grandes medios de información de lo que está ocurriendo en EE.UU. (y también en la Unión Europea)
La cobertura mediática española del mundo político y económico de
Estados Unidos se centra casi exclusivamente en la figura de Trump,
considerándosele la causa del terremoto político que está ocurriendo en
ese país, que está afectando al mundo entero. Una consecuencia de ello
ha sido, en la Unión Europea, la atención de los grandes medios que se
centra en gran medida en lo que se presenta como una urgente necesidad
de sustituir los apoyos militares de Estados Unidos a la OTAN mediante
el establecimiento de su propio sistema de seguridad, término que en
Europa se utiliza para definir el rearmamento militar a nivel
continental.
Lo que se ignora o se oculta en tales medios
El descenso muy marcado del bienestar de las clases populares, y muy en particular de la clase trabajadora desde los años 80
Como he indicado en varias ocasiones, en Estados Unidos, Trump no es
la causa de su enorme crisis política actual, sino la consecuencia de lo
que ha estado ocurriendo últimamente en este país, sobre todo, desde
los años 80 hasta la actualidad (ver: V. Navarro, “La Información
Divulgada por los Mayores Medios de Información Españoles es Errónea y
Manipulada”, Diario Red, 10/10/25). En realidad, el fenómeno del
trumpismo era previsible, y algunos así lo señalamos incluso antes de
que dicho personaje apareciera en el panorama político del país. (V.
Navarro, Neoliberalism, Globalization and Inequalities. Consequences for
Health and Quality of Life, Baywood, 2007).
Para entender el crecimiento del trumpismo
hay que ver qué ocurrió antes de su aparición y expansión, y comprender
lo sucedido en EE.UU. desde los años 80. Lo más llamativo ha sido el
enorme crecimiento de la polarización por clase social, que se ha estado
desarrollando en dicho país (y también, en menor intensidad, en la
Europa Occidental), como resultado del gran declive de la capacidad
adquisitiva (lo que en EE.UU. se llama “purchasing power”) de la mayoría
de las clases populares y, muy en especial, de la clase trabajadora —98
millones de personas en EE.UU. — que representa, según estudio de la Fundación Ford de 2023, el 60% de la población laboral del país (U.S. labor force).
Su capacidad adquisitiva ha estado en declive desde el inicio de las políticas neoliberales globalizadoras
de los 80, iniciadas por el presidente Reagan en los Estados Unidos y
la Señora Thatcher en Gran Bretaña, y posteriormente aplicadas también
por gobiernos liberales, conservadores e incluso socialdemócratas, como
el de Tony Blair en Gran Bretaña, por la administración Schroeder en
Alemania y la de Zapatero en España, entre muchos otros. En España, de
hecho, Zapatero reformó la Constitución para incorporar este modelo
económico, promovido por el apoyo mayoritario del Partido Socialista en
el Parlamento, y que contribuyó al surgimiento de la rebelión popular
del 15M. El trasfondo de tal agitación social fueron los muy marcados
recortes en políticas sociales y reducción del Estado de bienestar, que
se justificaron con el lema “No hay alternativas”, lo cual era
fácilmente rechazable mirando los datos (véase: V. Navarro, J. Torres,
A. Garzón, Hay Alternativas: propuestas para crear empleo y bienestar
social en España, Ediciones Sequitur, 2011, que se convirtió en punto de referencia para tal movimiento).
Las políticas neoliberales globalizadoras como causa del descenso de la capacidad adquisitiva de la clase trabajadora en EE.UU.
Este modelo implicó un enorme crecimiento de la capacidad adquisitiva
de los propietarios y gestores del capital —los llamados billonarios—, a
costa de un fuerte descenso de tal capacidad adquisitiva de la clase
trabajadora. Es importante señalar este hecho, pues con frecuencia se
afirma en los medios de información que los salarios han crecido desde
los años 80. Sin embargo, lo que determina el nivel de vida y el
bienestar de la población es la capacidad adquisitiva que depende no
solo de los salarios, sino también de la inflación y del coste de vida.
