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El pasado lunes 1 de junio, el Ministerio de Asuntos Exteriores iraní anunció
la suspensión (en realidad solo parcial) de las conversaciones con
Washington debido a las repetidas violaciones del alto el fuego por
parte de Estados Unidos e Israel.
Teherán acusó a EE. UU. de haber atacado en varias ocasiones a buques
de carga iraníes, y a Israel de haber llevado a cabo violentos ataques
contra el Líbano, destruyendo infraestructuras esenciales del país,
matando e hiriendo a miles de libaneses y provocando el desplazamiento
de dos millones de personas.
Irán ha recordado que el alto el fuego de principios de abril preveía la suspensión de las hostilidades en todos los frentes, incluido el libanés.
La agencia Tasnim, cercana a la Guardia Revolucionaria Iraní, ha afirmado
que el Gobierno de Teherán exige el fin de las operaciones militares
israelíes en Gaza y en el Líbano, así como la retirada total de Israel
del territorio libanés.
Según la agencia, Teherán estaría decidido a endurecer el bloqueo de
Ormuz y a activar otros frentes, incluido el cierre del estrecho de Bab
el-Mandeb, que permite el acceso al mar Rojo, en caso de que EE. UU. e
Israel no respeten sus obligaciones.
Ofensiva israelo-estadounidense en varios frentes
En las últimas semanas, las tropas israelíes se han adentrado profundamente en territorio libanés, hasta alcanzar y sobrepasar el río Litani y entrar en el valle de la Bekaa.
La aviación de Tel Aviv ha desatado un bombardeo brutal sobre Tiro,
cuarta ciudad del Líbano, modelo de coexistencia entre las diversas
confesiones libanesas y uno de los centros habitados más antiguos del
mundo.
Ciudades y pueblos del sur del Líbano, también ricos en historia y
ejemplo de convivencia entre chiítas y cristianos, han sido arrasados
mediante demoliciones controladas. Israel ha atacado la propia capital, Beirut, amenazando con arrasar los barrios periféricos de mayoría chiíta.
Aunque Israel ha violado constantemente el alto el fuego declarado por EE. UU. el 16 de abril y luego prorrogado el 15 de mayo (inmediatamente después del anuncio de la prórroga, las fuerzas israelíes mataron
a unos cuarenta libaneses e hirieron a más de 200), la Casa Blanca ha
iniciado negociaciones entre el Gobierno libanés y el israelí.
El objetivo de dichas negociaciones es presionar a Beirut para que
proceda al desarme de la milicia chií Hezbolá a cambio de una
normalización de las relaciones con Israel, separando al mismo tiempo
las negociaciones libanesas de las que se mantienen con Irán.
El efecto de esta operación negociadora es aumentar el riesgo de una guerra civil en el país, al tiempo que legitima la acción militar israelí, manifiestamente encaminada a una limpieza étnica del sur del Líbano más que al desarme de Hezbolá.
Al igual que Gaza, el Líbano pone de manifiesto la irrelevancia de la
diplomacia en los conflictos actuales. Y representa la enésima
advertencia de que todas las normas del derecho internacional se han
saltado.
También en Gaza, a pesar del alto el fuego nominal, el Gobierno de Netanyahu ha seguido bombardeando a civiles, bloqueando la entrada de ayuda y materiales para la reconstrucción, y asesinando a líderes de Hamás y de la Yihad Islámica.
Hablando desde un asentamiento en Cisjordania, el primer ministro israelí afirmó
que las fuerzas armadas de Tel Aviv pronto llegarían a controlar el 70 %
de la Franja, ya ocupada en un 60 %, en una nueva violación del alto el
fuego que había fijado en un 53 % la porción de territorio bajo control
israelí.
Mientras tanto, el ministro de Defensa, Israel Katz, ha resucitado
el plan de «migración voluntaria» de los palestinos de Gaza, afirmando
que el proyecto de limpieza étnica se llevaría a cabo «en el momento y
de la forma oportunos».
