"Del colonialismo de asentamiento en Norteamérica a la tragedia Palestina
El aniversario de la independencia de Estados Unidos sigue celebrándose como el nacimiento de la libertad, la democracia y los derechos individuales. Desde hace dos siglos y medio, el 4 de julio se ha convertido en el gran mito fundacional de la primera potencia mundial. Sin embargo, toda celebración nacional implica también una selección de la memoria. Se recuerdan unos hechos y se silencian otros.
En 1852, el gran abolicionista afroamericano Frederick Douglass formuló una de las preguntas más devastadoras de la historia política estadounidense: «¿Qué significa el 4 de julio para el esclavo?». Su respuesta desmontaba la retórica oficial. Mientras la población blanca celebraba la libertad, millones de hombres, mujeres y niños seguían viviendo bajo la esclavitud. La independencia proclamaba derechos universales, pero esos derechos no alcanzaban a todos.
Hoy esa pregunta nos sigue interrogando.
¿Qué significó la Declaración de Independencia para los pueblos indígenas que habitaban Norteamérica desde hacía milenios? ¿Qué significó para las naciones que fueron expulsadas de sus tierras para permitir la expansión de los colonos? Y, observando el presente, ¿qué puede significar ese mismo discurso sobre la libertad para los palestinos sometidos desde hace décadas a un proceso continuado de ocupación y colonización?
Las tres preguntas apuntan hacia una misma contradicción: la distancia existente entre el lenguaje universal de la libertad y la realidad histórica de un proyecto político construido sobre la expansión territorial, la apropiación de tierras y la exclusión de quienes quedaban fuera de la comunidad política dominante.
La versión tradicional de la independencia estadounidense presenta la guerra contra Gran Bretaña como una revolución democrática frente al despotismo. Sin negar la importancia de las ideas ilustradas, esa interpretación resulta incompleta si se ignoran otros intereses más espurios que impulsaron buena parte de la rebelión.
Tras la Guerra de los Siete Años, la Corona británica promulgó la Proclamación Real de 1763, mediante la cual prohibía el establecimiento de nuevos colonos al oeste de los Montes Apalaches. El objetivo era evitar nuevas guerras con las naciones indígenas y estabilizar las fronteras del Imperio. Aquella decisión fue percibida por numerosos colonos como un obstáculo intolerable para sus expectativas económicas.
No es casual que una de las acusaciones contenidas en la propia Declaración de Independencia denunciara que el rey Jorge III había impedido la inmigración de nuevos colonos y había dificultado «las nuevas apropiaciones de tierras». La cuestión territorial ocupaba un lugar central en el conflicto.
La historia oficial suele presentar a Benjamín Franklin, Thomas Jefferson o George Washington de una forma sesgada, se les presenta exclusivamente como los grandes arquitectos de la democracia estadounidense. Sin embargo, eran también miembros de la élite económica colonial y mantenían importantes intereses en la expansión hacia el oeste. George Washington había adquirido enormes extensiones de tierra y participaba activamente en operaciones especulativas relacionadas con el valle del Ohio. Su familia y buena parte de la aristocracia virginiana esperaban obtener beneficios extraordinarios mediante la ocupación de nuevos territorios indígenas. Thomas Jefferson, propietario de una gran plantación y de centenares de personas esclavizadas a lo largo de su vida, concebía el crecimiento de la nueva república como una expansión continua de la frontera agrícola. Benjamín Franklin también participó en iniciativas empresariales vinculadas a la colonización del interior del continente. Los llamados Padres Fundadores no fueron únicamente filósofos ilustrados. También fueron propietarios, terratenientes e inversores. La independencia eliminó el principal obstáculo jurídico que frenaba la apropiación privada de millones de hectáreas pertenecientes a las naciones indígenas.
La nueva República nació vinculada al negocio de la tierra.
Ese proceso no puede comprenderse únicamente como una conquista militar. Responde a una lógica que numerosos historiadores han definido como colonialismo de asentamiento: un modelo en el que el objetivo no consiste simplemente en dominar a la población originaria, sino en sustituirla progresivamente mediante el establecimiento permanente de nuevos colonos.
Los pueblos indígenas constituían un obstáculo para la ocupación del territorio. Por ello fueron desplazados, confinados en reservas o exterminados a lo largo de un proceso que se prolongó durante generaciones.
