"¿Cuándo es posible
afirmar que una sociedad ha pasado de ser una democracia liberal —por
muy imperfecta que sea su aplicación— a un régimen autoritario? ¿Hay un
momento en el que de repente resulta obvio que el cambio se ha
producido? ¿Anuncia el autoritarismo su llegada?
¿O se trata de un
proceso que se desarrolla gradualmente, en el que las restricciones al
poder ejecutivo se desmantelan poco a poco hasta que la marea ya no
puede revertirse?
¿Es el giro hacia el
autoritarismo algo que solo puede entenderse a posteriori, cuando ya se
han perdido todas las oportunidades de detener el deslizamiento?
¿Y cómo admitimos
ante nosotros mismos que nos han despojado de nuestras libertades más
básicas y preciadas —la de expresión, de reunión y de protesta— cuando
ya no somos libres para hablar, reunirnos o protestar?
La cruda realidad es que el Reino Unido
ya se encuentra muy avanzado en este camino. Y si no eres consciente
del terremoto que se ha estado produciendo, puede que sea porque —tal y
como cabría esperar cuando el autoritarismo llama a la puerta— las
primeras en ser silenciadas son precisamente las voces que dan la voz de
alarma.
Los medios de
comunicación propiedad de multimillonarios y del Estado —las partes que,
en una época de creciente descontento popular, son las que más tienen
que ganar con la acumulación de poder ejecutivo y el silenciamiento de
la disidencia— no tienen ningún motivo para arrojar luz sobre la
oscuridad que se cierne sobre nosotros.
Un gobierno laborista
de nombre, bajo el mandato del saliente Keir Starmer, ha realizado gran
parte del trabajo preliminar para dar paso a este nuevo y ominoso clima
político.
Fueron precisamente
las credenciales de Starmer como abogado especializado en derechos
humanos las que proporcionaron al Estado británico la coartada que
necesitaba para lanzar un ataque sin precedentes contra las libertades
por las que lucharon generaciones anteriores.
Hay pocos indicios de que sus sucesores —ya sea una nueva figura emblemática del Partido Laborista, partidario del genocidio, o el Partido de la Reforma de Nigel Farage, que ataca a los inmigrantes— vayan a cambiar de rumbo.
La lógica que impulsa
el deslizamiento de Gran Bretaña hacia el autoritarismo no la marcan
solo los políticos, sino también una clase dirigente británica que
necesita disimular su complicidad en genocidios y guerras ilegales en el
extranjero y encontrar chivos expiatorios fáciles —los inmigrantes— a
los que culpar de sus fracasos en el país.
La labor de los
principales partidos políticos, que dependen de donantes
multimillonarios que también son propietarios de los medios de
comunicación corporativos, consiste en reforzar estas narrativas.
El Estado de vigilancia
Fue la ministra del Interior de Starmer, Shabana Mahmood, quien, de forma imprudente, expresó con mayor claridad la visión que tiene el Estado británico de nuestro futuro.
En un discurso
pronunciado en enero, expuso su ambición de aprovechar los nuevos
avances en inteligencia artificial para crear un Estado de vigilancia
tipo «Gran Hermano» todopoderoso y que todo lo ve, tal y como lo predijo
George Orwell en su novela distópica 1984.
Mahmood llegó incluso
a comparar este futuro con el «panóptico», en referencia a la prisión
perfecta del filósofo del siglo XVIII Jeremy Bentham:
una torre de vigilancia central (el Estado) rodeada por un círculo de
celdas con ventanas desde las que los reclusos (el público) serían
visibles en todo momento.
Bentham comprendió
que no se trataba solo de control físico. Tal y como observó, la
sensación de estar constantemente observado constituiría una «nueva
forma de ejercer el poder de la mente sobre la mente». Los reclusos
controlarían su propio comportamiento para evitar el castigo.
Según se informa, el sucesor de Starmer, Andy Burnham, está dispuesto a mantener a Mahmood como figura clave en su Gobierno. Pero no se trata de una única ministra del Gobierno.
