"El acuerdo alcanzado hasta ahora es el resultado de la necesidad
que tenían de él ambas partes: Trump, por razones de política interna, y
los dirigentes iraníes, por el deterioro económico de su país. Pero es
enormemente frágil y puede romperse incluso antes del viernes, o cuando
se intente poner en marcha la negociación propiamente dicha
Después de tres meses y medio del comienzo de la guerra
innecesaria, ilegal, y criminal que el presidente de EEUU, Donald Trump,
lanzó contra Irán, junto con su amigo y aliado, el primer ministro
israelí, Benjamin Netanyahu; tras casi 40 anuncios de que el conflicto
había terminado y la paz era cuestión de horas, o como mucho de días,
porque Irán había perdido y aceptaba todas sus demandas; después de 67
días de un teórico alto el fuego lleno de incidentes armados, durante el
cual la República Islámica ha continuado bloqueando el estrecho de
Ormuz sin ceder a ninguna exigencia; por fin, en la noche del domingo
día 14, se ha logrado consensuar un acuerdo de principio entre
Washington y Teherán en forma de Memorando de Entendimiento (MOU) que
deberá dar paso a una negociación en los siguientes 60 días para lograr
un acuerdo de paz definitivo. El documento se firmará el viernes 19 en
Suiza, y entrará en vigor ese día, si Trump logra sujetar hasta entonces
a Netanyahu, que ha hecho, está haciendo y hará todo lo posible por
boicotear un acuerdo que le deja aislado y sin conseguir ninguno de sus
objetivos.
Por el momento, el único resultado tangible del MOU será la
reapertura del estrecho de Ormuz, que ya estaba abierto sin ningún
problema antes de la guerra. Con una diferencia: que este conflicto ha
permitido a Irán demostrar su capacidad de cerrar a voluntad, y sin que
nadie pueda impedirlo, uno de los puntos de estrangulamiento más
importantes del planeta, causando una grave crisis económica global de
la que solo hemos visto el principio. Porque después de que el Estrecho
de Ormuz se abra, cuando pasen las semanas o meses necesarios para
normalizar el tráfico, incluso una vez que los países del Golfo hayan
reparado y recuperado sus infraestructuras dañadas o destruidas por la
guerra, las consecuencias se seguirán sufriendo durante meses o años,
tanto en los precios de los combustibles -y por tanto en la inflación-
como en el de los fertilizantes nitrogenados, con la consiguiente
reducción y encarecimiento de la producción agrícola mundial, que
provocarán probables hambrunas. Pero, además, Irán pretende ahora
-veremos si lo consigue en la negociación que seguirá- tener un cierto
control sobre Ormuz que no tenía antes de la guerra, quizá no mediante
el pago de peajes puesto que se trata de una vía internacional de
acuerdo con el derecho del mar, sino mediante algún tipo de prestación
obligatoria de servicios o suministros a los buques que lo transiten,
que le produzcan ciertos beneficios económicos. De cualquier forma, Irán
sale de esta guerra reforzado, con un poder -al menos potencial- que no
tenía antes de ser atacado.
Si finalmente se consigue una reapertura total y sin incidentes
de Ormuz, lo que todavía está por ver, en los 60 días siguientes se
deberían resolver los temas más importantes, que aún están abiertos,
para llegar a un acuerdo definitivo de paz que según Trump debería ser
mejor que el Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA). Un plan promovido
por el presidente Obama y firmado en 2015 por los cinco miembros del
Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, más Alemania y la Unión
Europea, que Trump abandonó en 2018, durante su primer mandato, por
presiones de Netanyahu -que era primer ministro de Israel por cuarta
vez-, sin que hubiera ningún incumplimiento por parte de Irán.
El acuerdo definitivo no parece nada fácil, incluso si
aparentemente EEUU ya ha renunciado a dos de las exigencias con las que
pretendía mejorar el de 2015: la limitación del programa de misiles
iraníes y el cese del apoyo de Teherán a las milicias afines enemigas de
Israel, incluyendo a Hamas en Gaza, los hutíes en Yemen, grupos chiíes
en Irak y Siria, y Hezbolá en Líbano. Aunque los negociadores
estadounidenses han afirmado en algún momento que Irán aceptaba cortar
la financiación a estos grupos, lo cierto es que la República Islámica
mantiene al menos sin fisuras su apoyo a Hezbolá hasta el punto de
condicionar cualquier acuerdo definitivo de paz al cese de las acciones
militares de Israel en Líbano. Así, los dos asuntos importantes que
quedan por resolver son el levantamiento de las sanciones a Irán y el
desbloqueo de sus fondos depositados en el extranjero, y el futuro del
programa nuclear iraní. Aunque ambos deben ser negociados en el plazo
subsiguiente de 60 días, su formulación de principio en el MOU ha sido
la causa principal del retraso en su aprobación, junto con los disensos
políticos internos en EEUU y sobre todo en Irán -donde la facción más
radical está muy descontenta- que todavía pueden dar lugar a diferencias
de interpretación muy graves.
