"A primera vista, el asunto está claro. La nueva aventura
militar en la que se han embarcado Donald Trump y su aliado israelí
contra Irán parece ser el resultado de una sed insaciable de poder. Y la
economía, desde este punto de vista, parece ser una víctima de esta
lógica.
El lunes 2 de marzo, la ampliación del
conflicto a toda la región, su posible prolongación en el tiempo y la amenaza
de bloqueo del estrecho de Ormuz, por el que transitan cada día 149 millones de
barriles de petróleo, provocaron una subida del precio del oro negro. El precio
del barril de petróleo Brent del Mar del Norte subió hasta un 13%, antes de
estabilizarse en un aumento del 7%. La inestabilidad geopolítica preocupa a las
empresas y ha provocado una corrección en los mercados bursátiles.
Todo ello alimenta la idea de que esta
guerra no es más que el resultado del afán de poder del inquilino de la Casa
Blanca, y que la economía será la víctima. En términos más generales, lo que se
desprende de esta narrativa es la idea de una lógica puramente geopolítica que
dominaría el mundo a partir de ahora.
La consecuencia de esta interpretación
es que los retos económicos pasan a un segundo plano frente a los juegos de
poder. Si se quisiera llevar esta idea hasta sus últimas consecuencias, casi se
podría ver en ella una crítica al concepto mismo de capitalismo, ya que, a
partir de ahora, la lógica de la acumulación de capital ya no desempeñaría un
papel central en los conflictos mundiales. Por lo demás, se trata de una
narrativa que parece imponerse lentamente a medida que Donald Trump da golpes
de fuerza, considerados absurdos desde el punto de vista económico.
En el caso específico de Irán, la
existencia de negociaciones antes del estallido de la guerra, en las que el
régimen de Teherán habría aceptado concesiones económicas, en particular la
apertura de sus sectores del gas y el petróleo a las grandes empresas
estadounidenses, confirmaría esta interpretación no económica del conflicto.
Pero esta visión es demasiado limitada.
La guerra como medio para continuar la acumulación
De hecho, el momento en que estalló este conflicto solo se entiende
en un contexto económico específico. Lo que es cierto tanto en relación a
Irán: a finales de 2025, la República Islámica tuvo que hacer frente a
un levantamiento sin precedentes de su población, exasperada por el
estancamiento de su gestión económica. Esto condujo a una represión
brutal que debilitó los cimientos del régimen, como a Estados Unidos:
Donald Trump ya no puede ocultar su fracaso económico. Elegido con la
promesa de poner fin a la crisis del poder adquisitivo y a la
desindustrialización del país, se ve reducido a retomar los argumentos
de sus predecesores para negar lo evidente, es decir, la existencia de
una crisis del nivel de vida de sus compatriotas. Su política
proteccionista ha sido incapaz de responder a la desindustrialización
del país, mientras que el empleo industrial no deja de retroceder.
En realidad, el régimen de Washington
promueve un crecimiento basado en la burbuja de la inteligencia artificial y la
explosión del gasto sanitario. En su discurso sobre el estado de la Unión de la
semana pasada, Trump escenificó la negación de estos problemas reales. Pero, a
pocos meses de las elecciones de mitad de mandato, en las que una derrota sería
una pesadilla para él, también necesitaba encontrar una distracción. En este
caso, una buena guerra es siempre la mejor solución para imponer la unidad nacional detrás
del líder en el poder.
Sin embargo, sería un error verlo como
un simple elemento coyuntural. La crisis de la affordability, como se dice al otro lado del Atlántico para referirse a la crisis del
poder adquisitivo, es en realidad estructural, es decir, está profundamente
arraigada en las contradicciones del modelo económico de la primera potencia
mundial. Ni la austeridad de Barack Obama, ni la reactivación de Joe Biden, ni
siquiera el proteccionismo de Donald Trump han podido resolver realmente esta
crisis.
En este tipo de contexto, la guerra como
salida política y económica se convierte en una necesidad constitutiva de la
gestión de la economía de Estados Unidos, un medio para garantizar la
continuidad de la acumulación. Para comprenderlo, hay que volver a lo que hoy
en día constituye la fuerza de la economía estadounidense, aparte del consumo
de los hogares, es decir, los sectores estrella que permiten la acumulación en
este país.
Profundamente desindustrializada, la
primera economía del mundo se apoya en cuatro grandes pilares: los servicios
financieros, el sector militar, la extracción de hidrocarburos y la tecnología
punta. Y, como veremos, la guerra en Irán responde estrictamente a las
necesidades de estos cuatro ámbitos.