Mahmood es el síntoma
de un malestar más profundo, no su causa. La arquitectura de los nuevos
sistemas de control, así como la erosión de las libertades y las
tradiciones culturales que las sustentaban, ya estaban muy avanzadas
cuando fue nombrada para el Ministerio del Interior.
Quienquiera que
ostente las riendas del poder en los próximos meses y años podrá
explotar al máximo estos poderes ya existentes y, posteriormente,
ampliarlos aún más.
Una vez que el
espíritu del autoritarismo se afianza, resulta cada vez más difícil
volver a meterlo en la caja. Solo una protesta masiva y concertada puede
recordar al Estado dónde reside el poder supremo. Y es precisamente
este tipo de protesta la que se está demonizando y criminalizando paso a
paso.
Juicio político
Si es posible
identificar un momento concreto en el que el nuevo autoritarismo salió
de las sombras, fue hace unos quince años. Ese fue el momento en que el
Estado lanzó su prolongada campaña contra Julian Assange para difamarlo y encarcelarlo.
El fundador de la plataforma de denuncia de irregularidades WikiLeaks había indignado a Estados Unidos y a su leal aliado británico al publicar detalles de crímenes de guerra en Afganistán e Iraq que ambos querían mantener en secreto.
Probablemente no fue
una coincidencia que, en aquel momento, Starmer fuera jefe del Servicio
Fiscal de la Corona y realizara repetidos viajes para reunirse con los
máximos responsables judiciales de Washington. Contrariamente a los protocolos, sus funcionarios destruyeron las actas de estas conversaciones.
Nunca sabremos qué
instrucciones recibió Starmer de Estados Unidos en relación con Assange.
Pero una posible pista sobrevivió a la posterior —y altamente
irregular— destrucción,
por parte del departamento de Starmer, de la correspondencia
relacionada entre los fiscales del Reino Unido y de Suecia de aquella
época.
Uno de los pocos correos electrónicos
que se conservan resulta revelador. Muestra que Suecia estaba
considerando archivar una investigación sobre Assange por falta de
pruebas, mientras este se encontraba refugiado en la embajada de Ecuador
en Londres, temeroso de lo que le deparaba el futuro.
El equipo de Starmer, que se suponía que debía actuar como árbitro neutral entre Suecia y el equipo legal de Assange, espetó airadamente a los suecos: «¡¡¡No se atrevan a echarse atrás!!!»
En otro correo electrónico, el mismo funcionario de la Fiscalía Pública del Reino Unido (CPS) dijo a sus homólogos suecos: «Por favor, no piensen que este caso se está tratando como una extradición más».
Más tarde, con la
connivencia activa del Reino Unido y sus tribunales, Estados Unidos
mostró sus verdaderas intenciones. Washington inició el proceso de extradición con el pretexto absurdo de que Assange había cometido «espionaje» al publicar detalles de sus crímenes de guerra.
Assange permaneció
encerrado durante años en una prisión de alta seguridad en Londres, a
menudo sin poder reunirse con sus abogados, con grave deterioro de su
salud, acusado de un delito inventado y descaradamente político.
Se trató de un ataque
aterrador y sin precedentes contra el derecho de los periodistas a
publicar pruebas de las irregularidades cometidas por el Estado en
interés público. Y, sin embargo, los medios de comunicación propiedad de
multimillonarios apenas pudieron contener sus bostezos.
La realidad invertida
El abuso sufrido por Assange durante una década y el pisoteo de sus derechos legales supusieron un doble beneficio.
En primer lugar,
sentó un precedente muy visible en el que se dio la vuelta al Estado de
derecho. Los papeles de víctima y agresor se invirtieron.
Assange, que había
publicado pruebas irrefutables de crímenes de guerra cometidos por
Estados Unidos y el Reino Unido, era quien se encontraba entre rejas.
Los funcionarios británicos que aprobaron y ocultaron esos crímenes no
solo eludieron la justicia, sino que además tuvieron vía libre para
acosar y difamar a Assange.
