Luis Endera @Luis_Endera
¿Sabías que en los años 60 y 70 nos decían exactamente lo mismo que algunos dicen hoy de los #inmigrantes? Más de 2 millones de españoles emigraron a Europa y se encontraron con una xenofobia brutal. Abro hilo con las cosas más fuertes que nos decían fuera.
"No se alquila a españoles" En las ventanas de París, Ginebra o Zúrich era habitual ver carteles que prohibían explícitamente la entrada a los nuestros: "Chambre à louer (pas de clients espagnols)". Nos consideraban sucios, ruidosos y decían que "olíamos demasiado a ajo".
El mito de la navaja y la violencia. Nos acusaban de tener un "temperamento primitivo y peligroso". En la prensa centroeuropea se extendió el estereotipo de que el emigrante español era impulsivo, celoso y que resolvía cualquier discusión sacando una navaja del bolsillo.
"Depredadores" que venían a por sus mujeres. En Suiza se desató una auténtica paranoia social contra los jóvenes españoles. Se les acusaba de ser "hipersexuales", de acosar a las mujeres locales y de poner en peligro la "pureza" y la seguridad de las familias nativas.
"Roban el trabajo y bajan los sueldos" Aunque los españoles aceptaban los puestos más duros, insalubres y peligrosos (minería, construcción, limpieza), los partidos locales y sindicatos nos acusaban de aceptar condiciones de "semiesclavitud" y revientaprecios.
La campaña para echarnos: la "Iniciativa Schwarzenbach"
En 1970, Suiza votó en referéndum si expulsaba a miles de españoles e italianos bajo el lema de frenar la "extranjerización". Nos trataban de invasores que destruían su identidad.
¿No os suena todo esto un poco?
2:28 p. m. · 9 sept. 2026 ·46,1 mil Visualizaciones
"En 1970, los suizos votaron si expulsar a los españoles e italianos que habían venido a trabajar. Lo rechazaron por 54% contra 46%. El domingo vuelven a votar sobre la inmigración.
El 7 de junio de 1970, hace exactamente 56 años, los suizos fueron a las urnas con una participación del 74%, un récord para la época. La propuesta era limitar el número de extranjeros al 10% de la población cantonal. En ese momento había en Suiza cientos de miles de trabajadores del sur de Europa, en particular italianos y españoles, llegados con el permiso de temporada: trabajaban aquí pero no podían traer a sus familias, tenían que volver cada invierno, vivían en barracones y pensiones. La iniciativa habría obligado a expulsar a cientos de miles de ellos. La rechazaron: 54% contra 46%.
Muchos de los que estamos en este grupo somos los hijos o los nietos de esas personas. O llegamos unas décadas más tarde. Vivimos aquí. Trabajamos aquí. Pagamos impuestos aquí. Hemos construido algo en este país. Y lo hemos podido hacer, entre otras cosas, porque en 1970 una mayoría de suizos decidió que los extranjeros que trabajaban aquí tenían derecho a quedarse.
El domingo 14 de junio, Suiza vota de nuevo sobre la inmigración. Esta vez la iniciativa del UDC "Pas de Suisse à 10 millions" propone que la población residente no supere los 10 millones de habitantes. Entre las medidas previstas: restringir la reagrupación familiar y revisar los acuerdos de libre circulación con la UE. Las encuestas de abril la daban ganando con un 52%. La mayoría de nosotros no podemos votar, no tenemos el pasaporte suizo o no cumplimos los requisitos. Pero podemos saber lo que está en juego. Y podemos recordar cómo llegamos hasta aquí, y quién votó para que pudiéramos quedarnos.
Fuentes oficiales
(Españoles en Suiza, 10/06/26)
" Una historia de miedo en la Suiza de los 70
El político y periodista James Schwarzenbach forzó en 1970 una consulta en Suiza para limitar el número de extranjeros al 10% y deportar 300.000 personas. Un paseo por la vida de este adelantado de la xenofobia y la obsesión por la identidad.
En el vestíbulo de los almacenes Printemps hay unas cabinas en las que escuchar las últimas novedades en discos. Por los altavoces suena el Hot Love de T Rex, con esa melodía pegajosa y esos falsetes andróginos tan de la época. Las cabinas están llenas de adolescentes sobreexcitados. Calzan plataformas, visten pantalones acampanados y se ve algún que otro abrigo de borrego. Uno de los jóvenes lleva sombra de ojos y otro un corte de pelo como el de David Bowie.
A unos metros de distancia, un hombre de mediana edad, traje gris a rayas, gafas de concha y cabello engominado observa la escena. Estamos en 1971 y James Schwarzenbach se dice para sí que esos adolescentes son una prueba de la decadencia de Suiza. Está convencido que son víctimas de la degradación moral que llega del exterior y que algunos de ellos son hijos de inmigrantes.
