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11.8.26

El abrasador verano europeo está frenando su crecimiento económico... el intenso calor del verano costará a la economía de la UE 180.000 millones de euros este año, lo que equivale aproximadamente al 1% del PIB... Francia podría perder 1,4 puntos porcentuales de crecimiento, lo suficiente como para provocar una contracción del 0,6% en su economía, mientras que una caída de 0,8 puntos podría prácticamente anular la expansión prevista en los Países Bajos... Triodos estima que la pérdida de productividad laboral por sí sola podría reducir el PIB de la UE en torno a un 0,6%, mientras que la producción agrícola podría caer entre un 3% y un 7%... «A primera vista, esto puede parecer modesto, pero es exactamente el crecimiento económico previsto para la UE este año»... El costo ya supera el PIB... POLITICO estima al menos 14.000 muertes adicionales en los seis países europeos más afectados (Milena Wälde)

"El abrasador verano europeo está frenando su crecimiento económico, según un informe.

Se prevé que el crecimiento de los Países Bajos se desvanezca casi por completo, y Francia podría sufrir una contracción.

Según un nuevo análisis, el intenso calor del verano costará a la economía de la UE 180.000 millones de euros este año, lo que equivale aproximadamente al 1% del PIB, que es todo el crecimiento que se esperaba que generara el bloque en 2026.

Francia podría perder 1,4 puntos porcentuales de crecimiento, lo suficiente como para provocar una contracción del 0,6% en su economía, mientras que una caída de 0,8 puntos podría prácticamente anular la expansión prevista en los Países Bajos.

«El resultado no es simplemente que “los países más calurosos son los que más pierden”», señala el análisis del Banco Triodos. «España e Italia tienen la mayor exposición física y el mayor número de días calurosos en términos absolutos, pero décadas de aclimatación implican que el efecto marginal de un solo día caluroso es relativamente pequeño».

Se prevé que el mayor lastre provenga de las dificultades que enfrentan las personas para trabajar bajo el calor extremo. Triodos estima que la pérdida de productividad laboral por sí sola podría reducir el PIB de la UE en torno a un 0,6%, mientras que la producción agrícola podría caer entre un 3% y un 7%.

«A primera vista, esto puede parecer modesto, pero es exactamente el crecimiento económico previsto para la UE este año», afirmó el banco sobre el impacto total de 180.000 millones de euros.

Y el verano aún no ha terminado. Francia y Gran Bretaña se preparan para su quinta ola de calor de la temporada esta semana, con temperaturas que rozan los 40 grados Celsius en el sureste de Francia y 36 grados pronosticados en el Reino Unido.

El costo ya supera el PIB. POLITICO estima al menos 14.000 muertes adicionales en los seis países europeos más afectados durante la ola de calor sin precedentes que se extendió desde mediados de junio hasta principios de julio.

La sequía también ha golpeado duramente el sistema energético europeo: los bajos niveles de agua en el Danubio en las últimas semanas han obligado a realizar recortes drásticos en la central nuclear de Paks en Hungría y han llevado a Rumania a dinamitar una roca para desviar agua hacia su último reactor en funcionamiento. Los buques en el Rin y el Danubio han tenido que navegar con carga parcial.

En Austria, por su parte, la sequía ha causado pérdidas agrícolas estimadas en 1.000 millones de euros, según la aseguradora austriaca contra el granizo, después de que algunas regiones recibieran más del 75% menos de lluvia de lo normal desde mediados de junio.

Triodos advirtió que no se debe considerar este verano como un evento aislado, afirmando que el calor extremo “podría convertirse en un problema estructural” a medida que el planeta se calienta. Sin embargo, los gobiernos pueden mitigar los daños mediante el riego, el aislamiento, la refrigeración y la modificación de los horarios laborales, según el banco.

“Cada año de adaptación sin mitigación es un año más de calor que se vive sobre una base más cálida”." 

(Milena Wälde  , POLITICO, 10/08/26, traducción google)  

30.6.26

El Telegraph finalmente admite que debemos tomarnos en serio el cambio climático, pues las olas de calor están poniendo en peligro la jubilación, ya que los fenómenos meteorológicos extremos amenazan la rentabilidad de las inversiones de los planes de pensiones privados... El cambio climático se está convirtiendo en un riesgo importante para billones de libras en ahorros para pensiones, ya que un clima cada vez más impredecible daña los activos, interrumpe las cadenas de suministro y afecta la productividad... Calum Cooper, presidente de la Sociedad de Profesionales de Pensiones, declaró: «En pocas palabras, no se puede separar el futuro de las pensiones del futuro de la economía. Y no se puede separar el futuro de la economía del cambio climático. ¿Cómo pudo publicar esto el Telegraph sin previo aviso por ? ¿Acaso sus lectores no necesitaban que se lo comunicaran de una forma más sutil? ¿Eso provocará algún cambio? No apuesten por ello... Los neoliberales viven en el presente, y ahora mismo controlan el presupuesto. Y por eso estamos en apuros (Richard Murphy)

"El Telegraph finalmente admite que debemos tomarnos en serio el cambio climático

Hay una razón por la que pago una suscripción al Daily Telegraph. Viene de la satisfacción que siento cuando tienen que publicar comentarios como este:

Las olas de calor están poniendo en peligro la jubilación, ya que los fenómenos meteorológicos extremos amenazan la rentabilidad de las inversiones, según ha advertido el sector de las pensiones.

El cambio climático se está convirtiendo en un riesgo importante para billones de libras en ahorros para pensiones, ya que un clima cada vez más impredecible daña los activos, interrumpe las cadenas de suministro y afecta la productividad, según un informe de la Sociedad de Profesionales de Pensiones (SPP).

Calum Cooper, presidente de la SPP, declaró: «En pocas palabras, no se puede separar el futuro de las pensiones del futuro de la economía. Y no se puede separar el futuro de la economía del cambio climático.

«Eso significa que el riesgo climático es ahora un riesgo para la jubilación».

Respiré hondo para recuperarme del shock (¡qué ironía!).

¡Me quedé de piedra! ¿Cómo pudo pasar esto sin previo aviso por parte del Telegraph? ¿Acaso sus lectores no necesitaban que se lo comunicaran de una forma más sutil?

Y ahora, hablando en serio: lo sé desde mi adolescencia. Este fue el primer libro serio de economía que leí.

Tenía unos 17 años, creo.

El Telegraph acaba de darse cuenta.

Puede que, junto con todos sus amigos neoliberales, hayan pasado años criticando a quienes nos preocupamos por el medio ambiente, a quienes creamos el Nuevo Pacto Verde y, según ellos, éramos "conscientes", pero teníamos razón desde el principio.

Y ahora nuestra verdad les está afectando directamente.

¿Eso provocará algún cambio?

No apuesten por ello. Los neoliberales viven en el presente, negando la existencia de un futuro mediante el proceso de descontabilidad al que están tan entregados. ¿El resultado? Desestiman las preocupaciones sobre lo que podría suceder, precisamente. Porque dan por sentado que no podemos.

En la vida real, no podemos. Pero ahora mismo controlan el presupuesto. Y por eso estamos en apuros."

(Richard Murphy, blog, 30/06/26, traducción google)

27.2.25

Servicios públicos universales: El poder de desmercantilizar la supervivencia... los servicios públicos universales son cruciales para una transición justa y efectiva durante el cambio climático... El capitalismo se basa en mantener una escasez artificial de bienes y servicios esenciales (como la vivienda, la sanidad, el transporte, etc.), mediante procesos de cercamiento y mercantilización... el cercamiento permite a los monopolistas subir los precios y maximizar sus beneficios (pensemos en el mercado del alquiler, el sistema sanitario estadounidense o el sistema ferroviario británico). Pero también tiene otro efecto. Cuando los bienes esenciales se privatizan y se encarecen, la gente necesita más ingresos de los que necesitaría de otro modo para acceder a ellos... A nivel de toda la economía, esta dinámica significa que necesitamos más producción agregada, más crecimiento, para satisfacer las necesidades básicas... Hay una forma de salir de esta trampa: desmercantilizando los bienes y servicios esenciales, podemos eliminar la escasez artificial y garantizar la abundancia pública, desvincular el bienestar humano del crecimiento y reducir las presiones del crecimiento... Los servicios universales también pondrían fin a la actual crisis del coste de la vida, al reducir directamente el coste de la vida... el control público sobre los sistemas de aprovisionamiento facilita la rápida descarbonización de esos sectores... En este momento es imposible tomar medidas, incluso obvias, para mitigar el cambio climático (como reducir la producción de combustibles fósiles u otros sectores destructivos), porque las personas de las industrias afectadas perderían el acceso a salarios, vivienda, atención médica, etc. Nadie debería aceptar tal resultado. Con servicios universales y una garantía de empleo emancipadora, podemos protegernos contra cualquier inseguridad económica y garantizar una transición justa. No existe una contradicción necesaria entre los objetivos ecológicos y sociales. Los dos pueden y deben perseguirse juntos (Jason Hickel)

 "Una de las ideas centrales que surgen de la investigación sobre el decrecimiento y la mitigación del cambio climático es que los servicios públicos universales son cruciales para una transición justa y efectiva.

El capitalismo se basa en mantener una escasez artificial de bienes y servicios esenciales (como la vivienda, la sanidad, el transporte, etc.), mediante procesos de cercamiento y mercantilización. Sabemos que el cercamiento permite a los monopolistas subir los precios y maximizar sus beneficios (pensemos en el mercado del alquiler, el sistema sanitario estadounidense o el sistema ferroviario británico). Pero también tiene otro efecto. Cuando los bienes esenciales se privatizan y se encarecen, la gente necesita más ingresos de los que necesitaría de otro modo para acceder a ellos. Para conseguirlos, se ven obligados a aumentar su trabajo en los mercados capitalistas, trabajando para producir cosas nuevas que puede que no sean necesarias (con un mayor uso de energía, de recursos y una mayor presión ecológica) simplemente para acceder a cosas que claramente sí son necesarias, y que muy a menudo ya están ahí.

Tomemos la vivienda, por ejemplo. Si su alquiler sube, de repente tiene que trabajar más solo para mantener el mismo techo sobre su cabeza. A nivel de toda la economía, esta dinámica significa que necesitamos más producción agregada, más crecimiento, para satisfacer las necesidades básicas. Desde la perspectiva del capital, esto asegura un flujo constante de mano de obra para las empresas privadas y mantiene una presión a la baja sobre los salarios para facilitar la acumulación de capital. Para el resto de nosotros, esto significa explotación innecesaria, inseguridad y daño ecológico. La escasez artificial también crea dependencias del crecimiento: debido a que la supervivencia está mediada por los precios y los salarios, cuando las mejoras de productividad y las recesiones conducen al desempleo, las personas sufren la pérdida de acceso a bienes esenciales, incluso cuando la producción de esos bienes no se ve afectada, y el crecimiento es necesario para crear nuevos empleos y resolver la crisis social.

Hay una forma de salir de esta trampa: desmercantilizando los bienes y servicios esenciales, podemos eliminar la escasez artificial y garantizar la abundancia pública, desvincular el bienestar humano del crecimiento y reducir las presiones del crecimiento.

Este enfoque también tiene otros beneficios sociales y ecológicos directos. Por un lado, puede tener un fuerte impacto positivo en el bienestar humano. Sabemos por estudios empíricos que los servicios públicos son un poderoso motor de mejora de la esperanza de vida, el bienestar y otros indicadores sociales clave (aquí, aquí y aquí). Los servicios universales también pondrían fin a la actual crisis del coste de la vida, al reducir directamente el coste de la vida.

También sabemos que los países con servicios públicos desmercantilizados o universales pueden ofrecer mejores resultados sociales en cualquier nivel de PIB y uso de recursos (aquí, aquí, aquí, aquí y aquí). Los servicios universales garantizan una conversión eficiente de los recursos y la energía en resultados sociales. Además, como veremos, el control público sobre los sistemas de aprovisionamiento facilita la rápida descarbonización de esos sectores.

Por último, junto con una segunda política clave —la garantía de empleo público—, este enfoque pondría fin de forma permanente a la inseguridad económica y resolvería la contradicción actual entre los objetivos sociales y ecológicos. En este momento es imposible tomar medidas, incluso obvias, para mitigar el cambio climático (como reducir la producción de combustibles fósiles u otros sectores destructivos), porque las personas de las industrias afectadas perderían el acceso a salarios, vivienda, atención médica, etc. Nadie debería aceptar tal resultado. Con servicios universales y una garantía de empleo emancipadora, podemos protegernos contra cualquier inseguridad económica y garantizar una transición justa. No existe una contradicción necesaria entre los objetivos ecológicos y sociales. Los dos pueden y deben perseguirse juntos.