Este ha sido el tema
recurrente desde entonces, a medida que el Estado británico ha
intensificado sus restricciones a la libertad de expresión y de
manifestación, y la matanza de palestinos por parte de Israel ha servido a menudo como campo de pruebas para autorizar esta nueva represión.
En la segunda mitad
de la década de 2010, Jeremy Corbyn —predecesor de Starmer al frente del
Partido Laborista— se vio a sí mismo y a sus seguidores duramente tachados de «antisemitas».
¿Por qué? Porque
intentaron llamar la atención sobre las acciones criminales de Israel
—un presagio de lo que estaba por venir, cuando Israel desató lo que expertos jurídicos, estudiosos del Holocausto, grupos por los derechos humanos e investigadores de las Naciones Unidas han calificado unánimemente como un genocidio en Gaza—.
En una democracia que
funcionara correctamente, quienes difamaron a Corbyn y a otros críticos
de Israel habrían quedado desacreditados de forma permanente.
En cambio, los
responsables del Reino Unido —los mismos que colaboran en los crímenes
actuales de Israel enviando armas al país, realizando vuelos de
vigilancia para guiar las campañas de bombardeos israelíes contra la
población civil de Gaza y ofreciendo cobertura
diplomática—intensificaron simplemente la campaña de demonización.
Mientras millones de
británicos salían a las calles, el Gobierno de Starmer —y el Estado
británico que lo respalda— no solo los tildó de antisemitas, sino que
reescribió radicalmente los códigos legales para criminalizar la
oposición al genocidio de Israel.
El grupo de acción
directa Palestine Action, que había estado actuando contra fábricas de
armas israelíes que operaban en territorio británico, fue proscrito como grupo «terrorista» equivalente a Al Qaida y al Estado Islámico.
Llevar pancartas en protesta
contra el genocidio, como hicieron miles de respetables ciudadanos
británicos, se convirtió en «apoyo al terrorismo», lo que conllevaba el
riesgo de una pena de cárcel de hasta 14 años.
La realidad se invirtió una vez más.
Gran Bretaña sigue apoyando activamente el terrorismo de Estado israelí.
Pero fueron
precisamente quienes dieron la voz de alarma —los que intentaban detener
esos envíos, los que se oponían a la connivencia británica con el
terrorismo de Estado israelí o los que, sencillamente, se sentían
consternados por el menoscabo de los derechos fundamentales a la
protesta— quienes fueron detenidos y acusados de terrorismo.
Mientras tanto, los
documentos revelan que Elbit Systems sigue disfrutando de acceso sin
restricciones a los funcionarios del Gobierno británico.
«Noticias falsas»
En segundo lugar, al
estigmatizar y aislar a Assange por publicar detalles de los crímenes de
guerra de EE. UU. y el Reino Unido, el Estado británico logró trazar su
propia distinción falsa
entre el «buen» y el «mal» periodismo —una distinción que los medios de
comunicación propiedad de multimillonarios se apresuraron a adoptar con
gran entusiasmo—.
Assange, cuya
plataforma independiente WikiLeaks había puesto contra las cuerdas a
Washington y Londres por cometer crímenes de guerra, había puesto en
evidencia, de paso, a los medios de comunicación del establishment por su falta de voluntad para hacer lo mismo.
Puso al descubierto
hasta qué punto los periodistas corporativos, que dependen del acceso a
los ricos y poderosos para obtener noticias, conspiran con las formas
encubiertas e irresponsables en que el Estado ejerce el poder.
Los medios de comunicación no son guardianes; son perritos falderos que representan los intereses de la clase multimillonaria.
El Estado británico
—y sus servicios de seguridad— dejaron claro que no tolerarían un
periodismo verdaderamente independiente o crítico que pudiera sacar a la
luz sus hipocresías o hacerles rendir cuentas.
