"Alastair Campbell, el estratega que durante una década ayudó a construir el proyecto político de Tony Blair, me ha recibido en Londres pocos meses después de haber conversado durante una hora con Pedro Sánchez en su pódcast The Rest Is Politics. Ante unos entrevistadores españoles, la entrevista a Sánchez habría girado en torno a asuntos como la amnistía, las investigaciones judiciales, la polarización, etc.
Sin embargo, no fue eso lo que le llamó la atención a Campbell. Percibió al presidente español como "Very clear. Very coherent. Very composed" (muy claro, muy coherente, muy sereno),
me resumió. Es decir, que lo que más le impresionó no fue una respuesta
concreta, sino el control absoluto del ritmo de la conversación.
Incluso cuando la entrevista abordó las investigaciones que afectan a
miembros de su entorno, Campbell recuerda que el gesto del presidente apenas cambió.
Ni perdió la calma ni dio la sensación de sentirse incómodo. Y yo creo
que esta es una diferencia enorme entre la conversación política
española y la internacional sobre la que merece la pena reflexionar.
Está claro que España sigue analizando a Pedro Sánchez como un fenómeno doméstico —el dirigente que divide al país, que sobrevive contra pronóstico y que gobierna sin una mayoría parlamentaria clara—, pero fuera de nuestras fronteras empieza a consolidarse otra lectura, a mi juicio, mucho más interesante.
Puede que sea más interesante una conversación distinta, no sobre por qué Sánchez logra mantenerse en La Moncloa y hasta cuándo lo hará, sino sobre cómo un país que durante décadas apenas aparecía entre las grandes capitales políticas europeas ha comenzado a ocupar un lugar central en algunas de las principales discusiones del continente.
"Ha cambiado la posición internacional de España", afirma Campbell con mucha naturalidad. Durante años, explica, Europa estuvo dominada por un pequeño grupo de capitales —París, Berlín y Londres, con Roma o Varsovia incorporándose ocasionalmente a la conversación—, mientras España permanecía en un discreto segundo plano. Hoy, sostiene, se espera que Madrid tenga una posición sobre las grandes cuestiones estratégicas del mundo. Porque quizá el rasgo más llamativo de la España contemporánea no sea la intensidad de su polarización, sino el contraste creciente entre cómo se percibe el país desde dentro y cómo empieza a ser observado desde fuera.
Madrid continúa consumiendo política nacional, como no puede ser de otra manera. Pero mientras Bruselas observa capacidad de influencia y comienza a pensar en liderazgos, España sigue centrada en hablar de alianzas parlamentarias. En este contexto no existe una conversación "correcta" y otra "equivocada". Lo que sí puede decirse es que hay una diferencia importante, la cual responde a una transformación del propio poder político.
Antes del auge de la globalización, y también durante buena parte de ella, existía una frontera relativamente clara entre política interior y política exterior. Los primeros ministros podían delegar buena parte de los asuntos internacionales mientras concentraban su capital político en la economía, los impuestos o el estado del bienestar.
Ahora parece que ese orden se ha agotado. Por ello, Campbell insiste varias veces durante la conversación en que gobernar hoy significa hacer ambas cosas al mismo tiempo. La inmigración, la energía, la inteligencia artificial, la guerra de Ucrania, la seguridad alimentaria, el comercio o la rivalidad tecnológica con China no son más que política doméstica por otros medios.
Y ahí, a su juicio, Sánchez parece sentirse especialmente cómodo. Desde fuera resulta llamativo comprobar hasta qué punto muchas de las posiciones que resultaban extravagantes hace apenas dieciocho meses han terminado desplazándose hacia el centro del debate europeo. Campbell menciona dos ejemplos evidentes: la actitud frente a Donald Trump y la posición española sobre Gaza. Cuando Sánchez comenzó a desafiar públicamente determinadas posiciones estadounidenses o fue uno de los primeros dirigentes europeos en endurecer el tono respecto a la ofensiva israelí en Gaza, una parte importante de la conversación española interpretó aquellos movimientos como señales de aislamiento internacional.
Sin embargo, el exasesor laborista lo ve exactamente al revés. "A veces el liderazgo consiste en llegar antes que los demás", resume. En ese contraste hay algunas claves muy valiosas para entender por qué la política española resulta, en ocasiones, tan difícil de explicar fuera del país. Aquí lo más común ha sido ver una discusión enmarcada en cada caso en particular; fuera, quizá porque España es uno entre tantos otros temas, se detectó una estrategia más lineal.
