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23.5.24

15M: actualidad de un ‘fantasma’... ¿De qué nos puede servir convocar e interrogar hoy al fantasma del 15M? Ninguno de los anhelos del 15M –democracia real, igualdad efectiva, vida vivible– se ha materializado. Aún es preciso materializar al fantasma... Una salida posible es retomar las preguntas, volver a los problemas, reformular las promesas incumplidas... El espectro del 15M nos habla de una posibilidad de hibridación (tensa, compleja, no garantizada) entre lo público y lo común. Si recordamos aquellos años de política callejera encontraremos que se buscó conectar, poner en sintonía, las luchas por la defensa de lo público (ahí estaban las Mareas para demostrarlo) junto a la producción de nuevos comunes por fuera de las lógicas burocrático-representativas (huertos urbanos, cooperativas integrales, okupaciones, centros sociales, asambleas barriales, etc.)... Es la promesa que aupó a tantas candidaturas municipalistas al poder, una promesa que no se pudo mantener y que precipitó después su caída (Amador Fernández-Savater)

 "Sería demasiado fácil, ahora que se vuelven a levantar por todas partes acampadas de protesta, ya sea contra el genocidio en Gaza o contra el ecocidio en las islas Canarias, señalar ahí la herencia actual del movimiento de las plazas de 2011 o del 15M en particular; afirmar la continuidad de un impulso de movimiento a partir de la persistencia de una práctica, de una técnica, de una serie de gestos.

Sin desestimarla, nosotros preferimos ahora pensar la actualidad del 15M como la insistencia de una serie de preguntas, de problemas no resueltos, de posibilidades históricas incumplidas. En definitiva, como la presencia de una ausencia: el 15M como espectro, como fantasma.

Hauntología

La “hauntología” (ciencia de lo fantasmagórico) fue un término acuñado por el filósofo Jacques Derrida para referirse a la misteriosa continuidad espectral de la obra de Marx tras la caída del Muro de Berlín. Algo que se da por muerto sigue, sin embargo, acechando el presente con incómodas preguntas. Sus enemigos sienten sudores fríos aparentemente ya sin motivo (“comunismo o libertad”), mientras sus simpatizantes se esfuerzan en convocar al fantasma de vuelta.

Antes de Derrida, otros pensadores en la órbita de la Escuela de Frankfurt, como los alemanes Walter Benjamin o Herbert Marcuse, señalaban que todo presente político está asediado siempre por fantasmas del pasado que lo acechan e incomodan, sin dejarle dormir en paz los sueños de un “final de la Historia”. Son los fantasmas de todas las potencialidades de cambio que en la historia han sido, derrotadas y refrenadas –muchas veces a sangre y fuego– pero no por ello desaparecidas.

En el siglo XXI, ha sido el pensador británico Mark Fisher –ya fallecido– quien más ha insistido en convocar a los espectros contra los presentes que se cierran sobre sí mismos de modo autocomplaciente: los fantasmas de todo lo que pudo ser y no fue, de los fracasos revolucionarios y sus promesas incumplidas, de esa memoria herida que trae una y otra vez recuerdos de otra vida posible, por fuera de esa que nos propone el mercado.

Si la melancolía según nos enseña Freud nos fija a algo que fue y ya no es, congelándonos en la repetición de un pasado falsificado e idealizado, la nostalgia por el contrario es la añoranza activa de un posible, de una experiencia vivida que trata de regresar y reactivarse en el presente. Como la nostalgia por la infancia, por un amor, por una aventura del pasado. No nos convoca a repetir, sino a traducir, recrear, reinventar.

La figura del fantasma nos habla de una latencia subterránea, invisible y difícil de percibir pero efectiva. La latencia de una serie de preguntas, problemas y desafíos pendientes. Esa latencia nos conduce, no al lamento quejoso por lo que hubo y ya no hay (el Partido, la Organización, la Clase Obrera), sino a la exigencia de detectar y encender las brasas de la historia, para reabrir de nuevo el presente hacia un futuro desconocido.

Los cinco mensajes del fantasma

¿De qué nos puede servir convocar e interrogar hoy al fantasma del 15M? Puede sugerirnos vías de salida posibles a algunas trampas políticas en las que estamos encerrados. Sugerencias, no recetas. El fantasma siempre habla de forma encriptada y nos exige un esfuerzo activo de interpretación, de recreación, de traducción.

En concreto, pensamos en cinco trampas políticas que asfixian hoy lo posible, cinco “alternativas infernales” en palabras de Isabelle Stengers, cinco binarismos o dicotomías fatales que estrangulan la acción y la imaginación, la subversión del presente.

En primer lugar, la trampa de las identidades solipsistas. En las identidades se coagula la sangre por donde manan las heridas de nuestra modernidad, el problema con ellas no es otro que esa coagulación. ¿Qué significa esto?

La “herida del poder colonial” da como resultado una respuesta antirracista, indígena y decolonial que pugna por existir frente al olvido y la violencia. La “herida heteropatriarcal” engendra una potencia feminista/queer dispuesta a recategorizar lo vivo y las formas de vida. La “herida de clase” sigue ofreciendo a los cuerpos un canal fértil para experimentar disposiciones anticapitalistas. La “herida ecológica” incuba un nuevo imaginario capaz de empujar nuestra conciencia más allá del antropoceno.

Estas heridas manan sangre de manera inevitable y necesaria, un flujo dinámico de respuestas e imaginarios frente a la pedagogía de la crueldad. El problema es que la sangre se coagule en forma de trinchera y dogma, imposibilitando el encuentro con el otro, jerarquizando los daños, frenando la configuración de un flujo común de rechazo y transformación. En ese caso las identidades se vuelven solipsistas, jaulas del pensamiento y la acción, identidades identitarias.

El fantasma del 15M nos trae imágenes de una lógica compositiva y transversal, dirigida no tanto a jerarquizar o borrar las heridas, como a buscar mecanismos de encuentro, presencia común y alianza estratégica entre ellas; nos devuelve la interrogación por la composición entre diferencias, por la alianza entre extraños, como la única posibilidad de que algo se mueva, de que el suelo del poder tiemble.

En segundo lugar, la trampa del Estado-nación como único modo de tejer la convivencia entre territorios. Nacionalismo español versus nacionalismo catalán, pero ambos con los mismos problemas de esencialización de la identidad, de ocultación de las desigualdades, de centralización y expulsión de la diferencia.

En paralelo a esta, otra brecha territorial se ha abierto durante los últimos años. La hipertrofia de las metrópolis frente a la España Vaciada. Lo urbano frente a lo rural, con las tractoradas de agricultores ocupando las grandes ciudades como resultado del hartazgo, del malestar y el abandono secular al que han estado sometidos ciertos territorios y mundos desde la década de los sesenta.

El fantasma del 15M nos trae imágenes distintas para pensar todo esto. Fulguraciones y vislumbres de otros posibles. La solidaridad entre las plazas, por ejemplo. La activación de la protesta en Madrid cuando la acampada de Barcelona fue desalojada brutalmente (“¡Barcelona, no estás sola!”). Las decenas de ciudades y pueblos de todos los tamaños conectados a una misma inteligencia colectiva, desde Granada a León pasando por Cáceres, Murcia, Valencia, Cádiz, Sevilla, Zaragoza. Los lazos de cooperación y solidaridad interterritorial para articular movimientos como el de vivienda (la PAH, Stop Desahucios), las Mareas Ciudadanas, las Marchas de la Dignidad, con sus diferentes columnas procedentes de las distintas geografías del país.

Estas otras imágenes nos hablan de una articulación diferente de lo territorial. Otra forma de reconstruir los lazos sin negar las adscripciones locales, las historicidades culturales y lingüísticas, políticas y geográficas, ni las legítimas demandas de independencia y autonomía, sino buscando, frente a un neoliberalismo feroz que jerarquiza territorios e instala fronteras a su conveniencia, un frente de auxilio mutuo, una lógica compositiva de emancipación, una concepción emancipadora de la inter-dependencia a la que el mundo actual nos convoca.

En tercer lugar, la trampa de la alternativa entre lo público y lo común. Según los modos progresistas de pensar más convencionales, la defensa de lo público agota todas las posibilidades de la acción política, así la opción de lo común se ve con desconfianza: “cómplice del neoliberalismo”, etc.

¿Cuántas veces hemos escuchado desde 2015 que el objetivo era tomar el Estado porque ahí se juega la verdadera batalla del poder? ¿Cuántas veces se nos ha dicho que controlando el Estado se podía cambiar, de manera profunda, la vida de la gente?

La realidad durante estos años, sin embargo, nos ha devuelto una imagen más compleja. Se puede tener el Estado y no disponer del poder. Se puede controlar el BOE y no necesariamente cambiar de manera radical la vida de la gente. Se puede estar en el gobierno y no ser capaz de embridar el empuje de las élites que buscan condicionar buena parte de la vida social, económica y cultural del país.

El espectro del 15M nos habla de una posibilidad de hibridación (tensa, compleja, no garantizada) entre lo público y lo común. Si recordamos aquellos años de política callejera encontraremos que se buscó conectar, poner en sintonía, las luchas por la defensa de lo público (ahí estaban las Mareas para demostrarlo) junto a la producción de nuevos comunes por fuera de las lógicas burocrático-representativas (huertos urbanos, cooperativas integrales, okupaciones, centros sociales, asambleas barriales, etc.).

