa.

Con respecto a la derrota en la guerra contra estados extranjeros, ya he hablado antes sobre el fracaso y el bajo rendimiento del ejército estadounidense en los últimos años:

- La Marina de los Estados Unidos tuvo que retirarse del Mar Rojo no una sino dos veces contra los hutíes de Yemen. Tanto funcionarios de las administraciones de Biden como de Trump, civiles y militares, parecían deleitarse con la perspectiva de la campaña naval, invocando batallas al estilo de la Segunda Guerra Mundial y prometiendo la capitulación de los hutíes. En 2024 y de nuevo en 2025, las campañas terminaron en "treguas" para salvar la cara, pero los resultados fueron claros: el control de los hutíes del Mar Rojo.

- La industria estadounidense no puede producir municiones para mantenerse al día con las guerras en Oriente Medio y Europa, una debilidad que se remonta a la campaña aérea estadounidense contra el Estado Islámico en Irak y Siria hace una década, y una de las principales razones de la intervención de Donald Trump en la guerra de 12 días entre Israel e Irán el año pasado (tanto los israelíes como los estadounidenses se estaban quedando sin misiles para interceptar los misiles y drones iraníes). La incapacidad de la industria armamentística estadounidense, junto con las empresas de armamento europeas, para satisfacer las necesidades de Ucrania es aún más alarmante, ya que los rusos, a pesar del régimen de sanciones más grande de la historia, no solo están satisfaciendo sus necesidades de armamento, en la guerra convencional más grande desde la Segunda Guerra Mundial, sino que también están exportando armas con considerables ganancias.

- La Armada de los Estados Unidos no puede mantener suficientes de sus 11 grupos de batalla de portaaviones en el mar para permitir que el presidente Trump amenace tanto a Venezuela como a Irán al mismo tiempo; nótese la tardía entrada en el teatro del Golfo Pérsico del grupo de batalla Abraham Lincoln. El grupo anfibio de la Marina y el Cuerpo de Marines (ARG) que normalmente estaría en el Mediterráneo y podría transitar al Mar Arábigo para apoyar las operaciones contra Irán, está en el Caribe. Un ARG es necesario para muchas cosas, como proporcionar búsqueda y rescate para pilotos derribados, la incautación de buques o plataformas petrolíferas, servir como base flotante para misiones de comando, como el secuestro de Nicolás Maduro, reforzar unidades terrestres o evacuar a ciudadanos estadounidenses de la región. Tradicionalmente, hay un Grupo de Ataque Anfibio (ARG) en la estación en las cercanías del Golfo Pérsico/Mar Arábigo, pero ese ARG parece haber zarpado recientemente de la costa oeste de Estados Unidos. Con 175,000 marines, casi 300 barcos y un presupuesto de un billón de dólares, uno pensaría que la máquina de guerra estadounidense podría tener 3 barcos con 2,000 marines y algunos helicópteros en cualquier parte del mundo que quisiera, por no hablar de Oriente Medio, pero no puede.

 -Es muy posible que la operación de cambio de régimen estadounidense-israelí que se mezcló y luego secuestró las protestas iraníes orgánicas y legítimas el mes pasado no pudiera realizarse debido a la falta de fuerzas navales estadounidenses en la zona.

-El jefe de Estado Mayor de las FDI, Eyal Zamir, declaró la semana pasada, tras reunirse con generales estadounidenses en Washington, D.C., que Estados Unidos llevaría a cabo ataques militares contra Irán en un plazo de 2 semanas a 2 meses. Ese plazo puede coincidir con las condiciones climáticas de la región (recuerde que tanto la Primera como la Segunda Guerra de Irak comenzaron a finales del invierno/principios de la primavera, y a pesar de los avances tecnológicos de hace 35 y 23 años, el clima sigue siendo importante) y con el deseo de la administración Trump de llevar a cabo al menos algunas rondas de negociaciones con los iraníes, pero es probable que el plazo tenga que ver principalmente con la colocación de las fuerzas estadounidenses en la región.

-Así como Donald Trump, hace un año en su primera conferencia de prensa con el primer ministro Netanyahu, afirmó que Estados Unidos se haría cargo de la Franja de Gaza... y la poseería, lo cual se está materializando a través de la Junta de Paz de Trump, Trump también hizo un firme compromiso con respecto a Irán. En esa reunión del pasado febrero, creo que Trump y Netanyahu acordaron llevar a cabo un cambio de régimen en Irán. Un año de planificación, preparativos y operaciones se dedicó a alinear las condiciones regionales y los disturbios internos iraníes. Esto incluyó: 
-La guerra de 12 días contra Irán del pasado junio, que en sí misma fue un intento de cambio de régimen;

-debilitando y fracturando aún más Líbano con más de 1.000 ataques aéreos israelíes, la ocupación de partes del sur de Líbano por parte de las FDI - esencialmente limpiando partes del sur de Líbano de su población, y la presión política estadounidense destinada a aumentar la división dentro de Líbano;

-apoyando al gobierno reformista de Al Qaeda en Siria en su consolidación del poder, no menos importante, mediante el abandono de sus aliados kurdos por parte de Estados Unidos una vez más (al mismo tiempo que Damasco consolida el poder, Israel lleva a cabo bombardeos continuos, la ocupación de partes del sur de Siria e incita a la violencia sectaria para reforzar el dominio regional de Israel);

-presionar a los iraquíes para que repriman y controlen las Unidades de Movilización Popular, en su mayoría chiítas, así como para manipular las relaciones entre Irak e Irán, particularmente a través del control estadounidense de los ingresos petroleros iraquíes, que representan el 90% del presupuesto de Irak;

-lograr que los europeos reintrodujeran las draconianas sanciones de "reinicio rápido" contra Irán el otoño pasado, que fueron cruciales para asegurar las condiciones económicas necesarias para que los iraníes salieran a las calles a protestar;

-y resolviendo el genocidio de Gaza con una victoria para el sionismo, los promotores inmobiliarios multimillonarios y los colonos genocidas.

-Es bastante posible que, mientras todo se alineaba para un intento de cambio de régimen el mes pasado, el plan Trump-Netanyahu para Irán no se realizara por completo porque las fuerzas navales estadounidenses, incluidas las necesarias para defender a Israel de los misiles y drones iraníes, estaban a 7,000 millas de distancia en el Caribe.

 - La Fuerza Aérea tiene sus propios problemas de personal y mantenimiento, y su capacidad para enviar escuadrones adicionales a Oriente Medio se ve aún más limitada por los compromisos en todo el mundo. En 2024 (últimos datos disponibles), 2 de cada 5 aviones de la Fuerza Aérea no estaban disponibles debido a mantenimiento. Eso es casi 2.000 aviones, lo cual supongo que está bien porque la Fuerza Aérea también tiene un déficit de unos 2.000 pilotos. Debemos señalar antes de continuar que la Fuerza Aérea de los Estados Unidos no se ha enfrentado a un oponente capaz de infligir pérdidas significativas o disputar el control del cielo desde la Guerra de Vietnam. Este siglo, solo un avión de la Fuerza Aérea ha sido derribado por fuerzas enemigas, un A-10 en Irak en 2003 (no se confirmó que un segundo avión, un F-15E que se estrelló en Irak en 2003, fuera derribado).

- El número 2 de 5 mencionado anteriormente refleja lo que se conoce como tasas de capacidad de misión, lo que significa que el avión puede realizar al menos una de las tareas que se le asignan. Por ejemplo, si las luces de tu coche no funcionan, aún se consideraría apto para la misión porque podrías conducirlo durante el día, pero no por la noche. Así que un avión de combate que no puede disparar sus armas seguiría considerándose apto para la misión. La tasa de capacidad de misión completa (FMC) es más importante, ya que nos dice cuántos aviones pueden realmente hacer el trabajo para el que los contribuyentes pagaron. El F-35A de la Fuerza Aérea, que cuesta mucho más de 100 millones de dólares cada uno, tiene una FMC del 36%. Eso significa que apenas 1 de cada 3 F-35 de la Fuerza Aérea está disponible para llevar a cabo cualquier misión asignada. De alguna manera, sin embargo, un FMC del 36% es mejor que la mayoría de los otros cazas y bombarderos de la Fuerza Aérea. Los aviones de apoyo, en número limitado e increíblemente vitales para cualquier operación, son igual de poco fiables. 

