"El riesgo de un conflicto total entre la OTAN y Rusia es mayor que
nunca —incluso en el punto álgido de la Guerra Fría—, dada la profunda
implicación de ambas partes en lo que, en todos los sentidos operativos,
es una confrontación militar cada vez más directa, aunque se mantenga
formalmente la ficción de la no beligerancia. A diferencia de lo que
ocurría durante la Guerra Fría, cuando las superpotencias mantenían
protocolos elaborados diseñados para evitar la confrontación directa,
hoy en día las líneas son tan difusas que rozan la invisibilidad. Una
guerra que se suponía que debía quedar contenida dentro de las fronteras
de Ucrania se ha transformado progresivamente en algo mucho más
peligroso: un conflicto por poder en el que el papel de la OTAN se ha
vuelto tan central desde el punto de vista operativo que la distinción
entre representante y mandante se ha desmoronado en gran medida, y en el
que cada semana aporta nuevas pruebas de que la lógica de la escalada
va muy por delante de cualquier capacidad política para controlarla.
Los acontecimientos de las últimas semanas lo han dejado inequívocamente claro.
La semana pasada, un dron ucraniano en el Donbás atacó una universidad en el Donbás, matando a 21 personas, la mayoría de ellas estudiantes.
Esto representa una escalada muy grave en la intensificación de la
ofensiva con drones de Ucrania contra Rusia en los últimos meses,
incluyendo un número creciente de ataques de gran alcance llevados a
cabo en territorio ruso. Hace apenas unas semanas, al menos tres
personas murieron y varias más resultaron heridas en un ataque a gran
escala con drones ucranianos contra la región de Moscú.
Mientras tanto, según
Reuters, en marzo los ataques con drones ucranianos contra las tres
principales terminales de exportación de Rusia en sus costas
occidentales —Novorossiysk en el mar Negro, y Primorsk y Ust-Luga en el
Báltico— habían inutilizado alrededor del 40 % de la capacidad de
exportación de petróleo de Rusia. Según una estimación del New York Times,
a principios de abril los ataques ucranianos también habían dañado o
destruido alrededor del 20 % de la capacidad de refinería de petróleo de
Rusia. Este mismo mes, los drones ucranianos han atacado dos docenas de
refinerías de petróleo rusas, según el Ministerio de Defensa de
Ucrania.
Algunos de los objetivos más recientes se encontraban a una distancia
de entre 1 500 y 1 700 km de la frontera ucraniana, lo que indica una
mejora significativa en las capacidades de los drones de largo alcance
de Ucrania.
Como señaló John Mearsheimer en una reciente entrevista
con Glenn Diesen, los ataques con drones y misiles ucranianos sobre
territorio ruso, incluida Moscú, representan un importante paso en la
escalada del conflicto. Aunque no le impresiona su efecto militar
inmediato, la trayectoria le preocupa profundamente:
La cantidad de daño que pueden causar esos drones no es tan grande…
desde luego no va a afectar al resultado de la guerra de ninguna manera
significativa. Eso no va a suceder. Pero creo que el gran peligro de
cara al futuro es que los ucranianos, en colaboración con los europeos
que siguen decididos a derrotar a Rusia, aumenten el número y el tipo de
ataques contra Rusia.
Rusia ya ha respondido al ataque con drones contra la universidad de Donbás con un asalto
masivo contra Kiev, uno de los mayores desde el inicio de la guerra,
que incluyó el uso de misiles Oreshnik con capacidad nuclear.
Y ya ha amenazado con lanzar una nueva oleada de «ataques
sistemáticos» contra la capital. Los nuevos ataques tendrán como
objetivo «centros de toma de decisiones y puestos de mando», junto con
las instalaciones de fabricación de drones de la ciudad, según ha
declarado el Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia en un comunicado.
Moscú ha pedido a los ciudadanos extranjeros y a los diplomáticos que
abandonen Kiev «lo antes posible» y ha advertido a los ciudadanos que se
mantengan alejados de los edificios administrativos y militares.
Hasta ahora, Moscú se ha abstenido de atacar los cuarteles generales
ucranianos, un hecho bastante notable dado que las fuerzas armadas
ucranianas han atacado repetidamente los cuarteles generales rusos, como
señaló Anatol Lieven. El martes, el Estado Mayor ucraniano afirmó que había destruido un importante centro de mando y control ruso en Lugansk con misiles de crucero británicos Storm Shadow.
El uso eficaz de estos misiles —que Ucrania lleva lanzando durante los
últimos dos años— requiere datos de selección de objetivos de EE. UU.
