2.6.26

La arquitectura global de las últimas cuatro décadas se cimentó sobre un pacto implícito entre las élites occidentales y el funcionariado reformista de Pekín tras la apertura económica iniciada por Deng Xiaoping... Para la élite corporativa y financiera de los Estados Unidos, la incorporación de China a la Organización Mundial del Comercio en 2001 representó una bonanza sin precedentes. Una masiva deflación de los costes laborales, la optimización de los retornos de capital mediante la deslocalización y el acceso a un mercado doméstico en expansión exponencial. Wall Street actuó como el principal valedor de Pekín en Washington... la élite del Partido Comunista de China (PCCh) utilizó este flujo masivo de inversión extranjera directa para industrializar el país, absorber transferencias tecnológicas y sacar a centenares de millones de personas de la pobreza, legitimando su monopolio del poder político a través de un desempeño económico sin parangón... El modelo económico de China, impulsado por sus élites estatales, descansa sobre altas tasas de inversión en manufactura avanzada combinadas con un consumo doméstico relativamente deprimido. Al no absorber toda la producción internamente, el excedente industrial se proyecta hacia los mercados globales en forma de exportaciones competitivas de vehículos eléctricos, baterías y paneles solares. Las élites políticas occidentales, temerosas de una segunda «ola de desindustrialización» que arrase con sus industrias autóctonas y desestabilice sus sistemas electorales, han respondido con la imposición de aranceles masivos y cuotas proteccionistas. Esta dinámica amenaza con desmantelar definitivamente el armazón institucional de la OMC, sumiendo al comercio internacional en un régimen de represalias mutuas, reminiscente del de la década de 1930 (Alejandro Marcó del Pont)

"Los pasajeros de primera clase están saqueando el barco mientras se hunde (El Tábano Economista)

El orden internacional contemporáneo atraviesa una fase de reconfiguración estructural que desafía las lecturas lineales de la transición hegemónica. No asistimos simplemente a un choque clásico entre una potencia establecida y una emergente, concebido bajo el prisma tradicional del neorrealismo. Lo que define la presente coyuntura es la desarticulación deliberada de la simbiosis económica más profunda de la historia moderna impulsada por transformaciones de fondo en la composición, los intereses y la percepción de riesgo de las élites de poder dentro de los Estados Unidos y la República Popular China.

Para comprender la velocidad y la naturaleza de este rompimiento, la ciencia política clásica resulta insuficiente. Es imperativo cruzar la geopolítica de las grandes potencias con la macroeconomía global y, fundamentalmente, con una sociología crítica de las élites. Como argumentó Richard Lachmann en su obra póstuma “Pasajeros de primera clase en un barco que se hunde (2020)”, la parálisis estratégica y el declive de las potencias imperiales a menudo no provienen de amenazas externas insolubles, sino de la incapacidad de sus élites fragmentadas para sacrificar privilegios de corto plazo en pos de la preservación del sistema en su conjunto.

Es decir, expone que el declive imperial ocurre cuando las élites se vuelven tan corporativas y autorreferenciales que priorizan defender sus privilegios e ingresos sectoriales específicos antes que invertir en la preservación del sistema que las sostiene. En el caso de EE.UU., la élite de poder estadounidense (el complejo de seguridad nacional, Wall Street y el capital tecnológico de defensa) prefiere balcanizar la economía global para mantener su primacía antes que permitir una gobernanza multipolar compartida.

En el contexto estadounidense, la «élite de poder» descrita originalmente por C. Wright Mills —esa amalgama entrelazada de mandos militares, líderes políticos y magnates corporativos— ha visto fracturado su consenso de la era de la globalización. El ala financiera de Wall Street y el bloque tecnológico de Silicon Valley, que durante décadas operaron como los arquitectos de la interdependencia con Pekín, hoy se ven subordinados a un nuevo consenso bipartidista en Washington dominado por el aparato de seguridad nacional.

Si disfrutáramos de una mirada de Arrighi y Wallerstein, habría una bifurcación sistémica, es decir, la economía-mundo capitalista estaría agotando la fase de expansión financiera de la hegemonía estadounidense. Siguiendo a Arrighi (Caos y gobernabilidad en el sistema-mundo), cuando la potencia hegemónica recurre a la militarización de las finanzas (sanciones, exclusión del SWIFT), acelera la creación de estructuras alternativas por parte de las élites no occidentales, precipitando la fragmentación del mercado mundial unificado.

Por el contrario, en Pekín, el Politburó del Partido Comunista de China (PCCh) ha consolidado un modelo de primacía de la seguridad estatal sobre la maximización del crecimiento económico abstracto. Bajo la premisa de la «seguridad total», las élites estatales y las empresas públicas (SOE, por sus siglas en inglés) han disciplinado a los barones tecnológicos del sector privado, reorientando el capital nacional desde el arbitraje financiero y las plataformas de consumo digital hacia la manufactura avanzada, la soberanía de la cadena de suministro y lo que Giovanni Arrighi identificó como la transición hacia un modelo de desarrollo no desposeedor.

Este primer artículo examinará cómo la colisión entre estas dos arquitecturas de élite está fragmentando la economía internacional. A través de la lógica del de-risking (reducción de riesgos), el nacionalismo tecnológico, la militarización de las finanzas y la disputa por los cuellos de botella de la infraestructura global, las dinámicas internas de las élites están arrastrando al sistema de economía-mundo —en el sentido acuñado por Immanuel Wallerstein— hacia una multipolaridad fragmentada e intrínsecamente inestable.

La arquitectura global de las últimas cuatro décadas se cimentó sobre un pacto implícito entre las élites occidentales y el funcionariado reformista de Pekín tras la apertura económica iniciada por Deng Xiaoping. Como analizó Giovanni Arrighi en Adam Smith en Pekín (2007) este proceso no supuso una mera capitulación de China ante el capitalismo neoliberal, sino una convergencia de conveniencias. Para la élite corporativa y financiera de los Estados Unidos, la incorporación de China a la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 2001 representó una bonanza sin precedentes. Una masiva deflación de los costes laborales, la optimización de los retornos de capital mediante la deslocalización (offshoring) y el acceso a un mercado doméstico en expansión exponencial. Wall Street actuó como el principal valedor de Pekín en Washington, asegurando que las tensiones políticas sobre Taiwán quedaran subordinadas al flujo libre de mercancías y capitales.

Por su parte, la élite del Partido Comunista de China (PCCh) utilizó este flujo masivo de inversión extranjera directa para industrializar el país, absorber transferencias tecnológicas y sacar a centenares de millones de personas de la pobreza, legitimando su monopolio del poder político a través de un desempeño económico sin parangón. Durante este periodo, las reservas de divisas chinas se reciclaron masivamente en la compra de bonos del Tesoro de los EE.UU., creando un ciclo macroeconómico cerrado: China producía, Estados Unidos consumía a crédito, mientras Pekín financiaba la deuda estadounidense.

La llegada de Xi Jinping al poder en 2012 marcó un punto de inflexión decisivo en la autopercepción de la élite china. La crisis financiera global de 2008 ya había sido interpretada en Pekín como el síntoma inequívoco del declive terminal de la hegemonía financiera occidental, una lectura alineada con las tesis de Ray Dalio sobre el ciclo de grandes deudas y el cambio de orden mundial. La élite china determinó que la dependencia del consumo estadounidense y de las tecnologías occidentales clave (como los semiconductores y el software de infraestructura) exponía al país a un estrangulamiento estratégico. En consecuencia, se lanzaron iniciativas estructurales como el Made in China 2025 y, posteriormente, la estrategia de «Doble Circulación» o Xiconomics, diseñada para blindar el mercado interno y lograr la autosuficiencia tecnológica, al tiempo que se proyectaba el poder infraestructural a través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI).

El consenso de las élites que sostenía el orden globalizado se quebró. En Washington, el giro hacia la confrontación que comenzó bajo la administración Trump no fue una aberración transitoria, sino la manifestación de un cambio tectónico en la elite de poder. Como reportó un análisis exhaustivo de Foreign Affairs en 2024, el establishment demócrata y el republicano convergieron en una doctrina común, el compromiso económico con China no había transformado su sistema político hacia el liberalismo; al contrario, había financiado el surgimiento de un competidor comunista de alta tecnología capaz de disputar la hegemonía estadounidense en el Indo-Pacífico y el control de los estándares globales.

En el escenario contemporáneo (2024-2026), la competencia estratégica ya no se dirime primordialmente en el terreno del libre comercio, sino en el control de las tecnologías de uso dual (civil y militar) y la resiliencia de las cadenas de valor. La economía internacional se ha convertido en un vector de la geopolítica, un fenómeno que el Peterson Institute for International Economics (PIIE) ha catalogado como la era de la «seguridad económica omnipresente».

El campo de batalla central de esta disputa es el ecosistema de los semiconductores avanzados, la inteligencia artificial (IA) y la computación cuántica. Las restricciones a la exportación impuestas por la Oficina de Industria y Seguridad (BIS) del Departamento de Comercio de EE.UU., iniciadas de forma sistémica en octubre de 2022 y endurecidas sucesivamente de manera drástica, representan un intento explícito de estrangulamiento tecnológico. La doctrina del «patio pequeño y valla alta» (small yard, high fence), formulada por el asesor de seguridad nacional Jake Sullivan, busca asfixiar la capacidad de China para desarrollar chips de vanguardia por debajo de los 14 nanómetros, limitando su acceso a los sistemas de litografía ultravioleta extrema (EUV) producidos por la firma holandesa ASML y a las unidades de procesamiento gráfico (GPU) de empresas estadounidenses.

Un informe del Center for Strategic and International Studies (CSIS) detalla cómo esta política ha obligado a una reestructuración forzosa de las cadenas globales. La respuesta de Pekín no ha sido la capitulación, sino una movilización masiva de recursos estatales a través de los «Grandes Fondos» de circuitos integrados, forzando a las élites corporativas locales a sustituir todos los componentes extranjeros. Firmas como Huawei y Semiconductor Manufacturing International Corporation (SMIC) han logrado avances significativos en la producción de chips a base de arquitecturas alternativas y procesos de litografía madura optimizados, lo que demuestra los límites de las sanciones unilaterales frente a un Estado con una base de ingenieros de escala continental.

Paralelamente, la disputa se ha trasladado al sector de la transición energética, donde China ostenta un cuasi-monopolio de facto. Según datos de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) analizados por el Financial Times, Pekín controla más del 70% de la capacidad de refinamiento de minerales críticos como el litio, el cobalto y las tierras raras, y produce más del 80% de los módulos solares y baterías para vehículos eléctricos a nivel mundial. La élite automotriz y tecnológica europea y estadounidense se encuentra atrapada en una contradicción insoluble. Cumplir con las metas de descarbonización exige la integración de la tecnología china, pero la directriz geopolítica ordena la reducción de riesgos —de-risking—.

Esta paradoja económica genera una intensa fricción en el ámbito geofinanciero. La exclusión de Rusia del sistema SWIFT tras la invasión de Ucrania aceleró un proceso que se ha descrito como la diversificación del riesgo sistémico del dólar. La élite financiera china, en coordinación con sus homólogos del bloque BRICS+, ha expandido el uso del CIPS (Sistema de Pago Interbancario de China) y la internacionalización del yuan a través de contratos de materias primas denominados en la moneda china (el «petroyuan»).

Hoy en día, el nexo del poder se ubica en el aparato burocrático de seguridad nacional (Pentágono, agencias de inteligencia, Consejo de Seguridad Nacional) en estrecha alianza con facciones del Congreso. Esta coalición ha redefinido el interés nacional en términos de primacía militar y tecnológica. Silicon Valley, que inicialmente mantenía una postura ambivalente y globalista, se ha alineado progresivamente con Washington a medida que la computación de frontera y la IA se han convertido en prioridades de defensa. El auge de fondos de capital riesgo enfocados en «tecnología de defensa» (defense tech) y el protagonismo de figuras que conectan el desarrollo tecnológico con la seguridad estatal demuestran esta fusión.

En la República Popular China, la estructura de élite está estrictamente jerarquizada bajo el control de la dirección central del PCCh. El giro político de la última década ha consolidado el poder de los tecnócratas de la seguridad por encima de los cuadros puramente orientados al crecimiento del PIB que dominaron las eras de Jiang Zemin y Hu Jintao.

Esta mutación interna se manifestó con claridad en la campaña de regulación y disciplina de los grandes barones del sector tecnológico privado (Alibaba, Tencent, Ant Group, Didi) que comenzó en 2020. La dirección del Partido consideró que la acumulación descontrolada de capital, el control monopolístico de datos sociales por parte de entidades privadas y las veleidades financieras de sus fundadores amenazaban la estabilidad del régimen y desviaban recursos de los sectores verdaderamente estratégicos. El PCCh impuso multas billonarias, forzó reestructuraciones corporativas e integró comités del Partido directamente en la gobernanza de estas empresas.