- Como señala este informe de la Fuerza Aérea de 2024, el 61% de los aviones cisterna de reabastecimiento en vuelo KC-46 considerados aptos para la misión incluyen aquellos con pértigas rotas que no pueden reabastecer a otras aeronaves. Cuando se retiran los petroleros que no pueden reabastecer a otros aviones, la tasa de capacidad de misión cae al 37%. Un avión cisterna de reabastecimiento tiene literalmente una sola misión: reabastecer a otros aviones. Sin embargo, cuando un petrolero no puede hacer eso, la Fuerza Aérea sigue diciendo que está listo para la misión. Volviendo a la analogía de tu coche, según la Fuerza Aérea, tu coche sigue siendo apto para la misión incluso si le faltan las cuatro ruedas porque aún puedes escuchar la radio. Me extiendo aquí sobre las tasas de mantenimiento de la Fuerza Aérea no solo para demostrar por qué los contribuyentes deberían estar indignados, sino para preguntar: ¿Creen que una Fuerza Aérea que se entiende a sí misma a través de tal mendacidad va a desempeñarse bien en una guerra contra un oponente real?

 Como se detalló el año pasado en The New York Times, los generales rusos derrotaron a los generales estadounidenses operativamente en la guerra de Ucrania. Si bien los últimos dos años de la guerra entre Ucrania y Rusia han sido más o menos un combate de desgaste dominado por drones y pequeñas unidades a lo largo de las líneas del frente, los dos primeros años vieron intentos de ambos bandos de algún tipo de guerra combinada más tradicional, guerra de unidades grandes, incluida la catastrófica ofensiva de verano de 2003 por parte de los ucranianos. Los hombres que comandaban los grandes movimientos de flechas de las fuerzas ucranianas eran generales estadounidenses en Alemania. Esto puede no haber sido una sorpresa para aquellos de nosotros que entendimos esta guerra como una guerra por delegación de Estados Unidos, pero lo perturbador no es la continua negativa de muchos comentaristas y analistas militares occidentales a aceptar esta definición de la guerra como una guerra por delegación, sino a reconocer esta derrota operativa de los generales estadounidenses a manos de los generales rusos. No tengan duda, el resultado habría sido el mismo si los hombres que morían bajo los generales estadounidenses fueran de Colorado Springs, El Paso o San Diego en lugar de Járkov, Krivói Rog o Leópolis.

-Incluso la exitosa campaña contra el Estado Islámico en Irak y Siria, el mayor ejemplo de efecto boomerang de este siglo, no estuvo bajo el mando de generales estadounidenses, sino que fue el resultado de los esfuerzos de la coalición tanto en Siria como en Irak, con generales rusos e iraníes al mando de la mayor parte de las fuerzas terrestres y de las campañas en general. Los estadounidenses ciertamente jugaron un papel crucial tanto en Siria como en Irak, especialmente con apoyo aéreo y logística, pero se puede decir lo mismo de los rusos en Siria. El papel de liderazgo iraní, especialmente en Irak, fue primordial. Así que la única campaña militar estadounidense exitosa de este siglo que logró sus objetivos, que es lo único que importa al final, fue una victoria en la que los generales estadounidenses tuvieron, en Siria, un papel compartido con los comandantes rusos, iraníes, sirios y kurdos, mientras que en Irak, los generales estadounidenses estaban efectivamente subordinados a los generales iraníes.

Los ejemplos anteriores, de nuevo, son solo de los últimos años. Podemos retroceder más y examinar los fracasos de las guerras de Afganistán, Irak, Libia y Yemen, revisar la multitud de resultados contraproducentes y ruinosos de operaciones pasadas de cambio de régimen, o sopesar las debilidades sistémicas y estructurales de décadas del ejército estadounidense (reclutamiento, retención, tamaño, adquisiciones, etc.), pero creo que el punto está claro. El ejército estadounidense está sobrecargado, limitado en sus recursos, incapaz de ser reabastecido de manera confiable por la industria estadounidense y comandado por generales y almirantes incompetentes. Es un ejército en grave peligro de derrota a lo largo de una campaña y de no lograr los objetivos de Estados Unidos. Una guerra con Irán no solo sería otra guerra ilegal e inmoral, sino también otra guerra imposible de ganar y estúpida.

 Todo lo que he dicho anteriormente con respecto a las necesidades militares de Estados Unidos debe yuxtaponerse con el éxito estratégico de Estados Unidos e Israel en separar a sus adversarios en Oriente Medio entre sí para disuadirlos, disminuirlos o destruirlos. Las condiciones en Oriente Medio son diferentes a las de hace un año y dramáticamente diferentes a las de hace dos años. Este éxito político y estratégico en la región para avanzar en el dominio israelí no contradice mi crítica al ejército estadounidense ni mi creencia de que perderá una guerra en el futuro. Los medios utilizados para derrotar a los enemigos, al tiempo que se consolidaba el apoyo entre los aliados regionales (esencialmente toda la región excepto el Eje de la Resistencia), no fueron la guerra estadounidense en un sentido tradicional, sino principalmente el uso de intermediarios y socios regionales (Siria), sanciones y amenazas de más sanciones (Irak), y la doctrina Dahiya israelí de crímenes de guerra masivos cometidos como un blitz (Líbano). Donde se emplearon fuerzas militares estadounidenses, los resultados fueron la derrota en el Mar Rojo y una tregua apresurada con Irán, orquestada por una exhibición teatral de un B-2, ya que las reservas de municiones estadounidenses estaban caducando rápidamente.

Es posible que no veamos un intento de cambio de régimen contra Irán que se asemeje a lo que convencionalmente imaginamos. El secuestro de Maduro el mes pasado, que proporcionó los efectos políticos del cambio de régimen dejando intacto al gobierno venezolano, es muy instructivo, por lo que podría haber esfuerzos alternativos para lograr las ambiciones de Estados Unidos e Israel en Irán sin guerra. Basado en los esfuerzos de cambio de régimen en Irán el pasado junio y el mes pasado, serían probables el sabotaje, los asesinatos, los ciberataques y otros ataques desestabilizadores, así como el uso de presiones sectarias. El mes pasado, parece que Estados Unidos e Israel dieron mucho peso a la utilización de separatistas kurdos como beligerantes para, si no lograr un cambio de régimen, causar una guerra civil al estilo de Siria o Libia. Clásico de EE. UU.: abandonar a un aliado en un lugar y darles armas y prometerles nuestro apoyo en otro. Estoy seguro de que los kurdos sirios tienen algunos consejos para sus primos en Irán. Como dijo Henry Kissinger, es peligroso ser enemigo de Estados Unidos, mortal ser su aliado.

Entran Bismarck y Orwell

Muy lejos quedó el mundo de Otto von Bismarck, quien afirmó: Los estadounidenses son un pueblo muy afortunado. Están limitados al norte y al sur por vecinos débiles, y al este y al oeste por peces.

Aquellos estadounidenses a favor de estas guerras se ven a sí mismos como inmunes a las consecuencias. Así que una derrota en el Golfo Pérsico (o en el Mar de China Meridional para mirar un poco más lejos en el futuro) no se considera perjudicial para quienes más desean estas guerras. Las guerras anteriores no los han afectado; si acaso, esas guerras mejoraron sus cuentas bancarias y les dieron una bandera sangrienta para ondear en la televisión y las redes sociales. Sin embargo, la guerra está cambiando y evolucionando, como lo hace la guerra, y quienes celebran y promueven la guerra deberían prestar atención a eso, ya que Estados Unidos, dentro de sus fronteras, se está volviendo cada vez más vulnerable.

 Esta semana en Juzgando la Libertad, el juez Nap preguntó:

¿Cómo se verá afectado el estadounidense promedio si se cierran los estrechos de Ormuz porque Donald Trump ha atacado Teherán?

Mi respuesta (transcripción editada para mayor claridad y corrección):

"Bueno, nuestros precios de la gasolina, señor juez, subirán a cinco o seis dólares. Esas serán las consecuencias inmediatas. Pero habrá una continua devaluación del dólar estadounidense, una huida constante de los bonos del Tesoro estadounidense, una búsqueda continua de alternativas al orden mundial monetario, financiero y económico estadounidense que tendrá grandes efectos en el pueblo estadounidense en las próximas décadas en términos de una calidad de vida muy disminuida; lo cual es realmente difícil de decir, ya que más del 60% de los estadounidenses viven al día ahora.