Por servicios universales me refiero no solo a la sanidad y la educación, sino también a la vivienda, el transporte, la alimentación nutritiva, la energía, el agua y las comunicaciones. En otras palabras, una desmercantilización del sector social básico: los medios de supervivencia cotidiana. Y me refiero a servicios atractivos, de alta calidad, gestionados democráticamente y adecuadamente universales, no a los sistemas de última instancia deliberadamente de mierda que vemos en Estados Unidos y otros países neoliberales. ¿Cómo se ve esto? ¿Cómo llegamos allí?

Sanidad y educación. Este es común: la mayoría de los países europeos tienen sistemas universales de sanidad y educación, muchos de los cuales se encuentran entre los mejores sistemas sanitarios del mundo. El principio clave es que la asistencia sanitaria debe ser gratuita en el punto de uso, idealmente a través de un proveedor público, sin la intermediación de costosas aseguradoras privadas. Del mismo modo, la educación pública debe ser gratuita desde la escuela primaria hasta la universidad. Las deudas existentes acumuladas por la sanidad y la educación deben ser canceladas.

Vivienda. Los costes de la vivienda constituyen una gran parte de los gastos domésticos. Se trata de un bien esencial, tan necesario como la sanidad y la educación. Sin embargo, la gente suele gastar entre el 30 y el 50 % de su salario en el alquiler (de viviendas que a menudo son lamentablemente deficientes), y en muchos lugares la compra de una casa es cada vez más inasequible para cualquiera que no sea rico. Es importante reconocer la diferencia entre ser propietario de la propia residencia (bien) y el control privado de las unidades de alquiler, que es donde surgen los problemas, sobre todo en el caso de los grandes propietarios corporativos que controlan docenas o incluso miles de viviendas. Esto último representa el cercado de un recurso clave que es fundamental para la supervivencia. No toleramos esto en la atención sanitaria, pero por alguna razón lo hacemos regularmente cuando se trata de la vivienda.

Una intervención eficaz sería limitar simplemente el número de unidades de alquiler que puede poseer cualquier persona o empresa, y exigir la venta de las propiedades sobrantes. La afluencia de viviendas al mercado haría bajar los precios, haciendo más asequible la compra de una residencia para la gente, pero también haciendo más asequible para los gobiernos municipales la compra de unidades, la ampliación del parque de viviendas públicas y la mejora de la calidad de las viviendas, que se integrarían naturalmente en el tejido de la ciudad. Las unidades de alquiler público pueden estar disponibles a un precio asequible, y las unidades de alquiler privado restantes tendrían que tener tarifas lo suficientemente bajas como para competir con la opción pública. Viena y Singapur ofrecen un modelo de vivienda pública atractiva y de alta calidad que disfruta entre el 60 y el 80 % de la población. Y este enfoque puede utilizarse para lograr rápidas mejoras de eficiencia en el sector de la vivienda, incluyendo aislamiento, bombas de calor y electrodomésticos eficientes, contribuyendo así a una rápida descarbonización.

Transporte público. El transporte público debería ser gratuito o muy barato. Barcelona es un buen ejemplo, donde los viajes en metro y tranvía a través del brillante, limpio y eficiente sistema de la ciudad cuestan solo un euro, y las bicicletas eléctricas cuestan una fracción de eso. Pero casi 100 ciudades de todo el mundo van más allá y ofrecen transporte público gratuito. En los lugares donde la infraestructura de transporte público existente es inadecuada, debería desarrollarse hasta el punto de que la gente no necesite coches de forma habitual. El transporte público de alta calidad es fundamental para reducir la demanda de automóviles y las emisiones del transporte.

Alimentos. Nuestro sistema alimentario adolece de varios problemas. Muchas personas no pueden permitirse o acceder a alimentos nutritivos, incluso en las naciones más ricas del mundo. Los supermercados tienden a estar controlados en su inmensa mayoría por unas pocas grandes corporaciones, que dan prioridad a los alimentos procesados rentables, con cadenas de suministro que dependen en gran medida de los envases de plástico y el transporte de larga distancia. Este modelo es muy intensivo en energía y monocultivos, con vastas extensiones de tierra apropiadas para la producción industrial de carne, lo que conduce a la deforestación, las emisiones, el agotamiento del suelo y la pérdida de biodiversidad.

Un programa de justicia alimentaria podría garantizar el acceso universal a alimentos nutritivos, regenerativos y vegetarianos. Los gobiernos pueden financiar el desarrollo de granjas regenerativas, así como huertos en zonas urbanas y suburbanas, con productos que se vendan a precios asequibles a través de centros comunitarios en cada barrio que puedan funcionar también como cafeterías que sirvan comidas vegetarianas. Estos serían lugares convenientes y atractivos para que cualquiera compre y coma, proporcionando alimentos de alta calidad que cubran todas las necesidades nutricionales necesarias, al tiempo que facilitan la convivencia y el compromiso de la comunidad. Un sistema de este tipo mejoraría los resultados sanitarios y también ayudaría a reducir drásticamente el uso de la tierra y el impacto ecológico del sistema alimentario.

Energía y agua. Son esenciales para la supervivencia humana. La energía y el agua deben gestionarse como servicios públicos, con un sistema de precios de dos niveles: debe ponerse a disposición de todos los hogares una cuota de energía y agua gratuita, ajustada al número de residentes, suficiente para satisfacer las necesidades básicas. El uso adicional de energía y agua más allá de esta cuota puede cobrarse a una tarifa progresiva para desincentivar el exceso de producción, lo que reporta aún más beneficios para el medio ambiente. Este enfoque tiende a tener un fuerte apoyo popular. El sistema público de energía puede utilizarse para reducir el uso de combustibles fósiles según un calendario basado en la ciencia y dar prioridad a una rápida transición a las energías renovables, mientras que las normas que rigen el sistema público de agua pueden utilizarse para evitar la extracción excesiva por parte de empresas privadas y garantizar un suministro de agua estable y equitativamente distribuido durante las sequías.

Las comunicaciones. El acceso a Internet y los datos de telefonía móvil son necesarios para la vida diaria y deben tratarse como servicios públicos. Debe ofrecerse un paquete mensual básico gratuito a las personas o los hogares, con datos adicionales y otros servicios disponibles a precios de mercado. El proveedor público sería totalmente independiente del gobierno, con una seguridad de datos de vanguardia para impedir cualquier censura estatal. Al igual que el servicio postal no lee las cartas que entrega, una red pública de datos debe diseñarse para proteger la privacidad.

A esta lista también debemos añadir tres servicios clave más que deberían ser desmercantilizados y estar disponibles para todos: cuidado infantil, cuidado de ancianos e instalaciones recreativas (parques, gimnasios, campos deportivos, salones comunitarios, teatros, etc.).

¿Cómo pagarlo? La respuesta tradicional es que para pagar los servicios públicos primero se necesita un mayor crecimiento del PIB: aumentar la producción corporativa de cosas que no necesitamos, y luego gravar los ingresos de esa producción para financiar la producción pública de cosas que sí necesitamos. Esta suposición está tan arraigada en la imaginación pública que se da por sentada. Se aprovecha el derecho a afirmar que los servicios públicos nos los dan de alguna manera los ricos (los que pagan «más» impuestos, lo que, por supuesto, a menudo ni siquiera es cierto), por lo que deberíamos estarles agradecidos y hacer lo que sea necesario para que acumulen más. También es ecológicamente peligroso. Necesitamos urgentemente cosas como el transporte público y las energías renovables para cumplir nuestros objetivos climáticos. Si necesitamos más crecimiento empresarial para «pagar» estas cosas, aumenta la demanda total de energía y dificulta la descarbonización.

En realidad, no hay ninguna razón por la que la producción pública deba depender de la «financiación» de la producción privada anterior (como si las empresas produjeran dinero de alguna manera, lo que, por supuesto, no hacen). Cualquier gobierno que tenga suficiente soberanía monetaria puede movilizar la producción pública directamente, simplemente emitiendo financiación pública para hacerlo. Como señaló Keynes: todo lo que realmente podamos hacer, en términos de capacidad productiva, podemos pagarlo. Y en lo que respecta a la capacidad productiva, las economías de altos ingresos ya tienen mucho más de lo que necesitan. El despliegue de las finanzas públicas simplemente desplaza el uso de esta capacidad de las empresas al público, donde puede utilizarse para objetivos sociales y ecológicos ratificados democráticamente, en lugar de para la acumulación de capital.

La garantía de empleo. Este mismo enfoque puede utilizarse para financiar una garantía de empleo público. La garantía de empleo pondría fin al desempleo de forma permanente y garantizaría que todo aquel que quiera pueda formarse para participar en los proyectos colectivos más importantes de nuestra generación: ampliar la capacidad de energía renovable, regenerar ecosistemas, mejorar los servicios públicos, el trabajo asistencial, etc., es decir, una producción urgente y socialmente necesaria con salarios dignos y democracia en el lugar de trabajo. El JG ayudaría a reorientar el trabajo hacia un valor de uso social y ecológico en lugar de servir a los beneficios corporativos. El programa tendría que ser financiado por el gobierno, el emisor de la moneda, pero debería ser gestionado democráticamente en el nivel local adecuado, para determinar qué formas de producción son más necesarias para satisfacer las necesidades de la comunidad. Y, por supuesto, debería haber una renta básica disponible para cualquiera que no pueda trabajar o que, por cualquier razón, decida no hacerlo.

Esta idea resulta tremendamente popular en las encuestas. Y el poder adicional de la garantía de empleo es que puede utilizarse para establecer normas salariales y de tiempo de trabajo (acortando la semana laboral a, digamos, 32 horas) y democracia laboral en toda la economía, ya que las empresas privadas se verían presionadas a adoptar normas similares a las del JG o, de lo contrario, correrían el riesgo de perder personal. Porque si las personas pueden optar por realizar un trabajo digno y socialmente importante en un lugar de trabajo democrático, ¿por qué aceptarían realizar un trabajo sin sentido en peores condiciones para empresas cuyo objetivo principal es simplemente acumular capital? No lo harían.

El poder de los servicios públicos universales radica en que podemos mejorar el acceso de las personas a los bienes necesarios para una vida digna, con sistemas de aprovisionamiento que requieren un menor uso agregado de energía y materiales y que nos permiten acelerar la descarbonización. Estos resultados pueden mejorarse aún más garantizando una sólida gobernanza democrática de los sistemas públicos. Junto con la garantía de empleo, se elimina permanentemente la inseguridad económica —logrando un objetivo que el crecimiento por sí solo nunca ha podido alcanzar— y el bienestar humano se desvincula del requisito de una producción agregada cada vez mayor. Esto cambiaría el panorama político, liberándonos para llevar a cabo la necesaria acción climática sin ningún riesgo para el empleo y los medios de vida, al tiempo que mejoraría los resultados sociales, reduciría la desigualdad y facilitaría el cambio hacia una economía más justa y ecológica.

Estas políticas deberían ser las demandas centrales de un movimiento laboral y climático unido. Servicios universales, garantía de empleo, salarios dignos, una semana laboral más corta: estas son intervenciones populares que podrían sentar las bases de un apoyo político masivo. Para el movimiento obrero, debemos dejar de fingir que el crecimiento capitalista acabará mágicamente con el desempleo, garantizará salarios dignos y traerá democracia en el lugar de trabajo, lo cual nunca sucede, y en su lugar luchar para lograr estos objetivos directamente. Y para el movimiento climático, al que a menudo se acusa de ignorar las condiciones materiales de las comunidades de clase trabajadora, este enfoque aborda las necesidades reales de subsistencia y crea una causa para alianzas con formaciones de clase trabajadora. Este es el movimiento político que necesitamos."

 (Jason Hickel , blog, 13/02/25, traducción DEEPL)

29.10.24

Banlieues Climat: Uniendo la clase social y la acción climática en los suburbios empobrecidos de París... el programa ecofascista de la extrema derecha reconoce que el cambio climático es un problema, pero atribuye la culpa a los inmigrantes, a los pueblos del sur global y a la modernidad... esa narrativa funciona mediante la inversión de la realidad, a través de la creación de enemigos y capataces... Es una forma de enfrentar a los pobres con los más pobres... los edificios de las banlieues, carentes de aislamiento térmico, necesitan fuertes renovaciones... así que el auge de los partidos de extrema derecha provocará una mayor erosión de la protección social en las zonas suburbanas... Los jóvenes de los barrios populares siguen respondiendo a las políticas de extrema derecha con activismo y ecologismo... «A veces, los jóvenes de origen inmigrante somos vistos como un problema en Francia. Pero lo bueno es que la cuestión climática es un problema de toda Francia. Si lo resolvemos o contribuimos a resolverlo, se nos verá como la solución» (Veronica Gennari)

 "La mañana del 12 de octubre, una multitud se congregó en Saint-Ouen-sur-Seine, el primer municipio al norte de París. Cerca de la plaza del pueblo, esperaban la inauguración de la Escuela del Clima. Sanaa Saitouli, cofundadora de Banlieues Climat, una asociación ecologista francesa, se puso delante de la multitud, emocionada e incapaz de hablar. Féris Barkat, activista e influyente cofundador de la escuela junto con Saitouli y otras dos personas, sonrió al empezar a dirigirse a la multitud.

