"Si Cuba colapsara
mañana —y el verbo «colapsar» ya no es una hipótesis académica sino una
posibilidad clínica—, su epitafio no hablaría únicamente de una nación
caribeña. Hablaría de una época. Diría que aquí yace un país que creyó
que la moral podía imponerse al poder, que resistió durante más de seis
décadas de asfixia programática, y que terminó descubriendo una verdad
tan antigua como incómoda: en la política internacional, la solidaridad
suele terminar donde comienzan los costos.
El 19 de junio de
2026 será recordado como algo más que la fecha en que el gobierno cubano
presentó 176 medidas económicas. Será la jornada en que una revolución
nacida para desafiar el orden hemisférico admitió, de manera implícita
pero inequívoca, que la resistencia ya no era suficiente. La
autorización de la banca privada, la apertura ampliada al capital
extranjero, la progresiva desaparición de subsidios históricos, la
dolarización parcial y la transformación del papel del Estado no fueron
simples reformas técnicas. Fueron la expresión de una realidad más
profunda. La presión acumulada durante décadas había terminado por
modificar aquello que ni invasiones, ni sabotajes, ni aislamiento
diplomático habían conseguido transformar. Pero lo verdaderamente
revelador no fue la magnitud de las reformas. Fue el silencio que las
acompañó.
Mientras Cuba
desmontaba parte de la arquitectura económica construida desde 1959, el
mundo siguió adelante. Moscú tenía otras prioridades. Beijing realizaba
sus propios cálculos. Bruselas observaba desde la distancia. América
Latina emitía declaraciones. Nadie parecía dispuesto a asumir el costo
de impedir el deterioro de la isla. Y ahí comienza la verdadera
historia, la que no se escribe en los tratados ni se negocia en las
cumbres. No existe ningún documento firmado sobre Cuba. Ninguna potencia
se reunió en un balneario para decidir su destino.
Sin embargo, los
hechos sugieren algo igualmente poderoso, una convergencia de intereses.
Estados Unidos considera al Caribe una zona estratégica irrenunciable.
Rusia tiene prioridades existenciales en Europa. China no está dispuesta
a arriesgar su relación económica con Washington por una isla sin peso
decisivo en el comercio global. Ninguno necesita acordar nada con los
otros. Les basta con llegar a la misma conclusión. Así funciona la Yalta
invisible del siglo XXI: no con tinta, sino con silencio; no con
firmas, sino con abstenciones; no con acuerdos explícitos, sino con
cálculos paralelos que convergen en el mismo resultado. Cuba queda sola,
y nadie dice nada.
Esa Yalta sin
protocolo es la verdadera arquitectura del poder contemporáneo. Ya no se
trata de esferas de influencia delimitadas con mapas y garabatos de
estadistas, sino de una geopolítica de la indiferencia calculada, donde
cada actor optimiza sus beneficios y externaliza sus costos. El Caribe
se convierte, así, en una zona de sacrificio consensuada tácitamente:
Washington ejerce la presión, Moscú se retira sin ruido, Pekín no
interviene, y Europa observa con la distancia que le permite su
dependencia atlántica. No hay traición, porque no hubo promesa; no hay
abandono, porque no hubo compromiso formal. Hay, simplemente, una
aritmética que ningún principio logra contrarrestar. Y esa aritmética,
en política internacional, casi siempre gana.
Pero la Yalta
invisible no actúa sola. Requiere de un mecanismo operativo que la haga
efectiva, y ese mecanismo es el bloqueo, entendido no como una reliquia
de la Guerra Fría sino como una tecnología de poder perfeccionada hasta
la brutalidad. Lo que ocurre en Cuba no es una crisis económica. Es un
estrangulamiento deliberado, meticuloso, sostenido durante sesenta y
seis años, y agudizado hasta la tortura en los últimos dieciocho meses.
El bloqueo estadounidense contra Cuba es el más largo de la historia
moderna, pero el de 2026 no es el bloqueo de los años sesenta. Ahora es
algo cualitativamente distinto, es el bloqueo de las sanciones
secundarias, esa arma jurídica que permite a Washington castigar no solo
a Cuba, sino a cualquier país, empresa o banco del mundo que comercie
con la isla.
La Ley
Helms-Burton, promulgada en 1996, y la Orden Ejecutiva 14404, firmada
por Trump en mayo de 2026, han convertido al dólar en una trampa. Ningún
banco europeo quiere procesar una transacción cubana y arriesgarse a
perder su corresponsalía en Nueva York. Ninguna naviera asiática quiere
atracar en La Habana y tener sus buques prohibidos en puertos
estadounidenses por ciento ochenta días. Ninguna multinacional quiere
invertir en la isla y enfrentarse a demandas bajo el Título III de la
Helms-Burton. El resultado es lo que los especialistas llaman
sobrecumplimiento. El miedo a la sanción es tan grande que la sanción ni
siquiera necesita aplicarse. Las empresas se autocensuran. Los bancos
cierran cuentas preventivamente. Los inversores ni siquiera llaman. Es
el capitalismo de la vigilancia llevado a su expresión más abstracta:
Cuba está vigilada, aislada, asfixiada, sin que nadie tenga que mover un
dedo. La máquina funciona sola.