¿Cómo será cuando no tengamos la moneda de reserva del mundo? ¿Cómo será cuando las naciones no hagan cola para comprar nuestros bonos del tesoro para financiar nuestra deuda? Quiero decir, ¿qué va a pasar entonces cuando nuestro país, que en realidad no fabrica mucho, excepto armas, esencialmente, no pueda proveer a sus ciudadanos... y somos un importador masivo? ¿Qué les va a pasar a las familias estadounidenses cuando la inflación sea constantemente del siete, ocho o nueve por ciento porque el dólar se haya desplomado? No podemos fabricar lo que la gente necesita y cuesta una fortuna importar [debido a un dólar devaluado]. Así que hay estas cosas a largo plazo, no solo esta guerra inminente e inmediata con Irán, sino la trayectoria general de la política exterior estadounidense.

Pero también hay algo más que quiero mencionar, señor juez, y mi amigo Rich, que es teniente coronel retirado de la Infantería de Marina, hace un argumento muy convincente sobre esto, sobre cuán vulnerable es Estados Unidos dentro de nuestras fronteras a un ataque. Ya sean cosas que se han dejado de lado, de las que no se ha hablado durante la guerra contra el terror, ocurren y luego desaparecen. Me refiero específicamente a cosas como el intento de atentado en Times Square, la masacre en la discoteca Pulse, hace solo un año, cuando el tipo con la bandera del Estado Islámico en su camión atropelló y mató, ¿qué, una docena, 14 personas en Nueva Orleans en Nochevieja?

Ninguno de esos ataques, y hay otros, es llevado a cabo por hombres que dicen "conviértete o muere". Lo que están diciendo es que ahora estás recibiendo una parte de esta guerra. Lo que están diciendo es que dejen de atacar a mi país. Deja de atacar mi fe. Deja de atacar a mi gente. Y la incapacidad del pueblo estadounidense para entender eso... Creo que la mayoría de los estadounidenses probablemente todavía no se dan cuenta de que los atacantes del 11 de septiembre tenían tres motivaciones para su ataque: el apoyo estadounidense a Israel, las sanciones y el bombardeo estadounidense de Irak, y la presencia de tropas estadounidenses en Arabia Saudita. Todas motivaciones bastante sólidas. No tienes que estar de acuerdo con ellos, pero son razonables. Y ninguno de [esos atacantes] está diciendo "conviértete o muere".

Y así, el punto de mi amigo Rich es que vivimos en un país que tiene muchos objetivos fáciles y, particularmente en esta época en la que ya no se necesitan las células durmientes que han sido parte de los sueños febriles neoconservadores de los últimos 40 años, que hay células durmientes iraníes o de Hezbolá por todo Estados Unidos. Solo necesitas un puñado de personas con ideas afines, gente inspirada por lo que ven en la televisión, gente inspirada por la masacre de iraníes a manos de bombas estadounidenses e israelíes, para tomar un rifle y empezar a causar daño.

Y el punto de Rich es específicamente sobre nuestra infraestructura eléctrica. Hace un par de años, tuvimos a un par de tipos que dispararon contra una central eléctrica en Carolina del Norte. Nunca atraparon a estos tipos. Y causó grandes problemas para esa parte de Carolina del Norte durante bastante tiempo, varios días. Y así, imaginen qué pasaría si solo un puñado de personas en el campo tomaran rifles y salieran a disparar contra nuestras subestaciones eléctricas. ¿Cómo podría eso paralizar a Estados Unidos durante días, semanas, causar problemas a largo plazo y causar problemas reales a los estadounidenses aquí en casa? Quiero decir, solo un ejemplo de lo vulnerables que somos.

Y me recuerdo, señor juez, que George Orwell, escribiendo sobre la Guerra Civil Española, y la Guerra Civil Española, para quienes no estén muy familiarizados con ella, fue el primer uso real y concentrado de aviones para atacar a civiles, para atacar objetivos detrás de las líneas del frente. Y Orwell escribió, después de haber estado él mismo en primera línea: Me consuela la evolución, la introducción de los aviones en la guerra, porque lleva la guerra detrás de las líneas del frente. Y creo que su comentario fue: "Sería genial ver a algunos chovinistas con agujeros de bala".

Esta idea de que quienes más apoyan las guerras suelen estar más lejos de las líneas del frente y no enfrentan ninguna amenaza en absoluto. Creo que eso es algo a tener en cuenta a medida que avanzamos aquí [con esta posible guerra con Irán], que ya sea un [senador] Blumenthal o Graham, o McConnell o Fetterman, estos son hombres y mujeres en Washington, D.C. que, en general, son inmunes al daño que están causando con sus políticas en el extranjero."

Los aviones a los que Orwell se refería que podían hacer agujeros de bala en los jingos han evolucionado en drones. Los drones, una parte de esta última generación de guerra, han cambiado irreversiblemente la guerra, tal como lo hizo el propio avión. Las perspectivas son distópicas. Esta escena de la película de 2019 Angel Has Fallen ya no es especulativa:

"Hace cinco años, critiqué una película de acción de Chris Pratt ambientada 30 años en el futuro por no incorporar drones adecuadamente. Si esa película estuviera ambientada en la actualidad, sería igual de inexacta. No es solo que los drones hayan convertido las líneas del frente de la guerra entre Ucrania y Rusia en tierras de nadie donde unidades de más de 3 o 4 hombres no pueden operar, sino su presencia mucho más allá de las líneas del frente lo que constituye la revolución en asuntos militares de este siglo. Los ucranianos lanzaron drones el año pasado desde la parte trasera de un camión muy lejos de las líneas del frente en Rusia. Tenemos camiones y drones aquí. Los mismos programas de IA que permiten a los drones y aviones de combate israelíes matar a los combatientes de la resistencia palestina cuando están presentes con sus hijos pueden ser duplicados o diseñados. ¿Qué impediría que eso, o cualquier otra cosa que los adversarios puedan imaginar, suceda aquí? Los adversarios pueden ser extranjeros o nacionales."

Un choque económico inmediato (y a largo plazo), hombres con rifles disparando contra centrales eléctricas o discotecas, y drones asesinando a políticos y figuras de los medios son solo algunas de las posibilidades de una guerra con Irán que no creo que el pueblo estadounidense entienda. Por mucho que me complazca la idea de que algunos chauvinistas estadounidenses modernos terminen con agujeros de bala, no creo que el riesgo para los estadounidenses inocentes valga la pena por esa forma de justicia. Ciertamente, el gran daño que sufrirá el pueblo iraní, y los pueblos de toda la región, no vale nada de esto.

Hasta ahora, ya sea por suerte o por providencia, y Bismarck ofrece ambas, Estados Unidos, excepto los veteranos y sus familias, ha evitado en gran medida la dura y cruel realidad de las guerras que libra en el extranjero. Esos guardianes gemelos de los Estados Unidos, la suerte y la Providencia, están disminuyendo. Suerte, porque por su naturaleza se agota, y Providencia, porque no merecemos tal bendición. La historia nos afecta a todos, no somos una excepción, y en esta era, las otrora grandes murallas de la fortaleza del Atlántico y el Pacífico ya no pueden defendernos. Sin embargo, más que las tecnologías que permiten a un adversario ignorar miles de kilómetros de océano, serán las acciones de nuestro gobierno las que serán culpables de futuras guerras que se llevarán al pueblo estadounidense en su propio suelo. Irán no ha venido al mundo a pelear contra nosotros; nosotros somos el agresor. Si llega la guerra con Irán, lo que resulte de ella será obra nuestra, ya sea la derrota en el extranjero o la pérdida en casa.

Una última cita, de Abraham Lincoln (énfasis mío):

¿Debemos esperar algún gigante militar transatlántico que cruce el océano y nos aplaste de un solo golpe? ¡Nunca! Todos los ejércitos de Europa, Asia y África combinados, con todo el tesoro de la tierra (excepto el nuestro) en su cofre militar; con un Bonaparte como comandante, no podrían por la fuerza, tomar un trago del Ohio, ni dejar una huella en la Cordillera Azul, en un intento de mil años. ¿En qué momento, entonces, se espera la llegada del peligro? Respondo. Si alguna vez nos llega, debe surgir entre nosotros. No puede venir del extranjero. Si la destrucción es nuestro destino, debemos ser nosotros mismos sus autores y ejecutores."