«Cuando nació Banlieues Climat, Sanaa me dijo que un día abriríamos nuestra propia escuela donde podríamos hacer educación climática», dijo. «Yo le contesté que estaba loca. Y en cambio, casi dos años después de la creación de la asociación, la escuela es una realidad».

Barkat y Saitouli, así como Abdelaali El Badaoui y Youssef Soukouna, los otros cofundadores, proceden de lo que se denomina barrios prioritarios (zone à urbaniser en priorité, ZUP) debido a los retos socioeconómicos a los que se enfrentan.

 La escuela que fundaron es el fruto de meses de duro trabajo de los jóvenes de Banlieues Climat, cuyo objetivo es sensibilizar a los barrios obreros sobre las cuestiones medioambientales y climáticas. Desde su fundación en 2022, el objetivo de la asociación ha sido llevar las voces de la clase trabajadora a la primera línea del debate público y desarrollar proyectos sobre el terreno en estos barrios.

Creada por los jóvenes para los jóvenes, Banlieues Climat gira en torno a varias iniciativas. En primer lugar, pretende impartir educación medioambiental y formar a nuevos jóvenes formadores. También se centra en la sensibilización: por ejemplo, Le Banquet Végétal es una iniciativa que pretende concienciar sobre los beneficios de la cocina vegetal, y que impartió talleres de cocina en la inauguración de la escuela del clima en colaboración con Banlieues Climat.

En la ceremonia de inauguración de la escuela estuvieron presentes una docena de jóvenes, formados por la asociación, que habían viajado en bicicleta desde Saint-Ouen hasta Marsella, en el sur de Francia, para sensibilizar sobre el cambio climático a través del contacto con agricultores y otros ecologistas.

 Como dijo el alcalde de Saint-Ouen, Karim Bouamrane, el día de la inauguración de la escuela, puede que la asociación se centre en el clima, pero representa la «convergencia de luchas: la climática junto con las sociales y políticas», y es una respuesta a estas luchas. En un contexto de importantes avances recientes de la extrema derecha, Bouamrane declaró: «¡Nunca más! «¡Nunca más!», añadiendo que “Banlieues Climat significa nunca más por el clima”.

La evolución de la extrema derecha francesa

El 21 de septiembre se anunció oficialmente el nuevo gobierno francés. El presidente del Partido Socialista, Olivier Faure, lo calificó como el gobierno más derechista de la historia de la V República. Dirigido por el republicano Michel Barnier, confirma el giro a la derecha del presidente Macron.

Francia sigue una tendencia europea de ascenso al poder de los partidos de derecha y extrema derecha. En las últimas elecciones europeas de junio de 2024, el partido francés de extrema derecha Rassemblement National (RN) (antiguo Frente Nacional) de Marine Le Pen y Jordan Bardella obtuvo 7,7 millones de votos, 2,5 millones más que cinco años antes. Aunque no controle ningún ministerio, el RN tiene un poder y una influencia innegables sobre el gobierno de Barnier, que incluye a muchos políticos de derechas.

 Una de las estrategias que ha utilizado la extrema derecha para conseguir un mayor apoyo es vincular los antiguos temores a la inmigración con las nuevas preocupaciones en torno a la crisis ecológica, con lo que la primera parece contribuir a la segunda. Históricamente, la derecha ha mantenido una posición escéptica sobre el clima, negando la urgencia de la crisis. El presidentede Reconquête, Eric Zemmour, llegó a comparar el calentamiento global con una «nueva religión». Sin embargo, ahora que más votantes franceses comprenden la gravedad de la crisis climática, la extrema derecha ha desarrollado su propia narrativa sobre el cambio climático.

El escepticismo climático se convierte en ecofascismo

La nueva narrativa climática de la extrema derecha no viene acompañada de un apoyo a las políticas verdes. En junio, Marine Le Pen, ex presidenta de RN, declaró: «Quiero acabar con las energías renovables, porque lo que ustedes llaman energías renovables no es limpio y no es renovable». A continuación, aseguró a sus partidarios que no era una escéptica del clima.

 El ecologismo de la extrema derecha francesa tiene dos vertientes principales. La primera considera las cuestiones medioambientales como un problema de segundo orden. En el programa de RN para las elecciones legislativas de 2024, por ejemplo, el clima no figura entre las cuestiones en las que el partido desea centrarse. De hecho, el clima no figura en absoluto en el programa, salvo algunas menciones aquí y allá. La segunda corriente, que ha ganado terreno en los últimos años, se denomina ecofascismo, o nacionalismo verde. Este punto de vista reconoce que el cambio climático es un problema, pero atribuye la culpa a los inmigrantes, a los pueblos del sur global y a la modernidad.

Francesca Santolini, autora de Ecofascistas: Extreme Right and the Environment, declaró al Green European Journal: «Hoy, los partidos de derechas se ven obligados a abordar la ecología porque ahora es una cuestión ineludible», ampliamente debatida por los responsables políticos y la opinión pública. Incluso los partidos antaño escépticos se han visto obligados a reconsiderar sus posturas e introducir nuevas narrativas. «La narrativa que desarrolla la extrema derecha es populista y funciona mediante la inversión de la realidad, a través de la creación de enemigos y capataces», afirma Santolini. En cuanto al clima, dice, los partidos de extrema derecha «reconocen una crisis ecológica, pero atribuyen la responsabilidad a factores distintos de los combustibles fósiles».

 Atribuir la responsabilidad a los migrantes es la base de la llamada «ecofrontera», por la que se defiende el territorio con el argumento de la salvaguardia ecológica. El concepto fue acuñado en 2021 por dos académicos británicos, Joe Turner y Dan Bailey. En su análisis de la propaganda de 22 partidos nacionalistas en Europa, encontraron una destilación perfecta del eco-bordering en las palabras de Marine Le Pen: «El ecologismo es el hijo natural del patriotismo, que es el hijo natural del arraigo», dijo Le Pen en 2019. «La mejor preservación del medio ambiente es la defensa de las fronteras», añadió.

La idea de que los migrantes (incluso los procedentes de territorios que sufren mucho la crisis climática) afectan negativamente al medio ambiente en sus países de llegada se remonta a los pensadores maltusianos y conservadores que insistían en la idea de la pureza original de la naturaleza. Estos pensadores creían que sólo quienes poseían la tierra eran capaces de protegerla, mientras que quienes no la poseían (por ejemplo, los emigrantes) eran una amenaza.

«Es vergonzoso», dice Barkat. «Son estrategias para ganarse a un electorado popular». La nueva creencia de la extrema derecha francesa y europea se encarna bien en las palabras de Jordan Bardella, que dijo en 2019 que «las fronteras son las mejores aliadas del medio ambiente... Gracias a ellas vamos a salvar el planeta.» Para Santolini, esta idea proviene «directamente de la narrativa nazi de la sangre y el suelo y, por tanto, de la línea de pensamiento que vincula el ecologismo con la xenofobia».

 Donde el clima golpea más fuerte

«Es una forma de enfrentar a los pobres con los más pobres, pero son noticias falsas. Si queremos salvar el medio ambiente, sabemos cómo hacerlo, y sabemos quién consume más», afirma Barkat. «Los pobres no son el problema y las periferias tampoco».

Gran parte del trabajo y el activismo de Banlieues Climat pretende precisamente llevar a los medios de comunicación las voces de estos barrios obreros desfavorecidos. «De hecho, aunque sean las zonas donde menos se consume porque son menos prósperas y más precarias, los barrios obreros [siguen siendo] los más expuestos a la crisis climática», explica Barkat.

El paisaje típico de los suburbios de las grandes ciudades francesas (sobre todo de las ZUP) está ejemplificado por los bloques de torres HLM. Se trata de enormes edificios longitudinales que crean lo que en Francia se denomina una cité. Datan de los años 50 y 60 y se crearon para acoger a un gran número de residentes, sobre todo inmigrantes. A menudo construidos con prisas y carentes de aislamiento térmico, estos edificios necesitan ahora fuertes renovaciones. Mientras tanto, sin embargo, son un mal lugar para refugiarse del frío en invierno o de las olas de calor en verano. «Vivimos en zonas que no están diseñadas para soportar el calor», afirma Barkat. «La renovación térmica de los edificios suele retrasarse y faltan espacios verdes».

 Los suburbios, donde el espacio es abundante y menos caro que en las metrópolis, también fueron objeto de una industrialización masiva a partir de la segunda mitad del siglo XIX (sobre todo en el norte de París). Debido a su proximidad a una ciudad más grande, que les proporcionaba un mercado, importantes industrias e infraestructuras de transporte arraigaron en los barrios obreros, sometiendo a sus residentes a la contaminación y a otros factores de mala salud.

La salud fue el punto de partida de la conciencia ecológica de Barkat. Tomó verdadera conciencia de la emergencia climática y de la relación directa entre clima y salud cuando su madre enfermó gravemente a causa de la contaminación. Desde los inicios de Banlieue Climat, la concienciación sobre los efectos de la contaminación atmosférica, entre otras cosas, ha impulsado la labor del movimiento. Un estudio realizado en 2021 por Santé Publique France demostró que 40.000 muertes al año en Francia eran atribuibles a las partículas finas. Cuando los franceses se quedaron encerrados en sus casas durante el encierro de Covid-19 y, por tanto, estuvieron sometidos a menos contaminación, el número de muertes se redujo en 2.300.

 Si se descuida el clima, la salud de la población se resentirá, pero los suburbios se verán afectados de forma más violenta ya que tienen la oferta sanitaria más baja de Francia. Féris Barkat cree que, en los suburbios, la concienciación sobre el clima está estrechamente ligada a las políticas sociales necesarias para mejorar las condiciones de vida. Está seguro de que el auge de los partidos de extrema derecha provocará una mayor erosión de la protección social en las zonas suburbanas, lo que a su vez causará una falta de interés por la ecología. «Es un círculo vicioso», afirma. «No creo que la extrema derecha tenga un gran impacto directo en la cuestión climática en los suburbios, pero habrá una repercusión a través de la cuestión social».

Los partidos de extrema derecha siguen propagando la idea de que los suburbios han disfrutado de demasiados beneficios estatales, en detrimento de las olvidadas zonas rurales. «En los barrios difíciles entra mucho más dinero público que en nuestro campo», afirmó Le Pen en 2023.

A pesar de que los estudios han refutado la posición de Le Pen de que las zonas rurales reciben menos apoyo estatal que las suburbanas, sus políticas siguen tendiendo a dar prioridad a la Francia rural y son hostiles a las zonas suburbanas, pobladas en su mayoría por personas de origen inmigrante. Incluso ha atacado L'aide médical d'état (AME), un sistema estatal que permite a los inmigrantes en situación irregular beneficiarse del acceso a la sanidad. La extrema derecha francesa quiere reducir drásticamente el acceso a ella, cuando no suprimirla por completo.

Contraatacar con la ecología

 Las ZUP de Francia «son muy multiculturales», explica Barkat. «[Son] donde viven inmigrantes franceses de segunda o tercera generación». Muchos proceden de la región del Magreb o de África, prosigue, lo que significa que «hay un fuerte interés medioambiental relacionado con los orígenes que se puede despertar... Sus antepasados procedían de las zonas donde la crisis climática es mayor».
Es precisamente este interés el que pretenden despertar los jóvenes miembros de Banlieues Climat. De hecho, la asociación ofrece varias iniciativas para concienciar sobre la cuestión climática. En primer lugar, organiza sesiones de formación reconocidas por el Ministerio de Enseñanza Superior e Investigación. Estas sesiones están dirigidas por jóvenes para sus compañeros e incluyen intercambios, cursos y debates. Hasta ahora, Banlieues Climat ha formado a más de 400 jóvenes. «Ahora que la escuela está abierta, también nos estamos preparando para formar a una delegación de jóvenes que asistirá a la COP 30 en Belem en noviembre de 2025», dijo Sanaa Saitouli.
Barkat afirma que, con sus numerosas iniciativas, la asociación intenta «dar protagonismo a los jóvenes de los barrios populares que normalmente no tienen espacio para hablar en público». Esto es exactamente lo que hizo durante el periodo electoral de este año. Ante el avance de la derecha y el riesgo de tener un primer ministro directamente procedente del RN, Barkat y otros activistas se han pronunciado más sobre iniciativas ecológicas y políticas.

 «Realmente trabajamos para cambiar el equilibrio de poder», explica. «Enviamos a jóvenes a hablar en televisión e hicimos una proyección artística en la Asamblea Nacional para decir que nosotros, como hijos de inmigrantes, estamos en casa. Nosotros lo sabemos, pero otros lo dudan. Se lo recordamos».