Asegurar la preeminencia del dólar
En primer lugar, haciendo uso de la fuerza y matando o secuestrando a
los jefes de Estado de los regímenes que considera hostiles, Washington
consolida su estatus de primera potencia mundial, que ha
dejado de ser evidente en un momento en el que China ya no es solo el
taller del mundo financiado por el capital estadounidense, sino una
potencia autónoma que busca imponerse en el ámbito militar y
tecnológico.
Ahora bien, este estatus de amo del mundo tiene una importancia económica crucial para la Casa Blanca: la de
garantizar el predominio del dólar como moneda de reserva. Si los actores de
todo el mundo confían en el billete verde es porque confían en su capacidad
para dominar el mundo. En concreto, esto significa que el dólar siempre
encontrará compradores porque está respaldado por el poder militar de Estados
Unidos.
Ni Rusia ni China acuden en ayuda de Irán
Esta aceptación es fundamental para Washington, cuya economía no
podría funcionar sin financiación externa, es decir, sin esta demanda de
dólares, no solo porque el déficit público es parte integrante de este
modelo económico, sino también porque Wall Street utiliza la demanda de
dólares como materia prima.
Sin embargo, desde hace algunos años, y
más aún desde el regreso de Donald Trump al poder en 2025, algunas potencias,
empezando por China o Rusia, intentan desconectarse del sistema del dólar o, al menos,
pretenden hacerlo.
La afirmación de esta capacidad casi
única de Estados Unidos de actuar como policía cuando lo considera útil permite
reafirmar la centralidad del billete verde. También pone de relieve la
debilidad de la alternativa» Ni Rusia ni China acuden en ayuda de Irán, lo que implica una validación
implícita de la idea de la persistencia del dominio estadounidense. Por esta
razón, el lunes 2 de marzo, el dólar subió frente a las principales divisas
mundiales.
El uso del militarismo
Pero, evidentemente, eso no es todo. Detrás de esta intervención,
como detrás de todas las demostraciones de fuerza de Donald Trump, está
la idea de desarrollar aún más el sector militar como un sector puntero
dominado por Estados Unidos. Cuando el crecimiento se ralentizó, el
rearme reactivó la máquina.
No es casualidad que los regímenes
autoritarios, y en particular los fascistas, hayan hecho crecer el sector
militar. Es un ámbito que permite dar la ilusión de crecimiento gracias al
gasto público y compensar así los sectores deficientes de la economía. En 1913,
en su texto La
acumulación del capital, Rosa Luxemburg
explicaba que el “militarismo” es un “campo de acumulación” de capital que se
desarrolla tanto más cuanto que la competencia “mundial intensificada” hace que
el control de los recursos y los mercados sea cada vez más crítico.
Cuando el crecimiento mundial se
ralentiza, el reparto del pastel se vuelve cada vez más difícil y conduce
naturalmente al uso del militarismo. Por dos razones: en primer lugar, porque
da la ilusión de reactivar el crecimiento y, en segundo lugar, porque permite
reforzar las condiciones de depredación que se han vuelto inevitables para los
capitalistas de las grandes potencias.
Una economía basada en el petróleo y el gas
Uno de los retos de la guerra en curso es el control de la producción
petrolera, pero lo que se persigue es un control político. Este punto
es esencial. El objetivo del cambio de régimen en Teherán no es el
establecimiento de una democracia liberal: el secretario de Estado Pete
Hegseth lo ha reconocido abiertamente al afirmar que Estados Unidos “no
está llevando a cabo un ejercicio de construcción de la democracia”. El
objetivo es el control político del país por parte de Washington, según
un esquema ya aplicado en Venezuela.
En otras palabras, sería erróneo pensar
que Donald Trump podría haberse contentado con concesiones del régimen iraní en
su sector petrolero. Tales concesiones habrían dejado el control estadounidense
condicionado a la buena voluntad de un régimen siempre más o menos hostil. En
realidad, se trata de garantizar a largo plazo la producción de oro negro, pero
también las vías de suministro perturbadas por el Irán islámico y sus aliados,
en particular los hutíes en Yemen.
En la mente del inquilino de la Casa
Blanca, podría incluso haber la idea de un debilitamiento chino, ya que Irán es
el principal proveedor de Pekín y Donald Trump pretende no ver aerogeneradores
ni paneles solares en China. En cualquier caso, tal visión supone una
recuperación directa y concreta del control.