También es posible defender lo público desde lo común, defender lo público reinventándolo, radicalizándolo y profundizándolo, abriéndolo a más capas de participación de los usuarios, a experimentos de gestión ciudadana, de una vida política más allá de los partidos y los políticos profesionales. Es la promesa que aupó a tantas candidaturas municipalistas al poder, una promesa que no se pudo mantener y que precipitó después su caída.

En cuarto lugar, la trampa de la alternativa entre masividad y radicalidad. Por un lado, los pequeños grupos en los que se encarna la diferencia cualitativa, la promesa de una vida distinta, el ejemplo práctico de otro hacer. Por otro lado, los movimientos de masas, capaces sólo de demandar cambios cuantitativos, en una lógica de delegación y representación.

El fantasma del 15M nos trae nuevamente otros recuerdos. La gente común se volvía un poco “anarquista”, tomando iniciativas en nombre propio, encontrándose con otros para hacer, poniéndose en marcha. A la vez, los “anarquistas” salían de sus guetos homogéneos y autocomplacientes, para dialogar con sus vecinos y vecinas en pie de igualdad, sin lecciones que dar sino en un aprendizaje recíproco.

Las consignas más radicales, aquellas que tocan el corazón de nuestro sistema político (“lo llaman democracia y no lo es”, “no nos representan”), eran coreadas por miles en las calles y sostenidas por millones en las encuestas. Se cortocircuitó así la falsa alternativa entre verdades radicales de pequeños grupos y conformismo de masas.

El clima 15M atravesaba incluso, con sus afectos alegres de iniciativa y cooperación, el mismo espacio comunicativo, las redes sociales y los medios mainstream. Hoy esto parece imposible, las redes sociales se han vuelto pasto de las pasiones tristes de la acusación y el resentimiento hacia el otro, pero el 15M muestra que una atmósfera afectiva puede cambiar y torcer el destino de los instrumentos más banales y cotidianos.

Los medios mainstream hablaban del 15M y esto, lejos de integrarlo o recuperarlo, lo propagaba, lo expandía, lo extendía. No existía tanto el miedo a ser “manipulados”, como la confianza en la propia fuerza de contagio. Es posible que la comunicación extienda las resonancias de un movimiento, cuando esta se impregna de territorios y prácticas, de cuerpos y mundos de vida. Hoy, sin embargo, la comunicación política es lo que es porque está sostenida sobre nada.

Por último, la trampa de la alternativa entre utopía y normalidad. Entre enclaves utópicos altamente autorreferenciales y normalidad masiva que sólo reclama “una vida sin problemas”.

Como nos enseñan los mayores teóricos de la utopía del siglo XX, como Ernst Bloch o Herbert Marcuse, el impulso utópico no es una especulación o un ideal de pureza inalcanzable, sino un pasaje, un umbral, una tensión entre lo que hay y lo que podría haber, entre lo que es y lo que podría ser, entre la normalidad y el otro mundo posible.

El hogar de la utopía es siempre “aquí-ahora”, pero al mismo tiempo “todavía no”. La utopía es potencialidad: está inscrita y arraigada en el presente inmediato, pero al mismo tiempo apunta y se proyecta “más allá”. Su crecimiento y expansión requiere tiempo y la negación-superación de lo que existe, en el sentido de que lo que hay ahoga y asfixia el embrión de lo por venir.

Durante los meses y años en los que el clima 15M estuvo vivo, una tensión fecunda se estableció entre lo que hay y lo que puede haber. Ni la gente en las calles reivindicaba simplemente “más de lo mismo”, ni se construían “mundos alternativos” sin pie ninguno en la realidad, sino que lo extraordinario se hizo mundo común y al revés. En la normalidad habitaban los potenciales de una realidad otra, sin perder nunca de vista el mundo presente y compartido.

Materializar el fantasma

Las respuestas que trataron de dar curso a lo que propuso el 15M pudieron ser fallidas: desde el municipalismo hasta Podemos, pasando por el regreso a un autonomismo identitario. Pero lo fallido de las respuestas no invalida en ningún caso la pertinencia de las preguntas.

¿Cómo tejer lo común entre las diferencias? ¿Cómo radicalizar lo público, abriéndolo a la participación de cualquiera? ¿Cómo salir de los imaginarios centralizadores a la hora de componer territorios? ¿De qué modo romper la alternativa entre masividad y radicalidad? ¿Cómo arraigar el impulso utópico en lo cotidiano?

Los problemas que no se responden acaban pudriéndose. El campo de la transformación social (lo que por comodidad llamamos “izquierda”) vive hoy en una descomposición acelerada. El presente parece desesperado y sin salida: sostener una izquierda paliativa por arriba o regresar a las identidades cerradas por abajo.

Una salida posible supone retomar las preguntas, volver a los problemas, reformular las promesas incumplidas. Una acción política de cualquiera y para cualquiera, capaz de tejer en la diferencia y alojar lo extraño como fuerza y no como debilidad. Desde nuevos lugares, a partir de otros objetos, mediante otras prácticas.

Ninguno de los anhelos del 15M –democracia real, igualdad efectiva, vida vivible– se ha materializado. Aún es preciso materializar al fantasma."

(Amador Fernández-Savater ha publicado recientemente Capitalismo libidinal; antropología neoliberal, políticas del deseo, derechización del malestar... Ernesto García López es antropólogo y escritor. Autor de Hospital del aire (Candaya, 2022). Destacan sus investigaciones sobre la construcción social del activismo en Madrid durante el ciclo 15M. CTXT, 14/05/24)

11.5.24

El legado del 15M... Todo fue tan fulgurante que resultó devastador para quienes lo protagonizaron desde las distintas líneas del frente... el 15M ha dejado muchas huellas. Hubo avances sociales que cristalizaron en leyes que han aumentado los derechos y las libertades. El feminismo aprovechó el empuje y los mimbres del 15M para ser un movimiento transformador y vanguardista. Puso sobre la mesa muchos de los debates actuales, desde la precariedad hasta la vivienda... Los avances son innegables, al igual que el desgaste... La reacción retrógrada es tan feroz precisamente porque se ha avanzado mucho. Mucho más de lo que pensaban y mucho más de lo que querían la derecha y los ultras, por lo que han intentado destruir cualquier avance de las maneras más ruines, desde las cloacas del Estado hasta las campañas de persecución, acoso y derribo. Eso quiere decir que se ha ido lejos (Javier Gallego Crudo)

 "(...) Todo fue tan fulgurante —a pesar de que parezca lejano, ha ocurrido en muy poco tiempo— que resultó devastador para quienes lo protagonizaron desde las distintas líneas del frente. Pese a la decepción que le provocó a mucha gente, el 15M ha dejado muchas huellas. Por ejemplo, consiguió lanzar a un partido político que en una década cambió el país de manera radical, implantar la actual pluralidad del Congreso y democratizar España.

Hubo avances sociales que cristalizaron en leyes que han aumentado los derechos y las libertades. El feminismo aprovechó el empuje y los mimbres del 15M para ser un movimiento transformador y vanguardista. Puso sobre la mesa muchos de los debates actuales, desde la precariedad hasta la vivienda. Fue un vuelco a la conciencia, aunque ha quedado mucho por hacer, pero vamos lentos porque vamos lejos.

Los avances son innegables, al igual que el desgaste, porque fue demoledor el cambio que se intentó hacer y demoledora también la respuesta para acabar con una transformación que les pareció excesivamente radical.

La reacción retrógrada es tan feroz precisamente porque se ha avanzado mucho. Mucho más de lo que pensaban y mucho más de lo que querían la derecha y los ultras, por lo que han intentado destruir cualquier avance de las maneras más ruines, desde las cloacas del Estado hasta las campañas de persecución, acoso y derribo. Eso quiere decir que se ha ido lejos, de ahí que la respuesta fuera brutal. (...)"

(Entrevista a Javier Gallego Crudo, Henrique Mariño, Público, 15/05/24)

30.12.21

España está repolitizándose, no sólo porque la crisis y el descontento hayan hecho que las tertulias referidas a esos asuntos estén obteniendo un share insospechado en cadenas generalistas, sino porque regresan ideas políticas fuertes que hasta hace poco permanecían recluidas en la periferia comunicativa... El debate sobre cómo debe ser la democracia y cuáles deben ser los modelos económicos a seguir está resurgiendo con fuerza, lo que puede dar forma a una sociedad muy diferente

 "España está repolitizándose, no sólo porque la crisis y el descontento hayan hecho que las tertulias referidas a esos asuntos estén obteniendo un share insospechado en cadenas generalistas, o porque las conversaciones en los bares cada vez giren más en torno al mal funcionamiento institucional, sino porque regresan ideas políticas fuertes que hasta hace poco permanecían recluidas en la periferia comunicativa.

