19.3.26

El ataque a South Pars, la deriva hacia la guerra energética total... ya no estamos en el terreno de la simple escalada. Estamos en el punto en el que la guerra comienza a afectar la estabilidad material de sistemas enteros: energía, fertilizantes, rutas marítimas, producción industrial, seguridad alimentaria... el ataque buscan en proximidad de la central nuclear iraní de Bushehr confirma que no nos encontramos ante un episodio aislado, sino ante una ampliación coherente de la campaña. La selección de los blancos sugiere que Washington y Tel Aviv buscan la degradación de las infraestructuras que sostienen el sistema-país... el nuevo conjunto de objetivos no degrada solo a Irán. Arrastra al Golfo dentro de una lógica de vulnerabilidad recíproca... Esto ofrece a Irán una racionalidad de respuesta casi inmediata: si la campaña está dirigida contra la supervivencia económica y funcional del Estado, entonces la represalia es contra la supervivencia económica y funcional ajena... Irán lo había advertido. El comandante de la marina Alireza Tangsiri, declaró: "después del ataque a South Pars, las instalaciones petroleras de algún modo asociadas a EE.UU. serán equiparadas a bases militares"... de hecho, Irán ha lanzado ataques contra diversas infraestructuras energéticas regionales... La guerra ya está afectando las condiciones materiales de la estabilidad energética regional... Por eso el punto no es solo si el petróleo subirá aún más. El punto es si el mercado valorará no ya una simple interrupción, sino una mutilación prolongada de la capacidad energética del Golfo... el efecto más duradero podría no ser solo el aumento de los precios, sino que la fiabilidad del abastecimiento cuente más que el precio... Por esto los principales países importadores buscarán proveedores alternativos, y también rutas alternativas, redundancia logística y mayor autonomía estratégica... De aquí una probable aceleración de tendencias ya visibles: mayor recurso a fuentes domésticas o políticamente controlables; relanzamiento de la nuclear; expansión de las renovables; inversiones en eficiencia energética; creciente electrificación de las economías y la movilidad; desarrollo, donde sea posible, de la química del carbón y del gas (Francesco Ferrante)

" En el Golfo, la deriva hacia la guerra energética total**

Cuando los decisores imponen que las operaciones militares golpeen el yacimiento de gas más grande del planeta, ya no estamos en el terreno de la simple escalada. Estamos en el punto en el que la guerra comienza a afectar la estabilidad material de sistemas enteros: energía, fertilizantes, rutas marítimas, producción industrial, seguridad alimentaria.

El ataque israelí-estadounidense a South Pars marca exactamente este paso. No es solo un enésimo objetivo alcanzado por una acción militar contra la República Islámica. Es el momento en que el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán corre el riesgo de transformarse en una guerra energética total en el Golfo, con efectos disruptivos que podrían propagarse mucho más allá de Oriente Medio. South Pars sigue siendo el corazón del sistema gasístico iraní.

El punto decisivo es el cambio en el conjunto de objetivos (_target set_). Hasta cierta fase, las operaciones israelí-estadounidenses podían leerse como una clásica campaña aérea contra Teherán: neutralización de activos de misiles, infraestructuras nucleares, liderazgo, nodos de mando y control. Golpear el corazón de la infraestructura gasística, en cambio, significa seleccionar un conjunto de blancos cualitativamente diferente: ya no solo el liderazgo religioso/político del país y las capacidades militares o de doble uso de alta relevancia operativa.

Sino infraestructuras críticas de las que dependen la solidez energética del Estado, la resiliencia industrial y la futura posibilidad de recuperación de todo el teatro (todos aspectos indispensables para la gobernabilidad de un país incluso después de la guerra, en la remota posibilidad del decantado "cambio de régimen").

Es aquí donde la guerra cambia de naturaleza. South Pars no es una instalación entre tantas, no es un objetivo energético cualquiera. Es el eje del sistema energético iraní. Según Reuters, representa aproximadamente el 70-75% de la producción de gas iraní, en un país donde casi el 80% de la generación eléctrica depende de centrales de gas. Golpear South Pars significa, por lo tanto, golpear directamente uno de los pilares de la seguridad energética nacional iraní.

Desde un punto de vista de selección de objetivos (_targeting_), la lógica es legible: comprimir la resiliencia interna del adversario, aumentar los costos de la prosecución del conflicto, degradar la continuidad funcional de aparatos civiles e industriales esenciales. Pero esta lectura, por sí sola, es aún insuficiente. Porque South Pars no es solo energía destinada a la red. Es también materia prima estratégica.

