"La confirmación de la asistencia del presidente estadounidense Donald Trump y del presidente ruso Vladímir Putin a la cumbre de la Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC), prevista para los días 18 y 19 de noviembre de 2026 en Shenzhen, China, ha reactivado una pregunta que parecía reservada a los manuales de historia diplomática: ¿puede una reunión entre las tres mayores potencias nucleares del mundo inaugurar una nueva arquitectura de orden internacional?
La expectativa de un encuentro trilateral entre Trump, Xi Jinping y Putin no surge de la nada. Se inscribe en una secuencia de contactos presidenciales, señales públicas y maniobras diplomáticas que sugieren que Pekín, Moscú y Washington están explorando, al menos tentativamente, los límites de su competencia. La posibilidad de que esa exploración desemboque en una recalibración estratégica ha alimentado la idea de un supuesto “Sistema Internacional de Shenzhen”, expresión asociada al profesor Wang Wen, decano del Instituto Chongyang de Estudios Financieros de la Universidad Renmin de China.
La referencia a Yalta no es casual. La Conferencia de Yalta de 1945 no creó un orden mundial perfecto, pero sí estableció las coordenadas fundamentales del sistema posterior a la Segunda Guerra Mundial. Un mundo organizado alrededor de grandes potencias, con esferas de influencia reconocidas, alianzas rígidas y una división del poder que terminó por cristalizar en la confrontación bipolar de la Guerra Fría. Durante décadas, esa arquitectura sostuvo una paz imperfecta, pero estable, entre los bloques. Lo hizo mediante disuasión nuclear, competencia ideológica, guerras periféricas y una disciplina geopolítica brutal. No fue un orden justo; fue un orden funcional.
El colapso de la Unión Soviética pareció anunciar el fin de esa lógica. Estados Unidos emergió como potencia hegemónica y durante un tiempo se creyó que la unipolaridad sería la forma definitiva de organización internacional. Sin embargo, la experiencia de las últimas tres décadas ha demostrado que la primacía estadounidense no eliminó los conflictos, sino que los reconfiguró. Las guerras de Afganistán e Irak, la crisis financiera de 2008, el ascenso de China, el regreso de Rusia como potencia militar, la fragmentación de las cadenas de suministro, la crisis climática y la irrupción de la inteligencia artificial han revelado que ningún actor puede administrar unilateralmente un mundo interdependiente. La unipolaridad no produjo estabilidad duradera; produjo resistencia, desorden y una creciente demanda de pluralidad.
En ese contexto, la eventual cumbre de Shenzhen adquiere un significado que excede la foto protocolar de tres líderes. No porque vaya a fundar un nuevo orden mundial —eso sería prematuro—, sino porque podría revelar si las grandes potencias son capaces de sustituir la lógica de la confrontación por una lógica de competencia regulada. La propuesta de Wang Wen no consiste en reemplazar a las Naciones Unidas ni en abolir las instituciones existentes, sino en reformular los principios de coexistencia entre las potencias. Su tesis es que el mundo ya no puede seguir operando bajo la mentalidad de Yalta: bloques enfrentados, esferas de influencia, suma cero y división territorial. La alternativa sería una coexistencia basada en respeto mutuo, prevención de conflictos, coordinación de políticas y competencia controlable.
Sin embargo, hay una objeción inmediata que Occidente suele formular. Una negociación de paz seria requiere una preparación mucho más rigurosa que una idea surgida de manera improvisada, especialmente si proviene del Kremlin. La crítica es legítima, pero incompleta. Las reuniones cara a cara entre jefes de Estado de grandes potencias nunca son improvisadas. Son el resultado visible de meses de diplomacia silenciosa, contactos técnicos, pruebas de posición y cálculos domésticos. Los hechos disponibles lo confirman. El 4 de febrero, Xi Jinping mantuvo conversaciones telefónicas por separado con Putin y Trump. Durante la tercera semana de mayo, Trump y Putin visitaron Pekín sucesivamente para reunirse con Xi. Entre el 23 y el 25 de septiembre, Xi viajó a Estados Unidos. El 1 de octubre, Putin declaró públicamente en la 23ª Reunión Anual del Club de Debate Valdai que una cumbre trilateral era posible, siempre que la agenda fuera adecuada.
Esa secuencia no prueba que exista ya un acuerdo de paz ni que Shenzhen vaya a producir uno. Pero demuestra que tal cumbre no sería una ocurrencia espontánea. Sería el punto culminante de una diplomacia preparatoria. La incertidumbre no reside en si los presidentes pueden reunirse, sino en si comparten una agenda mínima capaz de transformar una reunión simbólica en un proceso político sostenible.