 Lo más llamativo de esta época, 40 años después de la muerte de Franco, es que aquellas posturas ideológicas que parecían solapadas con los consensos surgidos de la Transición reemergen con fuerza. La primera de ellas es la puesta en primer plano de un liberalismo que, si bien es la idea dominante en lo económico desde hace varias décadas, exige, según sus partidarios, una profundización en sus ideas y su ampliación a ámbitos que no sean estrictamente los de la economía. (...)

La otra es la surgida del 15 M y de sus asambleas, que aboga por una democracia deliberativa, pero que hunde sus análisis en una tradición marxista pasada por teóricos como David Harvey o Toni Negri, y que pretende revisitar todos los consensos de la tradición e iniciar un proceso constituyente.

Europa como engendro

El acierto del congreso "España sin (un) Franco", organizado por el CENDEAC, que se está celebrando en Murcia, y que reúne a pensadores de menos de cuarenta años, ha sido enfocar el asunto desde el atrevimiento, en tres sentidos: ha dado voz a jóvenes que participan socialmente de forma muy activa pero que apenas tienen presencia en medios de masas, ha invitado a ponentes que mantienen posiciones duras, y lo ha hecho desde una pluralidad osada que apuesta por el debate. Unir en su primera jornada a un liberal duro como es Juan Ramón Rallo, con el sociólogo Isidro López, del Observatorio Metropolitano, activista del 15-M y miembro de Movimiento para la democracia, suponía una incitación a una confrontación ideológica abierta, cuando no enconada. 

 En su intervención, Rallo insistió en que esta Europa no es liberal, y que “se parece más a lapuesta en práctica del socialismo por el creciente peso del estado. El engendro europeo además, ha subido la presión tributaria con el pretexto de ayudar a los más necesitados con la creación de un Estado del bienestar, y lo único que ha hecho ha sido conseguir que todo sea público (educación, sanidad, pensiones, etc.), lo cual es una opción ideológica que en lugar de servir a quienes dice defender, a quienes menos tienen, está acabando con las clases medias”. El resultado final es mantener a los consumidores cautivos del estado para beneficio de unos políticos, a los que señaló en unos términos similares a los de esa casta tan popular últimamente, “que sólo buscan sacar partido privado, minimizando su tiempo de trabajo y mejorando sus ingresos”. (...)

Isidro López dibujó el mapa europeo surgido a partir de la crisis de los setenta, analizando las bases conceptuales, políticas y económicas bajo las que se configuró la UE, de las que afirmó que “fueron el triunfo económico real del neoliberalismo”. Maastricht fue, en ese sentido, el hito de una intervención para conseguir que las rentas financieras no se devaluasen a través de la reducción del gasto público y del adelgazamiento del Estadode bienestar. Al mismo tiempo, “las políticas instigadas por la UE han provocado el aumento de la tasa de explotación y la flexibilización del mercado del trabajo con el fin de asegurar una tasa de beneficio decreciente del capital”. Señaló como Europa ha sido el mecanismo por el cual “las sociedades liberales implementaron un programa de gobernanza que asegurase el control de las turbulencias sociales provocadas por esas mismas medidas”. El resultado final también tuvo consecuencias espaciales, “ya que Alemania se convirtió en el polo de producción de alta cualificación continental, y países como España han sido el foco de consumo y el lugar de destino y de rentabilización de los capitales germanos”.

¿Estado sin Estado?

López negó la tesis del mayor peso del Estado en las últimas décadas propuesta por Rallo, señalando que esa presencia se ha circunscrito a determinados sectores, como el de la obra pública, mientras que está replegándose en otros como la sanidad o educación. “La intervención del Estado se ha concentrado en el ciclo inmobiliario y en el desarrollo de infraestructuras, lo cual nos ha supuesto unos costes altísimos. La deuda de la ciudad de Madrid, que es enorme, ha ido a parar a proyectos como el soterramiento de la M30, es decir, a nutrir las arcas de la oligarquía española, lo cual demuestra que el gasto público no ha ido a parar a servicios sociales, sino que ha funcionado como elemento de redistribución, pero a la inversa, de abajo arriba”.

Aclaró López que la profundización en la democracia es necesaria, pero de un modo distinto del que habíamos pensado hasta ahora. “No se trata de buscar más representación, porque lo que estamos viviendo es precisamente una crisis de la representación, sino de hablar en común de los problemas a los que nos enfrentamos y de decidir sobre ellos. No se trata de elegir simplemente a un presidente del gobierno, que eso funciona ya así y está obsoleto. De lo que hablamos es de la democracia deliberativa”. Para Rallo, este tipo de democracia es irreal y sólo puede funcionar en contextos restringidos y únicamente sobre cuestiones poco espinosas.

A pesar de las evidentes diferencias, hubo algunos puntos de conexión, en especial en lo referido a las alianzas de la casta con el estado para vivir de las rentas que éste le procura (“hay grandes empresas que viven únicamente de sus contratos con el estado y cuyos dirigentes no son más que funcionarios, aunque digan ser empresarios”, afirmó Rallo) y generó algunas discusiones interesantes y complejas, como la suscitada a partir de la propiedad intelectual.

 En todo caso, la jornada del miércoles, más allá de exponer dos modelos de sociedad, sirvió para generar un debate muy vivo, entre ellos y con el público asistente, y para demostrar cómo esta época está recuperando algo que creíamos olvidado, la política como conflicto entre posiciones diferentes centradas en cuestiones materiales. El debate sobre cómo debe ser la democracia y cuáles deben ser los modelos económicos a seguir está resurgiendo con fuerza, lo que puede dar forma a una sociedad muy diferente. El mérito añadido de las jornadas del CENDEAC, en este sentido, está siendo el de tomar el pulsoa nuestros tiempos y de poner sobre la mesa los debates latentes que probablemente configuren nuestro futuro."                    (Esteban Hernández, El Confidencial, 16/10/21)

24.9.21

10 años del movimiento que cambió la izquierda estadounidense... Occupy Wall Street... que, a pesar de todos sus defectos, fue un acontecimiento transformador... se extinguió, pero dos años después llegó Black Lives Matter... sin Occupy, es difícil imaginar el surgimiento de la campaña de Bernie Sanders y el posterior crecimiento del movimiento socialista estadounidense más fuerte desde la década de 1960... Diez años después, vivimos en un mundo político que Occupy ayudó a establecer

 "En agosto de 2011, estaba dispuesto a abandonar la política. Llegué a crear un blog llamado “Why Fucking Bother?” (“¿Para qué intentar?”) e invité a algunos escritores que admiro a que me convencieran de no tirar la toalla. Entre los que respondieron: Bhaskar Sunkara, cuya contribución abría: “Porque estamos en el lado correcto de la Historia”. Admiré el optimismo, pero no me convenció.

Participé en este pesimismo porque, después de tres décadas de neoliberalismo, las ventajas políticas del capital parecían insuperables. No era sólo su control de la política y la producción, sino que parecía haber ganado la batalla por nuestras mentes. La aguda observación de Margaret Thatcher, hecha dos años después de su toma de posesión, de que “la economía es el método; el objetivo es cambiar el corazón y el alma”, parecía premonitoria. En mi pesadumbre de hace diez años, parecía que ella y sus compañeros de clase habían ganado, que se habían ganado tanto las mentes como los corazones y las almas, y que nadie de nuestro lado tenía ni la claridad de visión ni los medios políticos para invertir la tendencia.

Y entonces, el 17 de septiembre de 2011, una pequeña multitud tomó el Parque Zuccotti en el bajo Manhattan, desencadenando un movimiento que rápidamente sería imitado en todo el país y el mundo.

Demasiada confianza en el proceso

Zuccotti no es un parque urbano convencional, con mucho más hormigón que vegetación. Su historia es muy relevante para el movimiento político que surgiría en torno a su ocupación. Conocido originalmente como Liberty Park, se construyó en 1972 como parte de un acuerdo que permitía al promotor añadir siete pisos a una torre que se estaba construyendo al otro lado de la calle. (Es lo que se conoce en la jerga de la ciudad como un espacio público de propiedad privada, establecido y mantenido por los promotores a cambio de un descuento en la altura u otras características que aumentan los ingresos. Actualmente hay más de 550).

Fue renovado en 2006 por su actual propietario, Brookfield Properties, y rebautizado con el nombre de su entonces presidente, John Zuccotti. Zuccotti, fallecido en 2015, era un ejemplo clásico del poder en la ciudad de Nueva York: un abogado que dirigía la Planificación de la Ciudad a principios de la década de 1970, más tarde se convirtió en teniente de alcalde y finalmente se trasladó a donde está el dinero, la promoción inmobiliaria. Su parque y él mismo eran la encarnación perfecta del sistema al que se dirigía Occupy, las puertas giratorias del poder público y privado. Pero la propiedad privada del parque fue una bendición: la policía no podía desalojarlo sin una petición de Brookfield, que no llegó hasta dos meses después.

Los orígenes de Occupy suelen remontarse a Adbusters, la revista con sede en Vancouver, que en julio de 2011 hizo un llamamiento a su lista de correo electrónico para emular las protestas de la Primavera Árabe y llevar la ocupación popular al corazón de la capital financiera. Aunque finalmente participaron en el movimiento todo tipo de tendencias, este conservó durante su breve vida parte de la difusa política anticonsumista de aquel origen.