A pesar de ello, Moscú no ha atacado los cuarteles generales
ucranianos en Kiev precisamente por la probabilidad de que murieran
soldados y oficiales de inteligencia estadounidenses y de la OTAN, lo
que supondría el riesgo de una escalada drástica en la respuesta de
Occidente. Desde que Donald Trump regresó a la presidencia y reabrió las
negociaciones diplomáticas, el Gobierno ruso también se ha visto
frenado por el deseo de no enfurecerlo ni debilitarlo. Sin embargo, la
semana pasada el secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, declaró
que las conversaciones de paz se encuentran estancadas y que «en este
momento no se están llevando a cabo tales conversaciones».
Esto apunta no solo a una peligrosa escalada de la guerra, sino
también a su posible expansión más allá de las fronteras de Ucrania.
Al fin y al cabo, aunque estos ataques los lleva a cabo formalmente
Ucrania, la realidad es que Ucrania nunca podría llevar a cabo estos
ataques con drones en territorio ruso sin el apoyo de inteligencia y
satélites de la OTAN —y de EE. UU. en concreto—. A pesar de las
propuestas de paz de Trump, su administración ha seguido proporcionando
a Ucrania inteligencia para llevar a cabo ataques con drones de largo
alcance contra la infraestructura energética rusa, según múltiples
funcionarios estadounidenses y ucranianos. La información de
inteligencia ayuda a Ucrania a «diseñar la planificación de rutas, la
altitud, la sincronización y las decisiones de misión, lo que permite a
los drones de ataque de largo alcance y de un solo uso de Ucrania eludir
las defensas aéreas rusas». Una fuente describió la fuerza de drones de
Ucrania como el «instrumento» que Estados Unidos está utilizando para
lograr el objetivo de socavar la economía rusa y empujar a Putin hacia
un acuerdo. La CIA también ha participado en el desarrollo del programa
de drones de Ucrania.
El grado de implicación de EE. UU. va más allá del mero intercambio
de inteligencia. Mientras que un funcionario estadounidense afirmó que
Ucrania selecciona el objetivo y EE. UU. proporciona información sobre
sus vulnerabilidades, otros funcionarios señalaron que, en realidad, EE.
UU. ha estado estableciendo las prioridades de los objetivos para el
ejército ucraniano, lo que significa que, en la práctica, EE. UU. está
eligiendo qué atacar.
Estados Unidos también proporciona apoyo satelital —tanto en forma de
guía GPS en tiempo real (especialmente sobre el territorio ucraniano y
el territorio ucraniano anexionado por Rusia a través de Starlink, de
Elon Musk) como mediante el suministro de datos geoespaciales que
permiten a los drones operar sin una señal GPS en tiempo real, como en
zonas donde la señal está bloqueada—: mapas del terreno precargados,
datos de rutas, coordenadas de objetivos y perfiles de evasión de la
defensa aérea, todo lo cual depende del reconocimiento y la inteligencia
por satélite estadounidenses.
Esto significa que las operaciones de ataque en profundidad de
Ucrania contra Rusia son, en la práctica, una operación de EE. UU. y la
OTAN con los colores de Ucrania. Pero la OTAN no solo proporciona la
inteligencia y el apoyo satelital para estos ataques —y, por supuesto,
el dinero para los drones—. Cada vez más, también está proporcionando
los propios drones.
Aunque la inmensa mayoría de los drones utilizados por las fuerzas
ucranianas se fabrican dentro de la propia Ucrania, un avance más
reciente y estratégicamente significativo es la expansión deliberada de
la fabricación de drones a países europeos, en parte para reducir la
vulnerabilidad ante los ataques rusos contra las instalaciones
ucranianas. Zelensky anunció planes para abrir diez empresas conjuntas de producción de drones en Europa en 2026.
El país en el centro de esta evolución es Alemania. El Gobierno de
Merz está profundizando su cooperación militar con Kiev, convirtiéndose
cada vez más en un cobeligerante en el conflicto con Rusia. Ante la
retirada estadounidense, Alemania ha sido durante mucho tiempo el
principal patrocinador financiero de Ucrania. Pero a mediados de abril,
por primera vez, el Gobierno alemán firmó una asociación estratégica
con el sector de la defensa de un país en guerra. El acuerdo allana el
camino para la coproducción de sistemas de armas, drones con un alcance
de hasta 1.500 km
y misiles de largo alcance, junto con Kiev. Uno de los ejemplos más
visibles es Quantum Frontline Industries en Alemania —una empresa
conjunta entre Quantum Systems y la ucraniana Frontline Robotics— donde
el primer dron salió de la línea de producción menos de dos meses
después de que se anunciara la asociación.
De un plumazo, el Gobierno alemán ha barrido todo el debate interno
de los últimos años sobre el suministro de armas alemanas a Ucrania para
ataques contra objetivos dentro del territorio ruso. Como ha escrito
la exdiputada alemana Sevim Dagdelen, con la integración de las
industrias de defensa de Berlín y Kiev estamos asistiendo al surgimiento
de un complejo militar-industrial germano-ucraniano bajo la hegemonía
de Berlín. De hecho, es probable que se hayan utilizado drones de largo
alcance de fabricación alemana en los recientes ataques contra Moscú y
la región de Moscú.