La élite económica legítima en la China actual es aquella alineada con los objetivos del Estado. Las empresas de propiedad estatal (SOE) que controlan la infraestructura pesada, la energía y la banca, junto con una nueva generación de empresarios privados dedicados a las «tecnologías de cuello de botella» (hard tech): semiconductores, robótica industrial, biotecnología avanzada y nuevos materiales. La riqueza personal ya no garantiza la impunidad ni la influencia política; el capital debe subordinarse al imperativo histórico de la resiliencia nacional frente a lo que Pekín percibe como un cerco estratégico integral por parte de Occidente.

La colisión entre estas estructuras de élite proyecta riesgos sistémicos sobre la estabilidad geopolítica y macroeconómica global, manifestándose con especial gravedad en tres áreas críticas.

La imposición de barreras tecnológicas está creando una bifurcación de la arquitectura digital global, un fenómeno conocido como el «esplinternet». Países de América Latina, África y el Sudeste Asiático se ven sometidos a una presión diplomática y económica creciente para elegir entre la infraestructura tecnológica estadounidense (basada en el software occidental, nubes de datos hiperescalables — como la capacidad de un sistema tecnológico o arquitectura en la nube para crecer de manera masiva y ágil en respuesta a aumentos repentinos de demanda—, así como redes aliadas) o la infraestructura china (redes 5G/6G de Huawei, sistemas de vigilancia urbana, nubes estatales y cables submarinos financiados por Pekín). Esta fragmentación no solo duplica de forma ineficiente los costes de capital para las economías en desarrollo, sino que reduce la interoperabilidad global, ralentizando el ritmo de la innovación científica compartida y creando ecosistemas de información cerrados que exacerban la polarización geopolítica.

La concentración geográfica de las cadenas de suministro críticas significa que cualquier alteración en los «puntos de estrangulamiento» (chokepoints) puede desencadenar ondas de choque inflacionarias y parálisis industriales a nivel planetario, como el que ha dado lugar a la “guerra de los corredores”. El Estrecho de Taiwán, por donde transita un porcentaje altísimo de la flota de contenedores del mundo y prácticamente la totalidad de los chips de lógica avanzada producidos por Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC), constituye el epicentro del riesgo geopolítico.

Un informe de la RAND Corporation advierte que incluso un bloqueo de baja intensidad o una cuarentena aduanera impuesta por Pekín sobre la isla costaría billones de dólares a la economía mundial en cuestión de semanas. Asimismo, la proyección del poder naval chino en el Mar de la China Meridional y el Estrecho de Malaca colisiona directamente con la doctrina de libertad de navegación defendida por el Comando del Indo-Pacífico de EE.UU., manteniendo la región en un estado de alerta militar permanente.

El modelo económico de China, impulsado por sus élites estatales, descansa sobre altas tasas de inversión en manufactura avanzada combinadas con un consumo doméstico relativamente deprimido. Al no absorber toda la producción internamente, el excedente industrial se proyecta hacia los mercados globales en forma de exportaciones competitivas de vehículos eléctricos, baterías y paneles solares. Las élites políticas occidentales, temerosas de una segunda «ola de desindustrialización» que arrase con sus industrias autóctonas y desestabilice sus sistemas electorales, han respondido con la imposición de aranceles masivos y cuotas proteccionistas. Esta dinámica amenaza con desmantelar definitivamente el armazón institucional de la OMC, sumiendo al comercio internacional en un régimen de represalias mutuas, reminiscente del de la década de 1930.

El análisis de la competencia entre China y Estados Unidos a través de la confluencia de la geopolítica, la macroeconomía y la sociología de las élites revela un panorama sombrío, pero sumamente clarificador. La globalización, lejos de ser un proceso natural irreversible, fue un proyecto político-económico contingente, diseñado y sostenido por coaliciones de élites específicas que hoy han retirado su respaldo.

El sistema de economía-mundo analizado por Wallerstein está experimentando una transición estructural donde la eficiencia económica pura ha sido desplazada por el imperativo de la supervivencia y la autonomía política. La advertencia de Richard Lachmann adquiere una relevancia profética. Las élites de las grandes potencias, concentradas en la preservación de su control interno y en la neutralización de sus rivales directos, están desgarrando los bienes públicos globales —la estabilidad financiera, la cooperación climática, la gobernanza tecnológica común y la prevención de conflictos a gran escala— que garantizan la viabilidad del propio orden internacional.

No nos dirigimos hacia un colapso automático del sistema, sino hacia una era de multipolaridad armada y fragmentada, caracterizada por lo que los analistas denominan «paz armada disuasoria». En este entorno, la estabilidad global dependerá de la capacidad de las élites de poder en Washington y Pekín para establecer mecanismos mínimos de gestión de crisis. Sin embargo, en la medida en que las dinámicas políticas internas de ambas superpotencias sigan premiando el nacionalismo defensivo y penalizando el compromiso diplomático, los «pasajeros de primera clase» continuarán disputándose el timón de un orden global que amenaza con fracturarse bajo sus pies." 

(Alejandro Marcó del Pont, blog, 31/05/26

Paul Krugman: Pogroms, al estilo americano... las atrocidades que está perpetrando el ICE —atrocidades que seguramente son mucho más grandes y peores de lo que sabemos— son en parte instrumentales, una forma de asustar a los inmigrantes para que se autodeporten... Trump está tratando de expulsar a todos los inmigrantes, tanto legales como indocumentados, casi sin pretender que sus pogromos sirvan para ningún propósito social o económico más amplio. Y uso la palabra “pogromos” deliberadamente. La campaña antiinmigrante del MAGA se basa en la crueldad hacia los inmigrantes, la gran mayoría de los cuales son respetuosos de la ley y una fuente clave de la prosperidad estadounidense. Y se está volviendo cada vez más evidente que la crueldad no es solo instrumental. Más bien, es el propósito de todo el esfuerzo... el zar de inmigración de Trump, declaró que "ha pedido a los funcionarios de la Casa Blanca que trabajen con las agencias federales para asegurarse de que están utilizando regulaciones contra los inmigrantes en todas las áreas de la vida estadounidense que supervisan"... y es que “Trump presiona a los inmigrantes cortándoles el acceso a trabajos, atención médica y vivienda”... Así que vamos a negar la atención a los niños nacidos en los Estados Unidos —es decir, ciudadanos por nacimiento— si tienen padres nacidos en el extranjero, presumiblemente incluso padres que llegaron a Estados Unidos legalmente. ¿Qué sigue? ¿Se les exigirá a estos niños que lleven etiquetas en su ropa para revelar que tuvieron un padre nacido en el extranjero? ¿Una insignia de la Estrella de David de los tiempos modernos?

"Hubo un tiempo en que los activistas antiinmigración afirmaban no odiar a los inmigrantes como personas. Su preocupación, insistían, era solo sobre los inmigrantes ilegales, la supuesta ola de delincuencia que causaban o la pérdida de empleos para los nativos.

Si creíste algo de eso, fuiste ingenuo. La administración Trump está tratando de expulsar a todos los inmigrantes, tanto legales como indocumentados, casi sin pretender que sus pogromos sirvan para ningún propósito social o económico más amplio. Y uso la palabra “pogromos” deliberadamente. La campaña antiinmigrante del MAGA se basa en la crueldad hacia los inmigrantes, la gran mayoría de los cuales son respetuosos de la ley y una fuente clave de la prosperidad estadounidense. Y se está volviendo cada vez más evidente que la crueldad no es solo instrumental. Más bien, es el propósito de todo el esfuerzo.

Para entender lo que está sucediendo, un buen punto de partida es el reconocimiento, más o menos oficial, de que prácticamente todos los inmigrantes —hablaré de las pocas excepciones en breve— son vistos como indeseables a quienes hay que expulsar de cualquier manera posible. The New York Times publicó recientemente un artículo con el titular “Trump presiona a los inmigrantes cortándoles el acceso a trabajos, atención médica y vivienda”.

Como explica el artículo,

"Durante más de un año, los funcionarios de la administración han buscado tirar de cada palanca burocrática posible para cortar a los inmigrantes —tanto documentados como indocumentados— de trabajos, atención médica, servicios financieros, créditos fiscales e incluso de la inscripción de sus hijos en guarderías. El objetivo ha sido obligar a los inmigrantes a abandonar el país y, a largo plazo, eliminar los incentivos que atraen a muchas personas a Estados Unidos en primer lugar."

Según el Times, Stephen Miller, el zar de inmigración de Trump,

"ha pedido a los funcionarios de la Casa Blanca que trabajen con las agencias federales para asegurarse de que están utilizando regulaciones contra los inmigrantes en todas las áreas de la vida estadounidense que supervisan."

Así que la política federal en todos los niveles, incluidas las herramientas de política que nunca tuvieron la intención de usarse para la aplicación de las leyes de inmigración, se están utilizando como armas contra cualquier persona nacida fuera de los EE. UU., y algunas personas nacidas aquí, incluidos los niños nacidos en Estados Unidos. Estos días rara vez me sorprenden las acciones de la administración Trump, pero esto es verdaderamente impactante:

"Los funcionarios federales están planeando cambios regulatorios para evitar que los niños nacidos en Estados Unidos reciban subsidios federales de cuidado diurno si uno o más de sus padres no son ciudadanos."

Así que vamos a negar la atención a los niños nacidos en los Estados Unidos —es decir, ciudadanos por nacimiento— si tienen padres nacidos en el extranjero, presumiblemente incluso padres que llegaron a Estados Unidos legalmente. ¿Qué sigue? ¿Se les exigirá a estos niños que lleven etiquetas en su ropa para revelar que tuvieron un padre nacido en el extranjero? ¿Una insignia de la Estrella de David de los tiempos modernos?

Más allá de tratar de hacer imposible la vida diaria de los inmigrantes, la administración Trump está tratando de aterrorizar a los inmigrantes para que se vayan.

Solo tenemos información fragmentaria sobre las condiciones dentro de los centros de detención del ICE, en gran parte porque el ICE ha bloqueado repetidamente la investigación independiente de lo que está sucediendo en estas instalaciones; en particular, ha violado repetidamente la ley al denegar el acceso a los miembros del Congreso. Hace unos días, agentes federales rociaron con gas pimienta al senador Andy Kim fuera de las instalaciones de Delaney en Newark, Nueva Jersey. El ICE también está jugando al escondite con los detenidos, trasladándolos repetidamente entre instalaciones para que sea difícil para las familias y los abogados rastrearlos. Y ha habido un número alarmante de suicidios de detenidos.

Los esfuerzos por suprimir información sobre las condiciones de los detenidos son implícitamente una admisión de que estas condiciones son terribles, que los informes de hacinamiento severo, falta de atención médica y alimentos insuficientes y contaminados son ciertos.

Según un detenido, un guardia le dijo que

"Es parte de mi trabajo. Tengo que hacer tu vida miserable para que solicites tu propia deportación."

Todo lo que sabemos sugiere que esta cita es una descripción precisa de lo que está sucediendo.

Y la campaña de acoso y terror contra los inmigrantes está funcionando. El ICE no tiene que poder encontrar y arrestar a cada inmigrante para hacer que la vida en los Estados Unidos sea imposible de soportar, tal como Irán no tiene que poder atacar a cada petrolero para hacer que el paso por el Estrecho de Ormuz sea demasiado peligroso para intentarlo. La inmigración neta hacia los Estados Unidos probablemente se ha vuelto negativa; es decir, más personas están saliendo del país que entrando.

La administración Trump está complacida. En marzo publicó un comunicado de prensa celebrando las estimaciones del Censo que muestran una caída en la inmigración neta en todas las áreas metropolitanas de los EE. UU.

Hubo dos características notables del triunfalismo del comunicado. Primero, celebró la caída de la inmigración en general; nada sobre distinguir entre la entrada legal e ilegal a los Estados Unidos. Segundo, no dijo nada —absolutamente nada— sobre por qué la caída de la inmigración debería considerarse algo bueno.

La verdad es que ninguna de las afirmaciones hechas por los partidarios de la línea dura antiinmigración sobre los beneficios de expulsar a los nacidos en el extranjero ha sobrevivido al contacto con la realidad.

El fin virtual de la inmigración neta no ha llevado a un auge en los empleos para los nacidos en el país. El crecimiento de la población en edad laboral se ha estancado, pero también lo ha hecho la creación de empleo, y la tasa de empleo de los adultos nacidos en EE. UU. es menor, no mayor, que antes de que comenzaran los pogromos:

Y la idea de que los inmigrantes son, como grupo, especialmente propensos a la delincuencia, ha sido ampliamente refutada. En particular, ciudades como Nueva York que tienen grandes poblaciones inmigrantes también tienen tasas de delincuencia muy bajas según los estándares históricos.