A pesar de esa rigidez política, fue muy bueno ver un giro hacia el objetivo de la propiedad -el 1%- y alejarse de las quejas sobre la “globalización” que caracterizaron a los movimientos de la década de 1990 que culminaron en las manifestaciones contra la OMC en Seattle en diciembre de 1999.

Llevábamos un par de años saliendo de la Gran Recesión, pero el empleo era a menudo terrible, si es que lo había. La tasa de desempleo seguía siendo del 9% según el recuento oficial (y de más del 16% según la medida más amplia); mucha gente estaba arruinada y endeudada. Barack Obama, elegido con la esperanza de que traería un mundo más pacífico e igualitario, resultó ser una aplastante decepción. Todo eso estuvo muy presente en la mente de los ocupantes desde el primer momento.

Aunque el diagnóstico era a menudo agudo, los objetivos eran amorfos. La ideología predominante era una fusión de anarquismo y populismo, con algunos defensores del patrón de oro que odiaban a la Reserva Federal (gracias a Dios casi nadie hablaba de Bitcoin en 2011, o probablemente habría sido algo grande). Había una obsesión por la deuda –que es odiosa, sin duda– pero mucho menos interés en hablar de lo que producía la deuda, del hecho de que los ingresos no seguían el ritmo de los costes y de que las prestaciones públicas eran pésimas, ni había mucho análisis serio de cómo se organizaba una economía capitalista.

Los procesos colectivos eran penosamente ampulosos y largos. Las decisiones tenían que tomarse por consenso en una Asamblea General, que era básicamente quien estaba en el parque cuando se planteaban los problemas. Según un esquema de dieciséis páginas de los principios de gobierno de Occupy en Nueva York, la votación es un proceso competitivo, mientras que el consenso “es un proceso de síntesis de muchos elementos diversos juntos” sin que alguna posición o candidato gane y otros pierdan.

 El consenso puede sonar hiperdemocrático en principio, pero resulta ser cualquier cosa menos eso en la práctica. Según el escritor anarquista Murray Bookchin, el consenso nunca fue una práctica anarquista, sino que fue importado a la tendencia por un grupo de “cuáqueros cínicos” en la década de 1970, que lo utilizaron para manipular a los miembros de la Alianza Clamshell contra el poder nuclear para que cedieran a sus preferencias.

Bookchin, que lamentaba la decadencia del anarquismo –que pasó de ser un movimiento social (y socialista) a una demanda libertaria de autonomía individual–, consideraba que el consenso estaba bien para grupos pequeños que se conocen bien, pero no para grupos más grandes. Cuando las grandes asambleas de desconocidos “intentan tomar decisiones por consenso, normalmente se ven obligadas a llegar al mínimo común denominador intelectual en su toma de decisiones: se adopta la decisión menos controvertida o incluso la más mediocre que una asamblea considerable de personas pueda alcanzar, precisamente porque todo el mundo debe estar de acuerdo con ella o, de lo contrario, se retira la votación sobre esa cuestión”.

Yo formaba parte de un grupo de trabajo que formulaba “demandas”: un paquete socialdemócrata considerable que incluía inversiones públicas y una gran ampliación de las prestaciones sociales. Este enfoque, y la propia noción de exigencias, no fueron bien recibidos por los responsables del consenso, y de alguna manera nuestras propuestas quedaron fuera del orden del día de la Asamblea General. Todo era demasiado estatista y estaba envenenado por hablar de dinero y presupuestos, que era el lenguaje del Sistema.

Pero incluso nuestra cordial banda de inconformistas estatistas cayó presa del tedioso procedimentalismo de Occupy. Llegué a una reunión del grupo de Demandas en Tompkins Square Park alrededor de las 6 de la tarde. Mientras se iniciaba la discusión, algunos participantes se preocuparon por la posibilidad de que la reunión no terminara para cuando el parque cerrara a medianoche. La perspectiva de seis horas de reunión me llenó de temor. Cuando me marché, hacia las 7:30, el grupo seguía trabajando en el orden del día.

Estas prácticas de gobierno apuntan al problema central de Occupy: no tenía una visión de la vida más allá de los parques y otros espacios que estaba ocupando (un término que suscitó algunas críticas por sus connotaciones militaristas y colonialistas). No había ningún sentido de cómo podría organizarse una economía según sus principios o cómo una sociedad más grande que un puñado de personas podría ser gobernada por consenso. (¿Y cómo podría alguien con un trabajo y/o una familia tener tiempo para todas esas reuniones?)

Tampoco había ninguna idea de cómo se transformaría el mundo en general según los principios de Occupy; no circulaba ninguna teoría seria sobre el cambio social. Algunos participantes veían los parques ocupados como la nueva sociedad en embrión, pero era difícil imaginar cómo estas zonas autónomas podrían alimentarse por sí mismas sin la existencia continuada de dinero y supermercados. Pero plantear este tipo de cuestiones no era bienvenido. Contravenía la reticencia fundacional del movimiento sobre los objetivos y la organización, porque hablar de esas cosas era entrar en la resbaladiza pendiente del autoritarismo.

Y cuando la dirección de Brookfield se cansó finalmente de que su parque fuera tan molesto para ellos y su clase, el Departamento de Policía de Nueva York intervino y lo desalojó, como hicieron las fuerzas policiales en otros lugares donde se ocupaban espacios públicos. Como no había ninguna organización que pudiera durar más allá de la dispersión forzosa, Occupy desapareció. Hubo intentos de revivirlo mediante breves ocupaciones de otros espacios, como edificios de oficinas y casas embargadas, pero el dinamismo de los primeros meses fue irrecuperable.

Y sin embargo

Pero, pero, pero… Tras registrar todas estas quejas, Occupy, a pesar de todos sus defectos, fue un acontecimiento transformador.

Inyectó en el discurso público cuestiones relacionadas con la concentración de la riqueza y el poder financiero con una relevancia que no habían tenido en décadas. Y marcó el fin de un largo período de inactividad política. Mi pregunta de “¿ why fucking bother? fue respondida.

 Los movimientos de la década de 1990 que culminaron en Seattle fueron activos, pero nunca fueron más allá de un nicho de mercado. Con Occupy, la idea del 1 por ciento estaba de repente en la mente de todos. El problema es mayor que el 1% superior; entre otras cosas, también hay que lidiar con los percentiles 90 a 98, lo que podría considerarse la base de masas de la élite gobernante. Pero cambiar el enfoque popular hacia la pequeña porción que posee y dirige la sociedad fue un logro importante.

Durante la ocupación, Frances Fox Piven, estudiosa de los movimientos sociales, solía señalar que los periodos de mayor activismo se desarrollan en oleadas. Las personas ajenas a los movimientos pueden pensar que se han agotado, pero luego reaparecen de forma diferente. Según Piven, el movimiento por los derechos civiles de los años 50 y 60 fue a menudo declarado muerto, para luego resucitar con más fuerza.

 Se podría leer Occupy con ese espíritu. Se extinguió, pero dos años después llegó Black Lives Matter. BLM comparte la estructura descentralizada de Occupy, pero a pesar de esa falta de organización formal, ha persistido durante años, y provocó las mayores manifestaciones de la historia de Estados Unidos en el verano de 2020.

 Y sin Occupy, es difícil imaginar el surgimiento de la campaña de Bernie Sanders menos de cuatro años después de la toma de Zuccotti y el posterior crecimiento del movimiento socialista estadounidense más fuerte desde la década de 1960, o tal vez incluso desde la década de 1930, un movimiento que afortunadamente no es tímido en cuanto a organización o agendas.

Diez años después, vivimos en un mundo político que Occupy ayudó a establecer. A pesar de todas mis quejas, es un aniversario que vale la pena celebrar con entusiasmo. Me alegro de no haber tirado la toalla."                 ( , JACOBIN Latinoámerica, 19/09/21)

17.5.21

15M: Posada: no engaño a nadie si digo que yo en 2011 creí que estaba haciendo la revolución, asistiendo al fin del individualismo y del capitalismo. Pensé que saldríamos con un proceso constituyente en marcha. Pero pronto se intensificó la brutalidad policial. Al final no podía una ni sentarse en el Retiro a celebrar una asamblea... Taibo: Aunque esperaba más, ha dado un impulso innegable a la construcción de espacios autónomos autogestionados, desmercantilizados... Doy por seguro que llegarán nuevos 15-M

 "(...) Lidia Posada tenía 26 años entonces y militaba en Democracia Real Ya, el colectivo que convocó la manifestación aquel 15 de mayo. En la acampada participó en la Comisión de Comunicación y Extensión. También en StopDesahucios, el origen de la Oficina de Vivienda. Entonces era, y sigue siendo, abogada. 

El escritor y divulgador Carlos Taibo contaba 55 años y tres días cuando dirigió unas palabras al final de la manifestación. “Lo hice cargado de dudas, por cuanto el manifiesto de convocatoria era más bien moderado. Aunque pensé que lo que tenía previsto decir podía resultar en exceso radical, el problema quedó rápidamente resuelto: apenas se oía nada”, recuerda. 