(Matthew Hoh, 06/02/26, traducción Quiexfuncionario de la Infantería de Marina y del Departamento de Estado, quien renunció en protesta por las guerras en Irak y Afganistán. blog, 06/02/26, traducción Quillbot, enlaces en el original)

Wolfgang Streeck: ¿Terminará la destrucción de Gaza, el exterminio de su sociedad, antes de completarse? No, si el Gobierno de Israel, la mayoría de sus ciudadanos y Estados Unidos se salen con la suya... Mientras haya palestinos entre el río y el mar, se interpondrán en el camino de Israel, y la misión no se habrá cumplido. De hecho, la paz, sean cuales sean sus términos, no sería más que una catástrofe nacional para Israel, una derrota devastadora. La paz tendría que poner fin al bloqueo de Gaza, que ya dura casi dos décadas... se identificaría a los comandantes israelíes responsables de los peores crímenes y el genocidio dejaría de ser una abstracción jurídica... La pesadilla continuará mientras haya palestinos que se nieguen a ser gobernados por personas como Netanyahu... Mientras tanto, la masacre en Cisjordania continúa, con el apoyo de una gran mayoría de ciudadanos israelíes... Con el respaldo inquebrantable de Estados Unidos, el Gobierno israelí puede sentirse libre de continuar con lo que la mayoría de sus ciudadanos consideran su trabajo: limpiar Gaza de gazatíes... Con Trump o sin él, no hay razón para que Israel acepte ningún acuerdo que no sea la conquista definitiva de Palestina «desde el río hasta el mar», tal y como prevé desde hace tiempo el programa electoral del partido de Netanyahu... Así que la destrucción continuará, física, institucional, social, moral, ya casi irreparable en este momento... el genocidio de Israel, tanto en Gaza como en los Territorios, es un desastre moral también para «Occidente»

 "Basado en: Fassin Didier, 2024: Moral Abdication. How the World Failed to Stop the Destruction of Gaza. Londres: Verso. ISBN-13:978-1-80429-967-8

Mishra Pankaj, 2025: The World After Gaza. Londres: Fern Press.     

ISBN 9781911717492, 292 pp

https://doi.org/10.1177/13684310251414607

¿Terminará la destrucción de Gaza, el exterminio de su sociedad, antes de completarse? No, si el Gobierno de Israel, la mayoría de sus ciudadanos y Estados Unidos se salen con la suya. Israel nunca hará las paces con el pueblo palestino, ni en Gaza, ni en Jerusalén, ni en Cisjordania. Mientras haya palestinos entre el río y el mar, se interpondrán en el camino de Israel, y la misión no se habrá cumplido. De hecho, ahora, tras dos años de matanzas, la paz, sean cuales sean sus términos, no sería más que una catástrofe nacional para Israel, una derrota devastadora. La paz tendría que poner fin al bloqueo de Gaza, que ya dura casi dos décadas, subvencionado por cuatro presidentes estadounidenses: Bush, Obama, Biden y Trump. Los habitantes de Gaza tendrían que ser liberados de su prisión al aire libre y se permitiría la entrada de visitantes. Saldrían a la luz muchas más imágenes que ahora de un paisaje devastado, con hogares, escuelas, hospitales, iglesias y universidades irremediablemente dañados. Se contarían historias de niños sin padres, padres sin hijos, familias sin madres o padres, demacrados, hambrientos, lisiados en cuerpo y alma. Se pondrían en marcha investigaciones, y no solo por parte de la corrupta y pagada por Israel denominada Autoridad Palestina: se escucharía a los testigos, se registrarían los recuerdos, se reconstruirían los acontecimientos, se identificaría a los comandantes israelíes responsables de los peores crímenes y el genocidio dejaría de ser una abstracción jurídica. El Estado de Israel acabaría finalmente convirtiéndose en un Estado paria, como podría haberlo hecho Alemania después de 1945 si no hubiera sido porque sus amigos estadounidenses necesitaban un aliado vasallo contra la Unión Soviética y para la Guerra de Corea. «Disfrutad de la guerra, la paz será terrible», solían susurrarse los alemanes entre sí cuando la Segunda Guerra Mundial llegaba a su fin.

No se vislumbra un final. La pesadilla continuará, y se permitirá que continúe, mientras haya palestinos que se nieguen a ser gobernados por personas como Netanyahu. En el momento de escribir este artículo, Israel ha capturado más de la mitad de la Franja de Gaza, declarándola «zona de seguridad» tras haberla vaciado de habitantes, con el acuerdo tácito del Consejo de Seguridad de la ONU, una primera entrega del sueño inmobiliario de la Organización Trump. Lo que quedaba de la franja aparentemente ha sido dividido en dos mitades por el ejército israelí, para mantenerla dividida hasta que llegue el Consejo de Paz, dirigido por Trump, con la paz como objetivo de la limpieza étnica con diferentes medios. Mientras tanto, la masacre en Cisjordania continúa, con el apoyo de una gran mayoría de ciudadanos israelíes, con más de mil palestinos asesinados en los dos años de guerra de Gaza por el ejército y los llamados colonos, muchos de ellos ciudadanos estadounidenses que lamentan haber nacido demasiado tarde para las guerras indias.

En cualquier caso, si algo saliera mal, Israel es militarmente invencible, gracias al apoyo inquebrantable de Estados Unidos y Alemania, con más de 300 aviones de combate listos para el combate (Hamas: ninguno), unos 50 helicópteros de ataque (Hamas: ninguno), el sistema de defensa aérea Cúpula de Hierro (Hamas: nada parecido), 2200 tanques de combate (Hamás: ninguno) y al menos 170 excavadoras Caterpillar D9 (Hamás: ninguna), lo que convierte lo que erróneamente se denomina guerra en una matanza de alta tecnología de un pueblo indefenso que está siendo bombardeado hasta volver a la edad de piedra. A esto hay que añadir la trinidad completa de la guerra nuclear: misiles terrestres, aviones de combate y submarinos nucleares suministrados por Alemania, complementados con la bomba nuclear de la propaganda, la acusación de antisemitismo, muy eficaz, como muestran Mishra y Fassin, en las democracias del hemisferio norte, donde los partidarios locales de Israel la utilizan liberalmente.

Con el respaldo inquebrantable de Estados Unidos, el Gobierno israelí puede sentirse libre de continuar con lo que la mayoría de sus ciudadanos consideran su trabajo: limpiar Gaza de gazatíes. Dos años después del inicio de la guerra, a finales de noviembre de 2025, según Statista, se había informado de la muerte de 69 185 habitantes de Gaza (según el Gobierno de Hamás en Gaza, que no cuenta a los innumerables muertos sepultados bajo los escombros de las casas arrasadas por los bombarderos y las excavadoras israelíes) y de 170 698 heridos. 1 En el mismo periodo, según el Gobierno israelí, «desde el inicio de las operaciones terrestres en la Franja de Gaza el 27 de octubre de 2023, 471 soldados han caído en combate», lo que supone menos de 20 al mes y una proporción de bajas de 1:147, un precio muy bajo que hace que la continuación de la guerra sea políticamente sostenible en Israel, aunque el final esté lejos. Según diversas estimaciones, Hamas, al que la prensa alemana se refiere estereotípicamente como «grupo terrorista», todavía contaba con entre 16 000 y 18 000 combatientes en armas cuando se reveló el plan de paz de Trump, frente a los 20 000 o 30 000 que se cree que tenía cuando comenzó la masacre.2

Con Trump o sin él, no hay razón para que Israel acepte ningún acuerdo que no sea la conquista definitiva de Palestina «desde el río hasta el mar», tal y como prevé desde hace tiempo el programa electoral del partido de Netanyahu. A diferencia de la antigua Yugoslavia, Estados Unidos y sus vasallos de Europa occidental no ven en Gaza ningún «deber de proteger» —una célebre innovación estadounidense en el derecho internacional en la década de 1990—, salvo que sea para proteger a Israel de rendir cuentas por sus crímenes. Si llega lo peor, Israel sabe que para seguir matando puede confiar en que el mundo se muera de miedo ante su «opción Sansón»: utilizar su arsenal nuclear para garantizar que, si Israel tiene que caer, todos los demás a su alrededor, en particular Irán y Líbano, y quizás también Egipto y Siria, la «zona gris» de Israel, tendrán que caer con él. En el improbable caso de que sus aliados lo abandonaran —por ejemplo, si continuar la guerra pusiera en peligro los intereses fundamentales de la clase que financia las campañas electorales estadounidenses—, Israel podría sentirse como el Gobierno alemán hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando vio que su única opción era esperar contra toda esperanza un milagro: «Hemos asumido una culpa tan enorme que solo podemos continuar; no hay vuelta atrás» (Heinrich Himmler, supuestamente, a un diplomático noruego en abril de 1945). La diferencia, por supuesto, es que mientras Alemania en ese momento no tenía bombas nucleares, Israel sí las tiene.

