"Roma siempre ha sido una especie de zona franca para las mafias italianas, no era territorio de nadie y todas podían operar en ella, aunque en realidad desde hace décadas tiene su propia orografía criminal autóctona. Varios clanes se reparten la ciudad, en un equilibrio en el que los tiros y los homicidios son esporádicos, sobre todo para no alarmar a la política y a las fuerzas del orden. Pero desde hace unos meses eso ha cambiado: van 13 bombas en cinco meses, casi la mitad la semana pasada. De noche y sin heridos, en tiendas, salas de juego, concesionarios, portales, señales de aviso. No es normal. Pero casi lo es menos que apenas sea noticia, en un país acostumbrado a ver de todo. Hablando con EL PAÍS esta semana, Roberto Saviano decía que en cualquier otra capital europea “se abriría un debate nacional, el alcalde dimitiría”, pero a menudo en Italia la violencia es un ruido de fondo, como el tráfico. En el centro de Roma, invadida por los turistas, ni se escucha. Ahora bien, en el este de la ciudad, donde sucede todo, vive un millón de personas, y no son las afueras, es clase media. Pero es el terreno de los Senese.
Michele Senese, O Pazzo (El Loco), de 68 años, es el rey del crimen en Roma desde hace cuatro décadas. Crecido en la Camorra, llegó en los ochenta en plena guerra de clanes en Nápoles, entre la Nuova Camorra Organizzata de Raffaele Cutolo y la Nuova Famiglia. Esta última lo mandó a Roma para encargarse de los rivales que andaban por allí y ya se quedó, porque vio campo libre. Entró y salió varias veces de la cárcel, pero se fue librando en los tribunales simulando problemas mentales, de ahí su nombre. Un apodo que además funcionaba para meter miedo, se le creía capaz de todo. Por fin acabó en prisión en 2013, aunque ha seguido mandando desde allí. Sin embargo, una serie de arrestos, sentencias e investigaciones han diezmado su organización, y era él quien garantizaba el orden entre los grupos menores de narcotráfico. Por eso han empezado a pelearse entre ellos, por el control de las zonas de venta de cocaína y crack y de los territorios de extorsión, el pizzo que se pide a empresarios y comerciantes.
Aún es todo un poco confuso. En algunos casos se ve que son aficionados. Quienes colocaron la bomba en una enoteca el 5 de octubre aparcaron el coche delante y cuando estalló les saltaron los airbags. Tuvieron que huir a pie. Por eso los expertos no creen que alguien quiera ocupar el puesto de Senese. “Esto para él son cosquillas, no es un desafío a su poder. Para eso tienes que dejar un cadáver importante, no revientas una persiana”, opina Nello Trocchia, periodista y escritor, experto en criminalidad romana. El otro día fue a hablar con el dueño de uno de los locales atacados, vinculado a un clan: “Me dijo: ‘Esta bomba solo es hija de la moda. Es una meada de perro”.
Pero hay mar de fondo. Una de las chispas del conflicto es que el mes pasado Senese fue acusado por la fiscalía del homicidio de Fabrizio Piscitelli, Diabolik, en 2019, un crimen sonado en la ciudad. Era el líder de los ultras de la Lazio y controlaba la droga en una parte de la ciudad. Además había crecido en el clan de Michele Senese, que hasta fue su testigo de boda, y parecía intocable. Pero le pegaron un tiro mientras estaba sentado en el banco de un parque. La tesis es que se había subido a la parra y el propio Senese ordenó liquidarlo. Pero entonces se armó tal lío que hasta un enviado de la ‘Ndrangheta, la más potente mafia italiana, llamó un día al telefonillo de la casa del hermano de Diabolik para aclararle que no habían sido ellos: “Nosotros no hacemos estas cosas, le habríamos disparado a la cara, no por la espalda”.
Estas cosas pasan en Roma, aunque no lo parezca en la que ven los turistas. Trocchia, que recuerda que en esta ciudad a veces en los bajos fondos hay secuestros exprés y torturas (en un caso con un soplete), habla sin rodeos: “Roma es una capital del blanqueo de dinero y un centro del narcotráfico. Pero no se habla de ello porque nadie quiere que se asocie Roma a la palabra mafia, es un daño de imagen. Además si planteas el problema lo tienes que afrontar, y nadie quiere hacerlo. Es una parte de la economía ilegal de la ciudad, miles de millones, que sostiene la parte legal. No solo restaurantes y hoteles, criptomonedas, sociedades financieras, brokers de seguros. Es un desafío colosal. Entonces prefieren quitarle importancia”. La penetración mafiosa también es política y entra en los circuitos de corrupción. El caso más grave es conocido: Andrea Delmastro, número dos del ministro de Justicia de Giorgia Meloni, tenía un restaurante con la hija de 18 años de un testaferro de Senese, que ya estaba bajo investigación. Al final tuvo que dimitir el pasado mes de marzo (admitió que fue “una ligereza imperdonable”).
Lo más cerca que se llegó a actuar en serio contra el crimen organizado en Roma fue en 2015, con el escándalo de Mafia Capitale, un grupo infiltrado en el ayuntamiento y con lazos con la extrema derecha, pero no se llegó hasta el final. El año pasado, el entonces prefecto de Roma, Franco Gabrielli, explicó por qué en un acto público. Confesó que se planteó disolver el ayuntamiento por infiltración mafiosa y nombrar un comisario extraordinario: “Podéis imaginar lo que habría significado para Italia. Hicimos un estudio, habría significado un daño del 2% del PIB nacional, así que no lo hicimos”."
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