Poco tiempo después publicaría Nada será como antes. Sobre el movimiento 15-M y El 15-M en sesenta preguntas (los dos con Catarata en 2011). Diez años después, los dos personajes comparten su experiencia .

El 15-M fue una demostración de alegría y de entusiasmo contagiado. ¿Qué recordáis de aquellos primeros días en las plazas?

Lidia Posada: Yo pienso que el 15-M nació el 17-M cuando todas esas personas volvieron a aparecer por la plaza para mostrar solidaridad con las detenidas y persistencia contra el régimen.

Recuerdo sentir mucha ilusión y una creciente confianza en el resto de la gente. Todos los días conocías a decenas de personas nuevas. También recuerdo mucho cansancio porque yo trabajaba hasta las 18:00 y hacía mis tareas de la Asamblea hasta las 3:00. Estuve semanas durmiendo muy poco.

Carlos Taibo: Recuerdo sí, la alegría y el entusiasmo, que revelaban que por fin habían estallado de forma creativa muchas tensiones. Pero por encima de todo lo que recuerdo es la irrupción de un discurso y de unas prácticas radicales, que, asentadas en la asamblea, hasta entonces habían sido privativas de determinados cenáculos propios del mundo libertario y de algunas instancias de la izquierda de siempre. Ahora alcanzaban, de manera casi milagrosa, a mucha gente. Yo fui, en cualquier caso, el primer sorprendido.    (...)

¿Qué acampadas presenciasteis? ¿Visteis alguna diferencia entre ellas?

LP: Acampadas físicas sólo vi la de Madrid. Visité otras ciudades durante 2012 pero ya no era lo mismo. Como curiosidad, diré que existía un documento en tomalaplaza.net llamado Cómo hacer una acampada con consejos básicos materiales y legales.

CT: En mi condición de charlista inmoderado estuve en un par de centenares. Las había de todos los pelajes. Y ello tanto en el terreno generacional como en lo que respecta a la ubicación espacial o a la profesional. En unas predominaban las activistas de los movimientos sociales y en otras lo que se dio en llamar, a mi entender con poco criterio, jóvenes indignados. La abrumadora mayoría eran, en cualquier caso, asambleas urbanas, algo que no dejó de ser un problema en el marco general del 15-M, que, por otra parte, y desgraciadamente, apenas acogió inmigrantes. 

En las más de 200 acampadas en España, el único órgano soberano de decisión era la asamblea ¿Alguna vez habíais visto algo parecido en vuestra vida? ¿Lo habíais imaginado?

LP: Durante los meses anteriores yo ya había practicado el asamblearismo. Todo lo que sé lo aprendí en el Patio Maravillas y del libro Asambleas y Reuniones. Pero la magnitud del 15-M no la hubiera podido pronosticar ni en el mejor de mis sueños. Sobre esto quiero ensalzar la figura de las compañeras de la Comisión de Dinamización y lo mucho que nos enseñaron a todas sobre cómo formular y reformular una idea cuando de verdad se busca un consenso.

CT: Lo había visto pero siempre en pequeños circuitos y al amparo de lo que en los hechos eran activistas con años de experiencia. Ya he dicho que en modo alguno entraba dentro de mi cabeza que eso iba a suceder. Por momentos tengo la impresión de que lo ocurrido entonces ha sido para mí un estímulo para buscar la lucidez y el coraje de muchas gentes comunes que tienen que estar en el núcleo de cualquier proyecto emancipador.   (...)

La transversalidad del 15-M se vio en el grito mudo del día 21, desafiando la legalidad y en el que participaron 20.000 personas. ¿Qué podríamos aprender de ello en una actualidad repleta de extremismos y odio?

LP: El grito fue mudo por algo. Yo quisiera distinguir entre transversalidad de los y las participantes y la verdadera transversalidad del contenido de lo que se pide. No creo que el 15-M tuviera un contenido especialmente transversal. De hecho, uno de los retos principales fue cómo establecer mecanismos de participación más justos que huyeran del maniqueísmo.

Lo que sí posibilitó el 15-M fue el espacio y el clima adecuados para debatir contenido y no limitarse a reaccionar con virulencia a lo que otro ha dicho, como pasa ahora, que es diferente. Yo opino que al fascismo hay que odiarlo y, sobre todo, que, cada tanto, hay que recordar por qué. También echo de menos un espacio en el que debatir nuevos modelos de sociedad, incluso radicales o extremos. Ambas cosas no deberían ser incompatibles pero hemos perdido la paciencia y la actitud.

CT: No creo que podamos aprender mucho. Lo ocurrido en la última década demuestra, a mi entender, que cuando hablamos de ‘la izquierda’ empleamos un concepto muy vaporoso y manipulable. Mi ‘izquierda’ la configuran las gentes que creen en la autogestión y la practican, y que son conscientes del riesgo de un colapso general. Hablo de una izquierda anticapitalista, decrecentista, antipatriarcal e internacionalista, que no es abrazada, en los hechos, por la mayoría de las gentes que se sitúan en lo que convencionalmente se entiende por izquierda. Un poco de extremismo no me parece mal.

El impulso que supuso la toma de las plazas en la primavera de hace una década se vio después en las mareas por los servicios públicos, la PAH, los Yayoflautas, el 15MpaRato, Rodea el Congreso, etc. ¿Qué puede decir de la forma en que la ciudadanía adquirió conciencia?

LP: No me atrevo a decir que el 15-M hiciera adquirir conciencia a determinados grupos. Los Yayoflautas, por ejemplo, son personas que llevan danzando ya varias décadas. Pero el intercambio de ideas en las plazas sí sirvió, deduzco, para nutrir el repertorio de ideas y acciones de esos grupos. También para tejer una red de solidaridad y sinergias entre colectivos, de tal manera que la Marea Verde sabe que cuenta con la Marea Blanca y ambas con LegalSol.

CT: Aunque efímero, fue un soplo de aire fresco que desnudó las miserias de lo que con alguna liberalidad voy a llamar ‘izquierda tradicional’. Hablo de su culto a los líderes, las jerarquías y los liberados, de su lenguaje a menudo incomprensible, de su desprecio de la gente común, de una escasa voluntad de revisar conceptos y certezas, de un sectarismo sin límite y, al cabo, de la aceptación soterrada, vía socialdemocracia o vía leninismo, de la miseria existente. Cierto es que el 15-M no permitió dejar atrás todo eso. Se limitó a señalar que había otros caminos y que sobraban los motivos para recorrerlos.    

La acampada de Madrid se terminó el 12 de junio y la de Barcelona seis días antes. Aunque estas dos grandes ciudades atrajeran la mayor parte de los focos, fue un movimiento totalmente descentralizado en el territorio español y muy similar entre sí. ¿Qué compartían los activistas para que esto sucediera?

LP: Yo identifico dos claves. La primera es que las manifestaciones del 15-M eran una especie de coronación de un ciclo de protestas que cada vez eran más multitudinarias. Así que todo el mundo estaba en la misma página reivindicativa, por decirlo así. La segunda es que durante las acampadas había muchísimo flujo de comunicación. En el caso de Madrid, la Comisión de Extensión se encargaba de este contacto con otras ciudades. Las Acampadas tenían mucho curro entre bambalinas.

CT: Padecían problemas similares, producto de la crisis sin fondo del régimen de la transición y del desvarío capitalista que se revelaba en la trastienda. Pero diferencias, las hubo. Me limitaré a señalar, por un lado, que, no sin paradoja, donde los movimientos sociales alternativos eran fuertes, el 15-M se desarrolló con menor poderío. Y, por el otro, que en aquellos lugares en los que había problemas vinculados con la cuestión nacional, la presencia y la deriva del 15-M fueron distintas. Tal y como lo señalas, y en cualquier caso, el 15-M fue un movimiento felizmente descentralizado.    

Con el tiempo, el movimiento viró hacia otras posiciones. Una de ellas es la creación de Podemos. ¿Qué tiene Podemos del 15-M y qué tenía el 15-M que no tiene Podemos?

LP: Yo no he participado en Podemos, por lo que puedo caer en algún juicio injusto opinando desde la periferia. Me parece que Podemos y el 15-M guardan una identidad parcial en sus integrantes y, en consecuencia, Podemos ha mantenido contenido, códigos y expresiones del folclore quincemayista. Pero no me parece que Podemos sea el producto del viraje del movimiento. Fue otra cosa nueva. Otros participantes iniciaron proyectos laborales integrados en el Mercado Social o propuestas autogestionadas de economía como el Nodo de Producción o de apoyo mutuo como el Sindicato del Barrio de Hortaleza. Estos también son descendientes pero ninguno es el sucesor. Todo son metonimias de aquella otra ciudad dentro de la ciudad.

CT: Es difícil responder, siquiera sólo sea porque en los hechos hubo varios 15-M distintos. El que yo defendí y defiendo, asambleario, horizontal, antiautoritario, autogestionario, anticapitalista y con voluntad de rechazo de liderazgos y personalismos, nada tenía que ver con Podemos, que es la representación mayor de lo contrario. Cuando muchas gentes, hoy, añoran la reaparición del 15-M, creo que en la mayoría de los casos buscan ese 15-M que acabo de mencionar y expresan en un grado u otro su desdén por lo que ha supuesto, en forma de integración en un sistema lamentable, Podemos. 

