27.10.26

'España puede ser la hostia'... El Fondo Global de Pensiones del Gobierno Noruego fue creado en los años noventa para invertir a largo plazo las ganancias del petróleo y el gas del mar del Norte, que hoy supone más de una quinta parte de su presupuesto... Una campaña ciudadana propone ahora la instauración en España de un fondo similar, pero a partir de la energía del sol y el viento, para responder a necesidades de las generaciones actuales y del futuro... La campaña, que lleva por nombre España puede ser la hostia, pide a los partidos políticos que incorporen estas iniciativas en sus programas... la idea es crear un fondo generacional de la energía, “para transformar una parte de la riqueza renovable en patrimonio colectivo para las próximas generaciones”. Los impulsores proponen que este mecanismo financiero se nutra con ingresos procedentes de los nuevos parques eólicos y solares de los que el Estado compre un 30%, de la recuperación de las presas hidroeléctricas cuyas concesiones deben expirar en los próximos años, de una parte del mercado de derechos de CO₂ y de inversiones de ciudadanos con sus ahorros. Con todo esto, estiman que en 2050 se podrían conseguir más de 12.500 millones de euros al año... Por un lado, se financiarían rehabilitaciones de hogares con préstamos que no requieran adelantar el dinero y se puedan devolver con los ahorros de energía obtenidos. Y, por otro, se construiría o recuperaría vivienda pública para ayudar a solucionar el grave problema actual, traduciéndose esto en alquileres con precios tasados que proporcionen nuevos ingresos para el fondo... Los promotores defieden que además de contribuir a dar seguridad a las pensiones, este mecanismo permitiría rehabilitar energéticamente casi un millón de viviendas y adquirir o construir otras 180.000 para el parque público de alquiler en 2050 (Clemente Álvarez)... El problema sería el miedo ante un nuevo tipo de 'impuesto al sol' de Rajoy, que haga inviable el proyecto

 "El Fondo Global de Pensiones del Gobierno Noruego fue creado en los años noventa para invertir a largo plazo las ganancias del petróleo y el gas del mar del Norte, hoy es uno de los más grandes del mundo y supone más de una quinta parte del presupuesto de este país. Una campaña ciudadana propone ahora la instauración en España de un fondo similar, pero a partir de la energía del sol y el viento, entre otros ingresos, para responder a necesidades de las generaciones actuales y del futuro.

“El Fondo de Noruega ha ido multiplicando su patrimonio a través de inversiones y el 3,5% se ha ido destinando con el paso de los años a sostener uno de los Estados del bienestar más avanzados”, incide Javier Peña, comunicador ambiental y una de las caras visibles de este movimiento. “La idea es trasladar esto a un país como España que cuenta con un recurso solar sin comparación en toda Europa, para compartir esta riqueza entre generaciones y solucionar los problemas que tenemos como sociedad”.

Esta es una de las propuestas lanzadas este martes de cara a las elecciones generales del próximo 29 de noviembre por Impulso Regenerativo, una plataforma de confluencia coordinada por Hope, fundación liderada por Peña, con un importante respaldo ciudadano detrás. La campaña, que lleva por nombre España puede ser la hostia, pide a los partidos políticos que incorporen estas iniciativas en sus programas, pero también trata de dar la vuelta al discurso ambiental y climático más habitual para no incidir tanto en la parte negativa de no actuar como en las grandes ventajas de poner en marcha determinadas actuaciones.

De ahí sale la idea de crear un fondo generacional de la energía, inspirado en el modelo noruego, “para transformar una parte de la riqueza renovable en patrimonio colectivo para las próximas generaciones”. Los impulsores proponen que este mecanismo financiero se nutra con ingresos procedentes de los nuevos parques eólicos y solares de los que el Estado compre un 30%, de la recuperación de las presas hidroeléctricas cuyas concesiones deben expirar en los próximos años, de una parte del mercado de derechos de CO₂ y de inversiones de ciudadanos con sus ahorros. Con todo esto, estiman que en 2050 se podrían conseguir más de 12.500 millones de euros al año, un capital no para gastar si no para reinvertir de distintas formas para que vaya aumentando a largo plazo.

Como explica Manel Rivero Rossi, consultor energético y otro de los promotores, proponen invertir un 50% del fondo en acciones y bonos de todo el mundo, y la otra parte dedicarla a políticas de vivienda y transición energética que produzcan un retorno económico. Por un lado, se financiarían rehabilitaciones de hogares con préstamos que no requieran adelantar el dinero y se puedan devolver con los ahorros de energía obtenidos. Y, por otro, se construiría o recuperaría vivienda pública para ayudar a solucionar el grave problema actual, traduciéndose esto en alquileres con precios tasados que proporcionen nuevos ingresos para el fondo. “No pretendemos decir a los políticos lo que tienen que hacer, pero sí demostrar que sí es posible”, asegura Rivero Rossi.

Como ocurre con el fondo de Noruega, de todo este dinero, solo se prevé gastar anualmente una pequeña parte con el que se cubriría a partir de 2050 el 4,6% de las pensiones. Los promotores han lanzado una herramienta con la que se puede simular cómo varía el fondo generacional cambiando las distintas variables. “Parece que no hay futuro, pero sí lo hay”, destaca Rivero Rossi. “El cambio más brutal de este fondo es que de pronto dejas de pensar en el dinero que tienes para gastar, levantas la cabeza y empiezas a mirar a 2050, 2060, 2070, viendo lo que se puede hacer a más largo plazo”.

Los promotores defieden que además de contribuir a dar seguridad a las pensiones, este mecanismo permitiría rehabilitar energéticamente casi un millón de viviendas y adquirir o construir otras 180.000 para el parque público de alquiler en 2050. Las otras propuestas de esta campaña ciudadana son: un plan nacional para alcanzar tres millones de hectáreas de agricultura regenerativa en 2030 y revertir la despoblación rural mediante la renaturalización de los paisajes y la recuperación de grandes herbívoros.

Según incide Peña, “nuestras propuestas no están basadas en ideas morales ni en deseos, sino en mecanismos concretos y aplicables, que pensamos que son asumibles por la gran mayoría de los partidos, porque suponen ganancias para el país, con un plan colectivo que nos permita mirar al futuro con ilusión y con esperanza”. Este comunicador ambiental se dio a conocer en redes sociales publicando vídeos con ejemplos positivos de lo que se puede hacer para luchar contra el cambio climático. Posteriormente, consiguió lanzar una serie documental de seis capítulos con esta misma idea, Hope, que echó a andar con un crowdfunding y terminó con un presupuesto de 2,4 millones de euros, y emitiéndose en Televisión Española. Justamente, a partir de esta serie, hubo gente que empezó a reunirse en videofórums para verla y que luego pasó a formar grupos organizados para llevar a cabo acciones concretas. Este movimiento ya tiene unos 300 grupos locales e integra a unas 7.000 personas, siendo una parte importante de la plataforma Impulso Regenerativo que lanza ahora estas propuestas." 

(Clemente Álvarez , El País, 27/10/26)

Se avecina el final de la guerra de Ucrania... Ucrania se está quedando sin reservas y posiciones fortificadas. La extensa red defensiva a lo largo de Donbass ha desaparecido en gran medida, dejando a la aglomeración Slavyansk-Kramatorsk-Druzhkovka como su principal bastión restante... Los avances rusos alrededor de Dobropolye han abierto múltiples direcciones operativas... Ucrania carece de tropas suficientes para defender estos accesos simultáneamente... Zelensky tiene pocos incentivos para negociar porque el fin de la guerra amenaza su supervivencia personal... su futuro político depende de prolongar las hostilidades y atraer a los países europeos directamente a la lucha... cuatro posibles escaladas europeas son particularmente peligrosas: establecer una zona de denegación de aire sobre Ucrania, desplegar tropas europeas bajo la designación de fuerzas de paz, bloquear el acceso ruso a través del Golfo de Finlandia o atacar Kaliningrado... Cada uno de ellos podría desencadenar una guerra directa con Rusia... Ucrania se está acercando a un colapso militar decisivo a medida que los avances rusos se aceleran, las posiciones defensivas ucranianas se desintegran y los líderes europeos corren el riesgo de provocar una guerra directa con Rusia para evitar la derrota (Stanislav Krapivnik, un ex oficial del ejército estadounidense originario de Donbass)

"Stanislav Krapivnik, un ex oficial del ejército estadounidense originario de Donbass, sostiene que Ucrania se está acercando a un colapso militar decisivo a medida que los avances rusos se aceleran, las posiciones defensivas ucranianas se desintegran y los líderes europeos corren el riesgo de provocar una guerra directa con Rusia para evitar la derrota..

