25.8.26

En Ceuta, los marroquíes gritan «Viva España»... a unos veinte kilómetros otro grupo se reúne al grito de «Viva Marruecos» en la recepción real. Es una sociedad y su reverso, y una vive de la otra... Son precisamente las condiciones sociales las que hacen que estas dos situaciones sean posibles... y las condiciones que empujan a huir convergen todas hacia lo mismo: recuperar la dignidad... el deseo de huir de un país que nos desprecia con la esperanza de llegar a una tierra que pueda ofrecernos oportunidades... Marruecos permite que miles de personas, sumidas en la desesperación, crucen la frontera de Ceuta para castigar a España por haber acogido a Brahim Ghali, líder del Polisario, para que recibiera atención médica. El cinismo radica en lo siguiente: el mismo aparato genera la miseria, vive de ella y se sirve de ella. Produce, a través de sus políticas y de su integración subordinada en el capitalismo mundial, una población excedente que ni su economía ni su mercado laboral pueden absorber. Cobra las divisas que le envían quienes se han marchado. Abre la frontera cuando tiene cuentas que saldar con Madrid, y luego la vuelve a cerrar y le cobra a Europa el trabajo de volver a cerrarla... Los pobres no son ni un problema ni un accidente en este sistema. Son su materia prima... En todo el país se están aplicando diversas políticas antisociales y antipopulares. Barrios enteros son destruidos o están amenazados de destrucción para alejar a las clases populares de los centros urbanos, para dar cabida a hoteles y alojamientos de Airbnb para turistas, para construir edificios destinados a los ricos e infraestructuras con vistas a las competiciones deportivas que organiza el país. Las movilizaciones se suceden desde hace años; algunas se prolongan durante mucho tiempo y no logran nada. El autoritarismo se ha convertido en una forma habitual de gobernar, tanto en Europa como en otros lugares. Marruecos se suma a la norma del momento: expropiar, castigar, silenciar, confiscar y expulsar ya no son escándalos, sino métodos de gobierno... pero tratan de recuperar parte de la dignidad y atreverse a soñar. Es precisamente «Viva España» lo que se corea desde Ceuta. Este grito no expresa lo que España promete, sino más bien lo que Marruecos no cumple (Zineb El Gharbi, Contretemps)

"Este 30 de julio de 2026, nos llegan dos series de imágenes desde el norte de Marruecos. La primera procede de Fnideq y Ceuta: personas que abandonan su país para dirigirse a otro. Se oye «Viva España», «vamos». El segundo conjunto de imágenes nos llega desde M’diq. A unos veinte kilómetros de Fnideq, en un palacio del rey. Allí tiene lugar una gran recepción: Mohammed VI celebra sus veintisiete años en el trono con varios invitados que se apresuran hacia la entrada del palacio con un sobre y una tarjeta de invitación en la mano. Se ven bufés de fruta, pasteles y dulces, montañas de gambas, mesas preparadas para recibir a todos los invitados: la selección nacional de fútbol, el primer ministro Aziz Akhannouch, el jefe de los servicios de inteligencia Abdellatif Hammouchi, el presidente de la FIFA Gianni Infantino, influencers.

Estos dos tipos de imágenes nos hablan de Marruecos y de sus divisiones. Sería un error ver en ello dos mundos distintos. Es el mismo litoral, el mismo presupuesto, la misma policía. Lo que Fnideq ha perdido, otros lo han ganado. A estos últimos los encontramos en el lado privilegiado de las invitaciones. Un grupo corea «Viva España» a unos veinte kilómetros de otro que se reúne al grito de «Viva Marruecos». No se trata de dos sociedades. Es una sociedad y su reverso, y una vive de la otra. Quienes reciben las tarjetas de invitación viven del trabajo de quienes no las reciben, de sus servicios, de los márgenes que se obtienen de lo que se les vende. Lo contrario no es cierto: quienes trabajan vivirían mejor sin quienes se llevan una parte. Estas divisiones son aceptables para quienes se benefician de ellas. Y lo que está en juego para ellos es que también lo sean para quienes las pagan.

Son precisamente las condiciones sociales las que hacen que estas dos situaciones sean posibles. Por lo general, se adquieren al nacer y determinan desde el principio los lugares a los que podemos aspirar, las colas en las que podemos hacer fila: la de un palacio para llenarse el estómago o la del mar para arrojarse al agua y huir. Porque estas situaciones se repiten a ambos lados del Mediterráneo. En el sur, para ajustar cuentas; en el norte, para justificar las políticas migratorias y las fronteras.