Es importante darse cuenta de que los pogromos, además de no ayudar objetivamente a los estadounidenses nativos, no son populares. El índice de aprobación de Donald Trump sobre inmigración, que era positivo cuando asumió el cargo, se encuentra ahora en territorio profundamente negativo.

Y el pueblo estadounidense es, en general, mucho más benigno en sus puntos de vista sobre los inmigrantes que tipos como Stephen Miller. Por un lado, tenemos a la administración Trump tratando de negar el cuidado infantil a los hijos de todos los inmigrantes. Por el otro, según Gallup, el 78 por ciento de los adultos cree que las personas que inmigraron ilegalmente deberían tener la oportunidad de convertirse en ciudadanos estadounidenses, y el 85 por ciento apoya ofrecer esa oportunidad a los niños traídos ilegalmente por sus padres.

Entonces, ¿de qué se trata todo esto? Gran parte es racismo. La administración Trump ha terminado esencialmente con las admisiones de refugiados en los Estados Unidos, con una sola excepción, para la cual las cuotas de refugiados han sido enormemente ampliadas y respaldadas por ayuda federal a los inmigrantes: los sudafricanos blancos. ¿Necesitamos decir más?

Y una observación final: las atrocidades que está perpetrando el ICE —atrocidades que seguramente son mucho más grandes y peores de lo que sabemos— son en parte instrumentales, una forma de asustar a los inmigrantes para que se autodeporten. Pero, ¿existe alguna duda real de que maltratar y aterrorizar a las personas, especialmente a las personas de color, es para algunos tipos MAGA un objetivo en sí mismo, algo para lo que siempre quisieron licencia para hacer?

Como escribió Adam Serwer de The Atlantic en un ensayo justamente famoso, La crueldad es el punto. Y ¿qué dice de nosotros como nación si aceptamos esto?

Demasiado enojado para una coda musical hoy" 

(Diariojudío.com, 01/06/26, fuente Paul Krugman) 

1.6.26

Un nuevo paradigma de poder en Oriente Medio, y no incluye a Estados Unidos... No es un buen momento para ser un Estado árabe del Golfo... En la medida en que fueron consultados previamente del ataque a Irán, los aliados árabes del Golfo de Estados Unidos también perdieron... la camarilla antiiraní se vio obligada a buscar un alto el fuego que dejó a Irán con el control total del estratégico estrecho de Ormuz, y con su ejército intacto, capaz y desafiante, capaz de asestar golpes devastadores a sus enemigos... La guerra de irán ha puesto de manifiesto una realidad difícil de aceptar para muchos, que la arquitectura de seguridad centrada en Estados Unidos no ha logrado impedir que Irán adquiera el control de facto de los puntos estratégicos energéticos que Estados Unidos debía proteger... Esta nueva realidad obligará a la región y al mundo a abandonar los conceptos de disuasión militar estadounidense y adoptar un marco de seguridad multipolar basado en la realidad económica, que incluirá a Rusia, China y relaciones similares a las de los BRICS... va a ser una realidad muy difícil para aquellas naciones, como los Estados árabes del Golfo e India, que habían basado sus posturas estratégicas en la premisa y la promesa del dominio militar estadounidense... los Estados árabes del Golfo deben -si desean sobrevivir a esta crisis- reconocer la permanencia y la prominencia de la República Islámica (Scott Ritter, ex-analista militar)

 "Irán ganó la guerra. Estar en el lado equivocado de la ecuación de poder tiene consecuencias, una realidad que Estados Unidos y sus aliados árabes del Golfo están aprendiendo por las malas.       

No es un buen momento para ser un Estado árabe del Golfo. Estados Unidos e Israel se arriesgaron al lanzar su ataque sorpresa contra Irán el 28 de febrero de este año. En la medida en que fueron consultados previamente, los aliados árabes del Golfo de Estados Unidos también lo hicieron. Perdieron. Quienes practicaron la perfidia no lograron ningún objetivo político o militar discernible: ni cambio de régimen, ni supresión de misiles, ni control del estrecho de Ormuz.

En cambio, la camarilla antiiraní se vio obligada a buscar un alto el fuego que dejó a Irán con el control total del estratégico estrecho de Ormuz, estrangulando las economías regionales y mundiales al bloquear el tránsito de la energía de la que dependen para su funcionamiento, y con su ejército intacto, capaz y desafiante, capaz de asestar golpes devastadores a las guaridas de sus enemigos.

La guerra de 40 días entre la coalición formada por Estados Unidos, Israel y los Estados Árabes del Golfo e Irán ha puesto de manifiesto una realidad difícil de aceptar para muchos: que la capacidad militar de Estados Unidos para proyectar fuerza en Oriente Medio se ha erosionado hasta casi la impotencia, y que la arquitectura de seguridad original, centrada en Estados Unidos y vigente durante décadas, no ha logrado impedir que Irán adquiera el control de facto de los puntos estratégicos energéticos que Estados Unidos debía proteger.

Esta nueva realidad obligará a la región y al mundo a abandonar los conceptos de disuasión militar estadounidense y adoptar un marco de seguridad multipolar basado en la realidad económica, que incluirá a Rusia, China y relaciones similares a las de los BRICS. La doctrina militar tradicional sobre la que se fundaron las antiguas relaciones de seguridad ya no es viable, y cualquier intento de revivirla sería prohibitivamente caro y, en última instancia, inalcanzable.

En resumen, Estados Unidos perdió porque su enfoque fundamental, centrado en lo militar, para la resolución de problemas regionales ya no era eficaz, y ninguna cantidad de gasto en defensa puede revertir esta realidad.

Esta va a ser una realidad muy difícil para aquellas naciones, como los Estados árabes del Golfo e India, que habían basado sus posturas estratégicas en la premisa y la promesa del dominio militar estadounidense.

Ahora, estas naciones advierten al mundo sobre el debilitamiento del estado de derecho en caso de perder el control del estrecho de Ormuz, señalando que existen numerosos puntos estratégicos similares que podrían estar en riesgo si se mantiene el precedente de Ormuz, lo que podría desencadenar un conflicto más amplio y la interrupción de la globalización. Estos líderes promueven la idea de que la paz depende de la coprosperidad, los oleoductos, el comercio y las redes económicas sostenibles, en lugar de la ocupación militar o la escalada del conflicto.

Estas eran, por supuesto, precisamente las políticas que Irán había estado promoviendo durante décadas, solo para ser rechazadas rotundamente por sus vecinos árabes, quienes se sentían seguros bajo el paraguas de seguridad estadounidense, que resultó ser una ilusión.

Los funcionarios indios también viven en una burbuja, anhelando un retorno al statu quo anterior al conflicto. Sin embargo, ya es demasiado tarde. India se ha posicionado sistemáticamente en el lado equivocado de la ecuación en lo que respecta a Irán, alineándose con Israel (país que el primer ministro Modi visitó en vísperas de la guerra) y con Estados Unidos en relación con Irán y sus socios estratégicos, como China. La participación de India en el Quad no pasa desapercibida en un momento en que Estados Unidos promueve el bloqueo naval a la navegación iraní.

La realidad para los Estados árabes del Golfo es que el Estrecho de Ormuz está prácticamente cerrado y que sus suposiciones anteriores sobre la reapertura automática por parte de la Armada estadounidense, mediante una intervención militar, ya no son válidas. Mientras que las naciones productoras de energía de la región buscan medidas de contingencia concretas, como la ampliación del uso de los gasoductos Este-Oeste en Arabia Saudita y propuestas para la construcción de gasoductos adicionales y el aumento de la capacidad de carga en Yambor y Fujairah, la realidad es que la mayor parte de la capacidad de producción energética de la región permanece bloqueada en el Golfo Pérsico, sin poder acceder al mercado.

Incluso si la guerra terminara hoy, la reapertura del Estrecho de Ormuz y la recuperación de la infraestructura regional requerirían meses para resolverse.Sin embargo, la arrogancia de los Estados árabes del Golfo sigue siendo evidente. Estas naciones sostienen que los Estados del Golfo no tienen por qué ceder ante Irán, y que estos mismos Estados del Golfo esperan la buena fe iraní antes de abordar las soluciones a los problemas actuales.

Es como si los Estados árabes del Golfo no tuvieran décadas de historia conspirando con Estados Unidos e Israel contra Irán, incluyendo el suministro de instalaciones y territorio utilizados por ambas naciones para desplegar los recursos militares, de inteligencia y logísticos que posibilitaron el ataque sorpresa del 28 de febrero. Los Estados árabes del Golfo fueron cómplices de esta perfidia, y sin embargo, hoy pretenden hacerse las víctimas.

Irán no se lo cree.

En definitiva, los Estados árabes del Golfo han perdido prácticamente toda la posición estratégica que ostentaban antes de la guerra. En lugar de intentar volver a una época en la que su complicidad era continua pero no se reconocía abiertamente, los Estados árabes del Golfo deben -si desean sobrevivir a esta crisis- aceptar la derrota estratégica de la conspiración regional antiiraní liderada por Estados Unidos y reconocer la permanencia y la prominencia de la República Islámica.

Para ello, deben aprender a pensar más allá de un paradigma dominado por Estados Unidos y, en cambio, adoptar una nueva realidad en la que Rusia, China y las potencias orientales tengan en cuenta la planificación de la seguridad futura.En pocas palabras, la reanudación de la guerra no es una opción que los Estados árabes del Golfo puedan contemplar, entre otras razones porque no sobrevivirían a tal escenario.

El gobierno iraní ha publicado la infraestructura estratégica de producción de energía que Irán destruirá en caso de un ataque. Si Irán cumpliera sus amenazas -y los precedentes indican claramente que lo haría-, los Estados árabes del Golfo sufrirían una paralización permanente de su capacidad económica basada en la energía, lo que supondría el fin de estas naciones como Estados modernos viables.

La diplomacia es la única vía que no conduce a la destrucción segura de los Estados árabes del Golfo. No existe una opción militar. Y dado que Irán tiene todas las de ganar (a pesar de lo que diga el presidente Trump), los Estados árabes del Golfo deben comprender que cualquier solución diplomática a la crisis actual debe reconocer y cumplir con las demandas iraníes de retirar la presencia militar estadounidense de la región.

En definitiva, de cara al futuro en Oriente Medio, todas las partes implicadas deben reconocer que Estados Unidos es el problema, no la solución, y que cualquier nación que siga dependiendo de Estados Unidos para salir de la difícil situación actual solo encontrará tristeza y desesperación.En la actualidad, está en juego un nuevo paradigma de poder en Oriente Medio.Y no incluye a Estados Unidos.

 (Scott Ritter, analista militar y geopolítico, ex-oficial de la inteligencia naval estadounidense, blog, 27/04/26, traducción UyPress)

Robert Kagan, importante estratega neoconservador y asesor de George W. Bush: Es difícil pensar en un momento en que Estados Unidos haya sufrido una derrota tan decisiva que la pérdida estratégica no pudiera ser reparada ni ignorada... En la derrota en la confrontación actual con Irán, no habrá vuelta al status quo ante, ni un triunfo final estadounidense. El Estrecho de Ormuz no estará «abierto» como antes... Con el control del estrecho, Irán emerge como el actor clave en la región y uno de los más importantes del mundo. El papel de China y Rusia, como aliados de Irán, se fortalece; el de Estados Unidos, disminuye sustancialmente... Esto va a desencadenar una reacción en cadena en todo el mundo a medida que amigos y enemigos se ajusten al fracaso de Washington... Más acciones militares llevarán inevitablemente a Irán a tomar represalias contra los estados vecinos del Golfo; los defensores de la guerra tampoco tienen respuesta para eso. Trump detuvo los ataques contra Irán no porque estuviera aburrido, sino porque Irán estaba golpeando las instalaciones vitales de petróleo y gas de la región... El punto de inflexión se produjo el 18 de marzo, cuando Israel bombardeó el campo de gas South Pars en Irán e Irán tomó represalias atacando la Ciudad Industrial Ras Laffan en Qatar —la mayor planta de exportación de gas natural del mundo—, causando daños en la capacidad de producción que tardarán años en repararse. Trump respondió declarando un alto el fuego, a pesar de que Irán no ha hecho ni una sola concesión... Si esto no es un jaque mate, se le parece mucho... Las preguntas que esto plantea sobre la preparación de Estados Unidos para otro conflicto importante pueden o no incitar a Xi Jinping a lanzar un ataque contra Taiwán, o a Vladimir Putin a intensificar su agresión contra Europa. Pero los aliados de Estados Unidos deben preguntarse sobre la capacidad de resistencia estadounidense en caso de futuros conflictos... El ajuste global a un mundo post-estadounidense se está acelerando. La posición de dominio que Estados Unidos tuvo una vez en el Golfo es solo la primera de muchas víctimas

 "Es difícil pensar en un momento en que Estados Unidos haya sufrido una derrota total en un conflicto, un revés tan decisivo que la pérdida estratégica no pudiera ser reparada ni ignorada. Las calamitosas pérdidas sufridas en Pearl Harbor, Filipinas y en todo el Pacífico Occidental en los primeros meses de la Segunda Guerra Mundial fueron finalmente revertidas. Las derrotas en Vietnam y Afganistán fueron costosas, pero no causaron un daño duradero a la posición global de Estados Unidos, porque estaban lejos de los principales escenarios de la competencia mundial. El fracaso inicial en Irak fue mitigado por un cambio de estrategia que, en última instancia, dejó al país relativamente estable, sin representar una amenaza para sus vecinos y manteniendo la hegemonía estadounidense en la región.