Ya en el plano más personal, ¿qué sentíais al ver lo que estaba consiguiendo el 15-M hace diez años? Y en retrospectiva, ¿qué sentís ahora?

LP: No engaño a nadie si digo que yo en 2011 creí que estaba haciendo la revolución. Con todas las letras. Creí que estaba asistiendo al fin del individualismo y del capitalismo. Pensé que saldríamos de 2012 con un proceso constituyente en marcha. Pero pronto se intensificó la brutalidad policial. Al final no podía una ni sentarse en el Retiro a celebrar una asamblea. Pasé mucho miedo durante algunos meses, la verdad. Algunos culpan a Podemos de la desarticulación de la lucha en la calle pero lo cierto es que ya estaba tocada de muerte por la represión. Rocío Lanchares lo retrata muy bien en su novela Hotel Madrid, historia triste. Hoy sé que éramos un poco inocentes pero, como Édith Piaf, no me arrepiento de nada.

CT: Aunque esperaba más del 15-M, creo que su legado no es despreciable, pues ha permitido reabrir debates que estaban cerrados y en ese sentido ha invitado a cuestionar la naturaleza del sistema –el capitalismo, la explotación, la alienación, la plusvalía, la sociedad patriarcal, las guerras imperiales, la crisis ecológica, el colapso– y ha otorgado un relieve limitado a las disputas relativas al régimen que tanto interesan, por ejemplo, a Podemos. 

También ha dado un impulso innegable a la construcción de espacios autónomos autogestionados, desmercantilizados y, ojalá, despatriarcalizados. Doy por seguro que, lejos de elecciones, instituciones y separaciones, llegarán nuevos 15-M."                 (Guillermo Martínez, CTXT, 15/05/21)

17.11.20

Teresa Rodríguez: "Dejamos reventado el terreno de la izquierda alternativa"... buena descripción...

 "Teresa Rodríguez (Rota, Cádiz, 1981) titubea sobre su cargo aunque, de momento, es la presidenta del grupo parlamentario Adelante Andalucía. No las tiene todas consigo. A la espera del fallo de la Mesa del Parlamento andaluz, Rodríguez, a veces porfiada, no cesa en su empeño de conseguir una organización política de izquierdas con voz propia desde Andalucía.

A su juicio, no lo pudo lograr con su anterior formación, Podemos, que intenta recomponerse de la salida de la dirigente gaditana. Cristalizada la ruptura con Izquierda Unida (IU), el espacio a la izquierda del PSOE solo genera incertidumbre a los votantes que temen la consolidación del bloque de las derechas en el Palacio de San Telmo, sede del Gobierno andaluz.

¿Se planteó renunciar al acta de diputada tras dejar Podemos?

La salida de Podemos estaba muy prevista desde antes. No es abrupta. No llego a salir de Podemos hasta que me expulsan dos días después de la primera reunión de la Mesa [del Parlamento andaluz]. Había una serie de discrepancias políticas y organizativas que venían de muy atrás con la dirección estatal de Podemos y un día nos sentamos poniendo de manifiesto que tenemos discrepancias serias con el PSOE y con la necesidad de una organización de obediencia andaluza. Vemos la mejor manera de romper.(...)

¿Qué le dice a los votantes de Podemos que no cuentan ahora con representación parlamentaria directa en la cámara andaluza?

Fueron votantes de Adelante Andalucía. Votaron a una coalición que tenía un programa electoral que elaboramos participativamente entre cuatro organizaciones y personas a título individual y al que seguimos siendo fieles. Como cargos electos tenemos una relación orgánica con un partido, pero sobre todas las cosas tenemos un contrato a través de un programa electoral con la ciudadanía. Ese contrato no lo hemos roto y la relación con el partido ha sido siempre amistosa hasta ayer.

¿Cree que una Teresa Rodríguez como candidata y con un partido nacido del 15M llamado Adelante Andalucía y sin vinculación con Podemos habría conseguido 15 diputados en las elecciones autonómicas de 2015?

Pues no lo sé. De hecho seguramente no. Pero Podemos se construye en Andalucía porque me bajo de Bruselas con una carpetita y una pegatina y me pongo a construir el partido con otros compañeros y compañeras. No me gusta ponerme esa medalla, pero soy parte fundadora de Podemos. Evidentemente yo no hubiera hecho nada sin los círculos de Podemos que ya estaban constituidos y trabajando en Andalucía. Pero bueno… Podemos también soy yo.

¿Y en 2018, cree que habría sacado 17 diputados con Adelante Andalucía sin IU ni Podemos dentro?

Pues no sé qué hubiera pasado. Creo que el mérito lo tiene fundamentalmente Podemos y no es por quitárselo a IU, que tiene una organización de muchos años, muy implantada y con una presencia municipal importante. Pero lo que hace que cambien las tornas políticas de este país es la irrupción de Podemos. Y como consecuencia de todo, el 15M.

Decía Toni Valero, el secretario de organización de IU en Andalucía, que Adelante Andalucía "sin Podemos ni IU sería una marca blanca de otra cosa". ¿Cuál es el futuro de la confluencia?

El futuro es la determinación de seguir construyendo un espacio para el andalucismo nítidamente de izquierdas con voluntad de tener voz propia en todas las instituciones y de no perder el horizonte de transformación nunca.

Dijo que "los cogobiernos entre el socialismo y lo que tiene a su izquierda dan lugar al crecimiento de la extrema derecha". ¿No allana toda esta situación la consolidación de Vox en Andalucía?

Fortalece sobre todo al PSOE porque no ha habido mucha transferencia de voto entre los distintos bloques. Hoy por hoy Vox es un fenómeno esencialmente entre el electorado de derechas y fundamentalmente del PP, según dicen los datos postelectorales. Pero, dicho esto, tampoco favorece mucho al terreno de la izquierda alternativa, que lo dejamos reventado y no es una buena noticia para la izquierda ni para el futuro de la izquierda andaluza.

Una de las razones para dejar Podemos fue el cambio de estrategia para pactar un Gobierno de coalición con el PSOE. Es muy recordado su "Con el PSOE ni muerta". ¿Cree que su inmovilismo le puede pasar factura a largo plazo?

Soy partidaria de tener principios muy firmes, pero esto no sería un principio ideológico mío sino una evidencia. El cogobierno de PSOE e IU destrozó el espacio electoral de lo que había a la izquierda del PSOE. Luego nació Podemos y fue capaz de tomar ese espacio y ampliarlo. Cuando alguien me demuestre que un cogobierno con el PSOE, en algún lugar de España, haya dado lugar a la mejora de la izquierda alternativa pues me replantearé mi hipótesis, no soy tan sectaria. Pero nadie me ha puesto sobre la mesa ni un solo ejemplo.

Quizás pueda serlo usted.

La estrategia es otra porque esa nos conduce a un fracaso. Creo que existe un espacio para ser oposición de izquierdas a un Gobierno progresista. Esto amplía las bases de las políticas de izquierda y contribuye a demostrarle a la sociedad que hay una alternativa a lo que tradicionalmente ha sido el socioliberalismo.

¿Reconsideraría su posición si Susana Díaz no fuese la secretaria general de los socialistas andaluces?

Tendría que ver algo más que quitar una cara para poner a otra. Siempre he hablado del "susanismo" y, a lo mejor, eso es demasiado personalizar. Me refiero al "susanismo" como un fenómeno del PSOE andaluz específicamente, y que se ha dado en otros territorios donde han gobernado durante muchos años, en el que no existe esa militancia de la Transición, de las asociaciones de vecinos, de los sindicatos, del ámbito de la participación social… Es la siguiente generación que se ha encontrado con un puesto de trabajo en el partido desde que tenía 18 años. Porque es el hijo de, el hermano de, el cuñado de… Es una empresa familiar que da trabajo a miles de personas. Cambiar eso es muy complicado incluso si cambias al líder que lo dirige. (...)

Estamos ante "un divorcio del copón", como aventuraban miembros de su equipo justo antes de dejar Podemos y de sacar el vídeo de la ruptura amistosa con Pablo Iglesias. Pero ya sabían que había discrepancias políticas irreconciliables. Echando la vista atrás, ¿fue más tacticismo para no dañarse más mutuamente?

Creo que hubo voluntad de poder experimentar otra forma de separación. Las diferencias políticas que tenemos no suponen un modelo de sociedad muy distinto. Sobre todo fue una necesidad de romper con el centralismo y construir una fuerza de obediencia andaluza. Porque quien en Andalucía no se plantee la brecha territorial con el resto de España y Europa será incapaz de cambiar la realidad aquí. Podrá hacer políticas muy progresistas desde el Estado, pero en Andalucía seguiremos en esa situación de brecha.

Entonces, ¿no fue un acto de cara a la galería sabiendo que iban a una ruptura irreconciliable?

Lo que temíamos no era una ruptura del copón con Podemos sino con IU. A ellos no les sentó bien el vídeo porque no parecía gustarles que pudiéramos romper amistosamente con Podemos. IU pensaba que nos regalaban la marca de Adelante Andalucía desde Madrid mientras ellos tenían que construir Unidas Podemos y no querían.