En Irán, las fuerzas estadounidenses atacaron el puerto de Bandar Abbas provocando
la represalia iraní contra la base estadounidense de Ali Al-Salem en
Kuwait. Anteriormente, también se habían producido enfrentamientos
armados en las proximidades del estrecho de Ormuz.
En este clima se produjo el anuncio iraní de la suspensión de las negociaciones con Washington. La noticia habría provocado
una «furiosa» llamada telefónica del presidente estadounidense Donald
Trump al primer ministro israelí para instarle a detener la escalada en
Beirut.
Pero el episodio no debe suscitar ilusiones. Las desavenencias entre
la Casa Blanca y el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, incluso
durante la presidencia de Biden, no han producido nunca cambios duraderos en las estrategias israelíes.
A lo sumo, de ello se puede deducir la preferencia de Trump por
llevar adelante una estrategia de «diplomacia coercitiva» frente a Irán
(EE. UU. impuso un bloqueo naval a los puertos iraníes al día siguiente
del alto el fuego), a la que se contrapone la predilección israelí por
la reanudación de un enfrentamiento militar a gran escala.
Una negociación incierta
Tampoco debe sobrevalorarse el acuerdo que la administración Trump está negociando con Teherán.
De hecho, consiste
en un simple memorándum de entendimiento que debería conducir a la
reapertura gradual del estrecho de Ormuz a cambio del levantamiento del
bloqueo naval estadounidense y del desbloqueo de algunos fondos iraníes
congelados.
El acuerdo abriría una fase de negociación de entre 30 y 60 días
durante la cual se debatirían los problemas más espinosos, desde el
estatus final de Ormuz hasta el programa nuclear iraní, para llegar a un
fin real del conflicto. Se trataría, por tanto, de una tregua, no solo
militar sino también económica, cuyos resultados finales son, sin
embargo, muy inciertos.
Aunque el anuncio iraní de la suspensión de las negociaciones no ha
interrumpido los contactos diplomáticos, el problema más espinoso para
concluir el memorándum es definir la secuencia de pasos negociadores que
deberían dar las contrapartes.
Washington e Israel quieren que sea Irán quien haga las primeras
concesiones, mientras que Teherán quiere garantías económicas y de
seguridad concretas e inmediatas antes de dar cualquier paso relevante.
La postura iraní está motivada por una desconfianza de fondo. Tras décadas de sanciones, operaciones de sabotaje, asesinatos selectivos
y amenazas militares en su contra, Teherán no tiene intención de
malgastar su poder de negociación a cambio de meras garantías verbales.
Quiere contrapartidas seguras y tangibles.
En particular, la República Islámica exige el desbloqueo preventivo
de sus activos congelados y un mecanismo creíble para la derogación de
las sanciones.
La dirección iraní no tiene intención de malvender las ventajas
obtenidas en materia nuclear y de control del estrecho de Ormuz, ni de
renunciar a sus alianzas regionales y a sus derechos económicos.
Está convencida de que negocia desde una posición de fuerza, no de
debilidad. Para Teherán, el enriquecimiento de uranio es un elemento no
negociable, ya que constituye tanto un derecho soberano como un
instrumento de disuasión.
La construcción de la bomba atómica nunca ha sido
una prioridad para los dirigentes iraníes, quienes, sin embargo,
pretenden preservar la capacidad de fabricarla en caso de que consideren
amenazada la supervivencia de la República Islámica.
Hormuz como pieza clave
La gran ventaja que Irán ha obtenido desde el estallido del conflicto es el control del estrecho de Ormuz.
Teherán no parece dispuesto a renunciar a él. Más bien pretende
traducir su privilegio geográfico en una arquitectura de seguridad
basada en un principio de reciprocidad: si se estrangula la economía
iraní, también se estrangulará el pulmón energético del Golfo, tan vital
para la economía mundial.
El Gobierno iraní ha creado una auténtica autoridad de control,
denominada Persian Gulf Strait Authority (PGSA), a través de la cual
pretende gestionar a partir de ahora el tráfico marítimo en el estrecho
junto con Omán, que controla la costa sur.