A pesar de ser interceptada y detenida inmediatamente por las fuerzas policiales, la proyección artística sobre la Asamblea Nacional, en la que aparecía la famosa cantante Aya Nakamura (blanco de ataques de la extrema derecha), llamó la atención sobre los barrios obreros. «Cuando existe la necesidad y la urgencia de luchar contra la extrema derecha, Banlieues Climat se ha posicionado sin dudarlo, y hemos decidido pasar a la acción», declaró Saitouli.

Los jóvenes de los barrios populares siguen respondiendo a las políticas de extrema derecha con activismo y ecologismo. Durante una formación en Cergy, un participante expresó muy claramente la idea que anima a Banlieues Climat: «A veces, los jóvenes de origen inmigrante somos vistos como un problema en Francia. Pero lo bueno es que la cuestión climática es un problema de toda Francia. Si lo resolvemos o contribuimos a resolverlo, se nos verá como la solución».

 En la jornada inaugural de la Escuela del Clima, Laurence Tubiana, destacada defensora francesa del clima y madrina de Banlieues Climat, subrayó este hecho. «La batalla contra la crisis climática no puede hacerse si no participa todo el mundo y, en particular, no puede hacerse sin los jóvenes de los barrios populares», afirmó.
Durante el periodo electoral, dijo Barkat, «vi una cantidad increíble de energía. Muchos querían ayudarnos. Lo principal es evitar la resignación porque nada ha cambiado en años. Eso es lo que estamos haciendo»."

(Veronica Gennari , Green European Journal , 23/10/24, traducción DEEPL)

11.10.24

"Muchos de los «signos vitales» de la Tierra han alcanzado valores extremos sin precedentes, lo que indica que «el futuro de la humanidad pende de un hilo», según un grupo de los mayores expertos mundiales en clima"... Temo el colapso de la sociedad. Vendrá a causa de lo que la mayoría de la gente de este país dice temer más, que es el movimiento de personas. Eso va a ocurrir ahora. Cientos de millones de personas, o más, van a tener que desplazarse en las próximas décadas si quieren tener una oportunidad de sobrevivir. En primer lugar, tendremos que aceptar la realidad de la migración... tenemos que aceptar que nuestro consumo va a cambiar radicalmente. Para empezar, ya no recorreremos el mundo... tendremos que derrocar a los poderes que tratan de impedir que se produzca el cambio, la mayoría de los cuales están representados por las actuales élites... La única esperanza que tenemos es que cambien las actitudes, las prioridades y las ganas de vivir. Con ellas, podríamos sobrevivir al cambio climático. Sin ellos, se acabó (Richard Murphy, Un. Sheffield)

 "Como señalaba ayer The Guardian

    "Muchos de los «signos vitales» de la Tierra han alcanzado valores extremos sin precedentes, lo que indica que «el futuro de la humanidad pende de un hilo», según un grupo de los mayores expertos mundiales en clima.

    Cada vez son más los científicos que analizan la posibilidad de un colapso social, según el informe, que evaluó 35 signos vitales en 2023 y descubrió que 25 eran peores que nunca, incluidos los niveles de dióxido de carbono y la población humana. Esto indica una «nueva fase crítica e impredecible de la crisis climática», afirma."

añaden:

    "Según el informe, la temperatura de la superficie terrestre y de los océanos ha alcanzado máximos históricos, impulsada por la quema récord de combustibles fósiles. La población humana está aumentando a un ritmo aproximado de 200.000 personas al día y el número de cabezas de ganado vacuno y ovino en 170.000 al día, todo ello sumado a las emisiones récord de gases de efecto invernadero."

Yo creo a esos científicos. Todas las pruebas disponibles apuntan a que tienen razón, dado que todo lo que han predicho hasta ahora, incluidas las condiciones meteorológicas extremas y la amenaza para la supervivencia de la vida en algunas partes del planeta, parece estar ocurriendo.

 Ayer estuve escuchando a escondidas una conversación. Sé que no debería, pero las dos personas de más o menos mi edad que participaban en ella en la cafetería donde trabajaba no hacían nada por impedírmelo, y tal era su volumen que no me dieron más opción que tomar nota. Hablaban de todos los lugares del mundo en los que habían estado y, al parecer, se habían perdido algunos de los puntos turísticos más importantes, desde Hawai hasta los más cercanos. A pesar de ello, discutían sobre el próximo destino, y el Himalaya parecía ser una de las prioridades.

¿Por qué me interesaba? También escuché cómo hablaban de sus nietos, por los que obviamente se preocupaban. Entonces me pregunté si esos nietos les darían las gracias por haber contribuido a quemar su planeta sin ningún motivo. Un cóctel es un cóctel en todo el mundo, y parece que a ellos también les gustan. Sus giras por el mundo para «crear recuerdos» son claramente parte del problema del consumo excesivo que está llevando a nuestro mundo al borde del caos, y más allá. Pero o no lo sabían, o no les importaba, o no podían establecer el vínculo entre sus propios excesos y la crisis a la que nos enfrentamos.

 Temo el colapso de la sociedad. Vendrá a causa de lo que la mayoría de la gente de este país dice temer más, que es el movimiento de personas. Eso va a ocurrir ahora. Cientos de millones de personas, o más, van a tener que desplazarse en las próximas décadas si quieren tener una oportunidad de sobrevivir. No es una opinión, es un hecho. Y pueden estar seguros de que los que se trasladen lo harán porque no van a quedarse quietos y morir donde la vida se les ha hecho imposible, sin tener culpa de ello.

En ese caso, ¿qué se puede hacer para gestionar este riesgo de desintegración de la sociedad mediante el desplazamiento masivo de personas? Lo que sigue son sugerencias increíblemente simplistas, pero ante una crisis de proporciones épicas, que es donde nos encontramos, puede que se necesiten soluciones sencillas.

En primer lugar, tendremos que aceptar la realidad de la migración. Nuestras narrativas tienen que cambiar. Aceptamos lo que va a ocurrir, o la agitación del conflicto acabará con lo que tenemos, pase lo que pase.

En segundo lugar, tenemos que aceptar que nuestro consumo va a cambiar radicalmente. Para empezar, ya no recorreremos el mundo sin rumbo, pero eso es sólo la punta del iceberg del cambio de comportamiento necesario.

 En tercer lugar, puede que tengamos que derrocar a los poderes que tratan de impedir que se produzca el cambio, la mayoría de los cuales están representados por las actuales élites de poder que, por ejemplo, han decidido ahora que cuando hay que elegir entre los beneficios a corto plazo y la supervivencia humana, ganan los beneficios. O bien son quienes han decidido que lo mejor es cuadrar las cuentas. En cualquier caso, esas prioridades tienen que desaparecer, y quienes pretendan mantenerlas tendrán que perder poder, por incómodo que les resulte.

Y para que conste (y en caso de que alguien de los servicios de seguridad esté mirando), no estoy sugiriendo ni por un momento la revolución ni nada tan absurdo, porque eso representaría en sí mismo el colapso de la sociedad. Lo que estoy sugiriendo es que la democracia -la verdadera democracia- tiene que conseguirlo. En otras palabras, la voluntad del pueblo de sobrevivir tendrá que prevalecer en las urnas.

No pretendamos que vamos a vivir cómodamente durante algún tiempo.  Lo que ya ha ocurrido podría impedirlo. La única esperanza que tenemos es que cambien las actitudes, las prioridades y las ganas de vivir. Con ellas, podríamos sobrevivir al cambio climático. Sin ellos, se acabó."

(Richard Murphy, Profesor de Contabilidad en la Escuela de Administración de la Universidad de Sheffield, Brave New Europe, 10/10/24, traducción DEEPL, 

11.7.24

Ann Pettifor: el fracaso épico de Europa a la hora de conseguir financiación para el cambio climático, se debe a que sus políticamente estúpidos y sádicos ministros de Economía, han bloqueado el poder de la UE para conseguir financiación mediante préstamos compartidos... En lugar de financiar el "Pacto Verde" de esta manera, los ministros de finanzas del "norte" de Europa -que se autodenominan con razón los "cuatro frugales"- han impuesto el coste de la transición verde sobre los hombros de las clases medias y trabajadoras de Europa, económicamente inseguras y exprimidas... los Verdes impusieron el coste y la ejecución de la descarbonización sobre los hombros de millones de europeos inseguros y mal pagados que soportan la crisis del coste de la vida, porque fracasaron a la hora de perseguir y gravar a los grandes contaminadores del continente, el 10% más contaminante, incluidas las empresas y los propietarios de jets privados y superyates. Si se exigiera al 10% de los mayores emisores mundiales que redujeran sus emisiones anuales de carbono al nivel del ciudadano medio de la UE, en igualdad de condiciones, se reducirían las emisiones mundiales en aproximadamente un tercio, y sería JUSTO... Los Estados europeos tienen muchas más garantías y flujos de ingresos garantizados que cualquier hogar y empresa y, sin embargo, se les prohíbe -por ideólogos que se hacen pasar por economistas- pedir préstamos colectivamente. Y así, los centristas y los Verdes conceden el regalo de la inseguridad y la desesperación de la "clase media exprimida", a los partidos políticos de extrema derecha, racistas y autoritarios

 "En esta breve entrevista hablo de dos temas que me apasionan.   

En primer lugar, el fracaso épico de Europa a la hora de conseguir financiación para la transformación, porque sus políticamente estúpidos y sádicos ministros de Economía -te miro a ti, Christian Lindner- han bloqueado el poder de la UE para conseguir financiación mediante préstamos compartidos. En lugar de financiar el "Pacto Verde" de esta manera, los ministros de finanzas del "norte" de Europa -que se autodenominan con razón los "cuatro frugales"- han impuesto el coste de la transición verde sobre los hombros de las clases medias y trabajadoras de Europa, económicamente inseguras y exprimidas.

Las consecuencias eran previsibles. Los votantes alemanes dieron a la ultraderechista AfD el mejor resultado nacional de la historia del partido en las elecciones europeas del domingo 9 de junio, superando a los socialdemócratas del canciller Olaf Scholz, que nombró a Lindner ministra de Finanzas.

No debería sorprender que los votantes hayan recurrido a partidos autoritarios de extrema derecha en busca de "protección" frente a unas fuerzas del mercado fuera de control que sólo prometen inseguridad, caída de los ingresos reales, crisis del coste de la vida y subida de los precios de la vivienda.

En julio de 2020 y para salvar a la Unión de la catástrofe de una plaga, los ministros de Finanzas (incluidos los reticentes ministros alemanes y holandeses) se unieron tras el bono Corona, una forma de emisión de deuda colectiva que financió el plan de recuperación Covid-19 de 750.000 millones de euros, más tarde bautizado como "UE de nueva generación".

 Cuatro años después, Europa se enfrenta a policrisis, incluida la crisis climática, lo que hace que el Pacto Verde sea esencial para la seguridad futura de los ciudadanos de la UE.

Pero se eludió la responsabilidad de la seguridad de Europa, y el Pacto Verde se enfrenta a un precipicio financiero en 2026. Los únicos beneficiarios de esta cobardía política y económica son los partidos extremistas de extrema derecha.

Mi segunda queja es el fracaso épico de los políticos verdes en Alemania y en otros países a la hora de perseguir y gravar a los grandes contaminadores del continente, el 10% más contaminante, incluidas las empresas y los propietarios de jets privados y superyates. Si se exigiera al 10% de los mayores emisores mundiales que redujeran sus emisiones anuales de carbono al nivel del ciudadano medio de la UE, en igualdad de condiciones, se reducirían las emisiones mundiales en aproximadamente un tercio, y sería JUSTO.

En lugar de ello, los Verdes y otros responsables políticos impusieron el coste y la ejecución de la descarbonización sobre los hombros de millones de europeos inseguros y mal pagados que soportan una crisis del coste de la vida.

Tanto Lindner como los Verdes comparten una obsesión con los impuestos como único medio de pagar CUALQUIER servicio público o inversión.

Una obsesión realmente extraña cuando todos los días del año los particulares, los hogares y las empresas piden préstamos para financiar inversiones.

Los Estados europeos tienen muchas más garantías y flujos de ingresos garantizados que cualquier hogar y empresa y, sin embargo, se les prohíbe -por ideólogos que se hacen pasar por economistas- pedir préstamos colectivamente.

 Y así, los centristas y los Verdes conceden el regalo de la inseguridad y la desesperación de la "clase media exprimida" a los partidos políticos de extrema derecha, racistas y autoritarios.

No estoy en nómina de ninguna organización. Eso me da el poder del pensamiento independiente. Pero también significa que todo mi trabajo y mis investigaciones se autofinancian. Por favor, considere la modesta y voluntaria cuota de suscripción para ayudar a hacerlo posible."                 