Y desde ese vídeo hasta ahora, ¿qué ha cambiado para que la llamen tránsfuga?

Eso se lo tiene que preguntar a quien me lo llama porque por mi parte no ha cambiado nada. Ni siquiera ha habido un conflicto político potente con el Gobierno central que haya generado la situación en la que estamos ni tampoco hemos roto con la disciplina de voto dentro del grupo.(...)

Se ha conocido en estos días su condena a pagar 5.000 euros a los herederos del que fuera ministro franquista José Utrera Molina por atribuirle en un 'tuit' la responsabilidad del "asesinato" de Salvador Puig Antich en 1974.

El tuit estaba muy cuidado y no llamaba asesino a Utrera Molina. Dije que era responsable del asesinato de Puig Antich y lo dije porque Utrera Molina formaba parte de un Consejo de Ministros que tuvo la oportunidad de conmutar su pena y no lo hizo. Lo dije porque entendía que en una sociedad democrática como la nuestra que dejó atrás el franquismo hace mucho tiempo, cualquier persona, incluidos los jueces y las juezas, podrían fácilmente considerar que la dictadura no fue un régimen democrático homologable. Pero en ambas sentencias han considerado en base a la legalidad de la época que no era un asesinato sino una ejecución reglada. Tenemos una judicatura que es muy de derechas." 

  (Entrevista a Teresa Rodríguez, Javier Domínguez Reguero / Luis Serrano , eldiario.es, 15 de noviembre de 2020)

1.7.19

Monereo: Podemos debe volver a ser una fuerza anti-sistema. Se produjo un nuevo escenario con coordenadas diferentes a las de 2014-2016, un escenario al que Podemos no ha podido adaptarse.. y comenzó a cometer errores, el más importante de los cuales fué la lucha interna por el poder. Podemos se ha convertido en un organismo centralizado y profesionalizado que depende de los recursos del estado para financiarse y que carece de democracia interna en un sentido sustancial... cuando estamos a punto de entrar en el período de fracaso de la segunda ola de la globalización. Esto tampoco Podemos lo entiende

"Pablo Iglesias ha iniciado conversaciones con el Partido Socialista de Pedro Sánchez. Pero si Podemos quiere sobrevivir, no puede ser solo un socio menor del centro izquierda: necesita revivir su promesa de transformar la democracia española.

 Un mes después de las elecciones generales de España, las elecciones locales, regionales y europeas del 26 de mayo han cambiado la complejidad del proceso de formación del gobierno. El efecto sobre el Partido Socialista de centro-izquierda (PSOE) y sobre la izquierda de Unidas Podemos fue espectacular: mientras que el primero arrasó con la victoria en todos los niveles del estado español, este último vio cómo sus votos se redujeron considerablemente.(...)

 Para discutir los desafíos a los que nos enfrentamos ahora, Eoghan Gilmartin y Tommy Greene se sentaron con Manolo Monereo, el ex parlamentario e intelectual que Pablo Iglesias reconoce le enseñó "cómo pensar políticamente".

 Monereo ha expresado su preocupación por el compromiso de Podemos con el PSOE (...)
ahora argumenta que el partido contra la austeridad debería dejar que Sánchez gobierne solo para poder explotar sus debilidades desde la oposición y al mismo tiempo dar prioridad a la tarea de reconstruir la organización de abajo-arriba.

P.- (...)  Después de que Podemos ya había sufrido pérdidas en las elecciones generales, la caída de la mayoría de los ayuntamientos radicales de España en mayo pareció confirmar el fin del momento post-Indignado en la política española. ¿Cómo explicarías el retroceso de este movimiento?

R.- Para explicar esto tenemos que rastrear el desarrollo de dos movimientos diferentes. El primero implica un ciclo más largo que relaciona la reacción democrática en la sociedad española con la ruptura del contrato social después de la crisis de 2008. El movimiento Indignados tenía demandas similares a las de Occupy Wall Street, pero logró movilizar a millones de personas, un verdadero movimiento de masas impulsado por una alianza entre la juventud precarizada y la generación de más edad politizada durante la transición de España a la democracia en los años setenta. La generación intermedia fue menos activa.

 Gracias en gran parte a la inteligencia y audacia de Pablo Iglesias, así como a otros como Ada Colau, esta indignación logró alcanzar una expresión política organizada. Sin embargo, el avance de Podemos durante 2014 condujo, a su vez, a la apertura de un segundo ciclo más corto mientras las élites intentaban neutralizar la amenaza al régimen existente.

 Este contramovimiento tuvo tres elementos iniciales. 

La primera fue una campaña de desprestigio sostenida contra Podemos que involucró espionaje político ilegal y colusión entre políticos de alto nivel, policías corruptos y medios corporativos. 

En segundo lugar, surgió el nuevo partido de centro derecha Ciudadanos. Anteriormente un pequeño partido regional de Cataluña, estaba fuertemente respaldado por las principales potencias económicas como un medio para contrarrestar el ascenso de Podemos desde el centro. 

La tercera fue la renuncia del rey [Juan Carlos de Borbón] un mes después del avance de Podemos [después de casi cuarenta años como monarca] y un intento de renovación de la institución en torno a su hijo Felipe. 

 Otros elementos claramente entraron en juego después de esta campaña de contención inicial. Esto incluyó una recuperación parcial del crecimiento económico y, probablemente de manera más decisiva, la crisis de la independencia catalana en 2017. Estos diversos elementos juntos produjeron un nuevo escenario con coordenadas diferentes a las de 2014-2016, un escenario al que Podemos no ha podido adaptarse. 

Así, el partido comenzó a cometer errores, el más importante de los cuales fue su incapacidad para manejar las diferencias internas dentro del liderazgo. El liderazgo central del partido no pudo unirse en torno a una propuesta política, no principalmente debido a diferencias estratégicas fundamentales, sino a causa de una lucha interna por el poder.

 El avance de este impulso democrático finalmente se contuvo con la caída del gobierno del Partido Popular el año pasado cuando el sistema se estabilizó en torno a la figura de Pedro Sánchez. Cuando posteriormente el PSOE asumió el cargo [con el apoyo del partido de Pablo Iglesias en el voto de confianza decisivo] Podemos finalmente perdió el control del proceso de manera definitiva. Desde este punto podemos hablar del final del ciclo abierto por la revuelta de los Indignados.

 P.- ¿Pero había alguna otra alternativa que la de apoyar la moción de no confianza al gobierno de Mariano Rajoy que, a su vez, llevó a Sánchez al poder? ¿Cómo podríamos haber abordado su relación con él y los socialistas de manera diferente?

R.-  No, tienes razón, no tenían otra alternativa real que apoyar a Sánchez el año pasado. Pero esto requería un replanteamiento fundamental de nuestras tácticas. Y no hemos podido hacer esto. Al iniciar una relación de cooperación conflictiva con el gobierno del PSOE, fue esencial que fortaleciéramos la autonomía del propio proyecto político y la identidad de Podemos. No podríamos continuar como antes con una organización de partidos débiles e ignorar la necesidad de construir estructuras extrainstitucionales.

En contraste, la táctica de Pedro Sánchez para el PSOE, al asumir el cargo, fue clara. Fue lo que siempre ha hecho el Partido Socialista: neutralizar a los que están a su izquierda para luego poder dirigirse al centro y buscar la mayoría. Desde el principio, quiso reducir el apoyo electoral de Podemos en la medida de lo posible. Solo esto dejaría libre al PSOE para seguir su propia agenda.

Pero lo que nunca podría haber imaginado es que, frente a estas contradicciones, el liderazgo de Podemos asumiría la promesa de gobernar con el PSOE como su propio eslogan electoral. Por eso no volví a presentarme, no estaba dispuesto a gobernar con los socialistas. Esto no es porque sea sectario. 

 Me encantaría que tuviéramos un aliado socialdemócrata como el Partido Laborista de Jeremy Corbyn, pero el PSOE está unido al sistema existente e incapaz de romper con el régimen neoliberal de España.

Además, como hemos visto en los resultados electorales, acercarse al PSOE con el objetivo de gobernar es, en última instancia, contraproducente. El proyecto pierde su independencia mientras que el voto táctico termina yendo al partido más grande en la potencial coalición. Esto es parte de lo que yo llamo la "problemáticade IU", es decir, la trampa a la que siempre se ha enfrentado Izquierda Unida: que cada vez que se acercaba a los socialistas con la esperanza de gobernar, terminaba perdiendo más votos y por eso carecía de peso suficiente para influir realmente o para entrar en el gobierno.

 Este es el dilema de Podemos hoy, ya que la expectativa de que podría competir con el PSOE por la hegemonía política ha disminuido. Dado el actual equilibrio de fuerzas, parece difícil imaginar que podamos alcanzar un acuerdo sustantivo para un programa de gobierno. Si los socialistas no estaban dispuestos a aceptar una coalición cuando nosotros estábamos en equilibrio, ¿por qué lo aceptaría ahora que han recuperado la ventaja? ¿Por qué aceptaría Sánchez una coalición con un Podemos debilitado?