Para entender el alcance real del posible encuentro, conviene abandonar la retórica del “nuevo orden” y examinar los objetivos concretos de cada potencia. Porque si hay algo que la historia diplomática enseña con crudeza es que las cumbres no nacen de la armonía, sino de la necesidad.
China necesita tiempo. Su prioridad no es rediseñar el sistema internacional, sino proteger las condiciones que le permitan consolidar su posición en comercio, tecnología, producción avanzada y cadenas de suministro. Pekín atraviesa una fase de transición hacia lo que denomina “desarrollo de alta calidad”, un modelo que exige estabilidad externa, acceso a mercados, seguridad tecnológica y continuidad en el comercio global. China ha demostrado que puede utilizar la interdependencia como instrumento de poder: el control de tierras raras y minerales críticos es el ejemplo más visible. Pero ese poder solo es sostenible si el sistema económico mundial no se fragmenta de manera irreversible. Una desvinculación total entre China y Occidente sería costosa para ambos lados, aunque no simétricamente.
Por eso, una cumbre trilateral le conviene a Pekín si le permite congelar la competencia en un nivel administrable mientras gana tiempo tecnológico. China quiere presentarse como el anfitrión indispensable, como el actor capaz de reunir a las tres mayores potencias nucleares y ofrecer una imagen de multipolaridad ordenada. No busca necesariamente imponer un nuevo orden, sino impedir que el orden actual se degrade hasta un punto en que la confrontación se vuelva incontrolable. Su apuesta es pragmática: ganar tiempo, reducir riesgos y consolidar posición.
Rusia busca algo distinto, reconocimiento. Para Moscú, sentarse en la misma mesa que Trump y Xi sería un logro simbólico de enorme magnitud. Significaría salir del aislamiento impuesto por Occidente, recuperar estatus de gran potencia y demostrar que Rusia sigue siendo un actor central del sistema internacional. Pero el objetivo ruso no es únicamente simbólico. Putin busca asegurar el reconocimiento de su perímetro estratégico: Ucrania, el espacio postsoviético, la reversión de la expansión de la OTAN y una arquitectura de seguridad europea que refleje sus intereses. Una cumbre trilateral le permitiría presentar la guerra en Ucrania como un asunto de seguridad entre grandes potencias.
Esa es la clave del riesgo. Si Shenzhen se convierte en un foro donde se discute el futuro de Ucrania sin Ucrania, el encuentro no sería una negociación de paz, sino una legitimación de esferas de influencia. Rusia no necesita que la cumbre produzca un tratado; le basta con obtener reconocimiento, legitimidad y un espacio para negociar desde una posición de igualdad aparente. Para Moscú, incluso una declaración vaga sería una victoria diplomática.
Estados Unidos, por su parte, parece moverse hacia una política más transaccional y hemisférica. La “doctrina Donroe” captura una tendencia real del trumpismo, la recuperación de la primacía estadounidense en el hemisferio occidental como eje estratégico. Las acciones militares en Venezuela, las presiones sobre Colombia y Cuba y la idea de que el dominio estadounidense en América no volverá a ser cuestionado revelan una voluntad de reafirmar la esfera de influencia tradicional de Washington. Pero eso no significa que Estados Unidos se desentienda de Asia o Europa. Significa que Washington prioriza resultados concretos, acuerdos puntuales y beneficios verificables por encima de compromisos institucionales de largo plazo.
La incompatibilidad es evidente. China quiere tiempo y estabilidad. Rusia quiere reconocimiento y esferas de influencia. Estados Unidos quiere resultados transaccionales y reafirmación hemisférica. Es difícil imaginar un conjunto de objetivos menos convergente para una cumbre que aspire a fundar un “paradigma” duradero. La reunión podría producir una distensión táctica, pero no necesariamente una transformación estructural.
El calendario agrava la fragilidad. La cumbre de Shenzhen está prevista para el 18 y 19 de noviembre de 2026, apenas días después de las elecciones de medio término en Estados Unidos. Si Trump sufre un revés electoral importante, su margen de maniobra se estrecharía drásticamente. Una derrota republicana en el Congreso no eliminaría automáticamente su política exterior —mantendría el veto presidencial y podría recurrir a órdenes ejecutivas—, pero sí limitaría su capacidad para concretar acuerdos con Rusia, aprobar fondos, levantar sanciones o sostener compromisos de largo plazo.
Ya existe resistencia bipartidista en el Congreso frente a los acercamientos de Trump con Moscú. Reuters ha señalado que las concesiones económicas hacia Rusia y las críticas a Ucrania han generado oposición incluso dentro del Partido Republicano. Si los demócratas ganan control del Senado, podrían bloquear nominaciones de seguridad nacional y utilizar ese poder como palanca en las disputas sobre Ucrania, China, Irán e inteligencia artificial. En ese escenario, la cumbre de Shenzhen podría convertirse en un ejercicio simbólico de bajo contenido, o incluso en una reunión que nunca llegue a producirse.