La estrategia de desgaste de Rusia se está acelerando

Rusia ha mantenido una estrategia consistente en el campo de batalla durante tres años: aplastar sistemáticamente a las fuerzas ucranianas. La diferencia ahora es que la resistencia ucraniana se ha debilitado considerablemente, lo que permite que los avances rusos se aceleren sin cambiar fundamentalmente la intensidad de las operaciones..

Ucrania se está quedando sin reservas y posiciones fortificadas. La extensa red defensiva a lo largo de Donbass ha desaparecido en gran medida, dejando a la aglomeración Slavyansk-Kramatorsk-Druzhkovka como su principal bastión restante..

Los avances rusos alrededor de Dobropolye han abierto múltiples direcciones operativas, incluidas Zaporozhye, Dnepropetrovsk, Kharkov y el cerco de las fortificaciones restantes de Donbass..

Ucrania carece de tropas suficientes para defender estos accesos simultáneamente. Más allá de Donbass, las ciudades industriales densamente conectadas dan paso a aldeas y campos agrícolas dispersos. Estos asentamientos carecen de redes defensivas integradas y pueden ser evitados o aislados..

La guerra está lejos de terminar y es probable que se produzcan muchas bajas. Sin embargo, el deterioro de la posición defensiva de Ucrania significa que los avances territoriales rusos pueden volverse progresivamente más rápidos..

Destruyendo la logística de Ucrania

Los crecientes ataques de Rusia contra puentes e infraestructura logística representan una aplicación tardía de principios militares fundamentales..

A nivel operativo, destruir las rutas de suministro del enemigo es esencial. Incluso los soldados altamente entrenados se vuelven ineficaces sin municiones, combustible, alimentos y refuerzos..

La renuencia anterior de Rusia a destruir puentes importantes era más política que militar. Estas estructuras son difíciles de demoler, pero inutilizar la superficie de sus carreteras es suficiente para interrumpir el transporte..

Los puentes que cruzan el Dnieper, particularmente alrededor de Kiev, son estratégicamente críticos. Destruir su capacidad de transporte obligaría a Ucrania a depender de cruces de pontones vulnerables y movimientos lentos de barcazas..

Los suministros que antes cruzaban en minutos podían tardar horas o días. Esto limitaría gravemente la capacidad de Ucrania para mantener sus fuerzas de primera línea y transportar reclutas adicionales al combate..

Europa corre el riesgo de una confrontación directa con Rusia

Estados Unidos y Europa tienen intereses fundamentalmente diferentes en prolongar la guerra..

Washington pretende sacar provecho de la venta de armas evitando al mismo tiempo una confrontación militar directa. Mientras tanto, los países europeos corren el riesgo de proporcionar los soldados que lucharían y morirían en un conflicto más amplio..

Cuatro posibles escaladas europeas son particularmente peligrosas: establecer una zona de denegación de aire sobre Ucrania, desplegar tropas europeas bajo la designación de fuerzas de paz, bloquear el acceso ruso a través del Golfo de Finlandia o atacar Kaliningrado..

Cada uno de ellos podría desencadenar una guerra directa con Rusia..

Las fuerzas aéreas europeas se enfrentarían a los sistemas integrados de defensa aérea de Rusia sin poder asumir la participación estadounidense. Las tropas europeas que ingresen a Ucrania se convertirían en objetivos militares rusos legítimos, mientras que los intentos de bloquear el transporte marítimo ruso o apoderarse de Kaliningrado podrían expandir el conflicto a toda la región del Báltico..

El liderazgo cada vez más conflictivo de Alemania es especialmente peligroso. Otra guerra mundial podría destruir permanentemente el futuro de Alemania como estado unificado.

La supervivencia de Zelensky depende de que la guerra continúe

Zelensky tiene pocos incentivos para negociar porque el fin de la guerra amenaza su supervivencia personal..

Su futuro político depende de prolongar las hostilidades y atraer a los países europeos directamente a la lucha. Una guerra más amplia podría evitar la derrota de Ucrania o al menos posponer las consecuencias para sus dirigentes..

Sin embargo, la posición negociadora de Ucrania se deteriora cada día que pasa. Las concesiones territoriales necesarias para la paz serán cada vez más severas a medida que avancen las fuerzas rusas..

Además, Zelensky carece de la legitimidad necesaria para concluir un acuerdo vinculante. No se celebraron las elecciones presidenciales y parlamentarias previstas para 2024, lo que dejó tanto a la presidencia como a la Rada sin un mandato electoral renovado..

La derrota de Ucrania podría desencadenar una crisis financiera occidental

Los activos económicos restantes de Ucrania ya se están vendiendo a intereses financieros. La privatización prevista de Ukrgasbank y Sense Bank ilustra un proceso más amplio de transferencia de riqueza nacional a propiedad privada..

El capitalismo financiero no reconstruye las economías productivas; extrae valor de los activos existentes. Lo que queda de Ucrania fuera del control ruso se enfrenta a un desmantelamiento económico en lugar de una reconstrucción significativa..

Un peligro adicional es el de la deuda soberana de Ucrania en manos de instituciones financieras occidentales..

Un gobierno ucraniano sucesor podría negarse a cumplir las obligaciones contraídas bajo Zelensky. Dado que los bancos occidentales han utilizado estas deudas como activos y garantías, los impagos generalizados podrían provocar pérdidas financieras en cascada..

La exposición precisa a la deuda es incierta, pero incluso montos sustancialmente menores podrían amenazar a instituciones fuertemente apalancadas..

Esto crea otro poderoso incentivo para que las elites financieras y políticas occidentales impidan el colapso de Ucrania, sin importar el costo humano..

Por lo tanto, la derrota militar de Ucrania amenaza no sólo las ambiciones geopolíticas de los gobiernos europeos sino también las estructuras financieras invertidas en su existencia continua..

 (Entrevista a Stanislav Krapivnik, un ex oficial del ejército estadounidense originario de Donbass, youtube, traducción Gaceta Crítica)

Gerhard Schröder, el ex canciller de Alemania, confirma: ¡La paz fue saboteada! Las delegaciones rusa y ucraniana se reunieron en Estambul. Un acuerdo parecía estar al alcance de la mano: neutralidad para Ucrania, garantías de seguridad y una solución para el conflicto del Donbás. Pero entonces llegó la infame visita del primer ministro británico Boris Johnson a Kiev, que transmitió un mensaje claro de Occidente: «Seguid luchando, estamos detrás de vosotros —con armas, dinero y apoyo político.»... «Eso ya no era una alianza defensiva, era un proyecto expansionista agresivo.»... Gerhard Schröder, que conoce a Putin personalmente habla de un «sistema para prolongar la guerra. «No se trata de libertad o democracia... se trata de poder geopolítico, de debilitar a Rusia a cualquier precio y de miles de millones en ganancias militares»... Schröder lo llama «desarme moral»: Alemania, que una vez fue la fuerza impulsora detrás de la Ostpolitik, se convirtió en vasallo de los intereses estadounidenses

"Gerhard Schröder se pronuncia: «Por qué la guerra se alarga indefinidamente. Es el mayor escándalo de nuestro tiempo: mientras diariamente mueren personas en Ucrania, ciudades yacen en ruinas y los precios de la energía en Europa se disparan por las nubes, la paz se impide de manera sistemática. No por casualidad, no por malentendidos, sino por sabotaje intencional a puerta cerrada.»

El ex canciller Gerhard Schröder revela en una entrevista con Roger Köppel para Die Weltwoche cómo se sabotearon intencionalmente oportunidades históricas para poner fin a la guerra entre Rusia y Ucrania.

Las delegaciones rusa y ucraniana se reunieron en Estambul. Un acuerdo parecía estar al alcance de la mano: neutralidad para Ucrania, garantías de seguridad y una solución para el conflicto del Donbás. Pero entonces llegó la infame visita del primer ministro británico Boris Johnson a Kiev. Según Schröder y otras fuentes, Johnson transmitió un mensaje claro de Occidente: «Seguid luchando, estamos detrás de vosotros —con armas, dinero y apoyo político.»