P.- Usted mencionó anteriormente que Podemos ha luchado para llegar a un acuerdo en la cuestión de la organización. Esto se hizo evidente por sus malos resultados en las elecciones regionales de mayo, que redujeron considerablemente las cifras obtenidas en las elecciones generales solo un mes antes. 

La elección nacional mostró que una campaña peleada en torno a la figura de Iglesias todavía puede movilizar a una proporción sustancial del electorado, mientras que las elecciones regionales pusieron de manifiesto la falta de alcance territorial del partido. 

 ¿Hasta qué punto considera esto como consecuencia de las acciones de los líderes de Podemos? ¿Y también es justo decir que este fracaso es más generalizado que el que experimentan todas las nuevas formaciones que han surgido después de 2008? Estoy pensando en Francia Insoumise o incluso en Barcelona en Comú, que si bien tiene una cultura interna más sana no es una organización de masas.

R.-  El científico político irlandés Peter Mair ha explicado que, en contraste con la era de la democracia de partidos de masas, en la Europa contemporánea existe actualmente un vacío entre la sociedad y los partidos políticos. No hay el mismo tipo de organismos intermedios que pueden organizar y mediar entre la vida cotidiana y las instituciones políticas formales. Este contexto se adapta claramente al tipo de estructura de partido que hemos visto con Podemos y France Inoumise, en la que tanto depende de la relación entre un líder carismático y los votantes.

Pero para mí, el liderazgo de Podemos ha tomado este vicio y lo ha convertido en una virtud: como se presume que la gente no se comprometerá con el activismo del partido, se han concentrado en organizar un pequeño cuadro que podría intervenir en las instituciones. Nunca se han interesado realmente en el difícil trabajo de reconstruir un partido de masas de abajo hacia arriba. El resultado ha sido que en tan solo un par de años Podemos se ha convertido en lo que Mair llama un "partido del cartel": un organismo centralizado y profesionalizado que depende de los recursos del estado para financiarse y que carece de democracia interna en un sentido sustancial.

 Pablo Iglesias obtiene su legitimidad de su relación directa e inmediata con la base del partido. Que vota periódicamente sobre las propuestas que presenta, pero esto casi siempre tiene lugar sin cuestionamientos ni serios debates dentro de los órganos del partido. La base no tiene los medios para conducir una deliberación interna dentro de las estructuras del partido. En la votación para los candidatos en las elecciones generales, por ejemplo, Iglesias presentó su lista sin ser cuestionada, por lo que los miembros solo votaron sí o no a su lista.

 Pero en el momento de la verdad, se han dado cuenta del mayor alcance territorial de los partidos tradicionales. El PSOE sigue teniendo una base de activistas organizada que, aunque envejece, también se extiende a través de España hasta el último pueblo. Y habiendo vuelto ahora al poder, ese partido también está atrayendo nuevos miembros nuevamente. Esto es lo que cuenta en las elecciones locales y regionales.

 Sin la alianza con la Izquierda Unida [respaldada por los comunistas], Podemos habría tenido aún más problemas. La razón por la cual lo hicimos mucho mejor en Andalucía en las elecciones generales es que pudimos aprovechar los activistas y la organización del Partido Comunista en la región. Yo era diputado por Córdoba y en toda la provincia de Podemos solo tenemos unos 120 activistas, pero los comunistas tenían suficiente gente en el terreno para asegurar el ayuntamiento local en quince municipios. Esto no solo es responsabilidad de Pablo, sino también del liderazgo regional en Andalucía.

P.- La caída de la mayoría de los ayuntamientos radicales de España, conocidas como las ciudades audaces, fue otro golpe para la izquierda. En las ciudades más grandes, donde había más para jugar, las administraciones municipales se vieron sometidas a una gran presión y lucharon por avanzar. Madrid es el ejemplo más claro de las élites que intentan sabotear la agenda del ayuntamiento, pero también es justo decir que, en última instancia, la alcaldesa Manuela Carmena optó por no enfrentarse a las principales potencias económicas de la ciudad.

R.- Sí, puede decirse de Carmena, pero también de Ada Colau en Barcelona, ​​así como de las administraciones en Santiago de Compostela, La Coruña, Cádiz, etc. El problema central es que, como consecuencia de la crisis financiera, la capacidad de gobernar y gestionar de manera efectiva a nivel municipal en España se ha reducido considerablemente.

 Solo en el último año o año y medio estas administraciones tuvieron dinero para gastar. El ayuntamiento de Madrid tenía un superávit presupuestario masivo a lo largo de su mandato, pero las leyes presupuestarias del estado le prohibieron gastarlo. Ese dinero debía destinarse a pagar sus enormes deudas (en las que habían incurrido gobiernos anteriores del Partido Popular).

Esta crítica que mencionas, una que está hecha por muchos sectores de Podemos y ciertos sectores de Izquierda Unida, es ciertamente cierta, en mi opinión. Sin embargo, es muy difícil gobernar una ciudad cuando los conflictos internos de los partidos políticos afectan a la administración municipal. Creo que en el ayuntamiento de Madrid ha habido mucho partidismo y poca coherencia en su gestión. Esto ha generado divisiones, lo que lleva a una posición en la que te encuentras con una opción binaria: o te alineas completamente con Carmena, o estás en contra de ella.

 La coalición de Carmena era muy diversa, involucrando múltiples partidos y grupos de movimientos sociales. Los diversos actores involucrados no intentaron encontrar compromisos, sin importar el desarrollo de mecanismos para resolver estas divisiones. Lo único que han buscado es esencialmente una redistribución del poder dentro de la organización. Esto era tan tonto, tan miope. Por ejemplo, Pablo Iglesias no peleó con Carmena por su cambio de sentido en (...) la Operación Chamartín: ¡luchó con ella por el control de las listas electorales! Si hay un problema político, lo planteas como tal y lo defiendes. Pero lo que no puedes hacer es dejar que todos los demás luchen entre sí y luego llegar cinco minutos antes de las elecciones y decir: "Por cierto, quiero a estos cinco candidatos primeros (en la lista)".

 Existe algo así como la ciencia de la gestión de conflictos y Pablo no ha manejado bien el conflicto dentro de Podemos, ya que siempre trata de hacer concesiones a sus propios partidarios.

 P.-  El ex líder adjunto de Podemos, Iñigo Errejón, eligió establecer una nueva plataforma electoral, Más Madrid, con Carmena en febrero. Él se postuló para la presidencia regional en la capital y ella para el ayuntamiento. Habiendo asegurado un buen resultado, ¿cuál es su próximo movimiento?

 R.- Creo que se ha ido de Podemos para siempre. La división es definitiva, y él y su gente crearán un nuevo partido a nivel nacional. No hay elecciones en el horizonte, por lo que se tomarán su tiempo y construirán con calma esta nueva organización más como una federación con el objetivo de atraer a algunos de los otros grupos regionales que se han separado de Podemos.

 P.- ¿Y cuáles deberían ser los próximos pasos de Podemos?

R.- ¡Hay mucho que hacer! En términos históricos para la izquierda radical en España, todavía tenemos más parlamentarios de los que hemos tenido nunca, cuarenta y dos. Pero hay muchos problemas entre Izquierda Unida (IU) y nosotros, y muchas personas se han ido. Lo que tenemos que hacer es acumular fuerzas. Esto significa dejar que el PSOE gobierne solo y entrar en oposición y reconstruir el proyecto desde abajo.

 A este respecto, he propuesto dos cosas: una es crear un "congreso general" para la izquierda española, no simplemente un congreso de Podemos o IU, para regresar a una política de masas que ponga a la gente de nuevo en el centro y que vuelve a enfocar el debate sobre la necesidad de un proyecto nacional alternativo. Luego, en segundo lugar, tenemos que profundizar el proyecto creando asambleas y comités conjuntos que estén abiertos al público. En los últimos años, la IU ha perdido miembros y activistas. (...)

Pero mira, no deberíamos ser demasiado pesimistas. El PSOE sigue siendo más débil que nunca, su fuerza en este momento es casi totalmente virtual. El partido está siendo anunciado como la nueva fuerza principal en la socialdemocracia europea y, en comparación con 2015-2016, ha recuperado fuerzas. ¡Pero hay que recordar que acaba de obtener el tercer peor resultado en su historia! El proyecto de restauración en curso del sistema español se debe más a nuestras debilidades y deficiencias que a sus fortalezas. Y debido a esto es posible que avancemos.

 P.- Este momento de "estabilidad" no va a durar, solo mire a Europa ...

R.-  Sí, una pequeña crisis económica, o un acto de agresión internacional en el Medio Oriente podría hacer volver la crisis. En España, el sistema podría estabilizarse una vez más, pero el mundo se dirige hacia un estado de caos casi permanente.

 Esa es la clave para mí. Pablo enseñó geopolítica pero no parece entender lo que está sucediendo en el mundo. El mundo se dirige hacia el caos, hacia una gran nueva transición que ya ha comenzado. Estamos a punto de entrar en un período similar al que se vivió en Europa entre 1875 y 1914, en el que se produjo el fracaso de la primera ola de la globalización. Ahora estamos a punto de entrar en el período de fracaso de la segunda ola de la globalización. Esto es algo que Podemos todavía no entiende."