Pero está lo que las ha hecho posibles, y las condiciones que empujan a huir convergen todas hacia lo mismo: recuperar la dignidad. El Estado permite que suceda y no promete nada. La dignidad que se reclama en la calle lo pone en tela de juicio y conduce a la cárcel. La dignidad que se busca a nado no le cuesta nada: se paga en otro lugar, con ahogamientos, desapariciones, palizas, expulsiones y humillaciones. Lo que determina quién toma qué camino es, ante todo, la clase social y las condiciones que de ella se derivan. Son también estas las que mantienen unidos estos dos cuerpos, no uno al lado del otro, sino uno sobre el otro. Presentarse en el palacio con el carné en la mano y lanzarse al mar son dos formas de crear comunidad, pero no son simétricas: la primera reúne a una clase en torno a lo que esta exprime; la segunda reúne a aquellos sobre quienes se ejerce esa explotación. No hay dos colas para dos mundos. Hay un solo mundo, con una puerta y un mar.

Ceuta y Melilla son dos ciudades españolas situadas en territorio marroquí, las únicas fronteras terrestres entre la Unión Europea y el continente africano. El 30 de julio de 2026, día de la fiesta del Trono, decenas de miles de personas convergen hacia Fnideq, ciudad marroquí colindante con Ceuta. Intentan cruzar por la playa o a nado. En las redes sociales circula el rumor de que la frontera se puede cruzar y así es como se organiza el movimiento. Las estimaciones españolas apuntan a que unas 60 000 personas han entrado en Ceuta en pocos días, la mayor oleada puntual jamás registrada en la Unión Europea. Según las fuentes y el momento [en el que se redactan estas líneas], se han recuperado hasta 81 cadáveres y hay desaparecidos que nadie contabiliza.

Estos hechos y estos lugares son rutas que las personas migrantes, marroquíes y no marroquíes, llevan recorriendo desde hace varias décadas con la esperanza de llegar al continente en el que sus sueños podrían tener cabida: Europa. El 30 de julio, estas imágenes nos sorprenden por su fuerza y su violencia. Pero el mecanismo que las genera —es decir, el deseo de huir de un país que nos desprecia con la esperanza de llegar a una tierra que pueda ofrecernos oportunidades— no nos sorprende.

En las líneas siguientes, he decidido volver sobre este mecanismo y algunas de sus causas. Es indudable que estos cuerpos también sirven para ajustar cuentas entre Estados. En 2021, Marruecos permite que miles de personas, sumidas en la desesperación, crucen la frontera de Ceuta para castigar a España por haber acogido a Brahim Ghali, líder del Polisario, para que recibiera atención médica. El cinismo radica en lo siguiente: el mismo aparato genera la miseria, vive de ella y se sirve de ella. Produce, a través de sus políticas y de su integración subordinada en el capitalismo mundial, una población excedente que ni su economía ni su mercado laboral pueden absorber. Cobra las divisas que le envían quienes se han marchado. Abre la frontera cuando tiene cuentas que saldar con Madrid, y luego la vuelve a cerrar y le cobra a Europa el trabajo de volver a cerrarla.

Los pobres no son ni un problema ni un accidente en este sistema. Son su materia prima. Un Estado puede alimentarse de la desesperación sin generar la capacidad de acción que impulse hacia una salida. Él crea la situación y los individuos toman una decisión. Tratarlos como «figurantes» de una maquinaria geopolítica sería precisamente privarles de eso: de sus razones. Sin embargo, ellos y ellas las tienen, y son esas razones las que nos interesan: las personas, su día a día y las desgracias que les empujan a dejarlo todo atrás para huir.

Si el 30 de julio vimos esas imágenes de multitudes apiñadas a ambos lados de las fronteras, ya fueran terrestres o marítimas, no se trata de un acontecimiento ligado a esa fecha concreta, a esa secuencia de julio de 2026. Este acontecimiento tiene una historia y está documentada. A finales de septiembre de 2018, se llevaron a cabo desalojos de barrios marginales en el barrio de Aïn Sebaa, en Casablanca; a estos desalojos les siguió la destrucción de las viviendas por parte de las autoridades. Los habitantes de los asentamientos precarios en cuestión reaccionaron expresando, en primer lugar, su humillación, hogra. Cuestionaron el estatus de su «ciudadanía» y decidieron emprender una marcha hasta Ceuta para reclamar el derecho al asilo político. En el texto que redactan para anunciar su marcha, los y las habitantes precisan que el asilo es un «derecho universal garantizado por los tratados y convenios internacionales», antes de concluir con la siguiente frase: «quien no tiene vivienda, no tiene patria».

A finales de agosto de 2019, seis presos políticos rifeños hicieron público un comunicado en el que afirmaban su determinación «de renunciar a la nacionalidad del Estado marroquí y a su privación, así como de romper el vínculo de lealtad, a partir de la fecha de publicación» del comunicado. Concluyen así: «Lloramos por la patria, le hemos sacrificado la flor de nuestra juventud y le daremos nuestra vida; sin embargo, nunca estaremos dispuestos a respaldar a un Estado que quiere enterrar a un pueblo, una patria y un sueño de dignidad y libertad». En ambos casos, la ciudadanía es rechazada precisamente por aquellos a quienes no les aporta nada.