¿Un acuerdo de paz? Fuera de la mesa

La escalada fue intencional. Gerhard Schröder, que conoce a Putin personalmente desde hace años y fue uno de los últimos estadistas occidentales que practicó una diplomacia genuina, habla de un «sistema para prolongar la guerra». «No se trata de libertad o democracia», continúa diciendo. «Se trata de poder geopolítico, de debilitar a Rusia a cualquier precio y de miles de millones en ganancias militares. Quien hable de un alto el fuego es tachado de apologista de Putin. Esto ya no es democracia, es una dictadura de la opinión pública.»

La evidencia que Schröder y el periodismo de investigación han recopilado es demoledora. Memorandos internos del Departamento de Estado de EEUU, filtrados por denunciantes, muestran que ya en marzo de 2022 hubo instrucciones claras para no apoyar negociaciones que pudieran «recompensar» a Rusia. Schröder lo llama «desarme moral»: Alemania, que una vez fue la fuerza impulsora detrás de la Ostpolitik, se convirtió en vasallo de los intereses estadounidenses. Especialmente explosivo es el papel de la ampliación de la OTAN. Schröder señala que las advertencias de Moscú ya fueron ignoradas en la cumbre de Bucarest en 2008. Putin consideró la adhesión de Georgia y Ucrania como una amenaza existencial. En lugar de buscar compromisos, las provocaciones continuaron: maniobras militares en la frontera rusa, entregas de armas y la formación de tropas ucranianas por unidades especiales occidentales.

«Eso ya no era una alianza defensiva», dijo Schröder, «era un proyecto expansionista agresivo.» Tras bambalinas, florecía una red de think tanks, lobbies de armas y halcones neconservadores. Nombres como el de Victoria Nuland, que jugó un papel central en el golpe en la plaza del Maidán en 2014, resurgen. Miles de millones de dólares en ayuda estadounidense no solo fluyeron a Ucrania, sino también de vuelta a los bolsillos de empresas estadounidenses. Raytheon, Lockheed Martin y otros gigantes armamentísticos registraron ganancias récord. Mientras tanto, las familias alemanas pasan frío porque los gasoductos Nord Stream —un proyecto en cuyas negociaciones Schröder participó decisivamente— fueron volados por los aires. Hasta hoy no ha habido una investigación real.

Schröder va aún más lejos. Informa de reuniones secretas en las que altos representantes occidentales admitieron abiertamente que una victoria rápida para Ucrania era irrealista. Sin embargo, se mantuvo la narrativa de «luchar hasta el último ucraniano». Decenas de miles de jóvenes murieron en ofensivas sin sentido como la de Járkiv o en el Donbás. Civiles en Donetsk y Lugansk, que desde 2014 están bajo bombardeo, fueron sistemáticamente ignorados en los medios occidentales. «Esto no es sesgo, es propaganda», dice Schröder con amargura. "

(Gerhard Schröder, Jaque al Neoliberalismo, 23/10/26)

Capitalismo gánster y la guerra contra la juventud... La guerra del neoliberalismo contra la juventud revela la crueldad de un sistema que destruye las instituciones que los jóvenes necesitan para construir vidas significativas mientras los castiga por resistir su abandono... a diferencia de los estudiantes de Mayo del 68, que exigían lo imposible, hoy están pidiendo lo mínimo: una educación que les permita aprender... una educación que les permita cuestionar la autoridad, exponer la violencia del poder capitalista y reconocer su capacidad para intervenir en la historia... la crisis que enfrentan los estudiantes franceses refleja un miedo creciente a que el neoliberalismo les haya robado la seguridad económica, la agencia política y la posibilidad de un futuro significativo... exigen "dinero para las escuelas, no para la guerra". Su mensaje va al corazón del capitalismo gánster: el Estado encuentra recursos enormes para el militarismo mientras no puede permitirse los profesores y las las aulas necesarias para sostener el futuro de una generación... A medida que el Estado social da paso al Estado punitivo, a los jóvenes de clase trabajadora, se les niegan los recursos necesarios para ejercer un control significativo sobre sus vidas... Lo que está sucediendo en Francia, Italia, Albania e India revela un patrón internacional perturbador, los gobiernos tratan cada vez más a los jóvenes como enemigos del Estado... el levantamiento estudiantil ha sido tratado como un disturbio urbano en parte porque surgió de barrios desfavorecidos, como un proceso de "adultificación", en el que los estudiantes pobres y de minorías son despojados de las protecciones que ordinariamente se extienden a los niños y retratados en cambio como delincuentes peligrosos que deben ser disciplinados y controlados (Henry Giroux)

 

Los grandes cambios sociales provienen de la llamada “periferia” social. El origen de los dos levantamientos sociales en Francia se encuentra en las provincias alejadas de las metrópolis -chalecos amarillos- o en los barrios periféricos de las grandes ciudades -los estudiantes de secundaria-... Las dos oleadas de izquierda a inicios del siglo XXI emergieron desde la periferia geográfica latinoamericana... En general, los promotores iniciales del cambio social han de provenir inicialmente de las poblaciones dejadas de lado por la concentración de la riqueza y el poder; en unos casos, de los obreros más oprimidos, en otros, de las grandes poblaciones campesinas marginalizadas, de las jóvenes generaciones sin futuro, o de los pobladores más agraviados... El malestar estadounidense contra el globalismo de libre mercado se incubó inicialmente en las dispersas áreas rurales, entre las clases medias y populares del antiguo “cinturón del óxido”, hoy desindustrializadas y abandonadas... La periferia designa algo más profundo y estructural en el orden capitalista. Puede ser de la ciudad respecto al mundo agrario de un país; de la empresa mercantil respecto a la comunidad agraria; del centro urbano respecto a los barrios periféricos; de la identidad de clase emergente con la mercantilización de la vida, respecto a la identidad nacional... En la periferia se agolpan los agraviados de siempre, los discriminados toda la vida por su desposesión material, por su color de piel o por su lugar de nacimiento, los despreciados y olvidados por cada “ajuste” del gasto público, o por cada “flexibilización laboral” con las que las clases adineradas buscan revertir la caída de sus ganancias (Álvaro García Linera)

"Los grandes cambios sociales suelen surgir en las periferias geográficas y sociales, donde se concentran las contradicciones del capitalismo y los sectores excluidos. Marx identificó en los trabajadores y los territorios marginalizados un potencial revolucionario capaz de cuestionar el orden dominante. Sin embargo, la marginalidad por sí sola no transforma la sociedad: la fuerza subversiva reside en las luchas que superan la fragmentación, construyen una nueva universalidad y conquistan el centro del poder. Esta dinámica reproduce la tensión entre centro y periferia, cuya posible superación sigue abierta.      

Cuando nos fijamos en el origen de los grandes cambios sociales que conmocionan la historia, estos provienen, la mayor parte de las veces, de la llamada “periferia” social. Las dos oleadas de izquierda y del progresismo mundial a inicios del siglo XXI emergieron desde la periferia geográfica latinoamericana del orden mundial. El origen de los dos levantamientos sociales en Francia en 2018 y 2026, se encuentra en las provincias alejadas de las metrópolis -chalecos amarillos- o en los barrios periféricos de las grandes ciudades -los estudiantes de secundaria-. En general, los promotores iniciales del cambio social han de provenir inicialmente de las poblaciones dejadas de lado por la concentración de la riqueza y el poder; en unos casos, de los obreros más oprimidos, en otros, de las grandes poblaciones campesinas marginalizadas, de las jóvenes generaciones sin futuro, o de los pobladores más agraviados.

El malestar estadounidense contra el globalismo de libre mercado se incubó inicialmente en las dispersas áreas rurales, entre las clases medias y populares del antiguo “cinturón del óxido”, hoy desindustrializadas y abandonadas por la deslocalización productiva de los tratados de libre comercio. Incluso el declive sistémico del globalismo liberal que ahora agobia a todas las sociedades “avanzadas” de Occidente, tuvo su origen en la extraordinaria industrialización de las periféricas excolonias asiáticas -China, Vietnam, India, Singapur, Taiwán…- que en tres décadas han alcanzado a concentrar el 50% del producto interno bruto (PIB) mundial.