(Ann Pettifor , blog, 11/06/24, traducción DEEPL, enlaces en el original)

7.7.24

¡¡Vente p'a Asturias, Pepe!! Se han multiplicado las personas que abandonan su vida en el sur y centro del país y huyen al norte... Una pareja de mediana edad que, con tristeza, nos contaban cómo su casa había quedado rodeada de viviendas vacacionales. A las fiestas, ruidos y vandalismo se le sumaba el calor insoportable y las restricciones de agua. “Aquello no era vida”, decían, y tras 30 años, decidieron empezar de nuevo Asturias... son refugiados climáticos. El mapa es desolador y una pequeña franja en el norte del país no puede ser el último refugio, la invernalia española. Siento pavor por el futuro que nos espera y deseo que, aún, estemos a tiempo de hacer algo (Sara Paz, Asturias)

 "En España hay una ola de desplazados internos y es algo que no está en el debate público. Se han multiplicado las personas que abandonan su vida en el sur y centro del país y huyen al norte. Hace unos días, conocí a los últimos nuevos vecinos en llegar. 

Una pareja de mediana edad que, con tristeza, nos contaban cómo su casa había quedado rodeada de viviendas vacacionales. A las fiestas, ruidos y vandalismo se le sumaba el calor insoportable y las restricciones de agua. “Aquello no era vida”, decían, y tras 30 años, decidieron empezar de nuevo Asturias, donde agradecían poder salir a la calle abrigados, disfrutando de nuestra fina lluvia (orbayu), la calidad de los servicios públicos y la amabilidad de la gente. 

Me entristeció el alma escuchar su historia y darme cuenta de que, en verdad, eran refugiados climáticos. El mapa es desolador y una pequeña franja en el norte del país no puede ser el último refugio, la invernalia española. Siento pavor por el futuro que nos espera y deseo que, aún, estemos a tiempo de hacer algo."

(Sara Paz, Cartas a la directora, El País, 06/07/24)

23.6.24

El 80% de la población del mundo exige más acción por el clima... esto debería bastar, al menos en las democracias occidentales, para colocar la lucha contra el cambio climático como el elemento prioritario de todos los programas electorales... pues no, primero la guerra... calidad democrática low cost

 "La mayor encuesta de opinión pública sobre el cambio climático revela que 80 por ciento de las personas en todo el mundo quieren que sus gobiernos tomen medidas más enérgicas frente a la crisis climática, informó este jueves 20 el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (Pnud).

Achim Steiner, administrador del Pnud, dijo que “los resultados del Voto Popular por el Clima son contundentes: la ciudadanía en todo el mundo quiere que sus líderes trabajen más allá de sus diferencias y que actúen de manera urgente, con valentía, para luchar contra la crisis climática”.

Aún más, 86 % quiere que sus países dejen de lado las diferencias geopolíticas y trabajen juntos frente al cambio climático, un nivel de consenso especialmente sorprendente dado el contexto mundial actual de conflictos y nacionalismo en alza.

La encuesta, conducida por la firma estadounidense Geopoll y la británica Universidad de Oxford, abarcó a más de 73 000 individuos, en 77 países y que representan a 87 % de la población mundial.

Denominado Voto popular por el Clima, el sondeo aplicó una batería de 15 preguntas confeccionadas para ayudar a entender cómo las personas viven los efectos del cambio climático y cómo quieren que respondan los líderes mundiales.

“Los resultados del Voto Popular por el Clima son contundentes: la ciudadanía en todo el mundo quiere que sus líderes trabajen más allá de sus diferencias y que actúen de manera urgente, con valentía, para luchar contra la crisis climática”: Achim Steiner.

La encuesta evidenció que la opinión pública apoya una acción climática más contundente en 20 de los países que emiten más gases de efecto invernadero, causantes del calentamiento planetario.

Al respecto se registró una mayoría de 66 % en Estados Unidos y Rusia, 67 % en Alemania, 73 % en China, 77 % en Sudáfrica y la India, 85 % en el Brasil, 88 % en Irán y hasta 93 % en Italia.

Por regiones, las primeras mayorías correspondieron a África subsahariana (88 %) y América Latina y el Caribe (86 %).

En cinco grandes emisores (Australia, Canadá, Francia, Alemania y Estados Unidos), las mujeres son más partidarias de reforzar los compromisos de su país por una diferencia de entre 10 y 17 puntos porcentuales.

Esa brecha fue mayor en Alemania, donde las mujeres muestran 17 %  más de probabilidades de querer un aumento de la acción climática en comparación con los hombres (75 contra 58 %).

La encuesta muestra el apoyo de una mayoría de 72 % a favor de una rápida transición para eliminar progresivamente el uso de los combustibles fósiles, incluso entre los 10 mayores productores de petróleo, carbón o gas.

Se registraron mayorías a favor de esa rápida transición de 89 % en Nigeria, 80 % en China, 76 % en Alemania, 75 % en Arabia Saudita, 69 % en Australia y 54 % en Estados Unidos. Solo siete por ciento de las personas a nivel global dijo que su país no debería poner en marcha ninguna transición.

Personas de distintas regiones reportaron que el cambio climático les preocupa. A nivel mundial, 56 % dijo que pensaba regularmente en el tema, es decir, una vez al día o a la semana, y 63 % de esas personas viven en los 47 países menos adelantados.

En los nueve pequeños Estados insulares en desarrollo encuestados, nada menos que 71 % de la población dijo que está más preocupada que el año pasado por el cambio climático, que conlleva, entre otros problemas, incremento de tormentas, subida del nivel del mar y acidificación de los océanos.

De los encuestados en todo el mundo, 69 % dijeron que los impactos del cambio climático influyen en sus decisiones más importantes, como por ejemplo dónde vivir o trabajar.

La proporción es menor en Europa occidental, septentrional y América del Norte, y mayor en los países menos adelantados, ubicados en el Sur.

Stephen Fisher, del Departamento de Sociología de la Universidad de Oxford, destacó que en el estudio se hicieron “gestiones especiales para incluir a personas de grupos marginados en las partes más pobres del mundo”, para disponer de datos globales de mayor calidad sobre la opinión pública acerca del cambio climático.

Steiner subrayó que “los resultados de este sondeo sin precedentes revelan un nivel de consenso realmente asombroso”, e instó a los líderes y responsables de políticas a tener en cuenta que “este es un tema en el que casi todas las personas, en todas partes, podemos estar de acuerdo”.                 (IPS, 20/06/24)

20.6.24

Wolfgang Streeck : Por qué la lucha contra el cambio climático amenaza con fracasar... ¿Una vida diferente, una vida cotidiana diferente como forma de acabar con la crisis climática? ¿Una vida sin turismo de verano? Hay que querer dejar de comer carne desde el fondo del corazón ¿Cómo se produce un cambio cultural tan profundo? No hay indicios de que dicho cambio, con ayuda del Estado o sin ella, pueda progresar rápidamente... no cabe esperar que ni los ciudadanos ni sus Estados se acerquen lo más mínimo a ser capaces de reunir los inmensos recursos financieros necesarios para combatir la crisis climática, no sólo sus causas, sino también sus consecuencias... Otra pregunta que se desprende de esto sería si los enormes fondos que se gastan actualmente en un armamentismo mundial de proporciones sin precedentes -con el 3% del PIB como límite inferior abierto- no estarían mejor invertidos en combatir las consecuencias del cambio climático y quizá también el propio cambio climático... Y si preparar y hacer la guerra debe tener prioridad sobre salvar al planeta del sobrecalentamiento, ¿acaso hay otros objetivos que deban priorizarse, posiblemente incluso más humanos? ¿Por qué, por ejemplo, no debería permitirse a una pequeña familia de personitas hacer turismo una vez al año para divertirse, cuando a los F-16 y a los Leopard se les permite volar lo que sea?

"Es bueno ver a un sociólogo escribir sobre la crisis climática y su gestión política y económica -o la falta de ella- y no dejar el campo a los politólogos o incluso a los economistas con sus fantasías tecnocráticas de viabilidad. La sociología es la ciencia de la comprensión por excelencia, busca los motivos, los motivos reales, no sólo ideales, que hay detrás de las acciones -no: comportamientos- de las personas, concebidas como interactivas y no como monádicas. De Beckert aprendemos por qué es improbable que funcione con el fin del calentamiento global y los horrores relacionados – y no cómo debería funcionar en realidad, si sólo se ponen valientemente los incentivos adecuados y los incentivados finalmente lo piensan mejor. En comparación con otras ciencias humanas, la sociología tiene la ventaja -y no tiene muchas ventajas- de que es la única que siente la inercia social de la vida cotidiana (Max Weber), la dificultad de salir de ella, lo cual, por supuesto, sólo es accesible a los adultos, no a los muchos niños de todas las edades que sienten que están siempre a punto de convertirse en algo común.

Comienzo mi intervención preguntándome de dónde viene el conservadurismo de la vida cotidiana, que se burla de toda esperanza de viabilidad, la tenaz resistencia a cualquier remodelación de la esfera social, por urgente que parezca -aunque sea en aras de un objetivo tan honorable y deseable como salvar a la humanidad de la muerte por calor. A continuación, me refiero a la instrumentación de la política climática actual, que me parece contraproducente, seguida de su ponderación a favor de la lucha contra las causas y en detrimento de la lucha contra las consecuencias, cuya explicación sospecho que se encuentra en el agravamiento de la crisis financiera del Estado capitalista. Y por último, me pregunto cómo es posible pasar por alto el hecho de que la actual política armamentística y bélica de los Estados, con Estados Unidos a la cabeza, es incompatible con el objetivo proclamado de contener el cambio climático.

El conservadurismo de la vida cotidiana

Entonces, ¿de dónde viene este conservadurismo resistente, que puede hacer fracasar los más bellos planes para los más bellos nuevos comienzos, como en la balada de Brecht sobre la insuficiencia de la planificación humana: «… Y luego hacer un segundo plan/ Ninguno de los dos funcionará». Si hacemos caso a Luhmann, la inercia de los estilos de vida humanos se debe precisamente a que, al no estar dados de forma natural, siempre podrían ser diferentes. Agobiados por tener que hacer frente a su antinatural y, por tanto, frágil vida cotidiana, que exige una atención constante, está imbricada en una densa red de relaciones sociales y se mantiene unida de forma compleja, a las personas les resulta difícil comprometerse con lo desconocido de una alternativa que les asusta aún más que lo familiar, que ya es suficientemente aterrador. ¿Una vida diferente, una vida cotidiana diferente como forma de acabar con la crisis climática? ¿Una vida sin verano en Malle? Explícaselo a tus amigos y a tus hijos. Es posible, pero también inútil[1].

Si, como sugiere Beckert, para hacer frente a un cambio climático global provocado por el hombre es necesario un cambio cultural global provocado por el hombre -una idea que tiene mucho que decir a su favor-, entonces quizá se pueda aprender algo de transiciones históricas aproximadamente comparables sobre su curso y sus requisitos previos. Un cambio cultural serio significa vivir de forma diferente, no por cualquier propósito, sino porque uno cree que tiene que hacerlo por su propio bien, independientemente de que los demás crean lo mismo y hagan lo mismo. En cualquier caso, esto se aplica al tipo de cambio cultural respetuoso con el clima que sería necesario para resolver el llamado «problema del beneficiario gratuito», que los economistas conocen demasiado bien y que, sin embargo, se invoca una y otra vez. Hay que querer dejar de comer carne desde el fondo del corazón; las recompensas estatales no pueden comprar un corazón como tampoco los castigos estatales pueden ganarlo[ 2]. En este sentido, la comparación con el cambio religioso es obvia, sobre todo porque la nueva cultura tendría que percibir la naturaleza que la rodea como algo sagrado, como sacrum, como numinosum, como algo que sería sacrílego tocar, que hay que preservar y restaurar en lugar de consumir, que hay que venerar, aunque se utilice dentro de los límites que establece[3].