El Printemps está en el centro de la Chaux de Fonds. La industria relojera está en plena expansión en esta ciudad suiza cercana a la frontera francesa. También el textil, que se ha ido de Francia por el temor a una victoria de la izquierda. La mano de obra escasea y la ciudad está llena de italianos, españoles y yugoslavos, algunos de ellos con familia.
Schwarzenbach no los quiere y habla de ello abiertamente. Piensa que son una amenaza para la identidad suiza. Periodista, político y escritor, este hijo de la burguesía acomodada de Zurich entró en contacto en los años 30 con los intelectuales antiliberales de la Universidad de Friburgo que simpatizaban con el fascismo. En 1961 se afilió a Acción Nacional, partido anti-inmigración y xenófobo creado como reacción a la llegada de trabajadores extranjeros (en su programa se cita específicamente a los italianos). Es también propietario de la editorial Thomas-Verlag, donde edita publicaciones antisemitas, fascistas o völkish.
Schwarzenback es conocido por haber impulsado en 1970 una consulta sobre el Überfremdung (literalmente, el exceso de extranjeros). El referéndum tuvo una participación récord del 75% del electorado. La propuesta de poner freno a la entrada de extranjeros recibió un 45% de votos. De haber ganado, habría obligado al gobierno a limitar la población extranjera al 10% y a deportar 300.000 personas. El referéndum, con banderolas en las que se leía “Antes una Suiza limpia y pobre que una Suiza sucia y rica” creó un clima enrarecido que duró hasta finales de los 70.
Los ‘treinta gloriosos’ son indisociables de los millones de europeos del Sur en las fábricas del Norte
Los treinta gloriosos europeos, el período de mayor crecimiento económico del continente, son incomprensibles sin la participación de millones de trabajadores del Sur de Europa enrolados en las fábricas de Francia, Holanda, Alemania o el Reino Unido. Eran griegos, portugueses, italianos, españoles, yugoslavos o turcos. Entre 1945 y 1970 solo de Italia partieron hacia el norte siete millones de italianos. “Los alemanes, al igual que suizos, franceses, belgas o británicos no recibieron con especial agrado esta súbita irrupción de extranjeros en su país –cuenta Tony Judt en su monumental Postguerra–. La experiencia de vivir entre tantas personas procedentes de tierras desconocidas resultaba extraña a la mayoría de europeos”.
Si las cosas acabaron razonablemente bien, añade el historiador, fue porque los recién llegados vivían a menudo segregados en las periferias, no eran vistos como una amenaza en época de pleno empleo y eran culturalmente “asimilables”. Además, se daba por hecho que un día se marcharían. Volverían a sus países de origen.
En Suiza, sin embargo, las cosas fueron algo distintas. Schwarzenbach fue un adelantado a su tiempo. Pensaba que el estado suizo debía garantizar la protección del grupo étnico mayoritario. Y estaba preocupado por la preservación de la identidad suiza, en lo moral y en lo demográfico. Schwarzenbach era el eslabón perdido entre los intelectuales parafascistas de los años 30 y las nuevas derechas europeas de los 70. Pensaba, y escribía como el francés Renaud Camus, autor de “El Gran Reemplazo” , biblia de todas las teorías conspirativas sobre la inmigración. Solo que cincuenta años antes.
Suiza era, en este aspecto, un país peculiar. Sus autoridades civiles y bancarias fueron sospechosas de haber sido cómplices del esfuerzo de guerra alemán. Tampoco fue un país muy activo en aceptar refugiados judíos procedentes de Alemania. La II Guerra Mundial le sentó bien a Suiza. Su banca se consolidó como referencia internacional. Sus empresas de maquinaria y alimentarias aprovecharon el boom de una Europa que necesitaba de todo.
Schwarzenbach es la prueba de que el rechazo a la inmigración y la angustia por la identidad tiene raíces profundas en algunos países. Gana en intensidad en momentos de crisis económicas. Pero siempre está ahí latente. En los 2000, las ideas de Schwarzenbach regresaron con el Partido del Pueblo Suizo de Christopher Blocher, que obtuvo un 20% de votos en las elecciones del 2003.
Admirador de Franco, con amigos en la dictadura, quería a los españoles, pero los quería lejos
Schwarzenbach fue un admirador del franquismo y defendió la dictadura española en momentos clave (como durante el Proceso de Burgos, cuando pidió a las autoridades helvéticas controlar las actividades de la oposición española en Suiza). Fue en 1930 en Sevilla donde se convirtió al catolicismo (nació protestante). Y cultivó relaciones con intelectuales como Ramón Serrano Súñer, Alberto Martín Artajo, Joaquín Ruiz-Giménez o Gonzalo Fernández de la Mora, entre otros. Pero esas amistades no cambiaron sus ideas.
Schwarzenbach quería a los españoles. Pero los quería lejos."
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