Si bien la eficacia de estas transformaciones sociales ha de ponerse a prueba en la capacidad que tienen estos actores para luego irradiarse y anclarse en los grandes “centros” del orden social, político o global, estos movimientos tienden a emerger preferentemente en las periferias, allí donde el poder global, nacional o estatal es más frágil, mas ambiguo, lo que permite que los proyectos contestatarios pueden incubarse con mayor facilidad.

Es como si el “centro” económico del mundo, el “centro” político de un país o el “centro” social de una nación fueran el lugar de las grandes fuerzas que impulsan e irradian un determinado orden económico global, los que definen las grandes decisiones políticas y que dirigen los sentidos comunes dominantes, por el contrario, las fuerzas que pueden revolucionar o trastocar ese orden prevaleciente, tienen que emerger desde los “márgenes”, desde las “periferias” sociales o territoriales. El “centro” es el lugar de la vitalidad expansiva de un régimen; la “periferia” es el límite de ese orden, el escenario privilegiado de sus contradicciones explosivas.

Marx es el primer crítico de la modernidad capitalista que hizo de esta lógica centro/periferia un método de conocimiento y de transformación social. Si bien tomó a Inglaterra como el “hogar clásico” del capitalismo mundial para comprender las cualidades internas que, como orden económico mundial posee, para generar ingentes riquezas materiales, el punto de quiebre donde anidan sus límites, es el trabador, esto es, aquel ser excluido de la propiedad de esos centros que inundan el mundo de mercancías. Es el trabajador el sujeto “humillado, el sojuzgado y abandonado” de la sociedad (Marx, Manuscritos económicos filosóficos, 1844); es el ser convertido en un mero “accesorio” disperso de una monstruosa maquinaria de producción de bienes (Marx, Grundrisse, 1858). El capitalismo estructuralmente tiene sus centros geográficos de impetuoso dinamismo mercantil, pero su “periferia” transversal a todas las geografías posibles, y su potencial sepulturero, es el trabajador excluido de su disfrute (Marx, Manifiesto, 1848).

Esta metodología de comprensión critica de la organización económica del mundo, también guió la manera de entender los procesos revolucionarios como eslabonamientos periféricos sucesivos. Es el caso de la primacía de la emancipación irlandesa como paso previo necesario para la revolución en Inglaterra (Marx, Comunicación confidencial, 1870). O respecto a la comuna rural como punto de partida de la “regeneración social de Rusia” y esta, a su vez, como señal de inicio de la revolución en Europa (Marx, 1882). Esta lógica de antagonismo global la resumió de la siguiente manera: “Es natural que en las extremidades del cuerpo burgués se produzcan estallidos violentos antes que en el corazón, pues aquí la posibilidad de compensación es mayor que allí” (Marx, 1850).

La periferia no es, pues, solamente la denominación del campo respecto a las ciudades. Designa algo más profundo y estructural del orden capitalista: es la metáfora de la diferencia relacional entre el “corazón” del orden moderno y el resto del cuerpo, de sus “extremidades”. Puede ser de la ciudad respecto al mundo agrario de un país; de las sociedades capitalistamente más desarrolladas respecto a aquellas que presentan la coexistencia de otros modos de producción; de la empresa mercantil respecto a la comunidad agraria; del centro urbano respecto a los barrios periféricos de una gran ciudad; del obrero concentrado en el centro laboral respecto al inmenso mar de obreros desterritorializados; de la identidad de clase emergente con la mercantilización de la vida, respecto a la identidad nacional que arrastra sedimentos societales que van más allá del capitalismo histórico, etc. Además, la periferia es relacional. Lo que hoy es el centro, con el tiempo puede devenir en periferia, como Europa respecto a la economía de las costas del océano Pacífico, o el proletariado de la gran empresa, luego devenido en obrero nómada precarizado, etc.

En las periferias siempre están las mayorías de una sociedad. Están los sectores que aún no han sido subsumidos realmente en la lógica del orden social predominante, así como también aquellos que, habiendo sido subsumidos anteriormente, ahora han sido marginalizados o ya no están integrados en las “inclusiones” sociales que garantizan su complacencia negociada.

Se trata de un potente y mayoritario mundo del trabajo que se agrupa por territorio o parentesco; que se asocia públicamente por lugar de residencia, porque por el lugar de trabajo puede ser implacablemente despedido. Aquí también está aquella fuerza de trabajo cuya fuente de motivación moral no se expresa en la narrativa del salario, aunque le afecte objetivamente, sino que lo hace en términos de la dignidad colectiva escamoteada o de la identidad nacional negada.

En la periferia se agolpan los agraviados de siempre, los discriminados toda la vida por su desposesión material, por su color de piel o por su lugar de nacimiento, los despreciados y olvidados por cada “ajuste” del gasto público, o por cada “flexibilización laboral” con las que las clases adineradas buscan revertir la caída de sus ganancias. Las ofensas recibidas por esta multitud abigarrada son tan antiguas como el colonialismo y tan nuevas como los últimos adelantos tecnológicos de la inteligencia artificial (IA); y sus formas de asociatividad anclan raíces en la comunidad de parentesco, el territorio, los juegos compartidos, el sindicato de función o el desarraigo individualizado.

Y es allí donde, por lo general, se gestan las revoluciones en cualquier lugar del mundo. Antes, hoy y mañana. Es en esa “periferia” francesa del siglo XIX, respecto al “centro” personificado por Inglaterra, donde aconteció la Comuna de París de 1871. Y son sus pobladores laboriosos de los periféricos centros artesanales y barriales de París, los que protagonizaron la primera revolución social del mundo. Luego, en Rusia, la periferia de la Europa industrial, protagonizó la revolución soviética. México a inicios del siglo XX, China, a mediados de siglo o Vietnam -todas zonas periféricas del capitalismo mundial- protagonizaron las revoluciones nacionales más impactantes del siglo. La propia revolución popular boliviana de 1952 contó como protagonistas a los obreros de los alejados centros mineros que, después de la insurrección victoriosa, se convirtieron en el centro de la política boliviana durante 30 años. Aunque, claro está, en las sublevaciones que siempre se inician en algún lugar de las periferias, al final, su victoria se decidirá solo si logran irradiarse exitosamente al “centro”.
Es como si las “periferias” barriales de la ciudad capital, o de unas regiones respecto a la metrópoli, o de unos países circundantes respecto a los centrales, o de unas clases sociales marginalizadas respecto a otras reconocidas, fueran el escenario recurrente de las grandes detonaciones sociales capaces de poner en jaque al orden social dominante, pero cuyo desenlace ya no depende de ellas, sino de lo que puede acontecer en el propio “centro”.

La periferia es el lugar de las realidades sociales anfibias, de las identidades ambiguas, de las representaciones compuestas, de los tiempos históricos sobrepuestos, de la subsunción real trunca de la sociedad al capital. Es el lugar del orden económico mundial y nacional desgarrado, de los barroquismos sociales atravesados de contradicciones explosivas y de la incertidumbre creativa. Es, por esencia, el espacio privilegiado de la inestabilidad política, económica y emocional. Algunas corrientes “posmodernistas” y anarquistas que se refugiaron en la reivindicación de lo local entendieron el valor de las zonas fronterizas y ambiguas de la realidad social, pero lo han hecho de manera contemplativa y laudatoria de algo que es, por definición, subalterno, fragmentado, subordinado.

La apología pasiva de los espacios fronterizos de la micropolítica siempre ha dado como resultado final la complicidad con las estructuras de dominación social y la castración de la disputa por nuevos universales que involucren a todos. La fuerza histórica de la periferia no es su situación actual -que, en su subalternidad, es absolutamente funcional a los poderes establecidos-, sino sus luchas por remontar la fragmentación, sus esfuerzos por emanciparse y construir una nueva universalidad, un nuevo común que abarque a todos; es decir, su voluntad práctica por dejar la marginalidad y devenir en centralidad.

La fuerza transformadora de las periferias geográficas, sociales o políticas no es, pues, su cualidad estática de marginalidad sino su ambición impetuosa de centralidad, su esfuerzo de irradiación desmarginalizadora que pugna por abandonar precisamente la marginalidad dirigiéndose al “centro” y convirtiéndose ella misma en “centro”. Ahí radica su cualidad subversiva. 