Y las consecuencias
son las que cualquiera puede imaginar pero que pocos en el hemisferio
norte se toman la molestia de mirar. Apagones de treinta horas.
Hospitales sin anestesia ni vacunas. Escuelas sin clases. Desnutrición
infantil en aumento. Un éxodo migratorio que ha vaciado la isla de un
millón y medio de personas en cinco años. Una generación entera que
aprende a vivir sin futuro. Todo esto, insisto, no es crisis. Es
política, decisión y cálculo.
Un cómputo, por
cierto, cuyo nombre y apellido tienen residencia en Miami. Marco Rubio
no quiere reformas en Cuba. Quiere un final, y el gobierno cubano, sin
saberlo quizás, le ha brindado el primer acto. El secretario de Estado
cubanoamericano, hijo de exiliados y arquitecto de la presión máxima, ha
construido toda su carrera política sobre una promesa de regresar a una
Cuba libre. Las 176 medidas no le parecen una apertura. La línea dura
de Florida no las ve como una concesión, sino como el anuncio para las
elecciones de medio término. Y aquí es donde la historia se vuelve
verdaderamente siniestra, porque no hay negociación posible. No la ha
habido nunca, y no la habrá ahora.
Llegamos así al
punto más amargo, al que ningún diplomático cubano quiere escuchar pero
que debe decirse con toda claridad. Las 176 medidas son, en sí mismas,
todo lo que Washington podía pedir. Son la rendición económica del
castrismo. Son el fin del modelo que rigió la isla durante seis décadas.
¿Y qué ha obtenido Cuba a cambio? Nada. Ni una palabra de alivio. Ni un
gesto de apertura. Ni siquiera el reconocimiento de que ha dado un
paso. Washington no busca un acuerdo. Busca una capitulación total, y
una vez obtenida, buscará la siguiente concesión, y la siguiente, y la
siguiente, hasta que no quede nada que pedir.
Esta es la esencia de la lógica del depredador, ese concepto que Zbigniew Brzezinski formuló con precisión quirúrgica: cortar las concesiones en rebanadas tan finas que la víctima nunca perciba el momento en que debe decir «basta«.
El depredador no devora de una vez; desgasta. No exige la rendición
inmediata; administra un despojo gradual. No impone la derrota; la
diluye en una cadena interminable de pequeños pasos hacia atrás, cada
uno de los cuales parece razonable, inevitable, incluso necesario. Y
cuando la víctima mira hacia atrás, ya no hay territorio que recuperar,
solo una larga estela de concesiones que nunca fueron suficientes.
Esa lógica se
despliega con implacable coherencia en el tablero global. Para cada
actor, ayudar a Cuba tiene un costo y un beneficio. Y en todos los
casos, sin excepción, el costo supera al beneficio. Para Rusia, el costo
de enviar petróleo a Cuba es una nueva ronda de sanciones, un desvío de
recursos de Ucrania, un enfrentamiento directo con Estados Unidos a
noventa millas de Florida; el beneficio es mantener un aliado menor, una
base simbólica, un gesto ideológico.
Para China, el
costo es arriesgar el comercio con Estados Unidos, provocar sanciones
secundarias, abrir un frente innecesario en el hemisferio occidental; el
beneficio es influencia caribeña, prestigio en el Sur Global. Para
México, el costo es perder el mercado estadounidense, que absorbe el
ochenta por ciento de sus exportaciones y sostiene millones de empleos;
el beneficio es mantener un principio —la no intervención, la
solidaridad— que no da de comer a nadie. Para Brasil, el costo es una
crisis diplomática con Washington, sanciones a sus multinacionales,
pérdida de inversión extranjera; el beneficio es un liderazgo regional
que ya no ejerce. Para Europa, el costo es romper con la OTAN, con el
eje transatlántico, con la alianza que la protege desde 1949; el
beneficio es comerciar con una isla de diez millones de habitantes sin
recursos estratégicos. En todos los casos, la aritmética apunta al mismo
resultado: dejar caer a Cuba.
Pero hay un segundo
mecanismo que refuerza esta inercia, y es quizás el más perturbador
porque toca la fibra misma de la conciencia moral, la empatía selectiva.
