"El pasado fin de semana, el World
Inequality Lab (WIL) organizó la tercera edición de su Conferencia
Mundial sobre la Desigualdad, celebrada en la Escuela de Economía de
París.
El WIL aloja y mantiene la Base de Datos
Mundial sobre Desigualdad, una base de datos de acceso libre sobre la
desigualdad global. Probablemente los miembros más famosos del equipo
del WIL sean sus directores, Thomas Piketty y Gabriel Zucman, el primero
por su obra magna El capital en el siglo XXI y sus libros posteriores.
La conferencia contó con asistentes de 58
nacionalidades diferentes y se centró en la presentación del Informe
sobre Justicia Global del WIL. En el discurso de apertura se constató
que aunque la desigualdad global ha disminuido drásticamente desde que
Keynes planteó la posibilidad de resolver el "problema económico" de
lograr prosperidad y ocio para todo el mundo, el problema económico
persiste. El mundo sigue enfrentándose a "desigualdades crudas y
crecientes y a una crisis medioambiental cada vez mayor" (nótese la
ausencia de referencia a las crisis regulares y recurrentes de
producción e inversión). Pero el "problema económico" puede resolverse
con "escenarios concretos y alcanzables", y el futuro puede no ser "una
distopía tecnológica, sino una de prosperidad para todos: una utopía"
(Piketty).
En el informe, los autores afirman
"plantear una nueva visión para el progreso global en el siglo XXI:
basar el desarrollo humano y la igualdad en la habitabilidad del
planeta". Un plan en mi opinión, a la vez ambicioso y moderado. Es
ambicioso al mostrar cómo se podría lograr la prosperidad global y
resolver la crisis climática; pero también es moderado, ya que, según
los autores, ¡no se podrá lograr hasta dentro de 75 años! Un tiempo muy
largo para varios miles de millones de seres humanos y las especies del
planeta.
El informe establece algunos objetivos
clave. El objetivo es que la renta nacional mensual per cápita en todo
el mundo converja hasta alcanzar los 5000 € en todos los países,
cerrando así una brecha de 16 veces.
Para lograrlo, la participación de la mitad
más pobre de la riqueza mundial debe aumentar del 2 % al 30 %, mientras
que la participación de la clase multimillonaria a nivel mundial debe
reducirse del 6 % al 0,05 %. Casi el 90 % de la población mundial
duplicaría sus ingresos trabajando aproximadamente la mitad de horas de
las que trabaja hoy en día. El calentamiento global aumentaría desde su
media actual de 1,5 °C por encima de los niveles preindustriales, pero
se limitaría a 1,8 °C para 2100, en lugar de acelerarse hasta superar
los 4 °C según las tendencias macroeconómicas y políticas de referencia
previstas. Así pues, el objetivo es: la igualdad global de ingresos, el
fin del calentamiento global, una reducción de la jornada laboral para
todos y todas, una mejora masiva de los sistemas educativos y
sanitarios, la reforestación y el fin de la agricultura industrial.
¿Cómo se lograría esto? Se crearía un Fondo
de Justicia Global que recaudará fondos suficientes para realizar un
gasto anual equivalente, de media, al 10,3 % del PIB mundial durante el
periodo 2026-2060 —un aumento enorme respecto al gasto actual de los
organismos internacionales y los gobiernos, que apenas alcanza el 0,4 %
del PIB al año—.
Parte de los fondos recaudados y de los
ingresos posteriormente reinvertidos se destinarían a un Fondo Soberano
Mundial equivalente al 60 % del PIB mundial. Los fondos recaudados
provendrían de un impuesto global sobre el patrimonio (que aumentaría
del 0 % para quienes posean 10 veces la riqueza media mundial, hasta el
20 % anual para los multimillonarios) y de un impuesto global sobre la
renta (que alcanzaría el 90 % en los tramos más altos), ambos dirigidos a
alrededor del 1 % de la población mundial. Básicamente, los ingresos de
los multimillonarios se reducirían drásticamente mediante la fiscalidad
y luego se redistribuirían. El impuesto global sobre el patrimonio
significaría que la participación del 50 % más pobre en la distribución
de la riqueza mundial pasaría del 2 % actual a alrededor del 30 % en
2100, un aumento de 15 veces, mientras que la participación en la
riqueza de la clase multimillonaria mundial se reduciría del 6,4 % al
0,05 %, una disminución de más de cien veces. El Fondo de Justicia
Global estaría controlado democráticamente por los gobiernos nacionales
con un poder de voto proporcional a la población.
Los autores estiman que no sería posible
una convergencia global hacia un nivel superior a los 5000 euros al mes
y, al mismo tiempo, mantener el calentamiento global dentro de un
presupuesto de carbono de 2 °C. Por lo tanto, se trata de una
disyuntiva. El informe rechazó un escenario burdo de "decrecimiento", es
decir, aquel en el que toda la población de los países ricos del Norte
global sufre una pérdida de ingresos para ayudar a aumentar los ingresos
de los del Sur global. Los autores consideran que pueden cuadrar ese
círculo redistribuyendo la riqueza y los ingresos dentro de los países
del Norte global, de los multimillonarios a la mayoría, y también
reduciendo las horas de trabajo mediante el aumento de la productividad y
una mayor inversión en educación y salud. Concluyen que "la suficiencia
selectiva puede ser más eficaz que el decrecimiento agregado. Por
ejemplo, un objetivo de PIB per capita de 60 000 euros, con un gran
cambio en el consumo hacia sectores inmateriales, un cambio en los
hábitos alimentarios y la reforestación implícita, conduce a un aumento
de la temperatura de 1,8 °C en 2100, es decir, menos que los 1,9 °C
asociados a un gran decrecimiento uniforme (15 000 euros para todo el
mundo en 2100) pero sin suficiencia ni transformación estructural". Al
mismo tiempo, la producción de combustibles fósiles se eliminaría
gradualmente y se sustituiría por completo por energías renovables para
reducir los daños del calentamiento global.