Considerando estos factores, es claro que la capacidad adquisitiva de
la clase trabajadora en Estados Unidos ha estado descendiendo desde el
principio de la revolución neoliberal de los años 80. Los salarios han
aumentado un 19 % entre 1979 y 2025, pero la productividad laboral ha
crecido un 65 %, la inflación un 321 % y el coste de vida —especialmente
en servicios esenciales como la sanidad— un 488 %. Los costes de
cuidado infantil, por su parte, crecieron un 803 %. Estos datos muestran
claramente una fuerte pérdida de poder adquisitivo que se ignora en
tales medios.
Graves problemas de asequibilidad (“affordability” en inglés) en el sector sanitario
Esta pérdida de poder adquisitivo ha generado graves problemas de
asequibilidad en tal sector. En el ámbito sanitario, el precio de los
medicamentos ha crecido, por ejemplo, hasta tal punto que más del 40 %
de la población no puede costeárselos. Asimismo, el encarecimiento de
los seguros privados sanitarios ha generado también problemas de
asequibilidad para amplios sectores sociales. El 38 % de las personas
con enfermedades terminales expresa preocupación por no poder pagar los
tratamientos necesarios. La gravedad y extensión del problema quedan
expresadas en este dato: la deuda médica representa el 58 % del total de
deudas de los hogares en EE.UU.
La comercialización del Estado de bienestar como causa de ello
La creciente comercialización del sistema sanitario ha sido clave en
este proceso. Aunque el gasto público sanitario en EE.UU. es el más alto
entre los países desarrollados, el acceso y la compra de tales
servicios son de los más problemáticos de tal sector. En 2025, el gasto
sanitario per cápita superaba los 10.000 dólares, pero el 48 % de la
población tiene dificultades para pagar la atención médica. Se estima
que unas 35.000 personas mueren cada año en ese país por falta de seguro
médico.
El problema, por tanto, no es la falta de recursos, sino su
distribución y el modelo de gestión, dominado por empresas privadas con
ánimo de lucro.
El gran crecimiento de la comercialización de los estados de bienestar desde los años 80: el caso de la sanidad
Los datos de esta sección del artículo provienen de la reciente conferencia internacional “Medical Care Commercialization and Affordability in the U.S.: Trends and Responses in Other Countries”,
que tuvo lugar en la Universidad Johns Hopkins el pasado 21 de abril de
2026, en donde reconocidos investigadores de EE.UU., Canadá, Gran
Bretaña y Países Bajos analizaron las causas y las consecuencias de la
creciente comercialización de la sanidad.
La aplicación de las políticas neoliberales globalizadoras,
incluyendo la desregulación del mercado de trabajo, junto con la libre
movilidad de las industrias y servicios, así como de recursos humanos a
nivel mundial, incluyendo la desregulación de la inmigración (muy
acentuada también a partir de los años 80), contribuyeron a un gran
debilitamiento de las clases trabajadoras, que coincidió en EE.UU. con
el gran crecimiento de las instituciones comerciales con ánimo de lucro
en todos los sectores económicos, incluyendo el de los servicios, entre
ellos, los sanitarios.
Tal movimiento ocurrió luego del gran crecimiento del gasto público sanitario, resultado de los cambios en los años 70, con la creación de Medicare
(servicios para los ancianos) y Medicaid (servicios para la población
por debajo del límite de pobreza). Estos programas fueron aprobados en
los años 70 como resultado de la agitación social de los años 60. Desde
entonces, ha habido un gran crecimiento del gasto público en salud del
país, siendo hoy el más alto entre los países considerados democráticos con un desarrollo económico comparable al de los EE.UU., tales como los de la OCDE.
En 2025, si se dividiera el gasto sanitario público por el número de
habitantes, resultaría que en los Estados Unidos sería de 10,253 dólares
per cápita, una cantidad mucho mayor que en otros países como Alemania
(7,550 dólares), Países Bajos (6,540 dólares), Suecia (6,280 dólares),
Canadá (7,550 dólares), Francia (5,850 dólares), Gran Bretaña (5,340
dólares), etc. Este enorme gasto sanitario contrasta, sin embargo, con
los enormes déficits de recursos y grandes problemas de acceso a los
servicios sanitarios en ese país, que a la vez tiene las mayores
dificultades para acceder y costear tales servicios, en donde un 48% de
la población no puede pagarlos y el 62% está endeudado por ello.