Así que la destrucción continuará, física, institucional, social, moral, ya casi irreparable en este momento. Si alguna vez llegara a su fin, nadie sabría cómo retirar los escombros dejados por los bombardeos, reconstruir las casas, los hospitales, las escuelas y universidades, las mezquitas e iglesias, las calles y los puertos, las alcantarillas y las tuberías de agua. (Se podría llegar a los campos de golf y clubes de campo de Trump en helicóptero, y el Consejo de Paz, en colaboración con la Fundación Humanitaria de Gaza, podría llevar agua y comida a los pocos afortunados). ¿Dónde vivirían los habitantes de Gaza mientras tanto? ¿Qué país, en nombre de la «comunidad internacional», organizaría primero el éxodo y luego el regreso, bajo la atenta mirada de las Fuerzas de Defensa de Israel y sus hermanos de armas estadounidenses? ¿Quién pagaría los orfanatos, los hogares para discapacitados, la atención médica para aquellos que han perdido la cabeza en los búnkeres y en la búsqueda de comida para sus familias? Los alemanes estarán ocupados durante años financiando su otra guerra, en Ucrania, mientras que sus aliados israelíes y, por supuesto, Estados Unidos seguramente no contribuirán con un solo centavo.

Después de Gaza, entonces, seguirá habiendo Gaza, en un futuro previsible. Tanto Fassin como Mishra esperan más matanzas masivas, desalojos, hambrunas, quizás con interrupciones ocasionales con fines de relaciones públicas, con breves aperturas de las nuevas y más estrictas fronteras de Gaza para suministros lo suficientemente pequeños como para mantener a la gente al borde de la inanición: todo este cruel juego, fingiendo misericordia, para luego volver a apretar las tuercas, acompañado de asesinatos en serie de aldeanos por parte de en Cisjordania y la construcción de viviendas financiadas por Estados Unidos para los colonos israelíes en Jerusalén Este (por no hablar de los relucientes hoteles Trump en lugares pintorescos y fuertemente armados de Gaza, limpiados de sus groseros habitantes), todo ello intercalado con ocasionales «pausas humanitarias» en beneficio de los gobiernos de Europa occidental, como los lanzamientos aéreos de alimentos desde aviones de la Bundeswehr, para que los consumidores de noticias alemanes puedan estar seguros de que los habitantes de Gaza no tendrán que morir con el estómago vacío. Fassin, al encontrar a la izquierda israelí «aplastada e inaudible» (p. 89 y ss.); los países occidentales, bajo el hechizo de la propaganda antisemita de sus lobbies israelíes, «apoyan incondicionalmente al Gobierno israelí»; y «el muy popular líder Marwan Barghouti, considerado por muchos como un posible negociador y futuro presidente de la Autoridad Palestina… condenado a cinco cadenas perpetuas [en campos de concentración israelíes], mientras que ningún político israelí parece dispuesto a considerar la posibilidad de entablar conversaciones» (p. 90)3—Fassin termina su libro, a pesar de su admirable y sobrio realismo, con un poema escrito por un poeta palestino «poco antes de morir el 7 de diciembre de 2023 en un bombardeo selectivo contra el piso donde se había refugiado con su hermana, que también murió, al igual que su hermano y cuatro de sus sobrinos y sobrinas» (p. 91).

Por supuesto, no solo Gaza necesitaría repararse después de Gaza, sino también Israel, que tendría que aprender a dejar de ser un Estado asesino, aunque, a diferencia de Alemania en 1945, nadie sabe quién podría enseñarle a hacerlo ni cómo. De hecho, tanto para Fassin como para Mishra, el genocidio de Israel, tanto en Gaza como en los Territorios, es un desastre moral también para «Occidente» en su conjunto, que ha dado a luz a Israel pero no ha sabido socializarlo adecuadamente. El pequeño libro de Fassin, brillantemente escrito y admirablemente conciso, de no más de 122 páginas, dice y documenta todo lo necesario para que los lectores vean más allá del velo del doble lenguaje de los gobiernos occidentales y sus clases políticas. Hace hincapié en ese discurso, el lenguaje tortuoso diseñado para fabricar el consentimiento con el crimen contra la humanidad característico de nuestra época, para permitir que el público occidental no se dé cuenta de la matanza de Gaza y de lo que les afecta también a ellos. El capítulo 1 recapitula el tratamiento que se da en los relatos occidentales al intento de Hamás, el 7 de octubre, de poner fin a 16 años de cautiverio colectivo; el capítulo 2 trata del uso estratégico del concepto de terrorismo; el capítulo 3, del genocidio («Las palabras importan, especialmente cuando tienen resonancia histórica, significado político e implicaciones legales», p. 26), y el capítulo 4 con la forma en que se «instrumentaliza» el recuerdo del antisemitismo asesino alemán para hacer innombrable la matanza y la tortura indiscriminadas de Israel. El capítulo 5 detalla el auge de la censura en lo que solían ser democracias liberales, el capítulo 6 describe el silencio de las voces públicas occidentales sobre los efectos de la múltiple deshumanización del pueblo de Gaza por su cautiverio de décadas, mientras que el capítulo 7 describe la ofuscación sistemática en el discurso occidental del propósito etnocolonialista de la ocupación israelí de Gaza, Jerusalén Este y Cisjordania, mientras que el capítulo 8 resume lo que Fassin entiende por «abdicación moral»: la corrupción sistemática de las palabras para que resulten inadecuadas para distinguir entre el bien y el mal. Aquí (p. 88), Fassin cita a Tucídides sobre la guerra del Peloponeso, quien señaló cómo, en el curso de una destrucción cada vez más absurda, «incluso el significado habitual de las palabras en relación con los actos se modificó en las justificaciones que se les daban». Son precisamente «estas falsificaciones», según Fassin, eminente antropólogo social y sociólogo, las que «justifican que los científicos sociales, con humildad pero con determinación, hagan oír su verdad, por frágil que sea».

En cuanto a Mishra, su libro también está muy bien documentado; véanse, en particular, los largos capítulos sobre Alemania, «Del antisemitismo al filosemitismo», y sobre Estados Unidos, «Americanizando el Holocausto». Pero lo más importante es que Mishra se esfuerza por explicar a un público occidental blanco cómo los judíos, considerados durante mucho tiempo por los blancos como profundamente no blancos a todos los efectos prácticos, llegaron a ser invitados a unirse a sus torturadores cuando, después de 1945, convirtieron Palestina en su Estado-nación, tras haber intentado en vano emular la blancura en Europa occidental tratando a sus hermanos de Europa del Este como si fueran de color. Mishra sitúa la cooptación de los judíos en la Herrenrasse blanca, y el apoyo económico y militar sin precedentes históricos de esta última al Estado de Israel, no en un sentido de culpa por parte de los supremacistas blancos por lo que les habían hecho durante siglos, sino en la política de descolonización de los años cincuenta y sesenta. Entonces, cuando la supremacía blanca estaba al borde del colapso, los blancos podían utilizar a un aliado para ayudarles a frenar la marea anticolonial, especialmente en Oriente Medio, un aliado que, a diferencia de los colonos desacreditados, podía reivindicar un derecho histórico y moral, por muy endeble que fuera, a vivir y gobernar donde, como pueblo, se les había permitido buscar refugio después de tanto sufrimiento.

El libro de Mishra ofrece a los lectores occidentales una idea de lo que ven y sienten los observadores del Sur Global cuando contemplan el absoluto desprecio con el que los colonos sionistas trataban y siguen tratando a aquellos a quienes han arrebatado sus tierras y siguen arrebatándoselas. Para Mishra, esto es indistinguible de la forma en que los colonos europeos en África mantuvieron a los africanos locales tras la valla del apartheid y de cómo se sintieron con derecho, en el continente norteamericano, a exterminar por completo a quienes se interponían en su camino y a quienes creían que eran indios. Desde esta perspectiva, las diferencias que puedan existir entre Gaza y el Holocausto son menos relevantes, si es que lo son, que su papel idéntico en la legitimación y defensa de la supremacía blanca. En sus últimos capítulos, Mishra, siguiendo los pasos de Edward Said, presenta un notable esbozo de la visión del mundo de lo que se ha dado en llamar «teoría poscolonial». En su centro se encuentra la conquista y destrucción únicas de las sociedades tradicionales no blancas de todo el mundo por parte del imperialismo blanco, armado con una tecnología militar superior y pruebas científicas de la inferioridad «racial» de sus semejantes de color, a quienes habían convencido de que no eran humanos en absoluto. (A este crítico le hubiera gustado que se hicieran algunas referencias más al capitalismo, además del racismo, como fuerza motriz de la expansión occidental). La forma en que Mishra insiste en la necesidad de romper con la estrechez de miras de la historia mundial estándar occidental y blanca es impresionante por su erudición, en particular en lo que respecta a la forma en que la historia y la prehistoria del antisemitismo y el proisraelismo encajan en la era moderna de la «globalización» violenta, racista e imperialista. No es necesario aceptar todas las ramificaciones y exageraciones polémicas de la teoría poscolonial —aunque este lector, hasta ahora vergonzosamente desinformado, no ha encontrado mucho que objetar en su aplicación por parte de Mishra al caso de Gaza— para reconocer que la teoría social en el mundo después de Gaza tendrá que incorporar algunos de sus temas y ideas centrales para ser creíble no solo moralmente, sino también académicamente.