Cuba se convierte, inevitablemente, en espejo de Gaza. No porque las
circunstancias históricas sean idénticas —no lo son—, sino porque ambas
revelan la misma verdad desnuda sobre el mundo en que vivimos. Gaza: dos
millones y medio de civiles atrapados en una franja de tierra, bajo
bloqueo terrestre, aéreo y marítimo, dependiendo de importaciones para
sobrevivir, con aliados regionales que declaman, pero no actúan, con
potencias globales que miran para otro lado o protegen al verdugo.
Cuba: diez millones
de civiles atrapados en una isla, bajo bloqueo marítimo y financiero,
dependiendo de importaciones para sobrevivir. La diferencia, y aquí está
la clave, es la visibilidad. Gaza tiene imágenes. Edificios que caen.
Niños bajo los escombros. Hospitales bombardeados en tiempo real. Las
redes sociales transmiten el horror segundo a segundo, y la empatía —esa
emoción frágil y selectiva— se moviliza un poco. Cuba no tiene
imágenes. Tiene apagones. Tiene filas. Tiene ancianos que se desmayan
esperando un medicamento. Tiene médicos que se van porque no pueden
alimentar a sus hijos. Nada de eso es televisivo. Nada de eso genera
tendencia en las redes. Nada de eso mueve la aguja de la conciencia
global. Esta es la teoría de la empatía selectiva: el mundo solo siente
cuando el costo de sentir es bajo, cuando el horror es visible, cuando
la empatía no amenaza intereses.
El sufrimiento
silencioso, el que ocurre en la penumbra de los apagones y en la rutina
de las colas, no tiene audiencia. Y sin audiencia, no hay presión; sin
presión, no hay cambio; sin cambio, solo queda la aceptación resignada
de que algunos pueblos están destinados a desaparecer lentamente del
mapa de la preocupación humana.
Esta selectividad
no es un defecto psicológico, sino un rasgo estructural de nuestro
sistema de información y de poder. Los medios globales operan con una
lógica de espectacularidad: lo que no se ve, no existe; lo que existe,
pero no es novedoso, se ignora; lo que se ignora, se abandona. Cuba
lleva sesenta y seis años bajo bloqueo; su agonía es crónica, no aguda;
no hay un momento único que concentre la atención, sino una larga
disolución que se vuelve ruido de fondo. Y el ruido de fondo, por
definición, no moviliza.
Por eso, cuando el
IX Encuentro Continental y Caribeño de Solidaridad con Cuba reunió en
octubre de 2025 a 556 delegados de 35 países en México, el resultado fue
una vez más declaraciones y compromisos de organizar más encuentros,
pero sin fondos concretos, sin ayuda material significativa, sin
compromisos de gobiernos para proveer petróleo o financiamiento. La
solidaridad se expresó en el lenguaje de la retórica, porque la retórica
no tiene costo; el petróleo, los medicamentos y los dólares sí.
América Latina, por
su parte, carga con una vergüenza que ningún discurso podrá lavar.
Porque aquí no hablamos de realpolitik lejana. Hablamos de vecinos. De
hermanos. De una tradición de solidaridad que se remonta a Bolívar y
Martí, a décadas de proclamas contra el imperialismo y de himnos en
plazas llenas. Y, sin embargo, cuando Cuba más lo necesitó, América
Latina miró hacia otro lado. México, primero. Claudia Sheinbaum, hija de
la izquierda, nieta del exilio español, ella misma científica y mujer
de Estado, llegó al poder prometiendo soberanía. Sheinbaum detuvo los
envíos de petróleo. Lo anunció con eufemismos —revisión de
procedimientos, ajustes logísticos—, pero la traducción era clara: no
podemos.
Brasil, después.
Lula da Silva, el obrero que llegó dos veces a la presidencia, el
símbolo de la izquierda continental, el hombre que prometió un siglo
suramericano, se limitó a condenar verbalmente el bloqueo. Emitió
declaraciones. Firmó comunicados conjuntos con España y México. Expresó
profunda preocupación. Nada más. Brasil tiene una economía que no
termina de arrancar, una dependencia creciente de los mercados
occidentales, y una clase empresarial que no perdonaría un
enfrentamiento con Estados Unidos. Lula eligió la retórica. Porque la
retórica es gratis, y el petróleo cuesta.
Y Venezuela, por
supuesto, ya no existe como actor. Desde la intervención estadounidense
de enero de 2026, aquella operación que sacó a Maduro del poder y
reconfiguró el Caribe en una semana, Caracas es un fantasma. El país que
durante dos décadas fue el pulmón de Cuba, el que enviaba cien mil
barriles diarios a cambio de médicos, el que sostenía el ALBA y
Petrocaribe, ese país ya no existe. O existe como satélite de
Washington, y por lo tanto como instrumento del asfixia. Lo que queda de
América Latina es, entonces, un continente paralizado. Instituciones
regionales que son papel mojado: la OEA es un instrumento
estadounidense, la CELAC es un club de declaraciones, la UNASUR es un
cadáver. Presidentes que hablan de integración, pero actúan como
gerentes de sucursal. Una izquierda que descubrió, con horror, que
gobernar es distinto a gritar.