De hecho, lo que nos llega de fuentes estadounidenses sobre el
primero de esos puntos es que el levantamiento de las sanciones y el
desbloqueo de los fondos iraníes congelados estarían condicionados al
resultado, o al menos al avance, de las negociaciones definitivas de
paz, mientras los negociadores iraníes han declarado que el
levantamiento de las sanciones al petróleo iraní será inmediato y que el
plazo de 60 días empezará a contar cuando Irán reciba la mitad de los
fondos congelados, que ascendería a 12.000 millones de dólares. Trump
criticó severamente que Obama entregara en 2015 a Irán 1.700 millones,
que eran parte de una deuda sancionada por el Tribunal de La Haya por
una compra de equipo militar realizada por el gobierno del Sha antes de
1979 que nunca se suministró, y lo hizo además después de que se firmara
el acuerdo que permitía el control del programa nuclear iraní. Si ahora
Trump acepta que se entregue una cantidad siete veces superior antes de
que haya un acuerdo en el tema nuclear, además de renunciar a limitar
el programa de misiles iraní y a que Irán corte sus relaciones con las
milicias antiisraelíes, será más que evidente que el acuerdo al que
llegue será bastante peor que el JCPOA, aunque él insista en sostener lo
contrario.
Finalmente, el asunto más importante sigue siendo -al menos
oficialmente- el control del programa nuclear iraní. Aquí Trump, y el
vicepresidente J. D. Vance que ha promovido el acuerdo, se agarran a un
clavo ardiendo, el único que tienen, afirmando con mucho énfasis que
Irán no tendrá nunca un arma nuclear, como queriendo hacer ver que no la
tendrá gracias al providencial liderazgo del presidente, que se
concretó en un ataque a la República Islámica cuando precisamente se
estaba negociando -con buenas perspectivas- esta cuestión. Pero ni las
fanfarronadas infantiles de Trump, ni los intentos de su secretario de
Estado, Marco Rubio, de tergiversar sus declaraciones para hacerlas
menos estridentes, pueden ocultar el hecho de que para conseguir eso no
hacía falta ninguna guerra. El régimen iraní ya había renunciado a
producir armas nucleares cuando suscribió JCPOA, en el que se
comprometió a limitar el enriquecimiento de uranio al nivel del uso
civil, disminuir radicalmente sus reservas y reducir en dos terceras
partes sus centrifugadoras, además de autorizar al Organismo
Internacional de la Energía Atómica el acceso a todas sus instalaciones
para verificar el cumplimiento de lo pactado. Y mantuvo esa renuncia
cuando Trump dinamitó el acuerdo, si bien reanudó como respuesta el
enriquecimiento de uranio hasta alcanzar -según estimaciones del OIEA-
441 kilos con una concentración del 60%, menor de la necesaria para
fabricar bombas (> 90%) pero muy por encima de la utilizable en
plantas de generación eléctrica (3-5%) o incluso para plantas
experimentales o investigación (<20%).
El anterior líder supremo de Irán, el ayatolá Alí Jamenei,
asesinado el 28 de octubre en los primeros bombardeos, había emitido una
fatwa, un decreto religioso de obligado cumplimiento en un
Estado teocrático como Irán, prohibiendo el desarrollo de armas
nucleares. Apenas tres días antes del ataque, en la ronda de negociación
que tuvo lugar en Ginebra entre EEUU e Irán, los representantes iraníes
habían aceptado ya, según declaraciones del mediador -Badr Albusaidi,
ministro de Asuntos Exteriores de Omán-, no sólo reiterar su renuncia a
fabricar o adquirir armas nucleares, sino el compromiso de degradar el
uranio altamente enriquecido que poseía, reducir las reservas del
resto, y someter su programa nuclear civil al control no solo al OIEA
sino incluso de inspectores de Estados Unidos. Un acuerdo muy similar al
JCPOA que debía firmarse a la semana siguiente en Viena. Finalmente, en
la propuesta de 10 puntos que presentó Irán el 8 de abril, y que dio
lugar al alto el fuego, figuraba explícitamente su renuncia a poseer
armas nucleares y su compromiso de negociar el programa de
enriquecimiento.