En respuesta, los
medios de comunicación propiedad de multimillonarios no solo dejaron a
Assange en la estacada, sino que se unieron al Gobierno en un coro de
acusaciones según las cuales los medios independientes o bien difundían «noticias falsas» o bien actuaban como «agentes del Kremlin» que propagaban «desinformación».
Amplificaron la
presión ejercida por los políticos sobre las plataformas de redes
sociales —el nuevo juguete de los multimillonarios— para que
endurecieran sus algoritmos con el fin de ocultar a los periodistas
independientes y frenar a estos nuevos y peligrosos competidores en la batalla por la verdad.
Del mismo modo, los medios corporativos aplaudieron la decisión del Gobierno de prohibir Russia Today,
el canal de noticias del Estado ruso. Rápidamente se hizo prácticamente
imposible para el público británico conocer la versión rusa de los
hechos en los medios de comunicación dominantes, a medida que el Reino
Unido y los Estados europeos sentaban las bases para una confrontación
permanente con Moscú.
La Unión Europea impuso una prohibición aún más draconiana
—ratificada este mes por el Tribunal de Justicia de la UE— que tipifica
como delito penal la difusión de cualquier información publicada por RT
y otros medios prohibidos, incluso si se demuestra que es cierta. El
objetivo de la ley es, supuestamente, «proteger el orden público y la
seguridad».
En las últimas semanas, a dos destacados comentaristas estadounidenses, Cenk Uygur y Hasan Piker, se les ha denegado la entrada al Reino Unido por sus críticas a Israel. Uygur tenía previsto intervenir en un debate en la Universidad de Oxford.
El retroceso de la Ilustración
En este nuevo clima
autoritario, la verdad se define como aquello que el Estado quiere que
sus ciudadanos crean. Mientras tanto, la desinformación —la «propaganda
rusa» o el «antisemitismo»— es todo aquello que esos mismos Estados
insisten en que su ciudadanía no debe escuchar.
Se trata de un descarado giro de 350 años de la Ilustración
occidental, con su creencia declarada tanto en la primacía de la razón
como en que las ideas deben someterse a prueba mediante el debate y el
escrutinio crítico.
Ahora ya no importa lo que se diga, sino únicamente quién lo dice.
Y, como era de
esperar, los medios de comunicación occidentales, propiedad de
multimillonarios, han respaldado este nuevo régimen. Al fin y al cabo,
su voz —que representa los intereses de los superricos— tiene
garantizada la posibilidad de ser escuchada.
No es de extrañar,
pues, que este mismo grupo mediático privilegiado haya seguido aceptando
dócilmente su exclusión de Gaza por parte de Israel mientras se
desarrolla el mayor crimen de la historia moderna —incluso ahora, en
medio de un supuesto alto el fuego que Israel no deja de romper—.
Porque lo que importa
es a quién se le permite hablar: a Israel, no a los palestinos de Gaza,
independientemente de si lo que dice Israel es cierto o, como
invariablemente resulta ser el caso, una mentira.
En consonancia con
este precepto, los medios de comunicación propiedad de multimillonarios
apenas han emitido un murmullo mientras Israel ha masacrado
a periodistas de Gaza en cantidades sin precedentes —matando a más de
ellos que en las dos guerras mundiales, Vietnam, las guerras de
Yugoslavia y Afganistán juntos—.
Las vidas de los
periodistas palestinos —al igual que la labor informativa que han tenido
que realizar en solitario bajo el bombardeo israelí— no cuentan para nada en los medios occidentales debido a quiénes son.
El genocidio —el «qué»— ha dejado de considerarse un delito porque somos nosotros —Occidente— quienes estamos contribuyendo a que se cometa.
El Comité para la
Protección de los Periodistas, que al parecer se enfrentaba a una
reacción negativa por parte de la política y de los donantes, descartó
el año pasado su Índice Global de Impunidad anual —que medía en qué
lugares se asesina a periodistas con impunidad— después de que quedara
claro que Israel encabezaría la clasificación.