Pero sería injusto,
y además inexacto, atribuir todo el desenlace a la cobardía ajena. La
política exterior cubana tampoco supo construir redes de contención
efectivas ante el bloqueo. Se combinaron dos factores que se
retroalimentaron: una inoperancia histórica que no logró crear
mecanismos financieros estructurales —fondos de reserva, líneas de
crédito internacionales, alianzas bancarias—, y un mecanismo de miedo a
sanciones que es más devastador que cualquier prohibición directa,
porque hace que el mundo se aleje de Cuba anticipadamente sin que EE.
UU. tenga necesidad de sancionar formalmente cada país o banco.
Más de cincuenta
bancos internacionales han cortado relaciones con Cuba porque temen
sanciones por tener incluso una transacción mínima con la isla; 130
bancos extranjeros se han negado a operar con Cuba: 75 de Europa, 21 de
América y 34 del resto del mundo, afectando 267 operaciones concretas.
No hace falta que EE. UU. prohíba cada transacción directamente, basta
con colocar a Cuba bajo una categoría —la lista de países patrocinadores
del terrorismo, activada en 2021— que active temor global, y ese miedo
termina funcionando como sanción anticipada.
Las empresas,
aseguradoras, compañías comerciales, plataformas financieras y bancos se
alejan de operaciones que consideran riesgosas, y la economía cubana
queda en condiciones excepcionales con costos mayores, menos
intermediarios y menos margen de maniobra. Cuba intentó acercarse a los
BRICS como país asociado, ingresando oficialmente el 1 de enero de 2025,
pero los países asociados no tienen los mismos derechos ni beneficios
que los miembros plenos, y ni China ni Rusia mostraron compromisos
masivos. La red de contención nunca se tejió, y cuando se intentó tejer,
ya era tarde.
Y Cuba, en medio de
todo eso, se queda sola. Con sus diez millones de habitantes. Con sus
centrales eléctricas de los años ochenta. Con sus médicos emigrando por
miles. Con sus jóvenes que no recuerdan un día sin apagones. Con sus 176
medidas que no le han comprado ni un día más de dignidad, ni un gramo
de alivio, ni una palabra de reconocimiento. Porque las concesiones
nunca son suficientes. Nunca lo han sido. Y nunca lo serán. El que tiene
la fuerza no negocia, anula. El que tiene el poder no dialoga, impone.
El que tiene el dólar no comparte, asfixia.
Quizás dentro de
treinta años los historiadores no discutan únicamente por qué Cuba
terminó donde terminó. Tal vez la pregunta más importante sea otra: cómo
fue posible que nadie estuviera dispuesto a impedirlo. La respuesta
probablemente no se encuentre en La Habana. Estará en la lógica que
domina las relaciones internacionales contemporáneas, una lógica donde
los principios sobreviven mientras no exijan sacrificios, donde la
empatía depende de la visibilidad del sufrimiento y donde la solidaridad
se evalúa con la misma calculadora que las inversiones o las alianzas
militares.
Por eso Cuba se ha
convertido en algo más que una isla en crisis. Se ha convertido en un
espejo. Como Gaza, aunque desde una realidad completamente distinta,
obliga a observar la distancia entre los valores proclamados y las
decisiones efectivamente tomadas. Ambas revelan que la indignación
internacional no depende únicamente de la magnitud del sufrimiento, sino
también de su utilidad política, de su visibilidad mediática y del
costo que implica actuar.
Esa es la verdadera
lógica del depredador. No destruir de una vez, sino avanzar
gradualmente. No exigir una rendición inmediata, sino una cadena
interminable de concesiones. No imponer la derrota, sino administrarla.
Las concesiones nunca son suficientes porque el objetivo no es obtener
una concesión. Es transformar la relación de fuerzas. Y esa quizás sea
la lección más incómoda que deja Cuba al mundo. No que los débiles estén
solos. Sino que, cuando el costo de ayudarlos se vuelve demasiado alto,
incluso sus amigos descubren razones para mirar hacia otro lado.
La Yalta invisible
no es un complot; es una inercia. La empatía selectiva no es un pecado;
es un reflejo. La lógica del depredador no es una maldad; es una
estrategia. Y mientras no comprendamos que estas tres fuerzas operan en
silencio, sin necesidad de malvados ni de mártires, seguiremos
asistiendo, con la misma impotencia de siempre, al lento
desmantelamiento de todo aquello que alguna vez creímos que era
innegociable."
(Alejandro Marcó del Pont, blog, 24/06/26)