La derrota en la confrontación actual con Irán tendrá un carácter completamente diferente. No puede ser reparada ni ignorada. No habrá vuelta al status quo ante, ni un triunfo final estadounidense que deshaga o supere el daño causado. El Estrecho de Ormuz no estará «abierto» como antes.

Con el control del estrecho, Irán emerge como el actor clave en la región y uno de los más importantes del mundo. El papel de China y Rusia, como aliados de Irán, se fortalece; el de Estados Unidos, disminuye sustancialmente. Lejos de demostrar la destreza estadounidense —como afirmaron repetidamente los partidarios de la guerra—, el conflicto ha revelado a un Estados Unidos poco fiable e incapaz de terminar lo que empezó. Esto va a desencadenar una reacción en cadena en todo el mundo a medida que amigos y enemigos se ajusten al fracaso de Washington.

Al presidente Trump le gusta hablar de quién tiene «las cartas», pero no está claro si le queda alguna buena por jugar. Estados Unidos e Israel golpearon a Irán con una eficacia devastadora durante 37 días, matando a gran parte de la cúpula dirigente del país y destruyendo el grueso de su ejército; sin embargo, no pudieron colapsar al régimen ni obtener de él ni la más mínima concesión. 

Ahora, la administración Trump espera que el bloqueo de los puertos iraníes logre lo que la fuerza masiva no pudo. Es posible, por supuesto, pero es poco probable que un régimen que no pudo ser doblegado por cinco semanas de ataques militares implacables se rinda ante la presión económica por sí sola. Tampoco teme la ira de su población. Como señaló recientemente la experta en Irán Suzanne Maloney: «Un régimen que masacró a sus propios ciudadanos para silenciar las protestas en enero está plenamente preparado para imponerles privaciones económicas ahora».

Por ello, algunos partidarios de la guerra piden la reanudación de los ataques militares, pero no pueden explicar cómo otra ronda de bombardeos logrará lo que 37 días de ataques no consiguieron. Más acciones militares llevarán inevitablemente a Irán a tomar represalias contra los estados vecinos del Golfo; los defensores de la guerra tampoco tienen respuesta para eso. Trump detuvo los ataques contra Irán no porque estuviera aburrido, sino porque Irán estaba golpeando las instalaciones vitales de petróleo y gas de la región. 

El punto de inflexión se produjo el 18 de marzo, cuando Israel bombardeó el campo de gas South Pars en Irán e Irán tomó represalias atacando la Ciudad Industrial Ras Laffan en Qatar —la mayor planta de exportación de gas natural del mundo—, causando daños en la capacidad de producción que tardarán años en repararse. Trump respondió declarando una moratoria sobre nuevos ataques contra las instalaciones energéticas de Irán y luego declarando un alto el fuego, a pesar de que Irán no ha hecho ni una sola concesión.

El cálculo de riesgos que obligó a Trump a dar marcha atrás hace un mes sigue vigente. Incluso si Trump cumpliera su amenaza de destruir la «civilización» de Irán mediante más bombardeos, Irán seguiría siendo capaz de lanzar muchos misiles y drones antes de que su régimen cayera (suponiendo que cayera). 

Unos pocos ataques exitosos podrían paralizar la infraestructura de petróleo y gas de la región durante años, si no décadas, sumiendo al mundo —y a Estados Unidos— en una crisis económica prolongada. Incluso si Trump quisiera bombardear Irán como parte de una estrategia de salida —mostrándose duro como forma de enmascarar su retirada—, no puede hacerlo sin arriesgarse a esta catástrofe.

Si esto no es un jaque mate, se le parece mucho. En los últimos días, según se informa, Trump ha pedido a la comunidad de inteligencia de EE. UU. que evalúe las consecuencias de simplemente declarar la victoria y marcharse. No se le puede culpar. Esperar el colapso del régimen no es una gran estrategia, especialmente cuando el régimen ya ha sobrevivido a repetidos ataques militares y económicos. Podría caer mañana, dentro de seis meses, o nunca. Trump no tiene tanto tiempo para esperar, mientras el petróleo sube hacia los 150 o incluso 200 dólares por barril, la inflación aumenta y comienzan a aparecer la escasez mundial de alimentos y de otras materias primas. Necesita una resolución más rápida.

Pero cualquier resolución que no sea la rendición efectiva de Estados Unidos conlleva riesgos enormes que Trump, hasta ahora, no ha estado dispuesto a asumir. Quienes piden a la ligera que Trump «termine el trabajo» rara vez reconocen los costes. A menos que EE. UU. esté preparado para una guerra terrestre y naval a gran escala para derrocar al actual régimen iraní, y luego ocupar Irán hasta que un nuevo gobierno se consolide; a menos que esté preparado para arriesgar la pérdida de buques de guerra escoltando petroleros a través de un estrecho en disputa; a menos que esté preparado para aceptar el devastador daño a largo plazo de las capacidades productivas de la región como resultado de la represalia iraní… irse ahora podría parecer la opción menos mala. En términos políticos, Trump bien puede sentir que tiene más posibilidades de capear la derrota que de sobrevivir a una guerra mucho más grande, larga y costosa que aún podría terminar en fracaso.

La derrota de Estados Unidos, por lo tanto, no solo es posible, sino probable. He aquí cómo se ve esa derrota:

Irán mantiene el control del Estrecho de Ormuz. La suposición común de que, de una forma u otra, el estrecho se reabrirá cuando termine la crisis carece de fundamento. Irán no tiene interés en volver al status quo anterior . Se habla de una división entre partidarios de la línea dura y moderados en Teherán, pero incluso los moderados deben entender que Irán no puede permitirse soltar el estrecho, sin importar cuán bueno sea el acuerdo que crean que pueden obtener. 

Por un lado, ¿qué tan fiable es cualquier acuerdo con Trump? Prácticamente se jactó de replicar el ataque sorpresa japonés a Pearl Harbor al aprobar la ejecución de la cúpula iraní en medio de negociaciones. Los iraníes no pueden estar seguros que Trump no decida atacar de nuevo a los pocos meses de firmar un trato. También saben que los israelíes pueden atacar de nuevo, ya que nunca se sienten limitados a actuar cuando perciben que sus intereses están amenazados.

Y los intereses de Israel se verán amenazados. Como han señalado muchos expertos en Irán, el régimen de Teherán está actualmente en posición de salir de la crisis mucho más fuerte de lo que era antes de la guerra, habiendo conservado no solo su potencial capacidad nuclear, sino habiendo ganado también el control de un arma aún más eficaz: la capacidad de mantener como rehén al mercado energético mundial. 

Cuando los iraníes hablan de «reabrir» el estrecho, siguen refiriéndose a mantenerlo bajo su control. Irán podrá no solo exigir peajes de paso, sino limitar el tránsito a aquellas naciones con las que tenga buenas relaciones. Si una nación se comporta de una manera que no gusta a los gobernantes de Irán, podrán imponer castigos simplemente ralentizando, o incluso amenazando con ralentizar, el flujo de los buques de carga de esa nación dentro y fuera del estrecho.

El poder de cerrar o controlar el flujo de barcos por el estrecho es mayor y más inmediato que el poder teórico del programa nuclear de Irán. Esta ventaja permitirá a los líderes de Teherán obligar a las naciones a levantar las sanciones y normalizar las relaciones, o enfrentarse a penalizaciones. Israel se encontrará más aislado que nunca, mientras Irán se enriquece, se rearma y preserva sus opciones de nuclearizarse en el futuro. Incluso puede verse incapaz de atacar a los aliados de Irán (proxies): en un mundo donde Irán ejerce influencia sobre el suministro energético de tantas naciones, Israel podría enfrentar una enorme presión internacional para no provocar a Teherán en el Líbano, Gaza o cualquier otro lugar.

El nuevo status quo en el estrecho también provocará un cambio sustancial en el poder y la influencia relativos, tanto a nivel regional como global. En la región, Estados Unidos habrá demostrado ser un tigre de papel, obligando a los estados del Golfo y a otros países árabes a acomodarse a Irán. Como escribieron recientemente los estudiosos de Irán Reuel Gerecht y Ray Takeyh: «Las economías árabes del Golfo se construyeron bajo el paraguas de la hegemonía estadounidense. Si se quita eso —y la libertad de navegación que conlleva—, los estados del Golfo irán inevitablemente a implorar a Teherán».

No serán los únicos. Todas las naciones que dependen de la energía del Golfo tendrán que buscar sus propios acuerdos con Irán. ¿Qué otra opción tendrán? Si Estados Unidos, con su poderosa Armada, no puede o no quiere abrir el estrecho, ninguna coalición de fuerzas con solo una fracción de la capacidad estadounidense podrá hacerlo tampoco. 

La iniciativa anglo-francesa para vigilar el estrecho tras un alto el fuego es casi una broma. El presidente francés Emmanuel Macron ha dejado claro que esta «coalición» operará solo bajo condiciones pacíficas en el estrecho: escoltará barcos, pero solo si no necesitan escolta. Sin embargo, con Irán al mando, el estrecho no volverá a ser seguro en mucho tiempo. China presumiblemente tiene cierta influencia sobre Teherán, pero ni siquiera China puede forzar la apertura del estrecho por sí misma.

Un efecto de esta transformación puede ser una carrera naval expansiva entre las grandes potencias. En el pasado, la mayoría de las naciones del mundo, incluida China, contaban con Estados Unidos tanto para prevenir como para resolver tales emergencias. Ahora, las naciones de Europa y Asia que dependen del acceso a los recursos del Golfo Pérsico están indefensas ante la pérdida de suministros energéticos vitales para su estabilidad económica y política. ¿Cuánto tiempo podrán tolerar esto antes de empezar a construir sus propias flotas, como medio para ejercer influencia en un mundo de «cada nación por su cuenta» donde el orden y la previsibilidad se han quebrado?

La derrota estadounidense en el Golfo tendrá también ramificaciones globales más amplias. El mundo entero puede ver que solo unas pocas semanas de guerra con una potencia de segundo rango han reducido las reservas de armas estadounidenses a niveles peligrosamente bajos, sin una solución rápida a la vista. 

Las preguntas que esto plantea sobre la preparación de Estados Unidos para otro conflicto importante pueden o no incitar a Xi Jinping a lanzar un ataque contra Taiwán, o a Vladimir Putin a intensificar su agresión contra Europa. Pero, como mínimo, los aliados de Estados Unidos en Asia Oriental y Europa deben preguntarse sobre la capacidad de resistencia estadounidense en caso de futuros conflictos.

El ajuste global a un mundo post-estadounidense se está acelerando. La posición de dominio que Estados Unidos tuvo una vez en el Golfo es solo la primera de muchas víctimas."