El gas no es solo combustible. Es materia prima industrial. Alimenta la cadena del amoníaco y la urea, es decir, una parte fundamental de la producción moderna de fertilizantes nitrogenados. En otros términos: South Pars no solo sostiene centrales y consumos domésticos, sino una cadena que conecta gas, química, agricultura y seguridad alimentaria.

Cuando arde South Pars, por lo tanto, no arde solo una infraestructura energética. Arde un segmento esencial de la base material que hace posible la continuidad productiva.

**Bushehr y la ampliación metódica del conjunto de objetivos**

El ataque en proximidad de la central nuclear iraní de Bushehr confirma que no nos encontramos ante un episodio aislado, sino ante una ampliación coherente de la campaña. La selección de los blancos sugiere que Washington y Tel Aviv han superado el umbral que separa la neutralización de capacidades militares de la degradación de las infraestructuras que sostienen el sistema-país.

Aquí emergen dos objetivos principales. El primero es evidente: poner en dificultades la red eléctrica iraní a través de la degradación de la base gasística que la sostiene. Si el gas alimenta gran parte de la generación eléctrica, golpear el campo equivale a golpear una de las condiciones mínimas de la solidez interna.

El segundo es políticamente más delicado y estratégicamente más peligroso: golpear infraestructuras energéticas de esta escala significa casi inevitablemente abrir el camino a una respuesta iraní contra objetivos análogos en el Golfo. Reuters ya había informado el 18 de marzo que Teherán había difundido avisos de evacuación para sitios energéticos en Arabia Saudita, Emiratos y Catar después de los ataques contra sus infraestructuras gasísticas.

En otros términos, el nuevo conjunto de objetivos no degrada solo a Irán. Arrastra al Golfo dentro de una lógica de vulnerabilidad recíproca.

**South Pars es también Catar**

Hay luego un elemento adicional que hace el paso aún más peligroso. South Pars comparte el mismo yacimiento geológico con el North Dome catarí, es decir, con la otra mitad del yacimiento de gas natural más grande del mundo. Reuters y el Ministerio de Asuntos Exteriores de Catar han relacionado la escalada energética de los últimos días también con este contexto, mientras que Doha ha condenado oficialmente el ataque iraní posterior contra Ras Laffan Industrial City, el nodo más sensible del sistema GNL catarí.

De ahí el salto estratégico. Golpear South Pars significa golpear una infraestructura que, por naturaleza geológica y por relevancia sistémica, afecta también al equilibrio energético de uno de los socios centrales del Golfo. Aunque la parte catarí del campo no sea dañada directamente en el mismo momento, la señal ya es suficiente: la dorsal energética del Golfo ya no es externa a la guerra, sino que se está convirtiendo en una de sus principales apuestas.

Esto ofrece a Irán una racionalidad de respuesta casi inmediata: si la campaña es percibida como dirigida contra la supervivencia económica y funcional del Estado, entonces la represalia más coherente es contra la supervivencia económica y funcional ajena.

**La cadena golpeada en dos puntos**

Hasta ayer, la hipótesis relativamente más optimista para los mercados era que la crisis pudiera permanecer confinada en el dominio del tránsito: un shock gravísimo, ciertamente, pero aún ligado sobre todo al cierre o parálisis del Estrecho de Ormuz.

Esa lectura hoy ya no basta. Antes el problema era el paso de la molécula. Ahora el problema es también su producción.

La guerra ha terminado por comprimir la misma cadena en dos puntos esenciales: por un lado Ormuz, como punto de estrangulamiento (_choke point_) marítimo; por otro lado South Pars, como origen físico de la cadena energética e industrial.

La diferencia es decisiva. Una ruta, al menos en teoría, puede ser reabierta. Una capacidad productiva dañada, en cambio, requiere seguridad, componentes, reparaciones, personal técnico, tiempo político y tiempo operativo. Aunque mañana el estrecho volviera repentinamente transitable, quedaría de todos modos una base industrial herida entre el alto el fuego y el retorno a la normalidad.

Es aquí donde se derrumban los últimos escenarios tranquilizadores: el problema ya no es solo cuándo se reanudarán los flujos, sino si y cuánto la propia capacidad de alimentarlos seguirá estando disponible.