Alemania, el segundo partidario incondicional de Israel, podría ser, incluso más que Estados Unidos, un lugar para la investigación sobre la conversión occidental después de 1945 del antisemitismo al filosemitismo. Con su impasible ecuanimidad ante la crueldad desenfrenada, su estudiada ausencia de emoción moral, el gélido silencio de su clase política e intelectual, desde periodistas hasta profesores, desde directores de cine y artistas hasta escritores, incluso entre los estudiantes en la medida en que se han criado en Alemania y quieren hacer carrera allí, Alemania vuelve a aparecer como un caso extremo de desquiciamiento político. Tanto Fassin como Mishra prestan especial atención a la versión alemana de la «Israelmanía» estatal.4 Sin embargo, lo que está sucediendo en Alemania en estos días aún no se comprende del todo: la transición a un filosemitismo fanático identificado como antipaestinismo, mirando hacia otro lado con la misma indiferencia moral de siempre, el mismo silencio oportunista, la misma cobardía despiadada. A continuación, abordaré algunos de los factores que, en mi opinión, están en juego aquí, con la esperanza de que se me perdone por utilizar los excelentes libros de Mishra y Fassin como ocasión para especular sobre algunas de las peculiaridades más aterradoras de mi país natal.

Notas sobre la Gaza alemana5

Alemania no es el único lugar donde las fuentes tradicionales de cohesión social, identidad colectiva y lealtad política se han ido agotando en la era del neoliberalismo globalizado, socavando las instituciones heredadas de la política democrática de la posguerra. A la incertidumbre sobre la identidad colectiva y la seguridad económica se sumaron los altos niveles de inmigración, en particular tras la apertura de las fronteras alemanas en 2015, verdadera fecha de nacimiento de la AfD. En respuesta a la inmigración y al descontento que generaba, desde el centro-derecha se alzaron pronto voces que pedían una insistencia y una aplicación más enérgicas de lo que, en la jerga de los asesores de imagen de la época, se denominaba Leitkultur alemana: una «cultura dominante» que definía la germanidad que debían respetar, si no interiorizar, los inmigrantes, tanto los que querían ser alemanes como los que preferían no serlo. Las listas provisionales de actitudes y prácticas esencialmente alemanas cambiaban, pero siempre incluían elementos que se esperaba que fueran considerados no islámicos por parte de la comunidad musulmana, desde que los niños disfrutaran del cerdo en los almuerzos escolares hasta que las mujeres caminaran por las calles sin pañuelos en la cabeza.

Las definiciones cada vez más autoritarias de la Leitkultur alemana también incluían la aceptación de una responsabilidad especial, que abarcaba varias generaciones, por el Holocausto, con el consiguiente deber cívico de apoyar el «derecho a existir» del Estado de Israel, independientemente de las fronteras que este decidiera establecer. Cuando, después del 7 de octubre, los jóvenes inmigrantes, en particular los estudiantes, con raíces en Oriente Medio comenzaron a expresar públicamente su solidaridad con las víctimas de la ocupación israelí en Gaza, el Gobierno alemán, en consonancia con el lobby nacional israelí, dejó claro, si era necesario con la ayuda de la policía y los tribunales, que la Leitkultur alemana era vinculante no solo para los alemanes autóctonos, sino también para los inmigrantes, procedieran de donde procedieran. Por precaución, el antisemitismo, según la «definición de trabajo» de la Asociación para el Recuerdo del Holocausto, fue declarado efectivamente inconstitucional, mediante una resolución del Bundestag que no es formalmente legislación y, por lo tanto, queda fuera de la jurisdicción del Tribunal Constitucional.6

Posteriormente, la Israelkritik, tolerada a regañadientes durante un tiempo siempre que se limitara a los medios y no a los fines de la guerra israelí, pasó a ser redefinida de forma general como antisemita. 7 En efecto, esto convirtió al antiislamismo, en particular al antipalestinismo, en una expresión bienvenida del antisemitismo, trazando una línea divisoria entre los buenos alemanes antisemitas y los malos antisemitas antialemanes, con o sin pasaporte alemán. Esto no solo estableció una versión cuasi canónica de la cultura cívica alemana, la Staatsraison, cuya adhesión puede ser y es puesta a prueba mediante cuestionarios administrados a los solicitantes de la naturalización. También atiende al sentimiento antimusulmán y antiinmigración entre los votantes antiinmigración, ya que promete hacer más difícil o menos atractiva la inmigración de los musulmanes, instrumentalizando en efecto el Holocausto para reservar Deutschland den Deutschen (Alemania para los alemanes). Aunque se ideó para alejar a los votantes de la AfD, ayudó a esta a sustituir el antiguo antisemitismo de la derecha alemana como aglutinante social de una Volksgemeinschaft alemana por un nuevo antimusulmanismo, lo que permitió a la AfD, independientemente de su discurso etnonacionalista, presentarse como una firme defensora de Israel y de la complicidad del Estado alemán con este.

La alineación con un partido völkische como la AfD no es el único problema para la economía moral alemana a la hora de definir el apoyo a Israel en Gaza como una lucha contra el antisemitismo. Aquí entran en juego significados y ambivalencias más profundos, que acosan la conciencia colectiva alemana mientras lucha con sus recuerdos de culpa y su deseo de redención, este último a través de la institucionalización del primero. En el centro de todo esto se encuentra el dogma de la singularidad, la incomparabilidad del Holocausto, la contribución más trascendental del filósofo Jürgen Habermas a la cultura política alemana. La idea surgió de la llamada Historikerstreit (la «batalla de los historiadores») cuando Habermas, en 1986, media década antes de la reunificación, atacó la afirmación, entonces planteada por un historiador, Ernst Nolte, considerado cercano a la derecha burguesa y al nuevo canciller, Helmut Kohl, de que el Rassenmord alemán de los judíos europeos había sido en cierto modo una «reacción causal» de la burguesía alemana al Klassenmord de los bolcheviques durante y después de la Revolución de Octubre.8 Según Habermas, al presentar así el Holocausto como una masacre estatal más del siglo XX, Nolte y quienes se pusieron de su parte minimizaron y trivializaron el crimen alemán, con la intención de restar importancia o negar la culpabilidad duradera de Alemania como país, a fin de abrir el camino hacia una política exterior alemana más nacionalista y segura de sí misma, y salir de su compromiso con la integración europea. Al dejar de ser el Holocausto categóricamente diferente de lo que otros países habían hecho y estaban haciendo, el sentimiento de culpa duradera que, presumiblemente, había servido después de la guerra para deslegitimar cualquier afirmación de un «interés nacional» alemán, por no hablar del liderazgo alemán en Europa, podría desvanecerse, y la «cuestión alemana», que había ocupado de forma tan destructiva a Europa en la primera mitad del siglo XX, volvería a estar presente.