Otros países europeos también están involucrados. Desde finales de
2024, el grupo finlandés Summa Defence ha creado varias empresas
conjuntas con firmas ucranianas para producir drones en Finlandia. La
empresa británica Prevail Partners y la ucraniana Skyeton unieron
fuerzas en julio de 2025 para producir el dron de vigilancia Raybird en
el Reino Unido. Skyeton también ha abierto una línea de producción del
Raybird en Eslovaquia y está negociando nuevas colaboraciones europeas,
mientras que consorcios ucranianos de drones están construyendo plantas
de montaje y de componentes en Finlandia y Dinamarca.
Esto significa que las naciones europeas —en primer lugar Alemania—
se están involucrando cada vez más directamente en el conflicto. Esto
aumenta considerablemente el riesgo de ataques de represalia rusos sobre
territorio europeo. De hecho, a mediados de abril, el Ministerio de
Defensa ruso publicó
los nombres y direcciones de empresas europeas —entre ellas varias
italianas— implicadas en la producción de drones ucranianos, afirmando
que «la opinión pública europea debe comprender claramente las
verdaderas razones de las amenazas a su seguridad y conocer las
direcciones y ubicaciones de las empresas “ucranianas” y “conjuntas” que
producen UAV y componentes para Ucrania en el territorio de sus
países».
Para empeorar las cosas, cada vez hay más pruebas de que los drones
ucranianos están atravesando el espacio aéreo de los países bálticos de
la OTAN para atacar objetivos rusos —como los drones que alcanzaron las
terminales petroleras rusas de Primorsk y Ust-Luga en el mar Báltico—.
Este mismo mes, los drones ucranianos han desencadenado repetidas
alertas de espacio aéreo sobre Estonia, Letonia y Lituania, lo que ha
provocado el despegue de aviones de combate de la OTAN en múltiples
ocasiones, y al menos un dron ucraniano fue derribado por un avión de la
OTAN sobre Estonia el 19 de mayo. Apenas unos días antes, otro dron
ucraniano atacó una instalación de almacenamiento de petróleo vacía en
Letonia. Las repercusiones políticas han sido significativas, provocando
la caída del Gobierno letón por su gestión de la crisis.
Rusia ha acusado a los Estados bálticos y a la OTAN de permitir
activamente que los drones ucranianos utilicen su espacio aéreo para
lanzar ataques contra Rusia, calificándolo de agresión de la OTAN. El
asesor presidencial Nikolái Patrushev subrayó
que esto constituye una participación directa de los países de la OTAN
en ataques contra territorio ruso. Por su parte, Ucrania y los países
bálticos han rechazado las acusaciones de connivencia deliberada,
acusando a Rusia de utilizar guerra electrónica y interferencias para
desviar los drones ucranianos hacia el espacio aéreo báltico —aunque
esto no explica por qué Rusia se ha mostrado incapaz de impedir los
ataques con drones contra objetivos sensibles y civiles, incluso en
Moscú. La presidenta de la Comisión Europea, von der Leyen, llegó a
afirmar que «Rusia y Bielorrusia tienen una responsabilidad directa» en
las incursiones de drones ucranianos.
Lo que está claro es que las tensiones en el Báltico son más elevadas
que nunca. El riesgo de que estalle allí un conflicto entre la OTAN y
Moscú se ve agravado aún más por el reciente anuncio
de la creación de una fuerza naval conjunta, denominada Iniciativa de
las Armas Navales del Norte, integrada por el Reino Unido, Noruega,
Suecia, Dinamarca, Finlandia, Islandia, Estonia, Letonia, Lituania y los
Países Bajos. Esta fuerza parece tener el objetivo explícito de
contener a Rusia entre el Ártico y el Báltico, potencialmente
obstaculizando el tráfico comercial de Moscú —y, en particular, su
denominada «flota en la sombra». Provocaciones como el abordaje de
buques rusos, o incluso un bloqueo naval, constituirían un casus belli
evidente. A esto hay que añadir la militarización de Finlandia, que se
ha incorporado recientemente a la OTAN, y las operaciones de espionaje y
vigilancia aérea que se llevan a cabo desde su territorio contra Moscú
—factores que están transformando al país escandinavo en una nueva
amenaza estratégica a los ojos de Rusia.
No es exagerado afirmar que estamos a un solo incidente —real o
provocado— de que la situación se agrave rápidamente hasta convertirse
en una guerra directa entre la OTAN y Rusia. Esto resulta especialmente
preocupante dado que las provocaciones occidentales están envalentonando
a los partidarios de la línea dura en Moscú.