En este contexto, intentar vender como un éxito, o un logro de
la guerra, que Irán no vaya a tener armas nucleares es absolutamente
ridículo y no tiene ningún sentido, pero es lo único que le queda a
Donald Trump para poder presentar algún éxito, por débil que sea, en una
guerra que incluso dentro de su país no ha sido comprendida ni apoyada
por una mayoría de la población. A lo máximo que puede aspirar es a
reproducir las condiciones del JCPOA, o las que ya se habían acordado en
Ginebra. No se va a llevar el uranio altamente enriquecido de Irán,
como había asegurado muchas veces, aunque es muy probable que los
iraníes acepten degradarlo -lo que es tan fácil como mezclarlo con
uranio natural-, así como reducir sus reservas y someter su programa de
enriquecimiento a inspecciones internacionales como han hecho en
ocasiones anteriores.
Para Netanyahu sería un drama que la República Islámica tuviera
un arma nuclear, pero no porque piense que la emplearía, ya que él
podría responder con su gran arsenal destruyendo completamente Irán,
sino porque su supremacía militar se vería disminuida si otro país de la
región adquiriera esa capacidad, con las consiguientes consecuencias
políticas. Pero aunque ese peligro se aleje ahora un poco más, eso no va
a ser suficiente para garantizar una paz duradera. Porque la cuestión
nuclear no es el verdadero problema. Netanyahu empezó a advertir de que
Teherán estaba a semanas o meses de tener armas nucleares en su primer
mandato como primer ministro, en 1996, y de eso hace 30 años. Cuando se
materializó, en el JCPOA, el mecanismo de control del programa nuclear
iraní que garantizaba que no llegara a tenerlas, Netanyahu instó a Trump
a abandonarlo, porque prefiere correr un riesgo que él minimiza con
bombardeos selectivos o asesinatos de científicos, que aceptar que el
régimen islámico se consolide. Irán es el único enemigo existencial que
le queda a Israel en la región, y el único apoyo de otras amenazas como
Hezbolá. El gobierno de Israel quiere la eliminación total del régimen
islámico, incluso la destrucción completa y la disgregación del país,
con lo que tendría las manos definitivamente libres para terminar de
anexionarse Palestina, y partes del Líbano y de Siria. Y no va a parar
sus agresiones militares hasta conseguirlo.
El acuerdo alcanzado hasta ahora es el resultado de la necesidad
que tenían de él ambas partes: Trump, por razones de política interna, y
los dirigentes iraníes, por el deterioro económico de su país. Pero es
enormemente frágil y puede romperse incluso antes del viernes, o cuando
se intente poner en marcha la negociación propiamente dicha. Las
diferencias de interpretación del Memorándum, las líneas rojas de cada
una de las partes, la continuidad de los ataques de Israel en Líbano,
una reanudación mínima de la violencia por un error o por una
provocación pueden dar al traste con la iniciativa, una vez más. Y
también puede romperse cuando los negociadores entren en los asuntos
esenciales, tanto económicos como del programa nuclear, porque las
posiciones son muy distantes. Pero también se abre una ventana de
oportunidad para la paz, a despecho de Netanyahu, que tal vez tenga
éxito y que en todo caso es mejor que los bombardeos.
Ojalá el proceso que ahora empieza prospere y llegue a una paz
estable y duradera; es difícil creer en ello, pero no imposible. Lo que
es incontrovertible es que esta guerra, además de ilegal y criminal, era
innecesaria e inútil, y no va a lograr ningún avance en la estabilidad
de Oriente Medio, ni ninguna ventaja para sus iniciadores -salvo para
las empresas de armamento y las grandes petroleras-, sino solo un enorme
gasto que pagaremos de uno u otro modo los de siempre, la destrucción
de infraestructuras industriales y civiles, y la muerte de miles de
personas, incluidos niños. Para conseguir nada. Como siempre, millones
sufren por la megalomanía, la estupidez o los intereses espurios de
algunos. Como siempre, se impone la fuerza sobre la razón, la violencia
sobre el diálogo, el egoísmo sobre la solidaridad, ante la indiferencia
de muchos y la pasividad de casi todos los que podrían hacer algo para
evitarlo. Y como siempre, los que no tenemos poder ni capacidad para
detener estos crímenes seguiremos levantando la voz, lo único que
tenemos, con la esperanza de que se vayan uniendo otras y algún día sean
tantas que su grito de paz pueda acallar el siniestro estallido de las
bombas."
(José Enrique de Ayala, general retirado, eldiario.es, 16/06/26)