Ahora se acusa a ese mismo comité de ceder a estas presiones al plantear dudas
sobre quién puede considerarse periodista en Gaza —dudas que servirán
para envalentonar a Israel, que afirma que los periodistas palestinos,
de hecho todos los palestinos, son terroristas encubiertos—.
Hay que reescribir el «quién» porque el «qué» no se puede negar.
Lo mismo está ocurriendo en el Reino Unido, donde periodistas británicos independientes han sido detenidos
en el aeropuerto o han sufrido redadas en sus domicilios al amanecer
por parte de la policía antiterrorista por «pensamientos incorrectos»
sobre el genocidio de Gaza y la complicidad británica en el mismo.
También ellos se enfrentan a hasta 14 años de cárcel.
Esto ha enviado un mensaje escalofriante
a otros periodistas —aquellos que carecen de la protección de un
mecenas multimillonario o del Estado— sobre lo que se puede decir.
Autoritarismo creciente
Nada de esto se limita, ni se limitará, a Gaza.
El vuelco de los valores de la Ilustración, como ya debería quedar
claro, forma parte de un proyecto político mucho más amplio para
normalizar y afianzar este autoritarismo creciente.
La prohibición de
«Palestine Action» y de la exhibición de pancartas ha allanado el camino
para que el Estado británico califique a cualquier opositor —que
cuestione sus infracciones legales o impugne su derecho a dictar la
verdad— como delincuente o simpatizante del terrorismo. Se ha sentado un
precedente, ahora ratificado por los tribunales del Reino Unido, que será difícil de revertir.
El Estado tiene
muchas herramientas a su disposición, algunas de las cuales ya está
utilizando, una vez más sin que los «guardianes» de los medios de
comunicación, propiedad de multimillonarios, protesten.
Una de ellas,
especialmente poderosa, es la «exclusión bancaria»: obligar a personas o
grupos que perturban el discurso de la autoridad moral y jurídica de
los Estados occidentales a salir del sistema financiero, empujándolos a
una especie de aislamiento que les hace casi imposible desenvolverse en
el mundo occidental moderno.
Cabe destacar, una
vez más, que Assange y WikiLeaks fueron una de las primeras víctimas del
uso de la exclusión bancaria como arma política. Washington impuso sanciones
a finales de 2010, poco después de que WikiLeaks sacara a la luz los
crímenes de guerra de EE. UU. y el Reino Unido en Afganistán e Iraq,
cortando así casi todos sus ingresos procedentes de donantes.
Las sanciones —lo que algunos describen como una «pena de muerte financiera»— ya se han impuesto
a varios jueces y miembros del personal de la Corte Penal Internacional
por la emisión de una orden de detención contra el primer ministro
israelí, Benjamin Netanyahu, por cometer crímenes contra la humanidad en
Gaza.
La experta jurídica de la ONU Francesca Albanese,
a la vanguardia a la hora de poner de relieve la complicidad occidental
en el genocidio de Israel, también ha sido excluida del sistema
bancario.
En Gran Bretaña, las
organizaciones benéficas palestinas e islámicas llevan mucho tiempo
enfrentándose a duras restricciones en su capacidad para operar
financieramente, normalmente con el argumento de que podrían estar
desviando donaciones a grupos prohibidos.
Pero esto se ha ido extendiendo gradualmente a las principales organizaciones de solidaridad con Palestina y a personas afectadas por la prohibición de «Palestine Action».
En un giro aún más inquietante, aunque previsible, el Lloyds Bank ha retirado ahora la cuenta bancaria a The Canary,
una publicación de izquierdas cuyas críticas a la captura del Partido
Laborista por parte de las grandes empresas han sido durante mucho
tiempo una espina clavada para la burocracia del partido. The Canary ya no puede pagar a su plantilla, y su actividad informativa está en peligro.
Se trata del mismo Canary que el proyecto «Labour Together», liderado por Morgan McSweeney
—quien impulsó a Starmer al poder en nombre de la derecha laborista,
favorable a los multimillonarios y a la energía nuclear—, identificó
desde el principio como una amenaza. Según se informa, su lema era: «Destruyamos a The Canary o The Canary nos destruirá a nosotros».