Por ello no cualquier “periferia” es el punto de arranque de la comprensión del presente ni de su transformación revolucionaria.  Sino aquellas “periferias” cualificadas por sus propias luchas por dejar de ser “periferias”. Solo estas brindan el lente de la comprensión crítica del presente y, en algún momento, son las que pueden detonar más fácilmente las transformaciones revolucionarias del propio orden social dominante.

Ahora, todo esto conduce necesariamente a una paradoja. Si la “periferia”, connotada de conocimiento y revuelta, está impulsada a devenir en “centro”, este nuevo “centro” dará lugar a nuevas “periferias”, y así indefinidamente. Quizá esa sea la única manera en que la historia avanza. O tal vez, esto finalizará cuando la “periferia” que se hace “centro” sea mayoritaria, anulando finalmente la diferencia entre el “centro” y la “periferia”.  Solo la práctica lo podrá dirimir."

(Álvaro García Linera  Antagon, 25/10/26)

En última instancia, la contienda se libró entre Lula da Silva y Donald Trump. Si Lula ganaba, prevalecería la democracia, junto con el movimiento a favor de un mundo multipolar basado en una nueva versión de la coexistencia pacífica. Si Trump —en la figura de un fascista propio de una república bananera— hubiera ganado, habría triunfado el movimiento protofascista y reaccionario mundial, junto con la recolonización del mundo al servicio de un imperio decadente... la izquierda se movilizó y se unió como no lo había hecho en mucho tiempo; la movilización trascendió las lealtades y tácticas partidistas para convertirse en una avalancha de actos espontáneos de proporciones históricas... la extrema derecha respaldada por las plataformas de las grandes empresas tecnológicas fue incapaz de manipular la opinión pública, y tuvo que enfrentarse a un sorprendente dominio técnico de las redes sociales puesto al servicio de la democracia... Los votantes del centro político se sintieron alarmados por las siniestras colusiones entre el candidato de extrema derecha y los bajos fondos del crimen organizado... más allá de todos estos factores, es justo destacar que esta victoria lleva el sello personal de un gigante político... nunca antes un político había sido capaz, en tan poco tiempo, de convencer a más de 10 millones de nuevos votantes para que cambiaran sus intenciones de voto a su favor... Han resultado derrotados el capital financiero y los especuladores de los mercados de futuros, Meta y Mark Zuckerberg, pero por encima de todo, han sido derrotados Donald Trump y su camarilla... Una muestra de la podredumbre que impera en el corazón del actual sistema político brasileño es el hecho de que toda una familia de figuras de extrema derecha, encabezada por un expresidente que actualmente se encuentra encarcelado, haya logrado que nada menos que cinco de sus miembros resulten elegidos para cargos políticos (Boaventura de Sousa Santos)

"El mundo democrático siguió de cerca y con inquietud el proceso electoral brasileño. El auge de la extrema derecha, la injerencia imperialista en la política interna de países que no se alinean plenamente con los intereses de EE. UU., la manipulación masiva de la opinión pública por parte de las grandes corporaciones que controlan las plataformas mediáticas y la transformación del evangelismo neopentecostal en un equivalente religioso de la CIA, la USAID, el Mossad y el MI6: todas ellas son tendencias globales y, por lo tanto, cualquier cosa que ocurriera en Brasil tendría repercusiones en todo el mundo. Las repercusiones serían igual de fuertes en un mundo en el que la democracia liberal —aunque solo sea de forma limitada— aún existe y las relaciones con EE. UU. e Israel son complejas, como lo serían en un mundo en el que, independientemente de su régimen político, los países se sientan más alineados con China, Rusia o Irán.

En última instancia, la contienda se libró entre Lula da Silva y Donald Trump. Si Lula ganaba, prevalecería la democracia, junto con el movimiento a favor de un mundo multipolar basado en una nueva versión de la coexistencia pacífica. Si Trump —en la figura de un fascista propio de una república bananera— hubiera ganado, habría triunfado el movimiento protofascista y reaccionario mundial, junto con la recolonización del mundo al servicio de un imperio decadente, y el complejo militar-industrial-digital-financiero movilizado para una nueva guerra que convertiría la muerte de millones de personas inocentes en la solución a su crisis de rentabilidad.

El interés mundial fue aún mayor porque las elecciones se celebraron en dos vueltas. Aunque la campaña de Lula da Silva había cometido algunos errores en la primera vuelta —quizá porque estaba convencida de la victoria—, resultó ejemplar en la segunda. Llevó a las masas democráticas a las calles en masa —con los jóvenes a la cabeza—, aprendió de la derrota de Iván Cepeda en Colombia haciendo un uso innovador de las redes sociales y, sobre todo, presentó a un candidato absolutamente extraordinario: un hombre de ochenta años con aire juvenil que corría, saltaba, bailaba y brillaba en las redes sociales, en los mítines y en los debates. Se trataba de un candidato cuya energía política se había forjado durante la dictadura, acostumbrado a numerosas luchas difíciles y convencido de que esta no solo era su última batalla política, sino también la última lucha democrática de Brasil al borde de una nueva y prolongada oscuridad fascista. Desde 1985 (el movimiento para poner fin a la dictadura y restaurar la democracia) no se había visto a tanta gente salir a la calle con tanto entusiasmo en defensa de una causa.

 

A ello contribuyó el horror que suscitaba el recuerdo del gobierno grotescamente arrogante e incompetente de Jair Bolsonaro.

Lula da Silva ganó; la democracia ganó; el pueblo brasileño ganó. Las principales razones de la victoria son las siguientes: la izquierda se movilizó y se unió como no lo había hecho en mucho tiempo; la movilización trascendió las lealtades y tácticas partidistas para convertirse en una avalancha de actos espontáneos de proporciones históricas, marcados por el entusiasmo democrático y la alegría participativa.

Contrariamente a lo que había venido ocurriendo en el continente y en todo el mundo, la extrema derecha laica y religiosa —respaldada por las plataformas de las grandes empresas tecnológicas— fue incapaz de manipular la opinión pública y difundir desinformación con la misma libertad que antes, y tuvo que enfrentarse a un sorprendente dominio técnico de las redes sociales puesto al servicio de la democracia, la verdad y la lucha contra el fascismo.

Los votantes del centro político se sintieron alarmados por la red de ilegalidades y las siniestras colusiones entre el candidato de extrema derecha y los bajos fondos del crimen organizado y la corrupción de alto nivel.

Un número significativo de votantes, independientemente de su inclinación política, recordaba vívidamente el desastre humanitario y la erosión de la convivencia democrática durante el mal gobierno de Jair Bolsonaro y se sentía horrorizado ante el riesgo de volver a ese estilo de gobernanza.

Pero más allá de todos estos factores, es justo destacar que esta victoria lleva el sello personal de un gigante político: alguien que sintió más profundamente que nadie que el país se sumiría en el caos si el clan Bolsonaro y sus aliados llegaran a la presidencia. La energía con la que se levantaba cada día era la energía de alguien que había experimentado en carne propia el hambre, la violencia del trabajo sin derechos y la represión policial; era la energía de todo un pueblo decidido a no volver al infierno de una agenda política dedicada a destruirlo todo y a no construir nada que se tradujera en un mayor bienestar para la población.

Nunca antes un político que quedara en segundo lugar en la primera vuelta había ganado las elecciones; nunca antes un político había sido capaz, en tan poco tiempo, de convencer a más de 10 millones de nuevos votantes para que cambiaran sus intenciones de voto a su favor. Lula da Silva ocupa un lugar único en la historia de la democracia mundial de los últimos cincuenta años. Es la encarnación viva del accidentado camino de la democracia en un mundo cada vez más dominado por el odio, la codicia y la política de la muerte. Es el símbolo de las luchas, los riesgos, las derrotas y las victorias. Lula da Silva ha devuelto a los brasileños y al mundo democrático un nuevo equilibrio entre el miedo y la esperanza.