La prohibición de Habermas de hacer comparaciones pronto pasó a formar parte del conjunto de normas, informales y formales, que regulan el discurso político bienpensante en Alemania.9 Hoy en día, no solo negar el Holocausto, sino también «menospreciarlo» (verharmlosen) es un delito en Alemania, según el artículo 130 del Código Penal, que trata de la Volksverhetzung (incitación pública al odio). El lenguaje, modificado una y otra vez a lo largo de los años, es tan complejo que resulta fácilmente incomprensible para los no juristas y apenas inteligible para los juristas. Básicamente, el artículo 130 tipifica como delito (a) negar el Holocausto, (b) situarlo en la misma categoría que otros crímenes «normales», negando así su singularidad, y (c) incitar al odio contra alguien acusándolo de cometer un acto similar al Holocausto. Como resultado, cualquier comparación, en la retórica política o en la historiografía profesional —como, por ejemplo, con el exterminio de las dos ciudades japonesas, Hiroshima y Nagasaki, en 1945 (dos para probar modelos competidores de bombas nucleares desarrolladas por los Estados Unidos para su uso, originalmente, contra Alemania); o con el prolongado bombardeo con napalm de los campesinos vietnamitas; o con el bombardeo de Hamburgo («Operación Gomorra») en julio de 1943 por la fuerza aérea británica bajo el mando del «Bomber Harris», no solo es moralmente frívolo en Alemania, lo cual puede ser muy cierto, sino también punible por ley, ya que podría reducir el Holocausto a un crimen contra la humanidad entre otros, tal vez porque se cree que esto legitima de alguna manera una supuesta inclinación alemana duradera por el asesinato racista en masa. 10 Por último, pero no por ello menos importante, puede ser legalmente un insulto para aquellos cuyas acciones se comparan con el Holocausto, siempre que sean aliados de Alemania, y además un insulto antisemita si la parte comparada y, por lo tanto, insultada es el Estado de Israel.11

En la vida intelectual normal, por supuesto, la comparación es la única forma de establecer empíricamente la naturaleza de algo, incluida su singularidad. Lo que está prohibido comparar se asigna así a priori a una categoría propia, con N = 1, regida por leyes y principios propios, particulares más que universales, metafísicos en el sentido de que están fuera del alcance de las causalidades y teorías «físicas» de este mundo, lo que hace que su aplicación sea un error de categoría. 12 El tabú contra lo que en la jerga jurídica y política alemana actual se denomina «relativización»13 del Holocausto, relacionarlo con otra cosa para comprenderlo mejor —comprenderlo como en verstehende Soziologie14— se aplica también al ataque de Hamás del 7 de octubre, lo que hace que sea blasfemo relacionar causalmente ese ataque con una prehistoria que incluye, por ejemplo, 16 años de bloqueo y cientos de víctimas indefensas de lo que en la jerga militar israelí se denomina «cortar el césped»15, como tuvo que descubrir Judith Butler cuando, en respuesta a su Relativierung, fue declarada antisemita en Alemania.16

La prohibición de la «relativización» también puede utilizarse para justificar la negativa a aplicar el derecho internacional a la guerra de Israel contra Gaza y los palestinos en general, y se utiliza ampliamente en Alemania con ese fin. Si el Holocausto es incomparable, la reivindicación israelí-likudista de toda Palestina, que al fin y al cabo es una consecuencia del Holocausto, también debe ser incomparable. De ello se deduce que los medios utilizados por Israel para hacer valer esa reivindicación no pueden ser genocidas, ya que un Estado solo puede ser acusado de genocidio si es un Estado como todos los demás, sujeto a las mismas normas. Israel, la redención del Holocausto, no puede estar sujeto a tales normas, y exigirle que las cumpla equivaldría a antisemitismo. Por eso, un historiador israelí como Omer Bartov, que ha dedicado su vida a estudiar el genocidio en todas sus bestiales mutaciones, se arriesgaría a ser juzgado por antisemitismo y a ir a la cárcel en Alemania si declarara públicamente que sus investigaciones han demostrado, como él mismo afirma con horror, que la guerra de Israel en Gaza es efectivamente un caso de lo que ha estudiado.

Un ejemplo de cómo, en la mente alemana, la singularidad del Holocausto genera inmunidad para el Estado de Israel, no solo frente a la desaprobación alemana, sino también frente al derecho internacional, es la declaración pública titulada «Principios de solidaridad», emitida por Jürgen Habermas, junto con otras tres personas, poco más de un mes después del 7 de octubre, cuando la destrucción israelí de Gaza estaba ya en marcha.17 En ella, Habermas habla de un «ataque de Hamás que no puede ser superado en crueldad» (den an Grausamkeit nicht zu überbietenden Angriff der Hamas; en la propia traducción al inglés de Habermas, esto aparece, por razones tácticas, se supone, como «la extrema atrocidad de Hamás»), comparando a Hamás, aunque de forma implícita, con el nivel nazi, de modo que lo que él llama «la respuesta de Israel» no puede ser tan «cruel» como el estímulo de Hamás. A continuación, Habermas declara que la «represalia» está «justificada en principio», sin mencionar ninguna ley internacional que pueda establecer límites a dicha represalia. A continuación, afirma de manera apodíctica que «a pesar de toda la preocupación por el destino de la población palestina» —preocupación que no aparece por ninguna parte en sus «principios de solidaridad»—, «los criterios de juicio se desvanecen por completo cuando se atribuyen intenciones genocidas a las acciones de Israel», ya que estas «no justifican en modo alguno las reacciones antisemitas, especialmente en Alemania» (¿y menos en otros lugares?). Una vez identificada la atribución de intenciones genocidas como antisemita, la declaración concluye: «Todos aquellos en nuestro país que han cultivado sentimientos y convicciones antisemitas bajo todo tipo de pretextos y ahora ven una oportunidad bienvenida para expresarlos sin inhibiciones deben acatar esto».

De hecho, en ningún otro lugar se han llevado a cabo debates sobre si la masacre de Gaza por parte de Israel cumple con alguna definición legal de genocidio con la misma sofistería impasible que en Alemania, como si importara mucho si una matanza masiva, altamente tecnológica y profundamente asimétrica de una población indefensa y la destrucción sistemática de sus condiciones materiales de vida fuera técnicamente un genocidio o simplemente algo que se queda a las puertas de serlo. El simple razonamiento abductivo —«Si parece un pato, nada como un pato y grazna como un pato, entonces probablemente es un pato»— no penetra en las fortificaciones del corazón de piedra alemán, protegido de las emociones por una extraña combinación de Sachlichkeit y cobardía. Especialmente cuando lo que está en juego es la Staatsraison alemana, siempre habrá un abogado que emita un dictamen pericial tranquilizador, por extraño que sea; en Alemania siempre ha habido abundancia de abogados competentes. Un ejemplo es una destacada académica en derecho internacional, codirectora de un instituto de investigación en derecho internacional aún más destacado. Junto con otros, representó a Alemania ante la Corte Internacional de Justicia, donde Alemania había comparecido sin necesidad de hacerlo, para argumentar, siguiendo la línea de Habermas, que lo que fuera que estuviera sucediendo en Gaza, no era ni podía ser genocidio. Una de las razones por las que tenía que ser así la señaló más tarde en un artículo firmado en el Frankfurter Allgemeine Zeitung, escrito junto con un colega israelí. 18 El artículo afirmaba que, si bien era cierto que los principales ministros del Gobierno israelí habían expresado públicamente su firme intención de exterminar a la población de Gaza, bombardeándola y matándola de hambre, había que tener en cuenta que el ejército israelí, que al fin y al cabo insiste en ser «el ejército más ético del mundo», era conocido por rechazar las órdenes que infringían el derecho humanitario de guerra. Cito textualmente: «En la práctica, las tácticas bélicas y las operaciones específicas de Israel las determina casi exclusivamente el ejército. Hay indicios (¡!) de que el ejército se toma muy en serio su obligación de cumplir la ley de los conflictos armados. Además, las actividades del ejército no las determinan únicamente las órdenes de sus generales. Un elemento característico de la cultura de las FDI es la amplia discrecionalidad que se concede a los comandantes y soldados de menor rango. Un ataque contra la infraestructura civil está sujeto a una cadena de aprobaciones, pero, de facto, la decisión final recae en los soldados sobre el terreno».19

La guerra de Israel contra el pueblo de Gaza (para Habermas, solo una «población») ha dejado y sigue dejando ruinas por todas partes, sin duda en la propia Gaza, donde se estima que solo retirar los escombros llevará una década o más, pero también en Israel, cuyos ciudadanos ya han comenzado a abandonar su país en masa. Lo mismo ocurre con los países que siguen ayudando a Israel a llevar a cabo y legitimar su genocidio en Gaza, países en los que habría que restaurar urgentemente el sentido de la integridad pública y la moralidad política mientras aún sea posible; y con las instituciones del derecho internacional, que serán tan necesarias ahora que el mundo lucha por un nuevo orden multipolar.20 Se escribirán y se deben escribir muchos más libros sobre «el mundo después de Gaza». Pero sea cual sea ese mundo cuando tal vez se materialice, Gaza siempre formará parte de él, como las colonias y la economía esclavista de la Era de la Ilustración, como Auschwitz y Varsovia, como Hiroshima y Nagasaki, como Vietnam y todos esos otros lugares de asesinatos en masa a gran escala que tan a menudo nos hacen desesperar de nosotros mismos.