Entre los enfoques más radicales, destaca el de Sergey Karaganov, un
veterano politólogo, antiguo asesor tanto de Gorbachov como de Yeltsin, y
actualmente uno de los asesores de Putin. Desde el inicio del
conflicto, Karaganov ha defendido el posible uso de armas nucleares en
Europa. Su argumento
es que las élites europeas están totalmente desacreditadas y carecen de
la legitimidad necesaria para permanecer en el poder. Pero, sobre todo,
son incapaces de alcanzar un compromiso con Rusia. Deben ser detenidas
por la fuerza de las armas para evitar que el conflicto se extienda por
Europa —ante todo, atacando objetivos militares estratégicos y altamente
simbólicos en territorio europeo con armas convencionales.
Según Karaganov, si esto no fuera suficiente para «persuadir» a las
élites europeas de que lleguen a un acuerdo con Rusia, sería necesario
recurrir a un ataque nuclear «demostrativo», o incluso a uno destinado a
eliminar a las propias élites europeas. Tales ideas, en gran medida
marginales al inicio del conflicto, están ganando terreno
progresivamente tanto en los círculos militares como en los políticos
rusos. Paralelamente, aumenta la presión sobre Putin para que cambie de
estrategia.
Mearsheimer se toma en serio el argumento esgrimido por Karaganov
—que Rusia debería atacar objetivos europeos con armas convencionales,
escalando a armas nucleares si fuera necesario— y señala que lo que
antes era una opinión minoritaria ha ganado una amplia aceptación dentro
de Rusia:
Él sostiene ahora —y le creo porque es una persona honesta— que la
abrumadora mayoría de las personas con las que habla están de acuerdo
con él. Los rusos, en cierto sentido, están hartos.
En cuanto a la dimensión nuclear, Mearsheimer explica por qué la mera
perspectiva del uso nuclear confiere a la estrategia de Karaganov su
lógica coercitiva:
Una vez que se empieza a subir la escalera de la escalada, todo el
mundo entiende que en algún punto de ahí arriba… en algún lugar de esa
escalera se encuentra el uso nuclear. En uno de los peldaños está el uso
de armas nucleares… la mera amenaza de las armas nucleares tendrá un
enorme valor disuasorio.
También hace una llamativa comparación histórica respecto a las violaciones de las líneas rojas occidentales:
Es verdaderamente asombroso que Estados Unidos y Gran Bretaña
ayudaran a Ucrania cuando invadió el territorio ruso en el verano de
2024. Se trata de la ofensiva de Kursk… la idea de que ayudáramos a un
aliado a invadir la Unión Soviética, eso nunca sucedería… o que
ayudáramos a un aliado a atacar uno de los pilares de la tríada nuclear
estratégica. Esto es simplemente impensable. Era sencillamente demasiado
peligroso.
Su conclusión sobre el dilema estratégico ruso es la siguiente:
"Si se pone en el lugar de Rusia… tendrá que plantarse, como solía
decir mi madre. Y tendrá que enviar una señal muy clara de que esto es
sencillamente inaceptable."
El riesgo de guerra no es una abstracción lejana: es peligrosamente
real e inminente. Los mecanismos de escalada que nos han llevado hasta
este punto se comprenden bien: cada paso que se da en la escalera, dado
con la confianza de que la otra parte dará marcha atrás, hace que el
siguiente paso sea más probable y que el margen para la desescalada sea
más estrecho. Los líderes occidentales se han convencido a sí mismos,
mediante una combinación de ilusiones y de inercia institucional, de que
Rusia seguirá absorbiendo las provocaciones sin responder de la misma
manera. Pero cada semana que pasa sin una salida diplomática nos acerca
al momento en que esa suposición se pondrá a prueba hasta su
destrucción.
Lo que hace que la situación actual sea especialmente peligrosa no es
solo la escalada militar, sino el colapso total de la imaginación
política que podría detenerla. No hay realistas de la Guerra Fría, ni
canales extraoficiales, ni ningún líder europeo serio con la autoridad y
la voluntad necesarias para proponer una solución negociada. Solo
existe el impulso de la maquinaria bélica, ahora repartida por una
docena de países y miles de empresas, que producen armas en fábricas
finlandesas, empresas conjuntas alemanas y talleres británicos —todas
ellas alimentando un conflicto que, a falta de una intervención política
urgente, no tiene un final lógico que no sea la catástrofe.
La responsabilidad recae, en última instancia, en los ciudadanos
europeos. Nuestros gobiernos no actúan en nuestro nombre ni en nuestro
interés. Nos corresponde a nosotros —antes del próximo incidente, del
próximo error de cálculo, del próximo dron que cruce el espacio aéreo
equivocado— exigirles que den un paso atrás y se alejen del abismo."
(Thomas Fazi , blog, 28/05/26, traducción Salvador Arnal)