Se estima que 35.000 estadounidenses mueren anualmente por falta de
seguro médico y, en un período de cuatro años, más de uno de cada cuatro
estadounidenses enfrenta costos médicos inasequibles. Por lo tanto, la
mayoría de las quiebras personales de Estados Unidos están impulsadas,
al menos en parte, por facturas médicas, incluso entre quienes ya tenían
seguro de salud cuando enfermaron. El gran problema de la sanidad en
los EE.UU. no es la cantidad de dinero gastada, sino su distribución, lo
cual lleva al análisis de la gestión de tal cantidad de dinero.
Los grandes déficits del sector sanitario en EE.UU.
En realidad, Estados Unidos es uno de los países de la OCDE con menor
utilización de sus servicios sanitarios, en parte por su escasez de
recursos. En el año 2025 se publicó que el número promedio de días de
hospitalización por habitante era de los más bajos entre los países de
avanzado desarrollo económico (0,51 días, comparado con 0,6 en Canadá,
0,7 en Francia, 0,8 en UK, 1,0 en Suiza y 1,5 en Alemania).
Era también el que tenía un número menor de visitas al médico por
habitante por año (3,2 Estados Unidos, 5,5 Francia, 6,8 Canadá, 9,6
Países Bajos, 9,8 Alemania). También tiene el número menor de enfermeras
por 1.000 habitantes.
Por otra parte, tiene el mayor número de personal administrativo, con
mayor cantidad de normas y control del personal sanitario, con elevadas
tasas de descontento del personal, incluyendo al facultativo. Y entre
la población existe un gran descontento, con el mayor porcentaje de
población que presenta deficiencias de asequibilidad a los servicios
sanitarios, la mayor entre los países de semejante desarrollo económico a
los EE.UU. En realidad, indicadores de salud de ese país, tales como la
mortalidad infantil, son de los peores entre los países de semejante
desarrollo económico. Y lo que es muy relevante es que el mejoramiento
de tales indicadores, como el de la esperanza de vida, que había crecido
en tasas semejantes a las de países de semejante desarrollo económico
hasta finales de los años 70, se enlenteció más que en tales países a
partir de los años 80, cuando las reformas neoliberales globalizadoras
comenzaron.
Por qué Estados Unidos tiene el mayor gasto de sanidad y, a pesar de ello, el mayor problema de asequibilidad
La característica que más diferencia el sistema de salud de Estados
Unidos del de la mayoría de los países de la OCDE es la mercantilización
y comercialización de las empresas que gestionan el sistema sanitario.
Este sistema se inició en los años 80 y ha alcanzado sus mayores
dimensiones desde finales del siglo XX y principios del siglo XXI
especialmente durante la pandemia, cuando las desigualdades de clase se
acentuaron aún más.
El sistema tiene una financiación pública, pero no una gestión
pública, sino privada, en la que la mayoría de las gestiones son
realizadas por compañías de seguros; la mayoría son privadas (95%), con
ánimo de lucro. Su mayor interés y objetivo son alcanzar el máximo de
beneficios económicos para sus empresas, incluso a costa de la atención a
los pacientes.
La escasez de recursos no se debe a una financiación insuficiente,
sino a la distribución de dichos recursos, configurada por el sistema de
gestión existente. La tasa de beneficios de estas empresas, como se
indicó anteriormente, está entre las más elevadas en el sector económico
financiero del país. Un tanto semejante ocurre con la industria
farmacéutica, cuyos costes son enormemente elevados, lo cual también
causa la incapacidad por parte de los pacientes para poder pagar sus
prescripciones.
La gran diferencia entre lo que la gente desea y lo que consigue de sus gobiernos
La otra característica del sector sanitario de los Estados Unidos es
que no existe la universalidad del derecho de acceso a tales servicios,
como sí ocurre en la gran mayoría de los países de la OCDE, donde existe
jurisdicción que garantiza el acceso a todos los ciudadanos y
residentes de tales países a los servicios sanitarios.
Esta universalización no existe en el sistema estadounidense, y ello
no es porque la gente no lo quiera. Al contrario, la gran mayoría de la
población, y con mayorías muy marcadas entre las clases populares y la
clase trabajadora, desea estas reformas orientadas a la universalización
de dicho derecho.
