"Un tsunami nunca llega a la costa de repente. Antes de la primera ola
catastrófica, el mar se retira centenares de metros, dejando al
descubierto el paisaje hermoso y extraño, casi alienígena, del fondo
marino. El mar se retira para acumular agua, para construir la ola
gigante que viene a continuación, pero el turista inadvertido puede
recrearse en el insólito espectáculo, incluso buscando imprudentemente
verlo más de cerca.
Tsunami quiere decir “ola de puerto” en japonés. En medio del océano,
la ola puede pasar desapercibida, porque su altura es de menos de un
metro. Y aunque esa ola se propaga a velocidades de cientos de
kilómetros por hora en mar abierto, al llegar a la plataforma
continental se descompone en olas sucesivas, mucho más lentas pero
también mucho más grandes. Si al primer signo de la llegada del tsunami,
cuando el agua se retira, una persona se aprestase a correr en busca de
un lugar en alto, aún podría salvarse.
También hay que entender la mecánica del tsunami. Un tsunami no es
una sola ola gigante, son muchas. Durante el tsunami de Hawaii en 1960,
varias decenas de personas perdieron la vida porque, tras la primera
ola, bajaron a la playa a buscar víctimas. La segunda ola, que suele ser
mayor que la primera, provocó una masacre. Siguieron llegando olas, con
intervalos de unos 30 minutos, durante largas horas.
Hoy, gracias al conocimiento científico y a las amargas lecciones
aprendidas, sabemos cómo debemos reaccionar ante un tsunami. Sin
embargo, ese conocimiento no siempre está lo suficientemente compartido
para evitar tragedias, como se demostró en Indonesia en 2004. El exceso
de confianza y la voracidad constructora que arrasó los manglares, una
barrera natural frente a los tsunamis, se aliaron para hacer posible una
catástrofe que dejó 167.000 muertos y decenas de miles de desaparecidos
solo en Indonesia.
Ahora estamos a las puertas de un nuevo tsunami, pero este va a ser
de calor. Sucesivas masas de aire recalentado pasan por encima de
nuestras cabezas, llevando el termómetro a valores inusuales en algunos
puntos de la península ibérica pero, sobre todo, del centro de Europa.
Los inéditos 46 grados que vivieron en Francia a finales de junio van a
volver en apenas un instante.
Igual que con el tsunami, hemos tenido signos tempranos de alerta.
Sabemos que estas bolsas de aire caliente que se colocan en nuestra
vertical tienen su origen en los meandros de la corriente de chorro
polar, una corriente de aire a unos 12 kilómetros de altura en nuestra
latitud, en el límite de la troposfera y la estratosfera.
Y aquí viene lo importante: la fuerza del chorro polar depende de la
diferencia de temperatura entre el Polo Norte y nuestras latitudes. Del
gradiente de temperatura. Y el Ártico se está calentando ya entre tres y cuatro veces más rápido que el resto del planeta, porque el cada vez más escaso hielo está dejando al descubierto el agua del mar (azul oscuro casi negro)
que absorbe toda la radiación y por tanto se calienta más en un bucle
fundamental. La continua disminución del hielo ártico fue la primera
señal de alarma que debimos tomar en cuenta.
Evolución temporal de la superficie del hielo marino en el Océano Ártico. EUMESAT OSI SAF.
A medida que el Ártico se calienta, el chorro polar se está volviendo
más inestable. Sus meandros se vuelven más pronunciados. Llamamos
valles a los que se internan hacia el sur y crestas a los que se
internan hacia el norte. El aire frío del Ártico puede llegar hasta el
Sáhara a través de los valles. El aire tropical puede llegar hasta el
Ártico a través de las crestas, comprimido y recalentado por la acción
anticiclónica de las mismas. La circulación atmosférica acumula el
calor, dispuesto a golpearnos, como el tsunami en el mar.
Hace pocos días vino la primera ola, terrible, de calor. Tras unos pocos días de descanso, vamos a vivir otra.
En ocasiones, que cada vez harán menos honor a su nombre al
producirse más habitualmente, la cresta quedará bloqueada y el calor no
se irá, y continuará secando ríos, agostando cultivos, esquilmando el
ganado y, ay, matando gente.
Esta configuración atmosférica devastadora se está volviendo más
probable por la acción del cambio climático, punto. A medida que el
planeta se calienta y el Ártico se calienta entre tres y cuatro veces
más rápido, la corriente de chorro polar sube y baja unas decenas de
kilómetros más.
Esto no es ni será ya jamás “el calor de toda la vida”. Y es desolador que seres que se hacen llamar sapiens
sigan negando tan evidente realidad. Vendrán más y más olas de calor,
en un tsunami incesante que nos azotará durante días, semanas incluso.