¿Qué podemos concluir de esto? ¿Son
viables, económica y políticamente, estos objetivos de igualdad global y
de limitar el calentamiento global por debajo de los 2 °C? Los
economistas dominantes no han tardado en desacreditar el informe. Noah
Smith, un conocido comentarista económico, calificó el informe de
"descabellado y una completa tontería". Según Smith, la afirmación del
informe de que el calentamiento global alcanzará los 4 °C a finales de
siglo está desfasada y es tremendamente exagerada, solo para que Piketty
y sus amigos puedan justificar su "excesivo" impuesto sobre el
patrimonio.
Smith continúa diciendo que el informe
aboga por el "proyecto político inviable" del decrecimiento (lo cual no
es cierto, como se ha explicado anteriormente) y prevé "una
planificación económica global que haría palidecer al Gosplan". "Aún más
ridículo es que Piketty prevea una autoridad fiscal global para llevar a
cabo este plan demencial mediante una fiscalidad global". Desde el
punto de vista del capital y de los superricos, Smith tiene razón: para
alcanzar incluso estos modestos objetivos (igualdad global y control
climático para finales de siglo) se necesitaría una planificación global
y cooperación internacional. Smith lo considera "una locura", pero no
ofrece ninguna alternativa a la locura actual de seguir destruyendo el
planeta y permitir que la pobreza y la desigualdad no dejen de aumentar.
Mi propia crítica al informe es que se basa en la distribución a posteriori, no en la predistribución,
es decir, en la propiedad y el control colectivos del poder
corporativo. Las respuestas políticas que ofrece el informe son:
redistribuir los ingresos mediante una fiscalidad progresiva y
transferencias sociales, más inversión pública en educación y salud y un
sistema monetario global. ¿Qué falta aquí? No hay ninguna política para
cambiar radicalmente la estructura socioeconómica de la economía
mundial. En efecto, el capitalismo va a seguir existiendo. Los
propietarios del capital —los bancos, las empresas energéticas, las
empresas tecnológicas y de medios de comunicación, las grandes
farmacéuticas y sus propietarios multimillonarios— no van a ser
expropiados. En su lugar, simplemente debemos gravarles con fuertes
impuestos y los gobiernos deben unirse para utilizar el dinero recaudado
en invertir en necesidades sociales. Así pues, la política consiste en
la redistribución de la desigualdad existente en los ingresos y la
riqueza, no en la predistribución, es decir, en cambiar la estructura
social que engendra estas desigualdades extremas, a saber, la propiedad
privada de los medios de producción.
Una élite muy reducida posee los medios de
producción y las finanzas, y así es como se apropia de la mayor parte, y
más aún, de la riqueza y los ingresos. Y la concentración de la riqueza
tiene que ver realmente con la propiedad del capital productivo, los
medios de producción y las finanzas. Es el gran capital (financiero y
empresarial) el que controla las decisiones de inversión, empleo y
finanzas del mundo. Un núcleo dominante de 147 empresas, a través de
participaciones entrelazadas en otras, controla conjuntamente el 40 % de
la riqueza de la red global. Un total de 737 empresas controlan el 80 %
del total.
Esta es la desigualdad que importa para el
funcionamiento del capitalismo: el poder concentrado del capital. Y dado
que la desigualdad de riqueza se deriva de la concentración de los
medios de producción y las finanzas en manos de unos pocos, que esa
estructura de propiedad permanece intacta, cualquier política
redistributiva basada en el aumento de los impuestos sobre la riqueza y
los ingresos siempre se quedará corta a la hora de resolver el "problema
económico".
Llegados a este punto, a menudo se
argumenta que la propiedad pública de las finanzas y de los sectores
clave de las principales economías del mundo es imposible y utópica
—nunca sucederá a menos que se produzca una revolución popular—, lo
cual, a su vez, nunca sucederá. Mi respuesta sería que la adopción de
políticas supuestamente menos radicales, como la fiscalidad progresiva
y/o un cambio radical en la inversión pública, o la cooperación global
para romper la transferencia de valor e ingresos del Sur Global a la
élite rica del Norte Global, son igual de "utópicas". Y, de hecho, esa
es la opinión de economistas procapitalistas como Noah Smith.
¿Qué gobierno del G7 en el mundo está
dispuesto a adoptar tales políticas? Ninguno. ¿Cuánto se han acercado a
adoptar alguna de las políticas del informe en los últimos diez o veinte
años? Nada en absoluto. Al contrario, los gobiernos han bajado los
impuestos a los ricos y a las empresas y los han subido al resto,
mientras que la inversión pública en necesidades sociales ha
disminuido. ¿Existe alguna cooperación global para poner fin a la
explotación por parte de las multinacionales y los bancos en el Sur
Global o para acabar con la producción de combustibles fósiles y los
jets privados?
Los autores del informe afirman: "La
desigualdad es una elección política. Es el resultado de nuestras
políticas, instituciones y estructuras de gobernanza". Pero la
desigualdad no es el resultado de nuestras políticas,
instituciones y estructuras de gobernanza, sino el resultado de la
propiedad privada del capital y de unos gobiernos dedicados a mantener
su poder y su riqueza. Si eso no cambia, la desigualdad de ingresos y
riqueza a nivel mundial y nacional persistirá y seguirá empeorando, y el
cambio climático alcanzará puntos de inflexión irreversibles."
(Michael Roberts, Viento Sur, 13/06/26, fuente TheNextRecession , gráficos en el original)