Es probablemente la parte más sugerente de mi conversación con Campbell. Él rechaza la crítica más repetida contra Sánchez —la de cambiar continuamente de posición— mediante esa diferencia entre estrategia y táctica tan clásica de los británicos. "Ha cambiado posiciones concretas. Sin duda. ¿Ha cambiado fundamentalmente su proyecto político? Yo no lo creo", responde. "Lo que veo es a alguien que adapta tácticamente sus posiciones para perseguir una visión estratégica extraordinariamente consistente".
Hay una idea de Alastair Campbell que funciona casi como una crítica al periodismo político contemporáneo. En Reino Unido existe incluso una expresión para ello: humiliating U-turn. Es el titular automático que acompaña cualquier cambio de posición de un primer ministro. Campbell rechaza esa lógica. Confundir cualquier adaptación táctica con una renuncia estratégica —sostiene— es uno de los grandes errores de la cobertura política actual. Gobernar en un mundo cambiante exige modificar decisiones; lo que define a un dirigente no es la ausencia de giros, sino la coherencia del rumbo que persigue.
La reflexión que hace Campbell rebasa el caso español. Las democracias occidentales conviven con una fragmentación política que obliga a los gobiernos a sostener coaliciones cambiantes, mientras las crisis internacionales alteran con frecuencia las prioridades nacionales. En esas condiciones, gobernar durante diez años sin revisar ninguna posición concreta sería incompatible con la realidad.
Campbell sostiene que un cambio de opinión no debería juzgarse al margen de los hechos. Hay una frase atribuida a Keynes que lo resume perfectamente: "Cuando cambian los hechos, cambio de opinión. ¿Qué hace usted?".
Está claro que España sigue analizando a Pedro Sánchez como un fenómeno doméstico —el dirigente que divide al país, que sobrevive contra pronóstico y que gobierna sin una mayoría parlamentaria clara—, pero fuera de nuestras fronteras empieza a consolidarse otra lectura, a mi juicio, mucho más interesante.
Puede que sea más interesante una conversación distinta, no sobre por qué Sánchez logra mantenerse en La Moncloa y hasta cuándo lo hará, sino sobre cómo un país que durante décadas apenas aparecía entre las grandes capitales políticas europeas ha comenzado a ocupar un lugar central en algunas de las principales discusiones del continente.
"Ha cambiado la posición internacional de España", afirma Campbell con mucha naturalidad. Durante años, explica, Europa estuvo dominada por un pequeño grupo de capitales —París, Berlín y Londres, con Roma o Varsovia incorporándose ocasionalmente a la conversación—, mientras España permanecía en un discreto segundo plano. Hoy, sostiene, se espera que Madrid tenga una posición sobre las grandes cuestiones estratégicas del mundo. Porque quizá el rasgo más llamativo de la España contemporánea no sea la intensidad de su polarización, sino el contraste creciente entre cómo se percibe el país desde dentro y cómo empieza a ser observado desde fuera.
Madrid continúa consumiendo política nacional, como no puede ser de otra manera. Pero mientras Bruselas observa capacidad de influencia y comienza a pensar en liderazgos, España sigue centrada en hablar de alianzas parlamentarias. En este contexto no existe una conversación "correcta" y otra "equivocada". Lo que sí puede decirse es que hay una diferencia importante, la cual responde a una transformación del propio poder político.
Antes del auge de la globalización, y también durante buena parte de ella, existía una frontera relativamente clara entre política interior y política exterior. Los primeros ministros podían delegar buena parte de los asuntos internacionales mientras concentraban su capital político en la economía, los impuestos o el estado del bienestar.
Ahora parece que ese orden se ha agotado. Por ello, Campbell insiste varias veces durante la conversación en que gobernar hoy significa hacer ambas cosas al mismo tiempo. La inmigración, la energía, la inteligencia artificial, la guerra de Ucrania, la seguridad alimentaria, el comercio o la rivalidad tecnológica con China no son más que política doméstica por otros medios.
Y ahí, a su juicio, Sánchez parece sentirse especialmente cómodo. Desde fuera resulta llamativo comprobar hasta qué punto muchas de las posiciones que resultaban extravagantes hace apenas dieciocho meses han terminado desplazándose hacia el centro del debate europeo. Campbell menciona dos ejemplos evidentes: la actitud frente a Donald Trump y la posición española sobre Gaza. Cuando Sánchez comenzó a desafiar públicamente determinadas posiciones estadounidenses o fue uno de los primeros dirigentes europeos en endurecer el tono respecto a la ofensiva israelí en Gaza, una parte importante de la conversación española interpretó aquellos movimientos como señales de aislamiento internacional.