Julio de 2026, llegan imágenes de decenas de ciudades del país: por todas partes, la gente se pone en camino hacia uno de los dos enclaves. Es hacia Ceuta hacia donde se dirigen mayoritariamente las multitudes. Es más accesible, cercana a Tánger y Tetuán, y cuenta con buenas conexiones por carretera. Melilla, por su parte, se encuentra en la región del Rif, menos bien comunicada. El Rif es una de las zonas marginadas que el Estado mantiene a distancia; allí se hace patente el desarrollo desigual. Es contra esto contra lo que se levantaron las masas en 2016 durante el Hirak del Rif. Los activistas de este movimiento siguen cumpliendo condenas de hasta 20 años de prisión por haber reivindicado la justicia social, la igualdad y la dignidad.

Para dirigirse a Melilla, la gente acude en masa desde Alhucemas, Nador, Beni Ansar y otros lugares del Rif. Hacia Ceuta, llegan de todas partes. Las carreteras están abarrotadas de gente a pie y en camiones. Las estaciones de tren de Casablanca, Kenitra, Rabat y Tánger están abarrotadas. Pero, sobre todo, la gente acude en masa desde Fnideq, ciudad unida a Ceuta por un paso fronterizo: Bab Sebta. Fnideq ha sobrevivido durante mucho tiempo gracias al mercado del contrabando, a una economía sumergida que se hace posible gracias a las idas y venidas de las mujeres a las que se denomina «mulas». Su trabajo consiste en hacer viajes de ida y vuelta entre Ceuta y Fnideq, con la espalda cargada de mercancías. Estas mercancías se venden luego al por menor en los mercados de la ciudad de Fnideq o al por mayor a comerciantes procedentes de todo el país. De eso viven estas ciudades. Estas mujeres de Bab Sebta y Bab Melilia llevan la economía a cuestas. Muchas de ellas mueren, aplastadas en las aglomeraciones o por agotamiento.

Sin embargo, en 2019, algunos industriales presentaron quejas en nombre de la competitividad del producto nacional. A raíz de ello, una decisión política cerró Bab Sebta y Bab Melilia al comercio de productos alimenticios. A cambio, se prometió un polígono industrial, pero este nunca llegó a absorber a los miles de personas que se quedaron sin trabajo. Tras el hallazgo, en febrero de 2020, de los cadáveres de dos ahogados en esa misma playa del 30 de julio, las mujeres de la ciudad se movilizan contra la política pública de 2019, adoptada en detrimento de una población pobre en beneficio de intereses industriales, esos mismos que, siete años después, se encuentran a las puertas del palacio. La llegada de la COVID sirve de excusa: la decisión política de 2019 se convierte, en retrospectiva, en una catástrofe natural, y ya nadie rinde cuentas por ello. El cese de esta economía de subsistencia conduce a la creación de una economía y una población excedentarias.

En todo el país se están aplicando diversas políticas antisociales y antipopulares. Barrios enteros son destruidos o están amenazados de destrucción para alejar a las clases populares de los centros urbanos, para dar cabida a hoteles y alojamientos de Airbnb para turistas, para construir edificios destinados a los ricos e infraestructuras con vistas a las competiciones deportivas que organiza el país: la Copa Africana de Naciones 2025 y el Mundial de Fútbol de 2030. Koenraad Bogaert (2018) ha analizado este tipo de megaproyectos como una forma de gobernar los barrios populares, más que de proporcionar vivienda a sus habitantes. Varias asociaciones y ciudadanos alertan sobre la inflación de los precios y la disminución del poder adquisitivo.

De estas situaciones surgen movilizaciones que provocan un exceso de intervención por parte del aparato represivo y del sistema judicial. La movilización más reciente es la de la generación Z, en septiembre de 2025. Las consignas: «No queremos ni estadios ni el Mundial, sino colegios y hospitales», «Libertad, dignidad, justicia social». Más de 650 jóvenes se encuentran hoy en prisión; han participado en el movimiento de una u otra forma o han sido detenidos de manera arbitraria. Aún están a la espera de juicio. Diez meses separan estas detenciones de los hechos del 30 de julio. Cuando la salida colectiva se criminaliza, queda la salida individual, y esta pasa por el agua.