¿Cómo se produce un cambio cultural tan profundo? En Europa, nos viene a la mente la transición del paganismo al cristianismo a finales de la Antigüedad. A pesar de todas las diferencias, podemos aprender de ella lo arduo que puede ser un proceso así y lo largo que puede llegar a ser, y que para hacerlo posible deben confluir la necesidad política, la necesidad espiritual y unas circunstancias contingentes favorables. La persecución de los cristianos comenzó a principios del siglo I y continuó de forma intermitente durante más de 200 años, pero no consiguió extinguir la fe cristiana hasta que Constantino el Grande la elevó a la categoría de religión estatal a principios del siglo IV. Esto no significa, sin embargo, que todo el imperio o toda la sociedad del imperio se cristianizaran a partir de entonces. Hubo recaídas, incluso entre los gobernantes, por ejemplo cuando el emperador Juliano, llamado Apostata, el Apóstata, (nacido en la familia imperial constantiniana en 330, educado en la todavía pagana Academia ateniense, emperador de 360 a 363) hizo un vano intento de restaurar el paganismo. El propio Constantino había utilizado el antiguo título republicano-pagano de Pontifex Maximus -el único título con el que los emperadores desde Augusto se habían clasificado a sí mismos en la tradición republicana- para hacerse a sí mismo la cabeza de la Iglesia cristiana, aunque nunca fue bautizado[4] Su madre era cristiana, su padre y él mismo eran y siguieron siendo paganos. Medio siglo más tarde, Agustín, el teólogo más importante de la mitad latina del imperio, obispo de Hipona en el norte de África de 395 a 430, también creció con un padre pagano y una madre cristiana y, como es bien sabido, se tomó su tiempo en su camino hacia el cristianismo -véase su autodenominada súplica frívola a Dios de «castidad y continencia, pero todavía no». Tuvieron que pasar al menos cinco siglos para que el cambio social de la glotonería pagana al autocontrol cristiano se hiciera realidad culturalmente.

Esto es aún más notable ahora que había buenas razones «funcionales» para la transición del paganismo al cristianismo, al igual que las hay hoy para la transición del capitalismo de consumo a algo muy diferente. El vasto imperio, desde el Éufrates y el Tigris hasta la frontera con Escocia, exigía estabilidad y gobernabilidad: una base permanente de legitimidad para el gobernante, más fiable que ser proclamado comandante por las tropas estacionadas en las fronteras del imperio, así como la posibilidad de gobernar las partes del imperio, especialmente las ciudades, de forma centralizada desde arriba y según una ley uniforme. Ambas cosas requerían una nueva conciencia social, universalista , es decir, una religión. En el paganismo, la religión era local: la gente rendía culto a diferentes deidades según el lugar en el que vivieran, en ritos tradicionales realizados desapasionadamente con escaso significado espiritual, y al parecer ya estaban hartos. Cuando los emperadores insistieron en que se estableciera un culto imperial general junto a los cultos locales, éste se llevó a cabo de forma tan rutinaria como los cultos locales. Como resultado, nunca fue posible persuadir a las élites locales, culturalmente autosuficientes, para que asumieran la responsabilidad de sus ciudades en interés del emperador y del imperio: A menudo, las familias ricas se negaban incluso a hacerse cargo del gobierno municipal y sufragar los gastos públicos de su propio bolsillo, a pesar de que en realidad estaban obligadas a hacerlo (la versión antigua de la evasión de impuestos por parte de los superricos).

Desde el punto de vista de los emperadores, todo esto dio lugar a la necesidad de una religión imperial unificada como sustituto pospagano de los cultos locales particularistas. No faltaban candidatos; en la época del nacimiento de Cristo ya habían surgido en muchas partes del imperio cultos universalistas espiritualmente sofisticados, que podrían haberse convertido en la religión imperial, al igual que el cristianismo paulino, que se había liberado de sus restricciones judías. El hecho de que luego se convirtiera en cristianismo se debió sin duda también a que su jerarquía única con sus «supervisores» episcopales -los episkopoi- ofrecía a los emperadores la oportunidad de transferir el poder gubernamental local a los obispos locales y subordinarlos así al sumo sacerdote del imperio, es decir, a ellos mismos. Sin embargo, a pesar de la evidente necesidad política de una religión imperial favorable a la centralización, el cristianismo tardó siglos en imponerse sobre el paganismo y otras religiones pospaganas. Estas condiciones incluían, por ejemplo, la inmigración de tribus germánicas desarraigadas espacial y, por tanto, religiosamente, receptivas a una religión imperial general no vinculada territorialmente y dispuestas, por tanto, a convertirse al cristianismo colectivamente, así como el hecho de que el cristianismo tuviera un acceso más directo a los centros de poder que sus competidores a través de las mujeres de las clases altas y los esclavos, especialmente los libertos. Hoy en día no se dan las mismas condiciones favorables para un cambio cultural fundamental, ni hay indicios de que dicho cambio, con ayuda del Estado o sin ella, pueda progresar más rápidamente y sin conflictos que en aquella época.
El problema de la previsión

Pasemos ahora a la política climática actual y a la resistencia política que encuentra cada vez más entre la población, analizada desde una perspectiva más politológica-práctica que sociológica-teórica. Muchas de las medidas actualmente en marcha para frenar y, se espera, acabar con el cambio climático están marcadas con objetivos temporales, fechas límite para su realización: no más emisiones de CO2 de los automóviles después de 2035, evitar que la temperatura media aumente más de 1,5 grados a finales de siglo, etcétera. Probablemente también se ponga en marcha una especie de carrera no sólo entre Estados sino también entre sus sociedades, una competición por el honor de haber alcanzado antes que los demás los objetivos proclamados y evitar la vergüenza de no haberlos alcanzado. Se supone que los valores cuantificados de los objetivos motivarán a los electorados nacionales a animar a su Estado nación de forma similar a su equipo nacional, en una competición en la que se hacen sacrificios para no defraudar al propio equipo, como comprar un nuevo sistema de calefacción o un coche nuevo, aunque duela.

Por supuesto, hace tiempo que se sabe que esta expectativa se verá defraudada. La datación de un objetivo político fue utilizada con éxito por Jacques Delors para impulsar el mercado interior de la UE, que se completó en diciembre de 1992. Pero se trataba de la coordinación tecnocrática de las burocracias, más concretamente de la aprobación de 282 leyes, no de un precio para las naciones y, desde luego, no de una contribución de los ciudadanos: los costes del mercado interior sólo los asumieron ellos más tarde, junto con los beneficios. La política climática es diferente. Al principio, los plazos son más largos; poco a poco, se va corriendo la voz de que, por muy rigurosas que sean las medidas de protección del clima, nadie vivo hoy experimentará un descenso de las temperaturas medias; que el clima y el tiempo nunca volverán a ser los mismos que, por ejemplo, en los dorados años setenta; y no sabemos cómo serán en el futuro. En un camino tan largo hacia una meta tan incierta, uno se enfrenta inevitablemente a acontecimientos y experiencias que dan legitimidad a las exigencias de corregir las medidas aplicadas: costes inesperadamente elevados o efectos distributivos imprevistos, por ejemplo. Las repetidas advertencias de los «expertos» a lo largo de la longue durée de las medidas de que ahora faltan dos minutos para las doce y hay que hacer por fin algo efectivo pueden desgastar muy fácilmente y mermar la credibilidad de unas previsiones cuya realidad, de todos modos, sólo podrá verificarse en un futuro muy lejano. 
Adaptación frente a prevención

Esto nos lleva a la cuestión menos tecnocrática y más política de la naturaleza de los objetivos de la política climática que se persiguen, sobre todo en lo que respecta a la diferencia entre prevenir el cambio climático y adaptarse a él. En este punto me hago eco de Beckert, quizás con un ligero cambio de énfasis a favor de lo segundo. Acabar con las emisiones de algo en una fecha determinada es una cosa; reducir a la mitad el número de residentes en residencias de ancianos que mueren prematuramente de calor instalando dispositivos de refrigeración en tantos y tantos años y reduciéndolos a cero unos años después es otra: mucho menos abstracta, con beneficios inmediatamente evidentes, sobre todo desde el punto de vista del sentido común, que no siempre es sentido común. Es probable que ocurra lo mismo con la regulación del agua para evitar inundaciones, la expansión del transporte local, la conversión de los bosques en poblaciones arbóreas adaptadas al clima, la reurbanización para mejorar la ventilación de los barrios residenciales y todas las demás medidas para adaptar el entorno artificial y natural al nuevo clima emergente. A diferencia de los objetivos abstractos en materia de emisiones, cuya alcanzabilidad no puede demostrarse de todos modos, las medidas de este tipo tienen un beneficio tangible y, por tanto, son más fáciles de explicar a «la gente», como dicen hoy los políticos. Puede que no atraigan necesariamente el glamour mediático internacional, pero existe una alta probabilidad de que superen a largo plazo la prueba crucial de las elecciones democráticas.

Si es así, ¿por qué la política medioambiental actual se centra en prevenir el cambio climático? ¿En salvar el planeta en lugar de salvar a los pensionistas? Cabe suponer que esto se debe también a que lo segundo es más caro, no necesariamente en términos absolutos y a largo plazo, sino para los Estados de hoy, mientras que lo primero requiere sobre todo coches eléctricos y bombas de calor, que tienen que pagar los ciudadanos. La ironía es que, si no pueden o no quieren pagar, el Estado tiene que intervenir, haciendo que las medidas de prevención privadas e individuales que ha impuesto sean aceptables para los ciudadanos mediante subvenciones. Aún más irónico es el hecho de que esas subvenciones puedan ser aprovechadas después por los proveedores de los bienes de prevención subvencionados, como las empresas automovilísticas que aumentan el precio de sus coches eléctricos por la bonificación climática estatal concedida a sus compradores para frenar el previsible descenso de sus beneficios. Cuando el Estado alemán ya no pudo permitírselo, sus ciudadanos dejaron de querer comprar los coches nuevos, con lo que los precios cayeron aproximadamente en la misma proporción que la prima.

Sin embargo, en principio los Estados pueden privatizar los costes de prevención más fácilmente que los de adaptación regulando los hogares y las empresas. La adaptación, en cambio, requiere bienes colectivos que deben financiarse colectivamente. Por último, aquí nos encontramos con una situación que Beckert, en el mejor de los casos, sólo insinúa: un desarrollo que puede describirse con seguridad como una crisis financiera sistémica del Estado democrático en el capitalismo que se viene desarrollando desde hace mucho tiempo. En resumen, a medida que avanza el desarrollo capitalista, se incurre en costes cada vez más elevados para la preparación técnica y el procesamiento posterior, así como para la legitimación social de la producción capitalista en relación con sus rendimientos, lo cual es una expresión de la creciente socialización de facto del capitalismo desarrollado. Al mismo tiempo, disminuye la posibilidad de que estos costes sean sufragados por los beneficiarios y causantes a través de una mayor fiscalidad. El resultado es un aumento continuo de la deuda nacional en los países capitalistas desarrollados, una deuda no keynesiana, porque es acumulativa en lugar de cíclica, acumulada en lugar de pagada periódicamente.

Una vez más, debe parecer irónico que los fondos prestados por los estados y posteriormente acumulados como deuda sean en gran medida prestados por aquellos que, de acuerdo con el principio de quien contamina paga, deberían haber pagado los préstamos que prestaron a los estados como impuestos – ¡confiscados! – como impuestos – ¡confiscados! En lugar de ello, permanecen en propiedad privada, produciendo intereses, heredables, y garantizados por una estricta vigilancia de los Estados por parte de los mercados financieros con vistas a su capacidad futura de «servir» a sus deudas y acreedores.

El nivel actual de endeudamiento, cuyo aumento continuo en el alto capitalismo contemporáneo coincide con un descenso igualmente continuo del crecimiento -muy al contrario de la esperanza «keynesiana» de superar el estancamiento del sector privado mediante el endeudamiento público-, es el resultado de una persistente infrafinanciación de los servicios estatales en un momento en el que aún no se reconocía la importancia presupuestaria de la crisis climática.

En otras palabras, el creciente gasto público en formación de la mano de obra, en investigación y desarrollo, en política industrial de todo tipo, en infraestructuras físicas, junto con un amplio abanico de subvenciones a los salarios pagados privadamente para mantener la disposición y la satisfacción en el trabajo, ya han agotado la solvencia de los Estados a largo plazo, incluso antes de que se percibiera un problema climático. Hoy en día, esto se ve agravado por el armamentismo mundial, al que todos los que tienen algo que decir dan prioridad incuestionable sobre las amplias y costosas medidas gubernamentales necesarias para adaptar nuestras sociedades a la crisis climática, incluida, por ejemplo, la necesidad de financiar medidas de adaptación en el Sur Global desde el Norte Global para evitar un mayor aumento de los flujos de refugiados que pondrían en peligro el modo de vida liberal.

Al igual que con la deuda acumulada en las últimas décadas, no se espera que los amplios programas de gasto que serían realmente necesarios para adaptarse a las consecuencias del cambio climático -en otras palabras, para las gigantescas operaciones de saneamiento tras un siglo de alta industrialización- aumenten la productividad de las economías afectadas de tal manera que puedan financiarse por sí mismos a través de un efecto de crecimiento macroeconómico. Es dudoso que, en estas circunstancias, los prestamistas potenciales acepten un nuevo aumento drástico de la carga de la deuda pública sin aumentar su prima de riesgo y sin reducir drásticamente otros gastos públicos. En la actualidad, como consecuencia de la pandemia y de la guerra en Ucrania, los países están endeudándose como si no hubiera un mañana. Sólo por esta razón, cabe esperar que en algún momento, a más tardar cuando sea inminente un giro fiscal hacia la reparación del medio ambiente, que debería haberse producido hace tiempo, los prestamistas presenten exigencias para limitar sus riesgos.