**La represalia energética**

Irán había advertido, Irán lo ha hecho. El comandante de la marina de los Guardianes de la Revolución, Alireza Tangsiri, después del ataque al yacimiento de gas iraní, había declarado inmediatamente: "después del ataque a South Pars, las instalaciones petroleras de algún modo asociadas a EE.UU. serán equiparadas a bases militares". El elemento más grave, a este punto, es que la retorsión iraní contra la infraestructura energética del Golfo ya no pertenece solo al campo de las hipótesis. Es un hecho.

Desde anoche, de hecho, Irán ha lanzado una serie de ataques con misiles contra diversas infraestructuras energéticas regionales, dañando el polo GNL de Ras Laffan en Catar, causando daños en los Emiratos y golpeando la instalación de refinación de la sociedad Aramco en Riad, en Arabia Saudita. En el mismo contexto, el Ministerio de Asuntos Exteriores catarí ha condenado formalmente el ataque iraní contra Ras Laffan Industrial City.

También Arabia Saudita ha confirmado oficialmente el salto de intensidad. La Saudi Press Agency ha informado el 19 de marzo, citando al portavoz del Ministerio de Defensa, que dos drones fueron interceptados y destruidos en la Región Oriental. Reuters añade que en las mismas horas las defensas sauditas interceptaron también otros vectores dirigidos hacia Riad sobre una estructura gasística.

El Ministro de Asuntos Exteriores saudita, Príncipe Faisal bin Farhan, ha declarado que los "cálculos de Irán son erróneos" y que Teherán cree que los Estados del Golfo "no pueden responder". Ha añadido luego que la selección de objetivos por parte de Irán de los suministros energéticos "tendrá un impacto en el mundo entero". Condenas por los ataques de represalia iraníes también por parte de Catar, que incluso ha expulsado a los diplomáticos de Teherán después del ataque a Ras Laffan.

La agencia de noticias iraní Fars ha afirmado que Irán habría atacado también las estructuras de gas en Baréin. Informaciones y evidencias en tal sentido son por ahora menos detalladas sobre el evento concreto de la noche, pero la Bahrain News Agency ha informado de la condena oficial del Reino por los ataques sufridos, con referencia a daños o amenazas contra infraestructuras civiles, económicas y petroleras.

El punto estratégico es que la represalia no se ha limitado a una respuesta simbólica. Ha asumido desde el inicio la forma más peligrosa posible: la del ataque, o la amenaza creíble de ataque, contra infraestructuras energéticas de alto valor sistémico.

La guerra, por lo tanto, ya no solo está degradando capacidades militares. Ya está afectando las condiciones materiales de la estabilidad energética regional.

**Del targeting al desorden sistémico**

En el plano estrictamente militar, se puede aún sostener que la campaña mantiene elementos de una lógica de _counterforce_ (contrafuerza): degradar capacidades y sistemas iraníes, así como la continuidad operativa. Pero superado cierto umbral, la distinción entre efecto militar y efecto sistémico tiende a desvanecerse.

Y es exactamente lo que está sucediendo. Cuando el objetivo ya no es solo una base de misiles, un centro de mando o una instalación nuclear, sino una infraestructura de la que dependen electricidad, fertilizantes, exportación, tráfico marítimo y expectativas de recuperación, entonces los efectos de segundo orden (_second-order effects_) dejan de ser periféricos. Se convierten en el centro del problema.

La guerra, a ese punto, ya no produce solo degradación militar. Está produciendo desorden sistémico no limitado a Irán. Y es esta la verdadera señal de alarma indicada por la selección de este tipo de conjunto de objetivos: el paso de una campaña dirigida contra un adversario regional a una crisis que puede alterar el funcionamiento de mercados, cadenas de suministro (_supply chains_) y sistemas de abastecimiento mucho más allá del teatro operativo.

**El precio no está reaccionando solo a la escasez**

Muchos leen el mercado energético con un reflejo casi automático: si disminuye la oferta, el precio sube; si el precio sube demasiado, llegan capacidades adicionales, liberación de reservas o reequilibrio de la demanda. Pero esta lógica vale solo cuando el daño es percibido como temporal.

Aquí el problema es diferente. Reuters ha informado que, después de los ataques iraníes del 19 de marzo contra infraestructuras energéticas regionales, el Brent ha subido hasta más de 111 dólares por barril y el WTI a más de 98 dólares, reflejando no solo la escasez potencial, sino el miedo a un daño más extenso y duradero a la capacidad energética del Golfo.