Este es el punto más incómodo del planteamiento, la política doméstica estadounidense es el eslabón más débil de cualquier arquitectura de orden que dependa de la continuidad de un presidente. Sin consenso bipartidista, el “paradigma Shenzhen” no sobreviviría al ciclo electoral. La confianza entre líderes puede abrir una puerta, pero no construye instituciones. Y sin instituciones, los acuerdos entre potencias son tan frágiles como la voluntad de quienes los firman.
El valor analítico del G3 no reside, por tanto, en lo que probablemente logre, sino en lo que revela. En primer lugar, revela que el orden de Yalta ya no funciona, pero que tampoco existe consenso sobre su reemplazo. La crítica china al viejo paradigma es correcta: el mundo ya no puede organizarse exclusivamente alrededor de bloques enfrentados y esferas de influencia. Pero la alternativa propuesta sigue siendo demasiado vaga y demasiado dependiente de la buena voluntad de tres potencias con agendas divergentes.
En segundo lugar, revela que el G3 es un formato de gestión de crisis, no de fundación de orden. Su función realista sería crear salvaguardas: líneas rojas, canales de comunicación, mecanismos de prevención de escalada, protocolos militares de emergencia y reglas mínimas de comportamiento. No redistribuiría poder ni democratizaría la gobernanza global. Sería una arquitectura de contención, no de justicia.
En tercer lugar, revela que la exclusión de Europa y del Sur Global no es un accidente, sino una característica estructural del formato. Un directorio de tres potencias no puede ser, por definición, inclusivo. Su eficiencia depende precisamente de su pequeñez. Pero esa eficiencia tiene un costo: la pérdida de legitimidad ante quienes quedan fuera. Ucrania, la Unión Europea, India, Brasil, África, el mundo árabe y el resto del Sur Global no pueden ser tratados como variables de ajuste en un tablero decidido por tres capitales.
La estabilidad de las grandes potencias no es lo mismo que la justicia del orden. El G3 podría gestionar crisis —Ucrania, deuda, clima, inteligencia artificial, proliferación nuclear— de forma que estabilice el sistema para las potencias, pero sin alterar las asimetrías estructurales que generan esas crisis. La inflación global, la fragmentación de las cadenas de suministro, las crisis de deuda, el cambio climático, la gobernanza de la IA y la no proliferación nuclear son problemas interdependientes que exceden la diplomacia bilateral. Ninguno puede resolverse sin algún grado de coordinación entre Estados Unidos, China y Rusia, porque son las tres mayores potencias nucleares y actores decisivos en energía, tecnología, finanzas y seguridad. Pero coordinación no equivale a solución. Coordinar crisis no es lo mismo que transformar las condiciones que las producen.
Por eso, una coexistencia sostenible necesitaría beneficios recíprocos durante el proceso, obligaciones graduales, mecanismos de verificación y revisiones periódicas. La confianza entre presidentes puede facilitar el comienzo, pero no resuelve la contradicción estructural. Podría existir una ventana para que los tres gobiernos administren sus diferencias porque necesitan aliviar presiones distintas: China necesita tiempo, Rusia necesita legitimidad y Estados Unidos necesita resultados. Eso justificaría explorar una distensión. Pero para convertirse en un paradigma duradero, tendría que superar dos pruebas: que ninguna potencia utilice la pausa para preparar una imposición posterior —algo que Washington ha hecho con frecuencia en la historia reciente— y que los compromisos sobrevivan a los cambios políticos internos.
La cumbre podría abrir esa posibilidad. No demostraría todavía que esas condiciones existen. La diferencia entre una cumbre y un sistema es la diferencia entre una foto y una institución. La foto puede ser poderosa; la institución requiere reglas, permanencia, inclusión y capacidad de sanción. Sin eso, Shenzhen será solo otro episodio de diplomacia de cumbres, no el nacimiento de un nuevo orden.
La conclusión más honesta es que el verdadero legado de Shenzhen no será un “Sistema Internacional de Shenzhen”, sino la evidencia empírica de que las tres potencias llamadas a coordinar el mundo no comparten una visión del mundo que puedan coordinar. Europa teme ser marginada. Ucrania teme ser negociada. El Sur Global teme ser excluido. Y todos tienen razón en recelar.
En ausencia de una visión compartida, el orden internacional seguirá siendo menos un diseño consciente que un equilibrio precario entre intereses temporales. La pregunta no es si Trump, Xi y Putin pueden sentarse juntos en Shenzhen. La pregunta es si pueden sentarse juntos sin convertir el mundo en una mesa de reparto. Esa es la prueba que ningún comunicado, ninguna foto ni ninguna declaración podrá eludir."
(Alejandro Marcó del Pont, blog, 01/11/26)