La Casa Blanca ha impuesto inmediatamente sanciones a la nueva entidad, dejando claro que Washington no aceptará la institucionalización del control iraní sobre Ormuz.
Mientras tanto, las fuerzas estadounidenses en la región han puesto a prueba repetidamente la preparación militar iraní atacando petroleros y otros intereses de Teherán en las proximidades del estrecho.
La Guardia Revolucionaria Iraní siempre ha respondido
con gran rapidez y firmeza, demostrando que no acepta ni el bloqueo
naval ni las demás medidas coercitivas que Washington ha intentado
imponer.
El mensaje iraní es claro: Teherán está dispuesto a afrontar incluso
una reanudación del conflicto, si es necesario, y tomará represalias
contra las bases estadounidenses en la península arábiga que EE. UU.
utiliza para atacar a Irán.
Además, en caso de que Estados Unidos e Israel volvieran a atacar las
infraestructuras energéticas e industriales iraníes, Teherán responderá
atacando las infraestructuras de las monarquías árabes del Golfo
aliadas de Washington.
Halcones contrarios a la negociación
La incógnita quizás más peligrosa en la negociación entre EE. UU. e
Irán sigue siendo el Líbano. Como ya se ha mencionado, el país de los
cedros formaba parte del acuerdo inicial de alto el fuego firmado entre
Washington y Teherán.
La República Islámica considera a Hezbolá como un elemento esencial
de su arquitectura de disuasión regional. Renunciar a ella permitiría a
Israel y a Estados Unidos arrasar todo el territorio alrededor de Irán,
eliminando uno a uno a sus aliados, para luego atacar a este último, ya
desprovisto de cualquier red de protección.
Por el contrario, Israel quiere libertad de acción militar constante
en el Líbano, y ha violado continuamente el alto el fuego impuesto por
su propio aliado estadounidense.
Además de la insubordinación israelí, Trump ha tenido que hacer frente a las presiones de los halcones republicanos y neoconservadores, y del lobby israelí,
que pretenden obligarle a renunciar a la negociación del memorándum de
entendimiento y a lanzar una nueva acción militar a gran escala contra
Teherán.
Para apaciguar a este frente, Trump propuso la condición de que, una vez terminada la guerra, países como Arabia Saudí, Catar y Pakistán se adhirieran a los acuerdos de Abraham normalizando sus relaciones con Israel.
Dicha propuesta, además de parecer insuficiente para el ala dura que
quiere el enfrentamiento militar con Irán, se topó con el rotundo
rechazo de los países árabes y musulmanes afectados.
El presidente estadounidense no ha encontrado, por tanto, otra solución que endurecer sus posiciones negociadoras frente a Teherán, mientras Israel proseguía su ofensiva en el Líbano.
Para el Gobierno de Netanyahu, intensificar los ataques en el país vecino ha supuesto una forma de favorecer el fracaso de las negociaciones con Irán.
Según un informe confidencial
que ha circulado en los círculos de inteligencia estadounidenses,
Israel habría llegado incluso a presionar al Pentágono para que
procediera al asesinato del negociador iraní y actual presidente del
Parlamento, Mohammad Bagher Ghalibaf, y lanzara una campaña de
bombardeos contra las infraestructuras energéticas del país.
La tesis israelí es que la catástrofe económica favorecería la
revuelta de los iraníes y el derrocamiento de la República Islámica. Los
responsables israelíes, por su parte, habrían minimizado las
repercusiones de una reanudación del conflicto en los mercados
energéticos mundiales.
Un posible acuerdo con Irán constituiría una derrota estratégica para Netanyahu, quien lo había apostado todo al derrocamiento del régimen iraní.
Según fuentes
de la propia prensa israelí, importantes miembros del Gobierno de Tel
Aviv han intentado «hacer saltar por los aires todo el proceso» de
negociación.
Tras la dura llamada telefónica de Trump a Netanyahu, durante la cual incluso habría insultado al primer ministro israelí por la violencia de la ofensiva israelí en el Líbano, este último ha sido duramente criticado por importantes figuras del espectro político israelí por mostrarse dispuesto a aceptar las peticiones de Trump.