 (Robert Kagan, político neoconservador estadounidense , Observatorio de la crisis, 14/05/26 )

Lawfare contra Zapatero: Cuando el juez se enfrenta a la solicitud de registro del domicilio particular de Zapatero, la rechaza... El propio juez admite, con su firma, que no hay indicios concretos y específicos que conecten a Zapatero personalmente con la actividad delictiva con la fuerza suficiente para justificar una medida invasiva sobre su esfera privada... y es que hay seis acusaciones contra Zapatero: Tráfico de influencias. ¿Hay indicio directo contra Zapatero? No... Participación en organización criminal / estructura organizada. ¿Hay indicio directo contra Zapatero? No... Obtención de resoluciones administrativas favorables para Plus Ultra. ¿Hay indicio directo contra Zapatero? No... Canalización de fondos mediante contratos/facturación presuntamente ficticia.¿Hay indicio directo contra Zapatero? No... Blanqueo de capitales. ¿Hay indicio directo contra Zapatero? No... Falsedad documental. ¿Hay indicio directo contra Zapatero? No... el auto aporta nombres, sociedades, conversaciones y sospechas, pero no una conducta típica individualizada de Zapatero... Ninguno de estos hechos, considerado en sí mismo, se distingue de la actividad ordinaria de un consultor político internacional. Recibir honorarios de varias sociedades por servicios de asesoramiento, conferencias y participación en consejos asesores es exactamente lo que hacen, declarado a Hacienda, todos los expresidentes del Gobierno español de las últimas tres décadas —Felipe González, José María Aznar, Mariano Rajoy— y prácticamente todos los expresidentes de los países de nuestro entorno... el auto da un salto interpretativo muy considerable hasta la calificación máxima del Código Penal. Y ese salto se sostiene casi enteramente sobre menciones de terceros (áspero mundo)

 "El auto del juez Cámara puede describir una causa compleja sobre Plus Ultra. Otra cosa muy distinta es que consiga vincular de forma sólida a José Luis Rodríguez Zapatero con los delitos investigados.

I. Una cosa es Plus Ultra y otra Zapatero

El auto del juez Cámara sobre el caso Plus Ultra presenta una investigación amplia sobre sociedades, intermediarios, contratos, pagos, vínculos empresariales, relaciones políticas y posibles maniobras de influencia en torno al rescate público de la aerolínea. Esa es una cuestión. Otra distinta, mucho más concreta, es si el auto consigue vincular de forma jurídicamente sólida a José Luis Rodríguez Zapatero con los delitos que se investigan.

Conviene separar ambos planos desde el principio. Una cosa es la solidez del caso Plus Ultra como investigación penal general: si hubo irregularidades en la concesión del rescate, si determinadas sociedades sirvieron para canalizar fondos, si existieron contratos ficticios o si algunos actores participaron en una trama de influencia. Otra cosa muy distinta es el intento de conectar a Zapatero con ese entramado. Que exista una causa compleja no significa que toda persona mencionada en ella quede automáticamente integrada en la trama. Y que el nombre de un expresidente aparezca en conversaciones, referencias o relaciones políticas no equivale, por sí solo, a una conducta delictiva propia.

La pregunta no es si el caso Plus Ultra merece investigación. La pregunta es qué hechos concretos atribuye el auto a Zapatero.

El siguiente epígrafe tiene precisamente ese objetivo: mostrar con claridad el alcance y las limitaciones de los hechos y datos en que se basa el auto cuando se refiere a Zapatero. No pretende negar que el caso Plus Ultra pueda contener hechos investigables. Pretende examinar otra cosa: si los indicios que el auto proyecta sobre Zapatero son directos, indirectos o simplemente contextuales; y, sobre todo, qué elementos faltan para convertir una sospecha en una imputación penal mínimamente robusta.

En derecho penal no basta con aparecer cerca de una trama, ser citado por terceros o tener capacidad potencial de influencia. Hace falta una conducta propia, concreta, individualizada y conectada causalmente con el delito investigado. La pregunta, por tanto, no es si el caso Plus Ultra merece investigación. La pregunta es más precisa: qué hechos atribuye el auto a Zapatero, qué valor tienen esos hechos y qué falta para que esa atribución deje de ser una inferencia política o contextual y se convierta en un indicio penal directo.

II. Seis acusaciones, seis problemas de conexión

1. Tráfico de influencias

¿Hay indicio directo contra Zapatero? No claramente
Tipo de indicio Indirecto
Valor real del indicio Es el punto donde el auto intenta acercarse más a Zapatero. Lo vincula por su supuesta capacidad de influencia, contactos, menciones de terceros y contexto Plus Ultra/Venezuela.
Qué no aporta el auto y sería imprescindible Una gestión concreta atribuible a Zapatero: llamada, mensaje, reunión, presión, intermediación ante un cargo público, solicitud expresa de trato favorable, promesa de contraprestación o prueba de que un decisor actuó por su influencia.

2. Participación en organización criminal / estructura organizada

¿Hay indicio directo contra Zapatero? No
Tipo de indicio Muy indirecto
Valor real del indicio El auto describe una red y luego coloca a Zapatero como figura relevante o referencial. Pero eso no basta para integrarlo funcionalmente en una organización criminal.
Qué no aporta el auto y sería imprescindible Un rol operativo definido: jerarquía, reparto de funciones, instrucciones dadas por él, coordinación efectiva, participación estable, conocimiento del plan ilícito y contribución concreta a sus fines.

3. Obtención de resoluciones administrativas favorables para Plus Ultra

¿Hay indicio directo contra Zapatero? No
Tipo de indicio Indirecto
Valor real del indicio Se afirma que la trama buscaba ayudas públicas y resoluciones favorables. Pero la conexión con Zapatero parece construida por proximidad política o reputacional.
Qué no aporta el auto y sería imprescindible El nexo causal: qué resolución concreta habría influido Zapatero, ante quién, cuándo, cómo, con qué contenido y qué efecto produjo su intervención en el expediente administrativo.

4. Canalización de fondos mediante contratos/facturación presuntamente ficticia

¿Hay indicio directo contra Zapatero? No
Tipo de indicio Indirecto o inexistente respecto a él
Valor real del indicio El auto habla de sociedades, contratos, facturas, informes y pagos, pero no individualiza a Zapatero como ejecutor económico de esas operaciones.
Qué no aporta el auto y sería imprescindible Prueba de intervención económica: que firmara, ordenara, validara o diseñara contratos; que recibiera fondos; que controlara sociedades; que diera instrucciones sobre facturas; o que conociera que los servicios eran simulados.

5. Blanqueo de capitales / ocultación del origen o destino del dinero

¿Hay indicio directo contra Zapatero? No
Tipo de indicio Muy indirecto
Valor real del indicio La trama financiera se describe alrededor de sociedades y otros investigados. Respecto a Zapatero, la conexión parece contextual.
Qué no aporta el auto y sería imprescindible Actos típicos de blanqueo: recepción, transferencia, ocultación, conversión, uso de testaferros, control de cuentas, beneficiario real, instrucciones financieras o prueba de conocimiento del origen ilícito del dinero.

6. Falsedad documental / facturación simulada

¿Hay indicio directo contra Zapatero? No
Tipo de indicio Indirecto o inexistente respecto a él
Valor real del indicio Se mencionan documentos, contratos, informes o facturas presuntamente artificiales, pero no se aprecia una conducta documental propia de Zapatero.
Qué no aporta el auto y sería imprescindible Autoría o participación documental: que redactara, firmara, ordenara, revisara, usara o se beneficiara de documentos falsos; o al menos una comunicación que demuestre que conocía la simulación y la impulsó.

Estas fichas no valoran la totalidad del caso Plus Ultra. Solo examinan la conexión específica que el auto intenta construir entre ese caso y José Luis Rodríguez Zapatero.

III. El problema del puente que falta

Las fichas permiten ver con claridad el problema de fondo. El auto puede describir una causa compleja, pero no consigue trasladar esa complejidad a Zapatero mediante hechos propios suficientemente identificados. Hay una supuesta trama. Hay sociedades. Hay pagos. Hay contratos. Hay conversaciones. Hay personas investigadas. Pero, en lo que atañe a Zapatero, el salto desde ese contexto general hasta una posible participación penal queda débilmente construido.

El caso más cercano sería el tráfico de influencias, porque es el delito que más fácilmente puede apoyarse en relaciones personales, contactos políticos y capacidad de intermediación. Pero incluso ahí falta lo esencial: el acto de influencia. No basta con afirmar que alguien podía influir. Hay que mostrar que influyó. No basta con que terceros invocaran su nombre. Hay que acreditar que él intervino. No basta con sugerir que su peso político podía ser útil. Hay que probar que puso ese peso político al servicio de una decisión administrativa concreta.

Para hablar de organización criminal haría falta definir un papel estable dentro de una estructura.
Para hablar de blanqueo haría falta conectarlo con operaciones financieras concretas.
Para hablar de falsedad documental haría falta vincularlo con documentos falsos, facturas simuladas o instrucciones de encubrimiento.
Para hablar de canalización de fondos haría falta algún dato sobre recepción, control, beneficio o dirección económica.

El auto, al menos en relación con Zapatero, no parece aportar ese puente.

El documento aporta contexto, pero no aporta puente. Y sin puente, la sospecha queda suspendida sobre el relato, no anclada en una conducta penal propia.

La impresión que deja el documento es la de una acusación por contaminación contextual. Se describe una trama amplia y, una vez descrita, se proyecta su sombra sobre quienes aparecen cerca de ella. Pero el derecho penal no puede funcionar así. La sospecha no se hereda por proximidad. La responsabilidad penal no se transmite por ambiente. Una red de relaciones políticas, empresariales o personales no convierte automáticamente a cada persona mencionada en partícipe de los delitos que otros pudieran haber cometido.

Conclusión: una imputación construida por proximidad

Por eso la distinción inicial es decisiva. El caso Plus Ultra puede ser investigable. Puede incluso contener elementos penalmente relevantes respecto de algunos intervinientes. Pero eso no resuelve la cuestión Zapatero. Para implicarle de forma seria haría falta algo más que contexto, menciones y capacidad potencial de influencia. Haría falta explicar qué hizo, cuándo lo hizo, ante quién lo hizo, con qué finalidad lo hizo y qué efecto produjo su conducta.

La conclusión es sencilla: el auto aporta contexto, pero no aporta puente. Aporta nombres, sociedades, conversaciones y sospechas, pero no una conducta típica individualizada de Zapatero para cada delito. Y sin ese puente, la vinculación queda suspendida en el aire: puede funcionar como relato político, puede alimentar titulares, puede justificar una línea de investigación preliminar, pero no constituye una atribución penal sólida.

Una cosa es investigar el caso Plus Ultra. Otra muy distinta es convertir la mera proximidad política de Zapatero en apariencia de participación penal."

(Áspero mundo, 22/05/26) 

 

 "Lawfare contra Zapatero (II): lo que dice realmente el auto 

 Leídas las ochenta y ocho páginas, el balance es incómodo para todos los relatos cómodos. Ni la causa es vacía, ni la imputación contra Zapatero está sólidamente cerrada. Hay una zona intermedia que el ruido público ha hecho desaparecer, y es precisamente donde se juega la legitimidad del proceso.

En la primera entrega sostuve que la imputación de Zapatero como líder de organización criminal antes de escucharle es lawfare por efecto, no por intención. Ese argumento se sostenía sobre una afirmación que merece ser sustanciada: que el auto del juez Calama, leído entero, no contiene contra Zapatero la solidez probatoria que su calificación máxima sugiere.

Toca demostrarlo. Página por página, indicio por indicio, sin trampas.

Lo que sigue es la lectura completa de las ochenta y ocho páginas del auto del 18 de mayo de 2026 dictado por el Tribunal Central de Instancia, Sección de Instrucción, plaza número 2. No una glosa periodística ni una síntesis amable: el documento entero, leído con la pregunta concreta que importa. ¿Qué se le imputa exactamente a Zapatero? ¿Con qué evidencia? ¿Qué parte de esa evidencia es directa y qué parte es inferencia construida sobre frases de terceros? ¿Cómo de sólida sería esta imputación si Zapatero no fuera Zapatero, si fuera un ciudadano anónimo cuyo nombre nadie reconoce?

En un vistazo: la tesis
La trama empresarial está sólidamente documentada. El entramado societario alrededor de Plus Ultra —Análisis Relevante, Whathefav, Caletón, Softgestor, Inteligencia Prospectiva, Idella, Landside Dubai— aparece descrito con flujos económicos cuantificados, contratos intervenidos, correos extraídos de dispositivos. Esa parte del auto tiene densidad propia y resiste el análisis crítico.
La imputación contra Zapatero tiene dos planos muy distintos. Un plano patrimonial relativamente sólido: recibió fondos cuantificables del entorno societario investigado. Y un plano de tráfico de influencias mucho más débil, construido casi enteramente sobre frases de terceros que se refieren a él en su ausencia, con alias como «ZP», «el amigo», «el tocayo», «nuestro pana», «el Presidente».
Los hechos verificables son indistinguibles de la consultoría ordinaria de un expresidente. Recibir honorarios por asesoramiento, presidir consejos asesores, cobrar conferencias internacionales, gestionar facturación desde una oficina con secretaria, enviar listados de contactos a un colaborador empresarial: es exactamente el patrón de actividad de González, Aznar, Rajoy y la mayoría de exjefes de Gobierno europeos. Lo que convertiría esos hechos en delito no es su existencia, sino su finalidad ilícita. Y esa finalidad es lo que el auto infiere, no lo que prueba.
El propio juez reconoce esa debilidad. Cuando llega el momento de decidir sobre el registro de su domicilio particular, lo deniega expresamente por falta de proporcionalidad e idoneidad, admitiendo que «no concurren elementos que permitan afirmar que en el domicilio particular de José Luis Rodríguez Zapatero pudieran hallarse fuentes de prueba relevantes». Esa concesión, escrita por el propio instructor, desmiente el tono de la calificación pública.
Entre el 60% y el 70% de los hechos imputados se sustentan en prueba indiciaria mediata. Es decir, en inferencias en cadena: A le dice a B que Zapatero hizo X, y de ahí el auto deduce que Zapatero hizo X, y de ahí deduce que Zapatero dirige la trama. En términos jurídicos esa cadena es admisible en fase de instrucción. En términos probatorios serios, es notoriamente más débil que la evidencia directa que sí existe en el plano patrimonial.