Sin embargo, el exasesor laborista lo ve exactamente al revés. "A veces el liderazgo consiste en llegar antes que los demás", resume. En ese contraste hay algunas claves muy valiosas para entender por qué la política española resulta, en ocasiones, tan difícil de explicar fuera del país. Aquí lo más común ha sido ver una discusión enmarcada en cada caso en particular; fuera, quizá porque España es uno entre tantos otros temas, se detectó una estrategia más lineal.
Es probablemente la parte más sugerente de mi conversación con Campbell. Él rechaza la crítica más repetida contra Sánchez —la de cambiar continuamente de posición— mediante esa diferencia entre estrategia y táctica tan clásica de los británicos. "Ha cambiado posiciones concretas. Sin duda. ¿Ha cambiado fundamentalmente su proyecto político? Yo no lo creo", responde. "Lo que veo es a alguien que adapta tácticamente sus posiciones para perseguir una visión estratégica extraordinariamente consistente".
Hay una idea de Alastair Campbell que funciona casi como una crítica al periodismo político contemporáneo. En Reino Unido existe incluso una expresión para ello: humiliating U-turn. Es el titular automático que acompaña cualquier cambio de posición de un primer ministro. Campbell rechaza esa lógica. Confundir cualquier adaptación táctica con una renuncia estratégica —sostiene— es uno de los grandes errores de la cobertura política actual. Gobernar en un mundo cambiante exige modificar decisiones; lo que define a un dirigente no es la ausencia de giros, sino la coherencia del rumbo que persigue.
La reflexión que hace Campbell rebasa el caso español. Las democracias occidentales conviven con una fragmentación política que obliga a los gobiernos a sostener coaliciones cambiantes, mientras las crisis internacionales alteran con frecuencia las prioridades nacionales. En esas condiciones, gobernar durante diez años sin revisar ninguna posición concreta sería incompatible con la realidad.
Campbell sostiene que un cambio de opinión no debería juzgarse al margen de los hechos. Hay una frase atribuida a Keynes que lo resume perfectamente: "Cuando cambian los hechos, cambio de opinión. ¿Qué hace usted?".
La distancia entre la percepción española y la internacional de Sánchez quizá tenga que ver, en parte, con esa forma de entender el liderazgo.
Muchos observadores extranjeros no siguen cada episodio de la política
nacional. Ven, sobre todo, a un dirigente que ha construido un discurso relativamente coherente sobre el lugar que quiere para Europa en un mundo menos estable y más competitivo. La autonomía estratégica,
la integración europea, la inmigración como necesidad económica, la
transición energética y la inteligencia artificial aparecen en ese
discurso como partes de un mismo proyecto político. Se comparta o no, el proyecto tiene contornos reconocibles, más visibles cuando se observa desde fuera.
Campbell lleva el razonamiento más lejos y se pregunta si muchos españoles aún no han reconocido el tipo de dirigente que tienen delante. En vez de intentar situarlo como mejor o peor que sus homólogos europeos, sitúa a Sánchez en una generación distinta, formada por líderes que gobiernan asumiendo que la política nacional ya no puede separarse de la geopolítica, la tecnología o la competencia entre grandes potencias.
¿Hay alguna garantía de que esa interpretación sobreviva al paso del tiempo? Realmente no. Sin embargo, ahora mismo el contraste es muy visible: en España, la conversación vuelve cada semana a cuánto tiempo podrá mantenerse Sánchez en el poder; en buena parte de Europa, se discute qué dice su liderazgo internacional sobre la Europa que empieza a tomar forma."
Campbell lleva el razonamiento más lejos y se pregunta si muchos españoles aún no han reconocido el tipo de dirigente que tienen delante. En vez de intentar situarlo como mejor o peor que sus homólogos europeos, sitúa a Sánchez en una generación distinta, formada por líderes que gobiernan asumiendo que la política nacional ya no puede separarse de la geopolítica, la tecnología o la competencia entre grandes potencias.
¿Hay alguna garantía de que esa interpretación sobreviva al paso del tiempo? Realmente no. Sin embargo, ahora mismo el contraste es muy visible: en España, la conversación vuelve cada semana a cuánto tiempo podrá mantenerse Sánchez en el poder; en buena parte de Europa, se discute qué dice su liderazgo internacional sobre la Europa que empieza a tomar forma."
(Entrevista a Alastair Campbell, Marc López Plana, Agenda Pública, 27/07/26)
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