Detrás de la fuerza bruta hay, por
tanto, un objetivo económico crucial para el modelo económico soñado por Donald
Trump: el de una economía nuevamente basada totalmente en el petróleo y el gas,
que se apoya en grupos petroleros superpoderosos. Un sueño que el presidente
estadounidense nunca ha ocultado y que se inscribe en la construcción más
amplia de una red de vasallaje en torno a Washington. Los europeos,
recientemente objeto de la misma lógica, parecen haberlo olvidado de repente,
ahora que se dirige a otros destinatarios.
El nudo tecnología-defensa
Otro objetivo de la guerra es alimentar el sector armamentístico, al
menos a través de tres palancas. La primera, clásica, consiste en
justificar la producción militar. Uno de los puntos delicados de dicha
producción es que, más allá de su capacidad puntual para sostener el
crecimiento, hay que poder renovarla y desarrollarla permanentemente.
El uso de la fuerza permite así
justificar la producción anterior de armamento mostrando su utilidad, al tiempo
que se fomenta la producción de más armas para satisfacer las necesidades del
conflicto en curso y de los futuros. El crecimiento militarista es una huida
hacia adelante que se resuelve con la destrucción. En este sentido, ningún
conflicto está exento de profundas motivaciones económicas en el marco
capitalista.
Aquellos que se hacen ilusiones, por
ejemplo, sobre la guerra fría, en la que se habría evitado un conflicto importante, olvidan no solo la
miríada de enfrentamientos secundarios, algunos de los cuales fueron muy
mortíferos (Corea, Vietnam, Angola, América Central, Mozambique, por citar solo
algunos…), sino también el legado de la producción [militar] anterior en las
guerras actuales, empezando por la de Ucrania. La exigencia del crecimiento
hace que no se fabriquen armas impunemente.
Una guerra es también un formidable
escaparate para las producciones militares. Las réplicas iraníes en los países
del Golfo no pueden sino incitar a estos últimos a reforzar aún más sus gastos
militares. Pero el mismo reflejo puede producirse en otras regiones del mundo.
Y para responder a la demanda, hay que estar presente en esta campaña de marketing que representan los conflictos en curso.
En un contexto económico europeo mucho
más deprimido que el de Estados Unidos, es imposible que los sectores militares
francés, alemán y británico dejen el campo libre a sus competidores del otro
lado del Atlántico y de Israel. Es en este marco donde hay que entender la
“buena voluntad” de estos países para llevar a cabo también “acciones
defensivas” contra Irán. Esto es aún más crucial si se tiene en cuenta que el
gasto militar está aumentando considerablemente en el Viejo Continente y que,
ahora, permite, por ejemplo, que Alemania salga del marasmo industrial en el
que lleva sumida casi una década.
Por último, la guerra actual responde a
una exigencia fundamental de la guerra capitalista: su función incubadora en
materia de tecnología. A menudo, el uso militar de las tecnologías no solo
permite desarrollar una ventaja frente a la competencia, sino también
perfeccionar futuros usos civiles. Este nudo entre tecnología y armamento es un
motor tradicional de la reactivación del crecimiento.
Por lo tanto, no es casualidad que,
según el Wall Street
Journal, Washington haya utilizado la
inteligencia artificial para los ataques contra Irán. El uso de los modelos de
lenguaje Claude de Anthropic se llevó a cabo a pesar de la negativa de la
propia empresa, como si el uso militar de esta tecnología constituyera un
interés superior. Cabe señalar, por otra parte, que el aliado de Estados Unidos
en esta guerra, Israel, es, desde la década de 1990, un especialista mundial en
esta intersección entre tecnología y defensa.
En resumen, las motivaciones de este
conflicto y, en general, del resurgimiento del imperialismo estadounidense se
inscriben en una lógica económica. Esta lógica es la de una huida hacia
adelante depredadora para intentar escapar –en vano– de las contradicciones del
capitalismo tardío. No es casualidad que esta lógica sea la de la primera
potencia económica del mundo.
Los riesgos para el crecimiento mundial
son evidentemente reales, sobre todo porque la operación puede atascarse y
fracasar. Pero Donald Trump está convencido de que su país está protegido por
sus reservas estratégicas de petróleo y que, a largo plazo, ganará más de lo
que perderá. Su lógica es la de la destrucción que caracteriza al capitalismo
contemporáneo. Cualquier intento de reducir lo que está sucediendo a un simple
juego de poderes solo pretende, en última instancia, subestimar esta lógica."
( Romaric Godin , Rebelión, 10/03/26, fuente Mediapart)