El mayor impedimento para que ello ocurra tiene que ver con la gran
influencia de las grandes empresas que gestionan el sistema sanitario y
que, a través de la financiación directa e indirecta del proceso
electoral, influyen sobre las instituciones políticas federales,
incluyendo la Presidencia y el Congreso (tanto el Senado como la Cámara
de Representantes). Esta privatización del proceso electoral permite, en
la práctica, la compra de políticos y explica por qué la gran mayoría
de los miembros del Congreso han recibido fondos de alguna empresa
vinculada al sector sanitario.
Las consecuencias de este sistema antidemocrático están detalladas en
este artículo. Conviene destacarlo, ya que existe una percepción
incorrecta de que el sistema estadounidense se basa en una democracia
plena, lo cual, en aspectos fundamentales, no es cierto. La
privatización del proceso electoral implica una gran influencia de
quienes lo financian, incluidas las élites económicas. De ahí el gran
malestar existente entre las clases populares, y muy especialmente entre
la clase trabajadora, lo que permite entender mejor la crisis política
actual y el aprovechamiento electoral de dicho malestar por parte del
trumpismo.
La abstención en el proceso electoral es muy elevada en los Estados
Unidos, en especial por parte de la clase trabajadora. Quienes en esta
sí solían votar, solían hacerlo al Partido Demócrata, el cual ha venido
por años perdiendo su apoyo, debido a sus impopulares políticas
neoliberales globalizadoras. Tanto así, que la dirigente demócrata, la
candidata presidencial en las últimas elecciones, Kamala Harris, perdió
gran capacidad de influencia entre los sectores populares y la clase
trabajadora, quienes están muy enfadados tanto con el sistema como con
el Partido Demócrata. Cabe recordar que dicho partido, y tal y como fue
confirmado por la candidata Harris en su campaña presidencial, pasó de
identificarse como “el partido de la clase trabajadora” a ser en su
lugar ahora “el partido de las clases medias”. El actual fracaso del
Partido Demócrata se debe precisamente a que se le identifica más como
parte del problema que como una alternativa para su solución, lo que le
ha hecho perder credibilidad.
Esta situación se repite también en la Unión Europea: el gran fracaso de las izquierdas gobernantes
El surgimiento de las ultraderechas en la Unión Europea es semejante a
lo ocurrido en los Estados Unidos con el trumpismo, con movimientos de
protesta que pueden darse predominantemente entre gente joven y también
entre miembros de la clase trabajadora que desean cambios radicales por
parte de sus gobiernos. En realidad, ven a los gobiernos neoliberales,
conservadores y también a los socialdemócratas como parte del problema.
Este enfado aparece también en relación con lo que sucede en todos
los sectores de Estado de bienestar, incluyendo los sectores médicos y
sanitarios, los de educación y de vivienda, y otros.
Los problemas de asequibilidad de los servicios médicos y sanitarios
en Europa aparecen primordialmente en dos tipos de países: unos son los
países del este de Europa, que habían sido parte de la Unión Soviética, y
en los que, luego de su disolución, aparecieron sistemas de cobertura
sanitaria muy insuficientes. Gran parte de los gobiernos de estos países
han estado desde entonces bajo gran influencia de los Estados Unidos.
El segundo grupo consta de países del sur de Europa, que fueron
gobernados por gobiernos de sensibilidad fascista por un largo periodo
de tiempo después del fin de la Segunda Guerra Mundial. Tales países,
como España, heredaron un enorme déficit social que todavía persiste.
Los países del centro y norte de Europa son los que tienen los servicios
sanitarios más desarrollados, bien a través de “servicios nacionales de
salud” o de “seguros nacionales de salud”, en los cuales tanto la
financiación como la gestión son públicas.
Pero todos ellos están sujetos a grandes presiones para que ocurra el
fenómeno de la comercialización, de manera que empresas privadas con
ánimo de lucro puedan llenar los vacíos que está dejando la reducción
del presupuesto del sector para poder satisfacer las necesidades de
militarización de estos países. Los Países Bajos, por ejemplo, donde la
ley exige que la atención sanitaria sea sin ánimo de lucro, están viendo
crecer la cantidad de clínicas quirúrgicas ambulatorias a un ritmo del
7,5% anual: una tendencia que refleja las señales de alerta temprana de
los EE.UU. en los años 80.