Tal y como expone el periodista de investigación Paul Holden en su libro The Fraud, que documenta las operaciones encubiertas e ilegales de «Labour Together», McSweeney estuvo a punto de conseguir destruir a The Canary. Creó un grupo ficticio, «Stop Funding Fake News», que presionó a los anunciantes para que boicotearan la publicación.
Labour Together, bajo el mando del sucesor de McSweeney, Josh Simons,
lanzaría posteriormente una campaña de desprestigio contra Holden y lo
denunciaría a los servicios de seguridad británicos como supuesto agente
del Kremlin.
Como una moneda
falsa, Simons ha vuelto a aparecer, esta vez cediendo su escaño de
Makerfield para que Andy Burnham pueda regresar a Westminster. Simons es
ahora uno de los asesores políticos de Burnham.
Represalias políticas
Este ataque sistemático al derecho a examinar la actuación del Estado británico se ha extendido también a la profesión jurídica.
El mes pasado, Dan Kovalik,
un respetado abogado y profesor estadounidense especializado en
derechos humanos, fue detenido en el aeropuerto de Liverpool por la
policía antiterrorista e interrogado por sus críticas a la política
exterior occidental en Gaza e Irán.
Fahad Ansari,
un abogado británico especializado en derechos humanos, fue detenido
por la policía el año pasado al regresar al Reino Unido tras unas
vacaciones familiares en Irlanda, en virtud del anexo 7 de la draconiana
Ley contra el Terrorismo de 2000.
A ambos hombres se
les confiscaron sus dispositivos electrónicos, a pesar de las protestas
en las que se alegaba que esto era ilegal y violaba el secreto
profesional entre abogado y cliente.
La detención de
Ansari parece ser un acto flagrante de represalia política e
intimidación. Había presentado alegaciones jurídicas impugnando una
decisión del Ministerio del Interior de 2021 de ampliar la proscripción
de Hamás a su ala política. Hamás nunca ha lanzado una operación militar
en Gran Bretaña.
Para presentar el escrito, Ansari
había reunido a un grupo de expertos para argumentar que la ampliación
de la proscripción —deseada desde hace tiempo por Israel— estaba
teniendo un efecto profundamente disuasorio
en la labor de abogados, académicos, grupos de derechos humanos y
periodistas a la hora de documentar y debatir los crímenes israelíes en
Gaza.
Cinco expertos jurídicos de la ONU escribieron
una carta de protesta por la violación de los derechos de Ansari como
abogado, advirtiendo de que «tales medidas amenazan con criminalizar,
estigmatizar y tener efectos disuasorios contra los abogados y las
asociaciones jurídicas que realizan una labor legítima en materia de
seguridad nacional y lucha contra el terrorismo».
Ese parece ser
precisamente el objetivo. Acosar a los abogados es una característica, y
no un error, del nuevo autoritarismo británico.
Una víctima aún más visible de este nuevo ataque a la profesión jurídica es el muy respetado abogado Rajiv Menon.
Ha trabajado en
algunos de los casos de derechos humanos más importantes de la era
moderna, denunciando los fallos y abusos de poder del Estado en relación
con el asesinato del adolescente negro Stephen Lawrence, la muerte de casi 100 aficionados al fútbol del Liverpool en Hillsborough y las 72 víctimas del incendio de la Torre Grenfell.
Actualmente se enfrenta a un proceso por desacato al tribunal tras pronunciar en enero un alegato final que convenció al jurado de no declarar culpables a seis acusados de Palestine Action
de ninguno de los cargos presentados por el Estado británico contra
ellos. En 2024, los seis habían llevado a cabo una acción contra una
fábrica de Elbit.
Se cree que es la primera vez que se procesa a un abogado por desacato al tribunal a raíz de un alegato final. Garden Court Chambers, donde Menon ha ejercido durante tres décadas, afirmó que el proceso había «causado conmoción en la profesión jurídica».