Para empeorar las cosas, los hogares están cada vez más endeudados, cuando no sobreendeudados (véase el gráfico 3 para Estados Unidos), debido a una combinación de estancamiento de los salarios reales y aumento del gasto en el estilo de vida consumista y socialmente obligatorio de la clase media.

Cuanto más se extienda este estado de cosas -y se está extendiendo rápidamente y por todo el mundo capitalista, sobre todo debido a la presión de la industria crediticia, que está deseosa de desregular los préstamos para compensar la desregulación de los salarios (y al mismo tiempo, por supuesto, para proporcionar un reaseguro estatal para los riesgos crediticios que ha asumido en caso de que algo vaya mal, como ocurrió en 2008)-, menos posible será trasladar los costes de la adaptación y reparación medioambiental a la llamada sociedad civil; véase el fracaso de la bomba de calor y, previsiblemente, de la estrategia del e-car en Alemania. La conclusión es que, rebus sic stantibus, no cabe esperar que ni los ciudadanos ni sus Estados se acerquen lo más mínimo a ser capaces de reunir los inmensos recursos financieros necesarios para combatir la crisis climática, no sólo sus causas, sino también sus consecuencias.
 
La sostenibilidad de la guerra

Por último, una observación que sólo puede parecer que no viene al caso porque está tan resuelta y exitosamente desterrada del «discurso» predominante por quienes lo controlan. En algunos aspectos, los antes pacifistas Verdes son ahora los más decididos defensores de las operaciones militares para mejorar el mundo, contra «el criminal Putin» y «el grupo terrorista islamista radical Hamás», pero probablemente también estarán encantados de hacerlo en el futuro contra el misógino Irán o la hostil China pública. Incluso si se presta mucha atención a las declaraciones públicas de nuestros ecologistas más comprometidos retóricamente, no se habrá oído ni una sola mención a la preocupación medioambiental por las guerras de Gaza y Ucrania, por no hablar de los llamamientos al desarme mundial para proteger el medio ambiente. La perspectiva de reactores nucleares dañados o incluso el uso de armas nucleares para erradicar a cualquier enemigo, con consecuencias razonablemente previsibles para la habitabilidad de las zonas circundantes, también parece preocupar especialmente a las pegatinas callejeras de la «última generación». Oímos, no sólo sutilmente sino también abiertamente, que no deberíamos ser así, que no deberíamos preocuparnos por los huevos sin cascar, o en kölsch: Et hätt noch jot jejange.

Así pues, cabe preguntarse: ¿existen amenazas más existenciales para la humanidad que el cambio climático y el calentamiento global, en forma de Putin, Hamás y Xi, aunque probablemente no Netanyahu? La gente que organiza manifestaciones para la protección del medio ambiente cuando se va a demoler un viejo edificio vecino y sustituirlo por uno nuevo (¡materia particulada!) no dice ni una palabra cuando Ucrania queda ensuciada durante décadas por una lluvia de proyectiles de 155 milímetros que dura todo un año o cuando toda una ciudad de Gaza queda sistemáticamente reducida a escombros por los equipos de limpieza más pesados -cazas bombarderos F-16, tanques y excavadoras- sin tener en cuenta, se puede estar seguro, el amianto en los restos de las casas[5].[5 ] En efecto, es difícil imaginar una guerra «sostenible», a menos que sostenibilidad signifique que -de acuerdo con los objetivos bélicos de Israel- el enemigo dejará de existir al final, para lo cual la reconstrucción y la reedificación ecológicas tendrán que esperar. De hecho, las fuerzas armadas estadounidenses emiten tanto carbono, incluso cuando no están librando una guerra (lo que prácticamente nunca ocurre), que si fueran un Estado, ocuparían el quinto lugar entre los peores emisores[6]. Junto con sus fuerzas auxiliares organizadas en la OTAN, es decir, bajo mando estadounidense, podrían incluso llegar a ocupar el tercer lugar.

Pero si las guerras contra los enemigos son más importantes que la guerra contra la crisis climática, entonces esta última pierde su incomparabilidad casi metafísica. Los ciudadanos podrían entonces empezar a hacerse preguntas como ¿Por qué no se me permite demoler mi granero cuando al ejército israelí se le permite demoler una ciudad de dos millones de habitantes con emisiones incomparablemente nocivas, por no mencionar las decenas de miles de muertes que se producen en el proceso? Otra pregunta que se desprende de esto sería si los enormes fondos que se gastan actualmente en un armamentismo mundial de proporciones sin precedentes -con el 3% del PIB como límite inferior abierto- no estarían mejor invertidos en combatir las consecuencias del cambio climático y quizá también el propio cambio climático, para el que, a diferencia del combustible para los aviones de combate y los tanques que tienen que entrenarse todos los días, hay demasiado poco dinero. ¿No sería esa una cuestión «verde» por excelencia? (No hay prácticamente nada para la protección de la selva tropical, pero «lo que haga falta» para el derecho de Ucrania a entrar en la OTAN y tener misiles estadounidenses estacionados en su suelo). Y si preparar y hacer la guerra debe tener prioridad sobre salvar al planeta del sobrecalentamiento, ¿acaso hay otros objetivos que deban priorizarse, posiblemente incluso más humanos? ¿Por qué, por ejemplo, no debería permitirse a una pequeña familia de personitas volar a Malle una vez al año para divertirse, cuando a los F-16 y a los Rheinmetall Leopard de último diseño se les permite volar lo que sea y cuanto sus comandantes consideren necesario?"

(Wolfgang Streeck, director emérito del Instituto Max Planck de Colonia. Soziopolis, 05/06/24, traducción DEEPL, notas en el original)

La equidad es un factor fundamental para el éxito neto cero... "no es negociable que la transición ecológica sea justa, y que se sienta justa"... Tata Steel confirmó que cerrará sus dos altos hornos de Port Talbot, en el sur de Gales... esto sería "totalmente devastador" para la comunidad local... Para solucionarlo, el Reino Unido necesita un nuevo contrato social para el cero neto... Todo el gasto público neto cero debería tener disposiciones claras para generar valor social (similares a las exigidas por la Ley de Reducción de la Inflación de EE.UU.), basándose en las orientaciones del Grupo de Trabajo sobre Planes de Transición, con expectativas claras de que las empresas establezcan cómo gestionarán las dimensiones de mano de obra y partes interesadas... Esta mayor previsión empresarial debe ir acompañada de una estrategia industrial firme que aumente la inversión pública y privada en desarrollo sostenible e inclusivo en torno al 4% del PIB (Nick Robins)

 "La equidad es un factor fundamental para el éxito neto cero. La encuesta Britain Talks Climate de este año sobre la actitud de la gente concluyó que "no es negociable que la transición sea justa, y que se sienta justa". Convertir esto en realidad es un papel fundamental del gobierno y quienquiera que gane las elecciones generales tendrá que situar a las personas como trabajadores, consumidores y ciudadanos en el centro de sus políticas de cero emisiones netas. Un sector en el que es urgente actuar para lograr una transición justa es el siderúrgico, como demuestra el caso de las instalaciones de Tata Steel en Port Talbot, al sur de Gales.

En enero de 2024, Tata Steel confirmó que cerrará sus dos altos hornos de Port Talbot. Además, Tata anunció que invertiría 1.250 millones de libras esterlinas en un nuevo horno de arco eléctrico (EAF) en el emplazamiento (incluida una subvención de 500 millones de libras esterlinas del Gobierno británico) que se alimentaría de la red eléctrica cada vez más limpia del Reino Unido en lugar de carbón. Port Talbot es el mayor emisor de carbono del Reino Unido y su cierre reduciría las emisiones nacionales en torno a un 1,5%. Pero también supondría la pérdida de unos 2.800 empleos directos, muchos más en la cadena de suministro, y la EAF emplearía a muchos menos trabajadores cuando entrara en funcionamiento, posiblemente en 2027. Según el diputado laborista por Aberavon, Stephen Kinnock, esto sería "totalmente devastador" para la comunidad local.

 La decisión se debe a la colisión de dos fuerzas poderosas. La primera es la viabilidad financiera, ya que se calcula que Tata ha perdido 4.000 millones de libras desde que adquirió las operaciones en 2007. La segunda es la neutralidad, con la necesidad de realizar un cambio tecnológico para eliminar gradualmente el uso de combustibles fósiles. Los sindicatos de Port Talbot han rechazado los planes de la empresa y han presentado propuestas alternativas para evitar la pérdida de puestos de trabajo mediante un enfoque gradual del acero con bajas emisiones de carbono, manteniendo abierto un alto horno mientras se construye el EAF e instalando una planta adicional de reducción directa del hierro (DRI) que podría alimentarse con hidrógeno verde. Pero tras las conversaciones, Tata ha llegado a la conclusión de que esto no sería factible ni financieramente asequible y sigue adelante con los cierres. Para mitigar el trastorno social, se han comprometido otros 230 millones de libras (incluidos 150 millones de libras de Tata) y se ha creado un Consejo de Transición multilateral para apoyar a los trabajadores, las empresas y las comunidades afectadas.

 Port Talbot podría ser uno de los focos de la transición ecológica en vísperas de las elecciones generales británicas del 4 de julio. El primer alto horno podría cerrar a finales de junio, pero el sindicato UNITE ha anunciado que también iniciará acciones sindicales este mes, a las que podrían sumarse otros sindicatos de la planta. El Partido Laborista ha instado a que se negocie un nuevo plan de inversiones que proteja los puestos de trabajo y ha pedido que se garantice el apoyo al empleo y la formación. Como parte de sus planes ecológicos, los laboristas han prometido una financiación pública de 2.500 millones de libras para su Plan del Acero (además de los 500 millones ya comprometidos en Port Talbot). Una parte de estos fondos podría destinarse a Port Talbot, así como a los altos hornos de propiedad china de Scunthorpe, también amenazados de cierre. Lo que esto podría significar en la práctica sólo se sabrá después de las elecciones.

 Port Talbot pone de manifiesto los fallos de la transición británica, entre ellos la incapacidad para planificar y prever las consecuencias humanas de los cambios inevitables. Evaluar y ofrecer vías de transición justas para los trabajadores y las comunidades lleva tiempo y debe empezar lo antes posible, implicando a los afectados desde el principio. Esto es esencial para garantizar que se minimizan y gestionan las posibles repercusiones negativas, y se aprovecha la oportunidad social de la energía neta cero. En la actualidad, miles de personas corren el riesgo de quedarse atrás en el sur de Gales. Pero Port Talbot no es la única, ya que al menos otras tres grandes instalaciones, responsables de más del 3% de las emisiones de 2022, cerrarán sus puertas en un futuro próximo: los altos hornos de Scunthorpe, la última central eléctrica de carbón del Reino Unido en Ratcliffe on Soar y la refinería de petróleo de Grangemouth.

 Para solucionarlo, el Reino Unido necesita un nuevo contrato social para el cero neto. Para la industria, un nuevo gobierno debería exigir a los principales emisores del Reino Unido que consulten, negocien y publiquen un plan de transición justo que muestre cómo se gestionará por adelantado la dimensión social del cero neto. Estos planes a nivel local deberían complementarse con planes obligatorios de transición a cero neto para todas las grandes empresas, basándose en las orientaciones del Grupo de Trabajo sobre Planes de Transición, con expectativas claras de que las empresas establezcan cómo gestionarán las dimensiones de mano de obra y partes interesadas. Esta mayor previsión empresarial debe ir acompañada de una estrategia industrial firme que aumente la inversión pública y privada en desarrollo sostenible e inclusivo en torno al 4% del PIB. Todo el gasto público neto cero debería tener disposiciones claras para generar valor social (similares a las exigidas por la Ley de Reducción de la Inflación de EE.UU.). Por supuesto, Gales y las demás naciones y regiones necesitan sus propias estrategias para dar prioridad a las necesidades y aspiraciones locales de comunidades específicas. En el caso de Gales, esto se basaría en la Ley de Bienestar de las Generaciones Futuras, que sustenta su incipiente marco de transición justa para que el cero neto se traduzca en un país próspero, resistente, más sano y más igualitario.

 De cara al futuro, no cabe duda de que una acería renovada en Port Talbot podría ser un elemento central de un próspero polo industrial ecológico en el sur de Gales, en torno al Celtic Freeport, y generar nuevos puestos de trabajo con condiciones laborales justas y comunidades revitalizadas. Pero no se empezaría por aquí. Hasta ahora, Port Talbot corre el riesgo de convertirse en un ejemplo de transición injusta. En las próximas semanas y meses es necesaria una acción urgente por parte de empresas y trabajadores, gobiernos locales y nacionales, para garantizar que no sea así, no sólo en el sur de Gales, sino en todo el país."       