Los mayores perdedores son las élites, para quienes la democracia siempre ha sido considerada un ataque a sus privilegios. Han resultado derrotados el capital financiero y los especuladores de los mercados de futuros o predictivos (Polymarket y Kalshi) que, a pesar de haber sido prohibidos, multiplicaron sus apuestas partiendo de la hipótesis de una victoria aplastante de Bolsonaro. Han resultado derrotados Meta y Mark Zuckerberg, así como todos sus planes para usurpar la democracia y el bienestar a cambio de fabulosos beneficios, suntuosos búnkeres en Hawái y baratijas de este mundo o del más allá distribuidas entre las personas que utilizan sus redes. Por encima de todo, han sido derrotados Donald Trump y su camarilla de «gauleiters» en la Casa Blanca —y dispersos por todo el mundo—. Estaban decididos a destruir todo lo que consideraban una amenaza para la continuidad de su poder, especialmente el surgimiento de un mundo multipolar liderado por grandes países para los que la soberanía independiente ha vuelto a adquirir un carácter defensivo y nacionalista.

Con la derrota de Trump y la extrema derecha, los demócratas estadounidenses podrían recuperar cierta esperanza de cara a las próximas elecciones de mitad de legislatura. La extrema derecha europea está perdiendo la arrogancia que había venido mostrando, y la Unión Europea —controlada por el complejo militar-industrial-financiero-digital— tendrá que replantearse su política temeraria de arrastrar a Europa a una guerra de la que nadie quiere defender a los europeos frente a una amenaza que nadie ve. La imposición de la austeridad al servicio de los intereses de la élite financiera dedicada al comercio de armas se verá cada vez más cuestionada, y Emmanuel Macron tendrá que volver a donde vino —como empleado de la familia Rothschild—, al igual que Friedrich Merz tendrá que volver a su puesto en BlackRock, la mayor gestora de activos.

Los primeros pasos

Los brasileños tienen derecho a descansar y celebrar hoy y mañana, porque pasado mañana deberán movilizarse de nuevo para llenar las calles ante el más mínimo indicio de que la victoria pueda ser revocada. Que no quepa duda: la extrema derecha intentará sembrar el caos, y no debemos esperar que el próximo período se caracterice por el «funcionamiento normal de las instituciones». Las calles seguirán sirviendo de escudo democrático contra cualquier intento de desestabilización. De aquí a la toma de posesión del nuevo Gobierno pueden suceder muchas cosas.

Una muestra de la podredumbre que impera en el corazón del actual sistema político brasileño es el hecho de que toda una familia de figuras de extrema derecha —encabezada por un expresidente que actualmente se encuentra encarcelado por cinco delitos (dirigir una organización criminal; intentar abolir violentamente el Estado de derecho democrático; un golpe de Estado; daños a la propiedad federal; y deterioro de un lugar histórico protegido) —y condenada a 27 años y 3 meses de prisión— haya logrado que nada menos que cinco de sus miembros resulten elegidos para cargos políticos: su esposa y dos de sus hijos, que son senadores; su tercer hijo, diputado federal; su hermano, diputado federal; y su exesposa, quien, aunque no resultó elegida, obtuvo 65 496 votos. Se trata de un clan afianzado en un parlamento dominado por el partido al que él pertenece

Los siguientes pasos

La izquierda tendrá que emprender una profunda reflexión, no solo sobre los numerosos errores que ha cometido en el pasado, sino también sobre las exigencias de esta nueva era. La otra cara de esta figura carismática, Lula da Silva, es la dificultad de reconstruir liderazgos políticos sólidos que sean tan eficaces como él —teniendo siempre presente que un líder carismático es insustituible—. No será fácil gobernar en esta nueva era, ya que el Congreso es ahora una caricatura aún más grotesca de la diversidad social y política del pueblo brasileño. Pero al menos se puede salvaguardar la independencia del Tribunal Supremo Federal (STF), lo cual no es poca cosa.

Las luchas por los derechos y la mejora de las condiciones de vida conducirán a una inmensa frustración si se limitan a los espacios abiertos dentro de las instituciones. La lucha democrática se desarrollará predominantemente fuera de las instituciones: en las calles, en los sindicatos, en los movimientos sociales y en las organizaciones de la sociedad civil. La lucha democrática será, en un primer momento, necesariamente defensiva; es decir, una lucha por recuperar los derechos ya conquistados. Pero, a su debido tiempo, tendrá que pasar a la ofensiva para garantizar las reformas políticas y sociales que impidan el regreso de la extrema derecha al poder.

La tercera etapa: cinco principios rectores

Esta visión a medio y largo plazo no es exclusiva de Brasil. Pertenece a todo el mundo democrático.

1. En la actualidad, la extrema derecha utiliza la democracia para llegar al poder, pero, una vez en él, ni la ejerce ni la cede democráticamente. Por lo tanto, las elecciones nunca pueden ser el único medio utilizado para destituir a la extrema derecha del poder.

2. El colonialismo no desapareció con la independencia. Le siguió el colonialismo interno, y son precisamente las élites generadas por ese sistema las que ahora reclaman una mayor intervención del imperialismo estadounidense para mantener su poder. El colonialismo interno siempre ha estado entrelazado con el imperialismo. Por eso la extrema derecha —que en otros contextos ha sido nacionalista— se muestra ahora sumisa en la América Latina actual para adaptarse al proceso de recolonización en curso por parte de EE. UU. El caso de Venezuela es trágicamente paradigmático. Argentina y Colombia seguirán el mismo camino si no hay resistencia popular. Al igual que en el colonialismo histórico, la lealtad nunca se garantiza únicamente por medios pacíficos. Siempre requiere la posibilidad de una intervención militar. De ahí el «Escudo de las Américas», una alianza de protección militar creada por EE. UU. con la colaboración servil de gobiernos latinoamericanos que están cayendo gradualmente bajo su control. La victoria de la democracia en Brasil representa un golpe que podría resultar fatal para el «Escudo de las Américas».

3. La estrategia seguida por los BRICS para fomentar la multipolaridad y el multilateralismo está cobrando un nuevo impulso. Para mantener una fuerte presencia en América Latina, tendrá que reforzar aún más las relaciones con los países mejor posicionados para resistir la unipolaridad estadounidense: China, Rusia e Irán.

4. No solo América Latina, sino también África y Europa están siendo invadidas por un nuevo movimiento reaccionario altamente ideológico —el evangelismo neopentecostal— cuya característica definitoria es el respaldo religioso a las políticas de extrema derecha y a las formas más radicales de neoliberalismo. Según esta visión, dado que en este mundo no existe solución para la crisis permanente ni responsabilidad social alguna por las crisis individuales más allá de la atribuible a la propia persona en crisis, no hay remedio para una vida dañada salvo en la vida de después de la muerte. Para garantizar la salvación, es necesario actuar, en este mundo, en estricta conformidad con la filosofía existencial del neoliberalismo. La teología de la prosperidad es la expresión más clara del conformismo religioso: «Dado que usted es divino y uno con Dios, el mero hecho de pensar que es uno con Dios implica que no puede ser pobre, pues Dios no puede ser pobre […] Puesto que la pobreza es, desde el principio, una creencia errónea, cambie esa creencia y la pobreza se curará. La fe nos hace prósperos».

Sentimientos como el amor, la caridad, la compasión, la solidaridad y el cuidado deben limitarse a la propia iglesia. Fuera de ella, el odio, la alienación, la indiferencia, el individualismo y la violencia son la norma.

El pensamiento reaccionario neopentecostal crea en la mente de los creyentes dos realidades paralelas e incomparables: la realidad del sufrimiento que se experimenta en este mundo y la realidad de la prosperidad de la salvación en el más allá; aquellos que son prósperos en este mundo son los bienaventurados que presagian la prosperidad de la que disfrutarán todos los creyentes en el más allá. La existencia de estas dos realidades paralelas hace que la deliberación democrática carezca de sentido para los creyentes. Su voto no se refiere a este mundo efímero, sino al mundo inmortal de la salvación.

La creación de dos realidades paralelas se ha visto impulsada por las redes sociales, cuyo modus operandi consiste precisamente en crear un mundo digital independiente del mundo de la vida vivida en la carne.

5. El capitalismo es hoy, más que nunca, incompatible con la naturaleza y con la democracia. La democracia en el futuro no será posible a menos que incluya la democratización de la relación entre los seres humanos y la naturaleza —la Madre Tierra, como la llaman los pueblos indígenas—. La recolonización de América Latina tiene como objetivo llevar al extremo, y en el mismo proceso, las dos incompatibilidades del capitalismo (con la democracia y con la naturaleza).