Paralelamente, la joven República desarrolló otro de los grandes pilares de su crecimiento económico: la esclavitud africana. La paradoja resulta evidente. La nación que proclamaba que «todos los hombres son creados iguales» era al mismo tiempo una de las mayores sociedades esclavistas del mundo atlántico. La riqueza de muchos de sus dirigentes descansaba sobre el trabajo forzado de millones de personas privadas de cualquier derecho. La libertad proclamada en Filadelfia nunca fue verdaderamente universal. Era, ante todo, la libertad de una comunidad política restringida: hombres blancos propietarios. Los indígenas quedaban excluidos porque ocupaban las tierras que debían ser colonizadas. Los africanos esclavizados quedaban excluidos porque constituían la mano de obra indispensable para sostener el sistema económico.
El líder antiesclavista Frederick Douglass denunció con extraordinaria claridad esa contradicción. Su célebre discurso de 1852 no atacaba la idea de libertad, sino la hipocresía de celebrar la libertad mientras millones de personas permanecían sometidas. Su pregunta sigue siendo una de las críticas más profundas formuladas desde el interior de la propia tradición democrática estadounidense.
La construcción de la nación exigió también un lenguaje capaz de justificar la violencia. La Declaración de Independencia calificaba a los pueblos indígenas como «despiadados salvajes». No era una simple expresión retórica. La deshumanización constituye uno de los mecanismos clásicos de todo proceso colonial. Cuando el otro deja de ser considerado plenamente humano, su expulsión, su confinamiento o incluso su exterminio pueden presentarse como medidas legítimas de seguridad.
Es precisamente aquí donde aparecen algunos paralelismos con la tragedia palestina contemporánea. El conflicto palestino-israelí posee una historia propia y unas características específicas que no pueden reducirse a la experiencia norteamericana. Sin embargo, ambos procesos comparten rasgos estructurales propios del colonialismo de asentamiento. En ambos casos la tierra ocupa el centro del conflicto. En ambos casos la expansión de los asentamientos modifica progresivamente la realidad demográfica del territorio. En ambos casos la población originaria aparece convertida en un obstáculo para el proyecto colonizador. En ambos casos la seguridad sirve como principal argumento para justificar la expansión territorial y en ambos casos la deshumanización del adversario facilita la aceptación social de políticas de desplazamiento, confinamiento o destrucción. Estados Unidos construyó durante el siglo XIX dos grandes mitos: el mito del Destino Manifiesto y el de la nación elegida. Desde esa perspectiva la expansión hacia el oeste constituía una misión histórica casi providencial. El genocidio que conllevaba dejaba así de presentarse como una ocupación para convertirse en el cumplimiento de un supuesto destino nacional.
Determinados sectores del sionismo religioso contemporáneo utilizan argumentos que también apelan a derechos históricos o religiosos sobre la tierra, situando el proyecto político en un marco donde la expansión territorial adquiere una legitimidad superior al derecho de quienes ya habitan ese territorio.
No se trata de afirmar que ambos procesos sean idénticos. Toda comparación histórica exige prudencia. Pero sí resulta posible observar que pertenecen a una misma familia histórica caracterizada por la colonización de asentamiento, la sustitución progresiva de la población originaria y la utilización de discursos de legitimación moral para justificar la apropiación del territorio. Doscientos cincuenta años después de la independencia, la pregunta formulada por Frederick Douglass continúa resonando con fuerza. ¿Qué significa el 4 de julio para quienes quedaron fuera de la promesa de libertad? Para los millones de africanos esclavizados. Para las naciones indígenas expulsadas de sus tierra y para quienes, en otras geografías y otros tiempos, contemplan cómo la expansión de nuevos asentamientos transforma irreversiblemente el territorio donde han vivido durante generaciones.
Quizá la mejor manera de conmemorar el aniversario de Estados Unidos no sea repetir los mitos fundacionales, sino afrontar con honestidad las contradicciones sobre las que se construyó una de las democracias más influyentes de la historia. Solo desde ese reconocimiento crítico puede entenderse que la defensa de la libertad pierde toda credibilidad cuando convive con la esclavitud, el despojo territorial o la negación de los derechos de otros pueblos."
(Eduardo Luque, El Viejo Topo, 08/07/26)