Si entran en juego refinerías, terminales GNL, nodos logísticos e infraestructuras de transformación, el precio no incorpora solo escasez. Incorpora duración del daño, incertidumbre sobre la reparación, posibilidad de ataques repetidos y vulnerabilidad de todo el ecosistema energético regional.

Por eso el punto no es solo si el petróleo subirá aún más. El punto es si el mercado está empezando a valorar (_prezzare_) no ya una simple interrupción, sino una mutilación prolongada de la capacidad energética del Golfo.

**Cuando la fiabilidad vale más que el precio**

Pero el efecto más duradero de esta crisis podría no ser solo el aumento de los precios. Podría ser un cambio más profundo en la jerarquía de las prioridades energéticas globales: la fiabilidad del abastecimiento tenderá a contar más que el precio.

Para muchos decisores, el costo de la energía pasará inevitablemente a un segundo plano respecto a la seguridad de los suministros. La energía, de hecho, no es solo una cuestión económica: es un factor de seguridad estratégica, industrial, social y, en algunos casos, incluso humanitaria.

De aquí una probable aceleración de tendencias ya visibles: mayor recurso a fuentes domésticas o políticamente controlables; relanzamiento de la nuclear; expansión de las renovables; inversiones en eficiencia energética; creciente electrificación de las economías y la movilidad; desarrollo, donde sea posible, de la química del carbón y del gas.

Oriente Medio seguirá siendo una región centralísima para la geografía de la energía. Pero la vulnerabilidad logística de sus exportaciones aparece ya de manera inequívoca: basta el cierre de un estrecho, o la amenaza creíble contra pocos nodos críticos, para poner bajo presión una cuota decisiva del sistema energético global. Los avisos iraníes de evacuación del 18 de marzo y los ataques efectivamente registrados el 19 de marzo contra sitios energéticos del Golfo lo muestran con particular claridad.

Por esto los principales países importadores tenderán a buscar no solo proveedores alternativos, sino también rutas alternativas, redundancia logística y mayor autonomía estratégica.

**Asia sería la primera en pagar la factura**

Los grandes importadores asiáticos —China, Japón, Corea del Sur, India— serían los primeros en sufrir los efectos combinados de bloqueo marítimo, presión sobre las infraestructuras energéticas regionales y vulnerabilidad de los principales exportadores del Golfo. El problema no sería solo el encarecimiento. Sería la continuidad misma de las entregas.

Reuters ya ha informado que la prolongación del cierre de Ormuz y la ampliación de los ataques contra el sistema energético regional están poniendo en crisis una parte relevante de la exportación de crudo y gas del Golfo, mientras que varios productores y refinadores han tenido que reducir producción o suspender labores.

Los desvíos disponibles atenúan, pero no sustituyen integralmente los flujos ordinarios. El almacenamiento ofrece tiempo, no solución. Y si el sistema llega a saturar la capacidad de evacuación o a perder ulteriores nodos de refinación y transformación, entonces la crisis no se queda en comercial: se vuelve industrial, logística y estratégica a la vez.

No es casualidad que la dificultad de recibir suministros energéticos desde Oriente Medio esté empujando a varios países asiáticos a volver al carbón, como señalan algunos analistas citados hoy por AsiaNews.

**El umbral ha sido superado**

Con South Pars, Bushehr y la subsiguiente retorsión iraní contra la infraestructura energética del Golfo, la guerra ha sobrepasado una línea de transformación.

Ya no se trata solo de la eliminación de una amenaza o la degradación de un aparato militar. Se trata de la posibilidad concreta de que el Golfo entre en una lógica de represalia energética generalizada, en la cual cada instalación crítica se convierte en blanco, cada ruta en una vulnerabilidad, cada nodo industrial en una palanca de coerción.

Es este el dato que hace la situación tan grave. Si se golpean juntos la fuente, la ruta y la capacidad de transformación, el problema no es ya simplemente quién prevalecerá en el plano militar. El problema se convierte en cuánto estará obligado a pagar el sistema internacional para sobrevivir a los efectos de esa misma victoria.

En este sentido, South Pars no es solo un objetivo alcanzado. Es la señal de que la guerra podría haber entrado ya en su fase más peligrosa: aquella en la que la destrucción de capacidades regionales comienza a traducirse en inestabilidad global."

(Francesco Ferrante, Analisi Difesa, 19/03/26, traducción Deep Seek, enlaces y gráficos en el original)

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