Pero a diferencia del tsunami, que se origina por un terremoto
submarino sobre el cual los seres humanos no tienen ningún control, este
tsunami de calor es el fruto perverso del sistema de producción y
consumo que hemos construido, de las emisiones incontroladas de gases de
efecto invernadero, y particularmente del CO2 producto de la quema de
los combustibles fósiles, incluyendo ese petróleo que tanto anhelamos
que por fin pase a través de Ormuz. Ésta no es una catástrofe natural
impredecible: es un verdadero daño autoinfligido.
Y todo esto ya es así antes de que venga el histórico El Niño del 2026. Y aquí empieza lo serio.
Los modelos indican que será un Niño como no hay precedentes en la
serie de datos instrumental, que tiene 140 años de longitud. El Niño
llegará a su apogeo en las costas de Perú hacia el día de Navidad (de
ahí su nombre) y su efecto comenzará a notarse en Europa hacia la
primavera de 2027 y sobre todo durante el verano. Porque si este Niño
hace como sus predecesores, y tiene pinta de que incluso puede
superarlos a todos, la temperatura del planeta subirá otro escalón de
alrededor de 0,15 ºC.
Más meandros y más profundos en el chorro polar. Y una de las cosas
más preocupantes: más calor en el mar. Porque en el mar también hay olas
de calor, que están arrasando la vida marina pero que no se ven hasta
que los cadáveres de peces y otras especies llegan a la orilla – si es
que llegan–.
En este momento, en el Mediterráneo occidental estamos registrando
anomalías de +7ºC con respecto a los valores que medían los satélites en
1980. Es sabido que el mar es una fuente de energía y de humedad que
alimenta las tempestades.
En el 2024 decíamos que el Mediterráneo estaba al rojo, con una anomalía de +3ºC en verano, y semanas después sufrimos la peor DANA que se recuerda en Valencia. Ahora
estamos a +7ºC mientras el inefable gobierno valenciano está
desprotegiendo miles de hectáreas y facilitando aún más la construcción
en zonas inundables. Y el año que viene, cuando se comience a notar el efecto de El Niño sobre las temperaturas, no sabemos a dónde llegaremos.
Si las olas de calor son originadas por las crestas de la corriente
de chorro polar, nos queda por comprender el papel de los valles. Los
valles traen tiempo frío y húmedo, a veces a deshora, arruinando
cultivos. Y de tanto en tanto alguno de esos valles se estrangula y se
separa de la corriente principal, formando una lente de aire fría a
kilómetros de altura y separada de la circulación general de la
atmósfera. Una depresión aislada en niveles altos. Exacto: una DANA.
DANAs que son cada vez más grandes y frecuentes por culpa de la
creciente inestabilidad de la corriente de chorro polar, que no solo
trae olas de calor en verano, también cada vez más tormentas
catastróficas en otoño.
Éste es el inventario del desastre. El diagnóstico que hemos hecho ya
cientos de veces, cada vez más actualizado, con nuevos y peores datos. Y
ahora, ¿qué?
¿Qué hacemos delante de un tsunami de calor? Tal y como hacían los
turistas alelados, nos estamos quedando en la orilla viendo cómo la
naturaleza prepara el siguiente golpe. En vez de buscar refugio, en vez
de apretar con fuerza, con furia incluso, los frenos de emergencia de
esta sociedad demente y alocada que camina hacia su autodestrucción,
esperamos inermes el siguiente golpe. Algunos incluso llegan a creer que
estamos a un invento de la gran revolución. Ja.
Esto no va a ir a mejor. Guárdense de los vendedores de esperanza
embotellada que no unen los puntos, o porque no saben, o peor, porque no
les conviene. Esto, con los datos en la mano, solo puede ir a peor. Y
en vez de normalizar una tragedia evitable o minimizar sus riesgos, lo
que hace falta ahora es hablar claro y actuar en serio de una vez.
Necesitamos una red de refugios climáticos, protocolos de actuación y
coordinación de efectivos más claros, necesitamos un plan de emergencia
para nuestros cultivos y nuestros bosques –cada vez más expuestos a
sequías y plagas–, necesitamos gestionar mejor los recursos hídricos tan
valiosos y escasos, necesitamos acabar con un urbanismo sin sentido de
la ecología ni de respeto al territorio o a la vida misma.
Necesitamos tantas cosas, que, quizá, para lograrlas, lo primero que
necesitamos es comprender cuánto nos necesitamos los unos a los otros
para cambiar la trayectoria a la cual nos dirigimos. Porque este Niño,
del que pronto volveremos a hablar, nos va a hacer adultos de golpe."
(Juan Bordera
/
Antonio Turiel
/ Fernando Valladares, CTXT, 06/07/26)