Las movilizaciones se suceden desde hace años; algunas se prolongan durante mucho tiempo y no logran nada. Se reclaman carreteras, colegios, hospitales, viviendas dignas e infraestructuras para el uso de la ciudadanía. El Estado ha dejado de sentirse obligado a dar respuesta a estas demandas. La represión no es nada nuevo. Bajo el reinado de Hassan II, que gobernó de 1961 a 1999, los «años de plomo» fueron aún más mortíferos. Sin embargo, hay algo que ha cambiado: lo que el régimen cree que debe mostrar de sí mismo. Al final del reinado de Hassan II se observa una apertura que culmina con la Instancia de Equidad y Reconciliación en 2004. Es decir, el reconocimiento oficial por parte del Estado de los crímenes que había cometido. Tal y como señala la antropóloga Susan Slyomovics (2005), dicho reconocimiento se escenificó tanto como se llevó a cabo institucionalmente. Ese fue el precio que hubo que pagar para resultar atractivo ante la comunidad internacional en 1999, y ese precio ya no tiene validez. El autoritarismo se ha convertido en una forma habitual de gobernar, tanto en Europa como en otros lugares. Ya no se trata de simular el liberalismo, sino de asumir la supresión de las libertades. Es así como Marruecos se suma a la norma del momento: expropiar, castigar, silenciar, confiscar y expulsar ya no son escándalos, sino métodos de gobierno.

Si el 30 de julio de 2026 se ve principalmente a personas marroquíes lanzándose al mar, también hay personas negras, migrantes, asentadas en Marruecos a la espera de poder cruzar para encontrar una vida mejor. Son objeto sistemático de discriminación, de escenificaciones mediáticas abyectas, de humillaciones cotidianas, de criminalización constante y de instrumentalización política. Al igual que en Europa, la fantasía de la «remigración» de las personas negras existe en el sur del Mediterráneo. Y encuentra eco en esos lugares marginados desde los que las multitudes deciden huir colectivamente ese 30 de julio.

Se trata de nuestras historias de migración. Al día siguiente del 30 de julio, comento estas imágenes con el personal de un lugar al que suelo acudir. Una persona cuenta que, en la década de 1950, su madre decidió subir a un barco con sus dos hijos, de 10 y 8 años. Relata la historia de su madre mientras observa las imágenes de las madres con sus bebés en brazos en el mar de Ceuta. Si se encuentra ante mí con la piel de gallina es porque se reconoce en esa imagen. Es su historia. La huida colectiva es una forma de crear comunidad: se expresa el deseo de huir y se vuelve a vincular con una comunidad abandonada. Pero no todos los inmigrantes y los hijos e hijas de inmigrantes se reconocen en este relato; algunos lo desprecian, a pesar de que son el resultado acumulado de huidas anteriores. Ellos y ellas optan por negar su propia genealogía migratoria; esa es precisamente la condición misma para integrarse en el bloque dominante del país de acogida. Aquellas que la desprecian desde Marruecos, por su parte, reflejan la condición de adhesión a la fractura social asumida y al bloque dominante del país de origen.

Circula un vídeo, grabado desde las faldas de las colinas de Fnideq. En él se ve a un hombre tendido en el suelo, boca abajo. Intenta incorporarse y levanta el brazo izquierdo como si quisiera decir «no, por favor». Se dirige a un gendarme que se encuentra frente a él, a dos metros de distancia. Este gendarme se agacha, coge el bloque de piedra más grande que encuentra a su frente y lo lanza contra ese hombre que, con el brazo izquierdo levantado, parece decir «no, por favor». Esta misma escena se repite cuatro veces, hasta el momento en que el hombre consigue levantarse, se acerca al gendarme como si quisiera suplicarle, antes de volver a caer al suelo. Un segundo gendarme se une al primero; ambos sacan sus porras y propinan una paliza al mismo hombre. No es más que una imagen entre tantas otras.

Si ambos enclaves están hoy más tranquilos, no es por convicción popular, como dan a entender los instrumentos de propaganda estatal. Se debe a que las fuerzas del orden intervienen con dureza y controlan por la fuerza a las poblaciones dispuestas a huir. Se debe a que decenas de miles de personas son deportadas desde Ceuta en cuarenta y ocho horas, por acuerdo entre Rabat y Madrid, sin procedimiento individual ni regularización alguna. En las calles de las ciudades y los pueblos, son perseguidas, empujadas y golpeadas. Los autobuses las llevan a regiones muy alejadas de aquellas de donde proceden. Abandonadas.

Así pues, siempre se puede apartar la mirada mientras se debate sobre el estatuto de los dos enclaves. Pero en ningún momento se trata de una marcha colectiva por su liberación: se trata de considerarlos como una tierra desde la que es posible acceder a unas mejores condiciones, recuperar parte de la dignidad y atreverse a soñar. Es precisamente «Viva España» lo que se corea desde Ceuta. Este grito no expresa lo que España promete, sino más bien lo que Marruecos no cumple."

(Zineb El Gharbi , Contretemps, 18/08/26, traducción Salvador L. Arnal)

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