I. La trama, sin Zapatero

Conviene empezar por separar lo que va por su lado. La parte del auto que describe el funcionamiento del entramado societario alrededor de Plus Ultra es densa, técnica y bien construida. Aunque retirásemos completamente del relato a Zapatero, seguiría habiendo causa.

La ONIF documenta que Julio Martínez Martínez controla un entramado de treinta y nueve mercantiles entre 2020 y 2024. Veinte están inactivas. Quince activas declaran ingresos pero ocho de ellas no tienen empleados o sus retribuciones acumuladas son inferiores a diez mil euros en cinco años. Inteligencia Prospectiva mueve 2,6 millones de euros en cuentas bancarias entre 2020 y 2025 mientras declara resultados de explotación agregados de menos 847.401 euros. Es decir, una sociedad sin ingresos reales que mueve casi tres millones, cubriendo el déficit con ampliaciones de capital de los socios por 698.500 euros entre diciembre de 2020 y noviembre de 2022.

Plus Ultra paga a Análisis Relevante 301.290 euros entre 2020 y 2024 mediante tres contratos sucesivos de «asesoramiento» cuyos importes —5.000 y 6.000 euros mensuales más IVA— se justifican formalmente con informes mensuales sobre situación política, económica y social. Los correos electrónicos intervenidos en el ordenador de Julio Martínez Martínez en octubre de 2022 muestran que esos informes los redacta Sergio Sánchez, los maqueta Whathefav SL —administrada por las hijas de Zapatero—, y los distribuye esta última a un listado de clientes que le facilita el propio Zapatero por WhatsApp en julio de 2021.

Plus Ultra paga además a Caletón Consultores 1.159.558 euros entre 2020 y 2025, justificados como «comisiones por operaciones chárter». La documentación intervenida en dispositivos del entorno revela que Caletón es una sociedad instrumental administrada por un testaferro venezolano —Basiliso Gil Carrasquero— que cobra 600 euros mensuales en efectivo cuando viaja a España, según escrito interno del propio Santiago Fernández Lena. Caletón, a su vez, transfiere 60.500 euros a Iot Domotic Europe (entorno de Julio) y 108.900 euros a Voli Analítica (entorno de Julio), justificados con facturas confeccionadas ad hoc cuyos conceptos y fechas se adaptan a la operativa, según conversación expresa entre Santiago Fernández Lena y Julio Martínez Sola: «déjame darle una vuelta para ver si pueden hacerlo de otra manera, con otro concepto».

Hay más. Summer Wind SL recibe 3.979.182 euros de Plus Ultra en 2023 y transfiere 213.202 euros a Afitta —sociedad del entorno de Julio Martínez— mediante facturas creadas con fechas y conceptos manipulados, hecho admitido en mensajes interceptados.

Toda esta parte del auto se sostiene sola. No depende de Zapatero. No necesita su intervención para ser una investigación legítima por blanqueo, falsedad documental y delitos económicos asociados al rescate público.

El problema empieza cuando el auto pretende dar el salto desde este entramado, jurídicamente comprometido, hasta Zapatero personalmente como líder de una organización criminal. Ahí la prueba cambia radicalmente de naturaleza.

II. Lo que Zapatero hizo verificablemente

Conviene ser preciso. Hay cosas que el auto sí atribuye a Zapatero con base material verificable, y conviene reconocerlas sin escamotearlas.

Recibió fondos cuantificados. En su cuenta personal, cotitular con su esposa María Sonsoles Espinosa Díaz, ingresó 490.780 euros entre 2020 y 2025 procedentes de Análisis Relevante. De Gate Center —entidad de la que él mismo preside el consejo asesor— recibió 352.980 euros. Del grupo Thinking Heads, vinculado a Daniel Romero-Abreu Kaup, recibió 681.318 euros. En total, más de millón y medio de euros documentados como ingresos en sus cuentas durante el periodo investigado.
Flujos hacia su entorno familiar directo. Las cuentas personales de sus hijas Laura y Alba Rodríguez Espinosa recibieron 247.191 y 199.904 euros respectivamente desde Whathefav SL —sociedad administrada por ellas mismas— entre 2021 y 2025. José Luis Rodríguez Zapatero figura como autorizado en ambas cuentas.
Envió archivos Excel a Julio Martínez Martínez. El 6 de julio de 2021, por WhatsApp, le remitió dos archivos denominados «LISTA AR OK.xlsx» y «direcciones email JM.xlsx», con listados de personas físicas y jurídicas con sus direcciones de correo y cargos. El auto sostiene que reflejan planificación previa y sirven como herramienta logística para la distribución de los informes de Análisis Relevante a sus clientes finales.
Participó en el chat grupal «AR». Creado por Sergio Sánchez dos meses después de la constitución de Análisis Relevante, figura como participante junto a Julio Martínez Martínez, Javier de Paz, Silvia de Paz y Sergio Sánchez Benítez.
Convocó una reunión en el restaurante Portonovo. La cadena de correos entre María Gertrudis Alcázar —su secretaria— y Cristóbal Cano —gestor del entorno de Julio Martínez— permite inferir que Zapatero y Julio Martínez se reunieron allí. Al día siguiente, Tomás Guerrero Blanco, empleado de Zapatero, envía a Julio un correo detallándole la documentación necesaria para constituir una sociedad en Dubái «según lo conversado ayer».
Su oficina de la calle Ferraz funcionó como nodo operativo. Su secretaria María Gertrudis Alcázar gestionó la cuenta de correo presidentezapatero.com y, en coordinación con Cristóbal Cano, intervino en la generación de facturación cuyo concepto, importe y periodificación se consensuaron previamente: «ok o si tengo que poner más importe. Con lo que me digas el lunes te envío la firmada».

Estos hechos no son frases de terceros. Son actos verificables —movimientos bancarios, archivos digitales con metadatos, correos enviados desde cuentas concretas— atribuidos directa o indiciariamente a Zapatero con un nivel razonable de solidez.

Pero conviene detenerse aquí, porque es donde se juega buena parte de la honestidad del análisis. Ninguno de estos hechos, considerado en sí mismo, se distingue de la actividad ordinaria de un consultor político internacional. Recibir honorarios de varias sociedades por servicios de asesoramiento, conferencias y participación en consejos asesores es exactamente lo que hacen, declarado a Hacienda, todos los expresidentes del Gobierno español de las últimas tres décadas —Felipe González, José María Aznar, Mariano Rajoy— y prácticamente todos los expresidentes de los países de nuestro entorno. Enviar listados de contactos a un colaborador empresarial es una práctica habitual en cualquier consultora. Participar en chats internos de las sociedades con las que se colabora, también. Tener una oficina con secretaria que gestiona la facturación de los servicios prestados, también. Reunirse con empresarios en restaurantes para explorar oportunidades de negocio internacional, también.

Lo que convertiría estos hechos en piezas de un delito no es su existencia, sino su finalidad: que los honorarios fueran contraprestación encubierta por una influencia ilícita concreta, que los contactos compartidos sirvieran a una operativa de tráfico de influencias, que la facturación documentara servicios inexistentes para canalizar pagos ilegales. Esa finalidad delictiva no se demuestra con los hechos materiales —que son neutros—, sino con prueba adicional que acredite el dolo, el pacto, la simulación. Y esa prueba adicional, respecto a Zapatero personalmente, es donde el auto recurre a las frases de terceros.

Justifican la apertura de una investigación. Justifican incluso la imputación como investigado. La cuestión es si justifican lo que el auto efectivamente hace: calificarlo como líder de una organización criminal antes de oírle.

III. Lo que el auto deduce y no demuestra

Aquí está el núcleo del problema. Porque desde estos hechos verificables —que prueban relación económica con el entramado y cierto nivel de coordinación operativa—, el auto da un salto interpretativo muy considerable hasta la calificación máxima del Código Penal. Y ese salto se sostiene casi enteramente sobre frases de terceros.

Lo que el auto no demuestra documentalmente respecto a Zapatero, después de ochenta y ocho páginas:

Que llamara personalmente a algún responsable de la SEPI.
Que escribiera a algún funcionario para influir en la concesión de la ayuda FASEE.
Que se reuniera con algún miembro del Consejo Gestor del FASEE o del Consejo de Ministros durante la tramitación.
Que dictara una sola instrucción documentada relativa a la concesión del rescate.
Que pactara una contraprestación específica con Plus Ultra a cambio de gestionar la ayuda.
Que interviniera personalmente ante el INAC venezolano o ante cualquier autoridad de Venezuela.
Que recibiera un solo euro directamente de Plus Ultra como contraprestación identificada.
Que firmara el contrato con Idella Consulenza Strategica del 1% del rescate. Lo firma Julio Martínez por ambas sociedades.
Que la sociedad Landside Dubai cobrara efectivamente algún importe. La AEAT confirma que no consta pago alguno.
Que conociera la operativa de facturación ad hoc entre su secretaria y Cristóbal Cano. El auto lo «infiere razonablemente», pero no lo prueba.

Lo que sí aparece en el auto, en cambio, son frases. Muchas frases. Casi todas dichas por otros, sobre él, en su ausencia, en conversaciones interceptadas entre terceros:

«Julio habló con ZP. 11 min».

Rodolfo Reyes a Ramón Gordils, 30.04.2020

«Acaba de hacerse el puente con ZP».

Julio Martínez Sola, 28.04.2020

«Si bro. Nuestro pana zapatero detrás».

Rodolfo Reyes, 22.07.2020

«No hablo directamente con Zapatero sino con su lacayo».

Roberto Roselli a Rodolfo Reyes, 18.05.2020

«Que Zapatero hable con alguien en la SEPI».

Roberto Roselli, 16.09.2020

«El amigo le pregunta cómo van los avales».

Manuel Fajardo a Julio Martínez Sola, 16.05.2020

«Lo tiene Grupo Zapatero desde esta mañana. Ya estaban en ello».

Rodolfo Reyes a Julio Martínez Sola, 04.07.2020

Es decir: una colección considerable de menciones de terceros que sitúan a Zapatero como figura de referencia, contacto institucional o supuesto vértice de la operación. Esas menciones tienen valor indiciario, sin duda. Pero conviene preguntarse qué prueban exactamente.

Prueban que el entorno de Plus Ultra y el entorno de Julio Martínez hablaban entre sí dando por supuesto que Zapatero podía intervenir, intervendría, o ya estaba interviniendo. Lo que no prueban es que Zapatero efectivamente interviniera. La diferencia es enorme. Que alguien diga en una conversación interceptada que un tercero «está detrás» no demuestra que ese tercero efectivamente esté detrás. Demuestra que el primero lo cree, lo dice, o lo invoca. Para acreditar que el tercero efectivamente intervino hace falta otra cosa: o bien una intervención documentada, o bien una confesión, o bien el resultado material verificable de su intervención.

Ninguna de las tres cosas aparece en el auto respecto a Zapatero en relación con la concesión de la ayuda FASEE. Lo que aparece es la coincidencia temporal entre las menciones, los hitos del expediente y los pagos posteriores. Esa coincidencia puede ser indicio de intervención efectiva, sí. Pero también puede ser indicio de invocación instrumental del nombre por parte de quienes querían abrir puertas y justificar gestiones ante sus propios jefes.

Esa segunda hipótesis es jurídicamente posible, conductualmente frecuente en entornos empresariales que buscan presentarse como conectados con el poder, y solo se descarta contrastando con la versión del propio Zapatero. Ese contraste no se ha producido todavía.

IV. El silencio del propio juez

Hay un dato del auto que merece ser destacado más de lo que lo ha sido en la cobertura mediática. En el fundamento jurídico cuarto, apartado tercero, el juez se enfrenta a la solicitud de registro del domicilio particular de Zapatero. Y la rechaza.