El ex primer ministro Naftali Bennett acusó al actual primer ministro
de haber «cedido la soberanía israelí». Yair Lapid, líder del principal
partido de la oposición, lo atacó duramente por haber convertido a
Israel en un «Estado vasallo».
Netanyahu se encuentra en serias dificultades: no ha alcanzado
ninguno de los objetivos prometidos, desde Irán hasta Gaza, y corre el
riesgo de perder las elecciones en otoño.
¿Un pulso sin salida?
Por su parte, al exigir que se respete el alto el fuego en el Líbano,
Irán ha logrado restablecer el vínculo entre el frente libanés y las
negociaciones entre Teherán y Washington. Pero, dado que es improbable
que la situación en el Líbano se estabilice, podría ser precisamente
este último el que proporcione la chispa para hacer saltar por los aires
las negociaciones y reavivar un conflicto a gran escala.
Tras el anuncio iraní de la suspensión de las conversaciones, han
aumentado las tensiones con Estados Unidos. En la última escalada
militar en el Golfo, EE. UU. atacó un petrolero iraní y luego, ante la
respuesta de la Guardia Revolucionaria, atacó un centro de
comunicaciones de esta última en la isla de Qeshm.
Teherán ha subido aún más la apuesta al atacar bases estadounidenses en Kuwait y Baréin. En el bombardeo también resultó afectado el aeropuerto internacional de la ciudad de Kuwait.
En Teherán se ha consolidado ya la convicción
de que los adversarios solo responden a la lógica de la fuerza. Por lo
tanto, los iraníes no solo responden golpe por golpe, mostrándose
dispuestos a una escalada del conflicto, sino que también parecen
dispuestos a atacar de nuevo a Israel.
El ministro de Asuntos Exteriores, Abbas Araghchi, ha declarado que si Israel ataca Beirut, Irán responderá atacando territorio israelí.
Teherán podría verse impulsado a dar un paso de este tipo si su
aliado Hezbolá se encontrara en serias dificultades. En este momento,
sin embargo, más allá de la devastación material causada, en el Líbano
Israel se está hundiendo en una guerra de desgaste de la que no parece
capaz de salir victorioso.
En teoría, ni Irán ni Estados Unidos tienen realmente interés en que
se reanude un conflicto de alta intensidad. El primero, debido a los
desastrosos daños que sufriría. El segundo, porque acabaría malgastando su ya escaso arsenal estratégico de municiones y misiles, sabiendo que difícilmente sería capaz de doblegar a Teherán.
Las monarquías árabes del Golfo, a su vez, correrían el riesgo de
salir devastadas de una nueva guerra a gran escala. Catar y Arabia Saudí
se encuentran entre los actores que han presionado a Trump para que
llegue a un acuerdo con Teherán.
La dirección iraní podría, por tanto, optar por acciones de escalada
limitadas, consciente de que el tiempo juega a su favor. El cierre de
Ormuz constituye, de hecho, una bomba de relojería para Estados Unidos y la economía mundial, cuya cuenta atrás avanza inexorablemente.
Ante la petición de un comentario sobre las recientes acciones de represalia iraníes, Trump ofreció la siguiente formulación: «Diría que en esa parte del mundo un alto el fuego es cuando disparas de forma más moderada».
En otras palabras, la tregua ha reducido la intensidad del
enfrentamiento con Irán, pero no ha modificado su esencia. En Teherán
existe la creciente convicción de que Estados Unidos e Israel están
aprovechando esta fase para redefinir los equilibrios sobre el terreno,
debilitando la posición iraní con el fin de negociar desde una posición
de ventaja.
La conclusión iraní es que el autocontrol y la moderación son
percibidos por los adversarios como un signo de indecisión, y conllevan
un coste en términos de pérdida de poder de negociación.
Por lo tanto, podríamos asistir a una fase de creciente
desestabilización en la región, siempre con el riesgo de desembocar en
un conflicto incontrolado, mientras que parecen reducirse las
perspectivas de un acuerdo negociado."
(Roberto Iannuzzi , blog, 05/6/26, traducción Salvador López)