La presidenta de la Unión Europea, la señora Ursula von der Leyen,
quien tipifica la mentalidad neoliberal de tal comunidad, ha propuesto
el rearmamento de Europa, en gran manera con compra de equipamiento
militar a los EE.UU., financiado en parte con medidas de austeridad en
la Europa social, aumentando la desregulación de toda la actividad
económica, incluyendo la del sector de la sanidad, facilitando así su
comercialización, cuyas consecuencias ya he analizado en este artículo.
Es, en otras palabras, la continuación de la americanización de Europa
con otras fórmulas.
Al igual que en EE.UU., en Europa, la aplicación general de las
políticas neoliberales globalizadoras ha tenido también un impacto
negativo sobre la capacidad adquisitiva de sus clases trabajadoras, por
las mismas razones por las que ha ocurrido en ese país. En Europa, el
aumento de los salarios desde los años 80 ha sido sobrepasado por el
aumento de la inflación y, sobre todo, por el aumento del coste de vida,
incluyendo el de los servicios sanitarios, afectando así su
asequibilidad por parte de la clase trabajadora. Ello explica, primero,
el desencanto de la clase trabajadora con los partidos gobernantes de
izquierda que han hecho suyas las políticas neoliberales globalizadoras,
incluyendo la gran desregulación de los mercados laborales. Un gran
atractivo de las ultraderechas en este continente ha sido precisamente
poder atraer electores al identificarse con este enfado.
Conclusiones
Por todo lo dicho hay que concluir, que como bien dice el congreso
internacional citado anteriormente y del cual se derivan gran parte de
los datos aquí expuestos, que:
La crisis de asequibilidad de los servicios sanitarios en Estados
Unidos es estructural: este país gasta más en atención médica, incluso
más en fondos públicos per cápita que cualquier país comparable, y, sin
embargo, tiene la mayor proporción de población incapaz de acceder a o
pagar la atención. Esto no es una paradoja; es el resultado previsible
de un sistema sanitario organizado en torno a la extracción de
beneficios económicos particulares en lugar de la atención al paciente.
La comercialización es el principal motor de este problema: la
creciente comercialización del sistema de salud estadounidense desde la
década de 1980 —desde aseguradoras hasta hospitales y consultas médicas—
ha desviado sistemáticamente los recursos de la prestación de servicios
hacia los rendimientos para inversionistas, los costos administrativos y
la consolidación del mercado. Esta realidad, claramente existente en
EE.UU., se está expandiendo ahora en la Unión Europea.
Los modelos internacionales ofrecen evidencia clara: Canadá, los
Países Bajos y el Reino Unido y muchos otros países logran una cobertura
universal o casi universal, con una mayor satisfacción pública y un
mejor control de costos que los Estados Unidos, a través de distintos
modelos de financiación y prestación. Lo que comparten es un compromiso
político con la atención sanitaria como un derecho, no como una
mercancía. Esta situación, sin embargo, se encuentra amenazada por una
creciente comercialización de los servicios sanitarios del país, como
consecuencia de la creciente influencia de las grandes corporaciones
sanitarias o corporaciones financieras sobre las instituciones
políticas, lo cual está creando una crisis de legitimidad de tales
instituciones.
La reforma sanitaria a favor de los pacientes y la población, en
lugar de la priorización del beneficio empresarial, requiere voluntad
política: los mecanismos legales, regulatorios y de política pública
para realizar las reformas para garantizar la universalización de tales
derechos existen. La limitación principal no es técnica, sino política:
la concentración de la influencia de tales corporaciones sobre los
procesos electorales y legislativos bloquea reformas que cuentan con el
apoyo mayoritario de la población. La respuesta debe ser una
movilización de tales mayorías, recuperando la vocación democrática que
tales instituciones deberían promover.
La experiencia aportada por los gobiernos de ultraderecha para
solucionar el creciente problema de asequibilidad de los servicios
sanitarios tiene claramente enormes insuficiencias, que carecen también
de un análisis correcto de las causas del problema. De ahí la necesidad
de que las nuevas fuerzas progresistas reviertan las políticas
neoliberales mediante medidas mucho más radicales y de signo opuesto, en
muchas ocasiones, a las que han ido aplicando en estos años de
neoliberalismo."