Las palabras exactas merecen ser leídas con calma:

«Sin perjuicio de que, conforme a lo razonado en los fundamentos anteriores, concurren indicios racionales suficientes para atribuir a José Luis Rodríguez Zapatero la condición de investigado en los hechos objeto de la presente causa, no resulta procedente, en el actual estadio procesal, acordar una diligencia entrada y registro en su domicilio, al no concurrir los presupuestos legales exigidos para su adopción [...]».

«En este supuesto, no concurren elementos que permitan afirmar que en el domicilio particular de José Luis Rodríguez Zapatero pudieran hallarse fuentes de prueba relevantes, instrumentos del delito o documentación vinculada a los hechos investigados. La ausencia de indicios concretos y específicos que conecten el domicilio con la actividad presuntamente delictiva impide considerar la medida como idónea».

Auto de 18.05.2026, fundamento jurídico cuarto, apartado 3

Léase con atención. El propio juez admite, con su firma, que no hay indicios concretos y específicos que conecten a Zapatero personalmente con la actividad delictiva con la fuerza suficiente para justificar una medida invasiva sobre su esfera privada. Y argumenta a continuación que la investigación dispone de «vías alternativas que permiten obtener la información relevante sin necesidad de acceder al domicilio privado del investigado».

Esta es una concesión jurídicamente honesta. Es también una concesión devastadora. Porque lo que el instructor está diciendo, traducido del lenguaje técnico, es algo así: «tengo indicios para investigarle, pero no los tengo lo bastante sólidos como para entrar en su casa». Y sin embargo, esos mismos indicios que el juez considera insuficientes para una medida cautelar reversible —un registro domiciliario que dura unas horas y no deja huella permanente más allá de las molestias—, sí los considera suficientes para una calificación pública como líder de organización criminal que va a circular en portada por todas las cabeceras del mundo durante días y que va a quedar fijada en la memoria pública de forma irreversible.

La asimetría es total. El juez se contiene cuando se trata de molestar materialmente al investigado, y se expande sin contención cuando se trata de marcarle reputacionalmente. La medida cautelar se modula. La etiqueta pública, no. La intimidad domiciliaria se protege. La presunción de inocencia, no.

Esa elección —contenerse en lo material, expandirse en lo simbólico— no es neutra. Es la firma de este auto.

V. Recuento honesto: qué tiene este auto contra Zapatero

Tras ochenta y ocho páginas leídas con la atención que el caso merece, el balance probatorio respecto a Zapatero personalmente puede formularse así.

Hechos directamente acreditados

Recepción de fondos cuantificables del entorno societario investigado (más de millón y medio de euros), gestión operativa de su oficina por parte de su secretaria como nodo de coordinación documental, envío de archivos Excel con listados de destinatarios a Julio Martínez Martínez, participación en chat interno de Análisis Relevante, vinculación institucional con Gate Center como presidente del consejo asesor.

Estos hechos prueban relación económica y cierto grado de coordinación. No prueban delito por sí solos, y son indistinguibles del patrón de actividad de cualquier consultor político o expresidente. Recibir dinero de una consultora no es delictivo. Gestionar correos desde una oficina no es delictivo. Enviar listados de contactos a un colaborador empresarial no es delictivo. Presidir el consejo asesor de un think tank no es delictivo. Cobrar por conferencias internacionales y asesoramientos estratégicos —que es lo que constituye, según el propio auto, buena parte de los ingresos de Thinking Heads— es exactamente lo que hacen todos los expresidentes españoles vivos y la mayoría de los europeos.

Para convertir estos hechos en piezas de un delito de tráfico de influencias hace falta probar otra cosa: que esos fondos sean contraprestación por una influencia ilícita concreta, que esa coordinación sea coordinación de una operativa ilícita concreta, que esa gestión documental sea soporte de una falsedad concreta. Y eso, respecto a Zapatero personalmente, no está probado: está inferido.

Hechos inferidos a partir de la operativa del entorno

Que conocía la facturación ad hoc consensuada entre su secretaria y Cristóbal Cano. Que dirigió la constitución de la sociedad Landside Dubai con el objetivo de canalizar pagos al extranjero. Que dictó las instrucciones para la creación de sociedades en territorios offshore. Que ejerce liderazgo estratégico sobre la red.

Todas estas inferencias son razonables dado el conjunto del material, pero son inferencias. Su fuerza probatoria depende de que se descarten lecturas alternativas perfectamente compatibles con los mismos hechos, lecturas que solo se descartan contrastando con la versión del investigado.

Hechos sustentados en frases de terceros

Que influyó efectivamente ante la SEPI. Que intervino personalmente para acelerar el expediente FASEE. Que pactó la concesión de la ayuda. Que ejerció presión sobre el Consejo Gestor o sobre el Consejo de Ministros. Que intervino ante autoridades venezolanas en relación con los vuelos de Plus Ultra.

Estos son los puntos centrales de la calificación como tráfico de influencias, y son los que descansan casi enteramente sobre conversaciones entre terceros. No hay un acto propio de Zapatero documentado en ninguno de estos puntos.

El recuento, en porcentaje aproximado: entre el 15% y el 20% de los hechos imputados a Zapatero tienen base directa razonable. Entre el 15% y el 20% son inferencias indiciarias de segundo grado, sólidas pero discutibles. Y entre el 60% y el 70% de los hechos centrales que sostienen la calificación como organización criminal son inferencias en cadena construidas sobre frases de terceros.

Esa proporción es admisible procesalmente en fase de instrucción —la jurisprudencia española lo permite, especialmente en delitos de mera actividad como el tráfico de influencias del artículo 428 del Código Penal—. Pero es notoriamente desproporcionada respecto a la calificación pública elegida. Para imputar como investigado, esta base sería suficiente. Para calificar como líder de organización criminal antes de oírle, no lo es. O al menos, no lo es sin asumir conscientemente que el daño público producido va a ser irreversible aunque el procedimiento termine archivándose.

VI. La elección del juez

Volvamos a la pregunta del primer artículo, ahora con el auto entero a la vista. ¿Por qué un instructor con la experiencia de Calama elige el camino procesal más agresivo cuando el cauteloso era barato y estaba disponible?

El juez disponía de la opción técnicamente impecable. Citar primero a Zapatero como investigado. Comunicarle los indicios. Escuchar su versión. Contrastar las explicaciones con el material indiciario disponible —los Excel, los pagos, las menciones de terceros, la reunión Portonovo, la operativa de su oficina—. Y solo entonces, con la versión del investigado en el expediente, decidir el nivel calificativo de la imputación, decidir si procedía el registro de su oficina, decidir si procedía la difusión pública de la calificación máxima del Código Penal.

Esa opción era jurídicamente irreprochable. Era indiciariamente suficiente —el material disponible no exigía precipitación—. Era proporcional a la posición institucional del investigado. Y, sobre todo, era compatible con todas las garantías procesales y con todos los objetivos legítimos de la instrucción. Un expresidente del Gobierno con domicilio conocido, sin riesgo de fuga, sin posibilidad real de destruir pruebas que ya están en otros dispositivos y en otras sociedades, no exige el orden inverso. El orden inverso solo se justifica cuando hay riesgo material de fuga o de destrucción concertada de pruebas. Ninguno de los dos riesgos concurría aquí.

El instructor no lo eligió. Eligió calificar primero en términos máximos, ejecutar los registros simultáneos el día siguiente al amanecer, dejar al investigado catorce días sin posibilidad de defensa pública estructurada, y citarle a declarar el 2 de junio. La secuencia, escrita en el orden en que efectivamente ocurre, dice esto:

18 de mayo: el juez califica a Zapatero como líder de una organización criminal dedicada al tráfico de influencias y al blanqueo.
19 de mayo, 7:30 horas: se ejecutan los registros simultáneos en su oficina, en la sede de Whathefav, de Softgestor y de Inteligencia Prospectiva, y se incautan teléfonos y dispositivos.
20 de mayo: el caso es portada en El País, El Mundo, ABC, El Confidencial, La Razón, eldiario.es, Infobae, France 24, AP y Reuters. La asociación entre el nombre de Zapatero y la corrupción organizada queda fijada en la memoria pública internacional sin que él haya podido pronunciar una sola palabra ante el juez.
2 de junio: dos semanas después, se le permitirá por primera vez explicarse.
Cuando ese día llegue, ya dará igual lo que diga. Las dos semanas de ventaja que el auto concede al ruido público frente a la defensa son suficientes para que el daño se consume por completo.

Aunque su versión desmonte cada indicio uno por uno. Aunque aporte facturas, contratos firmados, declaraciones fiscales, justificaciones de cada euro recibido. Aunque convenza al instructor de revisar la calificación. Aunque el procedimiento termine archivándose dentro de tres años con todos los pronunciamientos favorables. Nada de eso tendrá la potencia pública que tuvo la imputación inicial. La portada de la rectificación nunca existe. La rectificación, cuando llega, es párrafo interior, breve, sin imagen, sin viralización, sin trending topic, sin titular internacional.

Esto no es una hipótesis. Es el patrón verificable de los grandes casos de imputación política en España durante la última década, en uno y otro signo. El daño reputacional se ejecuta en la portada. La absolución, cuando llega, llega tarde, débil y sin la potencia pública que tuvo la imputación. La asimetría es total, y es por diseño.

Un auto que no debió ser este auto

La conclusión, después de ochenta y ocho páginas leídas con cuidado, es esta: este auto, con esta calificación, con esta parte dispositiva, con este nivel de exposición pública, no debió dictarse antes de oír a Zapatero. Debió dictarse después.

No por garantismo abstracto. No por privilegio de expresidente. Por proporcionalidad elemental entre el material indiciario disponible respecto a Zapatero personalmente y el daño público producido por la calificación elegida. El propio juez reconoce que el material no alcanza para entrar en su casa. ¿Cómo puede alcanzar, simultáneamente, para marcarle como líder de organización criminal en todas las portadas del mundo durante una semana?

La respuesta es que no debería. Pero el sistema lo permite. Y mientras el sistema lo permita, seguirá produciendo el mismo resultado, una y otra vez, contra figuras políticas concretas, sin corrección posible.

El daño se ejecutará antes de la defensa. La portada llegará antes que la versión del investigado. El linchamiento en redes consumará la sanción social antes de que ningún juzgado pueda revisar nada. Y dentro de tres años, cuando si acaso se archive la causa, ya habrá otro caso, otro nombre, otro expresidente, otra portada.

La trama de Plus Ultra es investigable. Julio Martínez Martínez y el entramado societario deben rendir cuentas ante un tribunal. Roberto Roselli, Rodolfo Reyes, Santiago Fernández Lena, Cristóbal Cano y todos los implicados en la operativa documentada tienen un proceso por delante. La causa, en su parte empresarial, es jurídicamente seria.

Lo que no es serio es haber convertido esa causa, mediante la elección calificativa del 18 de mayo, en una condena pública anticipada contra el expresidente Zapatero, antes de oírle, con un material indiciario respecto a él que el propio juez admite insuficiente para una medida cautelar mucho menos lesiva que la calificación que sí ha decidido difundir. Esa elección —y solo esa elección— es la que convierte una instrucción técnica en lawfare. No la ilegalidad. No la conspiración. La elección sistemática del cauce procesal que maximiza el daño público con el mínimo coste técnico para quien lo decide.

El 2 de junio Zapatero declarará. Será un acto procesal. La portada del 20 de mayo fue la sentencia. Y la diferencia entre ambas, en términos de impacto real sobre su biografía pública, es la distancia que el sistema español acepta, normaliza y reproduce cada vez que se enfrenta a un investigado políticamente expuesto.

Esa distancia tiene un nombre. Conviene seguir nombrándola."

spero mundo, 20/05/26) 

 

 

 

"Lawfare contra Zapatero: la imputación sin escucharle

Opinión · Justicia · Lawfare

La trama de Plus Ultra es investigable y tiene base documental. La conexión personal de Zapatero con esa trama es bastante más débil, y precisamente por eso exigía escucharle antes de calificarlo como «líder» de una organización criminal. Imputar primero y oír después no es un matiz procesal: es la decisión que convierte un caso interpretable en una condena pública irreversible.


Conviene empezar por lo que el auto del juez Calama no es: no es una invención, no es una nube de rumores, no es una causa construida sobre el aire. Quien lo lea con honestidad encontrará movimientos bancarios cuantificados, contratos físicamente intervenidos, correos extraídos de dispositivos incautados, una sociedad real constituida en Dubái, y una cronología documental que cubre cinco años.

No es razonable, a estas alturas, sostener que aquí no hay nada. Aquí hay material. Mucho material.

Y, sin embargo, hay algo en este auto que sigue sin cuadrar. No en los hechos: en el salto. En el modo. En la decisión de imputar a un expresidente como líder de una organización criminal antes de oírle.