Notas

1. El 25 de noviembre de 2025, la Sociedad Max Planck (MPG) informó en su sitio web sobre un estudio realizado en su Instituto de Investigación Demográfica. («Gaza: un estudio revela pérdidas de vidas y esperanza de vida sin precedentes»). Utilizando sofisticadas técnicas de estimación, el equipo de investigación descubrió que «el número actual de muertes violentas [de la guerra de Gaza] probablemente supere las 100 000», con estimaciones que oscilan entre 100 000 y 112 000 (Gómez-Ugarte et al., 2025). El estudio y el hecho de que la MPG obviamente no pudiera evitar su publicación son aún más notables si se tiene en cuenta que fue la MPG la que, en octubre de 2023, despidió a un profesor visitante australiano por haber expresado en privado su satisfacción por la fuga de la prisión al aire libre dirigida por Hamás en Gaza.

2. Parece justificado concluir, a partir de su notable resistencia, que Hamás sigue gozando de un amplio apoyo entre la población de Gaza. El 30 de octubre de 2025, el Frankfurter Allgemeine Zeitung (FAZ) informó sobre una encuesta realizada entre los habitantes de Gaza, con una sofisticación metodológica impresionante, según la cual el apoyo popular a Hamás ha aumentado durante los dos años de la campaña genocida israelí («Die Hamas bleibt unter Palästinensern stärkste Kraft», p. 5). Por ejemplo, se descubrió que el 69 % de los palestinos de Gaza y Cisjordania estaban en contra del desarme de Hamás (el 87 % en Cisjordania y el 55 % en la Franja de Gaza); solo el 29 % en total estaba a favor del desarme.

3. Barghouti no se encontraba entre los 2000 palestinos liberados de la «detención administrativa» —encarcelamiento ilimitado sin juicio— el 13 de octubre de 2015, en la primera fase del «Plan de Paz» de Trump. Por supuesto, el Plan no prevé ningún papel para el enemigo, salvo que entregue las armas y, por lo tanto, permita que las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) lo maten.

4. Sobre el mismo tema, véase Gysi (2023), Andersen et al. (2024), Della Porta (2024, 2025a, 2025b), Friese (2024), Kundnani (2025), Rübner Hansen (2024a, 2024b).

5. Como me di cuenta después de terminar este manuscrito, gran parte de lo que digo aquí coincide con el reciente ensayo de Omer Bartov, «Wir haben nichts gewusst», en Berlin Review (2025).

6. Una mera resolución no es técnicamente más que una declaración, lo que significa que no es legalmente vinculante para nadie. Sin embargo, tal y como funciona la política alemana, en particular a través de la obediencia anticipada, en la práctica funciona como una legislación formal, sin estar sujeta a revisión judicial. Sobre la «fabricación del consentimiento» burocrática al estilo alemán (Chomsky), véase mi artículo sobre la Oficina Alemana para la Protección de la Constitución (Verfassungsschutz) en London Review of Books (2024).

7. Si la definición de la Alianza para el Recuerdo del Holocausto (HRA) lo confirma es algo controvertido, pero irrelevante: las instituciones públicas y las organizaciones privadas alemanas lo interpretan así y obligan a los ciudadanos a hacer lo mismo.

8. Para una recopilación en inglés de los textos centrales de la «batalla de los historiadores», véase Knowlton y Cates (1993).

9. Para una visión interesante de «Habermas como pensador étnico por excelencia», véase Ahmad (2025). También desde una perspectiva «poscolonial», Saffari y Shabani (2025).

10. Mencionar a otras víctimas de la maquinaria de exterminio masivo nazi-alemana al mismo tiempo que el Holocausto está permitido por la ley, pero no se hace en la sociedad educada. La Erinnerungskultur alemana, hasta la fecha, simplemente no tiene en cuenta a los 2,8 millones de civiles polacos no judíos que fueron asesinados bajo la ocupación alemana, además de los 3 millones de judíos polacos. (Esta es una de las razones por las que las relaciones entre Alemania y Polonia son tan malas hasta hoy, a pesar de que ambos países son miembros de la Unión Europea). La situación es aún peor en lo que respecta a los 13 a 15 millones de ciudadanos no combatientes de la Unión Soviética (de los cuales 2,7 millones son considerados judíos) que fueron asesinados por la Wehrmacht y las SS detrás de la línea del frente, y los aproximadamente 4 millones de soldados del Ejército Rojo que murieron en campos de prisioneros de guerra alemanes (más de la mitad de todos los prisioneros de guerra soviéticos) y como trabajadores esclavos en fábricas alemanas. Cuando Alemania recuerda el genocidio nazi, lo que hace varias veces al año, es exclusivamente el Holocausto lo que viene a la mente del público, lo que de una manera extraña disminuye la dimensión única y horrorosa de la matanza nazi-alemana.

11. No hay datos sobre la frecuencia con la que se invoca el artículo 130 en los procesos penales. Pero para cumplir su propósito, puede ser suficiente con que simplemente exista.

12. Sin duda, un sacrilegio. Las connotaciones religiosas son obvias. Cuando Moisés le preguntó a Dios por su nombre, la respuesta fue «Yo soy el que soy», es decir, único en su género. A esto le sigue la prohibición de hacer una «imitación» de Dios, es decir, algo que pretenda ser «como» él, aunque nada pueda serlo. El incumplimiento es un lèse-majesté: «Porque yo, el Señor tu Dios, soy un Dios celoso». El pensamiento alemán bienpensante insiste en que el Holocausto es y seguirá siendo el crimen humano definitivo, sin competencia.

13. Relativierung, como en: «den Holocaust relativieren»: relativizar en contraposición a absolutizar, en el sentido de separar del contexto o singularizar, que es lo que se pide.

14. En inglés: sociología interpretativa.

15. Término técnico del ejército israelí para referirse al asesinato sistemático de personas en Gaza sospechosas de ser o convertirse en líderes de un futuro levantamiento, utilizando misiles de precisión, drones o bombardeos.

16. Sin embargo, no es un delito punible situar la fuga de la prisión de Hamás del 7 de octubre en la misma categoría que el Holocausto, algo que hacen constantemente los políticos y periodistas israelíes y alemanes, cuando describen estereotípicamente el 7 de octubre como «el mayor asesinato en masa de judíos desde el Holocausto», convirtiéndolo en un asesinato de judíos al estilo nazi por el simple hecho de ser judíos.

17. Véase https://normativeorders.net/news/grundsaetze-der-solidaritaet-eine-stellungnahme/. Desplácese hacia abajo para ver la traducción al inglés.

18. Barak Medina y Anne Peters, «Terror militärisch bekämpfen? Der Krieg im Gazastreifen. Ein nuancierter Ansatz» (¿Combatir el terrorismo con medios militares? La guerra en la Franja de Gaza. Un enfoque matizado). Frankfurter Allgemeine Zeitung, 7 de marzo de 2024, n.º 57, p. 7.

19. Traducción mía, WS. Compárese esto con los numerosos informes de la prensa internacional sobre las atrocidades cometidas por las Fuerzas de Defensa de Israel, incluida la tortura sistemática de prisioneros, algunos de los cuales son citados por Fassin, cap. 4, pp. 37-45. Cada día aparecen más, incluidos vídeos grabados por soldados de sus masacres y mostrados con orgullo en TikTok. En este contexto, cabe destacar un artículo publicado en la revista New Yorker el 25 de abril de 2025 sobre los abogados militares estadounidenses que colaboran con el departamento jurídico de las FDI para aprender a rebajar los estándares actuales del derecho internacional humanitario. Véase Colin Jones, «What’s Legally Allowed in War. How U.S. military lawyers see Israel’s invasion of Gaza—and the public’s reaction to it—as a dress rehearsal for a potential conflict with a foreign power like China» (https://www.newyorker.com/news/the-lede/whats-legally-allowed-in-war). Al parecer, la intención de la parte estadounidense es averiguar por parte de las Fuerzas de Defensa de Israel cómo argumentar «que las leyes de la guerra son mucho más permisivas de lo que muchos [abogados] y el público parecen apreciar». Según el artículo, «Gaza no solo parece un ensayo general del tipo de combate al que pueden enfrentarse los soldados estadounidenses» —cuya ejecución satisfactoria requeriría unos estándares legales menos estrictos—, sino que puede servir como «una prueba de la tolerancia del público estadounidense ante los niveles de muerte y destrucción que conllevan este tipo de guerras». Lo que viene a la mente aquí no es tanto China como un país como Venezuela, tras una invasión estadounidense para erradicar a los «narcoterroristas».

20. Sin embargo, la aprobación por parte de la ONU del «Plan de Paz» de Trump para Palestina es un precedente terrible.

Referencias

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 (Wolfgang Streeck, European Journal of Social Theory, 02/02/26, traducción DEEPL)