(Nick Robins es profesor de práctica en finanzas sostenibles en el Instituto de Investigación Grantham sobre Cambio Climático y Medio Ambiente, en LSE... Sangeeth Raja Selvaraju es analista de políticas (Finanzas sostenibles – India) en el Instituto de Investigación Grantham de la LSE... LSE , 14/06/24, traducción DEEPL, enlaces en el original)

19.6.24

Wolfgang Knorr: Los liberales ecologistas culpan a los votantes por no “hacer lo correcto”, pero ignoran y se niegan a abordar la creciente desconfianza en las instituciones políticas y la sospecha general de que tales políticas sólo conducirán a una mayor concentración de riqueza y poder, lo que en última instancia socavará los propios objetivos climáticos... En el caso del clima, las emisiones están causando claramente el calentamiento, pero antes de las emisiones están la codicia y la conveniencia, la injusticia, un sistema monetario expansivo que invariablemente concentra la riqueza en cada vez menos manos, la presión social para ajustarse a un ideal de estilo de vida consumista... Los multimillonarios que vuelan en jets privados envían una poderosa señal de que el uso de combustibles fósiles es aceptable. No hay ningún indicio de que la demanda de combustibles fósiles vaya a desaparecer pronto, mientras sigan ofreciendo una comodidad superior... la mejor política climática es reinstaurar por fin la idea de que el pueblo es el último soberano. No sólo las asambleas del clima, sino dar a los votantes de a pie la última palabra en cualquier aspecto de la elaboración de leyes, algo que actualmente sólo se puede encontrar en Suiza, pero posiblemente de otra forma, utilizando las herramientas de la democracia deliberativa, y aplicado universalmente en todo el mundo. Esto, si se toma en serio, proporcionará necesariamente un contrapeso al interminable desempoderamiento y saqueo de los recursos de los pobres, y del consumo excesivo y el declive moral en la cima y entre las élites profesionales. No se puede detener el colapso climático sin detener la decadencia moral y la muerte de la democracia

 "Poco después de las recientes elecciones al Parlamento Europeo, The Guardian publicó un artículo en el que se preocupaba por la posibilidad de que el débil resultado de los Verdes europeos debilitara seriamente las ambiciones climáticas del continente. Carbon Brief, un grupo de reflexión independiente sobre el clima, presentó un análisis más detallado, con un gráfico que mostraba que la UE había mejorado enormemente su responsabilidad climática gracias a su emblemático "Pacto Verde", que ahora se ve supuestamente amenazado por una derecha populista en ascenso. Afirma que en el momento de las anteriores elecciones parlamentarias de la UE, el grupo de países iba camino de contribuir a un calentamiento casi catastrófico de 4 grados, mientras que ahora, gracias al "Pacto Verde", está al menos en camino de alcanzar un nivel razonable, aunque no lo suficientemente bueno, de más de 2 grados. En otras palabras, el "Pacto Verde" es crucial para que la UE ayude a salvar el mundo, sólo que nosotros, los europeos, tenemos que presionar más.

Como científico del clima desde hace más de 30 años y observador agudo de los altibajos, pruebas y tribulaciones del debate sobre el clima, me siento profundamente incómodo con el marco expresado en estos dos artículos. Esa sensación es casi física, como un golpe en el estómago, y gran parte de ella proviene de la constatación de que no es difícil explicar por qué, en mi opinión, este tipo de análisis y planteamientos forman parte del problema de desestabilización climática de la humanidad, en lugar de ser parte de su solución.

El enfoque equivocado

 Hay varias maneras de explicar lo que quiero decir, pero quizá la primera y más fácil sea decir que, tras todas esas décadas de esfuerzos climáticos, la idea misma de abordar el calentamiento del clima limitando las emisiones de gases de efecto invernadero nunca ha funcionado. Las proyecciones de lo que ocurriría en presencia o ausencia de determinadas políticas son sólo eso: proyecciones. En realidad, una paralización absolutamente sin precedentes de la economía mundial durante la pandemia ha provocado un descenso sólo modesto de las emisiones, mientras que las concentraciones del principal gas de efecto invernadero, el dióxido de carbono, incluso han seguido aumentando. Y la proliferación de llamamientos a aprovechar la oportunidad de "reconstruir mejor" tras la pandemia ha sido sistemáticamente olvidada o ignorada, con las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero persiguiendo de nuevo nuevos récords. Las proyecciones expertas no sustituyen a la acción. Como mínimo, la acción climática ya debería haber frenado el aumento de las emisiones.

 No lo han hecho, a pesar de las promesas de cero emisiones netas, la pandemia como una oportunidad única, el histórico Acuerdo de París y el inexorable aumento de las energías renovables, con la energía solar ahora más barata que la de carbón en gran parte del mundo. Aunque en la próxima década esto se refleje finalmente en un pico de emisiones mundiales, el pico habrá llegado demasiado tarde. Para estabilizar el clima, primero hay que detener el aumento de las emisiones, cosa que no ha ocurrido. A continuación, los niveles de dióxido de carbono deberán dejar de aumentar, lo que requeriría una reducción inmediata de las emisiones en torno al 50%, y luego reducirlas lentamente hasta cero. En comparación, las emisiones cayeron un 5,4% en 2020 durante el bloqueo global. Por el momento, dado el funcionamiento de la economía mundial, nada que se le parezca es imposible. Pero supongamos que logramos lo imposible, entonces las concentraciones se estabilizarán, pero el clima seguirá calentándose, muy posiblemente triplicando los 1,2 grados de calentamiento actuales a largo plazo.

La trampa de la moralidad

 Pero la idea de que la política climática convencional puede sacarnos de la zona de peligro tiene algo más de fondo. Cuando hay un problema, la mayoría de las veces se pueden identificar una o varias cadenas de acontecimientos y factores contribuyentes que acaban causándolo. En el caso del clima, las emisiones están causando claramente el calentamiento, pero antes de las emisiones están la codicia y la conveniencia, la injusticia, un sistema monetario expansivo que invariablemente concentra la riqueza en cada vez menos manos, la presión social para ajustarse a un ideal de estilo de vida consumista, élites cuyas carreras están íntimamente entrelazadas con el mantenimiento del statu quo, la corrupción en forma de captura del proceso político por parte de las empresas y las élites... La lista es interminable.

  La extraña experiencia con el Partido Verde en Alemania -posiblemente el partido verde más poderoso e importante de la UE y del mundo- es que, por un lado, su objetivo en política climática ha sido claramente la reducción de emisiones. Por otro lado, los políticos del Partido Verde han mostrado una preocupante vena de autoritarismo a la hora de perseguir sus objetivos: Impulsar terminales de gas natural licuado en ecosistemas costeros sensibles que al final no eran necesarios, insistir en una reforma electoral que priva de derechos a los partidos regionales más pequeños, o (en el nivel estatal más bajo) el partido estaba introduciendo planes, ahora abandonados, para restringir el alcance y la competencia de las votaciones populares sobre cuestiones de base, por no hablar de su uso de la fuerza policial para desalojar brutalmente a los manifestantes que bloqueaban la expansión de la minería del lignito en Renania del Norte-Westfalia. El Partido Verde alemán está convencido de que el camino hacia la seguridad climática pasa por la reducción de emisiones, pero ha demostrado una preocupante falta de autocrítica y un estilo de hacer política basado en convicciones morales más que en principios democráticos de apertura y debate. Ahora ha pagado el precio en las elecciones de la UE.

 Ver la urgencia de la cuestión climática e impulsar políticas de reducción de emisiones -por muy eficaces que sean dadas las limitaciones de la política de partidos- con fervor moral, pero al mismo tiempo no mostrar ningún fervor moral cuando se trata de las causas subyacentes de la injusticia, el aumento de la desigualdad y el declive de la democracia debido a un poder político e institucional cada vez más concentrado en unas pocas manos, sencillamente no cae bien entre los votantes. Muchos de ellos tendrán un agudo sentido de lo que es justo y equitativo. Temer ahora por el "Green Deal", como hace el autor del artículo de The Guardian, muestra exactamente la misma falta de autocrítica: culpa a los votantes por no "hacer lo correcto", pero ignora y se niega a abordar la creciente desconfianza en las instituciones políticas y la sospecha general de que tales políticas sólo conducirán a una mayor concentración de riqueza y poder, socavando en última instancia los propios objetivos climáticos.

La normalización cultural de la codicia

Alejémonos de la UE y otras políticas climáticas e imaginemos una guardería con 20 niños pequeños y 20 juguetes. Uno de ellos se lleva 19 juguetes y deja que los demás se repartan el que queda. Los niños entenderían inmediatamente la injusticia y se quejarían. Imaginemos entonces que los profesores intervienen y redistribuyen los juguetes, tras lo cual los padres del niño avaricioso llaman a la policía e insisten en que los juguetes son todos suyos. Los profesores se verían entonces obligados a enseñar a los niños que todo esto es normal y que ellos también deberían esforzarse por tener tantos juguetes como el superniño pequeño. Esta es aproximadamente la situación en la que se encuentra gran parte de nuestra cultura mundial actual. En lugar de indignación, la reacción natural, tenemos propaganda, violencia estatal y, en última instancia, aquiescencia. Y esa aquiescencia crea una presión social para actuar y emular el estilo de vida del niño abusón. El consumo excesivo en la cima genera consumo excesivo en toda la jerarquía social.

En un mundo así, está claro que una explosión de las energías renovables no acabará con la energía fósil a corto plazo: los directores ejecutivos de las grandes compañías petroleras o automovilísticas lo saben. Los multimillonarios que vuelan en jets privados envían una poderosa señal de que el uso de combustibles fósiles es aceptable. No hay ningún indicio de que la demanda de combustibles fósiles vaya a desaparecer pronto, mientras sigan ofreciendo una comodidad superior.

Al mismo tiempo, se tarda unos cinco minutos en idear algunas propuestas de política climática que podrían invertir la lógica perversa de las actuales políticas de reducción de emisiones. ¿Qué tal una asignación de carbono estricta y universal para cada persona que no pueda comprarse ni venderse? Sería lo suficientemente alto como para cubrir algo así como las emisiones de "subsistencia", pero no más. Seguramente, para los multimillonarios de la tecnología que creen que el "problema" del clima requiere ante todo más tecnología, esto seguramente no será un problema: con sus carteras financieras, diseñarían aviones eléctricos propulsados por energía solar, y seguirían volando. Eso tal vez enviaría una señal diferente a las capas sociales más bajas, no exactamente de humildad, pero al menos de asumir la responsabilidad de los propios actos. Pero, en realidad, ni siquiera se ha planteado seriamente la igualdad de derechos de emisión per cápita por país.

Más democracia: el camino más temido

Los votantes suelen ver la presuntuosidad, cuando los políticos verdes u otros promueven fervientemente políticas desde un punto de vista de autojustificación moral, por muy sensatas que sean. Por eso llama la atención que una propuesta diferente sea vista como la radical: La demanda de Extinction Rebellion y otros grupos climáticos "radicales" de que las asambleas ciudadanas diseñen políticas climáticas que se sometan a votación popular ordinaria. Este tipo de propuestas, que a cualquier no político le parecen generosas y sensatas, porque aceptan la posibilidad de que los ciudadanos no quieran ninguna medida climática de gran alcance, han demostrado ser demasiado radicales para nuestra realidad política actual. Pero cuando el impopular autoritarismo verde choca con las expectativas de humildad y transparencia de los votantes, es a éstos a quienes hay que culpar del posible fracaso de las medidas climáticas.

Dado que los ciudadanos de a pie suelen estar lo suficientemente alejados de la política cotidiana como para no dejarse capturar por las narrativas y las ideas que preservan el statu quo de lo que puede ser y lo que no puede ser, también serán mucho más capaces de ver las dimensiones morales del problema, tal y como se esbozó anteriormente en la analogía del jardín de infancia. Pero debido a la concentración cada vez mayor de poder y riqueza en manos de los ricos y las élites profesionales, ya se les ha marginado de hecho. El resultado final es que la democracia y la estabilidad climática morirán juntas.

Dándole la vuelta, este argumento significa que la mejor política climática es reinstaurar por fin la idea de que el pueblo es el último soberano. No sólo las asambleas del clima, sino dar a los votantes de a pie la última palabra en cualquier aspecto de la elaboración de leyes, algo que actualmente sólo se puede encontrar en Suiza, pero posiblemente de otra forma, utilizando las herramientas de la democracia deliberativa, y aplicado universalmente en todo el mundo. Esto, si se toma en serio, proporcionará necesariamente un contrapeso al interminable desempoderamiento y saqueo de los recursos de los pobres, y del consumo excesivo y el declive moral en la cima y entre las élites profesionales. No se puede detener el colapso climático sin detener la decadencia moral y la muerte de la democracia."

(Wolfgang Knorr, Agencia Espacial Europea , Brave New Europe, 11/06/24, traducción DEEPL, enlaces en el original)