En un vistazo: la tesis
La trama Plus Ultra es investigable. Hay sociedades instrumentales, contratos cruzados, facturación ad hoc, pagos sin contraprestación clara, y una cronología que coincide con la concesión de un rescate público de 53 millones. Esa parte del auto tiene densidad indiciaria propia y justifica una investigación judicial seria. No es una causa vacía.
La conexión personal de Zapatero es más débil. Hay pagos a sus cuentas y correos enviados desde su dirección, sí. Pero también hay piezas centrales —la reunión con Escrivá, la carta del Santander, la llamada de once minutos, el contrato de Dubái sin pago en ejecución— cuyo contenido o cuya autoría directa no consta probada. Cada una admite una lectura distinta de la que el juez ha hecho.
Por eso, escucharle era imprescindible. Cuando la base material es interpretable, el contraste con la versión del investigado no es un trámite: es lo que separa una imputación responsable de una imputación construida sobre hipótesis no verificadas. El juez disponía de esa opción. Zapatero estaba disponible. La opción se descartó.
Imputar primero y oír después es lawfare. No por intención política del juez —que no se afirma ni se demuestra— sino por efecto sistémico: cuando se califica como «líder de organización criminal» a un expresidente antes de oírle, el daño público queda consumado antes del contraste. La portada llega rápida. El archivo, si llega, llega tarde y en silencio. Esa asimetría es el problema.

I. Lo que el auto documenta

El relato judicial reconstruye una red empresarial alrededor del rescate público de Plus Ultra en 2020-2021, articulada en torno a Julio Martínez Martínez y nutrida por un entramado de sociedades —Análisis Relevante, Whathefav, Inteligencia Prospectiva, Caletón Consultores, Softgestor, Idella, Landside Dubai— con flujos económicos cruzados que la ONIF describe como instrumentales. En el centro de ese relato, según el juez, está José Luis Rodríguez Zapatero.

Las piezas que vinculan a Zapatero personalmente no son ecos de terceros. Son hechos. 418.000 euros ingresados en sus cuentas desde Análisis Relevante. 352.980 euros desde Gate Center, una entidad de la que él mismo preside el consejo asesor. 681.318 euros del grupo Thinking Heads. Una sociedad participada al 100% por Idella, constituida en Dubái tras una reunión que él convocó en el restaurante Portonovo, con un contrato firmado para cobrar el 1% del rescate público español —530.000 euros— vinculado a la resolución estimatoria de la SEPI.

Hay además una reunión con el ministro Escrivá el 07.09.2020, en plena tramitación del expediente, documentada por un mensaje contemporáneo del Ministerio de Transportes a Koldo García. Correos enviados desde su propia dirección remitiendo a Martínez Martínez los listados Excel con los destinatarios de los informes de la sociedad. Su participación en el chat interno «AR» de Análisis Relevante.

Esto no se desactiva diciendo que son «valoraciones de terceros». Los movimientos bancarios existen con independencia de lo que nadie opine. Los correos los envió él. La reunión se celebró. La sociedad de Dubái está en el registro mercantil de la zona franca. Discutir esos hechos como si no estuvieran ahí es renunciar a la conversación seria.

II. Referencias de terceros, lecturas alternativas

Lo que sí está legítimamente abierto es otra cosa: la interpretación de esos hechos. Y aquí el auto es bastante menos sólido de lo que su retórica sugiere. Buena parte de las piezas que el juez convierte en eslabones de una organización criminal son, en realidad, referencias de terceros sobre Zapatero, conversaciones interceptadas entre otros investigados, o hechos cuyo contenido material no consta. Y todas, sin excepción, admiten una lectura legal alternativa que el auto no discute porque no está obligado a discutirla en esta fase.

Zapatero sostiene que los 418.000 euros corresponden a servicios profesionales declarados a Hacienda, prestados a precio de mercado para una consultoría política de un expresidente con su trayectoria. Esa explicación puede ser cierta, parcialmente cierta o falsa. Pero es una explicación legal posible, compatible con la práctica habitual de los expresidentes del Gobierno en España y fuera de ella, y desactivable —si lo es— solo mediante el contraste con su versión y con la documentación de los informes efectivamente entregados. Ese contraste no se ha producido.

La reunión con Escrivá. Existió. El contenido no consta. Un expresidente del Gobierno se reúne con ministros constantemente, sobre asuntos muy diversos. La interpretación de que esa reunión tuvo por objeto influir en el rescate es una hipótesis del juez, no un hecho probado. La explicación alternativa —reunión institucional sobre cualquier otro asunto— es perfectamente legal y exigiría escucharle para descartarla.
La carta del Santander. Dice «siguiendo instrucciones del Presidente», pero la firmaron directivos de Plus Ultra, no Zapatero. Es la afirmación de un tercero sobre lo que Zapatero supuestamente había instruido, no una prueba directa de que lo instruyera. La explicación alternativa —que esos directivos invocaran su nombre para abrir puertas en el banco sin que él lo hubiera autorizado— es plausible y solo se descarta oyéndolo.
La llamada de 11 minutos. Existió el 30.04.2020. El contenido se desconoce: los teléfonos se incautaron mucho después y no había escucha autorizada. Lo único que hay es a Rodolfo Reyes diciendo a Ramón Gordils: «Julio habló con ZP. 11 min». Es decir: un tercero relatando a otro tercero el contenido supuesto de una llamada en la que ninguno de los dos participó. La explicación alternativa —que hablaran de cualquier otro asunto— no puede descartarse sin oír a Zapatero.
Landside Dubai. La sociedad existe, el contrato del 1% también. Pero, según la propia AEAT, no consta pago alguno en su ejecución. La explicación alternativa —un proyecto comercial que no llegó a materializarse, frecuente en cualquier estructura internacional de consultoría— no se contradice con ningún dato del auto. Un contrato firmado y no cobrado es un indicio interpretable, no una prueba de blanqueo consumado.

Lo que tienen en común estas piezas es revelador: en ninguna de ellas hay un acto propio de Zapatero acreditado en su contenido material. Hay reuniones cuyo contenido no consta. Hay llamadas cuyo contenido no consta. Hay cartas firmadas por otros que invocan su nombre. Hay contratos firmados por sociedades de terceros que prevén cobros que no se han producido. Hay terceros hablando entre sí sobre lo que Zapatero habría hecho o dicho. El juez infiere razonablemente, a partir del conjunto, una hipótesis acusatoria. Pero la inferencia es eso: una inferencia. Y una inferencia se contrasta antes de calificar, no después.

Cada una de estas piezas merecía contraste con la versión del investigado antes de ser convertida en pieza de una imputación por organización criminal. Ese contraste no se produjo. Se produjo el registro de su despacho, la calificación reforzada, la cita a declarar tres semanas después, y el escándalo nacional inmediato.

III. Lo que el juez podía haber hecho y no hizo

El instructor disponía de una opción técnicamente impecable: tomar declaración a Zapatero antes de calificar. Citarlo como investigado, escuchar su versión, contrastar los indicios con sus explicaciones, y solo entonces decidir el nivel calificativo de la imputación. Es la opción que cualquier instructor cuidadoso elige cuando el investigado está disponible, tiene domicilio conocido, ha ofrecido públicamente su versión, y ocupa una posición institucional cuya exposición pública multiplica el coste de cualquier error procesal.

No la eligió. Imputó primero, calificó en términos máximos —organización criminal, no simple cooperación; liderazgo, no participación— y citó a declarar después, para el 02.06.2026. El daño público de la calificación quedó consumado antes de que el expresidente pudiera explicar nada.

Y la calificación es la pieza decisiva, porque es la que convierte una investigación técnica en escándalo nacional. «Imputado por consultoría irregular» habría sido noticia. «Líder de organización criminal» es portada mundial.

Esa elección no es neutral. Es la diferencia entre instruir y producir un titular. Y entre los juristas que han comentado el auto, son muchos —de variado signo— los que han señalado que el orden inverso era el técnicamente proporcionado. Escuchar primero. Calificar después. Cuando se invierte ese orden con un expresidente, la inversión tiene consecuencias que el sistema no puede ignorar, aunque procesalmente le esté permitida.


IV. El daño que ningún archivo repara

Aunque Zapatero declare el 02.06.2026 y aporte documentación que desmonte cada indicio; aunque la causa termine archivándose dentro de dos años; aunque el Tribunal Supremo, llegado el caso, le absuelva con todos los pronunciamientos favorables —el daño ya está hecho y es irreparable. La frase «Zapatero, líder de organización criminal» ha circulado por todas las cabeceras del mundo. La asociación entre su nombre y la corrupción organizada ha quedado fijada en la memoria pública. Su biografía política, después de cuarenta años de servicio institucional, lleva ya un asterisco que ningún archivo posterior borrará.

Y aquí está el problema: el sistema procesal español permite que esto ocurra. Permite que un instructor califique en términos máximos antes de oír al investigado, permite que esa calificación se difunda públicamente, permite que el daño se consume, y no contempla mecanismo alguno de reparación cuando la calificación se demuestra excesiva.

El proceso castiga con la imputación.
No compensa con el archivo.
La portada llega rápida; la absolución, tarde y silenciosa.
La sanción reputacional se ejecuta antes de juzgar nada.

La asimetría es total. Por diseño. Y esa asimetría es la que convierte el caso en un ejemplo de lawfare. No la voluntad política del juez —que puede o no existir, y no es lo que aquí se afirma— sino la disposición del sistema a producir, una y otra vez, condenas anticipadas contra figuras políticas sin que ninguna corrección posterior sea posible.

V. Lawfare como mecanismo, no como conspiración

Hay un nombre para lo que produce ese patrón sistemático: lawfare. Aunque no haya intención política demostrable en quien instruye, el efecto es el de un proceso usado como arma. Y un sistema que produce ese efecto repetidamente, contra figuras políticas concretas, sin corrección, no es neutral. Es funcional al objetivo del lawfare, aunque ningún instructor concreto se lo proponga.

Conviene preguntarse, sin acusar pero sin esquivar: ¿por qué un juez con la experiencia de Calama elige el camino procesal más agresivo cuando el cauteloso era barato y estaba disponible? ¿Por qué la UDEF construye un relato calificativo de organización criminal cuando el material indiciario admitía formulaciones más modestas? ¿Por qué la Fiscalía Anticorrupción acompaña esa calificación sin pedir mayor cautela, dada la exposición pública del investigado?

Estas preguntas no implican afirmar conspiración. Implican constatar que el sistema, en su conjunto, opera con una indiferencia hacia el daño asimétrico que produce —daño que recae siempre sobre el investigado, nunca sobre el instructor— que merece ser examinada.

No es casual que las figuras políticas de máxima exposición sean también las que con más frecuencia sufren imputaciones que después no prosperan. No es casual que el coste reputacional de esas imputaciones sea siempre soportado por ellas y nunca por quienes las promovieron. No es casual que el archivo, cuando llega, llegue tarde y en silencio.

Investigar es legítimo. Esto, no

Investigar Plus Ultra es necesario. Investigar a Zapatero, legítimo. Imputarlo como líder de organización criminal antes de oírle es desproporcionado, evitable, y daña algo más que su biografía: daña la credibilidad del sistema cuando se enfrenta a figuras políticas de primer nivel. Y daña, sobre todo, la presunción de inocencia, que en estos casos se convierte en una ficción jurídica sin correlato público.

La justicia tiene que poder investigar a los poderosos. Eso no se discute. Lo que sí se discute es el cómo. Y este cómo —imputación máxima sin audiencia previa, calificación reforzada antes del contraste, registro mediático antes de la defensa— es exactamente el cómo que convierte la justicia en lawfare, aunque nadie lo haya buscado expresamente.

La justicia tiene tiempo. La opinión pública, no. Y si dentro de tres años la causa se archiva, el archivo llegará tarde, débil, y sin la potencia pública que tuvo la imputación. Esa es la conversación que merece tenerse ahora, no después.

Por eso conviene nombrarlo. Para que la próxima vez, con otro expresidente y otro juez, podamos al menos discutir si estamos otra vez ante el mismo patrón. Y para que el sistema, en algún momento, internalice el coste de lo que produce.

Referencias y datos principales: auto de 18 de mayo de 2026 del Tribunal Central de Instancia, Sección de Instrucción, plaza número 2 (Diligencias Previas 0000077/2024); informes 1907/2026 y 1908/2026 de la UDEF-BBCA; informe de la ONIF de 25.02.2026; calificación judicial en concepto de tráfico de influencias (arts. 428-430 CP), blanqueo de capitales (art. 301 CP) y pertenencia a organización criminal; cita a declarar como investigado fijada para el 02.06.2026; cobertura inicial del auto en El País, El Diario, Infobae y France 24 (19 de mayo de 2026)."
 
spero mundo, 20/05/26)