Partiendo de estas cinco ideas, propongo dos reflexiones para el debate entre los demócratas de Brasil y de todo el mundo —en las familias, en los bares, en los lugares de trabajo, en las escuelas, en las universidades, en las iglesias, en los partidos políticos, en las plazas públicas y en las fiestas—. Preferiblemente, sin teléfonos móviles, para evitar el robo de datos que permitiría a los algoritmos discernir nuestras aspiraciones y neutralizarlas, ya sea eliminándolas o trivializándolas.

La naturaleza no nos pertenece: nosotros pertenecemos a la naturaleza

La filosofía cartesiana constituye el fundamento de la modernidad occidental. Según Descartes, existe una separación absoluta y una jerarquía entre la humanidad y la naturaleza, así como entre la mente y el cuerpo. La naturaleza está sometida a una exclusión abismal de la sociedad, y lo mismo se aplica lógicamente a todos los grupos sociales considerados más cercanos a la naturaleza. Las mujeres, los pueblos indígenas y las personas de ascendencia africana (la mayoría de la población brasileña) han sido objeto de esta exclusión. Todos los principales mecanismos de exclusión y discriminación existentes en las sociedades modernas —ya sean por motivos de clase, raza o género— se basan, en última instancia, en el dualismo radical entre sociedad/humanidad y naturaleza, entre mente y cuerpo. Las formas en que la sociedad moderna aborda la inferioridad siguen el modelo de cómo trata a la naturaleza. Si la exclusión abismal significa dominación a través de la apropiación y la violencia, entonces la naturaleza —incluidas la tierra, los ríos y los bosques, así como las personas y las formas de ser y de vivir a las que se les ha negado su humanidad precisamente por formar parte de la naturaleza— ha sido el objetivo principal de esta dominación en la modernidad occidental desde el siglo XVI.

Esta concepción fue cuestionada radicalmente por otro filósofo europeo, Baruch Spinoza, y lo más importante es que la concepción de Spinoza es totalmente coherente con la de los pueblos indígenas de América y Oceanía. Para Spinoza, es necesario un método diferente al de Descartes. El método de Descartes se basa en el dualismo entre mente y cuerpo, entre pensamientos y cosas, y entre los seres humanos y la naturaleza. Pero si Dios es el creador del universo, Él y Su creación son uno. Dios no es trascendente porque es la totalidad de su creación, de la que formamos parte. Si bien no podemos comprender su voluntad, sí podemos entender la naturaleza de todas las cosas que existen, basándonos en las leyes que Dios ha incorporado en ellos.

La mente y el cuerpo, la humanidad y la naturaleza, son uno: la naturaleza es una unidad. Las cosas —las partes u objetos discretos de Descartes, desconectados e impenetrables— son falsas abstracciones. Al igual que las ideas, las cosas solo existen a través de su asociación con otras cosas o ideas. El cuerpo humano forma parte de la naturaleza tanto como la mente humana, y la extensión y el pensamiento son ambos atributos distintos de la misma totalidad. Las diferencias son superficiales y no esenciales, ya que todo existe en relación con todo lo demás.

Ahora bien, el principio de inmanencia es precisamente el punto en el que la concepción de Spinoza se cruza con la concepción de la naturaleza que tienen los pueblos indígenas. Estos ven la naturaleza como la Pachamama, o Madre Tierra, y afirman que la naturaleza no nos pertenece; más bien, nosotros pertenecemos a la naturaleza. Si la tierra es nuestra madre, debemos cuidarla para que ella pueda cuidar de nosotros. Esta pertenencia radical contradice cualquier idea de dualismo entre los seres humanos y la naturaleza. La entidad divina, independientemente de cómo se conciba, es una entidad de este mundo y puede manifestarse en un río, una montaña o un territorio concreto. Lo divino es la dimensión espiritual de lo material, y ambos pertenecen al mismo mundo inmanente. Como afirma Davi Kopenawa, un chamán yanomami:

Lo que [los blancos] llaman «naturaleza» es, en nuestra lengua ancestral, el Urihi, la tierra del bosque, y también su imagen —visible solo para los chamanes— a la que llamamos Urihinari, el espíritu del bosque […] Por eso, para nosotros, los espíritus xapiri son los verdaderos dueños de la naturaleza, no los humanos […] Los blancos encuentran hermosa la naturaleza que ven, sin saber por qué. Nosotros, por el contrario, sabemos que la verdadera naturaleza es tanto el bosque como la multitud de xapiri que lo habitan.

Encontramos un eco del argumento de Kopenawa en las declaraciones públicas de un gran número de líderes e intelectuales indígenas que, cada vez más, hacen oír su voz, expresando sus propios puntos de vista y contrastándolos con «lo que los blancos llaman naturaleza». En Brasil, Ailton Krenak ha destacado entre ellos.

Los pueblos indígenas —los más marginados por la modernidad capitalista y colonialista— nos están mostrando el camino a seguir. No importa si son muchos o pocos. Si son pocos, es porque fueron exterminados por los colonialistas y sus descendientes. Su importancia no es cuantitativa, sino cualitativa. Debemos integrar sus perspectivas en los debates futuros, pues son las que mejor revelan la contradicción entre el capitalismo y la naturaleza y nos ofrecen alternativas.

Hacia la demodiversidad

A corto y medio plazo, debemos iniciar el debate más amplio posible sobre la naturaleza del poder político y los sistemas políticos, con el fin de incorporar los cambios civilizatorios a la agenda política.

En el período en el que estamos entrando, las clases trabajadoras se encuentran en una situación paradójica y, en cierta medida, llena de dilemas: no pueden prescindir ni de la democracia liberal (allí donde existe) ni del Estado moderno, pero ninguno de los dos, tal y como se presentan actualmente, resulta adecuado para abordar los retos que se avecinan. La democracia liberal se ha deteriorado drásticamente, hasta el punto de convertirse en un régimen híbrido en el que los elementos democráticos se mezclan con otros antidemocráticos y de tendencia fascista —estos últimos en constante auge—. Cada vez resulta más fácil vigilar a los ciudadanos que protegerlos.

En las próximas décadas, las clases trabajadoras tendrán que aprovechar al máximo las instituciones disponibles —a saber, los derechos humanos, los derechos sociales y económicos, la democracia y el Estado-nación— al tiempo que luchan por la refundación democrática de la política y del Estado. Las sociedades en general están abocadas a entrar en un período de gran agitación social y de relaciones tensas entre las luchas institucionales y extrainstitucionales, entre los partidos políticos y las protestas callejeras, entre los medios de comunicación convencionales y las redes sociales y las formas de comunicación comunitarias, entre las iniciativas legales e ilegales, y entre las respuestas laicas al uso político de la religión y las respuestas político-religiosas a la política laica y republicana.

¿Será posible salvar la democracia representativa? ¿Y en beneficio de quién? En cualquier proceso de transformación social progresista, los términos iniciales de los conflictos los definen las clases dominantes o las élites. La mejor forma de medir el avance de las reivindicaciones y luchas sociales radica en los cambios que se observan en los propios términos del conflicto. En la actualidad, los términos iniciales del conflicto son la democracia y los derechos humanos. Esto no significa, sin embargo, aceptar acríticamente desde el principio la interpretación dominante de estos significantes. Las elecciones no garantizan que se representen los intereses de la mayoría —si es que alguna vez lo hicieron. Los mercaderes del miedo siempre se asegurarán de que los sueños de las clases trabajadoras nunca superen el nivel de una pesadilla. Si la disciplina falla y surge la resistencia, el Estado se encontrará en un estado permanente de preparación para reprimir. En las próximas décadas, el estado de excepción (estado de emergencia, estado de sitio) será más la norma que la excepción.

Los primeros cambios progresistas que se produzcan en el contexto del conflicto político tendrán que provenir de reivindicaciones destinadas a demostrar que la única forma de que la democracia representativa se salve a sí misma es integrándose con la democracia participativa y deliberativa, tanto a nivel local como nacional. Mucho más que el mero ejercicio del derecho al voto, la participación ciudadana en la vida política —de manera organizada y no partidista— resulta crucial.