Advirtió de un grave
efecto disuasorio sobre los abogados, que podrían mostrarse más reacios a
presentar una defensa firme, especialmente en juicios con gran carga
política, por miedo a las represalias.
Todo esto debe verse
en el contexto de las medidas igualmente sin precedentes del Gobierno
para socavar el principio jurídico fundamental del derecho a un juicio con jurado.
Los Estados
autoritarios no admiten restricciones significativas a su capacidad para
imponer su voluntad. Los abogados y los jurados con espíritu
independiente son precisamente ese freno.
Criminalización de la protesta
Pero quizás el ataque
más sostenido por parte del Estado británico haya sido contra los
derechos de protesta y de reunión, lo que hace que expresar una opinión
en el espacio público resulte cada vez más amenazador.
Desde que unos dos millones de personas salieron a las calles para oponerse a la invasión ilegal de Iraq
por parte de Gran Bretaña en 2003, se han buscado nuevas formas de
restringir la capacidad de los ciudadanos de a pie para alzar la voz
contra el abuso del poder gubernamental y estatal.
La legislación
reciente permite a la policía prohibir las protestas por ser «demasiado
ruidosas» o causar «grave malestar». El concepto de «perturbación» se ha
redefinido para incluir ahora cualquier obstáculo a la actividad
cotidiana. Las protestas pueden prohibirse si tienen un impacto
«acumulativo».
Todas estas son
características inherentes a la protesta. Las manifestaciones masivas
contra el ataque ilegal de Gran Bretaña a Iraq fueron ruidosas,
perturbadoras y repetidas, al igual que lo han sido las marchas contra
la connivencia de Gran Bretaña con el genocidio de Israel en Gaza.
Al juzgar la
legalidad de las protestas según estos criterios selectivos y en gran
medida subjetivos, el Estado ha otorgado a la policía un amplio margen
de maniobra para decidir qué protestas deben tipificarse como delito y
cuáles deben permitirse. No es de extrañar, pues, que la policía esté
centrando actualmente sus esfuerzos en las marchas contra el genocidio,
que ponen de relieve la complicidad británica en los crímenes de Israel.
También se está
implantando la tecnología de reconocimiento facial —pionera en Israel
contra los palestinos—, lo que normaliza el Estado panóptico tan querido
por Mahmood.
¿A dónde nos lleva
todo esto? La respuesta es a una nueva ley que la ministra del Interior
ha hecho aprobar a toda prisa en el Parlamento.
La Ley de Seguridad Nacional (Amenazas al Estado)
otorga al Estado poderes sin precedentes para proscribir grupos, tal y
como hizo con Palestine Action, pero ahora sin necesidad de alegar que
existen pruebas de una amenaza terrorista.
La ministra del
Interior puede realizar dicha designación de forma unilateral, sin
ningún tipo de supervisión parlamentaria, simplemente porque afirme que
el grupo es un actor estatal extranjero «hostil» que supone una amenaza
para la seguridad nacional o la seguridad pública.
Mahmood ya lo ha
hecho con el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán
(CGRI), que es, en la práctica, el ejército de Irán.
Además, cualquier persona que colabore con un grupo proscrito o reciba un «beneficio material» —cuya definición incluye la «información»—
de dicho grupo puede ser condenada a hasta 14 años de cárcel. Esto
incluye expresar apoyo al grupo o compartir información que este haya
facilitado.
El mero hecho de
organizar un acto en el que alguien exprese su apoyo al grupo podría dar
lugar a un proceso judicial, al igual que publicar algo en las redes
sociales que el Estado británico considere un «argumento» de un Estado
extranjero hostil, independientemente de que la información sea cierta o
no.
Prohibición de la búsqueda de la verdad
Una vez más, se trata de un ataque a los valores más fundamentales de la Ilustración.
En la Ley de
Seguridad Nacional, lo único que importa es quién difunde la
información, no cuál es esa información ni si es veraz. No existe
ninguna defensa basada en el interés público, como la denuncia de actos
delictivos cometidos por el Estado británico o sus aliados.
No hay exención para
los periodistas, abogados, académicos ni grupos de derechos humanos. Les
resultará imposible realizar la parte más esencial de su trabajo:
recabar información, contrastar las afirmaciones de una parte con las de
la otra y permitir que el público determine la verdad.
Suponiendo que se declare a Hamás como actor extranjero hostil —lo cual parece casi seguro—, se prohibirá
a los periodistas recabar datos sobre las víctimas palestinas del
Ministerio de Sanidad de Gaza o hablar con los médicos de allí. ¿Por
qué? Porque el Gobierno de Hamás dirige el Ministerio de Sanidad y los
hospitales.
Peor aún, sería
imposible que los periodistas visitaran Gaza para investigar los
crímenes israelíes —algo que hará las delicias de Israel—, ya que dicha
visita tendría que organizarse a través del Gobierno de Hamás. Hacerlo
supondría arriesgarse a 14 años de cárcel.
Lo mismo ocurrirá con los reportajes desde Irán o Rusia, si así lo decide la ministra del Interior.
La única excepción aparente será para los periodistas que obtengan la autorización previa del Gobierno británico.
Esto debería
garantizar que solo los periodistas más dóciles y ávidos de acceso,
pertenecientes a medios de comunicación estatales o propiedad de
multimillonarios, puedan relacionarse con actores extranjeros
«hostiles», en formas que el Estado británico pueda estar seguro de que
representarán mejor sus intereses.
En virtud de esta nueva ley, la búsqueda de la verdad —y, potencialmente, la propia verdad— se tipificará como delito.
Dentro del panóptico
La Ley de Seguridad
Nacional sistematiza todas las demás medidas que hemos señalado
anteriormente. Otorga al Estado carta blanca para criminalizar a
cualquiera que cuestione o desafíe su autoridad moral o jurídica.
¿Quién debería estar
indignado ante este monstruoso ataque legislativo al derecho a buscar la
verdad, a exigir responsabilidades al Estado y a actuar como guardián
frente al abuso de poder?
Si los medios de
comunicación propiedad de multimillonarios hicieran alguna de estas
cosas, los medios de comunicación estarían liderando la resistencia. Sin
embargo, en su mayoría guardan silencio, porque no hacen nada de eso.
Será a los
periodistas independientes, los comentaristas, los abogados y los
activistas de derechos humanos a quienes irán eliminando uno por uno,
enviando así un mensaje al resto de la población para que mantengan un
perfil bajo.
Se espera que la
ciudadanía, privada de información veraz y de un análisis crítico de las
acciones del Estado británico, se vuelva más ignorante, más dócil y más
pasiva a medida que se le vayan privando progresivamente de sus
derechos.
A medida que se
intensifique la crisis climática, que se aceleren las guerras por los
recursos y que la austeridad interna se haga sentir más, se señalará con
el dedo no a los verdaderos culpables —los superricos, sus medios de
comunicación y el Estado cautivo—, sino a las víctimas anteriores de
Occidente: aquellos que huyen de las guerras que nosotros iniciamos, de
un clima cada vez más inestable provocado por nuestro consumo
desmesurado y de la escasez de recursos tras siglos de saqueo colonial.
Mientras se nos anima
a culpar a «los inmigrantes», o a «los musulmanes», o a «la izquierda»,
o a «los que odian a Israel», el Estado se apresura a erigir un
andamiaje de control para protegerse antes de que nos demos cuenta del
engaño.
El tiempo se agota en
todos los frentes. La falta de urgencia para abordar estas crisis no se
debe a que las crisis no existan, sino a que nuestra pasividad ha sido
orquestada. La verdad es que ya estamos en el panóptico, y nuestras mentes ya están profundamente moldeadas para la obediencia."
(Jonathan Cook, blog, 16/07/26, traducción Voces del Mundo)