Los partidos políticos, en su forma actual, no tienen futuro. Deben dar paso a partidos basados en movimientos que hagan uso de las herramientas de la democracia participativa. Esto significa reinventar los partidos políticos para que se conviertan en entidades moldeadas por la democracia participativa, garantizando así la participación activa de sus miembros y simpatizantes —en particular en la formulación de los programas electorales y la selección de candidatos a cargos electivos—. La lógica del tiempo burocrático debe dar paso a la lógica del tiempo democrático.

Es fundamental separar la esfera política de la esfera económica, tal y como prevé la teoría liberal, mediante medidas como, por ejemplo, poner fin a la financiación de los partidos políticos por parte de las empresas y eliminar el lobbying y las asociaciones público-privadas, la creación de un sistema sólido de inhabilitaciones y supervisión en materia de conflictos de intereses, la revocación de mandatos, los presupuestos participativos y la adopción de reformas electorales que acerquen a los representantes a quienes los han elegido. Una vez reformado el sistema político, los magistrados de los tribunales supremos y constitucionales, así como el Fiscal General de la República, deben ser elegidos por sufragio directo.

La reforma de los medios de comunicación es tan urgente como la reforma política. Debe existir un sector de medios públicos sólido, y quienes controlen los medios privados no pueden tener intereses económicos en otros ámbitos. Es imperativo restaurar, fomentar y fortalecer los medios de comunicación dirigidos por los ciudadanos o de base comunitaria, incluidos los que utilizan lenguas no coloniales o no oficiales siempre que esté justificado.

Otros cambios progresistas —más profundos— en el contexto del conflicto político requerirán considerar la democracia no como un régimen político, sino como un proceso integral destinado a la democratización gradual de las relaciones sociales, económicas, culturales, políticas e interpersonales dentro de la sociedad. No existe una única forma legítima de democracia, sino varias, que en conjunto constituyen lo que denomino «demodiversidad». Al igual que no podemos vivir sin biodiversidad, tampoco podemos vivir sin demodiversidad.

En los diversos espacios y momentos de nuestra vida colectiva, las tareas de democratización deben llevarse a cabo de manera diferente, y los tipos de democracia serán, asimismo, distintos. La democratización del Estado no es posible sin la democratización de la sociedad, sin la democratización de las relaciones internacionales y sin la democratización de la relación entre la humanidad y la naturaleza.

En su sentido más amplio, la democracia es la suma de los procesos mediante los cuales las relaciones de poder desiguales se sustituyen por relaciones de autoridad compartida. Las sociedades están constituidas por una multiplicidad de espacios y tiempos: la familia, la producción, la comunidad, el mercado, la ciudadanía, el mundo y quizá también otros. En cada uno de ellos, la necesidad de democratización es la misma, pero las formas y prácticas de la democracia varían.

Al adoptar la ideología política del liberalismo, las sociedades capitalistas, colonialistas y patriarcales en las que vivimos han reducido la democracia al espacio-tiempo de la ciudadanía —o, dicho de otro modo, a lo que denominamos el espacio de la ciudadanía—, a pesar de que todos los demás espacios también son políticos. Por esta razón, la democracia liberal tiende a ser, en el mejor de los casos, una isla democrática en un archipiélago de despotismos. Cuando se reduce al espacio de la ciudadanía, la democracia liberal —también denominada democracia representativa— resulta frágil y, a menudo, indefensa ante los ataques de antidemócratas, fascistas, neonazis y otras fuerzas de extrema derecha. Los acontecimientos políticos actuales hablan por sí solos.

Mientras que en algunos países las luchas democráticas se centran en la defensa de las constituciones vigentes, en otros las luchas democráticas más avanzadas se centran en la convocatoria de asambleas constituyentes para redactar nuevas constituciones, avanzando hacia un constitucionalismo transformador.

Las sociedades nacionales están hoy sometidas a un constitucionalismo dual: el constitucionalismo nacional, que en la mayoría de los casos garantiza los derechos de los ciudadanos y la existencia de instituciones democráticas, y el constitucionalismo global de las empresas multinacionales, los acuerdos de libre comercio y el capital financiero. Existen enormes contradicciones entre estas dos formas de constitucionalismo, ya que el constitucionalismo global no reconoce la democracia como un valor civilizatorio. Y lo más grave es que, en caso de conflicto entre ellos, suele prevalecer el constitucionalismo global.

Las lecciones extraídas de los procesos constitucionales de los últimos setenta años apuntan a tres principios rectores. En primer lugar, el poder constituyente debe mantenerse vivo incluso tras la conclusión de los trabajos de la asamblea constituyente y la formación del poder político. En segundo lugar, para que la articulación entre la democracia representativa y la participativa se tome en serio, es necesario romper con la tríada de Montesquieu de los tres poderes soberanos y añadir un cuarto poder: un órgano de control ciudadano diseñado para garantizar que los ciudadanos tengan control sobre la aplicación de las decisiones tomadas democráticamente. Por último, deben reconocerse el pluralismo jurídico, el interculturalismo y el plurinacionalismo siempre que sea necesario para garantizar que las personas tengan derecho a la igualdad cuando la diferencia les hace inferiores, y derecho a la diferencia cuando la igualdad les desnaturaliza.

Revolucionar la democracia y democratizar la revolución

Las iniciativas y medidas mencionadas anteriormente para ilustrar los retos que nos esperan pueden ser consideradas por algunos como una revolución y, por otros, como una concepción excesivamente ambiciosa de lo que es la democracia. En lo que respecta a las luchas sociales, la tragedia del siglo pasado consistió en enfrentar la democracia a la revolución. Me atrevo a sugerir que lo que está en juego es un movimiento doble: democratizar la revolución y revolucionar la democracia. El socialismo es democracia sin fin.

La condición fundamental para este movimiento radica en la coordinación de las luchas sociales. La fragmentación de las luchas sociales es hoy, quizás, el mayor obstáculo para la lucha por una sociedad radicalmente democrática. El siglo XXI ha sido testigo de la consolidación de una conciencia crítica colectiva que había surgido en el siglo anterior. Este despertar implicó identificar y evaluar los diversos factores estructurales responsables del sufrimiento colectivo y de las vidas destrozadas —sobre todo, el capitalismo, el colonialismo y el heteropatriarcado—. El Foro Social Mundial, que se celebró por primera vez en la ciudad de Porto Alegre (Brasil) en 2001, sirvió como principal catalizador mundial de esta nueva conciencia de la resistencia de los oprimidos contra la dominación. Esta toma de conciencia supuso reconocer, por un lado, las diversas fuerzas de dominación en juego (y, por tanto, los diferentes grupos sociales responsables de la opresión) y la forma interconectada en que operan y, por otro lado, la necesidad de coordinar las luchas de resistencia contra dichas fuerzas.

Sin embargo, la dinámica principal que surgió a partir de ese momento no fue, de hecho, la de la interconexión, sino más bien la de la fragmentación, basada en la idea de que «mi lucha es más importante que la suya». La incapacidad para distinguir entre luchas que, si bien eran igualmente importantes a nivel estructural, no presentaban la misma urgencia a la luz de los distintos contextos regionales, culturales o políticos en los que se enmarcaban, resultó fatal. Esta fragmentación alcanzó un punto crítico en el caso de algunos de los movimientos implicados en luchas que, a pesar de la nobleza y la urgencia de sus objetivos, acabaron comprometiendo el éxito de otras luchas o incluso resultaron contraproducentes para la causa que defendían, debido a su carácter aislacionista y extremista. A lo largo del siglo XX, el movimiento obrero fue un caso clásico de aislacionismo; en el siglo XXI, hay motivos de sobra para creer que el próximo ejemplo provendrá de ciertos movimientos feministas.

Reconozco que revolucionar la democracia y democratizar la revolución no es tarea fácil, pero, en mi opinión, no hay otra forma de frenar el auge de las fuerzas de extrema derecha y fascistas que han ido invadiendo el espacio democrático al tiempo que promueven la libertad económica como valor supremo —superior a todas las demás dimensiones de la libertad, por no hablar de la igualdad y la fraternidad—. La miseria de la libertad se hará evidente cuando la gran mayoría de la población solo tenga la libertad de ser miserable."

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